EL SECRETO DEL TÍO ÓSCAR
Fernando Trujillo
SMASHWORDS EDITION
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El secreto del tío Óscar
Copyright © 2010 Fernando Trujillo
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EL SECRETO DEL TÍO ÓSCAR
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CAPÍTULO 1
Lucas dio un pequeño salto al oír su nombre en el testamento. Fue un acto involuntario, no se lo esperaba. Tampoco el resto de la familia. Uno a uno, sus parientes fueron volviendo los rostros hacia él, salvo su abuela, que se había quedado medio sorda, la pobre, y no había oído una sola de las palabras, serias y aburridas, con las que el abogado había procedido a leer el reparto de bienes.
Lucas notó que la tensión se iba concentrando en su persona, sobre sus hombros. Era una sensación agobiante y pesada, y su nerviosismo aumentó. Parecía que él era el único que no había prestado atención al discurso del abogado, cuya voz no había sido más que un murmullo de fondo hasta que pronunció su nombre. En ese instante, Lucas dejó de observar a los perros a través del amplio ventanal que daba al jardín y se giró hacia el interior del salón.
Había acudido allí para apoyar a su padre y al resto de la familia, pero en ningún momento se le había pasado por la cabeza que su tío Óscar le hubiese dejado nada en herencia. A juzgar por las miradas que le arrojaban sus parientes, no era el único que pensaba de ese modo. Lucas intentó disimular su vergüenza por haber sido sorprendido de espaldas al resto de la familia. Buscó ayuda en su padre, pero se sorprendió al encontrar sus ojos apuntándole de un modo extraño debajo de un ceño fruncido. Se apartó de la ventana rezando para que algo sucediese. Cualquier cosa, con tal de que acaparase el interés general.
―¿Puede repetir ese último punto? ―preguntó Sergio al abogado con una nota de irritación en la voz.
Sergio era el mayor de los hijos del difunto Óscar. Tenía veintidós años, tres más que Lucas, y era un niño mimado que acostumbraba a abrir la boca y soltar lo primero que se le ocurriese sin considerar las consecuencias. A Lucas no se le había pasado por alto la fugaz mueca de desprecio que su primo le había dedicado al dirigirse al abogado. Era evidente que estaba enfadado. Mal asunto. Con todo, agradeció la pregunta que había hecho. Así podría enterarse del motivo de que todos estuviesen pendientes de él.
―Por supuesto ―dijo el abogado, indiferente. Su calma estaba forjada por la experiencia de innumerables situaciones legales en las que se habían producido confrontaciones familiares. Su misión era dejar perfectamente claro el reparto de los bienes que había dispuesto el difunto. Las disputas que se originasen no le incumbían―. Veamos… Por último, cedo mi Volkswagen Escarabajo del ochenta y uno a mi sobrino Lucas ―leyó esforzándose en vocalizar adecuadamente.
De nuevo la familia atravesó con los ojos al favorecido sobrino. Lucas se encogió de hombros. Estaba tan asombrado como el resto, tal vez incluso más. Su relación con su tío Óscar siempre había sido bastante superficial. En los últimos años, solo habían coincidido en reuniones familiares y apenas habían intercambiado un frío saludo. No tenían casi nada en común, ni siquiera la pasión por los coches, lo que acrecentaba el misterio en torno al inesperado legado.
Todos los miembros de la familia habían oído alguna historia de aquel coche. Lucas no era una excepción, aunque nunca había mostrado mucho interés por el tema. Era un clásico o algo así. Un modelo de hace casi treinta años sobre el que su tío había volcado una respetable cantidad de su limitado tiempo libre. El valor sentimental que se adivinaba en el Escarabajo era incalculable, lo que llevó a Lucas a reflexionar sobre otro detalle, mucho más importante.
Óscar era un hombre inmensamente rico, que contaba con varias empresas y propiedades de enorme valor. Ahí debería de haber recaído toda la atención, en el dinero, no en un coche. Eso es lo natural.
―¡Es imposible! ―estalló Sergio―. Tiene que ser un error.
Lucas estaba de acuerdo con su primo. Entendía que a Sergio le indignase que algo que su padre apreciaba tanto no fuese para un hijo. Tuvo el impulso de acercarse al abogado y preguntarle si podía renunciar al Escarabajo, pero su primo se levantó bruscamente y dio un paso hacia él con gesto amenazador. No cabía duda de que estaba furioso. Habría pelea.
El hermano de Sergio, Rubén, se apresuró a intervenir. Se interpuso en su camino y le sujetó por los hombros. Varios familiares se levantaron y se arremolinaron alrededor de Sergio.
Lucas perdió de vista a su primo entre el revuelo de cuerpos y las voces apaciguadoras. Sacudió la cabeza sin comprender nada. ¿Tanto suponía el Escarabajo para Sergio? Debía de haber algo más. Puede que el reparto del resto del patrimonio de Óscar también hubiese estado salpicado de imprevistos y su primo se hubiese ido cargando de rabia poco a poco. El Escarabajo no podía medirse con el imperio económico de su tío. En cualquier caso, Lucas registró mentalmente la lectura de un testamento como una actividad potencialmente peligrosa y se juró que nunca volvería a distraerse.
La calma se fue restableciendo poco a poco. Sergio abandonó el salón y los demás fueron volviendo perezosamente a sus asientos. Los cuchicheos brotaron de grupos aislados de dos o tres personas que comentaban ansiosos sus impresiones respecto de la herencia.
A Lucas no le apetecía hablar. Se quedó junto a su padre, quien le resumió los detalles del reparto de bienes. Prácticamente todo había recaído en los hijos de Óscar, Sergio y Rubén, y en Claudia, su mujer y hermana del padre de Lucas. El hermano de Óscar también había recibido una parte considerable de la empresa. A Lucas todo aquello le pareció muy razonable y muy esclarecedor al mismo tiempo.
―¿Nadie más ha recibido nada? ―preguntó algo alarmado.
―Sólo tú ―contestó su padre, confirmando sus temores.
Lucas era el único que había obtenido algo sin ser un familiar directo. Ni siquiera los hijos de Jaime, el hermano de Óscar, que sí contaban con un lazo de sangre con el difunto, se habían llevado algo. Era todo muy confuso.
Sintió el repentino impulso de largarse de allí cuanto antes. Pronto dejarían de limitarse a observarle y empezarían a hostigarle con todo tipo de preguntas indiscretas. En la familia había verdaderos especialistas en insinuaciones y dobles sentidos. Además, en el fondo, Lucas no sentía dolor por la muerte de su tío. Sí le apenaba ver a la familia abatida, sobre todo a su padre, quien sufría por su hermana Claudia, ahora convertida en viuda. Hasta cierto punto, era normal que no acusara una tristeza tan profunda como la de sus primos, por ejemplo, dado que apenas mantuvo relación alguna con Óscar en vida… ¿O es que él era un ser frío y distante que no albergaba emociones para un familiar que acababa de fallecer? Examinó su interior en busca de una aflicción más intensa, algo más acorde con los rostros sombríos de sus parientes que le permitiese sentirse más próximo a ellos. No encontró nada.
Óscar había muerto en un accidente de tráfico a la edad de cincuenta y dos años. Se salió de su carril y colisionó con un autobús que circulaba en sentido opuesto. La tragedia de la muerte y su juventud habían desatado la desolación de la familia.
El abogado consideró que ya era hora de volver al trabajo y requirió con mucha educación una firma por parte de los herederos. Lucas esperó cuanto pudo y finalmente se acercó a la mesa intentando actuar con normalidad. Firmó a toda prisa donde el abogado le indicó. Sólo quería volver junto a su padre y dejar de ser el centro de atención.
―Un momento, por favor. No tan rápido ―pidió el abogado. Lucas se detuvo y se giró hacia él―. Esto es suyo, señor. ―Lucas tomó un juego de llaves que le tendía amablemente el abogado―. Puede recoger el vehículo en el garaje.
―Gracias ―murmuró Lucas con algo de esfuerzo.
Regresó a su silla y fingió no darse cuenta de que hubiese alguien más allí. Cuando las voces formaron de nuevo un murmullo general, Lucas se levantó y fue a calentar sus manos en la chimenea.
El salón del lujoso chalé de Óscar y Claudia estaba muy concurrido. Los numerosos parientes revoloteaban de un lado a otro admirando la decoración y dejando caer comentarios cargados de envidia, que se estrellaban contra el suelo como si fuesen bombas. La onda expansiva de varios de ellos llegó hasta los oídos de Lucas mientras el joven luchaba por ignorarlos. No estaba interesado en la valoración de la herencia que sus parientes iban a descuartizar sin piedad con sus afiladas opiniones.
Lucas cogió el atizador y empezó a remover las brasas, distraído. Notó un golpe en la pierna, por detrás de la rodilla.
―Mil perdones, caballero ―dijo una voz.
Lucas vio un bastón negro rebotando torpemente entre sus rodillas. Dio un paso atrás y reconoció a su dueño. Era un anciano bajito que se hacía llamar Tedd. Lucas no sabía su apellido, juraría que nunca lo había escuchado. Su padre se lo había presentado hacía unos años como un amigo de la familia. Tenía el pelo blanco y muy largo, y siempre lo llevaba sujeto en una coleta. Un velo blanquecino cubría sus dos ojos, privándole de la vista, de ahí su inseparable bastón. Si no recordaba mal, Tedd acostumbraba a negar su ceguera, y no le gustaba que se mencionara en voz alta. Era todo un personaje. Había sido un gran maestro del ajedrez en sus tiempos, o eso le habían dicho a Lucas, pero esos tiempos debían de ser muy lejanos a juzgar por las profundas arrugas que surcaban su rostro.
―No ha sido nada ―contestó Lucas haciéndose a un lado.
Tedd se acercó a la chimenea. Lucas dudó si brindarle su ayuda.
―Un coche magnífico, muchacho ―dijo el anciano.
―Eso creo ―dijo Lucas―. No lo he visto, pero he oído hablar de él. Tengo entendido que Óscar lo apreciaba mucho.
―Más de lo que puedas imaginar ―confirmó Tedd―. Apuesto a que era su posesión más preciada ―añadió en un susurro, en tono conspirador―. Todavía recuerdo cómo se iluminó su cara cuando lo vio por primera vez.
―¿Estaba usted con él?
Tedd afirmó con la cabeza.
―Naturalmente. Fui yo quien se lo regaló.
Luego dio un paso y tropezó con un tronco que estaba tirado en el suelo. Lucas le agarró por el brazo para evitar que se cayese. Entonces reparó en un fabuloso reloj de pulsera que llevaba en la muñeca. ¿Para qué querría un ciego un reloj?
Lo olvidó y se centró en lo último que había dicho Tedd.
―Siendo sincero, estoy muy sorprendido ―dijo Lucas sintiendo que no le correspondía quedarse el Escarabajo. Era evidente que algún abogado había metido la pata con el papeleo y el coche había ido a parar a sus manos erróneamente―. Puede que deba quedarse usted con el coche si era suyo. No entiendo por qué Óscar querría entregármelo a mí.
―Yo tampoco, pero sus razones tendría. Nunca he dudado de Óscar. Si él quería que tú tuvieses el Escarabajo, así debe ser. Que nadie te haga pensar de otro modo, muchacho ―afirmó el anciano con mucha seguridad.
Lucas asintió poco convencido. Tedd inclinó levemente la cabeza apuntando con los ojos hacia una posición indeterminada y se fue tras un camarero que cargaba con una bandeja llena de bebidas. Lucas le vio sortear dos sillas por el camino sin que su bastón llegara a detectarlas y luego chocar de lleno con su prima Elena, que era tan ancha como una mesa de billar.
El servicio estaba distribuyendo todo tipo de aperitivos. En pocos minutos las conversaciones subieron de tono y el ambiente se impregnó de los matices propios de una fiesta. El padre de Lucas mantenía una conversación agitada con un primo de Óscar y una mujer que Lucas no conocía, pero que imaginaba era su esposa por el modo en que estaba enroscada al brazo de su acompañante.
Media hora más tarde, y después de un incómodo interrogatorio acerca del coche por parte de uno de sus primos lejanos, Lucas tropezó mentalmente con la escapatoria que estaba buscando. Era increíblemente sencillo: el Escarabajo. Ahora tenía coche propio. No necesitaba esperar a su padre para marcharse de allí y, de todos modos, tenía que llevarse el Escarabajo. Se despidió rápidamente de su padre, que seguía charlando con el primo de Óscar. Luego se deslizó intentando pasar inadvertido entre la gente hasta dar con su tía Claudia.
No podía irse sin despedirse de la viuda. Claudia estaba sentada en un sofá con su hijo Rubén. Había perdido algo de peso, o eso le pareció a Lucas. Sus ojos miraban desenfocados a su alrededor y sus movimientos eran demasiado lentos. Aún así, a Lucas le pareció que aguantaba razonablemente bien, dadas las circunstancias. Verla allí, sin terminar de derrumbarse, hizo que se sintiese mal por sus deseos de largarse cuanto antes. Seguramente ella era la primera que prefería marcharse y tumbarse en la cama, pero permanecía donde debía, sin rechistar. Por lo menos a Sergio no se le veía por ninguna parte.
Lucas dio un abrazo sincero a su tía, que terminó con un fuerte beso en la mejilla. Después, estrechó la mano de Rubén. Su primo le dijo que no se preocupara por Sergio, que todo había sido una bobada provocada por los nervios y la tensión. Lucas asintió satisfecho y les transmitió sus mejores deseos.
El mayordomo de la familia condujo a Lucas al garaje. Era un tipo alto, vestido con un traje impecable y con la espalda más recta que Lucas había visto hasta el momento. Se había dirigido a él con un refinado «Si el señor tiene la bondad de seguirme». Lucas no estaba acostumbrado a unos modales tan exquisitos.
Al abrir la puerta del garaje, Lucas se quedó impactado con su herencia. Era difícil creer que aquel coche contase con casi tres décadas. ¡Estaba mejor cuidado que el de su padre! Se había imaginado algún cacharro antiguo, de línea cuadrada, y medio oxidado, en el que su tío invertía su tiempo para conseguir que arrancase de nuevo, como un reto personal. La fabulosa estampa que tenía ante sus ojos no podía distar más de esa idea. El Escarabajo era una preciosidad de color negro que cautivó a Lucas inmediatamente con su línea suave y redondeada. Estaba lleno de personalidad. Lucas vio un rostro magníficamente esculpido en el diseño del frontal. Sus ojos, perfectamente redondos, le contemplaban con una fuerza sobrecogedora, magnética.
Se acercó lentamente al Escarabajo, como si tuviese miedo de espantarlo y que huyese. Saboreó con la vista cada una de las curvas que adornaban su silueta mientras lo rodeaba para verlo por detrás.
No llegó a completar el círculo alrededor del coche.
Había algo tirado al otro lado... ¡Eran dos piernas! Lucas rebasó el Escarabajo y encontró a su primo Sergio en el suelo, inconsciente.
―¡Busca ayuda! ―le gritó al mayordomo.
Lucas no sabía qué hacer. Se puso muy nervioso. Le vino a la cabeza la idea de que no era bueno mover a un herido. Claro que no sabía qué le había pasado a Sergio, tal vez no estaba herido. Se agachó junto a él e intentó averiguar en qué estado se encontraba su primo. No había sangre en el suelo. El pecho se movía, respiraba.
Antes de que tuviese que decidir qué más hacer, el mayordomo regresó con ayuda. Claudia, Rubén y su padre entraron en el garaje apresuradamente. Lucas explicó que habían encontrado así a Sergio, pero el mayordomo ya se había ocupado de informarles. Su padre palpó el cuerpo de Sergio en varios puntos, en una especie de examen físico rudimentario.
―No encuentro nada anormal, salvo que está inconsciente ―concluyó―. No tiene nada roto. Respira y tiene pulso.
―¿Lo ves? Está bien, mamá ―observó Rubén abrazando a su madre para intentar que se calmase―. Deberíamos llevarle dentro.
Claudia se deshacía en sollozos en los brazos de Rubén. Sus manos temblaban y miraba a Sergio con los ojos muy abiertos.
―Es lo mejor ―dijo el padre de Lucas―. Habrá sido la tensión acumulada. Llevémosle a la cama y que descanse. Llamaré a un médico para que venga a verle por si acaso, aunque seguro que no hace falta ―añadió mirando a su hermana.
Levantaron a Sergio y se lo llevaron. Lucas acompañó a Claudia, que cada vez parecía más frágil. Al cruzar la cocina les envolvió una nube de familiares preocupados, que les costó un poco atravesar. Dejaron a Sergio en su cuarto y Lucas vio a su padre intentando consolar a Claudia.
Ya no había nada que pudiese hacer de utilidad, así que Lucas decidió irse. Regresó al garaje y se metió en el Escarabajo a toda velocidad, como si temiese que algo más pudiese retrasar su partida.
El interior del vehículo estaba impecable. La tapicería era de cuero. Óscar tenía que haber trabajado muy duro para conservarlo en ese estado. ¡Hasta olía a nuevo! Lucas admiró unos segundos el Escarabajo desde dentro. La palanca de cambios era un tubo negro coronado por una bola del mismo color. El salpicadero era sencillo comparado con los de los vehículos modernos, pero aun así, le resultó agradable y cálido. Definitivamente, era mucho más de lo que había esperado. Introdujo la llave y giró el contacto.
El motor arrancó a la primera. Lucas posó el pie delicadamente sobre el pedal del acelerador y el Escarabajo contestó con un suave ronroneo. Salió del garaje y disfrutó de su nueva adquisición conduciendo por las calles de la Moraleja. Escudado en aquella virguería, Lucas ya no desentonaba con aquel lujoso barrio del norte de Madrid.
# # #
Sergio despertó en una cama que tardó en reconocer como la suya. Se removió bajo el edredón y se dio cuenta de que había alguien en la habitación con él. Le dolía la cabeza y sus oídos zumbaban de un modo muy molesto.
―¿Qué tal estás? ―preguntó Claudia dándole un abrazo.
Sergio asintió pesadamente. Intentó librarse del abrazo de su madre pero era más fuerte de lo que había supuesto, o él estaba muy débil.
―No le agobies, mamá ―dijo Rubén―. Acaba de despertarse.
―¿Qué ha pasado? ―preguntó Sergio sentándose al borde de la cama con muchas dificultades. Se mareó un poco―. Me va a estallar la cabeza. Necesito una aspirina.
Su madre se la dio con un vaso de agua.
―Toma, cariño ―Sergio se metió la aspirina en la boca y se bebió el vaso de golpe―. Verás que enseguida te encuentras mejor.
―¿No recuerdas qué te ocurrió? ―preguntó Rubén―. Te encontramos tirado en el garaje, sin sentido.
Sergio se frotó la frente. Pensar suponía más esfuerzo que de costumbre.
―¿Cuánto tiempo llevo inconsciente?
―Algo más de una hora, una siestecita de nada ―contestó su hermano intentando sonar despreocupado. Claudia tomó la mano de su hijo y se quedó observándole con gesto protector―. El médico te examinó y encontró un buen chichón en ese melón que tienes sobre los hombros. Poca cosa. ¿Cómo te lo hiciste?
Ahora Sergio tenía el ceño fruncido y se estaba palpando la cabeza. Los recuerdos comenzaron a emerger del torbellino de confusión que era su mente.
―Me dieron en la cabeza…
―¿Cómo que te dieron? ―preguntó Rubén, alarmado―. ¿Te refieres a otra persona? ¿Seguro que no resbalaste o algo parecido?
―Eh…, dos veces ―prosiguió Sergio con los ojos desenfocados, esforzándose en recordar―. Me caí al suelo con el primer golpe… y me volvieron a dar.
―¿Quién fue? ¿Quién te atacó?
―Yo… fui al Escarabajo. No pude abrir la puerta, entonces acerqué la cabeza para mirar a través del cristal. Estaba vacío. De repente, sentí el primer golpe en la frente y caí al suelo de rodillas. Apoyé las manos y empecé a levantarme cuando otro porrazo mucho más fuerte me tumbó de nuevo.
―¡¿Pero quién fue?!
―La puerta se abrió sola y se estrelló contra mi cabeza… dos veces. Fue el coche ―razonó Sergio―. El Escarabajo me atacó.
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CAPÍTULO 2
Llevaba casi cinco meses yendo a la facultad en metro y autobús.
Era lunes, muy temprano, y Lucas, por primera vez, se había despertado con una tímida sonrisa en los labios. El odiado madrugón de cada día había quedado retrasado media hora larga. Ahora era el feliz propietario de un flamante Escarabajo y ya no tenía que valerse de una combinación óptima de los diferentes medios de transporte público para acudir a la universidad. Aquello suponía treinta deliciosos minutos extra para retozar en la cama, arropado por su suave edredón de plumas y resguardado del frío de febrero, que esperaba implacable para abalanzarse sobre él.
Se vistió deprisa y desayunó más deprisa aún. Nada más terminar, se puso el abrigo y salió a la calle. Lucas enterró las manos en los bolsillos y empezó a caminar arrojando nubes por la boca. Se reconfortó pensando en la calefacción del coche.
Llegó a la esquina y se extrañó de no ver el Escarabajo. Juraría que había aparcado allí la noche anterior. Miró a ambos lados de la calle. Nada. Ni rastro del coche. Una sensación de alarma se disparó en su interior. Lucas se obligó a mantener la calma. Lo único que ocurría era que no recordaba dónde había aparcado, nada más. Sólo era cuestión de ejercitar un poco la memoria. Entonces vio la señal de dirección prohibida y recordó que se había tropezado con ella al salir del coche. El Escarabajo debería estar a pocos metros de la señal, justo enfrente de donde se encontraba él en ese instante, pero no era así. Su coche había desaparecido.
Un pequeño brote de pánico se adueñó de él. ¡Le habían robado el coche! Debería haber alquilado una plaza de garaje. Era un modelo muy llamativo y, con toda seguridad, algún ladrón se habría fijado en él. Después de todo, ¿con qué frecuencia se veía un Escarabajo del ochenta y uno en perfecto estado? Sólo lo tenía desde hacía dos días y ya se había quedado sin él. Y encima llegaría tarde a clase, claro que esto no le trastornaba especialmente.
Estaba a punto de abandonar cuando captó un brillo metálico sobre una superficie negra algo más alejado, en una calle perpendicular. Se acercó a grandes zancadas.
Enseguida tropezó con la inconfundible mirada del Escarabajo. Se fijó en su rostro de acero mientras se aproximaba y entonces creyó percibir, por primera vez, que el coche le sonreía. Sí, el parachoques delantero dibujaba la línea de unos labios que cruzaban el semblante del Escarabajo de oreja a oreja. Lucas le devolvió la sonrisa y entró en el coche. Una sensación de alivio le inundó, desterrando los nervios y el miedo que había experimentado ante la idea de perder su Escarabajo. No volvería a olvidar dónde lo dejaba. Lección aprendida.
Poco después, Lucas se estaba enfrentando a un temible enemigo: el tráfico de Madrid. No sería una pelea fácil. Estaba inmerso en un río de vehículos que fluía con inevitable lentitud a esa hora de la mañana. A pesar de todo, se sintió muy animado al darse cuenta de que no eran pocos los conductores que torcían sus cuellos descaradamente para admirar la línea de su singular Escarabajo. Era un coche único.
En la parsimonia del atasco Lucas pensó en la suerte que había tenido. Aprobó el carné de conducir a la primera, lo que le supuso una alegría enorme para su orgullo. Se había apuntado a la autoescuela antes de cumplir los dieciocho años para poder examinarse en cuanto cumpliese la mayoría de edad. Obtenido el permiso, solo faltaba un detalle: el coche. Y eso ya no era un problema. La única pega al afortunado hilo de acontecimientos era haber conseguido el Escarabajo mediante una herencia, pero ya no se podía hacer nada a ese respecto.
Tuvo que dar un frenazo algo brusco. La calzada estaba colapsada y todos los vehículos detenidos a lo largo de los tres carriles. Los pitidos le rodearon desde todos los ángulos. Miró al conductor que estaba en el carril adyacente.
―¡Que está en verde, subnormales! ―le oyó gritar a pesar de estar las ventanillas subidas. Golpeaba el claxon tan fuerte que Lucas pensó que terminaría rompiéndolo―. ¡Algunos tenemos que trabajar, inútiles!
Instintivamente, Lucas le imitó y empezó a aporrear la bocina de su coche intercalando improperios que no iban dirigidos a nadie en concreto. Experimentó una sensación curiosa... era un adulto. Se sintió mayor.
Recordó la primera vez que había fumado un cigarrillo. Tenía catorce años recién cumplidos y cuando por fin logró dar un par de caladas seguidas sin toser, le invadió esa misma sensación, la de ser como «los mayores». No entendió entonces por qué fumar resultaba placentero y tampoco entendió ahora por qué desgarrarse la garganta berreando reportaba algún beneficio. Desde luego, los coches seguían parados. En cualquier caso, era indudable que él se sentía más maduro. Se imaginó a sí mismo conduciendo hacia su despacho, donde tomaría decisiones importantes derivadas de las responsabilidades que debía afrontar para mantener a flote su empresa. Al llegar, colgaría la americana en el respaldo de su butaca de cuero y comunicaría a su secretaria por el interfono que no le pasara llamadas, mientras miraba la foto de su mujer y sus hijos que tenía sobre la mesa. Después encendería su portátil y…
―¡Mueve ese trasto de una vez! ―gritó alguien.
Esta vez se dirigían expresamente a él. Lucas salió de su ensimismamiento y reparó en que los coches se movían de nuevo. Levantó la mano en gesto de disculpa y aceleró hasta alcanzar los prudentes veinte kilómetros por hora a los que circulaba todo el mundo.
El aparcamiento de la facultad estaba repleto. No había caído en que necesitaba encontrar un lugar donde dejar el coche.
Pasaron veintitrés tensos minutos hasta que tropezó con una plaza que se había quedado milagrosamente libre. El ajustado hueco se encontraba en una calle estrecha de un solo carril con los coches aparcados sobre las aceras. Lucas rebasó el espacio libre, paró el Escarabajo junto al siguiente vehículo para estacionar marcha atrás y empezó a recular. Por segunda vez tuvo que frenar en seco. Un coche llegó por detrás y no se detuvo, saltándose la distancia necesaria para que él pudiese maniobrar, e introdujo ligeramente el morro en su plaza. Estaba impidiéndole meter el coche deliberadamente.
Lucas aporreó el claxon en signo de protesta con la misma rabia que exhibían los conductores en el atasco anterior. No se había pasado más de veinte minutos dando vueltas en busca de un hueco para que ese listillo se le colase tan descaradamente.
―¿Quieres apartar el coche? ―gritó por la ventanilla―. ¡Yo estaba primero!
El otro coche no se movió.
Sonaron pitidos de protesta de los vehículos que aguardaban en fila desde atrás. El entrometido retrocedió finalmente, sacando el morro. Lucas se apresuró a meter el Escarabajo. No era precisamente un conductor experimentado y le costó un esfuerzo considerable aparcar marcha atrás, sobre la acera. Tuvo que salir y volver a intentarlo mientras los pitidos tronaban, impacientes. Cuando lo logró, cogió su mochila y se bajó.
El campus no había cambiado de un día para otro. Daba igual acudir en coche o en metro, pero Lucas se sentía especial aquel día. No tenía claro lo que su agitado estado emocional le había hecho esperar, pero que todo permaneciese inalterado le resultó extrañamente decepcionante.
―De modo que eras tú el que me ha quitado el sitio ―dijo una voz desagradablemente familiar.
Era Gabriel. Un estudiante de tercero con el que ya había rozado anteriormente. Un auténtico imbécil. El incidente con el aparcamiento concordaba perfectamente con su personalidad. Gabriel era un chico alto, más de metro noventa, y apuesto, según se rumoreaba, cosa que a Lucas le sentaba fatal. Tenía un carácter conflictivo y Lucas sospechaba que era el tipo de persona que disfrutaba con el sufrimiento de los demás.
―No te he quitado nada ―dijo Lucas―. Yo llegué antes.
―Y encima con ese cacharro ―apuntó Gabriel rodeando el Escarabajo. Lo estudiaba con el ceño fruncido, fingiendo interés―. ¿Cuántos años tiene? ¿Cincuenta? No me extrañaría que hubieses traído caballos para tirar de él.
―Te da envidia porque es un modelo con clase, original, no como el tuyo.
Lucas intentó que no se notase lo sensible que estaba respecto al Escarabajo. Sería infantil perder la paciencia porque alguien insultase su coche.
―Debes estar de guasa ―se burló Gabriel―. Apuesto a que esa antigualla no pasa de ochenta.
―Estoy seguro de que el tuyo corre mucho más ―repuso Lucas con desgana―. ¿Por qué no te vas a echar una carrera por ahí? Seguro que hay un montón de gente a la que le encantaría hablar contigo de coches. No es mi caso.
―No te vayas tan deprisa ―dijo Gabriel. Lucas reconoció el tono desafiante de su voz―. Aún no me has contado de dónde has sacado tu nuevo carruaje.
Al volverse, Lucas vio a Gabriel sentado sobre el capó del Escarabajo. Acariciaba uno de los espejos retrovisores mientras hacía ostentación de una sonrisa provocadora. A su lado estaban dos de sus amigos, como siempre. Esa era la razón de su actitud fanfarrona.
―¿Qué tal si te apartas de mi coche? ―preguntó Lucas en tono firme, pero controlado.
Demostrar el menor atisbo de miedo sería como prometerle un festín a un hambriento. Gabriel se cebaría al sentirse superior y no le dejaría tranquilo hasta conseguir humillarle o quizá algo peor. Los recién llegados amigos de Gabriel sonrieron. Uno de ellos se sentó sobre el Escarabajo. La rueda se hundió un poco bajo el peso.
―No te pongas nervioso, Lucas ―dijo Gabriel―. Solo queremos charlar un poco contigo.
Lucas detectó la tensión en la mirada de su oponente. Gabriel se relamía con una situación tan ventajosa. Tres contra uno. No se irían sin antes divertirse un poco. Lucas ardía en deseos de gritarles que se alejasen de su coche, pero sabía que era absurdo manifestar su nerviosismo. Era lo que ellos querían, sólo serviría para provocarles unas fuertes carcajadas.
Lo único que se le ocurrió fue permanecer en silencio, lo más inexpresivo posible, a la espera de la siguiente burla, a ver cómo conseguía esquivarla sin salir demasiado mal parado. La impotencia le estaba corroyendo por dentro.
Una mano se posó sobre su hombro y alguien se puso delante de él.
―Muy mal, Lucas. Te he dicho muchas veces que no hables con anormales. Les cuesta mucho entender las cosas, y cuanto más altos, más acentuado es su retraso mental.
Una ola de alegría recorrió a Lucas al escuchar aquella voz. Era afilada y suave, con una gran tendencia a saltarse los límites de la educación y a dotar a su dueño de una personalidad… contundente. Era la voz de Carlos, el mejor amigo de Lucas. Tenía la misma edad que Gabriel, aunque Carlos seguía en primero de carrera. Era más bajo que Gabriel, pero más corpulento. Su pelo moreno había empezado a retirarse de la frente, dejando a la vista unas prominentes entradas que le hacían parecer mayor de los veintiún años que tenía.
―Me alegro de verte, Carlos ―dijo Lucas dejando escapar un suspiro de alivio.
―¿A quién llamas anormal? ―preguntó uno de los amigos de Gabriel en tono amenazador.
―¿Ves a lo que me refería? ―dijo Carlos―. Ni siquiera saben cuándo les insultas. ¡Pobrecillos! ―ignoró al que había hablado y se encaró con Gabriel. Lucas se apresuró a ponerse a su lado―. Veamos si lo entiendes. Ese no es tu coche ―le dijo a Gabriel hablando muy despacio, como si se tratase de un extranjero con problemas de idioma―. Te conviene levantarte ahora mismo o tus dientes corren el riesgo de empezar a caerse de uno en uno.
Nadie se movió durante unos segundos. Gabriel sostuvo la mirada de Carlos sin amedrentarse, mientras sus amigos le miraban en busca de alguna indicación que les permitiese saber qué hacer. Carlos ni siquiera pestañeó. Apretó los nudillos hasta que se tornaron blancos y mantuvo los ojos clavados en los de Gabriel, a quien tenía enfrente, a solo un palmo de distancia. Lucas no tuvo la menor duda de que, si estallaba una pelea, el primer puñetazo lo iba a recibir Gabriel, y no sería flojo.
Gabriel pareció llegar a una conclusión similar.
―Como ya he dicho, sólo queríamos charlar un poco con Lucas. No veo por qué tienes que ponerte así, Carlos.
―Discúlpame, entonces ―repuso Carlos fingiendo estar arrepentido―. Pero seguro que Lucas prefiere charlar exclusivamente contigo, no con tus secuaces.
―¿Ese es el problema? ―preguntó Gabriel, sorprendido―. Malinterpretáis nuestras intenciones. No hay por qué tener miedo de que seamos tres, no buscamos camorra. Eso es cosa tuya, Carlos. Eres un broncas y crees que todos somos igual que tú.
Carlos mostró una sonrisa deslumbrante, pero no aflojó la presión de sus puños.
―Genial. Entonces, ¿a qué esperáis para apartaros de su coche?
Gabriel se levantó casi inmediatamente e hizo una torpe reverencia.
―Ya está. ¿Lo ves? ―dijo con un tono cargado de ironía. Hizo un gesto con la mano y sus amigos se retiraron del Escarabajo―. Sólo tenías que pedirlo con educación. ¿De veras buscas pelea por tan poca cosa? Eres un perturbado.
Lucas agarró a Carlos por el brazo antes de que pudiese replicar. Gabriel y sus amigos ya se marchaban.
―Déjalo estar. No ha pasado nada y ya se van.
―No soporto a ese imbécil ―dijo Carlos―. Siempre tenemos algún tropiezo con él.
Lucas decidió no hacer comentarios. Carlos tenía razón, pero no quería contribuir a que la rabia de su amigo siguiese creciendo. Después de todo, no había llegado a pasar nada. Por una vez, quería tener la fiesta en paz.
Según Carlos, que era un experto gracias a los tres años que llevaba en la universidad, y en los que apenas había pisado el suelo de una de sus aulas, Gabriel tenía esa manía a Lucas por ser amigo suyo. Carlos le había contado que en su primer año de facultad se acostó con la novia de Gabriel y desde entonces nunca se habían llevado bien, lo que a Lucas le pareció razonable, a pesar de tratarse de su amigo.
―Olvídate de él ―dijo Lucas―. Vamos a clase que aún puedo aprobar casi todas las asignaturas.
―¿Todavía sigues con eso? ¿Cuántas veces tendré que repetirlo? Limítate a aprobar una o dos asignaturas para que no te echen, tres como mucho.
―No empieces de nuevo, ya lo hemos discutido muchas veces. No somos iguales. ¿De verdad que no te va a dar vergüenza cuando lleve más asignaturas aprobadas que tú, siendo dos años menor?
―¿Vergüenza? Pena, tal vez. Y eso suponiendo que apruebes. ¿Sabes lo que nos espera después de la universidad?
Lucas lo sabía, al igual que la respuesta que Carlos esperaba de él.
―Trabajar.
―¡Exacto! ―dijo Carlos, triunfal―. ¿Para qué darse prisa en dejar todo esto? ¡Hay que estar mal de la cabeza! ―Lucas se encogió de hombros. Intentar convencer a Carlos de lo contrario era una de las formas más absurdas de perder el tiempo―. ¿Una partidita?
―Quiero ir a clase ―insistió Lucas―. Ya jugaremos a mediodía el torneo.
―Pero si la clase empezó hace media hora ―dijo Carlos con una sonrisa. Lucas miró su reloj y comprobó que tenía razón―. No es culpa mía. Vamos a la cafetería a tomar un café. Hace un frío de mil demonios.
―Maldición. He tardado más viniendo en coche que en transporte público. Entre el atasco y la escasez de aparcamiento, es imposible llegar a tiempo.
―Por cierto, no me has contado de dónde has sacado esa pasada de coche. No creo que sea muy bueno para ligar, pero es un modelo muy chulo.
Mientras cruzaban el campus, Lucas le contó los detalles de su inesperada herencia. Carlos le hizo cantidad de preguntas acerca del Escarabajo, que le sirvieron a Lucas para darse cuenta de lo poco que sabía de coches. Decidió cambiar de tema. Por suerte, pocas cosas eran más fáciles tratándose de Carlos.
―Creo que no deberíamos usar las señas falsas en la partida de hoy ―dijo Lucas simulando estar preocupado―. Me han dicho que nuestros adversarios son muy buenos. No podemos arriesgarnos a perder en cuartos de final.
―¡De eso ni hablar! ―se atragantó Carlos. Insinuar que su técnica al mus no era la mejor era un golpe descomunal a su orgullo―. Escúchame bien, mis señas falsas son las mejores. Vas a hacerlas exactamente como hemos practicado y nadie se dará cuenta. ¡Y no seas ingenuo! Todo el mundo lo hace. No son trampas, es el estilo universitario del mus.
―Si eres tan bueno, ¿por qué no has ganado ningún año?
―Mis compañeros eran malísimos ―explicó Carlos muy seguro de sí mismo―. Se ponían nerviosos y terminaban metiendo la pata. Tú hazme caso a mí. Mantente tranquilo y yo me encargaré de molestar a nuestros contrincantes hasta que pierdan ellos la calma.
―Está bien. Pero voy a ir a las siguientes clases antes de la partida ―aseguró Lucas en tono firme.
Carlos sólo tuvo que insistir unos cinco minutos. Le metió en la cafetería con la excusa de tomar un café y antes de que se lo terminasen ya estaban repartiendo cartas.
―Es sólo para calentar ―le había prometido Carlos.
Lucas no fue a una sola clase en todo el día. En realidad ni siquiera salió de la cafetería. Se pasaron toda la mañana jugando al mus. La conciencia le dio un par de molestas punzadas a media mañana, pero al final, la labia de Carlos fue más convincente.
―Tengo que ver a Silvia ―dijo Lucas después de terminar una partida―. Voy a ofrecerme a llevarla a casa. Es lo menos que puedo hacer ya que le voy a tener que pedir una vez más los apuntes.
―¡Eh, que soy yo! ―repuso Carlos―. Conmigo no tienes que disimular. Esa chica te gusta. No busques excusas y lánzate de una vez.
―¡Que no es eso! Necesito los apuntes para estudiar. Y es precisamente por tu culpa. Si no me liases… Silvia es una chica maja, nada más.
―Ya, como tú quieras. De todos modos, estará en clase. Si no, no tendría sentido que le pidieses los apuntes, ¿no crees? ―A veces Lucas odiaba a Carlos con bastante intensidad―. Seguro que viene luego a ver el torneo de mus. No te apures, Romeo. Oye, y que no te distraiga de las cartas o la echo de la cafetería.
―No seas pesado. ¡Que sólo es un juego!
―¡Pero qué dices! ¡Tú es que no riges! A veces es que… no sé para qué me molesto contigo. Es mucho más que un juego. Ni te imaginas lo que es llegar a la final del campeonato de mus. Si supieses…
―Que sí, que ya lo entendido ―le cortó Lucas. Prefería blasfemar en el Vaticano y enfrentarse a la ira del clero antes que cuestionar la importancia del mus delante de Carlos―. No me distraeré. ―Y antes de que pudiese replicar, recitó de memoria las instrucciones que Carlos le había dado―: Pasaré las señas falsas tal y como me has enseñado y mantendré la calma en todo momento. Tú les pondrás nerviosos y harás que se desconcentren.
―Perfecto ―dijo Carlos, satisfecho―. Si lo haces así, ganaremos.
Y ganaron.
La partida se desarrolló exactamente como Carlos había pronosticado. Nadie se dio cuenta de las señas que emplearon. Lucas estuvo pendiente en todo momento del juego, informando a Carlos de las cartas que llevaba y fijándose hasta en el último detalle de sus adversarios, para detectar posibles faroles. Carlos no les dejó casi ni respirar. Estuvo hablando toda la partida, soltando pullas y comentarios afilados que socavaron la paciencia de los contrarios tal y como había predicho que sucedería. Por más veces que lo viese en acción, Lucas no dejaba de asombrarse de su amigo. Siempre encontraba algo que decir para incordiar a los contrarios. Era como un extraño don, lo único que Lucas le había visto dominar con maestría. Además, era imposible conseguir que se callase. A Carlos nada le ofendía, nada era capaz de perturbarle. Era como si el mazo de cartas le confiriese un sosiego interior que nadie podía arañar siquiera.
Los oponentes les estrecharon la mano con mucha corrección y Carlos empezó a cantar en medio de la cafetería.
―Buena partida.
―Silvia, no sabía que estabas por aquí ―dijo Lucas levantándose de la silla.
Silvia tenía diecinueve años, como él. La conoció el primer día, mientras hacía cola para matricularse, al verla pensó que había acertado al escoger la Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos. Pasaron tanto tiempo de pie juntos que terminaron hablando de infinidad de cosas. Luego se encontraron en clase y surgió una especie de amistad. Silvia era algo callada, opaca casi; no era fácil descifrar lo que le pasaba por la cabeza. A Lucas le gustó desde el primer momento, pero la ausencia de señales por parte de ella le sumía en la incertidumbre. Por alguna razón, le costaba mucho más esfuerzo de lo normal invitarla a salir alguna noche o aproximarse a ella por cualquier otro método. Lo cierto era que le daba vergüenza que le rechazase. Tardó más de un mes en forzar una conversación en la que ella se viese obligada a decir si tenía novio o no. Resultó que no.
―No quería perdérmelo ―dijo Silvia―. Ya estáis en semifinales.
―Carlos, que es un figura en esto del mus.
―No seas modesto ―dijo ella―. Seguro que tú también colaboras.
―Menos de lo que imaginas. Te aseguro que no es falsa modestia. Carlos no sabe hacer otra cosa en el mundo.
―Te he oído ―dijo Carlos acercándose a ellos―. Sí que sé hacer otra cosa, pero sólo una. ¿Cómo estas, Silvia?
―Muy bien. No me divierto tanto como vosotros, pero no me quejo.
―Eso hay que arreglarlo ―dijo Carlos―. Una chica tan guapa… Lucas, invítala a tomar algo, no seas avaro.
―En realidad ya me voy ―dijo Silvia―. Enhorabuena por la partida.
―Espera, te llevo a casa ―intervino Lucas―. Ya tengo coche, así te lo enseño.
Dejaron a Carlos en la cafetería disfrutando de su victoria. Lucas sabía que su amigo iba a fanfarronear un buen rato acompañado de numerosas cervezas. Era su momento. Y así era como Carlos celebraba una victoria al mus, el juego sagrado.
La temperatura había subido algunos grados, pero aún hacía frío. Lucas y Silvia cruzaron el campus camino del Escarabajo.
―¿Crees que ganaréis el campeonato? ―preguntó ella.
―Es posible. Aunque los siguientes rivales son muy duros por lo que me han dicho. Hay un inglés que juega muy bien, según dice todo el mundo.
―¿Ramsey?
Lucas asintió.
―¿Le conoces?
―Un poco. Se sienta conmigo en un par de clases ―dijo ella. Lucas sintió un ataque de celos. Automáticamente quiso saber más del inglés y su relación con Silvia―. No te preocupes por él, no jugará contra vosotros.
―¿Y eso?
―Vuelve a Londres. Si no recuerdo mal, se iba esta misma tarde. Tiene que asistir al funeral de un policía amigo suyo.
Una excelente noticia, sin duda. Lucas disimuló una sonrisa. Lo cierto era que el tal Ramsey no le caía muy bien. ¿Quien se paseaba por ahí con un sombrero de ala y un bastón? No estaba al corriente de la moda en Londres, pero en Madrid, eso implicaba ir haciendo el ridículo, y luego estaba la música de su móvil, siempre sonaba una canción ruidosa en los momentos más inoportunos.
La alegría no le duró mucho. Concretamente, hasta que llegaron al coche. Alguien lo había rayado. Una línea ondulada atravesaba la pintura negra de la chapa por el lado del conductor. La raya serpenteaba por el lateral desde la puerta delantera hasta la parte de atrás.
―¡Será hijo de…!
―¿Qué ha pasado? ―preguntó Silvia, extrañada.
―Ese es mi coche ―dijo Lucas señalando al Escarabajo―. Ese malnacido de Gabriel me lo ha rayado.
―¿Estás seguro de que ha sido él?
―Tuvimos unas palabras esta mañana. Carlos casi le parte la cara. Debería haber dejado que lo hiciese ¡Ese bastardo vengativo me ha rayado el coche!
# # #
CAPÍTULO 3
El Escarabajo no estaba donde lo había dejado aparcado.
Por segunda vez, Lucas miró a ambos lados de la calle, buscando su vehículo, bajo la amenaza de llegar de nuevo tarde a clase. El día anterior había estacionado bajo el sauce que ahora contemplaba enfadado. El recuerdo se mantenía fresco en su memoria. Después de dejar a Silvia en su casa, había estado dando vueltas y vueltas hasta dar con aquel hueco. ¡Como para no acordarse del lugar en que había dejado el coche!
Y sin embargo no estaba.
Lo encontró cincuenta metros más adelante, aparcado en la misma acera y en el mismo sentido. Daba la impresión de que al retirarse los demás coches el Escarabajo hubiera decidido desplazarse para estar en un lugar más cómodo o más acogedor. No tenía sentido.
El enfado de Lucas se diluyó velozmente ante una nueva sorpresa que su coche le tenía reservada. Cuando iba a abrir la puerta, reparó en que la raya que surcaba el lateral del lado del conductor, la que le había hecho Gabriel el día anterior, había encogido. Era mucho más pequeña, la mitad aproximadamente de lo que debía ser, como si se hubiera borrado una parte.
Lucas se frotó los ojos con insistencia. Nada cambió.
El resto del día transcurrió de manera normal. Algo aburrido. Carlos no dio señales de vida y Lucas consiguió asistir a algunas clases. Disfrutó de la compañía de Silvia y poco más.
A la mañana siguiente, el Escarabajo tuvo la gentileza de permanecer en el lugar exacto en el que Lucas lo había aparcado la noche anterior. Todo un detalle por su parte. Lucas había salido a la calle con tiempo, convencido de que tendría que rastrear de nuevo su posición, pero no fue necesario. Para una vez que no iba a la facultad y que no tenía prisa… Casi lamentó no perder algo de tiempo en busca de su coche.
No había comentado el asunto con nadie. Su padre le tomaría por loco y no le concedería el menor interés, lo cual era más que comprensible. Carlos sí le dedicaría toda su atención…, pero para burlarse con todo su repertorio de chistes. Probablemente, le presionaría para efectuar multitud de experimentos con el coche, destinados a convencerle de que estaba mal de la cabeza. Lucas no quería pasar por algo semejante. Definitivamente, era mejor guardar el secreto.
El misterio no se refería sólo a la aparente facultad del coche para cambiar de ubicación. Lucas descubrió otro detalle inexplicable. La raya con que Gabriel había decorado el Escarabajo había desaparecido por completo, de modo que la pintura metalizada del coche estaba absolutamente impecable. Lucas repasó el Escarabajo con una mezcla de asombro y alegría. Aquello era una prueba que podía enseñarles a Carlos y a Silvia, que lo habían visto rayado, pero enseguida descartó la idea. Ni aun así lo creerían. Pensarían que Lucas lo habría llevado a un taller y se lo habían pintado de nuevo.
Al subir al Escarabajo le invadió una oleada de fascinación. Lucas ya no lo veía como un coche normal y corriente. Su Escarabajo era especial, no cabía duda.
Conducir por Madrid era mucho más agradable cuando no era hora punta. Lucas llegó a casa de su tía Claudia en poco más de veinte minutos. Las doce de la mañana y la diferencia en la densidad del tráfico era brutal. Deberían retrasar las clases de la universidad para que no coincidiesen con el horario laboral.
La reja metálica de la entrada al chalé se abrió perezosamente y Lucas entró en la parcela. Aparcó al lado del coche de su padre.
Nada más salir del Escarabajo, el corazón se le disparó por el sobresalto. No tuvo tiempo ni de cerrar la puerta. Los dos pastores alemanes de la casa se lanzaron a por él fieros y veloces, soltando potentes ladridos. Lucas se quedó helado en el sitio.
El primero de los perros tomó impulso, cuando estaba a un par de metros de distancia, y saltó sobre él. Lucas le vio aproximarse surcando el aire con la boca abierta. Cerró los ojos y se encogió para protegerse del impacto. El perro pasó rozándole, y fue a caer dentro del coche. Al abrir los ojos, Lucas comprobó que el otro perro daba vueltas alrededor del Escarabajo olisqueando con intensidad. Su hocico repasó toda la carrocería.
Lucas necesitó unos segundos para recuperarse del susto.
―¡Sal de ahí, Zeus! ―gritó Lucas al perro que se había colado en el Escarabajo―. ¡Lo vas a llenar todo de pelos!
Zeus ni se inmutó. Se sentó como pudo entre los dos asientos y empezó a lamer el volante. El otro perro hizo amago de entrar, pero Lucas se lo impidió bloqueándole el paso con la pierna. Recurrió a todas las tretas que se le ocurrieron para sacar a Zeus del coche. Primero se lo pidió amablemente, animándole a salir como si entendiese sus palabras. Lucas había visto a los dueños de animales dirigirse a ellos como si se tratara de bebés, recurriendo a frases del tipo «vamos bonito, ven aquí», y empleando el tono que se usaría para dirigirse a la cosa más adorable del mundo. Algo debía de estar haciendo mal porque aquello no funcionó con Zeus. El perro ni siquiera volvió la cabeza hacia él.
Lucas tuvo otra idea. Usando una voz más alegre, fingió sacar algo de su bolsillo para luego lanzarlo por el aire. Era un truco que había visto muchas veces. Los perros siempre salían disparados en la dirección apuntada aunque no se les arrojase nada. Estaba visto que Zeus era mucho más listo que la media canina porque esta vez sí miró a Lucas, pero no se dejó engañar. Permaneció dentro del coche, llenándolo todo de babas y pelos.
Lucas ya no sabía qué hacer para sacar a Zeus. Lo único que se le ocurrió fue buscar al jardinero con la esperanza de que a él sí le hiciera caso el perro. Iba a marcharse cuando de repente el Escarabajo se movió. Se inclinó rápidamente hacia un lado y Zeus salió despedido. El movimiento fue rápido y corto. Lucas se apresuró a cerrar el coche. Luego, como si se diese cuenta en ese instante, se apartó de un salto y se quedó mirando el coche fijamente. ¿Qué había sido eso? Puede que se estuviese volviendo loco de verdad. El Escarabajo se había inclinado por sí solo. Lo acababa de ver con sus propios ojos y, aun así, no terminaba de creérselo. Había una explicación, seguro. Tal vez un golpe de viento del que no se había percatado, o puede que…
―Hola, Lucas ―dijo la voz de su tía a su espalda. Lucas se dio la vuelta y vio a Claudia en la puerta del chalé agitando la mano―. ¿Por qué no entras?
Claudia no había logrado desprenderse aún del halo de tristeza que la acompañaba desde la muerte de Óscar. Lucas dio dos besos a su tía y entraron en casa. Su padre estaba frente a la chimenea, avivando el fuego. Últimamente pasaba mucho tiempo con su hermana, todo el que podía. Rubén dejó el periódico sobre la mesa y fue a saludarle.
―¿Cómo estás, Lucas? ―dijo estrechándole la mano.
Lucas se alegró de no ver a Sergio por ninguna parte. Rubén parecía menos decaído que Claudia y Lucas imaginó que, al igual que su padre, también estaba más pendiente de ella desde la muerte de Óscar.
―Voy tirando. Te veo bien, Rubén ―dijo bajando la voz―. ¿Cómo está tu madre? La veo un poco abatida todavía.
Rubén asintió con un brillo de comprensión en los ojos.
―Va mejorando, pero muy despacio. ¿Qué tal el Escarabajo?
―Muy bien, la verdad. Es un coche impresionante.
―¿Puedo dar una vuelta?
Lucas buscó desesperadamente una excusa para negarse. No tenía nada contra su primo, de hecho Rubén era todo lo contrario que su hermano Sergio, una gran persona. Pero no era por eso, era por el Escarabajo. Por primera vez, Lucas fue consciente de un sentimiento de propiedad muy acusado respecto de su nuevo coche. No quería que nadie más que él lo condujese. Era suyo. Sin embargo, no podía oponerse a que Rubén lo utilizase, después de todo, había pertenecido a su padre hasta hacía unos días. No sería apropiado impedirle usar algo que probablemente debería haber sido suyo por derecho propio.
―Claro que sí ―dijo Lucas esforzándose en sonar natural―. Toma.
Rubén tomó el manojo de llaves y se fue.
―Aquí tienes, Lucas ―dijo Claudia tendiéndole una carpeta―. Revisa que esté todo dentro, no sea que volvamos a equivocarnos.
Era un consejo que Lucas iba a seguir con mucho gusto. Se trataba de la documentación del Escarabajo, su preciado coche. Contuvo lo mejor que pudo el ansia que le dominaba por verificar que todo estuviese en orden mientras sus ojos pasaban rápidamente por la documentación incluida en la carpeta. Comprobó con una inmensa satisfacción que su nombre figuraba en los papeles y asintió satisfecho.
―Muchas gracias, Claudia.
―A ti, cariño ―contestó ella―. Cuídalo bien. Supongo que ya sabrás que era el favorito de Óscar.
―No te preocupes, mamá ―dijo Rubén entrando de nuevo en el salón. Le lanzó a Lucas las llaves con más fuerza de la necesaria. Lucas las agarró a duras penas, evitando que le diesen en la cara―. Te puedo asegurar que mi querido primo sabe cuidar muy bien de su nuevo coche.
El tono y el gesto de Rubén eran inconfundibles. Estaba tremendamente enfadado.
―¡Rubén! ―le reprendió Claudia―. ¿A qué ha venido eso?
―Que te lo explique Lucas ―contestó Rubén. Luego se volvió hacia su primo―. Si no querías dejarme el coche, habérmelo dicho.
Lucas no entendía nada.
―Pero si te he dado las llaves ―fue lo único que se le ocurrió decir.
―¿Quieres cachondearte de mí? ―Rubén estaba claramente indignado―. No sé qué has hecho con el coche o qué llaves me has dado pero con esas no arranca.
Lucas las contempló detenidamente por si se había equivocado, pero no era el caso. Esas eran las únicas llaves que él tenía del Escarabajo, lo que le recordó que debía hacer una copia por si las perdía. Un fogonazo de ansiedad se instaló en su garganta; si las llaves no arrancaban, era que algo le había sucedido al coche. Pero antes debía tranquilizar a su primo, no quería que pensara mal de él, y menos sin motivo.
Sin embargo, Rubén no le dio la oportunidad. Se marchó con gesto airado sin mirarle siquiera. Desde luego, Lucas no estaba estrechando los lazos con sus primos. Se disculpó lo mejor que pudo con Claudia, quien se mostró comprensiva, restándole importancia al asunto.
―Un malentendido tonto. No te preocupes por Rubén, ya se le pasará, mi hijo es así ―añadió con pesar.
Su padre estuvo de acuerdo, con lo que Lucas determinó que era un buen momento para irse, no fuera a tropezarse con Sergio. Durante una temporada sería mejor evitar a sus primos.
El jardinero debía de haber guardado a los perros porque ya no se les veía por el jardín. Lucas llegó hasta el Escarabajo sin problemas. Titubeó un instante antes de introducir las llaves. ¿Qué haría si se había averiado? No quería ni imaginarlo. Lo último que le apetecía en ese momento era volver a entrar y anunciar que se había cargado el coche de su padre. Solo había un modo de averiguar si sus temores tenían algún fundamento.
Nada más girar la llave, el Escarabajo le saludó con el peculiar sonido del motor. Arrancó a la primera, suave, como siempre.
Entonces, ¿a qué había venido el enfado de Rubén? ¿Se habría inventado que no arrancaba? De ser así, Lucas no veía el propósito. No le dio más vueltas, lo importante era que el Escarabajo se hallaba en perfectas condiciones.
Ahora sí que necesitaba una partida de mus para relajarse y apartar la mente de las preocupaciones con sus primos. Afortunadamente, Carlos nunca defraudaba en eso. Le encontró en la cafetería de la facultad rápidamente.
―Así me gusta, pichón ―dijo Carlos con una sonrisa―. Tenemos que prepararnos para la semifinal del torneo.
―Por eso he venido ―contestó Lucas―. Necesitas practicar. Tuve que salvar la partida la última vez. De no ser por mí…