DETRÁS DE LAS MONTAÑAS
Oliver Meneses
Diseño de portada/Cover by: Oliver Meneses
© 2010, Oliver Meneses
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Publicado por/Published by Oliver Meneses en Smashwords.
Primera edición: Junio de 2010
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A los amigos y familiares. Gracias a todos.
Gracias a Joserra Huerta, Victoria “Petite” Barradas
y Salvador “El Lic” Frausto, por la guía
y el apoyo incondicional para estos proyectos.
“Y sin embargo, se mueve”.
ÍNDICE
LLEGANDO A LA CALDERA DEL DIABLO
¡VIVA LA REVOLUCIÓN!
ME GUSTA LA AVENTURA, ME GUSTAS TÚ
CIELO ROJO
ESTO NO LUCIRÁ BIEN EN YOUTUBE
BIENVENIDO AL HORMIGUERO
PEÓN, ALFIL, REINA
EL DEMONIO EN LA OREJA
LA SELVA TE VERÁ MORIR
UN AMIGO DE LA FAMILIA
DESCENDIENDO UN PAR DE CÍRCULOS
BRAVE CHOICES
A LA SALUD DEL REY
VAMOS A DIVERTIRNOS
TOMA UNO, TODOS PONEN
Todos los personajes creados para esta obra son ficticios.
Cualquier parecido con la realidad sería una triste coincidencia.
LLEGANDO A LA CALDERA DEL DIABLO
“La confrontación directa generalmente lleva a la batalla,
la acción sorpresiva generalmente lleva a la victoria”.
-Sun Tzu, El Arte de la Guerra.
Un balazo se escuchó en medio de la selva caribeña. Después, un grito femenino en un idioma que no entendieron y no les importó. Otro balazo opacó ese grito. Decenas de aves salieron de los árboles, ahuyentadas, haciendo gran escándalo. Dieron un par de vueltas en parvada sobrevolando “su” territorio hasta llegar con el mar turquesa. Después de algunos minutos fueron regresando a sus nidos en las copas de los árboles. Dicen que donde corre la sangre, la tierra se vuelve más fértil.
@jeanman88 Je suis arrivé! Viva mexico cavrones! ;D
Empezaba mayo en el calendario.
Era uno de los días más húmedos de ese maldito año loco. La chica del noticiero de la mañana había pronosticado unos 43 grados a la sombra, pero con el factor de humedad –que todo lo hace ver con lupa– se incrementaba la sensación unos cuatro o cinco grados más. Es por ello que todo mundo escapaba del contacto con el mundo exterior. Aun con el aire acondicionado, ventiladores eléctricos o simplemente abanicándose con revistas, nadie podía ni siquiera pensar con ese calor. Ese maldito clima. Los más afortunados dormían siestas sudorosas en sus casas o simplemente yacían tumbados en sus pórticos al lado de mascotas que buscaban el fresco untando la panza en las baldosas tibias.
La mayoría de la población se hallaba frente al televisor. Y así, casi todo “Sancrís” se enteró de las últimas noticias y los avances en el caso de los canadienses, como ya se les conocía.
“... y la reciente desaparición de los jóvenes canadienses, Albert LeHall y Kimberly Won, ha desatado una búsqueda completa en mar y tierra por parte de la policía municipal de Cancún. Comandos de búsqueda rastrean, con la ayuda del destacamento militar de la zona, las playas y algunos sitios turísticos de la región de la Riviera Maya. Los familiares que ya se han puesto en contacto con el consulado de Quebec y la embajada de Canadá en la Ciudad de México, dieron el reporte de que la pareja tenía intenciones de viajar más al sur para practicar buceo profundo en Belice, según la última comunicación a través de sus páginas de Facebook. Pero éstas ya se habían dejado de actualizar desde hacía varios días. Por su parte, autoridades de protección civil del estado descartan un secuestro al no haber contacto por parte de ningún grupo del crimen organizado. El apoyo de los gobiernos de Belice y Canadá a las familias de estos estudiantes de Ciencias Políticas de la Québec State University ha...”
–Seguro se escaparon de los pinches suegros –dijo Beto, señalando la televisión torpemente, con una sonrisa que dejaba ver toda la dentadura, mientras buscaba la complicidad de Román, el gerente, ambos empleados del Margaritaville, el bar en la sala de llegadas del Aeropuerto Internacional de Tuxtla Gutiérrez, en el estado de Chiapas, en el sureste mexicano.
–Te lo apuesto, la mamá de la morra debe ser una “godzila” furiosa, así como la mía. Si tuviera el chance, yo también me escapaba y me perdía allá en Cancún... pero solo. Ni loco que... bueno, y ni quién me encuentre, ¿eh? –agregaba Beto, mientras acababa de lavar los vasos de la barra.
Román sólo asentía mientras cortaba caja y miraba de reojo la televisión que seguía con la noticia.
–… pero ella es como china, ¿no?, rasgadilla de los ojos, y así, ¿viste? –preguntó Beto, sin soltar el tema.
–Pos es que Canadá también se está llenando de chinos, japos y coreanos. Es el pedo global, tú –contestó muy seguro, Román.
–Así como yo, ¿eh? ¡ciudadano del mundo! ¡Agárrense güeritas! Here is your mero daddy! I can love you in different idiomas!... y mira nomás... van llegando las de Air France... pásenle por acá... “bonyur madmuasels”! –alardeó Beto.
–Ándale, cabrón. Límpiate la barra y cállate ya, por amor de Dios –remató Román.
No era un evento fortuito e inconexo la desaparición de los extranjeros en el Caribe mexicano. Tampoco que fueran estudiantes llenos de ideas soñadoras y una posición naïve acerca de política y conflictos sociales latinoamericanos. Quizá pasaría mucho tiempo antes que alguien pudiera conectar esos puntos; quien se interesara en leer la sección internacional de los periódicos Crónica o Novedades de Quintana Roo junto con las noticias locales, e incluso la nota roja, se percataría que ciertos asuntos estaban empezando a encajar de manera casi macabra. Y esa miopía desinformada de la sociedad –sobre todo del gobierno– era una de las grandes ventajas de las cuales se beneficiaba todos los días La Organización.
Eso, y su comité de bienvenida.
Nadie, con el perfil adecuado, se resistía a unirse a ella. Incluso cruzaban océanos y continentes para pertenecer.
Justo como Jean Dumay, quien recién entraba por la sala C de su vuelo de conexión con destino a “la revolución”. Jean, luego de más de 18 horas había dejado atrás su casa y sus amigos de París.
Entrando en los veintes, Jean llegó a Tuxtla en una época atípica para el turismo francés, pero su trabajo de campo en la Sorbona le valió una beca y tiempo de sobra antes del cambio de curso. Una orgullosa bandera gala tricolor adornaba su backpack. A pesar de su carrera en Ciencias Políticas, su look era más bien de hijo de diplomático. Relajado pero no hippie. Su playerita polo y su cabello corto cenizo claro lo convirtieron en un “güerito” instantáneo para toda la oferta de servicios en el aeropuerto.
A pesar del jet-lag y del vuelo en clase turista ensandwichado entre un obeso y sudoroso gerente de ventas de los Hoteles Ibis y una señora que venía a reunirse con su hija en la búsqueda de un lugar para un retiro tranquilo, Jean llegó a Tuxtla con un brillo en los ojos inyectados de adrenalina que lo hacían destacar entre la acalorada multitud.
No acababa de llegar al área central de la terminal cuando ya dos chicas le habían sonreído en abierta coquetería. Su ego se sentía muy complacido. Caminó entre la gente de la terminal hacia un pequeño local con revistas, mapas y souvenirs. Con una sonrisa ensayada, tomó su pequeño diccionario de bolsillo, lo guardó en su maleta y le pidió muy amablemente a la chica que atendía:
–Uno mapa, por favor.
La sonrisa blanca hizo el resto.
Con esa dulce y extraña confianza que un simple mapa le puede dar a un hombre, Jean se aventuró a la salida. El sol lo apabulló al instante cuando salió de la cápsula de aire acondicionado que era el aeropuerto.
En ese momento, Jean pensó que nunca se había sentido tan cerca de las puertas del infierno.
“Oh, merde!”, replicó en voz alta mientras torpemente trataba de encontrar sus gafas oscuras en los múltiples cierres y bolsas de su backpack.
–¿Un taxi, güerito?
–Taxi, taxi, barato, ¿a dónde va?
–Deje le cargo la maleta, mi güero, por acá, pásele.
–A Sancrís, ¿verdad? ¿sólo uno?
Una miríada de taxistas y boleteros de facha terrible se avalanzaron sobre él como zancudos a un foco.
–No, no, thanks, gracias, non, merci, no... no... –contestaba rápidamente Jean mientras se abría paso en la acera del sitio de transporte.
Había acordado encontrar a su contacto al final de la acera.
Y ahí estaban.
Búrlandose de él a la distancia.
Jean se aproximó al jeep negro caminando lentamente, tratando de identificar y memorizar los detalles de la pareja que lo esperaba con amplias sonrisas... en ese in-cre-íble jeep des-ca-po-ta-do, para su fotografía mental. Su primer souvenir.
Sentía la potencia extrema del sol sobre su cara, oprimiendo su pecho y hombros y haciendo la mochila cien kilos más pesada.
“Es un graaan auto”, pensó, mientras veía las llantas tamaño extragrande, “y esa mujer...”
Las rodillas le empezaban a temblar de emoción.
“Esto está tan mal... y tan bien”, murmuraba sin darse cuenta ya. Se sentía más vivo que nunca.
El infierno siempre tiene los mejores guías.
¡VIVA LA REVOLUCIÓN!
Era realmente una chica muy hermosa.
–¿Claudette? –le preguntó Jean al llegar a ellos.
–Jean! Ça va? ¡un gusto en conocerte! Allez, allez, ¡sube! –le contestó ella efusivamente, plantándole un par de besos al estilo europeo. Un delgado mechón del cabello rubio de ella se le metió en la boca a Jean por un segundo, sacándolo de su ensoñación.
–Allez, ¡güey! ¡tenemos que movernos si no este pinche calor nos va a derretir a todos! –apuntó rápidamente Yves en perfecto español con fuerte acento, mientras con una pequeña cámara digital tomaba fotos de Jean y de los tres juntos, haciendo gestos forzadamente divertidos.
Ante los ojos de cualquiera parecerían un trío de turistas vacacionando felices.
Claudette Julliard e Yves Clement eran su comité de bienvenida. Ambos tenían el aspecto de hippies europeos trotamundos. De ésos con los que Timberland o North Face o Lonely Planet llenan planas y planas de anuncios en las revistas.
Él estaba en los cuarentaytantos y ella, como camaleónica y astuta que parecía, podría ser o una universitaria recién egresada o alguien de la misma edad de Yves. Las capas de bronceado, lentes, gorra, accesorios y trapos amarrados que traía encima dificultaban el cálculo de su edad. Pero el esbelto y torneado cuerpo que se dibujaba bajo la camiseta y los shorts hacían pensar más en el rango de los veintitantos.
–¿Qué tal tu vuelo? Perdona que te cortemos el francés pero tienes que adaptarte hoy mismo, d’accord? Acá sólo se usa español, para todo –le preguntó, aclarando, Yves, mientras cruzaba manejando a toda velocidad el estacionamiento de la terminal para tomar la salida.
–Oh... oui, oui, no problema, tío. He venido estudio, estudiando, todo el viaje... –respondió Jean muy seguro mientras se terminaba de acomodar en el asiento trasero del jeep y el aire empezaba a pegarle en la cara– y el viaje, bueno, sabes... he tenido unos muy malos... ehh... una vez entre Cambodia y Laos... pff... merde... casi muero... del susto, pero este muy bueno en realidad.
–Vas a amar este lugar, Jean. Ces’t très magnifique... très belle. Y la gente, es un encanto también –interrumpió Claudette sin prestarle mucha atención.
–¡Bien! ¡Justo espero listo para la acción! ¡Vamos, compadrrre! –contestó Jean con una emoción algo ridícula.
Yves y Claudette rieron a carcajadas.
Una línea de montañas en todos los verdes posibles se extendía en el horizonte. El viento fresco y el aroma de la vegetación llenaban sus pulmones y hacían el clima casi tolerable.
A 85 kilómetros al oeste los esperaba uno de los pueblos más pintorescos del país: San Cristóbal de las Casas. Una comunidad fundada en el siglo XVI por el conquistador español Mazariegas y renombrada después en memoria del obispo local y gran patrón de los indígenas de la zona. Alguna vez capital del estado de Chiapas, es sin duda uno de los principales destinos para el turismo en la región.
Con su cámara en mano y conforme iban entrando al pueblo, Jean fotografiaba todo, escenas como postales o como sacadas del National Geographic o de documentales de Discovery Channel. Los colores, el folklore, la pobreza, la naturaleza, la vasta población indígena con su apariencia y costumbres detenidas en el tiempo, el contraste con otros tantos jóvenes que buscaban verse “modernos” o al menos “urbanos”, todo pasaba en una rápida sucesión de personajes e ideas que le estaban causando a Jean un gran impacto.
Claudette y Jean no dejaban de fotografiar el camino.
–Regarde! ¡Mira!
–¡Superbueno!
–Oh, Dios, los colores...
–Ces’t superbe.
–Wow!... qué hermoso...
Cada cuadra parecía tener sus propios secretos para ser descubiertos caminando.
Según el mapa de Jean, entraron en la Plaza Central 31 de Marzo, el epicentro de la vida social y turística de San Cristóbal. Una catedral de dos niveles, construida de piedra con color amarillento, daba un resquicio de sombra a la multitud de vendedores de helados, hippies, rastafaris, turistas, artistas y gente común que la cruzaba en todas direcciones hacia los arcos o se resguardaban en el kiosco.
Yves detuvo el jeep frente a un pequeño hotel a una cuadra de la esquina sur de la plaza. Banderas de varios países occidentales y fotografías de sitios locales, ya descoloridas por el sol, lucían en la ventana.
–Voilá! ¡Hemos llegado, güey! –anunció Yves con una sonrisa de satisfacción, levantándose sus gafas Oakley para descubrir sus ojos verdes por primera vez.
–Oh, OK!... –contestó Jean inspeccionando la fachada del hotel y ubicándose con respecto a la plaza central.
–Jean, instálate –instruyó Claudette, mientras se hincaba ágilmente sobre su asiento para girar y mirarlo– sal a caminar, conoce... observa a las muchachas... les filles, ¿comprendes? Estaremos un par de días antes de ir a la selva, d’accord?
–Parfait! –respondió Jean, tomando gran aliento, y saltó de la parte trasera del jeep a la hirviente acera. Agarró su backpack y se la acomodó en el hombro.
–Te llevaremos por unas cervezas y unos mezcales luego. Ponte listo a las ocho, OK? –sugirió Yves.
–Sí –contestó Jean, haciendo una tonta caravana, como agradeciendo el viaje.
–A bientôt! –agregó Claudette, mientras se despedía con la mano desde el jeep.
Jean los miró perderse entre el tráfico y los vendedores ambulantes de la plaza. Dio media vuelta y entró en el hotel.
En el jeep, Claudette adoptó un semblante serio. Algo le inquietaba; y sus gestos siempre la delataban.
–¿Qué crees tú? –le preguntó directo a Yves poniéndole una mano en el hombro.
–No te preocupes, sí nos sirve –le contestó él, sonriendo y sin quitar los ojos del camino.
Jean despertó empapado en sudor. Necesitaba una ducha. Otra vez. Eran las 7:25 de la noche y había estado dormido casi tres horas frente a ese viejo y ruidoso ventilador de piso. Tenía la garganta cerrada debido aire frío en la espalda descubierta todo ese tiempo. Incluso le dolía pasar la saliva. Se sentía torpe y mareado. Música, risas y ruido callejero entraban por la ventana semiabierta. Era la ventana que daba justo a la plaza. La alarma de su reloj sonó con varios beeps insistentes.
Entonces recordó la cita con su comité de bienvenida.
La hermosa Claudette.
Habría intentado masturbarse con su imagen si hubiera tenido más fuerzas.
Mareado, se levantó de la cama y caminó al baño. Se desnudó. Abrió la ventana por completo y vio el panorama nocturno de la plaza rebosante de música y vida.
El agua de la regadera caía en su cabeza y hombros como estalactitas.
–Ahhh... paradis... –balbuceó mientras permanecía allí, con los ojos cerrados y sintiendo el golpeteo del agua en su delgado pero marcado cuerpo. De repente, Emma vino a su cabeza. Su novia de París. En ese momento lucía tan distante todo... casi sin importancia. En un flashazo de imaginación recordó a sus compañeros de clase en la Sorbona haciendo sus aburridas tareas con la recurrente ayuda de la Wikipedia o Google, en la comodidad y seguridad de sus pequeños flats burgueses, mientras, Jean-the-man, como le gustaba referirse a él mismo, estaba a punto de vivir la aventura de comprometerse con un ideal verídico. De seguir lo que todo joven necesita y busca: una causa.
Lo había logrado.
Se ganó la beca para cruzar el Atlántico hasta México, para lo cual trabajó largas horas tratando de encontrar alguien real que lo contactara con la guerrilla. Puso en marcha toda una meticulosa investigación para protegerse él y a sus contactos de que nadie, absolutamente nadie, sabría de su motivo real de venir a México a ayudar a los indígenas que apoyaba La Organización, representada en el sureste mexicano por el Frente Pro Revolucionario, el grupo guerrillero que operaba en contra de las acciones militares que el gobierno del presidente Sebastián Castillo había puesto en marcha desde que tomó la Presidencia en diciembre de un año antes.
Así contactó a Claudette. Durante muchos meses estuvo convenciéndola por medio de varias cuentas encriptadas de Hushmail y cerrando la pinza con los back-channels del activismo social vasco y sus células francesas e italianas. Así logró ser enlistado para ir a Los Altos de Chiapas en una campaña de dos semanas, con énfasis en educación y salud para las comunidades. Con ayuda de Claudette logró desaparecer indicios en las computadoras o teléfonos móviles que usó todos esos meses. Aprendió a sembrar información en artículos de Wikipedia y dar datos a través de cuentas fantasma de Twitter o dejando comentarios en blogs específicos de Wordpress. Se había graduado en “ocultarse en plena vista”, la primera tarea y primer filtro que Claudette, Yves y el resto de los reclutadores, trabajando para los diversos movimientos guerrilleros y paramilitares de la red, usaban con todos los nuevos integrantes. Jean había pasado con honores su primera prueba, y era una pena para su ego no podérselo decir a nadie. No habría chicas por impresionar con sus habilidades adquiridas. Pero festejaría al menos con Claudette e Yves, pensaba, mientras se vestía, como el gran sociólogo-politólogo-aventurero-espía que se había empeñado en llegar a ser.
@jeanman88 Ces’t le paradis! Commencent les vacances. Tequila time!
–¿Otra ronda, güero? –interrumpió el mesero mientras Jean, Claudette e Yves reían a carcajadas.
–Sí... sí... otras Pacífico por favor... –contestó Yves haciendo la seña apropiada.
Llevaban un par de horas bebiendo y la combinación de la música que salía de las bocinas del bar, los músicos que tocaban caminando entre las mesas, desde canciones rancheras hasta danzones, el calor y los cientos de personas circulando de un lado a otro siguiendo sus propias fiestas, tenían a Jean en total éxtasis.
Los mosquitos revoloteaban necios por los focos del bar. Todo el mundo estaba sudoroso y excitado. Las sugestivas y breves prendas de las mujeres, locales y turistas, calentaba todavía más la velada. Todo era perfecto.
Las anécdotas de las vidas pasadas de los tres iban y venían en medio de rondas de tequila barato y brindis con cervezas Pacífico.
–Oh, merde!, fils de pute! ¿dónde fue eso? ¿Colombia? –exclamó Jean, con un exabrupto de emoción y risa.
Yves sonrió y mientras tomaba de su cerveza hizo un pequeño movimiento de “calma-calma” con la mano pegada a la mesa.
–Sssí, justo en la frontera –contestó Yves– en Arauquita, donde está el río que hace frontera con Venezuela –dio una ojeada a su alrededor y bajando la voz prosigió– pero uno no habla mucho en voz alta de este tipo de entrepreneurismo por acá, ¿eh? comprendre, mon ami?
Jean se ruborizó por un momento al sentirse infantil y regañado, lo cual aprovechó Claudette para burlarse abiertamente de él y romper el incómodo momento. Ella lucía impresionante. Su piel bronceada, el sudor y su top ajustado delineaban sus senos y pezones sin dejar nada a la imaginación. Una gota de cerveza que brillaba en sus jugosos labios, fue presa de su lengua antes de resbalar por su barbilla. Miró a Jean con una sonrisa sugerente, y él sintió que la temperatura había subido diez grados al menos.
–Oui, oui! pardon... pardon...
De una mesa cercana, justo bajo los arcos, una chica muy guapa, y algo ebria, observaba a Jean con insistencia. Estaba con un pequeño grupo de turistas estadounidenses. Ambos intercambiaban miradas. El momento y el alcohol en la sangre conspiraban idealmente para dar el siguiente paso. Tan astuta como era, Claudette se había percatado de la joven desde que escogieron esa mesa.
–¡Hey, Jean, eres todo un conquistador! –le dijo bromeando, mientras le fingía un golpe en el brazo con la botella– llevas en México dos horas y ya tienes lista de admiradoras.
Todos rieron. Jean se sintió incómodo debido a que percibió lo fácil que era caer en el juego de ellos al presentarse como vulnerable. No estaba acostumbrado a esa situación. Allí era un pez fuera del agua. Quiso cambiar la plática de rumbo.
–Y... ¿cuándo empezamos, tío? un par de días, o sea el lunes, martes, ¿cierto? –preguntó, fingiendo ser un adulto experimentado.
–Tranquilo, güey –contestó Claudette casi susurrando– tú dijiste que querías un crash course en movimientos sociales, y también ayudar a la gente indígena, ¿no? Espera, que así será.
–En esta clase de ‘op’, el timing es vital. No podemos permitirnos ser descuidados cuando hay tanto en juego –completó Yves, mientras daba una pequeña mordida al limón que acompañaba su tequila.
–Lo sé, ¿pero cómo estaremos ayudando a las comunidades de Los Altos? ¿llevaremos algún cargamento? ¿vendrá gente de las ONGs? o cómo, explíquenme, ¿eh?
–Para el gobierno no estamos ayudando a los pueblos, a la gente; supuestamente ayudamos a la guerrilla o a los grupos paramilitares y todo lo que ellos representan para los gobernantes opresores y su supuesto proyecto de control en la zona –contestó Yves, categóricamente.
–Esta zona es tierra de nadie, por eso podemos traer gente a ayudar –complementó Claudette.
–Ahora hay tres zonas militares sólo en este estado, pero nadie sabe bien qué comunidad le corresponde a quién, entonces, hay cientos de asuntos que pasan desapercibidos, afortunadamente. Luego, la frontera sur es una grieta que se reparten los Comandos Sur y Norte del Departamento de Defensa gringo. Si zigzagueas las operaciones lo suficiente, nadie tiene tiempo de reaccionar o siquiera avisar a su contraparte. A todos los ahoga la burocracia, a los gringos y a los mexicanos– abundó Yves.
–Por eso llevamos tanto con esto de manera relativamente fácil –agregó Claudette.
–Esto es muy importante para mí, sabes... –comentó Jean– desde que me enteré quería participar. Estoy harto de mis amigos pijos-burgueses-hipsters, sabes, que actúan como niños malcriados y viven a expensas de sus padres, y que no saben nada de las necesidades más allá de Francia, del euro. Estoy harto del activismo estúpido de escritorio del Twitter y de firmar cartas o mandar mails o adherirse a grupos de blogs que no sirven para nada, porque la gente en Rwanda o en Somalia, o acá mismo en México, vive con tanta desigualdad y tanto abuso... que creo que esto es lo que se debe hacer. Aunque tengo que regresar, sabré que puse un poco de ayuda en este mundo, por esta ocasión... –concluyó, solemne.
La pareja lo observó de manera extraña, y Jean, para romper la tensión, remató, eufórico:
–... ¡sin mencionar el éxito en espionaje internacional de Jean-the-man!
–¡Exacto! –rieron todos, e Yves le aplaudía como padre orgulloso.
–¡Así es, güey! Sabes, mi trabajo más bien ha sido en África, pero vine acá y me enamoré del lugar. Cada día hay algo que demanda más de uno. Cada día hay algo nuevo por lo que vale la pena morir –brindó Claudette, efusiva.
Y no mentía en lo que decía.
Yves le había enseñado a Claudette ese truco entre muchos otros en ese oficio: “Nunca mientas completamente, siempre ofrece fragmentos de verdad para que tus palabras tengan peso, memoria sensorial y puedas referirte a ellas una y otra vez sin contradecirte”. Claudette fue siempre una mujer con sed de cambio, rara vez aguantaba más de dos años en algún lugar. Llevaba tanto viajando y sobreviviendo, que ello fue lo que la formó mejor que muchos hombres en conseguir lo que buscaba para seguir adelante. Y su belleza siempre le fue de gran ayuda. Así conoció a Yves, quien la sedujo y la convenció de ir con él a Estados Unidos y luego a México. Ella perdió la objetividad y se enamoró de Yves. Su mundo parecía suficientemente extravagante y peligroso para poderse negar a sumergirse en él. Pero ahora, después de un par de años y muchas peleas, ya había entendido que Yves no la amaba ni lo haría nunca, y que simplemente ella había sido una pieza coleccionable y acomodada por él para este gigantesco rompecabezas de escala mundial que alguien mucho más arriba de ellos jugaba, armándolo muy lentamente. Después de todo ese tiempo también sabía que no era fácil salirse de La Organización y del radar de los diversos grupos involucrados. Mucho menos con todo lo que ya sabía y había presenciado. Pero como Yves siempre le decía: “todo es cosa de actuar en el timing adecuado”. Mientras tanto, el constante movimiento, la libertad que le daba una relación desgastada, el dinero, los paisajes y el sexo, eran todavía lo suficientemente buenos como para no quejarse en voz alta.
Yves se acercó al oído de Jean. Su aliento a mil cigarros, a cerveza y tequila, se mezclaban con la humedad y los aromas de comida de la noche.
–Sólo recuerda que acá eres un turista, un “güerito” –le susurró a Jean– deja que te vean así. No más discursos marxistas, revolucionarios, nada de propaganda antiamericana, no fotografíes a nadie que no quiera ser fotografiado, no confíes en nadie, y sobre todo, jamás salgas sin tu pasaporte.
Por un segundo, al mirar a Yves a los ojos, Jean sintió un frío metálico que le recorría por la espalda. Algo había en Yves que no podía descifrar, algo detrás de esa camaradería instantánea y esas carcajadas relajadas. En ese momento se sintió demasiado ebrio e indefenso como para seguir con ellos esa noche.
–… ¿pero puedo usar mi t-shirt del Ché Guevara? ¡La compré especialmente para este viaje! –respondió Jean, irónico, con una sonrisa torpe.
–¡Claro, idiota! ¡Todo el mundo la usa! –aclaró Yves rápidamente, mostrando su propia playera con la imagen del Ché, debajo de su camisa hawaiana.
–¡Salud, mosqueteros! –interrumpió Claudette.
–Mos... ¿mosqueteros? ¡Me gusta! ¡Salud! –contestó Jean, mientras los tres chocaban ruidosamente sus botellas, brindando.
La chica norteamericana ya estaba visiblemente más ebria. El grupo con el que venía se estaba moviendo a otro lugar. Ella se incorporó, sensual, y mientras retiraba el cabello de una oreja observó a Jean. Levantó el torso para lucir los senos y le hizo un gesto con la cabeza para que los acompañara.
Jean se levantó con su cerveza ya casi vacía. Yves y Claudette no se inmutaron.
–OK, mes amis, ahora... si me excusan, me iré a mezclar con la gente del pueblo –dijo Jean, ceremonioso, sacando de su cartera varios billetes de 200 pesos y dejándolos en la mesa.
–Bon chance –lo despidió Claudette.
–Diviértete y con cuidado –sentenció Yves.
Jean caminó entre las mesas para dirigirse a la chica. La música, las risas y gritos de la gente ebria habían subido de volumen, al igual que la temperatura de la noche. Él agitó su botella vacía y la dejó en la mesa que había desocupado el grupo de norteamericanos. Tomó la cintura de ella con el brazo y le dio un beso en la boca.
–Hola... I’m Jean.
–Jenny –contestó ella, desafiante.
–Really?... oh, my God... that must be destiny... Jean&Jenny! –comentó él. Después ambos abrazados paseaban zigzagueando por la calle con amplias sonrias.
Claudette intentó acariciar a Yves en la espalda, pero él la evitó con un movimiento y gesto de hastío. Preguntó con impaciencia:
–¿Le has dicho a Tovar que estamos listos?
–Sí, ellos están listos también. Sólo necesitan confirmar la visita de la comitiva. Aitor y Vinny no vienen en ésta. Sólo somos nosotros y algún equipo local, así si algo pasa, no haremos que se levanten antenas innecesarias –contestó Claudette.
Un camión militar con algunos soldados transcurrió detrás de ellos abriéndose paso por la plaza, sin detenerse. Claudette e Yves dieron un trago a sus bebidas. Él hizo un guiño malévolo.
ME GUSTA LA AVENTURA, ME GUSTAS TÚ
@jeanman88 S'il vous plaît non alcool plus qui dois connaître la ville! Ya no sé ni qué escribo ;P
Jean fotografiaba todo a su paso. Era su segundo día. La cruda se cocinaba a fuego lento en su cabeza bajo el sol de “Sancrís”.
Era todo un turista.
Con su mapa, una daypack, una botella de agua y su cámara, dominaba ya la ciudad. Traía en su iPod una selección de Manu Chao y Mano Negra para completar la experiencia. Probó un helado. Le dio dinero a varias viejitas en las escalinatas de las iglesias. Se compró brazaletes tejidos. Incluso fue a probar comida exótica al mercado. En la iglesia de San Juan Chamula conoció acerca de la leyenda local que prohibía tomar fotografías: las almas podían ser robadas de este plano de la existencia si sus dueños eran fotografiados, ocasionándose además un gran problema a quien osaba emplazar su cámara. Prohibido. La raza tzotzil, los dirigentes ancestrales de esta iglesia, estaban muy orgullosos de sus creencias y mitos. Dentro del templo, una congregación entera estaba sentada en el piso con las piernas cruzadas sobre una alfombra de hojas de pino que llenaba de intenso aroma el lugar. Santos de cerámica vigilaban a los paseantes desde sus altares. Jean estaba tentado a tomar alguna fotografía de manera subrepticia. El ambiente mágico, con sus leyendas exóticas era llevado a la teatralidad máxima por los cientos de veladoras encendidas por todo el espacio. La luz que se colaba en columnas diagonales cristalizadas por el humo y reflejadas por espejos complementaba la dramática puesta en escena. Y esto, según otras creencias tzotziles, era un método muy efectivo para acceder a los corazones de su santo predilecto. El lugar era magia pura.
En una habitación lujosa de un hotel en San Cristóbal, Yves miraba a través de una rendija entre las cortinas cerradas. Su vista era la plaza central. La catedral, la cruz principal, las fuentes, el kiosco y las oficinas del gobierno del estado se hallaban en esa plaza. Analizaba y comparaba lo que veía con el mapa de la zona en el GPS de su BlackBerry. Las calles que circundaban, los sentidos de éstas, los patrones de movimiento de la gente y los policías municipales. Dentro del cuarto, además del aire acondicionado a toda potencia, había tres ventiladores que mantenían con temperatura adecuada todo el equipo de la habitación: un par de telescopios cortos, sistemas de medición remotos equipados con GPS, walkie-talkies, micrófonos de alto alcance, dos cámaras de video HD, un teléfono satelital y varias lap-tops encapsuladas en sus maletas tipo Pelican. Dos hombres mexicanos trabajaban en las computadoras, uno hablaba por teléfono mientras el otro transcribía vertiginosamente lo que escuchaba por audífonos conectados a uno de los micrófonos. Claudette miraba las azoteas desde otra ventana de la habitación y hacía garabatos en una pequeña libreta.
El teléfono celular de Yves sonó.
–Hola... sí. Perfecto. Estamos listos, señor... OK... adiós –respondió tajante y colgó.
Respiró profundamente y chasqueó la boca mientras le daba un último vistazo a la plaza y al edificio de gobierno. Se dirigió a la puerta y cruzó miradas con Claudette, quien esperaba alguna noticia de la llamada.
–Está confirmado, querida, se adelantaron. Mejor para todos, habrá menos resistencia, todos seguirán ocupados en la capital. Mañana a las seis de la tarde. Ve con Jean y explícale el plan –instruyó Yves, mientras agarraba una pequeña mochila y se colocaba sus gafas oscuras; miró por última vez a Claudette–… y por favor, no te lo vayas a coger.
Yves salió cerrando la puerta detrás de él sin percatarse que ella le presentaba el dedo medio de la mano izquiera erguido, con total aburrimiento.
–Pendejo... –musitó.
Yves solía hacer eso con las mujeres que reclutaba. Prefería poner distancia cuando se daba el creciente resentimiento hacia él, que lidiar con la culpa de saber que les rompería el corazón. Era doloroso por la cercanía y lo impulsivas que sus mujeres resultaban ser, pero era la táctica que le había funcionado todos estos años. No iba a arriesgar el negocio involucrando también al corazón.
Una sola vez lo hizo, con Olga, la recluta que conoció en Bulgaria. Y fue una lección que aprendió de la manera más dura. No lo pudo evitar, ella era demasiado perfecta para él. Además de su belleza y su torcido sentido del humor, compartía con él algunos de los sentimientos más profundos, para bien y para mal, de una infancia sin padre. Pudo haber dejado el negocio por Olga. Pero dudó. Y la gente La Organización se dio cuenta y metieron toda la presión y amenazas necesarias para que desistiera de la idea. Y así la perdió para siempre. Cuando recibió el pasaporte de ella en una pequeña bolsa negra, supo que no podía cometer el mismo error con nadie más. Sin importar para quién trabajara, sin importar el país ni el dinero. Una vez que ellas empezaban a perder el interés romántico y mutaban en otra cosa, la venganza siempre era lo que mejor funcionaba y ese espíritu bien canalizado era lo más eficiente para trabajar en la causa.
@super_blondie 1800 mañana. La luz es verde.
Jean miraba la plaza desde su ventana.
Pensaba.
La calle estaba semivacía. El calor oprimía todo lo que se movía y todos parecían haber huido a sus casas, a los restaurantes o comercios con suficiente aire acondicionado.
Jean seguía procesando la información en su mente.
Inclusive los perros y las aves permanecían a la sombra buscando espacios frescos entre los árboles y los recovecos de la fachada de la catedral. Jean estaba en boxers fumando un cigarrillo sin filtro. Las bocanadas de humo se deshacían instantáneamente debido al ventilador en su espalda.
Todavía sin poder articular palabra observó detenidamente la modesta decoración de su pequeña habitación: un descolorido cuadro con cascadas, un calendario con las joyas arqueológicas del estado, y los gastados modestos muebles de madera oscura.
–Y bien, comprendiste todo, ¿eh?, mon ami? –preguntó Claudette, desnuda en la cama. Sin esperar respuesta bebió un sorbo de su botella de cerveza. Empezó a jugar con las gotas frías que le caían cosquilleándole los pezones.
Entretenido por la escena, Jean arrojó el cigarro por la ventana y de un salto cayó en la cama.
–Mon ami o mon amour? –cuestionó, acostándose junto a ella con una sonrisa tierna.
–Monnn... Jean! –respondió Claudette, besándolo apasionadamente. Él se dejó llevar como un adolescente. Quiso apretar su muslo pero ella se separó abruptamente para girar y dar un gran trago a su cerveza.
–No digas nada, pero ellos te van a probar con este pequeño ejercicio. Si te va bien, en vez de ir a jugar a la escuelita a la comunidad te podrías ganar un boleto a Los Altos para que conozcas un campamento y veas de cerca cómo es, y si te gusta... te quedas a ayudar –le explicó Claudette sin quitar la vista del cuadro de las cascadas.
Jean se sentó en la cama.
Le robó un trago de la botella de cerveza.
–Realmente me gustaría mucho conocer de cerca la Junta de Buen Gobierno, y si se puede claro, al comandante Zambrano, eso... estaría... superbe –confesó Jean.
–Zombras, le llaman... a Zambrano. Como sombra, ombre, shadow. No creo que lo llegues a conocer, la verdad. Se la pasa en lo más profundo de las montañas y siempre cambiando de ubicación. Yo misma no lo he visto más de unas... cinco, seis ocasiones, y platicado con él... dos. Es un tipo fascinante. ¿Sabes cuánta gente se muere por ponerle la mano encima? Su cabeza tiene precio. El gobierno federal, el estatal, los municipios, la marina, el ejército, la policía, los gringos, todos.
–Sí, claro que lo sé, tía... pero no sé, yo pensé...
–Qué, ¿que te tomarías una foto con él para tu Facebook?, ¿que serían amiguitos de Hushmail? –se burló cínicamente Claudette.
–Pff... arretez, merde! –contestó Jean, resentido– Sólo quiero sacar el máximo provecho de este viaje. Sólo son dos semanas y luego tengo que ir a Guatemala unos días y luego regresar a acabar el fucking curso en París. Lo cual ya me aburre terriblemente.
–Mmmhhh... ¿Qué era? ¿Leyes? –preguntó Claudette.
–No, Estudios Internacionales, último módulo.
–En la Sorbona, ¿verdad? fucking hipster...
Jean cabeceó afirmando hipnotizado por el cuadro descolorido de las cascadas.
–Verás el mundo muy diferente ahora, ante lo que dicen tus libros de texto... ¿Alguna vez has disparado una pistola? –le preguntó Claudette, mirándolo directamente.
–Mmmh, no... no, una de balas, no. ¿Por qué?
–Quizás te den una mañana. Es parte de la prueba. Nada más procura no matarte tú solo, ¿vale?
Jean la miró detenidamente buscando más información en sus ojos, sin éxito.
–OK. ¿Entonces sólo es esperar en un jeep junto a un tío y eso es todo? ¿nada más? –preguntó él.
–Para ti básicamente será eso. Sólo recuerda que no es un juego ni un simulacro. Esto es vida real y la operación del Zombras y la guerrilla reclutan gente como tú todos los días. Así que por ahora obedece y no cometas ninguna pendejada...
–¿Pendejada?
–Es decir, no la cagues. Tus ojos con el conductor, que él los tendrá sobre ti.
–¿Así funciona?
–Todo el mundo vigila a todo el mundo.
–Ahora... ¿me están vigilando? –le susurró Jean poniéndole una pierna encima, y tomando un seno con la mano sintió la respuesta inmediata del pezón, erectándose.
–Si... moi… –contestó ella, mientras hábilmente se abría paso en el calzón de Jean.
@super_blondie Amigo invitado a la fiesta. No puede faltar :D
Cuando él despertó Claudette ya no estaba en el cuarto. Sólo había una pequeña notita en el espejo en un pedazo de papel arrancado de una revista: “¡Buena suerte! Nos vemos mañana. Viva la liberté! xxx”. El calor había aumentado y la noche retumbaba en la plaza. Podría haber salido por más cervezas o tequila, o aventurarse al mezcal, pensó, podría salir y conquistar alguna otra chica, local o turista, pero no tenía ya fuerzas. Claudette lo había exprimido por completo. Había sido demasiado demandante. La sorpresa fue el par de trucos que le enseñó. Sin duda era mayor de lo que había calculado inicialmente. Le estaría agradecido toda la vida por ello.
Sonreía.
Encendió otro cigarro.
La vida estaba valiendo mucho la pena.
@jeanman88 Demain, un grand jour! Tout est bonheur! Check my Facebook for today’s pics!
CIELO ROJO
Al otro día Jean estaba visiblemente nervioso. Tan pronto como dejó su cuarto de hotel empezó a experimentar algo que no había sentido los días anteriores: paranoia. De repente, la presencia policíaca y militar en San Cristóbal escaló considerablemente. Trató de permanecer tranquilo y actuar todavía más como turista. Empezó compulsivamente a tomar más fotografías y a recurrir más al mapa y a su pequeño diccionario. Incluso se pegó a un grupo de retirados americanos en la visita a uno de los templos. Le preguntó al guía a qué se debían los contingentes de soldados que ahora empezaban a llenar la plaza y algunas calles aledañas. El guía le dijo que era una práctica muy común. Que muchas veces el ejército, en conjunto con la policía municipal, hacían operativos en “Sancrís” o en alguna de las comunidades cercanas o en los llamados Caracoles, siguiendo pistas e información filtrada acerca del comandante Zambrano, el Zombras. Otras veces era sólo la seguridad adicional que pedía el gobernador del estado o de alguien del gobierno federal cuando alguien del cártel del Sur amenazaba con calentar la plaza.
Ninguna explicación tranquilizó a Jean.
Justo en esa dirección se aproximaba Jenny, la chica americana, liderando otro contingente de universitarios. Definitivamente no era el momento de toparse con ella. No quería perder más el tiempo y llegar tarde a su cita. Se escabulló entre la gente y los vendedores ambulantes, y cruzó la calle corriendo. Al llegar a la esquina volteó para asegurarse que Jenny no lo hubiera visto. Al girar torpemente para seguir con su escape tropezó con un soldado que cruzaba en ese momento. Ambos reaccionaron sorprendidos. En fragmentos de segundo, el soldado pasó del susto al coraje, y al ver a Jean con su pinta de turista sólo le reclamó:
–Cuidado, pinche güero...
–Lo siento, lo siento... discúlpeme –sólo pudo articular Jean mientras buscaba salir de ahí lo más rápido posible.
Desde la ventana de su habitación, Yves analizaba la plaza con unos binoculares militares. Un jeep verde de techo duro, decorado con motivos de servicios turísticos estaba estacionado una calle al lado de uno de los edificios históricos de la plaza. Justo en el acceso principal a la plaza, se hallaban dos camionetas SUVs blindadas; el par de escoltas de cada una esperaba en la acera comiento granos de maíz, o esquites.
En el cuarto, Manuel, uno de los operadores, le hizo un gesto a Yves mientras seguía esuchando algo en sus audífonos
–Están cerrando la puerta, Yves.
Yves miró su reloj y tomó aire.
–Acá vamos –musitó alejándose de la ventana.
Una pick-up con placas del estado de Tabasco ignoraba las señales de la carretera y daba vuelta en U, prohibida, para tomar el camino a San Cristóbal.
Un camión de tres ejes que transporaba cerdos salía del mercado sin su chofer habitual.
Jean se aproximaba al lugar de su cita.
Como le habían indicado, Hilario, el conductor, le esperaba en un jeep verde oscuro cuatro puertas pintado como de servicios turísticos. Contrastando con el clima aplastante de afuera, el interior era como un refrigerador industrial. Le dio un escalofrío instantáneo.
–Brrrr.... calorcito afuera, ¿no?... soy Jean.
Hilario lo dejó con la mano extendida repasándolo de arriba abajo, con indiferencia. El conductor miró su reloj. Jean estaba extrañado, no esperaba para nada ese tipo de hostilidad. Nadie, desde su llegada, lo había tratado así. Pero si todo era parte de la “prueba”, iba a jugar ese juego también.
En la habitación de Yves, desde una de las lap-tops estaban monitoreando el sistema interno de seguridad de uno de los edificios de la plaza. La pantalla se dividía alternadamente entre las diversas cámaras. Yves le pedía a Rubén, el otro hombre en el cuarto con ellos, acercamientos e impresiones de los personajes que encontraban en cada cuarto, oficina y pasillo.
Jean empezaba a ponerse incómodo con el desdeñoso chofer a su lado, quien impávido, sólo miraba por su espejo retrovisor y hacia la calle que tenían enfrente.
–Habla español, ¿no? ¿algún otro idioma?... como acá hay gente de muchos lados... ¿francés acaso? –preguntó Jean, conciliador.
Hilario prendió el motor del jeep.
–¿Nos vamos? ¿No teníamos que esperar algo acá, tío? –preguntó Jean, con un tono amable.
Hilario hizo avanzar el jeep media cuadra hasta estacionarse lentamente delante de otro jeep idéntico. Jean miró a todos lados sin entender nada. Su corazón empezaba a latir con fuerza.
Por una rendija de la ventana, Yves notó que una motocicleta se aproximaba a ambos jeeps velozmente.
Jean intentó una vez más sacarle una palabra al malencarado chofer.
–¿Sabes tú... cuánto tiempo...?
Una motocicleta negra pasó junto a ellos a gran velocidad.
Yves cerró la cortina rápidamente, tomó su maleta y se dirigió a la puerta del cuarto. Les gritó a los operadores:
–¡Vámonos cabrones, ahora!
Los hombres cerraron las maletas de las computadoras y guardaron la última cámara y el micrófono que estaba todavía conectado. En segundos ya tenían el equipo preparado en un carrito con el resto de las maletas. Yves los esperaba en la salida de emergencia de las escaleras. Manuel regresó para hacer una rápida inspección final. Todo en orden y limpio.
Hilario, el chofer, puso las manos en sus orejas, tapándose de manera infantil, Jean sin entender le gritó, enojado.
–Merde! ¡OK, bien! Me callo, pero fuck you too...
La gran explosión que salió del edificio de al lado de la catedral paralizó de terror a todos. Jean no veía nada por el humo ocasionado y no podía escuchar nada más que un fuerte zumbido que le producía náuseas. Con un manotazo que lo sacó momentáneamente de su estupor, el chofer le aventó un pasamontañas negro a Jean. Mientras reaccionaba, vio entre el humo cómo el conductor de una motocicleta negra disparaba a quemarropa a todos los guardaespaldas que esperaban en las SUVs y que no habían tenido tiempo de reaccionar a la explosión.
Mientras un calambre helado le recorría la nuca, entendió el propósito de la máscara.
Hilario, ya con el pasamontañas puesto, se preparó para arrancar. El motor empezó a rugir. Miró su reloj.
Una lluvia de balas mezclada con gritos salía de todos los rincones de la plaza. El eco generado por los edificios adyacentes multiplicaba el caos. La densidad del humo impedía que los vendedores ambulantes, los niños que salían de la escuela y los indígenas, dejaran fácilmente la plaza. Algunos se parapetaron dentro del kiosco. Otros fueron alcanzados por las balas que zurcaban la plaza. Una niña que corría con su madre cayó con su helado justo a unos metros del jeep de Jean, sangrando. Una pareja de vendedores tzotziles no tuvieron tiempo de reaccionar y quedaron ahí en las escaleras de la iglesia, con el cráneo partido en dos.
De repente, la puerta de atrás del jeep se abrió violentamente y dos hombres saltaron a su interior. Un tiro rompió el vidrio de esa puerta lanzando astillas de cristal en todas direcciones. La pareja de hombres se cubrían de las balas y uno de ellos logró cerrar la puerta. Otras balas pegaron en la puerta y en la moldura de atrás.
Jean entendió ahora que les estaban disparando directamente a ellos, e intentó cubrirse con las manos refugiándose en la parte baja del tablero.
–Oh, merde, merde, merde! –gritaba sin parar.
Sin esperar más, Hilario arrancó el jeep con el acelerador a fondo en medio de una estela de humo y balas.
–¡Vámonos, vámonos! –uno de los hombres dio la orden desde el asiento trasero.
Jean los miró desde abajo. El que había dado la orden también tenía el rostro cubierto, traía una pistola automática en la mano y estaba vestido con uniforme militar. El otro parecía muy importante. Vestía un traje hecho a mano de no menos de tres mil dólares y zapatos de piel igualmente caros que ahora presentaban sangre y lodo. Ambos se veían ya maduros. El hombre armado sometía al otro mientras todos daban tumbos en sus asientos debido a la velocidad del jeep que atravesaba las calles empedradas sin detenerse. Por un segundo, la mirada de Jean y del hombre del traje elegante se cruzaron. Ambos estaban paralizados por el miedo.
El hombre pensaba que sería una parada rápida en su visita oficial. Que a nadie le importaría o siquiera lo notaría. Que no tenía nada que perder. Que era seguro.
Jean pensaba también que sería una prueba sencilla antes de ir a las comunidades de Los Altos de Chiapas. Que no tenía nada que perder. Nunca se imaginó que lo hubieran involucrado en el plan de secuestro de Víctor Sanmartín, ministro de Economía y Finanzas de Colombia.
El presunto militar le plantó un pasamontañas negro a su capturado.
Hilario era seguido de cerca por el otro jeep que los cubría de la ráfaga de balas que la policía desplegaba sobre ellos.
La motocicleta negra se puso al frente punteando el escape.
El conductor no veía otra cosa más que la placa de la motocicleta que le abría paso. Los demás iban agachados en sus asientos cubriéndose de las balas que llegaban a ellos desde direcciones imprecisas.
El camión de tres ejes de los cerdos los esperaba en una de las bocacalles. Tan pronto como pasaron, el chofer avanzó a media avenida y detuvo el vehículo. Apagó el motor y rompió la llave dejando la mitad puesta en el switch. Salió corriendo y se perdió entre la multitud abandonando el camión.
Una patrulla policíaca había empezado a seguirlos, la sirena en máxima alerta retumbaba en las calles y en los oídos de Jean. La gente que no supo de la explosión de la plaza ahora escuchaba el intercambio de balazos y las sirenas que se sumaban a la persecución cruzando San Cristóbal.
Al dar la vuelta por una calle para cerrarles el paso, la patrulla se topó con el camión de cerdos, y con una maniobra subió a la acera, tiró un puesto de juguetes y logró evitar el obstáculo para seguir a los secuestradores. Ya habían alertado al ejército y a toda la policía municipal del acto terrorista.
Policías bancarios de una sucursal del banco Santander que habían escuchado por radio el escándalo, corrieron a la calle que cruzaba, pero al no estar adecuadamente entrenados no se arriesgaron a disparar, había demasiada gente cruzando como para hacerse los héroes.
–¡Se están acercando a la autopista, al este, a la 190... bloqueen el camino... bloqueen el camino ahora! –odenaba por el radio uno de los policías de la patrulla que perseguía de cerca al segundo jeep.
A pesar de su terror y al no sentir más balas tan cerca, Jean se acomodó mejor en el asiento. La adrenalina hacía que pocesara rápidamente todo lo que sucedía a su alrededor. Sin darse cuenta, empezó a hacerla de copiloto. “Más vale ayudar a sobrevivir que morir por la culpa de otro”, pensó.
–¡Cuidado... a la derecha! Merde!... ¡izquierda... izquierda, no lo pierdas!
Por una de las calles aparecieron dos patrullas más que empezaron a disparar. El jeep que los seguía contraatacó con una escopeta de 16 mm.
–¡Acelera, acelera! –gritó el del atuendo militar desde el asiento trasero. Todos rebotaban en sus asientos pegándose contra las ventanas y el interior del coche debido a los cientos de baches que presentaba el camino.
–Si me deja ir ahora, quizá pueda llegar vivo y le aseguro que olvidarán esta estupidez suya –habló con dificultad, por primera vez, el hombre de traje.
–¡Cállate! ¡Abajo, que no nos sirves muerto, cabrón! –el uniformado le dio un golpe en el estómago al secuestrado y lo mantuvo agachado.
Las balas rompieron cristales en los jeeps. El espejo lateral de Jean quedó hecho añicos por una ráfaga cercana. Algunos coches que venían en el sentido opuesto de la carretera recibieron impactos ocasionando un choque espectacular de un trailer frigrorífico.
Eso no detuvo a las patrullas. Dos más que hacían guardia en una clínica los alcanzaron. Los jeeps no estaban resistiendo la velocidad de las patrullas con motores turbo.
El hombre vestido de militar disparaba sacando la mano. Era una 45 que retumbaba con cada bala que escupía. A pesar de la situación el hombre acertaba cada tiro, con precisión.
Ya saliendo de la zona urbana, después de un par de curvas, el camino se bifurcaba. Justo de frente, una pick-up roja con placas de Tabasco venía a toda velocidad. El conductor echó las luces. La motocicleta negra amagó tomar un camino y repentinamente viró al otro e Hilario la siguió con un derrapón de llantas estruendoso. De la pick-up asomó el conductor con un rifle G-3 que descargó sobre las patrullas que venían de frente. El jeep de atrás cubrió su escape con una lluvia de balas y tomó el segundo camino. La pick-up perdió el control y se estrelló con una de las patrullas llevándose el muro de contensión por el impacto.
Las otras tres patrullas que venían atrás esquivaron como pudieron el impacto y una se fue con el jeep y las otras dos con la motocicleta y el vehículo donde iba el secretario Sanmartín.
Los caminos empezaban a dejar de ser paralelos y se abrían poco a poco en la abundante vegetación. De la pistola 45 mm del militar salió una bala que entró en la frente del conductor de la patrulla que seguía el jeep donde iba Jean. Inmediatamente perdió el control y se estrelló contra el muro de roca.
Quedaba una patrulla por jeep.
Por unos momentos, las curvas distanciaron a sus perseguidores. Jean continuaba en su labor de copiloto con la mirada en la motocicleta que seguía liderando el escape.
En una curva Hilario casi despista al jeep. Para tomar el control nuevamente bajó la velocidad unos segundos, lo que bastó para tener justo atrás a la patrulla que los perseguía. El ruido de la sirena mezclado con los motores era ensordecedor. Entonces el vidrio trasero explotó en mil pedazos y Jean sintió la salpicadura de un líquido caliente en los ojos. Era sangre. El jeep empezó a perder el control. Le habían destrozado la cabeza a Hilario, que ahora rebotaba en su asiento. La sangre salpicó por todos lados. Jean tomó el volante evitando que el jeep se volteara.
–¡El acelerador, pisa el puto acelerador! –gritó el de uniforme militar desde el asiento trasero, desesperado, mientras intentaba seguir disparando a la patrulla.
Jean tomó una decisión inconsciente que lo sorpendió. Arrojó el cuerpo de Hilario por la puerta y saltó al asiento para tomar el control del jeep.
El cuerpo rebotó en el pavimento. La patrulla quiso evitar arrollarlo y en el volantazo perdieron el control yéndose a estrellar a un árbol. Ahora habría más cuerpos en ese camino.
El motociclista había presenciado todo desde su espejo retrovisor, pero nunca se detuvo.
Jean, empapado en sudor, respiraba por la boca. El labio inferior le temblaba. Sentía la sangre de Hilario en el rostro y al manotear sólo se la embarraba más en el pasamontañas. Trató compulsivamente de quitar las manchas de sangre en el parabrisas que estorbaban la visibilidad.
Siguió en su curso manteniendo poca distancia de la moto que los guiaba. La carretera se había despejado intempestivamente. El camino era para la motocicleta negra y ellos. Nadie hablaba.
Después de unos kilómetros, el de la motocicleta bajó la velocidad e hizo una seña con la mano izquierda apuntando a la selva.
Jean lo siguió.
Ambos vehículos entraron en la maleza. Jean nunca había conducido un coche en un terreno como ése. Había tantas cosas que él no había hecho antes de este viaje… Se descubrió el rostro, reflexionando. El embotamiento de la crisis había pasado.
–¡No lo pierdas! –gritó el de atuendo militar desde el asiento trasero.
A la distancia se escuchaban las aspas de un helicóptero y más sirenas.
–¡No, señor! –contestó Jean por primera vez.
La vegetación era cada vez más cerrada y las veredas fueron desapareciendo. Pasaron un riachuelo con dificultad.
–¡Vamos, cabrón, apúrate! –lo presionó el hombre.
–¡Sí, va, va!... –gritaba Jean entre dientes, esforzándose por sacar adelante el vehículo.
Entonces la motocicleta los guió por una vereda limpia, recién cortada. Jean creyó ver un par de siluetas entre los árboles. El camino los llevó a una planicie al descubierto. Era un pequeño valle rodeado de montañas y árboles milenarios.
Un helicóptero esperaba a la mitad del terreno. Una docena de guardias vestidos como militares vigilaban los diferentes puntos del valle. Y ésos eran sólo los que estaban a la vista. Todos traían armamento pesado, AK-47, AR-15, escopetas 12 y 20 mm, granadas y pistolas de diferentes calibres.
El conductor de la motocicleta levantó su mano derecha y la cerró formando un puño en el aire. Bajó la velocidad hasta detenerse frente al helicóptero.
Jean hizo lo mismo justo detrás de él.
Tuvo un estúpido sentimiento de seguridad por primera vez desde que se subió a ese jeep.
“Esto es una locura. Me van a matar aquí mismo”, musitó.
Uno de los guardias abrió la puerta trasera y después la de Jean. Entre otros dos milicianos tomaron al ministro. Jean descendió del vehículo. Las piernas le temblaban y tenía las manos petrificadas.
El conductor de la motocicleta se quitó el casco y su pasamontañas. Se acercó a Jean lentamente. El hombre que había custodiado al ministro rodeo al jeep e igualmente se descubrió el rostro. Era Esteban Montoya, el teniente coronel de la Junta de Buen Gobierno de Zambrano, su mano derecha. Un tipo curtido en las guerras civiles de Nicaragua y El Salvador.
Jean se quitó como pudo el pasamontañas e intentó limpiarse con él la cara salpicada de sangre.
–Bien hecho, muchacho –le dijo Montoya a Jean, dándole una palmada pesada en el hombro mientras asentía respetuoso con la cabeza.
Las piernas de Jean no le funcionaron más y acompañado de dos arcadas de vómito cayó de rodillas al lado del jeep. Lágrimas de miedo y coraje se le escurrieron por las mejillas. Temblaba.
Montoya había avanzado un par de pasos y le dio un abrazo al conductor de la motocicleta, Lucio Tovar, otro líder con rango de capitán en el movimiento de Zambrano.
El helicóptero encendió las aspas y el sonido ahuyentó a cientos de aves que estaban refugiadas en las copas de los árboles haciendo nubes de colores.
Un guardia tipo militar ayudó a Jean a ponerse de pie.
–Gracias... –le contestó, intentando limpiarse.
–Vamos pa’allá... –le dijo el guardia y con un movimiento de cabeza apuntó al helicóptero que había subido de intensidad su ruido de motores.
Jean dudó pero sintió la mano pesada del guardia en su espalda, guiándolo.
–¡Los vehículos, asegúrenlos! –Tovar le gritó a otro par de guardias que rápidamente montaron en el jeep y en la motocicleta y se escabulleron en la floresta.
Montoya hizo un ademán con la palma de la mano invitando a Jean a subir al helicóptero. Ahora sabía que no tenía opción. Incluso se asombró pensando que no lo hubieran liquidado ahí mismo. Tovar guió al ministro que estaba esposado y ya sin el pasamontañas, dentro del helicóptero.
–Base. Cuervo listo. Cambio –el piloto anunció en su radio.