Excerpt for Hans y las lluvias de Abril by Juan Iturralde, available in its entirety at Smashwords

HANS Y LAS LLUVIAS DE ABRIL

por

Juan Iturralde



Published by Literaturas Comunicación, S.L. at Smashwords

Copyright 2010 Heirs of José María Pérez Prat

Copyright 2010 Herederos de José María Pérez Prat

ISBN 13: 978-84-613-2340-1

Reservados todos los derechos de esta edición para Literaturas Comunicación, S.L.

Parador del Sol 9. 28019 - Madrid. Spain

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PRÓLOGO



Las lluvias de abril

flores le trujeron:

púsose guirnaldas,

en rojos cabellos.

Los que eran amantes

amaron de nuevo

y los que no amaban

a buscarlo fueron.

Lope de Vega



A un olmo viejo, hendido por el rayo

y en su mitad podrido

con las lluvias de abril y el sol de mayo

algunas hojas verdes le han salido.

Antonio Machado



Esta novela pertenece y se encuadra dentro de aquella alta estirpe de la comunicación lingüística que fue conocida como Literatura y que, como los dinosaurios en su tiempo, se extinguió a finales del siglo XX. La estirpe de Cervantes, Shakespeare, Sterne, Flaubert, Melville, Thomas Mann, Robert Musil, Kafka,, Faulkner, Virginia Wolf, Juan Benet, Canetti, Sánchez Ferlosio, Dürrenmatt y muchos, aunque no demasiados, otros. Una estirpe dedicada a trazar el mapa interior de la tradición humanista, los grandes ejes abstractos o concretos de la condición humana, los nudos de tensión entre las vidas individuales y una realidad social casi siempre hostil, ancha y ajena. Una tradición que la burguesía nacida del mercantilismo puso en venta y almoneda cuando el desarrollo interno de las leyes económicas sobre las que se asentaba y reproducía desterró, arrumbó y acabó con los ropajes humanistas, el Arte, la Cultura, el Altruismo, el Esfuerzo, que hasta entonces habían coadyuvado a la legitimación de su dominio para poner en claro descaradamente que su único y suficiente valor como clase era el beneficio económico libre ahora de las trabas que la herencia de la Ilustración venía representando. Aquella estirpe y aquellos dinosaurios que ya solo permanecen como material de merchandising para las ediciones dominicales de la Prensa y de los que si algún resto o eco de su existencia se quiere encontrar es necesario acudir hacia algunos aislados monasterios culturales donde todavía el dinero no es el único valor intercambiable, extinguidas ya la economía del don, la economía de la solidaridad o la economía de la igualdad.

Juan Iturralde, seudónimo de José María Pérez Prat (1917-1999), su autor, ni siquiera ha llegado a alcanzar un lugar señalado o de especial relieve en esos monasterios donde las minorías humanistas se han refugiado y donde dan cobijo temporal a cambio de algún óbolo a los burgueses nostálgicos que acuden a ellos en busca de distinciones estéticas como quien acude un fin de semana algún castillo feudal reconvertido en parador u hospedería rural. También entre las minorías existen rutinas y perezas que han venido impidiendo que Iturralde y sus obras ocupen el rango literario que por su calidad merecerían. Autor de una novela de largo aliento y recorrido, Días de llamas (ultima edición en Editorial Debate), que si bien ha venido mereciendo elogios unánimes en ocasión de cada una de sus reediciones, parece borrarse de la memoria estandarizada de nuestros historiadores de la literatura cuando se trata de hacer recuento de la novela española de la segunda mitad del siglo XX a pesar de tratarse de una de la mejores, cuando no la mejor, de las novelas escritas hasta el momento sobre la guerra civil española. Dos novelas cortas, El viaje a Atenas y Labios descarnados (de reciente edición por Editorial Viamonte) completaban hasta ahora su obra pública, difícilmente encontrable en este mercado donde fuera de lo que es acontecimiento y ruido mediático toda existencia es precaria.

La aparición de Hans y las lluvias de abril debería ser un acontecimiento para el mundo literario si el mundo literario no hubiera dejado de existir, transfigurado finalmente en mero escaparate de novedades al servicio de esa industria del entretenimiento que usufructa con abuso indebido la etiqueta de la extinta Literatura. Ojalá nos equivoquemos pero mucho nos tememos que así no sea. Acaso algún suplemento literario le perdone la vida y tenga así su folio y medio de gloria. En cualquier caso aquellos lectores que no hayan renunciado a entender un texto literario como una propuesta de conocimiento encontrarán en esta sólida narración el testimonio inmejorable de cómo una novela puede encerrar una lectura del mundo, de la Historia y de la vida.

Ya se sabe: toda narración es la historia de alguien que cuenta algo y quiere que le escuchemos, quiere que por unos momentos, unas horas, apartemos de nuestra conciencia el ruido exterior y oigamos esa voz que nos habla. No nos pide que no pensemos ni nos pide tampoco que suspendamos el juicio, al contrario, quiere que lo mantengamos despierto en extremo, abierto al argumento que nos propone, atento al proceso que la lectura pone en marcha para comunicar el texto que se lee con las otras narraciones que nos habitan y construyen: la propia biografía, la memoria de otras lecturas, nuestra visión y valoración del mundo. No sabemos cómo se llama ese narrador que Iturralde ha colocado entre él y nosotros. Sabemos que es alguien que vive en un manicomio, que escribe su historia para el psiquiatra jefe Sabazyus, sin saber muy bien si lo que cuenta es verdad, sueño, recuerdo falso o memoria verdadera. Sabemos que es él y es también otro: Hans, cuya voz le invade y cuya biografía, gustos, y valores comparte en alguna medida al tiempo que discrepa y se le opone. Otros pacientes le rodean sin que lleguemos a estar seguros de si sus existencias son reales en el propio código de la narración o si son también, como Hans, sombras desdobladas, fantasmas de un yo que se proyecta múltiple y único al mismo tiempo. Sabemos, porque el narrador nos lo dice y su voz transfiere esa credibilidad que, como al niño, se le supone al loco, que es neurólogo, que estuvo casado, que trabajó en centros de investigación durante el tiempo en que la ola del nazismo creció imparable en la Alemania de Hitler, que conoció y participó aunque fuera pasivamente pero como acompañante de la SS en las barbaries y crímenes de guerra, sabemos que sobrevivió gracias al disimulo, que actualmente lleva un centro de investigación sobre neurología en donde forma a futuros investigadores y que durante esta última actividad, a sus cincuenta y muchos años, se ha enamorado de la joven Frida – la primavera hecha carne – con una pasión de viejo en la que el deseo físico y emocional permanece agudo, vergonzante, e inquebrantable. Y él mismo nos va contando, entrelazando lo que supone recuerdos con escenas que tiene como reales, que ese yo que es y no es él, Hans, sufre también de amor por Frida, la que tiene cara de música de Purcell, es hijo de un campesino que se volvió loco un día de tormenta, tuvo una hermana que murió niña, mantuvo relaciones de afecto y sexo con su madrastra, amó la belleza de Frida y escribe notas que acaso sean el propio texto que el narrador nos va diciendo con esa voz en primera persona que se trasvasa sutil y eficiente a tercera para hablarnos de ese Hans que es, como personaje, mucho más que la segunda persona de una esquizofrenia.

Si como se dice las distintas pasiones que agitan el alma humana y rigen su comportamiento son siete: cuerpo, deseo, dinero, miedo, suicidio, poder, sentido, todas y cada una de ellas se hacen narración, acto narrativo, en esta novela que se mueve al respecto dentro de la misma órbita de La montaña mágica, El hombre sin atributos o Los hermanos Karamazov. Y en este caso las comparaciones ni son odiosas ni exigen disculpas porque ése es el registro de su ambición. Como las mencionadas, Hans y las lluvias de abril deja claro que a ese septeto de pasiones hay que añadir necesariamente una imprescindible si se quiere entender cuál es el desgarro del hombre contemporáneo: la razón. La razón como pasión. Como pasión también inquebrantable y por eso ésta es la historia de dos imposibilidades: la imposibilidad de dejar de pensar y la imposibilidad de dejar de desear. Y de su batalla y daño. Porque si el narrador se pregunta ¿por qué habríamos de prohibirnos lo que, en el peor de los casos, sólo podría hacernos daño a nosotros mismos?, la propia historia que nos cuenta parece tener vocación de respuesta: porque somos nos y somos otros y por tanto el daño propio se traduce en daño ajeno y ni en la locura ese ser en común se desvanece.

Pero ésta es también una novela sobre el amor, la primavera, la vida que no fue, sobre la nostalgia de eternidad y sobre el envejecimiento, ‹‹los estigmas de nuestro próximo envejecimiento». En clave del Fausto la novela de Iturralde se asoma una vez más a la tentación diabólica de no aceptar el ensañamiento con que la vejez anuncia el deterioro y la muerte y por ese camino se acerca al existencialismo sartriano. Una novela sobre el dolor que provoca el hecho, inquebrantable como la pasión, de que el vivir sea dejar de vivir. Sobre el tiempo que nos hace, nos deshace y ‹‹se divierte con nosotros».

Iturralde nace editorialmente en momentos en que la novela española está renegando del realismo y de toda escritura con voluntad de intervenir en las narraciones de la ‹‹polis» y eso puede explicar en parte su continua ‹‹no-recepción» a pesar del apoyo y el entusiasmo hacia su obra de escritores como Juan Benet que supo ver con acierto que el realismo del autor de Días de llamas era más un trampolín que meta de llegada. En Hans y las lluvias de abril la narración equilibra admirablemente la fuerza propia del detalle realista con el impulso hacia lo simbólico y en ese equilibrio la escritura de Iturralde resuena con ecos semejantes a la literatura de Juan Eduardo Zúñiga si bien la presencia medida de los momentos reflexivos recuerda la compostura intelectual de un Miguel Espinosa o, como señala Miriam Dauster en un breve estudio inédito de la novela, la ágil densidad filosófica presente en el mundo del suizo Friedrich Durremant y muy en concreto en su drama Los Físicos cuyo ámbito de acción transcurre no casualmente en un manicomio. Y no se trata de mencionar estos ecos de lectura para señalar imposibles influencias sino de trazar un posible mapa literario que oriente y avise al posible lector sobre las categorías literarias que va a encontrar en sus páginas.

A finales de los años ochenta el autor terminaba una primera versión de esta novela. No encontró por entonces adecuado interlocutor editorial para este proyecto de compleja ambición. Sabemos por su hijo Alejandro, responsable feliz de esta versión que hoy ve la luz, que aquel rechazo le creó desánimo y dudas desde las que volvió a trabajar la novela. Moriría sin verla publicada. Afortunadamente hoy podemos comprobar al leerla que José María Iturralde nos dejaba en herencia una historia que merece ser escuchada.

Constantino Bértolo



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NOTA DEL EDITOR



Los lectores que conozcan las obras de Juan Iturralde (1917-1999) publicadas en vida: El viaje a Atenas, Labios descarnados y Días de llamas, habrán oído hablar o leído alguna referencia sobre esta novela, Hans y las lluvias de abril, que ahora sale a la luz en Literaturas Com Libros, seis años después de la muerte de su autor. La desaparecida revista literaria ‹‹El Urogallo» llegó a publicar en el año 1987 un fragmento de la novela cuando el autor -mi padre- negociaba su publicación con una gran editorial. Sólo el editor o editora que tuvo entre sus manos el original conoce las razones de que no fuera editada en su momento. Sólo sé que mi padre, en un arrebato, destruyó parte del original, tuve que quitarle de las manos yo mismo los folios que estaba rompiendo...


No quiero entrar en los detalles de esta historia que resulta más bien triste, mi intención ahora es únicamente aclarar algunos puntos sobre la edición de Hans y las lluvias de abril, para que la novela sea leída con esta nota oportuna.


El texto que presentamos no es el mismo que el autor pensaba publicar. Cuando murió mi padre, encontré en su despacho, entre otras cosas, siete u ocho carpetas con distintas versiones de la novela. La más completa -ya que a todas les faltaban páginas- era la que aparecía fechada como la más antigua, por lo que deduje que debía de ser la primera. A ella me he ceñido para poder obtener, sin añadir absolutamente nada, un texto legible y mínimamente coherente. He tenido que completar algunos episodios con partes de otras versiones posteriores y no pude encontrar las paginas finales. Eso no es problema porque el final se intuye, además todas las novelas anteriores de Juan Iturralde tenían un final abierto.


Un editor me dijo cuando la leyó que en esta obra era más importante lo que se decía en cada pagina y cómo se decía, que el argumento en sí, es decir, que era más importante el continente que el contenido. Es mi opinión también y creo que aquellos lectores que hayan disfrutado con sus obras anteriores, no deben perderse ni una línea de esta última y póstuma muestra del ‹‹saber escribir» de Juan Iturralde.


Quiero mostrar mi más profundo agradecimiento a Esther Sacristán y al escritor Miguel Baquero por su inestimable ayuda a la hora de preparar el texto definitivo de la novela.


Alejandro Pérez-Prat



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HANS Y LAS LLUVIAS DE ABRIL



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Capítulo I


Debo comenzar reconociendo que no sé cómo ni por dónde iniciar esta historia. Y no porque crea, como hizo notar un novelista inglés, que una historia no tiene principio ni fin y que el narrador debe escoger de manera arbitraria el momento desde el cual ha de echar la mirada hacia atrás, sino porque mi problema es bastante más complicado que ese detalle de tecnicismo, pura frivolidad para un hombre que, como yo, se ha propuesto ser veraz y sincero y que no tiene ni las más elementales nociones sobre los trucos de los narradores de profesión.

Para empezar, sólo para empezar, confieso que no estoy seguro de que las cosas sucedieran como he llegado a aceptar que sucedieron y como, siguiendo mi propósito de veracidad, me propongo contar, si me lo permiten las circunstancias y la nada despreciable cantidad de ojos, oídos y manos que me vigilan en este lugar denominado Residencia-sanatorio Klug.

Pero mi chifladura oficial -que yo mismo soy el primero en reconocer- no es el obstáculo principal, aun con serlo muy importante. Tampoco lo son la escasez de papel, de plumas o bolígrafos y demás medios materiales que me escamotean para desalentarme en mi esfuerzo, ni mi inexperiencia y mis escasas dotes de narrador, ni siquiera los equilibrios que habré de hacer para que esta historia no se vuelva contra nadie y complique la situación todavía más de lo que ya está. El obstáculo más importante es el que ya he confesado. A estas alturas, o a estas profundidades, después de cientos de horas de reflexionar, de comprobar mis recuerdos con aquel a quien llamaré Asmodeus, justamente porque este es el nombre de un diablo, de reconstruir detalle por detalle mi vida y cotejar mis notas con los papeles de Hans, después de todo esto, digo, continúo sin saber si lo que pretendo contar sucedió como hemos llegado a determinar que sucedió o si, según dicen en las películas, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, o si, por último, no existen la coincidencia ni el parecido ni la realidad y se trata, simplemente, de una fantasía que nos hemos ido contagiando entre todos y que ha acabado tomando la apariencia del cuento que, según Shakespeare, cuenta un idiota, que sería yo en este caso. Hay momentos en que todo me parece tan verdadero y comprobable como mis famosas investigaciones sobre el papel del hipotálamo en las sensaciones de placer; más aún, lo considero tan viviente como los latidos de mi corazón y de una vena que suele hincharse en mi sien derecha, o como esa profesora de latín que pretende ser Inge, mi rubia y robusta esposa, y que se disfraza de enfermera para meterse en mi cama los sábados, cuando terminan las visitas. Y otros, que suelen coincidir con los días en que el psiquiatra me anuncia que ya ha comenzado mi recuperación, en que todo lo veo como una secuencia de alucinaciones que empezó en nuestra infancia, que siguió durante muchos años, que se agravó en los dos últimos cursos académicos y que al fin, acabó enredándose, enmarañándose, espesándose como una salsa mahonesa, cerrándose sobre si misma y aprisionándonos a Hans, a mí y al rostro que era el centro de todo, un rostro que parecía haber salido de las manos insuperables de un maestro y que, además, estaba reclamando bajo su barbilla una gasa o unas cintas sujetando un gran sombrero como los que Reynolds o Gainsborough acostumbraban colocar a sus modelos, pero al que una melena de muchacho devolvía a la vida contemporánea desde las elegancias almibaradas de las damas inglesas del siglo XVIII.

Este rostro cambió a Hans y también me marcó a mí y a Asmodeus, el cual, sin consentimiento de la interesada, intentó perpetuarlo con una Contax con objetivo uno por uno, aunque a causa de la precipitación se olvidó de accionar la palanca de arrastre de la película y solamente salieron un pequeño mechón de pelo castaño y una ceja, fina como un trazo a pluma, y aun esto superpuesto, como en un transparente, a los pinos del Rheinardswald y el Kaufunger que destacaban sus verdes sobre ese cielo desvaído de nuestros veranos y, encima, a las manchas de unas ovejas ridículamente desnudas y flacas, porque estaban recién esquiladas, que pastaban en una ladera con un castillo al fondo, creo que el de Tanenberg, en el que parecía que el sol se disponía a pernoctar hasta el día siguiente. Sólo conociendo este rostro como lo conocíamos y sólo sabiendo que Asmodeus había disparado cuatro veces sobre dos exposiciones, podíamos identificar la ceja y el mechón y reconstruir el resto de sus rasgos. Por cierto que no puedo olvidar el brillo de los ojos de Hans mientras intentaba describirlo para mí al día siguiente de que yo mismo se lo mostrara. Al principio, estaba tan impresionado y tan absorto en su contemplación interior que no conseguía terminar una sola frase. Y lo mismo me sucedía a mí, claro está.

Pensaréis que exagero si, después de lo anterior, continuo dudando de que sucediera lo que sucedió. A mí también me parece excesiva esta resistencia a creerlo, máxime cuando entre Asmodeus y yo podríamos llenar un fichero con todos los pormenores de mi historia -de nuestra historia-, con todas sus incidencias prosaicas, risibles a veces, enternecedoras, crueles, desoladoras. Tanta minucia, tanta insignificancia banal y, precisamente por ello, patética, pero de manera trágica, tanto sufrimiento y tanta felicidad alternándose, deberían acabar con mis reticencias y convencerme de que pasó lo que pasó, porque la realidad está hecha de todo eso, y de que no fue producto de una inducción provocada en mis neuronas cerebrales por medios eléctricos o químicos -como las que practicábamos en nuestros experimentos para calcular la velocidad de conducción de los impulsos- o de una inhibición de mis células sensoriales frente a la realidad que ha acabado aislando mi cerebro, nada desdeñable, por cierto -sépanlo desde ahora- pues a mis cincuenta y muchos años tiene reservada ya una plaza de honor en el Museo del Hombre del palacio Chaillot debido a ciertas singularidades de su área visual. Debería acabar con todas las reticencias, he dicho, pero sigo teniéndolas y no disminuyen a pesar de que se van acumulando notas y más notas escritas, a partir de mis averiguaciones sobre Hans y sus cuadernos y tengo, o tenemos, para ser más exactos, un fichero que seguimos completando en un cuarto bastante silencioso que nos ha conseguido uno de los gorilas con bata que nos cuidan. Por su parte, el charlatán-psiquiatra, que cree en la psique y el soma como en dos entidades íntimamente unidas pero reales e independientes, ha dado su autorización a nuestros trabajos y condesciende a visitar el cuarto y hasta nos permite fumar, aunque con uno de sus más robustos gorilas al lado, porque Asmodeus es peligroso cuando sufre algún ataque. Y cada vez que le hablo de mis dudas, Sabazyus se quita la pipa de la boca y sonríe para Asmodeus, o me guiña un ojo a mí si cree que estoy contando cosas de Hans y no mías. Pero tan pronto como uno de los dos se aventura un poco más en la historia, se guarda la pipa y, pidiéndome permiso con una cortesía tiesa muy de aire prusiano -al menos para un bávaro como yo-, conecta un magnetófono para recoger la historia de Hans. Al final, el psiquiatra se levanta, estira con un claro designio exhibicionista sus dos metros de pedantería bigotuda y titulada, se guarda el magnetófono, se rasca la cabeza, la mueve de manera entre admirativa y reprobatoria y tiene la desfachatez de decir que en sus quince años de ejercicio profesional no se ha encontrado nunca con un caso tan ortodoxo y tan ejemplar, tan modélico para una clase de psiquiatría. ‹‹Y eso es lo que me resulta inexplicable, porque no hay modelos. En todo esto hay mucho más de lo que cuenta, señor mío. Y si es lo que estoy sospechando, no dice mucho en su favor.»

El galeno, a quien Asmodeus llama Sabazyus, abre la puerta y se va, el gorila nos contempla con expresión compasiva dentro de lo que le permiten sus limitaciones simiescas. Y nos encogemos de hombros los dos, no porque no hayamos entendido al medicucho sino porque seguimos dudando. Sí, aun a costa de ponerme tan insistente como el anciano con demencia senil que se pasa el día repitiendo ‹‹¡Ay, qué cosa más buena, ay qué gusto me da!», debo decir una vez más que no sé si lo que sucedió fue o no verdad y que ahora, con todos estos papeles ordenados y con los que aún me faltan por ordenar -y los que habré de escribir para fijar mis recuerdos-, he de añadir que mucho me temo que no llegaré a salir de dudas nunca, aunque ello no me sorprenda mayormente, ni les sorprenderá a ustedes cuando sepan que los dos, Hans y yo, hemos estado siempre tan sincronizados que parecía, no que pensáramos o sintiéramos a la vez por azar, sino que teníamos los mismos pensamientos, los mismos sentimientos, las mismas ocurrencias, idénticas euforias y parecidos baches de ánimo. En fin, los dos, que somos dos autoridades en nuestra especialidad, llegamos a la convicción de que lo más que se puede decir para definir la verdad es que es aquello que, entre tres, deciden dos que sea verdad. Cuestión de suma de testimonios, de número, de estadísticas sobre el resultado de experiencias o de observaciones.

A pesar de todo, incluso de mi formación científica predispuesta al escepticismo, creo que fue verdad, una verdad comprobada por la unanimidad de los testimonios, y que por eso estoy aquí, en esta Institución, con Asmodeus, con Sabazyus, con el gorila bondadoso, con el marica que se cree Sarah Bernhardt y el viejo que repite ‹‹¡Ay qué cosa más buena!» y con el recuerdo de un rostro que descubrí antes de que lo viera Hans pero que ha quedado mucho más unido a él que a mí, aunque no como aquél hubiera deseado.

Sí, fue verdad. Si no lo hubiera sido no podría recordar ese rostro, ni el tono de su voz cuando decía ‹‹gracias», o ‹‹por favor, por favor, un momento» o ‹‹de nada». Ya sé que no se oye con el corazón -lo sabe cualquiera, hasta Sabazyus, y no voy a saberlo yo que me he pasado años y años investigando los mecanismos de la percepción sensorial-, pero al evocar esa voz, o al oírla resonar en mí, musitada por un duende empeñado en torturarme con esa delicia o en darme placer con esa tortura, sucede algo en mi corazón que no tiene nada que ver con las reacciones normales frente a los sobresaltos de una emoción, o la aceleración para bombear sangre más deprisa, y que es más propio de ese otro corazón del que hablan los poetas para hacerle asiento del amor o del odio. Sucede que me duele este corazón que no es un músculo sino una expresión poética y que, por algún tiempo, sustituye para todo al que es tan sólo un músculo. Y por supuesto que a Hans ha de estarle ocurriendo lo mismo que a mí, pero con mayor intensidad, con tanta intensidad que me sorprendería que no estuviera llorando esas terribles lágrimas que no salen fuera sino en forma de resoplidos que son suspiros disfrazados.



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Capítulo II


En fin, ya es hora de que empiece mi historia y deje de divagar, extraviándome en el laberinto de Creta donde corro peligro de darme de manos a boca con el Minotauro, como suele decir Sabazyus. Dice esa pedantería pretendidamente chistosa cuando, a su juicio, me falla la coherencia en nuestras sesiones de terapia de grupo y mezclo en mi conversación a Hans con el que se cree un jugador de rugby llamado Ben Samuelson, al orangután con mi padre y al resplandeciente semidiós que es él, como todos los jefes de servicios médicos, con un actor de teatro que representaba el rey Lear con los mismos bigotes y la misma barba rojos que le enorgullecen.

Por cierto ¡qué sarcasmo es esto de la terapia de grupo! No se ha curado nadie con ella, no se establece entre nosotros la mínima comunicación que permita llamarnos grupo, ni él pone el menor interés en que se establezca y no serviría de nada que lo pusiera porque no hay quien sea capaz de hacer un grupo de nosotros. La cosa empieza siempre igual. ‹‹¡Señores! Señores, por favor, escuchen un momento… Usted también Moevius, apreciabilísimo asno libidinoso. Ha llegado la hora de nuestra sesión de terapia colectiva». Arrastramos las butacas de mimbre con un respaldo muy alto que hace pensar en el Sur de los Estados Unidos, formamos con ellas un semicírculo en torno al Minotauro-Sabazyus, nos miramos con prevención, nos volvemos hacia dentro de nosotros mismos, nos encogemos en nuestros pellejos y nuestros cerebros -de cuya estructura y funcionamiento sabemos Hans y yo todo cuanto se puede saber, o se podía saber antes de que me encerraran aquí- y nos convertimos en una especie de caracoles amedrentados. Sabazyus, que mezcla las ideas de la escuela alemana que inició Karl Jaspers con ciertas concepciones anglosajonas, se pasea delante de nosotros recorriendo el semicírculo y dejando resbalar su mirada por los seis rostros, los doce ojos, las doce manos, las doce rodillas, los doce pies; el viejo de la demencia senil inicia su ‹‹¡Ay, qué cosa más buena, ay qué gusto me da!» y le acometen tales temblores que se diría que se oye el ruido que hacen sus huesos al entrechocar; Asmodeus empieza a morderse los labios, pasa a morderse las uñas, los dedos, la carne de la palma de la mano en la que no consiguen hacer presa los dientes, que tiene tan blancos y perfectos que forman, con sus labios demasiado rojos, la bandera de Austria; Moevius, el onanista, se saca la mano del bolsillo y se la pasa por la cabeza rapada de adelante a atrás una vez, otra vez, otra vez, otra más, otra aún. ‹‹Por favor, estése quieto siquiera un minuto ¡Pero así no! No vuelva a meterse la mano en el bolsillo», ruge Sabazyus provocando un sobresalto general y un grito agudo o, más bien, un ¡ay! varonil con un agudo feminoide incorporado, proveniente del marica que se hace llamar Sarah Bernhardt. A continuación, cuando todavía no nos hemos repuesto, se lanza sobre el que está más cerca y suaviza la voz, confiriéndole una dulzura reposada que suele despertar la confianza de los novatos pero que nos deja fríos a los veteranos; le vemos encender un cigarro, sentarse en un taburete para estar todavía más alto y dice: ‹‹Vamos a ver, Herr Unkel, si mal no recuerdo usted tenía ayer un problema muy grave. ¿Por qué no nos habla de él a todos?».

Me he vuelto a extraviar cuando lo que me proponía era iniciar la historia de Hans. Creo que comenzaré, como me ha sugerido Asmodeus, recordando su amistad con Rudolf.

Rudolf von Manteufel, a quien sus profesores y condiscípulos llamaban Teufel, tenía más estatura de la que correspondía a su edad, un pelo casi blanco que le caía hasta las cejas, una delgadez como de galgo o de caballo de carreras que pregonaba una fortaleza fuera de lo común y una capacidad ilimitada para la maldad y las crueldades. Hans, hijo de campesinos acomodados, admiró desde el primer momento la soltura y la elegancia naturales de Rudolf Manteufel, sus trajes y sus chaquetas que parecían de cazador o de jinete y que hacían pensar en un príncipe que hubiera elegido el más sencillo de todos los uniformes imaginables para que todos sus súbditos comprendieran que nadie salvo el propio príncipe podía vestir con semejante sencillez. Más tarde, cuando fue descubriendo el repertorio infinito de sus ruindades y el brillo de sus ojos y la sonrisa de satisfacción, de regodeo moroso interior, que aparecían en su rostro, pasó de la admiración a un sentimiento perturbador, por lo complejo y contradictorio, en el que, según me confesó, había una mezcla por partes casi iguales de curiosidad insana, de fascinación, de afinidad inquietante y de odio, del odio santo que debió de sentir el caudillo de las huestes celestiales cuando arrojó a los abismos a su hermano rebelde. Y lo peor -reconocía, avergonzado como si fuera el culpable- era que este sentimiento se mantenía invariable a pesar de las salvajadas del otro, que en unos días que estuvo enfermo de gripe fue capaz de sacarles los ojos a todos los pájaros de la enfermería para que cantaran mejor, según explicó a los aterrados padres; o que, en otra ocasión en que capturó una ardilla, la roció con gasolina y le prendió fuego y disparó sobre ella con un tirachinas hasta que la derribó; o que aterrorizaba a los pequeños disfrazándose de fantasma con una sábana y una linterna, que solamente iluminaba los agujeros donde hubieran debido estar los ojos del aparecido, y hacía irrupción en el dormitorio gritando, agitándose, aullando como un lobo hasta que no hubo niño que no estuviera agarrotado por un ataque histérico de pánico; o que, lo que era infinitamente peor que todo esto, preparaba cualquier trampa diabólica y después acusaba a sus víctimas de haber sido sus verdugos. En fin, el catálogo de sus maldades no tenía limites en cuanto a cantidad ni a calidad y eran pocas, muy pocas, las que hubieran podido calificarse como simples travesuras, ya que el noventa y nueve por ciento cortaban la respiración. No puedo resistir la tentación de contar la peor, la más sangrienta, tanto real como metafóricamente. Un día de fin de curso, con motivo del reparto de premios y las solemnidades propias de aquellas ocasiones, con el jardín adornado de alfombras y jarrones con flores… Pero no vale la pena seguir, ni me siento con ánimos de recordarlo porque todavía se me revuelve el estómago y no sólo de indignación. En cambio, sí conviene reseñar que los reverendos padres castigaban a esta fiera con una moderación desusada para no granjearse la enemistad del conde von Manteufel. En cuanto a Rudolf, recibía los punterazos en las corvas o en las palmas de la mano sin rechistar, con los ojos amarillentos echando llamas y los labios distendidos por una sonrisa, como consecuencia de lo cual la admiración que sentía toda la clase por él crecía de tal manera que no volvieron a castigarle en público, y acaso tampoco en privado, aunque él afirmaba que los castigos eran en el despacho del prefecto y que asistían a ellos el rector, el padre espiritual, todos los inspectores y el profesor de gimnasia.

Pero si Hans admiraba a Manteufel, éste trataba a aquél de muy distinta manera que a los demás, no sólo porque nunca le hizo objeto de sus bromas feroces sino porque buscaba su compañía, su conversación y su ayuda en los estudios. Se les veía juntos, los dos altos, aunque Hans más que Teufel, los dos fuertes, aunque Hans más pesado y torpón, los dos rubios, los dos riendo o poniéndose serios a la vez, paseándose por los patios o sentados sobre la leña para las cocinas, hablando, escuchando, tomando notas en un pequeño block y proyectando alrededor de sí una barrera invisible que los aislaba. ‹‹Tal para cual», comentaban los condiscípulos, equivocándose de medio a medio, porque, salvo aquella confusa sensación de afinidad, no era ésta lo que les unía, sino el respeto mutuo, ya que Teufel, cuya inteligencia estaba a la misma altura que su maldad, comprendía que Hans era tan singular como él en otro estilo completamente libre de la perversión que le era consustancial pero no de cierta sombras que aumentaban su atractivo, y sobre todo, porque a los pocos días de llegar al colegio se enteró de lo que ya sabíamos los demás, es decir, de que el señor Hans padre estaba loco y hacía un año que había sido internado en una llamada casa de salud que sería, en realidad, un manicomio tan detestable como este, con su Sabazyus sutilmente sádico y sus enfermeros y enfermeras dispuestos siempre, sobre todo ellas, a hacernos sufrir sin necesidad, como si disfrutaran con nuestro dolor, nuestras resistencias, nuestros llantos, nuestros gritos, nuestras caras devastadas por el terror. En fin, el caso es que el hecho de tener un padre loco suscitaba la admiración de Rudolf, aunque no sé, ni ya podré saber nunca, si era porque el suyo estaba tediosamente cuerdo, por lo que la locura del señor Hans era algo que a él le faltaba y le hacía sentir esa envidia, irritante y comprensible, que siente un niño rico por la pelota de trapo o el palo que hace de escopeta de un niño pobre, o si se debía a otras causas más profundas que tenían un trasfondo supersticioso, con su dosis de temor, si es que un niño como Teufel hubiera podido tener temor alguna vez. En resumen, éste consideraba a su amigo, por lo que fuera, como a un igual, cuando no como a un ser que le era superior, tan superior que no necesitaba condado, ni partícula nobiliaria, ni trajes lujosos y modales de príncipe para respaldar su superioridad.

—Señores, la hora -anunció Sabazyus inesperadamente, retorciéndose el bigote con satisfacción.

Yo protesté, me hice el asombrado, el indignado, le insulté llamándole mercachifle, curandero, impostor, histrión de mierda, y no sé cuántas cosas más. Los otros, a excepción de Asmodeus, me miraban como si estuviera loco efectivamente, sin comprender que no era que hubiese perdido la noción del tiempo sino que quería que lo creyesen todos, en especial Sabazyus.

—¡Mierda! Si no hace ni cinco minutos que hemos tenido sesión para convencer a la Bernhardt de que su éxito de ‹‹Hernani» fue clamoroso. Y, por cierto, que de descarga y de catarsis colectiva, nada de nada. Es un camelo más de los suyos.

Sabazyus se soltó la punta del bigote y se llevó la mano al bolsillo de la bata sobre el que está bordada una S. Allí, sus dedos empezaron a teclear, mientras levantaba la cabeza y ponía su barba rojiza en posición casi horizontal.

—Querido doctor, sea comprensivo. ¡Y haga el favor de tenerme un poco de respeto! ¿O prefiere el tratamiento de choque con insulina?

Los dos gorilas de turno y la enfermera del carrito se habían acercado peligrosamente a mí.

—¿El shock insulínico? Usted está en la prehistoria de la psiquiatría o me quiere asustar como al viejo. ¿Se ha olvidado de quien soy?

El maldito sonríe y tengo la sensación de haber caído en una trampa, de haber dicho lo que él quería que dijera y yo no debería haber dicho. A duras penas puedo aplacar las oleadas que lanza el hipotálamo y que me empujan a cogerle por el cuello, tirarle de los bigotes, escupirle, insultarle. Él me mira con fijeza y me parece advertir que está percibiendo mi resistencia a las descargas. Decido huir, decido volverle la espalda y refugiarme junto a Asmodeus, que contempla la campiña desde uno de los grandes ventanales de la galería. Y entonces, oigo la voz diciendo ‹‹gracias». ‹‹Gracias», con una voz dulce, delicada, como lo suele ser la de las personas que convalecen de alguna enfermedad.

—Berzas, patatas, patatas, berzas. Kilómetros y kilómetros de berzas y de patatas. ¡Qué país! Patatas, berzas, cerdo, lúpulo, toneleros, fabricantes de Volkswagen, mercachifles… ¿Cómo pudimos llegar hasta donde llegamos? ¿Y qué falló, doctor? ¿Lo sabe usted?

Asmodeus vuelve hacia mí sus ojos bridados como los de su antiguo capitán, pero no hay en ellos la más leve sombra de una reiteración de su pregunta. En realidad, no espera mi respuesta ni me lo pregunta a mí ni a nadie, salvo acaso a sí mismo o a su Obersturnbanführer, ausente de este mundo terrible por las mismas razones que tantos otros. Yo rehuyo su mirada, sus ojos fríos, sus labios sangrientos, su cara demasiado blanca, sus mejillas sin barba que le dan un aire epicénico igual al que tenía su jefe, el Obersturmbanführer Rudolf von Manteufel, hijo del conde von Manteufel y compañero de colegio de Hans.

Berzas, patatas… Y también caminos entre los campos. Por uno de ellos se ven dos personas que avanzan a buen paso alejándose de nosotros: un hombre fuerte y no demasiado alto y una mujer con un vestido revoloteante, un cuello esbelto y una cabeza semejante a la de un niño que llevara el pelo demasiado largo.

—¿Quiere saber lo que falló, doctor? El ideal, la fe, el entusiasmo… Falló que solamente había un Adolf Hitler.

La mujer levanta un brazo, un brazo delgado y desnudo para recomponerse el mechón que le cae sobre la frente y que ha revuelto un golpe del viento que suele soplar a estas horas todos los días. Y yo me alejo, huyo, con la respiración alterada, aunque sé que no es Frida, a la que acaso no vuelva a ver en lo que me queda de vida.



* * * * *



Capítulo III


Recuerdo el día en que se volvió loco el padre de Hans como si hubiera presenciado el episodio porque el hijo me lo contó tantas veces que, salvo que a mí no me produce contarlo la misma delectacion que a él, podría repetir la historia sin omitir ni un solo detalle. Con el tiempo y las repeticiones, esos detalles se me han quedado tan grabados que, a veces, me permito rectificar su narración: ‹‹No, no empezó a gritar hasta que se acabaron los truenos y dejó de llover». Ahora mismo, me está diciendo, con ese vozarrón que emplea para hablar dentro de mí y que me atruena hasta que me duelen los tímpanos, que tengo razón, que no apareció en lo alto de la escalera hasta que dejó de tronar y de llover, porque la cosa era llamar la atención y aterrorizar a todos.

Fue un verano, cuando ya habían pasado dos años de su segundo matrimonio, pues el padre de Hans se casó con una muchacha del vecino pueblo de Krumbach que tenía el pelo negro como un español y unos ojos grises tan claros y una piel tan blanca como hubiera podido desear cualquier judío en conflicto con Rudolf von Manteufel y sus esbirros por problemas de genealogía. Al parecer, la madrastra se ganó la confianza y el afecto de mi amigo en cuanto cruzó la puerta de la casa porque no hablaba de ella más que para alabar sus atenciones, su delicadeza para con él y con Berta, la hermana pequeña, su belleza y su alegría. Y después, cuando Gertrude murió, al cabo de cuarenta años de vida en común y de veinte de matrimonio, continuó hablando de ella con nostalgia a pesar de que, por entonces, ya hacía meses que había enloquecido por Frida y, en mi opinión, estaba deseando que Gertrude muriera para que se acabaran los sufrimientos de su enfermedad. Recuerdo que en una ocasión llegó a decir que su muerte le había dejado tan abandonado como un montañero entre las paredes de una garganta azotada por la cellisca. Y por cierto, esta comparación me lleva de la mano a recordar su afición al montañismo de la que yo no participaba con igual entusiasmo porque siempre he sentido un vértigo exagerado, con temblores y presión en el epigastrio, y porque, desde el punto de vista moral, este deporte me parecía tan reprobable como las corridas de toros o las peleas de gallos. Pero Hans no pensaba lo mismo y me decía que no veía el motivo de la amoralidad o inmoralidad de su afición. ‹‹La vida es una sucesión de desafíos y no hay mayor placer que salir triunfante de ellos», solía decirme cuando me aventuraba a convencerle de que dejara en paz al Matterhorn o al Zugspitze. ‹‹¡Por favor! No me hagas discutir diciendo las mismas simplezas que tú. En la vida no puedes eludir los desafíos mientras que en tu maldito deporte… Masoquismo, nada más que masoquismo». Hans se quitaba la pipa de la boca, dejaba de revisar los chismes de montañero, soltaba una risita de muy mala gana y me contestaba, con la voz enronquecida por los esfuerzos que hacía para no dejarse llevar por la irritación, que me olvidara de la moral y de mis inclinaciones a la predicación y que disfrutara de la vida a pierna suelta. ‹‹Bueno, ya puedes suponer que no quiero decir que nos esté permitido todo» -aclaraba, innecesariamente, para añadir en seguida, con un fervor fanático muy alemán, que por qué habríamos de prohibirnos lo que, en el peor de los casos, sólo podría hacernos daño a nosotros mismos. Y yo, irritado también por su capacidad para dominarse, replicaba, con una buena dosis de hipocresía, que el hombre no está nunca tan solo como para que el daño que se haga a sí mismo no alcance a otros también. Entonces, Hans, soltando una carcajada que parecía sincera y mirándome con una ternura más conmiserativa que tierna, me decía que siempre sería un idealista y un romántico incorregible y que él no creía que su muerte fuera a cortarle la digestión a nadie. ‹‹Salvo a Gertrude y, un poco también, a ti. Pero tú eres bastante yo y Gertrude es una mujer de hierro». Y volvía a sus cuerdas y sus piolés, mientras yo, pasado el halago del parangón, más por la intención que porque fuera en verdad un halago decirme que era como él, me dejaba llevar por el desencanto al comprobar que, a pesar de sus singularidades, era víctima de la tendencia a prescindir de su lucidez cuando chocaba con algún sentimiento, como el del orgullo y la satisfacción, por igual pueriles, de haber salido vencedor de un desafío que era tanto más incitante cuanto mayores fueran las dificultades y en el que había, a mi juicio, tanto de suicidio como de lucha verdadera. Pero ahora sé que no se trataba de un desafío ni de la satisfacción del triunfo gracias a la destreza y la serenidad; ahora sé que no iban las cosas por el lado de la idiosincrasia corriente entre los montañeros sino por el de un rasgo o componente de su carácter mucho más misterioso y profundo -y acaso no registrado por él, aunque era dado a la introspección- y que la cordada y el Matterhorn o el Jungfrau eran una especie de sucedáneo con el que pretendía aplacar los impulsos de ese componente, el cual tampoco era soberbia o, al menos, la soberbia que suelen tener las personas de valía, sino otra soberbia más exacerbada que hubiera sido enfermiza en cualquiera que no hubiese sido el propio Hans.

Y ahora aprovecharé esta disparidad en nuestras aficiones para decir que era la excepción, la única excepción a nuestras similitudes. Con el tiempo, con los treinta años largos que pasaron desde que nos conocimos en la Universidad de Berlín hasta que nos separamos a raíz del episodio de Frida Berstein, la Gretchen que trastocó nuestra existencia, se creó entre los dos esa compenetración de que ya he hablado y que era similar a una simbiosis tanto mental como de sentimientos. Los años de convivencia a todas horas, desde que nos levantábamos hasta que nos acostábamos, con frecuencia en la misma habitación, de estudios simultáneos y simultáneos éxitos y fracasos, de cambios de residencia, de vida -en especial de la relativamente tranquila de dos estudiantes en los comienzos de la ‹‹peste parda», hasta la terrible de miembros de una unidad de defensa antiaérea en Hamburgo-, fueron introduciendo en el uno las ideas del otro, y viceversa, y también, las simpatías y las aversiones, los deseos y la forma de hablar y de vestir, los gustos en las comidas, hasta la preferencia y la lealtad hacia un tipo determinado de mujer -lo cual no dejaba de ocasionar tiranteces-, hasta las variaciones en nuestras ideas políticas que tuvieron su periodo de fervor juvenil en la social-democracia de la república de Weimar, su fase de fingido apoliticismo en los años negros y su retorno a un marxismo templado con influencias de la Escuela de Frankfurt, en especial de Adorno. Tambien nos unía el entusiasmo por la música y, precisamente, por un tipo de música que pudiera llamarse visceral -si cabe admitir que exista alguna música no visceral, salvo tal vez la de Bach y esa horrible colección de estruendos sincopados que es para mí la llamada música dodecafónica- con ribetes de romántica, esa música insidiosa, demasiado expresiva de sentimientos o, en general, de estados de ánimo, demasiado semejante a una confesión de interioridades que se debían callar pero que se exhiben con el falso pudor de un lenguaje falsamente enigmático, de esa música, en fin, que a pesar de mis reticencias en la materia -por lo que, a mi entender, tiene toda la música de irracional- ha llegado a ponerme la carne de gallina y a humedecerme los ojos, con el consiguiente bochorno ante el espectador implacable que llevamos dentro casi todos, o por lo menos yo y el propio Hans, aunque no Frida Bernstein, acaso por su juventud, acaso porque era tan espontánea y tan natural que bien podía decirse que no tenía interioridades ni escondrijos sentimentales.

Ahora caigo en que aquí había otra disparidad. Quiero decir en nuestra distinta valoración de la música que a mí se me antojaba inventada para acompañar las orgías de todo orden -incluido el que se podría llamar intelectual si no fuera porque sería ofender esta tan importante como inútil facultad del espíritu- a que se lanzaron los de la ‹‹peste parda» y que a él le producía arrobos impropios de una persona de su talento y su claridad mental. Fuera de estas dos disparidades, que tenían entre sí un claro parentesco, la verdad es que no cabían más semejanzas entre dos personas. A lo largo de nuestras relaciones hubo momentos en que los dos nos levantábamos a la vez para salir de la cervecería, a pesar de que no habíamos concluido nuestros bocks, o nos reíamos a la par de algo que, después, comprobábamos que era lo mismo, o iniciábamos una conversación con las mismas palabras. Creo que hasta llegamos a parecernos físicamente, como es fama que acaban pareciéndose entre sí los matrimonios bien avenidos al cabo de los años. Yo tengo los ojos más grandes y más oscuros y un tanto saltones, y él los tenía más claros y más hundidos y, por lo tanto, más pequeños; mi nariz es menos fina y mi cara más pesada, pero él, en cambio, tenía una sotabarba en la que crecieron unas barbas tan estruendosas como las del Minotauro-Sabazyus, aunque después las dejó reducidas a una barbita a lo Mefistófeles, tal vez para dar la sensación de que era más joven, tal vez porque se lo insinuó la propia Frida. Pero, pese a estas diferencias, los ojos de Hans son castaños, del mismo tono ramplón que los míos, la nariz prominente y un tanto aguileña, el color de la piel tirando a rubicundo pero no encendido, el pelo acerado con reflejos de cobre, los labios firmes y finos, un poco más fino el inferior, la estatura casi igual y la corpulencia semejante, un poco más esbelto Hans que yo. Sí, realmente nos parecíamos de una manera asombrosa, aunque jamás nos confundieron, lo cual me hace pensar que los únicos que advertíamos nuestro parecido éramos nosotros dos, aunque no se me ocurre ninguna explicación, salvo la de que no veíamos nuestros físicos sino nuestra manera de pensar y nuestras afinidades intelectuales y sentimentales, y esta explicación se me antoja demasiado obvia por una parte, y demasiado idealizada y traída por los pelos, por otra. Tan poco me convence que, ahora, con cierta perspectiva temporal, no estoy tan seguro de que este parecido fuera tan grande ni, menos aún, de que existiera antes de que Frida Bernstein, con su rostro de música de Purcell, como decía él, irrumpiera en el aburrimiento de nuestras estériles investigaciones. Tuvimos que afrontar unidos los embates de la ‹‹peste parda», las escaseces de la postguerra, las desnazificaciones -que acabaron con los grandes pero que dejaron en su sitio a otros casi tan grandes-, la vuelta a nuestras investigaciones sobre el cerebro y el sistema nervioso, hasta la aventura más importante en el otoño vital de Hans, y también en el mío, que fue la historia con Frida. Todo esto es verdad pero lo que nos hermanó, lo que nos convirtió en algo todavía más unido que dos gemelos homocigóticos, lo que hizo de los dos uno solo con esporádicos desdoblamientos, fue Frida que nos hizo renacer con su encanto y a mí, además, separarme de Ingeborg a pesar de que nuestras relaciones fueron excelentes todo el tiempo que pueden serlo unas relaciones conyugales en las que abundan más los diálogos de sobremesa que otras actividades más apetecibles. Y no es que el atractivo que ejercía sobre nosotros Frida se tradujera en el afán de poseerla, como sucedió con otras mujeres, entre ellas Gudrum Schönebrust, la ‹‹strip-teaser» de Frankfurt que rebosaba alegría y sexualidad y hacía el amor casi a carcajadas, y la propia Gertrude. Frida no era espectacular, no tenía nada de eso que se llama ‹‹sex appeal» como tenían Gudrum o la misma Gertrude, cada una en su estilo, pero tenía otra atracción más sutil que no se limitaba al placer que producía mirarla, un placer semejante al que se experimenta delante de un cuadro o una estatua o un paisaje, pero sobre todo, semejante al de un cuadro y, en especial al ‹‹Joven con violín de gamba» de Verkolje, porque la cara de éste tenía ciertos rasgos de la de ella, como la particular densidad de los párpados superiores, el oscurecimiento y la espesura de las pestañas que, de vez en cuando, producían una cierta dureza intensa en su mirada, una expresión entre reservada y distante, debida a la posición de su rostro y una gran semejanza entre el color del pelo, aunque el de Frida era más oscuro y lo llevaba bastante más corto que el joven y ya desaparecido músico.

No sé si he dicho que fui yo quien descubrió a Frida y debo añadir que por este solo hecho he venido sintiendo desde entonces -como sabe muy bien el propio Hans, ya que no hay frontera de ningún tipo entre los dos- una amargura desencantada, como si haberla visto antes que él me hubiera dado algo así como un derecho preferente sobre su imagen, sobre su atractivo, incluso sobre ella misma, aunque supe muy pronto que no era mujer para reconocer derechos a nadie y que, por lo tanto, no me hubiera servido de nada hacerlos valer. La vi al entrar en la reunión que íbamos a dedicar a horarios, distribución de alumnos, selección de auxiliares, fechas y lugares de los seminarios y las conferencias y otras rutinas por el estilo que, al final, olvidamos todos porque alguien dijo algo sobre el último acto de terrorismo de un grupo llamado Fracción Roja del Ejercito de Liberación, o Fracción Armada del Ejercito Rojo, o lo que fuera relacionado con Baader y la Meinhoff. Por unos segundos, los que tardé en cruzar el gran hall por su parte más estrecha y los que pude mirarla mientras duró este trayecto, percibí una cara singularmente delicada inserta en el marco de una capucha que tenía un reborde de piel de cordero y que dejó en mi memoria dos rasgos, los mismos que podían distinguirse en la foto de Asmodeus: el moldeado de la frente y la barbilla y el trazado de las cejas. En seguida, comenzó la reunión y no pude hacer participe a Hans de mi descubrimiento como habría sido mi propósito. Los horarios, las listas de auxiliares, la elección de las pruebas para seleccionar colaboradores en la investigación, el problema de los alumnos que eran cada curso más numerosos y menos manejables, los ciclos de las conferencias que daríamos cada profesor a lo largo del curso. A través de todo ello, pasaban y repasaban la frente, la barbilla y las cejas, dibujadas con un trazo firme de pintura china, y la capucha del duffle-coat. Y en una de estas ausencias sonó un ruido semejante a un disparo y, tras unos momentos de silencio expectante, uno de nosotros habló del atentado, de Andreas Baader y Ulrika Meinhoff que habían ido demasiado lejos, de las reacciones histéricas de la gran prensa y de Franz Joseph Strauss y su C.D.U. que empleaba un tono insidioso espolvoreado de consignas de delación, clamaba pidiendo el castigo inexorable de los terroristas, atacando a los intelectuales que, simplemente, trataban de descubrir las razones del terrorismo en algo más consistente que la locura o la ‹‹Krankenseele» de los culpables. Nosotros los viejos, los mayores de cincuenta años, temíamos un resurgimiento de algo muy semejante al pasado, no tanto porque hubiera razones objetivas para ello como porque el recuerdo nos cegaba y nos inducía a interpretar los acontecimientos como si, necesariamente, fueran lo que tanto temíamos que llegaran a ser. Sentíamos todos algo así como el silencio y la tensión entrelazados que preceden a una matanza, a uno de los varios pogroms que habíamos presenciado la mayoría y que solían extenderse y contagiarse como el cólera en la Edad Media. Los viejos, escépticos ya para siempre, no nos sentíamos estafados por la historia y por nuestros tantas veces inmotivadamente bendecidos enemigos; éramos desde muchos años atrás poco propicios al entusiasmo y muy pocos, muy pocos en verdad, habíamos creído que los aliados habían luchado por la libertad y la democracia. La sesión se levantó con el profesorado dividido en dos bandos; en el nuestro abundaban las caras graves, los ojos abatidos, los encogimientos de hombros que expresaban impotencia, los apretones de manos que recordaban las despedidas para siempre de los tiempos de la ‹‹peste parda». Nos subimos los cuellos de los abrigos, nos encasquetamos los gorros o los sombreros, nos pusimos los guantes y salimos a la calle empujando ante nosotros las nubecillas de vaho de nuestros alientos que desaparecían con el frío y nos inducían a temer que, con ellas, estaban desapareciendo también las insignificantes dosis de futuro tranquilo que nos esperaban. Y entonces, cuando Hans y yo estabamos haciendo el último ademán de despedida, apareció el rostro por encima del hombro de Klaus, sorteó a éste, se acercó a nosotros y pudimos ver, yo por segunda vez y Hans por primera, la cara circundada por el reborde de piel de cordero, las cejas que parecían trazadas a pluma con una maestría inigualable y los dos pómulos, salientes y delicados que rozaban la capucha del duffle-coat. Su mirada resbaló sobre mí, como sobre algo sin interés, se detuvo en Hans, pareciendo reconocerle, y en seguida, nos dio la espalda y se alejó hacia la parada del autobús.


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