Excerpt for El aliento de la serpiente by Joaquín Padeira, available in its entirety at Smashwords

EL ALIENTO DE LA SERPIENTE


por

Joaquín Padeira



Published by Literaturas Comunicación, S.L. at Smashwords


Copyright 2010 Joaquín Padeira Romero


ISBN 978-84-613-2339-5


Reservados todos los derechos de esta edición para Literaturas Comunicación, S.L.

Parador del Sol 9. 28019 - Madrid - España

http://literaturascomlibros.es


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I


Uribe giró el volante bruscamente. Las llantas traseras del Rover se deslizaron un par de metros sobre el firme mojado, colocándolo por puro azar en el centro de la calzada, enfilando una recta larga y ondulada. Contempló un paisaje vacío y helado: una casa grande de un lado, una laguna estrecha del otro, al frente montañas altas y afiladas. Una nube redonda, muy blanca, parecía a punto de reventar sobre el llano. Había dejado de llover.

Antes de desaparecer el sol tras las montañas, sus rayos se filtraron un instante entre las nubes y las cimas, tiñendo de naranja sus laderas. Después, iluminados por el haz de los faros, quedaron tan sólo visibles un corto trecho de asfalto, sombras y el rápido desfile de los escuálidos árboles plantados en los arcenes.

Aún tendría que conducir otra hora para llegar a Navaleno. Allí pasaría la noche. Le habían dicho que una mujer le aguardaba en una casa de las afueras. Supuso que le daría de cenar algo caliente y que, a la mañana siguiente, ya repuesto, podría proseguir viaje. Tratando de imaginar a esa mujer, logró olvidar por un momento el atentado.

La carretera comenzó a ascender y, pasado un cambio de rasante, tropezó con un jeep de la guardia civil. Un agente, con una barra fluorescente en la mano, le hizo señas para que se orillara. Se le acercó, se llevó la punta de los dedos a la gorra y le preguntó que si llevaba cadenas. Todo había sucedido tan rápido, que ni tan siquiera había tenido tiempo de preocuparse.

–Creo que sí…

–Deténgase entonces allí para colocarlas –respondió hoscamente, señalando un ensanche.

Uribe dio en la penumbra con las cadenas, las extrajo de una bolsa grasienta y las extendió en el suelo. Sus dedos estaban entumecidos por el frío. El agente había vuelto entretanto junto al jeep y, apoyado en su ventanilla a medio bajar, hablaba con su acompañante. Cuando Uribe consiguió ajustar la primera rueda, al erguirse para descansar la espalda, sintió sus pasos.

–¿Puede usted?

–Sí. Sólo queda una.

–Ha elegido mala noche para pasar el puerto. ¿Adónde se dirige?

–A Burgos.

–Continúe… Será mejor que termine cuanto antes.

El agente se quedó esperando a que acabase. Le pidió entonces los documentos y los enfocó con una linterna. Uribe contrajo el rostro involuntariamente.

–Conduzca con precaución y no se detenga hasta haber pasado el puerto –dijo, devolviendo los papeles.

Un camión que se aproximaba al lugar acaparó la atención del agente. Uribe regresó a su asiento y arrancó el motor. Blasfemó poniendo la calefacción al máximo de su potencia; después, pareció tranquilizarse.

Unos cien metros más arriba, empezó a nevar. Los copos se amansaban sobre el capó, en las escobillas de los limpiaparabrisas; fragmentos del despoblado paisaje surgían en las revueltas con la luz de los faros.

Tenía decidido –ya se lo había adelantado a Juan Irala antes de salir de Madrid– que no volvería a atentar. Los veinticinco mil euros que le debían, junto con los quince mil que ya tenía ahorrados, daban para olvidarse de eso una temporada. Estaba además el asunto de la policía…

Al coronar el puerto, la carretera desapareció, pero las rodadas de otro vehículo se dibujaban con nitidez en la nieve. Sobre el cartel que señalizaba el nombre y la altitud del puerto, descansaba un cuervo que, deslumbrado, alzó el vuelo.

«¿Cómo no distinguir aún a ese otro vehículo?», se preguntó un momento antes de que, del lado izquierdo, viera brillar la luz de una casa pequeña y, al sobrepasarla, pudiera comprobar que las rodadas se desviaban en su dirección.

Tendría, pues, que conformarse con situarse entre los pretiles que allí marcaban los extremos de ambos arcenes y dejarse llevar por la pendiente.

Permaneció muy concentrado en la conducción hasta encontrarse del otro lado de las montañas, a muy pocos kilómetros de Navaleno, cuyo resplandor amarillento se percibía en la distancia. Faltaban sólo unos minutos para las ocho.

La nieve ya era sólo aguanieve y el viento había dispersado algunas nubes, dejando al descubierto pedazos de cielo estrellado. Se sentía muy cansado. Ni tan siquiera estaba seguro de poder aceptar lo que quisiera que tuvieran dispuesto para su cena.

La carretera atravesaba el pueblo vacío, poco mayor que una aldea. La torre oscura de su iglesia se recortaba entre las sombras. Pasó tres calles estrechas y embarradas y volvió a encontrarse rodeado de oscuridad.

Su destino tenía que estar casi allí mismo. «El lugar no tiene pérdida –le había dicho esa mañana al teléfono el Toledano–; la única luz que encontrarás a la salida del pueblo, a un kilómetro, kilómetro y medio todo lo más».

Descubrió esa luz al momento. Salió de la carretera y se situó frente a la casa. Tenía ésta un jardín vallado con la cancela abierta. Introdujo el coche y detuvo el motor. Se trataba de una construcción relativamente moderna, de aspecto corriente, con la fachada blanca y el tejado de pizarra. La puerta principal, separada del suelo por un tramo de escaleras de granito, se abrió tan pronto puso un pie en el suelo.

Una mujer, cuyo rostro ocultaba el reflejo de la luz del interior, aguardó a que él comenzara a ascender con su bolsa de viaje para dar las buenas noches.

«¡Darlas en una así!», pensó, acabando de subir. La mujer le tendió la mano y él se la estrechó mientras se dedicaba a observarla: pelo largo y marrón, ojos verdosos y caídos, labios finos, rostro algo sofocado, delgada y alta, alrededor de los treinta.

–Hace frío. Va a enfriarse la casa. Me llamo Laura –dijo en forma casi telegráfica, con una voz entrecortada y aguda que casaba muy mal con el vigor con el que aún sostenía su mano.

Entraron. La decoración fea, pretenciosa. Lámparas de metal dorado con alambicadas tulipas y una alfombra de colores estridentes en el estrecho recibidor. En el salón, a la derecha de ese recibidor, muchos muebles de madera de pino barnizada y un enorme sofá de tela gris frente a la televisión. Se preguntó a quién habrían alquilado aquella casa y de dónde habrían sacado a la mujer que en ese instante, mientras él pasaba la vista por el cuarto sin decidirse a sentarse o preguntar que dónde estaba su dormitorio, le miraba en silencio.

–Supongo que traerás hambre…

–No mucha…

Y sólo entonces cayó en lo diferente que ella era de las que antes había imaginado. Su voz había adoptado un tono más firme. Se apoyaba confianzudamente contra el vano de la puerta que comunicaba con la cocina, introduciendo una de sus manos en el apretado bolsillo de su vaquero; su jersey azul marino, de cuello vuelto, resaltaba su palidez. «¿Es fingida tanta naturalidad?», se preguntó.

–Esperamos un poco entonces. Sólo tengo que calentarlo –respondió sin explicar el qué–. Tu cuarto está arriba –añadió, cruzando el salón hasta el arranque de unas escaleras de caracol sin barandilla.

Subieron. Laura abrió la puerta de un cuarto largo y estrecho, con una única ventana que tenía su persiana bajada, en el que la temperatura era sensiblemente más fría que en el resto de la casa. El embozo de la cama estaba abierto.

–Al fondo del pasillo está el baño. Si quieres alguna cosa estaré abajo –dijo, dándose la vuelta.

–Hace frío en este cuarto. No me apetece pasar frío esta noche.

Laura se aproximó al radiador y giró la ruedecilla del termostato.

–Supongo que ahora comenzará a estar a tu gusto –dijo.

–¿Llevas mucho viviendo aquí?

–Ya unos cuantos días –respondió lacónicamente, acabando de salir.

Uribe se duchó sin prisa y regresó al salón. Eran casi las nueve. Laura apareció por la puerta que daba a la cocina con un delantal de hule blanco. Un tenue olor a comida indicaba que ya había comenzado a calentar lo que quisiera que tuviese preparado. Sobre una mesa redonda en la que antes no había reparado, en el extremo opuesto al sofá y la televisión, había colocado un mantel, los cubiertos, una botella de vino y una jarra de agua.

–Siéntate que ya traigo la cena.

En vez de sentarse, descorchó la botella de vino y se sirvió un vaso. El cansancio había dado paso a una sensación de confortable sopor.

–¿Tú no cenas?

–Nunca ceno –respondió, sonriendo por primera vez.

–¿Un poco de vino tampoco?

–Luego…

Volvió a desaparecer un instante para regresar con una sopera.

«Esos hijos de puta al menos lo han organizado bien…», reflexionó mientras ella depositaba la sopera a un lado de su plato.

–¿Eres de por aquí? –preguntó, comenzando a servirse.

–¡Qué coño de por aquí! Tan vasca como tú…

–Ya.

Tenía que haberlo supuesto y, sin embargo –tal vez a causa del cansancio–, había sido tan torpe como para pensar que ellos hubieran podido llegar a asumir el riesgo de tomar a alguien del pueblo. Se sintió violentado, pero trató de disimular llevándose la cuchara a la boca.

Y ahora que sin duda ambos tenían muchas más cosas en común, era cuando precisamente menos le apetecía seguir hablando. Ella le contemplaba a media distancia de la puerta, sin decidirse a salir del cuarto, como esperando a que él le preguntara que de dónde era exactamente, cómo había llegado a conocer al Toledano o, más probablemente, deseando que le diera pie a poder explicar por qué le había tocado en suerte, con su edad y experiencia, tan elemental misión. Pero Uribe continuó sorbiendo la sopa hasta que ella se decidió a salir. La ventana del salón estaba cubierta por cortinas color tabaco a medio descorrer. Ella había encendido la televisión, pero la había dejado sin volumen.

En la pantalla se anunciaba el pronóstico del tiempo. Acabó la sopa y apuró el vaso de vino. Lo volvió a llenar. Laura entró con pasos rápidos, dejando una fuente con carne y verduras sobre la mesa. Se sentó junto a él y se sirvió a su vez de la botella. Preguntó si le importaba que encendiera un cigarrillo. Cuando él contestó que no, pareció relajarse. Comenzó a hablar del modo de vida que se había visto obligado a llevar desde, precisó ahora, hacía un mes.

–Se supone que he venido aquí a preparar una oposición. Que los exámenes tendrán lugar en primavera. La dueña está encantada con que le deje la casa libre por entonces –dijo alzando su vaso–. Ha enviudado hace un par de años y se ha encontrado con esta espantosa casa en la que se entiende bien que no quiera vivir sola. Prefiere su pisito del pueblo. Un cuchitril sobre un gallinero lleno de fango…

–Y se ha creído sin más que eres opositora.

–Eso parece.

–Nadie te ve salir. No haces nada. Me cuesta imaginarme a mí mismo tanto tiempo sin nada que hacer, en un lugar como este…

–Por supuesto que hago algo. Jamás me aburro y… además, ¡qué poco mi sacrificio si miro a mi alrededor! ¡Ningún problema por tanto si hay que pasar una temporada sola!

–Ninguno –respondió, sin poder disimular el fastidio que comenzaba a producirle la conversación–. Y a partir de mañana, ya podrás irte…

–Ni mucho menos. No vayas a creer que eres lo único que justifica que yo esté aquí.

–No creo nada. He tenido tiempo de aprender más cosas de las que quisiera. Sé muy bien lo que represento.

–No eres simpático. Ya me lo advirtieron –dijo, levantándose abruptamente–. No tienes que marcharte mañana temprano. Han cambiado los planes. Tienes que esperar a que aparezca el Toledano.

–¿Cuándo te han dicho eso?

–Me lo han dicho y no te queda sino creerme.

Uribe se puso en pie y de dos zancadas plantó su cuerpo alto y pesado frente a ella. Las venas del cuello se le hinchaban tan pronto se enojaba y, en ese momento, con una camisa de cuadros abierta y la piel aún enrojecida por la ducha caliente, parecían a punto de estallar sobre la sorprendida cara de la mujer.

–Ya te he dicho que no creo nada. ¿Cuándo te han dicho eso?

–Esta misma tarde.

–¿Por qué?

–No se me ha explicado. Supongo que mañana lo hará el Toledano.

–Mañana tengo que estar en Portugal.

Laura levantó los hombros y cruzó la puerta de la cocina. Cinco minutos después, Uribe subió a su dormitorio. No tenía sueño, pero aún así se metió en la cama y apagó la luz. La persiana vibraba con el viento, produciendo un chasquido ronco. La cabeza le dolía ligeramente. Sentía las pulsaciones de la sangre en sus sienes. No le gustaban los cambios de planes. No solían traer nada bueno. Si el Toledano no llegaba durante la mañana quizá no tuviese tiempo de cruzar la frontera. Había otras muchas posibilidades en las que era preferible no pensar.

Sintió pasos en la escalera y, de inmediato, el pomo de su puerta giró. Tomó la precaución de empuñar su pistola con la mano derecha. La luz del pasillo recortó la silueta desnuda de Laura. Se sentó a los pies de la cama mientras él introducía el arma con disimulo bajo el colchón.

–¿Esto también está incluido entre tus funciones? –preguntó, apoyándose en un codo.

–Esto es sólo porque también soy un poco zorra –contestó con sequedad, abriéndose paso entre las sábanas.

Se distinguía el brillo de sus dientes, pero sólo se adivinaban su sonrisa taimada y sus ojos caídos.

–Nunca lo hubiera imaginado –dijo, echándose de inmediato sobre ella–. Cada vez me cuesta más imaginar algunas cosas…



Ella se escurrió de la cama muy de madrugada. Uribe se levantó tan pronto sintió el chasquido de la puerta, separó unos milímetros entre sí los listones de la persiana y se sentó a esperar en la única silla que tenía el cuarto, junto a la puerta.

Al menos media hora después, a las cuatro menos cuarto en punto, el pomo volvió a girar. Esta vez la luz del pasillo estaba apagada, de modo que apenas si se percibía su sombra, avanzando con precaución infinita en dirección a la cama. Pero tan pronto dejó la puerta atrás, la escasísima luz que la persiana dejaba penetrar desde el exterior bastó para que Uribe la distinguiera sobradamente. No podía estar demasiado seguro de lo que ella alcanzara a ver, aunque era muy difícil que llegara a darse cuenta de que la cama estaba vacía y, mucho menos, de que él la contemplaba a su espalda.

Durante un segundo, Laura pareció con todo vacilar. Después se oyó la detonación seca de su arma, ensordecida por el silenciador. Uribe imaginó su gesto de sorpresa mientras, tras un instante de confusión, se volvía agachada hacia la puerta con la pistola apuntando al frente. Él sólo tuvo entonces que apretar el gatillo dos veces y encender la luz.

Laura yacía muerta en el suelo, con los ojos muy abiertos y un hilillo de sangre manando entre la comisura de sus labios.

–¡Una lástima! –exclamó, comprobando que la sangre no había salpicado su ropa.

Y de golpe se le vino a la cabeza todo lo que eso conllevaba.

Tomó la pistola de la mano de Laura y salió del dormitorio. Se dirigió al contiguo pensando que sería el que ella habría venido ocupando, pero descubrió que estaba vacío. Lo estaba igualmente el siguiente. Descendió al salón, salió al recibidor y, del otro lado, descubrió una puerta.

Encontró un cuarto rectangular y amplio, que seguramente debió de tener inicialmente otras funciones muy distintas a las de dormitorio. La cama de Laura, que ocupaba el costado opuesto a la ventana, estaba sin deshacer, con varias de sus prendas tiradas en desorden sobre el colchón; en el suelo, junto a una mesa baja cubierta de papeles, fotos, artículos de aseo y un móvil, había dejado una maleta con la tapa abierta.

Tomó el móvil y anotó en un papel los números de sus últimas llamadas. Registró igualmente las recibidas. Era previsible que el Toledano –cuyo número aparecía como «recibido» apenas una hora antes de que él llegase a la casa– telefoneara a Laura en cualquier momento para confirmar su ejecución.

Había errado al menospreciar su experiencia, del mismo modo que él lo había hecho al confesar a Juan que ese iba a ser su último trabajo.

Se sentó en la cama, tomando las fotos de la mesa: los alrededores de la casa, de un edificio urbano, de una calle, un primer plano de ella… La persiana del cuarto estaba a medio subir. Volvió a levantarse. Afuera, el resplandor de un foco verde en el jardín, bajo las escaleras de acceso a la vivienda, iluminaba los gruesos copos que, sin él saberlo, llevaban cayendo con fuerza desde hacía más de dos horas.

«Si el Toledano llama, ¿debo de coger el teléfono, o limitarme a dejarlo sonar?», se preguntó, contemplando la espesa capa de nieve que alcanzaba ya el borde del primer peldaño de las escaleras de granito. Se recostó a continuación en la cama de Laura y cerró los ojos.

A las cinco y media le despertó el suave pitido del móvil; su pantalla parpadeaba mostrando el número del Toledano. Daba casi igual cogerlo que no, pero, de no hacerlo –le dio tiempo a discurrir–, al otro al menos le quedaría la duda de que él estuviese allí, incluso la de que ella, por alguna razón distinta a su propia muerte, no hubiera podido llegar a atender la llamada, y la incertidumbre siempre constituye una desventaja…

El pitido continuó interrumpiendo el silencio de la habitación varios segundos más, y después cesó. Miró el reloj y calculó que aún faltaban más de dos horas para que amaneciera. Volvió a pegar el rostro a la ventana para ratificar que continuaba nevando, tal vez ya con menor intensidad.

Resultaba impensable que nadie accediera hasta allí en esas condiciones. Tampoco que él pudiera llegar a ninguna parte.

Salió del cuarto camino del recibidor y abrió la puerta del jardín. La nieve arañaba la mitad de la puerta del coche, cubría los escalones formando una rampa, forraba la alambrada y los setos del vallado. Las pocas luces que aún quedaban en Navaleno se reflejaban en las nubes mostrando el perfil de la torre de su iglesia. No le pareció sin embargo que el frío fuera tan intenso como en el momento de su llegada. Resultaba difícil pensar en un lugar más aislado.

Envolvió el cuerpo de Laura en una alfombra y lo arrastró por las escaleras que, arrancando del fondo del recibidor, lo comunicaban con el sótano. Allí, en un cuarto pequeño, frío y sin ventanas, lo dejó entre sillas de jardín plegadas y una máquina corta césped.

Entró en la cocina por primera vez y se preparó un café muy cargado. Había dejado de nevar, pero la oscuridad continuaba siendo la misma. Con la taza entre las manos, se dedicó a contemplar las tinieblas que se extendían más allá de la luz que proyectaba la casa. De nuevo bajó al sótano.

El garaje estaba a continuación del cuarto en donde había dejado el cuerpo de Laura. Había allí un coche, un pequeño Opel, con las llaves puestas. La temperatura era lo bastante baja como para formar nubes de vaho alrededor de su boca cada vez que expulsaba aire de sus pulmones. Dio con una pala de metal apoyada en una esquina.

Tal vez no tuviera excesivo sentido lo que se disponía a hacer, pero era mejor que continuar cruzado de brazos. Se puso el abrigo y los guantes y empujó la puerta corredera. Una pared de nieve se alzaba hasta la altura de su cintura. Desde el garaje hasta la carretera había unos veinticinco metros, pero la nieve no había tenido tiempo de endurecerse y era muy probable además que la máquina quita nieves pasara por la mañana.

Al amanecer había conseguido abrir una brecha hasta la cancela del ancho del coche. Subió a la cocina y tomó otro café. El cielo era de color añil, sin una sola nube a la vista. Del pueblo sólo quedaban algunas fachadas, humo en sus chimeneas y la torre de la iglesia, con un nido abandonado de cigüeña sobre su campanario. Descubrió que había también varias casas camufladas entre los campos circundantes, todas ellas fácilmente localizables por sus largas columnas de humo gris y las manchas marrones de sus corrales. Era hora de llamar a Sandra.

–Han intentado sacarme de la circulación –dijo con voz serena desde su móvil.

Al otro lado se hizo un largo silencio. Después, con claros signos de somnolencia, vino la ambigua respuesta de su amiga, la única en quien creía poder confiar en ese momento:

–Siempre tuviste suerte.

–¿Tienes sitio para mí mientras consigues alquilar algo?

–¿Dónde estás?

–Bloqueado por la nieve. Cerca de Burgos. Imagino que podré estar ahí a primera hora de la tarde.

–Déjame pensar entretanto. ¿Estás herido? ¿Has tenido que cargarte a alguien?

–No tengo un rasguño. Trataron de dármela con una que no conocía. Me dijo que se llamaba Laura. No me dejaron elección. También yo he tenido parte de culpa.

–No la conozco. Llámame cuando estés llegando.

La comunicación se cortó. Uribe se estiró violentamente dejando que, poco a poco, su cuerpo fuera quedando tendido sobre el sofá. Extenuado, quedó al poco dormido.

Le despertó el timbre de la puerta. Consultó de nuevo el reloj: pasaban de las diez. ¡Casi tres horas seguidas durmiendo! No podía ser el Toledano ni nadie que él hubiese enviado, pero aún así se agazapó tras las cortinas de la ventana para ver la entrada. Comprobó que en lo alto de la escalerilla aguardaba una mujer bajita, de mediana edad, con un anorak, guantes, gorro de lana y botas de goma hasta las rodillas. Dudó si abrir o fingir que no había nadie en la casa, pero la brecha practicada en la nieve hacía poco verosímil la segunda de las alternativas. Pudo observar igualmente, lo que hacía más inquietante su largo sueño, que buena parte de la nieve de la carretera ya había sido apartada por las máquinas.

–Buenos días. Soy Remedios, vecina de Laura –dijo con embarazo al encontrarle tras la puerta–. Venía a ver si todo estaba bien. ¡Menuda nevada! Creí que ella estaba sola. Pero no quiero molestar…

–No molestas en absoluto. Muchas gracias. Laura se ha vuelto a quedar dormida. Ambos hemos estado despejando la salida de la casa, como ves. Tenemos que viajar esta misma mañana. Le digo que has estado por aquí. Tal vez quiera pasar a verte antes de que nos vayamos, aunque ella volverá de todos modos en un par de días…

–No, que no se preocupe. No molesto más. Si queréis cualquier cosa, ella ya sabe en donde vivo. Que tengáis buen viaje.

Uribe volvió a darle las gracias y, satisfecho por el modo en que había resuelto la situación, cerró la puerta.

Telefoneó a Sandra para informarle de que llegaría antes de lo previsto, en unas tres horas como máximo.

–Ya está arreglado lo de tu sitio. Llama al llegar –respondió la otra con desgana.

Acto seguido subió al dormitorio para cerrar su bolsa de viaje. Se detuvo en la planta baja camino del sótano para llevarse también la maleta de la chica, en la que introdujo previamente algunos de sus cosas. «Demasiadas pruebas quedan atrás –reflexionó–, pero es casi seguro que el Toledano llegará antes que la policía para limpiar todas esas huellas y hacer desaparecer su coche.»

Descorrió la puerta del garaje, arrancó el motor del Opel y, con cautela, superó la brecha abierta hasta incorporarse a la carretera.

En Navaleno se cruzó con una furgoneta y unos cuantos campesinos agrupados a la salida de un pequeño bar que, al verle pasar, levantaron la cabeza pero no se decidieron a saludar.

Detuvo el coche un par de kilómetros más adelante, junto a una antigua casa de peón caminero, y ajustó con habilidad sobre su pelo cano, casi cortado al cepillo, una peluca negra. Sonriendo a pesar de todo frente al espejo retrovisor, se colocó igualmente las gafas y el bigote: unas gafas de cristales redondos y montura dorada y un bigote de cuidadas guías que le daban aire de persona pacífica y respetable.





II


Sandra era una joven menuda. Muy pálida de tez, tenía la frente ancha, los pómulos afilados y los ojos, pequeños y grises, demasiado juntos entre sí. Cuando reía, lo que hacía con frecuencia, sus labios tendían a comprimirse, y su nariz, algo más grande de lo habitual, a expandir sus aletas hacia los lados, formando dos gruesas líneas a lo largo de las mejillas. Todo eso le hacía parecer mayor de lo que era, contrastando con el aire adolescente que le daban sus andares desenvueltos, su atuendo informal y su pelo rojizo.

Cuando Uribe detuvo el vehículo en segunda fila junto a uno de los extremos del intercambiador de autobuses de la plaza de Castilla, no la divisó. A esas horas, las cuatro de la tarde (porque finalmente, al llegar a Burgos, ella le había advertido que no había donde meterle antes), hacía frío. Una maraña de pasajeros y vehículos transitaba entre las isletas y bajo las marquesinas de las paradas. Sandra, sentada pacientemente en uno de los bancos allí dispuestos para la espera, le había visto sin embargo nada más llegar. Estudió el entorno un par de minutos más y, después, casi a la carrera, se plantó ante su ventanilla, le hizo un gesto significativo con la cabeza y entró en el coche.

–Da la vuelta a la plaza y métete por ésa –le dijo nada más sentarse, sin tan siquiera saludarle, apuntando con la mano hacia el este, en dirección a Mateo Inurria.

–Siento las molestias.

Sandra sonrió, sacó una cajetilla de tabaco de su bolso de tela india con lentejuelas y encendió un cigarrillo.

–He encontrado un sitio en el Pinar de Chamartín. Un buen barrio. Estarás bastante cómodo. Se trata del apartamento de un amigo de confianza que estará fuera hasta pasado mañana.

–Gracias. Incluso a estas alturas pueden jugarte malas pasadas… ¿Aún no has recibido ninguna llamada del Toledano?

–De él, no; de Arbizu. Está viniendo para aquí. Quiere que nos veamos a última hora.

El coche se adentraba lentamente por Mateo Inurria, al rebufo de un autobús cargado de pasajeros. Comenzaban a verse niños de uniforme en los semáforos.

–El insensato de Arbizu… –soltó Uribe con expresión fatigada–. Un pobre hombre, aunque supongo que algo peligroso en estas circunstancias.

Sandra había bajado su ventanilla para evitar que el humo de su cigarrillo continuara flotando en el interior del coche. Apoyaba uno de sus botas de piel vuelta contra el salpicadero.

–No creo que para mí… –comenzó, pero se interrumpió al darse cuenta de que quizá fuera a decir algo con escaso fundamento. Sonrió con amargura–. Habrá que deshacerse de este coche en cualquier caso.

–Nadie echará de menos a la chica hasta dentro de, al menos, un par de días, tal vez más… No hay problema hasta entonces.

–¿Qué pasó exactamente?

Se disponían a llegar al cruce con la Avenida de Pío XII y, en lugar de contestar, preguntó que qué dirección debía de tomar. Tras recibir la información, resumió en pocas palabras, con desgana, el modo en que Laura había intentado asesinarle y todo lo ocurrido a continuación. Contó igualmente como había cometido la imprudencia de confesar a Juan Irala que aquél iba a ser su último trabajo.

–Y tuviste con todo la sangre fría de echarle un polvo a esa fulana –rió entonces, atragantándose con el humo del cigarrillo.

–Pareció quedarse satisfecha, sí. Tampoco se podía hacer mucho más en una noche así… –replicó, forzando una sonrisa–. Pero para sangre fría la suya. No llegué a estar seguro de que me quisiera matar hasta que la vi aparecer de nuevo en mi cuarto, ¡la muy estúpida!

–¿Sabes cuál es el verdadero motivo por el que la organización se ha querido deshacer así de ti? ¡Quién no se habrá visto tentado alguna vez de dejarla…!

–Aún no he llegado a ninguna conclusión.

–Quizá Arbizu aclare algo…

Tras haber superado el puente sobre la M-30, el coche recorrió Arturo Soria hacia el norte. Durante los diez minutos siguientes, sumidos en sus propios pensamientos, apenas hablaron.

Llegaron a su destino: un bloque de ladrillo rojo de seis plantas, rodeado de una franja de césped defendida por un seto de arizónicas. Subieron al tercer piso. Encontraron un pasillo largo de suelo de linóleo con dos puertas a cada lado. La suya era la más próxima al ascensor.

–¿Habías estado aquí antes?

–No –respondió y, sin embargo, parecía moverse con familiaridad por el interior del apartamento.

Uribe posó su mano sobre uno de los radiadores, comprobando con disgusto que estaba frío. Nada deseaba más que echarse en una cama y sentir calor. Ella sacó sábanas y una manta de un armario y las dejó en el sofá del salón. Resultaba evidente que nadie había limpiado aquello en muchos días. El sol, ya sin fuerza alguna, brillaba en la horizontal de la ventana.

–Necesito descansar. Llámame esta noche si consigues desembarazarte de… –se interrumpió. Dudó si decirle que no era prudente verle. Tenía una mala corazonada, pero resolvió callar–. No me importa a qué hora.

Sandra asintió con la cabeza mientras echaba un último vistazo al apartamento, como tratando de recordar algo. Después, agarró el pomo de la puerta.

–Que descanses… No me llames –dijo antes de salir.

No le apetecía ponerse a hacer la cama ni tampoco echarse sobre las sábanas utilizadas por el dueño de la casa, de modo que se quitó los zapatos, las gafas y los postizos, tomó la manta que ella había dejado sobre el respaldo del sofá y se dejó caer en éste. Quedó dormido viendo hundirse el disco del sol en la ventana.

Cuando volvió a abrir los ojos, sobresaltado por el pitido del móvil, la habitación se encontraba en la penumbra, dividida en dos a causa del reflejo blancuzco proveniente de la calle. Comprobó que se trataba de un número restringido. Podía ser Sandra, el Toledano; podían ser dos o tres personas más. Estiró el brazo y tomó el aparato sin levantarse.

–Soy yo… –dijo el Toledano con voz aguardentosa nada más pulsar el botón del audio–. Dijiste que no ibas a cargarte a nadie más y, sin embargo…

Oírle en esos momentos le produjo algo parecido a la nausea. Continuó en silencio.

–No voy a andarme con rodeos ni pretendo excusarme. Por arriba se pusieron nerviosos contigo. Ya sabes: esos comentarios de los últimos días y el descubrimiento de ese «topo» de la policía. No sé si tienes o no que ver con eso. Yo me limito a cumplir órdenes. Ahora las cosas han cambiado…

–Estaba durmiendo. Resume el cuento.

–Sé quien te ha ayudado. Está precisamente con nosotros. ¡Cómo iba a dejar yo que el bueno de Arbizu viajara solo!

Uribe se puso en pie y conectó la luz. Sintió que la sangre abandonaba su cabeza. No parecía un farol.

–Te acabo de decir que estaba durmiendo. Me aburres mucho.

–Es verdad…

La voz de Sandra sonaba acobardada. Quizá ya hubiera tenido que revelar el lugar en el que él estaba.

–¡Claro que es verdad! –exclamó de inmediato el Toledano, volviendo a tomar el aparato–. Y si no apareces por aquí antes de media hora tendrás que prescindir de la única amiga que te queda. No tienes fama de desagradecido. Los de arriba quieren pactar. Quieren darte una última oportunidad. De alguna manera te necesitan y, si eres capaz de dar prueba de tu fidelidad, ¡quién sabe…!

Se calzó y metió sus cosas en la bolsa mientras decía:

–Lo voy a pensar diez minutos.

–No hay tiempo. Toma nota de la dirección.

Diez minutos era lo que faltaban para la una. Volvió a apagar la luz y miró por la ventana. La calle estaba desierta. Las acacias en sus aceras agitaban acompasadamente las ramas. Se acercó a la puerta y, a través de la mirilla, trató de descubrir algún movimiento entre las sombras del pasillo. La voz del Toledano repetía el número de la calle mientras él se aseguraba de que el tenue y parpadeante brillo que se distinguía a la derecha de la puerta era lo que imaginaba.

–Conforme –dijo antes de colgar, separándose un par de metros de la puerta.

Se colocó los postizos y guardó las gafas en el bolsillo de la camisa. Abrió la ventana y se puso el abrigo. Descolgarse hasta el segundo y desde ahí saltar a la marquesina de la tienda del bajo era lo suficientemente fácil como para poderse permitir el lujo de no dejar su bolsa en el apartamento. Seguía no obstante teniendo muy poco sentido –siguió meditando– que le hubieran despertado con semejante patraña, pudiendo haber derribado la puerta con relativa facilidad o, sencillamente, esperado a que él hubiera salido a la calle para interceptarle. Habían vuelto a cometer el error de menospreciarle. De lo único que no le cabía duda era de que Sandra jamás le habría traicionado de no haber sido antes torturada. Recordar la expresión entre irónica y alegre de su amiga le hizo sentirse peor de lo que esperaba.

Se echó la bolsa a la espalda y comenzó a descender hasta situarse en la marquesina. Desde allí sólo le separaban tres metros de la acera. Se descolgó por uno de los extremos y, tan pronto cayó, corrió sin detenerse hasta llegar a un cruce. No había ningún vehículo a la vista y era muy probable que tres minutos después ellos comprendieran lo que había pasado.

Acababa de cumplir los cuarenta y dos y sus tendones ya no respondían como antes. Se había hecho daño en las rodillas al caer y el corazón palpitaba en exceso tras la corta carrera. Sólo al detenerse notó la intensidad del frío. Al frente, a unos cien metros, se distinguían luces. Siguió corriendo hasta tropezar con los escaparates de unas cuantas tiendas. Seguía sin haber coches. No era nada seguro continuar avanzando por la misma calle, de modo que dobló a la derecha, adentrándose por otras más estrechas y peor iluminadas hasta que, por casualidad, llegó a Arturo Soria. Encontró allí algún tráfico y enseguida pudo parar un taxi.

Había estado reflexionando todo aquel tiempo, por lo que no dudó al dar al conductor la dirección del aeropuerto. Había decidido tomar el primer vuelo con plazas libres que saliera de la ciudad. Tenía dinero y la documentación en regla. Era poco probable además que, de imaginarlo, ellos se atrevieran a actuar en el aeropuerto.

El coche tardó muy poco en tomar la carretera y alcanzar la terminal. Aún no eran las dos. Se agradecía volver a encontrar movimiento.

Un vuelo salía hacia Alicante en tres cuartos de hora. Compró con dinero efectivo el billete y sacó la tarjeta de embarque. Dejó a continuación la pistola en una taquilla de la consigna. Fue el último en entrar en el aparato semivacío. Sentado en la cabina, con el cinturón abrochado y el chorrito de aire caliente del techo enfocando a su pecho, se encontró por primera vez confortable. Una azafata de aspecto cansado le preguntó que si quería tomar algo. Tenía hambre, pero pidió un whisky con hielo. La azafata sonrió y se alejó por el pasillo moviendo las caderas. El alcohol le hizo bien: templó su ánimo y le permitió sopesar con serenidad sus posibilidades.

Se alojó en un hotel de tres estrellas del centro y durmió siete horas seguidas.



Una mañana espléndida, casi una tarde ya, se intuía tras la ventana de su habitación. La abrió. El aire era húmedo y bastante cálido. Desde abajo llegaban bocinazos. Una hilera de taxis aguardaba ante la puerta del hotel bloqueando la mitad de la calle y un camión, descargando bidones de cerveza unos metros más adelante, la otra. Se duchó, se puso la única muda limpia que le quedaba y salió. En el mostrador de recepción, un hombre menudo y engominado le preguntó que si podría indicarle cuantas noches iba a permanecer en el establecimiento.

–Seguramente me iré mañana. Quizá esta noche pueda confirmárselo –respondió con amabilidad.

No convenía estar demasiado tiempo en un mismo lugar ni llamar la atención por nada. Era imprescindible convertirse en uno de tantos de paso por la ciudad, sin destacar ni levantar el más mínimo comentario: una cara y unas actitudes lo suficientemente corrientes como para quedar inmediatamente olvidadas.

Entró en una cafetería anexa al hotel y encargó huevos fritos y café con leche. En la barra había un diario local que, de inmediato, tomó. Pasó con rapidez sus hojas sin encontrar una sola mención a los acontecimientos del día anterior, como era previsible. Cuando volvió a salir era la una.

La calle del hotel conducía a una avenida ancha, en suave desnivel, que, tras cruzar cuatro manzanas, desembocaba en el paseo marítimo. Se sentó en un banco junto a un palmeral y contempló los lentos movimientos de atraque de un trasatlántico al fondo de un largo espigón.

–¡Es tan frustrante no poder hacer absolutamente nada! –masculló, recordando que la policía ya tendría más de una pista sobre los autores del asesinato del coronel. Ningún lugar era completamente seguro para Juan ni para él; menos para él, que ahora tenía en su contra a la organización.

Pensando en Juan se puso en pie y apretó con fuerza los puños. Comenzó a andar sin rumbo fijo hasta llegar, más allá de las instalaciones portuarias, a una playa en la que, a pesar de no hacer en absoluto calor, había algunos bañistas. Durante aquel corto paseo sólo había llegado a la conclusión de que necesitaba un coche y dejar correr el tiempo. No podía alquilarlo porque ello supondría dejar tras de sí demasiados cabos sueltos, comprometería en pocos días su estancia en la zona. Robarlo aún tendría mayores inconvenientes. Se detuvo un instante mirando hacia al mar. «¿Por qué no intentar comprar uno de segunda mano? –se dijo– Quizá no sea difícil convencer a su dueño para que yo me ocupe del papeleo».

A su espalda, en el centro del bulevar, había un quiosco. Se plantó ante su encargado y compró el mismo diario local que había estado hojeando durante el desayuno. Se sentó después en una de las terrazas instaladas a continuación y buscó en la página de clasificados. Pidió una cerveza. Cinco minutos más tarde había dado con media docena de coches de ocasión entre mil y dos mil euros. Sin levantarse, cambio la tarjeta del móvil y comenzó a llamar. Acabó quedando con un par de individuos muy cerca de donde estaba con un intervalo de diez minutos.

El primero, un hombre joven y trajeado, con aspecto de empleado escapado de la oficina, vendía un Volkswagen en aparente buen estado, pero quería que la transacción se formalizara en una gestoría. Le despachó con cordialidad y aguardó al siguiente. Con puntualidad apareció esta vez un joven somnoliento y desaseado, que pedía mil cien por un Renault de hacía ocho años con demasiado kilómetros. Probó el coche en su compañía y, sin salir de él, comenzó a sacar los billetes.

–¿Así? ¿Sin más ni más? –preguntó el vendedor con sorpresa.

–Tengo prisa. Haces una buena operación. No me tientes a echarme atrás… –respondió, sonriendo.

La visión del dinero despejó las dudas del vendedor y él le despidió en una plaza soleada, con la promesa de una inmediata transferencia de la titularidad y un montoncito de billetes de cincuenta euros aún en la mano.

Antes de salir de la ciudad en dirección norte, paró para comprar un mapa de carreteras y un punzón. Tomó la autopista y, pasadas las tres, dejaba atrás los rascacielos de Benidorm que, a aquella distancia, refulgiendo entre el sol de la tarde y el mar, semejaban gigantescos monolitos funerarios. Salió de la autopista y estacionó en una explanada junto al mar, en Altea.

A primera vista, el pueblo le agradó. Volvía a tener apetito por lo que se metió en el primer restaurante que encontró: una pizzería casi vacía que ya había quedado en sombra. Una estufa calentaba la terraza acristalada. No parecía en absoluto un mal lugar para pasar desapercibido una temporada.

Cuando acabó de comer, las calles estaban desiertas. El sol de primeros de diciembre estaba a punto de rozar el horizonte del mar. La temperatura había bajado bruscamente. Casi lamentó haber dejado el abrigo en el hotel. Volvió a subir al coche y decidió seguir avanzando en la misma dirección, hacia el norte, mientras hubiera luz. Calculó que después, volviendo a tomar la autopista en lugar de la carretera costera, podría llegar a Alicante en menos de una hora.

El litoral era escarpado, con calitas de piedras blancas bordeadas por rocas marrones y puntiagudas y densos pinares. Se distinguían numerosas villas y algún que otro edificio de apartamentos camuflado entre la vegetación. El disco del sol había vuelto a aparecer al subir, pero se hundió en el mar un par de minutos después. Un puerto deportivo, con torres de cemento y una pequeña avenida rodeada de casas de dos plantas, brilló fugazmente a sus pies.

Descendió por una carretera sinuosa que, tras atravesar una pequeña playa de cantos blancos, daba acceso a ese puerto. Aparcó y tomó un café en el único bar que encontró abierto. A su espalda, por debajo de la carretera desde la que él había divisado ese puerto, descubrió edificios incrustados en la roca y muchas grúas.

El establecimiento estaba bastante concurrido. Extranjeros y españoles de todas las edades, incluyendo un par de niños, con aspecto de no tener nada que hacer a esas horas. Preguntó al camarero por alguna agencia inmobiliaria.

–Aquí no hay casi otra cosa –rió con descaro. Se trataba de un hombre moreno con coleta–. Ahí mismo tiene un par de ellas –añadió, señalando a la derecha.

Uribe se vio obligado a sonreír. Pagó la cuenta y se dirigió a la primera de las agencias. Nada más preguntar por algún apartamento en alquiler y ver la cara de la empleada que le atendió, comprendió que los había a cientos. Tal vez fuera mejor entonces tratar de contactar directamente con algún propietario al día siguiente, a fin de darse la menor publicidad posible. Dio las gracias y salió. Las farolas del puerto proyectaban su luz anaranjada sobre los pantalanes rebosantes de yates pequeños y oscilantes, y un niño rompía el silencio del atardecer con un patinete.

Cuando llegó al hotel aún eran las siete de la tarde, pero ya parecía la hora de la cena. Se echó en la cama con la televisión encendida. Sacó de la bolsa de viaje el móvil de Laura que, sin motivo definido, había decidido traer consigo. La pantalla indicaba que había habido varias llamadas perdidas: en dos de ellas aparecían los nombres de los comunicantes y en el otro tan sólo el número. Había también un mensaje de voz. Correspondía a la que había quedado grabada en la memoria del aparato como Maite. Lo escuchó. Se trataba de una amiga –alguien que seguramente, por el modo en que se dirigía a ella, envidiaba su actividad en la organización– que le pedía que no se olvidara de llamar tan pronto regresara al pueblo y le daba muchos ánimos para continuar con su tarea. Escuchar aquel mensaje le puso de mal humor. Se levantó y se sirvió un whisky del minibar. En la calle, al pie del hotel, continuaba habiendo una fila de taxis en espera. Sentía los pies cansados y ningún hambre. No tenía ganas de salir a la calle ni de continuar en la habitación. Tal vez le hubiera apetecido mantener una conversación con alguien, pero no se le ocurría con quien. No podía llamar a nadie, al menos no por el momento, y en aquella ciudad entablar una relación interesante le pareció sencillamente imposible. Bebió de un trago lo que quedaba en el vaso y se sirvió una segunda copa.

Consiguió dar una cabezada hasta que en la televisión se anunciaron las noticias. Escuchó con atención, temiendo que se hablara de lo ocurrido, pero no... La policía estaría retrasando deliberadamente la difusión de la información.

Tomó una ducha caliente, volvió a ponerse la ropa de la mañana y se dispuso a salir. Antes decidió echar un rápido vistazo a su aspecto en el espejo del armario. Recordando que tendría que volver usar al día siguiente la misma camisa y ropa interior, contrajo el rostro. Se trataba de un rostro poco corriente: anguloso, de cejas espesas y ojos grises y rasgados. La peluca y el bigote, demasiado oscuros por comparación al color de su tez, daban a su rostro un contraste duro, poco real. De no volverse a afeitar por la tarde –lo que siempre acababa por no hacer–, y llegara a ocurrir que alguien fijara la atención en el color de la incipiente barba que comenzaba a brotar bajo la piel de sus mejillas, era fácil que concluyera que ni el pelo ni el bigote eran suyos. Se colocó las gafas y el abrigo y terminó de salir.

En recepción se le volvió a preguntar si pensaba dejar al día siguiente la habitación. Respondió que sí. No cogió el coche, pues antes le había costado encontrar aparcamiento, y se puso a caminar en la misma dirección que en la mañana, hacia la avenida ancha que descendía al mar. Era miércoles y, a pesar de no estar lejos la Navidad, se veía poca gente. Se había levantado un aire frío y racheado que no hacía agradable pasear. Era temprano para cenar, así que se metió en el primer bar que encontró, en la esquina con aquella avenida ancha y en cuesta. Allí por lo menos había bullicio. Un grupo de gente joven ocupaba casi toda la barra. Bebían cerveza, gritaban y fumaban, todo al mismo tiempo. Pidió un whisky, y el camarero se lo sirvió acompañado de un platito de almendras. Se le quedó mirando con expresión alelada, como si le conociera de antes o hubiera encontrado algo extraño en su aspecto.

–Hacía mucho que no le veíamos por aquí… –comentó en efecto un momento después.

Era un hombre de mediana edad, moreno, con el pelo cortado al cepillo y patillas largas y blancas. Llevaba un polo gris con el nombre del bar cosido en la pechera.

–Me parece que me confunde con alguien. Es la primera vez que vengo a Alicante.

–No sé. Perdone… –respondió el otro sin dejar de observarle.

Uribe se sintió irritado e incómodo, una combinación que en él solía dar malos resultados. Tomó el vaso y comenzó a beber, devolviendo la mirada al individuo.

–Supongo que pasa mucha gente por aquí. Mi cara no tiene nada de original.

–Uno no puede evitar mirar desde este lado de la barra. Perdone otra vez…

Pero continuaba sin quitarle la vista de encima. Uribe soltó el vaso con fuerza y chascó con la lengua. Hubiera soltado una grosería si el camarero no se hubiera girado en ese mismo instante para atender al grupo de jóvenes. Aquello no tenía que haberle pasado y, sin embargo… Era indudable que su rostro seguía recordando demasiado al que la televisión y los periódicos habían reproducido cinco meses atrás. Cabía la posibilidad de que al individuo, que parecía de los que les gustaba meter los hocicos en las vidas de los demás, le diera por pensar en ello durante unas cuantas horas y llegara a alguna desafortunada conclusión. La experiencia indicaba que a veces era mejor, por mucho que costara, tratar de ahondar en aquellas superficiales relaciones. Solía con ello lograrse alguna confusión, la suficiente como para que la sutil vinculación surgida en el cerebro entre una imagen borrosa, tal vez vista en la esquina de un diario o durante una décima de segundo en la pantalla de la televisión, y el rostro vivo y artificialmente retocado que tenía delante, se difuminara. El camarero había acabado de servir a los jóvenes y se entretenía en colocar copas limpias en una balda. Le llamó.

–Tal vez pueda recomendarme algún lugar cercano para cenar.

–¡Claro! Déjeme pensar… –dijo, volviendo a mirarle mientras reflexionaba con el mismo interés–. Sí, tiene una buena arrocería, «Bahía», a un par de manzanas de aquí, y si prefiere tomar carne…

–No, una arrocería es lo que precisamente andaba buscando. ¿Cómo no probar lo que mejor saben ustedes hacer?

–¿De verdad que no ha estado nunca por aquí? Me suele fallar muy poco la memoria. Tiene usted acento de algún lugar del norte. Déjeme adivinar… ¿asturiano?

–Casi: de Santander.

–Bueno. No he estado entonces tan mal.

Uribe apuró el whisky y pidió la cuenta.

–La bebida me ha abierto el apetito –se justificó–. ¿Cierran ustedes muy tarde?

–A las once y media

–Tal vez me dé tiempo de tomar un café después de la cena –dijo, tomando las vueltas que el otro acababa de dejar frente a él. Caminó lentamente, sin notar el frío y el viento, en dirección a la arrocería. Estaban a punto de dar las diez cuando traspasó su puerta. Era un local espacioso, con tan sólo dos mesas ocupadas. Se encontraba contrariado. Tomó con desgana un plato de arroz y media botella de vino, y una hora después volvía a estar en la calle. Dio un rodeo para hacer tiempo antes de llegar al bar. Dos chicos de aspecto árabe, apostados contra una fachada en penumbra, le miraron con descaro. La forma en que él les devolvió la mirada, les hizo comprender en el acto que se había equivocado de presa. Llegó al bar.

El camarero que le había atendido pasaba un paño por la barra. Un segundo camarero, más joven, fregaba el suelo. Uribe los contempló desde la acera de enfrente. Poco después, la reja metálica se bajó hasta la mitad. Faltaba muy poco para las once y media. Ambos empleados salieron un minuto después, comenzaron a caminar avenida abajo y enseguida se separaron. El que interesaba a Uribe cruzó la calle en diagonal. Nada más abrir y sentarse en su coche, un utilitario blanco aparcado cerca de la esquina, le sorprendió entrando por la otra puerta.

–¿Asustado? No forme alboroto y arranque.

–¿Qué ocurre? –preguntó, pegando el cuerpo a la puerta–. ¿Qué hace aquí?

Lo había reconocido a la primera. Estaba claro que era un excelente fisonomista. No se distinguía demasiado bien la expresión de su rostro, pero la rigidez de sus manos –una aún sobre el volante, la otra alzada delante del cuerpo– y el súbito tono agudo de su voz dejaban patente su terror.

–Apenas si tengo cincuenta euros. Tómelos y salga del coche... –acertó a añadir.

–Arranque y tome la carretera de Madrid –respondió Uribe en cambio con calma.

–¿La carretera de Madrid? ¿Adónde me…?

–A ninguna parte. Conduzca, y no vuelva a hacer preguntas –dijo, mostrando por primera vez el punzón–. ¡Ahora!

Atravesaron la ciudad en diez minutos y se adentraron por una autovía iluminada que conservaba bastante tráfico a pesar de la hora. En los laterales había pequeñas fábricas, centros comerciales y varias gasolineras. Un par de kilómetros más allá, sin embargo, todo comenzaba a estar más tranquilo.

–Métase por ahí –indicó, señalando al azar un desvío.

El cielo estaba despejado. La luna en cuarto creciente acababa de asomar sobre las cimas de las montañas que se levantaban a la izquierda. La carretera estaba muy mal asfaltada. El volante se agitaba entre las manos agarrotadas del camarero.

–Aquí –ordenó secamente Uribe, cuando apenas habían avanzado cien metros.

El otro frenó, pero no orilló el coche.

–Baje. No voy a hacerle nada. Sólo quiero su coche –le dijo para evitar forcejeos.

Obedeció una vez más, quedando a un lado del vehículo. No dijo nada. Una luz roja, probablemente un bar de alterne, brillaba del otro lado de la carretera. Uribe le indicó mientras descendía que no se quedara allí en medio, que diera unos pasos hacia el campo: un terreno baldío y polvoriento en el que no sería difícil tropezar con cascotes. El hombre dio unos cuantos pasos, y él sólo tuvo que colocarse a su espalda y, a continuación, clavar el punzón en el lugar adecuado.

Condujo entonces hasta la ciudad, abandonando el coche en las cercanías del puerto. No era él desde luego responsable de ninguno de esos dos últimos asesinatos, se consoló. Eran la maldad y la estupidez de los demás, que le habían obligado a defenderse. Sólo eso...

A las doce y media volvía a estar en su confortable habitación del hotel.





III


Descubrió que la misma carretera por la que el día anterior había llegado hasta el puerto deportivo continuaba serpenteando cuesta arriba por su parte posterior, hasta llegar a una pequeña urbanización sin salida, cuyas casas, a distintos niveles, asomaban por su extremo oriental a la bahía de Altea. Recorrió sin bajar del vehículo una calle estrecha con edificios de dos plantas a su derecha, orientados hacia el mar. Del otro lado, apenas visibles desde la carretera por ubicarse entre el suelo de esa carretera y una playa de piedras blancas que se estiraba cincuenta metros más abajo, se habían construido un par de bloques de apartamentos con pretensiones. Algunas otras edificaciones se desperdigaban por las montañas de atrás. Salió del coche.

El aire era relativamente fresco, a pesar de ser mediodía y estar el cielo casi tan azul y brillante como la superficie del mar. En unos minutos, y sin haber pasado aún ante los bloques que se encontraban en la falda del monte, ya había tenido tiempo de anotar tres teléfonos de apartamentos en alquiler, descartando otros tantos por pertenecer a inmobiliarias. Empezó con las llamadas. Sólo uno de los propietarios podía enseñarle el apartamento ese mismo día, a las cuatro. Quedó con él y continuó caminando hasta dar con la escalera, muy larga y empinada, que conducía a la playa y a los portales de los edificios costeros.

La luz que reflejaba el mar obligaba a cubrirse los ojos con el dorso de la mano. La brisa marina corría con fuerza por la vertiente del monte, pero cesaba en las revueltas de la escalera, creando un agradable ambiente que invitaba a sentarse en los peldaños de piedra y, simplemente, contemplar desde allí la bahía.

Tomó varios teléfonos más, adosados al cristal de los portales de aquellos edificios, y efectuó otras tres llamadas. Los precios eran excesivos, de modo que descartó en el acto su alquiler.

Un sendero de tierra conducía la playa, en la que, paseando por su orilla, sólo se distinguía a un hombre con dos perros. Un chiringuito cerrado –que no había visto hasta ese momento por quedar camuflado entre pinos y cañaverales–, con sus mesas y sillas de plástico atadas con cadenas oxidadas a una reja y una barra cubierta de hojarasca y tierra, daba al lugar, a pesar de la luz, un cierto aire melancólico. Al sonido de la brisa se unía ahora el entrechocar de los cantos arrastrados por las olas. No tenía otra cosa mejor que hacer hasta su cita de las cuatro, por lo que decidió caminar hasta el puerto y comer allí cualquier cosa.

Las piedras sueltas y las mullidas alfombras de algas hacían difícil caminar por la orilla. Retomó en consecuencia el sendero que, camino del puerto, bordeaba la playa. En sus ensanches había varios coches aparcados con ocupantes que parecían contemplar el paisaje o esperar a alguien. Tan pronto se aproximó y chocó con las descaradas e insinuantes miradas que, a pesar de su envergadura, se le dedicaron, comprendió que allí se daban cita homosexuales. Se apresuró en llegar al puerto.

Comió en el bar en el que había tomado café la víspera y le sirvió, con igual exceso de confianza, el mismo camarero. Deambuló después por los alrededores con el estómago lleno hasta que faltaron quince minutos para la cita, y regresó al punto en el que había dejado el coche, subiendo esta vez por la carretera que había tomado en la mañana. Un hombre de unos cuarenta años, grueso y alto, de aspecto cordial, le esperaba al pie del apartamento.

Contó Uribe que estaba buscando algo tranquilo para un mes, pues tenía que acabar un informe relacionado con su actividad empresarial, sin especificar cual era ésta. Entraron en la casa. Olía a humedad y, por comparación al exterior, hacía frío. Observó que había una estufa de gas butano en una esquina del salón. El hombre abrió la puerta que daba a la terraza y el apartamento se llenó de luz.

–Si sólo es un mes se puede hacer un contrato turístico –dijo–. Aquí va a tener toda la tranquilidad del mundo.

La casa era pequeña y de aspecto poco confortable, pero su aislamiento la hacía perfecta. El hombre pedía ochocientos euros, lo que seguramente era excesivo fuera de temporada, pero no pedía fianza ni parecía interesado en recibir información distinta a la que requería el modelo de contrato de arrendamiento que puso sobre la única mesa del salón, tan pronto Uribe dio su conformidad a las condiciones. No era por tanto cuestión de regatear.

–Puede entrar hoy mismo si le urge, pero sería conveniente que antes limpiaran un poco. Está limpio como ve, pero aún así…

Dado que tomar posesión del apartamento sobre la marcha podría llegar a despertar los recelos de su dueño, había tomado la precaución de reservar habitación para esa noche en un hotel modesto del pueblo.

–Ningún problema. Si pudiera ocuparlo mañana, perfecto.

El otro pareció dudar antes de preguntarle si iba a pagar en ese momento.

–Es lo normal si firmamos el contrato, ¿no es así? –respondió, sacando el dinero.

Lo puso sobre la mesa y firmó las dos copias del contrato. El dueño hizo lo propio y, acto seguido, le entregó las llaves. Todo muy formal y conveniente.

Antes de volver al hotel compró una camisa, un polo y ropa interior. Permaneció casi dos horas, hasta que se hizo de noche cerrada, sin mover un músculo del cuerpo, frente a la ventana de su habitación. Su rostro no denotaba tristeza ni felicidad. Hubiera sido imposible saber si pensaba en algo en concreto, o si tan sólo se trataba de una forma de descansar. Debajo había una plaza con dos farolas de hierro, bancos vacíos y una sola tienda abierta, tras cuya puerta se recortaba la silueta de una mujer. El pueblo parecía abandonado: no se escuchaba otro ruido que la vibración del aire en el cristal.


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