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La Isla de los Cien Ojos

Mikel Santiago

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La Isla de los Cien Ojos

Mikel Santiago

1

La tormenta lo trajo. Lo arrancó de donde nunca debió salir y lo dejo varado en nuestras playas.

Ocurrió durante una terrible noche de viento y lluvia como no habíamos vivido en años. Los rayos partieron dos árboles en Santry Hill y las olas embistieron el puerto con tal fuerza que destrozaron un par de chalupas.

La tarde anterior, mientras oíamos los primeros y furiosos embistes del ciclón contra las ventanas del Bohar´s Head, el viejo Gallagher dijo que aquello era “viento del sur”. Afirmó que debía ser la punta del algún tortuoso huracán procedente de Méjico. Dijo que pasaba uno cada cincuenta años y que el recordaba uno de cuando era niño. “Se llevo varios tejados y una vaca del establo de Doyle” recordó “A Dios gracias que solo fue eso”

Gallagher siguió profetizando más desgracias y aconsejó a los hombres que metieran a su familia bajo la cama aquella noche. Dijo que tenía un “muy mal pálpito” con aquel viento silbante y cálido “que algo muy malo estaba a punto de ocurrir”

Yo hubiera alzado mi voz para serenar los ánimos y explicar lo improbable de que un ciclón caribeño llegase siquiera a rozar la costa de Irlanda, pero me contuve. ¿De qué hubiera servido iniciar una discusión? Todos los datos científicos que yo pudiera aportar sonarían, a oídos de aquellos lugareños, igual de mágicos que las palabras de Gallagher, de modo que al final todo se reducía a una cuestión de crédito. ¿Y quién era yo al lado del viejo Gallagher? Solo un médico recién llegado de la ciudad, que además era protestante, y que muchos opinaban que tenía rostro de niño (por mucho que yo quisiera aderezarlo con un varonil bigote)

Con todo, la noche fue terrible, digna de una profecía como la de Gallagher. Jamás he oído el viento golpear de aquella manera, como un ejército de fantasmas aullantes que hubiese desembarcado en la tierra. Las furiosas ráfagas recorrían la calle moviendo letreros, agitando los árboles y derribando tiestos. Cualquier cosa que estuviera levemente mal atada, clavada o pegada aquella noche debió salir volando.

Pasé casi toda la noche en vela, asustado por los rayos y los golpes que el viento daba contra mis ventanas. Supuse que la campana de mi consulta no tardaría en sonar para requerirme en algún sitio, pero curiosamente, aquella noche nadie necesitó de mi ayuda. Imaginé (no sin una malvada sonrisa en los labios) que los habitantes de Dowan estarían bajo de sus camas rezando al Todopoderoso mientras que el viejo Gallagher dormía su borrachera sin enterarse de un pito.

Al día siguiente amaneció claro y tranquilo, como si nunca hubiera existido la tormenta. Kate, una muchacha pecosa y habladora que servia en mi casa, fue la primera en darme algunas noticias cuando llegó aquella mañana. Me dijo que había visto algunos árboles humeando en Santry Hill y que en el puerto había habido varios destrozos.

- El barco de Donovan apareció medio hundido. Al parecer uno de los botes debió golpearle el casco y abrirle un buen boquete. Y han desaparecido un par de barcas. Y se inundó la tienda de Nolan y ha echado a perder muchísimo género. Y…

La chica estaba tan excitada haciendo inventario de las desgracias que y ni siquiera se retiró para dejarme desayunar a solas. No me importó. Al fin y al cabo, en Dublín solía leer el periódico mientras desayunaba, y en Dowan, a falta de periódico, estaba bien tener a Kate.

Después del desayuno me dirigí a la consulta y lo dispuse todo para comenzar la jornada. En el mismo instante que terminé de ordenar mi escritorio sonó la primera campana de la mañana.

Oí a Kate correr a abrir y escuché cómo se desarrollaba una conversación en el vestíbulo. Después apareció Kate otra vez, con gesto de extrañeza en el rostro.

- Es John Mulvaney – anunció – Trae un caballo para usted. Dice que ha ocurrido algo en Sandyford.

- Hágale pasar – le dije

John Mulvaney era un chico de doce años que servia en la mansión de Sandyford, a unas diez millas del Dowan. Su padre era el zapatero del pueblo. Me había pagado con un exquisito par de botines de cuero por un remedio para las jaquecas de su mujer.

Kate acompañó al muchacho hasta la consulta, que con gesto tímido se quitó la gorra y se aclaró la garganta para hablar. Dijo que traía recado del señor Coverdale de llevarme con él a Sandyrock.

-¿Algún accidente? – pregunté.

El negó con la cabeza.

- ¿Algún enfermo entonces?

El muchacho enrojeció y volvió a ladear la cabeza.

- ¡John Mulvaney! – le recriminó Kate – ¿Puedes hacer el favor de hablar por esa boca? ¿Qué es lo que ocurre? El doctor no tiene tiempo para perder.

- Es algo que ha aparecido en la playa – respondió el chico, ya completamente ruborizado - … el señor… quiere que lo vea usted.

- ¿Que algo ha aparecido…?

- Sí, señor, un bote. Lo trajo la tormenta.

- ¿Y para que me necesita allí? Seguramente será uno de los que han desaparecido del puerto esta noche.

- No lo creo señor – dijo John - Verá … es mejor que venga y lo vea usted.

Me quedé en silencio mirando a John. Estaba como asustado, sumido en un inconfesable secreto, y decidí no hacerle más preguntas. El señor Coverdale era un hacendado inglés dueño de prácticamente toda la isla. Habíamos charlado en cierta ocasión, meses atrás, durante una revisión médica que me pagó generosamente. No me pareció un hombre tendente a la exageración ni a las bromas. Así que decidí que aquel misterio debía tener cierto fundamento.

Apuré mi té y le pedí a Kate mi gabán. Tras preparar un maletín con equipo básico, salí con John a la calle, donde nos esperaban dos magníficos caballos.

Tomamos el camino de Santry Hill, la colina más alta de las tres que rodeaban el poblado de Dowan. Al llegar allí vimos los dos árboles que los rayos habían partido e incendiado esa noche. Aún humeaban. Desde allí se tenía una buena vista del pueblo. El puerto, tal y como había dicho Kate, uno de los dos barcos pesqueros estaba escorado. Una cuadrilla de hombres se esforzaba por enderezarlo mientras otros achicaban el agua. Pensé que aquello costaría una verdadera fortuna a la economía local.

Cabalgamos por el camino que bordeaba los acantilados de Ben Guillian (Llamados así en honor a un antiguo fantasma local que debió suicidarse allí) y llegamos a la “roca del águila” desde donde se divisaba la mansión de Sandyrock.

El cielo estaba claro, sin una brizna de viento, y el mar estaba radiante. En contraste con el azul, relucía la blanca fachada de la mansión, una elegante casa señorial de tres plantas rodeada de una brillante extensión de hierba y pequeños jardines. La casa estaba construida sobre un saliente bajo el cual las olas se batían en espumosos ataques contra la roca negra. A cien yardas de ella, rendida a la fuerza de la naturaleza, se abría una cala de arena blanca. Sobre ella avisté un grupo de personas rodeando un negro objeto que yacía varado junto a la orilla.

Arreé mi caballo.

Edward Coverdale tenía porte de artista más que de aristócrata. Tendría unos cuarenta años, o quizás más, pero su rostro parecía resistir los efectos de la edad. Vestía de una forma un tanto bohemia -botines negros, pantalones estrechos y una amplia camisa blanca que se hinchaba como una vela al viento - , y llevaba el pelo largo, recogido en una coleta. Era el suyo un aspecto más apropiado para un actor del west end londinense que para un distinguido terrateniente Irlandés, cosa que al parecer (según sabía por los chismes de Kate) también irritaba a sus parentela, que lo habría enviado a administrar aquella remota hacienda para alejarlo de los “círculos” Dublineses.

También sabía que en el pueblo no le profesaban mucha simpatía. No debía de ser un terrateniente demasiado fiero - le bastaba con cobrar las rentas aunque llegasen con cierto retraso - pero sus dedicaciones artísticas (como la pintura o la literatura) y cierta afición por el estudio de los vestigios celtas de Dowan habían ayudado a granjearle una fama oscura entre los supersticiosos parroquianos; Además, no faltaban las leyendas sobre pactos con el diablo y brujería que los contadores de historias locales (encabezados por Gallagher) se habían encargado de inventar aprovechando sus poco habituales aficiones.

- Temo haberle molestado en una mañana especialmente agitada – me saludó nada más desmontar- ¿Cómo ha despertado el pueblo? ¿Ha habido muchos destrozos?

- Uno de los pesqueros resultó dañado – respondí - , por lo demás todo parecen cosas menores. Tejas rotas y algún negocio inundado. Sobreviviremos. ¿Y que hay de usted?

- El viento casi se lleva uno de los establos esta noche. También me rompió un par de ventanas. Y también trajo eso – dijo señalando a un bote que yacía varado a unas diez yardas de nosotros - Uno de los mozos lo encontró ésta mañana – continuó diciendo - La tormenta debió arrastrarlo hasta aquí desde alta mar. Y por lo que encontramos en su interior, supongo que llevaba vagando a la deriva bastante tiempo. ¿Quiere echarle un vistazo?

- Por supuesto – respondí.

Coverdale sacó entonces un foulard blanco que llevaba en una de sus mangas y me lo ofreció

- Será mejor que se tape la nariz y boca.

Extrañado, pero sin hacer preguntas, tomé el pañuelo y arrancamos a caminar hacía el bote. Mientras lo hacíamos me percaté del sepulcral silencio que nos rodeaba. Había allí un par de mozos además de John y todos permanecían en silencio, guardando una buena distancia respecto del bote.

A medida que nos acercábamos comencé a percibir un fuerte olor a descomposición que fue haciéndose más fuerte a cada paso que dábamos. Tomé el pañuelo de Coverdale y me lo coloqué a modo de máscara, debatiéndome entre la curiosidad y el temor sobre el origen de semejante fetidez.

El bote yacía varado, hundido en la arena que brillaba como un espejo. Una capa de costra se extendía por su casco, salpicado de grietas y suciedad. Lo primero que mis ojos distinguieron, aun en la distancia, fue una capa de algas oscuras que cubrían prácticamente todo el interior de la lancha. Sobre ella se arremolinaba un enjambre de moscas enloquecidas. Pero había algo más allí, una forma acurrucada bajo de aquella carpa amarillenta y resquebrajada… No tardé en verlo. Y el espanto hizo que retrocediera inconscientemente.

Debajo de la carpa, enredado entre aquellas algas putrefactas asomaba el horrible cadáver de un hombre. Era un muñeco atroz. Como una marioneta hecha de tela de saco. No tenía ojos, tan solo dos cuencas vacías. Su boca, por la que entraban y salían aquellas laboriosas moscas en busca de alimento, era como una negra caverna sin fondo. El resto de su cuerpo, medio cubierto de harapos desgarrados por el sol y el salitre, mostraba una piel cauterizada, reseca y dura como jamás había visto en ningún otro cadáver antes (ni siquiera en mis prácticas de la universidad donde a veces los traficantes de cuerpos traían desechos de la peor clase)

Aquella visión y el hedor que emanaba me marearon levemente. Noté que mi sangre abandonaba las arterias de mi cuello, de mi cerebro, y se retiraba en dirección al estómago. Me costó mantenerme firme. Cerré los ojos y dejé que la brisa del mar me soplase en el rostro durante unos segundos. Después volvi en mí.

- Bonita visión ¿eh doctor? – bromeó Coverdale a mi lado.

- Es dantesco – acerté a decir – Jamás había visto un cadáver en semejante estado

- ¿Cuánto calcula usted que llevará muerto?

- A primera vista diría que murió hace más de doce meses, pero es difícil decirlo con certeza. Será mejor que le eche un vistazo.

Abrí mi maletín, me coloqué un par de guantes de caucho y unos anteojos. Después me bañé el bigote con un poco de alcohol de romero para amortiguar el olor y hecho esto rodeé el bote para tener mejor acceso al cuerpo. Tomé un pequeño escalpelo y me acerqué a su tórax. La piel, obscurecida, se había desecado completamente adosándose al esqueleto. Una pequeña incisión bastó para comprobar que no había signos de putrefacción. La piel era como una capa de cuero correoso y el interior de aquel cuerpo estaba hueco como una nuez podrida.

- El cadáver presenta todos los signos de un proceso de momificación. Tiene la piel cauterizada y los órganos internos se habían desvanecido. Por lo demás no presenta fracturas ni heridas graves tan solo pequeñas lesiones post-mortem, probablemente producto de picaduras de aves e insectos. Diría que murió de sed o de inanición, hace más de doce meses. Probablemente se extravió en alta mar. O fue victima de un naufragio. Lo que está claro es que esta sería la lancha de salvamento de un buque mayor.

-Del “Fiorod” – dijo Coverdale.

- ¿Disculpe?

- Ese es el nombre del barco. FIOROD. Mírelo, ahí en la proa – dijo señalando la embarcación.

Efectivamente, allí aún se podían distinguir las 6 letras que formaban la palabra FIOROD.

- Parece un nombre escandinavo – reflexionó Coverdale - Sueco o Noruego, tal vez. ¿Le suena haberlo leído en la prensa?

La prensa de aquellos días solía dar relieve a los naufragios. Era un tema de atractiva morbosidad tras el desastre del Titanic, acaecido apenas ocho años atrás. Pero no recordaba haber oído el nombre del Fiorod recientemente. En cambio recordé el caso del Criterion, un carguero Belga hundido en las aguas del Caribe, que había copado algunas planas editoriales meses atrás.

- Aunque no necesariamente debe ser la victima de un naufragio – añadí – pues también puede que se tratara de un polizón huido. Ya se han oído casos parecidos antes. Un desgraciado se cuela en un carguero en busca de alimento y transporte gratis. Sus pequeños robos y sus restos son detectados por la tripulación y comienza un rastreo por la nave, lo que le empuja a robar una barca y hacerse a la mar. El resto es bien sabido. Son pocas las posibilidades de sobrevivir en esa inmensidad de agua salada, bajo ese sol impenitente… Aunque claro que esto es solo una teoría. Lo mejor será ponerse en contacto con las autoridades y dejar que ellos esclarezcan el misterio.

- Tengo amigos en la comandancia naval de Belfast – dijo Coverdale - Mañana mismo les pondré un telegrama. ¿Qué cree que deberíamos hacer con el cuerpo mientras tanto?

- Lo mejor sería conservarlo. Quizá terminemos dando con su familia y es de esperar que deseen recuperar sus restos. Por higiene sugeriría enterrarlo temporalmente en alguna parte. En cuanto al bote, creo que podría ser una prueba de valor si es que finalmente nos encontramos ante un naufragio. ¿Tendrá sitio para ambas cosas?

- Creo que podré hacer un sitio en el viejo cementerio familiar – respondió Coverdale - En cuanto al bote, supongo que el mejor lugar son los establos…. ¿Cree que pueda traer alguna enfermedad? Los mozos no se atreven a acercarse por el olor. Dicen que tiene la peste.

- No debe preocuparse por eso – dije - En su estado, es ya como un esqueleto. Todo se ha descompuesto.

- Pero ¿Y el olor? – preguntó Coverdale.

- Creo que procede de estas algas – dije tomando un manojo de aquella desagradable vegetación que lo cubría todo – Debieron abordar el bote en alguna tormenta y se habrán ido pudriendo en con el tiempo.

- De acuerdo entonces – llamó Coverdale - ¡Duncan! Ve a la casa y trae dos palas. Dile a la señora Davis que te de una sabana grande o una bandera ¡John! ¡Bill! Acercaos.

John y Bill, ambos muchachos de no mas de quince años, dudaron unos segundos en acatar aquella orden.

- ¡Vamos! El doctor ha dicho que no hay nada que temer – les arengó Coverdale

Los muchachos se acercaron con el miedo dibujado en el rostro. Coverdale les ordenó que volcaran el bote y así lo hicieron. La cáscara de nuez quedó boca abajo. Los mozos volvieron a coger las bordas y, a la de tres, empujaron hacía arriba haciendo rodar el bote otra vez sobre la arena hasta que recobró su posición original.

Justo al lado, rodeado por la silueta elipsoidal de la borda impresa en la arena, yacía el esqueleto de aquel desgraciado, cubierto de aquellas negras algas. Uno de sus brazos se había desprendido por efecto de la caída y su pierna había adoptado una flexión imposible..

Duncan llegaba en ese instante portando las dos palas y una gran sabana blanca. Los mozos trabajaron con el asco dibujado en el rostro. Utilizaron sus palas a ciegas, empujando arena, algas y huesos por doquier, hasta que la playa quedo limpia de aquellos restos. Después envolvieron el conglomerado, le hicieron dos nudos en los extremos, y lo portaron, como una gigantesca larva, colina arriba, hasta el cementerio familiar, donde Coverdale les ordenó que cavaran una tumba en el terreno de los “honrados”, que era como llamaban al cementerio de la servidumbre.

En esos instantes estaba yo junto al bote, cuya superficie estaba ahora limpia, y mis ojos quisieron ir a fijarse en una especie de repetitivo dibujo que aparecía tallado en uno de los bancos. Cuando me acerqué descubrí que el dibujo se extendía por todo lo largo de aquella madera y que eran en realidad letras, cientos de ellas, talladas en la superficie del banco.

El corazón me dio un brinco en el pecho.

- ¡Coverdale! – grité -¡Venga, mire esto!

Cuando llegó a mi lado yo estaba ya de rodillas junto al bote, limpiando la arena que cubría la talla.

- Dios Santo – exclamó Coverdale al ver aquello – Son palabras, ¡cientos de ellas!

- Y no solo en este banco, observe…el resto de los bancos. Todos están llenos de palabras.

Era una visión impresionante y dramática al mismo tiempo. Las letras habían sido talladas con esmero, tratando de mantener una caligrafía moderada, aunque había debido de resultar claramente difícil. Había palabras y frases el doble de grandes que otras. Debía tratarse de un diario de a bordo, o quizá de los últimos pensamientos de un hombre perdido en la soledad de la mar.

- ¿Reconoce el idioma? – preguntó Coverdale.

- Es alemán – respondí casi sin aliento por la emoción - Estoy casi seguro. Aprendí algo en mi época de estudiante.

- ¿Cree que podría traducirlo?

- Podría intentarlo – dije sin separar la vista de aquellas palabras -. Aunque necesitaré un diccionario, y bastante tiempo.

Coverdale dijo estar seguro de que poseía uno en la biblioteca de la casa.

- ¡Qué misterio encerrarán esas palabras! – dijo con excitación – Quizá expliquen lo ocurrido en el barco. O desvelen un misterio aún mayor. ¡Como un tesoro!

- O quizá – opiné con menos ambición – Tan solo sea un diario de viaje. EL único entretenimiento de un hombre perdido en la mar.

Coverdale estaba tan emocionado con aquello que sugirió empezar a trabajar en la traducción lo antes posible. Dijo que podría instalar el bote en uno de sus establos vacíos y que yo podría ir a trabajar cuando quisiera. O mejor, ¿tenía yo algún espacio en el pueblo para almacenarlo? Así podría dedicarle cada minuto de mi tiempo, sin necesidad de cabalgar hasta Sandyrock.

Recordé entonces un viejo e inútil cobertizo que había en mi jardín trasero y le propuse trasladar el bote allí.

- Podré trabajar por la noche, después de las consultas. Y probablemente tengamos resultados en breve.

Coverdale estuvo de acuerdo. Estaba tan excitado por el descubrimiento que hubiese hecho construir un establo para ello si hiciese falta. Supongo que su carácter imaginativo y curioso encontraba en aquel misterio una fuente de diversión inigualable.

Dos jóvenes sirvientas aparecieron en la playa al cabo de veinte minutos, portando cubos de agua con sal hirviendo. Fregaron el bote de arriba a abajo. Cuando terminaron, Coverdale llamó a Duncan y a John y les ordenó montar el bote en un carro y llevarlo a Dowan. Y me prometió que le avisaría en cuanto hubiera desvelado el contenido de aquel texto.

- Será el primero en saber de qué se trata – le prometí.

*

De vuelta a Dowan, guié a los mozos por el camino trasero de High Street hasta la entrada trasera de mi casa, que se hacía por el cobertizo. Una vez descargado e instalado dentro, di una propina a los muchachos y les dejé marchar.

No pude dedicarle mucha atención durante el día ya que tenía una cola de personas esperando en la consulta. La señora Houllihan venía a por su preparado para el asma y de paso a contarme sus mil y una preocupaciones, casi siempre centradas en la afición de su marido por la cerveza. Después pasó McCarthy, el hijo del herrero, a quién había practicado una operación de apendicitis tres semanas antes. Le revisé la herida, que tenía mejor aspecto, y volvi a desinfectársela. Después le rehice la cura y le dejé marchar. Las otras tres visitas eran cosas menores. Las despaché enseguida y después me senté a almorzar una rica sopa de pescado que Kate me había dejado caliente sobre el fuego.

Mientras degustaba mi chowder, pensaba en ese bote que ahora descansaba en mi cobertizo. Una mezcla de emoción y miedo me recorría las venas recordando el rostro vacío de ese muerto… y la narración que había dejado tallada en su bote de naufrago.

¿Quién sería ese hombre? ¿Dónde estaría el barco en el que viajaba? ¿Qué les sucedió a sus compañeros? Quizá fuese un polizón que huyo antes de ser descubierto, un criminal. Quizá en ese testamento tallado en madera dejó escrita la localización de algún tesoro. En cualquier caso, estaba claro que aquel era el bote de salvamento de un barco, el FIOROD, y que esa era una primera pista que había que investigar.

Nada más terminar el almuerzo subí al desván y me puse a rebuscar entre la multitud de baúles que había hecho traer desde Dublín. Tardé un poco en dar con lo que buscaba: Un juego de tres horribles candelabros que mi tía Meredith me había regalado por mi veintiunavo cumpleaños y que jamás había estrenado. Bien, ese día era perfecto para hacerlo. Tomé también una caja de velas y bajé a mi estudio. Allí me aprovisioné de dos plumas, dos tinteros, una lupa y un fajo de pliegos de papel nuevos. Con todo este cargamento bajé haciendo malabarismos hasta la planta principal, y desde allí, crucé el jardín y me dirigí al cobertizo.

Comencé organizando un poco el espacio. El bote ocupaba ahora prácticamente la mitad del espacio, y la otra mitad era una confusión de herramientas de jardinería, viejas maletas, telarañas y cilindros de turba para la chimenea. Aparté un poco todo aquel desorden y logré abrir un pequeño camino junto al bote. Después, calcé el casco de la embarcación con unos tacos de madera y trozos de turba, y una vez estuvo bien estabilizado, subí a bordo.

Aunque ahora estuviera limpio, el bote aún emanaba cierto olor a amoniaco. No en vano había sido el lecho de muerte (y descomposición) de un hombre y eso me causó un tremendo respeto, tanto que antes de proseguir, recé una pequeña oración por el alma del pobre diablo.

Hecho esto, tomé uno de los candelabros de mi tía Meredith y lo cargué de velas. Una vez encendido el fuego, las talladuras se hicieron visibles ante mis ojos.

Recorrí los bancos, uno detrás de otro, observándolos en silencio. Aquellas eran las últimas palabras de un hombre; su último suspiro en vida. Y no parecían limitarse a ser una o dos reflexiones finales. Realmente, aquellas tablas, parecían contener algún tipo de narración. Supuse que el primer misterio que debía resolver era donde se situaba el principio de tal narración.

Después de estudiar las tallas durante un rato concluí que había cierta progresión en la calidad del trabajo. La caligrafía pasaba por diferentes etapas, desde una torpe y llena de fallos y borrones (incluso algo que me parecido manchas de sangre), a una más clara y diestra, en la que el espacio del banco estaba muy bien aprovechado (hasta albergar un millar de palabras, calculé aproximadamente) Esta evolución también respetaba un orden cardinal en la bancada, que iba de popa a proa, con lo que me figuré que la historia, fuera lo que fuera lo que contuviese, debía comenzar en el banco de popa, que –supuse- era también el lugar más lógico para empezar teniendo en cuenta que la carpa donde el náufrago se había refugiado también estaba a popa.

Tomé una vieja maleta y la utilicé de asiento. Después, situé otro par de candelabros estratégicamente, de forma que el banco quedase completamente iluminado. A esas horas de la tarde ya había comenzado a oscurecer y la lluvia golpeaba contra el tejado del cobertizo. Alisé un pliego de papel a un lado del banco, después situé el diccionario de Coverdale sobre él. Para finalizar, abrí uno de los tinteros y deje una pluma cebándose en él. Ya estaba listo para comenzar. Tomé la pluma y escribí en la cabecera del papel.

Traducción de las tallas encontradas en el bote de salvamento del Fiorod, que arribó en la costa de Dowan - Condado de Donegal, Irlanda - el 4 de Abril de 1928.”.

Acto seguido leí la primera frase y fui traduciéndola poco a poco. Las primeras palabras me constaron un esfuerzo considerable, ya que, para empezar, tenía que acostumbrarme a la caligrafía de aquel hombre (incluyendo los caracteres específicos del alemán) y por otra parte mí alemán había sufrido un proceso de oxidación grave desde los tiempos de la universidad. Aún así en la primera hora conseguí traducir más de la mitad del primer banco, y el proceso iba cada vez más rápido, hasta el punto que, en cierto momento, debí perder la noción del tiempo.

Una nueva borrasca comenzó a azotar la costa y yo me sumergí de lleno en aquella historia

Traducción de las tallas encontradas en el bote de salvamento del Fiorod, que arribó en la costa de Dowan, Condado de Donegal, el 4 de Abril de 1928.

Traducción por el Doctor Conol Baterston.

(N. del T: El primer banco comienza con unos caracteres ilegibles, emborronados por grandes manchas. Creo que trataba de escribir aquí su nombre y una fecha. Me atrevo a sugerir Fritz Heller, Geller o incluso Heger, y como fecha, el 3 o el 5 de Abril de 1908. El resto continua como se transcribe a continuación…)

…Hoy probablemente será Martes, aunque ya no tengo ninguna seguridad sobre esto (N. Del T: Frase corta, de 3 palabras, ilegible…) Deben haber pasado 3 semanas desde el naufragio del Fiorod. He decidido comenzar a escribir la historia del nuestros últimos días a bordo, aunque sea sobre la dura madera de este bote de salvamento. Es una historia que debe ser contada, y dudo que pueda hacerlo en otra parte, pues a estas alturas tengo claro que moriré aquí, en este bote.

(N. del T.: Siguen algunas tallas, dibujos o ensayos sin sentido. Después, en la línea siguiente comienza el bloque de la narración)

Lo me dispongo a relatar es difícil de creer. Incluso yo dudo de mis propios recuerdos al intentar repasar los hechos. Las cosas que presencié durante los últimos días del Fiorod nos envolvieron a todos en una suerte de locura. A veces se me aparecen en sueños, como seres y paisajes de pesadilla. Pero todo era real. Lo suficientemente real para acabar con un barco y su tripulación.

Comencemos por el principio. Mi nombre, ya escrito en lo alto, debería guiar a quién quiera que encuentre esto hasta mi familia en Hamburgo. Mis padres ostentan uno de las relojerías más antiguas de la ciudad. Ellos darán fe de que me enrolé y formaba parte de la tripulación del Fiorod cuando partió de Hamburgo el mes de noviembre de 1907.

En realidad nunca me había planteado hacerme a la mar. Yo soy hijo de un artesano ilustre, fui educado en un buen colegio, y mi destino debía estar en el negocio familiar. Precisamente ese era el problema, que yo nunca admití ese rígido destino que a otro hubiera hecho feliz. Todo lo que quería era viajar, conocer mundo, no pasarme la vida arreglando tuercas en la trastienda del negocio familiar. Por fin un día decidí hacerlo, después de una gran disputa con mi padre. Me enrolé por pura rabia y mi mayor tristeza ahora, en esta terrible soledad del océano, es pensar que quizá las últimas palabras que le dije fueron un tremendo error. Solo me gustaría vivir para poder pedirle perdón y darle un abrazo, algún día. Aunque dudo que ese día termine por llegar.

Como digo, me enrole en el Fiorod en el mes de Noviembre de 1907, por intermediación de un amigo. En un principio fui rechazado por mi constitución débil y mi nula experiencia en asuntos de la mar, pero tras prometer que trabajaría duro y no me quejaría en ningún momento, el capitán Wenkel decidió darme una oportunidad y me admitió a bordo, entre rumores y gestos de desaprobación de los otros marineros.

El paquebote partió de Hamburgo a finales de 1907 con destino a la Habana, con 11 hombres a bordo. Portábamos un cargamento de piezas industriales para la construcción de navios. De allí cargados con plátano y zapatos, navegaríamos hasta Maracaibo y mas tarde Mar de Plata, y de allí surcaríamos el océano hasta Sudáfrica - Ciudad del Cabo - donde haríamos el último cargo de alcohol industrial antes de regresar a Hamburgo, 12 meses más tarde.

Todo marchó según lo previsto hasta La Habana. Nuestra nave era rápida, una de las primeras de su época propulsada por un motor Diesel. De hecho, uno de los objetivos del viaje era establecer nuevos tiempos para la compañía naviera, y de ahí que viajásemos a toda máquina, forzando al límite los motores en un loco intento de conseguir buenas marcas. Mucho mas tarde Wenkel dijo que esto no había tenido nada que ver con el accidente, pero yo estoy seguro de que ese exceso fue parte importante de lo que vino a ocurrir después.

Por lo demás, la vida a bordo era normal. Pese al duro trabajo de a bordo y a las burlas (y algún que otro golpe) que recibía por mi condición de grumete, yo estaba entusiasmado con aquella experiencia. Por las noches, después de la cena, salía a cubierta y miraba las estrellas, maravillado, mientras los hombres fumaban sus pipas en silencio, con un océano de melancolía en el fondo de sus ojos. Se contaban historias, se cantaban canciones, y el corazón se llenaba de horizontes lejanos, de exóticas bellezas y de sueños paradisíacos. Los hombres me decían que ahora estaba “herido” para siempre, y era cierto. Juré a la estrellas que jamás volvería a Hamburgo, y mucho menos a arreglar relojes en la pequeña tienda familiar. Ahora mi corazón estaba lleno de grandes sueños.

Nuestra suerte cambio unos días después de dejar La Habana. Tras unos días de diversión regresamos a bordo, dispuestos a ponernos en marcha, y el capitán Wenkel informó que, en vez de seguir la ruta directa hacia Maracaibo, navegaríamos en línea recta hasta Puerto Rico para hacer una nueva medición de tiempos, lo que supondría una semana más de viaje que la compañía ya había negociado con nuestros diferentes destinos.

Fue al abandonar el amparo de las islas Caicos cuando comenzamos a vislumbrar el terrible clima que comenzaba a avecinarse en el océano. Una gigantesca columna de nubes negras, rayos y viento huracanado giraba pesadamente a varias millas al norte de nosotros, sin decidirse sobre que dirección tomar. Parecía arrastrar hacía si todos los vientos y el agua del océano. El cielo comenzó a oscurecer gradualmente y el calor tropical se convirtió en frío. Uno de los veteranos dijo que jamás había visto un clima tan malo y que nos las veríamos con el demonio si llegábamos a ser atrapados por la tormenta. Yo crucé los dedos de las manos y de los pies esperando que esto no ocurriera. Pero de nada sirvió.

Wenkel puso el Fiorod a toda máquina, confiando en nuestra velocidad de crucero para evitar el tifón, pero solo una hora mas tarde de haber comenzado la carrera , como una mala jugada del destino, nuestro presumido motor, envidia de otras naves de la competencia, reventó en un terrible estallido.

El barco enteró se sacudió por la explosión. Los tragaderos comenzaron exhalar una densa humareda, y el monótono ronroneo del motor se paró dando paso a un mortal silencio. Entonces no nos preocupaba este hecho, ya que todos nuestros esfuerzos se volcaban en extinguir el incendio desatado en la sala de máquinas y en rescatar a los hombres atrapados allí. Terjen, el maquinista noruego, resultó gravemente herido. Fue trasladado al camarote del capitán, casi en estado de coma. Recuerdo que le vi pasar entre la multitud, con la piel calcinada y humeante, como un trozo de carne recién sacado de una parrilla. Ya entonces dudé de que ese hombre pudiera reponerse de semejantes heridas.

En medio de todo ese caos, la peonza diabólica terminó por decidirse. Jamás en mi vida habría imaginado que semejante tormenta pudiera desplazarse en cuestión de minutos. Cayó sobre nosotros con la fuerza de mil cataratas. Levantó el mar, encendió los cielos y aulló enloquecida como una bruja montada en una escoba de fuego.

La avería, catastrófica y en el peor momento imaginable, convirtió al Fiorod en un insecto a merced del tifón. Era tarde para tratar de desplegar las velas así que Wenkel ordenó a los hombres ponerse a cubierto, lejos de los botes o los contenedores, que podrían aplastar a alguien si llegaban a soltarse. Solo el segundo de a bordo y Wenkel quedarían a cargo del timón. El resto debía aguantar y rezar lo que supiera.

Lisandro, el cocinero portugués, me cogió del gaznate y me llevó con él a la cocina. Allí tras ponernos los chalecos me instó a que rezase. Por alguna irónica casualidad recordé aquellas palabras de Shakespeare: “Un cobarde muere mil veces, un valiente solo se preocupa de hacerlo una vez”. Me vino a la mente la plácida callejuela de nuestra tienda en Hamburgo. Las palomas y los niños compartiendo la calle en un bonito día de primavera y mi padre, apoyado en el marco de la puerta, saludando a los transeúntes mientras daba suaves caladas a su pipa. Recé para vivir y volver a verle, para aburrirme eternamente en aquella tiendita, mientras unas lágrimas de niño surcaban mi rostro y comenzaba a enunciar un padre nuestro.

La tormenta abrió sus fauces y nos engulló sin piedad. En la cocina volaron los cazos y los platos. Las despensas reventaron y la fruta corrió libre por el suelo, de un lado al otro siguiendo las vertiginosas inclinaciones del barco. Las gallinas, liberadas de sus jaulas, revoloteaban histéricas llenándolo todo de plumas.

El barco gemía como la victima de una tortura impensable. Su esqueleto se retorcía, estiraba y aullaba como un monstruo a punto de punto de partirse en dos. El suelo se inclinó hasta formar un pared vertical y yo me sujeté a las patas de una mesa para evitar estrellarme contra las paredes ahora transformadas en suelo. Lisandro desapareció. Le oí gritar desde alguna parte, pero fui incapaz de distinguirle. El agua había comenzado a entrar a oleadas por las puertas y escotillas, inundándolo todo. Algo me golpeó en la cara y perdí el control, yéndome a zambullir en aquel mar de platos, cazuelas, coles y gallinas. Entonces un armario entero me vino encima y me sacudió en la cabeza, tan fuerte que perdí el sentido. Recuerdo verme sumergido en el agua, con una columna de burbujas de aire escapando de mi boca, y decirle adiós a la vida mientras mi vista se nublaba hasta apagarse del todo.

***

Soñé que ascendíamos por los cielos, en un viaje que duraba siglos. Después, el rostro de una persona familiar me hablaba. Me dijo que lo sentía, pero que nunca podría entrar en el cielo.

(N. del T.: Se acompaña un dibujo de una mujer. ¿La virgen?)

(N. del T II: A partir de aquí la caligrafía mejora sustancialmente. Las letras son más comprimidas y de tamaño estable.)

***

Me despertó una mezcla de frío y de dolor. Estaba enterrado bajo un montón de sillas y cazuelas, en un rincón de la cocina. El agua se había retirado, pero yo aún seguía empapado, tiritando, y con un terrible dolor en la cabeza y el hombro derecho. Todo estaba terriblemente quieto y en silencio.

Escuché voces afuera. Me levanté como pude y salí a cubierta, cojeando y entre dolores, pero feliz de seguir vivo. Una densa bruma me envolvió nada más salir a cubierta. Caminé a tientas, guiándome con la borda, hasta la cubierta de carga. Allí se había organizado un verdadero lío. Había contenedores desperdigados por todos sitios, formando un pequeño laberinto. Algunos se habían ido a chocar contra las barandas, deformándolas. Vi a varios hombres por allí, sus siluetas iban y venían a través de la niebla y los contenedores, como fantasmas. Me acerqué a uno y resultó ser Jens, un tipo bruto y desagradable que no me caía demasiado bien. Pero en aquellas circunstancias no me importaban mucho nuestras relaciones pasadas. Le pregunté qué sucedía:

- Algunas cadenas de amarre han reventado y los contenedores han patinado sobre cubierta – respondió – creo que hemos perdido un par de ellos.

- Pero ¿dónde estamos?

- El capitán está tratando de averiguarlo. Al parecer la tormenta nos arrastró millas mar adentro. Algunos dicen que al noreste.

Aventó el aire con su mano para apartar la bruma que flotaba suspendida entre nosotros.

- Dicen que Terjen ha muerto. ¿Tú estás bien? – dijo señalándome al brazo, del que yo me dolía con una mano.

- Me duele el hombro como si me hubieran metido un clavo- respondí -, pero estoy bien. ¿Qué es esta bruma?

- Nadie lo sabe. Yo nunca había visto nada igual.

Jens me dijo que había gente curándose en la enfermería y allí me dirigí. Según entre, vi a Lisandro tumbado en la camilla, con una gran venda en la cabeza. Un tipo de Rostok, creo que se llamaba Bastian, hacía las funciones de enfermero. Me asusté al ver a Lisandro medio muerto. Era casi mi mejor amigo en el barco. Pero enseguida sonrió y me cogió de la mano, diciéndome que estaba bien. Tan solo se había golpeado un poco la cabeza y había perdido el conocimiento por un instante. El zarandeo del barco le empujó hasta la cubierta y allí corrió peligro de caer al mar. Pero una ola se encargó de espabilarlo y pasó el resto de la tormenta abrazado a una chimenea.

Le pregunté si era verdad lo de Terjen y me respondió asintiendo con la cabeza. Bastian, el que hacía de enfermero, dijo que debía tener todo el cuerpo quemado por el fuego y que no hubiera resistido en ningún caso.

Después me invitó a que me sentara para ser reconocido.

Lo de mi hombro resultó ser una luxación debido al golpe. Bastian me miró el la cabeza, que le preocupaba más, pero terminó decidiendo que aquello era una herida superficial. Me dio un trago de coñac y me mandó de nuevo a cubierta.

El capitán Wenkel acababa de convocar una reunión. Se hizo un recuento de los hombres y por fortuna – y con la triste excepción de Terjen - estábamos todos. Después llegaron las malas noticias. Además de la pérdida de dos contenedores y algunos daños menores en el barco, Wenkel nos informó de que el palo mayor se había partido durante el embate de la tormenta y ahora solo nos quedaba el Diesel como fuerza de empuje. La prioridad absoluta era reparar el motor. Sin él, quedábamos a merced del océano, incapaces de movernos o esquivar la siguiente tormenta. El capitán también habló claro al respecto de nuestra posición. No tenía ni idea de donde estábamos y, a menos que aquella niebla se disipara un poco, sería imposible utilizar el sextante. Dijo que, por la dirección inicial de la tormenta, calculaba que habríamos sido desplazados al norte de Santo Domingo, un número indefinido de millas, pero que si no se equivocaba debíamos estar cerca de Mayaguana. Las despensas estaban llenas de alimentos y había agua y bebida suficientes. Wenkel estimó que racionando los viveres y pescando podríamos subsistir cómodamente hasta que el motor estuviera listo. Por otra parte, era probable que Hamburgo, al no recibir noticias, enviase una misión de rescate. Sus palabras llenaron mi corazón de esperanza y me imaginé contando mis hazañas de vuelta a Hamburgo. No sólo había cruzado el océano como grumete, sino que mi barco había estado a punto de irse a pique. Una aventura que pocos hombres podían incluir en sus memorias.

Esa misma tarde se ofició un funeral por Terjen y durante la ceremonia ocurrió algo que generó gran malestar entre los hombres.

Tras haber recitado unos versículos escogidos, el capitán dio orden de lanzar el cadáver al océano. Oímos chocar el cuerpo contra la superficie del mar, ya que la densa niebla nos impedía verlo con nuestros propios ojos. Entonces, apenas unos segundos más tarde, se escuchó una especie de susurro cortando el agua, como el cascabeleo de mil serpientes rayando la superficie del mar. Los que se habían encargado de lanzar el cuerpo al agua (Lisandro y Jens entre ellos) se asomaron siguiendo el creciente sonido pero no pudieron ver nada.

- ¿Qué es eso?

-¡Tiburones! – gritó alguien – ¡Se están comiendo el cuerpo de Terjen!

Al oírlo, Jens gritó de frustración. Los maldijo y corrió a buscar un arpón, que lanzó a ciegas entre la niebla, aunque esto no sirvió para mucho. El sonido continuó durante unos segundos más y después se alejó hasta desaparecer.

Consternados y en silencio nos pasamos una botella de coñac de mano en mano mientras rezábamos una última oración por el alma de Terjen. Oí a alguien decir a mis espaldas que “aquello no sonaba como unos tiburones” pero otra voz le mandó callar.

Wenkel nos concedió media hora antes de ordenar a todo el mundo ponerse manos a la obra.

Pasaron dos días en los que reinó cierto optimismo. Los hombres elegidos para arreglar el motor informaron, al cabo de una larga jornada analizando la máquina, de que creían haber encontrado el sistema de volverla a la vida. Mientras tanto los demás nos afanamos en ordenar la carga, hacer limpieza y tratar de restaurar la rutina de a bordo.

En ese tiempo la niebla permaneció posada sobre nosotros. Nadie recordaba una niebla tan densa y persistente como aquella. No había una brizna de viento, no se oía un pájaro y la marea parecía haber muerto, como si estuviéramos en el centro de un lago. Lentamente, nuestro espíritu se fue oscureciendo con las dudas y la preocupación.

Los hombres comenzaron a ponerse nerviosos, a hablar de maldiciones. Una noche, entre pipas y ron, Donovan, un irlandés encargado de las grúas, recordó la historia del Mary Celeste, un buque fantasma que desapareció en el triángulo del diablo en el 1872 y que apareció años más tarde a la deriva frente a las costas españolas pero sin un alma a bordo ¿y sí el capitán se hubiera equivocado y estuviéramos al norte de las Bahamas, en el mismo lugar donde desapareció el Celeste? También se contaba la leyenda del Holandés Errante, el navio castigado por Dios, y de cómo la osadía del loco capitán Van Der. Decken era comparable a la ambición de Wenkel por surcar el océano a una mayor velocidad. Y que esa era la causa de nuestra tragedia.

Yo escuchaba estas historias, las saboreaba y las digería con el mayor de los terrores. Pero Lisandro me dijo que apartase la fantasía de mi cabeza. “La niebla no te matará y si el hambre. Cómete esta sopa de tortuga y deja de pensar en bobadas”

Días más tarde fui asignado a una nueva tarea: La pesca. Bastian, el tipo de Rostock, me enseñó a cebar el anzuelo y me habló sobre las especies marinas que podía esperarse sacar de aquellas aguas - dorados, borales y guatapanas – y de los trucos para tirar de ellos. Después me dejó solo con mi caña, cuya punta se perdía a veces en la bruma.

Me pasé cerca de dos horas esperando, con la caña quieta a mis pies, a sentir la más ligera vibración en mis manos, pero nada parecía querer acercarse a mi trampa. Cuando saqué el anzuelo del agua vi que el cebo de calamar había desaparecido. Solo una trazas de de pescado quedaban alrededor del anzuelo. Miré por la borda, tratando de avistar algún pez travieso, o una tortuga que pudiera estar robando mi material de caza, pero no vi nada en aquellas aguas oscuras, casi negras, que aparecían bajo la niebla. Volvi a intentarlo, pero esta vez no esperé tanto a sacar la caña. Otra vez, en menos de 30 minutos el cebo se había “disuelto” por arte de magia. Al cabo de dos horas acudí avergonzado donde Bastian, que se hallaba pescando en estribor. Al explicarle mi mala suerte él admitió estar sorprendido igualmente, ya que tampoco había sacado nada en todo el día. Resolvió probar con otro cebo, esta vez de barracuda, en vez del de calamar que habíamos venido usando. Pero de nuevo obtuvimos igual resultado. Le pregunté si era posible que no hubiera peces en aquellas aguas. Respondió un no concluyente. Me dijo que sólo una vez en su vida había visto peces tan avispados: Las pirañas del río negro, en el amazonas. Pero claro, era imposible que allí hubiese pirañas, pues estábamos en mar abierto.

- ¿Es posible que lo que devoró a Terjen fuese otra cosa y no tiburones? – le pregunté.

Bastian me dijo que dejara de pensar en tonterías y me mandó a pelar patatas a la cocina con Lisandro.

Al día siguiente volvimos a intentar pescar con los mismos resultados. Era casi embarazoso decir que no habíamos sido capaces de pescar nada en dos días, y algunos hombres, ridiculizándonos, lo intentaron por su cuenta. Pero de nuevo, aquello fue una pérdida de tiempo y solo sirvió para regalar cebo al mar. Jens arrió un bote y trató de usar la red, pues pensaba que quizá se tratase de un banco de peces muy pequeños. Pero el agua solo le devolvió agua y finalmente, abandonamos la idea de pescar y nos concentramos en economizar las provisiones al máximo. Ante aquellas noticias, Wenkel decidió redoblar el racionamiento de agua y fruta. Nadie pudo dar una explicación aceptable de por qué no había pesca rodeando el Fiorod.

Para entonces el ánimo a bordo era de un nerviosismo contenido. Cinco días flotando en ninguna parte, rodeados de aquella niebla, que a veces espesaba hasta el punto de no llegar a verse uno los pies, estaba consiguiendo hacer mella en la sólida moral de aquellos curtidos marineros. Sin noticias de Hamburgo. Sin noticias del mundo. Sin viento, pájaros, ni pesca. Era como haber muerto y estar en limbo, esperando sentencia. Todo el mundo tenía un revoltijo de miedo e incertidumbre en las tripas.

La tensión terminó por estallar el sábado. Tras pasar una semana prácticamente sumergidos en el nivel de máquinas, los hombres del equipo de reparación anunciaron que el motor estaba listo para “una prueba”. La noticia causo la euforia de todos. En silencio, con los dedos cruzados, esperamos a escuchar nuestro motor arrancar de nuevo.

Otra explosión sacudió el barco - esta vez de menores proporciones que la anterior. Los hombres fueron rescatados ilesos de la humareda, y una vez en cubierta, tiznados de negro y frustrados, comenzó una discusión. Estaban enfadados unos con otros. Schmuller, un tipo chupado con ojos de pez, dijo que la única persona que entendía mínimamente aquel nuevo engendro era Terjen, y este reposaba ahora en la tripa de uno o mas tiburones. “De nada sirve que perdáis el tiempo ahí abajo” añadió “es incluso peligroso, como acabamos de ver. Lo que menos necesitamos es otro incendio” Jens le respondió que cerrase el pico si no iba a ayudar. Era cierto que Schmuller tenia fama de cizañero. Una cosa llevó a la otra y comenzó un magnífico reparto de puños. Algunos hombres que entraron a separar terminaron llevándose alguno y decidieron devolver lo prestado. Como digo, había bastante tensión en el aire.

Wenkel se subió en un contenedor y gritó que pararan. Rugió como nunca le había oído hacerlo, y algunos hombres cesaron de inmediato, pero otros no hicieron el menor caso. Finalmente sacó un revolver y disparó al aire. Ninguno sabíamos que Wenkel tuviera un arma y aquello nos pillo a todos por sorpresa.

El combate se frenó de inmediato y se hizo un gélido silencio. Los contendientes, que apenas se tenían en pie, se sujetaban los unos a los otros mirando a Wenkel. El resto hacíamos lo propio, esperando a que rompiese el silencio.

Wenkel se había quedado mirando al frente (a la popa del barco) con su pistola humeante entre las manos. Lentamente, le vimos alzar el arma y apuntarla en dirección a un punto situado más arriba de la chimenea.

- ¡Tierra! – exclamó – Ahí delante. ¡Mirad!

Corrimos a subirnos en los contenedores, junto a Wenkel, quién pedía a gritos que alguien le subiera un catalejo. La niebla se había disipado ligeramente a popa. Allí, a unas dos o tres millas de nosotros, se vislumbraba la silueta de una isla ¡Había estado ahí todo este tiempo, pero la niebla no nos dejaba verla!

La bruma iba y venía, robando la visibilidad de aquel islote, pero pudimos hacernos una idea aproximada de su tamaño. No era demasiado grande y mostraba una gran protuberancia central que imaginamos se trataría de un volcán. Desde la lejanía era imposible hacerse una idea más clara. Además, quizá por efecto de aquella bruma, toda la isla parecía oscurecida, como una gran sombra, y era imposible distinguir los límites de la selva, las playas u otros accidentes naturales. Ni siquiera un rastreo a catalejo ayudó mucho en esto.

La aparición de la isla lo revolucionó todo. Los que se habían peleado hacía un minuto se hermanaban ahora para arriar los botes, con una sonrisa en los labios, pensando en la bella mujer o la dulce botella de ron que les esperaba al llegar a tierra. Pero entonces, repentinamente, el capitán Wenkel ordenó que quitáramos las manos de los botes.

Algunos hombres le replicaron con que tenían “derecho legítimo a desembarcar” dadas las circunstancias. Wenkel respondió que era cierto, pero que “desembarcaríamos sólo cuando fuese absolutamente seguro hacerlo”. Primero imperaba tomar ciertas precauciones, explicó. Nada sabíamos de aquella isla. No se veían luces en ella, ni señales de un puerto. Llevaba días allí y no habíamos oído un solo ruido procedente de ella. Parecía un lugar salvaje, inhóspito, y el capitán nos recordó que aún existían tribus peligrosas en muchas pequeñas islas del Caribe, así como lugares alejados de las rutas comerciales que los bandidos utilizaban como escondite.

Así que Wenkel decidió enviar una primera expedición de reconocimiento. Algunos hombres se presentaron voluntarios, ansiosos por ser los primeros en lanzarse sobre la arena de una playa, pero Wenkel formó el equipo a dedo. Los elegidos fueron el encargado de grúa Donovan, un somalí llamado Gekko, Jens y, por último, yo mismo. En aquel momento recibí el encargo como un honor; sólo más tarde me percaté que éramos, probablemente, los hombres más prescindibles del Fiorod – quizá a excepción de Jens, pero supongo que Wenkel lo incluyó por sus habilidades como tirador y también por que sabía repartir puñetazos.

Se abrió la SantaBarbara y nos proveyeron con dos fusiles y un revolver. Gekko y yo quedábamos al cargo de los remos y estableceríamos la cabeza de playa, mientras que Jens y Donovan se internarían en la isla y harían una exploración superficial. No parecía un lugar demasiado grande con lo cuál sería relativamente fácil establecer si estaba habitada o no.

Se arrió un bote y nos hicimos a la mar. Mientras los alejábamos del Fiorod los hombres nos lanzaban bromas desde la borda. “¡Cuidado con las amazonas!”, “¡Dejadnos algo de ron-miel! No os lo bebáis todo” Jens y Donovan, en la proa del bote, con sendos cañones apuntando hacia delante, debían sentirse muy seguros también. Decían que Wenkel “sería capaz de perderse en una bañera” con respecto al hecho de que no hubiera podido reconocer la isla. Jens, que se jactaba de conocer el Caribe como la palma de su mano, afirmaba que no estábamos muy lejos de la islas Turcas y que aquello, probablemente, sería uno de los pequeños islotes del archipiélago de la Buena Esperanza. No me gustó escucharles ridiculizando al capitán, sobre todo por que ambos personajes, con sus continuas borracheras y peleas, habían demostrado causar más problemas de los que resolvian.

Pronto perdimos de vista el Fiorod. Las voces de nuestros compañeros se perdieron en la niebla dando paso a un completo silencio, solamente roto por nuestro remos al chocar con el agua. Donovan, provisto con un catalejo, nos iba dando órdenes. “Un poco a babor. Un poco a estribor” ya que Gekko y yo remábamos de espaldas. A medida que íbamos avanzando su voz comenzó a sonar cada vez más trémula y entrecortada. Le escuché decir “Where is the damn beach?” entre dientes. ¿Dónde estaba la maldita playa? Jens también murmuraba palabras de sorpresa e incomprensión. Ni Gekko ni yo entendíamos la razón y la curiosidad nos quemaba en las entrañas. Yo trataba de girar la cabeza para ver algo, pero era imposible. Además, remar suponía un esfuerzo cada vez mayor, y pronto descubrimos por qué. Gekko me señaló una capa de algas que cubría su remo. Me di cuenta de que el mío también lo estaba y entonces observé un denso y oscuro banco de algas que rodeaba la barca. Estaba a punto de decírselo a Jens y Donovan, pero en ese momento recibimos la orden de parar.

Debíamos encontrarnos aún a media milla de aquella isla, que ahora emergía entre las brumas mostrándose con mayor claridad a nuestros ojos. Al verla, comprendí de inmediato las palabras de asombro que antes había escuchado a mis espaldas. Y los cuatro ocupantes del bote nos quedamos en silencio, mirándola.

Lo primero que recuerdo es aquella montaña elevándose entre las brumas. Una empinada e inmisericorde roca negra, semejante a la pared de un fiordo, que debía medir unos cien metros de altura y que en principio confundimos con un volcán. A sus pies, el atolón era poco más que una roca yerma, terminada en unos tortuosos acantilados y cubierta de una vegetación musgosa y negra. Ni rastro de selva, arena, o palmeras torcidas como habíamos esperado encontrar.

Donovan, quizá en un intento por aplacar su propio asombro, se apresuró a decir que aquello se trataba de una isla recién nacida, posiblemente a causa de una erupción volcánica submarina. Yo ignoraba el proceso de nacimiento de una isla, pero una erupción volcánica no parecía suficiente para explicar aquella tremenda pared, parecida a la vértebra dorsal de un saurio, o a la quilla de una gigantesca nave. Pero la teoría de Donovan sirvió para complacer a nuestros asustadas mentes con una buen explicación y todos la aceptamos con mayor o menor convicción.

Tras un sondeo a catalejo, Donovan avistó una pequeña bahía y Jens y él decidieron que trataríamos de desembarcar allí. Remamos despacio, entre el arrecife, donde unos largos colmillos o cuernos de roca basáltica emergían del agua como los huesos de una ballena muerta. Entre algunos de estos, descubrimos focos de agua hirviendo, lo que vino a reforzar la teoría del volcán. Además, me pregunté si no si no sería esa la causa de la persistente niebla que lo rodeaba todo.

Arribamos la pequeña bahía, donde una lengua de columnas hexagonales – que Donovan comparó con la Calzada de los Gigantes en Belfast – nos sirvió como amarradero y acceso a la isla. Según lo establecido por Wenkel, Gekko y yo nos quedaríamos al cargo del bote, con un revolver, mientras que Jens y Donovan se internarían a explorar la isla. A esas alturas, en realidad, teníamos claro que no encontraríamos ni un rastro de vida allí. Y mucho menos frutas brotando de los (inexistentes) árboles. En cualquier caso, Jens se cargó un fusil al hombro y se despidió de nosotros anunciando que volverían en media hora como mucho. Tomaron una senda que se abría entre grandes rocas, en dirección a la monolítica montaña, y pronto los perdimos de vista.

Mientras Gekko se dedicaba a jugar con el revolver, yo tomé el catalejo que Donovan había dejado en el bote y me dediqué a explorar todo cuanto tenía al alcance de la vista. La impresionante montaña era el centro de mi interés. No podía dejar de mirarla. Había en ella algo irreal, divino, algo que parecía “tallado” por la mano de un dios y no por la caótica fuerza de una naturaleza desbocada. Además, la niebla siguió disipándose y pude vislumbrar lo alto de su pico, el cuál no tenía ninguna semejanza al cráter de un volcán. De nuevo me vinieron a la mente la imagen de una quilla, o el ala de un aeroplano. Aunque mis conocimientos en geología se redujesen a peregrinas lecturas de colegial, tuve por seguro que aquello suponía un descubrimiento de primer orden y me anoté mentalmente la idea de comentárselo a Wenkel.

En varios puntos de esta pared se distinguían columnas de vapor blanco. Debía tratarse de un complejo sistema de chimeneas internas, de diferentes calibres, que se desplegaba en ramal desde una cavidad mayor, supuse que en las entrañas de la roca. Esto volvia a apuntar a un origen volcánico de la isla, pero ¿Dónde estaban los restos de coladas? De niño solía viajar a los balnearios termales de Eifel y en sus bosques había tenido la oportunidad de admirar las sinuosas formas de una lengua de lava reseca. Aquella isla en cambio, presentaba una superficie pulida y compacta como el canto de un riachuelo. ¿Cuál era entonces la procedencia de ese vapor?


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