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Malabrazos


Carlos Be


































Malabrazos

Carlos Be


Primera edición: Noviembre de 2009

© Carlos Be


Ilustración de portada © Jan Pisarik

Impreso en España

Impreso por Bubok Publishing S.L.














A Fran
















Si antes de abrazar a vuestra amante habéis contemplado las estrellas, no la abrazaréis de la misma manera que si hubierais contemplado las paredes de vuestro cuarto.


El gran secreto, Maurice Maeterlinck














1. Como hacen las cebras







Despertarse no sirve de nada, nunca me acuerdo de los sueños, no creo ni que existan, aunque todo el mundo hable de ellos, ¿por qué todos sueñan y yo no?, ¿dónde están mis sueños?, ¡no quiero despertar!, abro los ojos, a ver hoy, nada, otra vez nada, nada que recordar, por eso me pongo tan nervioso al acostarme y me cuesta tanto dormirme, mamá no lo entiende pero a ver quién es el valiente que se mete en la cama sin saber lo que le sucederá durante la noche, adónde irá, de la mano de quién.

Cuento hasta cuatro, en cuanto puedo contar hasta cuatro sé que estoy a punto de despertar o ya estoy despierto, no lo sé, sólo sé que es lo primero que hago cada día, contar hasta cuatro, uno, dos, tres, cuatro y el despertador que suena.

Lanzo un manotazo al aire para apagar el reloj. No lo encuentro y me golpeo en el canto la mesita. Duele. He vuelto a moverme por la noche. Giro en sueños que no existen. Seguro que por la tarde mamá me preguntará si he tenido pesadillas. No, le responderé que no. Si no sé lo que es un sueño, cómo voy a saber qué es una pesadilla.

–Has golpeado la pared otra vez –dirá mamá.

Yo me encogeré de hombros.

Por fin doy con el despertador y lo apago, espero que papá no se haya despertado, papá tiene un humor de perros por las mañanas. Las ocho y un minuto. Si fuera fin de semana remolonearía en la cama hasta tarde, hasta la hora de comer, nada que hacer los fines de semana, mamá gritándome perezoso, pero entre semana toca correr y mucho, que hay cole. Recojo la almohada del suelo, qué hace la almohada en el suelo, me pongo las zapatillas y al pasillo dando tumbos, una mano rascándome la cabeza, la otra en el calzoncillo, mamá imaginada detrás de mí diciendo que muy bien, que buenos días, que ahora a despertar a tu hermanita.

Enciendo la luz de su habitación. Elisa me espera con un ojo abierto y me da los buenos días agitando los dedos sobre el embozo. Mi hermana pequeña siempre se despierta en la misma posición en que se duerme.

El hadita buena de cristal –así la llama mamá cuando la acuesta–, el hadita buena de cristal va a dormirse enseguida que tiene sueño...

¡Cuento, cuento! –pide Elisa a mamá cada noche–. ¡Cuento o al hadita de cristal no le va a dar la gana de dormir!

Y mamá le cuenta un cuento, un cuento nuevo cada noche.

–En un país muy grande y muy al norte, donde siempre llueve y nieva…

–¿A la vez?

Sí, Chelina, llueve y nieva a la vez. En ese país, te decía, hay un tren de hielo y niebla…

Y Elisa se duerme. Mamá cuenta unos cuentos muy bonitos, dice que es lo único que sabe hacer bien, contar cuentos e improvisar ripios. Lo de los ripios no sé qué es.

Es lo único bueno que me ha enseñado vuestra abuelita… –añade mamá.

¿Qué son los ripios? –interrumpo.

­–Algo que está ahí para que todo parezca bien, normal, pero que en realidad no sirve para nada, es más…

–¿Papá es un ripio?

–¡Julio!


* * *


Mamá acababa por rectificar, era lo que más hacía mamá, rectificar, y decía que la abuelita no le había enseñado nada, que había sido ella misma quien se acordaba de todos los cuentos que les contaba la abuelita, a mamá y a su hermana, la tía Encarna, cuando eran muy pequeñas, en aquella época en que al lado de la abuelita estaba aún el abuelito que la tenía siempre cogida de la mano y a quien no llegué a conocer, murió antes de nacer yo y fue entonces, dice la tía Encarna, que la abuelita comenzó a beber y la oscuridad se enredó en las noches de la abuelita como sombras de lobos, sombras de lobos que alcanzaron los cuentos de sus hijas y mordisquearon su hígado de viuda encogido en lágrimas que nunca salieron a llorar por el ombligo.

­–Mamá, ¿me estás cambiando de tema porque no quieres hablar del ripio de papá?

–¡Julio!


* * *


Conocía el repertorio completo de cuentos de mamá, todos los cuentos de la abuelita. Mamá me los había contado durante años, años enteros de cuentos nocturnos. ¡Qué feliz me sentía las mañanas que despertaba por la mañana y creía que el cuento de la noche anterior había sido un sueño!, aunque rápidamente caía en la cuenta que no, pero al menos no me había dormía con miedo, hasta que una noche mamá dijo que los cuentos se habían acabado y chimpón, que no vendría más a mi dormitorio, que no debía tener miedo a estar solo –nunca dejaré de tenerlo, mamá– y que tenía que dejar de hablar raro y decir esos nombres tan impronunciables que se me ocurrían, que ya era mayorcito para pensar en tonterías antes de ir a dormir. Yo protestaba, ¡eran tonterías que quería que se convirtieran en sueños y no tenían nombres impronunciables, la abuelita me los escribía y me los leía y yo los aprendía, podían pronunciarse! Lloriqueaba como un niño malcriado. En fin, que quería más cuentos nocturnos a toda costa. Mamá, resignada, me prometió un último cuento, el último de los cuentos nocturnos. El berrinche se extinguió de sopetón y me contó el último de mis cuentos nocturnos, un cuento que se repetiría noche tras noche, de nada servirían mis quejas ni mis bufidos, insistir en un cuento distinto. Fue una de las pocas cosas que mamá nunca rectificaría, para mi desgracia. El último cuento siempre era el mismo cuento.

Este es el cuento de Juan y Pimiento, que tenían las medias azules y el culo al revés, ¿quieres que te lo cuente otra vez?

Y sólo se acababa cuando respondía que no. Y la siguiente noche, más de lo mismo.

Este es el cuento de Juan y Pimiento, que tenían las medias azules y el culo al revés, ¿quieres que te lo cuente otra vez?

Hasta que una noche, aburrido como una lata de sardinas, le dije que basta, que no quería más cuentos, que no los necesitaba y recuerdo que aquella noche hundí la cara en la almohada para asfixiarme delante de mamá pero ella no se lo creyó y me quedé solo en la habitación y a oscuras. Pasé un miedo.


* * *


Desde la cama, Elisa me tiende un dedo. Lo apreso en mi mano y estiro. Mi hermanita ríe hasta quedar sentada en la cama. No encuentro sus zapatillas, no hay día que no las esconda aunque sostiene que ella no es, que no se había movido de la cama, que ha sido el señor del pasillo. El señor del pasillo, le cuenta mamá, es papá, pero Elisa seguía teniéndole miedo.

¿Dónde has dejado las aletillas? –le pregunto.

Elisa llama aletillas a las zapatillas. De pequeña, de más pequeña, no sabía pronunciar la zeta y le avergonzaba que todos se rieran de sus eses tontas. Se inventó lo de aletillas y se quedaron con ese nombre.

–Elisa, ¿las aletillas? Si no te acostumbras a andar con aletillas por la casa, te resfriarás. Muchos mocos.

Mamá imaginada, detrás de mí, asentía satisfecha.

El señor del pasillo ha escondido una en el cajón de la mesita –me susurra Elisa.

Abro la mesita de noche. Aparece la primera de las zapatillas, pisando el diario dorado que mamá y papá le regalaron el día de su cumpleaños.

–Así mancharás las tapas del diario... ¿Y la otra?

–Frío, frío...

Me acerco a la ventana.

–Helado, helado, brrrr...

Me subo a la cama...

–Caliente, caliente...

Abro el armario ropero.

–¡Quema, quema!

Había escondido la zapatilla entre las mantas de invierno.

–¿Qué hace la aletilla aquí? Si mamá se entera...

–El señor del pasillo es alto. Como papá pero no es papá.

La saco de la cama y la calzo.

–Un piececito…

–¡No es piececito, es pececito! ¡Si no, no tiene aletillas! –y se reía.

–Un pececito y ahora el otro pececito... ¡Listos!

* * *

Recorremos el pasillo hasta la cocina cogidos de la mano.

Antes de irse de madrugada al Taller Mecánico de los Hermanos Menéndez, mamá sube leche fresca y tres bollos suizos que yo me encargo de partir y untar con mantequilla. Un bollo para Elisa, otro para mí y el tercero, el más espolvoreado, reservado para papá, para cuando se levante. De lunes a viernes, este es nuestro desayuno. El sábado, más de lo mismo pero no tan temprano, a medida que nos levantábamos mamá nos prepara el bollo suizo y la mayoría de las veces se nos junta con la hora del almuerzo. Mamá calienta los bollos suizos a la plancha y saben mejor o quizás estén más buenos porque nos los comemos sin prisas. Y los domingos, día de fiesta, ¡cientos de porras con chocolate humeante!

Siento a Elisa en el taburete chico de plástico marrón, abro el gas y coloco el cazo con la leche fresca en un hornillo. En el otro hornillo, la oroley que mamá carga para que al levantarnos sólo tengamos que encender los fuegos.

Mientras se hace el café, a vestirme. De camino a la habitación, me detengo ante la puerta entreabierta del dormitorio de los papás. Mamá, por supuesto, ya no está. Se levanta a las cinco de la mañana y entra a trabajar a las seis, aunque últimamente se despierta antes y merodea a oscuras por el piso con su barriga de nueve meses y unas ojeras grises gigantescas, tan grandes como sonrisas tristes por tantas noches en vela, dice estar pasándolo fatal con este embarazo, que no puede compararse ni con el mío ni con el de Elisa, de lo mal que lo está pasando.

Este niño dará guerra –vaticina mamá entre soplido y soplido.

Todos hablamos del futuro miembro de la familia en masculino, sabemos que será un niño. Tal vez lo deseamos con tanta fuerza que acabará por cumplirse.

A través de la puerta entreabierta, veo a papá dormir despanzurra-do en la cama con los brazos abiertos y completamente desnudo. Antes yo también dormía desnudo, no soportaba el pijama, siempre tirándome por todos lados, pero eso era antes, ahora duermo con calzoncillos, no quiero que nadie descubra que mojo las sábanas, no sé lo que sucede, intuyo que algo malo, y que papá duerma desnudo me hace sentir peor, a él no le pasa, me atemoriza la sola idea de ser descubierto, me siento enfermo, debe ser una enfermedad, antes no me ocurría, antes yo era normal, aunque hace poco que me han salido pelos alrededor del ahíabajo, pelos muy parecidos a los de la cabeza, pero papá también tiene pelos en su ahíabajo, por eso en el momento en que me salieron no me preocupé, pero lo de mojar las sábanas es otra cosa.

Salgo de mi ensimismamiento y me doy cuenta que miro fijamente las nalgas redondas de papá. Bajo la cabeza en el acto y me dirijo a mi habitación sin atreverme a levantar la vista del suelo. Mi ahíabajo tiembla.

Me pongo los zapatos cuando Elisa empieza a gritar.

–¡Café, café, café...!

Cojeo hasta la cocina.

Elisa, en el taburete, con los ojos clavados en los borbollones de café que escupe la oroley contra las baldosas, agita los pies en el aire. Ya ha logrado, como quien no quiere la cosa, desprenderse de las zapatillas. Mamá siempre carga demasiado la cafetera, mira que se lo tengo dicho. Cierro el gas y preparo dos tazas grandes de leche manchada de café con tres cucharadas de azúcar en cada una.

Acabamos de desayunar y voy a por el zapato que me falta. Le lavo la cara a Elisa y la visto con el uniforme de la escuela, jersey beige con cuello de cisne, chaleco verde oscuro y falda gris de tablas con imperdible. Mochilas a la espalda, coger las llaves de casa del cuenco de cristal de Murano del recibidor, de Murano de Postín, añade la tía Encarna, y a la calle.


* * *


Elisa se detiene en el escalón del portal y, sin atreverse todavía a bajar a la acera, asoma la cabeza. Contempla la gente y el tráfico, como si el ajetreo la impresionara sobremanera, como si no lo recordara de un día para otro, y me aprieta la mano con fuerza. Yo le sonrío como me ha enseñado a sonreír Cary Grant y, con un gesto de ¡ya! por parte de los dos, bajamos a la acera de un brinco.

–¡Buenos días, nenos!

La panadera del barrio que nos saluda a gritos. Llama nenos a todos los niños del barrio. Por lo visto, en el pueblo donde ha nacido, muy al norte y con océano, a los niños los llaman nenos y a los ríos miños. El apodo de nenos no me gusta demasiado. A nosotros en particular nos llama los nenos de la Tonta. Mamá se venga y le dice que nunca más le comprará bollos suizos lo cual es mentira porque no había nadie en calles a la redonda que los haga como ella. Mamá se desahoga diciéndonos que no hablemos con ella, que es una chismosa, una cotorra, una cotilla y una charlatana.

–¡Hala, cuántas cosas! –gritamos entusiasmados Elisa y yo, ¡y de carrerilla!

¡Y todas empiezan por ce! –añado yo.

¡No, Chelín, no –aclara mamá–, chismosa y charlatana empiezan por che! Pero nunca le digáis todo esto a la panadera que se enfadará.

Elisa y yo asentimos.

¿Secreto? –le pregunta Elisa.

Mamá, muy seria, le dice que sí.

Mamá comparte muchos secretos con nosotros y el mejor de todos, el más preciado es nuestro mote de verdad, nada de nenos ni pamplinas, Chelines. Así nos llaman los papás. Somos sus Chelines, que también empieza por ce, o por che, como todos los secretos buenos.

¡Buenos días, señora chis... panadera! –respondemos Elisa y yo a un tiempo.

–¿Al cole, nenos?

–Sí.

–Que vaya bien.

Que vaya bien. Recuerdo que tardamos en saber qué responder a aquello de que vaya bien. Un día se lo pregunté a mamá y ella, como es habitual en estos casos, desvió la mirada hacia otro lugar, esperó a que la respuesta adecuada descendiera de donde le viniera en gana descender y al fin, con cara de resignación, habló.

Eso de que vaya bien, cuando os lo digan, vosotros lo que tenéis que hacer es quedaros calladitos, punto en boca, ni pío, ¿entendido?, y os vais con una gran sonrisa en los labios y sin dejar de mirar a los ojos a la persona que os lo haya dicho, ¿de acuerdo?

–¡Sí, mamá!

La de farolas que nos comimos.


* * *


En la esquina de la manzana, a pocos metros de la panadería, justo después de la farola abollada, llegamos a la primera calle del día a cruzar. Elisa señala el paso cebra.

¿Cómo hace la cebra si le pisan las rayas negras? –le pregunto.

Y Elisa relincha enseñando los dientes.

–¿Y cómo hace la cebra si le pisan las rayas blancas?

Y Elisa ríe a carcajadas y sin soltarnos de la mano cruzamos la calle saltando sobre las rayas blancas.







2. El peso de la fe







El cielo se había hecho para mí y lo comprendí cuando llegué corriendo al descampado que quedaba detrás de la iglesia, el capellán aún debía estar rebufando, sus dedos enroscados en la rejilla del confesionario, que un mequetrefe, sí, así me llamó, mequetrefe, hay que ver, que un mequetrefe de diez años como yo le hiciera aquella pregunta.

–¿La fe pesa?

El capellán tartamudeó.

–Repite lo que has dicho, niño.

–¿La fe…? –pero me detuve en seco.

A veces, más de las que yo quisiera, a los mayores les da por volverse sordos, y casi siempre coincide con algo que no quieren oír. Lo de volverse sordo lo hace mucho papá y se le da muy bien, la verdad, ni siquiera parpadea, le quiero hacer una pregunta y él puede permanecer con los ojos pegados al televisor y cara de pez globo porque eso sí, cuando se vuelve sordo se le hinchan los mofletes, da una risa... Entonces, mamá, sentada a su lado o en su entroysalgo de la cocina, suspira y se encoge de hombros, sabe que le va a tocar, que le ha vuelto a tocar y me aproximo a ella y la miro a los ojos o a las marcas coloradas que le dejan las patillas de las gafas en la nariz o a sus ojeras grises y ella entorna los párpados, le sacude como un calambre por todo el cuerpo y con pasitos cortos y rápidos se escabulle hacia la galería para refugiarse entre el calentador, la lavadora y el tendedero sisi de color verde, o también hacia el fondo del pasillo, es la otra de sus vías de escape, hacia los dormitorios, y yo detrás, sin perderle la pista, pisándole los talones.

Mamá, mamá... Mamá, ¿dónde te has metido? Mamá, que te pillo... ¿Mamá?

En una ocasión la sorprendí sentada en la cama de matrimonio. A pies juntillas, doblaba y desdoblaba sin parar el mismo par de calcetines de deporte de papá.

–Mamá, mamá…

Estoy ocupada, Chelín –me dijo mamá.

–Mamá, mamá…

Dime, Chelín... –suspiró mamá.

Mamá, ¿sabes…? ­–no recuerdo qué le pregunté y mamá abrió un cajón y, con las manos planas enterradas entre montones de calcetines enrollados y calzoncillos plegados en tres, escuchó pacientemente mi pregunta y buscó con la mirada en el techo del dormitorio a que la respuesta se dignara a descender.


* * *


–Que qué has dicho, niño –el capellán alzó una ceja y arrimó la oreja a la rejilla.

Mejor si cambio de pregunta, lo del peso de la fe parece que no le ha gustado, a ver, otra pregunta, tengo que pensar rápido, rápido...

Todavía me quedan muchos niños por confesar, debía pensar el capellán. Esperaban sentados en el primer banco de la iglesia, mañana recibiríamos todos el sacramento de la comunión. Observé la oreja del capellán, pegada a la rejilla. Tenía unos pelos muy negros y bolas de cera pegadas a los pelos.

La panadera contaba que nuestro capellán era medio sordo, no de las dos orejas sino de una. Una oreja no le funcionaba y la panadera decía a días que era la derecha, a días la izquierda, es lo de menos, el caso es que una de las dos no le funcionaba por culpa de una feligresa que había intentado perforársela con un clavo.

–¡Qué barbaridad! –gritaban las mujeres en la panadería, que conocían la historia de pe a pa, la habían oído contar millares de veces–, ¿y tú cómo lo sabes?

Y la dependienta se pavoneaba detrás del mostrador, se pavoneaba con los brazos en jarra, soltaba una risa como de pavo, con mucho gorgorito, hacía que se entretenía o se despistaba, sólo para darle más suspense y, de repente, levantaba un dedo y hablaba de corrido.

¡Lo ocurrido, en realidad, sólo lo sabe Dios, porque todo ocurrió dentro de la iglesia y fuera de horas de misa, pero al día siguiente el capellán subió al altar con media cabeza vendada y algunos, los que estábamos más cerca de la cruz, vimos que al Cristo le faltaba el clavo en los pies. La feligresa –y en este punto los ojos de la panadera chispeaban–, y lo sé de muy buena tinta, arrancó el clavo con sus propias manos y se lo metió al capellán por la oreja, nadie sabe por qué, bueno, sí que se sabe pero ojito que está el neno de la Tonta aquí escuchándolo todo, otro día sigo no sea que se nos chive al capellán cuando le toque confesarse, pero que sepáis que la cosa no queda aquí, pero yo, por si acaso, desde ese día que vi a nuestro Cristo con los pies colgando en el aire, dejo el doble de propina en el cepillo, por si acaso, que nunca se sabe por dónde entrará el demonio.

Así de corrido lo soltaba, sin bajar el dedo en ningún momento. A mí me insultaba siempre y las mujeres gritaban.

–¡Se dice limosna, no propina!

–¡Hay que ver, propina o limosna, a fin de cuentas todo son cuartos! –chillaba la panadera, que su genio tenía–. A lo que iba, que nunca se sabe por dónde entrará o si ya está dentro. ¿Qué me has dicho que querías, neno?

–Burra de medio.

Aquí tienes, cariño.

La panadera tenía fama de embustera, pero lo que era cierto, y podía comprobarlo dentro del confesionario y con mis propios ojos, era que el capellán tenía el lóbulo de la oreja izquierda rasgado. Claro, no me había fijado antes, con la cera y los pelos…

Niño, que no tengo todo el día... ­–los pelos de la oreja vibraron.

–¿La fe pesa? –repetí.

El capellán apartó la oreja de la rejilla.

–No, la fe no pesa –respondió.

–¿Flota? –pregunté.

–¿Dónde quieres ir a parar?

Mamá dice que las mentiras no pesan porque son insustanciales. Y la fe también es insustancial, ¿no?

El capellán se tapó la boca con las manos, parpadeó varias veces, miró a un lado y al otro y respiró hondo.

–Mira, niño, los ángeles flotan, vuelan, y no son mentiras...

Los ángeles… –interrumpí–, perdone, pero los ángeles ya sé desde hace tiempo que no existen, como los Reyes Magos.

Una cobra real se retorció en el interior de la boca del capellán. Sabía lo que sucedería a continuación, peligro-peligro, lo había visto por la tele, en Sandokan, la serie del pirata con piel de gitano que se pintaba los ojos de negro y que chiflaba a todas las mujeres de la panadería excepto a mamá. Es que la Tonta no se entera de nada, decían. Chiflaba a todas las mujeres de la panadería y a las Mendrugas, las niñas del cole que compraban el Superpop. En la tele, el Tigre de Malasia se encontraba con la cobra real y la cobra real se movía así, como la lengua del capellán, y después se abalanzaba sobre su contrincante con los colmillos envenenados.

¡La fe no es ninguna mentira! –gritó el capellán.

La saliva atravesó la rejilla. Giré la cara para esquivar las gotas. Unas pocas me salpicaron en la frente. Me sequé rápidamente con la bocamanga. ¿Serían corrosivas?

–No te pases de rosca –añadió el capellán.

Fruncí los labios. No hacía falta que me escupiera para no pasarme de rosca, pensé en decirle, bastaba con que Dios en persona, que por ahí cerca andaría, al fin y al cabo estábamos en su casa, bastaba con que Dios me propinara un buen coscorrón celestial para que yo me arrepintiera en el acto de todo e incluso acabara creyéndome que los camellos de los Reyes Magos subían por la fachada de casa como Spiderman. Pero no dije nada y el coscorrón celestial tampoco llegó, sólo una nueva descarga de escupitajos ácidos.

–¿Has tenido pensamientos impuros?

No –respondí al mismo tiempo que pensaba ge, i, ele, i, pe, o con tilde, y encogía el cuello, segunda oportunidad para Dios de arrearme su coscorrón celestial, que desaprovecharía. Dios parecía no comprender. Tan solo pedía un pequeño milagro, una minúscula señal en el cogote que ahuyentara mis dudas sobre su existencia, un milagrito de nada que me mantuviera en el rebaño. No ocurrió. Ningún coscorrón. ¿Creo en Dios?, me pregunté.

–Si has tenido pensamientos impuros –bufó.

No –dije, y respondía a la vez a su pregunta y a la mía, a mi pregunta con una verdad que no recibía castigo alguno, siquiera en la casa de Dios, y respondía a su pregunta con una mentira que nadaba campante, con una sonrisa en los labios y su gorrito de baño amarillo, por la supuesta casa de Dios.

–¿No me engañas?

La mentira se congeló en el aire. Ya no sonreía. Parecía un espantapájaros con los brazos abiertos, inmóviles, detenidos en mitad de una brazada. Sus ojos amarillos me observaban con nerviosismo.

–Qué va, en mi vida –respondí, y la mentira recuperó la sonrisa, en dos brazadas largas alcanzó el altar y se sentó en una punta, tan pimpante, enseñando todos los dientes al Cristo en la cruz, chapoteando con los pies en el aire.

El capellán asintió en silencio, pronunció una retahíla de la que no entendí nada y me explicó que Dios perdonaba todos mis pecados, que estaba listo para recibir al día siguiente el cuerpo de Cristo.

¿A qué sabe? –pregunté–. ¿A ternera, a cerdo…?

El capellán dio un brinco en el banquito.

¿Te refieres a…?

–La galleta.

–Hostia, niño, se dice hostia.

Y yo que pensaba que podía decirse más suave.

–¿Y a qué sabe?

El capellán cerró los ojos.

A pan, así que sin reparos a la hora de tragártela.

¿Puedo irme ya?

Sus ojos se arrimaron a la rejilla.

–Sí, y dile a tu hermanita que pase.

Fuera del confesionario me esperaba Cristo, de perfil, clavado en la cruz tras el altar. Era una estatua aunque pareciera tan humana como yo, o como mi hermana, o como mamá. Como cualquier otro, vamos, aunque más alto que la media y con el costillar muy salido, como de hambruna. Se me escapó una sonrisa al imaginármelo sin el clavo, con los pies colgando en el vacío, dando patadas a diestro y siniestro –como si circulara en una bicicleta loca– a la búsqueda de asidero y el cáliz atravesar de un puntapié todo el largo de la parroquia y estrellarse sonoramente contra la pila bautismal mientras el capellán perseguía a la feligresa entre los bancos con el clavo en la oreja. Jesusito, pensé, no te lo tomes a mal pero no estás conmigo. No me oyó. Por si fuera poco, a Dios no le bastaba con no existir, ¡tampoco tenía poderes telepáticos!, y mira que en catequesis se deslomaban tratando de convencernos de que Dios leía todos y cada uno de nuestros pensamientos.

¡Eso es imposible! –recuerdo que protestó un niño a viva voz.

El monitor se llevó las manos a la cabeza.

Éramos el grupo más rebelde que jamás le había tocado, decía constantemente.

¿Por qué es imposible que Dios conozca nuestros pensamientos? –le dijo el monitor al niño, haciendo acopio de paciencia–. Para Dios nada es imposible...

Es imposible para Dios porque eso sólo lo hacen los superhéroes americanos y Dios no es un superhéroe americano –le respondió el niño.

Levanté el dedo.

El monitor me dio la palabra, supongo que confiaba en que cambiaría de tema.

–¿De qué país es Dios?

El monitor arrojó el cuaderno de catequesis y se marchó. Los doce niños nos quedamos sentados a la sombra del muro de la parroquia sin saber muy bien qué hacer. Ninguno quería marchar, no fuera que al monitor le diera por volver y nos pusiera falta, así que, recurriendo a nuestro sentido común, empezamos a dibujar ángeles, era el siguiente ejercicio del cuaderno de catequesis.

El niño de los superhéroes pintó muchos ángeles con metralletas que disparaban a unos monigotes de color marrón. Pensé que serían demonios pero no.

¡Bang, bang a los rusos! –gritaba entusiasmado el niño.

Yo no sabía qué dibujar. Mejor dicho, no sabía dibujar ángeles que volasen. Que volasen de verdad, quiero decir. Sobre el papel era fácil creer que volasen, simplemente tenías que dibujarlos como aplastados contra la hoja y poner la línea del suelo un poco más abajo de sus pies, pero volar, lo que se dice volar, yo nunca había visto a un ángel volar, todos los que había visto estaban dibujados. El niño de los superhéroes me preguntó por qué no dibujaba nada. Le conté que no sabía cómo eran los ángeles de verdad.

Invéntatelos como hago yo –me respondió.

Lo único que yo me invento –le dije– son mentiras.


* * *


Elisa esperaba su turno sentada en el primer banco, en el lado de las niñas.

Dice el capellán que pases –le dije.

Mi hermana se puso en pie.

–¿Está muy oscuro ahí dentro? –murmuró.

–No, no está oscuro...

–¿Le has preguntado a qué sabe la galleta?

–A pan. ¡Ahora ve! Te espero en el descampado.

Mi hermana era un año menor que yo, pero celebrábamos juntos la primera comunión porque nuestros padres habían conseguido convencer al capellán. De esta manera, razonaba mamá en la panadería, hacemos un solo convite. Quieras que no, dos convites suponen el doble de gasto y de molestia para la familia.

Elisa pasó al lado de mi mentira, apoltronada ahora en los escalones del altar y entretenida en deshilachar los flecos de las colgaduras. Elisa entró en el confesionario. ¿Seguiría el capellán agarrado a la rejilla, esperando a que se acabaran los niños para darme caza? La verdad, no tenía ganas de comprobarlo. Salí de la iglesia y el cielo, despejado como un mar sin olas, me recibió con un azul tan vivo que daban ganas de levantar los brazos y tocarlo, jugar con él, hundir los dedos y levantar olas de espuma en su azul para que Él dejara ese ademán siempre tan serio y se relajara un poco y jugara, que sintiera ganas de despeinarme la coronilla o de corretear como una traviesa serpentina y que les hiciera cosquillas a los pocos padres que habían acompañado a sus hijos a la confesión y esperaban en el zaguán de la iglesia. Pero el cielo permanecía inmóvil.

Seguí caminando por el descampado y me detuve a un centenar de metros a espaldas de la iglesia. El sol apretaba fuerte y no había ninguna sombra donde resguardarse, las máquinas excavadoras habían arrasado con los pocos naranjos que allí crecían. Sólo quedaban las roderas de los neumáticos de las máquinas, un casco de obrero olvidado en una zanja, bocarriba, lleno de agua verdosa, y un manojo de alambre de espino clavado en el suelo como un retorcido rosal sin flores. Contaba la panadera que querían construir un anexo de la parroquia, aunque nadie supiera qué día comenzarían a cimentar. La iglesia se había quedado con el terreno, tierra de nadie hasta entonces, porque les ha venido en gana, mascullaba la panadera, y están a la espera de conseguir los permisos para edificar, expropiar es lo que han hecho.

Al subir a casa con la barra de medio, le pregunté a mamá qué quería decir expropiar. Mamá salió corriendo hacia el dormitorio. La acorralé en un rincón, entre el tocador y la lámpara de pie con motivos orientales salchicheros, tal como decía papá.

¡Te pillé, mamá!

¡Qué preguntas tienes, Chelín! –exclamó–. ¿De dónde sacas esas palabrejas?

–¿Expropiar? De la burra de medio.

A mamá se le escapó la risa. Qué guapa estaba cuando sonreía. Empezó a observar el techo. A ver cuánto tardaba esta vez en descender la respuesta. Me senté en el puf de pelo de oveja que no era de pelo de oveja de verdad pero lo parecía y esperé con ella. Me gustaba dar pequeños brincos sobre el puf y pillarme los dedos con la tapa, pero no debía confiarme demasiado, mamá podía darse a la fuga en cualquier momento, a mí no me la daba con queso. Si la mantenía acorralada entre el tocador y la lámpara de pie el tiempo suficiente, su mirada regresaría con la respuesta prendida en los ojos, lo sé, y chasquearía la lengua, tensaría un poco los párpados y respondería. Como ahora. ¡Ya!

–Expropiar es que te quiten algo tuyo y no poder llorarlo.

Como cuando tú me apagas la tele –deduje.

–Más o menos –suspiró mamá.


* * *


Una nube pendía del cielo como un botón de espuma, columpiándose sobre el descampado.

Tras aquella nube me espiaba Dios, con el rostro lleno de reticencia y arrugas. A su alrededor, graznaban bandadas de ángeles alborotados. Él sabía que yo sabía que él había expropiado aquel descampado, que había expropiado las sombras de los naranjos, que había expropiado incluso el cielo, y me invadió una repentina tristeza. Si Dios había arruinado aquel terreno hacía tan poco, ¿qué no le habría hecho al cielo después de tantos siglos? El cielo que se había hecho para mí, ¿por qué lo tenía Él? Alcé el brazo y la diminuta nube se deshilachó, sumergiéndose en el cielo. Detrás no había nadie. Nadie que estrechara o apartara el brazo tendido. Dios no podía hacer ninguna de aquellas dos acciones. No tenía manos, insustancial como era, insustancial como una mentira inventada, insustancial e incapaz de sostenerse a nada durante demasiado tiempo sin desvanecerse como el humo.

Así fue como, el día antes de recibir el sacramento de la comunión, dejé de creer en Dios. Para siempre.


* * *


Elisa acabó su confesión y me alcanzó en el descampado.

Levantó el brazo.

–¿Qué haces? –le regañé.

Bajé su brazo de un manotazo.

–No hagas eso, ¡es pecado!

Elisa me miró desconcertada.

–¡Hacía como tú!

Sus enormes ojos me observaban sin parpadear.

Le tomé la mano para tranquilizarla.

Cerramos los ojos y, con las cabezas alzadas, recibimos de pleno el calor de aquel día de primavera. Sin ningún Dios de por medio.

–Veo lucecitas de colores –sonrió Elisa, con los ojos cerrados.

–Vámonos a casa –dije.

Mi pantalón se rasgó con un trozo de alambre de espino.


* * *


El domingo, ni Elisa ni yo queríamos salir de casa. Permanecíamos empotrados en la pared del recibidor. Mamá, que corría por la casa tras su fular de las comuniones, se detenía de vez en cuando para repasarnos, recolocar los tirabuzones de Elisa o aplastar mis quiriquis con la mano pegajosa de saliva. Nos sentíamos tan ridículos con aquellas pintas de figurines. Ridículos e incómodos. Los zapatos me rozaban los talones y la chaqueta, mal arreglada por la tía Encarna, me tiraba de los hombros. Para colmo, Elisa no quería soltarse de mí y le sudaba la mano.

¡Chelines, hay que apresurarse! –mamá desaparecía por enésima vez en su dormitorio, resoplaba y revolvía de nuevo los mismos cajones del armario, de las mesitas de noche, del tocador, abre y cierra el puf, ¿y debajo de la cama?, tampoco–. ¿Dónde he dejado el fular? –con aquella exageración de barriga suya se movía por el piso como una foca en un laberinto para ratones–. ¡Ir bajando al coche, papá ya está abajo!

Elisa, ¿le has escondido el fular a mamá? –se me ocurrió preguntarle a mi hermanita.

Elisa negó con la cabeza.

¿Y tú? –me preguntó.

No –le respondí–, no conseguí dar con él.

–Yo tampoco –farfulló Elisa.

Mamá atravesó el recibidor y salió disparada al rellano y escaleras arriba.

–¡Chelines, voy a pedirle un fular a la señora Valentina, ir bajando os he dicho!


* * *


Papá esperaba sentado en el asiento del copiloto.

Papá no sabe conducir.

Mamá no bajaba.

Esperamos en silencio.

El tapizado del coche, tan raído como siempre, tenía ganas de escupirnos fuera del vehículo, como si no nos reconociera, tan oropelados.

Parecemos –murmuró al fin papá mientras se atusaba las patillas en el espejo retrovisor–, monigotes de feria.

La puerta del conductor se abrió y entró mamá de cabeza.

–¿Y ese pañuelo? –preguntó papá.

–De la señora Valentina. ¿No te gusta?

–Pasado de moda –sentenció papá.

Si mis hijos van de prestado, yo no voy a ser menos –atajó mamá, y arrancó el coche y se caló.

Pasadísimo de moda –remató papá.

–¡Guillermo! –chilló mamá.


* * *


Llegamos tarde a la iglesia. Los otros niños, alineados en el primer banco, transmitían una serenidad que se quebró en cuanto Elisa y yo nos colocamos a empellones entre ellos. Mamá y papá, dos bancos más atrás, se secaban el sudor de la carrera. Sin la americana, papá lucía dos inmensos círculos bajo los brazos que podían olerse desde nuestro banco. Mamá permanecía en una posición muy extraña, las manos planas sobre sus hombros, claro, tapaba las puntas arrugadas del fular que la señora Valentina utilizaba como hatillo para su ropa interior, y nos miraba con los ojos lagrimosos. Estaba emocionada. Al fin y al cabo, era la comunión de sus hijos. Al lado de mamá, al lado que no estaba papá, una mentira en traje de baño se metía un mechón rebelde en el gorrito de goma. Cruzamos las miradas un segundo y la mentira aprovechó para sacarme la lengua, burlona. Me sobresalté y volví la cabeza hacia el capellán que en aquel preciso instante descendía los escalones del altar con el cáliz lleno de hostias.

–El cuerpo de Cristo, el cuerpo de Cristo, el cuerpo de Cristo...

Me recorrió un escalofrío. Las hostias se depositaban en las bocas abiertas de los niños como en una cadena de montaje. El capellán se aproximaba. Plaf, plaf, plaf, sonaban las hostias en las lenguas de los niños. Se aproximaba… Plaf, plaf, plaf... Se detuvo frente a mí…

El cuerpo de Cristo –me dijo.

Tenía la garganta tan seca que no pude responderle.

–El cuerpo de Cristo –repitió.

Reconocí un gemido que procedía de dos bancos más atrás, era mamá en vilo.

–Amén –respondí con la boca seca como un estropajo. Plaf.

El cuerpo de Cristo bajó por mi garganta y se trabó a la altura del esternón. Noté un escozor extendiéndose por todo el pecho y empecé a toser. El capellán se giró, creí que iba a regañarme, pero sus ojos se clavaban en Elisa. Mi hermanita se había sacado la hostia de la boca y la chupaba como si fuera una piruleta.

–Es verdad –susurró–, sabe a pan.

–No hagas eso –le reñí, intentando contener el ataque de tos–, trágala de golpe.

–No puedo, está muy seca –protestó–. La morderé sin hacerle mucho daño.

El cuerpo de Cristo crujió en su boca.

El capellán se encendió y la cobra real se revolvió en su boca. Apretó los labios para no romper a gritar y salpicarnos a todos con sus virulentos escupitajos. No debió contenerse porque por lo visto se le acumuló tanto veneno en la boca que se le subió por la trompa esa de Falopio que estudiamos en ciencias naturales hasta el oído y debió dolerle mucho porque se doblegó de golpe con la mano pegaba a la oreja derecha. El silencio en la iglesia fue sepulcral, sólo interrumpido por mis carraspeos. Al cabo de unos segundos, el capellán se incorporó y los asistentes respiraron aliviados. El capellán siguió repartiendo los Cuerpos de Cristo con bastante más mala baba, ¡plaf!, por la manera en que golpeaba las lenguas de los niños, ¡plaf!, con las hostias planas. ¡Plaf!, ¡plaf!, ¡plaf! Un niño gimió con la hostia clavada de canto en la lengua. El próximo día que bajara a buscar el pan, ¡plaf!, ¡plaf!, ¡plaf!, presumiría delante de la panadera diciendo que sabía en qué oreja, ¡plaf!, le clavaron el clavo al capellán, en la derecha. ¡plaf! ¡plaf! ¡plaf!


* * *


Al término la ceremonia, me faltó tiempo para correr al descampado. Sentía unas tremendas ganas de vomitar. Elisa, a cierta distancia, me miraba con cara de preocupación. Carraspeé y lo único que conseguí echar fue un hilillo de saliva harinosa. Me sequé los labios y los ojos llorosos en la manga de la chaqueta.

Mamá nos buscaba con la mano en visera desde el zaguán de la iglesia. Hacía muy buen día y los pañuelos multicolores de las mujeres ondeaban con la brisa. Los hombres fumaban y se miraban las punteras de los zapatos.

Al cabo, mamá nos encontró.

–¡Chelines, que vais a coger una insolación!

–¡Ir con mamá la Tonta! –gritó alguien.

A pocos metros de Elisa, se tambaleaba una mujer mayor. Ni Elisa ni yo la habíamos visto, y eso que estaba muy cerca. Guardaba una petaca plateada en su bolso y se reía de mamá, la pobre, tan embarazada como estaba, tan cómica, saltando las zanjas del descampado con el fular hecho un guiñapo en su puño cerrado.

–¡No me llames así delante de los niños, madre! –dijo mamá al alcanzarnos.

Era la abuelita Mariajosé.

¡Tonta, Tonta y de apellido, de Remate! –siguió la abuelita.

–¡Madre, hoy no, por favor! –suplicó mamá.

Mamá intentó taparnos los oídos, tarea absurda por otra parte, pues mamá contaba sólo con dos manos y entre Elisa y yo sumábamos un total de una, dos, tres y cuatro orejas. Mamá, perdiste.

–¡Mira que dejarte preñar a tus años! –vociferó la abuelita Mariajosé, con los ojos como rendijas negras fijas en la barriga de mamá.

Mamá espachurró mi cabeza contra la de Elisa. Dos de las orejas quedaron tapadas entre sí y las otras dos las cubrió mamá con las manos. Mamá tenía sus recursos. Uno a cero para ella.

Mamá –dije sin oírme, qué sensación más extraña–, ¿mamá?, ¡mamá!

¿Qué te sucede, Chelín? –se espantó mamá y nos soltó–, ¿te he hecho daño en la cabeza?

–No, es que no me oía... –respondí–. ¿Qué es preñar?

Escandalizada, mamá nos prensó las cabezas.

¿Preñar? –repetiría Elisa.

Ahora no, Chelines –mamá se hacía un lío tremendo con tantas orejas y tan pocas manos–. Vamos al coche que llegamos tarde al restaurante.

–¡Además de Tonta, Tardona! –continuó la abuelita Mariajosé–. ¡Tonta de Remate y Tardona!

Llevaba razón la abuelita, a mamá la conocían en el barrio como la Tonta o la Tardona, a elegir dependiendo del día, como la oreja del capellán, a pesar de que en la panadería intentaran evitar los motes si me hallaba yo presente, aunque siempre había alguien a quien se le escapaba, a mí no me parecía cruel que la llamasen Tonta o Tardona, me había acostumbrado, pero, para bien o para mal, esos motes desaparecerían con el tiempo, después del parto, cuando llegara al mundo nuestro hermanito pequeño, berreando a moco tendido, la gente del barrio dejaría de llamar a mamá Tonta o Tardona para llamarla la Coja porque durante el nacimiento, más largo y agotador de lo previsto, a mamá se le dislocaría una cadera que haría que caminara para toda la vida con una pierna como ida, como segando el aire. La Coja.

–¡Tardona de capirote! –seguía cebándose la abuelita Mariajosé.

–¡Nadie es perfecto! –se defendió mamá, pero para qué.

¡Y tú menos que nadie! –remató la abuelita, que se acercaba a nosotros con el dedo apuntando al ceño de mamá–. Y ni se te ocurra mentarme que el alcohol...

–¡Por favor, los niños! –mamá intentó cambiar de tercio–. ¿Con quién vas al convite, madre?

–¡Con quién voy a ir! –la abuelita Mariajosé extendió los brazos.

–Con tía Encarna...– sugirió mamá.

–¡Que le den!

–¡Madre!

–¡Voy con vosotros y sanseacabó! ¡Julio, cuidado con esos hierros!

Aparté a tiempo el pie de un alambre de espino.

Una nube apagó el sol.

Mamá dijo que rápido, que el día se estropeaba, que corriéramos hacia el coche.

Comenzó a chispear un poco. Mamá, cubriéndonos en vano a Elisa y a mí con el fular, nos advirtió, como siempre nos advertía, también inútilmente, que no le hiciéramos demasiado caso a la abuelita Mariajosé. Mamá decía que la abuelita era una ebria y una poetisa, por lo que deduje que ebria debía ser algo malo, pero ebria y poetisa, algo mucho peor. Ya le había preguntado muchas veces por el significado de ebria, sin lograr más que evasivas. Creo que temía la pregunta que vendría a continuación, ¿y poetisa?, y prefería escurrir el bulto a tiempo. Son dos de las pocas palabras que se libró de responderme.


* * *


Papá nos esperaba a resguardo en el interior del coche. No abrió el pico al ver a la abuelita. Papá y la abuelita Mariajosé no se tragan. La abuelita Mariajosé llama a papá vuestro padre de mentirijillas.

­–El señor del pasillo –le corregía Elisa al oído.

Quita, niña, que me llenas la oreja de babas.


* * *


La abuelita Mariajosé se sentó detrás, entre Elisa y yo. Estuvo todo el trayecto protestando por lo mal que conducía mamá con la lluvia. Yo asentía en silencio, en eso la abuelita tenía más razón que un santo. Apenas cuatro gotas en el parabrisas y mamá, como si nos encontráramos en el ojo del diluvio universal.

A veces la abuelita decía verdades como templos, otras mentía más que hablaba. Jugar a averiguar cuando mentía era muy divertido, y sé que no debiera desconfiar de lo que contaba la abuelita porque, como dice mamá, es tu abuelita y debes creer en ella y respetarla como a cualquier señora mayor y bla, bla, bla... Pero yo sabía que la abuelita mentía, y la abuelita, que era muy lista, siempre acababa por descubrir mi juego con una mirada rápida, llena de luces, dos crisoles fantásticos que veían más allá de mi curiosidad, y callaba de repente y daba la impresión de estar a punto de llorar y de sonreír al mismo tiempo. Pero no lloraba ni sonreía. Sólo me miraba. Durante mucho rato.


* * *


Era su nieto favorito.


* * *


Dimos tantas vueltas con el coche por el aparcamiento del restaurante.

No había dónde aparcar.

¡Nos van a dar las uvas! –protestó la abuelita y cogió a Elisa por la cintura y la pasó a mi lado por encima de la falda. Levantó el pestillo de la puerta y saltó del coche en marcha.

–¡Hala! –exclamamos Elisa y yo, muertos de envidia.

–Borracha de… –masculló papá.

–¡Guillermo!

Elisa y yo queríamos saltar del coche como ella.

Mamá bajó la ventanilla y la emprendió a gritos con la abuelita.

–¡Madre! ¡Mal ejemplo para mis hijos, es que hay que ver!

Mamá frenó el coche en un cruce de carriles.

–¡Chelines, bajad del coche como personas normales, intentaré aparcar donde pueda!

Bajamos cogidos de la mano. Había dejado de llover. Mamá consiguió aparcar a los pocos minutos y se apeó con papá. La abuelita nos esperaba al pie de la escalera del restaurante, tensa como una garza. Despedía chispas por los ojos.

–¡También son mis nietos! –soltó a mamá.

–¿De qué me hablas?

–¡Que son tus hijos pero también mis nietos!

Daba la impresión de querer pegar a mamá, tal como hacía papá a veces, colocándose delante de ella y usando ese mismo tono en particular. Da igual lo que gritara, era ese mismo tono, ese tono que anticipa que la bofetada está a punto de sonar y muy fuerte, pero la abuelita no era como papá y nos dio la espalda con soberbia.

Voy adentro –y subió la escalera del restaurante.

Qué carácter, la abuelita.

–¡Eso –gritó mamá–, adentro a beber!

Elisa me apretó la mano. O yo se la apreté a Elisa. La abuelita se detuvo en seco, los pies en peldaños diferentes. Sus manos cargadas de anillos se crisparon. El aire se estrujó y crepitó entre sus dedos. Permaneció inmóvil. A continuación, respiró hondo. Su vientre se relajó, la garza se desvaneció y la abuelita entró en el restaurante con pasos saltarines.

Mamá se acuclilló ante nosotros y nos arregló los trajes y los peinados.

–Hoy tenía que ser un día tan feliz... –murmuró.

Dos lágrimas se deslizaron por sus mejillas devastando el rimel barato de la ilusión.


* * *


Hasta entrada la noche, la abuelita Mariajosé no nos dirigió la palabra.

La mayoría de los familiares y amigos ya se habían marchado y un aburrimiento supino comenzaba a empañar el salón de fiestas. En una mesa aparte, abandonada hacía horas por sus comensales, un grupo de mentiras reían y pataleaban mientras se repartían una caja de puritos robada de váyase a saber quién. Una de ellas gritó al caerle un poco de ceniza sobre el bañador y otra le arrojó una copa de champán encima, una tercera mentira gritó que ¡no!, que ¡arena!, y todas se desternillaban de risa. Elisa correteaba por el salón y arrojaba puñados de peladillas a otros niños que también habían celebrado el convite con nosotros. Pasó corriendo al lado de las mentiras y por poco tropieza con una que bailaba sola y le cantaba a una flor de plástico amarilla.

–Compartido, son menos gastos –escuché que decía un vecino a papá.

Papá asintió y se dejó invitar a un cigarrillo americano. Pensé en el niño de los superhéroes. Perseguía a Elisa con un tenedor en alto. Pensé en sus dibujos, sus ángeles aplastados con metralletas que disparaban a rusos pintados de marrón. No recordaba haber visto ningún ángel que fumara cigarrillos americanos. Tampoco tenía la cabeza demasiado clara para recordar con claridad. Papá había insistido en que le diera una calada a un purito y me sentía mareado.

–Ya estás hecho todo un hombrecito –dijo, colocándome el puro encendido entre los labios.

Sabía a rayos.


* * *

Una mano se posó en mi cabeza y me despeinó con energía. ¿El cielo con ganas de jugar? No...

–¿Qué piensas, Julio? ¡No pienses tanto y sácame a bailar! –la abuelita Mariajosé me arrancó de la silla.

–¡Abuelita, que estoy mareado!

–¡Leches! –exclamó ella–. ¡Si suena mi canción preferida! ¡Y tú eres mi nieto preferido! ¡No te hagas de rogar!

La miré a la cara y sentí pena.

Nunca antes había sentido pena por alguien o algo.

Bailé con la abuelita. No sabía moverme y la pisaba constantemente. La abuelita tuvo que aminorar el ritmo para evitar los pisotones. Me apretujó contra su regazo.

A ver si me curas el higadito que lo tengo malo –oí que mascullaba.

–¿Qué dices, abuelita? Hablas muy bajo.

Aplastó mi cabeza con fuerza contra su vientre. Los anillos de sus dedos se enredaron en mi pelo y chillé del tirón.

–Porquería de joyas –refunfuñó la abuelita Mariajosé–, prestadas por la vecina de abajo para tu comunión, que lo sepas. Puta comunión de prestados.

Sus ojos, de tan cerca, parecían tan lejanos. Y tan brillantes. Lejanos como a más de dos mil leguas submarinas. Brillantes como dos colmenas de alcohol.

–¿Tu madre ya te abraza? –me preguntó de repente.

Me encogí de hombros.

–Ya no nos reconocemos –suspiró la abuelita.

Sin importarle que la vieran, sacó su petaca plateada del bolso y me preguntó si quería echar un trago.

–¿Qué es? –pregunté curioso.

Me respondió que lo sabría si le daba un buen sorbo y después bailaríamos hasta reventar. Me amorré a la petaca. Un calor súbito encendió mis mejillas. Tosí. Era como el purito, pero en rico. La abuelita Mariajosé se acercó a la tarima del músico.

–¡Más bossanova, artista!

El músico cerró los puños sobre el teclado electrónico y al abrirlos, chisporreteó la bossanova y bailé las primeras bossanovas de mi vida con la abuelita y también swings y mambos y bachatas y nos reímos mucho hasta que la abuelita me soltó y desapareció en los servicios y yo me quedé solo bailando con diez años.

Fue la última vez que vi a la abuelita. Yéndose hacia los servicios. Dándose la vuelta antes de salir del salón de fiestas. Sonriendo y diciéndome, con voz suave, tranquila, como si aún la tuviera a mi lado, abrazándome, como si nadie más pudiera oírla.

¿Verdad que Dios nunca salió de detrás de aquella nube?

Le respondí que no con la cabeza

–El cielo se hizo para ti. Adiós.







3. La Rana y el Pescado







Marisa no me mira. Marisa me ignora. Marisa es la niña que más me gusta del cole. En realidad, es la única que me gusta. Marisa me gusta a mí y a todos los demás niños del cole, el burro delante, como dice mamá. No sé si Marisa me gusta porque es la más guapa del cole o porque les gusta a todos, lo cierto es que es la única niña rubia de la clase y lleva el cabello muy largo, tan largo que incluso parece más rubia de lo que es y antes del verano es increíble, el pelo se le pone casi blanco y dan ganas de soñar con ella durante todas las vacaciones. Eso para quienes puedan soñar. Es una pérdida de tiempo, lo sé, porque es un amor no correspondido, lo que se dice un amor platónico, porque a Platón le gustaban mucho las cosas que quedaban como muy apartadas, como los programas de la tele que echan a partir de las diez de la noche o los pastelitos de merengue de la panadería, esos pastelitos de merengue platónicos que mamá nos prohíbe siempre.

Mi amor por Marisa es platónico porque a Marisa le gusta Germán, el niño más estúpido del cole. Aunque Germán saque notas más o menos decentes, los demás niños sabemos que es estúpido. Lo sabemos todos excepto Marisa, que no se entera. Ni ella ni el resto de las niñas del cole, porque a todas ellas les gusta Germán, el merengue y supongo que los programas de después de Casimiro, ¿qué ven mis ojos?, niños, pequeñuelos, personas diminutas, ¿y aún levantados?, voy a cantaros una preciosa canción de cuna para que os vayáis a dormir…

Hay mañanas que coincidimos de camino al cole. Al verla a lo lejos, suelto la mano de mi hermana. Hincho el pecho y me atrevo, sí, me atrevo a ser el primer niño del cole en darle los buenos días. Marisa siempre gira la cabeza hacia otro lado y me dedica el vuelo de su melena rubia. Elisa resopla enfurruñada. Mi hermana vuelve a cogerse de mi mano y estira del brazo, muy enojada. Ayer Elisa me preguntó si me gustaba Marisa. Enrojecí. ¿Tanto se nota?

–Está gorda –dijo Elisa.

Ese día no volví a dirigirle la palabra a mi hermana.


* * *


En el recreo, Marisa pasa ante mí y yo miro el suelo. No quiero que nadie note que me gusta. Creo que Marisa sonríe, no lo sé seguro porque no me atrevo a levantar la vista hasta que pasa de largo.


* * *


En clase de matemáticas, el maestro repite sin cesar las increíbles propiedades de la teoría aristotélica, un silogismo, dice, que se aplica en cualquier campo de la vida y mi cabeza yerra por tantos campos, ay, mi platónica Marisa, quiero retozar en tus brazos, huérfano de cualquier lógica, con el rostro ausente, lanzarme a tu amor, el mismo amor de todos los niños de la clase, mi platónica Marisa.

Sé que estoy muy pesado con Marisa, pero todos los niños del cole lo estamos.

Observo a Marisa a través del flequillo.

Observo a Marisa por el rabillo del ojo.

Marisa, mi pastelito de merengue rubio…

Marisa, mi...

Mi hermana lleva razón.

Marisa está gorda.

Y no sólo eso. No sólo está gorda sino que es la niña más gorda de la clase. Qué catástrofe. Sigue siendo la más rubia, es indiscutible, pero también la más gorda. Incluso puede que sea la más gorda del cole. Quizás sea tan rubia por la cantidad de merengue acumulado en su cuerpo... A punto estoy de levantar el brazo y preguntarle al maestro si las niñas más rubias son todas gordas.

–Claro –asentiría el maestro–, por el cúmulo de merengue. Tenías razón, Julio. Un montón.


* * *


En el recreo me acerco a Germán.

–Hola, Germán.

¿Qué te pasa, Julio?.

No me atrevo a mirarle a los ojos y lo suelto a bocajarro.

–Marisa está gorda. Como un merengue.

Me encojo para recibir un sopapo que no llega.

La reacción de Germán me coge desprevenido.

–¿Quién te ha dicho eso? –pregunta muy calmado.

Cualquiera que tenga dos ojos en la cara lo ve, quise responder, pero preferí sosegarme. No lo conseguí y con los nervios, olvidé mentir.

–Mi hermana –respondo, iluso de mí.

–¿La Rana? –pregunta Germán.

¿La Rana?

–¡Mi hermana no es ninguna rana! –me envalentono.

Respiro hondo. Contengo mi impulso más inmediato, que no es pegarle sino salir por piernas. Germán, además de ser el niño más estúpido del cole, también es el más fuerte y todos le tememos, le admiramos y es nuestro ejemplo a seguir.

¿Quién te ha dicho eso? –le pregunto, reproduciendo el mismo tono, sílaba tras sílaba, que ha empleado antes él.

Julio, estás tonto o qué, si hasta en parvulitos saben que tu hermana es la Rana. Por el Gutiérrez.

Y Germán me cuenta que el Gutiérrez, el señor Gutiérrez, no sólo la llama así sino que, ¡toma ya!, es él quien le ha puesto ese mote.

Permanezco pensativo por permanecer haciendo algo, no sé cómo reaccionar. Con el señor Gutiérrez no puedo enfadarme. Es un maestro. El timbre del final del recreo suena y regresamos a las aulas.


* * *


Durante la clase de ciencias naturales, las palabras de Germán giran en mi cabeza. La sorpresa inicial comienza a diluirse en dudas. El maestro de ciencias habla sobre ranas, que son unos anfibios emparentados con los sapos, que viven cerca de los estanques y las lagunas y nadan y saltan gracias a sus potentes ancas que pueden degustarse en un restaurante de la Sierra donde las sazonan como nadie, de muerte.

Si a mi hermana la llaman la Rana, ¿seré yo el Sapo? ¿Es el sapo el macho de la rana?

Elisa es una niña muy delgada y bastante pequeña para su edad, con unos ojos saltones de color azul río que con los años se volverán verde mar. Quizás los renacuajos también tienen los ojos azul río. Aún le daré la razón al señor Gutiérrez.

El señor Gutiérrez es el maestro de dibujo y, como maestro que es, debe tener motivos indiscutibles para emplear ese mote con Elisa, porque hasta la última de las comas que él pronuncia posee, según dice, motivos indiscutibles para ser pronunciada.

–¡Julio!

Un trozo de tiza me golpea en la frente. Lanzo un aullido. El maestro de ciencias naturales, que es el mismo que imparte las matemáticas, me pregunta en qué planeta estoy.

–¡Planeta Tierra! –respondo veloz.

¡En Júpiter! ¡No me extraña que después andes confundiendo las trompas de Eustaquio con las de Falopio! –y otra tiza me golpea certeramente en el ojo.


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