Excerpt for Microrelatos de misterio by Enrique Ramón Maestro, available in its entirety at Smashwords

MICRORELATOS DE MISTERIO


de

E. R. Maestro


Colección PÚLPito




SMASHWORDS EDITION


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Colección PÚLPito on Smashwords

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Microrelatos de misterio

Copyright © 2012 Carlos Gómez

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La presente novela es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares y sucesos en él descritos son producto de la imaginación del autor. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.


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v1.1

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MICRORELATOS DE MISTERIO

de

E. R. Maestro



UN CRIMEN EN POCAS PALABRAS



La señora Mirlo yacía en la cama con un puñal en el pecho. Todos sus invitados estábamos perplejos contemplando el cadáver de nuestra anfitriona. La pequeña reunión de amigos que se celebraba aquella noche en su casa había acabado en tragedia.

El cuerpo aún estaba caliente lo que significaba que el asesino no había podido huir de allí. Como no había nadie más en la casa la deducción caía por su propio peso: el asesino tenía que ser uno de nosotros.

Cinco sospechosos con oscuros motivos para hacerlo. ¿Quién sería?

El señor Mirlo era el anfitrión que, junto con su ya difunta esposa, había recibido al señor y la señora Prado, al señor Mostaza y a la señorita Amapola. Ellos eran todos los invitados, aparte de mí.

Por la posición de la puñalada tenía que haber sido una persona diestra, lo que descartaba a la señora Prado, que era zurda. La profundidad de la herida sólo podía haberla producido una persona de gran fuerza. La señorita Amapola no podía ser ya que era de constitución delgada y enfermiza.

El asesino se abalanzó con agilidad, sorprendiendo a la señora Mirlo. De nuevo un sospechoso menos en mi lista: la invalidez del señor Mostaza le descartaba. Con esta cadena de pensamientos había conseguido eliminar a la mayoría de los sospechosos hasta quedarme en sólo dos.

Los miré detenidamente buscando algún indicio de culpabilidad. Entonces me dí cuenta. El señor Mirlo y el señor Prado, en su afán por reanimar a la mujer, se habían manchado las manos y parte de la camisa con sangre. Tenían manchas en zonas similares excepto en una: el cuello. Sólo al acuchillar a la víctima podía haberle salpicado la sangre así. Era el señor Prado, el amante traicionado.



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EL DIAMANTE DESAPARECIDO EN LA HABITACIÓN CERRADA



El diamante de la condesa, conocido por su gran tamaño como el puño reluciente , había sido robado ante las propias narices de la policía.

La noche anterior la condesa había presidido una de sus habituales recepciones benéficas que daba en su mansión. Pese a las recientes amenazas de robo, motivo por el cual había un gran número de policías camuflados entre los invitados, la condesa no quiso renunciar a lucir orgullosa su famosa joya.

A media velada sufrió una indisposición que le obligó a retirarse dejando la fiesta a cargo de su sobrina. Fue a su habitación sin separarse en ningún momento del diamante. En su dormitorio, mandó que le trajeran una tila y un poco de agua. Después se cerró la puerta con llave, como hacía cada noche, y se acostó.

Por la mañana el diamante había desaparecido. Registraron completamente la habitación sin resultado; comprobaron la puerta y las ventanas, para finalmente concluir que “nadie había podido entrar en la habitación y nada podía haber salido; y sin embargo no está.”. Esas fueron las palabras del inspector Lestrade cuando llegué a la mansión.

Lo primero que hice fue una rápida inspección visual. Era una gran habitación de decoración minimalista con una gran cama que llenaba gran parte de la habitación y una pequeña cómoda dónde estaban los restos de la cena de ayer. Esos resto consistían en una bandeja de plata con una jarra de agua medio llena, una tetera medio vacía, un trozo de pan y un salero volcado. Completando el mobiliario, en la pared opuesta a la cómoda, había un armario ropero. Lo encontré un poco austero para una gran dama de su posición.

Nadie había podido entrar, me había dicho el inspector: la puerta era robusta y la condesa la cerraba con llave, además no se veían signos de haber sido forzada. La ventana se cerraba por dentro y no estaba rota. Sólo la propia condesa habría podido abrir al posible ladrón pero su sirvienta aseguraba haberle dado el somnífero como cada noche. Nadie había entrado.

Nada puede haber salido. Confié en la meticulosidad del inspector y sus agentes en el registro en pos de alguna abertura por la que el diamante hubiera podido ser lanzado. Una confianza que se sustentaba más en mi pereza que en la fe en sus métodos. No tenía ganas de revolver la habitación así que acepté el axioma sin más para ver hasta dónde me conducía. Nada había salido.

Por lo tanto el diamante estaba en la habitación. El inspector Lestrade era un experto en revolver habitaciones, de eso no me cabía ninguna duda. Si el diamante estuviera en la habitación él lo habría encontrado. Y sin embargo no está.

Recorrí la habitación con la mirada en busca de pistas. El caso parecía realmente difícil. Comencé a sudar copiosamente. Con las puertas y ventanas cerradas, para recrear las condiciones del robo, y a pleno día hacia un calor espantoso en la mansión.

Me acerqué a la sirvienta y le pedí un vaso de agua. Enseguida regresó de la cocina y me lo dio con amabilidad. Rápidamente, me lo bebí de un trago pero aún tenía más sed. Se ofreció a traerme otro vaso pero yo le agradecí el gesto y le dije que no era necesario. Me serví de la jarra que estaba en la bandeja sobre la cómoda. Al acercármelo a la cara sentí un olor extraño. Lo aparté de mi boca e introduje el dedo en él. Me lo llevé a los labios y... ¡Eureka!

El agua tenía una elevada concentración de sales y entonces até cabos.
La condesa tras arruinarse vendió el diamante. Incapaz de pagar sus deudas ideó un plan para estafar al seguro. Se mandó construir una réplica del diamante en un compuesto de sales. Tras exhibirlo en la fiesta se encerró en su habitación y lo disolvió en el agua de la jarra.

Caso resuelto.



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Tras recorrer el gran salón donde se celebraba la fiesta respiraste hondo y te camuflaste entre la gente. Creías que eras anónimo pero yo te seguía con la mirada. Hablaste con el coronel brevemente, bromeando sobre su bigote del que está tan orgulloso. Escuchaste pacientemente al senador en su monótona critica al presidente asentida por su corte de aduladores. Coqueteaste con la candorosa lady MacBeth desde el más puro sentimiento platónico.

Después te escabulliste discretamente por la puerta y te dirigiste al dormitorio de la señora Dupont. Encontraste la puerta abierta, como conviniste previamente con la doncella, y sin demora vaciaste el pequeño joyero donde estaban las alhajas que la marquesa no utilizaba en ese momento. Un golpe rápido, limpio y fácil pero no tuviste en cuenta que yo lo observaba todo desde mi rincón y te seguí a distancia.

Ahora, me darás mi parte del botín y te retirarás prudentemente con un cordial saludo sabiendo que nuestras vidas no volverán a cruzarse.



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NO TAN CRISTALINO COMO EL AGUA



Era un caso claro, al menos en apariencia. Teníamos el cadáver, el arma homicida, el culpable y el motivo pero había algo que no encajaba.

La señorita Nicholls había muerto ahogada en la piscina, sus pulmones estaban encharcados, el senador Morgan, un reputado hombre de familia, había confesado el asesinato ante el chantaje que le realizaba su amante con su inoportuno embarazo. Todo parecía atado pero sin embargo,...

-¿Cómo sucedió todo?

El pequeño Mycroft, mi ayudante, me preguntaba interesado en mi explicación que le daría una experiencia inigualable.

-El senador ahogó a su amante en la piscina.

-En la piscina no hay agua

-Eso cambia las cosas. Ahogó a la mujer y trajo el cadáver aquí

-El cadáver es de un hombre.

-¿La señorita Nicholls es un hombre?

-El cadáver no es el de la señorita Nicholls. Es el del senador Morgan.

Ese dato me dejó confundido. ¿Quién era entonces el asesino confeso?

-Entonces ,¿Quién está en la cocina con el sargento Holland piando como un pajarito?

-Yo soy el sargento Holland y esto es la cocina. Por última vez, ¿Por qué mataste al senador Morgan?





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EL IMPOSTOR

Al entrar en la sala uno de los criados me ha entregado un sobre. Sorprendido, lo he abierto rápidamente. En él hay una escueta nota que dice:

Hay un impostor en la sala.”

La nota me advierte de la traición pero no ha tenido la gentileza de indicame quien es el traidor. Como inspector en jefe de la policía debo valerme de mi perspicacia para encontrarlo. La reunión es pequeña, de sólo cuatro personas sin incluirme a mí.

La primera sospechosa es la jovial señorita Méndez. Es una joven muy agradable que ha venido a la capital desde un pequeño pueblo de Asturias. Ella asegura sin pudor estudiar bellas artes en una pequeña universidad local, de cuyo nombre no consigo acordarme.

He puesto a prueba su afirmación pero ha demostrado una gran falta de cultura y un gran analfabetismo pictórico. Sin duda miente.

El segundo sospechoso es el barón de Montealto, un noble de la baja aristocracia venido a menos. Aunque asegura tener grandes propiedades en Andalucía y una cuantiosa renta su traje viejo y raído que esconde con habilidad sus múltiples remiendos y parches no deja dudas. Sin duda miente.

El tercer sospechoso es el profesor Schmid, doctor en botánica que ha venido a dar una conferencia desde la universidad de Salzburgo, su localidad natal. Sin embargo tiene un peculiar acento que mezcla un forzado alemán del tirol con inconscientes sonidos bávaros. Sin duda miente.

Finalmente queda el último sospechoso: el joven bohemio César. Un divertido y mordaz dandi que satiriza con sus coplas a toda la aristocracia, olvidando interesadamente que su padre es un rico comerciante que paga todos su gustos caros. Pero ningún hombre refinado bebería de este horrible whisky de nacional. Sin duda miente.

Pero,... ¡Claro! Yo voy de incógnito. Yo soy el impostor, la nota sólo me indica que he sido descubierto.



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