Excerpt for Helechos by Rolando Costa, available in its entirety at Smashwords


Helechos


Autor. Rolando Costa



Smashwords Edition.


861

C837h Costa Calderón, Mauricio Rolando 1941-

Helechos y otros poemas / Rolando Costa, --1a ed. –San

sv Salvador, El Salv. : Venado Blanco, 2009

236 p. : 18cm


ISBN 978-99923-71-85-5 (impreso)


  1. Poesía salvadoreña. 2. Literatura salvadoreña. 1. Título.



BINA/jmh


Derecho de autor de autor : Nº 287 - 2009, de fecha 31 de julio de 2009


CREDITOS

© Rolando Costa Todos los derechos reservados

Diseño de portada: Francoise Beseme

Foto Rolando en México: Humano

Diseño y diagramación: Grafika Impresos

Primera edición, octubre 2009


San Salvador El Salvador Centroamérica

rolandocst@gmail.com

www.ernestopanama.com







Smashwords Edition, License Notes

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Prólogo


Acerca de helechos



Helechos es Euquenor, un personaje que toma la forma de sus pensamientos a cuya mente penetramos en particular tiempo por la corriente de aquellos. Euquenor es un personaje que vive su propia historia, nutrida tanto de personales vivencias como de vivencias de muchas otras personas cuyas vidas inciden en su historia. Ejemplo: pasamos por una calle y encontramos un mendigo al cual vemos; por un lapso somos ese mendigo, queramos serlo o no queramos serlo; por breve, instantánea duración, dejamos de ser nosotros y somos ese mendigo.

El efecto que esto produce en nosotros deja huella, es múltiple y es irradicable. Nos marca para siempre. Ese mendigo se manifestará en nuestra conducta futura. Euquenor es Helechos, compuesto de muchas de tales vivencias, en alta fidelidad; es un personaje marcado.

Helechos es una sucesión de vivencias, eslabón de cadena viviente en infinito círculo; Helechos es la irrupción que hacemos en esta cadena viva, o río. Por eso Euquenor no soy yo; Euquenor es muchos, es todos; pero es Euquenor con ojo de mosca, el ser humano sostenedor. Y es un caballero andante y un cruzado de vuelta: también soy yo.

Hemos hablado de un mendigo; pero podemos hablar de un ángel, de un árbol, de gigantes, de un animal, de un elemento como el fuego, o el aire, o un río, el mar, en la medida en que tengan interioridad perceptible o empatible, si acaso. Tales vivencias de Euquenor han sido captadas de muchas maneras y puestas aquí, en un montaje, como injerto o cultivo, en secuencia y con imaginación, desde luego, dando carácter literario a la obra. Pudiera pensarse en música; pero no soy músico.

¿De dónde se nutren sus vivencias? Del entorno y ámbito. Euquenor está sumerso en un entorno, inmerso en ese entorno formado por toda la sucesión concatenada de vidas humanas en la historia; Euquenor es un ser humano, el ser humano inmerso y sumerso en tal entorno y en cierto sentido producto de él. Busca el significado de su vida; no el significado que le da, otorga o atribuye el entorno vuelto antihumano y que de manera conflictiva incide en él, sino el significado existencial de su vida. Y lo busca en la raíz de sus vivencias, en la savia de tales arborescencias: allí tiene que estar: en todas sus vivencias tiene que estar el significado básico de su existencia.

Este personaje busca identidad, significado, propósito trascendente. Y lo encuentra; aunque le sea imposible romper con esa cadena recurrente de vivencias, lo encuentra con rotunda lógica existencial, posible y probable. De allí que también haya en la vida de Euquenor consuelo junto a su desesperación y esperanza, en un corazón abierto a revelaciones anheladas.

Entramos por sus pensamientos a sentarnos con él en su sillón rojo y a proyectarnos desde allí, de entre lo antihumano, a un día de acción completada con todo el potencial humano. Y regresamos al mismísimo sillón rojo del momento de entonces. Todo ha sucedido en cosa de segundos y en muchísimo tiempo.

Euquenor adquiere la forma de rey solitario y aislado.



* * * *



En cualquier parte, si hay silencio, quietud, humedad, calor, sombra y encierro cóncavo. Aberturas o grietas de donde fluyen emanaciones de lo que se consume, supuraciones, derrames, excreciones y excrecencias, escarzo, humores...

Algo va quedando consustanciado, plasmático, nutriéndose, encarnando, irreductible. No se sabe de qué cosas; eyaculaciones, sudores, desechos, grumos, recrementos, aluviones, bagazo, mugre. Lo que un ser vivo cualquiera desecha de sí mientras el tiempo esturga; placenta, menstruaciones. No se puede precisar que cosas puras expulsaron eso; no se puede. Ni de donde le llega el color. Ni de que ebulliciones ese vaho. Está adherido, y carcome; puede absorber el todo.

Fétido, repugnante a veces; reseco, encubriéndose; y otras bello, delicado, fresco... Lo he visto reflejarse en el cielo claro y limpio de las aguas.

Y he recorrido alcantarillas, barrancos, caserones, cavernas, ruinas, túneles, senderos, miasmas...

Y he estado...

Y he tocado...

Repulsivo. Deleite voluptuoso. Flor. Sugerida pureza. Impurezas.

Se forma en todo y de todo. No existe sol.

Se nutre de sí mismo; se devora y devora mordicante.

No es un ser; lo que van dejando muchos seres. Lo que ha quedado. Se va haciendo de lo que se va deshaciendo.



* * * *



Estéril. En los rincones del tiempo quedándose. Hacia la nada hundiéndose arrinconado.


Seduce o repugna.


Todos lo llevamos. Y puede devorarnos. Puede invadirnos el ser. El pie. El alma. La mente. El espíritu.


¡Oh! Los nombres...


Moho... Musgo...


Murciélago... Mariposa...


Mariposa... Uno...


Mariposa...


He abierto las ventanas. Respiro lo azul...


¿De dónde provengo?



* * * *



Emergen, sea así de una flor o de una calavera. Emergen de la lluvia y del musgo; de los inhabitados bosques.


(Sentí una surgir con acariciante esfuerzo de mi pupila hacia los astros)


No marchan por el camino arduo de la experiencia. Ya saben; van directamente impelidas y a ciegas; pero ignoran qué les separa de Dios ¿Su esencia, esa incorruptible substancia fría? ¿Su fácil conversión a la monstruosidad?


Porque entonces copulan y ovan; se congregan; pierden el vuelo y su luz; padecen de hambre sucia y voraz. En soledad se aprietan unas con otras, aflicción, aterrorizadas del silencio y de la oscuridad, sus elementos. Ovan a otras más grandes y monstruosas, dificultosamente y con intenso dolor; maltrechas, desentrañadas se extinguen, se devoran a sí mismas, interiormente, célula a célula; y se enlarvan en nauseabundo lanugo; poco a poco se refieren a sí mismas y a medida que perecen enquistadas se maldicen, se consuelan; pero llega el sopor, después zumbidos y por último la nada. La nada, que es la eternidad del que envuelve en sí mismo. Solo recuerdan vagamente la tenue sensación de una cálida intermitencia que pesaba en sus vientres.


La monstruosa luciérnaga pierde su vigilia inconmovible frente a cuyo silencio transcurre el universo transmutándose. Se desmorona y aduna de restos dormidos. La luciérnaga monstruosa es un feto eternizándose. Un feto solo, isla. Feto cósmico, cerrado el camino hacia Dios.



* * * *



Rincón de fiera moribunda oloroso a días heridos, donde la respiración de un cadáver que se prolonga cría musgo e insectos; donde el sudor de la agonía se levanta ciego y poderoso, triunfal. Un deshielo de ciénagas se anuncia en el aire que llega y se arrincona hasta ser alguien que espera.


Flor verde y pálida se abre lenta mi mano sobre la dura tierra (costado frío de muerta hembra) y sobre ella, volteada piedra, el fruto seco de mi cráneo.


Allá, en la otra orilla, hay luces; y bajo toda su luz, así, tan clara y firme, risa jovial... Es un engaño: ese macilento se pudre bajo el farol blanquísimo sin comprender aún, atónito, por qué él no tiene salvación; por qué en sus venas jamás irradiará el ampo júbilo. La risa es un grito de muerte. Un trapecista dorado. La risa jovial, con melena. Espectacular acrobacia, la risa iluminada.


Allá, en la otra orilla, hay luces...



* * * *



Mansión de Soñadores


Hace calor y hay poca lumbre; rehogados. Húmeda soledad y silencio hilado en quejidos y estertores, cerrado aliento ensimismado.

No todos ingresan. Algunos, que titubean al pronunciar sus nombres o que solo responden con mirada vacía, casi por sí mismos vuelven a la tormenta, sonámbulos añascadores. Y hay otros como éste –anciano curvado que ya desde muy atrás mostraba bobamente su rostro sonriente y que, baboso de manos, intenta asirse de las mías suplicante y servil- que rechazo iracundo; pero le señalo sitio. Allí en la esquina, a la intemperie, en donde todavía sobrevive la luz que nuestra débil lámpara emite (única en toda la mansión: nuestro calor, nuestra lumbre.). Sí, iracundo... Accede a obediencia y se aguada sonriente; se aguada, sin esqueleto, él, el encanado... Le grito, un grito atronador que no repercute, que no llega a oídos de nadie y que envuelve el rostro del anciano en vapor rojizo y verdusco, asfixiante... No quiere...

No se atreve...

No cree que pueda hacerlo, tal vez retire yo la decisión... No te atiendo si no obedeces, le susurro... Sí, el susurro provoca temblores... Todos tiemblan a los susurros... Aniquilan...

Ya está. ¿Y ahora? ¿Y ahora..? Que placer verle azotado por Huracán; verle indefenso... Pero mira hacia mí...

Tienes que ver hacia la negrura... Esa joroba allí debe permanecer, es ése su sitio... ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo? No me mires... Hasta que yo te llame... ¿Y cuándo...? Susurro enfático, con tan fruida ironía que yo mismo me asombro: cuando cese la tormenta... (¿Quién otro pudiera asombrarse? ¿Ése, que enroscado a mis pies no aparta su mirada de la Noche de Luna? ¿Ésos que enrollados en sí mismos esperan siempre el próximo relámpago por si logran ver aunque sea fugazmente el espacio que habitaron, o fantasmas? ¿Quién sino yo?)... Hasta que cese la tormenta, repito, o hasta que te parta un rayo. Y como ya está en su sitio, no se moverá.

Ha llegado el momento de cerrar las puertas. Estoy cerrándolas. Las he cerrado.

Duermen todos y ambulo en penumbras, maúllo, sueño que soy un gato, un gato dorado que recorre en vigilia amplios corredores sombríos del palacio de un gran señor, su hermosa dama y su alegre y bellísima, irradiante hija, llamada luz; cuyas voces resuenan, mármoles y rosas, entre las venas de la sombría atmósfera.

Cada uno de los otros ¿En qué soñará? Porque ya nada es posible.


* * * *



Extiende el hermoso brazo ondulante, brazo de aire; y el pájaro se siente pájaro en su mano.

Ha pasado la prueba; toma sitio en la alfombra.



* * * *


En su rincón el fuego


Último sorbo de agua. Cántaro roto. En la gran noche, en la inmensa noche, en la sola noche, entre la gravitación universal, libre, caigo.



* * * *



Sentado en la vieja silla de la boca:

muerta luna, vagas perro cansado: un pequeño dios ciego y cojo arrastra su pie delgado y caliente, a él atada.



* * * *



Todo cerrado menos el portón que con su claridad sorprendente produce extraños ruidos e imágenes en tranquila nostalgia.

Alguien brota de ella y asume, junto a mí, mi posición.

¿Vienes? invita, se acerca y se me introduce. Ya somos uno.

Traspaso el arco y a mis espaldas dejo el silencio en el hondo jardín oscuro de las visiones.

Ya no se si volveré...

Pero el mármol aún irradia...

Se sabe que el musgo acecha en los alrededores.



* * * *



Mientras las nubes arborecen aquel cuello comienza a doblarse y la cabeza, en últimos aromas, a cerrarse en sí misma: Soy una flor... murmura.

Las nubes arborecen.



* * * *



Una sola abertura para escapar; pudiera hacerlo por la voz, pero las gargantas acechan. Por eso desciendo y desciendo en mí mismo, para llegar a la estrella gigante y roja. Allí está mi planeta.


Piensan que es de cera y le miran de lejos. Su pasión por las flores altas, las flores islas; y por las esbeltas ramas que las sostienen y que mira a través de la ventana, la misma ventana de todas las tardes a la deriva, lo inmoviliza. Y a ella, que es una niña, la inmoviliza el pájaro que así prisionero no canta. Todos piensan que ella es de cera y los miran de lejos, aún cuando sonríe.



* * * *



Lluvia. Lluvia. Lluvia. Los truenos se arrastran, se congregan allá en el bosque; puedo escucharlos, hablan de mí, me llaman... Viejos barbados, luminosos rostros de maya...

Celebran un juicio, un juicio, el mío... Debo huir, hijo de hombre...

Cerco en la ciudad que no podré romper, no podré nunca...

Allí salta otro, otro que huye del juicio lluvioso... Lluvia. Truenos. Salto muros. Me gritan y huyo... Nunca escaparé...



* * * *


Blancos paredones de un largo camino; flores silvestres en el viento solitarias; grandes árboles inconmovibles; cuerpo caliente en los valles; veredas serpientes: arrastro los pies. Estoy ciego y sudo. Una piedra, para morir rojamente y escupiendo.

... ¿Quedará alguien, uno aunque sea?



* * * *



Terror


Como niño o doncella; quédate, permanece, doblégate; voy a tomarte de un hombro entre mi brazo, apoyarás el otro en mi pecho y te enlarvarás en mí, estrecharas tus coyunturas. No temas, te cuidaré; duerme, tranquilamente, que yo vigilo; me desviviré por ti... Duerme... Hunde tu cabellera en mi pecho inmortal y cierra los ojos... te calentarán mis manos... Duerme... Calla...



* * * *


Marchas, guerrero y rabona, rompiendo rocas, rajando selvas, saltando y abriendo abismos, arrastrando montañas. Muerdes. Tragas. Evacúas. Desalojas. Elevas. Destruyes. Caes. Te levantas. Roncas. Te diseminas y propagas. Sueñas. Zupia tricéfala siguiéndote.

Pero se debilita el hueso, el hueso que te sostiene, y orinas sangre sobre develas y cráneos mientras las arqueadas piernas se te doblan; y al final de esa ruta ciega, gobierno del grito, en torno a ti mis innumerables bocas esperan; mis bocas que, una vez cerradas, ya no abren.



* * * *



¿De donde vendrán las mariposas amarillas? Bajo esta pregunta hermosa o espeluznante el niño digerió blanquísimos hongos.

Y sin embargo, ese niño seguiría admirando la blancura de los hongos así como yo a esas terribles mariposas amarillas; hasta tengo ya las manos rojas y amoratadas.

Aquel niño, durante agonizaba, soñaba con la blancura de los hongos; mientras que yo dibujaba en las paredes del ilimitado encierro y arrastrándome, espantosas mariposas amarillas; gozoso por el vuelo, de mis manos brotaban... En que los hongos le supieron dulce... Es que me parecieron hermosas...



* * * *



Por la musgosa pared subí, sin asombro y con alegría, desde la baja hasta la alta y seva terraza.

Un pájaro se posó en mi hombro; luego otro y otro más; uno zumba suspendido ante mi frente y mirada y otro, no menos diminuto y radiante, frota su precioso pico entre mis dedos. Sus cabecillas otean inquietantes y sin mirarme; siento su apaciguada sangre intranquila unirse en instilaciones a la mía; trinan; trinando junto a mi oído: hasta ahora, en este instante, comprendo lo que me ha sucedido.



* * * *



Al lado del portón negro y húmedo, ella, entre pascuas, esperaba con los ojos dulces de campo, en los que respiré hondo, como naciendo de la tierra azul. Ella miró entonces hacia otro lado, en donde fluía un arroyo de cascada en cascada. Le dí las gracias y besé sus manos de río.

Apareció la invisible; no se qué nos dijimos, ni cuanto vivimos, ni qué ni como lo que hicimos; apenas, que nos separamos nubes.

Y ahora estoy caminando por toda esta casa en silencio, por este castillo elevado sobre el mar; me siento caminar y caminar... Pero ya me tiendo junto al gato, nocturno arbusto, frente a la blanca pared en donde duerme; y de mí emana, innegable, el olor de la muerte.



* * * *



Sus venas de naranjo hielan; amo sus hesperidios de luz. El corazón del cántaro hiela; amo su oscura, fúlgida, planetaria y recóndita redondez. Las manos son como peces; Psiquis y Eros sobre la tumba.



* * * *



Envueltos por agitada nube de polvo blanco se allegan unos a otros solicitando ayuda o arrebatando; solo a eso, mientras en busca de sobras y desperdicios, añascan. Perdido han la mirada y celan sus trapos.

Y tú ¿qué has descubierto en tu ir y venir por el silencio?



* * * *



La anciana vecina, Ordalía, amasada con barro y ceniza, duerme así en su patio salvaje. Primero prepara la ramazón para la fogata; luego, enloda su cuerpo; y cuando la exacta forma de su tristeza en el solitario lugar aparece con el canto de las ranas, con sumo cuidado, ceremoniosamente, para no recibir más que la pura sensación del fuego, en posición de feto, se acomoda entre las llamas.

¿Qué otros cantos la esperan? ¿A dónde llega? De esta parte, yo soy el llagado; el insepulto. El que jamás pasará por el fuego.



* * * *



Tenues destellos dorados que de onda en onda y rumor en rumor toman forma y se condensan; un cuerpo oscuro, casi azul, sale a la margen; se tiende entre raíces y sobre el húmedo césped saluda a través del follaje al límpido cielo. Única, la flor roja cae en su pecho. Acaricia raíces: yo soy el río, y te amo.

Regocijo, quisiera inclinarse y responderle en su modo de él, con la ternura cósmica de que es capaz, que ella sabría recibir su amor; pero no puede. Tal es la quietud, tan dormida la brisa, que cada hoja, una a una, permanece inmóvil y callada; y sin embargo, dulcemente acogido, apoyado en raíces, el cuerpo, ebrio de fragancias, reposa. Si tan solo pudiera –y parece presentirlo- darse cuenta él de su amerante presencia; ahora... Tantos siglos... Tantos siglos de rozarle el alma... Parece en ocasiones que va a mirarla; y solo acaricia ramas. Inclinado al borde de sí mismo, nostálgico, envuelto en los susurros aromados del follaje solloza el dulce aturdimiento. Y ahora, allí, abierto al mar: ya no podrá seguirle ¿En algas y corales...? Mar tranquilo...




* * * *



El último salto. Denso dolor y cierta alegría. Ha llegado. El último salto y disolverse de onda en onda y rumor en rumor; disolverse, irse disolviendo; alejarse... Ha saltado, zambulle su forma irrecuperable... Si la descubriese allí, cimera ya en las desnudas rocas; si la descubriese él mientras se disuelve; si a él llegase, todavía destellos y casi espuma, esa última flor que las olas arrojan a la playa (satánico rechazo del mar) y que en los pies de un niño que inocente y cruel la arrastra desaparece... Si la hubiese descubierto cuando de savia en savia se le ofrecía... Si no hubiese llegado...

No sabe el niño que dolor experimenta al contemplar aquel árbol deshojado, ramas secas, asido apenas a las rocas e inclinado sobre el mar; ese mar... ¿Volverá su nahual? Es un dolor que trasciende y transmuta; es un dolor que está allí en esa flor que entre sus dedos aún existe. Es un dolor que está allá, en todo ese mar. Es el dolor de más allá de los horizontes. Es el dolor de las estrellas. ¿Cómo llegar? El dolor va hacia el dolor; hubo navegantes que no conocieron el mar. Y el nahual no volverá.

Yo soy un río, murmura. Y se interna costa adentro, hacia las montañas.



* * * *



La Leona


En descenso contenido, enervante abrámida transpirando, desnuda, rapada, con dos esferas de pórfido en las manos, suavemente frotándolas, sus dorados muslos, ya en la alfombra roja, iniciarán la fiebre, su convulsión que ascenderá a caderas e ingle, al vientre, pechos y espalda, a sus hombros y brazos, a su cuello, a sus labios, a sus ojos... Girará en torno, les rozará casi... Frotará cada vez con mayor fruición las esferas, se rozará con ellas...

Hurgad en su atmósfera, retorceos, acechadla; babeantes dibujad vuestro deseo en torno a su figura; rozadla con alientos y casi de piel a piel; pero no toquéis su voluptuoso enrollamiento y contorsión. La baba. La baba. Encenderá su ira, y se volverá contra vosotros y contra sí misma feroz. No la toquéis. Y allá en su fondo lo desea; lo desea desesperadamente. Arrojará las esferas en clamor, se retorcerá gimiendo a gritos y rodando por el suelo; no la toméis. No se las ofrezcáis. Retiraos; consume y ansía consumirse.


Se arrastrará; olfateará con mirada suplicante. Ella sabe. Llora silencio; su vida se extingue; agoniza con placer. Y ríe. Ríe paulatinamente hasta lanzar el gran fuego de la carcajada; y el brillo que fulgura en sus ojos boscosos y en sus dedos que señalan al encausto la alfombra babeada, y las barbas, y las túnicas, y los gestos chorreantes y quebrados, rampante les oblonga lábiles y coagula, amedrentada pútrida masa en sonrojo, vómito, harapos, hobachona rehogándose feculenta, aplastada, bascosa risilla leporina, desdentada, la comedia. La tragicomedia. La gran comedia. Tomad las máscaras de risa iluminada ¡Enmascaraos! Yo soy la leona. No os atreváis a consumiros ¿Qué sois, asustadizos, ventrudos engandujos? No podéis reíros de nada, indignos de la muerte y del fuego, de dios o del demonio ¡Fuera! Dejad dormir a la leona, que os espantará furtivos, con su rabo ¡Fuera¡ Pero si osáis, venid a mi lecho...


Bestia moribunda altivamente se incorpora, recoge las esferas, recupera su estatura, respira bellamente sensual, refresca su carne, su carne pura, roja, y ante nuestro deseo arrasado casta y victoriosa se retira al fondo, a su lecho de yerbas, ramas y espinas; bosteza, os mira... “ ¿Y los que dormían en pieles de leones? ” ¿Quién osará?

Silencio. Aparece la Diosa Antigua... Día vendrá –y ambos lo sabemos- en que suceda... ambos lo sabemos... Y esperamos... Ambos. Nadie sabrá de nosotros. No peregrinaremos ya nunca. No existirá el circo... ¿Esto era todo? ¿El lecho de Leona? El viento arrasará la carpa y nuestros huesos hechos polvo de pudrición. La nada reirá en un gran fuego a carcajadas.

En un gran fuego la nada reirá a carcajadas.



* * * *



Príncipe


A esa edad terrible subió las montañas en la espalda del horizonte, allí en donde el sol se hunde. Y no volvió.


Le buscaron; y así lo encontraron, sumerso el rostro en los celajes. ¿Vuelves? Ansiosos le acariciaban los hombros. Volvió el rostro a la débil y tierna súplica: déjenme; o los destruyo.

Nadie ha subido a ofrecerle la vida; porque él sabe, y todos, que en la oscura elevación de su nostalgia dijo la verdad.


Todo esto no habrá sido. Y con razón, si veo allí en el suelo tu vaso roto, y rotos los dedos de tu mano, y duro el pensamiento en una mancha roja. Y a un niño que lo rasca y escupe sin mirar a nadie y que luego se marchará a la cumbre, como todos los niños.



* * * *



Todo a mi alcance y bajo mi dominio para que yo camine, sonría y acerque las sillas a la mesa; pero veo mis manos –ahíto- y sonrío amargamente bajo mi clara decisión de no hacerlo. Veo como esperan lo imposible de mí: el gesto inicial de los vivos.


Pero veo también como se alejan hartos, eructando y murmurando, ocultándose unos a otros el camino privado hacia el profundo lecho o al retrete; la sombra del árbol más grande o el barranco más profundo. Ocuparán toda la tarde. Y veo también como les siguen las moscas.



* * * *



Fuego. Viene el fuego. Circunda. Vuelan mariposas al encuentro anaranjados. Damos la vuelta. Moscas y vapores feculentos, pudrición nos cerca. Elegimos desbordándonos. En la piel una mosca succiona y una llama la toca. Ya no es tiempo; no podremos elegir.



* * * *


Constructores


Asomo a la puerta: Eternidades. Enladrillando. Eternidades. Enladrillando. Enladrillando eternidades. Enladrillando. Eternidades. Enladrillando. Enladrillando Enladrillando-Enladrillando. Eternidades. ¿Y yo?



* * * *


Escombros


Lo últimos tres ancianos en círculo todo lo sopesan y pasan el uno hacia el otro mientras en el jardín las niñas, que son tres y ya no crecen, entregadas al retozo hilvanan el zumbel de su alegría; de modo que nadie, absolutamente nadie interrumpirá ni desviará sus acciones. Nadie. ¿Quién?


Se levantan –la osamenta no les duele ni tiemblan- contemplan su dulce rato a las niñas que duermen florecillas bajo arbustos y enredaderas de la zubia y sonrientes y apacibles se separan, cada cual por su lado, hacia las estrellas.


No les veríamos...


* * * *



Ha llovido, los grillos que allí nacen desde las estrellas iluminan el polvo negro de la noche que me cubre; fuljo, vibro; y mis raíces jamás extrañan la seducción voluptuosa de lo fugitivo. He soltado una hoja, muy hermosa, y la siento aquietarse como en un sueño, agradecida. Está en el polvo; es ella, la hoja. Y ahora escucho el rumor de todas mis hojas y recibo la paz de las que yacen esparcidas... ¿Hacia dónde irán? En mí entra un alma y se me queda ¿Me soñará?


La llamo y acude silenciosa a que vibremos en el mismo espacio; pero no puedo ser un recuerdo y volverá junto a mí, bajo mi sombra, buscándome; y no sabrá por qué se ha puesto de repente melancólica. En torno a mí enlazará sus brazos; sonreirá; será feliz en ese lapso; y tenderá el puente.


Y el que huía: Hermosa enredadera florecida en torno al árbol: misterioso es el temblor de tus hojas y de tus flores; destila en mí oh pura comunión lo que ofreces al espacio, ya que voy perdido.



* * * *



Pobre voz, pobre alma, devorados; lleva consuelo y esperanza recios, hiedra, musgo, a esa roca en el pantano; una florecilla roja es lo que pide el bosque a tu aliento... Así es el misterio. Pronto emigrarán los bosques; y nos iremos en las hojas y en las flores; todo el universo migrará. No espera por nadie. Y aquel, que huía, inicia el puente.

Nadie azota su espalda marcada; solo el sol y las estrellas rozan la dorada curva con sus dedos de amoroso constructor.



* * * *



Si recuerdo, se perdieron detrás de las casas hundidas, de los cerros y de los mares anaranjados del horizonte, como algo que no alcanzamos a distinguir mientras cae o pasa, llenos de viento y alaridos cóncavos y retratos y polvo y páginas. Estuve allí parado hasta la desesperación última; no respiraba; nadie. Ni un pájaro muerto; ni una roja cosa cualquiera en la oquedad. Largos y derruidos muros blancos de adobe.


Callada y dulce alma que quizá ya no existe, bajo sombra reía y amaba...

Mis flores dicen al musgo que mucho tiempo ha que vienen y se van sin razón; que pasan sin verme, pero que yo estoy. Así fue con ella...

Pasaron todos. No dejaron nada ni yo tomé de ellos nada. Se hizo el vacío. Pero fueron reapareciendo y ahora mismo están pasando, y van silentes, desnudos, mutilados, entrecruzados disueltos, en sombra; no hacen ruido, no llevan nombres; sordos y ciegos; pasan frente al espejo y no se miran; y no les veo; no existen. No se quienes sois vosotros que abrís las puertas en carne, mancháis de rojo los calendarios y sonreís ya sin ganas. Ni qué esperáis, aparte del momento de partir. ¿De dónde brotáis? ¿De entre raíces y de piedras?

¿En qué raros nidos ováis? ¿Sois los mismos? Y cuando das la espalda ¿A dónde y para qué? He visto a uno quedarse quieto en un zaguán; lo arrinconaron, yerto, a la intemperie; morada de insectos, esperan que un día sirva de algo. He visto que se aúnan en caverna, en ella se adentran y ya no aparecen; abordan el viento serpiente y nunca más se sabe de ellos ni de sus hijos sino a la hora de la partida; uno a uno van saliendo asombrados de la visión... ¿Yo? Escucha: así ha sido.

La voz y su preciosa piel de serpiente estuosamente desenroscada de la roca –sol hojarasca y humedad- se abre roja y existe, toma posesión del universo, asoma por mis ojos y mi aliento, me llena de sí y soy algo más que un viejo tronco, que este viejo tronco rodeado de antiguas montañas. Por ella, que los Dioses rechazaron, ingreso al tiempo y existo. En cuanto a ti ¿Que más puedo decir?

Veo que vienes y pasas, para estarte más allá, en la sombra que hago, tendido, y ves pasar esa muchacha cuyo andar asombra y hace feliz, y piensas en algo cubierto de abejas doradas; pero nada te da la respuesta. Te pones a mear y casi lloras. En un rincón hay excremento de anoche (Bajaron los vagabundos de la luna y eso dejaron del silencio).



* * * *



En mi hombro hay un pájaro y lo escrutas; escrutas el clamor de las campanas y las gotas que comienzan a caer; y a tus manos, que han caído y yacen muy cerca, cántaros rotos... Te mastican los minutos y les dejas... Lo mismo pasa allá, en una sala del palacio. Bajas la oreja. Tu hija es bella; tu mujer fecunda; y el varón arrebaña en las calles y canta. Sufres; se ve que sufres; pero finalmente te marcharás. Han pasado años; la flor se ha cerrado y percibo el silencio. Estáis como ciegos, simulando, entregados a la araña; nada puedes hacer, merodees o no merodees; tu edad es ésa. Vienen por ti y esperas; siempre solo. Eso es todo. La gran posesión: tus manos baldadas.

Se levanta y se marcha; pero se queda sentado. Y se pone a llorar.

Algunas flores caen en sus hombros.



* * * *



De cierto árbol, en cierto sitio, cierto día a cierta hora: esa hoja, esta hoja, que va, sola, de cierto modo, única como todas, con un cierto color propio arrastrada, no se sabe hacia dónde, cayó.


Del árbol cae la hoja al río. Así comienza la historia de mi vida. Cualquiera.



* * * *



Coraznado, hálito de pie. Solo dormido, a fondo. Si despierta saldrá de la cueva inmensa, vagará por la selva enorme; y le acosarán, montando jabalíes, sagáridas en mano y cuatro brazos verdes, gatunos príncipes hindúes de piel dorada; pero él los traga a todos. Si despierta despertará en dragón.



* * * *



El viento le llega de atrás; recio, pero fresco. Sus pétalos se curvan con retraimientos de víbora hacia el suelo y escupe un aroma desnudo; encarado al cielo se abre total, en permanencia de amorosa posesión tenso; sensación isla del engendro. Cede y retoma su alta posición derribada; cede nuevamente y se hunde curvado, violentada cabeza en las aguas del ahogo. Cede, se retrae y permanece en el punto azul; cede, uncinados pétalos blancura: el viento sopla a su espalda desde la eternidad. No ha comenzado a ser esa flor; no dejará de serla; siempre ha sido esa flor en batalla; esa flor espigueante y sofocada, efímera, sin que el sol pudiera nombrarla.



* * * *



...No te escondas detrás de los pinos... no te escondas detrás de los pinos... no te escondas detrás de los pinoooooooooooooosssssss... anda buscándote con un sombrero de florecillas blancas y redondo... pálida... para que le escribas cartas en la pared de la tienda donde te emborrachabas... sube, que abajo todo se pondrá más oscuro... vienen arrastrándolos...

...nortea... se le han caído los brazos... están cayendo todos los brazos y ruedan... ...pila polvosa y rajada... casa muerta... las botellas azules... las ventanas adentro y con estrellas...

...el cuerpo solo, rodeado de vidrios... las moscas entran y salen de tu cabeza... una es Brígida... moscarda... ...aquí arriba hace frío...

...puja, puma triste, puja... tu cabeza cuelga de un cuerpo puma, cabeza de saltamonte, estamos vivos, estamos adentro; abre la boca tumba, tráganos, saltaremos; somos verdes y amarillos, esponjosos, con tenazas, contra las piernas azules.

No puedes... vivirás en arenas mañana caerás al tubo tieso tieso tieso

El pájaro alza vuelo y deja al insecto inmóvil...



* * * *



Naufragio, agán. Respira hondo, desalentado; ha muerto.

El estruendo de una rotura en su cuello lo anuncia; ha muerto.

Una ola se quiebra y lo arrastra a su enorme oscuridad de tristeza profunda y helada. Ecos de oleajes y de trombas, ecos de zumbidos, de huracanes lejanos y lejanos hundimientos limosos; de retumbos fetales, extinguiéndose...

Sueño Oscuro; Oscurísimo Sueño.

Blanco y luminoso, a medianoche, en la playa dorada, gigantesco, un caracol aparece.




* * * *



...Baja una pierna, una pierna velluda que se arrastra en el suelo fangoso; y su boca cuelga simiesca al borde de los meados feculenta. La cabeza inmóvil, contraída en hundimientos óseos, se aleja y expande en repentinos estallidos; las dos piernas se arrastran afligidas, ciegas, y sus manos caen al ovado suelo como dos ventosas. Su inmunda cabeza se raja, una sola pústula morada florece y se ramifica en cortas y gruesas raíces escabrosas que oprimen de pómulos y sienes, boca y nariz el rostro, encerrando en expansión pútridos gases...

pero él ya se ha ido...



* * * *



...Desciende por el hilo, ya salida del huevo, la larva, y gusanos enrollados devora, orugas inmóviles y aún vivas; mastica, traga emético soluciones pastosas, regurgita y retraga nauseabunda linfa ensalivado, arenoso, ensalivado escófilo, envuelto, lodoso, terso, verdusco, sombrío...apacible digestión, boqueos... leves retorcimientos; boqueos... ¿Quién soy? gusano, larva, boqueos...

boquea el monstruo...



* * * *



...Tejas oleando en la negrura, sombras hundiéndose, calicódomos pululan; tejas y escarzo... contemplándose tristísimamente...

...Volvemos flotamos en los triángulos azules suenan ahogadas manos argollas sos de hierro anaranjado transpiras herrumbre caminos profundos en los rincones son antes de la sombra caminos luciérnagas camisas llorando círculos vagando tristes círculos bocas bocas en el humo no hay amor si son cavernas las sillas vivimos antes de la sombra el nunca es un feto en un cuadrado esto es solamente la mónada de un insecto solitario soy lo que estoy pasando yo soy yo soy soy yo tus células no pueden decirte lo que sufren no puedes saberlo tirado en el pozo desde donde hemos salido verduscos piernas de sapo todavía de sapo sapo para que saltáramos de sapo sapo eres humedad ligosa podredumbre y olvidos aunque saltes ya no volverás ya no volverás somos nosotros ahora hemos cambiado todo Heteradelfia cieno

Sapo



* * * *



Solo soy un pequeñito ser arrodillado de impotencia ante su obra. Submarina veranera inconmovible a mi voz lo escuchas todo desde el fondo quejumbroso nacido. Te vas muy hondo en tu sufrimiento y abres los labios; gritas ronca y cóncava hacia la soledad... Asoma tu cabeza de la tumba; no tienes razón, ni brazos, ni piernas; clamas ciega y en silencio; no ruegas, solo sufres...solo sufres...

...no emerges, no eres nadie, no somos nadie...

cabeza malhecha, sin alma.



* * * *



No vienes en nombre de los demás, sino por ti misma; no eres la emisaria, la encargada de este otro; vienes en ti misma. Has atravesado la ciudad a oscuras, en ti misma; llamas a mi puerta y te arrojas a mis brazos, en ti misma...Yo no se que ha sucedido... no lo sabré, porque vas desapareciendo...



* * * *



...Descendía por la clara avenida nocturna alzando y retrayendo los brazos vacíos en su danza roja. Ebria, girando grotescamente sobre sus desnudos pies, alzando y recogiendo en su pecho a un niño acallado por el viento. Cruza la calle solitaria y en la esquina tropieza y cae de bruces: el golpe, sordo y rojo, estalló contra el feroz hierro del hidrante. Gime arrodillada y se endereza para continuar el descenso.

Descendía por la clara avenida nocturna cuando se abrió la tierra...



* * * *



¿Por qué...? Callejuelas cenagosas, tardes sombrías, bosques arrasados...

Rueda en la maleza... Cabeza ladeada de felino herido, alucinado, con el sol en plena cara, allí queda; en esa roca, bajo ese árbol roído: desolada inquietud y búsqueda. El olvido...



* * * *



Escupieron al salir... En mi cuerpo tendido y abierto yo no era nadie. Mis manos empalmadas sobre la frente y fundidas flotaban en una sola rama; mi Casa de los Siete Tejados se hundía y yo no era nadie: ingrávido y vaporoso, flotaba.


Si existe un más allá, lo ha perdido: esta fue la relente y fantasmal despedida de neón que cayó sobre mis ropas; esta fue la frase con que se alejaron.

Todos, sin asombro, me vieron desaparecer.



* * * *



El fulgor


Sale y camina hacia una luz absorbente que de entre oscuridades le ilumina. La ciudad con sus puertas lo señala, le nombra, lo denuncia; suplica, seductora y rampante, su atención; escudriña, inquiere y anatemiza. El, entre vórtices, camina; pero hay un momento fugaz en que, detenido y abierto, se manifiesta: horrorizada la ciudad, cierra sus puertas.



* * * *



Enfermo; emético, pálido, agotado, boca abierta, muy abierta, y cabeza caída, hundida en el único hombro. ¿Esa silla? Nada, absolutamente nada... es un sillón rojo; un sillón rojo... pálido, nadie... rojo... Ha ido al sillón... ha caído; caído... está caído... se hunde... el cigarro cae de sus dedos... se hunde, permanece hundiéndose, hundiéndose. ...Te pudrirás... te pudrirás... te pudrirás... te pudrirás... hongo, lodazal, rebujo... eso es, baja la cabeza, húndela; eso es, al albañal; eso es, nada, blanco, sin albedo; blanco...

...flacas manos escariosas a la puerta contemplando ladrillos ígneos, grises, blancos, manos a la muerte... Pasa una sombra y su mendigo a ciegas, quiñado; tarda en pasar toda una tarde, todo un sol... está pasando y pasando...dejan a su paso hojas secas y flores marchitas... Detrás, el otro mendigo, el que ya no plaguea, sin voz, buscando a la muerte. ...Se trata de aparecer y como vienes, arrastrando al mendigo que duerme en tu crepúsculo. Ojalá te murieras, ojalá te murieras, desde la barca saludan tus amigos, al otro lado. Retrocediendo hacia su feto, y a la intemperie, sin perder su forma, calurosamente se pudre hasta cerrar los ojos el mendigo; y tú mirándolo, transmutándote, mientras todo lo demás brilla.



* * * *



...Fósforo... caja vacía... fósforos... Déjate caer de espaldas para siempre...

...Flotando en nubes de luz estuosa, cáustica, corrosiva...

Su cuerpo feculento se ladea sobre el hombro y la mano cae un tanto lejos de sí misma; otra mano, es otra mano la que fuma, flor morada, cerrándose...

...Ha rodado. Rueda. Está rodando. Rodará. Va a rodar. Ha rodado. Contra la pared. Se sienta. Fuma. ¿Y la taza? Fuma. Fuma... Fuma y fuma... se pierde en el humo...



* * * *



La bestia, el pelo hirsuto, pelambre maloliente, vapor a chorros nasales, en las fauces su alma sobresaltada y en la cueva huesos, trozos putrefactos, zancudos y moscas gigantes, tierra ovada, ojos de angustia, cuerpecillo espinoso de insecto. Espantoso habitante sombrío, sáxeo, ídolo interior, sombra feroz y derrotada; allí está, en siglos de segundos de terror y soledad, congelado, en vigilia y espera, exhortando, clamando, conjurando; allí está. De vez en cuando fuma humos azules, toma su flauta y, herido de relámpagos, sueña; pero allí está. Nada podrá restituirlo; ni siquiera un ángel arrancará el ídolo oscuro y pétreo, angustiosamente fetal y lúcido, de su monstruosa luciérnaga.


La tortuga asoma su cabeza; a ras del agua tibia abre los ojos somnolienta y vuelve a cerrarlos. Se hunde. El sillón rojo vacío y súbitamente congelado. La casa invadida por murciélagos y mariposas. Ya no volverá.



* * * *



Ha entrado a sí mismo y no había nada ni nadie...

El animal enfermo quiere develarse, y recuerda los gigantones rojos, negruzcos y desnudos en aquel patio gris, húmedo y ruinoso, maloliente, del manicomio. Los gigantones desolados; gigantones tristes; solitarios, acurrucados, arrecostados, tendidos, sumersos bajo el sol seco y sin aliento, avahando muerte; llagados. El animal enfermo quiere así de pronto ser otro, sanar, reír, gozar... El animal enfermo no llega a su enfermedad; se cree incurable y la oculta medroso; lanza alaridos al aire; echa raíces; se va en raíces; se transforma en raíces... Sólo quedará, en cualquier barranco, en cualquier plaza, un día cualquiera, árbol escabroso, deshojado, mochado, pétreo... No puede referirse con amor a nadie; no puede enternecerse; no fluye; ha olvidado los ríos. Solo se acercan a él, resueltos, hormigas y moscas; alguna lagartija hará su cueva; y arañas. Algún pájaro, tal vez, para morir, a él se acogerá.

Aquella vez amaneció llorando y quiso, ya en vigilia, continuar; pero, azolvado, ya no había nadie. Algunas almas, quizá, de noche, se arrecuesten a él perdidas, desorientadas, y añoren sus antiguos errantes caminos en la luz; pronto le abandonan...



* * * *



Despierta, bosteza, se levanta, se frota en el espejo y espera en vano la voz.

El animal recorre su territorio estrecho y socavado y no le reconoce; busca un rincón, un refugio en donde dolerse, una cueva en donde vomitar todo el mal que le aqueja... Extenuado, agonizante, solo con su sangre apagada y remota, arranca una raíz y mastica; levanta la mirada y solo es un pájaro el que vuela en dirección a la montaña; otro, en la última rama, se balancea y trina; el animal enfermo rasca su costado ardido y sangra.

El animal enfermo no se anuncia, no deja oír su voz grotesca; vaga sin compañera y sin reclamo. En ocasiones, el animal enfermo se tiende a soñar...



* * * *



He sacado el cubo del pozo y no traía nada. ¿Y mañana? ¿Lo mismo? Bajar el cubo y subirlo, durante todo el día, sin que traiga consigo una gota sola del precioso líquido que allá en su fondo tranquilo reposa y espera.

Levanto la mirada y veo en penumbra algo que se asemeja a la oscura bóveda de esta caverna.

Suelo arenoso poblado de residuos que el viento introduce, desmoronamientos, despojos de esa multitud de insectos con que convivo, sin entendernos ¿Será posible, gusano, que pueda ayudarte en algo? Porque en cuanto a mí, bajo el cubo, aparece vacío y quedo sediento.

Empero ¿No parece absurdo? Voy perdiendo la sed.

Una sola gota y aumentará. No, no es posible raicilla...

¿Amerar? ¿Cómo voy a disgregarme y luego reasumir mi antigua forma? No será posible.

Solo puedo aniquilarme. Y esto, en la caverna, carece de sentido. ¿No vine precisamente, florecilla, para evitarlo y aprender de vosotros a tomar la luz de donde sea...? La caverna oscura... Como resuena el eco...

¿Florecilla? ¿Formas parte tú del eco, de eso que lanzo a la repercusión? Estás sola, pero si pienso en ti millares de florecillas rebotan hasta desvanecerse en los paredones. Creo que te amo; y esa sensación rebota y rebota repercutiendo entre túneles hasta quedar de nuevo solo, en el silencio. Y si no tengo otra cosa que hacer, lo repito.

Y pudiera estar haciéndolo durante la eternidad pardusca de mi vida; al final de ella, moribundo, con la última voz, sin eco, te preguntaría: ¿Te amé? Flor ¿Amé? Tu callarías; tan callada... porque siempre estuviste fuera de caverna, bajo la luz del sol, y te agotaste mucho ha. Ya no existes, flor, y no te amo; no te amé nunca, porque nunca estuve a tu lado. Y sin embargo, aquí estás, y te reproduces y multiplicas cuando anuncio a la oscuridad que todo lo recibe, espejo, que te amo. Bella flor aquella ¿Quiénes fueron los que te amaron? Todo queda en la caverna. Y si salgo, antes de preguntar y de ver allí en donde estuviste amarilla y otra ahora florece, violeta, me consumiría el gran viento de luz.

Pero si bebo de esta agua y sacio mi sed, podré salir: estirar los brazos, el cuerpo entero; ¡respiraré! Y alguien se acercará, tenderá su mano que palparé viva, cachorro, y me protegerá de los fuertes rayos, envolviéndome, una amplia y viva mirada de amor.

Pero ¿Es que yo he nacido en la caverna? ¿Dónde está la salida o su fondo? ¿Habrán otros reales y no fantasmas perdidos y aún repercutiendo? Si tan solo pudiera ver allá en el fondo los destellos del agua serena o escuchar su dulce enrollamiento en sí misma... Si llegara su aliento a formar en mi rostro fino manto de humedad...

¿Hubo alguien antes aquí? ¿Estuvo? ¿Dejó señales? Nadie.

Se contorsiona la hormiga y ardo; esa hormiga no existe; este dolor no existe. Y ahora quiero ver esa pared gris, y unas manchas que semejan arborescencias derritiéndose y un clavo incrustado en sangre. Y más clavos y ladrillos. Y puertas; zapatos. Papeles, bolsas, ropa. Zapatos. Una silla. Un espejo. Y los toco. Y son. Los reconocería en el sedimento del gran caos... ¿Pero de qué y por qué si no existen? Bajaré gradas que no existen; veré tumbado a un canoso señor de pecho lanudo, que no existe; sin haberme movido. Ladran. Alguna vez hice de perro... lancé un perro... esos murmullos... ¿Qué cosas ya sueltas y duraderas no han salido de mi mente desde que estoy aquí? Hasta salgo a la calle, esas calles sólidas de humo que aparecen y aparecen repercutiendo...esa gente...lanzo a un hombre elegante, agestado, solemne; y a un niño haraposo que lo pisa y restriega; árboles... Y veo que hay arte y artistas...creaciones...cosas que trae el viento y que lanzo...

ecos... Todo existe; nada existe. ¿Sacarás realmente agua del pozo, beberás y saldrás? Nadie escuchará tus gritos. Ni tú mismo, habiéndolos escuchado. Nadie vendrá a sacarte. ¿Quieres salir? Nadie vendrá. ¿Qué serás? Nada. Ella... ¿Quién es ella? Abreva tu deseo de amar. Ella es tu deseo. Y sí existe. Si se abrazaran... Aquí, en la caverna; allá afuera ¿Se abrazarán? Ella, afuera, en el sol, ¡qué bella flor, que bella flor! cantando tomarías una vereda hacia el sol naciente y te perderías ¿Pero cómo puedes saber esto en la caverna? ¿Cómo puedes saber que afuera existe el sol? Tendrás que salir del sol mismo.

Pero...

Huele a caverna...

Merodeas...

En verdad, dime ¿Querrás salir cuando llegue la hora de las salidas?

¿Entrañarás? huele...

apesta tu caverna...

pálido, arrincónate, sufre, acrecienta los ecos... pues eso haces, ya que no extraes del cubo ni una sola gota de preciosa agua.

Vamos, alégrate; lanza una bella imagen, una exquisita sensación que puedas recordar e inclínate al pozo y sueña que ves su fondo, y que introduces la mano, y que bebes del agua, el primero de todos los hombres... Vamos, respira sol, sol de tu cueva; allí está tu sombra, existes... Allá afuera, muy afuera, existe una flor; estoy seguro. ¿La veré...?

Si tan solo pudiera contestarme...

tú, flor cercana, flor de caverna, ahora, déjanos el amor; alejémonos del pozo, alejémonos del pozo...

... ¿No sabes qué es un pozo? ¿No sabes qué es el agua?

¿No sabes qué es la sed? ¿Lo sé yo, para decirlo? Alejémonos, alejémonos; alejémonos... la caverna es inmensa...

Claro, eres una flor ¿Pero qué sabe una flor sino que es una flor? Tornarás a ser la flor aquella, entre dos hojas, al viento, sobre la maleza, en la cumbre, curvada sobre la yerba, entre dos peñas, en amento, ondulando ya suelta, despetalada por bellos dedos, adelia en la profundidad virgen de algún barranco; tornarás al vacío de la flor que ví una vez, una sola vez... y que existe; pero no sé qué es una flor...


Todo sitio en la caverna es el mismo sitio; amerado, feculencia, zahondamientos, esta capa densa, pegajosa, adulzada, adunada de innombrables féculas... ¿Es un sueño? A veces llego a un rincón y no hago más que orinar y orinar largo tiempo hasta que comienza a correr lodo, en bodoques, y veo que el curso del humectante líquido se pierde entre grietas, que va inundando el declive coloreándose, bifurcándose... ...

Nada puede revertirse... He aquí en este pedazo de memoria una palabra: polidipsia... ¿Pudiera volver a mentarla? No suena... aún en esta caverna, donde nada existe, hay muertos... he aquí una palabra muerta... Veo allí, cerca de aquel cajón, un cierto gajo de nube enrojecido... esparadrapos; piel, pellejo, celaje... están muertos... mira, hay escupitajos; he allí una gradiente iracunda... resbalaríamos, nos revolcaríamos y sin saber cómo estaríamos en otra parte, en el mismo sitio, y aparecerían calles... cosas de mis fantasmas... ellos solo repercuten y forman... lo muerto que va hacia lo muerto, la gran masa roja de la muerte... Allí ya nada entra en movimiento, no revierte, se encoba sobre sí misma; aquí puedo escribir al encausto antes de amasarme, con el último dedo, algo que nadie leerá sin remarcar en la caída al igual que yo- si acaso andan por aquí otros tantos. Sin duda será una frase semejante a ésta: he llegado... O la palabra que uno siempre quiso pronunciar y no pudo. O su nombre oculto... Sería hermoso...

No debería faltar la gran malapalabra...

... ¿Pero no suenan aquí ecos de belleza, de sensaciones gratas? Claro. Helos allí, el ampo espacio ocupado por psiquis y eros ¿No está en ese abrazo mutuo contemplativo antes del beso que ya se han dado y que nunca se darán toda la belleza, todo lo sublime? En la caverna, está; pero muerto. Allá afuera, en algún sitio, existen; único sitio, ya ocupado.

Nadie podrá reemplazarlos. Nada hay que los venza y separe. Solo ellos. Ellos son los únicos. Han llegado y no cederán el sitio. Se dio en ellos y solo se da una vez; a nosotros nos corresponde el simulacro. Si logramos acercarnos, y por mucho que el acercamiento sea, la irradiación solo nos hará participar.

Pero esto es una caverna. . Y en ella nada existe; todo está muerto. ¿Y cómo, si el líquido precioso se me niega, ascender al sol y en su luz pisar la tierra y en su luz tomar la primera flor y contemplarla y saber?

En caverna todo es lo mismo: belleza, fealdad, pureza, inmundicia...

Mira las enormes catedrales de esta cueva; escucha los cánticos, dulces y dolorosos, de los monjes de la sombra ciegos; mira los jardines, paséate en ellos, júntate a un ser. Piérdete en la profunda caverna... conténtate con ella... confórmate... entrégate a la plumaria y sueña y lanza repercusiones... mírmego, miriópodo, feculencia... y la palabra final...

...volvamos... volvamos... volvamos... Helo allí, el pozo, helo allí, su cuerda y cubo. La bóveda se aclara; el corazón es plúmula; renuévase la sed; baja el cubo hacia el líquido precioso... ¿Sucederá esta vez? ¿Algún día?

Y la caverna implantada, absolutamente real, innegable, inmensa. Y en ella yo. Nadie más. Heme. La larva tiene sed. Hala perdido.

El cubo pende de la mano y está vacío.

¿Qué me queda por ahora?

Aparece un sofá, me tiendo, y cierro los ojos. Tú, que te apareces así de pronto ¿Eres realmente tan bella? A la luz lo sabremos. No hay dudas. No. Serás la más bella. Quédate pues mientras desapareces, mientras desaparezco...



* * * *



Está allí, en el suelo, con los ojos cerrados, con los ojos abiertos.

Hay un cuerpo, de carne y hueso, que debe articularse contra la corrupción.

Yo soy yo, y te nombro a ti, masa que me envuelves, Euquenor. Te llamo Euquenor.

¿Qué sucede con Euquenor? Pero el punto dice: no, Euquenor no; yo ¿Qué sucede conmigo? ¿Quién soy? Porque si Euquenor tiene sed le digo levántate, ve por agua, y se sacia ¿Pero yo? Si quiere soñar, pues sueña Euquenor; recuérdate, recuerda, remuérdete, prométete, decide, planea, imagínate, fórjate ilusiones; comunícate con el mundo, esfuérzate, piensa, siente, vive: ama. No quiero hacer nada. No hago nada. No siento nada. A menos que Euquenor se de vuelta, se levante, mire y confirme. Sí. El mundo está allí. Igual que ayer. Igual que cuando Yhavé nos hablaba. Nada ha cambiado; el recién nacido hormiguea luchando y sobreviviendo cada día por sus pasiones, dizque va hacia algo y lo alcanzará. No. Nada ha cambiado, más artefactos, dice Euquenor, y debo rasurarme. ¿Y yo? ¿Qué ando haciendo metido en esto? ¿Por qué así? ¿Puede alguien responder? ¿Por qué me rasuro?

Aquí me estoy; Euquenor descansa; toda la familia de Euquenor descansa. Está tendida, reposando en una sola masa. ¡Ah! el sueño de los perros...

¿Y yo que no puedo ni abrir ni cerrar los ojos? Estoy quieto, en silencio, y me pregunto: ¿Qué hay? Nada, respondo, nada, cosas. Existen cosas, nada más. ¿Qué hago? Nada. ¿Qué soy? Nada. Y así permanezco, la eternidad. Muy bien.

¿Qué sucederá cuando la miríada Euquenor desaparezca? ¿Cuándo no exista su progenie ni restos, nada de él? Seguiré siendo. Entonces,

¿Qué diablos hago con Euquenor? ¿De qué sirve? ¿Importa? ¿Puede alguien decirlo? Porque no quiero nada, no hago nada, no soy nada. No estoy en ninguna parte ¿Dónde pudieran localizarme los Euquenor, el Euquenor? No sabe, no existe el sitio. Soy. Y esto tendido es lo que queda, lo que va quedando de Euquenor; siempre va, instilaciones, Euquenor, hasta que ya no. Nada de Euquenor.

Si pudieran verme, si pudiera ver cuando se enfrenta al espejo y yo le digo: Tú eres Euquenor. Y en efecto, allí está Euquenor. Yo no. No aparezco. ¿Quién puede lanzarme a la deriva, a girar en el aire cósmico?

El puede hacerlo; quizá para eso he nacido a él y le voy creando; con solo reventarse el cráneo... ...pero se ocupa de tanta poca cosa...

Soy; pero no existo.

Ni siquiera Euquenor tiene deseos de hacer algo esta noche. No hay; no lo ve. Sin luna. Sin cielo. No hay nada para Euquenor tampoco, una liviana y querida esperanza,

Esta caverna...



* * * *



Hemos hablado; el sol nos dejara a oscuras, según; así será entonces.

¿Es una estrella grande? ¿Es el padre de las estrellas?

¿Es una pequeña estrella? ¿Una bola de fuego que se consume? Los que hemos visto atrás, furioso y tenaz, abrazado, sudoroso esplendor, alimentando llamas, azotándolas como un constructor, sabemos.

No respetará tu joroba; no tomará en cuenta ninguna de tus ofrendas; no aquella vez lo que el alma nunca olvida porque se ha tocado; no los remordimientos ni purificaciones; no subirá a los cerros para soplar el cansancio; no aceptará nada de vuestras manos; no hará caso de la Tau; la hora del relámpago de amor, nada.

¿Por qué...?

Tal como ha sido vuestra vida, arrancaré de ella esta palabra: por capricho. Por capricho el sol nos dejará a oscuras; no tomará en cuenta a nadie. Allá lo que suceda con nosotros; allá lo que hagamos con lo que nos fue dado. Allá si nunca supimos, si nunca encontramos algo en el fondo; allá nosotros todos en el mercado con el cuchillo infalible, con las frutas, con las carnes, con los vasos de vidrio si ya no habrá nada de todo eso.

Allá nosotros si solamente nos aclimatamos... Porque al sol –hemos hablado- no le importa. El se marchará y me ha dicho Fíjate bien en los gusanos, en todos los gusanos fíjate bien, fíjate; un día te tocará... Y las llamas le han envuelto.

Y tú que gustabas de caminar hacia el océano...

Tú, amada, húmeda flor; aliento de rocío; roce de luna; venada; tú que gustabas de caminar hacia el mar

¿Vienes conmigo? No recojas nada; así como estamos. El espacio es grande; inmenso. Así como estás ven, déjalo todo; ahora el mar te recibe; ahora el momento ha llegado.



* * * *



Tortugas


Silencio Vacío


Valle del abandono Andrajos Tósigo

Irreales Inimaginables Tristes


Paso a paso

Hemos ido soñando Otra vez Otro día

Para nada vacíos A lo aprendido y gozado

El olvido

Tan solo abriremos la puerta

Y extinguirnos

Suavemente

Desaparecidos


Aquellos días


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