Excerpt for El reino reclamado by Oliver Meneses, available in its entirety at Smashwords



EL REINO RECLAMADO

Y OTRAS HISTORIAS DE ZOMBIES, MARCIANOS Y LOCOS


Oliver Meneses




Diseño de portada/Cover by: Oliver Meneses


© 2010, Oliver Meneses

COPYRIGHT/DERECHOS RESERVADOS.

www.olivermeneses.com

www.showbeast.com


Publicado por/Published by Oliver Meneses en Smashwords.

Primera edición: Junio de 2010



Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la portada, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, sin permiso previo del autor.


Smashwords Edition License Notes:

This ebook is licensed for your personal enjoyment only. This ebook may not be re-sold or given away to other people. If you would like to share this book with another person, please purchase an additional copy for each person you share it with. If you're reading this book and did not purchase it, or it was not purchased for your use only, then you should return to Smashwords.com and purchase your own copy. Thank you for respecting the author's work.


Impreso en Estados Unidos.



A los amigos y familiares. Gracias a todos.

A mi hermano Aldo y a Toño Sempere,

por la oreja, inspiración y complicidad.

A Joserra Huerta, Victoria “Petite” Barradas

y Salvador “El Lic” Frausto, por la guía y el apoyo.

A Juan José Arreola, Fredric Brown, Ray Bradbury y Rod Serling

por enseñarnos a compartir historias.




Y sin embargo, se mueve”



ÍNDICE




Moonland

Noches AM

¡Está vivo! (o la máquina de la felicidad)

La nueva economía

El reino reclamado

A la deriva

Autocrítica

El día de muertos

Pirate Movie (No es otra película pirata)

Madera

I. Pago por ver

II. Pago por escuchar

III. Pago por oler

IV. Pago por sentir

V. Pago por gustar

La princesa del cuento

Katzlol

Pamalú y las serpientes

¿Pollo o carne?

Destructor de ángeles



MOONLAND




Era 1969. A través de un monitor en blanco y negro, y con mucha estática, se veía salir al astronauta del módulo lunar. Lentamente empezaba su descenso por la pequeña escalera hacia la superficie del satélite. Los Estados Unidos habían ganado la carrera espacial. Y el astronauta, portando la bandera de las barras y las estrellas en su brazo, quería mostrárselo a todo el mundo. Desde el comando central se escuchaban algunas instrucciones. El nerviosismo aumentaba. La historia de la humanidad cambiaría con este suceso para siempre. El astronauta checaba su radio. Una serie de crujidos se perdían en la inmensidad del espacio. Respiraba pesadamente empañando ligeramente su casco. Las estrellas apenas se vislumbraban en el horizonte debido al sol que, sin atmósfera de por medio, aporreaba inclemente la grisácea superficie lunar alargando las sombras del módulo. El astronauta estaba al borde de la escalinata apoyando una mano y flotando su bota en el aire.


Éste es... un pequeño paso... para el hombre y... un gran paso para la gente...”


Silencio.

Después, el griterío.


–¡Corte! ¡Corteee! ¡Maldita sea! ¡Corteee!


El astronauta no entendía. Volteaba a ver al director preguntando con un movimiento de su guante y encogiendo los hombros.

El director dejó de atender su monitor para dirigirse enérgicamente hacia el astronauta. El set completo entró en caos en segundos. Toda la gente del staff tomó esa oportunidad para checar diligentemente sus tareas en la filmación. Las chicas de vestuario, los técnicos y electricistas, el departamento de arte, el sonidista, el director de fotografía, todos sabían que el proyecto era demasiado importante y volvieron a repasar rápidamente los detalles que harían de ésa una obra magna e inolvidable. Stevie, el primer asistente, y Kathy, la scriptgirl, corrieron detrás de Al Edwards, el flemático director inglés.

–¡Humanidad, Davies, hu-ma-ni-dad! –reclamó al astronauta, quien empezaba a batallar con su casco para quitarse la visera polarizadora.

–¡A ver, corte todos! –gritó el director al aire–. ¡Un descanso de treinta minutos! Stevie, llámate al break para el almuerzo, ¿quieres?

Obediente, Stevie salió corriendo con el resto del staff. Emocionado por ser parte de la industria, el joven Stevie se había armado de un megáfono para dar órdenes importantes como ésa. Aunque a ojos de los más veteranos, como el gran Harry, un gigante con pinta de oso que trabajaba en el área de tramoya, era sólo otro mocoso molesto más, cuatrojos, desnutrido y con sueños ridículos.

–Lo siento, Al –se disculpó el astronauta– pero simplemente pensé que “gente” era mejor, más realista. A lo que me refiero es que yo nunca...

–¿Realista? –el director le interrumpió–. ¿Cuántos guionistas crees que murieron para darle al clavo a esta línea, Davies? Y déjame decirte que todos eran muy, muy profesionales. Mira, velo así: humanidad habla más de la condición... humana, es más grande que “la gente”, eso es algo muy terrenal, y estamos en la luna, ¿sí? Queremos algo poético, sin fronteras o ideologías, OK?

–Pero... es que todavía creo...

Al perdió los estribos.

–Vamos Davies, mantente apegado al guión ¿quieres?, es fácil, no me la hagas más difícil de lo que ya es, por favor. ¿No ves que tiene el sello de la Casa Blanca por todos lados, maldita sea? Serás el primer hombre en la luna, la humanidad te recordará por siempre... ¿y todavía te quejas? ¡Por favor! ¡Que alguien le enseñe a este hombre un poco de trabajo de equipo!

Davies no se creía nada, escuchaba al director molesto moviendo su cabeza con desaprobación.

–Mira –agregó, queriendo ser conciliador mientras tomaba a Davies del hombro– piensa en ti, no como un actor, sino como un héroe, como algo más grande que la vida, como... ¿qué? ¡nooo!

El director se dio cuenta que el ensayo de la caminata lunar no estaba progresando. Al otro lado del gran hangar habilitado como set, estaba Aldrin, otro de los astronautas contratado que no lograba hacer un movimiento fluido y elegante evitando enredarse con los cables que lo sostenían. Cada pequeño salto lo hacía girar casi 360 grados ridículamente. Los del staff empezaban a lucir cansados y aburridos.

–¡Oh, vamos, Aldrin! ¿cómo que todavía no tienes dominado esto? ¡es sólo caminar en gravedad cero! –el director le gritaba sin cesar escupiendo a diestra y siniestra– ¡Stevie! ¿dónde estás? ¿qué pasó con esos cables? ¡necesitamos que se muevan más rígidos... y más lentamente!


Detrás del director, apareció Kathy, la scriptgirl. Era una guapa de pelo negro, lentes de armazón y nariz respingada. Nerviosa, le dio su estatus a Al.

–Señor, Armstrong no está listo todavía. Sigue necio en que todavía quiere la primera parte –y susurrándole agregó–: no creo que quiera salir si no se la damos...

–Oh, Dios mío... todavía no tenemos ni una pulgada de pietaje y éstos ya perdieron el piso... ¿se sabe la línea?

–Perfectamente, señor.

–¿Lo has escuchado?

–Muy convincente, señor –aseguró la novata.

–Puede ser... mmmhhh... –pensó Edwards en voz alta.


De repente las estrellas del fondo del set parpadearon terriblemente, semejando un árbol de Navidad azotado por descargas eléctricas. El director estaba al borde del colapso nervioso. Stevie atravesó toda la maraña de cables del foro para llegar con el director y la joven script.

–Señor, tenemos algunos problemillas con la planta eléctrica. Están tratando de arreglarlo en este mismo momento.

–¡No podemos seguir sin estrellas! ¿Quién se lo creería? ¿una luna sin estrellas? Las necesito para la próxima toma, ya.

–Sí señor.

–Y trae a Armstrong. Y asegúrate que los cables de Aldrin funcionen.

–Sí señor.

–¡¿Qué esperas?!

Detrás de Stevie la puerta del hangar se empezaba a abrir.

–¿Señorrr?

–¿Ahora qué?

–Los federales...

–Mierda...

Al, Stevie y Kathy miraron hacia la entrada. Mientras más se abría la puerta, más entraba la fuerte luz del exterior, contundente. Tres siluetas negras se abrían paso hacía ellos. Portaban zapatos, traje y corbata negros, y por supuesto, lentes oscuros. Dos de ellos podrían pasar por atletas olímpicos. El más bajo se acercó al hiperventilado director. Stevie y Kathy aprovecharon para salir corriendo a preparar la siguiente toma.

–¿Al? –preguntó con formalidad el agente.

–Teniente Anderson.

–El jefe quiere hablar contigo.

–¿Por qué? Vamos adelantados a lo programado... usted sabe que la fecha...

–El jefe está muy preocupado –adelantó el teniente.

–OK, mire, estamos ajustando un par de detalles, sabe, esto jamás se había intentado, así que estamos creando un montón de cosas desde cero. Pero dígale al jefe que... entregaremos a tiempo –contestó Al, conciliador.

–El jefe tiene issues… ha escuchado rumores.

–Oh, ¡no, no, no! La cosa ésa de las sombras paralelas y de la bandera dura ya se ajustaron, tenemos gente trabajando veinticuatro por siete para esto ¡no me diga que no ha visto las fotos! ¡son preciosas!

El director apuntó hacia una gran pizarra con información pegada de la filmación, en ella se encontraban las fotos “oficiales” de la próxima llegada a la luna. El teniente Anderson no se veía convencido. De hecho no se le conocía otra expresión más que la monolítica, que era característica en su servicio, y que sólo se lograba con años de entrenamiento.

–El jefe está pensando en reemplazarlo. De hecho ha mencionado a ese tal director Kubrick... Stanley, creo.


Ahora sí le había detonado la cabeza a Al.


–¿Qué? ¿con quién? ¿ése... ? ése... ¿Pero quién se cree ese presidente Nixon que es? Apenas le dan la oficina y... y... ¿cuándo no les he cumplido, eh? a ver, ¡que me diga! ¿No tuvo su reporte de Camboya? ¿Y qué tal su pietaje de la “bala mágica”?, ¿no cumplí acaso? No señor, yo soy el profesional en esto, teniente. Nadie, escúcheme bien, nadie hará este alunizaje tan creíble como yo. Se lo puedo asegurar, ¿Quitarme esto? ¡sobre mi cadáver! Dígale a su jefe que tendrá el espectáculo que ya visualizamos. Con todo y su “gran salto para la humanidad” y esas mamarrachadas. ¿Quiere ganar la carrera? ¡ganará la carrera! –discurrió el director, enardecido.

–El jefe quiere resultados, Al –le contestó enfático el oficial.

–Y los tendrá... –cerró seguro el director.


Edwards, eufórico, se dirigió hacia los monitores. La adrenalina circulaba por su sangre aceleradamente. Todo el staff había presenciado la escena y sabían que ahora tendrían más presión que nunca. Todos corrieron a sus puestos. El director gritaba sin parar.

–¿Stevie? ¡Vamos a rodar! Tráete a Armstrong. ¿Davies? ¡lárgate de ahí, ahora! Aldrin, Collins... ¡Listos! ¡Prendan las estrellas, el sol, corran cámaras, listooos...!


La gente obedeció de inmediato. Las luces bajaron y el sol se prendió, las estrellas empezaron a titilar. La luna lucía en su total esplendor bajo los pies de Neil Armstrong.


–Ven acá, Stevie. Guarda silencio y observa al maestro, capaz que algún día aprendes algo.

–¡Sí, señor! –contestó el eficaz asistente.

Dispuestas por Kathy, las dos sillas estaban frente al monitor y al set del módulo lunar. En el respaldo de Al, se leía en un fino bordado plateado “Director, Al Edwards”, en la otra, sobre un masking tape improvisado por Stevie, se leía con marcador: “1er. AD, Spielberg”.

Al tomó su megáfono y gritó hacia el astronauta:

–¡... y aaacción!




NOCHES AM



Caía la noche sobre la ciudad, Lupita estaba casi lista con la merienda. “Ojalá les guste este salpicón”, pensaba insistentemente mientras se aseguraba de mezclar los ingredientes como su mamá le había instruido. Ser madre y esposa no era una tarea tan fácil como se veía en los catálogos de las tiendas como Sears y ésas nuevas que habían estado abriendo por toda la ciudad. Y menos con dos diablillos como Juan y Pedro, de ocho y seis años respectivamente, que no dejaban de dar lata y molestarse mutuamente. Claro que Roberto, su padre, no se inmutaba. Leía plácidamente su periódico viendo las novedades de los últimos coches Ford, los resultados del box y lo último de las glamorosas celebridades del cine. Algunas de éstas declaraban que ya habían conocido en los estudios de Estados Unidos pruebas del cine a color, y aseguraban a los medios que “era algo increíble”.

“Eso habría que verse”, pensó Roberto mientras a sus pies, Juan y Pedro se arrastraban gritoneando junto a la gran consola de radio.


De la consola de madera laqueada música de bolero llenaba el ambiente. Juan picaba la malla dorada de las bocinas con los dedos mientras Pedro ponía la oreja sobre la tapa color miel.

–... que no, ¿cómo crees? –le susurró Juan, el más grande, a su hermano.

–De veras, mi papá me dijo –contestó seguro, Pedro.

–No es cierto, no seas mentiroso que te voy a acusar con mi mamá –empezó Juan a desesperarse.

–Pues dile, al fin mi papá me dijo –le retó su hermano.

–¡Mamaaá, mira a Pedro, está diciendo mentiraaas!


Lupita estaba francamente harta de los niños. Los azuzó con el trapo de la cocina mientras dejaba una cazuela y tortillas en la mesa.

–Ya, estense sosiegos. Ya vénganse a sentar. Si no se va a enfriar la cena.

Los niños, entre jalones, pasaron encima de su papá para ganarse un lugar en la mesa.

–¿Verdad mamá que los que tocan en el radio viven ahí adentro? –preguntó Pedro, buscando complicidad.

–¿Verdad que no? –le retó Juan.

–¿Verdad que son chiquitos y que por eso siempre son los mismos y cantan todas las canciones en todas las estaciones?

Lupita les lanzó una mirada amenazadora.

–¿Cómo crees, Pedro? ¿Quién te dijo esas tarugadas? –preguntó la madre.

Juan se burló carcajeándose.

–Mi papá... –contestó Pedro, cabizbajo.

Roberto se sintió aludido y se refugió detrás de su periódico, inútilmente.

–¿Tú le dijiste eso? –le reclamó Lupita, enérgica.

–Bueno, esteee, lo que yo...

–¿No te digo? nomás diciéndoles babosadas a los niños. Nomás faltaba que tú también les estuvieras metiendo ideas. Ándenle, ya coman. Y tú, quítate la corbata que la vas a manchar otra vez.


Los boleros seguían sonando en la consola. Una de esas maravillas tecnológicas color miel y caoba que hacían las delicias de las familias. Lástima que los bulbos generaran tanto calor. Si no, se podría decir que vivir adentro era bastante cómodo para los estándares del sindicato. Como podía manifestarlo el pequeño trío que estaba por acabar su melodía. Dentro del radio, entre bulbos, transformadores, soldaduras, cables y focos de colores, el trío, acompañados del Señor Locutor, de Don Paco –el director de escena– y Dolores, la asistente, le daban vida cumplidamente a las necesidades radiofónicas de la familia González.


Al momento de que la canción acababa, Don Paco dio la señal al Señor Locutor para que empezara con su tanda de comerciales. Él tomó aire y empezó con su retahíla de promociones y anuncios de los diversos patrocinadores.

“Calzado Martínez, los espera gustoso en la esquina de Motolinía y Palmas...”

En tanto, los atribulados músicos tomaron un respiro sentados en un capacitador y un pequeño transformador que estaba soldado a desnivel. Dolores llegó rápido con las limonadas.

–Híjoles, ya es retarde y éstos que no le apagan –se quejó Hilario.

–Pos han de estar cenando, tú –interrumpió Dolores.

–Y mañana, nomás ‘pérate pa’las noticias de las seis –les sentenció Rubén, alias el Flaco.

–Bueno, prefiero eso a estar dando los comerciales, velo nomás al pobre Señor Locutor –comentó Hilario haciendo un gesto con la cabeza señalando al Señor Locutor, que seguía pasando hojas y hojas para poder darle cabida a todos los mensajes en el tiempo destinado.

“... porque en almacenes La Imperial, sabemos lo que usted necesita...”

Elías, el director musical del trío, se limpió el sudor de la frente con su pañuelo ya deshilado, y un poco abatido le dijo al grupo:

–A mí esto de la artisteada como que ya no me está gustando. Ya tengo una listota así de grande de quejas p’al sindicato. Desde la comida, las horas de descanso, los camerinos...

–¿Y qué me dices de las instalaciones? –complementó Dolores.

–No hombre, eso cada vez está peor. Los alemanes todavía la libran, gabinetes grandes, su sintonizador con botones de mármol, su bocinota central con cantos dorados... así está bueno, uno se está más o menos cómodo, pero en los aparatos gringos cada vez se está peor.

–¡Cada vez cabemos menos! –se quejó amargamente Hilario.

–Y aparte –les anunció Rubén– los rumores allá en el sindicato están refuertes de que los radios los van a hacer más chicos.

–¡No la amueles! –exclamaron todos.

–Pos si así apenas la libramos ¿imagínate a dónde vamos a parar? ¿pos cómo? yo nomás no entiendo –reaccionó Dolores.

–Y hay más –agregó el Flaco, bajando la voz y haciéndose el misterioso–: dicen que los japoneses hasta planean hacerlos portátiles. Como para andarlos paseando en la calle...

Todos lo miraron atónitos.

–¡Suave! –reaccionó Hilario.

–¿Cuál suave? ¡que si esto se mueve yo me mareo! –le reclamó Dolores.

–Imagínate, guacarear a media canción ¡Jesús Santo! –fantaseó el Flaco.

–¡Y volver, volver, vooolveeerrr...! –canturreó Hilario, haciendo el punto.

–¡No sea zonzo! –le aporreó Dolores con un zape despeinándole el engominado.

Don Paco, el director de escena, llegó apurado con su tableta llena de papeles. El Señor Locutor estaba por terminar su tanda de comerciales.

–¡Ora, mensos, que ya mero acaban los comerciales! A sus posiciones –los apuró.

Dolores salió del escenario corriendo y todos tomaron sus instrumentos.

–Ni hablar, compadres, pues a gozarla mientras dure –les comentó Hilario, resignado.


El Señor Locutor terminó exhausto y con una señal de Don Paco, el trío estaba listo para comenzar con otro bolero. Elías asintió con la cabeza.

Don Paco dio la instrucción:

–¡Pos arránquese, maestro!





¡ESTÁ VIVO!

(O LA MÁQUINA DE LA FELICIDAD)




I.


La nevada arreciaba en el pequeño pueblo de Espoo, al sur de Finlandia. El camino estaba casi cubierto por nieve haciendo difícil que los caballos y la carroza mantuvieran la dirección apropiada. El frío penetraba en los huesos, algo que Iván conocía muy bien viviendo en la llamada Perla de Siberia. Era un clima que sería soportable con suficiente cantidad de vodka en la sangre y una mujer como la que iba a visitar. Lástima que tenía órdenes de no ponerle un dedo encima. Mucho menos el resto del cuerpo.


La carroza se detuvo en la casa que concordaba con la dirección en la correspondencia. El cochero se bajó a inspeccionar los caballos y a “marcar” su territorio debido a los litros y litros de vodka consumidos durante el ajetreado camino.

Iván descendió respirando el frío aire del bosque de Espoo. Todo cuadraba, el camino, el tipo de techo, el color de la puerta, el pequeño letrero colgante indicando “Herrero”, la mujer empalada y quemada viva en el patio frontal de esa casa con otro letrero que decía: “mueran las brujas”, escrito en mal finlandés lleno de faltas de ortografía, incluso hasta con vocales.


Mikka, un hombre alto y barbado salió al encuentro de Iván. Lo tomó rápidamente del brazo y lo metió corriendo a la casa, no sin antes cerciorarse que no hubiera sido visto por alguien.

–¿No lo siguieron? –le preguntó el gran hombre.

–Mmmhhh, no creo... la verdad hace demasiado frío como para ir sacando la cabeza en medio del bosque.

–Es verdad. Bueno, esperemos que no. ¿Leche caliente? –invitó Mikka.

–Le agradecería en verdad, igualmente para mi cochero.

–¡Seguro! ¡Luuta, prepara la leche! –gritó el hombre hacia un extremo de la espaciosa casa de madera.

Con una mirada inquisitiva, Iván observó a la muchacha que se acercaba.

–Señor mío, le presento a Luuta –dijo cortésmente Mikka, refiriéndose a su hija.

Luuta era la primera doncella que Iván reclutaba. Un portento de mujer, con cerca de 1.90 de estatura, largas y rubias trenzas colgaban sobre sus imponentes senos. La nariz respingada y la dentadura perfecta enmarcaban su angelical rostro. Él estaba encantado.

–Mucho gusto –contestó Iván, haciendo una pequeña caravana.

La muchacha sólo le ofreció una tímida sonrisa sin hablar, mientras les sirvió a su padre y a él tazas de leche caliente para después salir a ofrecerle la suya al cochero, quien seguía marcando su territorio.


–En fin... Iván, ¿verdad?, pues analizamos la propuesta de su amo, el doctor Viktor Svenson...

–… Svetlana –le corrigió Iván.

–Claro, claro... Svetlana... y debido a los recientes hechos que han ocurrido en la familia, creemos que lo mejor es que Luuta esté sana y salva, ayudando al doctor en su experimento, y bueno, claro, la paga es algo que siempre agradece uno.


Iván miró de reojo a la ventana donde la silueta de la mujer empalada era iluminada por el sol blanco de la mañana. No lograba entender la situación. Al advertir su inquietud, Mikka se levantó y ofreció una explicación.

–El pueblo cree que mi mujer y mis hijas son brujas. Quizá porque vieron a mi hija mayor caminar desnuda por el campo en plena nevada… pero les expliqué que era sonámbula; o quizás porque vieron a mi mujer, la que ahora adorna el jardín, invocando a Loki en una pequeña tertulia familiar mientras degollábamos cabras, no lo sé, la verdad... La realidad ahora es que tengo que ver por mis hijas, por las siete. Y por eso la propuesta de su amo nos vino como anillo al dedo.

–¿Y ella está consciente de los... requerimientos? –le preguntó Iván, receloso.

–¡Absolutamente! A sus 19 años esos temas le tienen sin cuidado, más con una educación poco formal como la que tenemos en esta casa.

–Ahora... una cosa más... ¿está completamente seguro de su doncellez? –cuestionó Iván.

Mikka lo miró con seriedad.

–Señor, no me atrevería a traerlo desde Ukrania para semejante burla. Yo mismo he dormido con ella las últimas dos semanas para cerciorarme que nada le suceda.

–Muy bien, entonces ¡partiremos antes que anochezca!


Un pequeño saco de piel con monedas de oro cayó en la mesa de Mikka. Sus grandes manos lo abrieron y sonrió ante el contenido. Semanas antes, el hombre no imaginaba dejar a su monumental hija en manos de un jorobado asistente de un científico loco, y cuyo nombre, Iván, no era nada convencional cuando todo mundo sabía que los asistentes debían llamarse Igor. Pero eso, pensó, no era ahora de su incumbencia.


Horas después, Iván y Luuta partieron rumbo al castillo del doctor Viktor Svetlana, no sin antes hacer una parada por la hermosa ciudad de San Petersburgo.


II.




La noche negra era iluminada intermitentemente por las nubes cargadas de electricidad. La tormenta se cernía sobre la montaña y el castillo del doctor Viktor Svetlana, el científico residente en el poblado de Listvyanka, a las orillas del río Angara. El frío arreciaba y una brisa con olor a nieve se colaba por todas las casas de madera del pueblo.

Una de las ventajas de tener un científico loco como vecino era el uso de energía eléctrica gratuito que él compartía con el pueblo. Todas las noches, gracias a sus múltiples inventos, él lograba que grandes nubes de tormenta le sirvieran como generadoras de energía a la cual ordeñaba diariamente. Y al exceder la cantidad de jules requerida por sus experimentos, la cedía amablemente al pueblo. Así, en noches como ésa todos agradecían que los sistemas de calefacción se mantuvieran funcionando permanentemente y sin posteriores implicaciones negativas en los bolsillos de los pobladores. Los lugareños eran los únicos en toda la Siberia en no usar leña para sus requerimientos energéticos, ésta la utilizan sólo con fines arquitectónicos, ingenieriles, ornamentales, y por supuesto, para comercio con los países del Oriente Medio.


Desde el castillo se veía el tranquilo lago Baikal en toda su inmensidad. La luna llena que lograba asomarse entre las nubes de tormenta, iluminaba la plateada capa de neblina que circulaba por la gélida superficie del lago. Con un gran trueno, ésta empezó a perforarse debido a la lluvia que descendió de las nubes, ahora encima de la torre central del castillo.


Era casi la medianoche y el doctor Svetlana estaba a punto de terminar el perfeccionamiento de un experimento que esperaba cambiaría su vida, la de su pueblo natal y la percepción que tenía la comunidad científica de él. Les quitaría la idea de que él era otro inútil científico loco malgastando el apellido y los recursos de la familia que lo puso en tan cómoda posición. Percepción que compartía con los otros científicos locos de los poblados vecinos como Bolshiye, e inclusive Baykalsk, al otro lado del lago. Lo cual ciertamente hablaba del bajo nivel de ciencia registrado en los últimos años en esta pobre provincia ukraniana. Era claro que las competencias zaristas para subir dicho nivel no habían surtido efecto en todos los territorios por igual.


Pero todo eso iba a cambiar. O al menos es lo que se decía a sí mismo el doctor Svetlana todas las noches mientras perfeccionaba su asombroso experimento. Y era también lo que le repetía, acompañado de palazos de escoba, a su sirviente Iván, no sólo para que lo recordara sino para que no se atreviera a contradecirlo jamás en público.


Iván era el sirviente ideal para un científico loco como Viktor Svetlana, su único real inconveniente –por lo cual llegó a servirle– era su nombre: Iván, y no Igor. Con demasiado optimismo la madre de Iván no quiso hacer caso de la pequeña joroba que adornaba la espalda del recién nacido, y más bien lo vio como buen augurio al pensar que era un regalo divino para acomodarlo fácilmente en diversas posturas mientras lo cargaba en sus brazos sin entumirse ni lastimar al bebé. Con la edad y su proclividad a la ciencia sólo se le deparaba un destino al lado de los científicos locos del país. Pero al no llamarse Igor, los grandes maestros no contestaban a sus cartas, mostrándose reacios y escépticos, suspicaces ante la posibilidad de espionaje industrial.

Así llegó a las puertas del doctor Viktor, cuando en un reverso de la fortuna, el antecesor del puesto, Igor Krakennlohen –o sólo Igor– fue aplastado por una gran plancha de metal, movida por caballos y diseñada para ser un práctico cascanueces. Se supo después que era un intento por parte del doctor Svetlana para perfeccionar los diseños primitivos de Leonardo Da Vinci al respecto, sin mucho éxito, evidentemente.


Y el día llegó. El día que la ciencia levantaría en hombros a aquel esquelético y cincuentenario científico loco, borrando todos los malos recuerdos, como aquella bochornosa ocasión cuando fue detenido por afirmar, frente a la Reina de Inglaterra, que se podría construir un túnel submarino entre la isla británica y la Europa continental; pobre hombre.

Pero ahora la fortuna le abría las puertas de un futuro brillante. Regodeándose mentalmente en su próximo éxito, el doctor Viktor analizó con cuidado la plancha de metal dispuesta de manera horizontal en el centro de su laboratorio. La tocó y al sentir su temperatura un escalofrío le recorrió la espalda.

–¡Iván, pronto! ¡trae el colchón de la celda número uno! –ordenó el científico. Iván, sin entender pero sin preguntar salió corriendo por el encargo.

“El colchón ayudará, sin duda”, pensó el doctor con seguridad, mostrando una sonrisa de satisfacción.


En el cielo las nubes empezaban a crear un remolino alrededor de la gran asta que servía de pararrayos para los requerimientos energéticos del laboratorio. La lluvia empezaba a arreciar. El doctor sabía que el momento se acercaba.

La plancha metálica tenía varios aditamentos unidos a ella. Un par de soportes de cuero y metal sobresalían de los costados, además de varios anillos cableados listos para conectarse. Una gran esfera con líquido verdoso similar al suero, colgaba detrás de la plancha.

En su panel de control, el doctor analizaba diversos contadores, registros, relojes, focos e indicadores varios que le daban el estatus de su próximo experimento.


Entonces uno de los relojes, cuyas manecillas iban en retroceso, detonó una alarma. Ante el estridente sonido, el doctor miró con impaciencia si Iván se acercaba por las escaleras o la rampa de carga con el colchón.

–¡Iván, ya es hora, maldita sea! ¡apúrate!

De un frasco en una estantería al fondo del laboratorio, el doctor tomó un pequeño recipiente con pastillas de colores. Sacó una pastilla color azul y la analizó a la luz de una lámpara cercana. Satisfecho se la introdujo en la boca y con un gesto de desagrado la tragó.


Iván había logrado llegar a la torre del laboratorio con el colchón. A una señal del doctor, se las arregló para acomodarlo sobre la fría plancha metálica. Dejó libre los espacios para los aditamentos y diversas conexiones de ésta.

Una extraña sensación recorrió el cuerpo del doctor Svetlana. Parpadeó y sacudió los brazos para intentar descifrarla y controlarla, pero sabía que era el momento.

–¡Trae a Sonja! –le gritó a Iván con voz grave.

–¡Sí, amo! –contestó diligente el sirviente, en tono de graznido.

Una sonrosada y monumental campesina pelirroja y de mejillas pecosas apareció de la mano de Iván. Ella iba como sonámbula, sólo reaccionando a la guía del jorobado asistente, quien miraba con lujuria sus abultados pechos y su enorme trasero que delineaba la translúcida bata que portaba. La encaminó hasta la orilla de la plancha.

–En posición, ¡rápido! –volvió a gritar nervioso el doctor Svetlana.


En el cielo las nubes se movían acumulándose encima de ellos, cada vez más fuerte y más cercanos se escucharon los truenos acompañando a la lluvia que empezó a golpear en las puertas y ventanas del laboratorio. El viento, al colarse por todas las rendijas, generó una especie de alaridos, gritos, suspiros y cánticos macabros.


La bata cayó al suelo mostrando la anatomía de la núbil campesina en todo su esplendor. Delicadamente se acostó boca arriba en la plancha central. En ese momento, Iván la amarró de cabeza, brazos y manos con los aditamentos dispuestos para ello. Empapado de sudor por el nerviosismo, Iván le separó las piernas y las ató en lo alto, gracias a las adecuaciones hechas por él y el doctor a la plancha. Así quedó Sonja en medio de su ensoñación, expuesta, acostada con las piernas al aire y con la vista en el gran ventanal superior que dejaba ver las nubes y la tormenta que caía sobre el castillo.

El doctor sacó una aguja que sobresalía del dispositivo de cristal con líquido verdoso y lo inyectó en una vena del brazo de la doncella. Ella lanzó un breve y sensual gemido. Iván quedó absorto con la belleza de la escena. El doctor con una bofetada lo hizo reaccionar.

–¡Andando! ¡el materializador, pronto!

Iván acercó las puntas metálicas que colgaban de un pequeño arnés circular conectado a la plancha. Con cuidado, el doctor Viktor clavó a un par de milímetros de distancia cada uno, los seis conectores a los lados del vientre de Sonja, tres a cada lado del ombligo.

“¡El momento llegó! ¡El momento de desafiar a los dioses!”, expresó, en medio de histéricas carcajadas, el doctor Viktor Svetlana. Leyó su memorable discurso que por algún imprevisto lo tenía escrito para el momento adecuado, cuando la prensa fuera a presenciar tan histórico evento. Pero ahora le habían cancelado la asistencia por su falta de credibilidad en los otros 14 “grandes eventos que cambiarían la historia de la humanidad”, y la prensa local prefirió atender y seguir de cerca otro importantísimo acontecimiento del día: la carrera de cochinos de la granja de la señora Orzysk.

“¡Es el momento de mostrar la superioridad científica ukraniana ante el mundo!”, continuó el científico loco, “años de búsqueda al fin son recompensados y yo, el gran doctor Viktor Rodrienko Hugo Svetlana Milosevich, le daré al mundo lo que antes sólo Dios ofrecía: ¡Vida! ¡Así es, vida!”. El doctor aprovechó un relámpago para darle una rápida revisada a su discurso. “¡Vida! donde ahora hay vacío, oscuridad y frío... se convertirá ahora en un núcleo de creación”, corrigió.

Eufórico y ante la sorpresa de Iván, el doctor se despojó de su bata blanca, quedándose desnudo únicamente con sus botas negras puestas. “Sin duda hace frío”, pensó Iván, sorprendido.

Las pastillas surtieron efecto en ese mismo momento apoderándose del miembro viril del doctor, ofreciéndole una generosa erección. “Parece que el doctor entró en calor”, pensaba Iván mientras se dirigía corriendo al interruptor principal.


El doctor se colocó frente a la doncella, ambos estaban desnudos; ella semiinconsciente y él erecto y delirante de poder.

–¡Levántanos, Iván!

Con un gran rechinido metálico, la plancha de metal se empezó a elevar gracias a un sistema de cadenas y poleas.

La ahora convertida en cama nupcial se elevó por los aires acercándose al cielo donde las compuertas de la torre se abrieron a la gélida noche de Listvyanka.

–¡Ahora Iván, ahora! –gritaba el doctor Viktor a todo pulmón desde lo alto.

El sirviente accionó una gran palanca y decenas de chispas recorrieron los circuitos del laboratorio hasta la cama colgante, donde sin reparo alguno, Viktor había hecho suya a la hasta ese momento virginal campesina.

El cielo se estremeció ante tal imagen llorando lágrimas de lluvia arremolinadas por el viento que azotaba el castillo. Ni las bajas temperaturas ni los gritos de Iván desde el laboratorio detuvieron al doctor en su faena. Una y otra vez, Sonja y Viktor gozaron del acto carnal elevado al máximo en sensaciones gracias a las conexiones electromagnéticas dispuestas en el voluptuoso cuerpo de la joven voluntaria. Un minuto 49 segundos exactamente duró el acto, antes de que un orgasmo sin precedentes orquestado en medio de truenos, viento, gemidos, lluvia, y dos aves electrocutadas que pasaban por ahí, colmara a la pareja, ahora empapada de la siberiana lluvia que se clavaba en sus cuerpos como cientos de pequeñas agujas.

De repente todo se detuvo.

El viento, la lluvia, los gemidos, los truenos, todo. Era la señal dada a Iván para indicarle que el momento de bajarlos había llegado.

El asistente accionó el mecanismo de la grúa y la cama bajó hasta el piso. Rápidamente, le preparó al doctor una frazada y colocó otra sobre Sonja, que aún entre delirios sólo podía mover los músculos de la cara para articular una pequeña sonrisa de placer.


Todavía con la adrenalina en el cuerpo, el doctor fue por lo que parecía ser un estetoscopio conectado a una plancha. Se acomodó la parte que corresponde a los oídos y colocó el otro extremo en el vientre de la joven. Entonces, ante la calma súbita del clima y el silencio del laboratorio –sólo un poco alterado por la celebración a la distancia del triunfo del porcino llamado “Nikolai” en la carrera de la granja– el doctor se dio cuenta que había tenido éxito.

“Lo logré...”, musitó, incrédulo, llenando sus ojos de lágrimas de felicidad. “¡Lo logré, Iván! ¡Está vivo! ¡Mi creación está viva!”. Enloquecido de felicidad y satisfacción abrazó a Iván y bailó girando con él. El asistente francamente incómodo por la desnudez del doctor no se mostraba tan efusivo en la celebración.

“¡Está vivo! ¡Está vivo!”, gritó el doctor en medio de carcajadas y a los cuatro vientos desde el balcón del laboratorio de su castillo.


Iván todavía un poco atolondrado por toda la experiencia, no daba con la supuesta grandiosidad del experimento. Él pensaba que follarse con gran ímpetu a una mujer de tal belleza y procrear vida sería lo más común y corriente para cualquier hombre, como bien lo había demostrado en vida su padre, Pietrich Krabbenhoft Uffizi, mejor conocido por las mujeres como “El italiano bello”, al cual se le atribuyen cerca de 26 hijos en siete países, aunque reconocidos por él sólo 22.


Iván se consideraba a sí mismo como todo un Don Juan, heredado de los malévolos genes de su padre; desgraciadamente para él, el físico se lo debía a su madre, Irina, quien a pesar de las verrugas, el bigote y la gran joroba, logró conquistar los favores de Pietrich en intercambio de la deuda de las 14 pintas de cerveza que le debía, entre otros servicios, a su hostería “La cueva del oso”. Acogedor lugarcillo a un lado del camino que llevaba a los incautos directo al monte Gora.


Por eso, aunque el instinto siempre llamaba, la apariencia y las bofetadas de las mujeres del pueblo lo mantenían a sana distancia de los placeres femeninos. Y es que la teoría no era suficiente para entender los alcances de la obra del doctor Svetlana. Su corta experiencia le impedía a Iván saber de los ciclos menstruales, del humor femenino, de los dolores de cabeza, de la menopausia, de la frigidez, en fin, de todos los trastornos físicos y psicológicos que le impiden a una mujer disfrutar de un gran orgasmo, y sobre todo, de quedar embarazada. Con este revolucionario método, cualquier mujer, de cualquier edad, en cualquier día, aseguraba la concepción, a manos, claro, únicamente del eminentísimo doctor Viktor Svetlana.


III.




Al día siguiente, al despertar, Sonja sintió un rubor en las mejillas y una ola caliente en el estómago. Entre sueños recordaba fragmentos de lo sucedido. El bamboleo en su arnés, las embestidas salvajes del doctor Viktor, la lluvia cayendo gélida sobre sus pechos y el estallido de nervios que significó el primer orgasmo de su vida. “Era lamentable que estuviera tan drogada y no poderlo disfrutar en su totalidad”, pensó. De repente, un mareo la sacudió. Tan pronto como pudo, se abrió paso entre las sábanas y corrió a la vasija en el fondo de su habitación. Vomitó. Después de un par de arcadas más, con la garganta un poco lastimada, se dirigió al pequeño lavabo. Se aseó y luego se miró con detenimiento en el espejo. Sus ojos también habían cambiado. Un brillo especial se veía en ellos. Todo coincidía. El doctor lo había logrado. Él le pagaría lo que habían acordado y se arrojaría a los brazos del hijo del lugarteniente de Burduguz, lo emborracharía, le haría creer que el hijo era de él y vivirían por siempre felices. Era el plan perfecto. Ella sonrió y bailó feliz con su sombra... hasta que el doctor Viktor apareció y le recordó las letras pequeñas del contrato.

En dicho contrato, el doctor especificaba que para dar credibilidad y sustento a su experimento tenía que estar ella presente en todo momento y someterse al escrutinio público para que todos se dieran cuenta del éxito del proyecto. Ella lloró y suplicó su libertad, pero había un contrato, y no era en realidad un asunto del tamaño de las letras, porque de cualquier manera Sonja no sabía leer ni escribir. Ella supo así, por las malas, que tenía que colaborar o sería sometida al duro sistema siberiano de justicia, el cual era especialmente enérgico con las letras pequeñas.


El doctor irradiaba una extrema felicidad. Había logrado el sueño de todo científico loco, superar a Dios y crear vida de manera artificial. Ahora había que dar la noticia y replicar el evento para deshacerse de los escépticos de una vez por todas. Y fue a visitar a Úrsula.


Una gitana hermosa de cabello negro y ojos azules esperaba su turno en una de las celdas. Estaba un poco ansiosa. El doctor llegó acompañado de Iván.

–¿Y bien, qué tanto esperamos, profesor? –reclamó Úrsula con un marcado acento búlgaro.

–Doctor, muchacha, soy doctor... –replicó Svetlana un poco molesto.

Úrsula barajaba cartas mientras tiraba algunas cuentas de cuarzo cada tanto, era la práctica de esas habilidades la que la había salvado en varias ocasiones de compañías un tanto peores que las del doctor.

–¿Comiste todo? Ya veo, ¿quieres un poco de té, quizá para reconfortar la espera...?

–... Úrsula, soy Úrsula –aclaró ella.

–Claro, Úrsula... Iván, abre y sírvele té a nuestra huésped –ordenó el doctor.

–Claro, amo.

Abrió la reja de la celda con una gran llave e introdujo una jarra y una taza de metal. Le sirvió el té caliente a la hermosa gitana.

–Oiga, doctor, pero me tiene que pagar antes de su experimento, ¿sabe? no quiero que verdaderamente funcione y me deje en la calle, sin el pago acordado, porque no le convendría nada. Si para algo somos buenos los gitanos es para la venganza y las maldiciones... ah, y para la estafa, no lo olvide...

Iván la miró nervioso mientras le estiraba la taza.

–El dinero lo tendrás, joven Úrsula. Y sí, ten la confianza de que esto funciona. Si no, pregúntale a Sonja, la primera mujer en concebir exitosamente con este experimento, y la que junto a ti ¡hoy nos pondrá en el mapa mundial de la ciencia! –contestó el doctor haciendo un arco con la mano en el aire.

El doctor subió a su habitación. No cabía de felicidad, como nunca antes, canturreaba mientras subía los escalones de dos en dos, movía las manos como aleteo de mariposa, giraba con pequeños saltos a lo largo de la gran escalera de piedra. Si no hubiera sido porque fue testigo presencial de su hombría y lascivia, Iván juraría que el doctor Svetlana había perdido buena cantidad de testosterona en su experimento.


Y eso sin duda se sumaba a la molestia de Iván. No eran los años de maltrato, no era su cama de piedra y la falta de calefacción en su habitación, no era el empleo, cuasi esclavitud, a lo que estaba sometido, es más, no era por la joroba o el ojo que sin avisar tomaba su propio rumbo, cosa a la que ya se había acostumbrado. Era la hermosa colección de amazonas que le esperaban al sonriente doctor en las celdas.

Eso era la gota que derramaba el vaso. 15 mujeres, las cuales él mismo se las había arreglado para escoger, convencer, transportar y por supuesto, dar cobijo y alimento. De esas 15, una, Sonja, ya había cumplido su función; ese día le tocaría a Úrsula y así sucesivamente, todas complacientes, todas voluptuosas, todas vírgenes, todas listas para ser preñadas.

“Maldita sea”, murmuró para sí mientras iba por la ración de comida de las celdas nueve y 10, de Olga, la rusa y Luuta, la finlandesa. Las 15 mujeres eran de una belleza indescriptible. Haciendo uso de toda la genética paterna, convenció a ellas y a sus familiares, tutores o dueños, de las maravillas del doctor Viktor, y lo que les deparaba a las chicas participantes.

“Realmente, si esto servía no necesitaba más de una, o dos, quizá”, pensaba Iván, pero 15 rayaba en el exceso. “¿Tan poca fe tenía el doctor en su proyecto? ¿realmente necesitaba asegurarse de tal modo?”. Lo peor es que sabía que tendría que presenciarlo todo. Tendría que seguir llevando agua caliente mientras las 15 hermosas jóvenes se bañaban desnudas, tendría que drogarlas una a una para despojarlas de cualquier duda del proceso así como de las ropas que pudieran traer. Simplemente era demasiado.

IV.




Representantes de la ciencia y de los periódicos de la provincia esperaban sentados en una de las esquinas del laboratorio del doctor Svetlana.

La oscuridad había caído sobre Listvyanka y el reloj marcaba la cercanía de la medianoche. Ya no les sorprendía el remolino de nubes turbulentas y los relámpagos encima de la torre del castillo. Lo habían visto simplemente demasiadas veces ya. Con poco interés los tres representantes del Consejo Ukraniano de Ciencias y los dos reporteros de la Gazeta de Bolshiye y del Informador del Baikal platicaban frivolidades a la vez que inspeccionaban con la mirada los aparatos del doctor Viktor, con especial atención la plancha central que presentaba un colchón viejo y sostenes de metal añadidos.


El doctor Svetlana hizo su aparición de manera espectacular. Utilizando un poco de pólvora y un pasadizo secreto que conectaba a su habitación con el laboratorio, se presentó repentinamente frente a los invitados, quienes aplaudieron poco entusiasmados.

“¡Bienvenidos, queridos amigos! ¡Están aquí para presenciar de primera mano un milagro de la ciencia! ¡La creación de vida!”, gritó el científico poniendo un poco incómodos a todos.

Por las escaleras apareció Iván de la mano de la joven Úrsula, ataviada únicamente con una bata de gasa transparente a través de la cual se adivinaba el esbelto y perfectamente torneado cuerpo de la gitana. Sus ojos azules se perdían en el horizonte.

Ahora sí tenía toda la atención de la comitiva.

“Esta bella creatura es Úrsula”, anunció Svetlana, “y ha accedido a ser parte de la historia el día de hoy. Donde, al igual que ayer, con la ayuda de Sonja... creamos... ¡vida!”.

Sonja apareció caminando detrás de Iván y Úrsula. Venía con las manos en el vientre ofreciéndoles una leve sonrisa. Estaba vestida con un sencillo atuendo floreado, con escote y caída perfecta para que los hombres de la comitiva admiraran su pelirroja belleza.

Los hombres, ahora visiblemente nerviosos, no perdían de vista a las mujeres y la explicación circense del doctor.


Las nubes en el cielo crecían, acumulándose, y un gran viento anunciaba la llegada de relámpagos que empezaban a manifestarse justo encima de ellos acompañando a grandes explosiones de luz.

“¿Listo, Iván? ¡En posición!”, instruyó eufórico del científico.


Ante la atónita mirada de los hombres y de Sonja, Iván desnudó a la gitana, la tendió en la plancha y la amarró como un día antes a Sonja.

“Doctor, ¡acérquese por favor!”, le llamó Viktor al mayor de los representantes de la ciencia.

El hombre se acercó con una mezcla de nerviosismo y deseo animal, sin quitarle la vista a la amazona tendida frente a él.

–Como podrá usted constatar, doctor Warnock, esta mujer es virgen... Por favor, inspecciónela.

Con una mirada de asombro hacia la comitiva, a Sonja y al propio Svetlana, el doctor Warnock, haciendo uso de los instrumentos que le proporcionaba diligentemente Iván, se cercioró de la condición sexual de Úrsula, que en su ensoñación sólo reía debido al cosquilleo que le provocaba la inspección.

–En... en efecto, Viktor –contestó el médico– ésta es una doncella... ¿Estás seguro de que cuentas con su consentimiento para...?

Sin dejarlo terminar, le mostró el contrato firmado por ella. Ciertamente, las duras leyes siberianas sí le daban validez a una gran X manuscrita, como firma. Confundido, el doctor Warnock regresó a su asiento.


–Este anillo de metal conecta los óvulos y todo el sistema reproductor gracias a la energía eléctrica suministrada por nuestro condensador, y usando el suero que ven aquí como conductor, la concepción es garantizada en un cien por ciento –explicó detalladamente Svetlana.


Los relámpagos, la lluvia y el viento se cernían sobre el castillo apresurando al doctor con su explicación.

–Pero, doctor Svetlana... –preguntó uno de los reporteros– ¿cómo se puede concretar la concepción sin el ingrediente masculino?

Con una carcajada y dando una señal para el levantamiento de las poleas hasta la cima de la torre, el científico contestó mientras ascendía.

–¡Claro que hay ingrediente masculino, señor mío! ¡Del mismísimo doctor Viktor Rodrierik Hugo Svetlana Milosevich! –y ante los ojos desorbitados de la comitiva y de Sonja, dejó caer su bata para descubrir su esquelético cuerpo adornado por una gran erección.

“¡Ahora, Iván!”, gritó emocionado desde las alturas.

Envueltos en una nube de relámpagos, vapor y viento, el doctor Svetlana realizó su acto nuevamente, poseyendo con fuerza a la gitana. Los dispositivos eléctricos recorrieron el vientre de Úrsula y justo al minuto con 49 segundos exactamente, ambos llegaron a un orgasmo de calidad macrocósmica.

Pero no sólo ellos dos. Abajo, todos los hombres y Sonja, en la intimidad de sus prendas, también conocieron pequeños orgasmos al presenciar tan brutal fuerza de la naturaleza. Iván, furioso, accionó el mecanismo para bajar al doctor y a Úrsula.


Mostrando en el rostro una gran de satisfacción, el doctor bajó de la plancha, tomó su bata y le abrió el paso a Iván para que secara y cubriera a la gitana que sonreía sin parar.

Los hombres de la comitiva estaban paralizados. Mojados y paralizados.

“¡Y ahora, caballeros, la muestra de nuestro éxito!”

El científico se secó un poco y levantó el dispositivo metálico parecido a un estetoscopio y se lo llevó a los oídos, la parte de la plancha la colocó en el vientre de la mujer. Un gesto de orgullo le iluminó el rostro. Uno a uno, los hombres dieron fe de que lo que escuchaban era un nuevo corazón latente, dentro del cuerpo de la escultural gitana.

–¡Mis más grandes felicitaciones, doctor! Esto es el invento más grande que ha conocido la humanidad, después de la rueda, claro... –comentó uno de ellos.

–A partir de mañana el mundo sabrá de usted, ¡y de este maravilloso imán de oportunidades que es Listvyanka! –dijo otro.

–Por supuesto... –contestó abrumado el doctor.


Después de un par de horas entre una celebración con cantidades generosas de vino, calentados por el fuego de la chimenea, las danzas de Úrsula y una visita furtiva para conocer a las otras chicas, los hombres de la comitiva y la prensa recibieron los detalles técnicos por parte del doctor Viktor que les harían entender mejor este milagro para el mundo entero.

Al alba, los hombres se fueron satisfechos con la promesa de hacer grande al hombre, tanto como a su pueblo, asegurándole que ellos también ganarían algo de todo esto.


Sonja era la única que reflexionaba más acuciosamente con respecto a lo que acababa de presenciar. Mientras todos se disponían a dormir, ella se acercó al doctor Viktor.

–Doctor, ya vimos que funciona su invento. Lo del adormecimiento de las mujeres se entendía por ataques de pánico que pudieran poner en peligro a usted y a la “voluntaria”, ¿correcto? –le preguntó, inquisitiva.

–Correcto –asintió el científico.

–Pero si eso está controlado... ¿por qué no dejar que la mujer goce el primer y mejor clímax que va a tener en su vida? ¿para qué negárselo, como a Úrsula o a mí?

El doctor Svetlana sintió un gran escalofrío.




V.




Nadie hubiera imaginado lo que esa decisión desató en la ciudad de Listvyanka. Ni en el pobre de Iván.

Sin duda, el doctor Svetlana era el científico innovador más famoso del orbe. Sus sueños de fama y fortuna se cumplían, restableciendo el honor y economía de su linaje, asegurados ahora por varias generaciones.

Su nombre se mencionaba de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad debido a la gran cantidad de visitantes diplomáticos y comitivas científicas que siempre aprovechaban la ocasión para conocer las maravillas naturales del lago Baikal y sus alrededores.


Las vidas de Iván y del doctor Viktor Svetlana se convirtieron en un circo del que sacaban jugosas ganancias. Una vez despachadas las 15 doncellas, cientos, si no miles de solicitudes llegaban diario a las puertas del castillo. Eran mujeres. Mujeres que habían escuchado el rumor y leído los titulares en Kiev, Odessa, Roma o Londres. Mujeres ávidas de la experiencia única que brindaba ese científico asombroso.

Curiosamente, la creación de vida nunca fue lo realmente importante. Todas querían tener el mejor orgasmo de su historia.


Así, largas filas alrededor del castillo y una boyante economía del pueblo, desarrollada a partir de las miles de visitantes que buscaban una oportunidad en los servicios prestados por el doctor, hicieron de Listvyanka una población muy próspera al punto de convertirla en ciudad, e incluso pelear por ser la capital de Irkutsk-Oblast. Mujeres de toda la región y más allá llegaban diario al pueblo, algunas acompañadas de toda la familia. Mujeres de poblaciones como Nikola, Bol’Shaya, Taltsy, Burduguz, Bolshiye y hasta de Baykalsk, al otro lado del lago, llenaban los hostales, casas de huéspedes, establos y otras construcciones que se empezaban a remodelar para albergar tal cantidad de personas.


Las 15 amazonas iniciales rápidamente se convirtieron en las asistentes de toda la infraestructura alrededor del doctor. Una revisaba las aplicaciones, otra seleccionaba a la candidatas para entrevistas uno a uno, otra llevaba el control de pagos y cobranza, otra estaba encargada de los asuntos médicos, alguna más revisaba junto con Iván los requerimientos técnicos de cada noche, otra llevaba una bitácora de todos los procesos, otra se encargaba de los protocolos de los invitados especiales, etc. Ninguna volvió a estar con el doctor, o con alguien para tal efecto, nunca más durante su estadía en el castillo.


Todos los días, sin importar la estación del año, el clima o la condición física de las solicitantes, justo a la medianoche el doctor Svetlana hacía su famosa demostración. Un minuto con 49 segundos exactamente, y luego, una explosión de placer que hacía que la fama del doctor creciera y creciera.

Un minuto con 49 segundos que volvían cada día a Iván más miserable.

Lloraba de desesperación y odio todas las noches en su habitación, con una ansiedad que ni masturbándose tres veces diarias podía controlar.

En seis meses el científico había preñado a más de 170 mujeres. A una tercera parte ya se le notaba un gran vientre. Salvo por una semana cuando la lluvia y la nieve en la espalda lo llevaron a la cama con pulmonía, el doctor había adquirido una condición física envidiable. Seguía siendo el mismo esqueleto cincuentenario, pero el fuego en sus ojos era diferente, ya eran parte de la actuación y parte del encanto para las solicitantes. Éstas ya eran lo más variado de la naturaleza, tanto en edad como en apariencia. Algunas en franca madurez se colaron y Luuta u Olga, por la pena en rechazar su petición a tan grata experiencia, las aceptaron. Obviamente sólo podía ser una diaria y una sola vez.

Aunque los intentos para repetir fueron varios, el más famoso fue el caso de Eva, una joven de Kiev que se tiñó y cortó el cabello, actuó con un acento extraño y hasta se dejó engordar 10 kilos para parecer otra persona. Fue descubierta por Iván, que en su lascivia le observó un lunar en el muslo interno izquierdo que concordaba con el de la muchacha que luego se presentó como Ana. Tras un intenso interrogatorio por el Servicio Secreto Siberiano, confesó llorando de rabia su embarazo y el deseo incontrolable de volver a sentir aquella maravilla experimentada un par de meses atrás.

“Ustedes, hombres... jamás lo entenderían...”, replicaba Eva con ojos condenatorios, sin saber que los rudos agentes siberianos Mikhail y Johann eran realmente... pareja sentimental.


Transcurridos siete meses, Iván estaba totalmente fuera de sus cabales. Ni las terapias de siete kilómetros de nado estilo libre en las congeladas aguas del Baikal podían calmar la furia y lujuria acumuladas en el jorobado cuerpo del pobre hombre. Y fue justamente al regresar de una de sus escapadas al lago cuando, repasando sus deberes, tuvo el chispazo genial que cambiaría todo.

La solución estaba en la preparación de las pastillas que le ayudaban al doctor a ponerse a punto, justo antes de su actuación nocturna.

Era un cálculo de perfección absoluta, cualquier ingrediente de más o menos alteraría drásticamente los resultados, como fue probado en varias ocasiones con Lola, el perro San Bernardo que tuvo un papel importantísimo como conejillo de indias en el desarrollo del experimento. ¿Y por qué llamar Lola a un perro macho gigante? Básicamente por las libertades que se daba un científico loco para hacer lo que le viniera en gana.


Alrededor de las ocho de la noche, cuando el doctor Svetlana dormía su siesta para despertar fresco para la actuación, Iván sustituyó las pastillas por otras preparadas para la venganza.

Casi en la medianoche, el doctor estaba en la plancha con la solicitante en turno, una obesa señora mayor del pueblo cercano de Nikola. Ella, más caliente que una fogata de herrero, miraba al doctor con ojos, podríamos decir, “de amor”. Sus carnes rebasaban la capacidad de la plancha, pero aún así se las ingeniaron para atarla adecuadamente. Iván obediente al pie de las máquinas esperaba las órdenes de Svetlana. Éste sintió el primer golpe de las pastillas reformuladas. Y dio la orden.

“¡Súbenos, Iván! ¡El momento ha llegado! ¡Es el momento de la creación y la superioridad científica por encima de la veleidad celestial!”, gritaba el doctor mientras ascendía hacia un torbellino de nubes y relámpagos que ya los esperaban.

“Hay que reconocerle que después de todo este tiempo no ha perdido el toque dramático”, pensó Iván, mientras se aseguraba de que todo marchara en orden.

El segundo efecto de las pastillas lo sintió inusualmente el doctor en todo el cuerpo. Trató de ignorarlo pero no pudo. Al despojarse de su bata y quedar desnudo frente a su rolliza clienta se dio cuenta que su erección superaba por mucho el estándar que había mantenido toda su vida. La mujer miró al miembro del doctor con una mezcla de asombro, miedo y deseo. Era mucho más de lo que había escuchado. Había alcanzado un tamaño digno de leyendas griegas. Con el primer relámpago que conectó la energía a la plancha, ambos sabían que el momento había llegado. Y así fue.

Fueron el último minuto y 49 segundos en la vida del doctor Viktor Svetlana.

En medio de las embestidas del doctor, los relámpagos, el viento y la nieve, las pastillas surtieron su maléfico propósito. La sangre requerida para lograr la erección del doctor llegaba en cantidades anómalas, excesivas, y mientras más lo hacía crecer, más pálido y más débil se sentía. Una conjunción de sensaciones se agolparon en su cuerpo, pero todo fue muy rápido como para que tuviera tiempo de reaccionar. Justo para la embestida final, toda la sangre del doctor estaba contenida en un solo lugar, haciendo que en zonas vitales como el cerebro y corazón escaseara el importante líquido. Los gritos de la mujer eran tales que abajo nadie sospechaba nada, y tampoco nadie escuchó entre el viento y los truenos el último orgasmo del doctor que mezclado con un poderoso paro cardíaco puso fin a su corta pero exitosa carrera.

Al bajarlos, con el doctor a los pies de la plancha y la mujer desmayada de placer, Iván supo que había logrado con éxito el subversivo plan. Sonja, al asomarse y darse cuenta de lo ocurrido, se paralizó del pánico, lo que provocó que se le adelantara el parto dando a luz un par de semanas después al primogénito de más de 180 hijos, que el doctor nunca conocería.


Ante tal situación hubo consejo de emergencia entre las 15 mujeres e Iván. El acuerdo llegó rápido. A la rolliza clienta se le pagaría abundantemente por su silencio, y el castillo y la ciudad seguirían funcionando normalmente.

Y así siguió por mucho tiempo.

Decenas, cientos de mujeres conocieron el mejor orgasmo de su vida y la voz llegó a todos los confines de la Tierra volviendo a la Perla de Siberia en pionera de la industria turística mundial. Miles de niños fueron concebidos gracias a tan magnífica creación.

Dios era derrotado dos veces al día.

En efecto, la nueva administración tenía dos funciones, una a medio día y otra a media noche. Lo cual multiplicó los ingresos, servicios y lujos del castillo. Iván, ahora conocido como doctor Viktor Rodrierik Hugo Svetlana Milosevich, vivió la época más feliz de su vida. Cuando las clientas le veían con recelo la joroba bajo la bata blanca, él, animoso contaba pasajes de la historia de su madre. Claro que al acabar con el servicio, a ninguna le importaba nada.


Y aunque un minuto y 49 segundos pueden parecer cortos, Iván, con una gran sonrisa en los labios, sabía que en algún lugar su padre estaría orgulloso.


LA NUEVA ECONOMÍA




Josh no podía colgar el teléfono. Por más que le decía a Susan que no le mentía, que hoy sí la vería para acompañarla al mall, ella insistía en asegurarlo de alguna manera. No podía culparla, se lo había hecho tres veces ya esta semana dejándola plantada en su casa o en el cine. Siempre a causa de su obsesión en “rankear” cada vez más alto en los high-scores del juego on-line de su nueva consola de video.


Continue reading this ebook at Smashwords.
Purchase this book or download sample versions for your ebook reader.
(Pages 1-38 show above.)