Excerpt for El nombre de las nubes by Sandra Becerril, available in its entirety at Smashwords

El nombre de las nubes

by Sandra Becerril


Published by Ed. Amarante at Smashwords


Copyright 2011 Sandra Becerril

Copyright 2012 Editorial Amarante



Smashwords Edition, License Notes

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* * *




Índice

I

II

III

IV

Bio-bibliografía


* * *




Para Ender, Leo y Sergio,

porque nunca me había sentido tan llena de amor

y nunca me habían amado tanto.




I


El amor a primera vista no existe. Ni a segunda o décima. Sólo cuando lo ves recién despierto, con lagañas, sin bañarse, algo de saliva petrificada en la barba, cejas despeinadas… si aún después de eso tienes ganas de hacerle el amor, sólo entonces puedes presumir que estás enamorada.

Así le sucedió a Elizabeth esa madrugada en que los ronquidos traileros de su compañero la levantaron al baño. Al regresar a la cama, las persianas abiertas permitieron que la luz tenue de los faroles de la calle pegara justo en ese adefesio dormido en su cama. Para el resto del mundo, el hombre dormido era grotesco, con las piernas velludas abiertas, el pecho subiendo y bajando en armonía con la respiración atorada con la saliva en su garganta, los ojos semiabiertos como zombi de mala película de miedo; la boca en una mueca tipo dolor que dejaba ver la separación entre sus dientes frontales por donde salía un silbido de tren de Veracruz y un hedor a comida en descomposición.

Elizabeth no podía quitarle los ojos de encima, deseando que no despertara. Sin embargo, ella no pensaba eso para salir huyendo como todos lo haríamos. No. Ella quería seguir contemplando la extraña belleza que provocó que su corazón bajara de un salto hasta su estómago. Se recostó junto a él, procurando que su poco peso no provocara que el colchón crujiera y lo abrazó.

Estoy enamorada, pensó tiernamente, ya me jodí.

Esa misma noche, Elizabeth decidió que lo suyo duraría seis meses y después lo asesinaría. Sería una hermosa, joven y apetitosa viuda. Es más decoroso ser viuda que dejada. Elizabeth tiene razón: todo amor tiene fecha de caducidad.

La fecha de la que hablaba comenzó a correr el día que se mudaron juntos. Él repetía cada dos horas que su plan nunca fue vivir con alguien, tener una pareja, que no la amaba pero… las circunstancias los habían llevado a estar juntos. Necesidad. Nada más. Quizá un poco de sexo. Muy poco para lo que Elizabeth esperaba. Él era libertad ante todo: libertad para otras mujeres, libertad para tomar el dinero de ella, libertad para criticar… El corazón de Elizabeth comenzó a llagarse sin que ella lo notara. Le dolió cuando su alma sangró y ya era tarde para repararla. Eso le quitó el antifaz y vio a aquel hombre como el resto del mundo lo veía. No eran los ronquidos, el hedor o que se despertara a la una de la tarde. Eran la falta de interés, el no trabajar, los regaños paternales, el ego y su pésima actuación en la cama.

Cuando Elizabeth le propuso experimentar con otra posición que no fuera la misma que la conquistó, él la llamó ninfómana y nunca más volvió a tocarla, por lo que ella, de manera lógica, consiguió un amante para no quedarse sola en su viudez prematura.

Todo el día sentía en el estómago la aprehensión que causa la ansiedad. Sabía que al llegar por la noche, él ni siquiera la voltearía a ver aunque Elizabeth le bailara desnuda; no la escucharía a menos que ella gritara que no había más dinero. Y, por supuesto, no la amaría porque para él eso del citado amor era algo muy serio y que no debía tomarse a la ligera. Por lo tanto, llevaba meses meditando si debía o no amarla. Si ella lo amaba, perfecto, él no tenía inconveniente. Como se consideraba un artista, no trabajaba. Por las mañanas, la misma letanía: No trabajo porque la sociedad me discrimina. Ellos me hicieron esto. Y tú, Elizabeth, no eres tan buena como pareces, porque perteneces a ellos, los que me han destrozado la inspiración. Odio a la gente mediocre de este país. No tengo ni zapatos decentes, ¡vaya!, ni siquiera para mi yerba, que es lo único que me tranquiliza…

Ella sacaba un billete de la cartera; primero lo hacía de corazón, luego para que él no hablara más. Él lo recibía con rostro de No, no, no lo hagas, no soy un mantenido, pero eso sí, ya había estirado la mano para recibirlo y guardarlo en la cartera que ella le regaló.

Todo esto aceleró el proceso de su muerte.

No es que ella fuera una viuda negra, sedienta de sangre. Es más: Elizabeth jamás había matado, pero ya había meditado tanto sobre eso que se consideraba una experta. Para ser fiel a la verdad, confieso que Elizabeth siempre tuvo ganas de asesinar y su instinto la llevó hasta ese parásito.

Ese día, aunque ella no lo supo, su inconsciente encendió las luces rojas de Precaución, patán a la vista. Claro, si ella se enamoraba y él la hacía sufrir, Elizabeth sería una mártir muy especial. No es que quisiera serlo, fue sólo por precaución, no fuera la de malas que alguien sospechara cuando encontraran el cadáver.

El proceso inició de esta manera: Elizabeth se ganó uno a uno a los amigos de Él, que no tenían duda alguna de que ella lo amaba por sobre todas las cosas. Después le consiguió un mecenas para que pudiera ser el artista que decía ser.

Por supuesto, el mecenas era un actor amigo de Elizabeth, al cual le pagó para representar ese papel. Él le presumió a su diminuto mundo entero sus próximos triunfos, haciendo una fiesta en la casa de Elizabeth y destrozando todo.

El amante de Elizabeth tenía también una mente delictiva y todo esto se le hizo muy divertido porque admiraba la frialdad con la que ella platicaba cómo mataría a su pareja mientras estaban desnudos en la cama del hotel de paso que estaba frente a su casa.

Es tarde, hora de que Elizabeth descanse para soñar con su autora. Además, Aileen ya sabe cómo lo matará, sabe todo sobre ella. Apaga la computadora. Conforme camina hacia la cama va aventando su ropa. Se recuesta en el colchón del lado derecho. Mira el lado izquierdo vacío.

Trata de no pensar, de relajarse. Con los ojos cerrados y en posición de cadáver intenta la meditación que le enseñó su psicóloga: tu pierna derecha está relajada, muy relajada, totalmente relajada; tu pierna izquierda está relajada, muy relajada, totalmente relajada, tu… Qué idiotez. La fantasía es el mejor arrullo: Pedro entra despacio para no hacer ruido. En la misma cama, revolvía sus labios con la espalda nocturna que dormía a su lado. Ella se da cuenta de que le gustaba hacer el amor con Pedro en las madrugadas para despertarse temprano con los rastros de él escurriendo entre sus piernas. La atrapa ese frío que corta la yugular del amor que tiene límite de conservación. Se mete en sus sábanas como él lo hacía… reptando entre sus sueños hasta llegar a los ojos que arranca con furia para que ya no lo vean. Los ojos rebotan libres por el lugar lleno de recuerdos que los devoran, dejándolos muertos en un pasado que no tuvo la oportunidad de seguir viviendo. Después va por la lengua. La corta con una mordida que sabe a sal de mar. La devora. La lengua no dice nada, ya no tiene nada que decir. Ella sigue tendida, soñando que él la sueña, por eso no nota que el frío entra por la respiración enfermiza de tabaco y en sus pulmones sopla libertad.

El chirrido de la puerta al abrir, las llaves sobre la mesa, la chamarra colgada en la silla del comedor, la computadora sobre el escritorio, pisadas entrando a la habitación, ella haciéndose la dormida, zapatos por aquí y por allá, afuera pantalones. El cuerpo de Pedro recostado al lado izquierdo de ella, el cuerpo de ella cuando el brazo izquierdo de él la jala y la rodea. Ella se queda en ese sueño para ya no querer despertar jamás. El frío lo sabe y se va sigiloso por la ventana, dándole a este cadáver la oportunidad de vivir en el cuerpo que siempre soñó.

Aileen sacude la cabeza. Demasiados pensamientos, necesita un exorcismo. Al fin y al cabo, la relación con su marido no se definía como amor. Era algo físico. Se levanta, enciende de nuevo la computadora, un cigarro y sus dedos se mueven cual tentáculos sobre el teclado donde vomita ideas, terrores, noches desveladas. Un ruido afuera. Aileen se asoma por la ventana. Nada. Ve la puerta sola, esa por donde ella aventó las cosas de Pedro una madrugada, en bolsas de basura. Si llegara un ladrón no tendría nada que llevarse —piensa—; ni mi dignidad.

Y sucedió lo inesperado. Elizabeth aguardó una semana entera de angustia y nada. La prueba de ochenta pesos que compró en la farmacia lo confirmó. Un descendiente de aquel que pensaba matar nadaba en ella. Maldición. En la noche, se lo dijo entre el café y el pan relleno de queso. Estoy embarazada. Él se tronó el cuello y gritando le echó la culpa. ¿Qué no te cuidabas? ¡Carajo! Esto no puede pasar ahora que seré famoso. ¡En este momento terminamos! ¡No! Ese “no” se le escapó a Elizabeth sin que se diera cuenta. No. La palabra del rogar. No me dejes. No quería que la dejara por el simple hecho de que si se iba, todo lo anterior habría sido en vano y ahora no podría asesinarlo con tanta facilidad. No te vayas. Entonces aborta. No tengo dinero. Sí tienes, vi tu estado de cuenta ayer que llegó. ¿Por qué revisas mis cosas? Porque me mientes, dices que no tienes dinero y sí tienes, eres una egoísta que sólo piensa en sí misma, no sé cómo puedo vivir con alguien como tú. Acto seguido, le arrebató la cartera y salió azotando la puerta. Elizabeth se levantó aguantando el suplicio. Vio cómo él se alejó por la ventana. Tomó el teléfono.

¿Hola? Sí, estoy embarazada… Claro… tuyo… Sí, tengo miedo… ven. Aquí te espero.

Elizabeth colgó sudando. El bebé no era del amante, pero ¿qué más podía hacer? Abortaría, de eso no había duda, pero no sola. Tenía miedo. Qué sentimiento tan humano. Además, había que acelerar los planes. Ni ella ni él aguantarían más viviendo juntos.

Mientras tocaban a la puerta, Elizabeth estaba metida en internet viendo todas las posibilidades: pastillas, aspirado… cuántas maneras de morir. Entró su amante reconociendo en la casa el aroma del marido que nunca será. Abrazó a Elizabeth por la espalda. Te amo. ¿Qué? Te amo. No me ames. ¿Tú no me amas, Elizabeth? No. Pero pensé que… No pienses, hay que concentrarnos en otra cosa. Él va a llegar pronto, ¿qué vamos a hacer?

Cuando planeas un asesinato, las horas pasan con rapidez. Esa noche, cuando Él llegó a casa, estaba todo apagado, como siempre. Al día siguiente, su cadáver apareció flotando en las aguas negras del canal cercano a su trabajo. Los forenses no tuvieron duda alguna: se trataba de un asalto. Cuando le avisaron a su mujer, se desmayó.

En el funeral, todos le dieron el pésame mientras ella estaba ida frente al féretro. Días después, tuvo un aborto espontáneo.

*

Aileen tiene las manos frías. No se cubre aunque su cuerpo tirite. Quiso escribir los detalles del asesinato que tenía muy claros en su mente, pero se le hizo demasiado gore, mucho morbo de su inconsciente. El reloj marca las cinco de la mañana. Cuando era pequeña, su papá le decía que a esa hora salían los monstruos. Ahora, el único monstruo que existe es el insomnio. No le importa. El insomnio es bueno para crear. Además, nadie la espera en la mañana. Su horario se ha movido tanto que no sabe si es lunes o jueves, si cuando despierta y está oscuro es porque lleva un minuto dormida o tres días.

Se levanta, por instinto enciende la televisión y la deja en cualquier canal, sólo para escuchar una voz aparte de la de su mente.

Sale al jardín, se recuesta en el pasto medio mojado y mira cómo el cielo cambia de tonalidad. Imagina a la gente levantándose para ir a trabajar, a la escuela, a vivir según los estándares de la sociedad. Al cabo de media hora, escucha más autos pasando por la avenida, voces en la calle. El sol le pega directo en el rostro. Aileen cierra los ojos. Nunca le ha gustado el sol, es demasiado brillante y ella demasiado gris. Cuando trata de moverse, el frío ya ha llegado hasta sus huesos, que crujen como si tuviera cincuenta años más de edad. Decide quedarse ahí tirada hasta que se despierte, si es que puede quedarse dormida. El hambre le gana. Primero a gatas y luego sobre sus dos piernas, entra a la casa, se baña, se viste, guarda algunas monedas, un libro, el cuaderno y sale al café de la esquina. Cuando llega, la mujer que atiende comienza a preparar el café expreso sin azúcar, sin sonrisa, sin nada más que una buena dosis de cafeína.

Aileen se sienta en la mesa más alejada, no le gusta escuchar conversaciones ajenas porque todas le parecen sin sentido e hipócritas, sobre todo las de los supuestos enamorados. Las peleas le gustan, esas sí la entretienen. Le dan risa, es como ponerle azúcar a su café.

Hoy no hay ninguna pareja, sólo dos mujeres mayores hablando de sus hijos. Ay, me da mucho gusto que se haya encontrado una muchacha, ojala sea buena. Sí, se ve buena gente, ahora veremos qué pasa. ¡Porque luego salen con cada sorpresa! ¿Cómo diablos pueden saber si alguien es bueno no? Aileen sorbe su café. Es como tratar de adivinar si alguien es inteligente o no. Para mí, todos son pendejos hasta que demuestren lo contrario.

*

Nunca falta el policía curioso, el vecino que sabía todos los problemas de la pareja, el hermano que sale de la nada a preguntar por el muerto. Elizabeth previno que ninguno de estos casos sucediera y si pasaba, tener respuestas excelentes para cada una de las preguntas. Además, claro, de la coartada. El aborto fue algo mucho más simple. No sintió ganas de llorar ni de arrepentirse. Su amante sí. La abrazó cuando salieron del consultorio. Los brazos de él le gustaban porque eran tan largos que el cuerpo de ella embonaba bien. Dejó que la abrazara un rato hasta que comenzó a sentirse asfixiada. Lo quitó y siguió caminando delante de él.

Una mirada que le gritaba ¡voltea! hizo que Elizabeth se sintiera incómoda. Mientras el amante la consolaba por la pérdida, el mejor amigo de su difunto esposo los veía desde el café de enfrente sin que ellos lo notaran. Quiso acercarse a saludar pero obviamente los interrumpiría. Su amigo llevaba una semana de fallecido, aquello no era un acto normal. Menos el beso del amante en los labios de Elizabeth, que lo aceptaron con algo parecido a la pasión.

*

—¿Estás usando el azúcar?

Esa voz interrumpe sus pensamientos. Aileen voltea y se encuentra con el rostro más feo que ha visto jamás. Tal vez para otras no lo sea, pero para ella sí. Él se levanta y toma la azucarera de la mesa de Aileen. Cuando su brazo se atraviesa, ella percibe un olor a loción cara. Le dan ganas de morderlo. Él tampoco le sonríe.


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