Alberto
de la Madrid
DE
LA ESPESURA DEL VIENTO
http://albertodelamadrid.es/
Todavía
no
Todavía
no,
pero no desalientes,
quizás llegue el día
en que tu
cuerpo
remonte el valle de los lirios,
la hora de la desnudez
del alma
de la luz que se abra paso
en tu noche
oscura,
quizás.
Y entonces,
ah, entonces
volveremos
a encontrarnos
en la luminosa cumbre,
volveremos sobre la nieve
de la cima
a ser inundados por vendavales de ternura.
La
dulzura de los cuerpos
Y
por qué ha de ser siempre
el mar y la muerte y el amor,
y no
la dulzura de los cuerpos,
los cuerpos
el crepúsculo de
fuego
un manto de canela sobre la nieve
en donde dos amantes se
besan?
¿Por qué siempre el dolor
y los espinos
haciendo
sangrar nuestra piel,
y el acerado fragor de la ventisca
y las
noches en vela,
cuando existen los cuerpos
y la luz
y la
suavidad extrema de la piel,
y esos cuerpos, Dios,
en donde el
alma y mi sed
encuentran una suerte de anhelo
ancho como una
playa
donde juegan las olas
donde yo sorbo a sorbo
me bebo
el mar,
toco sus pechos
hundo mi boca en su pubis
húmedo
acaricio con mis dedos
la curva perturbadora de sus
caderas?
Todo
lo contrario
No
es ambigua la realidad que se trenza alrededor de mi duermevela tras
la hora de la comida; todo lo contrario, de densa persistencia
cementada con los materiales nobles que vertebran los días, éstos
de ahora mismo; tan aparentemente adormecidos a veces, tan sin meta
ni sentido; en este invierno tan lleno de lluvias, ayer y anteayer de
nieve, esta tarde de restos de lejanas ascensiones en los Alpes que
se mezclan con la fuerza de una mujer que explora los confines del
riesgo y de la vida, que se mezcla, inhiestos sus pezones con el
color de cielo y el vacío donde en su fondo braman las aguas
salvajes; de apariencia débil pero hermosamente fuertes, poderosos,
nosotros, los hombres y mujeres. Y ello sobre un paisaje gris de
encajes azules en las ramas de los árboles en el que la lluvia
tamborilea desde ayer tarde, ahora sobre las tejas en un rumor
amortiguado, blando, intemporal.
Qué
cosa insólita él
Qué
cosa insólita él,
siempre presente
embaucador
brazo que
estrangula
y hace perder el sentido de toda instancia,
tenaz,
hecho de doloroso fuego
y profundo deseo.
Siempre la misma
brasa sobre de alma
hoy un marasmo de pena
mañana un acorde de
puro gozo,
el ensueño del que mira el mar
romper en aquella
playa
donde de rodillas besabas una noche las estrellas.
Misterio
de tez húmeda
y fresco aliento
encontrarte aún en la espesa
densidad de la tarde
piedra solitaria sobre la playa
sedosamente
bañada de tiempo y distancia.
Y mis manos huérfanas de tu
cuerpo
sedientas del manantial de tus muslos
de la piedad de
una ternura
solo aliviada en el infinito misterio inalcanzable;
la
tarde cayendo a nuestras espalda.
Y sentirte, entrañable
misterio,
a través de la niebla del tiempo
y la
distancia.
Extraño enigma
en el que el malva de las
montañas de poniente
se llena de cantos de pájaro
y reprimido
despecho,
de inesperada sonrisa
cuando imagino esos buenos
palmetazos
en tu trasero.
Extraño misterio
el de no
poder cerrar los ojos y decir amor
frente a estos árboles
escuetos
que esperan paciente la noche,
de contemplarte sobre
el fondo de sus ramas,
perdida,
parte de mí
planta
tronchada.
Verdad es que tú ya no eres tú
y que el tú
que ingurgita mi ojos húmedos de ti
murió entre tus manos
débiles e indecisas,
pero aun así,
mujer eres,
misterio de
mis entrañas
parte ahondada en una triste piedad
que de tarde
en tarde se hace sonrisa y ternura.
Líneas
quebradas
Y
es que volví una vez más a los versos,
líneas quebradas
sobre
el fondo de la noche
donde una llama lame viejos maderos de
obra
que hablan naturalmente de lo mismo de siempre.
Sea cual
sea el poeta que acompaña mis últimas horas del día,
siempre es
lo mismo,
el vaivén de una verdad a punto de ser apresada
que
huye precipitadamente
escondido su cuerpo en una nube de
aterciopelada confusión.
Y así, con el libro entre las
manos,
aboscado paciente en la niebla de los versos
-erectos,
hundidos los pies
en la herrumbre de los helechos ardientes del
humedal gris
donde lloran ahítas de lluvia las hayas-,
mirar
en silencio el fuego
la llama temblando en la quietud de la
noche
sin porqué, sin tiempo.
Así esos versos que esta noche
leo,
Maizal, Keats, Valente,
el amor, la muerte al
fin.
Volví
al pinar esta tarde
Volví
al pinar esta tarde,
sí, ya sabes, el viejo pinar de
siempre,
ahora sus pinos
pudriéndose en el suelo,
ahora
sucio, abandonado, triste reliquia de otro tiempo;
sin embargo, al
fondo,
allá por donde paseamos las ultimas veces,
la mancha
verde de la cebada
brillaba al final del día espléndida
bajo
los pies de los cipreses.
Inmensamente
perdida
Inmensamente
perdida y llena de miedo,
siempre deseosa de morir a la vuelta de
cualquier esquina
pero feliz a veces entre mis brazos,
feliz yo
entre los suyos;
así eran entonces los días,
arrobadores y
conflictivos.
Yo por entonces había descubierto
que la vida
era más de lo que nunca hubiera esperado,
tenía un amor,
venía
de una espesa oscuridad
nacida en las entrañas de mi
paternidad,
espesa brea de un verano penoso,
y me encontré con
ella;
era pequeña, le costaba mirar de frente,
quedé prendado
de su vida a medio hacer
de la orfandad que escondían sus
ojos;
con el tiempo su sonrisa se hizo firme
y sus ojos
brillaron expectantes.
Pero quizás nunca llegué a
comprenderla del todo,
su desesperado deseo de romperse la
crisma
contra cualquier pared,
su despiadado y fútil
orgullo
irguiéndose como gallo de pelea
en los confines de un
destierro
donde sólo ella y la lejanía inhóspita tenían
cabida.
Ahora anda en otro planeta
arropada de arrogancia y
miedo
en una lejanía de baratija,
sus cuerdas vocales
atrofiadas
en el frío de la desesperanza;
no canta, no corre,
languidece en alguna lejana galaxia
esperando Dios sabe qué.
Acaso
después de todo
su amor fuera era algo más que un
artificio.
Mientras tanto
miro interminable la noche
y
las alargadas constelaciones
que pueblan el horizonte frente a mi
cabaña,
miro apenado
aquella esperanza que se había ido
abriendo
como un atractivo abismo bajo mis pies,
esos abismos
que ya mis manos y piernas no sortean,
quieta mi mirada sobre el
horizonte del tiempo
que a grandes zancadas se va llevando el
aroma de su piel.
Agradecida
deberías estar
Agradecida
deberías estar de tenerme
en estos versos color perla
sobre un
cielo sin estrellas,
mi voz tras las huellas que tus pies
dejaron
en medio de la Brisa,
la voz temblorosa y firme
la
voz añoranza,
memoria tenaz de tus deseos marchitos.
Me
dirás que por qué sigo desenterrando
esta trasnochada
historia,
y no sabría decirte;
miro la noche a través de mi
ojo de buey
y tarde o temprano allí apareces
en el fondo
luminiscente de tu cueva,
silenciosa, como animal herido
ovillada
en la engañosa soledad de tu destino.
Por asuntos menos
graves se lamentaba Jeremías,
y sin embargo,
¿qué
importancia podía tener la destrucción de una ciudad
frente a
esta catástrofe que urdió tu miedo?
Corro el peligro en
convertirme en estatua de sal,
mas qué,
a mí qué,
¿dónde
y cuando la memoria
el espacio imposible
habrán de dar
reposo
a este paisaje bruno que rompe
contra el
horizonte,
siendo como eres la razón de mi Brisa?
Ah, esa
infinita tristeza
que va dejando las marcas de sus uñas
en la
arpillera del tiempo,
el gozo, aquellos tañidos que recorren
hoy
el silencio de la noche junto al fuego.
Podría
ser como entonces
Podría
ser como entonces al cabo
esas líneas que traía el
mensajero
allá al final de la tarde.
Reconciliado con el
mundo,
al fin la vida;
no era ya sólo el hosco viento,
la
atmósfera había comenzado a ser tibia
y grata de respirar
y a
tus pies un riacho de agua sonaba acogedor;
la espera cumplida
al
otro lado de la bruma:
la mansa llegada del mensajero.
Mas
somos inconstantes
y en el fondo nos apasiona la fealdad,
voluble
y caprichosa la voluntad
arrasando la dicha con palabras
execrables.
Ah, el vómito, nuestra vieja alma oscura,
y la
pasión de sentir la violencia de la riada
arrasándolo
todo,
llevándose consigo
el olor suavemente sudado
de
aquellas mañanas
en que los cuerpos se encontraban
entre las
jaras,
arriba sobre el firme granito
que bañaba el
valle.
Cómo
será envejecer
¿Cómo
será envejecer
allá, en la distancia,
la imagen rota del
recuerdo
cuando quebrada la lógica de la presencia,
el tiempo,
ajeno a la historia y a las pasiones,
inexorable,
vaya
dibujando en su rostro
surcos de niebla,
el cabello cano
la
suerte de los años rodando suavemente,
día tras día, estación
tras estación,
hacia el ocaso?
El rostro dulcificado que
yo querré recordar,
exento entonces ya del orgullo
y la
virulencia de la sangre agolpada en sus ojos,
depurada su
mirada
mansamente sobre los recuerdos,
como en aquel librito
del gato blanquinegro,
el incienso de aquellos breves años
posado
en el horizonte
junto al fuego del atardecer.
Y así mis
horas transcurren
largamente en un ir y venir de olas
en este
invierno de reposado ocio
y ensueño alrededor del tiempo,
nada
que explicar, imágenes,
sucesos que como los pájaros
vienen a
posarse en las ramas de las horas
y llenan con su escueto
canto
mis pensamientos. Y
yo me iré
y se quedarán los pájaros cantandoy
el final de la tarde se vestirá de ámbar
y ya no seremos
siquiera recuerdo.
Ah, esta hermosa enfermedad de vagar por el
tiempo,
amor en la palma de la mano,
un suave soplo y zas,
como
vilano volando por los aires,
aviones de papel de la
infancia
atravesando en espiral el cielo,
una racha de viento
y
date,
cometas, aviones, vilanos, amor,
arriba, arriba,
volando.
De
la espesura del viento
De
la espesura del viento de la tarde
granando en medio del dulce
cansancio,
la brisa de siempre
el roce trémulo,
la hora de
un domingo
donde no será posible recuperar la brisa.
Ahora
sólo queda el inhóspito viento,
la hiel de los errores
subiendo
como un escalofrío por la médula.
Ingrid Bergman y
George Sander
recorrían anoche parecido paraje en una película
de Rosellini.
Nada tan real y presente como la sombra del propio
suicidio.
Y la certeza de que nunca la cueva será otra
cosa,
heces y mohosa humedad, silencio,
el acre olor a
cerrado,
morir anhelando
por más que la luz y el sol
brillen
en el halo claro del fondo a sólo unos pasos.
Destino
lo llaman.
Y no sé bien por qué estos versos tan de color
betún,
esos fantasmas que en la trastienda no dejan de armar
jaleo
aunque uno se despierte cantando
o le sorprenda la
sonrisa de un recuerdo amable
mientras zascandilea con el cemento
y la arena
reparando un muro.
Lo cierto es que ella se fue
a medio hacer
encerrada en su fría y estrecha cocha,
y la
recuerdo,
y pienso en los imponderables
y en su triste vida de
huérfana,
tan pequeña ella,
tan lejos,
tan a medio
hacer.
el
orgullo fue su amante fiel
Y
el orgullo fue su amante fiel entonces,
y los sonidos se hicieron
de hiel.
Jirones de soberbia
poblaban la tarde con sus
gritos despechados;
y ya no había ni grupas, ni besos
sólo el
obsceno canto del cuervo;
cría cuervos.
Y los faros
barrían la noche entre el boscaje,
una día en que el cielo se
cubrió de mudas estrellas.
Sobre
este cojín se recostaba
Sobre
este cojín se recostaba
mientras mis manos recorrían
arrobadas
su cuerpo,
tiempo ha.
Hoy, mientras leía,
el
cojín sobre mi regazo,
el libro sobre el cojín,
descubrí una
mancha bajo la funda,
entre los despojos de la memoria
se abrió
paso
su huella sobre el almohadón.
La tarde había
transcurrido
plácido doce
far niente frente
al cielo de poniente
y hete aquí, sin más,
por arte de
birlibirloque,
de nuevo el cuerpo del delito,
las recurrencias
de su cuerpo y mis manos
recorriendo el místico camino de las
dunas;
volvía, camino del infinito,
a penetrar profundamente
dentro de ella;
mi profesión de fe,
esa única religión
verdadera
con la que tomamos fugaz posesión de un
imposible,
paraíso infernal donde bullen
todas las alegrías y
los horrores
que recorren la historia del hombre.
Un
escalofrío cruzó la soledad de la tarde,
pero pudo mi otro afán
de las palabras,
las palabras que buscan a la mujer en los
versos,
la entrevista solicitud al otro lado del tiempo,
del
profundo y enigmático mar;
como ellas, adormecidas siempre en mis
pensamientos,
largamente expuestas a caer en las redes de mis
ensueños
para dar al fin forma de mujer
a los anhelos de la
tarde que muere
en un leve resplandor frente a mi
cabaña.
Después, la palabra cedió a la brisa de la
memoria,
se hizo leve fuego
brasa
rescoldo,
y con él el
cielo cayó en una profunda oscuridad.
Hoy
me aburren los versos
Hoy
me aburren los versos
la reiterada melodía
de las palabras
tratando de acariciar
con sus manos un porqué,
el calor que
dejó un cuerpo en el ánimo,
el dolor renovado de un grito
que
no termina de extinguirse;
acaso la voz misma de la nada
queriendo
hacer oír las muchas razones
para la desesperanza y
desasosiego;
cuando las palabras no son otra cosa
que palos
de ciego
el humo de una tarde
que se demora sobre las cenizas
del horizonte
confundiendo la realidad
y enredando los días
con su loca charla.
Esta hartura de palabras
cuando lo
deseable sería vivir
fuera del tiempo y las razones,
puro
viento, vaivén de aguas,
fluir de lava por una ladera fría
donde
al día siguiente bellos tirabuzones
adornarán la
madrugada.
De
cuando la vida duele
De
cuando la vida duele
como un profundo tajo en la carne,
todas
cosas que pasan,
como el cierzo o el siroco
como esta nieve de
hoy mismo
lenta e inexorable
trayendo poco a poco la calma
y
el reconocimiento,
la una la otra, ellas.
Y lo que anoche
era oscuridad
y lecho de púas,
la carne convertida en
sílice
en vasta aspereza el tiempo,
torna a ser esperanzado
sosiego.
Este
invierno teché mi cabaña
Este
invierno teché mi cabaña
construí un huerto,
hoy miré la
lluvia
pensando en el nuevo seto de hiedra
que nos aislará del
mundo,
ese monasterio que alguna vez imaginé
para la edad
madura,
para cuando el mundo del exterior
vaya perdiendo
peso
en la consistencia de un tiempo devorador.
Descubrí
el gran placer de vagar por mi casa
imaginando construir en
ella
bellos rincones para la meditación
desde donde mirar la
vida
soñar con cuerpos de mujer
viajar por el íntimo universo
de la memoria
o escuchar hora tras hora
las idas y venidas de
mis anhelos
blandamente ensoñados
en las horas del
crepúsculo.
Hoy, sin más, que volví a oír sus ayes de amor
en
una vieja grabación que todavía hace temblar mis piernas.
Apagué
la luz y quise comprender qué es una mujer,
qué era ella,
qué
importancia tiene para la vida estas cosas,
al fin y al cabo un
cuerpo vestido de deseo;
puede no ser otra cosa un cuerpo,
carne
con forma de mujer, de hombre,
el perenne impulso de la
creación.
Ah, inútil esfuerzo por explicar las cosas
cuando
todo el mundo sabe
que el amor no se explica,
que explicar es
limitar,
que él está ahí como lo están las estrellas.
Leía
esta tarde Gabriela,
clavo y canela,
me
gusta esta mujer que pinta Jorge Amado
y que me hace pensar en esa
historia lela
que me tocó vivir,
que le tocó vivir a ella, la
mujer pequeña,
historia lela de quien entrega la vida
a un
necio patán
y se justifica convirtiendo en vómito sus
días.
Hice una pausa en mis hábitos
en donde ya apenas
caben las palabras,
estos pocos versos
sobre el negro mate de
la pantalla tan sólo;
poca cosa para tanta música que
recorre
este tiempo de contemplación,
el agua de la lluvia, el
viento,
la esporádica nieve cayendo
parsimoniosa y solemne
sobre mi parcela,
el sol asomándose entre los brazos desnudos de
un olmo;
un excelente escenario para contemplar los inútiles
desvelos
para arropar la memoria
y seguir pensando en las cosas
hermosas
que mis manos y mis ojos tocaron,
para resucitar a
cada instante caricias imposibles de borrar,
el aliento cálido
sobre mi cuello,
el gélido frío de una noche en la grieta de un
glaciar
aferrado a la vida sobre una bella montaña de los
Alpes,
la montaña, la amante,
la noche cayendo sobre el mar
infinito.
Hice una pausa en mis hábitos
y llené mi tiempo
del cosquilleo arrullador
de las cosas que me rodean,
las
pequeñas cosas,
los trabajos de jardinería
una cascada y un
estanque
donde pronto nadarán rojos peces de plateadas
escamas,
mañanas de niebla, de sol, de nieve,
mañanas de
invierno
en las que brinca un petirrojo
o planea entre los
álamos un cernícalo,
mañanas de perruna y agradecida
compañía
que bosteza al sol,
que ladra a esporádicos
paseantes
o festeja la vida con sus alborozados juegos.
Y a
la noche, de tanto en tanto, una película,
deliciosa ayer, El
secreto de sus ojos,
siempre
la urdimbre de una historia de amor
sobre la que tejer la comedia
o el drama de la existencia.
Y acaso más tarde las caricias
mi
amor, yo mismo el centro de todas las instancias,
el eco de mis
ayes
en el lecho solitario de la cabaña
bajo el cielo
tenuemente estrellado,
un leve resplandor de luna inundando
la
aterciopelada soledad de mi invierno.
Tu
carne
Tu
carne,
suena en alargado eco todos los rincones de la tarde.
Tu
carne
siempre un grito
escondido en el horizonte
cuando
levanto la cabeza de mi libro
y busco el brillo de las
constelaciones
en el fondo tambaleante de la noche.
¿A qué
tanta charla inútil
tantas voces arañando con sus mediocres
razones
las horas de insomnio?
Tu carne,
el deseo
reptando por mis manos
en la oscuridad de una secuencia,
las
sombras cautelosas y ambiguas
de una gélida madrugada
en la
espesura del sueño,
¿o fue en los asientos traseros
de un
coche perdido en los rastrojos de la noche?
Y el cielo estaba
estrellado
y tu cuerpo ardía entre mis manos
brasa todo
él.
Tu carne, al fin,
convertida en mi calma.
Temblando
en la memoria
más allá de la ventana
el eco de los álamos
blancos.
Cuerpo
silencio
Cuerpo
silencio
grave bajo los acantilados
mientras el día se
resuelve
en incendio carmesí más arriba,
en húmedas y
cálidas
oquedades entre las rocas
al final de un largo
camino
junto al mar profundamente ensimismado
besando los
bucles dorados
que riza el viento.
Cuando todo en ella era
humedad.
Cómo
decir
Cómo
decir,
el cielo azul ceniza
en una imagen de reiteración del
mundo
posando sobre las ramas
preparándose para la noche
en
su azotea,
siempre las constelaciones ámbar en la línea del
horizonte;
y dentro de todo esto
la visión inmadura y
espléndida
el cuerpo de leche
y el paso cauteloso y
mórbido
cabalgando sobre el musgo
leve su peso
una marimba
a lo lejos
en algún lugar entre los setos y el río
y los ojos
abiertos como soles,
la gracia de una nube
disfrazada de
beldad
su musgosa oquedad entre las hebras de arena
cayendo a
raudales
en polvo de oro por la ladera de onduladas
aristas
color mostaza.
El cielo ya negro humo
y ellas
trascurriendo,
su proscenio bajo el alféizar
manos que no
resiste tocar
y bajan silenciosas hacia el breve manantial
bajo
el granito cálido
casi ardiente.
Conchas
sobre el regazo tostado de la tarde
Conchas
sobre el regazo tostado de la tarde
la cháchara azulada
del
viento y el agua
sobre los rizos rubios de la arena,
el
espectáculo del mar.
Merodeando
las dunas
el caminante hace frente al viento
vadea un río en
el atardecer lechoso del Atlántico.
El encaje
blanco.
Rumoroso,
ajeno
a todo lo que no sea él mismo,
en movimiento,
objeto de
meditación,
anoche en conversación con el viento,
adormecido
entre las dunas.
Al
fin llegó
Al
fin llegó
¿no era eso lo que pedían tus labios,
que
susurraba la angostura del alma
engañada por las tinieblas
en
la rosa de los vientos
que equivocaban y extraviaban
con la
violencia indómita
el curso de nuestros días?
El
silencio rumoroso e insoluble,
la condena misma de la
existencia
que parlotea palabras equivocadas y cínicas,
el
ángel que no sabiendo
aguijonea mensajes de destrucción.
Tiempo
de silencio
y de largas noches de lluvia,
a veces exquisito el
placer
de verse atravesado
por la bulla de los pájaros
o el
rodar de los pensamientos
brotando del
silencio,
cantarina fuente
rodeada de cipreses.
Y
enfrente un desarreglado álamo
que habrá de entregar su
vida
para que en el cuadro de mi ventana
el austero olivo
adquiera el protagonismo
que mi ánimo está pidiendo.
Al
sol de la nada
Al
sol de la nada
de posada gracia
de indolente
mirar,
maravillosos cuerpos
sestean en la playa,
claroscuro
la
noche extinguida
y la presión asomada
fijos sus ojos en el
prusia
de las últimas ramas
indolente y fuera del
tiempo
preguntando llanamente
¿qué tal? ¿cómo va todo?
Va,
dejé mi libro a un lado y miré,
en la alfombra de ceniza
azulada
se alzaba ahora
su presencia continuada,
las chicas
de blanco y negro
desafiaban mi atención
sobre el promontorio
de granito.
Mientras
el sol declinaba
Proust
y su mundo,
una vez más,
ayer tarde,
mientras el sol
declinaba
rozando la armonía oscura del olivo.
Un
olor conocido despierta en sus páginas,
el aspecto más amable de
Estropajillo
que asoma en el umbral de mi cabaña
con un conejo
al ajillo para mi cena;
cruza con trotecillo despreocupado
la
sombra de Tizón,
al que sacrificamos días atrás;
en los
vitrales de la iglesia de Combrei
veo mujeres vagamente
desnudas.
Al borde de la retina
la fragilidad del tiempo,
la
primavera brotando en nuestro huerto,
la reiterada presencia de la
mujer pequeña,
el sabor de la magdalena,
tiempo recobrado,
la
vida y el eterno presente del pasado
el gozo renovado de los
encuentros.
Espectáculo
amable
el de volver como las olas
a refrescar en la luz de la
tarde las emociones
la esencia dispersa de la razones
que dan
sentido a la existencia.
Con
su brisa de pájaros
tiembla delicado el verde luminoso
en las
hojas de la acacia,
la luz posa sobre la hierba húmeda
con la
delicadeza de una mano amada.
Es la hora de la lectura,
la
reposada cadencia de un lector anónimo
susurra en mi oído las
páginas de un libro,
los pájaros, el brillo de la cebada
llenan
con su luz el final del día,
esas pequeñas cosas
entre las
que posa blandamente
la frase musical de una mujer
cruzando
insistentemente
el campo de mi memoria,
melancólica
música
acariciando con su brisa mi hora,
la dulce cadencia de
la prosa de Proust
trenzando sensaciones y recuerdos,
componiendo
manojos de tempranas flores
que coloco con cierto
estremecimiento
sobre el alféizar de mi ventana.
Renació
entre los palos húmedos de la noche
Envuelto
en el brillante envés de las hojas tiernas
los oídos llenos de
pájaros
vagando distraídos los pensamientos
por la lectura
de un libro,
la escandalera de las ramas
mecidas sobre el
agitado mar de la cebada
asalvajado y ahíto de lluvia,
preñado
el campo de primavera.
Vino
en las alas
de un apacible resto de siesta;
tras ese vano
gesto de cerrar la puerta bajo siete llaves.
Renació entre los
palos húmedos de la noche
la sedosa llama,
tierna,
irreductible,
llenando con su chisporroteo cantarín
el opaco
vacío.
La
dicha al fin de la brisa
sobre la piel
a la orilla de este mar
verde.
Mas
aun así
Mas
aun así
arrolladora fuerza que pusiste
en mi carne palabras,
versos,
estremecido
de profundidad sin nombre
misterioso
y vulnerable fluir
fuego y frío,
calor e inefable
contento
por más que las palabras de hielo y fuego
rompan a
cada instante
contra la teñida melancolía púrpura
de un día
más,
o
acaso por ello.
El
silencio de la noche de hospital
El
glu glu del exígeno acompaña el silencio de la noche de hospital.
Gorgoteo como el de un hilillo de agua que saltara de una piedra a
otra a pocos metros de un vivac de montaña. Noche de hospital, la
línea de sombra merodeando como un pájaro de mal agüero por el
cielo de la noche de media luna. En esto consiste la vida, en ser
acosados de tanto en tanto por la muerte, por el estruendo de las
olas, por el amor, por el misterio insondable de la realidad, que aun
abierta en canal como en un día de matanza, sigue escondiendo en su
profundidad difusos juegos de luces y sombras. Aquella cueva.
Aquella cueva, el tubo ahumado con su fondo de cristalitos de
colores chisporroteando simétricos en su fondo, la paz silenciosa de
las hayas sumidas espectrales en la niebla de la mañana. Misterio.
El amor misterio, la muerte misterio, el blanco resplandeciente del
quirófano, misterio, la respiración de mi padre como de suaves olas
sobre la playa fluorescente del hospital. El glu glu del oxígeno, el
tac tac del corazón: estamos vivos. Todavía. Dentro de unos días
tendremos luna llena.
Y
aún así
Y
aún así
las tardes y las noches habrán de transcurrir
entre
la sombra y la luz listada de la siesta
agitadas por los
vientos.
Y
la muerte silenciosa de un anciano,
dulcemente dolorosas las
horas
la memoria atrapada,
los restos de un naufragio que van
quedando por ahí
pidiéndole sosiego al tiempo,
rastros de luz
sobre los que descansar la mirada confundida
donde poco a poco la
muerte va haciéndose un hueco
en medio de la humedad rosada del
atardecer.
Y
entre todo ello
los consabidos cuerpos
llamaradas que rebrotan
calladamente
entre las cenizas
en el humo verde de la
hojarasca.
En
el interior de mi cuerpo
En
el interior de mi cuerpo
alza la voz procaz el tiempo,
como
tajos abiertos en mi costado
la úlcera y el dolor
aventados
por la muerte
y el canto de los mirlos,
la serena memoria de
pensarme
en el temblor de otros días,
amor, desasosiego,
el
lento reptar de mis manos
por el granito
a cuyos pies el
perfume de los narcisos,
delicadas gotas de rocío
entre la
rústica fragancia de las jaras,
ascendía.
Cierro
los ojos
y le siento penetrar, dolor,
espandido entre mis
cartílagos,
el pecho,
la memoria dividida.
Y todo mi
cuerpo
es tarde de viento,
esponja salobre en mis
labios,
dulceamargo siseo de las horas,
la esperanza rota,
el
tacto de aquellas cenizas
de huesos y vísceras.
Y el tiempo
anónimo
deslizándose sin pausa
ajeno a todo,
la tarde
ámbar
susurrando en la espesura,
sonando, aldaba
herrumbrosa,
contra mi pecho.
La
piel vieja del destino
y la cortina agitada
con su hilillo de
agua
goteando sobre el pavimiento.
De
la cal de la pared
cuelga el sueño conventual
del solitario de
siempre.
El
trigo, que eran olas aborrascadas
El trigo, que eran olas aborrascadas,
se hizo tranquila
calma con la lluvia,
leve cimbrear que bebe sediento
el agua
inesperada de un final de primavera.
Y
mientras lo miro,
extendido como un claro lago
frente a mi
ventana,
vuelvo a pensar en ella
con infinita nostalgia.
La
nostalgia por los muertos
que enterraron la vida
bajo la pacata
losa del orgullo.
¡Ah, orgullo cobarde y ruin!
Y
sin embargo
¡qué bien huele el campo mojado,
cómo se mueven
gráciles
las hojas de los álamos
contra el perlado gris de
la tarde!
La
sibilante brisa
Y
se me entra
arrobada la memoria cierta
de una nada próxima,
la
sibilante brisa
que susurra cadente
fragmentos de lluvia
que
quedaron adheridas
a las yemas de mis dedos
como actos
inconclusos
que claman por una demora,
una oportunidad
para
concluir aquella plegaria,
romper aquel silencio pertinaz
que
sellaba mi boca
cuando las lágrimas
la emoción del
instante
anegaban mis ojos
llenos de humedad sensual y
febril.
Y
tras la sima de silencio
que recorre la hora,
indecisa, la
memoria se arracima
y vierte su dulce esencia
en la pura
contemplación de mi estar.
Ahora
que se hizo un nuevo silencio
Y cuánto dolor aún
bajo el espesor de los árboles
ahora
que vuelve a rumorear
el verano en el alto follaje de los
álamos,
álamos del río...
ahora que se hizo un nuevo
silencio
en el espacio cóncavo
de una muerte más.
Lo
que el silencio se llevó
lo trae el temblor de las hojas
agitadas
contra el crepúsculo,
aquella, la hija de las tinieblas,
canto
de sirenas
que llega de más allá de las cenizas
como llegan
los pájaros.
Porque
acaso somos uno