Excerpt for Fuera de su escondite by David Santos Solano, available in its entirety at Smashwords

FUERA DE SU ESCONDITE


por

David Santos Solano



SMASHWORDS EDITION



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PUBLISHED BY:

David Santos Solano on Smashwords


Fuera de su escondite

Copyright © 2006 by David Santos Solano



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FUERA DE SU ESCONDITE



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GÉNESIS. EN EL PRINCIPIO...


Tendida entre la maleza, exhausta, observa a la criatura que solloza entre sus brazos. De pronto comprende que la recién nacida, cubierta de pelo, cubierta de sangre, tiene nombre desde mucho antes de nacer. O quizá sería más apropiado decir lo contrario. Quizá tenga nombre desde mucho después de nacer.

Algo salió mal, muy mal. Todos los ensayos previos habían sido un éxito. Trescientos años después de que las teorías de Einstein hubieran puesto la primera piedra, el proyecto Wells, desarrollado en el más estricto secreto, había cumplido todas las expectativas y los viajes en el tiempo eran un hecho.

Eva Dawn había sido reclutada para dirigir el viaje inaugural tras el periodo de pruebas. En un primer momento acogió la noticia con escepticismo. ¿Viajes en el tiempo? Sin embargo, pronto pudo comprobar que no se trataba de delirios de científicos visionarios, sino de realidades. Y lo cierto es que, como paleontóloga, la propuesta era un sueño: un viaje al Edén para ser testigo de los orígenes de la especie humana. Pero algo salió mal.

Cuando recuperó la conciencia la invadió el terror. Un grupo de ocho individuos, ocho primates, husmeaban con curiosidad y temor entre el amasijo de metal al que había quedado reducido el Wells I. Junto a ella yacía la doctora Kim Leung y, unos metros más allá, el cuerpo del tercer tripulante, el comandante Raymond Julien, descansaba sobre un charco de sangre. Inclinó su cuerpo hacia el de Kim, sus ojos permanecían abiertos, su mano helada. Estaba sola. Sola. ¿Sola? Ocho pares de ojos la observaban.

Eva había perdido toda esperanza. Más de dos meses atrapada en aquel mundo. ¿Por qué nadie había acudido en su búsqueda? Algo había ido mal. Algo había ido mucho peor de lo que pareció en principio. ¿Qué había sido del Wells II, del Wells III? Algo había ido terriblemente mal y Eva ya había perdido toda esperanza.

Los primeros días solo se dedicaron a observarla, a observarse mutuamente. Sin duda aquel era un grupo de homínidos, pero no podía ser el que habían venido a estudiar. Aquel grupo no había alcanzado aún el estadio evolutivo esperado, no había nada remotamente 'humano' en ellos. Posiblemente hubiera otros grupos más evolucionados. Tenía que haberlos. Ella misma había estudiado sus fósiles.

Los primeros días solo la observaban. Después todo cambió. Después todo fue horrible. Y dos meses más tarde, Eva lo sabía. Sabía que aquel horror, aquella vejación, aquel acto violento y bestial... Eva lo sabía. Y su cuerpo corroboraba su teoría.

Tendida entre la maleza, exhausta, observa a la criatura que solloza entre sus brazos. De pronto comprende que la recién nacida, cubierta de pelo, cubierta de sangre, tiene nombre desde mucho antes de nacer. O quizá sería más apropiado decir lo contrario. Quizá tenga nombre desde mucho después de nacer.

'Lucy', musita besando la cabeza de la niña, 'mi Lucy'.



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CALVARIO


Despertó gritando, aterrado. Examinó su frente, sus manos. Todo había sido un horrible sueño.

Un pequeño punto luminoso apareció en el techo de la estancia. De pronto, el diminuto brillo se convirtió en una poderosa luz que devoró la oscuridad cegándolo.

Se sintió izado de repente. Volvió el dolor, despertó. El sol hería sus ojos. Las lágrimas se abrieron paso a través de la sangre reseca.

'Eli, Eli, metul mah shevaktani?'



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HORMIGAS


Se veían casi todos los días. Cuatro estaciones juntoseparados. Unos pocos minutos de miradas furtivas. Después, perderse cada uno en diferente dirección del hormiguero.

Un día el dejó de subir al vagón. Y tras unos pocos días ella se dio cuenta: lo amaba.

Pasados unos meses él volvió a subir al vagón. Y al volverla a ver se dio cuenta: la amaba.

Siguieron desde entonces viéndose casi todos los días. Cuatro estaciones juntoseparados. Unos pocos minutos de miradas furtivas. Después, perderse cada uno en diferente dirección del hormiguero.



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UN SUSURRO


Te quiero, nene. Ven conmigo.

El susurro junto a su oído lo sacó del sueño. Aún se encontraba en ese espacio indefinido que va del sueño a la vigilia cuando, con los labios pegados a la almohada, masculló '¿Marta?' Al instante un escalofrío le recorrió el espinazo despertándolo definitivamente. Se echó a llorar.

El sol comenzaba a colarse a través de los agujeritos de la persiana. Abrió los ojos. Miles, millones tal vez, de partículas de polvo flotaban en la habitación. Parecían estrellas a través de las lágrimas.

Era su voz. Qué extrañas jugarretas puede hacernos la mente. La voz de ella. Se giró hacia la mesilla y miró su foto. La voz de Marta. El nudo de su estómago se apretó aún más. Estaba guapísima. Había tomado la foto durante aquel precioso viaje por Italia. Cinco semanas antes del accidente. Hacía ya once meses. El accidente. El puto accidente.

Tardó meses en dejarse convencer. Aún hoy, esta mañana, sigue teniendo la sensación de haberla matado. Le podría haer pasado a cualquiera. Pero le pasó a él. Pero le pasó a ella. Fue él quien disparó. Ella quien gritó herida. Y fueron sus ojos los que, ahogados, le pidieron una ayuda que él no supo ofrecer. Le podría haber pasado a cualquiera, le decían. Qué fácil era hablar.

Alcanzó el paquete de tabaco que se ocultaba tras la fotografía, en la mesilla. Encendió un cigarrillo, lanzó una bocanada de humo hacia el techo, secó de sus ojos las lágrimas con el antebrazo. Era su voz. Exactamente como la recordaba. Exactamente como la sentía en el pecho. Como la sentía en las tripas. Era su voz. Qué extrañas jugarretas puede hacernos la mente.

Lo primero que pensó hacer tras el entierro fue vengarse. De sí mismo. No tuvo valor. Se vengó de la escopeta. Aquella vieja escopeta de suu padre que solo había disparado una vez. Una maldita vez. La destrozó. Y la enterró junto a aquel árbol. Aquel árbol junto al que perdió su vida entera.

Decidió levantarse. Rodó sobre el colchón para salir de la cama por el otro lado y su espalda se encontró con algo duro y frío. Extrañado levantó las sábanas. Se quedó inmóvil, petrificado. Su voz. Otra vez escuchó el susurro junto a su nuca, mientras sus ojos permanecían clavados sobre el colchón, sobre aquella vieja escopeta.

Te quiero, nene. Ven conmigo.



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FUERA DE SU ESCONDITE


Contemplaba el papel, cuadriculado y vacío. Como el escultor contempla un pedazo de roca mientras maquina cómo liberar la forma que yace atrapada en su interior.

Pasaba el tiempo, lentamente. Y en un instante las vio aparecer, tímidas. Letras que salían de su escondite bajo la celulosa. Y comenzó a escribir:

Contemplaba el papel, cuadriculado y vacío. Como el escritor contempla un pedazo de roca mientras maquina cómo liberar la forma que yace atrapada en su interior.

Pasaba el tiempo, lentamente. Y en un instante las vio aparecer, tímidas. Letras que salían de su escondite bajo la celulosa. Y comenzó a...



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EL PENSAMIENTO


Al abrirse la puerta le esperaban esos otros ojos azules. Y aquella sonrisa rubia que derretía todo lo que tocaba. Tomándola en brazos la besó. '¿Me das un mua?' 'Mua', dijo ella posando los labios sobre su barba, 'pincha'.

La dejó de nuevo en el suelo y la siguió hacia el salón de la casa. Allí miró cómo su padre le daba (o le forzaba) la merienda. 'Si no comes tenemos que quitar a Manuelita'. 'No, no, no'. Al final se avino a comer. En la tele, Manuelita y Bartolito se enamoraban. Así de fácil, se veían y se amaban. ¡Los dos! Joder con las tortugas, pensó.

Aceleró haciendo rugir el motor de su Honda. Salía desde la última línea de parrilla pero, en un alarde de habilidad inusitada, consiguió colocarse en tercer lugar a falta de una vuelta y media para el final de la carrera. '¡Ya los tengo! ¡Ya los tengo! ¡Ya verás que “lijá”!' Desde abajo, aprovechando el factor sorpresa y la apertura bucal al pronunciar la A de “lijá”, un trozo de queso se abrió camino hacia su garganta. Apartó la vista del circuito y se encontró con la rubita de ojos azules y aquella sonrisa de bola extra. Ahí acabó todo. La moto se estampó contra un muro de hormigón y el piloto infográfico, salvo milagro cibernético, probablemente duerme el sueño de los justos en un cielo pixelado.


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