Excerpt for No solo se ama con el corazon. (Español) by Joseph Jaim Zonana Senado, available in its entirety at Smashwords

NO SOLO SE AMA CON EL CORAZÓN




JOSEPH JAIM ZONANA



PUBLISHED BY JOSEPH JAIM ZONANA AT SMASHWORDS




COPYRIGHT 2009 JOSEPH JAIM ZONANA



Agradecimientos


Siento la necesidad de agradecer en primer lugar a Dios, por la oportunidad que me dio al hacerme llegar a estos momentos, en los que puedo ver impresa esta obra en la que tanto trabajé. Espero que estos mensajes sean de gran utilidad para el mundo entero pues, en lo personal, a mí me han sido de inestimable ayuda.


Un gran Rabí cierta vez dijo: “Si no queremos a aquellos a los que vemos, ¿cómo pretendemos llegar a querer al Creador, que es invisible?”. Mi mayor deseo es que los mensajes aquí expuestos fomenten el amor entre nosotros, para así erradicar la enemistad y el odio de nuestras vidas.


Hago público el agradecimiento que debo a mi esposa por haberme inspirado a escribir esta humilde obra, pero sobre todo por haberme enseñado a amar. Gracias a ella, cada día entiendo mejor cuán grande es Dios y lo mucho que estoy obligado a quererlo y agradecerle por darme a una mujer como la que me dio. Ahora, el amor que emana de mi corazón es tal que no podría expresarlo en un libro.


Gracias, Dios, por haberme dado a una mujer tan especial y por otorgarme el mérito de propagar estos importantes mensajes que de Tus Sagradas Escrituras aprendí por medio de mis maestros. Anhelo que sigas concediéndome la oportunidad de dar a conocer Tus palabras y que éstas se claven como afiladas flechas en los corazones de los lectores, para acabar así con las riñas matrimoniales. Te pido también que, por el mérito de Tus Sagradas Escrituras, hagas que los matrimonios vivan unidos por siempre con dicha, alegría y prosperidad, y que en particular llenes de vida, salud, abundancia, amor, cariño, empatía y todas las bendiciones habidas y por haber a todas las personas que amo: los abuelos, los padres, las hermanas, las cuñadas, las hijas, los suegros, los tíos, los primos, los sobrinos, los amigos, los maestros y, por supuesto, la esposa que Tú me has dado. Alúmbranos para que juntos podamos hacer de este mundo un mejor lugar en el que pronto, muy pronto, hagas llegar a Tu Mashiaj, y que la Presencia Divina more entre nosotros, y por fin, que se cumplan las profecías en las que se dice: “Morará el lobo con el cordero, y el tigre con el cabrito se acostará [...]; la vaca y el oso pasearán juntos [...] y el niño de pecho se entenderá...” (Isaías XI, 6-8). “No harán mal ni dañarán en todo Mi santo monte, porque la tierra será llenada del conocimiento al Eterno, como las aguas cubren el fondo del mar” (ibid., 9).” Que las armas sean fundidas a fin de formar con su metal herramientas para el arado, y que las enemistades, las discordias y las tiranías sean eliminadas por completo para el resto de la eternidad.



Agradecimientos especiales


Agradezco a mi suegro, el señor Joseph Idi, por haber dedicado varias horas de su valioso tiempo a revisar y corregir mis escritos. Que el Eterno lo colme de bendiciones y le conceda larga vida, y un sinfín de bendiciones junto a sus seres queridos.


Por otro lado, quiero expresar abiertamente mi agradecimiento hacia aquellos que me enseñaron Torá, Rabinos respetables y apreciados para mí. En esta ocasión, por ser el tema de este humilde libro la armonía en el hogar, quiero particularmente mencionar a los tres maestros —a quienes espero no defraudar nunca— que me enseñaron a tratar a una mujer y ser buen esposo:


Jajam Itzjak Sutton, quien me enseñó, entre otras cosas, los caracteres que diferencian a todas y cada una de las mujeres y la manera de conducirse en el matrimonio para evitar los conflictos y las riñas.


Jajam Shlomó Yabra, quien me enseñó las leyes que todo judío debe conocer acerca de la pureza familiar.


Por último, deseo agradecer a mi querido compañero y maestro, el Jajam Ezrá Chiver, z”l. Antes de mi boda, Dios me dio el privilegio de ser su compañero de estudios (jabrutá) y recibir de él innumerables enseñanzas y consejos. Su sabiduría, bondad y ganas de aprender no conocían límites, lo que lo convirtió en una fuente de saber, un verdadero manantial del cual fluían constantemente palabras de Torá. Por desgracia para mí y el mundo, debido a un accidente clínico el Eterno se lo llevó a muy corta edad, no sin antes dejar grabadas en nuestros corazones maravillosas enseñanzas y habernos contagiado su alegría y amor por Dios, la Torá y el Pueblo de Israel. Él dedicó su vida al estudio de la Torá, en particular las leyes judías referentes al matrimonio y la santidad en el hogar. Agradezco al Boré Olam (Creador del mundo) por el honor de conocerlo y aprender de él, y le pido que por su mérito mande al mundo mucha bendición, armonía, amor, paz, prosperidad, alegría, abundancia, éxito y otras muchas cosas buenas, en especial a su familia, a su esposa y a esos tan especiales hijos que siguen cabalmente su ejemplo de rectitud y bondad. Que por el mérito de Tzadikím como él, el Eterno se apiade de nosotros y nos dé la oportunidad de ver pronto en nuestros días la llegada del Mahshiaj Tzidkenu, Bimherá Beyamenu. Amén.


Para terminar, en nombre de mi esposa agradezco a la Morá Jaki Cattan de Kassin, por enseñarle todo lo referente al matrimonio y por alentarla a ser una esposa ejemplar. ¡Siéntase orgullosa de su alumna, Morá Jaki, pues como su esposo puedo asegurarle que sus enseñanzas han dado frutos! Le deseo, en nombre mío y de mi esposa, que tanto usted como su esposo sigan teniendo mucho éxito en sus enseñanzas, y que el Eterno siga recibiendo mucha satisfacción de ustedes y, en consecuencia, que su hogar esté siempre lleno de bendiciones. Porque ustedes se preocupan y ocupan en encarrilar a los hijos de Dios por la buena senda, enseñándoles a vivir una vida de Torá, ¡que el Eterno ilumine a sus hijos y a los hijos de sus hijos, llevándolos siempre por los caminos de la santidad y el temor a Dios!




Nota


En este libro se entremezclan varias enseñanzas filosóficas extraídas de fuentes no judías, pero, en realidad, no haría falta señalar ninguna de ellas, pues ya en las palabras de nuestros Jajamim (Sabios) están comprendidas todas las enseñanzas éticas, morales o de cualquier otro tipo provenientes de pensamientos provechosos para la humanidad. No obstante, cité algunas frases o enseñanzas no religiosas con las siguientes finalidades:

1. Afirmar algunas enseñanzas bíblicas, no porque las enseñanzas de las Sagradas Escrituras necesiten ser aprobadas por la ciencia o la filosofía, sino por el hecho de que, desgraciadamente, mucha gente no comprende la integridad y la perfección de la Torá, o no cree que ésta sea de origen divino (para probar eso, Dios me dará la oportunidad de escribir otro libro, pero de momento pretendo que los mensajes aquí expuestos sean paralelos a otras fuentes, a fin de hacer llegar estos mensajes a más gente).

2. Para ampliar la idea o el concepto a tratar.

3. Porque son ideas provechosas, que seguramente se derivan de una enseñanza bíblica que yo no encontré o no relacioné debido a mi falta de conocimiento.

Creo que está de más aclarar que, cuando cito la opinión o alguna frase de un filósofo, ello no significa que esté de acuerdo con su manera de pensar respecto a algún tema en especial. Para mí, la única verdad absoluta es la Torá de Moisés y la de los Profetas; también, por supuesto, la de los Rabinos ortodoxos que recibieron estos conocimientos de sus antecesores (la Torá oral).


El ser humano comete errores; es por eso que la filosofía falla, pero la Torá y sus enseñanzas son verdades absolutas, pues tienen un origen divino. Si en este libro hay un error, estén seguros de que proviene de mí, ya sea por interpretar equivocadamente el texto bíblico o por alguna cita no bíblica hecha al respecto. Pido encarecidamente a todas aquellas personas que hallen algún error en este texto, o algo que no vaya con la óptica de nuestros Sabios, que me lo haga saber, a fin de corregirlo y evitar seguir pensando de esa manera; en última instancia, para no seguir propagando mi error. Asimismo, pido al Eterno que mis ideas no sean malinterpretadas y no provoquen tropiezos en los demás; por el contrario, que todas las enseñanzas aquí impresas sean provechosas y satisfactorias para el mundo e iluminen muchos hogares, trayendo así a muchos matrimonios la felicidad tan anhelada.





Introducción


Se cuenta que en una ocasión un millonario decidió construir un sanatorio, cuyos aparatos y doctores estarían al servicio de los ciegos las 24 horas. La intención de este hombre era hacer que los ciegos se curaran; sin embargo, los ciegos decidieron quedarse en el sanatorio, pues para ellos era un hogar, en el que podían vivir gratis recibiendo atención y comida. Estos ciegos eran demasiado orgullosos y testarudos; creían saberlo todo, por lo que, cuando los doctores les pedían seguir un tratamiento, ellos no obedecían. Tampoco respetaban a las enfermeras, y ellas, junto con los médicos, decidieron renunciar, o mejor dicho, escapar de ese lugar. Los ciegos, al quedarse solos en el sanatorio, empezaron a dañarse con las mismas instalaciones: cuando intentaban caminar al pasillo tropezaban con un aparato; querían bajar a la cocina y caían por las escaleras; querían tomar agua y tomaban algún medicamento, o el mismo cloro de la alberca… En fin, ya que no podían ver, esa clínica se convirtió para ellos en una peligrosa jungla. La clínica estaba construida originalmente para que ellos estuvieran cómodos, pero como no podían ver, confundían las cosas y todos acababan lastimados.


Este mundo es el sanatorio, que fue creado y preparado con la arquitectura necesaria para que podamos ser felices. Sin embargo, para poder disfrutar de él y lograr el éxito, es preciso encender la luz. Esa luz es el conocimiento, pues nos ayuda a discernir entre el bien y el mal. La carencia de información —la ignorancia— también se considera oscuridad: es igual o más densa y peligrosa que la oscuridad que conocemos.


Maimónides expresa esta idea de la siguiente manera:


Los grandes males que los hombres se infligen unos a otros a causa de las tendencias, las pasiones, las distintas opiniones y creencias, proceden todos de una privación; todos ellos resultan de la ignorancia, es decir, de la privación de la ciencia. Así como el ciego, a causa de su ausencia de visión, no deja de tropezar, de herirse y de herir también a los demás, cuando no tiene quien lo conduzca, igualmente los hombres, cada uno según la medida de su ignorancia, se infligen a sí mismos y a los otros males que pesan duramente sobre las demás personas. Si poseyeran la ciencia, que es a la forma humana (la forma humana para Maimónides significa el alma) lo que la facultad visual es al ojo, estarían impedidos de hacerse mal alguno a sí mismos y a los otros, porque el conocimiento de la verdad hace cesar la enemistad y el odio, e impide que los hombres se hagan mal los unos a los otros.


Todos los días vemos casos en los que dos personas que en un momento se amaron apasionadamente luego se convirtieron en odiados enemigos. El amor debe ser materia de estudio, pues la privación de este conocimiento o su desinterés puede traer como resultado herir los sentimientos de la persona que más amamos; puede arruinar el matrimonio y la vida de los hijos; puede resultar doloroso y desastroso. Nunca terminaremos de comprender el amor, pero mientras más nos esforcemos y logremos comprender, mayores herramientas tendremos para enfrentar la difícil tarea de ser esposos, pues el éxito y la plenitud favorecen a la mente preparada.



Dios creó el amor con la intención de beneficiar a la humanidad; así lo expresa la Biblia claramente: “[dijo Dios] no es bueno para el hombre estar solo, le haré una pareja…”. Y posteriormente está escrito: “Y tomó Dios la costilla del hombre para convertirla en mujer y se la dio [como obsequio] al hombre”. La mujer es un obsequio, amar es un regalo de D-s para la humanidad, por lo que no puede ser malo, y si con él nos lastimamos gravemente de seguro es porque no lo utilizamos en la forma correcta, no estamos abriendo bien los ojos y no hemos encontrado la manera adecuada de aplicarlo.


Por otro lado, no podemos aislarnos para evitar el amor, pues no dar nuestro amor también resulta doloroso. Así como una vaca siente la necesidad de dar de su leche y, de no hacerlo, puede enfermar y hasta morir, de igual manera el ser humano siente la necesidad de dar amor y no hacerlo puede poner en peligro su existencia. El amor es un sentimiento inevitable y, por lo tanto, tenemos que entregarlo y aplicarlo, pues de lo contrario puede pudrirse en nuestro interior, como la leche en la ubre de una vaca.


Dios hizo depender a todo el cuerpo del corazón, tanto física como espiritualmente. El corazón es como la bisagra de una puerta: una puerta no se sostiene sin su bisagra; tampoco el cuerpo ni el alma pueden sostenerse sin el corazón. Alimenta al cuerpo de sangre y al alma de espíritu, pues no sólo lo material depende de él. Este órgano, aparte de hacer correr por nuestras venas la sangre, también hace correr una vital energía llamada amor, tan indispensable para el alma como la sangre para el cuerpo.


Amar es, ya lo dijimos, un sentimiento inevitable; por eso no podemos desentendernos de la necesidad de analizarlo y entender lo que realmente implica; sólo así podremos aplicarlo correctamente. El amor puede llegar a ser la vitamina más efectiva para el alma, pero mal aplicado puede convertirse en un fulminante veneno. Amar es humano. La aplicación correcta del amor es una característica de la gente prudente y sensata. Desde el nacimiento hasta la muerte, el amor es el objetivo único y total de la vida; depende de cómo lo encaminemos para alcanzar nuestra propia felicidad.


El amor es poderoso; es el motor que impulsa el universo. Donde la persona enfoque su amor es a lo que dedicará todas sus energías. El amor no tiene barreras; si es dirigido correctamente, puede acarrear mucha alegría y plenitud, pero mal encaminado puede llevarnos hasta la perdición y los abismos más profundos. El amor es algo sumamente complejo y delicado, por lo cual es preciso dedicarle mucho tiempo y esfuerzo, pues sólo de ese modo lograremos entender y experimentar lo agradable y placentero que es.


Desde el fondo de mi corazón, anhelo que este libro sea un excelente instructivo para aprender el arte tan complejo, pero fascinante, de amar.


¿Es suficiente amar con el corazón?


Imaginemos que un individuo tuvo un terrible accidente y fue llevado a la sala de emergencias del hospital. Sus familiares, al enterarse de lo sucedido, rápidamente fueron a visitarlo. El hombre estaba en la sala de urgencias a la que nadie, excepto los médicos, podía ingresar. Después de muchas horas de atenderlo, uno de los médicos salió de la sala, se quitó los guantes y el cubrebocas, y notificó a los familiares su estado: “¡No tienen de qué preocuparse! ¡Su corazón está bien!”. “Pero, doctor —dijo la esposa del hombre, sorprendida—, todo lo demás, ¿cómo está?” “Bueno… Todo lo demás está completamente destrozado… ¡pero el corazón aún funciona!”


Aunque la narración anterior nos parezca ridícula, sirve para demostrar que el corazón no lo es todo. Sería una locura evidente concentrar toda nuestra atención en el corazón, olvidando que existen otros órganos en el cuerpo que, aunque no son tan indispensables como el corazón, también son importantes.


En el matrimonio sucede lo mismo: aunque el corazón y los sentimientos sean lo más importante, no podemos dejar de lado las funciones que desempeñan los demás factores. Dos personas que se aman no necesariamente llevan una buena relación, así como no todos cuyo corazón funciona bien están sanos.


El amor no es todo para lograr un matrimonio feliz. Se necesitan también buenas acciones e inteligencia. Quien piense que la intención es lo único que cuenta, jamás logrará nada. No basta con decir “Te amo”, y no prestar atención a las necesidades de la pareja. Eso no es amor; el corazón y la mente deben estar conectados con todos los miembros del cuerpo y las capacidades intelectuales. Lo que el corazón siente debe ser analizado por la mente y debe manifestarse mediante acciones; de lo contrario, por más amor que haya no se alcanzarán los objetivos del matrimonio.


El corazón, aunque es la pieza fundamental del matrimonio, necesita de otros factores para considerarse un artefacto productivo. Es como el motor de un auto: sin carrocería, asientos, llantas, volante o conductor, por sí solo no llegará a ningún lado.


El corazón no lo es todo, como mucha gente piensa. Por ello me animé a escribir algunos puntos importantes para despertar en la gente la conciencia de los detalles fundamentales que debemos tomar en cuenta para formar un hogar amoroso y armónico, plena demostración de las bendiciones de Dios.


Una pareja no se consigue en las boutiques


Con el avance y la madurez, el hombre vería que su vida y destino están tan ligados con su pareja, como los órganos de su cuerpo.


Para hablar de amor, antes debemos remontarnos a la creación del primer hombre y analizar la forma en que fue ensamblado y las piezas que lo componen. A fin de entender los sentimientos humanos, debemos entender lo que es el ser humano.


La Biblia, desde su comienzo, relata la creación del hombre y nos revela lo siguiente: “El Eterno formó al hombre del polvo del suelo, y sopló en sus narices aliento de vida: y el hombre se convirtió en alma viviente”. Dios tomó tierra de todas las partes del mundo, para con ella moldear el cuerpo humano; pero posteriormente, después de haber ya formado un muñeco de arena, le sopló un espíritu divino, un aire proveniente del mismo Creador, para así darle vida. Eso significa que la persona fue creada con dos componentes: un cuerpo material y, para dar vida a esa materia y manejarla, un espíritu divino. Entonces resulta que el ser humano es una combinación de lo más material y mundano, con lo más espiritual y divino.


El ser humano, indudablemente, no es sólo su cuerpo, pues de ser así podría controlarlo en su totalidad. El hombre no tiene la capacidad de controlar su cuerpo, ya que, de otra forma, podría él mismo decidir, por ejemplo, que su corazón palpite o no; podría ordenar a sus intestinos qué deben absorber para así mantener el peso y la figura deseada; y si ingiriera por error un medicamento equivocado, o un alimento caduco o venenoso, sería suficiente que decidiera no absorber en su cuerpo los elementos químicos que le fueran nocivos, es decir, podría controlar sus órganos internos igual que lo hace con sus miembros externos. Como es sabido, esto no es posible; el control que el ser humano tiene sobre su cuerpo es estrictamente limitado. El cuerpo es como nuestro automóvil, que aunque lo podamos manejar, no somos capaces de controlar mediante el manejo lo que en el motor sucede. El cuerpo es el vehículo del alma; del mismo modo como un astronauta necesita de un traje especial para soportar el vacío sideral, de igual manera el alma necesita del cuerpo para soportar su estancia en la tierra. El cuerpo es tan sólo como el uniforme o traje especial de la persona, mas no la persona misma. El ser humano es lo que se encuentra adentro del cuerpo y no puede ser visto. En fin, el cuerpo es como la cáscara y el alma es la propia fruta.


Otra manera de comprobar que nosotros no somos nuestro cuerpo sino nuestra alma es analizando lo que sucede al hombre al morir; un cuerpo muerto no deja de tener las mismas características físicas que poseía antes de fallecer: sigue teniendo ojos y pupilas, boca y lengua, nariz y pulmones, oídos y tímpanos, hasta el corazón y cerebro, y todos los aditamentos necesarios para hacer funcionar cada miembro; conserva también las manos y los pies, pero no puede caminar o moverse. Tiene los elementos necesarios, pero dejaron de funcionar, y eso se debe a que lo que mueve el cuerpo es el alma: el cuerpo es la máquina y el alma es quien la maneja, y es también la batería que le da el empuje para tener movimiento. Los ojos no ven por sí solos; son tan sólo una ventana por la cual se asoma el alma para ver hacia fuera. Mediante los oídos el alma puede captar las tonalidades de la voz. Es el alma la que percibe los olores y sabores. El alma es, también, la que percibe los colores y siente los placeres… y los dolores. Es por eso que un cuerpo muerto ya no siente, ya no distingue entre el frío y el calor, o entre el amor y el odio. Es el alma la que posee la sensibilidad de amar y percibir los sentimientos más sutiles e incorpóreos; es esa fuerza interior que hace latir el corazón y da raciocinio al cerebro; es la que activa nuestros sentidos, la que contiene toda la información de nuestra personalidad. Si alguien es malo o bueno no se debe al estado de salud de su cuerpo, sino a las características espirituales que su alma moldeó dentro de su ser.


El cuerpo es sólo el estuche o la vestimenta de lo que realmente somos. El alma no depende del cuerpo para subsistir; es el cuerpo el que depende de ella y, sin ella, no es más que un muñeco: “aunque el cuerpo no fuese, el alma no dejaría de ser cuanto es”. Al observarnos al espejo, debemos saber que lo que vemos es únicamente nuestro disfraz, o nuestro medio de transporte en el mundo, como lo sería tal vez un auto. La belleza física es como tener un bonito auto; cuando nos referimos al ser humano que siente y razona, no estamos hablando de un cuerpo material sino de algo divino y puro.


A diferencia del animal, la persona posee un espíritu superior que le ayuda a sobreponer su mente ante sus instintos. Este libro está dirigido a personas, a gente capaz de discernir entre lo bueno y lo malo, y elegir su manera de conducirse. El animal no cambia, sus decisiones pueden predecirse con facilidad, pues no goza de autocontrol; el animal no ama, sólo desea; no siente la necesidad de casarse y establecer una relación. Los animales viven libremente, un día con una pareja y otro con otra, sin compromisos ni responsabilidades; sólo disfrutan del cuerpo de su pareja sin importarles los sentimientos. Es el humano a quien Dios regaló ese inevitable y comprometedor, pero precioso sentimiento que, mal encaminado, puede ser destructivo, pero sabiéndolo utilizar puede ser nuestro pasaje hacia la felicidad y la plenitud.


¿De dónde nace el amor?


¿De dónde nace el amor? ¿Cuál es la semilla que hace brotar ese sentimiento positivo de lo más profundo de nuestros corazones?


La pareja, antes de ser creada, era un alma a la que D-s partió a la mitad y la mandó a este mundo, dividida ahora en dos cuerpos, con el objetivo de que lograran unirse de nuevo.


Así lo aprendemos de la Biblia; en su principio nos enseña acerca de la creación del primer hombre y de la primera pareja: “Y creó Dios a la persona a su semejanza, a semejanza del Todo Poderoso fue creada, hombre y mujer los creó”.


Entonces, desde un principio fue creado el hombre junto con la mujer… pero si es así, este versículo contradice a uno posterior que dice que Dios tomó una de las costillas de Adán y con ella formó a la mujer.


Una posible respuesta es la siguiente: cuando Dios creó a Adán —la persona—, en realidad creó de una sola pieza al hombre y a la mujer; es decir, el hombre y la mujer estaban conectados en la parte donde se encuentra la costilla; sus almas estaban conectadas, pero posteriormente Dios dispuso que eso no era bueno, que no era prudente que la pareja estuviera siempre junta, y por ello los separó.


Pero de esta explicación bíblica, basada en los profundos comentarios del Talmud y la Cábala, no se entiende algo: si no era bueno que la pareja estuviera siempre junta, entonces, ¿por qué el Todopoderoso en un principio los creó unidos?


Para contestar a esta cuestión, analicemos un ejemplo: cuando confeccionamos una prenda, debemos verificar que todas sus piezas sean de la misma tela, pues aun siendo del mismo color, hay variantes en las tonalidades, las mangas deben concordar con el cuerpo de la prenda y el pantalón con el saco. En el caso de la pareja, para que “embone” y “combine”, ambas partes tienen que provenir de la misma “tela”, es decir, deben ser de una sola pieza, una sola alma cortada con la finalidad de unirse de nuevo, como la manga y el cuerpo, o como el saco y el pantalón. D-s creó a la pareja junta, y después la separó, para darle una mejor forma, como el sastre que corta su tela para crear elegantes diseños.


La función de un matrimonio es unirse por medio del resistente hilo del amor, para así diseñar una elegante decoración para el mundo por medio de su hogar.


Esta fina prenda no se consigue en las boutiques: una mujer “al tono” de la propia alma del varón no se encuentra en un desfile de modas; son los espíritus los que se atraen, la razón la que los une, las palabras las que los conectan y la alegría la que les ayuda a fijar la relación.


Nosotros no debemos plantar la semilla; ya Dios se encargó de eso. Nuestra función es hacer que la semilla brote y dé frutos, y lograremos eso solamente paso a paso, ladrillo a ladrillo, por medio de sonrisas, miradas, palabras tiernas y caricias físicas.


La “tela” debe ser trazada y cortada con mucha exactitud, para así adaptarse perfectamente a la otra pieza; si pudiéramos preguntar a la tela qué siente al ser cortada, quizá nos respondería que, por un lado, es muy doloroso, pero por otro, que se siente alegre al desprenderse del retazo y la tela inútil, pues de ese modo podrá ser feliz y llegar a ser una fina prenda.


Dios creó a la persona con algunos rasgos que en ocasiones resultan negativos, como lo avaricia, egoísmo, enojo, etc. Para que una pareja pueda “embonar” perfectamente, cada uno debe luchar contra algunos de esos rasgos, hasta lograr, si no eliminarlos en su totalidad, sí disminuirlos lo más posible. Ciertamente, eso a veces resulta difícil y hasta doloroso, pero debemos saber que es la única manera de crear una “hermosa prenda”, esto es, un matrimonio perfecto. En ocasiones, para sacar a flote un matrimonio, debemos abandonar nuestro egoísmo, pereza, orgullo, deseos, etc.; pero “deshacernos de los retazos” no nos hace defectuosos, sino que nos perfecciona (por ejemplo, cortarnos las uñas o el pelo nos hace quizá más bellos y, en ocasiones, extirpar un tumor nos permite recuperar la salud). La gente suele decir: “Yo así soy; no trates de cambiarme”. El humano es el único ser que posee la capacidad de superarse, controlar sus instintos y cambiar; que no quiera hacerlo y prefiera seguir siendo como es, para evitar el dolor que ello implicaría, la abstención o el esfuerzo que eso impone, lo degrada hasta la categoría del animal. El cuerpo humano, como ya mencionamos, está dirigido por el alma, y aunque el animal también posee un espíritu que lo mueve, el de la persona es, sin embargo, mucho más poderoso. El animal, pese a tener la capacidad de dirigir su cuerpo, no puede controlar sus impulsos, se deja llevar completamente por lo material, no progresa porque no corrige sus malas cualidades. Por eso en el lenguaje bíblico el animal se llama behemá —que también puede leerse bah-má—, que significa “en ella, lo que hay”, es decir, lo que hay, seguirá así, sin cambios, no progresa ni se supera; en fin, es una bestia.


La suerte y el destino en el matrimonio


El Talmud toca el tema de la suerte y el destino en el matrimonio. Allí se dice que es tan difícil para Dios unir a una pareja como partir el mar (en referencia a la partición del Mar Rojo). Pero eso no se refiere al primer matrimonio, pues ya está destinado por Dios, como parte de la vida de cada persona, sino al segundo matrimonio, el cual requiere de muchos cambios en la naturaleza y que se da de acuerdo con las acciones de la persona: a un buen hombre le dan una buena mujer y a un mal hombre una mujer malvada.


Aquí la premisa básica es que Dios es Quien une a las parejas; el que no tiene fe en tal antecedente, pasará toda su vida con la duda de que tal vez, de haberse casado con otra persona, su vida hubiese sido mucho mejor. Pensamientos como ése pueden ser tan destructivos que en verdad amargan la vida matrimonial.


Una de las maneras más seguras de debilitar un matrimonio es juzgándote a ti mismo. Pero eso es precisamente lo que muchas personas hacen, especialmente durante las primeras etapas de la vida matrimonial: cuando las cosas se ponen un poco difíciles, piensan en tiempos pasados, ansiosamente recordando a otras personas con las que salieron. “¡Ah! Si tan sólo me hubiera casado con ella”, se dicen a sí mismos, “¡no tendría estos problemas!”

Este es un gran error, una obra maestra del instinto del mal, del mismo diablo, quien está siempre buscando cómo sembrar dudas y tensiones donde reina la paz y la armonía.

¿Qué está mal con esta manera de pensar? Bueno, obviamente resulta contraproducente. Uno se crea en la mente una esposa de fantasía, la cual es un modelo de perfección, y luego compara a la esposa de la vida real con esa imagen soñada. ¿Es justo? ¿Acaso esas fantasías van a ayudarnos a resolver nuestros problemas, o simplemente los empeorarán?

Cuentan que una princesa preguntó a un sabio llamado Rabí Yosi ben Jalaftá en cuántos días creó Dios Su mundo. El sabio le contestó que en siete días (pues en el séptimo creó el descanso). Ella le preguntó: “Y desde que terminó Su creación, ¿a qué se dedica?”. Él contestó que se dedicaba a unir parejas y también a enriquecer a unos y a empobrecer a otros. Ella le dijo: “Eso también yo puedo hacerlo”. Tomó a todos sus esclavos y a todas sus esclavas y dijo al sabio: “Lo que D-s hace desde que terminó Su obra, yo voy a hacerlo en una noche”. Rabí Yosi le dijo: “A ti te parece fácil, pero veamos si lo consigues”. La dejó y se retiró. Ella en ese momento tomó a mil de sus esclavos y a mil de sus esclavas, puso a los hombres en una hilera y a las mujeres en otra, y los fue juntando. Empezó a decir: “Esta para éste, y éste para ésta”. Logró casar a todos en una sola noche. Al otro día, llegaron uno tras otro con quejas y reclamaciones. Unos venían con un chichón en la cabeza, otros con el oído mordido, otros con el ojo hinchado, otros cojos, mancos, ciegos. A otros los venía persiguiendo su suegra con el sartén y los restantes estaban afuera, a la mitad de la calle, con los parientes de sus esposas. De las mil parejas que ella juntó, ninguna tuvo éxito. La princesa mandó llamar al sabio y le dijo: “Atestiguo yo que Dios existe; y todo lo que me dijiste es totalmente cierto”. Le dijo el sabio: “Dios se sienta y junta parejas. Él amarra una correa en el cuello de uno y lo trae desde el otro lado del mundo para juntarlo con su pareja ideal que está del otro lado del mundo, eso para que no se quejen de su pareja, y en lugar de eso agradezcan; para que, en lugar de llorar, canten”.


Estar seguros de habernos casado con la persona adecuada es el fundamento para lograr la felicidad en el hogar. En el judaísmo, una bendición pronunciada para los novios que se unen dice: “¡Ojalá que el Eterno los alegre como alegró a Adán y Eva en el paraíso!”. El motivo por el cual Adán y Eva fueron una pareja verdaderamente feliz no es porque no tuvieran suegra, como suelen decir por allí, sino porque ninguno de los dos tenía en mente la idea de que podrían haber escogido a otra persona como pareja. Los dos estaban seguros de que habían escogido bien; muy aparte de que no tuvieron más opciones, cada uno de ellos pensaba para sus adentros: “Mi pareja es única e ideal, como ella no hay otra en el mundo entero”.

Un matrimonio es como un par de zapatos. Cuando compras un nuevo par de zapatos, se ven muy brillantes y elegantes, pero cuando te los pones, molestan un poco. No importa que te queden a la perfección, los zapatos no se sentirán enteramente cómodos durante un tiempo. Pero una vez que te ajustas a ellos, se sientan tan cómodos que no puedes imaginar haber estado sin ellos.

Lo mismo se aplica en el matrimonio: no importa qué tan perfectamente “encajen”, inevitablemente habrá irritaciones menores al principio, hasta que la pareja se encuentre completamente ajustada uno con el otro. Pero cuando esto ocurre, el matrimonio es un estado supremamente confortable.

Hay, sin embargo, una condición muy importante. Si una persona compra un par de zapatos, espera conscientemente que le molesten durante un tiempo, y estará preparado para tolerarlos hasta que se ajuste a ellos. ¿Pero qué sucede si compró los zapatos en oferta, en una venta, porque eran el último par que quedaba de su talla? ¿Tendría la misma confianza de que la molestia es sólo algo temporal?

Seguramente que no.

Entonces, ¿qué haría?

Intentaría estirar los zapatos y torcerlos hacia los dos lados para que le queden mejor. Y en el proceso, arruinaría los zapatos.

¿Cuándo tendría la paciencia de esperar a que la molestia desaparezca? Cuando fue atendido por un experto y sintió la confianza de que esos zapatos eran exactamente de su talla. Sólo entonces se sentirá seguro de que los zapatos son en esencia cómodos y de que la molestia pronto desaparecerá.

Exactamente lo mismo sucede dentro de un matrimonio. Si una persona no tiene la confianza de que su cónyuge es la pareja perfecta para él, no estará dispuesto a tolerar las dificultades menores del periodo de ajuste. En lugar de eso, intentará “estirar” su matrimonio hacia todos lados, hasta que llegue a arruinarlo.



Amor incondicional


En nuestros días, la gente trata de seguir ciertas conductas para encontrar el amor. Una de ellas —utilizada en especial por los hombres—, como dice Erich Fromm, es tener éxito, ser tan poderoso y rico como lo permita la propia posición social. Otra —usada particularmente por las mujeres— consiste en ser atractivas, por medio del cuidado de su cuerpo, su ropa, etc. Pero hay muchas otras formas de hacerse atractivo, que utilizan hombres y mujeres por igual, como tener modales agradables y conversación interesante, ser útil, modesto, popular, etcétera.


Ante esto surgen algunas preguntas: ¿en verdad estos factores nos ayudan a conservar el amor durante toda una vida? ¿Acaso estos son los pasos correctos que debemos seguir, a fin de lograr la armonía en el hogar y llenar nuestra vida de felicidad? ¿Son sólo “ganchos” para atraer a una pareja hacia “nuestras redes”? Pero si es así, entonces, ¿después qué?


La mayoría de la gente cree que amar es sencillo, y en verdad lo es. Lo difícil es encontrar a quien amar y ser amado a la vez. Toda la cultura popular está basada en el mero acto de enamorarse, pero olvidamos que la finalidad de un matrimonio, y lo más difícil de lograr, no es enamorarnos, sino permanecer enamorados, lo cual no se alcanza siguiendo esos patrones.


A fin de llegar a ese estado amoroso permanente, los grandes eruditos del Talmud nos enseñaron que el amor verdadero no depende de factores externos, pues al desaparecer ese factor el amor también se termina. De esta verdad proviene la frase: “Todo amor que depende de algo (en particular), se suspende ese algo y se suspende ese amor”.


Ama a tu pareja incondicionalmente, para que ese amor no se suspenda jamás.


Amor por belleza


El amor trillado por el físico se esfuma como el perfume.


Quien se enamora de la pareja solamente por su belleza física, debe tomar en cuenta que con el tiempo esa belleza se desvanece, y que —en el caso del varón— siempre habrá otra mujer más bonita que la suya, o tal vez mejor arreglada, o simplemente llegará el momento en que se harte de ese rostro. Esa belleza no lo mantendrá satisfecho durante mucho tiempo, pues por muy bella que sea una persona físicamente, si la aborrecemos por determinados defectos de personalidad, seguirá provocándonos repulsión. Sobre esto, el Rey Salomón nos legó la siguiente frase: “La belleza en una mujer carente de sentido es como un anillo de oro en la nariz de un puerco”.


Por otro lado, a los hombres nos resulta siempre agradable ver el semblante de la mujer a la que en realidad amamos, aun cuando no sea la más bella en lo físico; basta y sobra que, para nosotros, sí lo sea.


La belleza es, por decirlo así, una botella de vino; la botella, por sí sola, es muy bonita, pero en lugar de vino añejo puede contener veneno. Una mujer bella puede llevar a un hombre a la tumba, o lo que es peor, matarlo en vida, convertir en un infierno su estancia en este mundo. “Quien en vida tuvo una mujer malvada, tiene asegurado que no verá el infierno.” La implicación quizá chusca de este adagio es obvia: Dios no castiga dos veces, por lo cual, quien en vida soportó a una mujer malvada, ya sintió una vez “el fuego del infierno” (el enojo, el coraje, la preocupación, la ira, etc., nos hacen arder por dentro).


Aunque esta frase suena más a broma, el mensaje es muy cierto: realmente es más satisfactorio vivir en una casa sin techo que bajo un techo con una mala mujer. ¡La belleza no lo es todo! Por ello es altamente recomendable que, antes de buscar pareja, no te fijes sólo en el recipiente, sino en lo que hay dentro. Sobra decir que tampoco conviene hacer depender el amor de algo tan superfluo y pasajero como la apariencia física.


Escoge a una mujer de la cual puedas decir: “Hhubiera podido escogerla más bella, pero no mejor”.


Amor por dinero


El amor y el cariño se conquistan, mas no se buscan en el mercado de valores. El amor comprado es tan frío como el metal.


El amor por dinero será siempre pobre. ¡Pobre de ese amor, que depende del estado de cuenta bancario, los regalos, el coche, los paseos, o de cosas que nadie sabe cuánto van a durar! La vida da muchas vueltas y, en un parpadeo, todo un negocio se viene abajo, sea por malas decisiones financieras, robos o catástrofes naturales que acaban con todas las posesiones. “El dinero es un buen siervo, pero un pésimo patrón”, se dice por ahí. Nadie debería atenerse a él, ni mucho menos fundamentar una relación amorosa en la tasa de cambio del dólar. ¡No permitamos que el dinero maneje nuestros sentimientos! Si la razón por la que alguien vive con su pareja es el dinero, en el momento que cierre la mano y deje de darle lo que le pide, dejará de quererlo… ¡ésa sí es una razón de pe$o!


Al igual que quien ama a otro por su belleza, por increíble que parezca, puede llegar a hartarse de ella, puede llegar también a hartarse del dinero. Rodearse de objetos materiales es como beber aguas saladas: en lugar de satisfacer, provocan más sed. Tenerlo todo nos hace sentir que no tenemos nada. Pero hay una lógica detrás de esto: Dios nos creó con carencias, a fin de brindarnos placer el placer verdadero de luchar por conseguir lo que nuestra alma desea. D-s es tan bondadoso con nosotros y nos ama tanto que desea hacernos felices. Si la felicidad radicara en tenerlo todo, ¿no es lógico pensar que seguramente D-s nos lo hubiera dado? De aquí se sigue que, realmente, la felicidad no proviene del dinero ni del poder, sino de conseguirlo todo por nuestro propio esfuerzo y mérito.


Quien se siente productivo también se siente feliz; quien se siente inútil, vive amargado y deprimido, aun teniéndolo “todo”. “¿Quién es rico? Aquel que se siente contento con su parte”, reza una enseñanza. Al que le cuesta trabajo conseguir algo y al final lo obtiene siente deleite verdadero, el que no puede sentir quien no batalló para conseguirlo, pues siempre lo tuvo. En la frase anterior se recalca que quien tiene verdadera riqueza no es el que posee riquezas materiales, sino el que se siente contento con su parte, es decir, con la parte que él consiguió por sí solo.


Quien se casa por dinero, aunque suene inverosímil, seguramente no triunfará y pronto perderá esas posesiones, pues no llegaron a sus manos de manera honesta. Todos debemos recibir lo que se nos da de buena gana, mas no podemos basar una relación en posesiones materiales. ¿Por qué? Aclaremos: el dinero sólo es un medio para proteger el amor, nunca una finalidad para conseguirlo. Evidentemente, en las sociedades consumistas el dinero es necesario —imprescindible, afirman muchos— para vivir y mantener un hogar, pero no para enamorar, y mucho menos para convencer a alguien de casarse. Debemos conseguir dinero, y eso es una de las verdades más grandes de este mundo, pero para vivir tranquilos, no para conseguir dinero.


No te cases por dinero; un préstamo te costará menos.


Muchas parejas sostienen que las dificultades económicas son las destructoras de la armonía en su hogar. Una conocida expresión popular dice: “Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor sale por la ventana”. ¿Es acaso real el contenido de esta frase?

Las dificultades pueden a veces acercar a la pareja mutuamente, y otras veces pueden enfriar las relaciones matrimoniales. A muchas parejas, situaciones tales como el desempleo, la humildad, etc., las unen más; en cambio, a otras las destruyen. Toda desgracia o crisis de cualquier tipo constituyen una prueba de coraje para la pareja. Por lo tanto, si la mujer se ha casado con el fin de encontrar en el matrimonio su seguridad económica, entonces la pérdida de una entrada de dinero adecuada implicará la disolución del matrimonio. Sin embargo, si en la pareja priva una relación de pertenencia, a pesar de las dificultades económicas esa relación se mantendrá.


Casos bíblicos de amor condicionado


Un amor sujeto a condiciones es, finalmente, igual a nada; una vez que la causa se desvanece, el efecto resultante también. Esto fue a lo que se refirió el rey Salomón cuando dijo: “La gracia es engañosa y la hermosura una vanidad”.


Uno de los casos bíblicos en que se dio un suceso de amor condicionado se relata en el libro del profeta Samuel, respecto a Amnón y Tamar: “Amnón era uno de los hijos del rey David y Tamar era su hija también, pero de diferente esposa. Amnón se enamoró de su hermana y finalmente la forzó a mantener relaciones íntimas con él. Una vez terminado el acto, relatan las sagradas escrituras, ‘el odio con que la odiaba excedía el amor con que la había amado’ (Samuel 13:15). El llamado ‘amor’ de Amnón era puramente físico, dependía de su lujuria y de la belleza de Tamar. Una vez satisfecho su instinto, su amor desapareció. El odio ocupó su lugar y éste fue lo suficientemente intenso como para vencer cualquier simpatía natural que pudiera sentir un hermano por su hermana. Por eso la echó”.


Si creemos que esos casos se dieron sólo en aquellos tiempos tan remotos, en los que según algunos ignorantes “no había cultura, ni educación”, nos equivocamos. Un caso actual, de entre muchos que ocurren hoy, nos muestra que el amor aún se degrada en deseo o pasión, y se convierte en una enfermedad o locura similares a la que sufrieron Amnón y Tamar: Walter Riso, especialista en psicología clínica, cuenta que una mujer casada, que nunca había sido infiel, cayó perdidamente “enamorada” del socio de su marido. La angustia por su “amor” imposible fue tal que debió ser medicada y recluida varios días en una clínica de reposo. Ella expresó así su sentir, durante una de las visitas de Riso: “Ya sé qué es lo que quiero… No vaya a pensar que estoy loca, pero ya entendí cómo calmar mis ansias… Lo necesito… A él, al socio de mi marido… Es mi verdadero amor —dijo sin vacilar”.


Podemos apreciar notoriamente las consecuencias de un amor condicionado en la famosa historia de Sansón:


Se relata que a la muerte de Abdón, comenzaron los filisteos a oprimir a los hebreos. Como habitaban en la zona costera sudoeste, la tribu más perjudicada fue la de Dan. Un hombre llamado Manóaj y su esposa pertenecían a la tribu de Dan. Ambos habían tenido una visión profética en la que se les avisaba que tendrían un hijo varón, a quien debían cuidar desde su gestación para que fuese Nazir, ya que su función sería redimir al Pueblo de Israel de manos de los filisteos. Este niño fue llamado Sansón.

Sansón, cuidado desde su gestación tal como fue vaticinado, poseía en ciertos momentos una fuerza extraordinaria, que se perdía al cortársele el cabello. A fin de debilitar a los filisteos, sin que tomaran represalias contra los hebreos, Sansón se entremezclaba con ellos, provocando querellas personales, matando a miles y dañando sus propiedades, situación que duró 20 años.

La última esposa de Sansón, llamada Dalila, fue convencida por los filisteos de investigar hasta obtener el secreto de la fuerza de Sansón, y una vez que lo supo, les reveló que tal secreto consistía en no cortarse el cabello.

Mientras dormía, lo raparon, quedando debilitado para encadenarlo y finalmente enceguecerlo. Para exhibirlo, organizaron en un teatro gigantesco un festejo del que participó una multitud cuya finalidad era burlarse de él. Fue en ese momento que Sansón rogó al Creador que le otorgara una vez más su fuerza para poder vengarse en su nombre. Cuando sintió recuperar su poder, abrazó y arrancó las dos grandes columnas centrales que sostenían el edificio al que lo tenían encadenado, cayendo éste sobre todos los concurrentes, incluido él mismo. Allí provocó mayor cantidad de muertes entre los filisteos que las que había provocado él solo a lo largo de toda su vida.



Sus hermanos consiguieron rescatar su cuerpo y enterrarlo junto a su padre, en la tierra de Israel. Sansón dirigió al Pueblo de Israel desde el año 2811 hasta el año 2830.


Sansón terminó engañado por su mujer, a tal grado que su amor por ella le costó la vida. En ese mismo capítulo, las Sagradas Escrituras insinúan el motivo de Sansón para casarse justamente con esa mujer:


Y bajó Sansón a la ciudad de Timnata, y en ella vio a una mujer hija de filisteos. Y fue a decir a su padre y a su madre: “Vi en Timnata (a una mujer) hija de filisteos. ¡Tómenla para mí como esposa!”. Su padre y su madre le respondieron: “¿Qué acaso no hay entre tus hermanos y todo el resto del pueblo una mujer digna, como para que tengas que ir a tomar una mujer de los filisteos?”. Sansón les respondió: “¡A ella tomen para mí! Pues ella es buena ante mis ojos [me gusta, es bonita]”.


El Talmud hace la siguiente reflexión: “Sansón se dejó llevar detrás de sus ojos (al decir que era buena ante sus ojos); es por eso que los filisteos lo dejaron ciego”. No es suficiente que “la mujer ideal” sea bonita ante nuestros ojos, o agradable; es importante también fijarse en los sentimientos y buscar a una mujer de buen corazón, que no sea sólo buena ante nuestros ojos sino también ante los ojos del Creador. Y hace falta aún ser muy cuidadosos y buscar lo que realmente bueno, no simplemente lo que nos impresiona y nos gusta físicamente; un amor así no tiene la fuerza para salir adelante y alcanzar la felicidad.


Casos Bíblicos de amor incondicional


Un caso de amor incondicional fue el de Abraham y Sará. Como las escrituras lo relatan, Sará siguió a su marido incondicionalmente a donde él decidía ir. Sará fue siempre fiel a su marido, tanto en afecto como en sinceridad, y aunque Abimelej y el faraón de Egipto quisieron tomarla como esposa, D-s mismo intervino y no los dejó siquiera ponerle un dedo encima. El mismo respeto y afecto que Abraham prodigaba a su mujer se vio reflejado también en sus hijos, quienes fueron retribuidos por sus esposas de la misma manera, como lo vemos con Isaac y posteriormente con Jacob, quien trabajó por Rajel, su mujer, durante 14 años; con todo, el precio le pareció muy bajo en comparación con el amor que le tenía. Alcanzaron esa felicidad porque jamás hicieron depender su amor de nada físico.


No sólo el amor físico por otra persona debe ser incondicional; todo amor que queramos que perdure, debe basarse en sentimientos y no en la conveniencia o en el deseo personal. Tal fue el caso de David y Jonathan. Entre David y Jonathan había un afecto que no se basaba en nada exterior o material, ni en una ganancia personal. Eran amigos verdaderos, aunque Jonathan tenía muchas razones para envidiar e incluso odiar a David. Cuando su amigo ocupó el trono de su padre, podría haber temido por su propia vida, que estaba en manos de David; sin embargo, el lazo de verdadera amistad triunfó. Y pese a que su padre, el rey Saúl, le advirtió que mientras viviera David, el hijo de Ishay, sobre la tierra, su reinado no sería estable. Aun así, Jonathan se comprometió ante David diciendo: “Tú reinarás sobre Israel y yo seré tu segundo”.


Amor incondicional hacia los hijos


En diferentes ocasiones incurrimos en el error de querer a nuestros hijos siempre y cuando cumplan con la condición de ser buenos hermanos, ayudar en la casa, obtener buenas notas en el colegio, etc. El niño debe saber que sus padres lo amarán siempre y además tratarán de hacer todo lo posible para beneficiarlo, sin condiciones. Si les demostramos que sólo los queremos cuando actúan correctamente, pueden llegar a sentir que nuestro interés es enorgullecernos por medio de ellos y poder decir “Ese es mi hijo”, y no realmente para que ellos sean felices.


Muchas veces decimos a nuestros hijos: “Hazlo, pues es para tu bien”, “Te castigo porque te quiero”, “No irás a ese lugar porque no es bueno para ti”. Esperamos que la reacción a estas palabras sea siempre positiva —para nosotros— y el niño entienda que en verdad lo hacemos por su beneficio; pero los niños muchas veces no nos creen y de todos modos desobedecen. Eso se debe en gran parte a que ellos sienten que no estamos tomando esa decisión más que por nuestro propio interés. “No vas a ese lugar porque no es bueno para ti”: si tales palabras vienen de un padre que incondicionalmente apoya a su hijo y le dedica tiempo y cariño, y en realidad demuestra que se interesa principalmente por su bienestar, pueden ser aceptadas; pero viniendo de un padre al que en ocasiones no le importa tanto la educación de su hijo, éste traduce esas palabras como: “No irás a ese lugar porque no tengo ganas de llevarte”, o “No irás a ese lugar porque a mí no me conviene”.

El amor a los hijos no debe depender de nada y ellos deben notarlo. Nuestra manera de hacérselos ver es, en ocasiones, privarnos de lo que nos gusta hacer por atenderlos, darles su importancia más allá de toda ocupación. Los niños de hoy ya no se “tragan” la frase: “No tengo tiempo para ti porque estoy ocupado tratando de conseguir para ti el sustento”. El niño sabe que su papá ama el dinero y gasta en la mejor ropa y los mejores coches, pero cuando se trata de él no hay dinero para la colegiatura, para los útiles ni para el viaje de fin de año, y el niño se pregunta: “Si en realidad mi padre trabaja para mí, entonces, ¿por qué yo no le importo?”. Cuando las palabras y los hechos se contradicen, provocan un choque de ideas y realmente es en los hechos donde los hijos van a apoyarse para llegar a sus conclusiones… “Una imagen dice más que mil palabras.”


Amor incondicional a Dios


El amor incondicional que tenían Abraham, Isaac y Jacob por el Todopoderoso ha perdurado por muchas generaciones gracias a que no depende de factores materiales. Estos respetados hombres no sirvieron a D-s con la intención de recibir algo a cambio sino, al contrario, estuvieron dispuestos a entregar incluso su vida o la de sus propios hijos en aras de cumplir la voluntad divina, como nos lo relata la Biblia.


El amor a Dios también debe estar libre de intereses personales, como está implícito en la Biblia: “Y amarás al Señor Tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza”. Nuestro lazo de unión con el Señor también debe estar libre de todo interés ulterior; por ejemplo, esperar como recompensa que siempre permanezcamos sanos, que nos hagamos ricos, que vivamos una larga vida, etc. Así como el amor por uno mismo debe fluir espontáneamente, sin motivo, trascendiendo toda circunstancia, igual debe ser el amor por el Eterno, bendito sea Su nombre. Eso nos enseñaron nuestros Sabios al decir: “Cualquiera fuera la medida que el Eterno te otorgue, lo amarás...”. Y aun cuando D-s nos mande pobreza y sufrimientos, debemos amarlo, pues el amor por Él no debe depender siquiera de Su trato hacia nosotros.


El amor debe depender de virtudes eternas, pues un amor que depende de lo eterno jamás termina. Tal es el caso de un estudiante que aprende de su maestro a conducirse por el camino del bien: ese amor jamás desaparecerá, pues la causa (la sabiduría que de su maestro aprende) perdura por siempre, ya que el conocimiento es la luz que ilumina el camino de nuestra vida, es lo que llevamos con nosotros a todas partes para no tropezar; es también la que nos encamina al paraíso al enseñarnos a discernir entre el bien y el mal. Por eso, si queremos ser recordados por siempre con amor, enseñemos y apliquemos las virtudes que, cada vez que sean llevadas a la práctica, harán que se acuerden de nosotros.