© Neus Arqués, 2009.
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Hooked, a division of Manfatta S.L.
Milà i Fontanals, 14-26, 1º, 8ª bis
ES-08012, Barcelona, Spain
© Diseño de la portada: Jane Darroch Riley
Febrero de 2011
ISBN: 978-84-938715-1-2
Published by Hooked at Smashwords. Copyright 2011, Neus Arqués and Hooked.
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NEUS ARQUÉS: OTROS TÍTULOS

Todo tiene un precio
Tres mujeres se matriculan en un programa de postgrado con ánimo de progresar. No obstante, a lo largo del curso descubrirán que tener éxito en todas las áreas de la vida es la asignatura más difícil. Sobre las protagonistas –y el lector- planea una pregunta crítica: ¿A qué renunciarías por tu carrera?

Un hombre de pago
¿Qué hace una mujer cuando ya no la miran? Harta de ser invisible para los hombres y aconsejada por su esteticista, Rosa decide recorrer al sexo sin ataduras y contratar a un gigoló.
1 ¿PARA QUÉ CONTAR EL TIEMPO QUE SE HA IDO?
8 ANOCHE SOÑÉ QUE ALGUIEN ME QUERÍA
18 LA MONEDA CAYÓ POR EL LADO DE LA SOLEDAD
25 LA VIDA ES TAN SOLO UN MOMENTO
A PROPÓSITO DEL THÉÂTRE DE LA MODE
A mis padres y a los suyos
La recibieron con los brazos abiertos, pero poco. En ese momento Ruth no se dio cuenta: estaba en estado de shock. Sólo dos días antes buscaba taxi en pleno Marais cuando sonó el móvil y le explotó el corazón. “Hija, tu padre…”. Salió hacia Charles de Gaulle tan rápido como pudo, con destino a Barcelona.
Encargar la mortaja, hacer los papeles para enterrar a su padre como judío... ¿Quién se lo iba a decir a ella, la descreída oficial? Cuando por fin empezó el velatorio, realidad y vigilia se confundían. Ruth llevaba dos noches sin dormir. Sentada en el sofá de piel, su madre no perdía la compostura, contención inquietante en una mujer tan vital. Recibía como una esfinge a las visitas que susurraban consuelo a la vez que sospechaban de tanta serenidad. Y mamá empleaba toda su energía en no dejar que por un solo resquicio pudieran atisbar la desolación: no toleraba la debilidad pública. Encogida a su lado, Ruth se miraba los pies, sintiéndose un poco inútil. Incluso sin arreglar, su madre emanaba una fuerza que lo envolvía todo y ella, con su camisa de marca luciendo un roto en señal de duelo y los rizos despeinados, se sentía pequeña. Detestaba ese sentimiento.
Estaba tan absorta que no les vio llegar, les oyó:
–Señora Bennasser, Ruth, lo sentimos mucho. Nos hemos enterado por la prensa y queríamos acompañarlas en estos momentos –fue Bel quien se dirigió enseguida y precisamente a la madre, a quien menos conocía, dejando a Ruth de lado. Vestida con un tejano oscuro, que prolongaba todavía más sus ya interminables piernas, Bel se había recogido el cabello en una coleta anodina. Hablaba rápido, por los nervios.
Mamá dio un respingo. De reojo Ruth vio como Ricardo, su ex novio, propinaba un codazo a su mujer para que callara. Nadie le había advertido de que eran los familiares del fallecido quienes dirigían la palabra a las visitas y no al revés. Ricardo, con su camisa impecable, un pantalón planchado con raya y los cabellos un poco largos pero perfectamente cortados, tan concienzudo él, tan… tan “editor” –pensó Ruth– se habría documentado: “No vaya a ser que nos presentemos dos gentiles y no sea el caso”. Bel se volvía por turnos hacia a Ruth y hacia Ricardo, agitaba la coleta y no entendía nada.
Ruth miró a su madre animándola a que dijera algo y ésta le leyó el pensamiento.
–Muchas gracias por acompañarnos. Es un consuelo para nosotros, ¿verdad, hija?
Sólo entonces habló ella.
–Bel –susurró y se puso de pie. Ruth sentía en la nuca las miradas extrañadas de la pareja: de Bel, agarrada al bolso de una mano y abrazándola, rígida, con la otra; de Ricardo, más interesado en ver cómo habían puesto la casa para el duelo judío que en darle el pésame. Habían retirado las sillas y el comedor estaba sembrado de banquetas y cojines a ras de suelo. Habían tapado el espejo. No era momento para la vanidad y Ruth lo agradecía, porque iba hecha unas pintas. En la mesa del centro una vela encendida recordaba al difunto con una luz extraña a aquellas horas del día.
Ruth se separó enseguida, avergonzada, de Bel. La tomó de la mano y se dirigió a los dos.
–Gracias por venir. Es... estoy un poco afectada. Mi padre, sabéis... Era... era todo –al darse cuenta de que tartamudeaba, empezó otra vez con los ejercicios de respiración para no llorar. Detestaba llorar frente a un hombre y se obligó a calmarse–. Ha sido una sorpresa veros. Gra… Gracias.
Bel le soltó la mano, incómoda ante el tacto de la mujer que había sido el gran amor de su marido.
–¡Y pensar que anteayer estabas en Paris! Va todo tan deprisa... ¿Hace tiempo que se vieron? –mamá volvió a articular la conversación mientras ellos tres esperaban en silencio y Bel interrogaba con los ojos a Ricardo, como diciendo “pero qué está pasando.”
Este no se dio cuenta de que la madre se refería al difunto, único tema de conversación posible en aquel duelo.
–Pues no tanto. Cenamos juntos hará cosa de un mes –al ver las caras de sorpresa, rectificó–: Creo que la última vez que coincidimos con su esposo fue en nuestra boda.
De eso hacía ya dos años. Fue Ricardo quien insistió en invitar a toda la familia Bennasser y aunque a Bel no le entusiasmó la idea, calló. Desde entonces Ruth visitaba a la feliz pareja cada vez que volvía de París. Aquel triángulo amoroso –dos ex novios y una esposa- podía calificarse de ejemplar.
–Me acuerdo de cómo os reíais, tu padre y tú. Os recuerdo riendo desde cuando nos bañábamos en Calella –Ricardo continuó con su evocación personal mientras pasaba el brazo por los hombros de Ruth. Ese gesto la sorprendió. Las familias veraneaban juntas cuando eran niños y todavía la costa era la costa. Después fueron novios, pero eso fue en el bachillerato, hacía casi veinte años...
Un viejecito amigo de su padre, cuyo nombre no recordaba, se había acercado para despedirse.
–HaMakom yenajem etjem betoj shaar avelei Tzion VeYerushalaim velo tosifu ledaava od – el señor pronunció en voz baja la frase ritual, tomando las manos de mamá con cariño.
"Que Dios les de consuelo junto con todos los dolientes del Pueblo de Israel y no sepan más de dolor". Ojalá fuera cierto, pensó Ruth. Ojalá la religión sirviera para algo. Ojalá se sintiera más cómoda en esa casa, con esa madre omnipresente, con esa vela y esa pareja de… ¿amigos? Bel la observaba mientras Ricardo no le quitaba el brazo de encima. ¿Estaría celosa? Si no fuera por la pena propia, Ruth se hubiera preocupado por la suya. Allá ellos.
Fue Bel quien apresuró la partida. Prometió que la llamaría para organizar una cena. Ruth no se molestó en precisar que durante los treinta días de los Shloshim no asistiría a cena ninguna. Una cosa era no practicar; otra, muy distinta, dejar en mal lugar a la familia. Ruth iba a respetar el duelo por mucho que le costara… ¡Treinta noches sin salir! Bueno. Mejor eso que un enfrentamiento frontal con su madre. Se limitó a asentir mecánicamente mientras mamá endurecía el gesto. Ella también habría consultado mentalmente el calendario.
Ricardo y Bel se marcharon dejando tras de sí un rastro de incomodidad. Mamá regresó a su insólito silencio y Ruth continuó mirándose los pies, embutidos en unos botines de color berenjena oscuro y tacón alto, imposibles para cualquier mujer con menos estilo y que sin embargo le quedaban perfectos.
–¿Te preparo un té? –se ofreció. Necesitaba hablar con alguien, aunque fuera su madre.
En la cocina, mientras la tetera hervía, mamá sacaba los platos del lavavajillas y los colocaba en su sitio.
–Tus amigos parecen buenas personas y te apoyarán. Quizás ha llegado el momento de volver a Barcelona, Ruth. Además, alguien tiene que hacerse cargo de la galería...
Aún estaban en plena Shivá, ni siete días habían pasado desde la muerte de su padre, y su madre ya había sacado el tema. La dichosa galería, obra magna de papá, principal pasión familiar. “Su” galería, donde también trabajó Ruth hasta el divorcio. En cuanto Mateo y ella firmaron los papeles, él se marchó a Nueva York y ella a Paris, de eso hacía veintiocho meses, que hoy le parecían una eternidad, con la excusa de que le habían encargado la catalogación de unos fondos históricos… Mientras mamá se lamentaba por el divorcio de su única hija, su padre la apoyó sin dudarlo: “Haz lo que más convenga, hija...”. Estaba fuerte como un roble y nada hacía pensar que una angina de pecho iba a dejar la galería huérfana.
En Paris todo fue rodado. Empezó a trabajar en el archivo del Théâtre de la Mode. Las casas de alta costura le brindaron todas las facilidades para reconstruir el desfile solidario que en 1945, durante la ocupación nazi, montaron sobre maniquíes liliputienses por falta de material para confeccionar las prendas a tamaño real. Documentar las miniaturas, exhibidas con el objetivo de mantener la moral de la población y de relanzar la industria francesas, absorbía a Ruth por completo. Ese era su mundo.
La primera fase del proyecto acababa de terminar. Una semana le bastaría para cerrar el tema para siempre, aunque ese no era el plan. El Museo de Artes Decorativas de Paris le había propuesto una prórroga para que Ruth pudiera continuar investigando sobre la exposición original y, en principio, iba a aceptar. Pero la muerte de su padre lo cambiaba todo. ¿Debía decir adiós a las muñecas, perdidas en el olvido? Claro que también podría traérselas a Barcelona: organizar una muestra retrospectiva alrededor de los figurines, la ocupación y la resistencia. Igual que se había marchado de la mano de las maniquís diminutas, de su misma mano podía volver… si quisiera. ¿Quería?
Ruth miró a su madre, quien a su vez la miraba en silencio, tendiéndole una taza de té. Mamá se estaba haciendo la misma pregunta.
***
–Ruth, Ruth, Ruth… ¡estás tan guapa como siempre! –Tony la recogió en el aeropuerto el día D. Ya nadie recoge a nadie en los aeropuertos. Y cuando es un viaje sin retorno y, en definitiva, vuelves del exilio, no hay nada más pavoroso que salir de la zona de aduanas, darte de bruces con una humanidad de familias, taxistas que sostienen letreros de nombres impronunciables y seguidores del equipo de fútbol local y saber que a nadie le importa un pimiento que hayas clausurado una etapa de tu vida. Por eso Ruth agradeció tanto a Tony que hubiera aparecido y le abrazó fuerte.
–Tony, ¡eres el hombre de mi vida! –exclamó. Y lo creía. Era atractivo, se cuidaba y cuidaba de ella. Y era tan educado que, con sólo que hubiera sido judío, incluso mamá hubiera dado su visto bueno.
–Eres un sol, Tony, de verdad que no tenías que haberte molestado. ¿Con quién has dejado la galería? -le preguntó. Así fue como se conocieron, coincidiendo en actos del sector. El propio padre de Ruth les presentó. Aunque eran competidores, Tony y su padre se respetaban mucho.
–Se quedó una becaria nueva, Idunn. Es finlandesa, rubia y moderna como ella sola. No se la entiende nada cuando habla, pero da igual, porque los clientes la adoran. Les parece chic. Y además, estos días no hay mucho movimiento -Tony agarró el asa de la maleta y empezó a tirar de ella con una mano y de Ruth con la otra-. ¿Dónde te instalas? ¿Dónde tu madre?
–No. Prefiero quedarme ya en el Born. No quiero dar más vueltas. –Ruth no tenía muchas ganas de explicar a Tony que, si caía en la tentación de irse con su madre aunque fuera una sola noche, mamá no perdería la ocasión de fagocitarla, de apremiarla para que se hiciese cargo de la galería y volviera a la comunidad, donde en breve mamá en persona le encontraría un nuevo marido adecuado con el que dejar atrás ese divorcio tan inconveniente y pasar a lo que había que pasar, a saber, tener hijos.
–¡Qué valiente eres! –replicó Tony y añadió, sólo medio en broma-, nunca he conocido a un hombre más valiente que la más cobarde de las mujeres –hizo una pausa, titubeó y se frenó.
Por suerte los inquilinos del piso de casada de Ruth, que se quedó como parte del arreglo de divorcio, lo habían desocupado justo ese mes y ella advirtió a la agencia que lo sacara del mercado. Lo encontraría vacío, pero limpio. El resto ya lo organizaría poco a poco. Entre lo que se había traído de Paris y alguna cosa que le pediría a mamá, podría amueblar de urgencia.
Tony colocó la maleta en el maletero y le abrió la puerta del coche. La cerró, se sentó y le apretó la rodilla.
–Oye, si quieres te vienes a mi casa una noche o dos. Más no, porque murmurarían –le dijo, mientras arrancaba. A Ruth le descolocó el ofrecimiento. ¿Buscaba plan? Sin hablar, declinó la invitación y Tony no le dio importancia. Su indiferencia la sorprendió: ¿quería Tony o no quería que fuera a su casa?
Justo entonces llegaron a la de ella.
–Chica, ¡qué suerte tienes! Este barrio es estupendo: podrás ir a correr al parque, ir andando a la playa, tienes todos los restaurantes que quieras, peluquerías, tiendas… –alabó él, mientras subían en ascensor.
El Born cada vez se parecía más a Le Marais y a Ruth le resultó familiar. Casi empezaba a hacerle ilusión este regreso forzado. Y si Tony… Rebuscó la llave en el bolso y abrió la puerta. La agencia había hecho bien su trabajo. El parquet relucía, las paredes olían a pintura fresca. La cocina de metal brillaba como nueva. Abrió los ventanales que daban a la calle Picasso para airear un poco. Estaba a punto de anochecer. El único mueble presente era un futón que Ruth dejó en custodia de la agencia, en previsión que algún día lo iba a necesitar. Ahora parecía una isla en medio del dormitorio.
–Mira, lávate la cara y vamos a cenar. Te invito. Y ya mañana con calma te dedicas a lo que tengas que hacer –propuso Tony. Ruth iba a decirle que todavía estaba en los Shloshim y que no debía salir, pero calló. Le notó un poco nervioso. Quizás sí que buscaba algo. O puede que aquello fuera mucha intimidad. Ella no se andaba con monsergas en las primeras noches, pero con Tony tenían una amistad y una relación profesional y no iba a estropear ninguna de las dos cosas por un revolcón. Además, los preceptos decían que era bueno el recuerdo sereno. Al día siguiente ya se ocuparía de la mudanza, de comprar comida, y el viernes iría a ver a mamá.
Mientras Tony caminaba como gato enjaulado de una habitación a otra, Ruth sacó un pijama que dejó encima del futón, un dos piezas de ingenua malicia… ¿le gustaría a Tony? Otra noche lo averiguaría. Después sacó el móvil del bolso. La llamada a mamá no podía esperar a mañana. Marcó automáticamente. –Mamá –le dijo en cuanto respondió-, ya estoy en casa. ¿Pasamos Shabat juntas?
De este modo, Ruth evitaba el inevitable reproche por no haber ido directamente a verla. No necesitaba que su madre la protegiera de sí misma.
***
Cuando le abrió la puerta, y aunque no se lo dijera, Ruth supo que se alegraba de verla. Y ella. Su madre no merecía estar sola, así, de repente. Pero enseguida advirtió que mamá había empezado a recuperarse. Más bien baja y amplia, conseguía sacarse partido y esconder un pecho demasiado generoso, la ausencia de cintura y las piernas rellenas. Iba vestida con un dos piezas oscuro y se cubría la cabeza con un foulard Hermès que en otra mujer parecería estrafalario y que a su madre le sentaba de miedo. Lo mucho que Ruth sabía de moda lo había aprendido de ella, por más que quisiera negarlo. Además, su madre era tan arrolladora que, en cuanto abría la boca, el mundo se olvidaba de su físico. En los diez días escasos que Ruth pasó en Paris preparando el regreso, su madre había empezado a poner la casa en solfa. El espejo brillaba otra vez. Los taburetes de la Shivá, retirados. A la entrada vio distintas cajas, con sus etiquetas. Serían las pertenencias de su padre que todavía podían ser de provecho para la comunidad. Después de la semana de duelo era imperativo volver a la acción y la viuda había seguido el precepto. Mamá no se arredraba ni ante la muerte.
–Si no se puede como se quiere, hay que querer como se puede –su madre, agarrándola del brazo, le soltó el refrán por el que pensaba gobernarse en adelante. No concebía la vida sin su marido pero no moriría con él. Todavía le quedaba mucho que hacer en este mundo.
Cuando Ruth la telefoneó, mamá le había preguntado si irían al Cal. Ambas se quedaron un momento en silencio. Las dos hacían piruetas para acercarse una a otra. Era el padre quien servía de puente entre ellas y ahora no tenían intermediario. Mamá, tan decidida, tan sobreprotectora, tan religiosa, y Ruth, judía asimilada hasta niveles que su madre consideraba inadmisibles. ¿Qué hacer? ¿Acompañarla a la sinagoga o dejarle claro de entrada que no tenía intención de integrarse?
Ruth lo pensó un momento. Era la víspera de Rosh Hashaná, el año nuevo. La fiesta de la creación del mundo era una ocasión señalada. No le costaba mucho ceder y acompañarla, quizás hasta Yom Kipur. Total, diez días. Para entonces las dos estarían con más ánimo y podrían dejar de ser siamesas.
De las tres sinagogas que había en Barcelona, mamá asistía a la de la comunidad israelita, la de toda la vida. Hombres y mujeres rezaban separados. Sentadas en el piso superior, Ruth se concentró en los distintos tonos del sonido del Shofar. Aquel era el pistoletazo de salida de los diez días terribles, los días de expiación en los que los creyentes oran ante el trono celestial mientras Di-s examina sus obras y sus corazones, para decidir si los inscribe en el Libro de la Vida.
A los dos años y medio de divorciarse, Ruth iniciaba su vuelta a Barcelona con un período de reflexión. ¿Qué había logrado? ¿Estaba mejor o peor que cuando se fue? En Paris se había dado un tiempo para recomponerse de un fracaso cantado. Porque Mateo y ella hacían buena pareja, pero más a los ojos de la comunidad que a los propios. Si no fuera porque prestó libre consentimiento, casi se diría que lo suyo fue Shidaj, una boda pactada. Eran tan perfectos que no tenían nada que decirse. O quizás no tenían nada que descubrir, después de una vida juntos, en el Colegio Sefaradí, en el Lycée (Mateo fue su confidente durante el accidentado noviazgo con Ricardo) y juntos después en la Sorbona. Tan poca distancia no les permitió crecer y se separaron, casi de golpe, después de larvar la frustración durante más tiempo del necesario. La ruptura fue amarga… ¿no lo son todas? Mateo se fue a Nueva York y Ruth se juró no ir jamás. Su madre se quedó lívida al enterarse del divorcio, justo cuando ansiaba un nieto. Ese era el tipo de pregunta que debería estar formulándose Ruth. ¿Soy una buena hija? ¿Soy una buena judía? ¿En qué libro me inscribirá Adonai?
Los diez días hasta Yom Kipur pasaron rápidos y lentos a la vez. El barrio tan familiar requería nuevas exploraciones; algunas de las tiendas que Ruth recordaba eran hoy boutiques modernas. Entre las hordas de turistas que iban al zoo o cruzaban en dirección a la Plaza Sant Jaume y al Museo Picasso, el trajín peatonal era constante y, a menudo, la cargaba. La mudanza estaba acabando con su energía. La galería era un foco de sobresaltos: no resultaba sencillo ponerse al corriente de los negocios que su padre se traía entre manos. Por lo menos una vez al día Ruth se preguntaba si no debía haberse quedado en Paris. Porque, ¿qué es lo que tenía aquí? Tenía una madre arrolladora y decidida a casarla. Un ex-novio educado. La mujer de su ex, poco dispuesta a acogerla. Un amigo galerista guapo pero distante. Una galería que, más que una herencia, era una carga. Y sus propias dudas. Desde luego, aquel no era el mejor momento para interiorizar sus pecados, si no quería acabar de baja por depresión.
En la víspera de Yom Kipur Ruth pasó a recoger a mamá. Aunque llegaron temprano, la sinagoga estaba más concurrida que nunca. Para muchos, ese era el único día del año en que iban al Cal. Nadie faltaba, porque Di-s pasaba lista. Todos habían desgranado en su interior los interminables recuentos de las faltas cometidas y se apresuraban ansiosos a pedir perdón. Acudían al atardecer, en ayunas, dispuestos a solicitar clemencia en cuanto el sol se ocultara tras las copas de los árboles. Y así fue como Ruth se dispuso a empezar una nueva vida en Barcelona.
Bel había insistido hasta rozar la mala educación para convocar a Ruth a esa cena. Seguro que Ricardo la estaría atosigando. “Pero ¿la has llamado? Pero ¿no has visto que se le ha muerto el padre y acaba de volver y está más sola que la una? ¿Qué te cuesta sacarla a cenar o es que quieres que lo haga yo?”. Como si le oyera.
Al final a Ruth se le acabaron las excusas y allí estaba, en otro restaurante banal del Born (“Mira, quedamos cerca de tu casa y de la mía, así no tenemos que ir muy lejos”, le había dicho Bel: ¡ni que fuera inválida!), con su decoración proto-Ikea, su falso ambiente y su modernez de plástico, con las sillas monas pero incómodas, los camareros jóvenes, vestidos de negro y pasando del personal y un menú absurdo de “cocina fusión”. Bel había invitado también a Luisa y a Marta. Ruth conocía más a Luisa, por su trabajo en el Centro de Cultura Contemporánea (al que llamaba “cececebé”, así, de corrido) y alguna vez habían coincidido en exposiciones, además de en las cenas del grupo de Ricardo, claro. Parecía una mujer sensata, con pocos pájaros en la cabeza. Se la veía tan sólida, tan en su papel de esposa y madre moderna, que daba hasta envidia. Y era guapa, la tía, pero no se sacaba ningún partido, casi como si quisiera esconderse. Llevaba unos vestidos fluidos, como ella, de diseño o lo que tú quieras, pero ni hablar de marcar pecho o cintura. Todo bien fluido y andrógino-vestal.
Marta, en cambio, le cayó mal en cuanto la conoció, en su primera cena de grupo. Era el tipo de mujer que la encendía. Pendiente de las marcas, de las modas y de las mechas. No tenía interés que no fuera lo que se lleva o las revistas del corazón. Y Ruth no entendía qué le veía Bel, porque al parecer eran muy amigas. Y, para más inri, la tal Marta en cuestión se había casado hacía cuatro meses. No, ¡por favor! Una cena describiendo las bondades del matrimonio era justo lo que no necesitaba en aquel momento… Para eso ya tenía a mamá resoplándole al cuello. Pero eso sería justo lo que iba a pasar porque, con tres casadas y una soltera ¿Quién gana? Eso si no pasaban al tema maternidad, aunque ahí Luisa se quedaba sola, porque las demás nada de nada.
Ruth llegó la primera. Pidió un zumo de tomate y se puso a estudiar el menú, buscando alternativas casher. No seguía las normas de forma estricta pero le había dado a Bel tantas excusas basadas en la religión que, como mínimo, esa noche las respetaría para no ponerse en evidencia, suponiendo que Bel estuviera al caso, claro. El zumo llegó sin los aliños, como presagio de la velada. Justo cuando el camarero apareció por fin con sal y pimienta llegaron Bel y Marta juntas, riéndose. Tenían cierto parecido: las dos iban modernas pero en estilos distintos. Marta vestía toda de beige, con cadenitas y ositos dorados, unos zapatos Todds y un bolso a juego. Las gafas de sol le sujetaban, a esas horas de la noche, el cabello. Bel por su parte llevaba un tejano que le sentaba muy bien -Ruth pensó que había otras alternativas para valorizar esas piernas imponentes- y no se soltaba de un bolso de color pistacho chillón. El largo y el corte de pelo la favorecían mucho. Parecía un elfo elegante.
Fue Bel quien se dirigió hacia ella y la besó después de dudarlo un poco.
–¿Qué tal por Barcelona? ¿Te acuerdas de Marta? Creo que os visteis en alguna cena.
La amiga se acercó y besó el aire alrededor de las mejillas de Ruth.
–Claro que nos acordamos, mujer –intervino–. Y oye, siento mucho lo de tu padre. Ya sabes, ley de vida…
–Claro, claro –la interrumpió Ruth. Otro pésame más no, por favor–. Sólo falta Luisa, ¿verdad?
–Sí, pero mejor nos sentamos y pedimos algo, porque Luisa es más impuntual que yo –respondió Marta. El camarero de negro aprovechó la ocasión para acompañarlas a una mesa como cualquier otra.
Nada más sentarse, Marta desenvainó. –Chicas… ¡vamos a por el niño!- anunció, palmeando las manos.
Bel la miró asombrada. –Pero, ¡qué dices! ¡Si no lleváis ni seis meses casados!
–Bueno, por no llevar… pero ya sabes, Rafa es un poco mayor y yo quiero tener muchos, así que cuanto antes mejor –replicó Marta.
Justo en ese momento Luisa se dejó caer en la silla a su lado.
–¿Qué tal todas? ¿Me he perdido algo? –por turnos las tres se inclinaron por encima de la mesa para dar le un beso.
–Pues no mucho, pero sí importante –respondió Ruth, intentando integrarse–. Marta anuncia que van a por el niño.
Luisa empezó a quitarse jerséis y fulares lánguidos mientras hablaba entre la ropa.
–Espero que sepas lo que haces. Lo que hacéis. Porque te lo digo por experiencia, esto de ser madre te roba mucho tiempo…
– ¿Puedo tomar nota? –preguntó el camarero, impaciente a pesar de que el local estaba vacío, o quizás por eso. Las chicas no habían decidido nada, así que se reprimieron las ganas de continuar con la conversación. Una vez lista la comanda, fue Luisa quien la retomó.
–A ver, empecemos por el principio. Tú, Ruth, ¿qué tal? ¿Qué tal el regreso? ¿Te vas encontrando?
A pesar de la mirada retadora de Marta, que quería hablar de “su” tema, Ruth sintió que debía responder. El caso es que le había subido la moral. La casa estaba más o menos en marcha, el barrio mucho mejor que cuando se fue, la galería de papa mantenía el ritmo…
–Y ¿de novios? –le preguntó Bel.
Ruth advirtió en su voz el deseo de que tuviera uno. ¿Estaría celosa? Pero ¿cómo iba a estarlo si lo suyo con Ricardo fue un amor de bachillerato? ¿Qué hacía? ¿Se inventaba uno? Optó por la verdad.
–Pues entre el duelo y la mudanza, poca cosa. No he tenido tiempo de pensar siquiera en hombres, pero me pondré –sonrió y, sin querer, se acordó de Tony.
–A mí los hombres ya no me interesan. Ahora me interesa Rafa –terció Marta, decidida a ser el centro de atención. Y expuso, esta vez con prolijas explicaciones, como, ¡por fin!, había convencido a su marido de que se les iba a pasar el arroz y de que mejor se ponían por la labor, pues eso, y que se había ido a comprar todo tipo de conjuntos lenceros monísimos porque procrear no era sinónimo de aburrimiento y que le incitaba al sexo antes de desayunar y después de cenar, día sí y día también, porque ya puestos, de perdidos al río. –Nunca me había acostado tantas veces y tan seguidas con el mismo hombre -acabó Marta. Estaba radiante.
Intervino Luisa.
–Pues disfruta ahora que puedes, porque cuando entra el hijo por la puerta sale la libido por la ventana. Vas agotada, sin depilar, sin dormir… no tienes ganas de nada… Pero luego te acostumbras, porque hay otras cosas, una complicidad, una serenidad… –Luisa no parecía muy convencida de sus propios argumentos.
–Bueno, para no tener ganas no hace falta tener un hijo –saltó Bel, y en el acto calló, arrepentida. Todas la miraron, Ruth en especial. ¿Crisis Bel/Ricardo a la vista? –Quiero decir –se corrigió, azorada–, que si viajas, vas a tope en el trabajo, ninguno de los dos para en casa… pues cuando te ves lo que quieres es tranquilidad y una buena peli del videoclub. También tiene su gracia, ¿no?
El camarero revoloteaba por la mesa trayendo los platos. Ruth notó como la miraba de reojo. Los jóvenes eran su especialidad. Los atraía sin remedio y casi sin querer, aunque nunca pasaran de mero pasatiempo. Y no estaba mal, el tipo, pero decidió que no iba a dar la campanada y no iba a ligarse a un camarero del Born en la primera cena con sus tres amigas casadas.
***
A las dos semanas de tomar posesión de la galería, Ruth empezó a mover el proyecto de montar una exposición sobre el Théâtre de la Mode y el papel de la alta costura francesa en la resistencia. Dijera lo que dijese mamá, necesitaba desarrollar su propio proyecto. No quería perder tiempo y apuntó alto, lo más alto que pudo. Desempolvó el teléfono de Antonio Sanleón, el Gestor Cultural en la Sombra. Sabía que los hombres no la olvidaban fácilmente y no se equivocó. Sanleón le devolvió la llamada enseguida. Como profesional bien informado que era, le dio el pésame enseguida. Parecía sentir la muerte de su padre y Ruth se lo agradeció. Después le preguntó si podía ayudarla en algo y ahí le pidió una cita. Sanleón se la dio, en su despacho. A Ruth le pareció perfecto: él, de momento, la circunscribía al ámbito profesional, pero ella sabía resultar sexy incluso en traje chaqueta.
Así se presentó, con una americana bajo la que apuntaba la blonda del sujetador. A Sanleón el tiempo le había tratado bien y sólo se marcaba en las bolsas bajo los ojos. Lucía porte militar, nariz aguileña y uñas manicuradas. Su condición de poderoso se traducía en la camisa blanca con las discretas iniciales bordadas y en el pantalón negro. Sin embargo, le delataba el cinturón, ceñido a la cintura como los campesinos. ¿Quería marcar tipito? Esa mañana Antonio Sanleón le pareció más bajo, o Ruth se sintió más alta. Sin titubear le expuso el proyecto de la exposición para ver si su fundación, con un presupuesto más importante que el de muchos organismos culturales, lo apoyaba.
Sanleón a duras penas disimuló la atracción que sentía por Ruth. Quedó en tenerla al corriente y lo hizo. A la semana su secretaria la citó de nuevo, a primera hora en el despacho. Ruth intuyó que la cosa no iba bien. En caso contrario, la hubiera citado en un restaurante, con la intención de “celebrarlo”. Pero se vistió sexy nuevamente, dispuesta a quemar todos los cartuchos.
El gestor entró en aquel despacho increíble con la timidez oculta de un niño en su primer día de clase.
–Has llegado siete minutos antes de la hora prevista –le dijo. Dejó la cartera encima de la mesa de trabajo y se sentó en la de reuniones. Estaba azorado, tanto que se le olvidó el beso o el gesto de saludo. Ruth le sonrió y se propuso remontar el encuentro. Quería que le financiara la exposición del Théâtre de la Mode y esa era su única razón para estar allí.
Su anfitrión continuaba siendo el de siempre. Hablaba él y si ella conseguía meter cucharada, daba igual: siempre retomaba el hilo en su última frase. No había forma de sacar el Théâtre de la Mode a colación. Las dos primeras andanadas Ruth pensó que estaba siendo algo maleducado, hasta que se dio cuenta de que se trataba de un juego de poder. Si hablaba él, de él y de sus temas, mandaba él. En cuanto vio la luz, decidió que tenía que intervenir de manera asertiva aunque ello supusiera hacerse violencia y violar todas las nociones de urbanidad que en su día aprendió en el Lycée.
La única duda que a Ruth le quedaba era si Sanleón estaba ganando tiempo para no abordar malas noticias. Continuaba sin mencionar la propuesta de exposición sobre “Vestir la identidad: La moda como resistencia”. Hasta el momento se había centrado en explicarle lo traumática que resultaba su vida cotidiana. Como quien no quiere la cosa enumeró todos los consejos de administración en los que participaba y comentó, con una franqueza desarmante, las exigencias del cargo. ¿Por qué esas confidencias a ella? ¿Por qué hacía unos años se habían echado unas risas en el Restaurante Agut, en una cena institucional algo enloquecida? En aquella ocasión la cosa no fue a mayores pero pudo haber ido. ¿Eso justificaba tanta sinceridad, tanto “y te cuento esto que no le cuento a nadie…”?
El ego de Ruth se sentía muy honrado pero ella continuaba perpleja. No estaban reunidos a las nueve de la mañana, ella con un cortado, él con una infusión de poleo menta y dos botellines de agua por abrir, para discutir la trayectoria profesional y la angustia vital de uno de los directivos más influyentes del país. En realidad, Ruth estaba allí para escuchar como “el” gestor cultural, amigo personal de poderosos, rechazaba su propuesta de exposición.
–El patronato ha desestimado el proyecto –exclamó Sanleón de repente. En ese momento lo único que sorprendió a Ruth fue su tono abrupto y lacónico. Como si la cosa no fuera con él y entre ellos no fuera necesaria ninguna lealtad.
–¿Podrías explicarme el procedimiento? –le pidió, como si la cosa tampoco fuera ella.
–Creo que está claro, ¿no? ¿Qué es lo que no entiendes? –Sanleón se había puesto a la defensiva.
–A ver. Tú, como vicepresidente ejecutivo, recibes mi propuesta. La remites a un experto y el experto emite un informe negativo que se traslada al patronato. Y a ti te mandan una copia para que tengas conocimiento de este hecho. ¿Es correcto?
–Correcto –respondió su interlocutor, intentando adivinar dónde iría a parar.
–Entonces todo tu poder no sirve de nada –le soltó Ruth. Era lo mínimo, después de oír su letanía de cargos y servidumbres.
Sanleón la miró impertérrito pero Ruth sintió que había pinchado en vena.
–Hace años descubrí que intentar influir sobre la estructura te la pone en contra y desde entonces respeto las decisiones de los departamentos, del mismo modo que pido respeto para las mías –se defendió, apelando al principio de reparto territorial tan popular en las grandes empresas.
Ahí Ruth saltó.
–Un momento. Tú no has influido y quiero que conste que yo tampoco te he pedido, ni ahora ni antes, que lo hicieras. Te agradezco que leyeras mi propuesta y me alegro de que te gustara. Es todo –puntualizó. Sólo faltaría que pretendiera salpicarla con su propio barro.
–Bueno, la idea estaba bien pero tampoco era para tirar cohetes. Ya se han hecho otras exposiciones sobre esos maniquís de ese Teatro –exclamó Sanleón, nuevamente a la defensiva.
Entonces Ruth se dio cuenta. Ese hombre había llegado y se había mantenido todos aquellos años gracias a la lealtad a sí mismo. No hacía concesiones emocionales, sólo negocios. Y ahora, a veces, –con la edad cada vez más a menudo– echaba de menos que le quisieran. La cosa tenía mal arreglo. Sus patronos le compensaban a golpe de nómina y bonus. Los demás, las personas como ella, las que sí hubieran podido ser sus amigos, no se podían acercar porque evidenciaban que no era todopoderoso. En resumen: el Gran Gestor Cultural no había podido, con todos sus contactos y sus cargos, conseguir que su exposición con los figurines del Théâtre de la Mode viniera a Barcelona.
–¿Sabes una cosa, Antonio? –Ruth se levantó, decidida a marcharse-. Visto así, en retrospectiva, me alegro de no haberme acostado contigo en su momento: ahora todo hubiera sido más difícil –y sin darle tiempo a reaccionar salió de aquel despacho con vistas de postal panorámica. Estaba enfadada y decidida a vengarse. ¿Cómo? Por elevación. Si la fundación de Sanleón no estaba dispuesta a poner en marcha “Vestir la identidad”, entonces la exposición merecía mejores valedores.
Ya en el taxi, Ruth hojeó el dossier explicativo que la eficiente secretaria le había devuelto, acompañado por una repugnante media sonrisa, al salir del despacho. La ocupación alemana de Paris duró cuatro años y sometió a los parisienses a fuertes privaciones. Cuando la ciudad fue liberada, las calles vibraron con la esperanza de una vida mejor. Pero no fue así. Francia continuaba en guerra. Escaseaban los alimentos y el combustible. La mortalidad infantil era superior a la sufrida durante la ocupación. Cinco millones de franceses carecían de hogar, de alimentación, de ropa. Para hacer frente al colapso, L'Entraide Française, una organización de socorro mutuo, se afanaba en recaudar fondos.
La alta costura se hallaba también afectada de pleno por las restricciones. Los desfiles, que antes de la guerra incluían obligatoriamente ciento cincuenta modelos, se limitaron a cuarenta. De éstos, sólo la mitad podían lucir prendas realizadas con tejidos que contuvieran un treinta por ciento o más de lana. Se limitaba la cantidad de material disponible para cada pieza. Acuciada por la desolación, la Chambre Syndicale, el gremio de la alta costura, se propuso plantar cara y mostrar al mundo que Paris y la moda no habían muerto. Los couturiers prepararían de forma altruista una colección conjunta pero, dada la escasez de tejido, en vez de modelos vestirían a pequeñas muñecas. La recaudación por la venta de entradas iría a parar a l'Entraide Française.
Balenciaga participó en la exposición, para la que diseñó un vestido de gala en color frambuesa, bordado en perlas y cuentas de color rubí. Otros vestidos estaban firmados por Nina Ricci, Jean Pateau, Lucien Lelong, Elsa Schiaparelli…. Las muñecas se distribuyeron, según llevaran ropa de calle, de sport o de noche, por distintos escenarios realizados por artistas ilustres. A pesar del insólito espíritu de colaboración artística, la rivalidad se apreciaba en el detalle con que cada casa vestía a sus figurines. Las muñecas llevaban ropa interior (que nadie vería nunca, ya que estaba oculta bajo el vestido) y lucían peinados ideados expresamente por los mejores peluqueros de la época. Sus diminutos bolsos podían abrirse y el interior replicaba un bolso de medidas convencionales. Los botones pasaban por el ojal. Los estampados se manipularon para reproducirlos a escala el original. Los joyeros más importantes, con Van Cleef a la cabeza, crearon diminutas joyas. El 27 de marzo de 1945 y con el país aún en guerra, se inauguró en las Tullerías, cuyo Pavillon de Marsan albergaba el Museo de Artes Decorativas, el Théâtre de la Mode. Cien mil personas visitaron la exposición, que recaudó un millón de francos, una cantidad astronómica para la época.
Después de dos años inventariándolas en Paris, Ruth sentía afecto por esas poupées de apenas setenta centímetros, engalanadas de pies a cabeza. Los modistos diseñaron, juntos, un futuro brillante, más allá del estraperlo y la escasez. ¿Qué no había tela para vestir a una modelo? ¡Pues vestían a una muñeca! A ciento cincuenta, para ser exactos. La alta costura renacía gracias a una colección en miniatura que, además, no se puso en venta.
El decorado favorito de Ruth era el que diseñó Jean Cocteau. En él, las muñecas, vestidas con trajes de gala color marfil, sobrevolaban los tejados del Paris ocupado, queriendo alzarse más allá del terror. Cocteau lo tituló “Mi mujer es una bruja”. Y bruja se sentía ella después del encuentro fallido con Sanleón. Llegó a la galería y se preparó un espresso. El ambiente del local la relajaba. Reflejaba la personalidad de su padre, quien siempre decía que “una galería es una oportunidad”. El artista puede darse a conocer. El comprador puede descubrir obras y autores nuevos. ¿Qué oportunidades le reservaba a ella?
Abrió otra vez el dossier de presentación y empezó a leerlo con ojo crítico. Buscaba un nuevo prisma que le permitiera proponer la muestra a otra entidad. Llevaba una hora leyendo cuando sonó el teléfono. Era Luisa.
–Ruth, ¿cómo vas? ¿Ya estás instalada del todo? ¿Necesitas algo?
No se habían visto desde la cena “voy a ser madre, yupi” de Marta y no se conocían mucho, pero Ruth necesitaba desahogarse y en cierto modo Luisa era del gremio.
–Me estoy recuperado de una entrevista con Antonio Sanleón –le explicó.
–¿Sanleón? ¿De qué le conoces? –le preguntó Luisa, interesada ya por los aspectos profesionales.
–Coincidimos hace un tiempo. Le llevé la propuesta que te comenté en la cena, para traer el Thêatre de la Mode a Barcelona. Me ha llamado para decirme en persona que el patronato no la ha aprobado. Dicen que “no encaja” –exclamó, furibunda.
–Chica, sí que lo siento. La verdad es que desde la última renovación, el patronato está patinando bastante. No eres la primera que me cuenta algo así. De hecho, en el cececebé estamos ahora cerrando un proyecto que ellos rechazaron… –se hizo un silencio intenso–. ¿Quieres que quedemos y hablemos del tuyo? Cuatro ojos ven más que dos –propuso Luisa, con cierta reserva.
Encantada, Ruth se preguntaba cómo no se le había ocurrido a ella. Amigas, lo que se dice amigas, no eran, pero se habían frecuentado a través del grupo de Ricardo, aunque a veces faltaba cuando ella y Jaime, su marido, no tenían con quien dejar al niño… Lo cierto es que de trabajo habían hablado poco. Ruth sabía que Luisa trabajaba en el departamento de Exposiciones del CCCB, que se la consideraba una profesional capaz, pero desconocía hasta donde llegaba su poder. Bueno, era el momento de enterarse. “Vestir la identidad” necesitaba apoyos y allí tenía a una voluntaria. Se citaron en su museo dos días después y, nada más colgar, Ruth volvió a abrir el dossier con energías renovadas y dispuesta a sacarle lustre.
El apremio la impacientó. Necesitaba una mirada externa. La de Tony, por ejemplo. Él tenía criterio y ella, ganas de volverle a ver. Marcó su móvil y le dejó un mensaje. “Oye, rey de la noche, ¿cuentas conmigo?”. Ruth sí contaba con él. Más claro, el agua. Empezó a escuchar una vocecita que le decía que lo del dossier no era más que una excusa para llamarle. Bueno, Tony no se lo tomaría mal. Eran amigos, ¿no? Incluso diría que eran “amigos con potencial”. A ver entonces qué potencial tenían, exactamente…
–Háblame de tu exposición –pidió Luisa en cuanto la camarera se alejó con la comanda.
Habían pasado dos días con sus dos noches, una de las cuales Ruth esperaba fuera con Tony pero no fue, porque la llamó diciendo que estaba en Suiza cerrando un trato con un coleccionista y que, si quería, podían comentar el proyecto por teléfono, pero ella no le apeteció, así que le quitó prisa al tema y le dijo que la llamara en cuanto aterrizara.
–Tú sabes que eres la primera persona a la que llamo siempre –respondió él y el corazón de Ruth dio un saltito como de meter un pie al agua y notar que está fría.
Y allí estaban, Luisa y Ruth en el restaurante del CCCB, midiéndose y viendo qué beneficio le reportaba la una a la otra. Luisa transmitía esa sensación de solidez que tienen las pocas mujeres que lo han logrado todo: marido, empleo interesante, hijos. Ruth no tenía ninguna de las tres cosas –ni marido ni hijos, y la galería era más una herencia que una elección– pero no quería sentirse inferior. Con todo el aplomo de que disponía expuso su propuesta.
–En “Vestir la identidad” sigo la pista de unas muñecas maniquís que se crearon, vistieron y exhibieron en Paris para una muestra llamada el Théâtre de la Mode.
Luisa escuchaba con interés y realizaba algunas anotaciones en el dossier que le había entregado. Ruth pensó en ofrecerse para transcribir las palabras en francés pero no quería que Luisa se lo tomara a mal. La camarera les dejó dos platos de pasta delante.
–Voy comiendo mientras tú me cuentas y luego nos cambiamos –sugirió, sonriendo, su anfitriona.
Ruth explicó que las muñecas estaban hechas de alambre, con una cabeza de yeso que diseñó el escultor catalán Joan Rebull. A continuación le mostró una fotografía para que se hiciera una idea sobre los maniquíes.
Luisa la tomó con una mano mientras con la otra pinchaba distraída los macarrones.
–¡Qué interesante! –la animó a continuar.
–Tras cerrar en Paris, la exposición abrió en septiembre en Londres. En el intermedio las muñecas viajaron a la Barcelona de posguerra como parte de una exposición cuyo nombre no está documentado –expuso Ruth, esperando que el toque de misterio aumentara su interés.
Luisa se secó la comisura de los labios y bebió un poco de vino, mientras Ruth aprovechaba para intentar comer algo.
–Me parece interesantísimo. Y ¿dónde están ahora las muñecas? –preguntó, mientras anotaba más cosas en el dossier.
–De Europa viajaron a San Francisco en 1946 y allí se perdieron en un almacén hasta que una filántropa rica las rescató y las donó al Maryhill Museum, en Oregon –respondió Ruth–. Mi idea es reconstruir las vicisitudes de una exposición que transforma un fenómeno temporal en una manifestación histórica y presentar las lecturas identitarias asociadas –inconscientemente, Ruth ajustaba su lenguaje al de Luisa. La necesitaba como valedora y parecía que iban por buen camino.
–¿Todo esto está en el dossier? –preguntó Luisa.
–Está en síntesis –le señaló los distintos apartados, con sus documentos anexos.
Luisa los ojeó sin detenerse, buscando una primera impresión.
–Me lo leo y lo hablamos. Pero antes quiero hacerte una pregunta personal que espero no te ofenda –dijo, dejando definitivamente los cubiertos sobre la mesa.
–Tú dirás –Ruth intuyó por dónde irían los tiros. Para llegar a la posición de Luisa en el departamento de exposiciones del CCCB había que atar todos los cabos y ella los ataba.
–¿Cómo se trata el Nazismo en la exposición?
–Como lo que fue: la razón por la cual la alta costura estaba prácticamente destruida –respondió sin alterarse.
–Lo sé, lo sé. Me refiero al Nazismo como ideología –insistió Luisa, sin sostenerle la mirada.
–¿Lo preguntas porque soy judía? –Ruth decidió ponerle las cosas fáciles, aunque ese tema le cansaba. Podría haberle preguntado cómo lo sabía pero no valía la pena. Se lo habría dicho alguien del grupo. La habría buscado en Internet. Habría encontrado alguna referencia a la familia Bennasser. El caso es que lo sabía y punto. Sin esperar respuesta, argumentó que quienes lanzaron la iniciativa del Théâtre de la Mode no eran judíos sino resistentes. Su empeño aglutinó las mentes y las manos más brillantes de Paris. Los modistos, cosa insólita, aceptaron cooperar en una exposición conjunta por miedo a que la industria no se recuperara–. En resumen –concluyó Ruth–, me interesan los Nazis como causantes indirectos de la idea, pero quiero hacer énfasis en la construcción, no en la destrucción.
Sin quererlo, Ruth había subido el tono de voz. No soportaba ver cómo un buen proyecto, solvente, con contenidos bien documentados y potencial comercial terminaba en preguntas personales. ¡Qué narices les pasaba a todos con su judaísmo! Pero… ¡por favor! ¡Si la primera en no tenerlo en cuenta era ella! Al punto recordó una conversación con su padre. La religión era uno de los pocos temas de fricción entre ellos y, aun así, hablaban con calma, lo cual era más mérito de su padre que suyo. Su padre creía. Practicaba. En su casa se celebraban todas las celebraciones y la sinagoga en viernes era sagrada, pero la devoción coexistía con el sentido práctico: los sábados eran días fuertes para la galería y papá abría, con independencia del Shabat. Por su parte, Ruth intensificó su distancia religiosa al divorciarse de Mateo, quizás culpando a la fe del fracaso. Aunque, pensándolo bien… ¿qué tenía Di-s que ver con eso? Pero alguien tenía que pagar el pato. Todos habían pronosticado que Mateo y ella estaban hechos uno para el otro. Tanto insistieron que Mateo y Ruth les creyeron, se casaron y, después, no supieron negociar las diferencias que les separaban por encima de aquellas coincidencias religiosas, culturales y sociales que, en teoría, debían allanarles el camino hasta la vejez. Y la respuesta de Ruth fue castigar a Di-s. Si él le había fallado, ahora ella le fallaría a él. Y su padre se dio cuenta.