Excerpt for La leyenda de Avernoiz by Braulio Vidal, available in its entirety at Smashwords

LA LEYENDA DE AVERNOIZ



Braulio Vidal González

La leyenda de Avernoiz





By Braulio Vidal González



Copyright 2011 Braulio Vidal González



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Indice

Indice 4

INTRODUCCIÓN 5

Capítulo I 6

Capítulo II 9

Capítulo III 12

Capítulo IV 14

Capítulo V 18

Capítulo VI 21

Capítulo VII 24

Capítulo VIII 27

Capítulo IX 31

Capítulo X 33

Capítulo XI 35

EPÍLOGO 36

NOTA DEL EDITOR 37





INTRODUCCIÓN

Voy a narraros, pese a la incredulidad general que pudiera despertar en los lectores, un informe que data de 1938, donde se constata el origen de la leyenda de un pueblo del interior de Galicia.

Me consta que estas historias se repiten a lo largo y ancho de nuestra geografía, y con ello pretendo demostrar que no sólo son casos de sugestión colectiva o algún tipo de paranoia. Este informe fue extraído de los archivos del CESID, donde figuraba como material clasificado, entre otras cosas, por su difícil y descabellada justificación.

Soy el coronel Jacobo López, adscrito a la Región Noroeste desde 1951. Ahí fue donde tuve conocimiento, de forma casual, de los hechos que detallaré. El acceso a los archivos de la Fuerza Aérea y del CESID fue dificultoso, y tan sólo en estos tiempos en que se desclasifican de forma global períodos enteros de nuestra historia se pudo obtener esta información. La misma, la he cotejado con los testimonios de los supervivientes, puesto que no han transcurrido tantos años, y para corroborar una historia no debemos olvidar que el mayor crédito deben tenerlo quienes la vivieron.

Escribo este relato desde Luanda, Angola, donde me encuentro recabando información referente a la venta internacional de armas, como investigador adjunto a la comisión de la OTAN responsable de crímenes y delitos militares. El motivo de que exponga este informe es que con ello pretendo dilucidar lagunas en nuestra historia y para nada ofender o atacar a ningún estamento político, militar o de otra índole.

Pasamos pues a presentar todos los documentos que he conseguido reunir y que he intentado ordenar de forma lógica y cronológica en la medida de lo posible, intercalando las conversaciones grabadas en cinta magnetofónica con los protagonistas.

Capítulo I



INFORME Nº 38/472. EJÉRCITO NACIONAL, SECCIÓN DEL AIRE. 16 DE ABRIL DE 1938

A día de hoy, se comienza la elaboración de este informe por petición expresa de su Excelencia el General Kindelán, a causa de los rumores acaecidos tras el descubrimiento en un valle interior de la provincia de Orense de una población abandonada que parece ser responde al topónimo de Avernoiz.

Esta información sobre el nombre de la población hemos tenido que obtenerla de los antiguos archivos nacionales y del censo de 1735, donde dicha población constaba con la siguiente reseña: “...villa es de quinientas almas con buen caldo, producto de campos bien labrados y haciendas bien conservadas; comunicada al Norte con Allariz, que es la villa próxima más importante. Es villa de paso y por tanto presenta en su haber posadas y caballerizas...”

Este informe recoge los testimonios del XIV Regimiento de Comunicaciones de Campaña, concretamente del pelotón al mando del sargento Arturo Gómez, gallego de nacimiento. Dirigía éste al mencionado pelotón con intención de establecer en el valle afecto un puesto de radiocomunicaciones para facilitar las labores de coordinación y movimiento de aviones, en especial los que, con origen en Alemania, fueron y serán desembarcados en el puerto de Vigo. Este equipamiento constaba de un grupo estándar de radios FUG de procedencia alemana, de diversos tipos, que abarcaban los seis anchos de banda habituales en uso por nuestro ejército. Este tipo de instalaciones cubren la ruta desde Vigo hasta León, a partir de donde serán reenviados los aparatos.

Normalmente los equipos de comunicaciones a los que me refiero se disimulan como si de una estación del servicio meteorológico se tratara, denominada “Consol”. Esta técnica nos la transmitieron los alemanes, y tiene la ventaja de que ante un eventual ataque por parte de fuerzas hostiles siempre se puede denunciar tal acción apelando a la condición de edificio civil de la estación Consol, hecho que a efectos internacionales tiene su importancia.

Las radios instaladas permitían la perfecta comunicación con cualquier avión y servían, así, de guía a los mismos en los difíciles vuelos nocturnos. Especialmente a los novísimos Heinkel He—111 y los ultraveloces Heinkel He—70 “Rayo”. También seguían esta ruta los experimentales Junkers Ju—87 “Stuka” de la Legión Cóndor alemana. Toda la infraestructura descrita estaba organizada por el agregado técnico—militar Von Bruth, un metódico teutón que se encargaba de plagar nuestra geografía de instalaciones similares, en especial la de Castro Rei (Lugo), desde donde se dirigían las demás.



TESTIMONIO DEL SGTO. ARTURO GÓMEZ, SOLDADO DE 1ª, MEDALLA AL VALOR EN EL DESEMBARCO DE CÁDIZ.

—Amanecía cuando llegamos al punto indicado, que en nuestros mapas constaba como valle boscoso con algunos claros, y que tan sólo era atravesado por un angosto camino que en la antigüedad debió de ser de carros. Por ello, tuvimos que utilizar en toda la ruta nuestros vehículos todo terreno, que huelga decir, se portaron magníficamente —en este punto el sargento comenzaba a excitarse, pues es un hombre de sangre caliente y pasión desmedida, lo cual le valió la citada mención—, hasta que llegamos lo que se suponía debía ser el descampado que nos mostraban dos fotografías de Reconocimiento Aéreo.

—Fue increíble nuestra sorpresa —expuso el subteniente Juan Sotelino— cuando llegamos al supuesto prado y nos encontramos con un grupo de casas más o menos bien conservadas pero de arquitectura arcaica y en un aparente perfecto estado; lo menos era un pueblo para albergar a seiscientas o setecientas personas, y lo más extraño era que no constaba en los mapas ni aparecía en las fotografías aéreas tomadas un mes antes.

—Esto nos llevó a pensar —recalcó el sargento Gómez— que el obvio error era nuestro, por lo que nos pusimos en contacto por radio con nuestro centro de mando regional, que se encontraba a la sazón a apenas setenta kilómetros de distancia.



EXTRACTO DE LAS COMUNICACIONES GRABADAS EL 26 DE AGOSTO DE 1937.

—“...Teniente Alonso, le llama el sargento Gómez, nº de registro 4082, solicito verifique coordenadas de emplazamiento de radio, pues no coinciden nuestros cálculos con el terreno aquí encontrado y suponemos error por nuestra parte en la ruta que hemos seguido...”

—“Sargento Gómez, su posición es correcta con precisión milimétrica. Es ahí donde deben ubicar los receptores No descuiden su labor a la hora de orientar correctamente las antenas en los picos circundantes. Informa el capitán Peláez que no se demoren, puesto que el próximo envío de aviones se efectuará antes de 45 días.”



—Por mucho que intentamos justificar las coordenadas como erróneas o buscar algún punto de referencia que zanjara las dudas que nos invadían, fue absolutamente en balde. Por lo tanto, procedimos —explicó el sargento— con nuestro trabajo y aprovechamos las casas encontradas para instalarnos en ellas con bastante mayor comodidad de la que hubiéramos disfrutado en las tiendas de campaña reglamentarias.

—Mi sargento no tuvo que convencernos de que la mejor opción era dormir en esas casas —terció el subteniente Sotelino.

—Cuando el sargento nos ofreció esa posibilidad nos pusimos como locos a buscar la casa más acogedora —corroboró el soldado Jorge Veloso—. Las viviendas estaban impecables, en especial una posada de doble planta con balcones de madera y un cartel que la nombraba como Posada del Errante. Su interior estaba perfectamente conservado, sin demasiado polvo, diría yo, y le puedo asegurar que he visto mucho polvo en mi vida. De hecho, no recuerdo haber estado en una casa tan limpia jamás, y que mi madre me perdone.

—En cuanto el soldado Veloso localizó esa pequeña maravilla, nos dispusimos a instalarnos y en seguida nos percatamos de que era el emplazamiento ideal para el centro de radio —continuó el sargento Gómez—. Tenía la estructura de madera impecable, de fuerte factura. La distribución de los cuartos, además de ser ideal, presentaba buenos aislamientos acústicos. En esta casa se podía cometer un crimen sin que la habitación de al lado supiera nada.

Se hizo noche mientras el grupo de 12 soldados encabezado por el sargento Gómez adecentaban el lugar y se preparaban para emitir su primera comunicación. Ésta se efectuó sin ningún contratiempo, usando tan sólo la antena de proximidad, por lo que decidieron irse temprano a dormir y aprovechar la mañana siguiente para instalar las largas pértigas en las colinas próximas.

—Mi sargento —fue a importunar el soldado Alonso—, Veloso acaba de encontrar en su cuarto algo que puede interesarle. Lo que ha estado leyendo nos ha puesto los pelos de punta, y creo que usted debería echarle un vistazo.

—Adelante, muchacho, tráeme ese escrito. Y como se trate de otra broma del de siempre os emplumo a todos y os hago subir las antenas mañana sin usar los camiones —respondió malhumorado y cansado el sargento Gómez.

No tardaron en acercarle el citado escrito, que se presentó en forma de diario. Era un libro de cuero repujado cuidadosamente labrado, con hoja fina y canto dorado, tipo Biblia. En dicho volumen se podía leer la fecha de 1735, y figuraba como propiedad del Interventor—Recaudador de Su Graciosa Majestad Felipe V, el hidalgo don Lucas Sarmiento.

—Nuestra primera impresión fue que este libro tenía que valer mucho dinero simplemente por la edad que aparentaba tener, pero de que esta antigüedad fuese cierta dudamos todos al comprobar el magnífico estado en que se hallaba, nada lógico en un libro de 200 años, conservado a la intemperie en una vieja casona del interior de la lluviosa Galicia —apostilló el sargento Gómez—. Ya estaba viendo yo el castigo que le iba a caer a Veloso por otra de sus muchas gracias, aunque había que reconocer que cada día se esmeraba más en la puesta en escena.

—El sargento no me quitaba ojo de encima. Yo juraría —comentó asustado el soldado Veloso— que me tenía enfilado o que alguna me iba a caer, porque así es como mira a los que luego hacen guardia en el turno de madrugada.

—Empecé a leer el libro, o mejor dicho el diario, pues esto fue lo que encontramos al abrirlo —explicó relajado el subteniente Sotelino.

Capítulo II



El diario del Interventor don Lucas Sarmiento

25 de Abril de 1735

Se inicia este diario situándolo en la fecha arriba citada, que aunque no es la correcta viene a señalar el comienzo de esta quijotada, pues no se puede definir de otra forma. Yo dudo de mi cordura y por ello me decido a anotar estas líneas para que juzgue alguien de más claro entendimiento qué es lo que acontece.

Pienso que deben haber transcurrido ya dos meses desde el inicio de mi viaje, que me hubo de traer a recaudar los siempre incómodos tributos a este olvidado y recóndito paraje, que si bien es bello como el que más, lo hemos notado desde el primer momento húmedo y frío como la boca misma del infierno, lugar que parece evocar su nombre, un infierno de desolación, y gélido que hiela la sangre, donde el aire es más pesado que el polvo que pisamos, y que se aleja por completo de la idea cálida que del mismo se tiene, y pienso que si no fuera por la triste situación en que nos encontramos, no dejaría de ser esto una curiosa anécdota.

Comienzo este mi relato el día en que recibí la notificación del señor Comendador Ernesto de Salcillo, para encaminarme a recaudar los tributos, tan necesarios a nuestro reino, en una serie de poblaciones de las que la segunda en la lista era la villa de Avernoiz. Para este menester acompañado iba de dos alguaciles, harto competentes y bien pertrechados, como mandaban la importancia y riesgo del evento. No es que desconfiáramos de estas buenas gentes, mas ya se sabe que no todos los caminos son del Señor, como este triste pueblo no deja de recordarme.

Con éstas, iniciamos la ruta de forma bastante cordial e incluso diría que jovial. Nos acompañaba un tiempo espléndido, caluroso y como solía ser habitual disponíamos de sustento económico holgado para pagarnos las mejores posadas donde la cerveza y el buen vino no se escatimaban. En especial, esto agradaba al alguacil José Silva, que presumía de elevada cultura, casi a la par de su apetito, gusto por el vino, y enfermiza obsesión por las mujeres.

El camino lo resolvíamos a caballo, y el alguacil Silva llevaba prendido de su silla un pequeño carromato con dos arcones de acero forjado, cuya llave doble era portada en mi cuello y en el del alguacil Francisco Bermúdez. Fue así como llegamos a la primera población señalada, y allí nos alojamos en la Posada de don Eligio, famosa en la comarca y de buen ver. Tras cuatro días de recaudación sin incidentes, nos preparamos para proseguir el viaje; y en la última noche, mientras cenábamos en la posada, oyéronse en la mesa contigua a la nuestra curiosas historias acerca de lobos y otras bestias salvajes que inquietaron sobremanera al alguacil Bermúdez, demasiado miedoso para el rango y menester que le ha tocado desempeñar, y al que yo suponía hombre forjado en mil avatares. Dado que su desazón era creciente, José Silva y este servidor dimos en bromear intentando descargar la tensión del momento. Esta actitud nuestra se demostró equivocada cuando Bermúdez no sólo no disminuyó su inquietud sino que comenzó a ponerse violento, llegando incluso el que esto escribe a tener que hacer valer su rango para serenarle, lo que me dejó claro que no era hombre para compartir jaranas ni bromas de pueblo. Optamos pues por retirarnos y dejar para el día siguiente, a plena luz del día, las algazaras que pudieran amenizar el viaje.

Esa noche resultó muy curiosa, puesto que no dejamos de oír ruidos y aullidos continuos de lobos en el bosque próximo, a pesar de saber cierto que aquéllos no se aproximaban a poblaciones tan numerosas, y menos aún a casonas como la nuestra tan llenas de gentes. A cada sonido del exterior notábamos la creciente tensión que se iba apoderando de Bermúdez, solo en la habitación contigua. En esos momentos yo me encontraba con José Silva, jugando una partida de naipes en mi aposento, acompañados ambos por una generosa jarra de vino tinto.

A eso de las tres de la madrugada, Bermúdez comenzó a gritar y tuvimos que acudirle. Creímos que estaba preso de fiebres y veíamos muy difícil su continuidad en nuestra empresa, pues no cesaba de decir que debíamos dar la vuelta y que la suerte estaba echada, que negarnos a ella era demostrar nuestra ignorancia y que los lobos se lo decían muy claro. El alguacil Silva fue a buscar rápidamente un médico a la población, ya que juzgábamos la premura como un arma de gran valor ante los acontecimientos que se nos avecinaban. Este llegó poco después de que Bermúdez se serenara, y en su análisis preliminar lo consideró en perfecto y sano juicio, al tiempo que expresó no notar ningún tipo de perturbación mental, salvo quizá restos de un azaroso sueño: ya se sabe que algunas pesadillas se tornan realidad por el hecho de la firmeza con que se viven. Sus palabras nos tranquilizaron, y puesto que en el resto de la noche no hubo más infortunios, dimos por acertado tal diagnóstico.

Al amanecer retomamos el camino, notando que Bermúdez ya no volvía a ser el mismo. A cada loma que superábamos, se le veía más cetrino y sombrío, poco hablador, aunque antes tampoco lo había sido en demasía. Esto se vio confirmado por los hechos que siguen.

Doblábamos un recodo para enfilar las últimas seis horas de viaje, cuando en medio de la angosta senda nos encontramos tres hermosos lobos, que estaban plantados en el camino como observándonos. Tenían una planta tal que denotaba una inteligencia superior a su condición animal, lo cual, como es obvio, nos amedrentó a todos; aunque en ese momento quien más me preocupaba era Bermúdez, ya que en su estado aquel suceso se nos antojaba como la gota que podía colmar el vaso. Sin embargo, no fue así, o eso nos pareció al alguacil Silva y a mí. Bermúdez se tranquilizó, sonrió a los lobos, y mirándonos fijamente nos dijo que esa era la prueba de que debíamos dar la vuelta, que los lobos lo decían muy claro, que lo que había allí delante al final del día no era para nosotros. Ciertamente, escuchándole, sus palabras sonaban harto sensatas, y nos hacían dudar de nuestro propio buen sentido; de hecho más bien no dudábamos, sino que nos encontrábamos sumidos en una gran incertidumbre y sin poder comprender lo que nos acontecía. José Silva tomó la iniciativa y, con paso firme, desenfundó su estoque y ahuyentó a las bestias, pudiendo seguir de esta forma nuestra cada vez más azarosa ruta.



Faltando tan sólo dos horas para llegar al pueblo, cruzamosnos con un tratante en su carromato, que iba totalmente ensimismado y al que interrumpimos sin querer, pues su concentración a punto estuvo de llevarnos a un disgusto. Cuando lo detuvimos y le llamamos al orden por su descuidada actitud, nos pidió encarecidamente disculpas y compartió con nosotros el motivo de tan distraído discurrir, que no era otro que una espesa niebla dos recodos más adelante, y que cubría toda la comarca, incluido el propio pueblo de Avernoiz. Y dijo extraña niebla, ya que hacía tres años que en esa zona no se daban nieblas, dado su nivel de humedad y las vías de escape naturales del propio valle, que impedían la acumulación de la misma. Además, esta bruma, nos comentó que tenía como característica destacable un fuerte olor sulfuroso, dando la impresión de ser más que niebla escape de alguna mina o caverna.

Efectivamente, no tardamos en sumirnos en la misma, tras haber dejado al consternado paisano seguir su camino. Era curiosa por demás, ya que coincidía totalmente con lo comentado por el atribulado hombre, y su olor más que ligero yo diría que era persistente y penetrante, pero al que pronto se acostumbraba uno restándole importancia en lo sucesivo.

Bermúdez permanecía callado y observador. Como único síntoma a destacar en su fisonomía, advertimos un sudor que perlaba su frente por completo.



El pueblo de Avernoiz era como otros tantos, de aspecto medianamente próspero y con capacidad para albergar un buen número de gentes, en torno a las 400 almas. Poseía incluso una iglesia parroquial de buena piedra que indicaba a todas luces el alto nivel económico de la zona.

Dirigiéndonos con decisión a la posada El Errante, nos dispusimos a tomarla por cuartel y despachar lo antes posible nuestra labor. A esas alturas tan sólo el alguacil Silva me era útil. Bermúdez se encontraba cada vez más sumido en su extraño estado catatónico, por lo que optamos por recluirle preventivamente en su aposento. José Silva y yo nos dirigimos prestos al concejo, y le comunicamos al alcalde la necesidad de reunir a todas las gentes en la mañana siguiente, donde él considerara más oportuno. A nuestro parecer, el lugar más indicado podía ser la iglesia parroquial, por tamaño y capacidad. Todos estos requerimientos fueron atendidos sin que mediara en él ninguna reticencia. Su nombre era don Alberto Mogío, de alto origen extremeño. De claro entendimiento, como su despejada frente evocaba, no parecía hombre de fácil engaño.

Dicho esto, nos retiramos a pasar la noche esperando que la mañana siguiente fuera benévola en lo que a la niebla se refería, y que esto motivara un mejor estado de ánimo en unas gentes a las que por mandato real debíamos descargar de sus dineros.



Capítulo III



CONTINUACIÓN DEL INFORME Nº 38/472. EJÉRCITO NACIONAL, SECCIÓN DEL AIRE. 16 DE ABRIL DE 1938

El sargento Gómez no estaba para seguir leyendo patochadas, por lo que optó por una medida disciplinaria que garantizara una noche tranquila y sin sobresaltos a sus hombres. Es decir, puso a hacer guardia al soldado Veloso con una advertencia muy seria de que si insistía en su actitud amedrentadora, la sanción no se quedaría en una simple guardia. Si bien Veloso estaba habituado a ser centro de las atenciones del sargento, cumplió aparentemente con su obligación según testimonian los demás miembros de la unidad, que le vieron y oyeron patrullar hasta altas horas de la noche como él mismo dijo. Lo extraño fue que no encontrara nada que mereciera su atención, ni oyera ruidos esa noche, ruidos que el resto de la guarnición aseguran les acompañaron toda la noche.

—Lo primero que me vino a la cabeza —comentó el sargento Gómez— fue que el escarmiento no había sido suficiente y tendría que tomar medidas mayores para hacerle entrar en razón y que permitiera a la guarnición descansar. Eso me llevó a salir de la casa y llamarle directamente al orden —todos los demás soldados corroboraron esta versión por encontrarse la mayor parte mirando por la ventana lo que se detalla a continuación, ya que no podían dormir a causa de los ruidos—. Cuando llegué a la altura del soldado Veloso y le comenté mis inquietudes, bien es verdad que de una forma marcial y contundente, me contestó que no entendía a qué me refería, porque ni él había provocado ningún ruido ni los había oído en absoluto. He de reconocer que su testimonio parecía completamente cierto, y si me equivocaba me encontraba ante un espléndido actor, por lo que le mandé pasar al interior de la casa e hice bajar al resto de la tropa. Ese tema tenía que ser aclarado de inmediato.

—Yo ya me veía colgado por los menudillos de la viga central de la casa. En tiempos de guerra hay que tener mucho cuidado con las bromas, porque te llevan al Consejo de Guerra privado en menos que canta un gallo, y si bien conocía perfectamente la integridad de mi sargento, a esas alturas de la noche ya dudaba de todo. Sobre todo, al ver la cara de mis compañeros —intervino el soldado Veloso.

—Mi sargento siempre fue cabal —apostilló el subteniente Sotelino— y todos creíamos que había perdido los nervios, hasta que realmente nos dimos cuenta del sentido de sus acciones, cuando nos mandó bajar a todos de las habitaciones y preparar una defensa perimétrica en la casa. Él estaba seguro de que algo había fuera, y dudaba de que un solo hombre como Veloso pudiera ser el causante de unos ruidos que simulaban el fuerte azote del viento contra las maderas exteriores de la construcción, pero haciendo unos juegos de sonido demasiado inverosímiles para tomarlos por fruto de la naturaleza —dijo inquieto el subteniente—. De no ser por lo ilógico de lo que voy a decir, yo aseguraría que los sonidos no sólo no eran producto del viento, sino que parecían arañazos y voces, creyendo incluso distinguir palabras perfectamente articuladas aunque no habituales en el vocabulario de nuestros paisanos. Daba la impresión de que te hablaban esas gentes de antaño de alto postín y buenos modales.

—Le juro que para mí eran voces, hasta distinguí alguna frase —expresaba compungido el soldado Veloso—. A esas alturas ya no sabía si el que estaba loco era yo, y casi estaba deseando que el sargento nos diera una lección de orden y cordura.

—No estaba el horno para bollos, y aquello semejaba salirse de madre —dijo el sargento Gómez—, por lo que opté por preparar una defensa que mantuviera ocupados a mis hombres mientras ideaba algo para poder identificar a las personas responsables de la broma, que no podían ser más que gente del pueblo. Era imposible que mis hombres allí presentes fueran los causantes de aquel barullo, y no dejaba de pensar que el pueblo aparentaba perfectamente despoblado, como para de repente albergar tantos bromistas en su seno.



Según las grabaciones magnetofónicas realizadas por el sargento y sus hombres, no podemos aseverar sus afirmaciones, pero sí es verdad que se oyen lo que aparentan ser frases inconexas de personas, que por su acento y timbre no se diría que formaran parte de la unidad del sargento Gómez.

Esto nos llevó a profundizar en la investigación de esas cintas, y nuestros expertos del centro de Escuchas y Radiocomunicaciones de Toledo han creído distinguir frases del tipo:

—“...¿Por qué permanecéis aquí?...”

—“...por favor, redimidnos, salvadnos ...”

—“...Dios mío, otra vez se vuelve a espesar la niebla...”

—“...sacadnos de aquí, antes de...”

Lógicamente, no hemos dado crédito a dichas frases mientras tengamos la clara sospecha de que son fruto de alguna broma de cualquier lugareño con gran sentido del humor, y al no poder demostrar nunca lo que no dejaban de repetir nuestros soldados al regreso de su misión, y es que se trataba de voces de otra época.



Capítulo IV



Diario del interventor don Lucas Sarmiento

Hacía dos años que no venían recaudadores por estos lares, nos espetó don Alberto Mogío, dándonos a entender que tampoco estaba muy de acuerdo en que tras dos años de paz fuéramos ahora a hacerles cumplir con los votos reales.

—No se preocupe, don Alberto. No estamos por la labor de sangrar a un pueblo que pasa las penurias suficientes como para ganarse el cielo, ni creo que volvamos por aquí el próximo año, posiblemente experimenten otro buen par de años de tranquilidad hasta el siguiente recaudo —le tranquilicé.

—No me malinterprete, señor Interventor —continuó él la conversación—, nosotros somos fieles cumplidores con Su Majestad, y además sabemos que estos tributos redundan en un mayor engrandecimiento del Reino, así como en mejoras en infraestructuras y servicios; aunque también somos conscientes de que nos encontramos en un pueblo remoto de una remota región de España.

—Tranquilo —me vi obligado a insistir—. Con el tiempo se verá dónde redundan estos beneficios, y me consta que entre los muchos proyectos que tienen sus gobernadores y en especial su Majestad sobre la mesa, se encuentran la mejora de la calzadas, puestos de posta, e incluso comenzar la ubicación de centros regionales de atención médica y veterinaria —se me daba bastante bien mentir o cuando menos matizar la verdad.

—Muy agradecidos le estamos los lugareños a Su Graciosa Majestad por pensar en nosotros y alegrar nuestra humilde existencia —pareció concluir—, pero no deben olvidar que no en todas las regiones las cosechas dan dinero y menos aún para el pago del porcentaje exigido en tributos.

Y así continuó durante una hora y tres jarras de cerveza la discusión con el alcalde de Avernoiz, hasta que concluimos que lo mejor era ver la reacción del pueblo ante lo que yo consideraba que eran escasos tributos que se les iban a exigir.



La mañana se presentó igual de encapotada por la niebla que el día anterior. Si bien esta vez aparentaba especialmente densa, ello no impidió que los lugareños y nosotros, a excepción de Bermúdez, nos reuniéramos en la iglesia parroquial. Era este un edificio del siglo XII, por las inscripciones que en la portada figuraban, de doble espadaña y con escalera exterior que se me antojaba tremendamente peligrosa por la altura y pendiente con que el cantero se dignó en dotarla.

Ya dentro de la iglesia comencé por exponer al pueblo las bonanzas de nuestra Majestad así como les exhorté al pago de los tributos por el bien de todo el reino, y como pequeña parte de su contribución a cumplir con los deberes para con dicho reino contraídos por todos sus habitantes, que además disfrutaban de muchos años de paz y de la más que correcta protección real, principios siempre básicos para el desarrollo y prosperidad de los pueblos, y que ellos en esos momentos eran habitantes de la más grande nación jamás habida en la Tierra con posesiones por doquier y tan sólo comparable a la nuestra, la Roma clásica.

Dicho lo cual, comenzamos a listar el censo y a pedir aclaraciones y ulteriores correcciones para actualizarlo. Entre otros datos corroborábamos los nombres de los padres de familia en esos momentos vivos, herederos que ya ejercían como tales, sus posesiones y su renta. En función de estos datos yo iba calculando la parte que debieran tributar según las Tablas Reales preparadas para el caso por el ilustre contable don Mario de Espínola y Sabadell. Bien es verdad que no me molesté ni diez minutos en comprobar lo cierto de las declaraciones de los lugareños, a mi entender si mentían era cosa de ellos, yo comprendía perfectamente que a estas gentes no se les podía sacar más que un par de monedas por barba, o por pecho, según se terciara.

Comenzó entonces la enumeración de los tributos de cada uno, y si bien todos protestaron con bastante teatralidad, ninguno se quejó lo suficiente, a sabiendas de que mi comportamiento y mis exigencias, es decir, las exigencias reales, estaban muy por debajo de lo que ellos se habían esperado. Otra vez el reino se volvía a mostrar justo, dejando contentos a sus súbditos, como no podía ser de otra forma. Esto nos beneficiaba sobremanera, puesto que aún debíamos pasar un par de días en el pueblo mientras íbamos recogiendo los dineros y preparando los asientos contables pertinentes que cada habitante debía firmar, dando su conformidad al acuerdo allí expuesto. Lo de firmar era mero trámite, porque la mayor parte de las rúbricas se limitaban a aspas o círculos mal esbozados.

El alguacil Silva cumplió perfectamente con sus cometidos, tranquilizando con su verborrea a los lugareños y demostrando que su don de gentes era muy útil en ocasiones semejantes.



Al mediodía regresamos a nuestros aposentos con la satisfacción del trabajo bien hecho y con la convicción de no habernos creado enemigos en el lugar; nunca se sabe adónde te lleva la vida como para renunciar a tener amigos en todas partes, o por lo menos no buscar enemigos. En la posada nos encontramos con un Bermúdez fuera de sí, soltando espumarajos por la boca, preso de convulsiones que metían miedo al más valiente, y entre ellos a José Silva, que se puso lívido sin saber cómo reaccionar ante lo que se le venía encima. Dispuse de ayuda del posadero y sus dos criados para atar a Bermúdez a la cama, evitando así que se hiciera daño, si eso era posible ya, pues presentaba laceraciones por todo su cuerpo y sangraba en varios puntos. Cuando por fin recobró la calma, nos dijo que ya estábamos perdidos, aunque más correcto sería reconocer que nos lo espetó con brusquedad.

—Os advertí mientras veníamos —gemía con apenas un hilo de voz—. No me hicisteis caso y nos tuvimos que meter en esta niebla. De aquí sólo se va al infierno, ya estamos muertos y no lo queréis entender a pesar de que los lobos lo dijeron muy claro.

—Por Dios, señor Interventor —suplicaba José Silva—, hágale callar de alguna manera. Soy hombre de experiencias duras y orgulloso de haber librado lides que harían palidecer al más valiente, estoy empezando a perder los nervios por culpa de Bermúdez. Si este desgraciado no está bien es mejor que nadie le escuche, no vaya a ser que se arme un escándalo en el pueblo y me vea en la obligación de tener que contener yo solo a todas estas almas.

—Tranquilo, José. Si Dios quiere, de esta habitación no saldrá ni una palabra —le tranquilice—. Bermúdez no está bien, ni física ni mentalmente. Va a ser mejor que le administremos algún sedante y en un par de días nos lo llevemos procurando hacer el menor ruido posible. Posiblemente este hombre nos haga interrumpir nuestra ruta de recaudación, y tengamos que regresarlo. Yo le veo muy mal.

—Mis señores —terció el posadero—, sé de un remedio a base de una planta que crece en el lugar, y que es capaz de tranquilizar a una vaca en celo. De hecho, la usamos para ello.

—Alguacil Silva, acompañe entonces a uno de los criados y traigan la dichosa planta. Cuanto antes acabemos con esto, mejor —concluí la conversación.



El alguacil y el criado se ausentaron durante dos horas, mientras buscaban la mencionada hierba, que al parecer crecía en una de las colinas circundantes, concretamente la del Norte, con forma de campanario o más bien de un gran edificio acabado en pico. Al parecer, dicha colina tenía una forma tan peculiar que en toda la región era conocida, si bien nosotros no lo pudimos apreciar al acercarnos al pueblo dada la consabida niebla que todo lo cubría. Cuando regresaron, se les veía perlados de sudor y nerviosos, en especial a José Silva.

—Señor, ha sido imposible alcanzar la colina. Por más que caminamos no había forma de acercarse —explicaba el alguacil Silva con voz entrecortada y sin dejar de hacer aspavientos con los brazos como si por ello fuera más cierto su relato—. El muchacho este me aseguró que en quince minutos llegaríamos al lugar, y nos llevó una hora darnos cuenta de que no estábamos en ninguna parte. La otra hora la empleamos en encontrar algo que se pareciera a un camino de regreso —en tono de súplica me miró y continuó diciendo—: Señor, aquí pasa algo raro. No es normal caminar en dirección recta apuntando a una supuesta colina y no encontrar absolutamente nada en el camino salvo matojos y piedras sin la más mínima relevancia ni característica que las distinga de las demás. Aquí sucede algo muy extraño y tengo la certeza de que, tomemos la dirección que tomemos, pasará algo similar —finalizó, desplomándose en la silla extenuado.

—Mi señor, ciertas son las palabras del señor alguacil —ratificaba el muchacho, al servicio del posadero desde hacía un año—. Yo jamás me he perdido por estos lares. Conozco la región, pues en ella he nacido y me he criado, y el camino que seguimos debería ser infalible. No es normal que ni reconociese el camino siquiera, salvo que vuesencia considere que mi entendimiento está dañado.

—Tranquilo, muchacho, doy fe de que aparentas estar en tus cabales —tuve que decir con todo el convencimiento del mundo—. Tampoco dudo de su palabra, José; pero esto nos obliga a organizar una batida por grupos, cada uno en una dirección distinta, para zanjar cualquier duda sobre vuestra versión y así también tranquilizar el creciente nerviosismo entre estas gentes.

—No dude, señor —dijo orgullosamente el posadero— que estas gentes cumplirán con su deber y hallaremos una lógica explicación a toda esta sinrazón.

Tras comer un poco, organizamos un grupo de veinticinco voluntarios que repartimos en función del número de caminos que íbamos a tomar, a razón de cinco hombres por cada uno de los cinco caminos principales, con la orden de regresar al cabo de hora y media, hubiéramos llegado a donde hubiéramos llegado, puesto que a esas alturas yo estaba seguro del peligro cierto de que nos perdiésemos si insistíamos en dar con una salida.



Capítulo V



CONTINÚA EL INFORME Nº 38/472. EJÉRCITO NACIONAL, SECCIÓN DEL AIRE. 16 DE ABRIL DE 1938

Tras organizar la defensa perimétrica, el pelotón del sargento Gómez pasó la noche lo mejor que pudo.

—Señor —me espetó el soldado Veloso dándome un susto de muerte—, le aseguro que yo no he iniciado ni continuado nada que se pueda parecer a esta broma. Lo que está pasando aquí, o es fruto de un bromista más dotado que este servidor, o de vecinos del pueblo.

—Veremos cómo resulta la noche y por la mañana hablaremos con más calma. En este momento no nos beneficia que ningún soldado nos vea hablar. Hay mucho nerviosismo. Además, dudo que en este pueblo haya gentes, no hemos visto a nadie en los dos días que llevamos aquí; y no sé si se ha fijado, pero tampoco hay ni animales domésticos ni ruido de animales salvajes —zanjé la conversación, sin estar muy convencido de lo que acababa de decir, ya que me parecía haber oído en las horas anteriores aullidos en los picos próximos.

Así lo hizo constar en el informe el sargento Gómez.



Al amanecer los hombres se encontraban muy agotados por la vigilia forzada, y parece ser que corrían rumores, fruto de la calenturienta lectura del diario encontrado en la habitación. Algunos soldados comentaban para sus adentros o con los compañeros la conveniencia de levantar el campamento e irse de un pueblo que un mes antes no aparecía fotografiado en ese valle. Para ellos era obvio que algo extraño estaba pasando, y nadie pensaba ya que fuese una broma.



Según el informe del avión de reconocimiento Heinkel He—51 que sobrevoló la zona dos días después, confirmado además por sus fotografías, en el valle en cuestión no figuraba ningún pueblo. El día estaba muy soleado y no había lugar a error, tan sólo parecía emanar de la tierra en un par de focos algo de vapor, pero nada que pudiera llegar a perturbar la nitidez de las fotografías. Nadie dudaba de que la calidad fotográfica de los equipos Leica que llevaba el pequeño biplano alemán era incontestable, pudiéndose llegar a distinguir a 500 metros de altura la hojarasca que dejan los robles en otoño sobre el suelo.



—La cosa se puso muy mal —continuó el sargento Gómez— cuando comenzamos a ver que se levantaba cierta niebla con un ligero olor sulfuroso. Los muchachos se pusieron nerviosos recordando el texto del diario encontrado, y eso generó más de una disputa que hubo de ser acallada apelando al rango. No me gustaba nada la situación, pero preferí mantener la posición y acelerar los trabajos de montaje de las pértigas de las FUG —no parecía tener ganas de esperar demasiado el sargento.

—Mi sargento —dijo el subteniente Sotelino—, hemos colocado dos de las cuatro antenas y su respectivo cableado hasta la posada. Con su permiso, nos disponemos a probar las comunicaciones de las mismas.

—¿Cree usted que es necesario hacer la comprobación? —pregunté.

—Sí, mi señor, no vaya a ser que todo el trabajo sea en balde y alguno de los equipos esté en mal estado —continuó diciendo el subteniente—. Además, nos servirá para confirmar que estamos haciendo bien el trabajo, ya que la mayoría de nosotros no hemos trabajado aún con estos equipos alemanes; aunque le puedo asegurar que las enseñanzas del ingeniero Von Bruth no se me han pasado por alto. La contundencia con la que se expresaba y la insistencia de la que hacía gala justificando la calidad de esos equipos alemanes son incuestionables. Jamás se me ocurriría discutir a ese bestia nada que tuviese marchamo de Alemania.

—Mira bien lo que dices —le templé con diplomacia—. No deja de ser un superior y vamos a tener que aguantarlo a nuestro regreso como no funcione la estación de comunicaciones. No olvides que según él, estos equipos no fallan, y cito textualmente: “Fallan los palurdos que los montan, que creen que pueden pasar de manejar una azada a manipular las válvulas de vacío de una radio”.



Al cabo de un par de horas quedó demostrado que las comunicaciones eran satisfactorias, si bien no dejaban de sentirse ciertas perturbaciones o interferencias, pero básicamente el trabajo era correcto. Lo que quedaba por hacer eran ajustes menores para filtrar dichas interferencias, por lo tanto el pelotón pasó a montar las otras dos antenas en las colinas circundantes. Una de ellas sería la más importante, y estaría colocada sobre una colina que a contraluz en el crepúsculo semejaba una catedral según corroboraron todos los testigos.

La niebla, informó el sargento Gómez, se espesaba por momentos, aumentando de forma directamente proporcional a la inquietud de sus hombres. La mayoría no deseaban pasar una segunda noche en el lugar.



Llega la noche.

Las defensas estaban dispuestas desde el día anterior, por lo que sólo quedaba hacer guardias por turnos. Y aquí es donde comienzan a discrepar los diferentes testimonios del pelotón del sargento Gómez.

—Me fui a la cama —atestiguó un soldado— a eso de las diez, por lo que no oí absolutamente nada, si bien tengo un sueño ligero. Por ello, cuando me desperté por la mañana fue cuando me enteré de todo lo que ocurrió.

—Yo estaba de guardia —atestiguaba el subteniente Sotelino— cuando empezó la fiesta. A eso de las tres de la madrugada se volvieron a oír los ruidos y las voces, y los tres soldados de guardia que estaban conmigo y yo mismo salimos a interceptar el origen de las mismas. Le aseguro que hacía dos días que no probábamos ni gota de nada que se pudiera parecer remotamente al alcohol, y lo que vimos, si no era fruto de una saturación etílica, significa que mi cabeza no marcha bien —comenzaba a ponerse nervioso el oficial.

—Yo, al ver al subteniente, me sentía tranquilo —afirmó otro de los soldados, experto y veterano del desembarco de las tropas nacionales de Africa—. Iba a su derecha con el fusil en posición de disparo y el seguro liberado. Si algo aprendí al desembarcar en la península es que no te puedes fiar de ninguna situación por controlada que esté, y eso me valió salvar la vida mientras compañeros míos más fuertes, más hábiles y más inteligentes cayeron como moscas presas de un exceso de confianza que no benefició en nada a la causa nacional. Así que cuando vimos cómo toda esa niebla adoptaba formas claramente humanas, si bien tremendamente deformadas al tiempo que emitía esos gemidos desgarradores, mi reacción fue analizar de un vistazo la integridad mental de mis compañeros y determinar así con cuántos de ellos podía contar para abrir fuego y zanjar de una vez por todas el problema que teníamos delante. El subteniente se dio cuenta de mi reacción, y haciendo acopio de una frialdad pasmosa ordenó...

—¡Fuego! ¡Fuego a discreción! —gritó enfervorecido Sotelino—. ¡Acabar de una puta vez con toda esa mierda!



Capítulo VI



Diario del interventor don Lucas Sarmiento

Cuando nos encontramos después de tres horas y nos vimos los rostros unos a otros nos dimos cuenta de cuál era la respuesta a la estúpida pregunta que había planteado.

—Decidme que alguien ha encontrado un camino, porque estoy al borde del desmayo —no pude evitar decir.

El silencio por respuesta fue todo lo esclarecedor que tenía que ser. Jamás la ausencia de palabras expresó con tanto dramatismo el sinfín de sensaciones que nos atribulaban. De los veinticinco allí presentes, media docena comenzaron a llorar, si bien mantuvieron su hombría y permanecieron de pie sin emitir ruido alguno dejando que las lágrimas corrieran por sus mejillas como parecía ser que corrían nuestros destinos de forma irremisible. La única diferencia es que sus lágrimas tenían un cierto final, y nosotros, en esos momentos, no teníamos claro el nuestro.



Mientras regresábamos a lo que ya era nuestro cuartel general, la posada El Errante, convinimos la forma más suave de transmitir estas inquietudes a los vecinos, y comenzamos a planificar lo que podría llamarse el plan de avituallamiento de un regimiento de infantería, asignando turnos para vigilar, gentes para preparar comidas, gentes para repartirlas, y relevos para todos los puestos que se me antojaban estratégicos en ese momento.

Puede que parezca exagerado tomar medidas de tal calibre, pero entonces ya teníamos claro que no se podía contar con un desenlace lógico o predecible a lo que estaba aconteciendo. También planificamos para el día siguiente un recorrido siguiendo la carretera que nos había llevado al pueblo. Este recorrido lo realizarían diez valientes y tendrían que caminar durante toda la mañana hasta que llegara el mediodía siguiendo dicha dirección, pues pretendíamos que si recorríamos distancias mayores toparíamos en algún momento con el fin de la consabida niebla. De esta forma, además, podrían estar de regreso al anochecer, y reparar fuerzas mientras nos informaban de sus hallazgos.



Tiembla ahora mi pluma al recordar lo que pasamos y lo que estamos pasando, y hago esfuerzos por no adelantar acontecimientos en estas notas, que pudieran confundir a un posible lector impidiéndole entender lo inexplicable de esta historia, aconsejándole así tomar la sabia decisión de que, al acabar esta lectura, deje el pueblo de Avernoiz inmediatamente so pena de lo que les seguiré narrando.



—Id con Dios —transmití con afecto a José Silva—, y por su Graciosa Majestad regresad con buenas nuevas que den esperanzas ahora que aún no las hemos perdido.

—No dude que regresaré, pero desconfíe del carácter de mis noticias —dijo con crudo realismo el alguacil—. Guiaré estos hombres de forma responsable y procuraré que los mismos regresen, felices de comunicar esperanzas al pueblo.

—Las gentes esperan de vosotros buenas noticias —dijo don Alberto Mogío—. Por favor, apretad el paso para que la distancia que podáis recorrer sea la mayor posible. Id con Dios.

Mientras, en el pueblo, la organización seguía ajustándose, pues no es fácil coordinar a 522 personas, menos diez héroes, en tareas que jamás habían llevado a cabo, como eran la vigilancia y la alimentación colectiva. Entretenían unos a los niños, otros a los ancianos, unos menos a si mismos pues no perdían el sentido del humor ni bajo esas circunstancias; y algunos de nosotros presas de nerviosismo, contábamos los minutos para el regreso de nuestros ya amigos.

Cayó la noche, y no había señales de ninguno de los componentes del grupo. Entre las gentes del lugar se comenzaba a rumorear que la noche era mala consejera y mal techo, sobre todo ante las circunstancias que nos estaba tocando vivir. Otros, entre los que yo me incluía, sencillamente no comentábamos nada. Poco podíamos decir sin redundar en frases manidas y expresiones vacuas que ni por asomo se acercaban a la angustia que nos carcomía.

A eso de las cuatro de la madrugada, un centinela nos alertó de que se oían ruidos que se aproximaban. Si éstos indicaban algo peligroso, lo íbamos a lamentar, pues lo único con lo que podíamos defendernos de cualquier supuesto ataque de lo que hubiere allí fuera, eran los dos estoques de los alguaciles, algunos cuchillos de cocina, los clásicos tridentes que tantas revueltas abanderaron y las consabidas cachiporras que todo buen campesino sabe escoger de las ramas caídas de los fresnos. Bajamos rápidamente con la esperanza de que ese ruido lo causara nuestro grupo de exploradores, y tras una hora de sinsabor escuchando aquí y allá los pasos sin acertar a distinguir nada ni a nadie, apareció entre las sombras, caminando inestablemente, tambaleándose hacia los lados e incluso hincando las rodillas en el suelo en más de una ocasión, el alguacil Silva. Iba demacrado, tenía la mirada perdida, y estaba ensangrentado, no alcanzábamos a distinguir si por heridas propias o ajenas. Daba la impresión de haber perdido parte de su cristiano juicio.

—Por todos los santos, José —le grité al tiempo que le sostenía para evitar su última caída—, ¿Qué os ha pasado? ¿Dónde están los demás? ¿Hasta dónde llegasteis? ¿Quién os ha atacado? —no le di cuartel con mis preguntas, sabiendo a todas luces que poco podía hacer por clarificarlas en ese momento.

José Silva no me contestó. Sencillamente se desmayó, y le llevamos a la posada rápidamente. Mientras nos acercábamos comenzó a gritar Bermúdez, que llevaba varios días a base de sedantes.

—¡Os lo advertí, empezaréis a caer uno a uno; el infierno es así, le gusta degustar sus manjares! ¡Lo mejor de un buen plato es saborearlo poco a poco, para que no se te escape ningún matiz! —gritaba con una potentísima voz y una lucidez mental que ya no le suponíamos—. ¡Traedlo aquí, que me haga compañía en sus últimas horas!

Dicho esto, el alguacil Bermúdez expiró, como comprobamos al llegar arriba. Sus ojos denotaban un horror indescriptible, sangraba por los oídos, supusimos que del esfuerzo a gritar. Tenía el cuerpo hinchado, pero semejaba hueco, y apestaba a azufre.

Mandé recostar a José en el cuarto que antes era mi aposento. Le aplicamos paños húmedos en la frente, e intentamos que entrara en calor arropándole. Tras un primer reconocimiento, vimos que parte de las heridas eran suyas, pero ninguna tenía un aspecto demasiado feo como para que nos hiciera temer por su vida.



Al cabo de dos horas, despertó e hizo ademán de hablar. Ante sus requerimientos, hube de acercarme, en presencia de seis personas más, que oyeron lo mismo que oí yo.



Capítulo VII



Relato del alguacil José Silva del Molino

“...No tardamos en llegar al recodo que da entrada al valle dominado por este pueblo. La niebla seguía a nuestro alrededor, tan densa como al fondo del valle, en el pueblo. Y fue entonces cuando notamos que se iba espesando más y más a medida que nos alejábamos. Llegó un momento en que la bruma había cubierto por completo la luz solar, y tanto los lugareños como yo nos empezamos a poner nerviosos. El olor a azufre era muy intenso, y don Pedro, el boticario, así como Ernesto, el criado de la posada, comenzaron a vomitar lanzando espumarajos por la boca mientras boqueaban intentando captar el escaso aire respirable que había. Decidimos que ambos regresaran, pues en ese estado era imposible que avanzaran muchos más metros, sobre todo tal y como se intensificaba esa peste sulfurosa. Los ocho restantes seguiríamos nuestro camino, por lo menos mientras pudiéramos aguantar. Aún no haría dos horas que habíamos salido del pueblo, y preveíamos que quedaba mucho por recorrer. Cuando por fin doblamos la curva del roquedo que da entrada al valle, y diferencia éste del resto de la región, nos topamos con que la niebla tapaba la escasa luz que nos podría acompañar. Supuestamente eran las once y media de la mañana, y apenas nos distinguíamos en una docena de pasos a la redonda. Tuvimos que abofetear a Emilio, el cabrero, para tranquilizarle. Su actitud estaba provocando un ataque de histeria en todos los demás.

No tardamos más de diez metros en darnos cuenta de que era imposible seguir avanzando. El camino era siempre el mismo, ya no cambiaba ni de aspecto. Las plantas que lo flanqueaban estaban mustias y apestaban a pútrido. Eso, las que llegábamos a identificar, porque entre las hierbas habituales abundaban gran cantidad de plantas carnívoras, tojo seco, y les puedo asegurar que jamás he visto semejante tipo de tojo, y retama con un aspecto como huesudo, de muy grandes dimensiones. El paisaje parecía talmente sacado de una de esas pinturas que adornan alguna iglesia y que representan al mismo infierno. Cada vez que nos desviábamos un poco del centro del camino, alguien se llevaba un arañazo o un desgarrón en la ropa. Por momentos creímos que hasta las plantas cobraban vida y que eran ellas quienes nos atacaban. A esas alturas ya estábamos presas del pánico colectivo, nadie atendía a razones, y sólo avanzábamos por ese extraño sentido del deber. La negrura era ya absoluta, y me costaba distinguir los aterrorizados rostros de mis compañeros.

Cuando llevábamos una media hora intentando atravesar ese zarzal, decidimos que lo más lógico era regresar. Por ahí no se podía avanzar, o por lo menos no sin coraza, porque no creíamos que un hombre pudiera atravesar el camino que se mostraba ante nosotros, cada vez más estrecho. A esas alturas era inevitable rascarnos ambos brazos mientras retrocedíamos.

Emilio, el cabrero, creo que fue el primero en caer. Iba cerrando el grupo, y a los pocos pasos le oímos gritar. Creo que se había perdido en algún posible desvío del camino. Como loco intentó alcanzarnos. Sus gritos aún me hielan la sangre. Debió de atascarse, porque chillaba como si le estuvieran fustigando con varas repletas de clavos. Creo que en ese momento comprendí lo que debió sufrir Jesucristo cuando le clavaron la corona de espinas en la cabeza, ser atravesado por todas partes y no poder evitar un solo pinchazo. Por propia experiencia sabía lo profundo que se clavaban esas púas, y a todos se nos partía el corazón mientras oíamos a Emilio gritar y desesperar. No tardaron más de cinco minutos en irse apagando sus gritos, hasta que finalmente quedó tan sólo un gemido sutil, que remató en una fuerte expiración. Eso fue el detonante para que todos huyéramos en dirección al pueblo, o lo que creíamos que era dicha dirección.

Íbamos gritando mientras corríamos, y tengo la impresión de que más de uno fue atrapado por las zarzas de forma totalmente caprichosa. Aquello no era normal, le juro que no era normal. Después de esto, estoy preparado para creerme absolutamente cualquier cosa.

Cuando alcancé el recodo de la roca, vi que no me seguía nadie. Era el único que había conseguido llegar hasta allí. Desanduve algunos pasos, y entonces me arrepentí de haberlo hecho. Allí mismo estaba don Felipe, el de la hacienda al sur de la posada, un hombre de cuarenta años, robusto y curtido por el campo, con cerca de un metro setenta de altura y brazos descomunales. Le tenía ante mis ojos sostenido por varias docenas de brazos huesudos de retama, totalmente cogido como si de manos se tratara, con una de esas púas clavada directamente en la frente, inclinándole la cabeza hacia atrás. Tenía los ojos desorbitados y miraba fijamente hacia mi, como queriendo suplicar o decirme aún algo. La garganta la tenía cercenada, pero la herida ya no sangraba. Debió de quedar seco mientras perdía sangre en la carrera, pues el resto de su cuerpo no dejaba de mostrar laceraciones sangrientas que lo teñían todo de rojo. Su pecho estaba enganchado por esos dedos de la muerte, y con la piel abierta descubriendo sus pectorales musculosos. Se ve que luchó con tanta energía para liberarse que poco faltó para que se desollara vivo. Prácticamente no le quedaba ropa sobre el cuerpo, y el resto de las heridas que presentaba eran individualmente capaces de matar a una persona... Señor, cada vez que pienso en esa escena se me hiela la sangre.

Di media vuelta y me di cuenta de que había perdido mucha sangre, pues al girarme me dio un vahído. Eché un rápido vistazo a mi cuerpo y en su lugar vi un calco de lo que acababa de observar en don Felipe. Tenía mi ropa hecha trizas, y un brazo presentaba la carne al aire, no llegué a distinguir dónde estaba parte de su piel. Por todo ello me decidí a volver al pueblo lo antes posible, con la esperanza de que la ayuda que me dispensarais me hiciera valer la vida.

Fue así como encontré a don Pedro y a Ernesto. Yacían en el suelo con el rostro macilento, las bocas cubiertas de espuma, las cuencas de los ojos hundidas y los cuerpos tan tensos y retorcidos que se asemejaban a las retamas que acabábamos de sufrir en nuestras carnes. No pude reprimir una arcada, y vi que lo único que me salía de dentro era sangre. Eso me indicó que la gravedad de mis heridas no dejaban lugar a la esperanza. Confiaba tan sólo en poder llegar a vuestro lado , y antes de expirar narraros todo lo que os acabo de decir.

Os suplico que intentéis algo, porque de este valle no vamos a salir vivos. Mi hora ha llegado, e intuyo que la vuestra no está lejos. Por lo que he visto en los alrededores, la niebla más densa se está acercando, y todo cultivo o planta que toca muere. Además no he visto ningún animal, ni qué decir tienen que tampoco los he oído, salvo unos lejanos aullidos de lobo, o algo similar, por lo que creo que en breve no habrá alimentos con los que prolongar vuestra agonía.

Envidio a Bermúdez, su estado de locura le impidió llegar a ver lo que realmente se cernía sobre nosotros...

Señor, ya voy...”

Dicho esto último, don José Silva, alguacil de Su Majestad el Rey Felipe V, dejó este mundo con la absoluta convicción de que iba a uno mejor. Descanse en paz.



Capítulo VIII



CONTINÚA EL INFORME Nº 38/472. EJÉRCITO NACIONAL, SECCIÓN DEL AIRE. 16 DE ABRIL DE 1938

Tras los disparos, llegó la calma. Aparentemente habían conseguido su objetivo, la extraña niebla con formas humanas se disipó, y en su lugar para sorpresa de los cuatro soldados, se encontraron varios charcos de sangre, si bien ninguna víctima. Curiosamente, la sangre, según afirmaban el subteniente Sotelino y sus hombres, estaba burbujeando, y a los pocos segundos se filtró por la tierra desprendiendo la ya consabida peste sulfurosa que inundaba aquel lugar.

—Por Dios —aseveró Sotelino—, yo no espero a la siguiente prueba. De aquí me largo cagando hostias, mi cabeza no da para más. Ya me ha quedado claro que esto es el puto infierno. No voy a esperar a que me llegue la hora sentando en un sillón.

—Mi señor —corroboró el veterano del desembarco, soldado primero Isidro Pérez—, cuando usted disponga levanto el campamento. Vamos a intentar explicarle de forma coherente esto al sargento, y si lo conseguimos nos habremos ganado la Laureada, porque si alguien es capaz de encontrar sentido a lo que hemos visto, debe de disfrutar de una inteligencia no de este mundo.

Así, el subteniente Sotelino se dirigió sin más preámbulos a dar el parte al ya despierto sargento Gómez.

—Señor, después de lo que acabamos de ver ahí fuera no me queda la más remota duda de que lo que aquí está pasando no es fruto de ninguna broma, sino que más bien aparenta ser uno de esos casos de meigas de los que tanto nos hemos reído de jóvenes. yo no aguanto más, y prefiero un Consejo de Guerra por abandono de la misión que la incertidumbre de esto que aún no sé cómo definir —suplicó con lágrimas en los ojos y las dos manos apretadas ante el pecho.

—Está bien, visto lo visto, hemos de tomar medidas más contundentes. Mañana por la mañana haremos un reconocimiento de la zona y decidiremos si es necesario continuar la instalación de las dos antenas pendientes o retirarnos prudencialmente a una posición mejor.

En ese momento, el soldado Veloso bajó corriendo las escaleras llamando al sargento, pues había novedades en la sala de Escucha de Radio, que echaba por tierra las escasas esperanzas que se pudieran llegar a tener en los acontecimiento presentes.

—Mi sargento, acabamos de recibir una comunicación radiofónica del centro de Emisiones de Vigo. Resulta que ya han revelado las fotografías del avión de reconocimiento, y tal como confirmó en un primer momento la versión del piloto, en este valle no aparece ningún pueblo. Dicen que la nitidez de las fotografías no deja lugar a dudas. Aquí está pasando algo muy extraño —esto último lo comentó casi llorando.

—Voy para arriba ahora mismo a hablar yo con el mentecato que ha comunicado semejante sandez. O bien han buscado en el valle de al lado o sabe Dios dónde —gritó con seguridad el sargento, como pretendiendo mantener el control de la situación.



—Aquí puesto avanzado del valle 624 cuadrante noroeste, misión de instalación radiofónica 4183/37, nº de registro personal 4082 —intentó establecer contacto el soldado a cargo de la radio por orden del sargento Gómez.

—Repita posición y claves —contestó la radio—. Apenas se oyen ruidos y lo que nos parecen gemidos y gritos. Por favor, repitan transmisión. ¿Qué es lo que está pasando ahí? Cambio.


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