Una desconocida flotaba en el Sena
Moira Tapia
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Una desconocida flotaba en el Sena
Sobre la plancha de acero se hallaban los utensilios alineados pulcros. Una silla al lado, sin un brazo. Una mujer desparramada en la silla, parecía aburrida, aburridísima, recargaba su cabeza sobre un gabinete, su mirada estúpida fija en un punto en el vacío hacía recordar los fondos vítreos de los platos. Los frasquitos de vidrio estaban alineados en el gabinete, pero no pulcramente, había polvo sobre casi todos ellos, algo que en el mejor de los casos sería grasa parecía estar creciendo lentamente en la pared. Todo parecía escurrir y caerse sobre una mesa de madera al lado de la plancha de acero. ¿Qué medía la plancha de acero? Quizá uno ochenta por uno veinte, quizá un poco menos.
El viejo Luvin aserraba. El viejo Luvin abría con fórceps, inspeccionaba. ¿Qué inspeccionaba Luvin? Un hombre, caucásico, de cómo 30 años, con una expresión de ansiedad en su rostro. O era más bien lo que quedaba de un hombre, su coraza, su piel. El anciano doctor inclinaba su cabeza por sobre la abertura. Dejaba el bisturí a un lado, tomaba la pluma, una hoja y anotaba: “Paro cardo respiratorio, tiempo de muerte, 24 horas”. Toma de nuevo el bisturí, abre un poco más abajo, a su izquierda. Prende una vela con la mecha de gas que se encuentra cerca de la mesa, se acerca, se nota el esfuerzo considerable de sus ojos al tratar de observar lo que pasa. Deja el bisturí, sigue anotando: “Se observan líneas de coloración azuladas en el hígado, concuerda con ligera tonalidad en la uñas. Causa de muerte: Envenenamiento con cianuro”. El anciano gruñe a ver que ha manchado la hoja donde escribe, unas gotas de sangre coagulada salpican su bella caligrafía, moviendo la cabeza con ritmo de arriba hacia abajo, comienza a quitar los fórceps, empieza a suturar la herida. La cabeza del cadáver daba golpecitos contra la plancha de metal a cada intento del doctor Luvin de volver a juntar las costillas. Tardó más en dejarlo como estaba que en abrirlo, estudiarlo y sacar el reporte.
El viejo Luvin terminó el trabajo. Sobre la plancha de acero seguían los utensilios alineados, mas ya no estaban limpios. La sierra era vieja, un poco oxidada, - ¡Carole debió haber olvidado pulirla! – pensó él, la punta estaba doblada hacia la derecha, posiblemente por un golpe. El bisturí, ése no estaba oxidado, tenía un poco sucio el mango de marfil. Una creciente sombra cruzaba el pasillo, una y otra vez, empezaba pequeña, terminaba grande, cubriendo casi toda la pared. Los fórceps reflejaban una sombra serpentina y cambiante debido a que el flujo del gas se estaba cortando.
- Hay que limpiar la tubería, Carole – espetó Alain – no puedo trabajar así!
- ¡Sí, señor! ¡Cómo usted diga!
- ¡Eres una inútil, Carole! – dijo Alain, casi escupiendo.
Carole, después de varios traspiés logró dar con la varilla que de vez en cuando usaban para destapar la tubería. Se acercó a la flama y volteó a su izquierda la otra mecha tenía varias semanas sin funcionar, se había atascado, siendo una la que quedaba, se preguntaba cómo destaparla sin apagar la flama. Pensó tanto en cómo hacerlo que le dolió la cabeza, y se fue a sentar, esperando que el doctor olvidara la última instrucción.
- ¡La sierra, Carole, la sierra!
- ¿Qué tiene, señor?
- ¿Qué no tiene, bestia? ¡No tiene filo! ¿Acaso no ves? – lo dijo sin dejar de trabajar.
Se levanta nuevamente y se estira Carole. Resopla y toma la sierra entre sus manos, la pone a contra luz.
- No sé
- ¿Qué es lo que no sabes?
- Es que no se ve, la luz está fallando.
- ¡Tienen más filo tus dientes! ¡Animal! Busca el afilador y ponte a trabajar. – Dijo el señor, el doctor Alain Luvin, casi arrojando la garganta por la boca. - ¡Bestia de carga! ¿Qué estas esperando?
En una serie de movimientos más propio de una vaca que de un ser humano Carole salió de su estupor. Se encaminó a buscar el afilador. ¡Esa pequeña piedra que se pierde, siempre! Al encontrarlo casi derrama un frasquito de tinta sobre la mesa al golpearla con la cadera. – ¡Qué bueno que no cayó! – Pensó, porque a veces pensaba. - ¡Qué magnífico que el señor no lo notó!
Sonriendo volvió a la silla y empezó por el primer diente de la sierra, el que estaba más cercano al mango. Uno por uno los dientecitos de la sierra eran afilados. Uno por uno. Así despacito, sin ganas de acabar. Como si de su vida dependiera el no acabar nunca. Ella sonreía con sus dientes amarillos, de oreja a oreja. Feliz de que el frasquito de tinta que hubiera caído en los reportes no cayó. Se reía del desastre que eso hubiera sido. De vez en cuando ella también reía.
El sonido del afilar de la sierra era un tormento para Alain. Crick, crick, crick. Pero en el fondo lo prefería a tener esos ojos como platos espiando su labor. - ¡Qué pequeño es este lugar! – pensaba Alain. Y es verdad, trabaja en un lugar demasiado pequeño para su destino, con ventilación pobre. El viejo Alain miraba con sus ojos llorosos y formando un extraño guiño todo el cuarto, buscando, inspeccionando los recovecos donde puede mandar a su inútil asistente, buscando dónde haría menos eco. Crick, crick, crick. Estaba en el mejor lugar posible, a su espalda. Crick, crick, crick. Aún así era demasiado molesto Crick, crick, crick. ¡Se estresaba su espina dorsal! Crick, crick, crick. - ¿Por qué demonios sonríe?- pensaba. Crick, crick, crick. - ¡Mujer estúpida!- se dijo a sí mismo. Crick, crick, crick.
Salió unos pasos, cruzó el pasillo y otro más que lo atravesaba. Pasó un cuarto con una mesa y un librero, y llego a la puerta. Se topó son Adolph, su otro asistente, el que se encarga de las cosas pesadas, el que carga. Adolph el silencioso, la sombra que se mueve de un lado al otro del pasillo. El doctor cruzó la puerta. Respiró.
¡Es tan duro el turno de noche! ¡Tan vacío! ¡Tan sórdido!
En la calle no puede observarse más allá de unos metros, abriendo la puerta. No era culpa de Carole, esa inútil, el flujo de gas fallaba afuera también, algo obstruía la tubería.
La noche transcurría normal. Esa noche no hacía frío, era cálida, una noche por demás placentera, en el resto de París, en Francia, en el resto del mundo, pero no en la morgue cerca del Sena.
No, en la morgue una noche cálida era mal olor, podredumbre, peste. Era recoger con un trapito el líquido viscoso y café que salía de las heridas, era el escurrir más lentamente del hilo al coser y cerrar las carnes, eran moscas, larvas y putrefacción. Era ver la humedad formada en el techo cuando llegaba un suicida hinchado y azul del río. Se inhalaba tanto muerto que bien podía decir que se comían, se masticaban los muertos en el aire. Llegaban a tus pulmones y ya no salían. Al viejo Alain Luvin le gustaba el frío, a pesar de sus achaques, prefería el dolor al olor, como prefería el chasquido del afilar de la sierra a la mirada absorta de Carole.
Era una realidad, al doctor Alain Luvin no le agradaba su trabajo. Después de graduarse de medicina en la Académie Nationale de Médecine fue lo mejor que encontró. Entró rápido y escaló lento, de asistente pasó a patólogo del turno nocturno y ahí se quedó. Ahora es viejo, sigue siendo patólogo y no le queda mucho más. Extraña el día, pero necesita dormir; odia la noche, pero necesita pagar su vida. Y así vez con vez se le han ido de las manos las oportunidades, por falta de tiempo, por falta de empeño o por la falta de esa chispa que él logra distinguir en los demás, que él no tiene, nunca tuvo, y que de todas maneras no hace falta cuando trabajas para los muertos.
Respiró, respiró profundamente el viejo Luvin. Se recargó junto a la pared y escuchó a lo lejos el golpe de las ruedas sobre la calle. A esas horas y en ese lugar, eso solo significaba un trabajo más.
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Cerca de madrugada llegó la carreta. – Algún asesinado, tal vez un amante, sí, un amante, lo encontró un esposo al llegar a su casa temprano, por objeto punzocortante, nivel abdominal. – pensó el viejo doctor Luvin, le gustaba adivinar que sería el siguiente caso. – Un jovencito que, sin ser correspondido, optó por el camino rápido, ahorcamiento – imaginó Luvin. La carreta llegó, se detuvo, algo entretuvo a sus tripulantes. – Una anciana, enferma, una carga para sus hijos, cianuro o tal vez arsénico. – seguía adivinando.
El adivinar que sería el siguiente caso era una costumbre de Luvin, hasta ahí llegaba el uso de su imaginación en su trabajo. Una vez retirado el sudario todo era método, análisis, estudio, recopilación de datos. Luvin era muy bueno en lo que hacía, ¿y cómo no serlo cuando llevaba 40 años trabajando?
Un marco de madera sirve de soporte para las dos ruedas de esa carretilla. En plano inclinado bajan lo que parece ser un individuo cubierto de un sudario, de estatura corta y en posición fetal. El viejo Luvin carraspea, lanza una bola se saliva al piso, y grita:
- ¡Adolph! ¡Tenemos otro nuevo!
Adolph sale y asienta con la cabeza, - Es pequeño – Afirma Adolph. - ¡Está en un sólo pedazo! – agrega. Confirma lo último espiando tímidamente la carreta. Toma la carretilla de las manos del conductor y sube la entrada de la morgue, la lleva al pasillo. Adolph disfruta mucho su trabajo, trabajaba antes en una oficina de recaudación fiscal. Ese trabajo no le gustaba. Algo había en las caras de todas esas personas despojadas de sus casas que nunca le gustó, pero eso no evitaba que hiciera bien su trabajo, el embargo se efectuaba, muchas veces incluso ayudaba a llevar a las personas a prisión, ante todo él siempre hizo su trabajo y lo hacía bien, era muy metódico y puntual, levantaba la voz únicamente cuando alguien lo ordenaba y nunca, jamás se quejaba de su sueldo. Lo cambiaron de trabajo cuando en un brote de peste ayudó en la transportación de los cuerpos. Dónde nadie se acercaba, él ya estaba acarreando, moviendo, recogiendo de su inmundicia, y ¡sin enfermar!, de un empleo temporal pasó a uno permanente, ya en la morgue. De no tener las manos tan grandes haría el trabajo de Carole.
Con el mismo cuidado que emplearía un relojero, Adolph transportó el cuerpo por el pasillo, usando movimientos rápidos, como un mago; libró las esquinas, el taburete, la caja que estaba en la esquina y llegó hasta mesa de madera al lado de la plancha de acero. Usando dos cintas de cuero que paso diestramente debajo de los muslos y los brazos levantó el cuerpo como quien levanta una gabardina. Él mismo se impresionó del poco peso. Lo hizo tan diligentemente que el sudario se encontraba en la misma posición. El agua que escurría le mojaba los zapatos, dejándolo un poco asqueado. Dejó el cuerpo en la plancha con absoluta precisión y de un solo movimiento volteó la carretilla, la pasó por la puerta y salió del pasillo.
Luvin, el viejo doctor, seguía afuera:
- ¿Uno más? ¿A estas horas? – dijo en tono de protesta Luvin.
- El segador no descansa, doctor Luvin. – dijo casi en un suspiro el conductor. – A este lo encontraron en el Sena, no me tocó a ir a recogerlo, pero estaba en una orilla según comentan.
- Ahogado entonces, ¡con este calor! ¿cuánto falta para el invierno?
- ¡Pues como un mes doctor Luvin! ¡Sólo le encargo me regrese el sudario del ahogado! – dijo el conductor. Y efectivamente el mismo apestoso lienzo se usaba una y otra vez durante varios meses sobre los muertos que iban apareciendo. Su color original sería imposible de descubrir aún usando toda lejía de la ciudad.
- Lo regreso mañana, hoy no voy a tener oportunidad de trabajar en éste – dijo el viejo Luvin.
- Si no regreso todo lo que me confiaron lo rebajan del salario. – se queja el conductor, en un tono visiblemente preocupado.
- No voy a trabajar en éste, ya casi termina mi turno, además nosotros siempre los regresamos, para que querríamos quedarnos algo así, si no me cree pregúntele a Mourchois, él es el que suele venir, ¿usted es nuevo?
- Nuevo no, llevo ya un año trabajando, en la zona este, solo que yo los recojo y los subo en la carreta, a partir de ahí Mourchois se encarga de llevarlos y traerlos, y del papeleo. Pero está muy enfermo, la gente dice que por tanto muerto que toca. ¡Ah! Qué por cierto, no está hecho el reporte.
- ¿No levantó el reporte? – gruñe Luvin llevándose las manos a la cara. - ¿Cómo que no levantó el reporte?
- La verdad no sé escribir, como le dije, yo solo levanto los muertos. Mourchois se encarga a partir de ahí, el levanta….
- Sí, sí, ya sé lo que hace Mourchois. – interrumpe Luvin.- Mañana en la tarde, después de las 6:30 dejo indicaciones de que entreguen el sudario cuando el del siguiente turno haya terminado. Déjeme los documentos del reporte yo lo llenaré por Mourchois y por usted.
El conductor deja los papeles y se sube presuroso a la carreta, arrecia los caballos, y regresa más rápido que cuando llegó, tal vez su sueldo dependa también de volver temprano. El viejo Luvin no quiere regresar, quiere seguir afuera respirando el aire, quiere que tiemble la tierra, que explote algún volcán, que estalle la guerra, quiere que pase cualquier cosa antes que regresar a la morgue. Respira, pasea su pie izquierdo sobre el pavimento y baja la cabeza, exhala y entra de nuevo a su lugar de trabajo.
Ahí le esperaba Carole, con su estúpida sonrisa, levantando en alto la sierra recién afilada como si fuera una magnífica pieza de arte. Todo lo demás parece estar donde Luvin lo había dejado. Excepto claro está por ese bulto envuelto en secreciones y pestes. ¡Pequeña cosa! Mientras él se encontraba afuera Adolph había dispuesto ya del anterior, el otro cuerpo, el del hombre envenenado, se encontraba en la habitación contigua, ahí estaría unos 3 días más y si nadie lo reclamaba el Estado ya dispondría de él. Terminaría bajo tierra, en una escuela de medicina, o en varios frascos, no había manera de saberlo.
Luvin ya estaba cansado, el alba estaba llegando. El viejo reloj de pared hizo sonar sus manecillas, cinco veces, Carole y Adolph se despidieron poco después. Luvin era el jefe del turno nocturno, entre sus “privilegios” estaba la obligación de entregar su puesto. No podía abandonar el lugar de trabajo ni siquiera por su salud antes de que llegara el doctor Bourdieu. Entre las múltiples virtudes de Bourdieu no se encontraba la puntualidad, era carismático, calculador, extrovertido, joven y apuesto, pero impuntual. Así que el viejo Luvin solo le restaba llenar el reporte con los datos que tenía y esperar que el inspector del caso hubiere conservado los que faltaban. Abrió un maletín y sacó lo que podría considerarse merienda, mientras llenaba el reporte. Comenzó a escribir: Descripción del cuerpo…
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¡Era demasiado! ¿Cómo decirlo? ¿Cómo decir que un cadáver es hermoso? ¿Cómo puede alguien atreverse a decir eso? ¡Ah! Pero éste lo era. Ella era hermosa. La mujer más hermosa que Luvin hubiera conocido. La más hermosa y perfecta que él hubiera visto, en su larga y angustiada vida.
Luvin tuvo que dar 3 pasos atrás cuando levantó el sudario. No sólo era hermosa, era feliz, sonreía. No tenía ese rictus de dolor, esa deformación horrible, ese desgarre del rostro humano que suelen tener los muertos. No, ésta no. Ella no.
Le retiró completamente el sudario. Tenía poco tiempo de muerta. Sus piernas y brazos aun no completamente afectados del rigor mortis oponían todavía poca resistencia. Decidido comenzó a enderezar sus piernas y sus brazos.
- Esta posición es indigna. - Pensó Luvin. – Así quedará mejor. – Usó las correas de cuero para ajustar el cuerpo a la mesa. Amarró los brazos contra el tórax. Estirando y soltando, logro hacerla quedar en una posición más parecida a dormir boca arriba, un poco inclinada a su lado derecho.
Luvin prosiguió con la descripción:
“Descripción del cuerpo: Sexo Femenino. Raza caucásica. Edad aproximada 18 años. Estatura aproximada 1.58 metros. Causa aparente de muerte:…”
Aquí el doctor Luvin tuvo que hacer una pausa. El cuerpo efectivamente está mojado, el cabello entrelazado y con lama. Pero no estaba hinchado, ni azul. Tomó un catéter en sus manos y comenzó a introducirlo por la nariz. Hubiera sido más fácil comprobar si había agua en los pulmones o no perforando un costado del cuerpo, pero esta mujer no tenía una sola herida. El doctor Luvin no quería equivocarse, realizar algún procedimiento extraño, pero, ¿acaso no es extraño de por sí realizar una autopsia?, no era una aberración suficiente esculcar en las entrañas de nuestros seres queridos solo para conocer un hecho probable, pasado, que de todas maneras ya no es evitable.
Él, que había cometido aberración tras aberración en su vida, quiso únicamente excusarse por una vez de cortar piel. - No pasó antes y no volvería a pasar – se decía a sí mismo. - Por el momento vamos a dejarla como está – pensaba, mientras trataba de tensar el catéter que introducía por sus orificios nasales.
No había agua, sus pulmones no mostraron signos de ahogamiento.
Recordó Luvin, como quien recuerda un golpe, que por muy impuntual que fuera Bourdieu, sus asistentes no lo eran. Se puso nervioso, de hecho, Luvin temblaba. Se descubrió a sí mismo emocionado.
- ¿Qué me pasa? – dijo en voz alta Luvin, llevándose la mano al pecho. Su corazón no dejaba de palpitar rápidamente. - ¿Por qué me pasa esto? ¿Qué me hizo daño? – Luvin pensó en su corta merienda, nada parecía estar en mal estado, no se hallaba enfermo más allá de sus dolencias diarias. Se tranquilizó.
Luvin acomodó el catéter a un lado. Y pensó que esta mujer fue recogida en la corriente del Sena, pero no mostraba signos de ahogamiento, es decir, la causa de la muerte no es obvia, pensó que si quería hacer bien su trabajo y encontrar la causa se la muerte sería necesario abrir su tórax, observar sus pulmones, su corazón sus vías sanguíneas, checar su hígado, seccionarlo si era necesario, buscar signos de golpes, pinchazos, violaciones. Pero por alguna razón, prefería dejarla así, como estaba.
Los muertos, los que pasan por una autopsia quedan todos tan cortados, remendados con ese hilo grueso y negro como quien intenta recuperar una muñeca rota. Quedan como animales disecados, los abres apenas y empiezan a salir los gases y los humores y ya no puedes volverlos a dejar igual.
El quería estudiarla sí, pero sin abrirla, estudiar los pequeños detalles y deducir, usando únicamente su imaginación que le habría pasado. Por primera vez en su vida, en toda su estancia en el único empleo que había conocido quería alargar su día de trabajo. No recordaba algo que le entusiasmara tanto como ese cadáver enigmático que se encontraba en la plancha. Se le ocurrió una idea absurda, una travesura. Se le ocurrió que al terminar el pasillo se encuentra una división que se suele usar de bodega, es muy pequeña, diminuta, pero ella cabría, es fresca, y con algo de formol ella estaría esperando hasta la noche. Y así el podría resolver sus dudas, saber cómo murió, quien pudo haber sido, ver si había substancias en la piel que le dieran un indicio de quién era, qué hacía, a qué se dedicó en vida. Bourdieu no iba a extrañar la ausencia de trabajo, de hecho le fascinaba la ausencia de trabajo, de todas maneras él únicamente estaba aquí mientras se abría un mejor puesto, Bourdieu iba a seguir su vida, escalando, con mejores trabajos, una mejor casa, mejores rentas. Pero él, Luvin, que nunca logró nada, que nunca pudo ahorrar ya de viejo por su salud, que no encontró alguien que lo amara así como era, él no podía considerarse así mismo como egoísta solo por separar algo bonito para él.
Tomó el cuerpo, lo que para Adolph era una insignificancia de peso, para de Luvin era devastador, pero pudo moverlo, arrastrarlo por el pasillo hasta la última puerta, ya sin aliento. Agarró tres botes medianos de formol y los trapos que encontró. Acomodó el semirrígido cuerpo lo mejor que pudo y una vez, viendo que ya se sostenía en el pequeño espacio comenzó a verter el formol en los trapos cubriendo tanto del cuerpo como fuera posible. Como no bastaban los trapos se quitó su camisa, la empapó en formol y cubrió con eso las piernas. Cerró la puertecilla y apiló varias cajas enfrente de la misma, para evitar que llamara la atención por el olor y eliminar la posible curiosidad. Se puso la gruesa gabardina que colgaba de la pared, la que le servía en tiempo de frío, tan rápido como pudo y se dispuso a terminar su comida, mientras sonreía.
Bourdieu llegó casi una hora después de sus asistentes. El tenía cuatro asistentes, uno de ellos graduado de medicina, que posiblemente cuando se fuera Bourdieu a un mejor puesto, sería ascendido, y contaría entonces con un ayudante ya graduado de medicina, que le haría la vida más fácil y el ciclo interminable se repetiría, como se había repetido ya más de diez veces mientras Luvin seguía en su mismo puesto.
¿Por qué? – Se preguntaba Luvin - ¿por qué tanto de lo bueno de la vida se concentra en tan pocas manos?
Bourdieu, para colmo, era casado, con hijos, con una familia, que lo esperaba en su casa. Era amado. Era reconocido. Impuntual como era, y con sus otros defectos lograba de alguna manera acomodar su imagen, hacerla brillar. Él nunca fue asistente, él pasó directamente a jefe, y del turno diurno, el más tranquilo, y con más ayudantes.
Mientras se dirigía a su casa sudaba, y mucho, con el bochorno que hacía, no se podía quitar su gabardina, pues no llevaba su camisa, pero eso no le incomodó tanto, recordó una época cuando era joven, más fuerte, cuando discutía con su padre el curso que le daría a su vida, recordaba cuando decidió estudiar medicina.
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Luvin terminó su siesta, conforme envejecía cada vez dormía menos, comió lo que había, un mendrugo de pan, un vaso de leche, entre otras cosas. Empezó a dar vueltas por su casa. Era una casa vieja de gruesos muros, el techo había sido reparado ya multitud de veces, se podía ver eso por las distintas coloraciones de las maderas usadas. Se sintió claustrofóbico, sacó la cabeza por la ventana. Aire. No quería volverla a meter, pero se cansó y tuvo que introducirse de nuevo a su casa. Suspira.
Salió a caminar a la plaza cercana, caminaba rápido, su mente divagaba hasta que tropezó y cayó al piso. Se golpeó la cabeza, sangró un poco. Él no solía caer, tampoco solía caminar mucho, era más bien estático. Se enfadó consigo mismo, por impaciente, por querer regresar. ¿Cómo pretendía comenzar a entusiasmarse por el trabajo, ahora que ya tenía 60 años?
Uno se entusiasma por la vida, cuando joven, cuando algo pasa, cuando niño, ¿pero cuando anciano? Para una persona de tan pocos logros como Luvin (o eso él pensaba) no había muchas razones para emocionarse. Pero algo definitivamente cambió. Entre las vísceras, grasas, y coágulos algo bello se asomaba. Si una persona ha sido sordo toda su vida, y alguien, un ángel le ofrece un sonido, uno sólo y resulta ser el pedorrear de una vaca, te emocionas, te sublimas; si un ciego de toda la vida recibe una imagen clara, aunque sea de una cloaca, las lagrimas de alegría cubrirán sus ojos, se hincará y dará gracias. Así se sentía el viejo Luvin.
El reloj tardó demasiado, Luvin siempre veía como sus días escurrían como quien pierde el agua entre los dedos cuando está muriendo de sed. Pero ese día fue lento, como el escurrir de la grasa sobre un sartén. Fue demasiado para él. Se sentía como uno de esos esclavos de las minas de África cuando encuentran un diamante, uno tan grande que salta a la vista, tan brillante que no parece que necesite pulirse, así natural, pero que saben que al final de la jornada, esa joya, única que tocarán esas manos deshechas va a tener que entregarla. Y saben que no habrá otra más. Nunca. Algunos en su locura se tragan la piedra, la esconden en sus orificios, aquellos que no fueron descubiertos, que no fueron delatados si otro esclavo lo vio, pueden intentar desaparecer, conservar la vista de ese diamante más tiempo. Pueden intentarlo, que lo logren, eso es otro asunto.
Luvin jamás va a poder escapar con su joya, sus minas son los muertos, los abre, los estudia, pero los muertos como la vida, no duran. Se descomponen, se marchitan, se pudren.
¿Cuánta vida me falta? – Luvin se pregunta.
Se presentó en la morgue casi una hora antes. No fue difícil convencer a Bourdieu de salir temprano, siempre tenía un compromiso importante, una cena con la familia y el cambio temprano de turnos le concedía tiempo más que suficiente para realizar sus faenas. Sus asistentes no duraron en sus puestos mucho tiempo después.
El viejo doctor Luvin con todas la fuerza de que era capaz retiró una a una las cajas, feliz de hallarlas intactas. Poco a poco se fue llenando del tufo penetrante del formol. Y ahí seguía, hermosa, inocente y feliz. - ¿Qué nombre te pondré?- Le preguntó. Ella callaba, como siempre.
- Tal vez Anne, o Claire, o Susan, ¿te gusta Susan? – La arrastro con todas sus fuerzas hasta la plancha de acero. Antes de colocarla le dio un abrazo, un larguísimo abrazo. Y pensó en aquella muchacha de nombre Mariette de quien estuvo enamorado, de Julienne, a quien veía a lo lejos siempre en la plaza, de aquella que todo el pueblo besó en algún momento, hasta él, a la que llamaba cariñosamente Dule, y de todas las oportunidades que perdió.
Alain Luvin empezó a llorar, y abrazar y besar, y llorar más. Veía los rostros felices de Mariette, Julienne, Dule. Abrazó a ella, cualquier que hubiera sido su nombre. Recordó muchas cosas, y cuando comenzó a darse cuenta ya se encontraba bailando con la mujer del Sena. Una danza frenética que parecía estarlo matando. Cuando se percató de la realidad, cuando volvió en sí, vio un hilo de líquido putrefacto saliendo de la boca la desconocida.
Gritó. Un grito horrible, desgarrador, como si hubieran cortado su mano. Adolph y Carole pudieron escucharlo desde el portal de la morgue.
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La depositó como pudo en la plancha.
Debido al grito ya se encontraban con caras estupefactas Carole y Adolph viéndolo.
- ¡Tráiganme yeso por favor! – gritó
- Sí, doctor – dijeron al unísono.
Ayudado de una tabla de madera que impuso a la altura del cuello e inclinando un poco el cuerpo hacia adelante comenzó a verter el yeso fresco sobre el rostro. No era un procedimiento extraño, en cuerpos no reconocidos solía hacerse como detalle a las familias para su posterior identificación. El yeso fresco no tardo mucho en secar, apenas unos minutos, requería de técnica, había que actuar rápido.
Adolph se le quedaba viendo al doctor, con curiosidad. Le extrañaba su cara humedecida, cuando siempre era reseca. Dio unos pasitos hacia atrás y caminó hacia Carole, hacía la recepción de la morgue.
- Yo lo veo muy mal – dijo Adolph
- ¿Qué cosa? – preguntó Carole mientras daba vueltas e inspeccionaba una palanquita que cuando estaba completa hacía las veces de campana, para anunciar una llegada.
- Al doctor Luvin, lo veo muy mal.
- Adolph, ¿cómo serás? ¡Qué es doctor! Si algo pueden hacer los doctores es curarse.
- Los doctores también se mueren – dijo Adolph y se acomodó detrás de escritorio. – Yo conocí a uno que murió, y murió joven.
- Más estaremos nosotros en riesgo con tanto apestoso cadáver. Recuerdo cuando llegué hace casi cinco años. El doctor se veía igual que ahora. Igual de encorvado, de viejo. Cuando se encorvan ya no se mueren, a no ser que haya un accidente. Solo se enferman las personas antes de estar encorvadas, ¿no lo sabías? – dijo Carole con aire intelectual.
- ¡Yo me encargue del cuerpo de un anciano encorvado que murió de peste!
- ¡Es que esto no funciona todas las veces Adolph! Tampoco la medicina. ¡A veces hay quien se muere estando encorvado, y medicado!
Adolph, un poco molesto de que Carole no entendiera su preocupación regresó con el doctor Luvin. El anciano estaba tan reclinado sobre la mesa que parecía una escuadra.
- ¿Puedo hacer algo por usted doctor?
Le tomó casi un minuto contestar a Luvin, no sin antes carraspear un poco, como si estuviera tragando un bocado muy grande.
- Ayúdame a quitar la máscara.
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Se retiró la máscara dejando una capa de polvo fino y blanco en casi todo el rostro. Luvin le limpió la cara usando el torso de su mano. Le dio indicaciones a Adolph.
- Ponle el sudario y colócala en la carretilla. Esta mujer es de una importante familia, nos pidieron un trato especial, pronto vendrán por ella, por favor llévala lo más cerca de la puerta que puedas.
A las seis y media estaba llegando el conductor de los servicios forenses. Al verlo llegar Luvin se llenó de alegría.
- Pase por favor, en unos momentos mi asistente Carole le entregará el sudario, se encuentra en el siguiente pasillo primera puerta, ¡Adolph, ven por favor!
Mientras el conductor de los servicios forenses se confundía con la sorpresa de Carole, Alain Luvin dio una instrucción rápida a Adolph de subir el cuerpo de la mujer del Sena a la carreta. Adolph, no cuestionó. Subió el cuerpo a la carreta. El anciano Luvin se subió lo más rápido que pudo, ya arriba latigueó el caballo tanto como su brazo se lo permitió.
Salieron desbocados, rumbo al Sena.
Luvin reía se carcajeaba, se burlaba de la muerte y de la vida. Todos sus miedos de repente significaron muy poco para él. Su corazón latía tremendamente fuerte, se contorsionaba dentro del pecho. Con una mano sostenía la rienda y con el otro acariciaba el rosto de la hermosa desconocida. La misma velocidad de la carreta lo mantenía en su lugar.
De repente, apareció ante ellos el Sena, parecía tranquilo, suave. Luvin soltó las riendas para abrazar a la desconocida, sonrió tanto como pudo, recordó.
Los testigos del hundimiento aseguraron que la carreta levantó una cantidad impresionante del agua, dijeron que el animal no alcanzó a detenerse, que entre los fierros y maderas de la carreta ni siquiera el animal fue capaz de salir. Fue un problema sacar el cuerpo de Alain Luvin que se había atorado con las ruedas, pero salió, no fue necesario cortarlo..
Carole y Adolph miraban quietecitos el ataúd. Carole no solía llorar por nada y no iba a comenzar ahora. Le preguntó a Adolph.
- ¿Y la chica? ¿Estaba en la carreta?
- No estaba ya, se la llevó la corriente – respondió.
- ¿Y la máscara de la mujer?
- La tiene Bourdieu, dice que se la va a quedar.
Mirando su rostro de Alain Luvin, le preguntó:
- ¿Por qué sonríe?
- No lo sé – dijo Adolph
- ¿Sacaron la máscara del doctor Luvin?
- No, el doctor Bourdieu aseguró que no era necesario. Dijo que nadie lo iba a reclamar.