CARTAS DEL NORTE
por
Luis García
Published by Literaturas Comunicación, S.L. at Smashwords
Copyright 2010 José Luis García Fernández
ISBN 978-84-613-2342-5
Reservados todos los derechos de esta edición para Literaturas Comunicación, S.L.
Parador del Sol 9. 28019 - Madrid - España
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PRESENTACIÓN
El lector constante
Luis García es un fino lector que ha sabido hacer de la afición devoción. Los devotos de la lectura suelen acabar hablando o escribiendo sobre lo que leen, aunque sólo sea para justificar la visita a nuevos libros. El verdadero patrimonio de un escritor es, según Borges, el potencial de sus lecturas, que siempre está ahí, a mano, con su inquietante poso de historias de vida callada, esperando su momento. La magia de la lectura es tan misteriosa que uno nunca sabe cómo llega a ese club y una vez instalado no quiere salir. Luis García lleva años siendo socio honorario del club y acostumbra a ofrecernos sus opiniones aquí y allá, bien en forma de artículo, bien en el de reseña. Fue en el suplemento La Mirada, de El Correo de Andalucía, donde, creo, comenzó a publicar sus primeros trabajos. Allí mantuvo una sección titulada Cartas del Norte que es de donde le viene el nombre a este libro. En dicha sección sacaba artículos literarios de cuidada factura, pero lo que más publicaba entonces eran reseñas, y no precisamente de encargo sino sobre obras que de alguna manera le habían impresionado y quería dejar testimonio por escrito. Recuerdo libros de Julio Llamazares, Cristina Fernández Cubas -junto a Luis Landero, una de sus pasiones- Álvaro Pombo, José María Merino, José María Guelbenzu, Antonio Muñoz Molina, Augusto Monterroso, Julio Torri, Álvaro Mutis, Truman Capote, Margaret Atwood… Nada le era ajeno; lo hispano, lo hispanoamericano o lo anglosajón. Firmaba entonces como Luis García Fernández, después lo haría, más escueta y familiarmente, como Luis García. De aquellas cartas publicadas en el discreto suplemento sevillano, se recogen aquí tres: «Círculos literarios: algo más que un club», «Azucarillos literarios» y «Julio Torri; un autor desconocido». El artículo de Luis García entra dentro de lo que los viejos preceptistas denominaban como «estilo ameno», queriendo señalar con ello que el artículo periodístico ha de regalar de forma agradable el oído, sin llegar a convertirse en lo que Doña Emilia Pardo Bazán denominara tan plásticamente como «merengada», y es que el edulcorante cuando se usa con largueza puede empalagar. Estos aquí seleccionados evitan, con mano amena y moderada, el riesgo, superando con creces la prueba del azúcar que en materia periodístico-literaria no es hoy moco de pavo. El acento, sin desdeñar la información, se pone en la opinión, evitando siempre la arbitrariedad, esa enfermedad hermana de la vanidad y amiga del ego desmesurado (colosal, que diría Pla) tan común en el gremio. Si por algo destacan los artículos de Luis García es por el aliento pedagógico y el afán didáctico que los envuelve. Dicho aliento se propicia por una frase llena de alusiones explicativas, abundancia de sintagmas digresivos y una sutil red de oraciones circunstanciales que, sin embargo, no llegan a cansar ni desdibujan el conjunto. Hable de lo que hable, a Luis García siempre le anima la pasión por la lectura y el amor a la literatura; dos buenos guías, sin duda, para todo escritor si no deja que se desboquen como los potros jóvenes a los que se les da rienda suelta. El resto lo pone el oficio, el trabajo diario ante la página en blanco. Aquí los guías llevan buen bocado, la rienda es corta y el oficio tiene sólidos fundamentos y un tiempo por venir que, presumimos, largo y generoso.
José Luna Borge
Sevilla, Otoño2005
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CARTAS DEL NORTE
Círculos Literarios: algo más que un Club
En el peculiar e histriónico mundo de la literatura, surgen a veces iniciativas más o menos novedosas que no por inverosímiles llegan a materializarse de muy diversas maneras. Todos deberíamos recordar aquí la ingente labor de un insigne escritor, músico e inventor que, llamado a revolucionar con sus artes los entresijos culturales del París de la posguerra, habría de pasar a la leyenda de los inmortales merced a sus obras, su música o a las fehacientes labores en las que se encontraba inmerso en aquel entonces. Todos deberíamos recordar, y por qué no, reivindicar con fuerza el buen quehacer literario de Boris Vian y una de sus obras más preciadas, La espuma de los días, auténtico manifiesto revolucionario en el que ya se apuntaban los principios programáticos de un selecto «club cultural» denominado «El Instituto de la Patafísica», del cual el propio Vian llegaría a ser junto a tantos nombres ilustres de nuestro siglo, caso de Raymond Queneau, Joan Miró, Marcel Duchamp o René Clair, sátrapa mayor para mayor gloria y honor del resto de los mortales. Boris Vian no fue sólo un escritor-músico-ingeniero y ocasional traductor. Fue la esencia misma de que el surrealismo, tal y como lo habríamos de estudiar en nuestras escuelas, era posible mucho más allá del manifiesto de Bretón, de las imágenes de Buñuel o de la memoria de Dalí. Boris Vian fue el inventor o creador, según se mire, de los «surprise-parties», rebautizados posteriormente como «tarte-parties», especie de fiestas o «alter ego» de las tertulias literarias del momento, en una de las cuales, por ejemplo, habría de tener lugar la ya famosa ruptura entre Camus y Merleau-Ponty, a la par que Sartre intentaba calmar los ánimos de los susodichos ajeno totalmente a los quehaceres culinarios que el propio Vian practicaba con Simone de Beauvoir.
Me viene esto a la memoria, (lo del Instituto de la Patafísica, se entiende, «Único Colegio que no se Proponía Salvar el Mundo», en clara contradicción con el Instituto de la Metafísica) porque recientemente he tenido la oportunidad de releer un libro que, editado por Tusquets y apadrinado por Luis Landero, sentaba los principios de otro insigne «Círculo Literario» aquí en nuestro país: «El Círculo Cultural Faroni». El libro, una selección de setenta y ocho relatos hiperbreves provenientes de las tres primeras convocatorias del «Premio Internacional de Relatos Hiperbreves», premio entre cuyas bases figura el que ningún relato debe de superar las quince líneas, no es sino la obligada manifestación artúrica de aquellos que inconscientemente hicieron de la escritura una convulsión transgresora de la realidad, de los excesos y de los necesarios imprevistos del fin del II Milenio. Conviene aquí hacer un paréntesis y decir que el «Círculo» nació al calor de Faroni, «Quijote mediático» del siglo veinte y acertado personaje, quizás alter-ego, de su creador, Luis Landero, en la novela Juegos de la Edad Tardía. Pero no vamos a hablar de Luis Landero o su obra, ni mucho menos de los honorables fines de tan peculiar «Círculo Cultural». No vamos a extendernos en un análisis concienzudo de los relatos (algunos verdaderamente magistrales) que se exhiben en el libro Quince líneas, ni tan siquiera a recomendárselo como lectura obligada para superar la depresión. No. Tan sólo he querido sacar a colación la existencia del «Club» en clara contraposición a otras antologías de relatos, para demostrar que a veces hace más el deseo de querer transmitir algo que la certidumbre de sentirse como un todo pasajero, lejos de cualquier otra indagación metafísica. El «Círculo» nació como tenía que nacer, según sus propios fundadores, en la trastienda de una pajarería de la calle Maudes de Madrid, al igual que «El Instituto de la Patafísica», me figuro que nacería al calor de algún cafetín del Barrio Latino parisino. Pero lo que sin lugar a dudas queda demostrado para todos aquellos que aún alimenten la sensibilidad con la lectura, es la inexcusable relación que se establece entre ambas entidades. Como Luis Landero reconoce en el prólogo a tan peculiar antología, jamás podría pensar que un personaje de novela, o mejor dicho, que un personaje nacido de la imaginación de dos personajes de novela, Faroni, pudiera desembocar en tan curioso desenlace. Lo que son las cosas. Rozando la inverosimilitud, alguien podría pensar que tal desviación no podría ser posible, precisamente por atentar contra uno de los principios sagrados de la creación literaria. Pero he aquí que unos mozalbetes, estudiantes de Filología, abogados, funcionarios o toreros, se encargan en la obra Quince líneas de echar al traste con toda una tradición literaria, que por más que lo neguemos se remonta hasta la época de Aristóteles.
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Dos hombres, dos nombres
Johann Wolfgang Goethe trazó una «W» sobre la manta que lo arropaba poco antes de morir y casi cien años después, Orson Welles pronunció unas enigmáticas sílabas en su lecho de muerte, las de un nombre que a su vez había sido utilizado por el propio director de niño para bautizar el trineo de su infancia.
¿Coincidencia de dos genios o grotesco destino? ¿Conocía Welles los avatares que rodearon la muerte de Goethe? Es posible que sí, que el magistral director fuera conocedor tanto de la vida como de la muerte del genial poeta y dramaturgo, así como de las eventualidades que rodearon su imagen. No en vano, el carácter monolítico, estático y solemne del «padre» de Werther, a decir de Ortega y Gasset, podría perfectamente firmarlo la personalidad del «padre» del cine moderno. Ambos descubren en sus obras a personajes brillantes y vitalistas, marcados por su nacimiento y por la instrucción que habrían de recibir en su juventud. Ambos sabían y eran conscientes de ser unos genios y como tales se aceptaban. Cada uno en su disciplina, provocaron la perenne fascinación de ser excepcionales en todos los sentidos, ya que para un genio las cosas suceden de una forma fluida y suele dar por sentado su inmortal condición desde su propia naturalidad. Fueron surgiendo de esa manera obras como Penas del joven Werther, conjunto de escritos que a pesar de no haber sido configurados en un principio por Goethe como un todo integral indivisible, en 1774 aparecieron como novela, y Ciudadano Kane, paradigma del cine contemporáneo, tanto por la temática que desarrolla como por la ejecución de sus planos en donde Orson Welles desborda maestría y oficio como pocas veces se había visto hasta entonces. La obra de Goethe, que vería prohibida su difusión en España por ser considerada «análoga a otras recogidas y condenadas por el Santo Tribunal de la Inquisición», debe su éxito a haber sabido conjugar como pocas la sensibilidad y el talante de una época marcada por el desarrollo de la Ilustración. Si al Cándido de Voltaire se le considera el símbolo filosófico-literario de una actitud ante la vida, Penas del joven Werther pasa por ser justo lo contrario, en definitiva «las sombras de la pasión» frente a «las luces de la razón», o por decirlo de otra forma, la lógica francesa frente a la candidez germana.
En cierto modo, el filme Ciudadano Kane está impregnado de idéntico romanticismo, algo que se ve desbordado en dos momentos de la película, dos instantes que coinciden con el momento clave en el que Orson Welles pronuncia la palabra sobre la que tanto se ha escrito. Mejor dicho, Welles la pronuncia en uno sólo de ellos, ya que en otro, lo que se visiona es un viejo trineo con dicha palabra grabada en su lateral consumiéndose por el fuego. ¿Qué mensaje quiso trasmitir el genial director? Es posible que nunca lo sepamos, de igual forma que desconocemos el verdadero motivo por el que Goethe a la edad de 26 años decide partir para Weimar, la pequeña ciudad en la que habría de residir el resto de sus días como cortesano, hombre de estado y poeta, que es como realmente nos interesa conocerlo.
No es Ciudadano Kane una película fácil de ver aún a riesgo de parecer lo contrario, como tampoco Penas del joven Werther parece a simple vista una obra de cómoda lectura. Si cabe, ambas fueron concebidas en su juventud por dos espíritus indestructibles que vieron pasar la vida como una exhalación a su lado. Sólo cuando Goethe, después de trazar con sus dedos una «W» sobre la manta que le cubría, posiblemente la inicial de su particular Prometeo, o la de la indestructible Weimar, muere en una mañana del 22 de marzo, y cuando Orson Welles escupe con dolor mancillado la palabra Rosebud sobre el objetivo de la cámara, uno tiene la sensación de ser partícipe inconsciente de un secreto que va más allá del inicialmente creado por sus ascendientes.
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Azucarillos literarios
A menudo, uno se encuentra en la vida como sin quererlo con toda una suerte de locales, los mal denominados cafés literarios, en los que aún resulta posible tomarse una taza de buen café, cuidadosamente aderezado con pastas, galletas y demás complementos pasteleros que se nos ofrezcan, a la par que mantener una agradable tertulia, que ya se sabe que la cultura y el cultivo de la poesía acostumbran a estar reñidas con el estómago vacío.
A menudo, repito, uno se encuentra con semejante pléyade de desconcertantes sitios, los más de los cuales acostumbran a disponer entre sus servicios con su correspondiente carta de «cafés» (angoleños, brasileños, portugueses, aromatizados, tostados en leña, etc.), y sus peculiares ambrosías entre nobles maderas y alguna que otra lisonja selectiva, cuidadosamente aderezadas las más de las veces con las voces de algún cantautor, de esos mal llamados de culto.
Supongo que es fácil reconocer llegado este punto a uno de los más selectos de cuantos haya dado nuestra geografía: el Café Gijón de Madrid. Un café tan castizo, para mayor gloria y honor de sus habitantes, como la ciudad en la que se asienta y al que de alguna forma se le considera como el paradigma de los cafés tertulianos. Allí, recuerdo haberme topado no hace muchos años, en una de mis escasas escapadas a la gran ciudad, con un sátrapa descafeinado venido a menos, uno de tantos a quienes les gusta ir de «Cronista Oficial de la Villa», COV, por aquello de dignificar tan noble oficio, intentando no se sabe muy bien si ligar con alguna acompañante veinteañera que perfectamente podría pasar por su nieta.
Tengo que reconocer que la idea que siempre había mantenido de un café literario estaba ciertamente alejada de lo que descubrí como por casualidad aquella hastiada tarde de domingo. Bueno, no fue por casualidad. Fui allí consciente de lo que me iba a encontrar y deseoso de endulzar mi paladar con una taza de café y con algunos versos que me hicieran olvidar mi lacónica dependencia de la cafeína. El Café Bretón, sito en una céntrica avenida del Logroño más postmoderno, tiene a bien ser el promotor de una curiosa iniciativa que no por novedosa resulta menos atractiva. Desde hace algunos años y me parece que van cinco si la memoria no me falla, se dedica a ser mecenas entre los mecenas y editor entre los editores. ¿Cómo? Muy sencillo. En los azucarillos que sirve con el correspondiente café (y me imagino que deben de ser muchos al cabo del día), se encuentran impresos por una de sus caras poemas, greguerías, o aforismos de diferentes autores, y por la otra un dibujo, una imagen alusiva también de algún ilustrador conocido o desconocido, que es capaz de sentir la literatura con la pasión necesaria como para dejarse imbuir por tan peculiar actividad. ¿Qué consigue con ello el Café Bretón? Por una parte llamar la atención de un neófito de la literatura como yo, y que consiguientemente me lleva a escribir sobre ello, y por otra, si se lo propusiera, podría hasta llegar a entrar en el libro Guinnes de los records, habida cuenta de que nunca una greguería de Gómez de la Serna o un poema de Foronda habrán tenido tanta difusión y habrán estado sometidos a tal volumen de ediciones.
Pero no son sólo los «azucarillos literarios» los encargados de llamar la atención a una exigente clientela deseosa de nuevas aventuras. También arropa una curiosa exposición de libros, que ya está bien de exponer fotos y cacharros de barro, entre los que se encuentran los propios editados al amparo de los sucesivos concursos literarios que bajo el nombre de «Café Bretón de novela» ha tenido a bien descubrir a autores selectos de nuestra literatura. Libros, cómo no, mezclados con otros propios de la tierra, de La Rioja, de sus gentes y de sus costumbres, todo convenientemente aderezado con carteles alusivos a las sucesivas «gestas literarias». En definitiva un templo para todos aquellos que de alguna manera amamos y sentimos la literatura como parte integrante de nuestras vidas. Siempre que mi camino se detiene en Logroño, y esto suele ser al menos una vez al año, procuro pasarme por «El Café Bretón» para poder engrosar mi particular biblioteca de «poemas azucarados». A veces, cuando siento la necesidad de deslumbrar a alguna chica procuro endulzarla con una taza de buen café y uno de los azucarillos mencionados.
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La secta
Tengo un conocido que recientemente publicó un artículo en un diario nacional en el que se sentía parte integrante junto a otros insignes colegas, Martínez de Pisón entre ellos, de una peculiar secta que se hacía llamar a sí misma como la de los congetianos, entendiendo por tales a los admiradores de José María Conget. Yo, que ni conocía ni había leído a dicho autor, no pude por menos que mostrar mi sorpresa y extrañeza por la confluencia en apenas siete días de dos recomendaciones similares, y ambas avaladas por dos de los más prometedores narradores de nuestra literatura. Pero cuál sería mi sorpresa cuando leyendo Una cita con Borges del propio Conget, recientemente editado por Renacimiento, me encuentro con uno de sus pasajes titulado «El final de una secta» en el que aludía a los mismos principios que llevaron a su admirador articulista a declararse congetiano. Se sentía José María Conget en esta ocasión ferviente admirador de Augusto Monterroso, y culminaba su tránsito por el capítulo reivindicando la existencia de la secta de los monterrosinos al margen de premios y oropelas. ¿Quiere esto decir que existió plagio de su admirador literario? Pudiera pensarse que sí, y en un primer momento así lo interpreté y se lo hice saber a mis allegados. Pero reflexionando sobre ello, llegué a la conclusión de que el plagio no existió más allá de la simple confluencia de una actitud vital a la hora de afrontar una vivencia. Bonilla, que no es otro que el autor del artículo sobre Los Congetianos publicado en su sección semanal «Las afueras», no hizo sino homenajear a quien de alguna forma consideraba como su maestro, si se me permite la expresión. ¿Y existe mejor manera de hacerlo que utilizando sus propias reflexiones?
Todos de alguna manera nos sentimos partícipes de alguna secta, no en vano la asunción de los postulados de un pensador, filósofo o escritor pasa, además de por asumir como propios los mismos, por sentirnos cómplices con los demás de dicha forma de entender la vida, y por qué no, la muerte. Sirve esto para ilustrar, tanto la anécdota de Bonilla como la del propio Conget a quien estoy descubriendo lenta pero satisfactoriamente, para incitar desde estas páginas a mi propia secta, que seguro que existirá: la de los seguidores de Saramago, el insigne Nóbel y uno de los escritores más denostado por unos y más admirado por otros.
José Saramago ha sabido desde su voluntario exilio, no el físico en Lanzarote, sino el interior, aquel al que deberíamos de regresar todos de vez en cuando para reflexionar sobre nuestra propia existencia, aglutinar y remover las conciencias de quienes le escuchamos y leemos. Porque La caverna no es sólo una novela: es La Novela, ahora que está tan de moda hablar del partido del siglo, la madre de todas las guerras o el concierto que nunca se habrá de repetir. La caverna es La Novela porque aúna entre sus páginas además de la facultad de contar, y bien, por cierto, la de formar, algo que se echa en falta en los escritores de este fin de siglo/milenio, excesivamente preocupados y enfrascados en batallas e intrigas palaciegas que poco o nada aportan al debate humano que debería de servirse desde las páginas de los diarios, y a la literatura en general. La particular batalla de Cipriano Algor contra el kafkiano y desconsolado Centro Comercial, paradigma productivo del Pensamiento Único, y la peculiar interpretación del mito de la caverna platónica, siempre es bueno rememorarlo ahora que los años de facultad comienzan a pesar en exceso, nos retrotraen a un tiempo que posiblemente ni fue mejor ni peor que el presente, pero cuando menos diferente, y sólo por eso susceptible de ser criticado. Porque sólo desde la educación en valores, que con el tiempo nos permitirá censurar con justicia lo que vemos, nos convertiremos en hombres libres.
Es posible, como algunos pretenden demostrar, que la tremenda equivocación de Saramago parta de que no ha sabido interpretar que los centros comerciales actuales son los ágoras de la antigüedad, las plazas en las que el pueblo se reunía a departir con sus vecinos. Es posible. Como también que Bonilla nunca tuviera la tentación de plagiar una idea o una frase de José María Conget. Es posible. Pero como todo en la vida, siempre estaría sujeto a interpretaciones. Y sinceramente, yo prefiero nadar contra la corriente, equivocarme cien veces y sentirme un hombre libre, que no nadar con la corriente a favor y no equivocarme nunca.