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Y PUNTO


¡¡Ábrete libro!!




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Copyright 2010 © Los respectivos autores

Primera edición: 2010

Diseño y foto de portada: Dani V. Martín © 2010

Edición a cargo de: Lucía Bartolomé y Xavier Beltrán

Smashwords edition

Índice

EL FIRMAMENTO DE NICOLÁS

LA MUCHACHA DEL ABRIGO ROJO

LOS LAPICEROS ALINEADOS

LOS DÍAS NO VIVIDOS

LOS OJOS QUE TE MIRAN

HABLA CONMIGO

CARMEN

UN SOPLO EN EL TIEMPO

HISTORIA CON MANZANO AL FONDO

LAS PALABRAS PERDIDAS

LA COCINA

EL CONCURSO

EL BESO

SIEMPRE SERÁ MI MADRE

EL POETA

EL ÚLTIMO BAILE

QUERIDA PARED

EL CIELO ENFADADO

SERGIO

BLIP

DEBILITÁNDOME

MALDITO LUNES



EL FIRMAMENTO DE NICOLÁS




«My name is Harvey Milk. And I'm here to recruit you!»1. Aquella frase rondaba su cabeza desde el día que la escuchó de labios del actor norteamericano Sean Penn. Habían pasado semanas desde aquello, recordando cómo al salir de la sala de cine cuchillos afilados cortaban su cara a cada golpe de aire frío. Esa sensación no le había abandonado hasta el día que tomó su determinación, en ese preciso momento el Equinoccio Vernal se cernía sobre Madrid y daba comienzo la primavera.

Las nubes habían desaparecido, se tumbó sobre la hamaca del jardín alzando la vista, en dirección al cenit, para admirar la bóveda celeste que envolvía su ciudad. Como de costumbre al tiempo que contemplaba las constelaciones los recuerdos se agolpaban en su cabeza; siempre presente su amigo Roberto. Desde que nació habían sido inseparables, le consideraba más su hermano que un amigo. Era el único con quien había compartido su afición a la astronomía; a pesar de no comprender cómo podía gustarle tumbarse y mirar al cielo rechazando otros divertimentos más habituales de su edad. Ya hacía un año que no le acompañaba en esas veladas en la hamaca explicándole cada estrella, planeta, cúmulo, constelación, mostrando lo parecido que resultaba la vida con aquel manto estrellado que admiraba. Aún recordaba la primera vez que le mostró su firmamento:

¡Mira, Roberto! ¿Ves la Osa Mayor? —Nicolás señaló en dirección de aquella constelación y los ojos de su amigo la siguió hasta posar su mirada en ella.

¡Sí! Ésa la conozco y... ¡toa guapa ahí arriba!, y... ¡como digas que yo he dicho esto te caneo! —afirmó al tiempo que le propinaba un afable empujón.

Realmente la constelación está formada por más estrellas —continuó explicando, sabedor de que aquel «empujón» era señal de interés en sus palabras—. Las estrellas que todas las personas reconocen, en forma de carro, en realidad son la cola y torso de la Osa Mayor; la cola, el asa del carro; el torso, las cuatro restantes. ¿Ves las dos estrellas más alejadas? Únelas por una línea y desplaza la vista sobre ella hasta ver una estrella brillante. —Su dedo índice dibujó la línea en el aire y Roberto siguió con la mirada el movimiento hasta posar su vista sobre el astro marcado.

Esa estrella es... ¡Polaris, la Estrella Polar! —afirmó con entusiasmo Nicolás—. La más brillante de la constelación de la Osa Menor. Esa estrella eres... ¡Tú!

¿Cómo? Nico, tío..., en serio, ¡eres muy raro!

No..., no me comprendes. Yo miro el cielo y veo reflejado mi mundo.

¡Qué te decía!, chalao profundo. ¡Anda, vamos a jugar a la Play! —La mirada de súplica se posó sobre su amigo pero éste continuaba admirando las estrellas.

¡Déjame explicarte! La Estrella Polar nos marca la dirección para guiarnos en la oscuridad de la noche y las demás estrellas giran rodeándola. ¡Es como tú! El centro de nuestra esfera del barrio, todos rotando alrededor de ti y marcando el rumbo a seguir. Y yo..., yo soy..., su acompañante, Polaris B, la compañera muy cercana a ella pero sin brillo suficiente para que los demás me perciban.

¿Pero...? Yo sólo veo una, tío. ¡¿Cómo que dos...?!

Polaris... —dijo interrumpiéndole para esclarecer la perplejidad de su amigo—, forma un sistema estelar con otras dos estrellas más. Polaris B viaja por el espacio junto a ella, muy cerca, pero su brillo es tan tenue que no lo podemos ver sin un telescopio.

Nico, ¿Sabes? ¡Eres un empollón! —Y una nueva mirada de súplica se dibujó en sus ojos—. ¡Vamos a jugar a la Play!


Aquel recuerdo esbozó una sonrisa en su cara. Ya no estaba Roberto. Su Polaris había dejado de tutelar su camino alejándose de él. Recordaba el día que rasuró su cabeza, no lo comprendía, no entendía sus razonamientos y todavía tenía presente la discusión, el enfado en su rostro, los gritos surgiendo de su boca, su silencio ante ellos, y la última mirada que cruzaron ambos.

Volvió a recordar la frase de Sean Penn. Había tomado su determinación: reclutarse a una nueva vida, una existencia en la que la luz estuviera presente frente a las tinieblas que en su interior encontraban alimento. Era el momento de ser uno mismo, dejar de esconderlo, brillar por sí solo; en definitiva, ser su propia Estrella Polar dejando de girar alrededor de Roberto. Él ya no estaba y no iba a volver, nunca aceptaría su condición. No ahora, estando con Ellos.

Oyó abrir el ventanal del salón. Dejó por un momento de observar el firmamento y dirigió la mirada hacia la casa. Soledad, su madre —il mio Sole, como le gustaba nombrarla a sus amigos—, cruzó y orientó sus pasos hacia él. Él, junto a ella, era un mero planeta, sin luz propia y nacido de su calor. Sabía que sin aquel Sol sucumbiría a la oscuridad, y a la larga encontraría la muerte. Soledad acarició con dulzura su pelo y se acostó en la hamaca lindante a la suya; sin mediar palabra como era habitual en ellos. Desde pequeño su vástago se tumbaba a admirar los candiles celestes cada vez que su mente era dominada por inquietudes, y sabía interpretar aquel hábito. Esperaría el momento en el que quisiera hablar. Comprendía que las palabras sobran cuando no aportan nada, mejor era callar y contemplar junto a él. Sabía ser paciente.

¡Madre!

¿Sí? —contestó percibiendo que el momento de hablar había llegado.

Estaba pensando en Roberto. Echo de menos su presencia a mi lado admirando las estrellas.

Lo sé, Nicolás ­—le contestó mirándole con ternura.

¿Sabes? He pensando mucho sobre él. Se ha trasformado en Sirios, la Estrella Perro —afirmó mirando a los ojos de Soledad, los cuales incitaron a dar una explicación a aquel alegato.

Ellos son la constelación de Orión, el Cazador del firmamento; el cazador de nuestro barrio y Roberto se ha unido a su Can Mayor. Sirios, la estrella más brillante del firmamento, pertenece a la constelación de Can Mayor y es su perro de caza —giró la cabeza hacia el cielo antes de continuar—. Ahora es eso: un perro de caza al compás que marcan Ellos y yo... no supe convencerle para que siguiera siendo nuestra Estrella Polar —consumada su confesión las lágrimas se deslizaron por sus mejillas.

Soledad con el tiempo había aprendido a usar las constelaciones para iluminar a su hijo, haciendo que la pesadumbre desapareciera de él al escucharlas brotar de su voz. Una manera de unión entre ambos que Nicolás admiraba de su madre.

Nicolás, intentaste ser su Polaris, pero fue él quien decidió convertirse en otra estrella —afirmó Soledad ante los lamentos de su hijo.

Nicolás comprendía aquella frase, pero nunca perdonaría no haber sabido guiar a Roberto. Hacerle comprender que ese camino que tomaba su vida alejaría a los que realmente le amaban de su lado; que el odio no era una forma de vida; que aquella actitud sería una carga para él, y tal vez esa luz que desprendía en el barrio —ahora con mayor fuerza— acabaría con sus sueños. Sabía que Sirios había aparecido en el barrio y anunciaba época de desgracias. Al igual que en Egipto su aparición marcaba la época de las inundaciones del Nilo.

No creo que debas comparar la constelación de Orión con Ellos —dijo Soledad interrumpiendo los pensamientos de su hijo—. ¡No lo merecen! La Catedral del Firmamento es lo más bello que me has enseñado. El amor debe ser comparado con Orión y no el odio. Yo creo que ambos erais esa constelación: una unión de estrellas admirable.

Al finalizar la frase volvió a reinar el silencio. Nicolás volvió a perderse en su mundo estelar y Soledad continuó disfrutando de la compañía de su primogénito; colmándola de felicidad, a pesar de comprender que Nicolás se encontraba confuso y desolado.

La noche estaba siendo fría y un escalofrío recorrió el cuerpo de Nicolás, no sabía si lo provocaba el viento gélido o la inminente declaración a su madre. Ese nuevo valor que estaba naciendo en su interior le permitió sincerarse con ella.

¡Madre!

¿Sí? —volvió a pronunciar esperando las nuevas inquietudes de su hijo, anhelando que su corazón supiera guiarla.

Debo sincerarme contigo. Aunque... no es fácil —titubeó sin saber cómo expresar sus sentimientos ocultos hasta ese día a su madre.

Soledad reconoció miedo en el tono de voz y buscó las palabras más indicadas para desterrar ese temor que abrazaba a Nicolás. Comprendía que escuchar era parte importante, comprender también, a pesar de lo doloroso que pudiera expresar las palabras pronunciadas por su hijo.

Nicolás —pronunció—, sabes que siempre he estado cuando me has necesitado y no debes recelar a expresar tus temores. Sabes que siempre he intentado comprender cada pensamiento tuyo y espero no haber errado en mis consejos. Tú has aprendido a ser mi hijo y yo a ser tu madre. Dos caminos difíciles, pero... juntos lo hemos recorrido hasta aquí y juntos seguiremos hasta el final.

Escuchando las palabras de Soledad a su mente llegó la obra de Platón, El banquete. Recordó las palabras del filósofo sobre el mito del andrógino en el cual trataba la existencia de un ser que reunía el sexo masculino y femenino, o ambos masculinos o femeninos. Había leído sobre él, y comprobó que la cultura occidental había sepultado parte de este mito negando a los oídos del pueblo la existencia de tres seres diferentes: quedándose con el andrógino con sexo masculino y femenino, la separación por parte de Zeus, y la búsqueda de la media naranja exclusivo para la unión entre sexos diferentes.

¡Madre!

¿Sí? —Por tercera vez, en esa noche, pronunció Soledad este interrogante.

¿Recuerdas El banquete de Platón? —preguntó. El libro se lo había regalado Soledad, profesora de filosofía.

¡Claro, hijo mío!

¿Recuerdas el mito del andrógino? ¿Recuerdas cuando Platón escribió: «Los hombres que provienen de la separación de los hombres primitivos buscan el sexo masculino»?

Sí, lo recuerdo. —Intuía, desde hacía mucho tiempo, aquellos sentimientos en su hijo. No quiso angustiar más a Nicolás no dejándole continuar hablando—, y comprendo qué quieres decirme. No hace falta que sigas. Los sentimientos no deben guardarse, debes dejarlos poner rumbo hasta tu cúpula y que brillen lo más intensamente que tu ser lo permita. Tú eres mi hijo y tu felicidad es mía también.

La hermana de Nicolás llamó a su madre desde la ventana. Soledad debía atenderla y no tuvo más remedio que finalizar la conversación. Se levantó con elegancia. Acercándose a él, besó su frente y cogiendo la manta —que siempre dejaba al lado de la hamaca de su hijo, en las noches de invierno que pasaba contemplando el firmamento— abrigó el cuerpo que la pasión por su padre creó.

Nicolás la vio alejarse mientras los pensamientos comenzaban de nuevo a atarle, descubriendo lo afortunado que era teniendo un Sol como ella, dándole calor. No estaba Roberto, pero aún existían constelaciones en su mundo que le arropaban. Su madre había borrado el «in» en su mente y la quietud apareció para sitiar su nueva vida.


Desde esa fecha del Equinoccio de Primavera el Ciclo Lunar continuó hasta alcanzar el Plenilunio que sellaba el Domingo de Resurrección.

El Mediterráneo acariciaba la playa de la Misericordia. Nicolás y su amigo Ismael —amigo suyo desde que le conoció aquel primer verano en esa misma playa— contemplaban el satélite, su Luna. La inmensidad del mar y el cielo ahondaban a través de sus pupilas y, alejados de la algarabía de la Alameda donde el gentío exaltaba su fe ante los demás, sus pensamientos comenzaron a bullir.

No negaba la fe de algunos; no obstante, nunca comprendería a aquellos creyentes enalteciendo un espíritu piadoso ante obras de arte portadas por troneros, y olvidando aplicarla a lo largo de los solsticios y equinoccios del año que nos marcan las estaciones. Sería un hombre de ciencia que busca respuestas, sin sucumbir ante la fe, el creer sin ver. Él necesitaba ver, sentir, comprender, buscar las respuestas a sus preguntas sin miedo al dictamen. Acababa de llegar a otra nueva determinación en esa noche del nueve de abril.

¿Qué piensas? —preguntó Ismael con curiosidad.

¿Por qué la gente muestra tanta excitación en esta semana? No llego a comprenderles —respondió sin apartar la vista del firmamento.

A mí me gusta. Creo que es bonita.

¿Bonita? ¿No se supone que debe ser una semana de recogimiento? Al fin y al cabo celebran la muerte de alguien.

¡... Y su resurrección! —apuntó su amigo con premura.

No había pensado en eso. ¿Por esa razón... se celebra con tanto júbilo?

¡A ve, quillo, cómo hablas! —afirmó Ismael antes de continuar—. ¡Claro! Jesús murió por nosotros en la cruz, para salvarnos de nuevo del pecado original, y como es el hijo de Dios resucitó al tercer día. ¡Y no sólo hizo eso! Ante la duda y la fe de sus discípulos se dejó ver. Comió y habló con ellos. Permitió que tocaran sus llagas. Recuperaron la fe. ¿Ahora entiendes la grandeza de esta semana? ¿La importancia de la resurrección y su celebración? —dijo orgulloso Ismael. Al menos por esta vez era él quien ejercía de profesor y no su amigo.

Nicolás absorbió la explicación y se alejó de él volviendo a sus pensamientos. No contemplaba un ser superior y no profesaba ninguna religión, su madre no les inculcó ninguna fe —fuera del tipo que fuera—. Más bien les había educado para que ellos mismos encontraran las respuestas. Intuía que era el hombre quien tergiversaba las enseñanzas a su conveniencia desvirtuando las palabras para sus oyentes, ciegos de conocimientos, que seguían un camino obligado. Comprendía que la gente mirara al cielo y dijera que aquello era obra de la mano de Dios, algo tan bello que sólo un ser todopoderoso podría crear; sin embargo, sabía que no era así. Comprendía las respuestas encontradas en la ciencia a aquella creación y en un futuro descubriría las que permanecían ocultas. Su vocación de hombre de ciencia crecía y lo notaba en su interior. Percibía, por Ismael, que la religión era fe y no ciencia sin permitir buscar respuestas, ya que estaban dadas. Se percató, al recordar las ideas que Roberto intentó enseñarle, de lo semejantes que resultaban a la forma de adoctrinar de Ellos: tergiversando las palabras, no dejando que uno mismo buscara la respuesta, dictando su forma de vida, su pensamiento, su odio; quemando, hace décadas, las palabras impresas de filósofos, científicos, escritores o cualquiera que expresara unas ideas diferentes a las suyas. Ellos también adoraban una cruz distorsionada siguiendo su propio dogma de fe. La ciencia no consentía afirmar respuestas sin comprobar. Le permitiría pensar. Su mente decretaba: «Ése es el camino que debes tomar». No había otra opción: lo tomaría.

El Sol continuó su camino por la Cúpula Astral hasta su máximo declive sobre el Ecuador Celeste, señalando el Solsticio de Verano. Eran las siete menos cuarto de la mañana del veintiuno de junio y comenzaba la estación más cálida del año. El sosiego venció a la inquietud a lo largo de este tiempo y se había establecido en la vida de Nicolás.

Los dedos de Lucas se acercaron cautamente rozando con delicadeza su mano, su corazón comenzó a acelerar el ritmo; pero no apartó la mirada de la estrella que comenzaba a iluminar la dehesa. Aquella noche de San Juan había sido asombrosa, su carácter nebuloso no estuvo presente y brilló con intensidad entre sus amigos, convirtiéndose, por unas horas, en un astro de tal magnitud que su gravedad había atraído a Lucas girando sobre él sin poder escapar. Al sentir aquella caricia los pensamientos de Nicolás viajaron hasta una de las estrellas de la constelación del Cisne: Albireo, la estrella más bella. A simple vista parecía una sola, pero tras el telescopio se podía descubrir un sistema binario desplegando su luz rojiza y azulada: una bella visión para cualquiera. Hasta entonces, sus pasiones carnales estuvieron cautivos en el agujero negro instaurado en su voluntad; definitivamente, Lucas los había liberado. Se percató de que no le importaba. No podía ser su propia Estrella Polar sin liberar cada emoción, pasión y dictamen de sus sentimientos: si no lo hacía estaría condenado a ser una simple estrella fugaz. Había tomado una nueva determinación.

Se decidió a mirarle, exclamando:

¡Me gusta la astronomía! —Y sin atreverse a mantener la mirada sobre Lucas volvió a observar el cielo. Una fuerte carcajada surcó la dehesa. Notó más presión sobre su mano mientras le oía decir:

¡No lo había notado! —Una segunda carcajada sonó—. No has parado de hablar sobre las estrellas en toda la noche.

¿Te has aburrido? —sonó, llena de preocupación, la voz de Nicolás.

¡Qué va! Creo que eres muy divertido.

¿Divertido? Repetía una y otra vez en su cabeza. No pensaba que fuera interesante para nadie y menos... ¡divertido!, a lo sumo... inteligente; al menos, Roberto siempre lo decía. Un halo de melancolía revistió su rostro, el recuerdo de su antigua Estrella Polar producía ese efecto en él.

¿Pasa algo? —preguntó, Lucas, preocupado.

No es nada —contestó con premura al sentir que podía escaparse aquel momento íntimo entre los dos—, el recuerdo de un amigo que ya no está.

¿Murió?

No, aunque..., en cierto modo pienso que así ha sido —respondió, notando que debía cambiar la dirección de la conversación. Roberto era algo importante en su vida, aún sin estar ya en ella. Pero si quería que Lucas permaneciera a su lado y seguir siendo «divertido», tendría que aprender a confinar sus amargos sentimientos y dejar fluir la nueva actitud ante la vida que estaba cultivando en estos últimos meses—. ¿Te has fijado en lo hermoso que son los colores del amanecer? Colores cálidos: rojizos y anaranjados, los colores que perciben el calor.

El brazo de Lucas cercó su cuerpo y lo dejó reposar sobre su pecho. Sentía protección y supo que, esa noche, había encontrado a la persona que le enseñaría a liberar las emociones retenidas en lo más profundo de su alma sin miedo a mostrarlas ante los demás.


Miró su reloj, las agujas marcaban el comienzo del cuarto día de Mercurio del mes de septiembre; le gustaban esos días, los miércoles. Desde que conoció a Lucas sentía más estima por ese planeta. Mercurio, un planeta tan cercano al Sol que provocaba temperaturas muy elevadas por el día, pero al carecer de atmósfera las noches eran terriblemente frías. Se asemejaba al ardor que sentía junto a Lucas en las horas solares, y el frío abismal por las noches en la soledad de su cuarto. Debía ir a casa pero no podía dejar de conversar. Lucas, siempre atento a sus palabras, mirándole con atención, le entendía, le hacía vivir. Le resultaba duro finalizar la conversación cada noche. Desde el día de San Juan no se habían separado, aprendiendo a compartir su tiempo, sus conocimientos y sus sensaciones. Estaba asimilando una forma de amar que hasta entonces no había permitido florecer en él.

¡No olvides que mañana vamos al Planetario! —gritó Lucas

¡¿Cómo voy a olvidarlo?! —dijo Nicolás con gran satisfacción.

¡Llámame cuando llegues a casa! —exigió al tiempo que le veía alejarse.

Nicolás retomó su camino. Había llegado el Equinoccio Otoñal, y el frío comenzaba acuchillar de nuevo sus mejillas, pero no le importaba. Año tras año, llegado ese día, siempre se deprimía: la soledad de las calles al anochecer, el silencio invernal, el mutismo de las aves, la desazón... se adueñaban de su voluntad; pero ese año era diferente, disfrutaba una nueva vida desde que el Sol se colocó en el primer punto de Aries. Y hoy, ese mismo Sol comenzaba alejarse y permitir que las tinieblas y el frió le cubrieran; pero sabía que este año no le vencerían. Su familia se hallaba a su lado, sus amigos continuaban siendo los mismos y una nueva persona avanzaría junto a él para superar las dificultades. No temía al futuro, lo llamaría, lo abrazaría, y lo iluminaría con su propia luz. Sabía que sería feliz.

Giró la esquina encaminando sus pasos hacia la calle Luna. Era tarde y poca gente transitaba por ella. Encogió los hombros y subió el cuello de la chaqueta; la noche era gélida. Un fuerte dolor en la cabeza interrumpió sus pensamientos y su cuerpo comenzó a caer, un segundo dolor en el costado más intenso, otro más. Cada vez su cuerpo profesaba más y más sufrimiento, no podía reaccionar y un líquido viscoso empapó los adoquines. Intentó mover los brazos pero se negaban a obedecerle. Alzó la vista y los ojos de Roberto le observaban con rencor. Un fuerte grito interrumpió el silencio de la calle:

¡Golpéale! ¿A qué esperas?

El metal besó los labios de Nicolás tiñéndolos de rojo. Su visión se cubrió de un espeso velo y percibió cómo un brazo agarraba a su amigo de la infancia y unos labios pronunciando:

¡Roberto, recuerda: «Hay que abatir esta peste mediante la muerte»!2


Soledad miró el reloj sobre el escritorio: marcaba las tres y diez de la madrugada. La cama seguía vacía, y no era propio de Nicolás no haber regresado a casa. Sus ojos se posaron en el calendario. Un círculo rojo marcaba la fecha de ese mismo día (veintitrés de septiembre) y, escrito con letra de su hijo, se leía en su interior: «3:10, Equinoccio de Otoño, hoy la Oscuridad comienza la batalla contra la Luz». Una tierna sonrisa se perfiló en su rostro. Apagó la luz y, alzando la vista mientras cerraba la puerta, contempló las constelaciones en el firmamento de Nicolás, aquéllas que él mismo colocó junto a Roberto en su octavo cumpleaños. Diez años de aquéllo, y aún podía ver aquella imagen de su hijo y su amigo jugando, riendo y creando su propio firmamento. A su mente retornaron las palabras que pronunció su primogénito mientras observaban los astros una noche de verano: «Las estrellas, aún finalizada su existencia, siguen brillando en el cielo».


LA MUCHACHA DEL ABRIGO ROJO




Al salir del metro una ráfaga de viento arrastró las hojas caídas al pie de los árboles del boulevard que poco a poco habían quedado esparcidas por la acera y parte de la calzada. De manera intuitiva me llevé la mano al cuello para alzarlo y me di cuenta de que había salido de casa sin abrigo, así que busqué refugio en un pequeño local llamado Chez Brassant que con unas antiguas letras adheridas al cristal prometía café por un precio razonable.

Hasta el momento, mis tres meses como escritor se podían reducir exactamente a dos cuadernos y cuarenta y siete folios en los que había descrito con todo detalle la llegada del otoño, la coincidente muerte de un conocido poeta con la ocupación de Francia por los alemanes en tiempos de la segunda guerra mundial y un sinfín de habitaciones clandestinas en las que trataba de situar el refugio de resistentes en el París de la ocupación que se comunicaban a través de un sistema de claves ideado por mí, de escaso valor práctico y dudosa verosimilitud, que consideraba la mayor de mis contribuciones a la literatura contemporánea.

Pero supongo que debería empezar diciendo que vine a París para reencontrarme con la inspiración. Alquilé un pequeñísimo apartamento en Saint Dennis y, tras aprovisionarme de una buena colección de cuadernos, intenté impregnarme de la bohemia de otros tiempos, durmiendo de día, alimentándome en bistrós poco acogedores y pasando en cafés y bares la mayor parte del tiempo, garabateando sin cesar cuanto veía a mi alrededor.

Nada de lo escrito poseía valor alguno pero me dedicaba con fidelidad a mi actividad con la entrega de un opositor y la esperanza de un vigía. Pero lo fundamental brillaba por su ausencia. No tenía ninguna historia. Y no tenía ninguna historia porque mis personajes no eran interesantes. Se basaban en estereotipos entresacados de películas clásicas en blanco y negro y novelas de quiosco tan manidos que daban asco. Yo mismo parecía uno de esos personajes. Había gastado ya casi todo el dinero del que disponía pues mi año sabático estaba terminando y la experiencia había sido todo un fracaso.

Como decía, tras dos cafés y una copa de calvados, salí de aquella cafetería y ya había anochecido. La luz amarillenta de las farolas se reflejaba en las calles mojadas y hacía frío así que decidí irme a casa y caminé desde el boulevard Saint Michelle hasta mi pequeño estudio en la rue Saint Guillaume.

Eso fue dos días antes de la primera vez que la vi. Salió de repente, como si no estuviera segura de poder escapar del gran portón verde oscuro que ocultaba el interior del edificio, y comenzó a caminar decididamente hacia donde yo me encontraba. Trataba de ocultarse del viento tras una bufanda de lana negra y llevaba un abrigo rojo que la hacía destacable sobre el gris pardo de aquella desapacible mañana de otoño. Era una chica morena, delgada y de estatura mediana con el pelo recogido en una coleta y la cabeza cubierta parcialmente por un gorrito que diríase de la misma lana y color que la bufanda. Caminaba acercando sus hombros hacia adelante como si tratara de impedir que se escapara el calor de su cuerpo. Por efecto del frío su rostro estaba contraído y tras sus pequeñas lentes rectangulares se adivinaban unos ojos grandes de pestañas bien perfiladas que en las noches más cálidas se me antojaban cargados de rímel y polvos difuminados de colores imposibles.

Al cruzar la calle aceleró la marcha y pasando justo a mi lado se introdujo en el acceso al metro que la engulló de un solo bocado desapareciendo progresivamente desde las piernas, luego las caderas, la espalda y por fin la cabeza hasta que ya no quedó de ella el más mínimo indicio.

Por curiosidad volví mi mirada entonces hacia el edificio del que acababa de salir la muchacha e, instintivamente, elevé la cabeza hasta contemplar el último piso. Era un edificio de tres plantas más una abuhardillada cuyos ventanucos sobresalían intermitentemente de un tejado inclinado. Pero lo que más llamó mi atención fue una pequeña tienda de libros, de esas que las guías de viaje llamarían con encanto. Los libros apilados desde la entrada apenas dejaban ver el interior y se me antojó que podía encontrar algo de lo que estaba buscando allí dentro.

Sin embargo, fue aquella muchacha la que me inspiró algo y, sin saber cómo, aquella tarde me encontré escribiendo su historia. La historia de una muchacha que no conocía pero que imaginaba real. Descubrí en lo más profundo de mi imaginación que aquella muchacha era una estudiante de arquitectura cuyos padres estaban haciendo un crucero por el Caribe mientras ella se dedicaba a sus clases y, por las tardes, hacia una pausa en su ajetreada vida universitaria para dar clases de violonchelo. Pasé buena parte de la noche imaginando ese personaje que había creado. Ya no me interesaban los movimientos clandestinos de los miembros de la resistencia francesa, sino solo la nueva vida de la chica del abrigo rojo, la vida que yo me estaba inventando en cada página de mi bloc.

Un mar de posibilidades se abría ante mí de repente. Pero tenía que centrarme en algo. El violonchelo, pensé. Partamos de su pasión para conocerla mejor. El padre de la chica era un famoso arquitecto, y seguramente la había obligado a estudiar su misma carrera, pero a ella no le gustaba. Lo que verdaderamente amaba era el violonchelo. Por eso, una vez matriculada en la universidad, su conservadora familia accedió a que estudiara música, eso sí, apostillaba siempre su padre, «en tanto que no reste tiempo a la dedicación y aplicación necesarias para llevar bien sus estudios». Eso es, ahora la vida de la chica empezaba a cobrar sentido en mi imaginación. Su profesor de violonchelo, un prometedor concertista cuya temprana enfermedad en los dedos de la mano izquierda lo relegó a impartir clases, guarda un especial atractivo que la muchacha cree ser la única en apreciar. Admira a su profesor, aún más, diríamos que está platónicamente enamorada de él. Tras gran parte de la tarde meditando sobre las posibilidades que esta nueva vida que había creado iban tomando cuerpo en mi mente y me dispuse a transponerlas al papel, por lo que me acosté a altas horas de la noche y, por primera vez en mucho tiempo, sin tomar una sola copa ni pisar un solo café.

A la mañana siguiente destruí todo lo que había escrito hasta el día anterior para centrarme en mi nueva historia y, como merecía un descanso, salí a dar una vuelta y decidí visitar la librería que había visto el día anterior. La calle estaba llena de transeúntes, todo el mundo caminaba como si tuviera muy claro adónde se dirigía y los vehículos por la calzada apremiaban al que los precedía acercando sus parachoques trasero y delantero. La ciudad parecía un hormiguero y eso planteaba multitud de posibilidades, incontables personajes con sus historias únicas y maravillosas girando a mi alrededor.

Finalmente llegué a aquella calle y me dispuse a entrar en la fabulosa tienda. Mientras sujetaba mi bicicleta a un árbol, cuál no sería mi sorpresa al comprobar cómo, al igual que el día anterior, aquella muchacha del abrigo rojo, aquella muchacha a la que tantas vidas le había imaginado en una sola tarde, a la que en el solo universo de mi imaginación había convertido en una estudiante de arquitectura y en una violonchelista vocacional, salía del mismo edificio y, nuevamente, encaminaba sus pasos hacia la estación de metro. Pero lo que me dejó sin habla no fue encontrarla de nuevo, ya que al fin y al cabo estaba junto al edificio en el que podía presumir que vivía, sino que esa mañana caminaba con mayor dificultad que el día anterior porque cargaba con el peso de una gran funda que parecía ocultar un instrumento de música, un violonchelo.

Estas son las cosas que nos gustan a los escritores, pensé. Creo que si se lo contara a alguien no me creería y lo achacaría a mi calenturienta mente de escritor frustrado buscando señales inexistentes en la realidad más cercana de manera claramente achacable a mi falta de imaginación.

Mientras reaccionaba ante tal sobresalto la chica había desaparecido en el túnel del metro y la calle volvía ser un simple hervidero de gentes ocupadas con vidas que mantener y asuntos por resolver. Así que sacudí mi cabeza y entré en la tienda que había ido a visitar.

Pasé toda la mañana entre viejos libros, pequeños tesoros desechados, de páginas amarillentas y lomos deslucidos. El hombre que llevaba el negocio permanecía sentado tras un mostrador repleto de libros amontonados que apenas permitían verle la cara. Estaba inclinado buscando algo en un libro muy grueso cuyas líneas seguía con la yema de su dedo índice y a veces se detenía y tomaba notas en un cuaderno.

En la tienda olía bien, no sólo a libros, olía a otros tiempos. Los estantes y anaqueles, ahora carcomidos, de construcción artesanal y aspecto robusto, habían tenido sus días de gloria pero resistían aún el peso de los volúmenes. Era un placer estar allí. Había una edición del siglo XIX de El conde de Montecristo con ilustraciones de Gavarni, otra prologada por André Breton de Los miserables de Victor Hugo y, en la parte del fondo, bajo el epígrafe de clásicos antiguos, podían encontrarse colecciones enteras del pensamiento griego y romano en ediciones fabulosas. Llamó mi atención especialmente una colección de cuatro gruesos volúmenes que recogían toda la Historia de Herodoto y se anunciaba al precio de 40 euros, pero me preguntaba cómo podría transportar semejante peso en mi maleta así que concluí hacer una selección mental de todo lo que me interesaba y volver al día siguiente.

Había empezado a llover y, persuadido por las ideas que habían ido fraguando en mi cabeza sobre mi nuevo personaje, decidí volver rápidamente a mi cuarto para proseguir el trabajo que había iniciado la noche anterior.

Aquella chica, que yo había llamado Martina, estaba cobrando vida de tal manera que lo que había comenzado siendo un cuento, pensaba yo, pronto se convertiría en una novela. La joven violonchelista que soñaba con proyectar un palacio para la música había pasado sus vacaciones de verano, antes de entrar en la universidad, en Parma, donde había visitado el pueblo natal de Verdi, Roncole, y, cautivada por la creatividad del músico del que había adquirido todos los discos, se pasó aquel verano escuchándolos en su ipod y paseando por aquellos campos parmesanos.

Fue lo que la decidió a hablar con sus padres y enfrentar el problema. «Yo no quiero ser arquitecto ―dijo―, quiero ser violonchelista». Era la primera vez que expresaba este sentimiento con palabras y sabía que provocaría una tormenta en el seno de su familia, que su padre montaría en cólera, pero era lo que quería y ya no podía aplazar más el momento de confesarlo.

Ahora ya tenía un personaje bien perfilado, sus emociones, sus deseos, su modo de vida acudían a mi mente y no podía dejar de escribir. Como todo escritor me estaba enamorando de mi personaje poco a poco y decidí que había llegado el momento de que emprendiera su aventura. Comencé por situarla una mañana de noviembre en la que el sol había salido entre las perpetuas nubes del viejo París y Martina volvió a casa más temprano de lo habitual. Había huelga de profesores en la universidad y pensó que aprovecharía el tiempo para practicar con su instrumento. Fue esa mañana cuando, al abrir la puerta, descubrió el cadáver. Dejó caer su bolsa de lona azul cargada de libros y abrió la boca tanto cuando gritó que hasta los aparatosos braquets que corregían su dentadura parecían querer huir del horror. Ahora tenía una historia.

La mañana del tercer día desde que había visto a la muchacha por primera vez me levanté temprano. Aunque había estado gran parte de la noche escribiendo, moldeando a mi pequeña criatura, necesitaba volver a verla para que estimulase mi imaginación de aquella manera que sólo puede hacerlo el creer que todo lo que uno inventa es real.

Frente al edificio de la tienda de libros había un café de esos en los que la gente no suele sentarse, cuyo pequeño local no está acondicionado para permanecer mucho tiempo en su interior y donde los clientes suelen tomar cafés en la barra, la mayoría de las veces solos y sin quitarse el abrigo, el suelo está sucio y el local es atendido por un solo camarero que apenas habla.

Me acomodé en una de las desvencijadas sillas junto a la única ventana con un periódico y un café bien cargado y esperé a que ella apareciera. No sabía muy bien lo que quería comprobar. Tan solo que debía verla otra vez para luego volver a mi guarida y dar rienda suelta a la pluma.

Dos cafés y un coñac más tarde aquella puerta volvió a abrirse y la chica del violonchelo hizo su aparición. Llevaba las manos repletas de libros y una bolsa de lona azul le colgaba del hombro por lo que cuando sonó su teléfono móvil tuvo bastantes dificultades para cogerlo antes de que el timbre dejara de sonar. Al contestar una sonrisa apareció en sus labios y dejó entrever unos dientes férreamente sujetos por un andamiaje odontológico digno de la más compleja de las arquitecturas protésicas.

Realmente uno no puede esperar momentos así. No sé por qué tuve miedo de que ella me viera aunque fuera absurdo puesto que ella no podía imaginar lo que yo estaba pensando, ni siquiera que la contemplaba, ni siquiera que alguien quisiera contemplarla. Era tal lo que sentía en aquel momento que me pareció que todo el mundo se daba cuenta a mi alrededor. Sin embargo, el viejo barman continuaba maltratando su cafetera y los clientes frotaban sus manos al llegar para entrar en calor y dejaban unas monedas al terminar sus cafés tras una ingesta rápida, sin apenas decir palabra y, por supuesto, sin reparar en mi presencia.

Solo el dueño del local, con un discreto «Monsieur, ça va?», me sacó de mi asombro y pude darme cuenta de que ella había desaparecido y yo había derramado el café al golpear la taza con la mano sin haberme dado cuenta. Pagué dejando unos euros de más y salí a toda prisa pero mi reacción fue tardía. En la calle nuevamente no quedaba ni rastro de ella.

Empecé a preguntarme si realmente existía o sólo era fruto de mi imaginación, no ya en un sentido literario sino en el más puro de los delirios. Compré algunos víveres y nuevamente me recluí en mi apartamento.

Aquella noche mi Martina ya tenía una familia, dos hermanos menores y un abuelo que había combatido en la segunda guerra mundial que dio clases al volver del frente en un instituto hasta los setenta años. Su comida favorita era la lasaña y en los bolsillos llevaba siempre una libra de plata que le había regalado su padre cuando aún era niña al volver de un viaje a Londres. Y por supuesto su platónica aventura con el profesor de música iba viento en popa. Estuvo unos días sin asistir a clases trastornada por el desagradable incidente que había presenciado pero cuando retomó las lecciones el profesor se mostró muy comprensivo y le regaló un colgante que representaba una clave de sol y ella prometió que siempre lo llevaría puesto pasara lo que pasara. Lógicamente aquella tarde se sintió la chica más especial del mundo.

Creo que no será necesario explicar que acudí de nuevo a encontrar a aquella chica. Ya no sabía si escribía para crear un personaje o para ver si coincidía con la chica del abrigo rojo. En una lluviosa mañana, me encontré una vez más clavado bajo un paraguas frente a aquel edificio. El destello como una pequeña luz vigía llamó mi atención hacia su cuello. Lo esperaba o, para ser más exactos, esperaba algo aunque no sabía qué era. Los acontecimientos de los días anteriores habían determinado que yo escribiera para hacer coincidir a mi personaje, a mi Martina, con la chica del abrigo rojo. El colgante estaba allí sobre su pecho, tal como lo había imaginado la noche anterior, una perfecta clave de sol. ¿Era posible que algo tan concreto siguiera siendo una coincidencia? No necesité mucho tiempo para convencerme de que no era así. Algo que no puedo explicar se apoderó de mí, como una puerta que se abre o una luz que se enciende y, en un impulso súbito, esperé a que sus ojos me encontraran, acaso me buscaran, al otro lado de aquella calle parisina.

Cuando sus ojos se orientaron hacia mí nuestras miradas coincidieron por primera vez y, de repente, sentí miedo. No tuve tiempo de ocultarme. Ella comenzó a correr hacia mí cruzando la transitada calle haciéndome ostensibles gestos con el brazo.

En unos segundos, ante el estruendo del accidente, un grupo de curiosos se congregó alrededor de la chica. Alguien pedía desesperadamente una ambulancia. Un tipo con gabardina exclamó «Apártense, soy médico» y se inclinó sobre el cuerpo de la chica tratando de buscar signos de vida. Entretanto, paralizado, me di cuenta de que tirado a un lado de la calzada se hallaba el cuaderno de la chica. Impulsado por un instinto irreprimible me agaché y lo cogí. Nadie pareció haberse dado cuenta y huí del lugar con la presteza de un ladrón, con la deshonra de la curiosidad por encima de lo humano. Al doblar la esquina corrí todo lo que pude hasta que sentí explotar mi pecho y mis piernas dijeron basta. Entonces, exhausto, me di cuenta de que estaba perdido en un lugar que no conocía donde calle tras calle el paisaje seguía siendo el mismo cielo gris plomizo y las hojas caídas alfombraban las calles con su color pajizo bajo mis pies, empapadas de la humedad de la lluvia. Miré a mi alrededor y casi a escondidas me senté en un escalón apartado y abrí el cuaderno de Martina.

No pude salir de mi asombro ante lo que leí: «El muchacho se acercó a la tienda de libros con la intención de curiosear. Llevaba un cuaderno de esos que Hemingway usaba, de los que se cierran con una gomita elástica en el que lo había visto algunas veces escribir en algunos cafés». Pasé unas cuantas páginas: «Algunos días el muchacho venía en bicicleta y la dejaba amarrada a un árbol. No sé por qué solía detenerse a mirar el edificio antes de cruzar la calle y entrar». Unas páginas más aún continuaba: «Llegó muy temprano aquella mañana al pequeño café y se sentó junto a la ventana mientras hojeaba un periódico». Me pregunté si era posible que aquello estuviera pasando realmente. Me fui al final y leí: «La chica le hizo gestos al muchacho pero este no parecía darse cuenta. Entonces corrió tras él atravesando la calle. Fue un viejo Peugeot, no la vio. Salió de detrás de un autobús y se llevó por delante sus 18 años de vida, su violonchelo y todas sus ilusiones. Del muchacho nunca más se supo, simplemente desapareció como si nunca hubiese existido, como si solo fuese fruto de la imaginación de alguien».

No leí más, tiré el cuaderno mientras me confundía entre la espesa bruma dirigiéndome hacia uno de los puentes menos concurridos sobre las frías aguas del Sena.


LOS LAPICEROS ALINEADOS




Los tres lapiceros se hallaban correctamente alineados, en la esquina superior derecha a las distancias correctas del borde de la mesa, tal como debían estar. Su elección personal había sido situar un lapicero negro bien afilado y ya medio gastado en primer lugar, uno rojo de mayor longitud y con la punta redondeada en el centro y otro negro, afilado y de una longitud intermedia en última posición.

Contemplar su elección personal le suponía una gran satisfacción. Su compañero de Trabajo situado a la derecha había optado ese año por tres lapiceros azul celeste de longitudes equivalentes. Su compañero de la izquierda (con quien hoy debía compartir el Tiempo de Conversación tras el Tiempo de Alimento) situaba sus lápices en una escala cambiante cada semana, una excentricidad que daría origen a todo tipo de críticas si llegase a conocerse entre su Comunidad de Vecindad. Situados en la cuadrícula de tres mil mesas equidistantes entre sí, los tres mil trabajadores colocaban sus nueve mil lapiceros en la esquina superior derecha a las distancias adecuadas de los bordes de la mesa.

El Tiempo de Contemplación llegó a su fin. York 15-16-87 disfrutaba mucho de esos dos minutos diarios antes del Trabajo, cuando situaba sus lapiceros en la combinación que él decidía, demostrándose a sí mismo (y a los demás) ser capaz de tomar una elección personal genuina. A su vez, el resto de trabajadores habían alineado sus tres lapiceros a las distancias correctas de los bordes de la mesa, tal como se venía haciendo desde hace diez años, en el año 2130. Pero ahora bajo la pantalla ocular flotaron las letras «Tiempo de Trabajo», lo que significaba que su Tiempo de Contemplación terminaba y su jornada de Trabajo comenzaba.

Al unísono, los cincuenta millones de empleados de Empresa abrieron sus ordenadores personales y comenzaron a trabajar. York 15-16-87 sabía que en la sociedad actual el Trabajo era más necesario que nunca. Antes nadie disponía de los lujos que él disfrutaba en el hogar, como su nueva pantalla holográfica de 21 pulgadas en los cajones, el color cambiante de las paredes según el tiempo atmosférico o la música que se adaptaba al estado de ánimo del usuario de la vivienda, algo indispensable para poder levantarse de un humor adecuado que optimizara el rendimiento en el Trabajo. Esos lujos pedían un esfuerzo que cada ciudadano ofrecía con gusto en su Tiempo de Trabajo, ofreciendo a Empresa tan solo 16 horas diarias de dedicación, cortadas por los obligatorios Tiempo de Alimentación y Tiempo de Conversación (de 5 y 15 minutos de duración respectivamente).

York 15-16-87 programaba máquinas. En concreto, mejoraba programas de optimización de diseño de maquinaria industrial. Las Industrias eran gestionadas directamente por el Estado, y las cadenas de producción operadas y dirigidas por máquinas en su totalidad. Por detrás se encontraba Empresa, es decir, la sociedad de trabajadores cuya labor era mantener una producción óptima de la maquinaria que a su vez manufacturaba los productos de consumo tan necesarios para los empleados.

A medida que trabajaba los mensajes de su chip óptico le animaban a maximizar su esfuerzo y rendimiento. Centelleaban mensajes (que se hubieran tachado de subliminales un siglo atrás) en la zona inferior y superior de su radio de visión, captados únicamente como «centelleos» por su ojo, pero admitidos como mensajes por su cerebro. Esto permitía no desviar su atención del Trabajo a la vez que uno era motivado «in situ» sin generar una pérdida de productividad. La productividad era importante y todos lo sabían, pues optimizar el rendimiento personal y la productividad general de Empresa era la meta a la que cada ciudadano debía dirigir su vida, para así mejorar la producción de bienes de consumo y mejorar a su vez la calidad de vida.

Tras la primera hora de Trabajo su monitor óptico mostró sus estadísticas de rendimiento, bien visibles, en la esquina izquierda de su visión. Alarmado, descubrió que era 2,1 puntos menor que la media de su sector, y 1,9 menor que su propia media. Tal vez algún factor ambiental o mental polucionaba su rendimiento, él no podía saberlo con exactitud. Pero gracias a los avances de la sociedad la solución estaba literalmente al alcance de su mano. Con un rápido movimiento introdujo el comando adecuado en su ordenador y la aguja alojada en el respaldo de su silla se clavó en su espina dorsal. El análisis fue trasmitido a su chip óptico y mostrado en su visión casi al instante. Parece que su nivel de estrés no era el adecuado, estaba diez puntos por debajo de lo habitual. Maldijo en silencio su mala fortuna e introdujo otro comando en el ordenador. Tras una demora de 15 segundos sintió una nueva aguja en la espalda, esta vez cargada de adrenalina y estimulantes. Aunque se desaconsejaba el abuso de adrenalina, él no quería perder su oportunidad de mejorar el rendimiento medio este mes, pues la Evaluación de Rendimiento anterior le supuso una pérdida de sueldo del 0,7%, algo vergonzoso que seguramente ya le habría puesto en evidencia frente al resto de residentes de su Comunidad de Vecindad al ver estos que no disponía en su residencia de los últimos productos del mercado.

La siguiente hora su rendimiento mejoró visiblemente: 0,5 puntos por encima de la media y 0,6 por encima de su media personal. Solicitó una nueva inyección de adrenalina y un inhibidor mental selectivo, que le impediría pensar en nada que no fuese su Trabajo durante las próximas seis horas.

Tras cuatro horas más de Trabajo su rendimiento se estabilizó en 1,0 superior a la media, 1,1 superior a su propia media. Dos horas más tarde una inyección desinhibidora liberó su mente y pudo volver a pensar con normalidad en aspectos no relacionados con el Trabajo. Ahora se daba cuenta de lo estúpido de su comportamiento el mes pasado. Su bajo rendimiento era culpa de no haber optado por mayores periodos de inhibición mental. Aunque era conocido por todos que, a la larga, el abuso de inhibidores empeoraba la efectividad y disminuía la esperanza de vida, su uso era muy popular entre los trabajadores más aplicados y mejor empeñados de Empresa. Quizá fuese hora de ir pensando en centrar su vida en una meta más ambiciosa, cambiar y ser algo mejor: los Trabajadores de Alto Rendimiento, por ejemplo, eran la envidia de los trabajadores del montón como él. Pasaban su vida en un éxtasis de Trabajo continuo gracias a una inteligente combinación de drogas de alto diseño que bloqueaban pensamientos innecesarios para su especialización laboral de forma permanente. Sus sueldos engordaban y sus hogares se actualizaban siempre sin demora. Pero claro, pertenecer a la élite solo estaba al alcance de unos pocos y uno debía demostrar antes tener una mente capaz de mantener un nivel constante 5 puntos por encima de la media. Sabía que era posible llegar a ese nivel mediante el abuso de adrenalina y otras inyecciones más especializadas introduciendo los comandos adecuados.

Sumido en estos pensamientos, York 15-16-87 se encontró sentado en la mesa frente a su compañero de conversación y su dispensador de proteínas. Sus dos barras alimenticias ya estaban preparadas y dispuestas para ser ingeridas frente a él. Bajo su visión parpadeó «Tiempo de Alimento» y York 15-16-87 comenzó a masticar las barras mecánicamente al unísono de las tres mil personas de su sección. Odiaba esos cinco minutos (¡cinco minutos!) que la Empresa obligaba a malgastar en la ingesta de alimentos, pues era muy sencillo administrar las proteínas y vitaminas necesarias por una inyección. Pero varios estudios de Empresa prevenían contra eso: parece ser que la parte primitiva de la mente humana se resistía a perder la costumbre de alimentarse vía oral. Se esperaba que en dos generaciones este hábito tan desagradable se pudiese suprimir.

Pero si el Tiempo de Alimento era desagradable, más lo era el Tiempo de Conversación. Uno debía malgastar quince minutos (¡quince minutos!, ¡quince minutos!) en hablar con el compañero que se le seleccionase esa semana. Y frente a él tenía a (según mostraba su pantalla) un trabajador llamado James 70-56-70, casualmente el sentado a su izquierda. Su subnombre (la numeración 70-56-70) indicaba que su habitáculo residencial se encontraba en una Comunidad muy apartada de la suya. ¿De qué podía hablar con él? Era posible que allí ni siquiera utilizasen las pantallas de 21 pulgadas para los cajones. Era posible que no existiesen últimos modelos de suelo de temperatura adaptable. Santo Trabajo, ni siquiera su longitud de cabello parecía la adecuada. ¿Qué podía saber de él?

Pero incluso en la Era del Consumismo estos detalles eran aún considerados importantes. La tecnología estaba siempre al servicio del trabajador, y su chip óptico trasmitió una serie de opciones de conversación: «Rendimiento de Trabajo», «Aptitudes ganadas y adquiridas este mes» y «Nuevo modelo de inyector personal Ramsés IX ». York 15-16-87 desechó la idea de hablar de Trabajo (actualmente no tenía claro que sus problemas de rendimiento favoreciesen una conversación con factores beneficiosos para su posterior rendimiento) y no había podido actualizarse con la información de Ramsés IX, el nuevo modelo de dispensador personal que tan de moda estaba desde el mes pasado. Cauto, esperó en silencio a que las opciones «generales» desapareciesen y en su lugar se mostrasen varias fórmulas de cortesía más atómicas con las que comenzar una conversación genérica: «Hola, me llamo York 15-16-87» y «Buenos días». Dijo la primera a su compañero de conversación y esperó. Éste tardó un poco en responder, seguramente siguiendo su ejemplo y prefiriendo que se le presentase una conversación guiada, más cómoda y con menores complicaciones.

«Yo soy James, parece que vivimos en barrios muy dispares.» «Sí, puede ser interesante comparar las últimas tendencias de ambos.» «En 70-56-70 tenemos últimamente como primera opción la de ampliar nuestro espacio de vivienda.» «Nosotros preferimos adaptar nuestros bienes a las últimas tendencias lo antes posible.» «Es duro, pero en 70-56-70 llevamos un retraso de hasta 5 meses en actualizar algunos productos.» «Supongo que ampliar el terreno edificable de vuestros hogares es una opción adecuada a largo plazo.» «Sí, se dice que las próximas Duchas-de-Diez-Segundos van a requerir un espacio adicional para alojar una gama de desodorantes mayor.» «Los últimos modelos son espectaculares, incluso dicen que se mejorará aún más el sistema de secado para ganar hasta cuatro décimas de segundo.» «Es increíble el tiempo que una Ducha-de-Diez-Segundos puede ahorrarnos a lo largo de la vida.» «Es necesario actualizarse al último modelo de inmediato.» «Coincido con la idea…»

Así durante quince insufribles minutos. Por suerte no era necesario prestar atención a lo que uno decía. Aunque las leyes de Empresa establecían que el ser humano necesitaba un periodo diario de conversación social (algo basado en algunas leyes sociales ancestrales y arcaicas), no se consideraba desconsiderado el inyectarse una dosis de droga «librepensadora». Gracias a ella, el cuerpo podía seguir conversando a la vez que la mente se retraía e hibernaba, descansando y preparándose para optimizar su rendimiento en el siguiente periodo de Trabajo.

Tras el Tiempo de Conversación, de nuevo el Tiempo de Trabajo. Las siguientes horas pasaron volando gracias a las drogas inhibidoras y dos inyecciones de adrenalina adicionales, consiguiendo rendimientos personales de 1,2, 0,9, 0,8, 0,9, 0,7, 0,8 y 0,8 superiores a la media. En cinco años podría pedir un permiso a Empresa para hacer una hora extra al día, en diez años podría pedir otra, y una tercera a los quince años, todas ellas con la condición de que su rendimiento fuese 0,5, 1,0 y 1,5 superior a la media. York 15-16-87 sonrió satisfecho.

Una hora de transporte público después llegó a su vivienda, el bloque 87, en el área 15, sección 16. Su Comunidad de Vecindad, de 100 bloques por sección (tal como se venía distribuyendo cada área desde el área 10 en adelante), era un agradable pasillo rectangular sazonado de puertas. Cada una daba a una vivienda y mostraba, mediante holograma proyectado al pasillo (a la Comunidad), la distribución de los muebles y enseres del interior, preservando la intimidad del ocupante. York 15-16-87 observó que muchos de sus vecinos habían actualizado ya sus equipos musicales con carcasas Zyron 6.0. Debía actualizar su carcasa Zyron 5.0 de inmediato o comenzarían a pensar mal de él.

Paso la palma por la puerta de su vivienda, el bloque 87, y esta se abrió. Penetró en la estancia y la música comenzó a sonar, el perfume comenzó a brotar y la temperatura, luminosidad y presión se adaptaron a su estado de cansancio, estrés, ánimo y otros factores mentales menores. La silla se replegó a su servicio, la bañera de inyecciones se abrió para él, la Ducha-de-Diez-Segundos se activó, los hologramas que mostraban el contenido de los cajones y las estadísticas de versionado de cada producto comprado comenzaron a emitir, centelleando por la habitación frente a sus ojos. Nueve metros cuadrados de lujo y confort solo para él, personalizados y dispuestos a servirle.

Pero ese día era diferente, pues había tomado una decisión. No podía perder tiempo este año en disfrutar de todo esto. Debía cambiar su rutina de Tiempo de Ocio y descansar de inmediato, nada más llegar a su casa, cada día del año. A la mañana madrugaría y, dos horas antes, programaría la Bañera de Inyecciones para que precondicionara su cuerpo y mente para el Trabajo. Sí, este año debería prescindir del lujo y el confort en beneficio de la Empresa (es decir, en su propio beneficio). Quizá el año siguiente tuviese tiempo, quién sabe. Y, con suerte, en cuatro o cinco años podría aumentar su rendimiento lo suficiente para que su sueldo le permitiese actualizarse a diario a las últimas versiones, como el vecino del bloque 30. Debía evitar ser como el vecino del bloque 56, con la bañera de inyecciones a 4,0… Su holograma de vivienda era la vergüenza de la vecindad.

Decidido: mañana se acondicionaría dos horas antes del Trabajo, y no una hora como venía haciendo hasta ahora. Hizo un rápido pedido de la carcasa Zyron 6.0 y se acostó en la bañera. Programó el Tiempo de Sueño respecto a los recién decididos nuevos parámetros y una serie de inyecciones le durmieron de inmediato: 4 horas de Tiempo de Reposo, sin sueños ni sensación de paso del tiempo. Pasado este (para él inexistente) periodo, fue despertado por las inyecciones del Tiempo de Acondicionamiento. La bañera se encargó de depilarle, limarle las uñas, recortarle el pelo, afeitarle, maquillarle, exfoliar las impurezas de la piel y estirar sus rasgos faciales para acercarlos lo más posible al estándar personal establecido. La Ducha-de-Diez-Segundos se situó sobre la bañera y se encargó de enjabonar, limpiar, aclarar y secar su piel. Tras retirarse, la bañera aceitó el resultado, lo desodoró y perfumó. El nervio ocular mostró una desviación del 2,4% respecto al estándar (aceptable, aunque mejorable). A continuación, penetraron en su cuerpo una larga serie de inyecciones acondicionadoras de mente y cuerpo, necesarias para vigorizar y establecer un estado mental adecuado para lograr un equilibrio correcto entre eficiencia y rendimiento en el Tiempo de Trabajo.

Una hora de Tiempo de Transporte y de nuevo el Tiempo de Contemplación. Tres mil personas en mesas equidistantes alinearon al unísono nueve mil lapiceros a las distancias correctas de los bordes de la mesa. York 15-16-87 observó las series de lapiceros de sus compañeros: aunque estaban correctamente alineados, cada vez eran más los que no se preocupaban por la combinación de colores y utilizaban tres lapiceros negros estándar de igual longitud. Tal vez fuese bueno un cambio.


LOS DÍAS NO VIVIDOS




La muerte vuelve a hacer acto de presencia, día tras día aparece entre la sombría niebla y bendice a los que allí se encuentran. Un joven llora desoladamente a los pies de una cama. En ella una mujer ha expirado su último aliento. Sus manos permanecen agarradas fuertemente, intentado salvarla, haciendo todo lo posible por no dejarla caer en el vacío. Pero es inútil, el veneno ya ha entrado en su cuerpo, su madre ya no volverá jamás. Ya no le queda nadie. Sus hermanos fueron los primeros en claudicar, su padre se marchó entre gritos de dolor y ahora su madre, su único pilar en este infierno, le abandona. Y aún así, es feliz, su amor, el único que le ha dado tiempo a descubrir, se encuentra a salvo fuera de ese hospital infernal. Se halla solo... tristemente solo.

El eco de unos pasos le hace alzar la cabeza del lecho. Unas firmes pisadas se aproximan cada vez más a él... marcando la hora. Unas manos sin corazón sujetan su débil brazo. Sus ojos se levantan suplicantes. ¡Quiero vivir! ¡Quiero amar! Sin embargo su ruego es denegado. El veneno va penetrando en su cuerpo, instalándose desde el brazo hasta el corazón. Su mano, tenazmente agarrada a la de su madre, se va relajando, separándose definitivamente de ella. En unos segundos la muerte le despoja de unos días que jamás vivirá.


***


Llevo décadas engañando a mi alma, haciéndola creer que vivo fuera del infierno. De aquel abismo que se abrió un día ante mis pies y me devoró en sus llamas. Aunque ha pasado el tiempo aún no me acostumbro a vagabundear como un fantasma.


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