Pau Palacios
Furioso reloj
Edición de Diego Ruiz
Tria de Narrativa, 7
Furioso reloj
www.furiosoreloj.com
© Del texto: Pau Palacios, 2012
© De esta edición: Associació Cultural Editorial Tria, 2012
Galileu, 20, 2n 1a
08028 Barcelona
www.editorialtria.com
Responsable de esta edición: Diego Ruiz Llamas
Diseño de la colección: Àngel Fernández García i Oriol Malet Muria
Ilustración de la cubierta: Oriol Malet Muria
Fotografía del autor: Giovanni Melillo
ISBN: 978-84-92912-31-5
Edición digital: Smashwords para Editorial Tria, 2010
Todos los derechos reservados.
Queda prohibida, salvo por las excepciones previstas por la Ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin disponer de la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (art. 2701 y ss. del Código Penal).
A Rosa, Emilio y Giulia.Cuando un hombre toma asiento
dispuesto a escribir una historia,
no sabe en mayor medida que sus talones
con qué dificultades y condenados obstáculos
ha de encontrarse en su camino
antes de que todo haya finalizado.
LAURENCE STERNE
Tristram Shandy
Detrás de mí lentamente el tiempo escapa
y por mi culpa todo me sale mal.
Mi alma se ha propuesto ya su marcha y le he dicho: «Quédate.» Me ha contestado: «¿Qué debo hacer si la casa se hunde?»
OMAR JAYYAM
Rubaiyat
Los relojes de los muertos
deberían morir con ellos.
Roberto Lares
Diario personal
Nunca sabemos qué historia esconde quién. La génesis de cualquier relato se encuentra en el lugar más inesperado. Siempre que empiezo la lectura de un nuevo libro me pregunto cuál habrá sido la chispa que originó el fuego de la historia que estoy por leer. A menudo imagino al autor de esa historia por el bosque recogiendo hojas secas, palitos y piñas con la determinación de montar una hoguera. Lo veo también recogiendo y seleccionando algunos troncos más grandes, hermosos y consistentes, que serán los pilares de esa hoguera que está por montar. Luego imagino al mismo autor eligiendo el mejor lugar para plantar su fuego, el hogar de su hoguera. Veo a ese autor levantando con las hojas, los palitos y las piñas una pequeña estructura inicial, muy precaria, que permita a una chispa, a la chispa, alumbrar y dar vida al fuego. Lo veo indeciso, mirando esos materiales, sin decidirse por dónde empezar. Supongo que es una estupidez romántica, pero imagino al autor con dos piedras en sus manos, no con fósforos ni con un mechero. Imagino al autor arrodillado junto al montoncito de leña probando diferentes maneras de hacer chocar las piedras para generar chispas. Lo veo poniendo en cada chispa que aparece la esperanza del fuego que tanto desea. Sólo una de esas chispas, imposible saber cuál y por qué, prenderá la pira. Será un momento mágico, las primeras llamas consumiendo los materiales secos, el calor de la primera incandescencia. A partir de ese momento maravilloso, el autor tendrá que dejarse llevar por esas llamas para hacer crecer el fuego y mantener viva la hoguera. Será el propio fuego, me gusta imaginar, quien sugerirá al autor dónde ir colocando los nuevos materiales. Aunque, como digo, ésta es seguramente una idea boba, de alguien que ha escrito sólo esta novela en su vida. Habrá autores que tengan la estructura de troncos perfectamente calculada desde el principio y los habrá que dispongan los materiales de cualquier manera, que usen litros de gasolina o pastillas y mecheros, en lugar de aventurarse por el incierto mundo del palito, la piña y la hoja seca. Me gusta imaginar al autor contento y satisfecho de ver cómo el fuego crece y se expresa. Y me gusta imaginar que él, sensible, sabrá ver cuándo hay que dejar de alimentarlo para permitir que el fuego vaya, poco a poco, consumiéndose. Así, ante su mirada triste, pero orgullosa, el autor verá cómo su obra, tan bella, va quedando reducida a nada. Cenizas, me gusta imaginar. Y tal vez un poco de humo que indique, por un rato, que allí quemó una historia.
Nunca sabemos qué historia esconde quién ni dónde esa historia pasará de ser un hecho privado a algo compartido. El Reloj es un bar de lo más corriente. No hay nada en él que llame la atención de manera especial. Yo vivo por la zona y algunas veces voy allí a desayunar. Es bonito ver en el mismo lugar y con toda naturalidad, a las ocho y media de la mañana, a los que aún no se han ido a dormir y a los que apenas se acaban de levantar. Eventualmente, yo me he encontrado en El Reloj en las dos circunstancias, pero aquel día, el día en que conocí a Roberto Lares, él se acababa de levantar y yo no me había ido aún a dormir. En el mundo hay dos tipos de personas, las que prefieren barra y las que mesa. Roberto Lares y yo somos de las primeras. Y ahí fue donde nos conocimos, frente a un cruasán y un café con leche, en la barra del bar El Reloj el 24 de octubre de 200X. Por aquel entonces yo andaba como loco por conseguir una historia para mi primera novela, recopilando palitos, piñas y hojas secas, y aquel encuentro casual se convirtió en la chispa de este fuego. Roberto Lares me contó su historia, me contó un día terrible de su vida, me contó cómo los eventos de aquel día habían aniquilado las bases de su mundo, me contó cómo se había encerrado en su taller hasta haber ideado el Plan que lo tenía que salvar del sinsentido y del dolor. Y me contó que al día siguiente todo iba a terminar, que el Plan se iba a completar y que después de eso ya no le quedaría ninguna razón para seguir aquí.
Nunca sabemos qué historia esconde quién. Roberto Lares no se llamaba así, obviamente. Para poner a buen recaudo su intimidad y sus circunstancias personales, he manipulado su nombre y la mayoría de sus datos. Tampoco todo lo que hay escrito en esta novela responde completamente a sus palabras. Cuando Roberto Lares empezó a hablar aquella mañana, enseguida me di cuenta de que allí había una historia y agucé mis sentidos para ir tomando nota mental de todo lo que me decía. Pasé los dos días siguientes escribiendo a bocajarro lo que recordaba de nuestra conversación. Cuando repasé mis apuntes me di cuenta de que faltaba algo primordial en el relato. Y es que Roberto Lares había mencionado el Plan, su razón de ser, sus etapas y sus protagonistas, pero no me había contado nada de cómo se había desarrollado. Fui a su taller varias veces, pero Roberto Lares no dio señales de vida por allí. Lo busqué para preguntarle y jamás lo encontré. Nunca más he vuelto a saber de él. Así, como no me sentía capaz de inventar nada a la altura de la peripecia vital de Roberto Lares, pasé los siguientes meses buscando pruebas indirectas de sus aventuras escrutando los pocos detalles sobre aquellos meses de acción sin paz que había dejado escapar en nuestra conversación. De los documentos que sirven para ilustrar los episodios del Plan no he tocado ni una coma.
Nunca sabemos qué historia esconde quién ni cómo o cuándo o dónde esa historia pasará de ser un hecho privado a algo compartido. Y nunca sabemos a través de quién esa historia llegará hasta nosotros.
Pau Palacios
Barcelona, 5 de mayo de 200Z.
Roberto Lares, bar El Reloj, Via Laietana, Barcelona, 24 de octubre de 200X.
¿Buenos días? Creo que se equivoca usted de persona. Los buenos días dejaron de sucederse hace tiempo. Ahora sólo queda esperar. Entiéndame, unas horas más y todo habrá terminado. Desapareceré. A mí, como a usted, nadie me está esperando en casa. De hecho yo ya no tengo casa. De hecho sólo me queda mi guarida. No me mire así. Piense que por muy seguro que usted esté de conocer todos los detalles de su propia vida, en realidad no sabe usted nada. Hágase a la idea. Usted ahora siente lástima por mí, estará pensando menudo plasta acabo de pescar y yo con esta resaca. Entiéndame: usted y yo somos iguales. Todos los que estamos en este bar somos iguales. Somos ignorantes, no sabemos. No sabemos qué nos depara el futuro a la vuelta de la esquina. No sabemos qué nos depara nuestro pasado a la vuelta de la esquina. Nunca sabemos. Se lo digo por experiencia. Y le daré un consejo. No pierda el tiempo, empiece ya a prepararse para lo peor, empiece ya a prepararse para que el mundo sobre el que usted cree apoyarse sólidamente se desintegre. Empiece ya a planear qué hará para recuperar el equilibrio y para superar el dolor más grande que pueda usted imaginar. Que no le pase como a mí, que la vida me cogió desprevenido y tuve que inventar sobre la marcha y así el Plan me quedó medio cojo. Planee mientras aún pueda hacerlo, mientras aún crea que es posible planear. Porque un día, créame, hacer planes ya no le será posible. Y recuerde, el objeto de todo plan es ganar tiempo, ganarle tiempo al caos y al horror. Se trata sólo de ganar tiempo mientras nuestras entrañas se recomponen. Da igual si su plan parece descabellado o carece de toda lógica, trace un plan y llegado el momento aplíquelo sin contemplaciones, sin pensar. Esa será su tabla de salvación el día en que su mundo desaparezca, se lo aseguro. Tiramos adelante porque confiamos en la estabilidad de las cosas. Sabemos que nada es para siempre, pero lo sabemos sólo a nivel teórico, como una frase hecha. En el día a día confiamos en que las cosas se mantendrán en su sitio, las personas continuarán a nuestro lado. Así podemos hacer planes, ponemos el automático y avanzamos confiados, seguros de que el suelo sobre el que nos apoyamos para caminar hacia nuestro futuro va a estar siempre ahí, bajo nuestros pies. Dejamos de mirar de reojo hacia el suelo y levantamos la cabeza orgullosos mirando ya sólo hacia adelante y de repente el suelo ha desaparecido y nuestro siguiente paso nos lleva directos al abismo. Creemos conocernos, creemos conocer a las personas que amamos, creemos que nuestros recuerdos nos dicen quiénes somos. Hasta que un día todo revienta y resulta que nuestros recuerdos no son como creíamos, que nuestra vida no nos pertenece y que lo que ya hemos vivido no fue lo que recordamos. Y que nuestra familia estaba cargada de secretos como bombas de relojería. Uno se despierta una mañana cualquiera, creyendo encarar una jornada normal hasta que en un instante todo se esfuma. Las certezas se desvanecen y nos vemos obligados a replantearlo todo, tenemos que volver al principio y escrutar cada detalle de todo lo vivido para volver a interpretar, para volver a entender. Sólo para darnos cuenta de que ninguna interpretación es posible, de que entender es imposible. Revivimos nuestro pasado buscando los indicios que anunciaban el desastre sólo para darnos cuenta de que esos indicios no existen o de que sólo eran interpretables una vez conocido el desenlace. Le voy a contar aquel día, el que todo lo cambió. Se lo voy a contar como si fuese la primera vez que lo rememoro, como si no llevase meses volviendo a él, buscando en sus rincones, en sus intersticios, pistas que me anunciasen lo que estaba por llegar, como si no llevase meses intentando agotar aquella jornada, sacando punta a cada instante, con la esperanza inútil de encontrar en él la razón de lo que empezó el 19 de marzo pasado y que mañana terminará. Se lo voy a contar con la convicción de que hacerlo es el único modo que tengo de desprenderme finalmente de aquella jornada y así poder descansar.
El diario*
(18 de marzo de 200X)
* Pasadas tres semanas de nuestro encuentro, me decidí a allanar el taller de Roberto Lares. Sobre las dos de la madrugada reventé el grueso candado que bloqueaba la persiana metálica del local. Rompí el cristal de la puerta y entré. Cerré la persiana tras de mí y le di al interruptor. Oscuridad. Mi poca pericia como allanador no me había hecho preveer aquel contratiempo. Pero por suerte fumo, así que saqué el encendedor de mi bolsillo e iluminé la habitación. Era la primera vez que entraba en el taller de un relojero y me pareció que se trataba de un espacio pequeño. Estaba todo intacto, como si Roberto Lares se hubiese ido sin importarle lo que quedaba tras de sí, como si él tuviese que estar a punto de entrar por la puerta y ponerse a trabajar, como si nada hubiese pasado. Se respiraba un aire de pausa, el taller parecía estar fuera del tiempo. Las paredes estaban cargadas de cosas, estanterías llenas de herramientas, relojes y artilugios que me parecieron antiguos. Una enorme y negra y cuadrada mesa central reinaba en el espacio con una gran equis blanca dibujada sobre ella y que dividía su superficie en cuatro triángulos. Cada uno de los lados de la mesa parecía un área distinta de trabajo. Una de esas áreas estaba equipada con un ordenador y otros utensilios habituales de alguien que escribe o diseña cada día. Otros dos lados de la mesa debían ser la zona de las reparaciones. Una gran lámpara de brazo móvil se abatía sobre uno de esos lados y un sinfín de pequeñas herramientas e instrumentos diminutos se amontonaban allí. El otro lado dedicado a la mecánica estaba lleno de relojes abiertos y descuartizados, con piezas por acá y por allá. El último lado de la mesa parecía un rincón de lectura, en él se encontraban multitud de libros esparcidos y apilados, algunos de ellos aún abiertos. Fue ahí donde encontré el diario de Roberto Lares. La última anotación correspondía al 18 de marzo de 200X, el día anterior a su jornada fatal. Leyéndolo pude entender algunas cosas que él me había contado y que de otro modo habrían quedado sin aclaración, por eso lo he traído aquí.
18 de Marzo de 200X
El 9 de agosto de 1945, unos muchachotes radiantes y orgullosos (siempre es bonito ser «el elegido») se subieron al bombardero superfortaleza B-29, bautizado por la tripulación como Bockscar, en una misión de segunda mano que, sí, pasaría a la Historia, pero ensombrecida por su hermana mayor. El extraño nombre del aeroplano mezcla dos cosas, el apellido del comandante de la tripulación habitual del avión, Bock (apellido alemán, qué ironía, cuya interpretación libre puede leerse como intransigente o testarudo, qué ironía), y la palabra inglesa que describe los vagones de tren especiales para mercancías, boxcar (esos vagones generalmente oxidados, de grandes puertas correderas, que en las películas son abordados por vagabundos que atraviesan América y que los nazis usaban para transportar judíos y gitanos y rojos y maricones hacia la muerte). Aquella mañana, el vagón-mercancías del intransigente Capitán Bock llevaba una carga devastadoramente especial, su nombre en clave era Fat Man. Los muchachotes se subieron al avión sobre las seis de la mañana con destino al sur del Japón, hacia su objetivo principal, la ciudad de Kokura. A las siete y media de la mañana, hora local, el avión fue detectado por el radar japonés, pero ningún tipo de alerta fue lanzada ya que el Alto Mando nipón consideraba que una misión formada por uno o dos aviones debía ser por fuerza de reconocimiento y había que ahorrar carburante, no reaccionar, a aquellas alturas de la guerra. Poco más tarde el Bockscar divisó territorio japonés y se dirigió hacia Kokura. Un cielo nublado al setenta por ciento sobre la ciudad impidió llevar a cabo la misión, condenando fatalmente a la ciudad designada como objetivo secundario, Nagasaki. Escaso de carburante, el Bockscar se encaminó hacia Nagasaki y la sobrevoló varias veces, esperando las condiciones meteorológicas justas para realizar el lanzamiento con precisión. A las once en punto de la mañana se abrió el claro que permitió al capitán localizar el objetivo visualmente y dar la orden de lanzamiento. A las 11:02 Fat Man cayó sobre Nagasaki, la segunda y última bomba atómica que jamás haya sido usada con propósito bélico en la Historia. Murieron en el acto, carbonizadas, unas 70.000 personas. Los heridos y las secuelas radiactivas son incalculables. La potencia de la explosión fijó la hora de la muerte en los relojes de la zona devastada, marcados a fuego. Así debería ser siempre, los relojes de los muertos deberían morir con ellos.
Llevaba toda la mañana leyendo artículos y documentos históricos sobre las bombas atómicas lanzadas contra Japón cuando sonó el timbre de la puerta. Leía para escribir un artículo, leía para escribir sobre la hora a la que estallaron y sobre cómo esas horas quedaron grabadas en los relojes afectados por el impacto, inmóviles para siempre, la hora grabada a fuego. El reloj de Nagasaki. La destrucción, la muerte, son como una herida en el tiempo, una estría abierta violentamente que marca un antes y un después. En los momentos de muerte el tiempo subjetivo se para, una pausa de enorme intensidad se abre y sentimos más que nunca. En los casos extremos de las dos devastaciones atómicas la brecha la siente toda la humanidad, en los casos íntimos, el vacío, la pausa, los sentimos sólo unos pocos, los más cercanos. Al morir mi padre me sentí así, fuera del tiempo, en pausa o por encima suyo. De la muerte de mi madre, embestida por un coche cuando yo contaba apenas unos días de vida, no tengo recuerdo y por tanto su muerte no sé si me afectó en su momento o si me ha dejado, por ese lado, en pausa desde entonces. Ignoro si mi madre llevaba o no reloj aquel día, pero en cualquier caso, los relojes de los muertos deberían morir con ellos. Así debería ser siempre. Así fue en Hiroshima. Así fue en Nagasaki. Así fue en la muñeca de mi padre, cuando algunas horas después de morir, con su cuerpo aún caliente, su viejo reloj de pulsera dejó de latir, sin un corazón que le diese cuerda. Entonces, llevaba toda la mañana leyendo sobre las bombas y llamaron a la puerta del taller. Tardé en reaccionar porque estaba pensando que la muerte es una suspensión del tiempo y que los relojes de los muertos deberían morir con ellos y me estaba cuestionando la importancia que, documentándome para el artículo, le estaba dando al bando de los agresores, de los asesinos atómicos, a los detalles de los aviones, a la erótica de la precisión, la erótica de la técnica y las grandes cifras, y me estaba olvidando de las personas que sufrieron el ataque. Fantaseaba la rutina de la pequeña Moriko Nakanishi aquella mañana de agosto en Nagasaki, encerrada en casa mientras la madre había salido a buscar algo de comer, el padre ausente, muerto durante la ofensiva americana de Iwo Jima, en el frente (aunque con toda probabilidad no muriese exactamente en primera línea sino en la enfermería, por la escasez de medicinas, que llegaban con cuentagotas, como si el Emperador todopoderoso no pudiese ya nada). Moriko se quedó sola en casa y jugó con su muñeca de trapo, luego rebuscó en la caja que su madre escondía en la cómoda, donde guardaba las fotos de su marido y pequeños objetos de escaso valor económico, pero de indescifrable valor sentimental. Moriko hurgó en la caja de latón a sabiendas de que lo que hacía le estaba prohibido, y por tanto, sintiendo un placer más intenso todavía. Más tarde se sentó delante del reloj de pared que su padre había traído de su destino en Manchuria y se quedó absorta viendo el péndulo oscilar y escuchando su tic-tac, embelesada por el poder cautivador de ese objeto, por su sonido lleno de paz y porque ese reloj era para ella la personificación del padre. Él le había enseñado a descifrar la hora cuando trajo el reloj y era ella quien le daba cuerda, porque ése era su reloj. Moriko leyó la hora y se dio cuenta de que su madre tendría que haber ya regresado. Su madre le había dicho que llegaría antes de las once, pero eran ya las 11:02. El reloj de Moriko enmudeció, diciendo para siempre a qué hora se acabó el mundo de la niña. Así debería ser siempre, los relojes de los muertos deberían morir con ellos. Cuando un reloj deja de palpitar siguiendo a su dueño, es como si el tiempo marcado por ese reloj le hubiera pertenecido completamente, como si las horas marcadas fuesen las horas de esa vida. Con el reloj a pilas, electrónico, computerizado, el tiempo deja de pertenecernos, dejamos de ser dueños de nuestras horas, nuestras horas pasan a ser dueñas de nosotros, condenándonos con su tic-tac tras nuestra muerte a una prolongación simbólica, sutil e innecesaria en la vida de los que nos sobreviven.
Fantaseaba sobre Moriko y llamaron a la puerta. Tardé en reaccionar, pero al fin me levanté y abrí. Delante de mí había una chica que me espetó, sonriente y cantarina, en un español macarrónico plagado de inglés: «Hola soy Femke, una estudiante holandesa que está de viaje cultural por Europa, he estado en Portugal y he atravesado toda España. Ahora estoy en Barcelona y vendo huevos de Pascua para financiar mi viaje. ¿Quieres colaborar?». Mi cara de perplejidad, que ella advirtió enseguida, respondía al hecho de que Femke tenía unos marcados rasgos japoneses. Nos acostumbramos a que un holandés sea un negrazo imponente, un otomano de ojos brillantes o un magrebí risueño, en cualquier caso, nos acostumbramos a que un holandés (alemán, sueco, español, inglés) tome las formas de alguno de los desheredados pueblos que formaron parte de su imperio y que actualmente emigran o son expulsados. Lo que me sorprendió fue que una evidente japonesa se declarase holandesa. Y así me expresé ante la chica, le pregunté si era holandesa de Holanda, holandesa de verdad, dándome cuenta en ese mismo instante de lo estúpido de mis preguntas. «Sí, sí», dijo ella. Y tras una breve pausa y dándose por enterada de por dónde iban mis dudas me confesó: «Padre japonés, madre holandesa». Invité a Femke a entrar en el taller y le pedí que me contase su historia mientras le preparaba un té. Me contó las típicas aventuras de una muchacha occidental de vacaciones un poco vagabundas y existenciales por Europa, su descubrimiento de la soledad, la gente conocida, la vendimia en el centro de la península, los tres hombres que la habían intentado violar de uno u otro modo y en distintos momentos, el poeta suramericano que la había embaucado, le había hecho el amor como un demonio y luego la había abandonado como dios, después de haberle dicho un poema del que no había entendido nada y de haberle robado todo el dinero que tenía en metálico, tantas noches mirando el cielo, la comprensión de su pequeñez en el cosmos, la aceptación de su tiempo finito que no significa nada, el reconocimiento de sus padres, la asunción de sus raíces, la reconciliación con la historia de su familia y toda una retahíla de tópicos llenos de ingenuidad y maravilla. Y llegados a este punto le pregunté por el Japón, le pregunté si hablaba japonés, si había estado allí alguna vez y había visitado a sus abuelos. «No, no sé más del Japón de lo que tú puedas saber. Mi padre es huérfano, llegó a Europa cuando tenía apenas dos años y fue educado por la familia holandesa que lo adoptó. Mi padre fue adoptado porque mis abuelos murieron cuando él era apenas un recién nacido. Creció en Europa y se educó como un europeo, pero queriendo reencontrarse con su pasado, a los veinticinco años viajó a Japón y descubrió que absolutamente ningún familiar suyo estaba con vida, nadie que perteneciese a su estirpe, remontándose al 1800, estaba vivo, su conexión sanguínea más cercana podía ser con cualquier persona que pasase por la calle, completos desconocidos, nadie que pudiese recordarle a él o a sus padres o a sus abuelos. Mientras buscaba algún resto familiar conoció a Masako, una joven japonesa, y se enamoró y casó. Fueron a vivir a Holanda. No tuvieron hijos porque ella arrastraba grandes problemas físicos, causados por lo que había comido y respirado en sus primeros años de vida en la ciudad donde había nacido y crecido. Masako no llegó a los cuarenta años y murió en medio de grandes dolores. Mi madre era la joven enfermera que asistió a Masako en su último año de vida. No sé por qué extraño caso de transferencia emotiva mi padre vio en aquella joven holandesa la luz de su mujer y mi madre vio en ese hombre destrozado un jarrón de porcelana roto en mil pedazos que ella deseaba recomponer. Y se casaron y nací yo, pero no sé nada del Japón, no más de lo que puedas saber tú». Entonces le dije que perdonase mi curiosidad, pero que qué había sido de toda la familia de su padre y por qué Masako había estado tan enferma toda su vida. «Masako y toda mi familia eran de Nagasaki». Bebimos el té en silencio. Mi reloj subjetivo me habló de días, según él estuvimos días bebiendo ese té en silencio. En un momento dado, Femke se levantó, me dio las gracias y se fue. Le compré un huevo de Pascua, un huevo de pato lacado a mano por ella misma. Usando sus palabras y su estrategia de mercado, «colaboré» con su viaje cultural a través de la Península. Es el primer huevo de Pascua de mi vida. Cuando se fue, continué buscando información sobre relojes y bombas y fantaseando.
Kazuo Shitani estaba llegando tarde al almacén en donde tenía su oficina, en el centro de Hiroshima. No soportaba la impuntualidad en sus empleados y mucho menos en sí mismo. Era un devoto trabajador, minucioso y preciso, como mandaban los cánones del buen japonés promovidos por su Emperador. Llegaría a tiempo, como a él le gustaba, un poco antes que el primero de sus empleados: su reloj de bolsillo marcaba las ocho menos diez y no iba a tardar más de cinco minutos en llegar. En ese tiempo se hizo un mapa mental de las tareas del día: recoger los pedidos llegados el día anterior por la noche, preparar los paquetes, llamar a los transportistas y expedir los encargos a sus destinatarios, luego llamar a sus proveedores y escuchar la disponibilidad de productos, realizar los pedidos y esperar. Le encantaba su trabajo, atender a sus clientes, planificar, satisfacer la demanda, escrutar las ofertas. Le gustaba que todo funcionase como un reloj. Llegó a la oficina-almacén el primero. Apoyó la chaqueta en el respaldo de su poltrona y se encendió un purito. De pie, junto a su escritorio, esperó la llegada de sus empleados. A las ocho en punto llegaron los dos chicos que trabajaban para él, entraron en su despacho y le saludaron reverencialmente. Kazuo Shitani había encontrado a aquellos dos chavales por la calle, vendiendo lo que podían. Le habían parecido espabilados y decidió contratarlos. Encargó a los chicos preparar dos paquetes con insulina, las medicinas eran su campo, para mandarlas hacia el sur del país, su principal zona de ventas. Shitani se sentó en su oficina a hacer cuentas, los negocios iban más que bien y con el desastre en que se estaba convirtiendo la derrota japonesa iban a ir aún mejor. De todas maneras, pensó, habría que ir pensando en el futuro, en cuando terminase la guerra y él tuviese que transformar su negocio, dado que el mercado negro de medicinas no iba a durar eternamente y sus proveedores dentro del ejército, que robaban medicamentos destinados a los heridos en el frente condenando así a muerte a miles de soldados, antes o después iban a ser detenidos o ejecutados. Tal vez un cambio de sector, pensó. Acabó las sumas y las restas. Miró el reloj, las 8:15, tiempo récord de gestión. El reloj de Kazuo enmudeció, diciendo para siempre a qué hora se acabó el mundo del traficante de medicinas. Así debería ser siempre, los relojes de los muertos deberían morir con ellos.
El 6 de agosto de 1945, unos muchachotes radiantes y orgullosos (siempre es bonito ser «el elegido») se subieron al bombardero superfortaleza B-29, bautizado por el capitán de la tripulación como Enola Gay, en una misión monstruosa que pasaría a la Historia, ensombreciendo a su hermana menor. Enola Gay, el extraño mote de la aeronave, responde al nombre de la madre del Coronel Tibbets, comandante del aeroplano y responsable de la misión. Aquella mañana, el vientre de la madre del Coronel llevaba una carga devastadoramente especial, su nombre en clave era Little Boy. ¿Qué desgraciado lleno de traumas terribles y sofócleos complejos le pone el nombre de su madre al avión que va a cargar y, lo que es peor, descargar la primera bomba atómica usada contra seres humanos? ¿Qué mente retorcida alimentada de leche llena de bilis le pone el nombre de su madre al avión más devastador de la historia?. Además, si Enola Gay, la madre, era el avión, entonces él, el Coronel Tibbets, debía ser por fuerza la bomba que viajaba en su vientre. El hijo del vientre de Enola Gay, Little Boy, por fuerza, tenía que ser él, Tibbets, el pequeño hijo de su madre. La madre de todos los infiernos cargando un hijo de ira y destrucción. A las ocho de la mañana, hora local, el avión fue detectado por el radar japonés, pero ningún tipo de alerta fue lanzada ya que el Alto Mando nipón consideró que una misión formada por uno o dos aviones debía ser por fuerza de reconocimiento y había que ahorrar carburante, no reaccionar, a aquellas alturas de la guerra. Poco más tarde el Enola Gay divisó territorio japonés y se dirigió hacia Hiroshima, su objetivo principal. Las favorables previsiones meteorológicas se cumplieron y un cielo de intenso azul recibió al aeroplano. Pasadas las ocho y diez de la mañana el comandante de la misión pudo localizar el objetivo visualmente y dar la orden de lanzamiento. A las 8:15 Little Boy cayó sobre Hiroshima, la primera bomba atómica que jamás haya sido usada con propósito bélico en la Historia. Murieron en el acto, carbonizadas, unas 140.000 personas. Los heridos y las secuelas radiactivas son incalculables. La potencia de la explosión fijó la hora de la muerte en los relojes de la zona devastada, marcados a fuego. Así debería ser siempre, los relojes de los muertos deberían morir con ellos.