Alberto de
la Madrid
Pobre
diablo
http://albertodelamadrid.es/
La
cinta del horizonte
Ceniza
y canción de cuna
la cinta del horizonte
la húmeda vulva
el
dolor, la memoria,
vagan a través del silencio y el llanto
hacia
la débil claridad de seda.
Y junto al día que
amanece,
ribera de un tiempo
que habla de la posibilidad
de
existir más allá de todo pesar,
caer de hinojos
hundir el
alma en la tierra.
En
la noche
Dejé
discurrir el tiempo,
y ahora, en la noche,
cuando los motores
dejaron de perturbar mi silencio,
escucho el canto de un pájaro
allá entre las ramas.
Y decir ahora
que acunado en los
brazos de este día cualquiera
no hice otra cosa que esperar la
hora,
ésta misma
en que mi ánimo y mi memoria,
terminarían
dejando un espacio
sobre el que escribir
acaso versos
de
cuando el anhelo era espera
un dulce canto brotando en la
maleza.
Simplemente
miraré
¿Simplemente
miraré
este gris sombrero de nubes sobre mi cabeza?
¿Diré
de la complejidad del todo
de la maravillosa consumación de la
vida,
de la necesidad de permanecer
entre los límites de la
lectura
y un buen café?
¿Comprenderé que esto es
todo
que la fatiga y la sed
que el hambre y su
satisfacción
cierran los ciclos
posibles?
Hayedo
Lecho
bosque
luz
ambarina
canela la senda
troncos verdes
verdes
lluvia de
ausencia
lluvia, bosque, bojes, laureles
mi cuerpo
camina
humedales de plomo y leche.
Pardo lecho
rumores de
agua
ladera tostada y verde
pardo bienestar
camino
balada
alfombra de agua
parda niebla hermana
viento blanco
espesa
calma
escarcha blanca
rebullidas luengas
barbas
verdes
canción de cuna
tintineo de
hojas
mercurio
muerte.
Tierra
agreste
Por
delante, como surco vacío de tierra,
el desierto desnudo
el
sol del mediodía,
aunque, allá, entre las adelfas
un hilacho
de agua
flores bermejas sobre el campo quemado
el salmón
saturado de la greda
el azul cabalgado de nubes sobre el
llano.
Sed y silencio,
siembra de arabescos
el filo
acerado del sol cayendo
sobre la tierra.
Y
por consiguiente
Y
por consiguiente añoraré tu cuerpo,
ese largo vagar por él,
allá donde se yerguen junto a los tobillos
tus dedos y sus
pasadizos angostos,
allá donde llegaban mis manos
por las
dunas de tus caderas,
por el relieve musical de tus pezones.
Tu
ser tú misma se habrá interpuesto
entre tus ayes y los míos;
seremos más yo pero menos nosotros.
El abismo de nuestro yo
nos alejará de nosotros
y de la espontánea necesidad de
tocarnos.
Amada mía: estamos aprendiendo a ser
realistas,
bien lo sé.
De vez en cuando te escucharé, de vez
en cuando.
Mientras tú te encuentras a ti misma y afirmas tu yo,
yo procuraré poner los pies en tierra firme,
atesoraré los
restos del naufragio.
Yo también debo ser yo,
mal que me
pese.
Mi tristeza -un auténtico tesoro-
habrá de
compartir su espacio con livianas alegrías…
despacio, que todo
se andará.
Y respecto a ti,
ojalá encuentres un pedazo de
pan tierno.
El
salobre dulzor de tus besos
Envolver
mi tristeza en palabras
en brisa alrededor de un cuerpo
rozarlo
con mis dedos.
Añorarlo sin conocerlo,
haberlo tocado en la
reminiscencia de un sueño.
Hoy mis oraciones van de rama en
rama como los jilgueros,
cantando, haciendo versos, sin saber
donde meterlos.
Hoy de luna raquítica, de grillos, de
Chopin,
bebo en la madrugada pedazos de muerte,
recuerdos,
alegrías viejas, el sonajero de tantos y tantos
besos.
Sobre el lienzo de la noche yo escribo
cuelgo aquí
y allá en las ramas mis disposiciones, mis sueños,
los miro en
la oscuridad alumbrar como farolillos chinos
un trozo de viento,
una sonrisa, un hueco de silencio,
un pedazo de tela en donde
envolví mi ánimo tristecontento.
Ya
no ladran los mastines
Ya
no ladran los mastines;
compartiremos nuestra soledad y nuestro
anhelo,
al borde de la noche
en las entrañas del bosque
amado,
descalzos junto a un remanso de agua
donde quedó preso
el reflejo de un rastro de luna
“Vago por la madrugada
esperando el milagro,
la soledad, la caricia de tus
dedos.”
Encontrar hermanos, amantes,
cuerpos donde sumir
nuestro ser, sólo eso,
hundirse en la música de otras
almas,
encontrar la mano amiga,
el tiempo para los
besos.
Tocar también mi cuerpo,
despertarlo como a un
viejo amigo por teléfono,
conversar, departir en la
intimidad,
oírle añoranzas sin cuento.
Viejo amigo, tu y
yo iremos
algún día a buscarnos la vida
por los caminos de
arena del desierto,
de la mano, como aquellos dos reyes amantes,
lejos.
Quizás
no merezca la pena
Quizás
no merezca la pena esperar tanto
sudar todo el verano para
esto.
Será tristeza
un trozo de campo
donde se agostan las
flores,
donde a duras penas
crecerá la grama.
Debería
ser posible
ir por ahí acariciando el mundo,
besando a las
chicas bonitas,
silbando a los pájaros.
Anhelo,
tenerse
en pie más allá
de la estéril energía robada a la función
primera
de la reproducción;
como un badajo sin campana
lleno
de eco, bronce hueco y espeso.
Ciegos, llenos las manos de
cuerpo y llanto
atravesar la nada y tocar
en la infinita
pequeñez del instante lo único,
despertar y volver a la
oscuridad
a fabricar estrellas
a amasar pacientemente
un
nuevo deseo, otro anhelo.
Tras
su rastro
Tras
un rastro van mis penas.
lodo, barro, cieno;
un cielo parejo
cubre la tierra,
montañas de masa indiferente y sin tiempo
por
donde caminan mis ojos de arena.
Apenas la mañana y yo
encontraron otro sendero
entre los vientos de esta estúpida
fuerza ciega
que golpea la cuenca de mis ojos
y abre en canal
mi ser
inundando de mierda la mañana
sobre un fondo de
chicharras.
Lleno estoy de anhelo,
pura mierda.
Y debo
sin embargo caminar, Dios Santo,
una vasta tierra,
cruzar el
horizonte
arrancar de mí el sabor a musgo
el calor del
invierno,
el olor a madreselva.
Debo volver a la intemperie,
a
la noche del inmenso bosque,
a la tierra áspera y
lóbrega.
Aguada
Disuelto
el color
en la textura gruesa del papel,
la aguada
en el
crema pálido
despertando
en medio de la noche
con manos y
ojos llenos
de infinita paz
donde bogan nubes de atardecer
en
el lago de una esperanza calma
azafranada con una gota de
burdeos
como un globo colgando
en un horizonte de
dunas,
escucho el latido de sonajas
que habitan entre los
zarzales
donde un mirlo
esconde aceitunas negras.
Un
susurro de aguas cruza la tarde,
inciertas y polémicas,
trozos
de verdades
despeñándose como cantos rodados
en el declive
del crepúsculo;
olor a azufre.
El deseo siempre a la
postre
de fundir el color y los sonidos,
los olores,
una
pena de muerte aplazada,
con el sabor de un helado de
vainilla
mientras Claudio Arrau interpreta a Chopin.
Furia
roja y negra
en el opaco epicentro de la tarde que termina,
los
cascos sepia, las crines, el trote;
la aguada se hace oscuridad,
noche, pena.
Espuma
y viento
Desearía
escribir
sobre un papel blanco
repleto de trazos negros,
una
tras otra las palabras,
naciendo desleídas
en el
silencio.
Lejos, sin ruido,
las olas besando
unos pies
desnudos;
espuma y viento.
Leyendo
a Antonio Gamoneda
Terrible
premonición los versos que
acompañan mi tarde de hoy,
la de
un poeta ovetense
clamando como dios justiciero
contra un
vientre
la pestilente mentira que hierve
en el infierno de la
memoria.
No olvida el agravio infausto
el cieno que escondía
un cuerpo
imposible de exculpar
por más que su belleza fuera
magnifica
y nacida de la ingenua ternura o
acaso de la soledad
que esconde el delirio de la nada
en la esperanza de un otro
yo imposible.
Y no un instante más allá
de donde no cabe
esperar nada;
se trata de la memoria de la carne penetrada de
frío,
y la desolación
donde horas antes nacía acaso el
éxtasis
brotando como embate de olas
en la cueva marina de los
cuerpos yacentes
traspasados y disueltos el uno en el
otro.
Cada
día
Cada
día debería arrastrar en sí un poema
palabras llenas de sangre
y ansiedad
la luz saturnal que vive en los fondos de las
cuevas;
cada día debería ser testimonio de algo
aunque fuera
el sordo bombeo en las arterias
o el renuente deseo de seguir
adelante
sobre el manto opalino que la niebla va dejando
ingrávido en el ánimo,
acaso arropando los olivos llenos de
humedad y llanto.
Cada día,
¡Dios, cada día! sí,
siempre
el fuego, la espera.
Desde
el altillo de mi hamaca
Ya
no hay tiempo de aprender el mundo
ya sólo puedo aprenderme yo;
y
ni siquiera eso;
canta, pero no te molestes en enseñarme
yo
sólo quiero oír el eco de tu voz
tocar el espacio de tu
cuerpo;
sólo
esperar,
que tan sólo se vive en la espera y el deseo.
Tarde
dilatada de viento
que golpeas contra los muros de mi cabaña,
¿no
es eso?
tarde de lluvia, de niebla,
¿existe otra cosa que la
espera y el anhelo?
la esperanza, que no nos pertenece,
es lo
único que tenemos,
sólo aire entre las manos
la osadía de
pretender,
el cuenco siempre vacío
el recuerdo,
nada que
toquen tus dedos.
No hay ya tiempo.
Acaso mirar la tarde y
leer versos.
Tocar esos pechos blancos,
y dejar que llegue la
noche
y soñar de nuevo,
belleza impoluta de un cuerpo.
No
puedo entender ese mundo
que pasa absurdo hoy ante mi ánimo.
Unos años más de ignorancia
y se acabó, me habré
muerto.
Habré de quemar todo,
que sólo quede el rastro de un
afecto
puro aroma de campo, tomillo, romero.
Hoy me vivo
así,
desde el altillo de mi hamaca de invierno,
leo en el
libro de la vida,
me columpio,
bebo en las manos de la
tarde
espero la noche en silencio.
Lo
tendré en cuenta
Después
que el futuro se desliera
en las oquedades cavernosas y distantes
del latón
en las ramas de unos pinos cercanos,
tratar acaso
simplemente de entender
obligarme a mirar y oír,
gallos,
radial, niño, algunos pájaros que me sacan del sueño
donde
sucedían hechos diferentes y lejanos,
algún dios que se acerca y
me susurra despacio:
aprende de una vez, amigo, rompe el cerco,
vamos.
Un viento repleto de voces deja su carga leve en mis
oídos
olas llenas de espuma que resbalan sobre el cuerpo,
gallos
y pájaros, unos músicos ensayando a esta hora
un ritmo poco
acorde con mi ánimo.
Oír y mirar encienden hoy mi inquieta
serenidad,
lasca prendiendo al cabo del sueño sobre mi piel
seca.
Mientras miro el paisaje sentado
sobre una rústica
poltrona de madera,
el humo oloroso de la hierba
forma nubes
blancas, pasea;
nada que hacer,
aprender mirando dentro de la
tarde,
agua de arroyo encandilada de murmullos,
que hoy me
llega sugiriéndome paciencia;
música amiga, ya lo sé, lo tendré
en cuenta.
Bantac, Luzón
(Filipinas) 29/03/07
Una
pausa en el camino
Mi
cuerpo entero mío y mi memoria
posados en mis manos
sobre mi
piel como un arrullo,
te quiero.
Partes de mi yo que van y
vienen
como los vencejos
volando sobre los tejados,
sin
rumbo,
las alas llenas viento.
Estar conmigo al cabo,
despertar
tú y yo, escucharte;
está conmigo, dime,
acaso soñaste
largos mechones rubios
como nubes cruzando el cielo
mi yo
amado.
Más allá,
extendido,
como yerto sobre las
sábanas,
se mira en el espejo de mis párpados,
cuerpo amado,
te escucho,
venas, sangre, tacto,
alguna brisa rozando gentil,
precioso instrumento con que sudar
y llenar de espliego el
alma
con que explorar otros cuerpos,
precioso cuerpo mío
con
que llenar la mañana
de entrañable poesía,
de besos más
allá de mi mismo,
mi cuerpo,
yo mismo extendido a mi
vera
escuchando en silencio el fluir de mi sangre
la
respiración tranquila,
mi pecho vaivén de olas.
Vida, te
siento.
Viernes
santo en la isla de Panay
Se
celebra una boda en la catedral.
Se amuebla una vida.
Miro,
observo,
Hoy, tiempos de la niñez,
de cuando todavía existía
Dios
y lloraba emocionado
ante una virgen de escayola,
las
emociones por ahí
abriéndose camino
en los ojos húmedos de
la infancia.
Un Viernes Santo,
de cuando entonces, medio siglo
ha,
como si el tiempo no hubiera transcurrido
más allá de una
mañana de sueño.
Así que por lo que veo,
todavía Dios
existe.
Dios sustento de la esperanza;
Dios amor, unos brazos
anchos y fuertes
en que recogerse a la noche;
Dios
todopoderoso...
un coro de hombres y mujeres
entonan monótona
en inglés
una oración triste.
Perdona a tu pueblo, Señor,
no
estés eternamente enojado,
perdona a tu pueblo,
Señor...
According
to the Lord...
Pedro,
apacienta mis corderos
apacienta mis ovejas.
En la iglesia
catedral el eco de la voz del predicador
se alza perentorio y
determinante
sobre la masa de los feligreses.
Un calor pesado
preside la asamblea.
Se narran hechos de hace dos mil años.
Reiterativamente se escucha la palabra paradise.
Hoy
estarás conmigo en el Paraíso.
Hombres tristes de largas sotanas
oscuras
secuestraron al Jesús del Evangelio,
córvidos de
negro
mataron la fuerza de aquel hombre extraordinario,
rebelde,
ejemplar,
y forjaron un imperio de miseria e hipocresía,
quemaron,
adormecieron la voluntad de los pueblos,
indujeron
el miedo en sus cuerpos,
Dios se hizo rey, soberbia instancia,
doloroso padre que todo lo quería para sí.
Viernes santo
en una pequeña isla de Filipinas.
Hora de calor y siesta.
Dejar
el trabajo de vivir en las manos del Altísimo,
es decir, del
clero;
sucumbir al inmenso saco negro de la fe
en donde el
hombre sólo será un sombra de sí
porque Dios y las largas
sotanas
velarán por él,
un futuro donde a hombres y
mujeres
sólo les quedará la paciente espera
del beneplácito
divino.
Dejar el juicio y la razón en salmuera...
y tener
muchos hijos.
Pero la liturgia es bonita,
manos al alto,
tomadas unas con otras,
voces que entonan la gracia de Dios.
El
cepillo, un palo largo con una bolsita violeta en la punta,
recoge
las monedas de las manos de los feligreses.
Era el tiempo de la
comunión.
Cuerpo de Cristo.
Alimentarse del cuerpo del
pariente
entrar en comunión con él,
viejas creencias entre
los caníbales de la Polinesia,
reminiscencias del
Gilgamesh,
¿transcripción al pie de la letra de una
metáfora?
Diez minutos más tarde se forma una larga fila
frente al altar. Cristo crucificado desciende de una capilla lateral
y queda al alcance de la mano de los devotos, que por riguroso turno,
acarician su pecho, sus pies, limpian su sudor, su dolor, lo
consuelan. Perdona a tu pueblo, Señor, perdona a tu pueblo. Fuera,
la procesión se pone en marcha. Faltan los encapuchados, las saetas,
la música, la estrechas calles del barrio de Triana...