Crónicas Venecianas
Vivisección de una dictadura moderna
José Luis Borja
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© José Luis Altet, 2010
First Edition
Published by José Luis Altet at Smashwords
ISBN: 978-1-936886-63-0
www.alexlib.com/cronicasvenecianas
Smashwords Edition, License Notes
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Advertencia:
Cualquier semejanza con personajes y hechos reales de la historia de Zimbabwe es pura casualidad. Le pedimos disculpas a Italia, Venecia, Cerdeña y todos los estados del Adriático, así como a Portugal, partícipes involuntarios de estas Crónicas.
En la tapa: Retrato del Duce de Venecia Leonardo Loredan,
Giovanni Bellini (c. 1430 - 1516)
National Gallery, London
Diseño: Alexandria Library
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ÍNDICE
Olivos, Piedras, Cenizas y Diamantes.
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Todos conocemos el cuento de Caperucita Roja y recordamos cómo el malvado lobo se disfraza de abuelita y aprovecha su apariencia para ganar la confianza de Caperucita y hacer que se le acerque para poder comérsela. La moraleja de esta historia es que no debemos guiarnos por las apariencias. Como lo dice el proverbio no todo lo que brilla es oro y no basta que un gobierno se autocalifique de demócrata para serlo. Lo más pernicioso es que un gobierno elegido democráticamente por sufragio universal luego cambie todas las estructuras de la democracia y se transforme en una dictadura. En el siglo XX, Hitler llegó al poder por las elecciones y luego utilizó todos los poderes a su alcance para establecer su dictadura con las bien conocidas y documentadas consecuencias desastrosas para la humanidad. Se puede decir que Hitler sentó las bases de la dictadura moderna. Su ejemplo ha sido seguido en algunos países, cambiando sólo la coloración de las ideas pero, en el fondo, el propósito es el mismo: el vil egoísmo de un líder que desea eternizarse en el poder y mantener a su país y a sus conciudadanos bajo un control férreo.
Desafortunadamente para la humanidad, aún en el siglo XXI existen dictaduras, algunas francas y como tales repudiadas por la comunidad internacional y otras que fingen ser democracias, pero que recortan y poco a poco cercenan los derechos humanos. Éstas son las más difíciles de combatir porque sus líderes usan el mismo vocabulario que los líderes democráticos, mientras sus acciones son diametralmente opuestas a los lineamientos democráticos. Juegan con las palabras, se esconden detrás de un inexistente estado de derecho, pretenden que existe libertad de expresión pero no toleran ideas diferentes a las suyas y limitan su difusión e impresión. Concentran todos los poderes en sus manos afirmando al mismo tiempo que estos poderes son independientes. Y por encima de todo, se rigen por el postulado de Goebbels, ministro de propaganda de Hitler quien decía que una mentira repetida mil veces se transforma en verdad.
Todas las dictaduras modernas tienen un denominador común: la obediencia del pueblo que acepta ser dominado y se deja acosar y oprimir por un club de sociópatas cuyas acciones sacan a flote lo peor de la especie humana. También tienen un numerador común: un ser obsesionado por el poder, un Duce, capaz de cualquier cosa con tal de perpetuarse en el poder.
La democracia sólo se desgasta si no se utiliza. Por ello es importante usar el poder del voto y luchar contra la apatía para que ningún Duce o aspirante a Duce pueda llegar al poder gracias al sufragio de una minoría.
En esta serie de textos titulada "Crónicas venecianas" he procurado destilar la esencia de una dictadura moderna y su modus operandi. Algunos lectores reconocerán en el Duce a algún dictador presente o pasado y en Venecia a algún país europeo o no. Para quienes no reconozcan a nadie, espero que estas crónicas resulten divertidas e interesantes.
J.L.B
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A veces me embarga una inmensa tristeza al pensar en lo que es hoy Venecia y lo que hubiese podido ser. Cuando se invierte el orden natural de las cosas, no hay cabida ni para la justicia ni para la honradez. A pesar de ser ciudadano de Venecia, no tengo ningún derecho, ninguna protección. La muerte puede acecharme a la vuelta de la esquina, en un callejón oscuro o en medio de la calle a plena luz del día. En Venecia es mejor hablar de cualquier cosa menos de política. Me distraigo entonces hablando de Física con los mesoneros del Café Einstein que frecuento todas las tardes. Ayer disecamos la ecuación de Schrödinger entre dos macchiatos y un latte. Mis amigos del café tienen doctorados y postgrados en física o en matemáticas pero en Venecia, no hay trabajo en su ramo. El Duce sólo tolera a los programadores del Consejo Electoral expertos en programar las máquinas de votación que le han hecho ganar todas las elecciones. A pesar de sus altos sueldos y de sus privilegios, viven en jaulas doradas ya que la policía política los vigila permanentemente y los tienta a través de agentes encubiertos para ver si revelan el secreto.
Los canales de televisión interrumpen a diario su programación para transmitir los monólogos del Duce y las amenazas que le lanza a sus opositores. En toda la República inmensas vallas publicitarias muestran al Duce colocando la primera y única piedra de una escuela o de una vivienda popular de la cual sólo se construirá la fachada. No es lícito informar y nuestros periódicos sólo pueden hablar del tiempo. No pueden reportar ni los asesinatos que ocurren a diario, ni la escasez de alimentos, ni las cifras del desempleo, ni mencionar a ninguno de los secuaces del Duce que se dedican a saquear a Venecia. Ninguno ha reportado que desde hace algunos días, bajo la efigie del Duce, en los billetes de a uno ha aparecido una fórmula lacónica, escrita en tinta indeleble que por su aparente inocuidad tiene perpleja a la policía política. Creen que se trata de alguna seña usada por los enemigos del Duce, seguramente para gestar un golpe de estado o un magnicidio. Pese a los esfuerzos para sacar de circulación a estos billetes marcados, la fórmula ha seguido apareciendo en los nuevos, lo que ha generado pánico entre los policías que el mismo Duce ha regañado públicamente por su incompetencia.
Recuerdo haber escrito la fórmula un día que hablamos de la Teoría de la Relatividad en el café. Alguien la habrá reproducido porque le pareció bonita, a menos que sea obra de la Resistencia que trabaja en la penumbra. La fórmula sólo dice E = mc2 y en vano la policía política ha tratado de interpretar su significado. Al pagar mi café, estoy entregando un billete de a uno. Bajo la efigie del Duce he escrito V = R x I para ver qué se les ocurre. En Venecia, fuera del Café Einstein, ya nadie sabe de Física.
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El fin del Duce siempre parece estar cerca. Tal vez esta ilusión es la que alienta a quienes trabajamos en la penumbra, para que algún día la luz de la justicia ilumine a nuestra querida Venecia. De observador pasivo y resignado, he pasado a engrosar las filas de la Resistencia. El proceso no ha sido fácil, porque siempre existe la amenaza de una infiltración por parte de los agentes de la policía política.
La corrupción en Venecia ha llegado a tal extremo que cada semana ocurre algún escándalo. Los padres del Duce han pasado inexplicablemente de ser plebeyos a ser los latifundistas más grandes de toda la República, mientras la mayoría de los venecianos se ha empobrecido. Para distraer la atención del pueblo, el Duce ha construido una fábrica de nubes. Cada vez que estalla un nuevo escándalo, la fábrica emite por su alta chimenea un humo negro que poco a poco va oscureciendo el cielo de Venecia y reduciendo nuestras horas de claridad. Parece que poco a poco los venecianos se irán acostumbrando a dormir más y a comer menos, hasta que ya no se den cuenta del problema de la escasez de alimentos.
En el sótano de la fábrica de nubes se encuentra el laboratorio de la policía política. Allí se fraguan las consignas que repetirán a la saciedad los militantes del partido durante los mítines o el programa de televisión dominical del Duce y las declaraciones que darán al unísono los diputados de la Asamblea Nacional, respaldando al Duce y denunciando algún plan desestabilizador urdido por la oposición. Allí también se reescribe la historia y se cambian los textos escolares. Se forjan documentos comprometedores, se falsifican actas y testimonios y algún día hasta se falsificará la moneda para contener la crisis económica que se avecina como una tormenta ineludible.
Todas las líneas telefónicas de Venecia convergen allí. Todas están intervenidas. Debemos ser muy cuidadosos al hablar. Hay quienes dicen que la policía política posee para cada ciudadano catalogado como opositor alguna frase subversiva que ha sido elaborada cortando y pegando segmentos de sus conversaciones grabadas. En cualquier momento, cualquier dirigente de la oposición puede ser acusado de golpista o de corrupto y su grabación difundida por Veneciana de Televisión para someterlo al escarnio público y al peso de la ley. Los seguidores del Duce no son inmunes a esta práctica. Después que caen en desgracia, siempre aparece alguna prueba de su traición al Duce y a la República.
Con el fin de neutralizar las grabaciones, hemos desarrollado un sistema sencillo pero eficaz. Hablamos en código Morse usando sólo dos silabas “di” en vez de punto y “da” en vez de raya. Cada día somos más diestros expresándonos en este nuevo idioma. Imagino a la policía política tratando de interpretar nuestro galimatías. ¡Di-da-da-da, di-da, di-da-da-da, di-da, di-da-da-da, di-da!
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En la República de Venecia el puesto de Inquisidor es uno de los más codiciados por los partidarios del Duce, por su prestigio por la autoridad que confiere y por la posibilidad de ganar puntos con el caudillo. Las reglas son simples: el Inquisidor sólo debe perseguir a los miembros de la oposición o a aquellos aliados que hayan criticado la gestión del Duce y que él haya calificado de traidores. No debe abrirle juicio a ningún militante del partido o funcionario del gobierno aunque las pruebas en su contra sean irrefutables. En todo caso, para dar un semblante de autonomía de poderes, puede abrirles un juicio y luego exonerarlos de toda culpa alegando que han sido víctimas de un complot de la oposición para desprestigiarlos y exponerlos injustamente a la vindicta del pueblo soberano.
También puede aprovechar la eliminación física de algún funcionario del gobierno para acusar a algunas personalidades de la oposición del asesinato de este funcionario que estaba colocando al Duce y a sus ministros en una posición incómoda. El occiso será enterrado con todos los honores y su nombre será escrito con letras de oro en la lista de los héroes de la República de Venecia. En el sótano de la fábrica de nubes la policía política se encargará de forjar todos los documentos necesarios para probar culpabilidades y de conseguir los testigos quienes, según el caso, serán recompensados monetariamente o discretamente eliminados cuando ya no se necesiten.
El protocolo ya está establecido. A través del programa dominical o de una de las largas cadenas televisivas a las cuales el Duce nos tiene acostumbrados, el Inquisidor será informado del nombre de la persona a quien debe abrirle un expediente. Deberá mostrar celeridad en su proceder y poner en movimiento todos los engranajes de la pesada máquina de moler caracteres que funciona en el sótano de la fábrica de nubes. No sabrá si alegrarse o tener miedo cuando el Duce lo llame por teléfono. La incertidumbre es el precio que debe pagar por estar en este puesto. Si lo hace bien, será premiado y podrá disfrutar de las mieles del poder; de lo contrario, caerá en desgracia y algún Inquisidor futuro le abrirá un expediente para cobrarle su ineptitud. Porque en esta tierra agraciada, fallarle al Duce se paga con creces.
Han pasado varios aspirantes por el puesto de Inquisidor. Todos han fracasado. Con el apoyo de los pocos medios de comunicación que todavía no están bajo el control del gobierno, la oposición siempre ha logrado mostrar las flaquezas de los falsos testigos y las incoherencias de sus testimonios. Pareciera que la fábrica de nubes tiene un defecto. Cada vez que se fabrica un juicio, la producción de nubes se incrementa de una manera notable. La policía política, en su celo por complacer al Duce, no se ha percatado de esta correlación matemática y contribuye involuntariamente a sembrar la duda. Aparte de ésta, nada crece en la oscuridad y aún menos la verdad… aún en Venecia.
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En nuestra Serenísima República el Duce ha mantenido la estructura de gobierno anterior. Sin embargo, sólo es una fachada. Detrás de ella se esconde una máquina bien aceitada que se dedica a saquear a Venecia al amparo de una constitución pretérita e irrespetada por el mismo Duce. Entre los puestos más codiciados se encuentra el del Contralor de la República. La tarea de éste debería consistir en perseguir, enjuiciar e inhabilitar a los funcionarios públicos corruptos. Sin embargo, siempre se hace el de la vista gorda y a pesar de que la mayoría de los cargos públicos es ocupada por los seguidores del Duce, siempre culpa de corrupción a la oposición, que no maneja ninguna suma importante de dinero. Cuando se subvierte el orden natural de las cosas, el resultado obtenido obedece a una lógica absurda para el común de los mortales pero, sin embargo, totalmente congruente con la manera de pensar y de actuar de los que la aplican para su beneficio.
Aquí está el Contralor, descalificando toda denuncia de corrupción contra cualquier seguidor de su amo que todavía no haya caído en desgracia, inhabilitando bajo cualquier pretexto a los candidatos de la oposición que pudieran arrebatarle algunos votos al Duce a pesar de todas sus trampas. Asistimos atónitos a la sempiterna repetición de la fábula de los animales enfermos de peste. Mientras el león ha devorado otros animales, tal vez enfermos, el burro es acusado por haberse comido unas zanahorias que consiguió en la orilla de un camino.