Alberto de la Madrid
Luciérnagas
Como
el hijo pródigo
El
ventilador ronronea
como todos los veranos
dando vueltas para
llenar mi cuerpo desnudo
con el beso del aire quieto de mi
cabaña.
Aire quieto que esperaba mi presencia
como yo espero
resucitar
entre las equivocaciones y los misterios
como
espero que el hijo pródigo, ella,
regrese un día.
Nosotros
nos regimos por designios singulares,
nosotros, hechos de anhelos
rotos y
de vientos quebrados
contra las esquinas de piedra
del destino,
llevados por el recogimiento de la hora de la siesta
por el ruido de alas del ángel,
por la voz lejana de un
presagio,
levantaremos un día el vuelo
sobre el campo
adormecido
sobre su lecho de paja
y oiremos al fin
la voz
benigna de un dios
que querrá besarnos.
Es el rastro de
un suspiro
tendido al viento,
secado al viento
como ropa
blanca de colada
ondeando como una bandera
en la cuerda tensa
entre dos árboles;
es sedante anhelo sin prisas
acaso sin
anhelo,
acaso sólo viento
sólo él,
recostado bajo la
sombra de un árbol,
sin el ruido de las penas
o el chirriar
de las puertas mal ajustadas,
es el merecido descanso a la noche
tras una larga jornada
de caminar al sol la tierra ardiente.
* * *
Aferradas
a las concavidades de la rutina
las palabras se resisten,
sus
miembros atorados
faltos del aire aquel
que la brisa del
recuerdo traían hasta mi;
ellas quisieran nombrar la mañana,
la tarde, la noche,
pero perdieron la frescura del camino
la
densidad callada que subía de los pies
duramente curtidos en el
polvo de los caminos
y el batallar de sol a sol por el campo
castellano.
Hoy ya es mañana de pájaros
y del
cascabeleo sincopado de las hojas de los álamos;
perdura eso sí
como en un rincón umbrío del bosque
el calor dejado por el
cuerpo sobre el vivac de lecho de hojas,
cálido rumor,
restos
de estrellas columpiándose en las ramas,
luna fría agitando su
brazo desde el horizonte próximo al alba
esbozando una sonrisa
desde el altillo de un cielo
hecho de silencio y espuma.
*
* *
Tratando
de cazar luciérnagas
en el brillo opaco de las sombras
me
volví a encontrar con tu nombre,
algo más que tu nombre,
el
firmamento se había llenado de luz
pero de la cueva salían
cálidas
las notas de una flauta
y éstas se posaban sobre mi
ánimo,
mano sobre mis cabellos
caricia en mis oídos.
Esas
melodías que colgaban de las ramas
como farolillos chinos,
que
traía el viento
que hacían estremecer la hierba húmeda
ahogar
un suspiro
recordar una canción canturreada de niño
que
quedó perdida entre los alambres de espino
entre el humo y la
carbonilla
que va dejando la vida en su camino,
hacia los
astros del horizonte;
ella venia ahora galopando aquel camino
de
anchas y solemnes curvas.
Y yo con mis prismáticos de marino
oteaba el horizonte
tras el rastro de polvo levantado por los
cascos,
ola de paz.
* * *
La
quietud vino a mi
y se sentó mansa como un perro a mi lado
y
alzó su mano
y le pedí que besara mi frente
porque al fin,
rescatado de entre truenos y tierras fragosas,
debía llegar
la hora de la paz,
la hora del silencio
el tiempo de mirar
los círculos del agua
temblando ingrávidos alejarse a besar la
orilla
el no deseo.
Besar los labios de la noche
y
tendido entre sus brazos
sobre la paja dorada
que germinó en
el vientre de la tierra,
todavía pensar en ella,
largo
rastro de estrellas y constelaciones,
fugaces estelas cruzando el
horizonte
más allá de las sombras de los álamos
llamas
negras sobre el llano
penitentes de brazos en alto,
pensando
en ella.
Amable oscuridad alzada sobre mi saco de dormir
como
un canto, como nana susurrada
entre las hebras del sueño.
* * *
También
hay mañanas
en que ladran constantemente los perros
en que
entrar por la puerta del día
requiere grandes trabajos de
constancia
mañanas sin aire bajo las alas de plomo.
La
cortina encogió en el último lavado
y deja entrar dos palmos de
luz
bajo el volante de su falda,
es jueves de un mes de
agosto a punto de concluir
y las sábanas descienden por mi
cuerpo
en pliegues armoniosos
para alzarse más allá sobre
el cerro de mis pies
en perfecta forma de volcán.
Tras la
listada fragmentación de la luz
atravesando la persiana de la
hora
mi penumbra espera del abracadabra
la maravilla de un
jardín,
puerta escondida e inaccesible
que venga a mostrarse
tras el velo de la niebla
entre las sombras fantasmales
y
los recovecos de mi cerebro,
en algún instante.
Paciente
agazapada espera
entre los helechos.
Ella vendrá y se
abrirá como en aquel relato de Wells,
y habrá el breve y
azaroso encuentro
inspiración para una mañana de viento
madera
de tucanes
cantos de pájaros exóticos
aleteos clac clac de
olas rompiendo onduladas
en el enmarañamiento impenetrable de
los manglares,
besando las raíces de los árboles
las
melenas de las nubes,
los labios del aire,
el gorjeo de unos
álamos
piel tersa de deseos livianos lívidos lesbiano
de
tacto de caderas de mujer
de llanto de hembra
trompeta en la
selva
rumor de alas, deseo
susurros de jungla
plañidos
crepitar de fuego
restallar de látigos sobre la carne
hombre de carne
hombre de hueso
hombre de trapo
hombre
deseo
hombre lagrimas
hombre viento
hombre
cabalgando
cabalgando.
*
* *
Sobre
el arquitrabe
más allá del fuste y de las hojas de acanto del
capitel
se alza poderosa y viril la mañana de los pájaros,
yo
en penumbra
ella en la luz oscilando tras los listones de la
persiana
en las hojas de una acacia;
poderosa, terriblemente
sutil,
a punto de desvanecerse y dejar de existir
a las
puertas del mediodía,
todo parte de la misma apariencia,
el
todo en lo uno, lo uno en el todo,
mañana, tarde, noche
un
abrir y cerrar los ojos,
una armonía escrita para instrumento de
cuerda y viento,
las manos que tañen
el aliento que insufla
vida en los metales.
El reloj marca las 11:49
bisogna ordeñar
y amamantar la hora,
como soldaditos de plomo poner
uno tras
otros los deseos
la inexcusable militancia de la vida;
mientras,
fuera, chillan las urracas rabilargas
que vienen a comer el
pienso de los perros,
tropel de aves levantando el vuelo,
las
olas y la arena dorada,
parca y austera belleza
melaza
alborotada
la elegancia de Praxíteles
el albo mármol
sobre
el rojo fuego del terciopelo
entreverado de sombra y
silencio.
En
mi hamaca
Llenar una
vasija de barro con un trozo de infinito
y beberlo poco a poco a
sorbos
frente al ventilador
en mi hamaca de hilo de algodón
trenzado,
vieja aspiración la de alcanzar el horizonte
la
profundidad marina
donde de lo alto llega difusa la luz esmeralda
que riela sobre las olas del mediodía
amortiguando el dolor
y creando la ilusión
de ese universo visitado en la
inconsciencia
del líquido amniótico primero;
reminiscencias
de eternidad sin tiempo
glauca consistencia gelatinosa.
Quizás
sentado sobre la gran roca
sorber con los ojos cerrados
del
tuétano de la propia incompleta sustancia,
y ser uno con el
orgulloso granito
que se alza sobre el valle hermoso y varonil
rodeado de picudos chopos
de la humilde jara.
Todo menos
sucumbir a la tentación
de abandonar la dolorosa ascensión
hacia los predios altos,
la búsqueda del hijo,
la amante
errabunda
el amor tantas veces atrapado entre aulagas y zarzas
perdido en el fondo de un barranco infranqueable.
* * *