Excerpt for La Habitacion de las Mariposas by Ramon Cerda, available in its entirety at Smashwords

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LA HABITACIÓN DE LAS MARIPOSAS

Texto revisado para la quinta edición y para traducciones 2010



por Ramón Cerdá Sanjuán



Título: La Habitación de las Mariposas

Autor: Ramón Cerdá Sanjuán

www.ramoncerda.com

ramon@sociedadesurgentes.com



Depósito legal: A-1552-2001

Primera Edición – 2002

Segunda Edición - 2002

Tercera Edición - 2008

Cuarta Edición - 2009

Quinta edición revisada para 2010



Diseño portada: Miguel Ángel Bonilla



Copyright:



SMASHWORDS Edition

Copyright 2010 Ramon Cerda



This book is available in print at www.ramoncerda.com/tienda



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A mi hijo ADRIAN, quien a pesar de todo sigue prefiriendo a Stephen King



También quiero dedicar este libro a Stephen King, a quien no conozco personalmente, pero cuya lectura de su último libro “MIENTRAS ESCRIBO” me ha animado a seguir escribiendo.



INTRODUCCIÓN A LA TERCERA EDICIÓN DE

LA HABITACIÓN DE LAS MARIPOSAS



Llevo ya muchos años escribiendo por afición, tanto ensayos, como novelas y otras publicaciones de distinta índole.



Concretamente esta novela que tiene usted ahora entre sus manos, es especial para mí porque es con la que inicié mi proyecto de ficción más complejo, y de la primera que recibí una oferta seria para su publicación. Con LA HABITACIÓN DE LAS MARIPOSAS comenzó una trilogía de género que continuó con EL FANTASMA DE LOS SUEÑOS y ha finalizado con EL ENCANTADOR DE ABEJAS. Trilogía que tiene como nexo de unión a uno de sus personajes secundarios; Consuelo el médium, por lo que en todas ellas aparece en mayor o menor medida el espiritismo.



Aunque forman parte de una trilogía, pueden leerse por separado y en cualquier orden; aquí, como en las matemáticas, el orden de los factores no altera el producto.



Al cierre de esta tercera edición, está previsto que se publique en breve por primera vez EL FANTASMA DE LOS SUEÑOS por la editorial ECU-NARRATIVA.



Quiero dar las gracias desde aquí a todos los que en su día, hace ya algunos años, hicieron posible la publicación de esta novela y a los que compartieron conmigo el proyecto de llevarla al cine, aunque a fecha de hoy permanezca paralizado este último por la desaparición de la productora que se interesó inicialmente por mi obra.



Esta tercera edición que se realiza seis años después de la segunda, está dirigida especialmente a los clientes de SOCIEDADES URGENTES, a los que espero que les guste y pronto me pidan leer las otras dos novelas.



Todos tenemos sueños, y esta novela forma parte del mío. Espero sinceramente poder compartirlo con mis lectores.



Ramón Cerdá



OTRAS OBRAS DEL AUTOR:

ENSAYO disponibles todas ellas gratuitamente en formato PDF en la web www.sociedadesurgentes.com

-MANUAL DE PUBLICIDAD

-MANUAL DE NEGOCIACION BANCARIA

-MANUAL DE ARRENDAMIENTOS

-INTERPRETACIÓN DE BALANCES Y RATIOS

-CALIDAD Y MARKETING EN LA EMPRESA

AUTOAYUDA

-PASION POR LA CALIDAD – Publicado por Sobrepunto en 2009



RELATOS CORTOS publicados en prensa y disponibles gratuitamente en la web del autor www.ramoncerda.com

-SU ÚNICO REGALO

-SERÍA INUTIL

-ADRENALINA

-NARANJA Y LIMON

-HAZLE CASO A TUS SUEÑOS

-EL SUICIDIO NO ES TAN MALO



NOVELA:

VENDEYTA -1982- Inédita

ALDEA –2000- Publicado por Sobrepunto en 2009

CONFIESO -2000- Publicado por Sobrepunto en 2001 y por ECU para la revista TIEMPO en un total de 70.000 ejemplares – año 2009

LA HABITACIÓN DE LAS MARIPOSAS -2001- Publicado por Editorial Club Universitario –ECU- el año 2002 y reeditado el año 2008, 2009 y 2010

EL FANTASMA DE LOS SUEÑOS -2002- Publicado por ECU narrativa en 2009

EL ENCANTADOR DE ABEJAS -2003- Publicación prevista en Editorial Club Universitario – ECU- para 2010

EL PRINCIPE DE LAS MOSCAS – 2009 - Inédita

NOVELA ERÓTICA:

RECUERDOS -2000- Publicado por Sobrepunto en 2009



INTRODUCCIÓN A LA QUINTA EDICIÓN DE

LA HABITACIÓN DE LAS MARIPOSAS



Por primera vez desde que se publicó la novela en 2002, se ha realizado una revisión a fondo, por lo que esta edición incluye un texto mejorado con respecto a las anteriores ediciones.



De esta última versión se han cedido los derechos de representación para cualquier idioma distinto al castellano, por lo que espero que en un futuro no muy lejano pueda leerse la novela en otros idiomas.



Gracias a quienes lo hacen posible.



El autor



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PRIMERA PARTE



Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Domine sobre los peces del mar, las aves del cielo, los ganados, las fieras campestres y los reptiles de la tierra.”



I - La huida



Hacía un frío espantoso, lo cual no es que fuera de extrañar en pleno mes de febrero, pero no dejaba de sorprenderle porque esa mañana brillaba el sol y el día había sido primaveral. Un pescador eventual, de los que se acercan al puerto los domingos por la mañana, estuvo sentado en manga corta prácticamente todo el día sobre uno de los amarres amarillos con paciencia infinita, a escasos metros de donde ahora se encontraba él resguardado del viento que había arreciado un par de horas antes. Era cada vez más frío y duro. Su perro Toby estaba acurrucado a su lado y no se atrevía ni a levantar el hocico. Esa misma mañana estuvo jugando como un loco con los chiquillos que patinaban en el tinglado del puerto, ahora transformado de hecho en una pista de patinaje. Toby, a pesar de su avanzada edad, no dejó de correr de un extremo a otro del tinglado persiguiendo a los chiquillos, lo cual le había valido más de una bronca por parte de alguno de los padres que no veían con buenos ojos que un perro piojoso como él se acercase a sus querubines de punta en blanco con calcetines nuevos de domingo y zapatos de charol. Desde el éxito que en la pasada temporada de Reyes tuvieran los patinetes de aluminio, éstos habían sustituido en el puerto a los patines con las ruedas “en línea”, los cuales igualmente sustituyeron en su momento a los anteriores, los de toda la vida, los de cuatro ruedas, dos delante y dos en la parte trasera, como los que todavía llevan algunas azafatas en las grandes superficies. Aunque había de todo, chiquillos con su nuevo patinete de aluminio reluciente, de los homologados, con su simbolito CE, y los más, con su patinete de imitación, fabricados vete a saber dónde, mucho más pesados por ser de acero o de hierro, y con unas aristas que ponían la piel de gallina al verlos patinar, solo de imaginar lo que podría pasar si se daban algún porrazo, y es que los padres muchas veces, por ahorrarse un duro, no le dan ninguna importancia a la seguridad de sus hijos. Otros simplemente llevaban el patinete que les había tocado en alguna tómbola, o que les habían regalado a sus padres por comprar una enciclopedia, o cualquier otra cosa, porque ahora, con todo regalaban uno de esos patinetes infernales.

Paco se estaba poniendo ya de mal humor. El silbido del viento entre los pilares no lo dejaba dormir, y los huesos se le estaban enfriando. Ya no era ningún chaval, con cincuenta años a la espalda, ¿o eran más? Ya no lo recordaba, hacía más de doce años que vagabundeaba por las calles de Valencia, desde que Toby no era más que un cachorro que encontró abandonado allí mismo en el puerto, en la glorieta que está frente a la vieja grúa flotante que ahora sirve de monumento portuario. Tantos años deambulando no servían tampoco para mejorar su salud que se resentía cada vez más con las inclemencias del tiempo, sobre todo en las noches de invierno. A veces no dormía por la noche para no quedarse helado, y para evitar también el ataque de los gamberros, cada vez más habituales. La calle ya no era segura para un pacífico mendigo como él, nadie respeta nada ni a nadie en estos días. Resultaba más seguro dormir durante el día, pero tenía el problema de que era más difícil pasar desapercibido y muchas veces le llamaban la atención cuando lo veían tumbado en un banco del parterre. Existía un problema añadido cuando dormía de día, y era que su recaudación bajaba considerablemente y a veces apenas le llegaba para un bocadillo. Por suerte esa noche había cenado bien; la gente estuvo generosa por el buen día y la tranquilidad que se respiraba en el puerto. El ligero murmullo del agua era relajante, e incluso el olor, a sal y algas había resultado reconfortante durante la mañana. Ahora el olor era mucho más profundo porque las aguas estaban perdiendo su calma agitadas por el cada vez más galopante viento. Las pequeñas barcas de recreo que durante el día pasearon a numerosos domingueros por el interior del puerto, ahora se agitaban en sus amarres y sus quejidos eran claramente audibles e intranquilizadores. Algo se respiraba en el ambiente que no era agradable. Le esperaba una muy larga noche. Quizás no era tan buena idea la de quedarse en el puerto, pero ahora ya resultaba demasiado tarde para empezar a buscar un lugar resguardado donde pasar el resto de la noche. No llevaba reloj, pero calculaba que serían ya pasadas las dos de la madrugada. La luna llena tampoco ayudaba a dormir con sus reflejos plateados en el agua azul, aunque por otra parte daba gracias de que estuviera tan resplandeciente y pudiera ver con cierta claridad lo que le rodeaba. Con aquellos ruidos y la sensación que tenía que conseguía erizarle el vello de la parte trasera del cuello, una oscuridad total quizás no hubiese sido soportable. Toby empezó a gemir de forma casi inaudible, Paco lo sintió más que lo oyó, era evidente que el perro también se encontraba intranquilo, sin duda estaba sintiendo lo mismo que él, aquella presencia que en ciertos instantes parecía invadirlo todo.

De repente el viento cambió de dirección, ahora venía por la parte de la vieja aduana, los gemidos de las barcas que estaban en esa misma dirección se agudizaron porque el viento arrastraba los sonidos hacia donde él estaba. Ahora se escuchaban también unos ruidos metálicos, posiblemente ocasionados por los grandes ganchos de la antigua grúa que sin duda habían empezado a moverse intranquilos y quejumbrosos.

Ya no distinguía entre los sonidos reales y los que su mente, cada vez más activa a causa de la adrenalina, imaginaba. En un momento dado incluso creyó escuchar una música de fondo, posiblemente de algún coche que pasó por allí cerca con las ventanas abiertas. ¿Aunque quién iba a conducir esa maldita noche con las ventanas bajadas? Un grito, el maullido de un gato que se refugiaba detrás de algún arbusto. Sus tripas y quizás las de Toby. Las dos y media, ¿O serían todavía las dos y cuarto? Tenía la sensación de que el tiempo estaba transcurriendo en cámara lenta, como si todo estuviera embotado, los distintos sonidos empezaron a mezclársele en el interior de su cabeza, le costaba cada vez más pensar. Un claxon a su derecha, el ruido del agua a su izquierda, los sonidos metálicos y quejumbrosos de la grúa lo invadían por detrás mezclados con los de las barquitas rompeolas, y por delante aquella extraña sensación, como de silencio. Sabía que no era posible, que era solo eso, una sensación, pero existía un vacío delante de él, un vacío que “llenaba” todo el interior del tinglado, era absurdo porque el viento cruzaba de una parte a otra sin impedimentos, la zona donde él se encontraba no tenía paredes. No sabía por qué, su corazón empezó a latir con algo más de fuerza, la distancia temporal entre un latido y el siguiente se acortaba cada vez más. Toby levantó ligeramente las orejas y su gemido se acrecentó unos decibelios. Paco instintivamente puso una mano sobre el perro y notó que también a él parecían haberle subido las palpitaciones. Quizás no era tan tarde para buscar otro sitio donde terminar la noche, porque estaba claro que no iban a poder pegar ojo.

- ¿Qué te parece Toby- ¿Buscamos un lugar más tranquilo?

Toby le contestó con una especie de quejido de baja intensidad, mezcla de ladrido y gruñido.

-Esto no me gusta nada, no ha sido una buena idea quedarnos aquí, aunque quién se imaginaba este cambio de tiempo, y no solo eso, el tiempo poco importa, al menos aquí si empieza a llover no nos mojaremos, pero no me gusta lo que se respira. No me gusta nada. ¿Sientes lo mismo que yo? Sí, claro que lo sientes.

Empezó a tener miedo de verdad y a pensar agitadamente. ¿No lo estarían observando? Posiblemente sea una de esas bandas de gamberros que se han colado por aquí en busca de algún mendigo al que pegarle una paliza. Comenzó a ver rostros en su imaginación, rostros de muchachos violentos con cadenas con las que empezaban a golpearle. Recordó una ocasión en la que se salvó de una de esas palizas gracias a Toby. Era mucho más joven y todavía causaba un cierto respeto cuando enseñaba los dientes, pero ahora, poco podía hacer además de perseguir juguetonamente a los chiquillos cuando patinaban. Le costaba incluso masticar el pan duro, y no digamos los huesos que apenas se limitaba a chupar entre sus doloridas fauces. Pero quizás no les habían visto, y si se movían de allí para abandonar el recinto, los oirían y entonces el peligro sería mucho mayor. No podrían huir. El miedo pone alas en los pies, pero sus pies eran ya viejos y cansados, y por mucho miedo acumulado que tuviera, sin duda las ágiles piernas de aquellos sinvergüenzas les darían alcance en apenas un par de minutos. Ni siquiera Toby tendría fuerzas para huir de un ataque en esos momentos, y mucho menos podría defenderlo a él. Las venas del cuello emitían cada vez más calor y le latían con fuerza, dándole una sensación de agobio y de mayor nerviosismo.

Sintió unas ganas irrefrenables de rascarse la cabeza, por lo que se quitó la vieja gorra de tela de camuflaje, cuya visera de plástico forrado le había protegido durante tantos años de los rayos de sol. Se rascó con fuerza el pelo grasiento y sus uñas, demasiado largas y con suciedad de semanas acumulada, le irritaron la piel del cuero cabelludo, más que quitarse la sensación de picor, lo que hizo fue extenderla, y pronto tuvo que rascarse la poblada barba gris, y el interior de las orejas. Volvió a ponerse la gorra y buscó una colilla de Winston que había guardado en el bolsillo de su ajado abrigo, la destripó sobre una de sus manos y se metió el poco tabaco recuperado en la boca, donde lo mascó con verdadero placer, tirando los restos de papel y el filtro al suelo, cerca de él. La nicotina así absorbida parecía calmarle los nervios, era una costumbre adquirida hacía ya muchos años, desde que se dio cuenta de que le resultaba mucho más fácil agenciarse algo de tabaco recogiendo colillas, que un mechero o cerillas para quemarlas. Además, la mayor parte de las colillas contenían tan poco tabaco que resultaba inútil encenderlas, a no ser que quisiera fumarse el propio filtro. Sabía que eso le excitaba las glándulas, produciéndole una gran cantidad de saliva que no tragaba, sino que se limitaba a escupir, y sabía también que aquellos escupitajos que tiraba constantemente llenos de tabaco oscuro, eran asquerosos, pero no le importaba, de hecho, hacía ya mucho tiempo que se había acostumbrado a la falta de higiene y a sus olores y fluidos corporales. Se sentía bien pudiendo escupir o tirándose un pedo cuando le apetecía sin tener que guardar ninguna absurda norma de urbanidad. Si su mujer volviese de la tumba y pudiera verlo, seguro que preferiría volver al más allá, antes que compartir un solo minuto con él. Esos pensamientos le hicieron asomar una leve sonrisa en la cara, además de alejar otros más negativos. Su pulso había vuelto a un nivel más normalizado, e incluso podría decirse que había transmitido esta mejora emocional a su perro, que ya no gruñía, aunque seguía con las orejas alerta y las dos patas delanteras en tensión, como queriendo estar preparado para levantarse en cualquier momento.

Se había acostumbrado a la soledad y no le gustaba relacionarse con nadie, excepción hecha de su viejo cachorro como él solía llamar al perro. No le importaba para nada su aspecto, y lo único que le importaba era poder comer lo suficiente como para dormir tranquilamente. Eso e ir suficientemente abrigado como para no pasar frío. Odiaba el frío, de hecho, el abrigo lo llevaba tanto en invierno como en verano, prefería pasar calor a tener que arrastrar una prenda aparatosa de un lado a otro, arriesgándose además a que se la robaran y no pudiera tenerla cuando realmente la necesitase. Ya era suficiente con arrastrar la enorme manta que tanto bien le hacía por las noches. Durante el día la ataba como si de un petate se tratara y se la colgaba al hombro, llevándola siempre consigo. El hecho de no quitarse nunca el abrigo, hacía que en verano sudara a mares y apestase a sudor rancio y añejo más de lo habitual, pero tampoco le importaba demasiado. A pesar de que no comía gran cosa, era bastante rechoncho, pesaría unos ochenta kilos y apenas medía un metro sesenta y cinco. Su objetivo a corto plazo no era otro sino el de conseguir unas botas decentes para sustituir a las que le habían acompañado durante los últimos diez años, y que ya dejaban ver los dedos de sus pies y no le abrigaban lo suficiente.

Un nuevo cambio en la dirección del viento lo volvió a la realidad, y se puso de nuevo alerta, escupió el tabaco mascado, parte del cual fue a parar encima de una de sus botas.

- ¿Oyes algo Toby?

Mezclado con los silbidos ya habituales del viento, se oyó otro silbido seco y corto, seguido por un ruido metálico. Aguzó su oído bueno-apenas oía del izquierdo desde que tuvo una infección mal curada-, y escuchó cómo se repitió el mismo silbido, aunque esta vez en lugar de terminar en un ruido metálico, se escuchó un ligero chapoteo.

Una figura de un hombre más bien delgado, de unos treinta y cinco años, de pelo oscuro, pasó corriendo a escasos metros de donde él se encontraba. Paco se arrimó más a la pared, como queriendo esconderse, e instintivamente le tapó el hocico al perro para que no ladrara. La cara de aquel hombre era la verdadera estampa del miedo, tenía el rostro totalmente convulsionado y la mirada ausente, y lo que más sorprendió a Paco, era que el tipo iba totalmente desnudo.

Un nuevo silbido como los anteriores, seco y de corta duración. El hombre desnudo lanzó un grito ahogado mientras se echaba las manos a la cabeza, de donde había comenzado a brotar sangre, tropezó con el amarre amarillo y se cayó al agua hundiéndose de inmediato porque no se oyó más chapoteo que el de la propia caída.

El cerebro de Paco empezó a procesar toda la información de los últimos minutos y pronto comprendió lo que estaba pasando. A unos cien metros, un hombre, también delgado, pero vestido, sostenía una pistola en una de sus manos. Era un individuo de piel oscura, de aspecto árabe, y en el extremo de la pistola se podía distinguir lo que sin duda era un silenciador. Los silbidos apagados que había escuchado eran disparos. El árabe disparó al hombre desnudo tres veces, la primera falló y la bala rebotó en alguna superficie metálica, posiblemente uno de los pilares cercanos, o en el mismo amarre donde luego tropezaría el pobre infeliz. La segunda bala acabó en el fondo del mar, eso fue el chapoteo que oyó, y por último la tercera había alcanzado en la cabeza al blanco.

Estaba aterrorizado, y cada vez aplicaba una mayor presión al hocico de Toby que apenas podía respirar. El árabe se acercaba en dirección al agua, se encontraba más cerca de donde él estaba, y si lo veía, no dudaba en que no le importaría matarlo allí mismo. Había sido testigo de un crimen a sangre fría y estaba totalmente indefenso. Si a Toby le daba por gruñir o ladrar, estaban perdidos.

El hombre, de ojos negros y mirada profunda, con el pelo escaso y rizado, también muy negro, se acercó al amarre y desde allí se asomó al agua. Miró a su alrededor, por un momento Paco creyó que lo había visto, y sintió cómo su corazón intentaba salírsele por la boca, pero pronto se dio cuenta de que donde él se encontraba había menos luz que en el exterior, donde la luna bañaba con toda su esplendidez las azules aguas, y por lo visto no podía verlo. El individuo acabó de vaciar el cargador disparando varias veces al agua, como queriendo rematar al que allí había caído, aunque sin apuntar a ninguna parte en concreto, lo cual le hizo pensar a Paco que el cuerpo no era visible y se había hundido.

Guardó su pistola y regresó por donde vino, tan silenciosamente como había llegado.



...



Hacía un frío espantoso, lo cual no es que fuera de extrañar en pleno mes de febrero. ¿O no estaban en febrero? Todo era confuso, lo cierto es que iba corriendo en plena noche, totalmente desnudo y con un viento que parecía querer entrar en sus huesos.

Por fin había podido escapar de ese maldito encierro. Recordaba vagamente que lo habían secuestrado y llevado a un enorme local, muy viejo y de aspecto abandonado, cerca del puerto, aunque no se dio cuenta de esto último hasta el mismo momento de escapar. No sabía por qué estaba desnudo, ni recordaba nada posterior al secuestro. Solo recordaba que de pronto tuvo la posibilidad de salir de allí y no dudó en hacerlo a pesar de su desnudez. ¿Qué podía importar que lo viesen desnudo si podía escapar de sus raptores? Lo que lamentaba era no disponer de unas buenas zapatillas de deporte. A los pocos minutos los pies le dolían horrores, no estaba acostumbrado a caminar descalzo, y mucho menos a correr. Sin saber cómo, pronto se encontró en el interior del puerto. Era de noche, aunque la luna estaba espléndida, lo cual era bueno para saber por dónde ir, pero nefasto si tenía en cuenta que lo perseguían. No sabía si buscar ayuda o limitarse a correr y escapar. Pasó por delante de una de las garitas donde se supone que tendría que haber algún guardia, o quizás no, nunca había estado en el puerto a esas horas. El caso es que de un modo u otro no vio a nadie y siguió corriendo hacia el interior. Pensó en lanzarse al agua e intentar huir, pero siempre le había tenido miedo al agua. Sabía nadar, poco, aunque lo suficiente como para no ahogarse, pero el hecho de pensar en lanzarse a las oscuras aguas del puerto y además en plena noche, lo aterrorizaba. Le perseguía uno de los tipos del almacén. Todos eran extranjeros, aunque no tenía claro de qué nacionalidad eran. El que lo perseguía era árabe, o quizás indio, no estaba seguro.

No sabía cuánto tiempo llevaba encerrado porque lo drogaron en el mismo momento en que entraron violentamente en su casa de la calle Colón. Estaba solo en esos momentos, su mujer había salido a recoger a los dos chicos al colegio.

No entendía el porqué del secuestro. Tenía una buena posición económica, pero ninguna fortuna. Tampoco era de profundas ideas políticas ni militante de ningún partido o ideología. Recordaba como en un sueño, una enorme mano que sostenía un pañuelo color crema, cubriéndole el rostro. De pronto la oscuridad. Despertó ya en aquel extraño local que parecía un antiguo almacén, pero los recuerdos tampoco eran continuados. Siempre que se despertaba estaba sobre una especie de camilla y cuando se daban cuenta de que abría los ojos, lo volvían a drogar.

Algunas veces al despertar había evitado abrir los ojos y pudo escuchar algunas conversaciones antes de que lo atontaran de nuevo, pero la mayoría eran ininteligibles. No estaba seguro de si era alemán, o quizás ruso. Inglés no, porque aunque no lo dominaba demasiado, era un idioma que entendía bastante.

Estuvo corriendo sin rumbo fijo por el interior del puerto, pasó por una especie de parque con bancos de hormigón, o al menos eso le pareció. Una horrible y tétrica grúa pareció amenazarlo. El fuerte viento movía sus enormes ganchos produciendo un ruido espeluznante. Siguió corriendo, algo parecido a una ballena con alas lo sobresaltó, aunque no era más que una figura en la pared del muelle, tropezó y estuvo a punto de abrirse la cabeza en el soporte de uno de los pilares metálicos. Soporte de hormigón con cantos metálicos que se le antojaron muy peligrosos. Un nuevo tropiezo y cayó sobre una de esas tapas de alcantarilla, produciendo un sonido metálico. Tenía todo el cuerpo dolorido por las heridas, pero se levantó rápidamente. Antes de levantarse pudo leer: JUNTA OBRA PUERTO 1971.

La mente humana es muy extraña, sentía un pánico atroz, lo iban persiguiendo, y en cambio leía algo escrito en una maldita tapa de registro. Sería alguna reacción de la mente intentando buscar información que le permitiese tomar decisiones para salir del aprieto en que se encontraba. Quién sabe, después de todo, el cuerpo y la mente, no siempre se comportan de una forma coherente y lógica, y en todo comportamiento se mezclan instintos ancestrales con intentos racionales de querer entender todo lo que nos rodea.

Oyó un silbido que pasó muy cerca de su oreja derecha. No era provocado por el viento. Era distinto, como más rápido, más seco. Un ruido metálico lo sacó de ese instante de ensimismamiento, y pronto comprendió que le estaban disparando. La bala había pasado muy cerca de él y acabó impactando en un pilar metálico cercano. Pronto escuchó un segundo zumbido, y apenas unos segundos después un tercero que acabó con un horrible dolor lacerante en su cabeza. Sus manos acudieron automáticamente a la zona dañada, llenándose de sangre, de su propia sangre. Le habían alcanzado. Dio un traspié y tropezó con algo duro. Un momento después estaba en el agua.

Podía ver la luna brillante, cada vez más pequeña mientras se hundía. Las burbujas, mezcladas con sangre ascendían velozmente, queriendo escapar de aquello, pero él seguía sin poder reaccionar, aturdido por el disparo.

De pronto la luz de la luna pareció cobrar una intensidad nada habitual y una especie de silbido agudo le llenó el cerebro. La luna era cada vez más grande y brillante, a pesar de que tenía la sensación de seguir hundiéndose. Una calma agradable le invadió, nada parecía importarle, se sintió flotar, y una serie de recuerdos pasaron rápidamente frente a sus ojos. Vio nacer un niño, no sabía si era uno de sus hijos, o quizás se tratase de su propio nacimiento, se vio en la escuela, de niño y de adolescente, aquel maldito franciscano azotándolo con el cordón de la sotana. De pronto su mujer, en el interior de la iglesia... el entierro de su padre... el nacimiento de su primer hijo... una mano enorme con un pañuelo color crema...





II – El pañuelo color crema



La verdad es que nunca había tenido vocación, para él, ser notario era como otra cosa cualquiera, que le había tocado ser porque su padre puso un gran empeño en marcarle esa meta. No podía decirse que estuviera frustrado porque en realidad no tenía tampoco ninguna otra vocación, por lo que no echaba de menos el haberse convertido en médico, farmacéutico o bombero. Tampoco sentía la necesidad de ejercer su carrera de abogado de otro modo. Estaba bien como estaba y al fin y al cabo tampoco se podía quejar económicamente. Hasta no hace mucho no compartía la notaría con nadie, lo cual si bien podía beneficiarlo en cuanto a conseguir más ingresos para sí, lo cierto es que tenía grandes inconvenientes en lo que se refiere a calidad de vida. Nunca podía tomarse un día libre sin perjudicar seriamente la buena marcha de la notaría. No le bastaba con tener buenos oficiales que le preparasen las escrituras si él no estaba presente para firmarlas. Si caía enfermo, el menoscabo económico y de imagen acababa perjudicándolo mucho más que lo que hubiese podido ganar estando solo. Es por eso que recientemente y aprovechando los cambios estructurales que por ley habían tenido los cuerpos de notarios y corredores, los cuales pasaban a tener las mismas funciones y en cierto modo el corredor desaparecía como tal, decidió llegar a un acuerdo de colaboración con un amigo suyo corredor.

Por una parte este último aportaba su cartera de clientes en cuanto a pólizas bancarias principalmente, y él aportaba el local y su nada despreciable cartera de clientes y buen nombre. Al principio es posible que tuviese menos ingresos, pero ya estaba cansado de trabajar al ritmo que lo hacía. Ahora podría tener su mes de vacaciones, cuando nunca había podido disfrutar de más de una semana consecutiva, y si tenía la desgracia de caer enfermo o tener algún accidente, al menos la notaría podría seguir funcionando en su ausencia. De hecho ya había ocurrido, todavía no se explicaba cómo ni por qué, pero lo cierto es que había sido secuestrado y había pasado una semana desaparecido, así, sin más. Todavía no podía creérselo, y lo peor de todo es que había quien realmente no se lo creía. Incluso Fabián, su amigo el corredor de comercio y socio-ahora notario-, le insinuó cosas que no le gustaron. ¿Acaso creía la gente que se había marchado voluntariamente una semana sin decirle nada a nadie? Su esposa no le había insinuado nada, pero incluso había veces que pensaba que hasta ella dudaba del secuestro. Claro, que no había huellas ni pruebas de ningún tipo y lo sucedido en verdad era poco creíble. Marcela había salido a recoger a sus dos hijos al colegio, y cuando volvió encontró la casa vacía. Pensó que le había surgido algún problema en la notaría y no le dio excesiva importancia hasta las diez de la noche, fue entonces cuando comenzó a intranquilizarse y lo llamó al móvil. El teléfono empezó a sonar en la propia habitación, y pronto pudo ver que lo había dejado olvidado encima de la mesita de noche. Llamó a la notaría y nadie le cogió el teléfono cuando dejó el mensaje en el maldito contestador.

- ¿Dónde está papá?-le preguntaban sus dos hijos, de nueve y siete años.

Ella estaba empezando a sentirse mal, muy mal. Se lo echó en cara cuando volvió por su propio pie una semana después, con la misma ropa que se había llevado. Lo más curioso del tema y cosa que mosqueó bastante a Marcela, y a él mismo cuando se percató del asunto, era que la ropa, incluso la interior, estaba en el mismo estado que cuando se fue. Nada hacía pensar que había sido utilizada durante toda una semana. Quizás la había lavado antes de volver, pero si no recordaba siquiera cuanto tiempo había permanecido fuera de casa, ni dónde había estado, mucho menos recordaba qué pasó con su ropa.

Marcela no se lo dijo, pero él estaba convencido de que pensaba que tenía una aventura y que simplemente había abandonado a su familia, y arrepentido volvía a casa, como el hijo pródigo, alegando ignorancia para no tener que dar explicaciones a nadie.

Hacía ya varios meses de ello, y nada fue igual en su vida desde entonces. Aquello cambió muchas cosas. Marcela no era la misma en la cama y apenas hacían el amor. La notaba distante, triste. Los únicos que lo trataban igual eran sus hijos, Enrique y Tomás, posiblemente porque todavía eran lo bastante pequeños como para no darse cuenta de ciertas cosas.

Pero lo que más le preocupaba, más que la actitud de los demás hacia él, y de las constantes e inevitables bromas que los que decían ser sus amigos le lanzaban continuamente, era el hecho de que realmente había perdido una semana completa de su vida sin saber dónde estuvo ni lo que había hecho. Acudió a un médico para hacerse unos análisis completos porque incluso llegó a pensar que lo habían utilizado para vete a saber qué cosa o que le habrían infectado alguna enfermedad, pero todo era normal. Preguntó por su memoria, ¿acaso le estaba ocurriendo algo?, ¿podía padecer de amnesia y desaparecer por su propio pie una semana entera y no saberlo? La cara de circunstancias que su médico le puso, no le dejó duda en cuanto a que tampoco él daba demasiado crédito a lo que decía.

En la policía lo mismo, lo habían interrogado en cuatro ocasiones distintas, pero él no sabía nada. Solo recordaba muy ligeramente, una enorme mano con un pañuelo color crema, o quizás beige sobre su cara. Nada más.

Apartó los restos de la pizza que había pedido para cenar, apenas la había probado, y gran parte de la misma fue a parar a la papelera, con restos de tomate, orégano, mozzarella, bacón, pimiento, cebolla, y quien sabe cuántas cosas más. Incluso ternera parecía ser que llevaba, con el mal rollo que le daba lo de la ternera últimamente con ese dichoso asunto de las vacas locas. Tenía que haber pedido una de esas que llevan jamón en lugar de ternera, aunque uno nunca sabe qué es lo que come realmente. Si no son vacas locas son ovejas o cerdos con la fiebre aftosa, o incluso lechugas con parásitos de nombres impronunciables. Lo mejor era no pensar en lo que uno comía o acabaría por aborrecer la comida, lo cual no parecía ser nada agradable. Pero lo cierto es que con independencia de la ternera, no tenía hambre en absoluto. Tampoco tenía demasiado trabajo, se había quedado esa noche en la notaría porque le apetecía estar solo, y lo del trabajo fue una excusa que le dio a Marcela para no ir a cenar a casa. Ya lo había hecho otras veces, cada vez más a menudo. Esa semana perdida lo perseguía a todas partes, lo atormentaba, quería saber qué había ocurrido. Una semana después de volver a casa, lo visitó un tipo bastante peculiar de una revista de bajo presupuesto, no recordaba el nombre, pero era algo relacionado con apariciones de ovnis y esas cosas. El tipo estaba empeñado en que él declarara que había sido abducido por unos extraterrestres y sometido a una serie de pruebas genéticas para conocer nuestra raza e invadir el planeta. Era un tipo con menos luces que un vestido de monja, y no dudó en enviarlo con viento fresco. Pero ¿Y si tenía razón en alguno de sus planteamientos? Al fin y al cabo, la mera desaparición ya resultaba absurda de por sí, después de darle tantas vueltas, cualquier opción parecía válida, incluso la de la abducción o como demonios se llamase eso de los extraterrestres. ¿Y si era cierto?

Había perdido más de cinco kilos, lo cual lo dejaba en apenas setenta y dos; siempre había sido delgado, pero ahora se sentía flaco y débil, sin ganas de trabajar, sin ganas de divertirse, de dormir, ni de sexo, las horas se le hacían eternas, como a los chiquillos en épocas de exámenes. Aquello no era vida, y estaba convencido de que si no conseguía averiguar lo que le había ocurrido en esa maldita semana, nada volvería a la normalidad.

Miró la esfera de su magnífico Rolex de oro que le había regalado Marcela en su quinto aniversario de boda y vio que eran más de las diez. Eso era otra cosa que le preocupaba. ¿Cómo era posible que lo secuestraran durante toda una semana, que nadie pidiera ningún rescate por él y que encima volviese a casa con su Rolex que valía una pequeña fortuna? Las diez y cuarto, le esperaba una larga noche, una muy larga noche.

El despacho estaba frío, muy frío, de hecho la temperatura parecía haber bajado de repente más de diez grados, por lo visto estaba destemplado, la pérdida de peso no le había sentado nada bien. Nada iba bien.

-Dios, ¿qué me está ocurriendo?-murmuraba para sí mientras se cogía el pelo oscuro con ambas manos.

Esa noche tenía más razones para estar a solas consigo mismo, tenía un nuevo motivo de preocupación que posiblemente no significara nada, pero que como todo lo que ahora le ocurría o pensaba, se convertía en una auténtica muralla. Nunca había sido una persona excesivamente positiva, pero lo cierto es que ahora lo era mucho menos, se sentía como uno de esos gafes de película cómica a los que todo les sale mal. Era curioso cómo un simple hecho desconocido podía cambiar la vida de un individuo. No la de un individuo, sino la de todos aquellos que giran a su alrededor. No tenía más que ver cómo se consumía su esposa después de aquello, y no podía culparla, porque si bien él estaba convencido de que no había hecho nada malo -a veces incluso él lo dudaba-, no podía culpar a Marcela de que pensara ciertas cosas, porque ¿qué pensaría él en su lugar- ¿Qué hubiera ocurrido si Marcela hubiese desaparecido sin dar explicaciones durante toda una semana y luego apareciese como si nada y con las mismas joyas con que había partido? Seguro que él hubiera sido el primero en pensar que tenía algún amante y que volvía arrepentida al redil, después de disfrutar como una loca del sexo con otro hombre durante siete días y siete noches. ¿Hubiera creído sus explicaciones? La quería y sabía que intentaría creerla, pero en el fondo siempre le quedaría la duda, como la duda que seguro que ella tenía y le roía las entrañas cada día, cada hora, cada minuto. El hecho de que su comportamiento ahora no fuera más cariñoso con ella, que se mantuviera más alejado de casa y que aparentemente -solo aparentemente-, el trabajo lo absorbiera más, sin duda no mejoraba la situación. Incluso podía ser que Marcela creyera más en la teoría de la amante y pensara, cada vez que no cenaba en casa, que él estaba disfrutando de un cuerpo que no era el de ella. Si supiera lo poco que le apetecía, seguro que no pensaría en ello. ¡Una amante! Con todas las obligaciones y problemas que ello llevaba consigo. Ni hablar, prefería el celibato. Si su mujer ya le parecía absorbente y le requería un nivel de atención que muchas veces le resultaba elevado, ¿qué ocurriría si tuviera otra que le exigiera tiempo, atención y a saber cuántas cosas más? Tendría que recordar dos cumpleaños, dos primeras citas, dos canciones preferidas, dos sabores de helado, dos, dos, dos... Mejor no pensar en ello.

La habitación parecía seguir enfriándose, por lo que decidió enchufar la calefacción. Notó un olor algo desagradable, quizás proveniente de los restos de pizza que había dejado en la papelera. No era el lugar más adecuado, mañana no tenía que venir la mujer de la limpieza y la papelera no se vaciaría hasta pasado mañana por la tarde. Su despacho olería como la cocina de Telepizza.

La calefacción a tope en pleno mes de junio.

-Espero que esto no trascienda porque sería motivo de comentarios jocosos entre el personal-rumió para sus adentros.

Pero tenía frío de verdad. Lamentaba no disponer de un termómetro para ver si realmente era una sensación suya por cuestiones físicas, o era cierto que la temperatura había bajado tanto, aunque esto último le parecía poco probable. Y ese olor... ¿De verdad era la pizza? Olía mucho mejor cuando estaba caliente. Tal vez sean las cañerías, en estas fincas antiguas de Valencia ya se sabe, cada dos por tres, y más ahora en verano, el tufillo era inevitable, y los días que llovía después de meses sin haberlo hecho, entonces era insufrible, con toda aquella porquería removiéndose en las entrañas de la tierra y soltando todos sus aromas acumulados durante tanto tiempo. Pero hoy no había llovido, y el caso es que el tufillo estaba empezando a tomar consistencia. ¿Estaría en mal estado la pizza? De ser así, seguro que pronto lo notaría su estómago. Empezó a remover el contenido de los cajones en busca de alguna bolsa de plástico, hasta que encontró una de El Corte Inglés. Sacó unos libros de Stephen King que había comprado el día anterior y que todavía estaban en la bolsa, y utilizó esta última para vaciar en ella el contenido de la papelera. No pudo evitar el gesto de acercar la nariz y olfatear el contenido de la papelera mientras hacía esto. Olía a tomate y queso principalmente, pero nada que recordara el tufillo desagradable. De todos modos no era conveniente que se pasara dos días la pizza en la papelera, de manera que terminó por colocarla en la bolsa de plástico y la ató, dejándola encima de la mesa para que no se le olvidara llevársela y tirarla de ese modo en algún contenedor de camino a casa.

Miró el Nokia Comunicator que tenía encima de la mesa. A pesar de que resultaba algo pesado y aparatoso, lo llevaba a todas partes, era como sus gafas, que no dejaba olvidadas en ningún sitio. Eso también le hacía pensar. Si se levantaba a mear por la noche, incluso cuando no encendía la luz para no molestar a Marcela, indefectiblemente se ponía las gafas, siempre lo hacía, formaban parte de él mismo. Apenas tenía necesidad de ellas, pero se había acostumbrado a llevarlas desde los dieciséis años. El comunicador no se lo llevaba, pero instintivamente pulsaba una de sus teclas para que se alumbrara la pantalla. De ese modo podía ver la hora que era, ya que en su Rolex no podía hacerlo si no enchufaba la luz de la habitación. También le servía para ver si había alguna llamada perdida, o algún mensaje pendiente. Siempre lo hacía, y nunca lo olvidaba en ningún sitio. Además, lo tenía siempre cerca porque muchas veces recordaba algo y se enviaba mensajes por e-mail al despacho para no olvidarlo, o realizaba anotaciones en la agenda electrónica que incluía entre sus funciones. También enviaba e-mails a sus oficiales de notaría, recordándoles cuestiones pendientes que tenían que ver con él, o cualquier cosa que no quería dejar encargadas a su memoria. Si él se fue de casa por su propio pie, aunque lo hiciera de forma inconsciente, se habría llevado el comunicador, en cambio no lo hizo. Según le dijo Marcela más adelante, estaba encima de su mesita de noche, junto con un libro de James Herbert que estaba leyendo. Y allí seguía cuando él volvió, totalmente descargado, esperándolo. No lo recordaba, pero seguro que alguien llamaría a la puerta, él se levantaría, comprobaría la pantalla del comunicador, como siempre hacía, y lo dejaría en la mesita de noche porque no pensaba abandonar la casa, saldría a abrir, y entonces ocurrió aquello, esa mano grande con el pañuelo que le perseguía en sus pesadillas, se abalanzó sobre su cara. Quizás esa era la explicación de que llevara las gafas y no el teléfono.

Se dio cuenta de un pequeño detalle en el que no había caído hasta ese momento. Cuando abría la boca para murmurar algo, una pequeña nube blanca salía de ella, como ocurría en pleno invierno en la calle al respirar. La sensación de frío que sentía no era pues cosa de su destemplanza, sino que se trataba de un asunto atmosférico, pero ¿cómo podía haber bajado tanto la temperatura en un día como hoy? Además, las ventanas permanecían cerradas, aun en el caso de que hubiera bajado tanto la temperatura, pasarían horas, antes de que el despacho perdiera el calor acumulado. ¿Qué estaba ocurriendo? De repente recordó su último motivo de preocupación, la razón de que hoy hubiera decidido no ir a casa porque quería meditar a solas en el despacho. Un motivo más de alejamiento familiar, de concentración en sí mismo, de abandono de sus responsabilidades como padre. No podía dejar de pensar en que su comportamiento no estaba siendo correcto, pero no sabía qué hacer para evitarlo, ni cómo averiguar lo que le había ocurrido para de ese modo liberar su mente y poder volver a su vida normal, a hacer sus ocho horitas en la notaría, librar los viernes por la tarde para irse el fin de semana con su mujer y sus dos hijos, echar el polvo semanal programado para cada sábado por la noche, o en todo caso el domingo, y llevar una vida tranquila y relajada, sin excesivas preocupaciones, salvo la ineludible tarea de soportar algún que otro peñazo de cliente, aunque incluso eso se podía permitir el lujo de hacer cada vez menos. El que quisiera dar el coñazo que se fuera a otra notaría, que había un montón en Valencia.

Se pasó la mano por la parte trasera del cuello. Esa misma mañana había ido a la peluquería, y le dijo a su peluquero que le cortara el pelo más de lo habitual, estaba empezando a hacer mucho calor y le molestaba. Qué curioso, precisamente hoy se cortaba el pelo de forma casi exagerada alegando motivos de temperatura, y ahora estaba helado en aquel maldito despacho que cada vez parecía más tétrico, pequeño y oscuro. El techo rojo que su decorador se había empeñado en pintar, no ayudaba precisamente a hacerlo más acogedor. Cuando su peluquero le pasó el espejo por detrás para que pudiera ver el apurado realizado, le pareció ver una pequeña marca en el centro de su cuello, bastante arriba, justo donde ahora quedaba el límite del pelo cortado. Pensó que sería alguna peca escondida o un pequeño grano, pero no hizo ningún comentario. Por el mediodía, en casa, se lo miró con más atención en el espejo, aunque le resultó un poco difícil por la posición. Utilizó uno de esos espejos que usan las mujeres para verse las imperfecciones de la cara, el nacimiento de nuevas arrugas y esos pequeños pelos que arrancan sádicamente con unas pinzas metálicas, uno de esos que aumentan hasta tres o cuatro veces la imagen real, como los que hay en el cuarto de baño de ciertas habitaciones de hotel, y pudo verlo después de intentar varias posturas incómodas. No parecía una peca, y desde luego no era un grano, parecía una pequeña marca, como las que le quedan a uno cuando lo pinchan en el brazo, pero más grande y mucho menos intensa, en realidad apenas si era visible. Últimamente le preocupaba bastante todo, y enseguida empezó a pensar si se trataría de algún cáncer o a saber qué otra cosa. Luego pensó que posiblemente lo tuviera allí toda la vida, pero que no lo había visto porque nunca se le había ocurrido cortarse el pelo de forma tan apurada. Lo olvidó durante la comida, pero por la tarde no podía evitar que la imagen le volviera una y otra vez a la cabeza. ¿Qué sería realmente aquello? No pudo evitar pensar que podría estar relacionado con su desaparición. ¿Y si de verdad lo habían abducido y los análisis de que hablaba el pequeño individuo de la revista eran ciertos? Pero él estaba sano, o al menos eso le dijo el doctor. La pérdida de peso sería causa simplemente de una mala alimentación durante los últimos meses. Un cambio de costumbres alimenticias y solucionado. ¿O no?

En el fondo del despacho algo pareció moverse, lo cual le hizo olvidar sus pensamientos y se puso alerta. Cogió el flexo que tenía enchufado encima de su mesa de nogal y enfocó con él el rincón donde había notado el movimiento. Todo parecía normal, el mismo cuadro de la catedral de Burgo de Osma, donde fue bautizado, la orla con las fotografías de sus compañeros de promoción, y poco más, pero ningún movimiento, por lo visto estaba demasiado tenso y nervioso. Sería mejor coger la pizza y dar un paseo hasta el contenedor y luego irse a casa, aunque fuera a pasar la noche en blanco con los ojos abiertos como platos mirando la lámpara que le regaló su suegra cuando se casaron. Cualquier día la tiraría y compraría una nueva, era horrible, parecía de su bisabuela y no pegaba para nada con el mobiliario moderno de su casa. Además, había noches que le daba la sensación de que se movía, de que los cientos de cristalitos se agitaban y emitían reflejos extraños. Sin duda a causa del insomnio, pero la odiaba, odiaba la maldita lámpara.

Sin más, apagó el flexo y la luz del despacho, no sin antes coger el comunicador y ponerlo en el bolsillo interior de su chaqueta de verano, y salió a la calle. Olvidó apagar la calefacción.

Al salir notó la temperatura agobiante del mes de junio, y no pudo evitar mirar tras de sí mientras pensaba en los motivos de que su despacho estuviera tan frío. Caminó doscientos metros hasta llegar a un contenedor, lo abrió y tiró la pizza. Un apestoso olor salió de su interior, y le recordó a lo que había sentido en el despacho.

...



Marcela estaba acostada leyendo un libro de Danielle Steel, aunque no acababa de concentrarse. Había acostado a los chicos una vez más sin que pudieran darle las buenas noches a su padre. Enrique se comportaba cada vez de forma más extraña. Desde lo ocurrido, no era el mismo, y a ella le asaltaban las dudas. ¿Acaso ya no la quería- ¿Habría vuelto simplemente por los niños- ¿Dónde había estado? Quería creer en el secuestro, en la historia absurda que contaba Enrique, pero no podía ser cierto. Su relación se estaba desmoronando y no podían seguir así. Antes no se quedaba hasta tan tarde en la notaría, y ahora, cada dos por tres no venía a cenar. Cada vez hacían menos el amor, no es que antes lo hicieran muy a menudo, pero lo de ahora no era normal. Tenía alguna amante, una mujer que le daba lo que necesitaba en la cama y por eso ya prácticamente no lo hacían. La verdad es que ella tampoco insistía mucho en ello, ¿pero cómo iba a pedírselo? Él no la deseaba, y no quería arriesgarse a una negativa que acabase definitivamente con su amor propio. Se miraba en el espejo cada mañana y se veía todavía atractiva. Algunas pequeñas patas de gallo habían aparecido, y unas ligeras arrugas en la comisura de los labios, pero lo cierto es que eran ya treinta y cinco años. Tenía una silueta bonita, sin pistoleras, y con una cinturita que era la envidia de sus amigas. No era guapa en exceso, pero nunca lo fue. Había sido siempre atractiva y le constaba que todavía lo era. Notaba las miradas de los hombres en la calle. ¿Por qué entonces Enrique mostraba tan poco interés en ella?

La semana en que estuvo ausente sufrió mucho, en algunos momentos creyó que no lo volvería a ver. La policía le dijo que podía recibir alguna llamada de los secuestradores en el caso de que se tratara de un secuestro. El coche de su marido permanecía en el garaje, por lo que tendría que haberse ido a pie, o en todo caso con alguien. Le preguntaron mil cosas de mil maneras distintas, e insistían mucho en si le iba bien con su marido o si él tenía problemas de alcohol o de drogas. Resultaron bastante desagradables en más de una ocasión, pero ella todavía confiaba en su marido. Cuando volvió una semana más tarde, con la ropa impoluta, tal cual estaba vestido cuando se fue, sin una arruga de más, incluso con la ropa interior relativamente limpia, algo la invadió. Por una parte sintió una gran alegría y alivio al verlo, y se abrazaron y besaron entre lágrimas, pero luego, conforme iba pensando, había cosas que no le cuadraban, que no tenían ningún sentido, y su extraña actitud, su aparente ausencia. Era horrible, esa inseguridad no podría soportarla por más tiempo. Nunca habían hablado directamente de eso, y quizás ese era el problema, el no haberse enfrentado a lo ocurrido, pero no se atrevía a decirle a su marido que no confiaba en él, que no creía en lo que le había contado, y que pensaba constantemente en que tenía una amante. ¿Cómo le planteaba todo eso a su marido?, ¿y si no era cierto?, ¿y si eso lo hacía alejarse todavía más? Además, también a él parecía afectarle todo, estaba más demacrado, había perdido peso y se le podían contar las costillas, nunca había sido un hombre muy alegre, pero hacía semanas que no veía en su rostro ni una sola sonrisa. Muchas veces pensaba que él quería abandonarla, pedirle el divorcio, pero que no se atrevía, que no sabía cómo planteárselo y por eso estaba tan triste, tan apagado.

Oyó la cerradura de la puerta y dejó de pensar en todo. Hoy Enrique había vuelto relativamente pronto, no lo esperaba todavía.





III – El corredor



Aún no tenía claro por qué se había levantado tan temprano esa mañana. Como cada día, le supuso una tortura el simple hecho de abandonar la cama, pero eso le ocurría siempre, con independencia de que se levantara tarde o temprano. Así que al menos, los días en que salía pronto de casa, disponía de más tiempo para hacer cosas.


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