Allegro nada moderatto
por el Colectivo Cori Ambó
Published by Literaturas Comunicación, S.L. at Smashwords
Copyright 2010 Pura Simona de la Casa, Carmen Marzo Calleja, Ana Pérez Cañamares, Gloria Fernández Rozas, Antonio Paniagua, Adela Parrondo, Isabel Martín Cordero, Paloma Acebes, Juana María Muñoz, Carmen Marzo, Beatriz Martínez Manzanares
ISBN 13: 978-84-613-2338-8
Reservados todos los derechos de esta edición para Literaturas Comunicación, S.L.
Parador del Sol 9. 28019 - Madrid - España
http://literaturascomlibros.es
Smashwords Edition, License Notes
This ebook is licensed for your personal enjoyment only. This ebook may not be re-sold or given away to other people. If you would like to share this book with another person, please purchase an additional copy for each person. If you’re reading this book and did not purchase it, or it was not purchased for your use only, then please return to Smashwords.com and purchase your own copy. Thank you for respecting the hard work of this author.
PRÓLOGO
ALLEGRO DELL’ORTO
«Mi familia desconoce el arte de imaginar.
Supongo que eso nos protegió. »
Ana Pérez Cañamares
Uno de mis personajes literarios predilectos es Kilgore Trout, el viejo y gruñón escritor, alter ego extremo de su creador Kurt Vonnegut, quien, en una de sus más celebradas novelas, El desayuno de los campeones, le obliga a aceptar la invitación por parte de un filántropo multimillonario a protagonizar un homenaje literario dentro de un festival de las artes que el magnate financia. El huraño Trout, forzado a reunir parte de sus obras antes de emprender viaje al festival, rebuscará y rescatará algunos de sus miles de cuentos entre las tripas de una destartalada sex shop, dentro de revistas mugrientas e infectas, en cuyo olvidado contenido sólo miles de pervertidos y un potentado excéntrico podrían reparar.
Siempre he creído que mi carrera literaria sería como la de Kilgore Trout, y que en mis otoños últimos me vería obligado a hurgar entre revistas baratas y olvidadas para hacer acopio de lo disperso de mi bibliografía y comprobar si realmente alguna frase del conjunto merecía el tiempo perdido en redactarla. Durante varios años escribí por encargo relatos alegres para publicaciones tristes, de dudosa calidad, muchas de ellas rivales en los estantes del kiosco, por lo que me veía obligado a competir conmigo mismo, camuflado tras los pseudónimos más irreverentes, seguro de que ninguno de mis ocasionales lectores pajilleros vislumbraría los «elevados» guiños y referencias con los que intentaba dignificar ante mis propios ojos mi ignominiosa tarea de a tanto el renglón (estaba equivocado, claro: pajilleros somos todos y todos los lectores son dignos del mismo respeto y la misma complicidad; y -lo triste- ninguno de mis guiños y referencias era en realidad tan elevado). Sin embargo, pese al casi centenar de cuentos eróticos en cuya elaboración malgasté la mayor parte de mi juventud para alimento de cabeceras mensuales de lo más aborrecibles y, pese a todo, entrañables, jamás, en ningún momento, ni entonces ni ahora, me consideré un escritor erótico.
Seamos sinceros: hace falta tener mucho talento para poder considerarse un escritor erótico (o pornográfico, que para mí una cosa no existe sin la otra, aunque la otra sí pueda existir sin la una). Igual que por muchas ganas que uno ponga en desempolvar el viejo frac y la lira y por muchos tañidos y adjetivos rimbombantes que utilice, tanto gesto fatuo no le convierte automáticamente en poeta; o por muchos detectives y mujeres fatales que uno lance a la intemperie de las calles asfaltadas, eso no le hace un valioso escritor de género negro; igual, exactamente igual, por más pollas y coños (o vaginas y vergas, que aún hay clases) que uno plante en el huerto de su imaginario, el atiborre de sexos cosechados no le transforma necesariamente en un cultivador del erotismo. No en uno bueno.
Está claro que para que un relato erótico sea bueno debe despertar sensaciones eróticas. Se necesita mucho genio y connivencia con las palabras para erotizar al lector. Yo, reconózcolo públicamente, creo que jamás fui capaz de lograrlo. Amedrentado ante la imposibilidad de levantar suspiros -ya no digo gemidos- de placer, me alié con el humor, que es siempre un buen aderezo del erotismo, cuando no se abusa de él: sin embargo, en mi caso ahogaba con esa especia todo atisbo de sensualidad, transformando el género erótico en humorístico: si no se corren, al menos que se rían.
Y ahí sigo.
A continuación, el lector se verá enfrentado a un puñado de cuentos de muy diversa índole y catadura, en una compilación que resultó finalista de un reputado premio literario para obras eróticas. Cuando pienso en el Jurado del mismo, no puedo evitar imaginarme a viejos expertos y expertas escupiéndose en las manos justo antes de ponerse a leer los manuscritos, como quien engrasa la máquina que va a tener que funcionar a plena potencia si es que la materia prima cumple su función requerida: calentar motores. Asimismo, me alegra sobremanera que todos menos uno de los autores aquí incluidos sean mujeres: no por nada, ni siquiera por un mal desarrollado machismo a la inversa; sino porque nunca he dejado de sentir la molesta sensación de que excitarse leyendo las fantasías de otro hombre no deja de ser la versión sublimada de una homosexualidad tácita no declarada.
Sólo por la selección de temas que este desenfadado recorrido erótico (este ufano tour por la alegría de la huerta humana –o del «orto», en su sabio equivalente italiano-) propone y ensarta ya merece la pena su lectura, lectura que además implica una transgresión social per se: pederastia, incesto, bollería fina -y no tan fina- entre hábitos y desusos; necrofilia, paidofilia, tercetos, cuartetos y orgías; sexo «olímpico», sexo vulgar, sexo gay entre menores; sexo cotidiano, sexo fabuloso, sexo de fábula, sexo entre familiares o compartido en familia; sexo con fantasmas, sexo interracial, sexo entre colegas, sexo religioso, sexo con la Virgen María…
Y no se vayan (en su acepción orgásmica) todavía. Aún hay más.
Hernán Migoya
Barcelona, Junio de 2005
NOTA DE LOS AUTORES
Este libro es la consecuencia directa de una pertinaz sequía: la de la actividad amatoria que aquejaba a un grupo de escritores allá por el 99 del siglo pasado. Calor, tedio, nueve mujeres y un hombre alrededor de unas cervezas lamentándose hasta la extenuación de su nula vida sexual. Qué hacer, se preguntaban unas al otro, cómo pasar el bache. Las más desesperadas hablaban de acudir a los profesionales del sector, otras, escandalizadas, se decantaban por el tan sufrido onanismo. Echar mano del único representante masculino hubiera desatado, todas lo sabían, una competición de imprevisibles consecuencias.
Y, un buen día, los hados vinieron en su ayuda: la editorial Tusquets convocaba su premio anual de literatura erótica «La Sonrisa Vertical». Ahí estaba la solución. Si Julio Verne viajó a la Luna y al centro de la Tierra sin salir de su Francia natal, por qué no podían ellas sublimar sus ansias lúbricas desde la continencia más extrema. Ni cortas ni perezosas se pusieron manos a la obra, si se permite la frase, y salió este libro, fruto de la necesidad y de la cerveza recalentada por diez manos febriles.
Para sorpresa y alboroto del grupo, el libro quedó finalista del premio y el jurado, compuesto, entre otros, por Juán Marsé, Almudena Grandes, Luis García Berlanga y Eduardo Mendicutti, recomendó expresamente su publicación, recomendación que, por azares del destino y del proceloso mundo editorial, nunca llegó a realizarse.
VIVACE
Pura Simona de la Casa
Todo porque la primavera entró en la escuela de sopetón un día de mayo a las tres de la tarde.
Por culpa de su alergia al polen la maestra no había acudido a clase, así que pasamos la mañana cambiando los pupitres del aula de las chicas a la de los chicos. Estuvimos tan entretenidos que no escuchamos el ruido de los pájaros que anunciaban su llegada. También porque la primavera se cuajó al mediodía, tomó cuerpo en las solanas y se quitó la ropa para ir a la escuela.
La clase estaba atiborrada de mesas que llegaban hasta el armario de los libros y los mapas. Sólo había quedado un pasillo al lado de las ventanas por donde nos entraba el sol del poniente. A primera hora de la tarde, al maestro no se le ocurrió otra cosa que pasar lista como si no nos conociera. Entonces entró la Perica acompañada de la primavera en todo su esplendor. El invierno había trabajado milagrosamente en su cuerpo. Era otra. Adrede prescindió del babi blanco para dejarnos ver su falda roja y el suéter beige a punto de estallar, marcando los pezones de sus tetas sin sujetador, altas, jóvenes y grandes, que desafiaban la teoría de la gravedad. Llegar tarde suponía una reprimenda y no la hubo, comer en clase suponía otra que también se eludió. Bien sabíamos la razón de tanta benevolencia. Porque además de lucir esa figura imponente, la Perica entró mordiendo una manzana roja. Sus labios carnosos formaban una enorme O sobre la fruta y, al masticar, se le escurrían por las comisuras unas gotas de jugo que le resbalaban por la barbilla, luego por el cuello, hasta que, juntas, se perdían por la senda del escote refrescando las laderas de sus senos, y acababan en dos manchas húmedas, cada una en una teta. Lo mismo de azarado que los demás, el maestro interrumpió la letanía de nombres y apellidos. Pues a causa del hacinamiento de mesas, ella precisó dar la vuelta entera al pasillo y casi rozarle para llegar a su pupitre. Mi compañero me dio un codazo para decirme: «Hoy viene pidiendo guerra». Yo me había quedado casi ciego mirando la falda roja. Luego pensé que me había gastado el dinero en comprar una rueda para la bici. Otras veces casi me alegraba de no llevar ni cinco. Pues a mis catorce años, ni siquiera había tocado la pierna de una chica. A lo más que llegué fue un día que, otro chico y yo, meando sobre la hierba, comparábamos el tamaño de nuestras pollas. Nos pusimos el uno al lado del otro levantándolas bien en alto. Habíamos hecho caracolas en el aire y después un arco cada vez más grande. Las teníamos aún en las manos y, como si se atrajeran, se tocaron. Yo noté una gota que se escurrió de la suya sobre la mía y luego el contacto caliente y húmedo de su piel. Los dos sentimos como un calambre que las erizaba, callados, las escondimos y nos largamos. Pero cuando vi a la Perica con la falda roja, tan minúscula que al andar, con el culo alto y prieto, se le metía entre las piernas, supe que ese día hubiera querido tener dinero. Llevaba puestas unas medias blancas hasta la rodilla con unas borlas laterales que tintineaban a cada paso. Los que estábamos cerca de la mesa del maestro casi podíamos asegurar que le oímos por lo bajinis algo así como: «Dios santo, qué cimientos». La Perica se había soltado el pelo, y echado colonia suficiente para marear a la clase entera. En la boca, vaselina que emitía destellos al sol cuando los labios ceñían la manzana. Pero nada comparable a las piernas, con ese vello fino y transparente que yo imaginaba suave como una pluma al roce de mi mano. El maestro fue incapaz de dar pie con bola en toda la tarde. Bien sabíamos por qué. Vaya si lo sabíamos. Se le iban las gafas por debajo de la mesa para mirarla. A la salida de clase, todos esperábamos el rumbo de la Perica. Sí, tomó el de la ladera, y la seguimos hasta la hondonada, allí, al abrigo de los vientos. Sabía muy bien a lo que íbamos a la ladera, por eso quise volverme.
—No tengo dinero, me voy.
Ella me clavó sus ojos de pitiminí, se notaba que quería conmigo, me quería probar. Volvió la cabeza a los otros.
—Si éstos pagan por mirar, hoy te lo hago a ti.
Nunca supe por qué los otros aceptaron. El sol y la falda roja me pegaban en los ojos. Llegaron pronto los pájaros, se ve que andaban cerca; sus trinos casi me enloquecen esa tarde en la que la primavera nos cogió desprevenidos.
Dije que quería irme de verdad. Aunque quería quedarme y probar, quería irme. Tal vez por la certeza de no saber, o por ese vértigo que producen las cosas que uno imagina demasiado buenas. Fue que se me nublaron los ojos con el sol amarillo, con el cielo azul. Se me derritió la voluntad de querer irme al rescoldo de la primavera que llegó agarrada a la falda roja de la Perica sin avisar. Pero de tanto ver volar a los pájaros, quise volar. Tal vez los otros silbaban y decían: «Es tuya». Tal vez, para eso pagaban. Demasiado alborotados estaban los pájaros para que yo pudiera oír a los chicos. Por todas partes pájaros, revoloteando entre las piernas de la Perica.
Esa tarde me tocaba a mí. Tenía que ser un día u otro. El resurgir como un ave fénix de la Perica fue un regalo añadido que los demás no gozaron en primicia, tampoco el maestro. Y tenía que ser con ella, para eso era la puta.
Ya se había tumbado sobre la ladera, esperándome con las piernas abiertas. Viéndola así, me acechó el miedo, la duda, el vértigo... Iba a tirarme sobre ella, cuando un fogonazo de sol me trajo la imagen de la mañana del invierno que la pillamos con el maestro. Por aquel entonces parecía una niña. Era por diciembre, sí, a punto de darnos las vacaciones. El maestro nos había encargado, a mi compañero y a mí, que bajásemos leña de la buhardilla para la estufa. Solíamos ir cuando acababan las clases, pero decidimos aprovechar el tiempo del recreo porque después había partido de fútbol. Nos extrañó que la puerta de la escalera estuviese entornada, así que abrimos con sigilo, temerosos de que hubiera alguien escondido para darnos un susto. Se oían murmullos y sólo nos atrevimos a asomar los ojos a la altura de la barandilla. El maestro había extendido la pelliza en el suelo, los dos estaban sentados sobre ella, con las piernas estiradas y recostados contra unos troncos. Hacía mucho frío, pero se colocaron junto al tubo de la estufa que ascendía hasta el tejado, bajo la luz de la claraboya. Los veíamos perfectamente. Él le subía la falda y le bajaba sin mucho cuidado los leotardos de lana tan infantiles. Luego le deshizo las trenzas, y la melena le llegaba a la cintura. Se notaba que no hacían aquello por primera vez. El maestro escondió la cara entre el pelo, le debía de decir cosas graciosas al oído porque ella se reía. También le quitó las bragas, y admiramos, con la boca abierta, la pelusita que tenía entre las piernas, suave como un nido nuevo. Daban ganas de ser pajarito y dormitar allí, a ese calor que se adivinaba entre las ingles. También el maestro se había desnudado de cintura para abajo, y ella hizo el resto. Vimos que le desataba la corbata despacio pero sin vacilar, después le quitó la americana y la camisa. Vestido, resultaba difícil adivinar un torso tan atlético que marcaba cada músculo del pecho y el abdomen, adornado de un vello oscuro y como peinado hacia el centro. Lo mismo que las piernas que mostraban un talante deportivo, hasta perderse en su sexo rotundo, y con la jovialidad de un placer próximo. Sí, también el cuerpo del maestro nos turbaba. Había algo en él envidiable que aún no poseíamos. Tal vez la manera en que sus formas se acoplaban en el equilibrio de toda su plenitud, tal vez... Luego él cogió con su mano una de las manos de ella, se la acercó a la boca y le fue chupando cada uno de los dedos. Estábamos tan cerca que oíamos los lametazos. De pronto nos sorprendió la voz de él tan diferente a la que usaba en clase, más honda y cálida, como si saliera de otra garganta. Había tomado el dedo corazón de la Perica entre los suyos para agitarlo, primero hacia atrás y luego hacia adelante, y lo volvió a chupar.
—Éste fue por huevos.
Y llevó hasta los suyos el dedo de ella, lo paseó por la piel rugosa y oscura, luego por debajo de su miembro que comenzó a tomar altura. Y por arriba y por abajo, y por arriba y por abajo; entretenerse en la punta, en el capullo que parecía un helado de fresa relamido, y, de algún modo, apetecible. Allí, círculos. Y él presionando con el dedo de ella entre su mano donde quería presionar. «Ahora, chúpamela», dijo el maestro. Ella lo miró alegre, con unos ojos que ya no eran de niña, a cambio le pidió dos aprobados, y él, ya impaciente, asintió sin poner pegas. Con el pelo de la Perica por el medio no veíamos gran cosa, sólo su cabeza subir y bajar acompasadamente. La suerte estuvo de nuestra parte. Ella se movió para tomar una postura más cómoda. Nos ofrecía a la vista su culo, y un dedo, que no supimos si de ella o de él, que picoteaba en su nido. Mi compañero y yo nos miramos tras la barandilla, porque nuestra respiración ya se volvía más rápida, más sonora. Temimos ser descubiertos y aguantamos en silencio para no perdernos nada. Yo sentía como si un pájaro se me hubiera metido en los calzoncillos, que las plumas me cosquilleaban, y como si no encontrara hueco para salir. A los dos nos daba vergüenza hacernos una paja delante del otro, y ambos arrimamos la bragueta a la pared de la escalera con un frotar mudo y suave. Después, ella se tumbó al lado del maestro, tenía la boca hinchada, lo mismo que el miembro de él, tan grande y rojo como los nuestros. Las piernas de la Perica brillaban a la luz del invierno en la leñera. Había cogido el maestro un palo de una gavilla y lo deslizaba por los muslos tan tiernos de ella. Cada vez más persistente, la rama arañó la piel haciendo brotar perlitas de sangre que el maestro lamía como si fueran de vino, una vez, luego otra; y al fin, la lengua, trepando, acabó por saborear otros jugos. Mientras el maestro horadaba con su boca esa otra boca de paladar más blando, le arrancó el jersey. Ante nuestra vista aparecieron las tetas, por aquel entonces todavía en crecimiento, con un color apenas rosado en los pitones a medio madurar. Aún conservaba la rama entre las manos y vimos cómo la acercó a uno de los pezones. Oprimió ligeramente hasta que también de allí manó una gotita de sangre. El maestro se tiró ansioso a mamar aquella leche roja. Nosotros dos ya nos habíamos corrido contra la pared, pero no tardamos en volver a empalmarnos viendo aquello. Ella se nos mostraba de frente y el maestro de espaldas. La cubría casi entera. Con una mano controlaba su miembro para buscar a ciegas la boquita minúscula entre las piernas de la Perica. Luego, las contracciones del culo de él al empujar, cada vez más rápidas. Antes de acabar, el maestro, saliendo, se volvió. Con la respiración acelerada tomó otra vez una mano de ella entre las suyas, y de nuevo comenzó a jugar con los dedos. «Éste fue por leche», le decía al pulgar, y lo paseó por los labios de la Perica dibujándole el contorno. «Y ésta se la bebió». Entonces le acercó el miembro a la boca para correrse.
Estaba allí, tumbada en medio de la ladera, a mi disposición. Abierta de piernas y con los brazos extendidos, reclamándome. Seguro que los chicos bromearían que por ahí no, que eso es el ombligo. Yo no les oía. La boca de la Perica llena de pájaros que me picoteaban las mejillas, los ojos, la boca, mi boca llena de pájaros acariciándome con sus plumas el paladar. Los piquitos de los pájaros, tiernos, húmedos. En los dedos, golondrinas. Golondrinas en los brazos, abrazándome. Garras de azúcar derritiéndose al sol por mi espalda. Seguro que gritarían empuja ahora, es por ahí. Empuja. Empuja. Seguro, para eso pagaban. Le piqué en los labios, su boca carmesí me sabía a sangre. Yo sólo escuchando al pájaro entre mis piernas que me pedía enséñame a volar. Vuela, vuela. Estábamos cegados por el sol, por un mar rojo que nos bañaba. Cerramos los párpados, extendimos las alas y nos sumimos en las honduras ciegas que se abrían a nuestro paso. El aire cedía manso, nos pegaba en las alas como algodón. Volábamos. Aprendimos a subir y luego a bajar. Subir y bajar. Subir, subir, subir... Y arriba, arriba... ¡Qué azul era el cielo!
ALLEGRO AFFETTUOSO
Carmen Marzo Calleja
Me habéis traído hasta aquí con el ánimo de que me arrepienta, pero he de deciros que ese sentimiento no viene conmigo. Me tratáis como a una esclava mostrándome en público, acusada por una fulana que cree por eso igualarse a mí. ¿Qué mentiras os ha contado? ¿Acaso creéis todo lo que han visto sus pobres ojos? Mi marido fue un hombre honorable, dirigía batallas victoriosas, quizás olvidáis que siempre le fui fiel, y que durante todo ese tiempo ningún otro hombre ha dormido en nuestra cama.
Nada de lo que he hecho es vergonzoso. Cualquier madre lo haría por su hijo. ¿No le habéis enseñado vosotros la guerra? Hace meses era sólo un niño, hasta que lo alejasteis de mí para llevarlo a la batalla, y pudiese seguir los pasos de su padre. Ayer me lo devolvisteis entre ovaciones, pero con mirada triste. ¿Creéis que no me di cuenta de cómo ella lo buscaba? Siguió sus pasos hasta la casa, con el sigilo propio de una zorra, y en sus ojos vi cuánto deseaba que mi hijo fuera suyo. Mi hijo, al que tanto calor di con estos mis pechos, al que tanto he tenido que enseñar en esta vida. ¿Cómo podría yo dejar que esa mujer, que ha fornicado con cada uno de nuestros guerreros, que ha bebido el semen de cada uno de vosotros, manchase el placer de mi hijo? No pude. Yo quería para él: goce y amor, y que ninguna de las dos cosas le faltase. Igual que le di alimento y casa, ternura y disciplina, ansiaba que su primera vez tuviese amor y no sólo la lujuria de esa perra que ha hecho del deseo su oficio. Quería que así fuera y no lo dudé.
Le ayudé a desnudarse, mientras con suavidad iba sacando de su boca los horrores de la guerra. Un baño caliente le esperaba allí mismo. Quedó desnudo frente a mí, de pie, sin ningún pudor, igual que cuando era un niño. En verdad que su cuerpo había cambiado, tenía el pecho cubierto de un fino vello, y el pubis era ya el de un hombre. Me acerqué a él, mojando la esponja en el agua humeante, le froté la espalda, en círculos rebasé la línea de los hombros, froté su nuca y caí hasta sus glúteos tensos y bien formados. Llegué a sus pies y le toqué los dedos, tan sensibles aún a la yema de los míos. Subí y bajé mi mano por el pequeño espacio que quedaba entre sus muslos, haciendo que la sangre le llegase a cada poro del cuerpo. Así quedé, de rodillas frente a él, a la altura de su falo que aún dormitaba. Así quedé, inmóvil mientras mi aliento era cada vez más entrecortado; y aquel calor que salía de mi boca, que suspiraba por estar tan cerca de un cuerpo amado, debió de ser el que le hizo despertar. Y como el que se despereza de un largo sueño, su miembro comenzó a estirarse. Dichosa me sentí, al igual que una parturienta, de aquel alumbramiento, de esa criatura maravillosa que nacía frente a mí. Y como hiciera cuando lo tuve a él, tomé su pene entre mis manos, lo acaricié. Y como aquel calor no me pareció bastante, le rocé con mi mejilla y en un leve giro lo dejé entrar en mi boca. Quería que fuese cálida su primera llegada al mundo, y qué mejor que mi lengua para recorrerlo, y la profundidad de mi garganta para abrigarlo.
Si buscáis culpables, pensad sólo en mí. Él quedó inmóvil, no sé si por el placer o quizás por la sorpresa misma de lo que sucedía en su cuerpo. Me consta que hasta el momento era virgen. Frente a su quietud, seguí moviendo mi boca lentamente, a pequeños impulsos que hacían crecer y fortalecer su miembro, y cuando salió de ella, os aseguro que no era el mismo. Se había despertado del todo y, exultante, mostraba su vigor.
Pedí a mi hijo que se echase, que dejara su cuerpo reposar de la fatiga que le invadía. Le aseguré que yo le daría descanso. Me despojé de mis ropajes, descubriéndole mis senos que le habían amamantado durante tanto tiempo, y le pedí que probara aquel pezón firme que buscaba ser mordido. Que probase a tocar mi pubis con aquellas manos que se agarraban al lecho con miedo. Le mostré mis labios, de donde salieron tantos besos y palabras de amor a lo largo de todos esos años. Pregunté, cerca, muy cerca de su oído, si recordaba cuando, de niño, le buscaba la nuca para que mi aliento habitase allí. Y eso mismo hice por el cuello, por la cuenca de sus ojos, por su nariz, sólo que mis palabras saltaron el límite de la ternura y esbozaban el deseo que sentía. Es cierto que podía haberle preparado tan sólo hasta donde mi boca pudo enseñarle, pero como el cervatillo que corre por el bosque, aun sabiendo que le darán alcance, fui a morir hasta él. Encima ya de su cuerpo, abrí mis piernas, sólo un poquito, lo suficiente para mostrar a su falo, tan inocente, los caminos secretos del cuerpo femenino. La tibieza del flujo que segregaba a su contacto. Abrí un poco, aún la duda me asaltaba, y necesité saber si también él quería más. Y, en aquel forcejeo, poder sentir cómo se abría paso, cómo buscaba el lugar seguro donde poder rendirse. Y así él me hizo girar y, apoyándome sobre la cama, impulsó su cuerpo sobre el mío, ya sin miedo, sin ninguna timidez, seguro de estar dentro de mí, preso del deseo que le hacía agarrarme con fuerza, y a un ritmo que él solo marcó. Ahora, era yo la que se dejaba humedecer por su lengua. Sentía sus pequeños envites que iban ganando fuerza sobre mí. Y en el mismo momento en que su lengua entró en mi oído, reproduciendo lo que su pene en mi vagina, en ese mismo momento en el que todo su deseo quería salir de su cuerpo, noté cómo su semen corría dentro de mí con esa tibieza que sólo otro cuerpo puede darnos.
Así fue como sucedió. Aún siento sus manos tocándome los pechos en ese giro que le hizo convertirse en un hombre del todo, y cómo sin palabras, los dos supimos que era mi última enseñanza, y que, al final, el alumno quedaba igualado a la maestra. Le invité a que se bañara y, antes de secarlo, le di un beso.
En ese instante me di cuenta de que aquella mujer nos había estado viendo. Que de alguna manera había alimentado su deseo con el nuestro. Intentó ocultarse entre las columnas del jardín. Adiviné que no callaría mucho tiempo, y que con premura conseguiría traerme aquí y ver cómo me separáis de mi hijo para siempre.
LARGHETO ELEGIACO
Ana Pérez Cañamares
Aquí y ahora, en el velatorio de la tía Susana, todo resulta más extraño de lo que nunca fue. Una idea me ronda la mente. Cómo se dice. Necrofilia. Jamás hubiera pensado en algo así. Pero ahora que todo resulta extraño... La tía Susana, como las otras veces, no diría nada. Yo tampoco dije y no hizo falta. El nuestro era un lenguaje de sudor, siestas y silencio. Está igual que siempre. Algo más delgada, quizás, y con ese aspecto artificial de los muertos, porque se nota han sido otras, y no las suyas, las manos que la han peinado, que han intentado colocar la onda de su flequillo del modo que ella lo hacía, y ha resultado que el pelo oscuro y fuerte de la tía parece una peluca. Tengo la exacta conciencia de que si no me acuesto junto a ella no es porque esté muerta sino porque nos están mirando. Y después de media vida dedicada al secreto sería una traición dejarnos ver. Pero a ella no le importaría que me tumbara a su lado y le subiera el vestido poco a poco. Si antes se hacía la dormida, ahora se haría la muerta. Nada ha cambiado, sólo el tacto frío donde antes se sentía el sudor. Ahí está su pequeña verruga del cuello, los pliegues de sus brazos, la carne blanca de sus tetas, con sus pezones rosados que me atrapan como remolinos. La recostaría sobre el lado izquierdo, no, sobre el derecho, una cosa es que mi madre, que preside el velatorio, le vea la cara a su hermana mientras le meto mano, otra que me vea el culo que no me ha visto en veinte años. La tía Susana mantendría la sonrisa al tiempo que le levanto las faldas; igual que hice antes, no le pediría permiso, sé que ella lo espera, conozco la pesada languidez de sus miembros, la facilidad con que las bragas se deslizan, sólo lo justo, porque desnudarla me pareció desde el principio una osadía y una falta de respeto. Desde donde estoy entrevería sus bragas blancas de algodón, sueltas y altas hasta la cintura, perversamente ingenuas, siempre pensé que infantiles, luego he sabido que sin edad, las bragas blancas de algodón las puede llevar quien ignora el tesoro que ocultan o confía en su poder más allá de envoltorios. Y el sujetador, las bragas sueltas pero el sujetador prieto, los pezones aplastados contra la tela, esperando la liberación, media teta rebosando por arriba, por qué siempre el sujetador una talla más pequeña, tía Susana. Si pudiera ahora recorrer con el dedo esa frontera entre piel y elástico, aún sin atreverme a entrar, paladeando, anticipando el momento en que mi mano se ovale sobre la carne y busque y hurgue y te pellizque suave, recordando siempre para mis adentros la frase que convirtió tu cuerpo en deseable: «Teta que no cabe en mano no es teta sino grano. Teta que mano no cubre no es teta sino ubre». ¿Te acuerdas, tía? Te acordarías, como has debido de hacerlo con la labor en tus manos, en las tardes de bordado y concursos de televisión, o camino de la plaza, un escalofrío y una sonrisa al cruzarte con otra solterona, sin que nadie se parara a sospechar de tus andares ligeros y rejuvenecidos. ¿Te acuerdas? La casa familiar, el verano. Esta misma casa, en la que has muerto en otoño, a punto de empezar el frío que nos mantenía lejos. Yo tendría quince años cuando te oí decir la frase en una sobremesa, quizás animada por la sangría, tus ojos mirándome de lado. Algo se tensó dentro de mí. No sólo por el reconocimiento que suponía una broma verde en mi presencia, sino porque de repente pensé: «La tía Susana es una mujer. La tía Susana tiene tetas». Las otras tías, estaba claro que eran mujeres. Quien tiene marido, pues ya está. Pero la tía Susana, la hermana soltera, de ella quién sabe que es mujer. Yo lo supe, tía, me gustaría decírselo a todos estos que lamentan tu muerte y compadecen tu vida de solterona. El secreto es mío: la tía Susana tenía tetas.
A mi favor estuvo la costumbre de que el pequeño durmiera las siestas contigo. Yo era el pequeño. Para siempre lo fui ya. Así es que después de comer, cuando todos se retiraban a dormir, subía las escaleras siguiendo a la tía hacia su alcoba. Ella se echaba vestida sobre la cama mientras yo me metía en calzoncillos y camiseta bajo la colcha. A un metro de distancia nuestras camas gemelas, bajo sendos crucifijos. Al fondo el armario de dos cuerpos con lunas, segregando sibilinamente su olor a naftalina. A lo lejos la letanía narcotizante de las chicharras.
Desde aquel refrán de la sobremesa lo pensé muchas veces. Al principio sólo era sudar y sudar intuyendo a mi espalda la presencia de tu cuerpo adormecido; luego llegaron las pajas secretas, mi polla de adolescente abultando el calzoncillo, aplastándose contra la colcha de flores, la mano temblorosa subiendo y bajando al ritmo del miedo bajo el pecho, mientras la mente calculaba: la teta de la tía, ¿es grano o ubre?, ¿es grano o ubre?, ¿es grano o ubre? Aaaaaaaaaahhhhhhhhhh. Se hubiera quedado en eso si no hubiera sido por aquel día en que sacrificaron el conejo que yo había bautizado (¿cómo se llamaba el bendito conejo? ¿Jenaro, Eusebio, Isidro?) y yo me desperté en medio de la siesta con los grititos del conejo y me puse a llorar como si también a mí me fuera la vida en ello.
Era uno de esos llantos de adolescente, más viejos que quien los llora. Ella se despertó y en la bruma de la siesta vino a mi cama, levantó la colcha y me vio hecho un ovillo, el calzón hinchado a pesar del corazón encogido. No vi la sorpresa en su cara porque no me atreví a mirarla de frente, pero cuando se echó junto a mí para abrazarme (susurrando “qué le pasa al pequeño, qué le pasa a mi pequeño») y hundí la cabeza entre sus tetas, las lágrimas se habían hecho diminutas en las olas de mi pasión y dado paso a un impulso tan primitivo como el llanto. Probablemente se hubiera quedado ahí, pero cuando la tía me agarró la nuca con sus manos y empezó a restregarme la cara contra su pecho, por encima de la tela del vestido, mis labios buscaron sus pezones, boqueando como un pez sin aire, y al notar por primera vez su carne dura e hinchada, empecé a chuparlos sobre la licra, con una avidez de cachorro. La tía me dejó hacer abrazándome fuerte como si aún quisiera calmarme el llanto que ya no era, con la cabeza echada hacia atrás como un lirio roto; mientras se separaba de mí, con un gesto abstraído e inocente, y aunque la boca ya había hecho sus cálculos, mis manos se abalanzaron sobre sus pechos, tratando de alcanzar por sí mismas una conclusión a la que agarrarse en medio del fragor y la confusión: ¿grano o ubre? Ni grano ni ubre, la teta perfecta, se amoldaba a mi mano como si yo le hubiese dado forma en arcilla.
Intento adivinar sus formas conocidas bajo la mortaja color morado (del Cristo de Medinaceli, que estaba en el cuarto de la tía, oigo decir a mi hermana Carola). ¿La muerte respeta las tetas? Carola me mira reprendiendo mi sonrisa; desentona en el velatorio tanto como mi bragueta abultada, pero nadie aquí sería capaz de tal alarde de suposición. Mi familia desconoce el arte de imaginar. Supongo que eso nos protegió. Nuestra relación se movía entre la intimidad de las siestas y la familiaridad fuera de su alcoba. A la luz del sol éramos tía y sobrino, me preguntaba por mis estudios, criticaba mi pelo largo (cuyas manos revolverían unas horas después), mis vaqueros rotos, y yo no le preguntaba por su vida, mantenía la misma cariñosa distancia que con el resto de la familia, como si no conociera los pliegues de su coño, el calor de sus sobacos, la humedad entre sus tetas, el sabor de su cuello sudoroso, impregnado de colonia infantil.
Sólo hubo un día en que pensé que no volvería a mirarla a la cara: el largo día que transcurrió desde la primera vez que ella vino a mi cama (la única, porque después siempre fui yo, para descargarla del peso de una culpa que nunca supe si existía) hasta la segunda. Me resigné a que todo quedara en la certeza del peso de su teta en mi mano, que la tía inventaría alguna excusa para que nunca más las siestas en su habitación, con ella. Pero acabada la comida, la tía se levantó y su mirada traspasó el velo de mi vergüenza: vi el cariño y el anhelo y la firmeza que había llevado a sus ojos para decirme con tono neutro: «¿Y el pequeño no se va a echar la siesta hoy?» La seguí escaleras arriba, absorto y empalmado, con un hambre en la polla que sabía que mis manos no podrían saciar. Mantuvimos las formas, diez minutos de respiración acompasada en el silencio de la tarde, y luego, como si de verdad creyera que dormías, me deslicé de mi cama a la tuya, lleno de dudas hasta que los cuerpos se acoplaron, tu espalda se pegó a mi pecho, mi paquete rebosante se adaptó a tu culo, muslos contra muslos, pies enredados. Y por primera vez levanté el vestido ligero, la batita de todos los veranos, licra y flores y naftalina, husmeé el aroma de sudor y colonia, y me encontré con las bragas de algodón, y como un idiota pensé: «Los dos somos unos niños». Ninguno sabía los pasos a seguir, pero como el sopor de la siesta anulaba todo pensamiento, los cuerpos siguieron su camino sin que nada, culpa, miedo, vergüenza, los entorpeciera. Su coño ejercía una pavorosa atracción, jugueteé con él como con un animal pequeño, cubierto de materias orgánicas, un vocabulario de clase de ciencias naturales asaltaba mi conciencia: humus, cartílago, epidermis, flujo, vello, hache-dos-o: era algo vivo que variaba bajo la curiosa exploración de mis dedos. Conocí también entonces la frontera del sujetador, luché con sus cierres, mucho más complicados que los de mis compañeras de colegio, como si el premio que guardaran fuese mayor, y esas tetas tan exactas en la mezcla de blandura y solidez, de un nuevo material hecho a la medida de mis sueños. Cuando la curiosidad del tacto estuvo satisfecha, hubo un segundo de duda que la polla aprovechó para tomar el poder. La tía, como con un sueño inquieto, acelerada la respiración, cubiertos los brazos de gotitas de sudor salado, abierta la boca para aspirar todo el aire que cupiera en su pecho, la nuca con esa dejadez de muerta o desmayada o dormida o entregada. Llegado su momento, la polla avanzó librándose de telas y tabúes, decidió que la tía Susana y yo éramos dos seres adultos, en edad de encamarse con quien quisieran, aunque los padres de uno y la hermana y el cuñado de la otra fueran las mismas personas que casualmente dormían su siesta en la habitación contigua. Y mientras, en mi mente, la culpa y el morbo se daban la mano para componer un estribillo de canción infantil: «Me estoy follando a la tía Susana, me la estoy follando, follando, follando». Lo cual debió de precipitar que, cuando la tía Susana despertó de repente para desarrollar una extraña danza alrededor del punto donde su coño se abrazaba a mi polla, danza en círculo de apenas unos centímetros de diámetro donde cabían todo el frenesí de la vida y sus dulzuras más inesperadas, yo me corriera como si fuera la primera vez, igual de confundido y aniquilado.
Durante unos años así fueron mis veranos: amigotes en el bar, futbolín, baños en el río, dulces siestas. La costumbre sólo lo hizo más fácil, no fue menor el placer de bajar esas bragas de algodón y volver a penetrar nuestro secreto. Nadie nos descubrió nunca, nunca traicionamos nuestro ritual, no dejamos de ser tía y sobrino. Sólo llegó un momento en que me pareció que debía de resultar extraño que un hombre siguiera a su tía a dormir a su habitación, y desde entonces subía al desván, durante diez minutos veía pasar nubes por la claraboya abierta en el tejado y bajaba las escaleras tan empalmado como siempre subí tras ella. En el pueblo también guardaba las formas: de vez en cuando, me ligaba a alguna chavala, aunque mi deseo se había quedado fijo en las bragas de algodón y los sujetadores con cierre de seguridad.
Cuando ya siendo adulto me escapaba de la ciudad y de mi vida para verla, en otoño, en invierno, en primavera, ella me recibía siempre con dos sonoros besos en la mejilla, el mantel de los domingos sobre la mesa y un ramito de flores en el escote del vestido. «Qué flores más bonitas, tía», decía el sobrino. «Qué ganas de arrancarlas, moderlas, tirarlas al suelo para que me dejen vía libre hasta tus pezones, Susana», pensaba el amante. Nunca supe lo que pensabas tú, tía, hasta que después de comer me retirabas el pelo de los ojos y me decías con voz zalamera: «Y ahora, a echarnos un ratito, ¿no?». «Claro, tía», decía yo obediente, muriéndome por besarte en la cocina y hacerte luego el amor sobre el mantel de hilo de los domingos. Pero nunca me atreví.
Si ahora nos dejan solos un rato, tía, te voy a faltar al respeto por primera y última vez y te voy a besar en los labios; incluso puede, si mi hermana me sirve otro vaso del vino que reparte, puede que me atreva a levantarte la mortaja del Cristo de Medinaceli y te robe las bragas de algodón para no tener que imaginarlas el resto de mi vida.
ANDANTINO SIMPLICE
Gloria Fernández Rozas
Escondidos y en pijama, esperamos a que la monja pasara apagando luces y cerrando puertas. Éramos los de siempre, pero me echaron la bronca por traer a Luismi con nosotros.
—Sólo falta que se nos muera.
Yo no quise ni mirarle, pero seguro que lo oyó. Todos sabíamos lo de su enfermedad y que se podía morir, por eso nadie se enfadaba con él, ni le obligábamos a cumplir los pactos del grupo. En realidad ni siquiera era del grupo, pero se pegaba a nosotros y se nos rompía el alma si alguna vez teníamos que echarle. Luismi respiraba con dificultad porque le había crecido mucho el corazón, tanto que algunas noches oíamos salir de debajo de sus sábanas un trote de caballos.
Por fin los pasos de la superiora. Parecía metálica. Fría y delgada, recorrió el pasillo con un andar uniforme, moviendo al compás los faldones de su hábito, bajo los que suponíamos escondería bisagras y goznes sin engrasar.
Aún esperamos un rato para dar tiempo a que todas las monjas estuvieran dormidas. Cuando abrimos la puerta de la clausura avanzamos reptando, armados de una pequeña linterna, con la intención de buscar qué sé yo, bragas y sostenes, ropas tendidas, alguna respuesta a todos los misterios que por entonces tenían para nosotros las monjitas.
Llegamos a la galería de los dormitorios sin encontrar nada. Se oían pequeños ronquidos muy femeninos, suspiros entrecortados y ruidos de dormir. Subimos por una escalera hasta una zona de buhardilla. Cuerdas llenas de ropa cruzaban el cuarto, pero sólo eran sábanas. Apagamos la linterna cuando vimos que, bajo una puerta que había al fondo, se escurrían la luz y la risa familiar de la Nati.
La Nati estaba en la residencia desde siempre. No era monja, ni nada, sólo una pobre chica sin casa, un poco simple, que ayudaba en la cocina y en el dispensario.
No entendíamos qué hacía allí. Su dormitorio estaba en el piso de abajo, junto al lavadero, así que nos acercamos hasta la puerta, pegados unos a otros, muertos de curiosidad.
Era la Nati. Medio desnuda, apoyada en una mesa, se tocaba el pelo y se reía como una boba. La mano se le iba deslizando hacia las tetas, que le rebosaban por encima del sujetador. Tenía las piernas un poco abiertas, así que, desde nuestra posición, podíamos ver con todo detalle cómo su mano bajaba por la tripa hasta llegar a la ingle y cómo hurgaba por el borde de sus bragas haciéndose un sitio para entrar.
Luismi se reía bajito. Parecía un conejo silbando y agarrándose el pecho.
Cuando la Nati se quitó el sujetador sus tetas saltaron de alegría. Daba la impresión de que se estaba desnudando para nosotros porque miraba hacia la puerta riéndose. Su mano era un topo enterrado que se movía bajo sus bragas.
Luismi respiraba sin freno. Todo el aire del mundo no era suficiente para llenarle los pulmones. Su cabeza retumbaba golpeando la mía con cada enorme latido de su corazón.
—Creo que me muero —dijo—. El corazón se me está saliendo por lo de mear.
—No seas memo, Luismi. Eso nos pasa a los hombres. No es tu corazón el que se te sale, es tu polla que crece.
Le salió una risa chillona. Por su culpa no pude ver cómo la Nati se quitaba las bragas. Y ante nuestros ojos apareció, sin contemplaciones, toda la oscuridad que la Nati tenía entre las piernas.
—¿Qué tienen las chicas entre las piernas? —me preguntó en ese momento.
—Una boca, Luismi, una boca con sus labios, su garganta y todo lo que a uno le gustaría besar.
No podíamos verlos, pero yo imaginaba esos repliegues en los que, según habíamos oído, se escondían los lugares más dulces.
Nos dimos cuenta de que la Nati no estaba sola cuando la vimos arrodillarse en el suelo. Y nos quedamos de piedra al ver que el cuerpo alargado de la superiora se había puesto a su lado. Las oímos hablar. Sólo un susurro. Por un momento nos pareció que la chica sollozaba. Podía estar pidiendo perdón. La monja la miraba desde su altura, con la cara pálida como si fuera un tapiz.
La Nati se había agarrado a los pies de la superiora y se fue perdiendo bajo sus faldones. Hasta que de pronto, desapareció.
—¿Se la ha comido? Yo creo que se la ha comido —dijo Luismi alarmado, pero le hicimos callar a empujones.
—Pues claro que se la está comiendo —le contestó alguien y casi no pudimos aguantar la risa.
Por fin la Nati salió con los pelos como una loca y la cara sofocada.
Luismi respiró aliviado.
La superiora tiró de ella hasta tumbarla encima de la mesa. Luego le extendió el pelo sobre los fajos de papeles que había por allí.
Parecía tan indefensa la Nati... La monja se quitó la toca y con ella en la mano se quedó parada como si algo en el ambiente le hubiera avisado de nuestra presencia. Todos contuvimos la respiración. Y al fin la toca cayó al suelo y la monja se salió del hábito como hacen las culebras al cambiar de piel.
Sin el traje era como una mujer. No había hierro por ninguna parte, hasta tenía algo de pelo rizado en el cuello. Y tetas, aunque no de pezón oscuro como las de la Nati.
La superiora se recostó junto a ella, que se abría de piernas, invitándola. Fue una pena no oír lo que se decían, ninguno de nosotros sabía lo que eran las palabras de amor.
La monja la acariciaba y ella se dejaba hacer y extendía sus labios para que la superiora se los atrapara con la boca. Su mano palpaba la tripa plana de la Nati, que era como un plato de natillas que temblaban cuando los dedos de la superiora bajaban hacia el vello, al separarlo con mimo, con la misma pulcritud con que hubiera curado una herida.
—Tiene bigote —dijo Luismi en un suspiro. Y lo machacamos a empujones para que se callara.
La monja jugaba en aquella oscuridad. Parecía que le hubiera metido los dedos, pero desde el pasillo no llegábamos a verlo; sólo su mano moviéndose y sus risas. Luego acabó enterrando su cara en las profundidades del cuerpo de la Nati.
—Es una putita. Le gusta que se lo coman —dijo alguno, tan bajito que no supe quién fue.
La chica empezó a moverse. Se retorcía sobre la cara de la superiora. La agarraba por el pelo y se apretaba contra ella como si la monja fuera un tapón con el que quisiera taparse el agujero.
Entonces la Nati gritó y, al temer que nos descubrieran, salimos corriendo sin parar hasta los dormitorios. Me escondí en la cama por si alguien venía a buscarnos. Pero no vino nadie.
Cuando saqué la cabeza de las sábanas vi que Luismi estaba allí, de pie junto a su cama, con el pecho acelerado y un gran bulto en el pantalón.
—Luismi, hazte una paja. No es bueno quedarse así.
No lo veía muy bien, pero me pareció que me miraba con mucha inocencia. Estoy seguro de que no sabía de lo que le hablaba. Así que me acerqué a él, tiré un poco de la ropa y su polla salió como si llevara un rato esperándome. La vi temblar y ladearse buscando mi mano. Yo no quería rozarla, así que hice que Luismi se la agarrara, cogí su mano y le ayudé a moverse para que aprendiera.
Entre tanto, él rebuscaba en mi pijama hasta que encontró la mía. Luismi imitó mis propios movimientos, con lentitud, conteniendo mis ganas con su puño, racionándome el placer. Luego me fui recostando en su cama y, mientras imaginaba que Luismi era un niño hambriento, le metí bajo mi ropa y restregué su cabeza por mi pecho, por mi tripa, hasta que su boca encontró mi polla y chupó sin miedo, ansioso, como si llevara muchos días sin comer.
Su lengua latía deprisa, cada vez más deprisa. Le sujetaba la cabeza para aguantar sus latidos e imaginé su corazón creciendo, que todo Luismi era un corazón inmenso que palpitaba sobre mí. Y entonces, no pude más, arrastrado por mi polla que chocaba enloquecida contra el paladar de Luismi, me corrí en su boca, satisfecho, como si por fin hubiera encontrado un hogar. Luismi seguía agarrado a la suya, así que me escurrí cama abajo para cogerla con mis labios. Estaba ardiendo. No sabía muy bien qué hacer, pero mis ganas me guiaron. Mamé como un loco hasta que también Luismi se corrió y yo tragué aquel líquido espeso que no me dio tiempo a saborear. A pesar del placer sentí miedo porque nunca había hecho una cosa así.
—Sabe un poco a lágrimas, ¿verdad? —me susurró entre silbidos.
Yo no dije nada e hice el propósito de no hablar nunca de este asunto. De que Luismi lo contara, no tenía miedo. Nadie iba a creerle porque nos pasábamos la vida fabulando.
Creo que me quedé algo dormido, por eso no sé cuánto tiempo pasó hasta que me di cuenta de que Luismi no estaba en su cama. Pensé que quizá estuviera en los lavabos. Después de esperar un rato, me fui para allá a buscarlo. Tenía una fea corazonada. Mira que si se había muerto de la impresión. Pero allí tampoco estaba. Todo era silencio y oscuridad. Por mi cabeza iban y venían imágenes tristísimas de Luismi muerto. Fue la prisa por comprobar que no era verdad la que me ayudó a recorrer la residencia sin tropezarme. Llegué a la clausura.
La puerta seguía entreabierta. Pude ver a la Nati, con sus tetas acompasadas, meciéndose sobre el cuerpo de la monja; un hilo de baba le caía por la barbilla. Y allí, también, estaba Luismi, desnudo, tratando de meterse entre ellas y rozándole los pezones a la Nati, tan negros. Le oía silbar, abrazado ya a ella que se le restregaba con fuerza como quien apaga un cigarro con el zapato. La monja forcejeaba también por hacerse un lugar y Luismi reía.