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Génesis

Jon Wood



Génesis

por Jon Wood


Registro de Propiedad Intelectual

Nº 149171. Todos los derechos reservados.


Primera Edición, Noviembre de 2005.

Puerto Montt - Chile.


para Guido


(1934-2008)


PARTE 1

Capítulo 1



Todos vienen de alguna parte; algunos naturalmente del útero, pero otros de alguna otra parte. Los senderos que toman tienen un número infinito de destinos. No hay ningún destino, sólo elección personal.


Luego están las influencias; materiales e inmateriales. Miles de ideas flotando a través del aire hasta que llegan a nuestros oídos u ojos, y son analizadas y viviseccionadas como si fueran partes de un alienígena que hubiese llegado de Dios sabe dónde y que todos estaban tratando de comprender. Nadie comprenderá jamás las cosas más importantes, sólo arrojarán dardos a un tablero. Y no es quién está más cerca el que hace la diferencia, sino aquel o aquella que es el mejor comunicador de su argumento. Uno debe convencer a alguien que tiene la razón aún cuando, en realidad, no la tenga.


Y con las ideas y la comunicación, está la gente famosa por esas dos cosas. Ellos hablan y escriben, y construyen cosas. Son los creadores de trabajo y tecnología. Observamos sus avances y, después de preguntarnos por su creación, nos preguntamos por qué no se nos ocurrió primero. Quizá nunca tuvimos la oportunidad o, más probable, nunca tuvimos la inteligencia.


Luego tenemos controversia, siempre. ¿Quién es el dueño de la cosa creada? ¿Quién fue responsable de su creación? ¿Quién posee el molde? ¿Es realmente original, o es una copia? ¿Cuál es el mercado? ¿Cuántas podemos vender el primer año? ¿Cómo funciona? ¿Cómo puede ser mejorada? ¿Qué propósito sirve? ¿Es confiable? ¿Qué pensará la gente? ¿Es moral?


Y todo argumento tiene dos aristas, o no sería un argumento. Diferencias. Blanco y negro. Tonalidades de gris. Ciencia y arte. Tecnología y tradición. Comedia y tragedia. Las Vegas y Tierra del Fuego. Rosal y espina. La calma y la tormenta. Beethoven y Sex Pistols. El Papa y Jack el Destripador. El Escarabajo VW y el Ferrari Testarossa. Cielo e infierno. Mar y tierra. Felicidad y dolor. Nacimiento y muerte.


Él y ella.

Capítulo 2




Cuando llegó al trabajo ese día, era evidente que alguien había estado allí durante la noche. La puerta podía ser abierta con sólo una vuelta de la llave, lo que era un claro testimonio. Luego estaba la posición de la silla, puesto que él la dejaba siempre retirada y, quienquiera se hubiese sentado sobre el gastado cuero negro la había desplazado por los menos un metro de su lugar habitual. El nuevo olor que colgaba en el aire sugería que el intruso había estado algún tiempo en la habitación.


Lo primero que él hacía era siempre ir a la máquina para hacer café y encenderla, de manera que pudiese estar lista lo más pronto posible.


Pero esta mañana, por primera vez en seis años, rompió la rutina y fue inmediatamente al computador. El encendido funcionó sin problemas y fue sólo cuando se completó la iniciación del sistema operativo cuando resultó evidente que alguien había accedido a los archivos. Al revisar la lista de los documentos recientemente abiertos se dio cuenta de que era más de lo que esperaba. Pero no sólo los archivos habían sido abiertos, era claro que se había llevado a cabo un largo proceso de copiar y borrar. Los archivos estaban en la lista y no en el sistema. Rápidamente pensó en la existencia de copias de respaldo. El material antiguo quizás, pero el nuevo, algo, oh, mierda. Fue al programa de búsqueda, y revisó lo que todavía quedaba. No había nada de sus archivos de investigación.


Seis años. Dios sabe cuántas horas. Todo desaparecido en una noche. Quién había sido no tenía importancia. Lo que sí era vital eran las implicaciones, el futuro, la probabilidad de que hubiese perdido la carrera, que la gloria se la llevaría otra persona, y que su vida estaba ahora medio vacía.


Capítulo 3




Había regresado con una nueva visión.


Todos usamos una huincha que está constantemente cambiando a lo largo de nuestras vidas. Había un anhelo en su corazón de dejar algo de sí mismo ahí, pero sabía que era más probable que hubiese traído de vuelta más de sí mismo consigo. Llevó poco por lo tanto, y volvió con mucho más.


Había sido una oportunidad de abrir sus sentidos al viejo mundo. Había estado en los lugares que tan bien conocía. Tomó conciencia de los cambios y observó las diferencias que habían alterado lo que recordaba. Hubo tiempo suficiente para ver todo lo que quería ver, y notar los cambios, pero más que eso hubo tiempo suficiente para regresar antes de ver algo o alguien que no deseaba ver. Y al final fue como si hubiese completado su misión. Se había sentido como un paracaidista, y había caído tras las líneas enemigas, hecho lo necesario, y regresado incólume.


Pero ¿qué era lo que había logrado? Quizá era sólo un modo de despejar su conciencia. De mostrar a la élite que todavía les amaba. Había dejado a su madre y a su padre hace ya años, y ahora ellos se habían acostumbrado, si es que esa es la palabra correcta, a su ausencia. Siempre habían sabido que él tenía un propósito. No se puede impedir que alguien inteligente y ambicioso busque su propio destino, ya sea al otro lado del mundo, de la misma ciudad o del mismo país. Qué fácil había sido desaparecer todos esos años.


Si hubiese deseado algo, esto habría sido que la escena de Cinema Paraíso, donde Toto se va de su pueblo cuando joven, pudiese haber sido reemplazada por la escena en la puerta de su casa de donde el taxi lo había trasladado raudamente al aeropuerto. No hubo ninguna lágrima, sólo alguien estrechándole la mano y diciendo “No vuelvas jamás. No quiero oírte. Sólo quiero escuchar cosas de ti.”


Parecía más fácil de lo que era, dejar de hacer todo lo que querías. Los amigos, o por lo menos los amigos verdaderos, siempre estarían contigo. Podía ser que no los vieras durante cincuenta años y todavía juntarse y recordar los viejos tiempos. Las otras personas que constituyen tu vida son la familia, que no puedes escoger o llevar contigo donde quiera que vayas si ellos no lo desean, y luego están aquellos que no fueron nunca realmente tus amigos y eran sólo quienes habías conocido y podías encontrar en cualquier parte. Y también puedes hacerte de verdaderos amigos donde quiera que vayas. No hay límite con respecto al número que puedas tener. Pero había sido difícil para él abandonar la familia. Sin embargo sabía que tendría que volver también, algún día, y así lo había hecho. Apareció así de la nada con un par de maletas y regalos para su gente como alguien de vacaciones, que era lo que en realidad eran.


Los primeros días consistieron principalmente en dormir y en comer lo que su madre le preparaba. Hubo una confusión con el equipaje que había traído consigo, y por esa razón, en cuanto despertó salió inmediatamente a comprar alguna ropa; todas las confecciones que le gustaban y que le era difícil encontrar en Chile. Estaba demasiado ocupado como para viajar a Santiago todos los meses con el fin de visitar las tiendas que tenían ropa de las mejores marcas. Pocas personas en el Sur conocían siquiera los nombres, de modo que tenía muy poca de la ropa que gustaba usar. Los puños de las camisas que había comprado, en algunos casos hace seis años, estaban ahora gastados y desteñidos.


Habían sido sólo dos años, pero todo había cambiado tanto que era notorio en el ritmo agitado de la cultura más desarrollada a la cual había regresado. Algunas diferencias estaban simplemente encerradas en la velocidad y prioridades de la vida en Gran Bretaña.


Era casi un peregrinaje. Recuperó su orientación después de dormir lo suficiente pues tenía en mente una cantidad de pequeños planes. Quería visitar a un par de viejas amistades que sabía que todavía lo reconocerían.


Se tomó un par de días más para conversar con sus padres. Ahora parecían menos padres que viejos amigos. Aunque hablaba con ellos por teléfono cada diez días o dos semanas, todavía había aspectos de su vida que necesitaban explicación. Su madre se quejaba más, puesto que lo último que deseaba era que su único contacto con su único hijo se llenase de quejas; el gradual deslizamiento hacia la vejez anunciado por esas punzadas de la artritis que se habían hecho más frecuentes desde el invierno pasado, y por la duda si la pensión sería suficiente como para durar esos últimos años, y por cuantos trabajos se perderían en la compañía de su padre antes que su nombre apareciera en la lista de redundancias. Estaban más viejos, no sólo por los cabellos grises y las arrugas o por lo que decían, sino por lo desconocido que es fuente de preocupación en las mentes de la gente. Los miras cuando no están mirándote y te preguntas en que estarán pensando. Nunca lo sabes exactamente, pero ¿estás seguro de que no son los pensamientos de alguien que es cien por ciento feliz? La gente cambia, y también los lugares. Le tomó tiempo dirigirse al norte y a los lugares donde había estudiado, Edimburgo y Glasgow. El viejo laboratorio cerca de Londres nunca aparecía en su lista de lugares que planeaba visitar. Dos años después de dejar Edimburgo, regresaba para ver a una ciudad que había dejado de ser familiar. Un lugar que, durante su ausencia, se había hecho cirugía plástica. Todavía podrías reconocerlo, pero nunca sería lo mismo otra vez. Se habían construido nuevos edificios en reemplazo de los otros y era evidente que los cambios habían afectado la forma de vida de la gente. Hacían sus compras en nuevos lugares y se habían tornado más consumistas que antes. La iglesia había desaparecido y en su lugar había, no uno, sino dos negocios de teléfonos celulares. La cirugía había dejado un nuevo Edimburgo, y había sido realizada por gente supuestamente experta. Los nuevos edificios no desentonaban con los viejos, eran sólo... diferentes. Era un cambio y, quizá, un shock. Ante la mirada de un observador, parecía ser un cambio para peor, aun cuando todo el mundo está siempre diciendo: “Ah, tu sabes, todos los cambios son para mejor.” Para él, todos los cambios eran para peor, en su casa y en Edimburgo. Los pubs habían cambiado sus nombres, había un club nocturno donde antes hubo un cine, donde había visto su primer filme.


Su ciudad estaba más insensible que nunca. Ese mismo club nocturno había sido testigo de dos muertes a puñaladas y de una balacera durante los pasados doce meses y, junto con las otras noticias, era posible afirmar que el mundo fuera del Sur de Chile se había vuelto loco. Estaba ese tipo que esa semana había sido encontrado muerto en su auto en Manchester, muy conocido por la policía, no de uno sino siete tiros en la cabeza.


Reunido con un viejo amigo, la conversación había girado en torno a sus vidas presentes. Cómo habían cambiado las cosas. De cómo la cultura chilena difería de la británica. Por supuesto que él podía explicarlo todo. Lo último que quería era que le robaran, como había sucedido previamente, cualquier investigación nueva. Ahora confiaba en menos personas que antes. Hasta los mejores amigos eran tratados menos cálidamente. Todos ellos sabían lo que le había sucedido en el viejo laboratorio. Había sido bastante publicitado por los medios y cualquier frialdad de su parte sería fácilmente considerada por los amigos como renuencia a permitir que lo mismo sucediera de nuevo.


¿Cómo establecer diferencias culturales? ¿Cómo explicar que son diferentes? Los objetivos que la gente tiene, ¿quién lo sabe? ¿Dónde está la línea que existe entre correcto e incorrecto? No, eso sería el grado de civilización, ¿no es verdad?


¿Sabes cuál es la mayor diferencia entre una mujer inglesa y una chilena? Una mujer inglesa es igual a un hombre inglés, sólo que son morfológicamente diferentes, por supuesto. Tienen los mismos objetivos, metas, lo que sea, tener un buen auto, una gran casa, dos hijos y ganar lo suficiente durante sus vidas para sobrellevar la vejez y morir decentemente. En Chile, el hombre y la mujer son completamente diferentes. El hombre es básicamente igual al inglés, aparte de usar diferente tipo de pantalones, pero en general la chilena es sorprendentemente diferente. Es mucho más cariñosa, te presta más atención cuando estás escurridizo, enfermo o deprimido, y piensa en el futuro.


Todos pensamos ciertamente en el futuro, pero la mujer chilena no está interesada en tener cierto estándar de vida en cinco o diez años, con un Mercedes estacionado afuera, cualquiera que sea la mejor casa en cualquier ciudad que sea la mejor para vivir. Ella piensa en la familia. En tener algo saludable. Pequeños rostros sonrientes que te cuiden en tu vejez y te den horas de placer antes de que llegue el momento. La unidad familiar. Funcional. Cuántos norteamericanos dicen en entrevistas: “Sabes que no conozco una familia más disfuncional que la mía.” Mierda. Allá todos son así.


Luego están las personas que aman la competencia. Era difícil y largo de explicar las razones por las cuales ya no le interesaba esta competencia. Después de sólo dos años, era una persona completamente diferente. Pero, ¿había cambiado para mejor o peor? El cambio puede ser considerado beneficioso si da felicidad y evita el dolor. Un cambio de polola, por ejemplo. Acarrea dolor, pero el mecanismo de cambio puede ser considerado un éxito si produce más felicidad que malestar. He ahí el utilitarismo en el corazón de toda decisión tomada. Las más difíciles de tomar son aquellas que probablemente generen felicidad y dolor en proporciones casi iguales.


Hay un tipo de competencia roedora diferente en Chile y sólo la experiencia puede decirte si es mejor o peor.


Él era diferente ahora. Había ido a trabajar, pero había decidido quedarse por amor y amistad. Aunque el proyecto estaba desarrollándose tan rápidamente como podría haberlo hecho en cualquier parte del mundo, estaba enamorado y no podría nunca dejar a los amigos que había cultivado.


Capítulo 4




Sólo se sintió feliz cuando vio de nuevo los nevados picos de los Andes al sobrevolarlos desde Buenos Aires a Santiago. La tierra se veía seca y rota y, a medida que se acercaban al aeropuerto, se podían ver huellas y lechos de ríos rocosos, calientes y sedientos por las ya pasadas lluvias. Abajo estaban sus amados chilenos que, lo sabía, lo recibirían con sonrisas y lo interrogarían incesantemente por su viaje reciente a su país natal.


A medida que pasaba el efecto del clonazepam, se sentía un poco soñoliento pero no mareado. Pidió un vaso de agua mineral a la azafata para recuperar la humedad de su garganta reseca a raíz del aire viciado del avión. Miró la tierra polvorienta al descender de éste, y un sentimiento de éxtasis empezó a formarse en su pecho antes que una sacudida y algo que caía de la parrilla en la sección de la azafata, le indicara que estaba de regreso al país.


Con dificultad se levantó de su asiento y caminó hacia la salida tan rápidamente como pudo. Siempre se vestía elegantemente cuando viajaba en avión, aunque todavía no había logrado hacerlo en primera clase. Sin embargo, el clonazepam siempre hacía el viaje placentero y las comidas que se había perdido, eran fáciles de reemplazar en el terminal después del aterrizaje. Al salir del avión, estaba el acostumbrado “Chao” de la azafata, y luego los escalones que lo conducían al suelo, o por lo menos al asfalto, chileno.


El bus lo trasladó de prisa al terminal, y antes de darse cuenta, estaba fuera, y empujando su carrito a la sección de vuelos nacionales, de donde haría el viaje de hora y media a la ciudad sureña de Puerto Montt.


La temperatura era siempre más fría en el sur y, en comparación, Santiago era prácticamente tropical. Había una diferencia terrible entre la Región Metropolitana y la Décima. Uno siempre esperaba que cuando se abriera la puerta del avión en Puerto Montt, la temperatura del aire sería la misma que la de Santiago, pero nunca sucedía así.


Era a menudo mucho más fría, hasta deprimente. El verano estaba bien. Había asados en las playas del lago y baños de sol; cuerpos desnudos demasiado colorados como para preocuparse demasiado con la cada vez más delgada capa de ozono inexorablemente extendiéndose sobre ellos cada año. Solo los gringos se preocupaban. Se cubrían y corrían al dermatólogo cada vez que una peca o un lunar se comportaba irregularmente.


Era tan diferente en esta ocasión a la primera vez cuando había llegado. Había podido nombrar solamente los días de la semana y decir “sí” o “no” en los momentos apropiados y, desafortunadamente, esto no permitía una conversación más larga o emocionante. Ahora las cosas habían cambiado.


Esa vez había sido recibido por un biólogo de la Universidad Austral quien había explicado quien era en un titubeante inglés. Estaba claro que ese hombre bajo de barba estaba haciendo lo posible; además le había acompañado su hijo.


No nos llegan muchos gringos aquí,” adujo el científico quién, resultó que había obtenido un doctorado en Brasil, estudiando el ciclo de vida de algún tipo de rana. Lo llevaron a una camioneta y le dijeron, “Esta, nuestra camioneta es”. Él pensó en Luke Skywalker en su primer encuentro con el Yoda. Su segundo pensamiento había sido: “¿Dónde mierda estoy?”


El científico barbudo lo llevó a un hostal donde fue presentado a la dueña y a sus dos hijas. Todos parecían más bien amistosos y, en cada oportunidad, le ofrecían ayudarle. Pasó a ser algo normal recibir gestos amistosos sin tener que retribuirlos de ninguna manera, ni con dinero ni con otro favor. Resultó que casi todos los chilenos eran así.


Fue en el hostal donde pasó su primera noche chilena. A la mañana siguiente vio el Océano Pacífico por primera vez. No era lo que había esperado, el profundo azul de los folletos sobre la naturaleza reemplazado por un gris sucio; ningún alto arrecife de rompientes, espuma, y un mal olor acompañando la agradable vista de islas y bahías.


Durante desayuno, el hijo joven del dueño del hostal le informó que el mal olor se debía a la mantención de los desagües y que el color del mar cambiaría una vez que saliera el sol, puesto que era siempre así cuando estaba nublado. Su inglés era excelente para ser un chico tan joven. Tenía como catorce, pero era listo. Continuó explicando que el color del océano tenía que ver con su profundidad y con la intensidad de la luz que caía sobre él. Algunos colores eran absorbidos y otros refractados. Eso era lo que le daba su color al mar. Le entendió bien y luego el chico se fue al colegio, satisfecho por haber podido enseñarle algo.


Se quedó ahí sentado, solo, mirando a través de la ventana la expansión de playa de guijarros y el gris gradualmente desapareciendo, mientras mordía su tostada. El pan era igual a cualquier otra tajada de pan blanco, pero la mermelada le era desconocida; pequeñas fresas parecidas a las grosellas rojas que, por su carencia de amargor, decidió que no eran lo que él pensaba que eran. Sabían bien en todo caso y dio fin a la canastilla de pan rápidamente, como para compensar por el pollo y el arroz que había echado de menos el día anterior por los efectos del clonazepam.


De pronto sonó el teléfono. La señora le pasó el auricular; el llamado dejaba en claro que había llegado el momento de empezar a trabajar.


Capítulo 5




Todo era diferente ahora; dos años y unas pocas semanas después. Ahora su español era prácticamente fluido. Se había roto fácilmente la barrera del idioma gracias a su motivación intelectual y a las necesidades básicas de supervivencia.


Algunas personas poseen una gran facilidad para los idiomas y otras nunca tienen la oportunidad o necesidad de hablarle a alguien en otra lengua. Nuestra velocidad de aprendizaje depende de nuestras necesidades, y él tenía una tremenda necesidad de aprender. Si no podía comunicarse con los obreros, sus empleados y colegas, ¿cómo podría funcionar? Le despedirían, a pesar de las letras después de su nombre y su experiencia. Algunas personas pueden vivir durante años en un país y no aprender nunca ni una frase. Suerte la suya por aprender con rapidez. Para él, aprender un idioma era un logaritmo en evolución; al principio, se dio cuenta que estaba aprendiendo dos nuevos verbos diariamente, y un montón de sustantivos nuevos. Con el tiempo el promedio de absorción de éstos disminuyó, y empezó a aprender un verbo nuevo por mes, algunas veces ninguno, y todos los objetos le habían empezado a ser familiares.


Esta vez no había ningún científico barbudo esperándolo y se alegró al ver de nuevo su equipaje. Todos lo estamos. Sin embargo, esa vez, era muy diferente. Dos piezas se hicieron visibles en la correa del equipaje; su maleta que tenía todo lo habitual – ropa, toallas, un terno, los útiles de tocador – que no había sido necesario incluir en su equipaje de mano, y su estuche de muestras a prueba de golpes. Este estaba incluido dentro de una estructura de madera que le permitía mantenerse derecho y bien protegido durante el viaje. Personalmente había envuelto todo el cargamento en el film plástico disponible en todos los aeropuertos importantes. Vio que estaba intacto, lo que probaba que el maletín no había sido manipulado y, más importante aún, que no había posibilidad de contaminación. Puso sus dos piezas de equipaje en un carrito y pasó a través de las puertas mecánicas de vidrio que se abrieron al igual que las puertas del Starship Enterprise, motivándole una ligera sonrisa.


Pero lo que le hizo sonreír más era el futuro, o más bien algo como una mezcla de futuro y lo que él sabía contenía cada uno de los estuches.


Ubicó un taxi, y después de advertirle al conductor que fuera muy cuidadoso con el envase plateado galvanizado, empaquetado en la madera y el film plástico, y que lo pusiera derecho, le dio la dirección de su casa. Un poco ásperamente le dijo al moreno chofer que debía “Darse prisa”, porque no había visto a su perro durante un par de semanas. Su intención fue que saliera como una broma, pero no fue comprendido de ese modo. ¡Bien, qué diablos!, estaba cansado y sabía que Toby le había echado de menos.


Capítulo 6




Algunos dirían que era visionario. Otros, quizá, que era genio. Para otros, tanto la idea como el acto, serían morbosos.


¿Qué queremos de los otros? ¿Por qué llamamos a una persona y no a otra si ninguna de ellas ha estado enferma? ¿Sería demasiado atrevido decir que es simplemente para obtener placer? Y la razón porque esas personas u otras vienen a verte es también para sentir placer. Nos necesitamos mutuamente, y elegimos a los amigos, no al azar, sino por una regla básica... , que necesitamos algo de ellos. Y ellos pasan a ser nuestros amigos si es que nosotros también tenemos algo que ellos desean. ¿Por qué buscamos a las mujeres? ¿Para conversar? ¿Cuántas amigas tiene un hombre? Pocas, generalmente. ¿Y cuántos amigos hombres tiene una mujer? Más o menos los mismos. Un hombre puede conversar con una mujer o con un hombre, pero tiene más amigos hombres porque la conversación es más fácil. No mejor. Más fácil. No hay límites con respecto a lo que uno pueda decir. Si estás sentado en un bar con tu mejor amigo y entra una hermosa mujer, tu puedes decirle todo lo que pienses sobre ella. Si es una mujer con quien estás sentado, te sientes un poco más restringido. Si dices, “Wow, qué estupendo par de tetas”, un hombre concuerda contigo o no, o sólo continúa bebiendo su cerveza. Una mujer probablemente se marcharía, te gritaría, o diría: “¿Son más bonitas que las mías?”, dependiendo de sus intenciones.


En todo caso, el hecho de que un hombre tenga una vida social, es porque necesita amigos para ciertas cosas y amigas para otras. Por lo tanto, un hombre heterosexual que tiene una “amistad” con una mujer heterosexual es una de dos cosas: o deseado por la mujer, o ésta lo desea a él. Así, si no es ninguna de estas dos cosas, entonces no es realmente una amistad. Es más bien una conveniencia, como en una relación comercial. Se trata aquí de no sonar demasiado como Billy Cristal en “Cuando Harry conoció a Sally”, pero el tipo tenía razón en muchas cosas, si la cosa sexual no funciona, entonces la amistad está “inevitablemente condenada”. Así, tenemos ahora una situación en la cual, si un fulano llama a una amiga, no es sólo que quiera conversar, porque cualquier tipo que sea naturalmente amistoso o forastero en otro país o cultura diferente, probablemente se va a involucrar con mujeres quienes, conociendo su propia biología y, probablemente, habiendo visto el mencionado filme, desearán conocerlo en un intento, no para extraer su profundo conocimiento de genética, o para preguntarle acerca de la situación política del país donde se encuentra, sino simplemente para extraer de él la más vivificante de las secreciones llamada semen que contiene el ADN necesario para autoperpetuarse.


Él no era novicio en relaciones. Su primera experiencia sexual había sido a los cinco años, cuando había puesto sus dedos en los labios mayores de una compañera de curso. Ella, a su vez, le había pedido que sacara su pene de sus diminutos pantalones, y se deleitó tanto en verlo como en tocarlo.


La pérdida oficial de su virginidad ocurrió en un estacionamiento de autos cuando tenía diecisiete años, notablemente tarde para un chico de su barrio. Sin embargo, había cumplido con el requisito que ella esperaba y, en el proceso, él había obtenido su primer souvenir.


Cuando esta misma muchacha había sido encontrada muerta, no había semen en su interior, pero la noticia de los especialistas forenses de que la penetración había ocurrido con anterioridad a su muerte, no sorprendió a nadie, menos aún a su madre, que sabía tan bien como todo el mundo que era una suelta. Él fue, por supuesto, interrogado, junto con muchos otros chicos del pueblo. No encontraron nada, y respondió a sus preguntas con tanta tranquilidad que nadie sospechó de él.


Capítulo 7




Había muchas maneras de sentirlo. Todavía. La pesadez en su pecho y la necesidad de llorar y la inhabilidad de hacerlo. A menudo era liberador estar solo de nuevo, pero era peor exteriormente, especialmente cuando ella se había marchado.


Habían estado juntos dos años, y de todas las mujeres era con ella con quien había deseado sentar cabeza y construir algo juntos. Todo el ambiente estaba listo para ello. Habían vivido juntos por mucho tiempo. Habían elegido juntos la casa donde habían vivido y pasado horas hermoseándola. Esas sillas que iban tan bien con la mesa de aspecto rústico, que casi parecía a medio terminar, y esa alfombra que realmente no armonizaba con nada.


El día en que habían instalado luces en las murallas había sido inolvidable, no simplemente por el hecho de que casi habían prendido fuego al edificio, sino por las dos tardes siguientes que habían pasado con velas y que habían aprovechado al máximo. El amor llegó rápido, todo parte de una combinación del deseo de poseer a alguien y de tenerlo ahí para hablar a la vez que para pasar un buen rato. Él había tenido muchas relaciones, como su “colección” lo demostraba fehacientemente. Sin embargo, el sentir algo diferente le aportaba esa motivación que necesitaba con tanta frecuencia para seguir adelante. No importa cuántas veces una persona se involucra con otras, siempre tiene conciencia de que siempre hay una falencia en todas las relaciones. Eso, hasta que encuentra algo diferente. Realmente.


Él amaba el cine. El celuloide le era tan importante como el aire o el agua, y se negaba a compartir esa experiencia con nadie. Había pocas películas que miraba, pero cada una de ellas estaba reservada para cierto estado de ánimo. Si se sentía de cierto modo, entonces vería un filme que le viniera a ese sentimiento, o incluso mezcla de sentimientos. Las películas que veía con otras personas eran las más recientes, en video. Ir al cine le daba la oportunidad de gozar el formato o versión original; aunque la experiencia era a menudo echada a perder por los chicos gritones, la gente que aplaudía, o simplemente hablaba en voz alta. Hotdogs y popcorn. ¿Qué significaba todo eso? Este era un lugar para mostrar una forma de arte, no un circo de mierda.


Si pensaba sobre todo eso, la tendencia estaba clara; ellos eran el común denominador que era tan, bien...dominador. Eran la causa del problema pero también la solución. Le obsesionaban cuando estaba solo, y le satisfacían cuando no lo estaba. Las historias varían en extensión, algunas breves, otras más largas, pero cada una es una historia en sí misma. A menudo se encontraba involucrado, de alguna manera u otra, con mujeres. Para él, las mujeres eran, al igual que su trabajo, un desafío. En los primeros tiempos de conocer mujeres, encontraba a cada una completamente diferente de las otras que conocía o había conocido pero, a medida que maduraba, se le hacía más y más evidente que había características comunes entre ellas. Era difícil decir cuántas, quizá cientos, pero algunas eran más dominantes en las hembras que en los machos.


Para un hombre no es ningún desafío estar en presencia de otros, y es más relajante estar en presencia de éstos que en compañía de mujeres. Con éstas, un hombre está usando siempre más energía para tratar inconscientemente de probarse. Su mente está más activa, sus sentidos más afinados, y su promedio metabólico es más alto que lo normal. La sangre fluye más rápido, las reacciones se aceleran y la sensación amplificada es como un zumbido, posiblemente apenas discernible o, de nuevo, inconsciente.


Conocer una mayor variedad de mujeres a lo largo del tiempo pasó a ser casi otro tipo de investigación. Pero, a pesar de las características generales, parecían tener una gran variedad de rasgos. Posesividad. Motivación. Inteligencia. Diferentes niveles y más. Por lo que sabía, las características venían de los genes; la competitividad de los alelos. Pero los rasgos eran una sola manera de diferenciar a grupos de mujeres, y si lo deseaba, podía clasificarlas de ese modo. Una vez incluso lo había intentado, la clasificación, pero el esquema se había puesto muy complejo y por último había decidido que iba a tratar de asignar un filme a cada mujer que había conocido.


Y, a pesar de esas características, su educación le decía que el efecto de cruce del ADN durante las divisiones mitóticas del embrión humano significaba que la producción de cualquier individuo era una de las posibilidades casi infinitas de la entrada genética de los padres. Así que, aparte de aquellas características que eran dominantes como para clasificar a la mujer, había tantos detalles pequeños, manierismos y rasgos físicos que hacían tan única a cada una de ellas, y ningún hombre, cualquiera que sea el tiempo que tenga, no podrá jamás encontrar a dos mujeres exactamente iguales.


Pero, después de años de desplazarse de experiencia en experiencia, de relación en relación, ya se estaba cansando de todo eso. Y aunque, al llegar a Chile, se vio enfrentado al hecho de que había muchas mujeres que deseaban conocerlo, finalmente se había sentido satisfecho con una. Se habían conocido de una manera tan prosaica que nunca habían pensado que el resultado sería esta cosa maravillosa, que podían construir algo tan perfecto los dos que cualquier otra relación sería una burla. Crecían juntos como dos arbolitos plantados uno al lado del otro y el transcurso de las estaciones sólo hacía que el tiempo pasado juntos fuese aún más placentero. En cuanto a ella, era más feliz de lo que había sido jamás, y la relación previa de seis años de la cual se estaba recién liberando cuando lo había conocido, apenas había sido suficiente para mantener la sangre bombeando a través de su descontento corazón. Así cuando él llegó a su vida, ella se sintió aliviada al tener un nuevo propósito, cualquiera fuese el problema principal que resultara de una relación de seis años en Chile, por lo menos significaba que el pololo había sido incorporado a la familia, y existía ya consenso de que se casarían.


Aquí surge un problema, puesto que no es común que una chica chilena de, digamos, veintidós años, haya tenido más de uno o quizá dos pololos, normalmente habiendo podido tener la oportunidad de salir de noche sólo después de cumplir dieciocho o algo así. Y probablemente en compañía de amigas mujeres.


Así que lo que sucede es que la chica, ya que ha estado sólo con un par de fulanos, puede convencerse que lo que está experimentando es amor, sin haber tenido varias relaciones con las cuales comparar la presente. Así la chica está con su pololo hasta que, eventualmente, se casan, y ese es el término de su vida.


Afortunadamente, Claudia reconocía la diferencia entre el amor y la amistad y, cuando le quedó claro que después de varios intentos de reconciliación no había ningún futuro para ellos, había por fin dicho adiós a la pareja de seis años. No había sido una decisión fácil de tomar y el hecho de que apareciera constantemente por la casa, la había hecho aún más difícil. Solía llegar del trabajo y encontrarlo sentado en la cocina conversando con su madre y sirviéndose otra taza de café. Su madre lo quería como a un hijo, y esto era una gran diferencia para ella y, puesto que había tenido tres hijas, lo había adoptado y, al igual que él, había encontrado difícil de aceptar la decisión de Claudia de dejar de verlo. Era lo mejor, pero era difícil tratar de convencerla de que aceptara ver a un reemplazante inmediatamente.


Capítulo 8




La había conocido ya durante seis meses o algo así. Nunca le prestaba atención cuando llegaba a la compañía, principalmente porque era tan trabajólica. Estaba empleada en la oficina como reemplazante de la secretaria que estaba con permiso pre- y post-natal, y que había concebido durante las previas celebraciones del día de la independencia chilena, el 18 de septiembre. Claudia había sido contratada por el jefe de personal para contestar el teléfono, enviar faxes, y encargarse de archivar lo que fuese necesario. Claramente estaba más que calificada para hacer lo que estaba haciendo, ya que había estudiado contabilidad en la Universidad Austral de Chile en Valdivia. Desgraciadamente, debido a la escasez de trabajos, se había visto obligada a buscar uno en otras áreas después de graduarse.


Una amiga de una amiga le había dicho que la secretaria del laboratorio pronto saldría con permiso maternal, y había llamado al jefe “por si acaso” existía una posibilidad. Sucede a menudo de esta manera en Chile; la forma en que la gente encuentra “pegas” porque conocen a alguien, un poco como el club de los viejos amigos en Inglaterra, y no porque estén particularmente bien calificados. Así sucede, y son frecuentes los casos, en que encuentres a alguien muy arriba en la organización que es totalmente inepto o inepta para el trabajo que realiza. Sin embargo, es probable que ofrezcan algo completamente diferente a la compañía, quizá amigos en el gobierno regional, o viejos amigos del dueño de la compañía y, por lo tanto, alguien en quien él o ella pueda confiar, aún cuando sean completamente inútiles para el trabajo que se les ha asignado.


En el caso de Claudia, el amigo del amigo era alguien parte de un grupo mixto que jugaba tenis con el jefe de personal del laboratorio y su esposa los fines de semana. Ella necesitaba a alguien que le ayudara a poner un pie en la puerta. Eso era todo. Después, era cosa suya y rápidamente se había acostumbrado al trabajo de la oficina. Era eficiente. Cuando estaba hasta el tope de cosas, empezaba a involucrarse en otras tareas, como iniciar el inventario de todas las provisiones de la oficina y luego tratar de continuar con las órdenes para el laboratorio. Ahí él la detenía, sabiendo que era mejor si no se involucraba tanto en los proyectos mismos del laboratorio, por ser sólo temporal y todo eso.


Su primera conversación había sido un poco incómoda.


Claudia ¿podría venir a mi oficina?” fueron las primeras palabras, aparte de los “hola” y “buenos días” que habían intercambiado.

Por supuesto Dr.”, había tartamudeado al percibir la seriedad de su voz, y rápidamente se había dirigido al “hall”, echándose una arregladita en el camino.


Tocó a la puerta que estaba entreabierta, habiéndose cerciorado primero del nombre en la placa para no equivocarse. La cantidad de letras después del nombre, la sorprendieron un poco y se hizo la idea de que iba a encontrarse cara a cara con este hombre ligeramente más intimidante. De adentro se oyó un abrupto “¡Siii!”

Cuando entró a la oficina, lo primero que notó fue lo tenuemente iluminada que estaba. Las persianas estaban completamente cerradas y el doctor aparentemente prefería trabajar a la luz de una lámpara de escritorio de halógeno. El computador estaba zumbando y el monitor aportaba iluminación adicional al rostro que estaba sentado tras el escritorio. Por lo que pudo observar los tonos de la pieza eran rojizos y algunos cremas. Había poco plástico, madera y vidrio en cambio. Parecía más una sala de estar que una oficina y eso la hacía sentirse más relajada y preparada para ser recibida. Él echó una mirada desde el tap-tap del teclado para mirar este rostro bonito pero de aspecto nervioso observándolo desde la puerta. Le hizo un gesto silencioso con el movimiento de una de sus manos, mientras continuaba tecleando con la otra, simultáneamente revisando lo que estaba escribiendo.


Ella se deslizó hacia el escritorio, la tela de su falda nueva estrechándose en sus rodillas con cada paso. Al llegar al escritorio, el doctor todavía tecleando rápidamente, insegura si sentarse o continuar de pie. Y ahí estaba, tratando de ocultar su nerviosismo, esperando que el doctor terminara su párrafo. Echó una mirada a su alrededor en la semi-penumbra. Su maletín estaba apoyado contra el muro, bajo un sombrerero de donde colgaba su chaqueta impermeable color burdeos, todavía húmeda por la lluvia de la mañana. Cuando llueve en Chile, realmente llueve. No es la lluvia afeminada de Inglaterra que trata, pero fracasa, de mojarte; es la lluvia enviada directamente por un Dios choreado que sabe que las plantas necesitan agua y está demasiado ocupado para enviar lloviznas. Uno piensa a veces que un golpe directo de una gota podría dejarlo inconsciente, pero dicho un estado no es el problema principal, sino cuántas horas pasarán antes de que te sientas completamente seco de nuevo.


La única fotografía en toda la pieza estaba sobre el escritorio. La suave y oscura caoba contrastaba fuertemente con el pino del marco de la foto. Ésta mostraba una imagen con dos figuras. Claudia estaba tratando de ajustar su enfoque cuando él habló.


¿Se está ambientando bien?” le preguntó con un notorio acento de gringo, interrumpiendo su tecleo en la mitad de una frase. Él se echó hacia atrás y levantó la vista simultáneamente, mirando los ojos de la joven, grandes y de café oscuro, que lo observaban.


“Estoy..., eh, bien, gracias,” replicó. Le sonrió e invitó a sentarse. Su esbelto brazo se despegó de su lado y asió la parte trasera de la silla con respaldo de cuero y la retiró del escritorio. Su pelo estaba atado atrás, y en la penumbra de la pieza se veía muy oscuro, pero aún a luz del sol era oscuro. Más bien negro, tanto como era posible, pero brillante, y cada hebra tenía un extraño espesor. Era desusadamente grueso y eso era perceptible aún antes de tocarlo.


Estaba sentada muy derecha, su postura sugería que esperaba con ansiedad sus próximas palabras. “Debo decirle que lo está haciendo muy bien. Aun cuando es sólo un trabajo temporal, usted parece estar tomando el trabajo muy seriamente. Estoy impresionado. ¿Le gusta lo que está haciendo?”


Ella dudó un momento, antes de responder. “Me gusta la gente. Lo que me gusta hacer es contabilidad, eso es lo que estudié.”


Bien”, respondió él, abruptamente coincidiendo con la apertura de los labios de Claudia al tratar de decirle algo más sobre sí misma. Él no parecía estar particularmente interesado. Entre frases sus labios permanecían ligeramente alzados en los extremos, y lo que le preocupó a ella fue el ligero cambio de tono cuando él entró en materia. Se sintió de nuevo nerviosa mientras escuchaba. “Lo que necesitamos Claudia es alguien confiable y eficiente durante este período. Yo no tengo ninguna duda que tú eres esa persona. Sin embargo, me gustaría restringir tus tareas a ciertas funciones y no a todo lo que tenga que ver con el laboratorio, las provisiones o el trabajo que estamos haciendo aquí. Mensajes y llamados – bien. Laboratorio – no tan bien.” Se detuvo, esperando una señal de que había sido entendido.


Claudia asintió con la cabeza en el momento adecuado para que el doctor pudiera continuar.

Así que, por favor, entienda que usted es una parte valiosa del equipo aquí, pero lo que no quiero ver es que decida extender sus alas en áreas que no le conciernen. De otro modo, continúe funcionando tan eficientemente como lo ha estado haciendo hasta este momento y veremos como marchan las cosas. ¿Está bien?” Esperó otro gesto de su parte, pero éste no parecía llegar esta vez.


Eso es todo,” replicó, y giró su atención hacia el monitor. Al levantarse Claudia y avanzar hacia la puerta, escuchó el sonido de las teclas empezar de nuevo. La habilidad de teclear sin mirar al teclado es útil cuando una joven atractiva te da la espalda y piensa que tu atención no está centrada en su cuerpo.


El doctor, siendo humano y masculino, no pudo resistir observar como giraba de la pieza, casi como la figura de una patinadora al deslizarse de lado a lado.


Este había sido su primer encuentro. No el mejor, seguro, pero mucho más constructivo que los “buenos días” que habían intercambiado previamente. El trabajo continuó normalmente durante los meses venideros, un período de dieciocho semanas en total, hasta el término del permiso post-natal de la secretaria oficial.


Se encontraron sólo una vez fuera de las horas de trabajo durante ese período. Él era siempre el primero en llegar en la mañana y el último en partir en la tarde. Pero esas largas horas eran muy largas porque eran necesarias; si él no hacía el trabajo, ¿quién lo iba a hacer? Tenía algunos de los mejores genetistas del mundo trabajando con él, pero ninguno de ellos había hecho los mismos avances suyos en Inglaterra antes del espionaje. Así que trabajaba lo necesario. Cuando volvió a verla de nuevo, fue bajo circunstancias completamente diferentes.


Hasta este primer encuentro, el que había tenido lugar algo así como seis meses después de su llegada a Chile, se había creado una vida bastante grata. Aunque había traído pocas cosas consigo, especialmente ropa y su colección de discos compactos, con el dinero que le habían dado como incentivo para iniciar la operación, había tratado de simular la vida que llevaba en Inglaterra. Había arrendado una casa entre las ciudades de Puerto Montt y Osorno, cerca de la carretera central a ambos centros. Era un edificio de estilo muy europeo, con tres dormitorios y espacio más que suficiente para una persona sola. Habían suficientes ventanas en el edificio como para hacerlo parecer más espacioso, y la vista valía la pena para vivir en el mismo lugar aunque hubiese sido una pieza para sólo una cama.


La palabra espectacular no era lo suficientemente descriptiva. La sala de estar y el dormitorio principal compartían la misma vista del gran Lago Llanquihue, el segundo lago más grande de Chile, y el tercero o cuarto más grande de Sudamérica. En su ribera yacen los volcanes de Osorno y Calbuco, cada uno de ellos de alrededor de dos mil metros de altura, y cubierto de nieve durante todo el año. En todo caso, él podía verlo todo y, aparte de la piedra y el mortero, era el jardín el que lo mantenía interesado. La mitad era cascajo y mugre, y la otra mitad necesitaba algo de trabajo si quería solucionar el disparejo crecimiento del prado y llenar los espacios desnudos. Pero eso sucedería con el tiempo. La compañía le había dado una camioneta para movilizarse. Tenía cinco mil kilómetros de recorrido cuando la recibió, pero todavía tenía ese olor a nuevo que ahora se puede comprar en una botella. Echaba de menos a Toby. Sus grandes orejas caídas y su deseo de hacer el amor con todo aquello que se moviese o no. Ahora vivía con sus padres en los valles de Yorkshire y tenía más espacio que el que jamás había deseado y más del que ahora necesitaba puesto que tenía casi diez años y era mucho más lento que lo que solía ser.


De todos modos, a los dos meses de su llegada a Chile, la fuerza con que extrañaba al perro se había hecho abrumadora. Así que ubicó un centro de crianza de perros locales y se las arregló para hacerse de un cachorro de labrador al cual también había llamado Toby. Esto le hacía sentirse mejor, como si el nombre pudiese compensar algo de la ausencia que sentía de su fiel y viejo amigo. Fue mientras paseaba a su nuevo compañero que se encontró con Claudia de nuevo.


Capítulo 9



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