Excerpt for UN FÉRETRO EN EL TOCADOR DE SEÑORAS by Regina Roman, available in its entirety at Smashwords


Un féretro en el tocador de señoras

Rebeca Román



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Copyright 2010 © Rebeca Román

Primera edición digital: 2010

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NOTA DE LA AUTORA:


Este libro es el resultado de un gran esfuerzo. Y de ilusión, ni te cuento.

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Recuerda que lo que hacemos, lo hacemos pensando en ti. Lee, disfruta y ayúdanos a mejorar.




A Flavio, mi amor. Gracias por ser mi medio pomelo…


  1. CONMOCIONADA



Me llamo Olivia y soy, lo que se dice una chica echada para adelante. De mí podrán decirse muchas cosas, excepto que soy timorata; en el remolino de la vida, cojo los toros por los cuernos y que me quiten lo bailao. Dicho lo cual, nada hacía presagiar que en aquella academia, la alucinación me acechaba. Un edificio normal del centro de la ciudad, un ascensor normal, elegante y una puerta de madera tallada con mucho gusto. Una chica amabilísima que se aprestó a recibirme y me condujo a la sala de espera.

Allí tuve la premonición primera: aguardaban varios chicos de mi edad y ambos sexos, con aspecto agotado y gestos ansiosos. No se comunicaban entre ellos, aparecían distantes y desconectados, cada cual sumido en su propio mundo imaginario, totalmente ausentes. Los estudié con curiosidad, aprovechando que ni se habían percatado de mi llegada. Cualquiera podría haber descargado un carro de bombonas de butano allí en medio y seguirían igual de catatónicos.

El tono cetrino y las enormes ojeras en sus rostros, me recordaron a los vampiros, jamás hubiese imaginado nada más parecido. Tanto silencio terminó por ponerme nerviosa. Ellos se removían inquietos en sus asientos como los condenados a la espera de sus ejecuciones. ¿Y yo quien era? ¿La que apretaba la palanca de la silla eléctrica?

La misma chica sonriente y vulgar de antes, me vino al encuentro.


  • Pasa conmigo, por favor.


La seguí en reverente silencio por un pasillo largo y oscuro, muy al gusto de los vampiros que se quedaban en la sala y que ni siquiera al marchar, me miraron. Por fin nos detuvimos ante una puerta y me empujaron dentro. Nada que temer: una enorme biblioteca, una mesa alargada de juntas y un caballero bien vestido con bigote y unos dientes relucientes asomando por debajo. Parece que se alegró mucho de verme, porque vino saltando hasta mí con los brazos abiertos y me achuchó como si fuera su sobrina.


  • Olivia, qué enorme placer— confesó—. Tu padre me avisó de que vendrías.

  • Lo imaginaba— repliqué con menos entusiasmo del que cabía esperar. Noté al pobre notario, un poco desconcertado. Aún así, continuó apremiándome.

  • Te explico de qué va esto— enlazó su brazo con el mío y me acompañó de ruta turística por el despacho, hasta el sofá—. Como te habrá contado tu padre, formamos opositores de forma totalmente altruista; claro que para ello, nos permitimos un pequeño…— vaciló— digamos examen inicial, que revele quién será buen opositor o justo lo contrario; huelga decir que no perdemos el tiempo con aspirantes si no están a la altura. Pueden, desde luego intentarlo, pero tendrá que ser con otro preparador— sonrió sin necesitar de mi comprensión. Estaba muy seguro de lo que afirmaba. Yo también le vi su lógica y asentí enérgicamente con la cabeza—. Me alegro que lo compartas. Ven, siéntate aquí en el extremo de la mesa— me marea tanto cambio de ubicación, pero obedecí porque aquel señor me recordaba a mi padre. El se acopló al fondo en la otra silla. Parecíamos un matrimonio de marqueses, presidiendo una cena de gala—. A partir de ahora verás desfilar por aquí, a algunos de nuestros alumnos, sólo los que están convocados hoy para cantar sus temas.

  • ¿Cantar?— me atreví a extrañarme.

  • Sí, lo llamamos así para darle un poco de color— tragué saliva al oírlo, tratando de imaginar cuán duro era. Cuando algo necesita color, ¡malo María!—. No quiero que te lleves una impresión equivocada ni que te asustes.


Me asusté de verdad y además en poquísimo tiempo. El caballero aplacó mi solivianto con más sonrisas.


  • Algunos son un poquito… digamos peculiares. Te haré comentarios que luego juraré no recordar— soltó una risita histérica—. El primero de ellos, un chico, suele ponerse muy nervioso y casi no se le entiende al hablar. Mira que se lo he advertido mil veces: aquí gana el que más información ofrezca en el mismo lapso de tiempo, pero de nada vale si no vocalizas— meneó la cabeza y chasqueó la lengua desencantado—. No mejora. No creo que apruebe y es una pena. Pone mucha, mucha voluntad.


Me quedé calladita y modosa, en espera del espectáculo. El chaval entró tropezando con la puerta y seguidamente, volcó la silla antes de ocuparla. Aproveché para atarme el zapato, no contener la risa habría empeorado las cosas, aunque él no creo ni que me viese. Ocupó su posición a la derecha del mentor, que extrajo un cronómetro del bolsillo y le acercó un saquito lleno de papelitos doblados.

El muchacho metió la mano y sacó uno. Se lo entregó al notario que lo desdobló ceremoniosamente.


  • El fideicomiso de residuo— leyó pomposo.


En la pálida cara del mozalbete se dibujó una sonrisa brillante. Supuse que se lo sabía al dedillo. Tomó una desproporcionada bocanada de aire y empezó a soltar… algo que no eran palabras ni nada parecido. Una mezcla entre graznidos y las molestas interferencias de una radio estropeada, podría definirlo con bastante aproximación. Yo no pude coger ni una sola sílaba inteligible y él no volvió a coger ni un soplo de aire. A los tres minutos, su rostro estaba congestionado y amoratándose.


  • Respiiiira—ordenó el mentor con la mayor normalidad.


Sin dejar de recitar, el opositor aspiró como si le fuera la vida en ello y mantuvo la perorata aún otros cinco minutos, durante los cuales, el notario lo volvió a interrumpir para que tomase aliento; evidentemente por sí mismo, no conseguía recordar la básica función. Yo me desentendí de su exposición, con la misma sensación de mareo que el caballero del bigote.


  • Muy bien, Miguel— alabó condescendiente ¿cómo que bien? ¡Menuda falsedad!— Tenemos el mismo problema de siempre…

  • Se me entiende mal— adivinó el muchacho con una voz salida de ultratumba. ¡Y una porra! No se le entendía nada en absoluto.

  • Efectivamente— corroboró el notario con calma—. Trabaja eso. La teoría continua excelsa.


El cumplido arrancó otra mueca de satisfacción del atribulado chaval, que se enganchó e hizo volar los folios de la mesa, antes de marcharse con paso inseguro. El caballero y yo, intercambiamos miradas llenas de significado.


  • Antonio entrará ahora—anunció una vez estuvimos solos—. Este chico lleva nueve años preparando las oposiciones y hoy puedo afirmar sin temor a equivocarme, que no se presentará nunca. Al contrario que Miguel, que sí irá aunque no apruebe, Antonio ha desarrollado un terror enfermizo a la vista del tribunal de oposición. Ya ha acudido en cuatro ocasiones y siempre ha salido corriendo, antes de entrar en la sala. Estudiar es su vida, no sabe hacer otra cosa. Y estudiará y estudiará, mientras su familia lo mantenga—y me guiñó un ojo.


Asentí en silencio, sintiendo verdadera pena por aquella gente. ¿Acaso tenía idea mi padre de dónde me estaba metiendo? Insano e inhumano. Una infalible y rápida guía al suicidio, eso es a lo que me olían aquellos malditos estudios postgrado.

Tenía razón el mentor. Antonio hizo su aparición envuelto en temblores. Pidió permiso compulsivamente seis veces sin apartarse del quicio de la puerta, antes de decidirse a entrar. Su palidez tiraba a amarillo y sus ojeras alcanzaban el azul. Parecía un enfermo terminal.

El chico me pareció demasiado crecidito para estar todavía opositando. Rozando los cuarenta, pero en estado lamentable: casi calvo y arrastrando una fofez que cantaba a las claras el desconocimiento de la palabra “deporte”. La malísima impresión que me produjo, empeoró, cuando tras meter la mano en el saquito y dejar que el azar eligiese su tema, hundió las dos manos entre las piernas a nivel de las rodillas y empezó a balancearse atrás y adelante, a mayor velocidad a medida que avanzaba en la exposición, como el personaje de Dustin Hoffman en Rain Man. Tampoco conseguí entender una palabra de lo que dijo y cada tres segundos respiraba con la boca abierta causando un rugido estentóreo. Los ojos se me abrieron como sartenes.

Después de Antonio alias “la visión espeluznante”, entró Mónica, según el amigo de mi padre, una de sus mejores alumnas.


Con seguridad aprobará en cuanto se presente. Las chicas soléis dar mejores resultados en esto— y me guiñó el otro ojo.


Contuve la respiración. “El orgullo de la academia” acabó de convencerme que aquello no podía ser bueno. Me pareció una histérica, neurótica, los ojos se le ponían en blanco al concentrarse y daba pavor verla. Para compensar, reconozco que entendí un mínimo de lo que expuso sobre “el censo enfitéutico” y me di con un canto en los dientes.

Aquello no eran opositores, eran una panda de marcianos extraviados lloriqueando porque volviese su nave nodriza. Un bochorno menopáusico impropio de mis veinticinco años, me subió garganta arriba. ¿Sería efecto de la habitación? Me convencí de que no, cuando tras abandonarla, el notario me acomodó en su despacho sonriendo de oreja a oreja y yo me sentía desfallecer como si soportara un huevo de paloma alojado en la garganta.


¿Qué tal?— ¡Dios! La pregunta del millón. ¿Esperaba que se la contestase con sinceridad?

Bien – tartamudeé después de un buen rato.

Son muchos apuntes, lo sé. Si acumulas los de civil en una pila, alcanzarían el techo.


Lo que faltaba. Que siguiera por ese camino, dándome ánimos.


  • El secreto para no desfallecer está en dosificarse. Un poco cada día. Estudiar doce horitas diarias y se descansa el domingo…— alzó un dedo autoritario y luego suavizó el gesto—, por prescripción facultativa.

  • Sí, sí – corroboré fatigada. Menos mal, pensé que me enviaría a misa. Lo de pasarse el día pegada a los apuntes me había rematado. Creo que empecé a transfigurarme.

  • En la academia estamos muy al tanto de tus calificaciones y tus magníficas técnicas de estudio, de modo que pasaremos por alto la “entrevista—examen” del tribunal— soltó una risita burlona y me pasó el brazo por los hombros. De inmediato, me eché a temblar—. Deja que te presente a los miembros. Cualquiera de ellos, puede prepararte.


Debí cambiar de habitación, pero eso no supuso ningún alivio. Es más, sumida como estaba en un estado cercano al trance, ni me di cuenta de que avanzaba a empellones pasillo adelante. Al recuperar la consciencia, cinco abueletes me miraban curiosos desde detrás de sus gafas.


  • Bienvenida, Olivia, es un placer tenerte entre nosotros— oí decir a uno, en representación del resto. No recuerdo si cometí la grosería de no responder. Mi mente volaba a miles de kilómetros de allí, al grito de ¡sálvese quien pueda!

  • Puedes venir el lunes, te daremos la primera porción de apuntes para que puedas fotocopiarlos y repartirte el trabajo de la semana. Sólo parte, no queremos que te asustes.


Todos le rieron la broma y yo me sentí mucho peor. ¿Debía al menos balbucear un “sí” por compromiso?


  • Si se te presenta alguna duda en cuanto a cómo organizarte, ni que decir tiene…

  • Y si andas floja en derecho notarial cuando lleguemos a esa parte del temario…

  • Ya sabemos que el nivel de la facultad en registral deja mucho que desear…


Las frases de uno se superponían con las de otro en mis oídos atormentados. Dejé de escucharlos. Me estaba entrando un agobio de esos de salir corriendo y eso fue lo que hice, aprovechando la primera oportunidad que se me puso a tiro. Tengo mucha práctica en eso de escurrir el bulto y quedar como una señora, lo he aprendido de mi madre que odia las visitas largas y lo hace constantemente. Y como me obligaba a acompañarla para exhibirme como trofeo hasta los catorce años, puedo asegurar que he bebido de la mejor maestra.





  1. CAFÉ CON DUDAS



Acudí a sacudirme el sofoco, donde más cerca me pilló. La decoración rococó del Gran Café me recordaba la casa de mi tía Matilda y me traía recuerdos agrios. A duras penas la soportaba. Por eso lo evitaba siempre que podía. Pero aquella mañana, o desayunaba o me caía redonda al suelo y resultó ser el salón de té más cercano, donde podía derrumbarme en un sofá y saciar mi apetito. Todo al mismo y feliz tiempo.

Una camarera con cofia se aproximó dando saltitos. Pobre. Vaya facha. Me recordó a las doncellas que mi madre torturaba con modelitos semejantes, lo mucho que los niños de la casa nos cachondeábamos de ellas y la mala… con la que nos devolvían las miraditas. Un traumático recuerdo de mi infancia.


  • ¿Qué desea?— preguntó la chica con indiferente cortesía.

  • Quince donuts —reclamé con absoluta normalidad.

  • ¿Cómo dice?

  • Era una broma— la tranquilicé—. Es que vengo conmocionada.


Si esperaba que mostrase una pizca de interés, que abriera los ojos, alzara las cejas o se acomodase en un rincón del sofá para escuchar embebida mi historia, el por qué de mi shock, iba yo lista. Me miró como diciendo “¿qué quieres que te diga bonita? cada cual carga con lo suyo. Tú estás atónita y a mí me duelen los juanetes “.


  • Bueno, ¿Qué va a ser?— se impacientó.


Buscando inspiración, miré de soslayo el desayuno de la mesa de al lado. Para mi sorpresa era doble, aunque sólo una chica ocupaba asiento que además de solitaria, tenía cara de acelga y una pinta ridícula.


  • Un capuchino y una chapata de ibéricos, por favor.

  • Enseguida.


Saqué una novela de mi bolso Dior, la que siempre llevaba y jamás terminaba de leer. Eso era lo malo, que la imaginación siempre acababa escapándoseme por los castros gallegos. Eso al menos decía mi abuela, que había recorrido a lo largo y ancho, la geografía española. Yo no tenía la más remota idea de por dónde quedaban los dichosos castros esos. Mucho más moderna y versada que la abuela, había empezado por conocer Europa, hasta sus más recónditos callejones. Luego llegaría el turno de America del Norte, de la que me faltaban por visitar unas pocas ciudades tan solo. Y ya tenía fijado el itinerario de viajes a Oriente, África, América del Sur y Australia. Necesitaba tiempo material, para ejecutarlo, pero lo más arduo, que era planearlo, ya estaba hecho. Con un poco de suerte, encontraría el o la compañera de viaje ideal, que hiciera del periplo, algo inolvidable.

Pasé dos páginas antes de darme cuenta de que no había leído nada, entre mis proyectos aventureros y la obsesiva fijación que había desarrollado por la chica de la mesa vecina. No era fea, tenía una expresión interesante entre dulce y tímida, a pesar de que por lo visto, o se empeñaba en ocultarlo, o la vestía su peor enemigo. ¡Dios santo, qué espanto de horquillitas! Algo muy grave debían haberle hecho las chapatas, porque las mordía con ira feroz. Sin embargo, cuando llegaba al borde de las tazas de los capuchinos, que bebía indistintamente, parece que se relajaba. Hubo un instante en que ella levantó la vista y me pilló mirando. Desvié rápidamente los ojos y fingí leer.

Al poco rato, volvimos a encontrarnos. Ella mantuvo la mirada un poco más de lo normal y yo me vi forzada a sonreír. Su gesto de vuelta, fue un poco triste, aunque sus ojos sí sonreían.


  • Tienes la novela del revés— me advirtió evidentemente divertida. Muerta de azoramiento, tuve que reconocer que era verdad.

  • No era muy interesante de todos modos— comenté, solo para quitarle importancia al incidente. Y me subí las gafas con un gesto elegante.

  • Es difícil que una historia capte la atención de uno, ¿verdad? Todos los libros son como muy… predecibles. Lo mismo pasa con las pelis.

  • No sabría decirte, yo no leo demasiado. Sí, ya sé que llevo un libro en el bolso, pero es por si me aburro en alguna ocasión, esperando un taxi… no sé. Me basta y me sobra con pensar, me paso el día pensando. Mi padre dice que pienso demasiado. Últimamente el código civil, ocupa todo mi cerebro, se me va el rato memorizando los artículos y su contenido.


La chica del traje coloreado, torció la boca en un gesto de desagrado, que me hizo pensar que había dicho algo inconveniente.


¿Eres abogada?

Podría serlo, pero hasta hoy pensé que opositaría a notaría.


Me hubiese gustado que me interrogase acerca de por qué “hasta hoy” y soltarle mi rollo sobre los alienígenas y desahogarme pero no dijo nada. Volvió a sorber el capuchino en respetuoso silencio y yo no encontré más pretexto para seguir charlando.

Resignada, volví sobre las páginas de mi libro, que se me antojaban vacías. Ya había perdido el hilo de la historia en demasiadas ocasiones y me costaba encajar quien era quien, en el elenco de personajes. Arrugué el entrecejo y lo escondí en el bolso, decidida a echarle cara a mi compañera de desayunos mono parentales.


  • Oyen, disculpa que me entrometa, pero… ¿Siempre pides la comida a doblete?


La muchacha pareció perdida unos instantes. Luego reparó en las dos chapatas, los dos capuchinos, las dos servilletas y los dos servicios y sonrió lánguidamente.


  • ¿Lo dices por esto? En realidad era para una amiga que venía de camino, pero le surgió un contratiempo y me ha dejado tirada.

  • Vaya… un rollo tener que desayunar sola…—comenté para que percibiera mi solidaridad. No me di cuenta de lo absurdo que resultaba que precisamente yo, que también lo hacía, la criticase.

  • Más que eso. No sé cómo voy a poder pagarlo— torció la boca, gesto de preocupación donde los haya—. Este sitio es caro y se supone que Cayetana invitaba. Mira que le advertí… pero ella nunca escucha— esto ultimo lo dijo al vacío, como si yo no estuviese presente y ella simplemente pensara en voz alta—. No, no es cierto. No es cierto y tampoco es justo. Siempre está ahí para escuchar, precisamente por eso la llamé esta mañana. Ella no tiene culpa de mi paupérrima situación financiera. Con una carrera superior, debería ser capaz de pagar una invitación en el Gran Café—murmuró retroniquera.

  • ¿Estás sin trabajo?— me interesé. No, si al final iba a resultar que la historia de la desconocida se llevaba el gato al agua. Detectable a la legua: la chica necesitaba confiarse. Pero yo también y encima estaba antes. Tal vez si primero la escuchaba… ella después me atendería… y todos contentos.

  • Me pusieron de patitas en la calle cuando la financiera para la que trabajaba decidió modernizar su organigrama. En realidad, ocultaban una estrepitosa quiebra. Ni una explicación, ni un euro de indemnización…— terminó con amargura contenida.

  • Pero eso no puede ser— me escandalicé embutida en mi disfraz de abogada recién licenciada.

  • Pues fue; y no creas, se quedaron tan frescos. No tenía contrato— se vio forzada a confesar.


Aquello lo aclaraba todo. Subí las cejas en un gesto entre preocupado y comprensivo. Mirarla ahora, con su vestidito de niña pequeña y sus espantosas horquillas al borde de la melena oscura, era patético. Inspiraba una compasión desmedida que yo no estaba acostumbrada a sentir.


  • Si pagar el desayuno te supone un problema, puedes tranquilizarte— sonreí ampliamente—. Invito yo.

  • ¿Y eso por qué?

  • Porque lo que para ti supone de momento una traba, para mí no tiene importancia, también de momento— añadí consciente de que las cosas podían cambiar en cualquier segundo para cualquier persona, que las rachas de bonanza económica se esfuman. Que se lo dijeran a la pobre muchacha, economista con magnífico sueldo hasta hacía bien poco.

  • No me conoces— balbuceó. Estaba claro que se debatía entre aceptar alegremente lo que suponía la solución de su inconveniente monetario y el malestar lógico que aquello le causaba.

  • Tienes razón, pero eso es sólo porque hemos decidido hablar de otras cosas en lugar de presentarnos. Al fin y al cabo, nuestras mesas son vecinas, es como si viviéramos… en chalets adosados— alargué la mano cordial—. Olivia de Talier.

  • ¡Vaya!— musitó impresionada— Precioso nombre…

  • Preferiría que fuera de Haviland, pero tengo que conformarme con eso.

  • ¿De Haviland?

  • Sí mujer, la gran musa del cine americano de los años cuarenta, la inolvidable “buena” de lo que el viento se llevó— leí en su rostro el más absoluto desconcierto y opté por frenar. Estaba claro que aquella chica no sabía nada de nada de cine—. No pasa nada si no la conoces, es que me paso la vida viendo pelis antiguas. ¿Y tú como te llamas?— en ese tramo de la conversación ella ya había aceptado mi mano y parecíamos dos novios haciéndonos carantoñas.

  • Marina Valdemorillos— vio la expresión de mi cara y se apresuró a agregar—. Sí, ya sé que cargo con un apellido horrible, ya me gustaría tener uno como el tuyo, pero es que mis padres eran de un pueblo de Albacete. De hecho yo nací aquí porque mi padre había venido a vender unas cosechas de patatas, pero fue pura chiripa.

  • No, pensaba que tienes un nombre adorable— lo arreglé rapidito: no estaba para nada, faltando a la verdad., me refería al nombre de pila. Lo del “Valdemorillos” era otra historia, una cruz como cualquier otra—. Mi familia procede del centro de Europa, no sé bien de donde, nunca me ha interesado investigarlo. Mi madre se queja de que soy una descastada, pero yo no estoy de acuerdo en absoluto. No me importa y punto. Yo vivo y nací aquí en Madrid y viajo cuanto puedo, no sé qué puede aportarme saber dónde hunde las raíces mi parentela…— sospeché que el giro de la conversación, empezaba a no interesarle, porque de repente le bailaban las pupilas—. Supongo que ahora buscas trabajo…

  • Precisamente esta mañana he asistido a una entrevista en la que tenía puestas todas mis esperanzas y es curioso lo que ha pasado… Cuando parecía que iban a darme el puesto, la simple visión de alguien de mi anterior trabajo a quien no soporto, me ha provocado el salir huyendo— me miró por primera vez abiertamente a los ojos—. Debo haber perdido el juicio.

  • Pues sí, chica, la verdad— respondí toda sinceridad—. ¿Quién puede ser tan inaguantable como para tirar por la borda una buena oportunidad?

  • Ya ves… ha sido un impulso, un flash… y ahora estoy aquí, con la certeza de que no puedo regresar y pedir disculpas sin que me chafen la nariz con la puerta y preguntándome qué haré a continuación y si se me presentará otra coyuntura parecida.


De repente fui plenamente consciente de su historia y de la mía, de las crueles coincidencias entre ambas y de la casualidad de habernos sentado en mesas contiguas y estar ahora charlando como si nos conociéramos de toda la vida, siendo dos perfectas desconocidas. Yo quería a toda costa, contarle mi fracaso, esa era la única razón de haber entablado conversación y por el contrario, ahora estaba al borde del llanto por la mala suerte de ella. Solté una carcajada que la pilló desprevenida y no le sentó nada bien.


  • ¿Dónde está la gracia? – espetó secamente.

  • No me río de ti, sino de lo que me ha pasado también esta mañana; me siento igual que tú, se han desmoronado mis planes de toda una vida. Iba a opositar pero a última hora decidí retirarme. Mis padres no se lo van a tomar nada bien y tampoco sé lo que haré a continuación. Tremendo, tremendo—tartamudeé.

  • Vaya, lo siento mucho.

  • No sé si es una mala noticia, la verdad— repliqué encantada de poder expresarme. No me esperaba que a continuación, ella quisiera desaparecer. La vi levantarse con cierto azoro.

  • Tengo que irme— dijo como única explicación. Decidí no callar mis sentimientos de disgusto.

  • Pues me parece muy mal y muy egoísta— la chica se quedó con la boca abierta, parada a mitad de movimiento, intentando coger su bolsito de tulipanes—. Sí, quiero decir que aparte de invitarte a desayunar, yo te he escuchado. Lo justo es que ahora tú también me oigas— reclamé toda franqueza, pero procurando mantenerme firme.


Mi actitud tuvo merecida recompensa. Enseguida se volvió a sentar, asintiendo torpemente con la cabeza. Entonces me di cuenta de que tenía bastantes granos.


  • Tienes razón. Cuéntamelo todo— rectificó.


Me arrellané en el sofá y me giré ligeramente hacia la chica granulada.


  • Todo empezó hace cinco años, cuando mi padre se empeñó en que estudiase derecho. A mí no me gustaba nada de nada.

  • Es una carrera interesante— me interrumpió la chica con voz débil.

  • ¿Te lo parece?— me horroricé— A mí, me mataba de aburrimiento. Pero como soy lista fui sacando todas las asignaturas. Muchos amigos de mi padre quisieron reclutarme para sus despachos y yo siempre ponía la misma excusa: nada que me distraiga hasta terminar. Y mis padres tan felices— observé que se mostraba interesada. Si al final una acaba haciéndole favores a la gente, que ni ellos mismos aprecian—. Pues cuando se acercaba el final tuve que reflexionar sobre el futuro y no me veía en un despacho de esos… ya sabes…

  • Sí, como aquel en el que enterré mi vida— recordó ella con una vaga melancolía.


No le di cancha. No iba a permitir que la conversación sufriera un giro y me quitase protagonismo.


  • Pues pensé que ya que el ejercicio no me llamaba, lo mejor era opositar en algo que me procurase buenos ingresos.

  • ¿Y qué mejor que notarías?— adivinó Marina.

  • Y qué mejor que notarías— confirmé yo, arrugando el ceño al recordar el episodio de la academia—. Pero igualmente me he dado cuenta de que no es para mí— abrí una pausa y la miré—. Y ahora no sé que hacer.

  • Una putada.

  • Eso. Y bien gorda. Porque lo que me gusta es el mundo del cine. Dar órdenes a la gente se me da de maravilla, organizar grupos… Con la formación adecuada, podría ser una magnífica directora.

  • Pues ponte a ello— me animó la pobre ignorante. No conocía a mi padre.

  • Es que mi familia se lo tomaría a la tremenda. No puedo decirles nada del cine. Ni siquiera sé cómo plantearles que ya no opositaré. ¿Qué pasa si mi padre me quita la paga? Yo tengo muchos gastos, Marina, mis necesidades, una vida social…— de repente fui consciente del drama de mi verdadera situación. Pero tenía enfrente a alguien que andaba mucho peor y sobrevivía—. Supongo que de todo eso se puede prescindir…


Ella no dijo nada. Sólo sonrió. Y yo le sonreí a mi vez. Y allí nos quedamos las dos colgadas un par de minutos, sintiéndonos idénticamente iguales en nuestro infortunio. Sacudí la cabeza para reaccionar y decidí liberarla. Pero no para siempre.


  • Bueno, me ha encantado mucho hablar contigo. Toma una tarjeta de visita y dame tu número de móvil. Supongo que querrás saber en qué termina todo esto y si me echan de casa— bromeé—. También me gustaría que me contases que has encontrado el trabajo de tu vida.

  • Aquí pone “opositora a notaría”— advirtió mi nueva amiga leyendo la tarjeta.


Enrojecí de pura vergüenza.


  • Las cosas de mi padre, me las mandó hacer un día que debió írsele la pinza. Pobrecillo, qué ilusión tiene el buen hombre con esto de que su hija sea importante. Tendré que ensayar una exposición delicada si no quiero que le de un pasmo.

  • Hazle entender que es tu vida y que es a ti a quien debe hacer feliz— aconsejó Marina llena de fervor.

  • Sí, sí… por ahí van los tiros, pero no sé si….— me puse de pie—. Ha sido un placer conocerte, Marina Valdemorillos.

  • Vaya, te has quedado con el apellido a la primera— rió estrechando mi mano extendida.

  • Mujer claro. Tengo una memoria de elefante. ¿Con quién crees que estás hablando?



  1. LAS ILUSIONES DE PAPÁ




Atravesé como una exhalación la entrada principal del club de paddle con su portón de hierro repujado, al volante de mi Beatle color crema descapotable. Vale que yo suelo ser muy ecológica y que mi coche no es diesel, pero el gustirrinín que me produce pisar a fondo el acelerador y chirriar neumático a la vez que aparco y dejo pasmadas a un par de gilipuertas con mi talento conductor, no lo cambio ni por el mejor masaje.

Cuadré el capricho que mi padre acababa de comprarme como premio de fin de carrera, me colgué el bolso al hombro y accedí al edificio atravesando el vestíbulo. De paso me crucé con un montón de gente conocida a la que parecía hacer siglos que no veía. Me limité a sonreír bobamente y no me dio por charlar hasta que me apoyé en la barra de la cafetería cara a cara con Marisa, la camarera de siempre. Una cariñosísima mujer.


  • ¡Pero si es mi niña Olivia!— indudablemente se alegró de verme—. Voy a prepararle ese cafesito especial que siempre le hago, con espumita por ensima como le gusta, rerico. ¡Qué bueno verla de nuevo! Ya la echaba en falta.

  • Los exámenes de fin de curso, Marisa. Un horror. Mira qué color de piel tengo, parezco un cadáver— sobre todo comparándola con su piel canela venezolana. Me estremecí vivamente, al acordarme de los opositores a notaría—. Anda, sí, ponme es café.


Buena parte de mi mal cuerpo provenía del hecho de tener que enfrentarme a mi padre al regresar a casa, destrozando sus quimeras de tener un notario en la familia. ¿Por qué demonios había tenido que encapricharse precisamente de eso? Hay otras profesiones igualmente meritorias y no tan inaccesibles. Yo me desvivo por mi padre, eso lo sabe todo el que me conoce. Mi madre es superflua y tontorrona, la quiero, pero dejé de respetarla al cumplir los diez. Con mi padre la cosa cambia.

Es de tontos no reconocer la valía de la gente y papá es un personaje hecho a sí mismo, de los pies a la cabeza, que empezó a los catorce acarreando cubetas de mezcla en las obras y a los veintiuno era socio de una de las mayores constructoras del país. No tardó en comprar su parte a los demás para quedarse como dueño y señor de todo. No quedaba ahí su talento: era un buen relaciones públicas y la verdad, tener al lado un bombón como mi madre, ayudaba a destacar en los eventos sociales; debo admitir que en este punto, siempre formaron buen equipo. Ella se las pinta sola para dar coba y conversación a aquellos objetivos previamente señalados por mi padre y él remata el negocio con una invitación privada a cenar, donde achispaban sus sentidos a base de tinto del bueno.

Por eso desde pequeña ando acostumbrada a ver los coches de grandes políticos de la nación aparcados en la puerta de mi casa y sus gordos culos sentados en mi comedor. Y venga risita falsa que va y que viene… menos mal que me enviaban a dormir temprano porque fijo que hubiese soltado alguna lindeza cuando empecé a tener uso de razón y a saber de qué calaña están hechos esos individuos.

Cuando crecí mi padre me mostró la realidad de la vida: a distinguir la amistad real, de lo que no pasaba de meros negocios, por mucho brindis y exaltación del amor fraterno que los acompañase. La fuente de todo nuestro bienestar, nuestros viajes, la ropa de marca, los colegios bilingües y las suscripciones a los clubes de tenis, paddle y demás. Y cerré el pico cual hija obediente, guardando mi agria opinión sobre banqueros y políticos para círculos lejanos al mío propio. La universidad me brindó alguna que otra ocasión para desahogarme, pero ahora tocaba incorporarse al mundo laboral y la cosa pintaba fea. O ensayaba hipócritas sonrisitas en el espejo, o me darían sin tardar, una buena patada en el culo.

Marisa me sirvió el maravilloso café que había bautizado como “Olivia” sólo porque un día solicité que me añadiera extra de espuma de leche por encima. Le hizo tanta gracia el detalle que le puso nombre. Y les faltó tiempo a las pavisosas de mis amigas, para pedirlo a diario. Viva la personalidad bien definida de cada cual. ¡Puag!


  • Te noto cansada— comenté a media voz. Tenía ganas de cualquier cosa menos de enfrentarme a mis temores.

  • Acaba de empezar la temporada fuerte. Y no consigo que contraten a otra camarera. A ratos no doy abasto.

  • ¿Sigues sola para todo el club?— me indigné—. Serán mamarrachos… voy a hablar con el director, tenlo por seguro. Antes de una semana tienes un pinche que te ayude como que me llamo Olivia—prometí perdiéndome en la aromática taza.


Marisa soltó una risa cantarina de las suyas. Una mujer repleta de buen humor, por mucho que gastara, siempre tenía más.


  • ¡Ay usted siempre tan amable, señorita Olivia! ¡Tan linda!

  • ¿A que sí? ¿A que he tenido suerte al cazarla como novia?— se oyó una voz a mi espalda, al tiempo que me besaban ligeramente en el cuello a la altura de la oreja.

Era Gonzalo, mi novio de toda la vida. Bueno, de toda no, de la universitaria. Cinco años ya juntos y empezaba a presionar con aquello de vestirnos de blanco. Venía recién duchado tras el partido, vestido de inmaculado beige y oliendo como un anuncio de Armani.


  • Me has plantado—se quejó medio en broma—. Esperaba que vinieses para poder jugar unos dobles.

  • Estoy rota, lo siento. ¿Con quién?

  • Con Amparo y Alvarito.


Le envié de obsequio una mirada asesina. A punto estaba de vomitar que la tal Amparo me cae como una patada en pleno hígado, cuando la vi aparecer colgada del brazo del cretino de Álvaro Salazar. Tuve que permutar volando, mi gesto agrio por una sonrisa patética.


  • Hombre, mira quien nos honra con su presencia— soltó Amparo deshaciéndose de su caballero para besarme. Mejor dicho, para besar al aire. Dos veces.

  • Me ha dicho Gonzalo que me esperabais. No lo sabía, lo siento, he estado muy liada.

  • Con las oposiciones ¿no?— Álvaro me guiñó un ojo— Tú sí que picas alto, bonita.


Se me puso cara de pez. Gonzalo me rodeó los hombros con su brazo musculoso y me atrajo hacia sí.


Vamos a tener toda una señora notario en la pandilla— presagió ufano.

Bueno, en realidad— balbucí—, no he comenzado…

No vamos a verte mucho por aquí de ahora en adelante— vaticinó Álvaro con tono jocoso—. Mi primo Borja estuvo preparándolas y no salía del cuarto de estudio. Así fue durante cinco años. Imagínate que cuando volvió a la vida empezó a preguntar por el dúo dinámico….

¡No!— gritaron Amparo y Gonzalo al unísono.

Sí, como os lo digo. Y en su primer guateque pidió un cuba libre, menudo ridículo. Igual que uno de esos de las pelis de ciencia ficción… los congelados.

Hibernados— corregí secamente. Me irritaba la ignorancia supina de la gente. Especialmente en cuanto atañe al cine.

Lo que sea. Menos mal que no se había muerto nadie, también habría preguntado por él… — y dejó ir una carcajada hueca y estúpida que me puso los nervios de punta.

Bueno, pues si nuestra querida Oli va a meterse en clausura, tendremos que buscarle otra compañera de dobles a Gonzalito— ronroneó Amparo apretándose contra mi novio más de lo conveniente.


Estuvieron a punto de caérseme las gafas al suelo de la mala uva. Era uno de los motivos por los que no podía ver a Amparo. Babeaba tras Gonzalo desde el puñetero día que lo conoció y ni se daba cuenta del ridículo que hacía, ni le importaba un bledo que yo estuviese delante. Creo que abusaba de mi buena educación, sin pensar que un día cualquiera, con la excusa de los nervios de opositora, podía perderla del todo y atizarle un buen sopapo. Por calentona.

Lo bueno de aquel efebo moreno y cachas, era que únicamente tenía ojos para mí. Cosa que me intrigaba, no creas, porque yo soy pequeña, menuda, morena, de rasgos vulgares y con unas gafas que me otorgan aspecto de eterna intelectual. De la cola de caballo no me bajo, salvo para alguna fiesta en la que mamá me obligue a visitar la peluquería. Vaya que he salido a mi padre, todo cerebro pero con un físico modesto. Sin embargo gusto mucho y ligo más. Será por mi poco interés, por mi conversación de catedrática o por mi apellido.


  • Ya que he venido— comencé con tono meloso—, me gustaría hablar contigo Gonzalo— y me ocupé rápidamente del café para superar el mal rato. Estaba diciendo a las claras que los otros dos estorbaban.


Pero no se dieron por aludidos y pidieron dos coca—colas sin hielo y con limón. Yo los miré bufando.


  • Dime, dime— me animó Gonzalo aleteando con la mano y llenándose de cacahuetes el cuenco de la otra.

  • En privado— siseé.


Mi petición puso a la parejita cara de acelga pocha.


  • Se ve que hoy es el día de los secretos, vamos a tomarnos el refresco en el extremo más alejado de la terraza— mascó Amparo visiblemente ofendida; de repente se había puesto gris.


Alvarito nos dejó una bromita sin gracia de las suyas flotando en el aire y ambos se alejaron al son del bamboleo del trasero de Amparo. Gonzalo puso los ojos en blanco.


  • ¿Se puede saber qué te pasa hoy? Eso ha sido una grosería.

  • Ahora resulta que no puedo tener una charla a solas con mi chico— protesté apretando los labios.

  • Cari, siempre puedes hablar conmigo pero a estos lugares se viene a socializar…

  • Y dale… Bueno, pues no tengo intención de que personajes como Amparo y Cía, estén al tanto de mi vida. Luego mis traumas se convierten en el tema preferido de sus sobremesas.


Gonzalo me miró condescendiente. Exactamente igual que cuando tengo la regla.


  • Te recuerdo que tú no tienes de eso.

  • Pues están a punto de desarrollarse, no creas. Tengo que contarte algo— lo dije de golpe, sin respirar y sin atreverme a mirarlo a la cara.

  • Ya sé, ha cerrado tu tienda favorita, esa de las multimarcas— aventuró con tonito de chiste. Me pareció que se estaba columpiando.

  • A veces me acosan preocupaciones mayores— escupí con resentimiento—. He decidido que no voy a estudiar oposiciones.


Mi novio se quedó con el cacahuete a medio camino entre su mano y su boca. Sus cejas me explicaron lo mucho que se sorprendía.


  • No hablas en serio.

  • Por la compilación de derecho procesal civil, que sí. No voy a ser notario— repetí sintiéndome más segura y feliz, ahora que lo había soltado.

  • Pero tu padre…

  • Esa es la parte difícil de la cuestión. Decírselo y no morir en el intento; sé que voy a destruir todos sus castillos en el aire.

  • Discrepo. Tú eres muy inteligente, has salido la primera de tu promoción, era justo y hasta cierto punto lógico, que tu padre deseara el mejor futuro para ti…

  • ¿Y cómo sabemos que ese es el mejor futuro?— arrastré el taburete hasta pegar mi nariz a la suya. Desde la terraza, Amparo atisbaba por si nos veía discutir—. Gonza, que tengo veinticinco años largos, no quiero esconder la cabeza en un libro y levantarla dentro de cinco— quiso decir algo pero lo interrumpí—; sí, cinco, o seis, eso es lo que va a pasar si no saco las malditas oposiciones a la primera y no creo que tenga fuerzas para dedicarle doce horas al día— me entraron ganas de llorar, sólo de pensarlo—. ¡Tengo derecho a vivir!— reclamé con pasión.


Gonzalo se quedó mudo un instante sopesando mis razones. Él solía ser muy pragmático, de modo que no esperaba que me apoyase, la escenita era sólo puro desahogo y una especie de ensayo general para cuando me enfrentase a mi padre.


  • ¿Y no puedes llegar a una “entente cordiale” con él? Mira que tu cabezonería puede meterte en un jardín del que no sepas salir— volvió a sumirse en el recalcitrante silencio—. No sé, cari, no sé qué decirte— puntualizó. Tanto pensar para eso.

  • No quiero que me digas nada. Yo me lo he dicho yo todo. Me tiene tan preocupada el cómo se lo tomará, que no he visitado el baño en cuatro días.


Se me pasó por alto la cara de repugnancia de Gonzalo, porque me levanté y dejé un billete de veinte sobre la barra. Besé a mi novio con aires de propietaria absoluta y me despedí de Marisa levantando el brazo.

Cuando metí la llave en el contacto del Beatle, me di cuenta de que temblaba como un flan.





Nada salió como estaba planeado. Mil veces imaginé la situación, tras la cena, con la barriga bien llena todos y por tanto, bien calmados. Mi padre se ausentaría un par de horas a su despacho para leer en paz y tranquilidad sus ensayos mientras mi madre se retiraba a sus aposentos y mi hermano pequeño se enganchaba al teléfono. Sería la ocasión ideal para tener un momento íntimo con mi progenitor y confesarle mis miedos.

Pero me traicionaron los nervios y lo solté de sopetón en plena cena. Las cucharas dejaron de repiquetear contra los platos y un horrendo silencio se adueñó del comedor. Deseé que me tragara la tierra cuando mi padre me clavó los ojos en la frente.


  • ¿Cómo has dicho?


Tragué saliva. Una vez declarada la guerra, ya no había marcha atrás.


  • Pues eso, papi, que después de meditarlo mucho…

  • ¿Qué es exactamente lo que has tenido que meditar sobre una decisión ya adoptada? Durante cinco años de carrera no te has planteado otro camino… ¿A qué viene esto ahora?— mi padre se estaba poniendo rojo tirando a morado.

  • Cosas de chicas, Amancio, se le va a pasar en un par de días, lo vas a ver— intervino mi madre siempre dispuesta a empeorar las cosas.

  • No he perdido la cabeza, mamá, no des falsas esperanzas. No quiero ser notario y punto— me planté dispuesta a no bajarme del burro— ¿Tan difícil es de entender?


En la mesa todo era confusión. El único que parecía en Babia era mi hermano; más tarde comprobé que llevaba el I—pod puesto.


  • ¿Es posible que te asuste el comienzo…? Me consta que son duros pero confío….— volvió mi padre a la carga.

  • Deberías confiar en que seré una persona feliz que trabaja en algo que le gusta— sentencié. Mi padre y yo mantuvimos la mirada unos segundos. Mi madre se quedó fuera del cuadro.

  • ¿Qué harías?— se rindió momentáneamente.

  • Cumplir mi ilusión, ser directora de cine.


Oí un gemido proveniente de la garganta de mi madre y temí que se desmayara sobre la bandeja de canelones. Pero muy al contrario, se levantó y abandonó la mesa como alma que persigue el diablo, rumiando algo sobre Woody Allen y sus desviaciones con las hijas adoptivas. Mi hermano empezó a tararear bajito, mientras el rostro de mi padre pasaba directamente al azul.


  • ¿Y se supone que eso es un trabajo?— la rabia contenida le estaba hinchando la vena de la sien.

  • Es más que eso, es un arte, la máxima expresión de mi creatividad.

  • Pensé que eras Letrada, no creativa, perdona, a lo mejor he cometido un error que ha durado… cinco años— levantó la voz mucho más de lo que nos tenía acostumbrados. Tanto, que mi hermano salió bruscamente del sopor musical, nos miró de hito en hito y se escabulló rapidito y sin preguntar.


Papá y yo quedamos solos y belicosos. Advertí que los nudillos de la mano que sostenía el tenedor, perdían el color. Mala señal.


  • ¿Acaso es incompatible lo uno con lo otro?— insistí terca.

  • No pienso apoyar tales planes— determinó—. No me parecen ni medianamente serios.


Me sentí herida en lo más hondo de mi alma. La barbilla empezó a temblarme. Pero por mis gafas, que no soltaría una lágrima ni me derrumbaría aquella noche en aquel comedor. Por eso me estiré cuanto pude para imprimir carisma a mi discurso.


  • Me parece bien. Tú ya has cumplido. Me has amamantado hasta los dieciocho y más allá de la mayoría de edad, me has pagado generosamente una carrera en una universidad privada. ¿Qué más te puedo pedir? Hasta la ley dice que en ese punto, basta.

  • Deduzco que estamos de acuerdo en que te quedarás sin paga. No pienso financiar tus locuras— aquella promesa fue tan dura y tan fría que se me encogió el estómago y temí vomitar toda la cena.


Opté por quemar mi última barca, marcándome un pedazo de farol.


  • Entonces me voy, papá. Ahora, antes de que te arrepientas, me convenzas y yo me quede en casa chupando de la teta familiar otros veinte años, hasta convertirme en una completa inútil— retiré grácilmente la servilleta, controlé como pude mis piernas temblonas e inicié mi retirada. Mi padre me contemplaba anonadado desde su silla.


Estoy convencida de que ninguno de los dos pensaba lo que decía, al menos ese era mi caso y si conozco a papá puedo apostar otro tanto, pero éramos demasiado testarudos como para dar nuestro brazo a torcer. Era él o yo y la pequeña Olivia tenía que salirse con la suya una vez más. Basta ya de vivir una vida prestada. La idea inicialmente absurda de dirigir cine, cobraba forma en mi cerebro, de modo más y más atractivo.


  • Pronto verás que sin dinero no es posible sobrevivir— me chantajeó papá cuando ya alcanzaba el dintel de la puerta. Me giré con el contoneo de una actriz de cine y lo miré directamente a la calva.

  • La abuela me dejó una pequeña cantidad de dinero. La tenía en un depósito, pero… ¿para qué son los plazos fijos sino para sacarte de un apuro? Resistiré, papá, no te desveles. Antes de que se extingan los millones de la yaya, tendré un Goya en la estantería.


Y desaparecí escaleras arriba temblando como una hoja, pensando en cuántos días más podría quedarme en casa, sin atentar contra mi honor.


  • Una decepción enorme, es lo que vas a colgar de la pared— le oí rumiar desde lejos.


La partida de póquer había dado comienzo. Yo era consciente de haber lanzado un órdago, pero con muy malas cartas.





  1. EXCUSAS, EXCUSAS, EXCUSAS



Acepté la insistente invitación de Gonzalo a cenar. Pese a mi inicial reticencia, me vino genial porque llevaba tres días sin probar bocado, prácticamente encerrada en mi cuarto, con el estómago hecho un manojo de nervios y una madre obsesionada con el derrumbe de la estructura familiar, que iba y venía arrastrando sus migrañas.

A papá, ni le vi el pelo en toda la semana. Lo del pelo es un decir, claro. Me dominaba una estrambótica mezcla de estados de ánimo: por un lado, culpable por el disgusto que le había causado, preguntándome si aquello no acabaría en apoplejía, convirtiéndome en huérfana por mi mala cabeza. Por otro, desconsuelo y autocompasión, porque yo era yo y quería seguir siendo yo; era mi futuro y mi profesión lo que todo el mundo se empeñaba en discutir como si yo no estuviese presente en la sala. Había un ramalazo rebelde en mi ser intelectual, que no se doblegaba por más que arreciase la tormenta.


Pensé que una copa de vino y una buena ración de sexo, me relajarían la tensión. Y que no esperase Gonzalo que me entretuviese en menesteres, porque yo estaba para mimos, no para esforzarme en darle gusto.

Su apartamento está en una zona residencial de las afueras, con un perímetro de alta seguridad rodeado de jardines y como no, de pistas de paddle. Se lo decoró Pedro Peña, haciendo hincapié en aquello de “los aspectos masculinos de la personalidad”, todo color chocolate, cámel y negro, bastante logrado. No pude dejar de plantearme, cómo llegaríamos a un acuerdo Gonzalo y yo, el día que compartiésemos vivienda, si a mí me gustaba el blanco roto y los tonos luminosos.

Me recibió feliz como un chiquillo y yo me dejé achuchar. Rodeándome la cintura con el brazo, me arrastró al sofá de cuero. Las luces estaban tenues, el ambiente perfumado y había puesto música instrumental bajita. Siete sobre diez.


  • Me disculparás si te digo que no tienes muy buen aspecto—criticó cauteloso.

  • ¿Bromeas? Tengo peor cara que durante los exámenes de Julio. El ambiente en casa está muy tenso y eso a mí, me puede— levanté un pie y se lo coloqué delante de los ojos para que me sacara la bota de montar. Gonzalo ya se sabía ese ritual de memoria, así que lo cumplió a la perfección sin necesidad de más instrucciones. Y después de una bota, llegó la otra.

  • Ya me lo figuro. Tu padre tenía muchas expectativas— cumplido el asunto del calzado, se levantó, fue hasta la barra de la cocina y sirvió dos generosas copas de Rivera del Duero. Me pasó una y se volvió a sentar—, deberías ser comprensiva.


La simple idea me espinó bastante. Una cosa era querer a mi papi y otra muy distinta hacer el indio.


  • A ver por qué motivo tengo que ser yo la comprensiva. Tendrá que ser flexible el que impone, digo. Y es él quien pretende que haga algo… algo a lo que no consigo verle fundamento… papá se pasa de rígido, no le suena nada lo de “be water my friend”. Supongo que prefiere ser cuajada de leche bien espesa.

  • Mujer, sólo digo que no te lo tomes a la tremenda, ni formes un drama de los tuyos…


Aquella frase lo perdió. Me puse como una fiera y solté la copa sobre la mesa del café.


  • ¿Drama de los míos? ¿A qué te refieres con drama de los míos? ¿Acaso tengo tendencia a los dramas?— le desafié con la mirada y no fue capaz de mantenérmela. Sutilmente, desvió los ojos hacia un ángulo del comedor que permanecía en penumbras. Sin reflexionar, perseguí el objeto de su atención.


Me desarmó ver la primorosa mesita dispuesta para la cena, con sus velas y todo. Ese tipo de citas no eran propias de mi Gonzalo. Lo miré admirada sin saber qué decir. Mi furia creciente de hacía unos segundos, se había desvanecido como el humo.

El presintió mi turbación.


  • Sé que lo estás pasando mal. Un poco de romanticismo no le vendrá mal a tu maltrecha vida.

  • Gonzaloooooo – dejé caer. Y me tiré a sus brazos.

  • ¡Huy qué efusividad!— rió encantado.

  • Me hace muy feliz que hayas pensado en mí de esta manera— olisqueé el aire camino del horno—. No me puedo creer que estés cocinando.


Gonzalo levantó ambas manos en son de paz.


  • No voy a adjudicarme méritos que no me corresponden. Sólo la estoy calentando, es del catering.


Yo no me solté de su cuello.


  • Me da lo mismo. Para mí es como si hubieses pelado las patatitas a mano.

  • No hay patatas…— advirtió un tanto confuso.

  • Es un decir, hombre.

  • Vamos a la mesa— indicó deshaciéndose de mi abrazo— y tráete el vino; no dejemos que estos manjares se enfríen.


La cena fue bien. Mucho mejor de lo que cabía esperar, gracias a mi talante generoso de aquella noche. Y digo tal, porque mi Gonzalo no es un conversador muy entretenido; es decir, que sus temas suelen versar de modo reiterativo sobre los mercados, la bolsa y un montón de siglas y palabrejas que ni entiendo ni quiero entender. Le tira mucho su profesión de asesor fiscal de altas esferas y no se percata de que a menudo, aburre al personal. Recorre con pasión los índices y yo, me duermo. Viene a ser como una bailarina clásica enamorada de un forofo ultra, del Rayo Vallecano.

Pero había que contar con mi buena disposición, motivada por la cena sorpresa. Así que nada más terminar el asado, empecé a mirarlo entornando los párpados, poniéndome tontorrona.


  • ¿Le gustaría al señor un postre… especial?— me insinué. Gonza dejó escapar una risita nerviosa cuyo significado me sonaba desgraciadamente familiar.

  • Es martes, cari.

  • ¿Y?

  • Mañana tengo que madrugar.

  • ¿Y?— seguí bobeando con la copa de vino entre mis delgados labios.

  • Bueno… tú puedes quedarte durmiendo hasta la hora que quieras, sólo tienes que tirar de la puerta cuando te vayas…


Abandoné mi silla y me aproximé seductora. Me paré delante de él y me bajé un tirante del top. El tomó la servilleta y la dobló y desdobló un par de veces. Le rodeé el cuello con mis brazos y le besé el hueco de la oreja, soplándole cerca del lóbulo.

No se inmutó. Me agarró las muñecas y tiró de ellas suavemente.


  • Cari… el martes…

  • Ni te cases ni te embarques… pero nadie dijo que no… hiciéramos el amor— parecía mentira lo pronto que el vino estaba haciendo su trabajo. A Gonzalo se le veía incómodo y yo no me daba por aludida. A duras penas, me hice un sitio en su regazo.

  • Vas a mancharte con la salsa— me advirtió un poco temblón—. Cuidado.


Le mordisqueé la oreja juguetona. El se removió por enésima vez.


  • Olvídate de la salsa y vamos al dormitorio a bailar samba— y lo besé apasionadamente en los labios. El tardó en responderme y cuando lo hizo no puso la misma pasión.

  • Palomita…

  • Te he dicho mil veces que no me llames así, suena de un cursi...— ronroneé tirando de él al tiempo que soplaba las velas de la mesa.


Progresivamente Gonzalo se fue rindiendo. Mitigué las luces con los reguladores conforme lo arrastraba y lo tumbé en la cama con un ademán de mujer fatal. El que estuviera piripi no me impidió lamentar su poco entusiasmo manifestado por debajo del pantalón.

Juré por mi honor que haría crecer aquello, al tiempo que su interés.

Me arrojé encima con el salvajismo de una diablesa y colé mis dedos entre sus cabellos, al tiempo que lo besaba y gemía como si ya estuviésemos en plena faena. Le arranqué la ropa y a cambio sólo recibí un tímido intento de subirme el top. No importaba: ya puestos, me lo saqué yo misma.

Conseguí darle la vuelta sobre mí y cuando parecía que empezaba a implicarse, sonó como un chasquido y se quedó petrificado en medio del movimiento. Soltó un alarido que me libró en un segundo de la borrachera.


  • ¿Qué pasa?

  • El lumbago— se llevó la mano a la cintura y se giró con enorme dificultad. El pasmo me impidió reaccionar—. ¡Ay Dios! Te lo advertí— replicó con cierta irritación.

  • ¿Me advertiste?— repetí enfadada.

  • Que es martes…

  • Que yo sepa no tenías ningún problema con tu espalda hace un rato— me paré a pensar un segundo— ¿Y qué porras tiene eso que ver con los días de la semana?

  • Te dije que no era el momento acertado— se estiró bocarriba resoplando con vehemencia.

  • Tampoco tienes molestias cuando te juegas tres partidas de paddle seguidas— rezongué cruzándome de brazos.

  • Ten un poco de compasión— rogó tratando de firmar la paz. Yo gruñí en desacuerdo. Vaya mierda de noche loca. Se me escapó una exclamación de desencanto:

  • ¡Oh!

  • ¿Eh?

  • Mmm…

  • ¡Ah!

  • ¿De qué cachimbas estamos hablando? ¿Es que ya no nos entendemos? ¡Dios! – me senté y agarré el colchón con las dos manos— Hasta hoy hubiese jurado que no teníamos problemas de comunicación…


Gonzalo continuaba hiperventilando.


  • Y no los tenemos, palomita— tartamudeó.

  • ¿Palomita?— le eché una mirada criminal.

  • No te pongas conflictiva. Es sólo que estás muy nerviosa— me sonrió—. Duérmete, descansa y mañana todo será de otro color.


Se dio media vuelta y se echó el edredón por lo alto. Suspiró hondo y al minuto ya roncaba sonoro, como aliviado. Yo lo miré decepcionada y dolorosamente sobria.


  • Si tú lo dices…— farfullé.




  1. HOGAR DULCE HOGAR



Pasaban los días y yo seguía horriblemente atascada por dentro y por fuera. Un bloqueo atroz, que hubiera debido castigarme cuando me debatía entre si dejar o no las oposiciones a notaría. Pero no. Ahora resultaba antinatural, ¿era culpa de que mi padre no me dirigiese la palabra y de que yo estuviese totalmente perdida en cuanto a qué hacer con mi vida destrozada?

Al límite de mi resistencia mental, supuse que un poco de ejercicio me vendría bien; mover las piernas, mover el corazón, reflexionar con el cerebro, a cada paso de avance por el parque. Puede que el aire fresco, las gotitas perdidas de las fuentes, el cantar de los pajarillos, me despejase la mente y dejase de ver el lado oscuro de todas las cosas. No quedaba otra que recoger mis objetos personales, la decisión ya se preveía inevitable, el hecho en sí, me martilleaba el cerebro. Tenía que estar muy, pero que muy desesperada para echar a correr, porque siempre he sido más vaga que un muelle de guita.

Me puse ropa deportiva de última moda, me calcé mis zapatillas y me lancé al deporte salvaje.

Mi madre había entrado en mi cuarto por la mañana temprano. Bueno, temprano para ella, que se levanta a partir de las doce. Su expresión atribulada me anunció borrasca y me convenció de que las cosas con papá no iban a mejor. Se dejó caer melodramática en el borde de la cama y me miró compungida.


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