
Liberty Whitt
Aniel
Saga Fugitivas de los Silverwalkers, I
Saga: Fugitivas de los Silverwalkers, I. Aniel
By Liberty Whitt
Copyright 2012 Liberty Whitt
ISBN - 978-87-995169-1-9
Smashwords edition
Smashwords Edition, License Notes
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Saga: Fugitivas de los Silverwalkers, I. Aniel
ISBN - 978-87-995169-1-9
Primera edición: Febrero 2012
Diseño de la colección: Teunis de Wit
Corrección gramatical y estilística: Susana Fernández
Del diseño de la cubierta y del resto del libro: ©Teunis de Wit, 2012
Del texto: ©Liberty Whitt, 2012
Bajo las sanciones establecidas por las leyes quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro ––incluyendo las fotocopias y la difusión a través de internet–– y la distribución de ejemplares de esta edición y futuras mediante alquiler o préstamo público.
Agradecimientos
A los que han creído en mí y me han apoyado en este proyecto de manera incondicional.
A mi esposo Theo, por su amor absoluto de siempre y su belleza interior.
A mis hijos Marion y Johan, dos soles tan especiales y hermosos en mi vida.
En especial a ella, Chichí, y a él, Carlos,
de quienes me siento absolutamente honrada de ser parte.
A Alejandra, Alejandro, Javier y Lara, mis otros cuatro soles tan amados.
A Gogó, mi gran Maestra de vida.
A Martha, por ser quien es.
A Silvia, mi gran amiga de toda la vida y mi primera fan.
A María Inés y sus hermosos pichones, que me han estimulado tanto.
A Susana Fernández, una amiga maravillosa que dedicó tantas horas a perfeccionar
lo que había escrito sin exigir absolutamente nada a cambio.
A Juan Andrés, que le dio más color a lo ya hecho.
A Delia Katz, por ayudarme a creer en que esto podía ser cierto.
Y a todos mis amigos y gente amada que me rodean siempre, en especial a las chicas.
Argumento
Aniel, una joven valiente, hermosa y leal, es la poseedora de la primera de las cinco claves que las profecías de la Estirpe de Plata han anunciado que existen desparramadas por el mundo.
Adueñarse de esas claves es indispensable para los miembros de la estirpe, debido a que ellas les permitirán acceder a un nuevo conocimiento que impulsará su evolución. Y un grupo especial de la estirpe, la Casta de los Silverwalkers, conformado por guerreros especialmente seleccionados y entrenados, son los responsables de obtener las claves.
El Silverwalker Gabriel, uno de los cinco guerreros de la casta, perseguirá de manera implacable a Aniel, quien no está dispuesta a dejarse atrapar y menos que menos a entregar la clave que con tanto celo protege.
Una persecución despiadada los llevará al límite de sus fuerzas.
Pero en esta loca y vertiginosa carrera, ninguno de ellos sospecha que en realidad encontrarán algo mucho más fuerte y demoledor: el profundo y palpitante dilema de amar.

I
Delta del Paraná, Entre Ríos, Argentina.
Agua. Caudales de agua envolviendo las cabelleras entretejidas, abrazando el aroma de los cuerpos entrelazados y el sonido de la pasión devoradora. Urgencia y dulzura en los brazos masculinos y fuertes aferrándose a los femeninos, pálidos y cálidos. Ojos brillantes, plateados, que se reflejan con devoción en los suyos. Agua, más agua, poderosa y enérgica acunándolos en su lecho, abrazándolos en su alegría, acariciándolos en su dolor. Besos de fuego vivo, manos satinadas y urgentes cerrándose como las alas plateadas de un ángel protector. Besos, más besos. Cuerpos danzantes, copulantes y amantes. Expansivos.
Agua, más agua cubriendo el frenesí de abrazos, girando en la matriz, purificadora y creadora. Sus manos entrelazan los cabellos claros que caen sutilmente rodeando la curva de las caderas, irradiando aquel brillo que es reflejo del suyo propio. Sumergido en la profundidad de los ojos verde mar, se deja abrazar por su iridiscencia que lo deja sin aliento. Plata. Los pechos juveniles, turgentes y jugosos, absorbidos por sus labios, se elevan siguiendo el compás de su respiración. Y su urgencia masculina entrando en la suave y cálida cueva que se abre como una flor, da la bienvenida al dolor inicial pero liberador después. Furia, dolor, éxtasis.
Agua, más agua, anunciando el encuentro de lo que ha buscado durante tanto tiempo. Tan deseado. Y de repente el grito inconfundible unido al suyo propio, coronando su bendición. Agua, caudales de agua impulsando esta danza ancestral y milenaria. Vorágine y orden. Orden divino.
«Tu búsqueda ha terminado, caminante. Abre tu mano y recoge el primer símbolo. Ella es parte de él. Encuéntrala.»
El resplandor plateado lo envuelve como si fuera una bomba que
estalla y se expande, borrando las imágenes, inundando su iris
contemplativo y profundizando su empoderamiento. Tristeza y alegría,
ignorancia y sabiduría, odio y amor. El principio y el fin en una
poderosa convergencia. Y en medio de ese caos ordenado, sus propios
labios susurrando aquel nombre... Aniel.
Gabriel despertó sudando, susurrando esa palabra otra vez. Mientras trataba de volver a la realidad tangible, seguía oyendo el eco de la misma en sus oídos, golpeando su mente de manera persistente como venía sucediendo desde hacía un año y medio sin pausa. Revivir este sueño aceleraba su corazón.
¿Qué o quién era Aniel? ¿Un lugar? ¿Una persona? ¿Y qué significaba este sueño? Muchas preguntas revoloteaban en su mente día tras día desde que el sueño se había manifestado por primera vez, y lo único que tenía en claro del mismo era la mención del símbolo. El primero de los cinco símbolos que su estirpe venía buscando desde hacía cien años y que requería ser encontrado por él.
¿Y quién era ella? Solo podía ver sus cabellos, sus ojos, partes de su cuerpo, pero nunca su rostro. La imagen del agua que lo envolvía con esa mujer en un caliente y desvergonzado acto erótico lo venía volviendo loco desde sus inicios. Y en todo este tiempo se había esforzado por encontrar algún indicio de lo que se revelaba cada noche, sin éxito. Su corazón palpitó como las campanadas de una iglesia. Se levantó confundido de aquella alfombra tibia, elevándose en toda su imponente altura, mientras se limpiaba de hojas el trasero. Estiró su figura atlética de dos metros, no exagerada en su musculatura, pero elegante, con músculos alargados por su pasión por nadar. Amaba el agua.
Miró hacia el arroyo que tanto le gustaba una vez más. Sus enormes ojos, de clarísimo color canela y tapizados de largas y negras pestañas, barrieron el escenario antes de partir, emitiendo el brillo plateado característico de los que pertenecían a la estirpe. Su mirada volvió a reflejar el aspecto triste que le daba la forma de sus ojos, a la cual se sumaba una cierta nostalgia producto de muchos años de soledad. Eran muchos siglos de caminar, acompañar, luchar y buscar... y si bien sus amigos eran invalorables, existía en él un anhelo permanente de sentirse completo que no podía explicar.
«Quizás cuando encuentre el símbolo», pensó con cierto afán.
Caminaba por el arroyo como era su costumbre, rodeado por aquellos árboles plateados tan diferentes. Eran únicos, y según sus padres, respondían a una especie que solamente la gente de La Estirpe de Plata, a la cual Gabriel y sus amigos pertenecían, conocía. No existían en otra parte del planeta. Nadie los podía detectar, solamente aquellos de su linaje. Mientras los ojos humanos veían las hojas del color verde típico de la mayoría de las especies vegetales, los de aquéllos que tenían la carga genética de la estirpe, podían detectar su verdadero color. Nadie sabía quién o quiénes habían sido los responsables de haberlos plantado, pero seguramente tenían como misión asegurar que este lugar fuese identificado por la gente de su raza. Pasó los dedos a través de su pelo lacio que caía desmechado sobre la frente, las sienes y los hombros. Era de color caoba oscura, aunque cuando le daba el sol se volvía más brillante por algunas mechas que se tornaban más claras.
El caminante. Alzó sus ojos al cielo, y contempló que la noche ya estaba cayendo con su manto extendido hacia el infinito. Hacía ya mucho tiempo que Gabriel y el grupo de los Silverwalkers al que pertenecía se habían lanzado a la búsqueda de los símbolos que llevarían a su grupo a la conquista de su propia paz. La existencia de estos y otros presagios había sido revelada a través de unas profecías que tanto los padres de Gabriel como otros que conformaban el Consejo de los Ancianos de la Jerarquía Superior de Conciencia tenían como misión guardar celosamente, e ir transmitiendo gradualmente a medida que el tiempo era el adecuado. Gabriel no había dejado de preguntarse, desde que sus sueños comenzaran, si Aniel sería una señal de algo que en breve ocurriría. Y su corazón brincaba nuevamente ante la mención de aquella palabra. Un fulgor expansivo de energía cálida y viva se había encendido desde que había comenzado a experimentar este sueño, endulzando su alma algunas veces y torturándola otras. Había jugado con algunas ideas acerca de quién era realmente Aniel, y cada vez que su corazón latía al compás del ritmo de esa flama suave, parecía responder a lo que intuía pero que aún no podía afirmar.
Dirigió sus pasos hacia el interior de la organización de la que formaba parte con los demás caminantes. Sus pensamientos fueron interrumpidos por una voz familiar:
––¡Pero a quién tenemos aquí! ¡Gabriel! ––dijo con tono jovial y alegre alguien parado detrás de él. Ruryk.
Gabriel se volvió y se encontró con su amigo, quien recién había salido de la ducha. De la misma altura que Gabriel, era un poco menos corpulento que éste, pero de un encanto impactante. Su aspecto era muy agradable, no solo por su apariencia física, con su cabello y ojos de color miel y piel bronceada, sino porque además era de una simpatía que superaba de lejos la de los demás caminantes. Donde Ruryk se hallaba, la gente sonreía y se sentía plena. Las mujeres caían rendidas a sus pies ante su sonrisa y los hoyuelos de las mejillas y barbilla, así como por sus pericias en la cama. Ruryk era un dechado de bondades. Y salvaje y eficiente en las luchas contra las almas caídas del astral.
––¿Has estado en el arroyo? ––preguntó Ruryk, dirigiendo sus ojos a las botas embarradas de su amigo, mientras se llevaba una toalla a la nuca para secarse algunas gotas que descendían por su espalda.
––Sí, he estado un poco cansado en este último tiempo, y tú sabes que ese lugar es especial para mí. Me da fuerza.
––Los cuatro sabemos perfectamente bien qué significa para ti ese sitio. ¿O te olvidas de las luchas en el barro que siempre nos obligabas a hacer?
Ambos comenzaron a reír al recordar los enfrentamientos que los cinco caminantes, por diversión e invitados por Gabriel, habían llevado muchas veces a cabo. Aún de vez en cuando las hacían. Medían sus fuerzas y aptitudes en esos encontronazos, y terminaban enlodados y sucios como cerdos, a la vez que riendo a carcajadas.
––Ese lugar me descansa, me tranquiliza, me equilibra. Puedo pasarme horas allí sentado o nadando. Y como de costumbre, me he quedado dormido.
––Te estás poniendo viejo, Gabriel ––exclamó su amigo que ya había terminado de frotarse la espalda con la toalla y abría la puerta de su dormitorio para perderse en el interior del mismo sin cerrarla.
––Desgraciado ––sentenció Gabriel con una sonrisa en los labios––. En vez de seiscientos, tener seiscientos un años puede llegar a ser una gran diferencia, ¿no?
De lejos se escuchó la risa de Ruryk.
––¿Te busco una cerveza? ––preguntó Gabriel elevando la voz para que su amigo lo oyera. Se había desplazado hacia el refrigerador y lo abría.
––Sí, por favor.
Cogió dos latas heladas y al regresar al salón principal se encontró de nuevo con el caminante, que se había vestido con un vaquero azul y una camisa blanca. Estaba sentado en el sofá esperando su cerveza mientras desplegaba una de sus sonrisas deslumbrantes.
––Hoy estuve entregando almas ––dijo mientras tomaba la lata en sus manos y abría los ojos aún más al imaginarse el placer de lo que degustaría. La bebida estaba bien fría, como tanto le agradaba.
––¿Con qué te has topado? ––preguntó Gabriel, conociendo parte de la respuesta.
––Hoy me ha tocado un grupo de almas variado. Algunas de ellas enfermas y agotadas, otras jóvenes y llenas de sueños. También algunas muy confundidas. Había dos que habían caído en el bajo astral, y estaban atascadas. Las invité a venir conmigo y luego de una renuente aceptación de su parte, logré trasladarlas al Plano Superior de Conciencia. Tuve que enfrentarme con algunos espíritus bajos que intentaban aumentar su confusión.
––¿Caídos?
––No, esta vez no. En realidad fueron entregas bastante pacíficas ––respondió Ruryk mientras bebía un sorbo de su deliciosa cerveza dejando una estela de espuma en la parte superior de sus labios.
––¿Dónde están los otros? ––preguntó curioso Gabriel.
––Damián sigue investigando en la computadora algo que no quiere revelar. Es algo que mantiene en secreto... aunque ya hablará. ––Y sonrió––. Triel está entregando almas y Metanón en búsqueda de un DVD, no sé bien sobre qué. ––Ruryk se relamió la espuma y sorbió otro trago––. ¿Y tú?
––He vuelto a soñar.
––¿Lo mismo de siempre?
––Sí.
––¿No es irritante?
––No al revivir ese encuentro con esa beldad.
Ambos rieron mientras terminaban sus respectivas cervezas. Sintieron pasos apresurados que se acercaban y se giraron hacia la dirección de los mismos. Un hombre de enorme estatura y complexión bastante más robusta que la de sus dos amigos entró saludándolos con un breve movimiento de cabeza mientras seguía sumergido en sus pensamientos. Vestía completamente de negro, con una chaqueta de cuero térmica, ideal para adaptarse a la temperatura del ambiente, y unos pantalones del mismo material que caían sobre unos borceguíes de cuero con tachas plateadas. Llevaba el cabello negro cortísimo, prácticamente rapado, a excepción de la línea central de la cabeza, en donde descansaba una franja más tupida de suave cabellera que descendía hasta la nuca y continuaba en una gruesa trenza que caía por debajo de la cintura. Sus ojos eran enigmáticos, de un negro profundo y metálico, que se destacaba sobre su piel bronceada. Llevaba unas cadenas gruesas de plata al cuello, algunas de aspecto rústico, mientras que de ambas orejas, de una de sus cejas y de su labio inferior emergían respectivos piercings de plata. Pero lo que le daba un aspecto temible era la imagen de la cara de un dragón tatuada en su frente y que bajaba finalizando en el puente de la nariz. Los ojos de aquel animal hacían juego con la mirada del hombre, que en este instante mostraban inequívocamente su visible preocupación.
––¿Qué te pasa, viejo? ––preguntó Ruryk–– ¿Quieres una cerveza? ––invitó con la sonrisa más amplia.
––No, gracias, estoy apurado ––contestó el hombretón que se dirigía hacia una estatua que recreaba el cuerpo de un dragón para girarle la cola. Al hacerlo, un mecanismo de destraba se puso en funcionamiento, haciendo que la pared ubicada por detrás de la estatua girara ciento ochenta grados para presentar ante la vista de todos un arsenal de armas empotradas. El caminante buscó entre ellas decidiéndose por dos glock 23, que de inmediato controló para asegurarse de que estuvieran cargadas, y dos navajas que guardó en bolsillos especiales de sus pantalones.
Gabriel y Ruryk, que no habían perdido de vista los movimientos de su amigo, se miraron inquietos.
––Damián, ¿qué pasa? ––preguntó Gabriel ahora con semblante serio.
––Estoy tras algo que debo confirmar.
––¿Podemos ayudar? ––ofreció Ruryk.
––No, voy armado por precaución ya que necesito obtener información entre los caídos ––contestó alzando sus ojos y revelando una mirada adusta y fría, que se volvía aún más siniestra con la imagen que descansaba en la mitad de su cara.
––No puedes ir solo. Vamos contigo ––se apresuró a decir Ruryk mientras se levantaba y se terminaba la segunda cerveza de un tirón.
––No. He dicho que voy solo. ––Damián miró a su amigo con una expresión que no daba lugar a discusión.
––¿Pero y si te transformas? Necesitarás ayuda ––increpó Gabriel que se levantaba de la mesa, la rodeaba y se ponía frente al mastodonte.
––No ha hecho falta las últimas veces ––contestó mientras volvía a girar la cola del dragón haciendo que la pared desapareciera nuevamente.
––Igualmente estaremos atentos por si lo haces. Somos tus babysitters ––dijo Ruryk poniéndose a la par de Gabriel.
Damián los miró un rato con aquellos ojos que helaban la sangre, y de repente emitió una suave carcajada mientras asentía brevemente. Al reír, emergió la figura de un piercing negro y plateado, coronando el centro de su lengua. Al cabo de unos pocos minutos, salió de la habitación con la misma expresión en el rostro con la que había llegado.
––Está de mal humor ––dijo Ruryk mientras se dirigía a su oficina.
––Tendremos que averiguar qué está rastreando ––contestó Gabriel mientras caminaba hacia su habitación. Antes de llegar a la puerta, escuchó a Ruryk decirle:
––Estaré trabajando en la oficina con unos papeles. Si necesitas algo, ya sabes.
––Gracias, viejo ––replicó Gabriel y sin mirar atrás, entró al cuarto. Como todas las semanas, marcó una clave en un dispositivo ubicado estratégicamente al costado del guardarropa empotrado a lo largo de toda la pared de la pieza. Al destrabarse, dos de las puertas del mueble se abrieron suavemente mostrando otro despliegue de armas tan cuantioso como el que se había manifestado anteriormente en el living de la casa. Sacó las armas una a una y al igual que su amigo había hecho previamente, las inspeccionó controlando que estuviesen limpias, en buenas condiciones y en el caso de las armas de fuego, debidamente cargadas.
La estirpe estaba viviendo un proceso de enormes cambios desde hacía algún tiempo, y esto generaba en los cinco que vivían en aquella casa una cierta intranquilidad. Las profecías que los Ancianos de la estirpe iban revelando gradualmente eran las responsables, y Gabriel y sus cuatro amigos sabían que debían prepararse para la llegada de un nuevo orden y equilibrio de los sucesos futuros, en los que se predecían olas de violencia de mayor envergadura.
Los miembros de La Estirpe de Plata vivían desparramados en todo el mundo. Pertenecían a una raza de seres superiores que poseían cualidades especiales, como la longevidad y una actividad psíquica y física superior que los diferenciaba de los humanos. Muchos de ellos eran clarividentes, clariaudientes y sanadores. También poseían habilidades corporales más desarrolladas, por lo que tanto machos como hembras contaban con una fortaleza superior, así como una gran destreza para correr y saltar. Podían ver a través de la oscuridad, oír y oler a grandes distancias. Una de las características peculiares de esta raza era el color plateado de sus fluidos corporales y del brillo que emanaba de los ojos y el cuerpo al estar sujetos a emociones fuertes.
Dentro de la estirpe existía la llamada Casta de los Silverwalkers, conformada tan sólo por cinco guerreros cuidadosamente seleccionados: Gabriel, Damián, Metanón, Triel y Ruryk, que no solo contaban con un poderío y destreza física superiores a la de los miembros de la estirpe, sino también con un don psíquico que los hacía únicos y exclusivos: podían vivenciar la realidad suprafísica multidimensional. Ellos eran conocidos como Los Caminantes de Plata o Silverwalkers, a veces nombrados tan solo como “los caminantes”. Eran responsables de ayudar a las almas de la estirpe que habían fallecido a pasar de la vida física a la realidad multidimensional. Durante este proceso, Gabriel y sus amigos actuaban como guardianes, guiándolas y entregándolas a los diversos planos de conciencia para continuar con sus destinos próximos. Estos eran establecidos tanto por las leyes superiores universales del karma como por la evolución de cada alma.
Lo más difícil de las entregas era conducir a los seres que habían muerto en circunstancias trágicas, en donde los individuos habían paralizado su psiquis y memorias al momento de morir. Allí intervenían ellos para dar mayor claridad al alma y de esta manera ayudarla a encontrar el modo de regresar al hogar. Para ello, viajaban junto al alma, guiándola a través de un camino que atravesaba diferentes niveles evolutivos de conciencia, desde el más bajo al más alto al que cada alma podía acceder de acuerdo a su propia evolución. Este camino era conocido como El camino de los Ascendidos.
El primer tramo era el más difícil, ya que aquí es donde se producía la propensión de las almas a la caída hacia el bajo astral. Este era un plano de conciencia muy pobre, cercano a los niveles de la tierra, que albergaba almas que habían muerto sin lograr encontrar el camino de regreso a su hogar superior. Algunas de ellas eran inofensivas o burlonas, pero otras se habían transformado en espíritus temerarios y violentos que acosaban a las almas en su trayecto.
Estas almas de baja vibración eran unas de las responsables de provocar la caída de las almas de la estirpe, absorbiendo su energía y deteniéndolas en este plano a veces para siempre.
Pasado este punto, el riesgo de caída desaparecía, ya que el camino
continuaba a través de planos superiores de conciencia, donde
reinaban energías sutiles de luz. Aquí era donde finalmente los
caminantes entregaban el alma a su grupo de almas de apoyo, es
decir, a aquellas almas que estaban directamente conectadas con ella.
Podían, por ejemplo, haber sido miembros de la familia del alma en
la dimensión de la materia. Y la entrega se llevaba a cabo ante un
portal denominado Portal de la Ascensión.
Por ende, el real
peligro para los caminantes se producía en el primer tramo del
camino, donde debían extremar los cuidados para evitar cualquier
tipo de pérdida de almas de su linaje. Había habido ocasiones en
que los Silverwalkers no habían logrado su objetivo, debido a la
vulnerabilidad a la que se habían enfrentado durante este tramo, por
no haber llegado a protegerse adecuadamente. La manera más efectiva
de realizar las entregas era refugiarse en lugares seguros, como las
distintas organizaciones que tenían montadas en todo el mundo. La
del Delta era una de ellas.
La debilidad que adquirían se debía a que viajaban a la multidimensionalidad con su cuerpo astral, integrado por el cuerpo emocional, mental y espiritual pero no físico, destinando un gran caudal de su propia energía no sólo al viaje en sí sino también a brindar claridad a las almas durante el traspaso del Umbral Desencarnatorio. En este instante era cuando otro grupo de almas, ancestrales enemigos de los Silverwalkers, intervenían para entorpecer su trabajo: Los Caídos del Bajo Astral o simplemente “caídos”.
Estos eran seres que en un principio habían sido humanos, pero que con los siglos habían llegado a desarrollar características particulares como, por ejemplo, poder también viajar a la multidimensionalidad. Trabajaban en conjunto con los espíritus del bajo astral, tratando de detectar a aquellos caminantes que podrían estar entregando almas fuera del resguardo que las organizaciones procuraban, para proceder al ataque. Estas luchas mortales por la posesión de las almas de la estirpe podían darse en el plano astral o físico.
Los caídos necesitaban de estas almas, no sólo por el enorme reservorio de energía de plata que podían obtener de ellas, muy superior a la energía emitida por almas humanas, sino en especial porque podían adquirir ––aunque en menor proporción–– ciertas características propias de los miembros de este linaje, como el camino a la longevidad.
La caza dificultosa de las almas de la estirpe hacía que el consumo de su energía de plata estuviera reservado a aquellos caídos de mayor jerarquía. El resto de los guerreros sólo se hacían acreedores de ellas en escasísimas ocasiones y normalmente debían conformarse con fagocitar la energía de las almas humanas. Por lo tanto, aquellos que tenían el privilegio de vampirizar estas energías habían iniciado ya el camino a la longevidad, lo que significaba que mientras un caminante podía llegar a vivir más de tres milenios, un caído en proceso de longevidad alcanzaba los trescientos años. Así y todo, los Silverwalkers eran conscientes de que trescientos años de vida para sus enemigos era un tiempo suficiente para que estos fueran perfeccionando su modo de cazar el mayor número posible de almas de la estirpe, incrementando su fuerza, longevidad y poderío.
Esta era una guerra de la dualidad energética, por lo que no quedaba otra opción para los caminantes que enfrentarlos.
La muerte automática de un Silverwalker sólo podía suceder si se les quebraba el cuello o bien si eran decapitados. También podían morir si se los mutilaba gravemente, lo cual no era común, ya que eran expertos luchadores de enorme sagacidad en las peleas.
En el caso de los caídos impregnados con la energía de plata, su muerte se conseguía no sólo de la misma manera que un Silverwalker sino también con una bala de oro en el corazón. La reacción química entre la energía de la estirpe y el oro en un corazón humano, aun cuando se hubiese iniciado el proceso de longevidad, era de tal magnitud que el corazón terminaba estallando y desintegrándose. Ello no ocurría con la gente de la estirpe. Los mecanismos reparatorios de la gente del linaje de plata eran extremadamente superiores a los de los caídos, volviéndolos inmunes a una bala de oro. Por ello los momentos de mayor debilidad de los caminantes contra los caídos se producían durante las entregas de almas, siendo las diferentes organizaciones una necesidad primordial para protegerse del ataque de sus enemigos.
Los caminantes trabajaban solos o en compañía de otros de acuerdo al grado evolutivo del alma que guiaban. Cada caminante tenía sus aspectos más fuertes en sus misiones, y las características de las almas que acompañaban decidían el caminante que intervenía.
Gabriel era el más balanceado de los cinco, ya que el intenso trabajo interior que había llevado a cabo sobre sí mismo, tratando de forjar una personalidad más estable y tranquila que la de los demás, había dado sus frutos. Las almas que transportaba eran aquellas que necesitaban este tipo de energías durante su traspaso. Los hermanos Triel y Damián, eran de una personalidad más sombría y guerrera, siendo muy hábiles para entregar almas más perturbadas y violentas. Metanón era excelente para las almas que habían muerto por alguna situación psicológicamente trágica, así como suicidas, mientras que Ruryk era ideal tanto para almas bondadosas como rebeldes. Todos a su manera eran infalibles guardianes del viaje de las almas de la estirpe.
Y los cinco no solo podían intuir desde lejos tanto la presencia de las almas de la estirpe como la de los caídos, sino también verlos y olerlos a distancias mucho mayores que un humano. En pocos segundos eran capaces de detectar tanto el brillo plateado característico de la gente de la estirpe como la vibración oscura de los caídos.
La inspección de las armas fue interrumpida por golpes a la puerta, seguidos de la voz de Metanón, que había arribado en ese momento a la organización.
––¡Gabriel! Reunión urgente en el salón. Ha llegado un video.
––¿Y Damián y Triel? ––preguntó abriendo la puerta.
––Ya los he llamado y en unos minutos estarán aquí. Damián estaba furioso porque lo interrumpí en plena misión.
––No hacía mucho que había salido armado hasta los dientes.
––Pues ha tenido que abortar su objetivo ––contestó Metanón––. Esto es urgente.
––¿De qué video se trata? ––preguntó Gabriel mientras abandonaba su habitación y se dirigía al salón principal de las oficinas con Metanón caminando a la par.
––Se trata de unas mujeres que nuestro agente en Dinamarca ha detectado y dice que es imperioso que veamos el video.
––¿Mujeres?
––Si, y parece que es algo relacionado con el primer símbolo.
––Quizás debamos llamar a los Ancianos después de ver el video ––sugirió Gabriel con tono firme.
––Si, eso pensé. Supongo que lo decidiremos entre todos cuando hayamos visto de qué se trata. Metanón miró al frente y vio que Ruryk venía hacia ellos, sonriente.
––Damián y Triel ya llegan ––comentó éste mientras se les unía y entraban juntos al salón.
Antes de que pudieran decir algo más, aparecieron los dos hermanos que si por separado parecían imponentes, juntos eran avasallantes. Sus estampas gigantes los hacían lucir temerarios. Al contrario de su hermano, que llevaba el cabello casi rapado, a excepción de la línea central de la cabeza, Triel llevaba el cabello negro largo hasta la cintura, lacio y desmechado, enmarcando sus ojos negros, tan temibles como los de su hermano, y que hacían contraste con sus dientes blancos y perfectos. Su piel también era bronceada y de su pecho se desplegaba el tatuaje de una serpiente con alas que le subía por el cuello y terminaba a la altura de su mejilla izquierda. Ver el rostro de aquella serpiente cubriendo parte de la cara del caminante era definitivamente impresionante.
Ambos hermanos se caracterizaban por sus tatuajes, que correspondían a un legado del que se habían hecho acreedores en circunstancias especiales hacía no demasiado tiempo. Triel, después de haber permanecido secuestrado durante tres años en manos de los caídos, y Damián, luego de una noche fatídica seis meses atrás de la que jamás había querido dar detalles. Con este legado, se les había otorgado el don de la transformación, que implicaba transformarse, bajo circunstancias extremas, en bestias similares a las que llevaban impresas en sus cuerpos. Dicho legado requería de una activación de la bestia, la cual ya había tenido lugar para Damián en un ritual de iniciación llevado a cabo hacía unos meses, pero que aún no se había hecho manifiesto para Triel. Este ritual era dirigido por un maestro especial de La Estirpe de Plata, quien había explicado a los dos hermanos que si bien ambos eran merecedores del legado, este sólo podría activarse en cada uno de ellos cuando el tiempo fuera el adecuado. Haber recibido este don implicaba que los caminantes en cuestión habían sido considerados por la estirpe como guerreros formados por experiencias difíciles, traumáticas y hasta macabras, que si bien los habían fortalecido para la lucha, también los habían colmado de demonios interiores, representados por el animal mitológico impreso en sus cuerpos. Y la activación del legado marcaría el inicio de la carrera contra la dominación de la bestia de cada uno. En Damián la activación de su dragón ya había sucedido, indicando que su trabajo interior había logrado pulsar la campana de largada, mientras la de Triel permanecía aún en silencio, ya que él mismo no estaba listo para su toque.
El don de transformación para un guerrero, si bien era un arma efectiva contra sus enemigos por la implacable fuerza y voracidad incrementada que adquiría su cuerpo en medio de una lucha mortal, también era una espada de Damocles. Mientras durara la conversión, el cuerpo de la bestia requeriría de un consumo de energía tan enorme, que al producirse la vuelta a la normalidad del mismo, el caminante debía padecer durante varias horas de un devastador tormento. Éste podía ser físico, espiritual o mental, y hasta a veces presentarse en conjunto, lo que volvía al caminante absolutamente vulnerable y susceptible a cualquier ataque o situación difícil, hasta que volviera a la calma y al orden. Por ello, los caminantes se habían asegurado de poder detectar a Damián cada vez que se convertía en la bestia. Llevaba un microchip en el cuerpo conectado con su presión sanguínea, que detectaba el aumento de presión durante cualquier transformación, debido al incrementado caudal de sangre que se originaba. De inmediato el microchip mandaba una señal a una alarma que el resto de los Silverwalkers tenían conectada en sus sistemas electrónicos y que les avisaba cuándo debían salir a cubrir y ayudar al caminante. Y ello era necesario no sólo en su agonía, sino también durante los enfrentamientos con los caídos.
Debido al descontrol que experimentaba cuando estaba convertido, Damián podía llegar a resultar excesivamente peligroso para gente inocente con la que accidentalmente se pudiese topar mientras durase un enfrentamiento.
Su maestro también les había explicado que el día que ambos hermanos lograran vencer sus miserias interiores sería el momento en que los guerreros desactivarían para siempre el legado, indicando que el trabajo interior desarrollado los había alejado finalmente de sus bestias, para dar paso a guerreros sin armas físicas, salvo la de sus virtudes y sus dones mentales y espirituales.
––¿Qué es lo que pasa? ––se alzó la voz de Damián
evidenciando su enfado mientras miraba a Gabriel, Ruryk y Metanón
con los ojos ensombrecidos––. Espero que se trate de algo
importante, porque he tenido que cancelar una investigación clave.
––Se trata de un video que al parecer es importante para la estirpe ––explicó Gabriel tratando, con su tono de voz, de suavizar al caminante––. Juzgaremos su importancia una vez que lo hayamos visto y si es necesario llamaremos a los Ancianos.
Los caminantes asintieron con los ojos, salvo Damián que continuaba mirándolos con cierto recelo mientras entraban al salón.
En el centro del mismo se desplegaba una mesa de gran tamaño que permitiría que veinte personas cómodamente sentadas se dispusieran a su alrededor. En la pared había una pantalla gigante donde se llevaría a cabo la proyección del video.
Se sentaron ceremoniosamente alrededor de la mesa, mirando hacia donde a continuación se revelaría nueva información para la estirpe. Metanón se apresuró a abrir un sobre que descansaba sobre la mesa y luego de constatar que era un DVD, lo colocó en una computadora. Antes de iniciar el video, comentó:
––La película ha sido tomada por las cámaras de un agente especializado de la organización de los Silverwalkers, llamado Parker, en Aarhus, la segunda ciudad de Dinamarca. Ustedes saben que desde que Gabriel anunció hace un año y medio que sus sueños lúcidos mostraban a una mujer, aparentemente de la estirpe, que podría tener que ver con uno de los símbolos, se ha originado un despliegue de agentes de la estirpe en diferentes partes del mundo para tratar de dar con ella.
Todos asintieron en silencio.
En la organización de La Estirpe de Plata habían muchas almas involucradas, que colaboraban en la lucha de los Silverwalkers contra los caídos cuando estos se habían lanzado a impedir que los caminantes se adueñaran de lo que hacía tanto tiempo venían buscando: el primer símbolo. Este formaba parte de las profecías que los Ancianos habían dado a luz hacía cien años, las cuales aseguraban que la obtención por parte de los caminantes de cinco símbolos desparramados por el mundo, permitiría desarrollar y expandir La Estirpe de Plata y la casta de los caminantes a un grado inimaginable. Y Gabriel era el guardián del primer símbolo revelado en sus sueños.
Gabriel miraba expectante la pantalla vacía, esperando dilucidar si el video no solo revelaría algo acerca del símbolo sino también sobre qué o quién era Aniel. No pudo evitar pensar de inmediato en la mujer con la que copulaba noche tras noche, de la que sólo veía sus ojos, su cabello y parte de su figura, y que indudablemente pertenecía a La Estirpe de Plata por el resplandor plateado que emanaba de sus ojos y su cabellera.
Metanón inició la proyección del video, y de inmediato fue a sentarse junto con los demás.
La película mostraba a una chica de cabellos rubio miel, junto con una amiga de cabellos color fuego, sentadas en una fuente ubicada en el centro de la ciudad danesa, al lado de una enorme iglesia. Las dos mujeres charlaban y reían como dos chicas comunes, si bien la belleza de ambas las distinguía de las demás. En el video, el agente Parker había editado las diferentes partes que él había filmado, e intercalado explicaciones sobre lo que le había parecido importante.
––Me ha llamado la atención lo que ocurre a continuación, mientras las dos mujeres se hallaban rezando dentro de la iglesia Domkirken.
En efecto, se veía a las dos chicas sentadas en una iglesia y parecían rezar o meditar. Al cabo de un rato en que se hallaban inmersas en su silencio, comenzaban a irradiar, sobre todo la mujer de cabellera rubia, un aura de color plateada incandescente muy fuerte, más de lo que normalmente la gente de la estirpe acostumbraba a manifestar. El aura fluía volviéndose extremadamente potente a medida que la meditación se hacía más profunda. La aureola que desprendía la mujer pelirroja no era tan intensa sino casi transparente, lo cual también era indicio de un tipo especial de irradiación que los caminantes no habían visto antes.
––¡Dios! ––musitó Metanón mientras seguía sin pestañar el video que se emitía.
Ambas aureolas desaparecían al momento de terminar la meditación y las mujeres abrir sus ojos.
Ahora el video mostraba a las dos jóvenes sentadas en la fuente al lado de la iglesia. Mientras las amigas hablaban, estallaban en carcajadas, que provocaban que lágrimas incontenibles brotaran de sus ojos. El zoom de la cámara de Parker detectó inmediatamente unas pocas lágrimas color plata que brotaron de la mujer de cabello rubio. También sus ojos tenían un brillo del mismo color.
––Pero lo que viene a continuación considero que es lo más revelador ––continuó diciendo la voz de Parker. Las imágenes mostraban a dos hombres de cabellos largos, con gafas negras de sol, enfundados en unos sobretodos largos y gruesos de cuero térmico negro, que se acercaban por detrás de las mujeres. La de cabellos rubios los interceptaba de inmediato y tomando a su amiga del brazo empezaban a correr. Parker iba tras ellos, y al cabo de unos segundos registraba con su cámara una lucha frenética entre las mujeres y los dos hombres.
Mientras seguía con sus ojos paso a paso las imágenes, Gabriel sentía un deseo apremiante de proteger a la mujer de pelo rubio. Su pulso y su respiración se aceleraban casi sin control. Veía cómo luchaban las mujeres y no había otra manera más adecuada de calificarlas: amazonas. Conocían el arte de defensa personal sin ninguna duda, y si bien los hombres eran fuertes y buenos luchadores, las chicas no se quedaban atrás en sus habilidades. En un momento de la grabación, cuando uno de los hombres había atrapado entre sus brazos a la mujer pelirroja, se escuchó un gruñido que provino de la garganta de Metanón. Al cabo de un par de minutos surgían a la distancia tres hombres uniformados que venían al rescate de las mujeres. Eran policías daneses que seguramente habían interpretado la lucha como una pelea callejera o como un intento de robo o violación. Ante la presencia de la policía, los dos hombres emprendieron la retirada, no sin que antes uno de ellos gritara a la mujer de pelo rubio:
––¡Sabes que no puedes huir! Sácritos te tendrá y contigo al símbolo.
––Dile a ese loco irrecuperable que nunca me atrapará. ¡Nunca! ––contestó la chica frenética, casi sin aliento. A continuación, la amiga la sacudió por el codo y dijo algo a viva voz que confirmó lo que Gabriel sospechó desde un principio:
––¡Vamos, Aniel, vamos! ¡Los policías ya llegan! ––Y a toda carrera, desaparecieron.
La pantalla enmudeció. Aniel.
«¡Dios!». Los ojos de Gabriel se habían transformado en dos finas rayas ámbar. Aniel no era un lugar, ni un libro, ni el nombre de una película. Era el nombre de aquella criatura, y era la clave para encontrar lo que los Silverwalkers habían estado buscando durante tanto tiempo.
Miró rápidamente en derredor para ver que impresión habían causado Aniel y su amiga al resto de los caminantes. Indudablemente todos las habían observado detenidamente sin parpadear, pero lo que no sabía era si la figura apabullante que constituía Aniel provocaba en los demás lo mismo que en él. El cuerpo de Gabriel había respondido ante la imagen de la mujer de manera descontrolada. Ahora estaba todo claro. Pudo reconocer de inmediato la cabellera, sus ojos verde mar con reflejos de plata y su esbelto cuerpo. Ella no sólo llevaba la carga genética de La Estirpe de Plata, sino que era la mujer que él veía en su sueño, donde se revelaba que el tiempo para obtener el primer símbolo para su estirpe había llegado.
Unas gotas de sudor se abrieron paso a través de sus sienes y su nuca, acompañando los latidos de su corazón. Gabriel estaba preparado para la acción y lo imprevisible, para la locura existente entre la vida y la muerte y su contrapartida, ejercía el control de las situaciones de manera absoluta y concreta, pero lo que en este momento circulaba por su cuerpo iba más allá de lo que él conocía.
«¡Mierda!»
Ahora, de la manera más inesperada, se alzaba ante ellos aquella pieza clave para la resolución de una parte del puzle que los Silverwalkers estaban tratando de descifrar desde hacía cien años. Y la primera llave para acceder al conocimiento estaba allí, reflejada en la película que el ordenador había proyectado, y que también formaba parte de sus sueños. Una clave tan hermosa como peligrosa.
––Ella es parte de La Estirpe de Plata ––interrumpió sus pensamientos Damián.
––Y sabe sobre la existencia del símbolo ––continuó con voz pausada su hermano.
––Indudablemente ––concordó Ruryk y continuó––: Sabíamos por los sueños lúcidos de Gabriel que ella podría ser clave en la búsqueda del símbolo, pero nunca supimos si era real, si llegaría algún día ante nosotros. ¡Pues aquí está ahora, vivita y coleando! ––exclamó señalando la pantalla vacía con sus manos.
––¿Y la otra mujer? ––preguntó Metanón con cierta urgencia.
––Parece que son muy unidas. No creo que sean hermanas ya que no se parecen. Además, su español tiene acento extranjero. Quizás es danesa. Tampoco vimos sus lágrimas plateadas, aunque el brillo que irradiaba era especial. Deberemos estar seguros de si pertenece a los nuestros ––destacó Triel.
––Y Sácritos quiere a Aniel y al símbolo ––añadió Ruryk.
Gabriel sintió que una punzada de territorialidad aguda y furiosa subía por su pecho al saber que Sácritos, el macho letal, jefe de los caídos, la buscaba.
––Sabíamos que intentaría luchar para que el símbolo no llegara a nuestras manos, pero no contábamos con que Aniel es parte de lo que él quiere ––enfatizó Triel.
Gabriel trataba de controlar su rabia y... ¿sus celos?
––Y ella lo sabe ––dijo Ruryk en voz muy baja.
––Esto se complica cada vez más ––explotó Gabriel casi ahogado de rabia, apartando la vista de la pantalla ciega, con los ojos transformados en dos llamas canela.
––Alguien tendrá que ir a Dinamarca a buscarlas.
––Yo ––anunció gélida la voz de Gabriel.
––Y yo ––se sumó la de Metanón.
––¿Los dos? ––preguntó Damián sorprendido.
––Son dos mujeres y encontraremos más pistas si vamos juntos ––explicó Metanón con voz terminante.
––OK, el viaje es de ustedes. Cuanto antes salgan, mejor ––dijo Damián. Se levantó de la mesa y caminó alrededor de la misma tocándose la barbilla con una de las manos, pensativo. Todos parecían sumergidos en sus propios pensamientos.
El sonido de un móvil interrumpió el momento. Metanón tomó su iPhone mientras se dirigía hacia una de las esquinas del salón. Al cabo de unos minutos regresó.
––El investigador Parker acaba de informar que después de la pelea ha seguido a las mujeres al hotel donde se hospedan. Aún siguen allí, al menos hasta hace cinco minutos, pero es probable que lo abandonen.
––Debemos apresurarnos. Si huyen, Parker nos mantendrá informados ––dijo Gabriel.
––Espérenme un minuto ––solicitó Ruryk, que se dirigió a una computadora para trabajar en ella. Luego de un rato, dijo en voz bien alta sin dejar de mirar la pantalla:
––Los llevo a Buenos Aires en una hora y esta noche sale un vuelo desde Ezeiza a Copenhague. En unas veintitantas horas estarán aterrizando en Copenhague.
––Pero antes debemos llamar a los Ancianos ––enfatizó Damián que se había detenido en una esquina de la habitación.
Los cinco se miraron y asintieron. Damián volvió a sentarse a la mesa y sin demora, todos cerraron los ojos.
––Me has quitado las palabras de la boca, amigo ––susurró Gabriel.
II
Su padre aúlla lastimosamente, como si fuera un animal herido. Atrapado en una jaula, grita ya ronco de tanto esfuerzo. Cae un latigazo que estalla seco entre los barrotes y le da en la cara. La herida se hace más profunda y la sangre gotea por su mejilla. Su madre, devastada, contempla de lejos la escena a través de sus ojos tristes, cuajados de lágrimas transparentes. Se voltea sigilosamente y dirige la mirada hacia ella para susurrar: «Tú eres parte de aquello que salvará a nuestra familia, mi amor. Apresúrate, que ya casi es tarde». La cara de su madre desaparece lentamente y entre sus lágrimas surge el planeta tierra, girando en todo su esplendor azul. El giro incrementa la velocidad haciendo que la esfera azul se vuelva como un remolino, mientras ella es arrastrada por una fuerza centrífuga que la lanza hacia abajo como un misil, cayendo a toda velocidad. Al hacerlo, traspasa la imagen borrosa de la tierra, y los diferentes continentes se alzan ante sus ojos para ir desapareciendo a toda velocidad. El último en aparecer es el continente americano que, en vez de esfumarse como los otros, se acerca rápidamente hacia sus ojos mostrando diferentes escenarios. Selvas, ríos y flores dominan las imágenes hasta que al final se oye gente riendo estrepitosamente, mientras una ciudad enorme se abre paso a su descenso, con edificios de diferentes estilos arquitectónicos y carreteras repletas de autos cuyas bocinas resuenan estridentes. A lo lejos escucha música de tango que acompaña a dos esbeltas figuras que danzan en la calle de manera sensual. Sin detenerse, las imágenes vuelven a cubrirse de árboles y arbustos a veces densos y de diferentes dimensiones, que rodean a aguas cubiertas de plantas sumergidas y flotantes. A partir de este momento, el descenso se vuelve suave y lento para finalmente terminar a orillas de un espejo de agua marrón, rodeado de árboles de hojas pendulares que se abrazan formando un arco. Conoce este lugar.
«Quiero que vayas allí donde tu abuelo plantó semillas de plata», escuchó decir a la voz de su madre.
Y un escalofrío la envuelve, acompañando el ruido ensordecedor de unas espadas que pertenecen a dos machos que luchan entre ellos, queriendo quitarse la vida. Altos, gigantes, no cesan de golpear sus espadas enormes, emitiendo un poderoso destello de plata. Ninguno gana un centímetro para sí. La pelea es pareja. Escucha su propia voz erigirse en un grito. Silencio. Despacio, ambos machos giran para observarla. Aquellas miradas desprenden deseo y posesión, furia y determinación. Y corren hacia ella. Siente en sus poros que quieren atraparla, y sabe que no deben lograrlo.
«Yo soy parte de la clave.»
«El símbolo ––vuelve a susurrar su madre desde algún lugar––. Tú eres parte de él. Que el macho no te atrape, hija. Permite el abrazo del agua y renace a tus veintitrés años.»
Al dejar de escuchar a su madre, gira sobre sus pasos y frenética se echa al agua lodosa.
Agua, más agua la envuelve, la embriaga, acunando su cuerpo mientras se sumerge.
Tranquilidad, paz... y desciende aún más, en aquel claroscuro que la abraza en la plenitud de sus sentimientos. Euforia, dolor, angustia, pasión. Se siente amada... y que puede amar. Más abajo, más... y de repente lo ve. El macho que no conoce, ensangrentado. Sus ojos canela irradiando el brillo de plata, sus pestañas larguísimas, su rostro esculpido. La mirada clavada en la suya, mientras se acerca a la jaula de su padre, que con las heridas del rostro abiertas, renueva sus gritos agudos. El sujeto abre la portezuela de la jaula, se lanza sobre el cuello de su padre en un movimiento único y mortal. Ella grita sintiendo que su alma se recubre de un dolor agudo, punzante, insostenible, ante el cuerpo sin vida de su padre. El macho la mira, mientras alza la mano. Cierra los ojos ante esa mano siniestra e imparable que desciende sobre ella y mientras percibe que sus huesos son absorbidos por el manto oscuro e implacable de la muerte, escucha el susurro letal del macho en su oído: «Al fin te encontré.»
Aniel abrió los ojos al escuchar su propio grito. Se incorporó en la cama, sofocada y aturdida mientras se limpiaba las lágrimas con los dedos. Otra vez recordar aquella tortura la devastaba. Se sentía tan agotada. Este sueño había venido repitiéndose cada día a lo largo de un año y medio y la dejaba exhausta. Su padre Ronan, su madre Ana. Miró a su alrededor, dándose cuenta de que se había quedado dormida en la cama con el televisor prendido. Lo apagó y comenzó a practicar los ejercicios de respiración que había aprendido en un curso de yoga por Internet. Quería calmarse, pero las imágenes volvieron a su mente. El sueño mostraba claramente que su padre había sido asesinado por ese ser diabólico de ojos canela y largas pestañas. Pero ¿y su madre? ¿Dónde se encontraría? ¿Estaría viva o habría muerto en esa terrible noche siete años atrás?
Frustrada, se levantó y se dirigió a la cocina. Se sintió mejor al refrescar la garganta con el agua de la canilla que tomó hasta saciar la sed. Se mojó las manos para luego pasárselas por el cuello y la cara. Fue hacia la ventana y miró la ciudad que se desplegaba afuera. Buenos Aires.
El barrio donde vivía, Belgrano, era una zona de hermosas residencias y edificios con enormes parques que gratificaban su alma. Ella amaba mirar por la ventana del departamento, alejándose de sus pensamientos y tratando de encontrar sentido a su vida cada día. Su corazón se oprimió nuevamente ante el recuerdo de la noche maldita. Las lágrimas volvieron a caer incontenibles por sus mejillas llegando a la comisura de los labios y penetrando en el interior de la boca. El sabor salado de las lágrimas era inconfundible. Aniel arrastró el dorso de una de sus manos por los ojos para detenerlas y las vio desparramadas en su piel como lo había venido haciendo desde hacía veintidós años, sabiendo que eran diferentes a las del resto de la gente. Sus lágrimas plateadas. Su padre y su madre le habían explicado que ella era especial, que no era como el resto de la gente, pero jamás le habían dado demasiados detalles.
«Te aclararemos todo tres meses antes de que cumplas tus veintitrés años», le habían comunicado. Aniel les había preguntado muchas veces qué es lo que le explicarían en aquel tiempo, y ellos siempre habían respondido lo mismo:
«Sobre tus cambios, hija. Y así entenderás quién eres en realidad.»
Aniel cerró los ojos ante el recuerdo de esas voces tan amadas. Las lágrimas aún no se habían agotado después de siete años en que cada día, cada noche los había llorado. Nunca pudo entender por qué la vida la había dejado tan sola y tan sin respuestas. Sacó un pañuelo del bolsillo del pijama y se sonó la nariz. Todas las mucosidades de su cuerpo eran de color plata, incluso la menstruación. Sus padres le habían dicho que ella jamás debía visitar a un médico, ya que estos jamás entenderían la condición de Aniel. En realidad ella tampoco entendía por qué la vida la había hecho de este modo.
De repente las palmas de las manos le empezaron a picar de nuevo. Siempre le pasaba cuando se sentía sumergida en la profundidad de sus sentimientos. Las observó e hizo lo que venía haciendo desde que era una niña. Pasó los dedos por las figuras impresas en ambas palmas. Eran idénticas, pero bastante difusas. Parecían una pirámide invertida, pero no estaba segura. Una vez había ido a una lectora de manos, solo por diversión, y cuando la mujer trató de iniciar la lectura, se puso pálida como un cadáver y suspendiendo la sesión le devolvió el dinero.
«No puedo leerle el futuro a alguien que no lo tiene», le había dicho, y la despachó sin una palabra más. Las palmas de sus manos siempre habían sido raras para la gente que las miraba y si bien para Aniel era una parte más de su anatomía, no podía dejar de reconocer que le irritaba la picazón de la que era presa algunas veces, en especial cuando sus sentimientos estaban a flor de piel. Y sobre todo cuando ellos venían.
«Desgraciados.»
Sacudió su cabeza, queriendo evitar pensar en ellos. Enfocó su atención en el parque maravilloso que rodeaba su edificio.
Su vida siempre había sido un tanto diferente a la del resto de la gente. No caía nunca bajo los efectos de ninguna enfermedad ni había visitado a un dentista. Si bien había tenido que ser vacunada en la escuela, sus padres le habían aclarado que solo lo permitían para no levantar sospechas sobre ella y su condición diferente al resto. Las muchas veces que se le había pedido un certificado médico para cualquier trámite, sus padres recurrían a un médico, íntimo amigo de la familia, que los firmaba sin preguntar. Con el tiempo ella se había acostumbrado, lo había aceptado y todo aquello había perdido interés. Hasta hacía siete años. Siete años de pesadillas, de pérdidas, de desconsuelo, de vacío. Aquella noche trágica, que significó el reajuste de su vida a un giro que la envolvió en las garras de la muerte y la pérdida inexorable de su identidad.
Aniel miró otra vez por la ventana tratando una vez más que las imágenes no regresaran. Veía la gente caminar por las aceras amplias, sumergidas en sus propios pensamientos, algunas solas y otras con sus parejas, amigos o familias, hablando y riendo con las risas argentinas tan características, abiertas y frontales.
Buenos Aires se caracteriza por su aspecto europeo, que asombra a mucha gente por su parecido a París. Tiene un tránsito intenso y bastante caótico, donde los automovilistas, a su manera, se entienden y circulan a toda velocidad. Siempre hay mucho color en las calles, a través de los parques majestuosos, con sus árboles imponentes y los canteros salpicados de diferentes colores que compiten con las flores exóticas provenientes de los puestitos de venta ubicados en las aceras. O a través de los colores fuertes de la ropa de la gente, que contrastan con los pasteles más delicados y los carteles gigantes de propagandas que coronan los edificios, en los que se ven esos rostros latinos tan bellos que venden desde pasta de dientes hasta una Ferrari.
Cerró los ojos y aspiró hondo. Buenos Aires, Belgrano... Belgrano... Belgra... Bel... San Isidro, San Isidro, San Isidro, su barrio de niña, sus padres... y súbitamente se vio nuevamente sumergida en sus memorias, como si un mar de imágenes se hubiese tragado su voluntad, haciéndole recordar nuevamente aquello que tantas veces había tratado de olvidar: el día que cumplió sus dieciséis años.
Aniel era feliz. Vivía en una casa de tres pisos sumamente acogedora en ese barrio tan pintoresco, rodeada del desbordante amor de sus padres. Ellos la habían educado con tanto cariño y respeto que se había forjado en ella un carácter templado, decidido y amoroso. Y ellos se sentían plenamente orgullosos de ella.
«Hija, ¿otro premio más nos traes hoy?», le había dicho su madre la vez que había ganado una medalla de oro en gimnasia artística, mientras la abrazaba y la levantaba en vilo dándole un beso en la mejilla. En la escuela secundaria no solo se destacaba por sus excelentes notas sino también por su gran pasión por el atletismo y la gimnasia. Aniel era rapidísima, y sumamente ágil, jamás había perdido una carrera y sus saltos artísticos eran memorables, alabados permanentemente por la gente. Su rapidez era comentada en las diferentes instituciones y condados. Había cosechado numerosísimos trofeos que la destacaban como una atleta excelente, no solo en el país sino también en el exterior. Por ejemplo en Dinamarca, donde había conocido a su íntima amiga Jackie en competiciones deportivas.
Su destreza mental era también su fuerte: tenía facilidad para los idiomas y los números. Había aprendido el danés en un mes y podía realizar operaciones matemáticas complejas al instante.
Pero no siempre las cosas habían resultado fáciles para Aniel. En sus primeros tres años de vida había vivido tres situaciones en las que estuvo a punto de morir. Ninguna por enfermedades, ya que no las contraía, sino por un intenso vacío interior que la había llevado a dejar de comer y no querer aferrarse a la vida. Si bien había sido muy pequeña en aquel tiempo, aún recordaba lo difícil que le había resultado respirar y alimentarse. Sus padres habían luchado con ahínco para que Aniel se enamorara de la vida, cosa que empezó a suceder cuando cumplió los cuatro años. Su padre le había explicado muchas veces que una personita tan especial como ella había tenido grandes dificultades para entrar y quedarse en el plano de la materia. Así fue que a partir de ese instante, Aniel creció enérgicamente, transformándose en una chica mucho más fuerte que el común de las mujeres e incluso que muchos chicos. Nunca había perdido una lucha cuerpo a cuerpo por diversión con ningún muchacho, ni siquiera con los más robustos. Así, su destaque en el deporte le había otorgado una enorme popularidad, que sumada a su carácter bondadoso y estable la hacían una chica muy buscada por las chicas y los chicos, y entre estos últimos también por su extrema belleza.