Excerpt for Subterráneo by Oliver Meneses, available in its entirety at Smashwords



SUBTERRÁNEO

Oliver Meneses


También disponible en ePub y otros formatos digitales.


Diseño de Portada/Cover design: Oliver Meneses


© 2010, Oliver Meneses

COPYRIGHT/DERECHOS RESERVADOS.

Completa la experiencia en audio y video visitando:

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Publicado/Published by Oliver Meneses en Smashwords.

Primera edición: Agosto de 2010




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A los amigos y familiares. Gracias a todos.

A Toño Sempere por aventarse a leer

las vidas pasadas de esta historia.

A Paloma Pieza y a todos los viajeros de los Metros

del mundo que alguna vez se quisieron bajar y no pudieron.




Y sin embargo se mueve”




ÍNDICE




LÍNEA UNO

TACONES ALTOS

ADIÓS VACACIONES

CHICA PERDIDA

NO EN ESTE MUNDO

EL INFIERNO, ILUSTRADO

TRANSBORDO

PRÓXIMA ESTACIÓN: ETERNIDAD

ENTRE NOSOTROS

LA CIUDAD DE LOS MUERTOS

TRÁFICO DE ALMAS

EL SHOW NUNCA MUERE

POST MORTEM



LÍNEA UNO




Estaba amaneciendo y el aire fresco le pegaba en la cara a Maggie. Aunque ya se había acostumbrado momentáneamente al piso frío de concreto bajo sus pies descalzos, esa corriente de aire le hizo abrir los ojos.

Debajo de ella, vio el trazo paralelo de las vías del Metro.

A sus treinta y tantos lucía muy hermosa. La cabellera color miel volaba con el aire. Su semblante era pacífico, casi zen y llevaba un rato concentrada en las sensaciones de su cuerpo. Los sonidos de la ciudad despertando, el sol que apenas se empezaba a asomar entre los edificios, el olor que había dejado la lluvia de la noche anterior. Su piel se erizó cuando una ventisca se le metió debajo de la falda.

El puente sobre el que estaba Maggie no era muy transitado a esa hora de la mañana. Pocos automóviles circulaban hacia la perpetuación de sus diarios rituales sin percatarse de la mujer al borde de la valla de seguridad.

“Siento mucho por la gente que llegará tarde a sus trabajos el día de hoy, discúlpenme”, pensó Maggie experimentando un atisbo de culpa por un breve instante mientras recorría con la vista las vías a sus pies, metros abajo, hasta la estación que estaba a un kilómetro de distancia frente a ella, en el horizonte.

La estación ya estaba rebosante de gente a esa hora y los pasajeros subían y bajaban del Metro intercambiando direcciones sin cesar.

Maggie supo que era el momento.

Observó a la distancia cómo la conductora se asomaba por la puerta cerrando todos los vagones para reiniciar su marcha. Los rechinidos del metal fueron cobrando velocidad y se acercaron al puente.

Maggie se soltó de la barra de seguridad.

Un coche se aproximaba a sus espaldas con un padre que llevaba a su hija a la escuela. La pequeña vio a Maggie con su vestido floreado y su cabello color miel extender los brazos mientras balanceaba su peso hacia adelante. Para cuando la niña reaccionó ya había sido demasiado tarde.

Maggie había calculado las distancias con precisión.

Debido a los minutos que llevaba en lo alto del puente pudo planearlo todo matemáticamente.

Voló por los aires con los ojos cerrados y cayó en los rieles del Metro que venía a toda velocidad. La conductora sólo vio una imagen borrosa delante de ella, y escuchó un crujido que le heló la sangre y la acompañaría en sus sueños de por vida.

El tren tuvo que detenerse.

Los pasajeros llegaron tarde a su trabajo ese día.



–¡Suerte, mariquitas! ¡así aprenderán a cruzar la calle! –Eddy se burló de sus compañeros, los detectives Quincy y Zachs, mientras se cruzaba con ellos en la puerta de entrada del precinto de policía.

–¡Imbécil! –apenas pudo murmurar Zacharías mientras le intentaba robar sin éxito su desayuno, un burrito de Taco Bell, a Eddy.

Eddy Rivera llegó temprano a la estación. Procuraba hacerlo siempre y por el radio se había enterado de otro deceso que tenía que ver con el Metro de la ciudad. Una vez más. Pero afortunadamente no era un caso para él, era de Quincy y Zachs, quienes no habían avanzado mucho desde que se los dieron hacía cuatro meses. Era un rompecabezas que simplemente no pegaba por ningún lado. Sin embargo había algunas constantes que los hacía seguir adelante. De esas constantes, la principal era que seguían apareciendo chicas muertas en algunas estaciones del Subterráneo. Aunque esta mañana el caso sonaba diferente, al parecer un suicidio, pero al final el resultado era el mismo que en los anteriores.

“Pobres cabrones, se les está complicando”, pensó Eddy, sabiendo que lo mejor era no tener nada que ver con ello. Por fortuna a Eddy y Paul Jelden, su compañero, no les asignaron ese caso, también por insistencia de su jefe, el capitán Samuel Dawson, quien había manejado la excusa del caso de Ferrara y de la intromisión de la DEA. Por ello el comandante Weinberg asignó a regañadientes el caso al otro par de detectives. Por ahora, Eddy y Paul tenían suficiente con andar debajo del radar mientras Dawson intentaba tener vacaciones por primera vez desde hacía varios años.

Eddy llevaba toda su vida en la policía. Siendo adolescente había empezado ayudando en la limpieza de la academia y logró que lo becaran para poder entrar a estudiar. Después, varios años en las calles, patrullando. Por su ascendencia puertorriqueña le asignaban siempre los peores barrios, perpetuando el cliché de la inseguridad que propiciarían los inmigrantes. Eddy nunca lo tomó como algo personal y fue ascendiendo hasta que se ganó su puesto de detective. Y empezó a trabajar con Paul Jelden, a quien jamás le tocaron las calles. Jelden llegó directo de una de las tantas escuelas que nutren al FBI, una pequeña academia en su natal Connecticut. Paul era, por así decirlo, más nerd que Eddy, y por supuesto que su jefe, Samuel, que con grado de capitán ya había visto bastante de la vida y de la muerte en esa ciudad, sin ayuda de la tecnología. Paul era la parte “técnica” del equipo.

–Gracias por mi burrito, Eddy, no quería, cabrón– le reprendió Paul llegando a su escritorio y golpeando las botas de Eddy con su chamarra para que las bajara.

–Eso te pasa por llegar tarde, maldito huevón. ¿Otra vez te quedaste jalándotela con tus noviecitas de internet, verdad? –le contestó con la boca llena mientras acababa su desayuno.

Paul sólo sonrió sin contestarle.

–Conozco esa sonrisa. Tengo razón, ¿no? ¿No quieres conocer mujeres de a de veras? El sábado voy con mi mujer y los sobrinos al beisbol, tengo boletos, le puedo decir que traiga a Patricia, conseguimos un par de boletillos adicionales y con suerte ¡metes un home run! Por alguna extraña razón sigues pareciéndole buen partido... la pobre... –agregó irónico Eddy, mientras Paul prendía su computadora.

–Suena bien... –le dijo sin entusiasmo.

–¿Bien? –aclaró Eddy bajando la voz– Es ¡es-pec-ta-cu-lar! Con Sam fuera podemos disponer de nuestra “vacación” como queramos. No podemos desaprovechar esto, bro. O qué... ¿tienes cita con alguna de tus gorditas?

–Cállate... bueno fuera... estoy harto de eso. ¿Será algún karma en mi contra? –preguntó Paul sonriendo con complicidad– Tengo una perra suerte… ayer en la noche me di de alta en otro sitio, y en media hora tenía a ocho mujeres... obesas... queriendo platicar conmigo. ¿Qué les pasa?

–¿A ellas?, nada... tú eres demasiado exigente. El amor no tiene báscula, hermano... veme a mí… –le dijo Eddy, golpeando su abultado abdomen– ¿quién creyera que una mujer como Julia andaría conmigo, así en teoría nomás...?

–Nadie... sin ofender... si eres feo como piñata de tortuga ninja. Y ya deberías quitarte ese bigote... en serio...

–¿Qué no has visto a Johnny Depp? Tienes que ver más revistas... ¡Ahí está cabrón! A lo mejor tienes que cambiar de foto, no sé... yo no entiendo mucho de las citas por internet, pero quizá si subes una donde te veas menos idiota... menos güero o más mamado, no sé... ¡O que se te vea la placa! –se carcajeó–. A las mujeres les encanta la placa. En fin, no sé, qué te digo, yo siempre he preferido el alcohol y el baile como lubricante social.

Haciendo el punto, Eddy activó una canción como ring tone en su celular. Un reggaeton sonó alto y todos en el precinto de inmediato lo miraron, extrañados. Eddy ejecutó un par de pasos de baile en su silla haciendo algunos gestos y aventando besos a las secretarias y hacia la recepción del precinto.

–Eres un idiota... habla con Patricia... bueno, con tu mujer, vamos al beisbol –dijo Paul, convencido.

–¡Essso, bro! Así se habla, si no fuera porque está de vacaciones el jefe, también lo jalaba para el partido. A ese cabrón también le hace falta una vieja desde hace rato.

–Pfff.... ni que lo digas... –asintió Paul con un gesto exagerado.

Paul revisaba las noticias en su computadora mientras daba sorbos a su café.

–Deja marcarle a Julia para que nos consiga los boletos de una vez... Juntarte conmigo es lo mejor que te ha pasado en-la-vi-da –comentó Eddy, satisfecho.

–Seguro... –ironizó Paul.

En ese momento el teléfono de Eddy sonó.

–Espera... Rivera... heeeyyy ¿qué tal, bro? ¿Ya? ¡qué eficiente! Bueno, lávate las manos que vamos para allá...

Eddy colgó con una carcajada. Paul se había puesto serio leyendo en su monitor. Eddy le dijo:

–Vamos al laboratorio. Llegaron las muestras del caso de Ferrara. Tú manejas.

–Mira esto –sin dejar de leer, Paul le hizo un gesto a Eddy para que rodeando los escritorios compartiera lo que tenía en pantalla.

–¿Qué pasó?

–Otro par de muertes en el Metro. Pero no acá. En Chicago y en Los Ángeles. Muy parecidos todos.

–Muy interesante... pero ¿qué crees? no es nuestro caso. Ya tenemos suficiente con Ferrara, con tu amigo el pederasta y con el revire del juez Johnson con lo de la DEA.

–Está raro. Tampoco hay marcas en...

–Que lo dejes, cabrón... no me importa en lo más mínimo. Vamos al laboratorio –le apuró Eddy.


TACONES ALTOS




“Tanto maldito cambio que no sirve para nada”, pensaba Susan, la secretaria del departamento de ventas, quien no paraba de sacar copias.

Le gustaba más para su cargo la denominación de asistente, pues pensaba que era más apropiado para ella y su crecimiento en la empresa. Cada ocasión que el jefe veía la presentación hacía correcciones que tenían que reflejarse en varias hojas, y por lo tanto Susan debía rearmar una decena de carpetas cada vez para la gente del departamento.

No era la única que estaba harta ya en esas horas del día.

En la mayoría de los cubículos de ese departamento la gente ya lucía agobiada. Así era con cada presentación grande. La carga aumentaba cuando había viajes, bonos y grandes comisiones de por medio. Pero significaría una gran cuenta, si la empresa, RedWare, podía echársela a la bolsa.

Susan le dejó la última versión de la presentación a Sophia Lowry, quien ni siquiera se molestó en hojearla nuevamente. También estaba harta de las indecisiones del jefe y su manía de cambios de última hora. Estaba más ocupada en que su esquema de ventas luciera a prueba de balas.

Sophia era una de las estrellas de RedWare. Una mujer joven, menor de 30 años y con gran futuro para escalar en el organigrama de la empresa. Era muy guapa pero ella insistía que la reconocieran por su trabajo. Aun así, en días como ese, con su blusa blanca de super ejecutiva que le entallaba la cintura y le resaltaba el busto, y los tacones altos y la chamarra de piel, sabía que los comentarios en la oficina siempre cargaban la balanza hacia el lado más frívolo, su físico.

Hablaba por teléfono impaciente mientras se revisaba las puntas del cabello lacio café oscuro. Siempre tenía unas pequeñas tijeras a la mano para eliminar cualquier imperfección que llegara a descubrir. Sophia realmente se esmeraba por cumplir sus propias exigencias tanto en ella como en su trabajo. Este se había convertido últimamente en la válvula de escape de su vida. Y estaba funcionando. Quería que la catalogaran como la versión femenina de “tiburón”, que tanta envidia le causaba cuando se aplicaba el término exclusivamente a sus compañeros masculinos.

Susan pasó haciéndole un gesto de hastío y murmurando:

–¡Lo voy a matarrrr! –mientras traía otro par de presentaciones que arrugaba en el aire.

Sophia colgó el teléfono de su extensión y atendió su celular que empezaba a sonar.

–Hola... –contestó apresurada y cortante– ahh... Papá... qué pasó, no tengo este número... de dónde... ¿qué?

Sophia empezó a manotear desesperada con gestos de furia. Quería interrumpir a su padre pero no se atrevía y sólo ejecutaba movimientos cortos en su asiento.

–... pero cómo es posible... ¿otro par de días?, o sea, lunes, martes...

Compulsivamente movía los objetos de su cubículo de un lado a otro buscando que luciera menos desordenado.

–... y así ¿sin explicación? ¿por lo menos te dijeron qué tenía? ¿Y te cotizaron por eso? Pá... hubieras insistido... realmente necesitaba mi coche para este fin de semana... sí, perdón, perdón, pero yo te dije que yo lo llevaba... o alguien de tus empleados... yo sé, yo sé... gracias... no, nada, olvídalo...

Sophia recostó la cabeza infantilmente en su escritorio sobre varias hojas impresas de excel.

–... pues que ya me vine así toda la semana y tenía planes para mañana en la noche... sí, ya sé... no, gracias, no me gusta el coche de mi mamá pero si no queda de otra pues sí... no, no estoy enojada contigo, te agradezco mucho, es que... tengo mucho trabajo y me falta mucho... y... esos malditos mecánicos, lo peor es que lo presentía, carajo...

Tomó gran aliento y se recargó en su asiento.

–… no sé a qué hora pueda salir hoy... supongo que muy tarde, con lo de la junta en San Francisco esto está hecho un caos hoy. No te preocupes, consigo alguien que me dé un aventón. No me esperen a cenar, ¿OK? no quiero esa presión tampoco hoy. Dale un beso a mamá. Te quiero... adiós.... sí, sí, gracias... bye.

Sophia colgó.

“¡Mierda...!”, exclamó al mirar su reloj. Suspiró hondo. Buscó un número en su celular y marcó.

–Amiga... ¿cómo estás?... mal, destruida... y me falta mucho... oye, de mañana... no, no te voy a cancelar... pero no me entregaron mi coche... ¿Nos podemos ir juntas? Y si pasa algo, ya cada quien se regresa con su... ¿presa?... –se carcajeó–... sí... espero que éste salga mejorcito... ¿Dan? sí, ya sabes, lo típico... que me haga su amiga... su follower, él por supuesto ya me está acosando con mensajes cada rato, en fin, un poco de flojera, pero qué se le va a hacer... así es la vida en sapolandia querida...

Su jefe se aproximaba por el pasillo leyendo un documento mientras mordisqueaba una pluma.

–... viene mi jefe, te marco mañana, beso... –apresuró y cortó la llamada.


Una lluvia ligera pegaba en los vidrios del edificio. La gente ya había salido de la mayoría de los edificios de oficinas de la zona. El jueves de lluvia era el pretexto perfecto de muchos para refugiarse en los bares y restaurantes cercanos. Pero Sophia no había acabado su parte y seguía puliendo los escenarios alternativos de inversión, no quería que la agarraran con la guardia abajo en la junta de presentación.

Ya tenía los ojos irritados debido al cansancio y sacó sus lentes que solía usar sólo de noche para leer. Había restos de pizza y varios vasos desechables en su escritorio. Ya ni siquiera le importaba la pulcritud de su lugar. Le dio un sorbo a su enésimo café del día.

Sonrió con alivio mientras salvaba el documento que acababa de terminar.

“Perfecto”, le dijo a la computadora, abstraída.

Dejó el vaso caliente y se estiró en su silla, fue cuando salió de su burbuja mental y se percató de que estaba sola en el piso.

“Putamadre...”, maldijo sorprendida, mientras se incorporaba rápidamente de su asiento y se asomaba a los pasillos donde se veía la hilera de cubículos ya apagados.

“¿Laura?”, dijo en voz alta.

Buscó con prontitud en la lista de los números de extensiones telefónicas que tenía pegada en un murete de su cubículo.

Sentada nuevamente marcó a un par de extensiones que sonaron lejos de su cubículo, sin haber respuesta. Insistió con otros tres números del otro piso. No tuvo éxito. La gente ya se había ido hacía un buen rato.


Sophia llegó a la recepción donde estaba Bob, el oficial de seguridad del turno de noche; un hombre de unos 60 años, muy atento, que leía una revista y escuchaba su dotación diaria de acid jazz en sus audífonos. Movía el pie rítmicamente. Al ver la silueta de Sophia reaccionó sorprendido.

–¡Señorita Lowry!, ¡Jesucristo!, me asustó –le dijo el oficial con una sonrisa.

–Perdón, Bob, no fue mi intención.

–Ahora sí que se quedó sola...

–La historia de mi vida... –interrumpió Sophia, irónica.

–Pensamos que ya se había retirado. Incluso le marqué a su extensión hace como media hora.

–Ufff... seguro estaba en el baño, el café de esta oficina... es peligroso.

–¿Sí, verdad? –sonrió Bob, un poco apenado– Raoul y el señor Deckett recién se fueron.

–¿Hace mucho?

–Como media hora, señorita. Cuando le marqué. Ellos preguntaron por usted pero no contestó y no vimos su coche en el estacionamiento, entonces pensamos que ya se había retirado.

–No me devolvieron mi coche del taller.

–¿Todavía no? Le dije que me hubiera avisado y mi hijo se lo llevaba al taller de la 43. Ahí llevamos todos los coches de la familia.

–Sí... ya sé... pero qué hacemos... lo siento... pensé que mi papá... en fin. Pues ya me voy yo también.

–¿Quiere que le pida un taxi, señorita? –le preguntó con atención el oficial.

Ella miró su reloj y le contestó pensativa, haciendo una mueca.

–No, Bob, muchas gracias. Sabe qué… prefiero caminar un rato. Estoy embotada de tanto número. Además van a tardar horas con la lluvia, prefiero que me dé el aire un rato.

–Muy bien.

–Voy por mis cosas.

Sophia caminó por los cubículos vacíos. Algunos habían quedado como verdaderos basureros. Luces encendidas, computadoras con ridículos protectores de pantalla, la decoración kitsch de cada lugar “era digna de una auditoría meticulosa”, sonreía la ejecutiva mientras recorría el lugar. Otro día se burlaría una por una de esas ridiculeces.

Pero por hoy ya era suficiente el encierro.


Afuera los coches pasaban dirigiéndose a la zona de restaurantes y bares que estaba a un par de cuadras. A pesar de la lluvia había gente caminando por la calle apresurando el paso. Los lugares estaban llenos, en algunos había televisores con la repetición del partido de beisbol de esa noche. Pasaban taxis en sentido opuesto pero se hallaban ocupados. Sophia caminaba rápidamente cubriéndose la cabeza con su pequeña bolsa de mano.

–¡Taxi! ¡Taxi! –gritó a uno que pasaba por una esquina, pero era inútil, también estaba ocupado.

Caminó por varias cuadras por un buen rato. Empezaba a sentir culpa por sus zapatos caros y su chamarra de piel. Por su cabello ya no podía hacer nada. Suspiró, cansada.

Pasaron más taxis ocupados.

Siguió caminando y llegó a una zona mucho más oscura, lejos del bullicio de los bares y restaurantes. Un hombre pasó con un carrito de supermercado lleno de cartones y latas. Ella caminó rápido tratando de pasar desapercibida.

A media cuadra vio la entrada a una estación del Metro. La iluminación de un poste de alumbrado público parpadeó antes de dejar la esquina completamente a oscuras por segundos.

Sophia se pasó la mano por el cabello empapado y revisó su reloj:

11:47 PM.

Miró al vagabundo sin pena orinar en medio de la acera y se percató que por la otra acera se acercaban tres jóvenes. No podía distinguirlos por la oscuridad de la calle pero escuchó que reían ruidosamente bromeando entre ellos. Sus siluetas no le inspiraban nada de tranquilidad.

Sophia asió su bolsa y se apresuró a bajar por la entrada del Metro. Había partes anegadas que pisó con asco.

La máquina de boletos no servía. Vio a la taquillera sumergida en su asiento leyendo la revista People.

–Un boleto, por favor –le extendió Sophia las monedas con el importe exacto.

La señora afroamericana la miró con molestia por haberla interrumpido en su lectura.

–Aquí tiene.

–Muchas gracias –contestó Sophia tratando de evitar el contacto visual.


La estación lucía desierta. Había basura en los rincones y muchos de los anuncios de las paredes estaban pintarrajeados. Extrañó su coche más que nunca. El guardia de la estación la vio pasar con cara de aburrimiento mientras mataba el tiempo jugando con su teléfono celular.

El eco de un goteo intermitente rebotaba por algunos pasillos.

Sophia se apresuró a ir hacia la escalera eléctrica que bajaba a los andenes. A lo lejos se escuchó uno de los trenes detenerse. Una corriente de aire subió por el túnel.

Bajó el primer tramo de la escalera eléctrica. Detrás de ella un hombre venía bajando también. Era un tipo con aspecto desaliñado y ella pensó inmediatamente en los latinos inmigrantes. El hombre traía una bolsa de plástico y olía a alcohol. Sophia apresuró el paso. Llegó al descanso y dio un par de saltos para llegar al segundo tramo de escalera. Repentinamente, uno de sus zapatos reblandecidos por la lluvia cedió. El tacón se atoró en una de las canaletas del escalón y el impulso la hizo caer de bruces.

Intentó agarrarse del barandal pero la bolsa se había interpuesto y se resbaló por completo.

Sophia cayó gritando por toda la escalera hasta el fondo, chocando con el pasillo del andén.

El hombre detrás de ella la vio caer y reaccionando saltó para auxiliarla, asustado. Sophia Lowry estaba tendida, sin sentido.


Todo era negro.

El tic-tac de algún reloj se escuchaba a lo lejos.

Sonido de metales.

Una voz con un acento indefinido se iba acercando.

El frío del suelo empezaba a entrar en sus huesos.

–¡Señorita! ¡señorita, despierte! ¿Está bien? ¿Le hablamos al 911?

El hombre le sostenía la cabeza y los hombros. Miraba a todos lados buscando ayuda pero no veía al guardia por ningún lado.

Sophia despertó súbitamente recobrando la conciencia.

Vio al hombre sosteniéndola y se apartó con un movimiento instintivo.

–No... no... estoy bien... creo... gracias...

Ella se agarró la cabeza para constatar que no tuviera sangre. Estaba despeinada. Todo le daba vueltas. Se intentó sentar.

–¿Está segura, señorita? Por ahí anda el guardia arriba, él le puede hablar a la ambulancia de inmediato. Hasta puede demandar... –le dijo el hombre en voz baja, muy seguro, quien no pudo evitar atisbar por el escote de Sophia pues un par de botones habían volado con la caída.

Ella se percató de la mirada y se incorporó cubriéndose los senos e intentando cerrar la blusa con una mano. Se arregló el cabello y descubrió el tacón roto.

“Mierda... tanto que me gustaban...” –balbuceó, lamentándose.

En tanto, el hombre recogía los objetos de la bolsa de ella que se habían esparcido por el pasillo.

–Muchas gracias... no se moleste... en serio... gracias.

Ella estaba apenada y molesta consigo misma por su torpeza.

–Tenga, ya no veo nada más –le entregó una libreta, un par de tampax y un pequeño estuche Louis Vuitton de cosméticos.

Ella los tomó apenada y los guardó en su bolsa.

–Mil gracias...

–Vaya con cuidado... –contestó el hombre.

Agarrando con firmeza su bolsa e intentando cerrarse la blusa, Sophia se dirigió al pasillo que comunicaba con el andén, caminando con dificultad debido a la falta del tacón.

“Malditos mecánicos, ya me costaron todavía más”, pensó, molesta viéndose toda maltrecha.


La plataforma del andén lucía vacía.

Al borde de ésta, casi pisando la línea amarilla, Sophia se sobaba la muñeca izquierda insistentemente con la otra mano. Sentado en una banca a varios metros de ella, el hombre latino esperaba aburrido, mirando a ambos lados del túnel. En la plataforma de enfrente, después de los dos tramos de vías, estaba un hombre mayor trapeando los rincones encharcados. Era uno de los encargados nocturnos de limpieza. Cruzó miradas con el hombre y de reojo vio a Sophia asomarse también por el túnel.

No les dio importancia y siguió con su labor.


El reloj digital de la estación cambió marcando ahora 12:00 AM.


El sujeto latino sintió una ráfaga de aire aproximarse a ellos por el túnel acompañado de sonidos agudos de metal rechinando por las vías. Se puso de pie.

Sophia se irguió, se mesó el cabello y se acomodó la falda y la chamarra esperando abordar.

El convoy con vagones vacíos transcurrió por la estación con un extraño sonido, sin detenerse. El hombre latino veía al vetusto encargado de limpieza como una mancha borrosa al otro lado de la plataforma a través de los vidrios del Metro que pasaban a media velocidad. Suspiró, resignado. Ancló su mirada al último vagón y lo siguió en su camino hacia la oscuridad del túnel que le abría sus fauces al final de la plataforma.

Pero se dio cuenta que Sophia no seguía ahí.

Dio un pequeño paso hacia las vías y no la vio tampoco, volteó hacia las escaleras y contempló la estación vacía. Hizo una mueca de incredulidad. Sintió una mirada y giró la cabeza. Era el hombre de la limpieza al otro lado de las vías, desde donde lo observaba compartiendo su extrañeza. Se miraron por segundos en silencio sin encontrar respuesta.

El anciano se alzó de hombros rompiendo el contacto visual con un gesto de “no es importante, olvidémoslo”, y continuó trapeando otra sección de la plataforma.

El hombre latino pensó que quizá no debió haber tomado esa última cerveza en el taller.


ADIÓS VACACIONES




Paul tecleaba su reporte. El caso donde había intervenido la DEA para quitárselos se estaba calentando demasiado.

Era mediodía en el precinto que parecía hervir de actividad con gente que entraba y salía constantemente. Llegó Eddy con dos Coca-Colas. Le extendió una a Paul y se sentó. Aventó el periódico al escritorio para que lo leyera su compañero.

–Mira esto. No sabía pero ayer Julia me platicó.

Paul se acercó al encabezado del periódico:

“Japón paralizado por terror. La gente atribuye muertes a fantasmas del Metro”.

–Esto es un tabloide, Eddy... mira, también resulta que pueden clonar a Marylin Monroe a partir de su peluca del Wax Museum... –le dijo Paul, sarcástico.

–Eres un pendejo... pensé que te iba a interesar un poco, como no parabas de hablar de eso... la forma de las muertes coincide también con lo que ha pasado acá.

–¿Eso es en serio? –reaccionó Paul, extrañado.

–Sí, ayer hubo un programa en la tele, está durísimo allá con los japs, ya salieron toda clase de leyendas urbanas respecto al Metro.

–¿Y sabes algo de Zachs o Quincy? –preguntó Paul.

–¿Aparte de que me deben 50 dólares del partido de ayer?

–De su caso...

–Nada... pero les voy a dar esto... para confundirlos más... –respondió carcajeándose y con mordacidad, Eddy.

Paul no pudo evitar reír igualmente.

–Eres un cabrón... por cierto, marcó Sam, te dejó saludos.

–¿Ah, sí? ¿Para qué marcó? está de vacaciones...

–Ya lo conoces...

–¿Está por lo menos teniendo acción con todas las mujeres de la playa? –preguntó con lubricidad, Eddy.

–No. Regresa mañana.

–¿Por qué? ¿Está loco? –preguntó alarmado.

–Cayó un huracán y así Cancún no se disfruta igual, dice.

–Ufff... pobre... las primeras vacaciones en años, y esto... pero no viene a trabajar...

–Claro que no, pero no quiere que se entere nadie, ni Weinberg ni nadie acá.

–Claro... pobre Sam.


Afuera del prostíbulo o Men’s Club, como le decían “elegantemente” en la propaganda del lugar, la lluvia arreciaba y el viento mecía las palmeras como si fueran de plástico barato. Samuel Dawson llevaba toda la tarde ahí. Estaba ebrio y ocupaba uno de los booths privados cercanos a la pista donde el desfile de mujeres operadas exuberantemente no se detenía. Michelle, una de las mujeres del lugar, no lo había soltado. Lentamente le había ido ordeñando una buena cantidad de bebidas caras y varios “servicios” adicionales. Y sabiendo cómo estaba el clima afuera y que la noche sería lenta, le convenía seguir con ese gringo que había resultado ser tan buen y dócil cliente.

Dawson estaba en sus últimos treintas y se había embarcado en las primeras vacaciones desde hacía mucho tiempo. Pero desgraciadamente no eran lo que él esperaba. El clima, el cansancio acumulado, la primera vez que se enfrentaba a estar solo consigo mismo, no eran ingredientes para un descanso de ensueño.

Como solía hacerlo en los últimos dos años, se refugió en el alcohol y en las prostitutas. Y como no tenía su motocicleta para abstraerse en la velocidad como siempre, prefirió salir a correr todas las mañanas, generalmente todavía ebrio, hasta que su corazón y sus piernas flaqueaban.

Y así hubiera seguido todos los días pero el maldito clima lo mandaba de regreso antes de lo planeado. Pero esa era su última noche en Cancún y la tal Michelle había resultado buena anfitriona.

Sam siguió pagando para ser escuchado, cosa que a ella le salía muy bien. Le habló de su trabajo, de su ex esposa, de sus problemas, de cómo se engañaron, de cómo su melena teñida de rubio le recordaba a su ex, de cómo odiaba a su jefe, de su moto y sus accidentes. Michelle lo escuchaba con atención, sonriendo puntualmente por los chistes y sonrojándose por los halagos. Era toda una profesional. Y los hombres dolidos como Sam eran su especialidad.

Veía venir una muy buena propina.

–¿Quieres otro privadito, mi amor? –le insistía Michelle buscando abrazarlo por la cintura.

–Espera, espera... ahí no... tengo cosquillas... –sonrió Sam retorciéndose infantilmente.

–Mire usted, tan grandote y tan chillón... –se burló la mujer cambiando de dirección su mano hacia el muslo de Sam.

–No es eso... es sensibilidad... –se disculpó torpemente Dawson con una sonrisa.

Ella le pareció tierno y emocionada le plantó un beso profundo que selló la compra-venta del día.


Sam llegó la noche siguiente a su casa después de un largo y apretado vuelo en medio de una tormenta que jugaba con el avión y la resistencia estomacal de los viajeros.

Aventó las maletas por ahí y sacó algunas cosas. Todo lo demás permaneció tirado en la alfombra de su recámara. Estaba cansado pero no quería dormir en su cama. Al menos no solo. Había estado bebiendo en el avión durante cinco horas y en su cabeza seguían retumbando las canciones de Bon Jovi del prostíbulo.

Tomó su celular y marcó varios números.

No tuvo suerte con sus conquistas ocasionales.

Salió a buscar algún bar nuevo para seguir drenando sus vacaciones. Le quedaba una semana completa para acabar de destruirse.


Al día siguiente, el teléfono celular de Sam Dawson no dejaba de sonar. Minutos después hasta el teléfono de casa había intentado despertarlo en varias ocasiones.

Pero el detective estaba demasiado crudo, incluso hilando pensamientos con dificultad se pretextaba a sí mismo que seguía muy ebrio como para contestar. Y se hallaba tan atolondrado entre aquel nudo de sábanas que ignorar las llamadas era muy sencillo para seguir durmiendo.

El sol fue cómplice de la última llamada una hora después. Había alcanzado una posición coincidente para que un haz de luz diera justo en la cara de Sam. La noche anterior, en la euforia del alcohol nunca reparó en cerrar completamente las cortinas de su habitación.

“Hijos de puta... qué quieren...”, balbuceó Sam Dawson, buscando refugio debajo de una pila de almohadas.

Percibió la hora y su cuerpo empezó a recobrar la voluntad. Tenía la boca pastosa y le estallaba la cabeza.

“¡Aaahhhh!”, gritó al techo, estirándose. El teléfono volvió a sonar. Dawson giró para buscar el aparato a los pies de la cama, debajo de revistas y un vaso tirado.

–Dawson... –Sam apenas pudo contestar con la garganta cerrada.

Lo que escuchó lo puso en alerta instantánea incorporándose en la cama de inmediato.

–No. No... no, espera... –tragó saliva y un sentimiento de coraje lo empezó a invadir, despertándolo– estoy de vacaciones si recuerdas...

No estaba avanzando en su negociación.

–Puta madre, es domingo ¡y estas putas vacaciones estaban más avisadas que nada! Yo regreso hasta dentro de una semana –empezó a gritarle a su interlocutor–. No, ¡no me jodas! Dile a Weinberg, déjame hablar con él... cómo que tengo “que ser yo”... no me vengas con mamadas... dile... ¿qué? ¿Weinberg? no... no... espera...

Al otro lado de la línea la orden fue clara. Sam Dawson había perdido esa batalla. Estaba parado en su cama, crudo, jadeante y con la cara roja de rabia. Aventó su celular al montón de ropa que desbordaba su maleta en una las esquinas del cuarto.

“¡Mierdaaaa!”




CHICA PERDIDA




Samuel Dawson entró a su oficina en el precinto de policía caminando apresuradamente, bufando por su suerte. Se quitó los lentes oscuros y aventó el casco de su motocicleta ante la mirada de su equipo, Paul Jelden y Eddy Rivera, quienes compartieron una sonrisa entre burla y morbo.

–¿... y qué tal tus vacaciones? –le asestó Paul a Sam, sin contemplaciones.

–Espero que hayas descansado, boss... buen colorcito agarraste... –complementó Eddy en complicidad con Paul que venían ensayando sus “líneas” con anterioridad.

–No me estén chingando ahora, ¿OK? –les respondió Sam malhumorado, dejándose caer en su silla.

–No diremos ni una palabra.

–Órdenes son órdenes, ¿qué le vamos a hacer? –dijo Eddy.

–Silencio... ¿Y ya sabemos por qué Weinberg me dejó sin mis vacaciones? –preguntó Sam, mientras daba un trago largo a un Gatorade de color naranja metálico.

–Nuestras... vacaciones... nuestras... –parodió Eddy.

–Una chica extraviada. Una joven que... –empezó a explicar Paul.

Sam dio un manotazo en su escritorio y se cubrió el rostro con las manos, exasperado. La noticia le caía como balde de agua fría. Gritó:

–¡Hijos de puta! ¿En serio por eso me quitaron mis vacaciones? ¿Por una maldita escuincla perdida nos trajeron a todos en domingo? ¿Le explicaron a Weinberg que miles no regresan a su casa a dormir? Pueden preguntarle a mi exesposa... ¡que sigo esperándola!

Varios agentes veían a Sam vociferar desde sus lugares. Paul le hizo una seña con la mano tratando de calmarlo tornando los ojos afuera de la oficina.

–Esto fue el jueves. De la semana pasada. Ya pasaron las horas de rigor. Y... la orden viene de arriba de Weinberg. Es asunto del director Eagan. Son parientes. Resulta que la mujer es una de sus sobrinas favoritas –explicó Paul en voz baja, tratando de que Sam canalizara su ira al culpable, a quien no podría reclamarle jamás.

–Yo peleé porque se lo dieran a Zachs y a Quincy, esto suena más al caso de ellos, pero Eagan insistió que tú eras el bueno... junto con nosotros, claro... –explicó Eddy.

–Dios... entonces asumo que esa adorable pareja que está allá afuera son sus padres ¿verdad? –dijo Sam bajando el tono y la mirada, sintiéndose un poco apenado por el exabrupto.

–Y si... ¿los hago pasar ya? –preguntó Eddy.

A Sam no le quedó más que asentir con la cabeza mientras ponía las manos en la cintura.

–¿Y qué hacen acá si nosotros tenemos que ir a su casa, en todo caso, a buscar evidencias...? –le susurró Dawson a Paul.

Jelden entornó los ojos como respuesta y le extendió la carpeta con el caso recién abierto.

–Cuida tu humor, Sam, por nuestro propio bien. El mismo Eagan va a estar encima de nosotros hinchándonos las pelotas hasta que la encontremos. Más nos vale ir suavecitos –le advirtió Paul, también en voz baja.

El señor y la señora Lowry entraron a la oficina siguiendo a Eddy, quien hacía una mueca como si trajera a sus tíos. La pareja lucía educada y adinerada, del tipo conservador. Ambos estarían en sus sesenta y tantos. Sam se limpió las gotas del último sorbo de su Gatorade. Saludó con prontitud.

–Buenos días. Por favor. Soy el capitán Samuel Dawson y ellos son Paul Jelden y Eddy Rivera, parte del equipo.

Saludaron de mano a Sam y a Paul. El señor Lowry lucía calmado pero su esposa estaba visiblemente nerviosa. Con un ademán el capitán los invitó a sentarse.

–Sí, sí nos habían presentado, gracias –se disculpó el señor Lowry.

–¿Gustan un café, té? –les ofreció Sam.

La señora Lowry miró de reojo la botella naranja sobre el escritorio. Cruzó la mirada con Sam.

–No, gracias. Vamos al grano, capitán Dawson –dijo el señor Lowry con seguridad.

Sam se sorprendió por el pragmatismo del hombre y le hizo un gesto para que empezara.

–El jueves pasado, no este, el de la semana pasada, nuestra hija Sophia, no regresó del trabajo. Había hablado con ella en la tarde, me dijo que tendría trabajo y que seguro saldría tarde, que no la esperáramos para cenar, pero...

–¡Nunca llegó... mi pequeña!... –interrumpió la señora Lowry, lloriqueando. Eddy le alcanzó un pañuelo desechable.

Sam abrió la carpeta con el expediente y no pudo ocultar su sorpresa al descubrir a Sophia tan guapa, con una gran sonrisa. Era una foto de alguno de sus perfiles de internet.

Eddy y Paul compartieron una sonrisa de complicidad ante la reacción de Sam, a espaldas de los padres.

–Pensamos que se había ido con alguien de la oficina, pero al día siguiente cuando la busqué me dijeron que no había ido y era muy raro porque estaba preparando una presentación que se tenía que llevar a San Francisco... –explicó calmado el hombre.

–Y su celular tampoco contesta ya... –completó la madre.

Sam hojeaba el expediente.

–¿Iba el jueves a cenar con ustedes, de visita?, o... ¿ella vive con ustedes? –preguntó el capitán.

–Vive con nosotros. Desde al año pasado. Regresó con nosotros –respondió el padre.

–Ya veo... contactaron ya a su... novio, marido, amigos del trabajo, amigas cercanas para ver si simplemente se tomó un respiro o un sabático... –preguntó insidioso Sam.

–Ella es divorciada, señor Dawson. Y no ha faltado a la casa desde que está con nosotros. Está muy enfocada en su trabajo ahora –explicó la señora Lowry, a la defensiva–... y sí, fue lo primero que se nos ocurrió, hablar con todos sus conocidos para que nos ayudaran a encontrarla.

Sam se quedó pensativo viendo la foto mientras se rascaba la oreja planeando sus palabras.

–OK... no me lo tome a mal, señora, pero es un cuadro normal del divorcio... buscar escapes... ataques de ansiedad... crisis con manifestaciones a veces extrañas a como suele comportarse uno... ¿Tiene ella antecedentes de drogas o alcohol? –preguntó Sam, tras discurrir.

–No... que nosotros sepamos... –contestó serio el señor Lowry.

–Y en este tiempo... ¿ella ha salido con otros hombres? ¿o chicas? ¿que ustedes sepan? –preguntó con seriedad, Dawson.

–Entiendo, capitán... pero no... ha ido a fiestas y reuniones, lo normal, supongo. Pero le insisto que como dice mi esposa, Sophia ha buscado más bien refugio en su trabajo. Aunque es una adulta y tiene, bueno, derecho a rehacer su vida... y no, no sabemos su agenda al detalle, obvio –contestó el padre quebrándose un poco.

–Ya empezamos a rastrear los posibles destinos, contactos y amistades desde ese jueves... ya pedimos los récords de sus teléfonos –interrumpió Eddy.

–Igual en la bases de datos de las morgues, otros precintos, hospitales, carreteras estatales, 911, aeropuertos, autobuses y taxis… y nada. Tampoco ha habido movimiento en sus perfiles de Facebook, Linkedin o Twitter, nada desde esos días. Lo que llegó ya es el reporte de sus tarjetas. No ha habido movimientos. Falta poder checar sus e-mails y eso será hasta mañana, cuando podamos hablar con la gente de su oficina.

–Dios mío... –la señora suspiró, conmovida.

Sam tomó aire. Preguntó, con formalidad:

–¿Cuánto llevaba divorciada?

–Poco más de un año –contestó el señor Lowry.

–¿Ya sabe él de esto? –siguió Sam.

–Ya. Le llamé desde el fin de semana pasado –contestó el padre.

–¿Y?

–Parecía no tener idea... Personalmente no creo que él tuviera nada que ver con esto. Sabe, fue un hijo de puta con mi hija pero no le creo capaz de hacerle daño. No le vería caso a una reacción así de su parte.

Eddy y Paul se sorprendieron por el repentino lenguaje del señor Lowry, que contrastaba con su imagen conservadora.

–Ya veremos, ojalá no, por supuesto –contestó Sam, escéptico.

Dawson tomó la tarjeta de negocios del expediente. La leyó detenidamente.

–Señor Lowry, usted no es un cualquiera, como lo podemos decir todos los que estamos acá, tiene amigos influyentes, y usted mismo es un exitoso hombre de negocios... ¿no ha recibido ninguna llamada extraña últimamente? ¿algo que nos diera indicios que esto fuera un secuestro o una venganza? –indicó Sam.

La señora Lowry miró asustada a su marido.

–No, capitán. Ninguna llamada... y no, afortunadamente me precio de no tener enemigos –contestó solemne, el hombre.

Sam llegó a la última hoja del expediente. Encontró la fotografía de una mujer joven que abrazaba a Sophia. Una chica de cabello café claro, rasgos finos como Sophia, y mirada melancólica.

–¿Quién es la otra chica? –les preguntó a la pareja, enseñándoles la foto. La señora Lowry volvió a romper en llanto.

–Era Sharon... hermana de Sophia. Murió en un accidente de auto hace tres años. No pudimos hacer nada por ella –contestó el señor Lowry, intentando que no se le quebrara la voz.

–Lo siento mucho –dijo Sam.

–¿Ve? ¿Lo ve, capitán? ¡no podemos perder otra! ¡no puedo volver a perder a otra de mis niñas! ¿qué haremos solos sin ellas? –la señora rompió en llanto. El señor Lowry intentaba calmarla, abrazándola. Él tenía los ojos vidriosos. Sam se conmovió por la pareja.

–Señor Lowry... señora... ya empezamos en el caso, así nos instruyó su amigo, el director Eagan. Esperamos encontrar pronto a su hija. Tendremos que visitar su casa para buscar cualquier pista en la alcoba de Sophia. Haremos todo lo que sea necesario para hallarla. No se preocupen.

–Gracias, capitán –contestó el señor Lowry, mientras seguía abrazando a su mujer.



NO EN ESTE MUNDO




Horas más tarde Samuel Dawson estaba viviendo uno de los peores domingos de los últimos meses. No sólo por el hecho de que en esta ocasión debería haber seguido en una playa en el Caribe mexicano, sino que por lo menos, en trabajo regular, aquel trío se las había ingeniado para descansar los fines de semana casi por completo.

Eddy llegó a la estación y saludó a los policías del turno.

–Hey... qué ¿por qué tan tristes? ya ni yo que vine a trabajar en domingo... ¿perdieron sus apuestas del beisbol, señoritas? ¡les digo que ese Piñero va a acabar con todos! ¡mi sangre portorriqueña me lo dice, cabrones! –se burlaba de ellos mientras corría a la oficina de Dawson.

–Piñero está más inflado de esteroides que tu mamá –le contestó uno de los policías.

Eddy sólo carcajeó sin responder enseñándoles el dedo medio.

Sam contemplaba un gran mapa de la ciudad en su pared. Había banderitas y post-its marcando varias direcciones. Se leía: “oficina”, “casa”, “marido”, “taller”, “restaurant 1”, “amiga 2”, “ex-roomie”, “starbucks 1”, etc. No se podía concentrar del todo y no dejaba de maldecir mientras se masajeaba con insistencia un hombro y el cuello.

Paul estaba sentado ante su computadora que había mudado al interior de la oficina de Sam. Quedaban rebanadas frías de pizza sobre el escritorio. Algunas latas de Red Bull se apilaban en el bote de basura, otros vasos de café y un par de cervezas envueltas en papel decoraban el resto de la oficina. Eddy atacó la pizza fría. Sam había conectado su iPod a las bocinas de su oficina. Canciones crudas de blues salían de ellas en sucesión aleatoria. Sin acabarse la pizza, Eddy abrió otra lata de Red Bull y tomó dos tragos. Paul y Sam lo contemplaban.

–¿Y? –le preguntó Paul, un poco desesperado.

–Definitivamente el domingo no es un día para trabajar. Dios nos va a castigar –les dijo Eddy, acalorado y con la boca llena.

–¿Lo encontraste? –le preguntó Sam, serio.

–¡Jesucristo!, ¡claro que sí! ¿cuándo te he fallado, boss? –respondió Eddy, manoteando con la lata–... pero lo tuve que seguir hasta el parque de ArcNorth donde estaba en un pic nic con su familia.

–Día familiar... –completó Paul.

–Tenían buenos sandwiches ¿eh?... como ayer, qué bien comimos, ¿no?, hubieras llegado ayer, Sam, y venías con nosotros al beisbol y hubieras presenciado en primera fila a este maricón que no se atrevió a robarle la base a Patricia –se extendió Eddy.

Sam volteó a ver a Paul.

–Haz como yo, con efectivo y un whisky sube tu promedio de home runs drásticamente –dijo categóricamente el jefe.

Paul no quiso contestar.

Eddy sacó libreta de notas y leyó pasando las pequeñas hojas:

–Caso perdido... a ver... Robert, Bob Washington, el encargado del turno de noche en RedWare Corporation. Me dijo que Sophia dejó el edificio casi a las 12 de la noche. Recuerda que él se había ofrecido en pedirle un taxi pero que ella prefirió buscar uno en la calle. Su coche estaba en el taller y ella fue la última en salir ese día.

Sam apuntaba con su pluma sobre el mapa, y les comentó:

–Ella salió... y... no tomó ningún taxi... debió intentar el Metro...

Eddy y Paul lo miraron intrigados.

–Hay tres bases de taxi cercanas, acá, acá y ésta, que es nueva... pero era tarde y seguro no quería esperar, además con la lluvia de ese día... –conjeturaba Sam en voz alta.

–Sí. Eso fue exacto lo que me dijo el tal Bob –asintió Eddy–. Mañana tendremos los permisos para ver los archivos de las cámaras de seguridad de RedWare. Para confirmar la versión de que salió a esa hora, y sola.

–¿Por qué dijiste que querías que le dieran el caso a Zachs? –le preguntó extrañado Sam a Eddy.

–Mmmh... porque todas sus víctimas son mujeres más o menos con este perfil...

–¿En serio? ¿Y esto ya lo saben ellos? ¿Y Weinberg o Eagan?

–Claro. La diferencia es que ellos han lidiado con puros cadáveres... no con desaparecidas –completó Paul.

–¿Y todas han aparecido en el Metro?

–Afirmativo –contestó Eddy.

–Vamos a necesitar una copia de su reporte –señaló Sam.

–Acá está, tengo duplicado de su archivo... los muy idiotas... –adelantó Eddy con superioridad, yendo a su escritorio rápidamente.

–Las llamadas de su celular se detienen a las 7:30 de ese jueves. Las última fueron del número de una mujer y la que nos dijo el padre –les comentó Paul leyendo en su monitor.

–Habrá que no perder de vista al jefe tampoco –completó Sam, suspirando.

–Yo no me fío del ex marido –dijo Eddy, con el expediente en la mano mientras regresaba a vaciar la caja de pizza.

–Muy bien, programemos una visita con los Lowry. Pero antes vamos a darle una checada al Metro. Hay dos estaciones caminando desde el edificio de RedWare y otra un poco más lejos... quién sabe... –dijo Sam, haciendo una mueca.

–Esa noche llovía y la zona no es muy iluminada, y si toda la familia trae la paranoia del accidente automovilístico de la hermana... quizá... no sé... pensó que no había nada más seguro que el buen Metro... –especuló Paul.

Sam tomó gran aliento y agarró su chamarra. Con un par de palmadas puso en acción a Paul y a Eddy:

–¡A trabajar, señoritas! ¡Vamos de excursión!

Los detectives lo siguieron por el pasillo del precinto hacia la salida. Sam caminaba más animado, por fin había dejado de extrañar sus vacaciones. La adrenalina que producía empezar un caso siempre lo ponía así. Los subalternos iban escuchando sus instrucciones. Eddy hacía anotaciones en su pequeña libreta.

–Eddy, habla con Weinberg, que nos dé un par de policías para empezar a buscar a los posibles testigos. Paul, habla con los del Metro para que nos liberen también los archivos de las cámaras de seguridad de por lo menos las tres estaciones que marcamos. Necesitamos lista de quién trabajó ese día, en qué turnos y si hubo reportes de fallas eléctricas o incidentes, cualquier cosa... puta... una semana tarde... en fin... Eddy, habla con García y Williams para que pongan vigilancia sobre el señor Lowry, la esposa, el ex marido y el jefe en San Francisco, si es que no ha vuelto, ah, y con tu amigo Bob en su pic nic. Que les intervengan los teléfonos si es necesario –instruyó Dawson.

–Pero, boss... –intentó reclamar Eddy, mientras el trío llegaba a la motocicleta de Sam.

–Nada de boss, cabrón. Esos hijos de puta se metieron con mis vacaciones… ¡Ahora nosotros vamos a cagarnos en su fin de semana también! Y si alguien reclama dile que son órdenes directas del mismísimo director Eagan. Nos vemos allá –reaccionó el jefe.

Sam arrancó en su motocicleta hacia la estación del Metro marcada, acelerando lo más que podía.


Ya en el lugar, Sam Dawson caminaba por la plataforma. Miraba a todos lados analizando la arquitectura del lugar. Sacó su celular y tomó un par de fotos de los andenes y los túneles. Cruzó al otro andén caminando entre los pasajeros que esperaban el tren llegar. Ante la sorpresa de la gente, Sam saltó a las vías.

–No se preocupen... estoy bien... ahora salgo... –dijo serenando con la mano a un par de señoras que lo veían con pavor. Les mostró su placa de policía para justificar su acción.

Sam dio un par de pasos haciendo muecas y sonidos con la boca. Veía los rieles con detenimiento. En eso se escuchó un rechinido de metal a lo lejos, en la oscuridad del túnel. Una luz se aproximaba a la estación. Dawson apresuró el paso hacia el túnel y de un salto brincó al pasillo exterior para subir por la pequeña escalinata de acceso. Los pasajeros no le quitaban los ojos de encima. El convoy se aproximaba a la estación envuelto en una ráfaga de viento. Eddy llegó sudando al andén.

–¿En esta teoría tuya no tenemos plan B? –le preguntó Eddy, en la plataforma.

–¿A qué te refieres? –preguntó Sam, extrañado.

–La primera estación estuvo cerrada miércoles y jueves por reparaciones por lluvia. Y en la segunda, sólo hay acceso desde la otra línea, las entradas de este lado las han ido cerrando porque muchos vagabundos las estaban usando para asaltar. Así que si tomó el Metro debió haber sido en esta estación –le explicó Eddy, mientras la gente abordaba los vagones.

Sam lo vio con una expresión extraña. Algo no le gustaba a Eddy.

–No quisiera meterme con un caso ajeno... bastante tenemos con lo de Ferrara... –dijo Eddy con resistencia.

–¿Ahora que te pasa?

–Nada... ¿qué va a ser? no quiero más burocracia de la normal, eso es todo...


Eddy y Sam seguían inspeccionando detenidamente la estación ahora que ya sabían que, decididamente, ahí radicaba su principal sospechosa. Paul llegó hacia ellos mientras Dawson analizaba las cámaras de vigilancia rumbo a la salida. Algunos de los pasajeros que pasaban por la taquilla los veían con recelo.

–La mujer de la taquilla del turno de la noche y los de seguridad entran a las ocho de la noche. Sólo ella, un hombre de la limpieza y el guardia principal estaban a esa hora del jueves. Todavía me faltan algunos datos de ellos, especialmente del de la limpieza porque se reportó enfermo esta mañana y no vino a trabajar –les compartió Paul.

–Muy bien, háblame cuando tengas la dirección del hombre, le haré una visita –le pidió Sam.

Eddy les leyó un texto que le llegó a su teléfono.

–Que no ha habido incidente alguno reportado de esta estación desde ese día. Lo más cercano fue en esta misma línea pero a tres millas del mismo jueves, como a las seis de la mañana una mujer se suicidó tirándose desde el puente a las vías. Es del caso de Quincy y Zachs...

Sam escuchó, pensativo.

–Paul, trata de localizar al guardia y a la taquillera, a ver qué recuerdan; y Eddy, necesitamos todas las grabaciones de las cámaras de seguridad de ese día y del día siguiente. Pero no sólo de esta estación sino de todo el trayecto, desde el edificio RedWare. Hay un par de bancos y otras oficinas corporativas que seguro tienen cámaras.

–Estoy sobre ello, boss –contestó Eddy, no muy convencido.


Horas más tarde habían conseguido la dirección del hombre de la limpieza del Metro. Sam llegó en su motocicleta a un barrio humilde. Había niños jugando en la calle, un par de lotes baldíos donde estaba una montaña de basura y un grupo de jóvenes que escuchaban hip-hop a todo volumen mientras algunos hacían piruetas en patineta. Sam se detuvo en un edificio pintarrajeado con graffitis y sacó un papel arrugado con la dirección anotada.

Ya arriba, Sam tocó la puerta.

Volvió a intentarlo más fuerte y se percató de un movimiento al interior del domicilio. De súbito se abrió la puerta quedando enganchada por la cadenita de seguridad interna. Del otro lado estaba el viejo de la limpieza, se veía claramente enfermo de gripe. Miró a Dawson de pies a cabeza esperando que éste hablara.

–¿Albert Jones? –le preguntó Sam.

–Sí... ¿en qué lo puedo ayudar, señor? –contestó el hombre sin moverse.

–Soy el capitán Samuel Dawson, ¿puedo pasar a hacerle un par de preguntas, señor? –contestó, enseñándole su placa.

La puerta se cerró sin aviso y el detective se quedó en suspenso. Después de unos instantes y justo cuando iba a volver a tocar, escuchó la pequeña cadena tintinear del otro lado de la puerta. El anciano lo dejó pasar. Vestía una bata de baño un poco percudida.

–OK. Pase, ¿qué tipo de información requiere? –le preguntó sin dudar, el hombre.

Sam echó un vistazo al departamento mientras entraba lentamente. Parecía atrapado en el tiempo, como si no se hubiera movido nada los últimos 30 años. Estaba mal iluminado y las cortinas que parecían no haber sido abiertas hace años, le daban un ambiente peculiar al lugar, casi sofocante.

–¿Vive solo, señor Jones? –preguntó Sam, mientras rodeaba al sillón y le daba pequeños golpecillos a su libreta.

–Sí. Mi esposa murió hace cinco años. Cáncer. ¿Sabe?, dicen que es curable, pero no. Ella nunca se recuperó y eso que todo mundo decía que lo habíamos detectado a tiempo –le explicó el anciano, sin hacer mucho énfasis.

–Lo siento mucho –le dijo Sam, con formalidad.

–No se apure, pero dudo que haya venido por ella, ¿no? ¿qué necesita?

–¿Le tocó trabajar el jueves de la semana pasada en el turno de noche en la estación donde hoy se reportó enfermo? –le preguntó Sam.

–Así es, señor. Desde ese día tengo esta maldita gripe. Malditas gripes mutantes, antes duraban tres días, ¿y ahora? uno puede estar fácilmente enfermo el mes completo... Mi turno acaba a las dos de la mañana del siguiente día.

–¿Recuerda si vio a esta mujer alrededor de las once y media en la estación? –Sam le enseñó la foto del expediente de Sophia.

Él la analizó, pensativo.

–Mmmh... jueves, jueves... sí, creo que sí. Está muerta, ¿no?

Un silbido potente de una tetera al fondo en la pequeña cocina asustó a Sam, quien luego de un breve shock intentaba procesar las palabras del anciano.

–¿Por qué dice...? ¿Cómo sabe que ella está muerta? –le preguntó Sam, alterado.

–La vi meterse... –le contestó, calmado.

–¿Meterse...? ¿a dónde? ¿de qué habla? –le preguntó Sam, subiendo el tono de voz.

–Ah... pues al Metro... ¿se le antoja un poco de té?


El señor Jones trajo dos pequeñas tazas y le preparó una a Sam, quien lo miraba con mucha impaciencia. Se la dio y Sam sopló sobre ella antes de intentar probar la infusión. El hombre tomó la suya y le puso dos cucharadas de azúcar mientras veía casi con ternura a Sam.

–He trabajado en el Metro por 36 años, capitán... –empezó a explicarle al detective– y ya me había retirado, pero cuando murió mi mujer... pues no podía estar solo acá tanto tiempo conmigo mismo, y pedí la oportunidad de regresar. Y me la dieron. Más les valía, conozco a tooodos los que ahora son directores desde que eran unos jóvenes, algunos empezaron como choferes, otros encargados de estación, otros hasta taquilleros, fueron... gente muy amable... Al principio pensé que era mentira, ya sabe, de esas leyendas urbanas que se inventa la gente, como lo que salía en televisión, nada más por puro morbo sensacionalista. Pero resultó que sí era verdad todo lo que decían. Y ahora que... supongo estoy más cerca de la muerte lo veo casi todas las noches.

–¿Lo... ve? ¿a qué se refiere? –preguntó Sam, boquiabierto.

–¡Al tren de la medianoche!, ¿qué va a ser? Cuando el reloj marca las 12 de la noche un tren pasa de estación en estación recogiendo a todos los que murieron cerca de ahí para llevarlos a su destino final... ¿Se le antojan unas galletas?

–No... gracias... y... ¿y cómo es que precisamente que usted puede verlo?

–No lo sé. Antes no era así. Supongo, le digo, porque ya estoy viejo y enfermo. A veces los borrachos lo pueden ver. O los niños pequeños... ah, y las mascotas, pero creo que la mayoría sólo ve un tren vacío pasar por la estación... Creo que tiene que ver algo con la percepción, la inconsciencia o la edad... no sabría decirle, he preferido no pensar demasiado en eso... pero cuando me toque subirme le digo... –se carcajeó el hombre mostrando la encía sin dientes.


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