Excerpt for Días felices by David Santos Solano, available in its entirety at Smashwords

DÍAS FELICES


por

David Santos Solano



SMASHWORDS EDITION



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PUBLISHED BY:

David Santos Solano on Smashwords


Días felices

Copyright © 2010 by David Santos Solano



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DÍAS FELICES



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EL CAJÓN DE LOS OLVIDOS


No podía pegar ojo. Se levantó a fumar un cigarrillo. Miró la tele. Volvió a la cama. Las dos y dieciséis. Durante las noches en blanco da tiempo a pensar en muchas cosas. Y el pensamiento divaga incontrolado. Se descubrió pensando en la niñez, de pronto. Es difícil concebir una infancia más feliz.

Recuerdos. Comer cerezas recién arrancadas del árbol, guisantes recién recogidos de la mata. Aquel tomate con sal, cortado por la mitad, aún caliente del sol que caía a plomo sobre el huerto. O las noches de tormenta sentados en el porche, viendo los rayos en el horizonte. Contando los segundos que pasaban hasta que oían el trueno. Y el olor a tierra húmeda creciendo a cada momento, hasta que la lluvia les alcanzaba. O despertar a papá y mamá los fines de semana, meterse en su cama, saltar, luchar. Y después desayunar huevos fritos con beicon.

Las dos y cuarenta y cuatro. Pensó que era increíble la cantidad de buenos recuerdos que había en su cabeza. Nunca se había parado a pensarlo. En ese momento le asaltó un recuerdo turbio, del accidente. Pero no era igual. Se dio cuenta de que no recordaba casi nada de aquello. Apenas los horribles gritos de aquella chica atrapada bajo el autobús escolar. Casi los podía oír. Pero poco más. Recordaba el antes y el después. Pero era consciente, más de veinte años después, de que aquel día tuvo que ver algo terrible. Era imposible no haberlo visto. De algún modo que no podía explicar sabía que lo vio y, sin embargo, no era capaz de recordarlo.

Trató de hacerlo, trató de recordar. Intentó visualizar lo que viera con seis años. Pero era imposible. Aunque sabía que el recuerdo estaba ahí, escondido en algún rincón. En algún cajón, en un cuarto oscuro del cerebro donde se guardan las cosas que no queremos recordar.

Quizá era necesario para seguir viviendo que aquello permaneciera allí, para mantener la cordura. O quizá la pestilencia de aquel recuerdo hubiera estado escapando por las rendijas del cajón durante toda su vida, por debajo de la puerta, delicada pero firmemente tiñéndolo todo; quizá era necesario un exorcismo. O quizá...

Sonó el despertador. Se duchó canturreando, se vistió de rutina y se aprestó a restar un día más.



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FRÍO


La contemplo postrada en la cama. Sus párpados pesan cada vez más y se cierran poco a poco. Acerco mis labios a su boca, despacio; la beso. Pero no siento nada, solo el frío de la muerte. Me dejo caer a los pies de su cama y lloro. Tiemblo.

No hay un dolor mayor. Saber que nunca volveré a sentir sus labios. No poder abrazarla jamás. No sentir su piel agitarse mientras muerdo su cuello. Y saber que nunca más me mirarán sus ojos azules.

La noche es infinita. Como el dolor. Como la rabia que siento. Como esta soledad absoluta. Despierta, Elisa, ¡despierta! Lo grito con todas mis fuerzas junto a su oído. Trato de zarandearla. Sollozo. Por favor... Despierta... Crece el miedo. Y con él la ira, imparable en mi pecho. ¡Despierta! Y, mientras grito, lanzo mi puño contra el despertador. Observo, atónito, como se estrella contra el suelo y se hace pedazos.

Y entonces Elisa despierta, la respiración agitada, el miedo en sus ojos. '¿Carlos?' ¡Elisa! Y ella rompe a llorar. Pero no, sus ojos azules siguen sin mirarme. Nunca más me mirarán sus ojos azules. Acaricio su mano. Pero no siento nada, sólo el frío de mi muerte.



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ORO, INCIENSO, MIRRA Y...


Cansado de dar pelotazos a la pared, Mateo recogió el balón de reglamento que le habían traído los Reyes Magos y entró en casa. Estuvo jugando con su nueva Wii pero también lo dejó después de un rato. Mateo se aburría como las monas.

Papá entró a la habitación para avisarle de que era hora de comer y, mientras se sentaba a la mesa y mamá le servía la sopa, tuvo una idea genial.

- Mamá, ya sé qué les voy a pedir a los Reyes el año que viene.

- Hijo mío, parece que te ha hecho la boca un fraile.

- El año que viene quiero que me echen los Reyes un hermanito, para jugar al fútbol con él.

- ¿Un hermanito?

- Es que sin portero me aburro.

- Ángel, mira lo que dice tu hijo, que quiere un hermanito – dijo mamá entre risas.

- ¿Un hermanito? Pues si te portas bien lo mismo lo encargamos y te lo traen. ¿Qué, mami, lo encargamos?

- Vaya golfo de padre que tienes.

Y aunque mamá había llamado golfo a papá y eso se supone que está muy feo, los dos se estaban riendo así que Mateo también se rió, porque le gustaba cuando papá y mamá se reían y se miraban como se estaban mirando entonces.

Al año siguiente Mateo tuvo un montón de Reyes. Y eso que ya le habían traído al hermanito un par de meses antes. Pero aun así los Reyes le dejaron montones de juguetes. Unos cuántos en casa y otros en casa de papá, que ahora vivía en otra casa porque papá y mamá se habían separado. Mateo no sabía muy bien por qué; mamá le había dicho que a veces las mamás y los papás discuten y es mejor que se separen porque si no se dicen cosas muy feas pero que papá y mamá le querían muchísimo aunque estuvieran separados. Eso es lo que le dijo. Pero Mateo sospechaba que papá se había enfadado porque el hermanito que le pidió a los Reyes Magos se lo trajo Baltasar.



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UN DÍA DE LOS ENAMORADOS


Entró a la habitación de Rosa, dejó el vaso en la mesilla y arrastrando los pies se acercó a la ventana. El ruido de la persiana al subir y la luz desparramándose por la habitación la despertaron.

- Buenos días, mi vida – dijo acercándole el vaso de agua. Trabajosamente se sentó a su lado en la cama y le acarició el pelo.

- Te quiero, Antonio.

El temblor de las manos de él creció por momentos mientras rompía a llorar. Y entre sollozos se echó en la cama junto a ella y la abrazó tan fuerte como le era posible.

Era la primera vez en cuatro años que ella daba muestras de reconocerlo.

Puede que aquel día fuera catorce de febrero, aunque es más probable que no lo fuera. Yo no lo sé. Y Rosa tampoco lo sabía.



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LA COSECHA


Mi nombre es Andrés Pizarro, son las nueve y media de la mañana del 13 de marzo de 2134 en Iquitos, Perú.

Anoche se marcharon del mismo modo en que llegaron, en silencio. Entre medias solo se ha escuchado el ruido de sus naves devorando la selva. Todas las informaciones a las que he tenido acceso indican que ha sucedido lo mismo en todo el planeta. La resistencia se redujo a los tres primeros días, y tras la destrucción de todas nuestras defensas solo nos ha quedado contemplar la siega.

Nos llevó miles de años dominar a la Naturaleza a nuestro antojo. Un siglo controlar nuestra propia voracidad que amenazaba con acabar en autodestrucción. Fuimos capaces de estabilizar la población y revertir los efectos del cambio climático. Hace diecisiete días éramos una especie poderosa, indestructible, capaz de conseguir cualquier cosa que se propusiera. Hasta que llegaron.

En pocos meses no quedará ningún ser vivo sobre la tierra. Han arrasado con toda la vida vegetal del planeta y el futuro es cualquier cosa excepto incierto: solo nos resta agotar las existencias almacenadas y agonizar. Lo más frustrante es que no hay un porqué.


Noticia real publicada en elmundo.es el 10 de marzo de 2008:

Un 'spot' dirigido a consumidores de otra galaxia.

Publicidad para extraterrestres. ALONSO CONTRERAS (EFE).

El próximo 12 de junio marcará un hito en la historia de la publicidad, cuando se lance al espacio el primer anuncio dirigido a posibles consumidores de aperitivos de maíz en un sistema solar que está a 42 años luz de distancia y que lo recibirá en 2050. Una popular marca de aperitivos hechos con harina de maíz, aceite y saborizantes artificiales, se ha asociado con científicos espaciales de la Universidad de Leicester (Inglaterra) para transmitir un anuncio a través del Radar de Ultra Frecuencia de 500 megahertzios hacia la estrella Osa Mayor 47 (47UMA). (...)



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NO REPLY, NO REPLAY


Daniel creaba diálogos perfectos que funcionaban como máquinas de precisión desembocando, siempre, en finales felices.

En la vida real, sin embargo, la mitad de esos diálogos no dependían de él, allí solo podía dar la réplica. Pero no era este un gran problema.

Porque Daniel creaba réplicas perfectas que funcionaban como máquinas de precisión desembocando, siempre, en finales felices.

En la vida real, sin embargo, sin tiempo para reflexionar, las oportunidades se escapaban. Aquello sí era problemático. Porque en la vida real no había pausa, ni botón de marcha atrás.

Así que Daniel creaba diálogos perfectos que funcionaban como máquinas de precisión desembocando, siempre, en finales felices.

Después lloraba.



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LLEGADAS


No iba cada día, pero sí solía ir al menos un par de veces por semana. Todo empezó un par de años atrás, poco antes de jubilarse. Aquella vez era él quien volvía.

Regresaba de su último viaje de negocios, tras pasar cinco semanas intentando vender los productos de su empresa a personas que no los necesitaban. Las puertas automáticas se abrieron a su paso mientras arrastraba su raída maleta de viajante y le enfrentaron con una multitud de caras ansiosas, ojos que buscaban ávidamente el objetivo al que disparar esa sonrisa que los labios apenas podían ya retener. Se deslizó entre aquel amasijo de bienvenidas y buscó un taxi que lo llevara a casa. Deshizo la maleta, descongeló una pizza y la cenó frente al televisor. Después de la ducha se contempló durante unos minutos en el espejo, mirándose como quien mira un bodegón. Se puso el pijama y dejó que el sueño lo venciera mientras lloraba.

Algunos meses después compró un billete de metro y bajó al andén con paso firme y decidido. Fue justo hasta la mitad del túnel y allí se detuvo haciendo que las puntas de sus zapatos sobresalieran unos centímetros del borde. Dos minutos después se comenzó a oír el rumor del convoy que se aproximaba. Giró la cabeza hacia la oscuridad y miró cómo se iban acercando los dos pequeños puntos luminosos. El tren fue tomando forma y pronto entró con estruendo a la estación. Pudo ver al conductor y el letrero que indicaba el punto de destino. Se balanceó levemente hacia delante y tuvo que agitar los brazos con violencia para evitar caer a las vías. Cerró los ojos asustado y no supo distinguir si aquel suspiro surgió de sus propios pulmones o del sistema hidráulico que abrió las puertas de los vagones. Se apeó en la última estación: Aeropuerto.

Desde entonces era un visitante regular. Le gustaba pasar unas horas allí. Miraba los paneles e imaginaba que en aquel vuelo de Düsseldorf o en ese otro de Lima tal vez regresaba a casa alguien querido. Después se colocaba en primera línea, apoyado en la baranda, esperando a que se deslizaran aquellas puertas de cristal que no dejaban ver el otro lado. Y se dejaba envolver en aquel amasijo de bienvenidas. A veces, con suerte, quedaba justo en medio de dos sonrisas y soñaba por un instante que no estaba en medio sino al final. Tampoco se engañaba. Era consciente de que nunca llegaría nadie, y consciente de que lo esperaba una casa vacía. Pero también sabía que eran aquellas visitas al aeropuerto las culpables de que siguiera con vida.



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UN CUMPLEAÑOS MÁGICO


Anuncio real recogido de qweb.es:

Manu, El Mago. Fiestas de Cumpleaños. Magia infantil con animales vivos!


Cuando recibieron el aviso por radio no daban crédito.

- Central, ¿podría repetir el mensaje?

- Diríjanse a Juan de Austria, 25, quinto derecha. Hemos recibido aviso de la presencia de un oso en la vivienda.

- Central...

- Mira, Paco, no te lo voy a repetir más. Id para allá a ver qué demonios pasa.

A Miguelito le encantaría la sorpresa. Se pirraba por los animales y no se perdía ni uno solo de los documentales que daban por televisión. Daba igual que el programa hablara de selvas americanas, de la sabana africana, o de la fauna submarina. Si en pantalla había un animal ahí estaba Miguel sin perderse detalle.

Ojalá pudieran vivir en el campo y tener un enorme jardín para llenarlo de bichos. O aunque solo fuera un pequeño adosado, al menos podrían tener un perro. Pero el sueldo no daba nada más que para el alquiler de un piso pequeño y para más inri Cecilia, la madre de Miguel, era alérgica a los gatos. Así que el padre había pensado que como regalo de cumpleaños un hámster sería perfecto. Lo había hablado con Cecilia y ella se había encargado de completar el plan.

- Nacho, me parece una idea maravillosa. A tu hijo le va a encantar. De hecho se me está ocurriendo una cosa estupenda para darle el regalo.

- Tú dirás, cariño.

- ¿Sabes que estaba buscando algún tipo de animación para la fiesta? Pues mira lo que he encontrado en internet.

- Un mago que hace trucos con animales. - dijo Nacho mirando la pantalla del ordenador - ¡Es perfecto!

Y así fue como se organizó la fiesta del décimo cumpleaños de Miguelito. A las cinco irían llegando sus amigos del colegio y a eso de las seis habían quedado con el Mago Manu. Le entregarían el hámster y él lo haría aparecer con alguno de sus trucos.

- Buenas tardes, venimos por lo del aviso que han dado.

- Sí, agente, gracias por venir. Pase hacia el salón, está allí.

- ¡Tienen que encontrar al mago! ¡Es culpa del mago!

- Tranquilícese, señora, por favor. Déjenos trabajar.

- Sí, Cecilia, por favor, mantén la clama.

- Pero, Nacho...

Al abrir la puerta del salón lo vieron. Tumbado junto a la ventana de la terraza ocupaba prácticamente todo el largo de la estancia. Vaya si era un oso. ¡Y menudo oso! Y sentado a su lado estaba Miguel, alimentándolo con gusanitos y chucherías de su fiesta. Paco, el policía municipal que había subido hasta la vivienda, llamó por el 'walkie' a su compañero.

- Esteban, pide a la central que manden refuerzos urgentemente. Y que avisen al Seprona. O incluso al zoo de Madrid avisaría yo.

- ¿Qué dices?

- Esteban, tú diles lo que yo te he dicho.

- ¿Pero me estás diciendo que de verdad hay un oso en el piso?

- Polar, Esteban, polar. Un oso polar.

El mago estaba ya terminando su actuación. Los padres del niño le habían entregado el hámster y hacerlo aparecer sería el colofón final del espectáculo. Para entonces los niños ya habían quedado bastante asombrados con aquel señor que sacaba de su boca metros de pañuelos anudados y de su chistera palomas y conejos. Miguel se acercó al anciano mago cuando este requirió su ayuda para un último truco.

- Ahora Miguel – dijo el mago engolando la voz – te voy a proponer un cambio. Tú me darás algo que lleves en los bolsillos y yo te lo convertiré en un animal que será tu mascota de ahora en adelante. ¿Qué tienes que me pueda interesar?

- Solo tengo tres canicas – contestó Miguel tras rebuscar en sus vaqueros.

- ¡Canicas! Me encantan las canicas. Trato hecho. Convertiré tus canicas en... ¡un hámster! No me digas que no te gustaría tener un hámster.

- ¿Pero puedo tener el animal que quiera? Hoy he visto un documental sobre el Polo Norte y salían unos osos polares alucinantes. ¿Puedo tener un oso polar?

Y aquí he de hacer un inciso. Porque aquel mago tenía muchas virtudes pero también tenía sus defectillos. Uno de ellos era que, siendo un mago con portentosos poderes, le fastidiaba tremendamente no poder demostrar su verdadera capacidad y tener que limitarse a truquillos sin importancia en fiestas de cumpleaños infantiles. Y otro de sus defectos era que, al encontrarse con un niño realmente inocente e ilusionado, se apoderaba de él tal terura que no podía negarle a ese niño nada que le propusiera.

Así fue, pues, como tras pronunciar algunas palabras mágicas y hacer unos extraños gestos con su varita se levantó una gran nube de humo blanco que cubrió todo el salón y, cuando el humo se hubo disipado, Nacho y Cecilia comprobaron atónitos que tenían un oso polar en el salón de su piso.

¿Y el Mago Manu? Pues quince minutos después de que llegara la policía apareció un jovencito de apenas veinte años pidiendo disculpas por el retraso, alegando que se le había estropeado la moto y que no había podido avisar porque el móvil se quedó sin batería y que...

- Pero, ¿usted quién es? - lo interrumpió Cecilia.

- ¿Yo? El mago.

- ¿El mago?

- El Mago Manu. Hablé con usted por teléfono el martes y quedamos en que vendría a las seis, pero como le decía la moto me ha dejado tirado, lo siento mucho.



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ZOMBIE LIFE


De casa al trabajo. Del trabajo a casa. Así discurría su vida.

Pero en algún punto algo cambió, aunque no se diera cuenta. No supo cómo ocurrió, ni siquiera cuándo. La cosa es que una mañana, al despertar, descubrió extrañado cómo su gato devoraba parte de su pie derecho.

Reprimió el impulso de espantar a su mascota, cerró los ojos de nuevo, y dejó que el animal continuara su tarea.



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MAMÁ TENÍA RAZÓN, EN EL FONDO


Se despertó bruscamente al chocar contra el quitamiedos y ya solamente pudo asirse con fuerza al volante mientras se precipitaba al vacío. El morro golpeó contra la superficie y rápidamente el coche comenzó a sumergirse. Trató con todas sus fuerzas de abrir la puerta pero la presión del agua lo hacía imposible; aun así siguió intentándolo, golpeando la ventanilla, arañándola.

Fue entonces cuando vio el campanario. El auto se deslizaba hacia el fondo sobre la vertical de lo que fuera décadas atrás la plaza mayor de un pueblo condenado, como tantos, a convertirse en pantano en aras del progreso. Por alguna razón aquella visión la calmó, y observó pacientemente la fachada románica mientras el agua iba llenando el habitáculo. Supo entonces que tenía solo una oportunidad. Esperaría a que el agua lo ocupara todo y entonces, igualadas la presión interior y exterior, podría abrir la puerta y nadar hacia la superficie. Que consiguiera llegar o no, era una duda que se despejaría en pocos minutos.

Había llegado el momento, el agua alcanzaba ya su barbilla, tomó todo el aire que pudo e hinchó sus carrillos preparándose para el ascenso. Mientras salía del vehículo comprobó aterrada cómo cientos de finas burbujas escapaban por algún punto entre su labio inferior y su barbilla, y braceó frenéticamente con la distorsionada luna llena como objetivo.

No vio luz alguna al final de ningún túnel, ni su vida pasó ante sus ojos como si de una película se tratase. Ella solo vio a su madre, algunos años atrás: “Mira, es tu boca y tu dinero, así que haz lo que te parezca. Pero piénsatelo bien, que eso es algo para toda la vida, no sea que en el futuro te vayas a arrepentir del dichoso 'piercing'”.



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TUVE UN DÍA FELIZ


Suena el teléfono otra vez. Al principio pensaba, o quería pensar, que sería mamá, o Pablo, y que al no localizarme acabarían por venir a casa. Lo más probable es que llamen de alguna compañía de internet o algo así. Si por lo menos hubiera tenido encendida la tele sabría el tiempo que llevo tirado. Creo que han pasado cuatro o cinco días, pero no estoy seguro. Los primeros dos días era más o menos sencillo llevar la cuenta, aunque tampoco sé cuánto tiempo estuve inconsciente después del golpe. Ahora me quedo dormido a cada rato. No sé si duermo unos minutos o varias horas, así que no sé cuánto tiempo llevo así. Pero deben de ser cuatro o cinco días, no más. Tampoco creo que se pueda aguantar mucho más tiempo sin agua. Realmente no sé cuánto se puede aguantar.

Leí hace no mucho una noticia sobre un tipo que estuvo veinte años en coma. No recuerdo exactamente, quizá fueran más, pero es igual. Me parece que era holandés. O belga. El caso es que pasados esos veinte años unos médicos habían desarrollado unas pruebas nuevas para establecer si una persona estaba en coma o no, y decidieron hacérselas. Descubrieron que no estaba en coma sino paralizado. El tío llevaba veinte años paralizado pero consciente, escuchaba todo lo que decían a su alrededor. No sé si también podía ver, no decía nada la noticia. Lo que sí decía era que ahora se comunicaba mediante un ordenador, aunque no explicaban cómo, tampoco. Lo que más me extrañó del asunto es que la noticia no comentara nada de su estado mental. No sé por qué sería. Puede que estuviera mentalmente sano, pero no me entra en la cabeza. Aunque uno no sabe qué es capaz de aguantar hasta que no le quedan más cojones que aguantarlo.

He movido la cabeza. También hago algunos ruidos, aunque muy bajos, pero no consigo hablar. El teléfono ha sonado otra vez. Cinco tonos. Luego no han insistido. Tiene que venir alguien. Tiene que venir alguien. Por favor, tiene que venir alguien.

Tobías me ha arañado la cara. Tiene hambre, imagino. Quiere que le dé comida. No me gustan los perros. Pero un perro habría estado ladrando. Tobías simplemente dormita en el sofá. A veces se acerca y me golpea con la pata. Como antes, cuando me ha arañado la cara. Bueno, quería un gato porque son independientes, más desapegados. Y es lo que tengo. Soy como un gato yo, también. Por eso nadie me ha echado de menos todavía. Aunque está claro que no sé caer de pie.

Me he acordado del superviviente ese de la tele. Son unos documentales en los que a un ex militar inglés, creo que es inglés, le abandonan en plena naturaleza y tiene que sobrevivir por sus propios medios hasta llegar a algún punto habitado. Le pueden dejar en una selva, en una cordillera alpina, en un desierto, donde sea. Y el tipo consigue agua potable y comida. Recuerdo haberle visto comer larvas. Otra vez se comió un pescado que aún estaba vivo. El caso es que siempre va alguien filmándole, mínimo una persona. Imagino que el cámara llevará víveres, así que ver al inglés comiendo esas cosas resulta un poco absurdo. De hecho siempre he pensado que tiene más mérito que el protagonista, hace las mismas cosas y encima va cargando con la cámara.

Anoche Tobías me quitó la cucaracha. Bueno, no sé si fue anoche. Era de noche, eso sí. No sabía que tenía cucarachas, nunca había visto ninguna por casa. La vi salir de debajo del sofá. Salió rápido, haciendo ese ruidito con las patas al correr. Luego se quedó parada, como si se diera cuenta de que la estaban observando. No te acerques, no te acerques. Eso fue lo primero que pensé. Pero enseguida la vi como comida. Correteó de aquí para allá un buen rato. Simplemente me dediqué a seguirla con la mirada esperando, como si fuera una planta carnívora, a que se metiera en mi boca. Ya estaba cerca de mi cara cuando apareció Tobías. Menos de un metro, quizá. Él saltó desde el sofá y me la quitó. Estuve llorando un buen rato, maldiciéndole. Ahora me paso el tiempo mirando atentamente bajo el sofá, esperando, acechando. Si había una cucaracha puede que haya más. O a lo peor esta cucaracha también vivía sola. Al menos esto me mantiene la mente ocupada, la vigilancia. Esto y pensar en otras cosas, en cualquier cosa. A veces cierro los ojos y pienso en lo que sea. Me da igual en qué. La cosa es pensar en algo que no sea esto. Mientras pienso me olvido de que estoy aquí tirado, muriéndome.

Quería mucho a Carla. La quiero mucho. Aunque ella piense que no. No se me da bien decirlo, eso es todo. No, no es todo. No se me da bien demostrarlo. Pero la quiero mucho. Es solo que me gustaba estar con ella en casa. Charlar, follar. O solamente estar. Estar con ella. Me sobraba el mundo. Pero a ella no, a ella no le bastaba con nosotros. Me jodió que se fuera. Pero lo que de verdad dolió fue que me dijera eso. Porque sí que la quiero. Es solo que no sé decirlo. No cuando ella quiso, al menos.

Me duele mucho la cabeza. Y no parece que tanto golpe esté valiendo para nada. Ni siquiera sé si vive alguien en el piso de abajo. Siempre he evitado a los vecinos. De pequeño tenía un 'walkie'. Un 'gualkitolki', que decíamos. Nos trajo un par papá de Alemania, uno para Pablo y otro para mí. No debían de ser gran cosa porque solo conseguíamos oírnos a pocos metros de distancia. Y casi oías más la voz por la cercanía que a través del aparato. Eran negros, con una antena extensible de metal. Como las que tenían antes también los coches, con un remache en la punta, que hacía de tope. Para hablar había que pulsar un botón rojo, enorme, que estaba en el lateral derecho. Y tenía una especie de altavoz con una rejilla en vertical, que también hacía de micrófono. Lo mejor del aparato, para mí, es que tenía otro botón que emitía pitidos, y un alfabeto Morse en una chapa plateada debajo del altavoz. Me gustaba mandar mensajes en código Morse, pero no llegué a aprenderlo. O al menos ya no lo recuerdo. Se me ocurrió porque me acordé de 'Johnny cogió su fusil'. Es jodido sentirse identificado con una novela así. Un tío que no tiene ni cara. El mensaje es que la guerra no tiene sentido, y tal. Cambiar una bombilla tampoco tiene mucho sentido, ese será mi legado. Pero me acordé de que Johnny intenta comunicarse utilizando el código Morse, dando cabezazos sobre la almohada para decir que está vivo, que está consciente. Así que me puse a dar cabezazos al terrazo. No sé código Morse pero si consigo molestar a los vecinos quizá alguien venga. Alguien tiene que venir. Por favor, alguien tiene que venir. Ni siquiera sé si el piso de abajo está ocupado. Pero esperaré a que sea de noche. Se me oirá más y molestaré más.

Carla se llevaba bien con mis vecinos. Me acuerdo de aquel día, saliendo del ascensor. Nos encontramos con una pareja mayor y se paró a hablar con ellos. Ya se conocían. Llevaba un par de meses viniendo por casa y ya conocía a aquella gente. Yo en siete años lo más que he hecho es saludar. Hay veces que espero a salir de casa si oigo a alguien en el descansillo. No sé por qué. Simplemente lo hago. A la gente como Carla no le podría pasar esto. A gente como Carla se la echa de menos. Me dijo que así sería completamente feliz. Habíamos discutido porque ella quería salir y a mí no me apetecía. Al final nos quedamos en casa viendo una película. Aquella de Amenábar, la del paralítico gallego al que ayudaron a suicidarse, no recuerdo el título. Estábamos viéndola y de pronto me soltó eso. Así serías completamente feliz, tú. Y se largó dando un portazo. Me quedé viendo la película. Y tuvo que ser ella la que llamara al día siguiente. Le gustaba follar conmigo. Y me quería. Pero yo también la quería, aunque ella piense que no.

Si pudiera volver atrás haría las cosas de otra manera. Eso es un montón de mierda. Nadie es capaz de hacer las cosas de otra manera. Si se funde una bombilla la cambias. Porque no hay otra opción. Y la vida es igual. Uno no tiene todas las posibilidades para elegir. Estamos predeterminados por cómo somos a hacer lo que hacemos. Una y otra vez. Lo demás es mentira. Si volviera atrás correría tras ella para pedirle que se quedara. O mejor, saldría tras ella para pedirle perdón y salir por ahí en lugar de quedarnos en casa. O mejor aún, me saldría una hélice del culo y la llevaría volando a París, porque sería un jodido extraterrestre. Y si volviera atrás llamaría a un electricista para cambiar una bombilla, y no sería un despojo.

Por favor. Que venga alguien. Por favor. Tobías. Tobías. ¿Qué has hecho, Tobías? Por favor, que venga alguien. Mamá, por favor. Escúchame, mamá. Por favor. Por favor. Por favor. No puedo más. No puedo más. Por favor. No puedo más. Mamá, por favor. Por favor.

En cuanto se hizo de noche empecé a dar cabezazos. Pero me dormí. No, no me dormí. Creo que perdí el sentido. Apenas puedo mantenerme despierto unos minutos. Solo siento la cabeza. Y toda la cabeza es dolor. Soy una cabeza que duele. Creo que se me pegó la lengua al paladar. Tengo sangre en la boca. Cuando he despertado me he visto sangre en la mano derecha. No lo entendía. Luego me he dado cuenta. No solo tenía sangre. Me falta parte de la palma de la mano. Tobías se ha comido mi mano mientras dormía. Dios mío. Tengo que morir cuanto antes. Nadie va a venir. Nadie vendrá. Tengo miedo de Tobías. Mucho más miedo de Tobías que de morir. Tengo que morir cuanto antes. Pero no puedo dejar de respirar. Lo sé porque lo he intentado. He intentado dejar de respirar, pero no puedo.

Es el timbre de la puerta. Ha sido el timbre de la puerta. A veces oigo el teléfono, aunque no sé si lo oigo o sueño. Pero ahora ha sido el timbre de la puerta. Estoy seguro de que era la puerta. Tengo que hacer ruido. Tengo que hacer algo. No puedo. Estoy agotado. No puedo. ¿Carla? Han dicho mi nombre. ¿Era Carla? Es Carla. Por favor. Tengo que hacer ruido. Sí. Otro cabezazo. Dios, no puedo más. Carla, por favor. Carla. Carla.

Ruido. Mucho ruido. Ruido. Aguanta. Me están gritando. Aguanta. Hay cables y ruido. Aguanta. Me gritan. Es ella. Tengo cables en la cara. Es ella. No cierres los ojos. No te duermas. Es ella. No te duermas. Aguanta. No te duermas. Diego, no te duermas.

Me han jodido la sorpresa. Pero me da igual. Ha sido mi compañero. Sí, mi chica es morena y tiene un anillo en la ceja. Así que está esperándome abajo. Lleva cuatro días sin llamarme. Ahora lo entiendo. Me da igual la sorpresa. Ha venido a buscarme. Ha pasado cuatro días sin dar señales de vida para venir a buscarme hoy. Me hago el loco al salir a la calle. Está esperándome con una rosa. La invito a comer, es mi cumpleaños. Pasamos la tarde juntos. Besándonos, más que nada. Podría pasarme la vida en esa boca. Se lo digo. Acaricio su vientre y lo beso. Podría pasarme la vida en tu boca. Y los veranos acampar junto a tu ombligo. Sobrevivir en ti. Eso no se lo digo. No sé decirle eso. Le digo te quiero. Pone mala cara. No digas eso. Pero me abraza. Y me paso la tarde en esa boca.

Despierta. Por favor, despierta. Sí, Diego, mírame, no cierres los ojos. Aguanta. Diego, aguanta. Es ella. Es ella. Carla. No llores, Carla. No llores, tuve un día feliz. Tuve un día feliz. Otros nunca lo tienen. Yo tuve un día feliz.



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KIKO BORRICO


El sonido de la persiana de metal puso a volar a una bandada de gorriones. Kiko los observó posarse unos metros más allá, en el alero del ayuntamiento. Limpió las gafas y se secó el sudor del rostro con el pañuelo antes de volver a colocárselas. Maricarmen terminó de abrir y se refugió del calor en el estanco, colocó el cartel de 'abierto' y se quedó unos segundos mirando a Kiko a través del cristal, en el otro extremo de la plaza, sentado en el banco junto a la puerta de la iglesia. Dónde irá con el chándal, con la que está cayendo.

¡Kiko Borrico! ¡Kiko Borrico! ¡Kiko Borrico! Los cuatro chavales pararon sus bicicletas frente al banco. '¿Tienes frío, Kiko?' 'Habrá salido a hacer footing. ¿Te estás preparando para las paraolimpiadas?' La rueda de una de las bicis se colocó sobre su pie izquierdo. '¿Los zapatos estos con borlas son los oficiales de atletismo para mongos?' Había aprendido a aguantar las burlas. Hace años era diferente, solía defenderse. Hay gente que dice que las palabras hacen más daño que los golpes. Pero no es cierto. El dolor de los golpes se pasa, eso es verdad, pero los golpes humillan más que las palabras. La impotencia, la indefensión, el desprecio. La última vez fue la peor. Lo arrinconaron unos chicos en la esquina del Tío Pera. Se trataba de ver quién era el primero en saltarle las gafas de una colleja, dijeron. Eso fue hace unos quince años. Decidió entonces soportar las burlas.

'¡Déjame, hijo de puta!' Soltó una patada. '¿Qué has dicho?' Kiko metió las manos en la chaqueta del chándal, agachando la mirada. '¡Que qué has dicho, subnormal!' 'Va, déjale, Marcos, vámonos a la pisci'. Se marcharon. Marcos el último. 'Ya te pillaré otro día. Retrasado'. Se quedó sentado allí unos diez minutos, sin poder moverse, le temblaban las rodillas. Entonces se levantó y empezó a caminar decidido, cruzando la plaza, aún con las manos en la chaqueta.

Salió de la trastienda al oír la campanilla de la puerta. A ver este qué quiere ahora. 'Dime'. La respuesta fue un murmullo ininteligible. '¿Qué? Venga, dime rápido qué quieres que estoy viendo la novela'. 'El dinero, dame el dinero de la caja'. Maricarmen lo miró incrédula. Estaba allí plantado, con el chándal verde, el sudor empapándole la frente, y la mano derecha en el bolsillo de la chaqueta simulando una pistola. Le dio la espalda y alcanzó un paquete de tabaco de la estantería. 'Me vas a hacer salir para nada... Toma, un Fortuna. Tres euros'. Kiko la miraba aturdido, así que salió de detrás del mostrador, cacheó sus pantalones, sacó su cartera y cogió ella misma un billete de cinco euros. 'Hala, toma, un mechero para hacer los cinco euros. Y ahora, largo'. Cuando lo vio salir a la calle volvió a la trastienda y se sentó en el sofá a ver la novela.

Parado ante la puerta del estanco, frente a la iglesia, le pareció que esta se le venía encima. Sintió que la iglesia lo aplastaba, que lo aplastaba la plaza, que el calor fundía el mundo y el mundo caía sobre él. Se quedó mirando el paquete de tabaco y el mechero de plástico azul transparente, que sujetaba en su mano izquierda. Sacó la derecha de la chaqueta y metió el cañón de la pistola en su boca. Al oír el estruendo, Maricarmen subió un poco más el volumen del televisor.



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