John Henry Newman
Misión profética de la Iglesia
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Breve advertencia del traductor
El trabajo que presentamos constituye un breve ensayo de Newman (ya viejo y católico desde hacía muchos años) que insertó como prefacio a una reedición de un libro escrito cuando anglicano y en el cual había intentado establecer una “Vía Media” entre el Anglicanismo y el Catolicismo. En efecto, Newman quería tomar distancia del componente protestante en la Iglesia de su país y a la vez no quería pasarse a la Iglesia de Roma por razón de lo que consideraba corruptelas, doblez y poca honestidad entre los “Papistas”. De todos modos, pocos años después se convirtió al catolicismo y como se explica en este ensayo, esto no significaba que había suprimido sus objeciones de antaño. En efecto, aprovechando la reedición, Newman desarrolla una tesis harto interesante: la Iglesia Católica puede incurrir en frecuentes errores, corruptelas y actuar con lo que parece duplicidad((y sin embargo, seguir siendo la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica que confesamos como cuerpo místico de Cristo. Es por esta razón que el trabajo nos parece actual y relevante, ya que los cristianos del s. XXI que confesamos con orgullo nuestra condición de católicos, no necesariamente somos tan estultos como para no ver lo que hay que ver, y sin por eso faltar a nuestra profesión de fe.
Pero conviene advertir que este “Tercer Prefacio” fue escrito un poco al modo de las “Retractaciones” de San Agustín por lo que incluye referencias al escrito original sobre la Vía Media que no parecen tener mayor interés para el lector latino de nuestros días ya que se ocupan de específicas dificultades de los anglicanos de su tiempo, razón por la cual, en aras de la mayor claridad y transparencia del ensayo todo, me he tomado la libertad de expurgar algunos de sus incisos (me apresuro en agregar que también suprimí el inciso nº 28 acerca de la canonización de los santos por razones que sería muy largo ventilar aquí((por lo demás, el párrafo es corto y poco aporta al ensayo en general. No sé si es enteramente lícito censurarlo así al gran Cardenal, pero por las dudas, conste que no se hace a hurtadillas). Igualmente, en atención a que me tomado más licencias de lo habitual al traducir este texto, el estudioso o lector más escrupuloso o quien quiera citar este trabajo, hará bien en cotejarlo con el original que fue tomado de
http://www.newmanreader.org/works/viamedia/volume1/preface3.html
Jack Tollers
Cuando Nuestro Señor fue elevado a los cielos, dejó en el mundo a su Representante. Se trata de la Santa Iglesia, su cuerpo místico y esposa: de institución divina, es el relicario del Paráclito que habla a través de ella, hasta que llegue el fin del tiempo. La Iglesia, para usar palabras de un poeta anglicano, es “El mismo, aquí abajo”, siempre y cuando los hombres sobre la tierra estén a la altura de los elevados oficios que primordial y supremamente le pertenecen a Cristo.
Por la general hay acuerdo en que estos oficios((que le pertenecen especialmente en su carácter de Mediador((son tres: los de Profeta, Sacerdote y Rey; y continuando su legado y en una medida humana, la Santa Iglesia heredó este Triple Oficio. No sólo el oficio profético considerado aisladamente, sino tres oficios que son indivisibles, aunque diversos, esto es, los de enseñar, gobernar y administrar lo sagrado. Este es el punto sobre el que a continuación insistiré.
Sólo al pasar quiero agregar que no debe suponerse que en el argumento que sigue me he olvidado del Papa, quien, como Vicario de Cristo, hereda estos tres oficios y los ejerce en y para la Iglesia. Este es otro asunto; aquí hablo del Cuerpo de Cristo, y el Soberano Pontífice no sería cabeza visible de este Cuerpo si en primer lugar no perteneciera a ese mismo cuerpo. No es que encarne al Cuerpo entero, sino que constituye su parte principal; en lo que sigue dispondré de unas cuantas oportunidades para demostrar que no me he olvidado de él.
Por tanto, la cristiandad está simultáneamente constituida por una filosofía, un poder político y un rito religioso: como religión es Santa; como filosofía, es Apostólica; como poder político, es Imperial, eso es, que la Iglesia es Una y Católica. Considerada como religión, su incumbencia específica reside en la acción del pastor y la grey; como filosofía, las escuelas; y como gobierno, el Papado y su Curia.
Si bien sustancialmente la Iglesia ha ejercido estas tres funciones desde su fundación misma, éstas se fueron desarrollando hasta llegar a su plenitud una tras otra, a lo largo de los siglos. En primer lugar, en los tiempos primitivos, se reconocía a la Iglesia como encargada de organizar el culto que surgía y se extendía entre las capas inferiores de la sociedad, entre los ignorantes y dependientes, además de ejercer influencia con el heroísmo de sus mártires y confesores. Luego se ocupó de las clases intelectuales y cultivadas y creó una teología y escuelas varias. Por fin se asentó como una entidad política entre los príncipes, y eligió a Roma como su sede.
La verdad es el principio rector de la teología y de la investigación teológica; la devoción y edificación de los fieles constituye el principio rector del culto, y, en lo que concierne al gobierno, rige la prudencia. El instrumento de la teología es el razonamiento; el del culto nuestra naturaleza afectiva, y por otra parte el gobierno se vale del mando y la coerción. Pero considérese algo más: en el hombre, tal como es, el razonamiento lo inclina al racionalismo, la devoción a la superstición y al entusiasmo mientras que el ejercicio del poder siempre sufre la tentación de la ambición y la tiranía.
Y si son arduos los deberes ínsitos a estos tres oficios cuando se despachan los asuntos que cada uno de ellos de por sí requieren, mucho más arduo resulta administrarlos cuando se combinan entre sí. Cada uno de estos tres oficios implica incumbencias con jurisdicción y fines propios; cada uno tiene sus propios intereses a promover y alentar; cada uno se ve obligado a encontrar espacio para los reclamos de los otros dos; y cada uno encontrará que su propio cometido se ve influenciado y modificado por los otros dos((más todavía, a veces, en casos particulares, la necesidad de los otros oficios se convierten en regla obligatoria para el propio.
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En palabras de San Pablo, ¿quién podrá con todo esto? En efecto, ¿quién, incluso contando con el auxilio divino, podrá administrar exitosamente oficios tan dispares e independientes, tan divergentes y tan a menudo en conflicto entre sí? ¿Qué regla de conducta, excepto a la larga, muy a la larga, puede resultar a la vez edificante, prudente y verdadera? Está claro que si la Iglesia elige un curso determinado, actuando simultáneamente en el desempeño de sus tres oficios((que por su misma naturaleza resultan tan contrarios entre sí ((forzosamente se ha de ignorar lo que sugiere uno de los oficios considerado por sí solo cuando los otros dos aconsejan otro curso de acción. O a veces, al revés, por seguir lo que aconseja uno de los oficios, no hay más remedio que tomar ese rumbo en detrimento de los consejos de los otros dos. Por ejemplo, ¿qué conviene hacer, cuando se juzga que si se proclama un punto en particular de la Teología tal como las Escuelas lo han definido, resulta que una determinada porción de la grey se volverá menos religiosa y no más? ¿O incluso, que tal definición dará lugar a sublevaciones y disturbios populares? ¿Y qué hacer cuando por defender a un campeón de la libertad eclesiástica en un país, resulta que con eso se podría estar alentando a un Anti-Papa o a una general persecución en otra nación? ¿Y qué resolver cuando la alternativa está entre dejar sin definir una oportuna cuestión de fe o enfrentar la posibilidad de un cisma?
Ciertamente, todo esto fue anticipado por la Mente divina cuando le encomendó a su Iglesia tan compleja misión; y al prometerle infalibilidad en su magisterio formal, indirectamente también la protege de serios errores en materia de culto y acción política. Con todo, este auxilio, importante como es, no implica que la Iglesia cuente con una garantía que la aseguraría enteramente de todos los peligros que encara al tener que resolver los problemas que en cada época se ve obligada a confrontar. Sólo si se le hubiese conferido a las autoridades eclesiásticas el don de la impecabilidad habrían podido asegurarse de no caer en errores en su conducta política, en las palabras que pronuncian y las decisiones legislativas y judiciales que toman, o en el juicio efectuado en fastidiosas cuestiones de disciplina eclesiástica. Pero tal don no le ha sido otorgado. En consecuencia, por bien que desempeñe en general sus funciones, siempre será fácil para sus enemigos armar un caso, más o menos bien o mal fundado, de mala praxis por parte de las autoridades eclesiásticas, siempre se las puede acusar de mantener equívocos, dilaciones, ambigüedades y crónicos conflictos, de administración excesivamente morosa en los tres departamentos de su deber((su gobierno, sus devociones, y sus escuelas. Y con igual facilidad se podría acusar a sus gobernantes, sus teólogos, sus pastores y a la grey católica en general.
Las dificultades propias del asunto, tal como lo acabo de mostrar, suministra abundante munición a quienes quieren impugnar a la Iglesia de Roma mientras que a la vez se concitan vívidas representaciones de inconsistencias, hipocresía, y general engaño, cargos éstos que se encuentran formulados en tantos escritos Protestantes.
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Ahora bien, aquí sostengo que la Teología es el principio fundamental que regula a la Iglesia toda. La teología deriva de la Revelación, y la Revelación constituye la idea inicial y esencial del Cristianismo. En efecto, la Revelación es la causa formal, el objeto y la expresión del Oficio Profético, y como tal, creó a los otros dos: el Real y el Sacerdotal. Y en cierto sentido ejerce sobre ellos un poder jurisdiccional ya que siempre se requiere su intervención cuando se trata de mantener dentro de los límites de la Iglesia a sus constitutivos populares y políticos; y esto en razón de que las convicciones populares y las necesidades políticas resultan más connaturales a los hombres, aunque también siempre se ven más inclinados a excesos y corrupciones, y ante los límites de la doctrina siempre parece que se están esforzando por ir más allá de lo que conviene. De una parte, algunos Papas tales como Liberio, Virgilio, Bonifacio VIII y Sixto V, inducidos por los poderes seculares de su tiempo, parecen haber deseado((aunque sin éxito((ir más allá de los límites fijados por la Teología; y por otra parte, se ha dado el caso de individuos cargados de destempladas devociones que de tiempo en tiempo aparecen formando asociaciones, o anunciando cierto eventos, o imaginando milagros de manera tan desconcertada que el Santo Oficio o el Index se han visto obligados a intervenir. No hace tanto que el actual Papa, en pleno ejercicio de su ministerio profético, advirtió a los fieles que no depositen su confianza en ciertas ociosas profecías que circulaban por entonces, desautorizó ciertos supuestos milagros y prohibió nuevos y extravagantes títulos con que se pretendía adornar a la Santísima Virgen.
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Y sin embargo, la Teología no puede siempre salirse con la suya; es demasiado severa, demasiado intelectual, demasiado exacta para resultar en todo tiempo suficientemente ecuánime o compasiva como pueden requerirlo ciertas circunstancias; es más, a veces se enfrenta a conflictos o sublevaciones, o tiene que aceptar una tregua o una solución de compromiso por razón de la fuerza de ciertas emociones religiosas o simplemente por la necesidad de ciertos intereses eclesiásticos. Y todo eso, algunas veces, en materia importante.
Ya me he referido al dilema que ha ocurrido más de una vez en la historia de la Iglesia, cuando se tiene que tomar una decisión entre dejar un punto de fe en determinado momento sin definir y de ese modo indirectamente dejar abierta la posibilidad a que se extienda un cisma. En semejante caso, la función profética se ve temporariamente restringida, auto-censurada, por razones de caridad y espíritu de paz.
En otro caso, que nos resulta familiar, puede ocurrir que las nociones populares y las escolásticas en la misma Iglesia inviertan sus papeles, ocurriendo que la Teología se expresa con simpatía y compasión ante costumbres religiosas severas en extremo. Me refiero, por ejemplo, al caso en que las Escuelas hablan con unánime sentir a favor de la libertad de conciencia como prerrogativa de cada individuo mientras que un voto de obediencia puede en algún caso hacer posible que un Superior Religioso atropelle tal sagrada libertad de pensamiento.
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Pero quiero detenerme en ciertas ilustraciones que involucran cuestiones más difíciles. La verdad es el principio sobre el que se apoya toda tarea intelectual, toda investigación teológica y es el motor mismo de la búsqueda; pero cuando de Religión se trata, el principio de la edificación de la grey, acentuado por la aguda percepción de que deben evitarse los escándalos, tiene tanto poder como la Verdad. Todo lo nuevo y extraño resulta repulsivo para el alma devota y a veces se le antoja tan abominable como la falsedad para quién tiene un temperamento más científico. Para los que carecen de preparación, toda novedad parece error desde el preciso momento en que se percibe lo nuevo como refractario con sus concepciones. De aquí que algunas nociones asimiladas por la religión del pueblo parecen tener rango y fuerza análoga a las más lúcidas conclusiones, dicta, deducciones, y cláusulas de las Escuelas e incluso, pueden imponerse sobre éstas cuando la materia no parece excesivamente grave. Es por esta razón que en cualquier religión que incluye entre sus filas a grandes y muy diferentes clases de adherentes, por fuerza habrá siempre y hasta cierto punto una doctrina exotérica y otra esotérica.
La historia de las versiones latinas de las Escrituras nos suministra una ilustración familiar de este tipo de conflicto entre la fe popular y la instruida. La versión Galicana del Salterio((un trabajo de San Jerónimo cuando joven((de tal modo influyó sobre la sociedad occidental, que aún hoy en día la usamos, en lugar de recurrir a su versión más precisa que Jerónimo tradujo del Hebreo años después. Allí hay un ejemplo en donde un uso devocional se impone sobre la exactitud escolástica en un asunto secundario. Con su segunda versión Jerónimo fue acusado de “perturbar la paz de la Iglesia y hacer tambalear los fundamentos de la Iglesia” y a lo mejor tal alarma tenía justificación. Como fuere, la versión Galicana es la que seguimos usando a diario.
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Aquí también se ve cómo hay necesario contraste entre la investigación en materia religiosa y la investigación en cuestiones puramente seculares. En los tiempos que corren los hombres de ciencia enfatizan el deber de la honestidad en la búsqueda de la verdad((entendiendo a “la búsqueda de la verdad” como mera recolección de hechos indiscutibles (facts). Está de moda en estos días proclamar como gran virtud la búsqueda inflexible y sin temor de los hechos tal como se revelan al investigador. Y por tanto, cuando una conclusión científica se contrapone con la Revelación, se considera como serio desvío y se imputa como seriamente falto de ética a quien se muestra dubitativo y no muda de parecer instantáneamente adoptando inmediatamente puntos de vista algo oscuros que se contradicen con lo que siempre enseñó y creyó. Pero el contraste entre los casos es fácil de ver. El amor y la búsqueda de la verdad en una cuestión religiosa, si son genuinos, por fuerza han de ir acompañados de un cierto temor a equivocarse, sabiendo que ese error bien puede constituir pecado. Quien investiga en jurisdicción religiosa lo hace bajo gran responsabilidad, por la gravedad de los asuntos que tiene en mira, y por sus consecuencias. En cambio, cualesquiera sean los méritos, e incluso las virtudes, de los investigadores de hechos históricos o datos físicos, no importa cuán grande su talento, su cauteloso método, su experiencia, su desapasionamiento y equidad, no se valen de tales herramientas de trabajo como un asunto de conciencia, sino porque resultan expeditivos, o porque les parece honesto, o conveniente, o de uso habitual, recurrir a ésta o esta otra metodología de trabajo. Y, en caso de que con el tiempo se revelaran como falsos sus descubrimientos, no tienen, ni tampoco tienen por qué tener, los remordimientos de un católico, que cae en la cuenta de que ha estado violentando los textos de la Escritura, que los ha malinterpretado o dejado de lado, sobre la base de una hipótesis que presumió verdadera, pero que ahora resulta insostenible.
Supongamos en su defensa que fue desafiado a admitir o negar aquello que había afirmado, y eso, sin demora; aun así, habría sido mucho mejor si hubiese esperado un poco, como los hechos han demostrado((mucho mejor, aun cuando a la larga resultó que tenía razón. Es posible que Galileo estuviese en lo cierto en su conclusión de que la tierra se mueve; puede que considerarlo hereje por eso haya estado mal; pero no hay nada de malo en censurar abruptos, revolucionarios, sorprendentes, perturbadores descubrimientos que aún no han sido debidamente verificados((descubrimientos inoportunos para divulgar en un tiempo en que los límites de la verdad revelada no han sido enteramente fijados. Un hombre debiera estar muy seguro de lo que dice, antes de arriesgarse a contradecir la palabra de Dios. En cambio, resultó prudente y no deshonesto darle largas al asunto de aceptar lo que finalmente terminó siendo conclusión verdadera. He aquí un ejemplo en que se ve cómo la Iglesia obliga a los expositores de la Escritura a tener todo tipo de consideraciones para con el sentido religioso popular.
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Me he visto obligado a reconsiderar este asunto. Aquella desconfianza respecto de cualquier novedad en materia religiosa que es el instinto de la piedad, también responde, en el caso en que se perturba a la grey, a la caridad. Se cuenta que el descubrimiento de Galileo escandalizó y asustó a la Italia de sus días. Sostener que la tierra giraba en torno al sol revolucionó el sistema de creencias convencional en lo que respecta al cielo, al purgatorio, al infierno, y obligó a que algunas afirmaciones categóricas de la Escritura fueran interpretadas figuradamente. El Cielo ya no estaba arriba y la tierra abajo; los cielos ya no se entendían literalmente como abiertos o cerrados; ya no era indiscutible que el purgatorio y el infierno se localizaban bajo tierra. Todo un catálogo de verdades teológicas se vio seriamente cercenado. ¿Adónde fue Nuestro Señor cuando la Ascensión? Si existe una pluralidad de mundos, ¿cuál es la especial importancia de éste? Y todo el universo visible con sus espacios infinitos, ¿está destinado a desaparecer? Ya nos acostumbramos a estas cuestiones y nos hemos reconciliado con ellas; y por eso mismo, no somos jueces idóneos para calibrar el grado de desorden e inquietud que las hipótesis de Galileo, en cuanto fueron conocidas, produjeron en las almas de los buenos católicos de su tiempo, ni tampoco cuán necesaria resultaba la caridad, especialmente entonces, al dilatarse la decisión de darle una formal acogida a nuevas interpretaciones de la Escritura conciliable con estos descubrimientos hasta que las imaginaciones se familiarizaran y se acostumbraran a esas nociones.
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En cuanto a las medidas específicas que se tomaron por entonces, es poco lo que sé, y a osadas me tiene sin cuidado: no caen bajo la lupa de la presente argumentación; sólo me interesa el principio que las rige. Todo lo que digo es que no todo saber es apropiado para todo el mundo; una determinada proposición puede ser todo lo verdadera que se quiera y sin embargo, en determinados tiempos y lugares puede igualmente resultar “temeraria, ofensiva para píos oídos, y escandalosa”, bien que no “herética”, ni “errónea”. Debemos tener presente las muy enfáticas advertencias de Nuestro Señor y de San Pablo en el sentido de no escandalizar a los débiles y de pocas luces. El Apóstol se extiende sobre el particular. Dice que, aun cuando resulta lícito comer ciertas carnes, no se puede tomar tal licencia cuando la caridad hace ver que en tal caso se le infligiría injuria espiritual a otros. “Cuidad, empero, de que esta libertad vuestra no sirva de tropiezo para los débiles [...] Por lo cual, si el manjar escandaliza a mi hermano, no comeré yo carne nunca jamás, para no escandalizar a mi hermano” (I Cor. VIII: 9, 13).
Ahora bien, al decir esto, bien sé que “hay un tiempo para todo”, y que no sólo “hay un tiempo de callar”, sino que también hay “un tiempo para hablar”, y que, en ciertas situaciones de la sociedad((tales como la nuestra ahora((la peor de las caridades, la más provocativa e irritativa regla de acción, es aquella que aconseja no hablar en alta voz, no decir lo que es en sí y callar lo que corresponde denunciar. En tales circunstancias denunciar públicamente lo que está mal constituye el triunfo de la Religión mientras que el acomodo, el esconder las verdades a proclamar, o barrer bajo la alfombra((equivalen a cooperar con el espíritu del error. Mas no siempre es así. Hay tiempos y lugares, en los cuales, al contrario, es deber del maestro, cuando preguntado, contestar con toda franqueza y decir la verdad((aunque ni siquiera entonces debe decir más de lo estrictamente necesario, no sea que, si se extendiera en consideraciones, sus aprendices fueran a malinterpretar sus dichos puesto que lo mejor es enemigo de lo bueno y a veces resulta más sabio y más caritativo decir menos que no más. Reconozco que esta regla de conducta no es la más confortable y que dejarla de lado constituiría un alivio para la mayoría de los hombres((si no por otra cosa, por lo menos por lo difícil que resulta aplicarla apropiadamente, de tal modo que el precepto de San Pablo puede interpretarse en determinado caso como llevando agua a molinos contrarios, como que corresponde hablar de más y de menos. Y sin embargo, difícilmente se puede negar que en lo que dice el Apóstol hay un gran principio para regir nuestra conducta, y, en consecuencia, de allí se infiere un gran deber.
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A decir verdad, reconocemos el deber de callar, e incluso lo que puede llamarse evasión, no sólo en materia religiosa, sino en cualquier otra. Está muy bien que los que se ocupan de ciencias complejas, que trabajan en encumbradas cuestiones lejos del vulgo, del estridente ir y venir de las multitudes ocupadas en asuntos cotidianos((que estos hombre de ciencia se ocupen exclusivamente de sí mismos y practicar la barata virtud de proclamar su devoción por lo que ellos llaman la verdad (siendo que sólo se refieren a hechos). Pero la libertad de soltar abrupta e imprudentemente, sin tiento ni concierto, lo que les venga en gana, no sólo está prohibido por la Iglesia, sino por la sociedad en general. Que si dispusieran de tal ilimitada libertad y la ejercieran sin restricción ninguna, la disolución de la sociedad sería cosa segura. La veracidad, como otras virtudes, tiene necesidad de medio. Ciertamente que la verdad por sí misma constituye regla de la convivencia social((mas no toda la verdad. Cada clase, cada profesión, tiene sus secretos; el abogado de la familia, el médico, el político, tanto como el sacerdote, tienen obligación de guardar secretos. A menudo el médico no se anima a decirle toda la verdad a su paciente, no sea que fuera a destruir la posibilidad de su recuperación. Los estadistas en el Parlamento, supongo, disputan entre sí con argumentos de segunda mano((las reales razones por las que sostienen una u otra posición, constituyen secretos de Estado a los que sólo acceden el Rey o el Canciller. En cuanto al mundo de la cortesía, que, seguramente, no es gran cosa((creo que una escritora del siglo pasado ilustró en uno de sus cuentos cómo la convivencia social sería imposible si todos se dijeran la verdad a todos, si todos dijeran qué piensan de los demás. Desde el tiempo en que el Creador arropó a Adán después de la Caída, escondernos en alguna medida parece consecuencia necesaria de nuestra actual condición.
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Esta es, entonces, una de las causas por las que conviene considerar cómo actúa la Iglesia en su doble o triple oficio, tal como lo acabo de explicar. Muchas creencias y prácticas populares han sido permitidas, pese a los dictámenes de los teólogos, no fuera que “al recoger la cizaña” se fuera a “desarraigar el trigo también”. En el Antiguo Testamento se ve actuar esta disciplina del arcano, esta economía en la revelación, cómo la verdad se va develando gradualmente en cada edad, al pueblo elegido. Lo más notable en esta clase de acomodos, está en los largos siglos en que se sufrió la poligamia, el concubinato y el divorcio. En cuanto al divorcio, Nuestro Señor se lo dice expresamente a los Fariseos, que “Moisés, por la dureza de vuestros corazones, permitió repudiar a sus esposas”; y sin embargo éste era un quebrantamiento de la ley natural y primordial que estaba en vigencia al principio, con igual rango que la ley que prohíbe el fratricidio. San Agustín parece ir más lejos aún cuando dice que no sólo hubo tácita tolerancia de Dios para con el pueblo de Israel respecto de prácticas moralmente imperfectas, sino que también hubo caso de expresos mandamientos ordenados en consonancia con el estado de imperfección del pueblo en aquel tiempo. “Sólo el Dios Verdadero y Bueno”, dice en respuesta a un maniqueo que objetaba ciertos actos divinos registrados en el Antiguo Testamento, “sólo El sabe qué mandamientos han de ordenarse para ciertos hombres en particular. El que ordena ciertas cosas lo hace porque sabe, de acuerdo al corazón de cada cuál, qué y de qué modos cada individuo debe padecer. Y así, a un partido se le dijo que debía infligir padecimientos y al otro, se le mandó padecerlos”.
En efecto, éste es el gran principio de la Economía, tal como lo sostuvo la Escuela de Alejandría y que cuenta con apoyo en varios lugares de la Escritura. Así, en la cuestión del Dios Unico y Omnipotente, la ley mosaica((par contre tan tolerante en asuntos de bárbara crueldad((se mostró inflexible y sin condescendencia ninguna para con los niveles éticos de su tiempo; en efecto, el fin mismo de aquella Dispensación fue el de denunciar a la idolatría, y la espada era la herramienta para asegurar al monoteísmo; mas en los asuntos en que no se comprometía la misión del pueblo elegido, y entre los pueblos paganos, se toleró incluso algún grado de idolatría con algo que parece sanción divina, como si un sentimiento más profundo latiera por debajo. Así José en tiempo de los Patriarcas recurrió a la copa de los adivinos y casó con la hija del sacerdote de Heliópolis. En épocas posteriores, Jonás fue enviado para predicar penitencia al pueblo de Níninive sin darles siquiera una pista de que debían abandonar a sus ídolos, mientras que los marineros con quienes el profeta debió compartir un tormentoso viaje, aunque idólatras, reconocieron con gran devoción y religioso temor al único Dios de los cielos y la tierra. Nuevamente, cuando Balaam construyó sus siete altares y ofreció sus sacrificios y preparó sus adivinanzas, significativamente el texto dice que Dios “salió al encuentro” de Balaam y “puso en su boca una palabra” sin reprenderle su idolatría y magia. Y cuando Naamán pidió perdón a Dios “prosternándose en el templo de Remón”, el profeta se contenta con decirle “Vete en paz”. Por su parte, San Pablo le dijo a los bárbaros y cultivados idólatras de Listra y Atenas que Dios, “en las generaciones pasadas permitió que todas las naciones siguiesen sus propios caminos” y en otras épocas “pasó por alto los tiempos de la ignorancia”.
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A partir del tiempo en que predicaron los Apóstoles, se termina el período de semejante tolerancia en cuestiones de fe y moral. La idolatría es un pecado contra la luz; y así como constituiría seria y prácticamente imposible felonía en un católico, de igual modo resulta casi inconcebible hasta en el más ignorante sectario que reclama el nombre de cristiano. Con todo, el principio y uso de la Economía tiene su lugar, y todavía resulta un deber recurrir a ella entre los católicos, bien que no respecto de los principios esenciales de la Revelación. Como católicos, aún estamos obligados a mostrarnos pacientes y mantenernos callados en muchos casos, estando como estamos en medio de innumerables errores, excesos y supersticiones de parte de nuestros hermanos. Incluso respecto de aquellos que no son católicos, a veces consideramos un deber observar la regla del silencio incluso cuando se pone en duda una verdad tan seria como la de “extra Ecclesiam nulla salus”. En efecto, esta verdad debe ser sostenida contra viento y marea, mas ¿quién nos reprochará como culpables de duplicidad si ante un Protestante en su lecho de muerte, a pesar de que seguimos creyendo que es rigurosamente cierto, sin embargo consideramos que de todos modos no corresponde perturbarlo en aquella hora con instancias a que se convierta al catolicismo? ¿Quién nos reprobará que ante uno que aparentemente de buena fe no quiere aceptar la fe católica, si nos limitamos a relegar el asunto a la misericordia de Dios, conformándonos con asistirlo como mejor podamos en sus devociones, antes que elegir aquel momento para perturbarlo con una controversia que podría violentarlo, disipar sus pensamientos, poner en duda cuanta fe tiene despertándole cuantos prejuicios y antipatías abrigaba respecto de la Iglesia Católica? Y sin embargo alguien podría argumentar que nos estamos comportando con doblez, que en teoría creemos una cosa y en la práctica hacemos otra.
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Pongo lo que sigue bajo la misma regla al considerar cómo la Iglesia ocasionalmente se comporta respecto a sus hijos((la regla es la misma que rigió en sus tratos con los paganos, es el mismo principio que guió a Moisés, a San Pablo, a los Alejandrinos o San Agustín, aunque se aplique a otros asuntos. Indudablemente, las Escuelas se rigen por exigencias considerablemente más estrictas que las que siguen sus hijos en muchos países en determinados tiempos; pero también, la Iglesia((como los profetas de antaño((sin culpa de su parte, no puede imponer semejantes cánones. La naturaleza humana es la misma en todo tiempo y lugar y así como era entre los Israelitas de entonces, así resulta ahora en el mundo en general, bien que en un país determinado puede que la gente se comporte mejor que en otro. Pero admítase que en algunos países ocurre que la verdad y el error en materia religiosa pueden estar de tal modo mezclados que no se pueden separar el uno del otro. Ya me he referido a la parábola de Nuestro Señor sobre el trigo y la cizaña. Por ejemplo, fíjense en el ejemplo de las reliquias: teólogos e historiadores contemporáneos bien pueden demostrar que ciertas reconocidas reliquias, aunque hayan sido originalmente de algún hombre venerable, en realidad no pertenecen al Santo al que la devoción popular las atribuye; y a pesar de esto, bien puede un obispo homologar la veneración pública por las tales reliquias que el pueblo infundadamente le profesó. Y así, sin comprometerse con la cuestión de la autenticidad de la leyenda milagrosa atribuida a este crucifijo o a aquella imagen, bien puede que mire el asunto con tolerancia((y aún con satisfacción((al considerar estos mitos como ocasión de desbordes populares de la devoción por Nuestro Señor o su Santísima Madre. Tal vez no esté seguro de que la leyenda sea genuina, y no garantiza su veracidad; sólo se conforma con aprobar y alabar el pío entusiasmo de las buenas gentes que los legendarios relatos suelen despertar. Fuere cierto que su fe y devoción hacia Cristo se hubiese originado en tales leyendas, que creyesen que El es Dios porque se dice que ocurrió algo que no ocurrió, entonces ningún hombre honesto, con sólo ser conciente de semejante cosa, sencillamente no tomaría parte de estos jubilosos aniversarios. Pero el pueblo sabe que la Iglesia atestigua que hubo y hay milagros en cada época y aun cuando no esté segura de que en un caso particular haya habido tal ocurrencia, tampoco está en condición de descartarlo de plano. Y su caso sería análogo al de los eclesiásticos a comienzo del siglo si Napoleón les ordenara celebrar un Te Deum por la victoria de Trafalgar((bien podrían tener reservas respecto de su conveniencia, mas no habría modo de sustraerse al festejo nacional. Algo así ha de ser el sentir de la Iglesia cuando participa en manifestaciones religiosas populares sin someterlas a crítica histórica y teológica: debe elegir entre dos alternativas; si eligiera una, estaría “apagando la mecha humeante” poniendo en peligro la fe y la lealtad de una ciudad o una región por razón de una precisión intelectual completamente fuera de lugar y que nadie le pidió.
Por supuesto, la dificultar está en determinar cuál es el punto en el que tales manifestaciones religiosas se salen de cauce de modo tal que estaría mal homologarlas; estaría bueno que se pudiera desembarazar de cuantos relatos históricos o hechos sospechosos aparecen aquí y acullá. Su tolerancia puede a veces inducir a píos fraudes que son sencillamente malditos. Por cierto que una autoridad eclesiástica no puede lícitamente aprobar milagros o profecías que tiene por falsos, ni tampoco guardar silencio ante la contemporánea fabricación de tales mitos entre las buenas gentes. Ni tampoco puede quedar dispensada del deber((cuando le toca en suerte heredar una de estas supersticiones entre los suyos((de hacer cuanto pueda para aligerarla o disipar el error, aunque semejante tarea resulte harto delicada para llevar a cabo sin hacer daño, y seguramente sólo podrá hacerse de forma gradual. Se da el caso en que errores de hecho no hacen daño alguno, y que, en cambio, su remoción sí.
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Y como las autoridades locales y los pastores no son impecables en sus decisiones ni infalibles en sus juicios, no estoy obligado a sostener que todas las medidas eclesiásticas y todos los permisos otorgados en esta materia son dignos de alabanza y sirven como precedentes seguros. Pero en lo que a la represión de supersticiones se refiere, no hay que olvidar que el mismísimo Señor en una ocasión dejó pasar el acto supersticioso de una mujer con grandes padecimientos en razón del elemento de enorme fe que latía por debajo. La mujer estaba bajo la influencia de lo que hoy llamaríamos una corruptela de la vera Religión y sin embargo fue recompensada con un milagro de verdad. Se acercó por detrás de Nuestro Señor y lo tocó, con la esperanza de que “la virtud saliera de El”, sin que El lo supiera. Es obvio que tenía una especie de supersticiosa confianza en la virtud del manto de Cristo y, bien considerada la cosa, seguramente creyó que le podía robar algo de esa virtud, para hallarse luego desconcertada al comprobar que su maniobra había sido descubierta. Cuando Nuestro Señor preguntó quién lo había tocado, “azorada y temblando” dice San Marcos, y “sabiendo bien lo que le había acontecido, vino a postrarse delante de El y le dijo toda la verdad”, como si hubiera algo para contarle al que todo lo sabe. ¿Cuál fue el juicio de Nuestro Señor? “¡Hija! tu fe te ha salvado. Vete hacia la paz y queda libre de tu mal”. Está de moda hablar en nuestros días del doble aspecto: ¿acaso no hay un doble aspecto en los tiempos primeros? ¿Acaso no hay incidentes parecidos en el Evangelio tales como éste, como el milagro con los cerdos, la piscina de Betesda, la restauración de la oreja de Malco, el cambiar el agua en vino, la moneda en la boca del pescado y tantos más? ¿Y qué? ¿Acaso no tienen aspecto harto diferente del aspecto que presenta la Cristiandad Apostólica tal como la presenta San Pablo y San Juan en sus Epístolas? ¿Me van a decir que los hombres debían esperar hasta que llegase la Edad Media para quejarse de que la teología del Cristianismo no se condice con sus manifestaciones religiosas?
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Indudablemente, esta mujer, que no menos de tres Evangelistas colocan en lugar tan prominente, entendía que si los vestidos de Cristo tenían virtud, ésta procedía de El; de igual modo que una mendiga napolitana que charlotea frente a un crucifijo refiere, en lo profundo de su alma, a un original que colgó una vez sobre la cruz, en cuerpo y sangre. Y aun si está la bastante confundida como para asignarle virtud a este crucifijo en sí mismo, no hace más que la mujer en el Evangelio, que prefirió confiar para su recuperación en un pedazo de tela que le pertenecía a Nuestro Señor, antes que dirigirse derecho viejo a Su Propietario y pedirle honestamente su curación. Y con todo, Cristo la alabó delante de la multitud, la alabó por lo que podría, no sin razón, designarse como un acto idolátrico. Es que en Su nueva ley, Cristo estaba dilatando el sentido de la palabra “idolatría” y había comenzado a aplicarla a pecados varios, a la adoración que se le tributa a los ricos, a la avaricia, a la ambición, a la soberbia de la vida, idolatrías todas, a Su juicio, peores que la idolatría de la ignorancia((y no tan escandalosas a los ojos de gente más educada.
¿Y no agregaré que este aspecto en las enseñanzas de Nuestro Señor resulta consonante con los puntos principales de todos Sus discursos? Una y otra vez insiste en la necesidad de tener fe; pero ¿en dónde insiste en el peligro de la superstición, una enfermedad que, siendo como es el humanal linaje, resulta segura compañera de la fe vivida y verdadera? Por cierto que, siendo como es la naturaleza humana, bien podemos conceder un poco de superstición, como no el peor de los males, sobre todo si es al precio de asegurar la fe. Desde luego no tiene por qué ser el precio; y la Iglesia en su función magisterial, siempre se mostrará vigilante ante los embates de distorsiones tanto de la razón como de la fe. Con todo, considerando, como cualquier anglicano lo permitirá, cuán íntimamente vinculado está el sistema sacramental todo con el Cristianismo y cuán débiles y confusas están las inteligencias de nuestro tiempo, parece que ha de pasar mucho agua debajo del puente antes que el oficio Sacerdotal pueda ponerse a la par del Profético. Y es más: me atrevo incluso a afirmar que no me sorprendería que aquella nación completamente libre de lo que se conoce como supersticiones, en rigor es porque no tiene fe ninguna.
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Debe recordarse que, mientras que la Iglesia Católica siempre se muestra extremadamente precisa cuando enuncia una doctrina((sin permitir libertad alguna para disentir con ella (puesto que en tal materia objetiva habla con autoridad infalible)((en cambio su tono cambia cuando se expide sobre cuestiones devocionales puesto que se trata de asuntos personales y de naturaleza subjetiva. Aquí no prescribe medidas, no prohíbe la elección de cada cual, y((salvo en la medida en que la doctrina se vea implicada((tampoco resulta infalible en la adopción de determinados usos. Aquí hay otra razón por la que los formales decretos de los concilios o las conclusiones de los teólogos difieren tanto de la religión de las clases menos educadas. Esta última representa los caprichosos gusto del pueblo mientras que aquella refleja los juicios críticos de cabezas despejadas y corazones santos.
El contraste se hace aun más manifiesto cuando, como a veces ocurre, la autoridad eclesiástica toma partido por el sentimiento popular y en contra de una decisión teológica. Así ocurrió, como bien sabemos, cuando el propio San Pedro se equivocó al defender ritos mosaicos como consecuencia de la presión de cristianos judaizantes. En la oportunidad San Pablo lo enfrentó “por ser digno de reprensión”. Una falta de este tipo, en la que incurrió el mismísimo Papa en materia de rito o devoción, se repite de vez en cuando en la historia de santos y estudiosos eclesiásticos que no fueron Papas. Un ejemplo de esto parece ser el caso de error de juicio en el que cayeron los misioneros de la Compañía de Jesús en China, cuando adoptaron ciertas costumbres corrientes entre los paganos de aquellos lares; y hay escritores protestantes que han entendido que en tal caso hubo ejemplo de doblez en la conducta de los católicos((como si fuera ejemplo de un uso de la religión bajo distintos aspectos, según lo conveniente en determinada región y según el momento. Sin embargo, existe un modo religioso de acomodarse con los que uno convive y a quienes tenemos obligadamente que intentar convertir, si es posible. Esto surge a las claras de la propia regla de conducta de San Pablo quien sostuvo que se “hizo para los judíos como judío por ganar a los judíos; para los que están bajo la Ley, como sometido a la Ley, no estando yo sometido a la Ley, por ganar a los que están bajo la Ley [...] me he hecho todo para todos, para de todos modos salvar a algunos”. ¿Y qué no diremos del principio del Evangelio de San Juan en donde el evangelista bien puede representase como recurriendo al lenguaje de los clásicos paganos con el propósito de interesarlos y ganarse a los judíos platonizantes? De igual modo, se lo podría acusar como a los jesuitas de doblez y engaño al intentar convertir a los paganos de Oriente imitando sus costumbres. En varias ocasiones San Pablo actúa con igual disciplina económica, así como lo hizo la gran Iglesia Misionera de Alejandría en los siglos sucesivos; sus maestros respetaron esta disciplina del arcano como principio de su apostolado según lo que habían visto en la Escritura. Es este sentido, recomiendo a aquellos anglicanos proclives a poner como ejemplo al período ante-niceno que recuerden a Teonás, Clemente, Orígenes y Gregorio Taumaturgo.
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La mención de las misiones y de San Gregorio me lleva a tratar otro aspecto de este asunto, es a saber, los malentendidos y dificultades suscitados por el oficio real de la Iglesia y de cómo ha de ejercer tal oficio. Se cuenta de este Padre de la Iglesia Primitiva, que fue apóstol de una inmensa región del Asia Menor, y que cuando llegó encontró sólo diecisiete cristianos mientras que al morir sólo quedaban diecisiete paganos. Este sí que hizo crecer a la Iglesia como sólo podría hacerlo un gran obispo, pero ¿cómo lo logró? Dejando de lado la causa real, la bendición Divina y los dones de este santo para hacer milagros, se nos cuenta que una de sus decisiones no resulta tan distinta de lo hecho por los jesuitas en China. En efecto, Neander refiere que “habiendo observado que muchos entre el pueblo bajo seguían apegados a la religión de sus padres por razón de los antiguos juegos conectados con las fiestas paganas, se determinó a proveer a sus nuevos conversos con un sustituto. Así, instituyó una festividad general en honor de los mártires, autorizando a las torpes multitudes celebrarlos con banquetes análogos a los que se realizaban en ocasión de los funerales paganos (parentalia) y en otras fiestas paganas”.
De hecho, Neander no está de acuerdo con la indulgencia de San Gregorio y no puede negarse que la cosa no carece de riesgos, como, en efecto, tales economías suelen incluir. Para llevar a cabo medidas como éstas se requiere acompañarlas con una aguda vigilancia de parte del maestro cristiano. En el s. V, cuando ya la Iglesia no necesitaba recurrir a esta clase de expedientes, San Pedro Crisólogo expresó este sentimiento diciendo, con motivo de los bailes paganos usuales en su diócesis para las calendas de Enero, que “quien de tal modo se ríe y bromea con el diablo, no triunfará con Cristo”. Pero imagino que San Gregorio instrumentaría simultáneamente ambas medidas, tanto las más indulgentes como las tareas de vigilancia, como ha ocurrido en otros tiempos y lugares a lo largo de la historia de la Iglesia. Incluso en nuestros días se permite a los cristianos asistir a los carnavales, y si bien no se los recomienda, las autoridades eclesiásticas de Europa continental se limitan a no asistir a tales celebraciones conformándose en cambio con convocar a distintos ejercicios espirituales para esas fechas con la intención de proteger a los fieles de los peligros espirituales propios de tales festividades.
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San Gregorio no sólo era un predicador y un guía espiritual, sino que también era obispo, de modo tal que su instrumentación de la economía de la que venimos hablando constituye un acto de su función de gobernante, de su oficio real, tanto como de sus otras dos incumbencias, sacerdotal y pastoral. Y lo mismo se puede decir de la mayoría de los ejemplos que vengo dando en los que la Iglesia modera o suspende los requerimientos más estrictos de su propia teología. Ilustran a la vez estos dos elementos de su constitución divinamente establecida: es que el temor, ya mencionado, de “apagar la mecha humeante” y que constituye la preocupación de un guía de almas, opera en la misma dirección de aquel celo propio de quien quiere extender el Reino de Cristo((y a veces tales afanes equivalen a resistirse al rigor de una lógica teológica más apropiada para las aulas de los estudiantes de las Escuelas que no para el mundo en general. En tales casos, vemos que dos de los oficios, el real y el pastoral, comparten un interés común que contrasta con el oficio teológico. Mas no siempre es así, y por tanto, pasaré ahora a dar ejemplos en los que sobresalen los requerimientos imperiales y políticos de la religión mientras que los deberes teológicos y de culto se mantienen en segundo plano.
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Comencemos por observar que el carácter apostólico de velar por un magisterio ortodoxo y proteger la santidad del culto, como incumbencias de la Iglesia, se ven rodeados de circunstancias distintas a las que rodean su ejercicio de una real autocracia. Para cuestiones de doctrina, en general basta la tradición y las costumbres populares mientras que una buena conciencia suele alcanzar para tutelar el culto, pero la tradición y la costumbre no pueden por sí mismas asegurar la independencia y auto-gobierno de la Iglesia. La Iglesia Griega es una clara muestra de esto, puesto que ha perdido su vida política, mientras que poco se puede objetar a su doctrina o a sus rituales y culto en general. Si la Iglesia ha de ejercer un oficio real, como testigo del Cielo, permaneciendo inmutable en medio de los cambios en el orden secular, si en cada edad debe mantenerse fiel a ese testimonio, y proclamar y confesar la verdad, si ha de prosperar con el concurso del poder civil o contra éste, si ha de mantener sus recursos y su capacidad de autorrecuperación en medio de circunstancias propicias o no, debe ser algo más que Santa y Apostólica: debe ser Católica. De aquí que, en primer lugar, desde sus mismos orígenes, la Iglesia siempre mantuvo una estructura jerárquica y una cabeza, con una unidad política, reclamando para sí una autoridad y bendiciones de carácter divino, protestando ser la depositaria de los dones evangélicos y con el derecho de ejercer sobre la grey un gobierno absoluto y casi despótico. Y luego, en lo que concierne a su obra en su condición de estado soberano, constituye uno de sus deberes principales el de consolidar sus jurisdicciones, agrandar su territorio, mantener e incrementar sus distintas poblaciones en este mundo que siempre está muriendo, que siempre renace, y en el cual quedarse en situación estática equivale a retroceder y descansar, fallar. Es deber suyo el de fortalecer y facilitar el intercambio entre una ciudad y otra, entre una raza y otra, de tal modo que si se comete injuria a una, las demás lo sienten como ofensa propia y así los actos de los individuos tienen la energía y el ímpetu de un solo cuerpo. A lo largo y a lo ancho de sus extensos dominios, constituye su deber vigilar a los movimientos de todas las clases, debe controlar a los eclesiásticos y a los laicos, a los religiosos y a los del clero secular, y también mantenerse atenta a la sociedad civil y sus avatares políticos. Debe mantenerse como un centinela en su torre de vigilancia, discerniendo a la distancia y proveyendo ante todos los peligros; ha de proteger a los ignorantes y a los débiles, debe suprimir los escándalos, proveer a la educación de los jóvenes, administrar bienes temporales, iniciar, o al menos dirigir todos los trabajos cristianos, y todo esto con miras a la vida, salud y fortaleza de la Cristiandad y la salvación de las almas.
De modo que resulta fácil entender que quienes tienen estos deberes de tanta extensión e importancia necesariamente corren el riesgo de que se los acuse de ambición o algún otro motivo egoísta, y que se les impute error de juicio, acciones violentas, o injusticia. Con todo, después de decir esto, quiero arribar al fin de mi tesis, colocando al oficio Real de la Iglesia al lado de su oficio Profético, dando ejemplo de colisiones y compromisos que han ocurrido como consecuencia de sus respectivos deberes e intereses.
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Por ejemplo, en los comienzos de la Iglesia había general consenso en que no debía recurrirse a la fuerza para sostener a la religión. Así, San Atanasio dijo que “no corresponde a gente confiada en lo que cree, que recurra a la fuerza para obligar a los renuentes. Porque la verdad no se predica con espadas, ni dardos, ni recurriendo a soldados, sino por la persuasión y el consejo”. Y al principio San Agustín tenía igual parecer. Pero su experiencia como obispo le hizo cambiar de opinión. Aquí se ve cómo los intereses de la Iglesia en el desempeño de su oficio real ejerce influencia sobre la teología.
De igual modo, con miras a una mayor unidad y fuerza de la Iglesia, los Papas desde los tiempos de San Gregorio I se han empeñado en reemplazar y suprimir las formas de ritual que se hallaban diversificados a lo largo y ancho de la Iglesia. Al llevar a cabo esta política eclesiástica, las conveniencias del momento se han impuesto a decisiones teológicas y de culto.
Y aún más: acto sencillamente injustificables, tales como reales traiciones a la verdad de parte de Liberio y Honorio, se tornan comprensibles y dejan de escandalizar si se tiene en cuenta que estos Papas se sentían cabeza suprema de la Cristiandad y su primer deber, en su condición de tales, residía en asegurar la paz, la unión y la consolidación de sus gobernados. Sus faltas personales en cuanto a firmeza o claridad doctrinaria que ambos evidenciaron en su tiempo, bien pueden haberse originado en una aguda percepción de que eran Obispos Ecuménicos y los únicos Pastores de la Grey de Cristo frente al escándalo causado por disensiones internas además de la responsabilidad que les cabía si por su culpa la Iglesia retrocedía en salud y fuerza.
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Aunque estos dos Papas lo aplicaron erróneamente, el principio sobre la base del cual actuaron no es en sí mismo insensato, y lo formularía de este modo: que ningún acto puede por sí mismo constituir un error teológico cuando resulta absoluta e innegablemente necesario para la unidad, santidad y paz de la Iglesia; y esto porque la falsedad nunca podría servir a esos fines así como que sólo la verdad puede resultar conducente. Si uno pudiese estar enteramente seguro de la necesidad que digo, el principio puede ser adoptado; aunque, por razón de la dificultad de aplicarlo correctamente, sólo resulta admisible en circunstancias especialmente graves, con precedentes singularmente luminosos en su favor, y sólo por parte de autoridades tan encumbradas como para que resulte seguro. Si se recurrió malamente a él en los casos de los Papas que he nombrado, igualmente se ha aplicado con éxito por otros que tomaron decisiones con las que ningún católico tiene dificultar alguna en concurrir.
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Un ejemplo más delicado de este argumento ex absurdo, como bien puede llamárselo, se halla en el libro de Morino “De Ordinationibus”. Nos muestra que su aplicación fue decisivo en un momento singular en el que Roma se vio obligada a resolver, durante la Edad Media, el caso de las ordenaciones simoníacas, heréticas y cismáticas de aquel tiempo. En cuanto a las ordenaciones sacerdotales efectuadas simonía mediante, parece que el Papa León IX, a propósito de los desórdenes eclesiásticos de entonces, llamó a solemne Concilio en el cual se decidió en contra de la validez de esas ordenaciones. Parece ser también que, en razón de ciertas complicaciones eclesiásticas sucedidas a continuación((en la región de los hechos((a partir de la “incommoda hinc emergentia” el Papa no pudo hacer cumplir la decisión del Concilio y se vio en cambio obligado a sancionar una norma menos severa. Dando cuenta de este incidente, San Pedro Damián dice que “cuando el Papa León declaró que todas las ordenaciones simoníacas eran nulas e inválidas, se siguió un serio tumulto y resistencia de parte de una multitud de sacerdotes romanos quienes hicieron saber, con el concurso de los obispos, que semejante acto llevaría a que las Basílicas se quedaran sin clérigos y lo que es más, que las misas cesarían por completo, con lo que en todas partes caería la religión cristiana en un descrédito absoluto ante el escándalo de los fieles.”
Semejante manera de resolver un punto de teología sólo resulta comprensible sobre la base del principio que venimos desarrollando: que la aplicación de una conclusión quasi-doctrinal podría en ciertas circunstancias afectar fatalmente a la constitución y existencia misma de la Iglesia. Que además, en semejante caso, se neutralizarían los principios mismos sobre los que se encuentra asentada, siendo que resulta inconcebible que su Señor y Creador hubiese previsto que el desempeño de uno de sus oficios significara la destrucción de otro. En este caso, pues, quiso que un punto de teología determinado cediera en su aplicación ante la prudencia debida a la catolicidad de la Iglesia y la edificación de los fieles. Y esto por la lógica misma de los hechos que a veces se impone sobre todas las leyes positivas y todas las prerrogativas, llegando con su muy efectiva fuerza hasta las fronteras mismas de las verdades inmutables en materia religiosa, ética y teológica.
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Este ejemplo, en el que se ve con tanta claridad cual es la causa última de una decisión de la Iglesia, se ve confirmada por un caso paralelo de ordenación herética. Por caso, el Papa Inocente, en el s. IV, escribiéndole a los obispos de Macedonia, homologó la validez de ordenaciones heréticas en casos específicos, declarando al mismo tiempo que semejante concesión iba contra la tradición de la Iglesia de Roma. Esta indulgencia se fundaba en la necesidad de terminar con un gran escándalo; mas “por cierto” dijo el Papa, “que no fue así desde el comienzo, cuando estaban en vigor reglas muy antiguas que, tal como fueron transmitidas por los Apóstoles y por hombres apostólicos, la Iglesia Romana conserva y encomienda su guarda a sus sujetos.”
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Nuevamente, en cuanto a ordenaciones cismáticas, recuérdese lo ocurrido con los Donatistas: en esta ocasión Roma se mantuvo firme en su parecer tradicional y aparentemente San Agustín se mostró de acuerdo. Pero en su mayor parte, los obispos africanos, en aquel tiempo acicateados por las necesidades del lugar, se vieron obligados a tomar partido contrario y se mostraron temerosos de sancionar el principio de que toda ordenación herética o cismática era nula. Con el aval de San Agustín, se limitaron a condenar a Donato, el autor del cisma, pero aceptaron al resto, con sus ordenaciones y todo, para evitar que quedando fuera de la Iglesia permanecieran como una espina en su costado. “No era posible para San Agustín”, dice Morino, “arribar a ninguna otra decisión considerando que veía diariamente cómo la Iglesia recibía a los Donatistas con sus ordenados”. He aquí otra ilustración de las escuelas cediendo ante los requerimientos de la prudencia y cómo los intereses de la paz y de la unidad son el modo más seguro de arribar a conclusiones doctrinales (más seguro que métodos más directamente teológicos).
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Las consideraciones que pueden arrimar fundamento a favor de estas ordenaciones irregulares sobre la base de la prudencia en el caso, tienen aun más fuerza cuando se urge el reconocimiento de un bautismo herético, lo cual también fue objeto de controversia durante el siglo inmediatamente anterior. Siempre se sostuvo que el bautismo era la puerta de entrada al cristianismo y a los demás sacramentos, y que una vez cristiano, se era tal para siempre. El bautismo imprime tal carácter al alma que la separa sobrenaturalmente de las demás almas, identificándola con un nombre grabado específicamente en una oveja en medio de la grey. Así, los herejes a lo largo y ancho del mundo, si bautizados, resultan ser hijos de la Iglesia y están a la altura de ese título en la medida en que predican la verdad de Cristo a los paganos. Esto, porque no hay secta que no conserve algún grado de verdad, y ese grado de verdad puede y debe ser predicado a los paganos. Aquella exhuberante proliferación de ritos extraños y estrafalarias doctrinas que de repente aparecieron en torno al cristianismo en los primeros siglos, es una de las evidencias más notables de la maravillosa fuerza de la idea cristiana y de su sutil pero penetrante influencia cuando cayó por primera vez sobre las ignorantes masas: y aunque estas sectas tenían poca o ninguna razón para sostener que su bautismo era verdadero, y aunque en muchas o la mayoría de ellas el mal que contenían ahogó lo poco y débil de verdad que tenían, sin embargo ¿correspondía que la Iglesia rechazara su bautismo simplemente sobre la base de que no había sido administrado por un católico? Un sencillo sentido de la prudencia aconsejaba que debía reconocerse el bautismo en la medida en que se había cumplido exactamente con su descripción por parte de Nuestro Señor cuando lo estableció como rito de iniciación((a menos que la Escritura y la Tradición se opusieran directamente a semejante homologación. Rechazar a estos bautismos sospechosos equivalía a circunscribir el número de sus sujetos y atentar contra su catolicidad. Equivalía también a sacrificar a quienes, aunque al presente estuvieran enceguecidos por las nieblas del error, conservaban suficiente verdad en su religión, por latente que estuviese, como para abrigar esperanza de su conversión en el futuro. La Sede imperial de Pedro, siempre vigilante por la extensión del Reino de Cristo, comprendió esto perfectamente; y así como estaba claro que la tradición se mostraba contraria a la aprobación de ordenaciones heréticas, sin embargo aparecía vigorosa y claramente a favor de la validez del bautismo herético.