Excerpt for La Magia del Río by Cristina Pereyra, available in its entirety at Smashwords

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LA MAGIA DEL RÍO

[Lujanes 1]


by

Cristina Pereyra


SMASHWORDS EDITION


* * * * * * *


UN VIAJE DE OLVIDO... Y JULIET ENCONTRÓ SU DESTINO


Mientras hace un recorrido turístico en el Delta del Paraná Juliet es testigo de algo que nunca debería haber sido visto. Un pez enorme se sumerge en el río y del mismo lugar emerge un hombre.

¿Qué misterios que se esconden bajo las oscuras aguas del Luján?

Nicolás, el joven hermano del Consejero ha puesto el secreto de los lujanes en peligro y ahora sólo él puede protegerlos. Aún enamorado, el secreto es más importante y por él deberá hacer todo lo que sea necesario.


* * * * *


La Magia del Río

Copyright © 2010 by Cristina Pereira de Azevedo


Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.


Revisión: Bea Sylva

Publisher: Cristina P. de Azevedo en Smashwords

Diseño de portada: ÑÇ


Smashwords Edition License Notes

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* * * * *


UNA MALDICIÓN QUE SE EXTIENDE POR LOS SIGLOS MARCANDO UNA FAMILIA


Obligados a vivir cerca del río Luján, porque necesitan de sus aguas para completar una extraña transformación que los mantiene vivos, los miembros de una familia luchan por ocultar su identidad.

A lo largo de los años su existencia se ha convertido en una leyenda. Algunos fueron capturados, las historias terribles fueron narradas por los antiguos, y se quedaron conocidos como lujanes, los hombres-pez del Delta.

Para su propia protección, se organizaron en una sociedad secreta con sus propias reglas y encabezada por el Consejero, un hombre con poder sobre la vida y la muerte de todos ellos.

Sin embargo, incluso los Consejeros más poderosos, no tienen el control sobre el corazón de un luján. Como cualquier persona, son capaces de despertar y de sentir emociones avasalladoras. Pero a veces se les prohíbe vivirlas.

Una familia impulsada por la pasión, regida por la lealtad y controlada por el destino.

¿Qué misterios esconden las oscuras aguas del Luján?


* * * * *


CAPÍTULO 1


JULIET TOMÓ aire y miró hacia el río con desaliento. No comprendía nada de lo que el guía decía y así, sin tener en que pensar, su mente volvía a sus problemas. Balanceó la cabeza. Había venido a Buenos Aires para olvidarlos y así lo haría. Obligó su mente a concentrarse en el sonido de las palabras aunque comprendiera muy pocas de ellas. Siguió mirando al río.

Aún con todas aquellas casas elegantes con sus altos muelles despertando su interés, había algo en el río que llevaba sus ojos a las aguas oscuras. Era casi como un llamado... Salieron del Sarmiento y recorrieron el Luján por algunos minutos. La embarcación empezó a maniobrar para que volviese a la Estación.

Juliet lanzó una mirada hacia la parte del río que no iban a recorrer. Fue muy rápido, pero ella estaba completamente segura de que era real. Un pez. ¿O no lo era? Era muy grande para ser un pez y muy chico para una ballena, además, las ballenas viven en el mar. Así como los tiburones y delfines. Es decir, era un pez, aunque tuviese el tamaño de una persona. Ella continuó mirando el lugar donde el pez había desaparecido y puso los ojos en plato al ver emerger un hombre y no un pez.

Guapo. Muy guapo. La piel bronceada, el pelo negro muy corto y una mirada que parecía quemar. Juliet se vio cautiva de aquella mirada penetrante y no conseguía apartar los ojos del atractivo desconocido. El rostro de él no expresaba emoción alguna. Solo la miraba, serio, con firmeza.

Cuando el barco completó la vuelta y ya no había más como mirarlo, Juliet fijó los ojos en el edificio del Museo. Solo entonces se percató de que estaba sin aliento. Aún sentía la fuerza de la mirada del hombre quemarla como si la acompañase a través del barco. "Esto es ridículo", se dijo, "nadie mira a través de las cosas".

Nicolás observaba el barco alejarse. Ahora sonreía. La chica volvería. Mañana, pasado mañana... lo cierto es que volvería. Se aseguraría de eso. Nadó rumbo a su casa.


* * * * *


JULIET BAJÓ en la Estación Fluvial como si fuese un autómata, aún sentía la mirada de aquel hombre. Era como si fuese un llamado. Lo mismo que sintiera en el río. Compró helado de dulce de leche y se sentó en una de las mesas para tomarlo. Miraba hacia el río mientas repasaba la escena. Había visto un pez muy grande. Estaba segura de eso: lo que había visto era un pez y no un hombre. Y enseguida ese hombre surgió nadando y el pez no volvió a aparecer. Que el pez no regresara no era espantoso, los peces no suelen vivir en la superficie de los ríos. Lo espantoso había sido el surgimiento del hombre. Ella había estado mirando el agua durante mucho tiempo, él no estaba allí. ¿Cómo surgió sin ningún equipo de buceo? Ni siquiera un respirador primitivo... era como si pudiera respirar en el agua.

No quería pensar en aquel hombre. En ningún hombre. Por eso, decidió concentrarse en el pez. Podría empezar con una pesquisa en internet. Se levantó y siguió hacia la estación de trenes.


* * * * *


NICOLÁS SE tumbó de espaldas en la arena esperando que la sangre volviese a sus pies y los nervios de la pierna quedasen listos para el movimiento de andar.

Sus antepasados habían sido muy precavidos al construir aquel canal particular "para botes" con una agradable playa de arena para que ellos se recuperaran del cambio. ¿Qué dirían los turistas si viesen un hombre desnudo tumbado en la arena? Tal vez a las chicas les gustase.... se rió de si mismo, pero enseguida se puso serio. Por cierto la chica había visto el cambio, o por lo menos se habia percatado de la presencia del pez y de su surgimiento. Eso garantizaba a que ella volvería.

Su problema ahora era encontrarla otra vez sin que su hermano supiese que era una necesidad. Difícil. Juan Pablo, su hermano mayor, era el Consejero de todos, un hombre perspicaz y experto en problemas como ese: ser atrapado por un humano.

Se puso de pie y cogió el pantalón corto que había usado durante el día, pero no lo vistió. Siguió hacia la casa que compartía con su hermano. Había sido muy afortunado en que ocurriera en su día de descanso. Mañana, cuando fuese a la Estación tras la chica, Juan Pablo estaría trabajando y lo vería. Peor sería si ella no volvía mañana... tendría que ir todos los días a la ciudad y su hermano sólo tendría otro día libre en la semana siguiente.

Llegó a la casa por los fundos, pero eso no hacía ninguna diferencia. Para llegar a su cuarto, en el piso superior, tendría que pasar por la sala donde su hermano probablemente estaría mirando el fútbol en la tele. No le gustaba la idea de encontrar a Juan Pablo mientras aún estaba tan perturbado por el incidente con la chica, pero ya hacía mucho tiempo que había salido de casa y si se demoraba más a volver tendría problemas.

Nicolás entró por la cocina y oyó la voz alterada del narrador de fútbol, ojalá el partido estuviese muy interesante y Juan Pablo no le prestase atención.

Pasó por el comedor y entró en la sala, sin mirar su hermano siguió hacia la escalera. Pero antes de llegar a ella Juan Pablo ya había bajado el volumen de la tele y le miraba frunciendo el ceño.

¿Qué pasa?

¿Por qué debepasar algo?

Porque no te pusiste la ropa –dijo Juan Pablo señalando la mano de su hermano–. Eso suele ocurrir cuando estás planeando algo, y tus planes suelen nogustarme.

No pasa nada.

¿Una chica?

Nicolás resopló resignado.

Sí. He visto una que me agradó.

Cuidate. Sabes que...

Sí, sí, sí –atajó Nicolás–. Sé que no podemos hacer el amor con cualquiera chica como hacen los otros.

Vas a buscarla y eso es peligroso.

No he dicho eso, sólo que ella me ha gustado.

Pero vas a buscarla, lo sé. Eres mi hermano, te conozco.

Conoces a todos. Nadie escapa de ti.

Juan Pablo ignoró el comentario mordaz.

Acuérdate que el acto de amor empieza en un beso.

Pero ni todo beso termina en el acto de amor –repuso Nicolás.

¿Ella es del Tigre?

No lo sé. Estaba en un barco.

Turista... ¿Cómo piensas en verla otra vez?

Nicolás no respondió.

¿La embrujaste? –aunque la voz de Juan Pablo tuviese el matiz de una pregunta,sonaba como una amenaza.

No. Ella le dijo al guía que volvería.

Furioso con el interrogatorio, Nicolás subió los escalones de dos en dos y siguió hasta su cuarto, cerrando la puerta de un portazo.

Juan Pablo sorbió su cerveza. Su hermano mentía muy mal. Había embrujado a la chica para que volviese y él ya podía imaginarse el por qué. Había sólo un motivo para que ellos embrujasen alguien: si eran vistos mientras cambiaban. ¿Cómo Nicolás pudo ser tan tonto y dejarse atrapar por un barco de turistas? ¡Eso era el máximo de la tontería! Todos eran tan cuidadosos y su hermano hacía eso... Ahora ya no servía de nada quedarse lamentando la tontería de Nicolás, lo que necesitaba era mantenerlo bajo sus ojos en los próximos días. Volvió la atención a la tele, el partido era decisivo y estaba emocionante.


* * * * *


JULIET SE recostó en el respaldo de la silla y lanzó los brazos hacia el techo, estirándolos. Resopló. Estaba tan acostumbrada a hacer pesquisas en Internet que no se le había ocurrído la posibilidad de encontrar muy poco o casi nada sobre un tema. Todo lo que había encontrado sobre los peces del Delta era relacionado a pesca. Ningún tratado científico o reportaje de alguna revista conceptuada. Miró la pantalla de su portatil. Un hombre sonriente enseñaba un pez de unos 40 cm. Para que pusiesen esa foto allí en la página de ventas de excursiones de pesca, ese debería ser un pez grande. Sí, un pez de casi medio metro era un pez grande, pero el que ella había visto esa tarde tenía más de metro y medio.

He visto un pez de ese tamaño, se repetía para sus adentros, y no he estado delirando. Primero fue el pez, luego el hombre. En el mismo lugar. Era como si el pez si hubiese transformado en el hombre, o viceversa. Rió de esa idea absurda.

Absurda hasta para una leyenda... hasta ahora sólo había oído historias de sirenas, sea de ríos o de mar, y nunca de “sirenos”. Los espíritus del agua eran siempre femeninos.

Cansada de la búsqueda infructuosa, apagó su portátil y pasó a examinar el mapa de la ciudad que el chico de la recepción del hotel le había dado cuando se registró. No tenía certeza de que se quedaría todo el mes que se había dado de baja en la escuela, en Buenos Aires, por eso planeaba con cuidado cada uno de sus días.

No quería partir sin haber visto las cosas que consideraba más interesante. Era su segundo día allí, y sus planes eran para una semana. Sintió la extraña necesidad de volver al Delta... quizás haría eso alguno de estos días, pero no mañana. Se concentró en el mapa y, garabateando un papel, marcó todo que pensó ser importante.


* * * * *


NICOLÁS BAJÓ las escaleras sonriendo, la noche le había traído inspiraciones para la doble tarea que tenía delante de sí: encontrar la chica y escaparse de su hermano. Su sonrisa se alargó al ver la chica junto al fregadero, mixturando una jarra de jugo.

¡Qué mañana de domingo más maravillosa! Hasta los ángeles bajaron a la cocina hoy –dijo él a cercándose a la joven y besándola en la mejilla.

La chica carcajeó.

¿Qué pasa?

Ayer he descubierto que las mujeres son hermosas –repuso Nicolás mientras se acercaba a su hermano y también lo besaba en la mejilla–. ¡Buen día!

Buen día –masculló Juan Pablo.

Bien, ahora sé porque tu hermano no tiene buena cara hoy –repuso

Verónica–. Para que te quedes así... estás enamorado.

Por supuesto –dijo Nicolás colocando el pan en la tostadora.

¿Y quién ha sido tu elegida?

Una turista.

Nombre... –insistió Verónica, curiosa.

Aún no sé. Ayer la he visto en un barco en el río... y me quedé enamorado.

Verónica carcajeó otra vez.

Como siempre, te portas como si fueses un niño –ella volvió la mirada hacia Juan Pablo–. Primo, no hay motivo para tu preocupación. Si ella vuelve, será el año próximo, los turistas no hacen el paseo dos veces en un mismo viaje. Hay mucho para ver en Buenos Aires para que se tomen dos día aquí –dijo despreocupada.

Ella volverá –dijo Juan Pablo, sombrío.

Verónica miró Nicolás, que sacaba el pan de la tostadora.

Se lo dijo al guía –explicó él y mordió el pan.

Verónica estrechó los ojos y aunque nada dijo, Nicolás sabía que, así como su hermano, no le había creído. Bueno, no necesitaba que le creyese pero si Verónica, quizás fuese aún más cooperativa y necesitaría de ella. Su prima trabajaba en la heladería en la Estación, y a las mujeres les gustan los helados... quizás su chica fuese a la heladería y Verónica le podría avisar de eso.

Es casi nuestra hora –dijo Juan Pablo mirando al reloj en la pared de la cocina–. ¿Necesita pasar a casa, Verónica?

No, he traído todas mis cosas.

Ella moraba con sus padres y hermanos en la isla vecina y cuidaba de los quehaceres domésticos de la casa de ellos. Solía venir por las mañanas y hacer el desayuno allí. En sus días libres, se quedaba en la casa; en los días de trabajo iban todos juntos a la Estación.

Me voy con ustedes –declaró Nicolás.

Verónica lo miró sorprendida.

Estás de vacaciones, ¿necesitas ir tan temprano? El movimiento ahora es pequeño.

La empresa sólo me ha pedido que esté en la Estación en las tardes de domingo, cuando el movimiento puede ser mayor que el esperado y me necesiten, pero no pienso en trabajar hoy. Busco a mi hermosa princesa, por eso es que quiero ir temprano, con ustedes. No puedo arriesgarme a no verla otra vez. Me moriría.

El tono dramático de Nicolás hizo Verónica reír, aunque suponía que él había embrujado la chica para que volviese.


* * * * *


JULIET SIGUIÓ rigurosamente los planes hechos en la noche y no tuvo dificultad en darse a entender con el conductor del colectivo. Había estudiado español en el colegio y en la universidad, aunque no lo había practicado desde que saliera de las clases, no lo había olvidado de todo. Y, además, desde que había decidido venir a Buenos Aires, sólo había leído libros en español. Aún tenía dificultad en seguir una charla larga, como la del guía en el barco de ayer, pero comprendía las frases cortas.

El recuerdo del paseo en el río la hizo estremecer. Alejó el pensamiento y miró adelante. Era eso que necesitaba hacer en su vida: olvidar los recuerdos y mirar adelante.

La Feria de Mataderos era todo lo que había esperado: barracas coloridas llenas de toda suerte de artesanías. Recorrió lentamente la primera parte, demorándose en cada una de las barracas, admirando aquellos objetos que para ella eran una gran novedad. Al llegar a las barracas de comida, sucumbió a la tentación de experimentar lo desconocido: pidió una porción de locro y tamales.

Sentada en una mesa en la sombra de los árboles, junto a personas desconocidas, se sintió muy solitaria. Miró la mano sin anillos. No sentía la falta del anillo de compromiso que había llevado por cuatro años... Bryan la había magullado de tal manera que era un alivio tenerle lejos de su vida.

Si las cosas hubiesen salido como ella imaginaba hace un mes, hoy sería su primer día de casada. Casada con Bryan, su primer y único novio.

Había conocido Bryan a los quince años y estaba encantada con su naturaleza confiada y dominante. Dos años después eran una pareja fija y enseguida empezaron a hacer planes para una boda feliz y larga. Construyeron una casa, compraron muebles... ella había invertido todo su dinero en aquella casa. No compraba nada para sí misma, todo lo que ganaba lo gastaba en aquella casa.

Bryan insistía para que la documentación de la casa y todas las notas de gastos fuesen hechas en su nombre. Ella estuvo de acuerdo.

Un mes antes de la boda descubrió que Bryan mantenía una amante hacía más de tres años y cuando le había exigido explicaciones, él le dijo que no la amaba. Humillada, deshizo el compromiso y canceló la boda.

Cuando se ocupó de arreglar la división de lo que había en la casa, Bryan se rió y dijo que era todo suyo. Juliet discutió y al fin él le pidió que comprobara que tenía derecho a alguna cosa. Ultrajada, buscó a su padre.

Quedó desesperada al oír de su propio padre que no había nada a hacer, ella había sido una tonta más: Bryan tenía todos los documentos de compra en su nombre. Todo era de él.

Además de esa desilusión, vinieron otras peores. Su padre le dijo que lo más sensato sería perdonar Bryan, olvidar a la amante y casarse con él.

Perdonó a su padre por decir eso, era un hombre, no comprendía los sentimientos más profundos de una mujer. Pero su madre y sus dos hermanas mayores, ya casadas, tenían la misma opinión.

Al fin y al cabo, para su familia, ella era la villana de la historia.

Ofendida, decidida a no volver atrás pidió un mes de licencia en su trabajo y viajó lejos de todos. Tras algunas pesquisas en internet había elegido Buenos

Aires como su destino. No dijo nada a su familia, sólo le avisó a la directora de la escuela en la que trabajaba. Poco antes de embarcarse llamó sus padres desde el aeropuerto, le dijo que iba viajar, pero no contó su destino. Necesitaba un tiempo lejos de ellos, un tiempo para poner sus ideas y sentimientos en orden.

Juliet balanceó la cabeza para alejar los recuerdos. Era un domingo de sol, día de mirar hacia adelante. La comida, muy diferente de todo que conocía, le pareció maravillosa. Habían barracas que vendían dulces y satisfecha, se arriesgó a comprar un pastelito de membrillo. Continuó recorriendo la feria, había mucho que ver.


* * * * *


EN SU DESCANSO Juan Pablo fue hasta la heladería de Verónica.

¿Qué piensas de Nicolás? –le preguntó él sin rodeos.

Lo mismo que tú: ha embrujado a la chica para que vuelva.

Lo vi antes conversando un rato, ¿él te dijo algo sobre ella?

Hablaban muy bajo, pues aún estaban en la heladería y alguien podría oír la extraña conversación. Verónica tomó aire antes de responder asu primo.

Sé que te has quedado muy preocupado por Nicolás, pero no puedo traicionarlo... ni a ti –Verónica puso la mano en el brazo de Juan Pablo–. Si, de alguna manera, yo supiese de algo que pueda ser peligroso o que deba ser de cuidado te lo diré.

Gracias, Verónica –repuso él, cubriendo la mano de la chica con la suya–.

Es una situación más delicada que las otras... por ser Nicolás.

Tal vez –ella sonrió–. Eres nuestro Consejero, tienes una responsabilidad sobre todos nosotros, incluso Nicolás. Y él es el más joven, aunque sea más responsable que la mayoría de los chicos de su edad y que algunos de nuestros hombres. Lo sabes –Juan Pablo asintió y ella continuó–. tu miedo, primo, es tener que castigar a Nicolás. Tienes miedo de que tu posición de hermano influya en tu decisión.

Sí –repuso Juan Pablo con la voz casi inaudible.

Si algún día tuvieras que castigar a tu hermano, sé que lo harás con más severidad que a los otros.



CAPÍTULO 2


NICOLÁS DESPERTÓ temprano en el lunes. Había pasado todo el domingo en la Estación Fluvial, pero la chica no volvió. Se quedó un rato más tumbado en la cama, pero la ansiedad le hizo levantarse. Se asomó al balcón de su cuarto y miró hacia el río. Sintió el llamado... y por primera vez en su vida, eso no le agradó. Sin embargo, no podía ignorarlo. Bajó y, dejando la casa hacia atrás, siguió hasta el río.

Dos horas después volvió a casa, encontrando su hermano en la cocina.

Buen día, Juan Pablo.

Buen día. ¿Algo no está bien?

Nicolás se encogió los hombros sin decir nada.

¿Es por la chica? –insistió Juan Pablo.

Por muchas cosas. No quiero hablar de eso.

Nicolás dejó la cocina y subió a su cuarto. Se percató de que su hermano le seguía y, aunque eso no le gustó, dejó la puerta abierta al entrar. Asomó al balcón y fijó los ojos en el río. Juan Pablo no entró, se apoyó en el marco de la puerta, cruzando los brazos sobre el pecho. Miró su hermano en silencio por un rato.

Si no me dices lo que pasa, no puedo ayudarte.

No necesito de ayuda.

¿Has embrujado la chica?

Nicolás resopló, irritado con la insistencia de su hermano.

Eres el hombre que nos controla a todos nosotros, debes saber la verdad.

Siempre la sabes.

Más que "el hombre que controla todos", soy tu hermano. Y te quiero mucho.

Lo sé.

Entonces, ¿no puedes mirarme cómo a tu hermano? ¿O sólo cómo al Consejero?

Eres demasiado poderoso para ser mi hermano –repuso Nicolás riendo–. Soy poco más que un pez de acuario.

No has contestado mi pregunta.

Nicolás volvió al cuarto y miró su hermano.

Estoy siendo infantil, ¿no?

A veces uno lo es –repuso Juan Pablo con el semblante serio.

Tú no. Nunca –observó Nicolás, sentando en la cama–. Ni siquiera eres capaz de sonreír... no recuerdo cuando ha sido la última vez que he visto una sonrisa en tu cara...

También no lo sé, pero lo cierto es que la causa de ella ha sido tú. Eres todo que tengo, mi hermano.

Una compañera...

Sabes que no voy a buscarla –atajó Juan Pablo, bruscamente–. Ya discutimos eso cuando te expliqué las implicaciones de una relación entre nosotros y una mujer. Lo que hagas de tu vida es elección tuya, así como lo que haga de la mía es mi responsabilidad.

Nicolás balanceó la cabeza. Su opinión quedaba en desacuerdo con la de su hermano, pero no quería discutir eso ahora. Ya tenían tantos otros motivos para una discusión...

No vas a desistir de hacerme contártelo todo, ¿no?

Juan Pablo inclinó la cabeza en un gesto muy familiar para Nicolás: en silencio, su hermano exigía que hablase. Pues bien, tenía que hablar. Empezó:

He embrujado la chica, sí. No estoy seguro de que ella haya visto el cambio, ha visto al pez y a mi. De eso estoy seguro. La embrujé por precaución.

Tras esa confesión hubo un largo silencio.

¿Qué planeas hacer cuándo ella vuelva? –preguntó Juan Pablo en voz baja.

Conversar. Descubrir lo que ella ha visto... que conclusiones ha sacado... –Nicolás sonrió–. No es mentira que ella me gustó.

Cuidate, hermano. Es todo lo que te voy a decir.

¿Nada más? –preguntó Nicolás, sorprendido.

Tal vez el Consejero quisiera hacerte alguna reprimenda, pero no ha venido hoy. El único hombre que está aquí es tu hermano, y ese desea que seas feliz.

Nicolás sintió las lágrimas asomaren a sus ojos. Nunca se había sentido tan cercano a su hermano, había quince años de diferencia entre ellos. Él era un niño cuando sus padres murieron, Juan Pablo, un hombre. Su hermano le cuidó, como hacía hasta hoy. Se puso de pie de un brinco y abrazó Juan Pablo.

Gracias, hermano. No voy avergonzarte delante de nadie.


* * * * *


JULIET MIRABA el vaso de jugo por la mitad, así como la tarde. La pena que sentía de si misma por haber sido tan tonta con Bryan empezaba a transformarse en rabia. No podría decir que eso era mejor o peor, pero se sentía más feliz con rabia que apenarse de si misma.

El río. Cada vez que pensaba en desplazarse a algún lugar diferente, su pensamiento volvía al río. Quería y no quería volver al Tigre. El paseo le había gustado desde el principio, pero aquel hombre le había perturbado en demasía.

Tenía miedo de volver a verle, y de no volver, también. Sabía que si regresaba otra vez y no veía al desconocido, quedaría desilusionada.

Él la asustaba y fascinaba a la vez.

Quizás necesitase de eso: una aventura con un hombre atractivo como aquél. Rió de si misma, nunca sería capaz de tener una aventura. Ni siquiera con un hombre como aquel del río. Aunque se lamentara por esa decisión, no sería capaz. Volvió a reírse, ¿desde cuándo un hombre como aquél tendría interés en una mujer como ella? Alguien como él podría escoger la mujer que quisiera, por cierto ya tendría una. O muchas...

No. No iba cambiar sus planes. Mañana haría la visita al zoo, miércoles al Jardín Botánico, el jueves iba hacer compras. El viernes tal vez ya no estuviese en Buenos Aires... había planeado sólo una semana, nada más. Si se quedaba más tiempo en la ciudad podría visitar un mismo lugar dos veces, pero esa semana no cambiaría nada. A propósito, había hecho un cambio: el paseo en el río.

Salió del Arkansas con sólo dos actividades planeadas: la visita a la Feria de Mataderos y el recorrido del Tren de la Costa. Había leído sobre los paseos de barco en el Delta, pero nunca viajaba en barco y no pretendía hacerlo. En el Tigre, empezó a caminar por la orilla del río. No solía hacer eso, los ríos no tenían atractivos para ella. Miró el agua, sacó fotos... y cuando se dio cuenta, estaba en la rampa con un pasaje en las manos.

Había sido un cambio, no haría otro. Los cambios no le gustaban. Tenía la necesidad de tener todo planeado, organizado, para sentirse segura.


* * * * *


ACOSTADO EN SU cama, todas las luces apagadas, mirando hacia el techo, Nicolás se preguntaba porque la chica aún no volviera a Tigre. Tal vez no la había embrujado; a fin de cuentas esa había sido la primera vez que intentaba hacerlo. A pesar de que su hermano haber le había enseñado personalmente como se hacía, nadie podía decir que lo sabía mientras no lo hiciese. Había hecho lo que Juan Pablo le había enseñado, pero la chica no volvió. Buen, tal vez ella pensara que había recorridos sólo los domingos y que el lunes la Estación Fluvial no estaba abierta. Quizás viniera mañana...

Se adormeció pensando en ella.

El martes fue largo. Nicolás se despertó temprano, nadó en el río,volvió a la casa y tomó el desayuno con su hermano. Siguieron para Tigre y él quedó deambulando por la Estación durante todo el día. Ya era noche cuando volvió a casa con Juan Pablo.

Un día más sin encontrarla.

Como siempre, su hermano siguió para su casa mientras Nicolás cuidaba de los amarres del barco en el muelle. Volvió a mirar el cielo estrellado cuando terminó sus actividades y tomó el rumbo de casa. Iba desanimado y sólo se percató de la presencia de su hermano en la puerta de la cocina cuando ya estaba muy cerca suyo. Se detuvo en medio del camino.

¿Quieres hablar? –preguntó Juan Pablo.

Creo que no.

Crees... ¿o estás seguro que no?

Nicolás rió.

Muy bien, has ganado. Vamos hablar de eso antes que yo me vuelva loco –dijo el joven siguiendo hacia los muebles blancos de hierro que había en el jardín lateral de la casa.

Aunque hubiese iluminación allí, Juan Pablo no la encendió. Siguió a su hermano en silencio. Nicolás se había sentado y enterrado el rostro en las manos, en un gesto de desesperación. Juan Pablo se sentó en una silla frente de su hermano y esperó. Un tiempo después, más calmo, Nicolás alzó la mirada hacia su hermano.

Creo que no conseguí embrujarla.

¿Lo dices sólo porque ella aún no ha vuelto a Tigre?

Sí. La vi el sábado... mañana es el cuarto día. He fracasado, no aprendí ni siquiera a embrujar un humano.

Tal vez no.

Nicolás miró su hermano con curiosidad.

¿No qué? ¿No aprendí a embrujar? ¿O no fallé?

Observó Juan Pablo sorber un largo trago de cerveza, la lata brillando bajo la luz de la luna, esperando la explicación.

Quizás hiciste el embrujo de la manera correcta y la chica se esté resistiendo. Por eso aún no ha venido.

¿Es posible un humano resistir a un hechizo nuestro? –preguntó Nicolás muy sorprendido con la novedad, su hermano nunca le había dicho eso. Siempre había hablado de embrujar un humano como si fuese una certeza.

No es imposible –respondió Juan Pablo de manera evasiva.

Estás diciendo eso como consuelo, sé que o hechizas o no hechizas.. Nosotros podemos hacer cosas que los humanos no pueden y podemos hacer cosas con ellos.

Y ellos pueden hacer cosas con nosotros –dijo Juan Pablo con la voz sombría que usaba algunas veces–. Nunca te olvides de eso.

Es ese el motivo de mi preocupación ahora –Nicolás miró su hermano a los ojos, tan negros cuanto los suyos, con firmeza–. Aunque me gustaría ver aquella chica otra vez por motivos muy personales, el no verla ya no escapa del ámbito personal. Ella me vio y al pez, si no vuelve pero busca respuestas a sus preguntas sobre el tema, todos estamos en peligro.

Sé eso.

Fallé en la única situación en que no debí haber fallado.

Juan Pablo se sintió orgulloso de su hermano. La declaración no tenía ni matices de reproches o lamentos, había sido una fría constatación de un hecho. Nicolás hablaba como un hombre, no como un niño.

Aún me quedo con la opción de que la chica se resiste a tu hechizo. Por ahora no voy considerar que has fallado.

Tienes motivos para pensar así –observó Nicolás, intentando hacer que su hermano hablara más de lo que quería.

Por supuesto.

Sabes muchas cosas que no me has dicho

Juan Pablo se quedó en silencio y Nicolás prosiguió:

Incluso sobre nuestra familia. ¿Nunca vas a contármelas?

Todo a su tiempo. Ahora, por cierto, no. Tienes esa historia de la chica para ocuparte.

Sabiendo que su hermano no diría nada más, Nicolás se quedó observándolo. Juan Pablo volvió a sorber su cerveza mientras lo miraba de una manera sombría. Nicolás tenía veintitrés años, sus padres lo habían dejado a los seis. Hacía diecisiete años que su hermano lo cuidaba como a un hijo. La muerte de los padres y los quince años que les separaban hacían que la relación entre ellos se aproximase más a la de un padre e hijo que a la de hermanos. Eran compañeros, pero Nicolás se sentía en una posición de obediencia todas las veces que quedaban en desacuerdo en algún tema. Quizás fuese porque Juan Pablo era el Consejero...

Vete a la cama, niño, y duerme. Sueña con tu chica, pues mañana es otro día y ella puede venir.

¿Eso es una orden? –preguntó Nicolás riendo.

Estás muy viejo para que yo te dé ordenes. Eres un hombre, por lo tanto, lo que te doy son consejos.

Por primera vez Nicolás vio rasgos de cansancio en el rostro de su hermano. Sonrió. Eso le hacía más humano. Algunas veces, Juan Pablo parecía ser hecho de piedra. Se levantó, besó la mejilla de su hermano deseándole una buena noche y siguió hacia su cuarto deseando cumplir la orden de soñar con la chica.


* * * * *


JULIET NO PUDO contener el sentimiento de rabia de si misma que le invadió mientras el tren seguía para Tigre. Había pasado la mañana en el Jardín Botánico y, sin pensar, tomó el subte para Retiro y el tren. Si quisiera, podría bajar del tren, seguir hasta la boletería, comprar el pasaje de vuelta y volver. Nada le obligaba a quedarse más tiempo que ese en Tigre o a salir de la estación. Así lo haría.

A los pocos la rabia iba disminuyendo. Volvería a su pequeña ciudad en Arkansas más orgullosa de si misma y más segura. Para una chica que nunca había salido de su ciudad si no fuese llevada por sus padres o su novio, estaba comportándose muy bien en la capital de un país desconocido. Ex desconocido, pues ya se sentía familiarizada con la ciudad. Quizás fuese por el daño que Bryan le había hecho, por la falta de apoyo de su familia... fuese lo que fuese, la verdad era que no echaba de menos su vida o su casa.

Otra vez la fuerza del río había sido mayor que su voluntad y Juliet tenía en manos otro pasaje para un paseo de barco. Y esa vez algo aún más osado: un recorrido del Tigre a Buenos Aires. No quería hacerlo, pero el hombre insistió... no, él no había insistido, ella es quien había querido probarse a si misma que podía. El vendedor, viendo su indecisión le preguntó donde se hospedada y le dijo que serían diez minutos de taxi hasta su hotel. Rió. Ella no andaba en taxi, prefería recorrer la ciudad a pie.

Puerto Madero... estaba segura de que el barrio constaba en su mapa. Avergonzada demás de mirar el mapa delante de todos, siguió hacia el baño. Abrió una amplia sonrisa al ver que era cerca, muy cerca del centro. Bastaría con llegar a alguna calle y consultar su mapa para tomar la dirección correcta. Pues bien, no haría una tontería.

Nicolás se distraía conversando con sus amigos en la Estación. Casi cuatro horas y nada de la chica, por lo visto ella no vendría. Estaba cerca de la rampa de embarque de la lancha para Buenos Aires cuando alguien llamó a su móvil. Su corazón dio un vuelco al mirar la identificación de la llamada.

Dime, Verónica.

Hola, Nicolás. Estoy bien, aunque echándote de menos pues no has venido a verme desde el almuerzo.

Verónica...—masculló él–. Si es una broma...

Por supuesto que no haría eso contigo. Creo que acabo de verla ahora mismo. Es muy parecida al dibujo que me diste el domingo.

Nicolás sonrió. El sábado por la noche había hecho muchos dibujos del rostro de aquella chica. Primero, por gusto, después, para enseñarlo mientras la buscaba. Había dado uno de ellos a Verónica, es decir, había sido el único que había mostrado a alguien. Por lo visto, había sido útil.

¿Dónde está?

Ahora, en el baño. Quédate donde estás, ella ha comprado un billete para Buenos Aires.

¿Segura de eso?

Es el único paseo de ellos que aún queda hoy, ¿no?

Si.

El billete sólo puede ser para ahí.

Desde luego. Gracias, Verónica.

Cuidate, primo.

Nicolás concluyó la llamada con los latidos del corazón acelerados. No tuvo tiempo para hablar con el capitán, ella venía hacia la rampa de embarque.

Caminaba despacio, de una manera dudosa: podría ser mucha con confianza o insegura. Ella se acercó al grupo de marineros y él la miró a los ojos.

Hola –saludó Nicolás.

Ella respondió muy bajo y desvió los ojos. El marinero de la lancha miró el billete en la mano de ella y la condujo hacia la escalera. El capitán miró a Nicolás con un brillo divertido en los ojos.

Lo siento. No hay tiempo para que te compres un billete.

¿He sido tan obvio?

No. Lo único que esa mirada dijo es que estás enamorado de esa chica. Nada más –bromeó el capitán.

La verdad –Nicolás rió.

Es por ella que has venido a la Estación todos los días, ¿no?

Nicolás asintió, sonriendo. Pocas veces se había sentido más feliz en su vida.

Vamos –llamó el hombre.

¿Sin pasaje?

Mañana te arreglas con la oficina. Mientras tanto yo les contaré tu problema.

Ahora no es más un problema. Gracias.

Los dos hombres bajaron la escalera.



CAPÍTULO 3


NICOLÁS RECORRÍA el pasillo de la lancha. Habían pocos pasajeros y si tenía suerte, nadie se habría sentado al lado de su chica. Sonrió. Desde el sábado pensaba en ella como "su chica". El capitán tenía razón: estaba enamorado. No quería pensar en las terribles implicaciones de ese hecho ahora mismo, quería era experimentar esa emoción que le parecía tan fascinante. Además, la chica era turista, o sea, pronto se marcharía y nada grave ocurriría a ninguno de ellos.

Juliet se percató de que alguien paraba en pasillo y tenía la intención de ocupar la butaca a su lado. A pesar de su timidez, alzó los ojos sonriendo de manera gentil. Su corazón dio un vuelco cuando encontró los ojos negros de Nicolás. Él le sonreía, de aquella misma manera que hiciera hace poco en la rampa. Parecía más joven sonriendo que cuando le había visto en el río, el semblante serio y la mirada penetrante. El recuerdo de la piel bronceada cubierta por gotas de agua que brillaban al sol le provocó un escalofrío.

Hola, señorita. ¿Puedo? –preguntó Nicolás, señalando la butaca al lado de ella.

Sí, claro.

Él se sentó estirando las largas piernas debajo de la butaca de la próxima hilera. Aunque no estuviese acostumbrado a viajar como pasajero y si trabajando, en un barco estaba en su elemento, y Juliet se percató de eso. Aquél hombre parecía pertenecer al lugar. Ella sonrió de su tontería, claro que pertenecía al Tigre, por cierto moraba allí.

El paseo por nuestros ríos te ha gustado, ¿no? Has venido el sábado – comentó Nicolás–. Estoy seguro de que te vi en uno de los barcos clásicos mientras nadaba en el Luján.

Sí.

Nicolás la miró con atención. La chica tenía una expresión amable, pero las respuestas cortas le dejaron en duda. Aunque necesitaba hablar con ella y descubrir qué había visto y pensado de la escena del río el sábado, no podía ser maleducado.

¿Estoy siendo inoportuno? ¿No tienes ganas de hablar? –preguntó Nicolás–. Dime la verdad, no me enojaré contigo.

La sonrisa generosa de él la hizo temblar. La boca carnuda, invitadora, daba a su rostro una expresión cálida. El brillo de aquellos ojos negros, enmarcados por finas arrugas típicas de un hombre que vive al aire libre, denotaba sinceridad.

No, no es eso –Juliet hizo un ademán y dio una sonrisa que confirmaba sus palabras.

Entonces, ¿qué es? –Nicolás sentía como si fuese derretir bajo aquella sonrisa tímida y al mismo tiempo provocativa.

Es que...yo hablo muy poco de español... –ella empezó a decir, avergonzada.

Juliet nunca había estado tan cerca de un hombre tan atractivo. Era muy distinto de todos los hombres con quienes había tratado en su vida. Aunque ahora, dentro de la lancha y vestido, no tenía toda esa aura mágica de la otra tarde en el río, su virilidad no quedaba oculta.

Pero lo comprendes, ¿no?

Sí. He estudiado español, pero nunca tuve la oportunidad de practicar.

Ahora la tienes –repuso él, con más una de aquellas sonrisas encantadoras–. ¿De dónde eres?

Arkansas, EUA.

Sé algo de inglés, por cierto no quedará nada sin entender entre nosotros. Me llamo Nicolás.

La lancha estaba dejando la Estación Fluvial, y Juliet miró hacia la ventana. Por un rato él pudo observala sin que ella se diese cuenta. Era rubia, en un tono no muy claro con algunos mechones más oscuros que parecían obra de peluquería. Los ojos tenían el color del chocolate: un marrón cálido y invitador. Eran muy expresivos. A propósito, la única cosa expresiva en ella. Parecía una chica muy reprimida, su voz, sus ademanes, su sonrisa... todo era medido. Lo único que ella no lograba ocultar era lo que sus ojos revelaban.

Al oírlo presentarse, ella se volcó hacia él e hizo lo mismo:

Juliet –dijo, tendiéndole la mano.

Él aceptó la invitación y estrechó su mano. Fue un contacto exquisito para ambos. Juliet contuvo el aliento, la mano de él era fría, y aunque la tenía llena de callos, era lisa. Una fuerte emoción invadió a los dos que quedaron algunos segundos en silencio, las manos unidas, mirándose a los ojos. Temiendo asustarla, él fue abriendo los dedos despacio, hasta que soltó la mano de ella.

¿Algún Romeo en tu vida?

Había. No más. El príncipe se reveló sapo.

El rió de la broma, pero se percató del brillo triste en el fondo de aquellos ojos encantadores. Por cierto era algo reciente. Tal vez fuese ese hombre el motivo de su viaje. Un viaje de olvido.

¿Hace muchos días que estás en Argentina? ¿Te gusta?

Llegué el viernes, y me ha gustado mucho. Todos los días he salido del hotel por la mañana y vuelto poco antes de oscurecer. Visité puntos turísticos, hice compras y –Juliet hizo un ademán hacia el río, sonriendo –paseos en barco.

Por lo visto estos paseos te gustaron mucho.

Oh, sí. No estaban en mis planes de viaje, pero el sábado, cuando me percté, ya me quedaba dentro del barco en el medio del río –ella bajó la voz como si aquello fuese un secreto–. Nunca había pisado en un barco, me muero de miedo y... aquí... es como si ellos me llamasen.

Quizás te llamen.

Ella rió con gusto.

¿El Delta está encantado?

Tal vez –repuso él–. Todo lugar tiene sus leyendas.

Ella lo miró con curiosidad, provocándole escalofríos.

He investigado sobre el Delta y no encontré ninguna. ¿Hay registros?

Nicolás dio un suspiro de alivio, ella no sabía de ellos. Aún.

Muy pocos y no se los considera oficiales. Creo que en los últimos años se ha investigando y elaborando un libro sobre nuestras leyendas.

¿Vives aquí?

Sí, he nacido en las islas. Mi familia vive aquí hace algunas generaciones.

Ella le dio una sonrisa burlona al mirar que la guía que hablaba de los clubes de remo instalados en las orillas del río.

Entonces, creo que hoy no necesito de ella.

No, y además puedes hacer todas las preguntas que quieras. Hoy tienes un guía particular.

Ella estremeció bajo la intensidad de la mirada de él y volvió la cabeza hacia la ventana.

¿Vives en una de las islas con tu familia?

Yo y mi hermano compartimos la casa que ha sido de nuestros padres, en el Luján, cerca de donde yo nadaba el sábado.

Por lo visto es común bañarse en estos ríos –comentó Juliet, aún mirando por la ventana.

Sí. El color oscuro del agua da una impresión equivocada a los que no conocen el río. No se trata de contaminación sino de los sedimentos que los ríos traen desde el interior. Es eso que va a formar las islas. El Delta está en movimiento, es vivo... crece a cada año. Podrás ver como nacen las islas, el recorrido que vamos a hacer lo muestra al revés: primero vamos a ver las islas formadas y después las varias fases de formación.

Parece muy interesante –dijo ella volviendo a mirarlo con genuino interés en el tema de la conversación.

Y lo es –él rió–. Al menos para mí que amo este lugar.

Es encantador, no creo que alguien pueda conocerlo sin apasionarse– Juliet volvió a mirar el agua y enseguida a Nicolás–. ¿Hay muchos peces en estos ríos del Delta?

Algunos. Son ríos urbanos. Aunque los arroyos y canales entre las islas intenten compensar, no tenemos una fauna o flora exuberante como si estuviéramos en una floresta tropical.

Ella miró el agua en silencio por algunos minutos, pensativa. Aunque el paisaje fuese impactante, por cierto no podría ser descrito como exuberante, los colores se alternaban en tonos de verde y marrón. Así mismo no había monotonía en el paisaje. Quizás fuese el movimiento del agua, o la presencia de los muelles, o los canales y arroyos... el cierto era que cada metro que avanzaban parecía un nuevo paisaje y no una repetición de lo que había visto.

El sábado vi un pez –dijo Juliet sin mirar a Nicolás.

Has tenido suerte, por el color del agua, es muy difícil verlos, excepto cuando asoman a la superficie.

Era grande –dijo ella volviéndose hacia él.

¿Uno de esos que sería la alegría de un pescador?

Muy grande, Nicolás –ella vaciló antes de añadir– Grande como un delfín.

Bien, lo había dicho. Juliet tomó aire, esperando las carcajadas de él. ¿Quién quedaría serio tras oír tal tontería? Nicolás se estaba se mostrando muy gentil y educado, además de flirtear abiertamente con ella, tal vez sólo se riese de una manera discreta o disfrazada. Esperó.

¿Un delfín? –preguntó él sin reír.

Algo así –masculló ella, ya arrepentida de haber tocado en el tema.

Él puso los ojos en plato y dijo como si recordase algo:

¡Una franciscana! ¡Has visto una franciscana, Juliet!

Ella lo miró y dijo:

Aunque lo hubiese dicho todo en inglés, yo no te habría comprendido. Parece algo bueno...

Dicen que lo es, seguro que es muy raro –él se puso de rodillas junto a la butaca de ella y apuntó el agua–. El río tiene poca profundidad, no comporta especies muy grandes. Los peces de estos ríos suelen tener, los mayores, 40 cm. A veces llegan a los 60, pero es raro. En los ríos mayores del Delta, hay especies hasta con 1,1 m.

Y esa tal franciscana, ¿qué es?

Un delfín.

Ella rió.

Los delfines viven en el mar, ¿no?

La mayoría, no todos. Hay especies de río, y la franciscana puede vivir en el agua dulce o salada.

Juliet lo miró espantada y él continuó:

La franciscana suele vivir en el Río de La Plata. Tienen un color castaño grisáceo y son muy grandes, como has dicho. Las hembras pueden alcanzar hasta 1,8 m. ¿Es algo así que has visto?

Ella quedó un rato en silencio, pensativa. Sí, un pez oscuro, no brillante, y del tamaño de un hombre adulto.

Sí, así –respondió Juliet.

A veces, las franciscanas avanzan por los ríos del Delta. No sé el porque, pero sé que lo hacen. Es muy raro, y por eso es considerado un buen augurio verlas cerca de las islas.

Juliet sonrió y volvió a mirar el río. Buen augurio. Tal vez hubiese sido eso lo que ocurriera el sábado: el anuncio de nuevos tiempos en su vida. Tiempos mejores.

Mientras recorrían los ríos Nicolás fue enseñando a Juliet los puntos curiosos, las características de las islas, las plantas y costumbres locales. Él parecía ser una persona muy paciente, consideró todas sus preguntas con seriedad, incluso las más sencillas. Además, como ya le había dicho, él amaba aquellas islas y los ríos, lo que daba un tono muy diferente a lo que le explicaba. Juliet se preguntó si era así como los niños a quienes enseñaba en el Jardín de Infantes se sentían cuando ella hablaba de un tema que le gustaba más que los otros... Ojalá lo fuese, oyendo a alguien hablar de esa manera se aprendía mucho más.

De repente las islas disminuyeron y sumieron, dando su lugar a una inmensidad de agua.

Río de La Plata –anunció Nicolás.

¿Río? ¿Estás seguro de que no es mar?

Completamente. Si quieres, vamos a la popa y puedes probar el agua: es dulce.

Gracias, me quedo muy bien acá –dijo ella batiendo levemente con los nudos de los dedos en la ventana–. A propósito, me sentí mucho mejor en esa lancha con ventanas cerradas.

Así no puedes sentir el olor del río... no entras en contacto con él.

Ni con él, ni con mi miedo.

Nicolás rió y ella le acompañó.

Usted no tiene miedo del río porque ha nacido en él –rezongó Juliet.

Ni podría tener miedo, soy marinero.

¿En la Armada o en el río?

En el río, no puedo quedarme lejos de él –dijo Nicolás en tono tan dramático que la hizo reír.

¿En uno de estos? –preguntó Juliet.

No, en los catamaranes.

¿Aquellos monstruos que he visto en el río? –Nicolás asintió, riéndose de la definición de ella–. Gracias, no me subo en uno de aquellos ni muerta.

Son más estables, y dicen que son insumergibles.

Desde luego. Los constructores dijeron que el Titanic era indestructible, ¿no?

Nicolás volvió a reír. Juliet se preguntaba por donde andaba su timidez, él flirteaba abiertamente con ella y ni siquiera se había sonrojado una vez. Quizás fuese porque Nicolás mantenía la conversación en un nivel impersonal, mientras lanzaba hacia ella esas miradas cálidas y haciendo ademanes que hacían sus cuerpos si rozasen con frecuencia. Solo había hecho una pregunta personal: si había alguien en su vida y tras la respuesta de ella, no comentó nada. A lo mejor se percató de que era algo que aún dolía mucho.

Como ahora iban por un territorio no tan conocido por Nicolás, le prestaron atención a los guías. A los lejos, Buenos Aires parecía una ciudad fría y arrogante, lo que no era. Juliet escuchaba con atención las palabras del guía y cuando no lograba comprender algo, preguntaba a Nicolás que se lo explicaba con aquella paciencia que parecía tan peculiar.

Vieron el aeropuerto local, el puerto con sus inmensos navíos de carga y aterradores guinches. Entraron en Puerto Madero. Juliet sintió una incómoda tristeza por el fin del paseo. Llegar al puerto significaría despedirse de Nicolás. Le había gustado la compañía de él, por primera vez estaba sintiéndose a gusto junto a un hombre.

Sí, no le había preguntado la edad pero aunque era joven, Nicolás no podía ser descripto de otra manera que como un hombre. Ni toda su gentileza y discreción al no hacerle preguntas personales podía ocultar lo muy atractivo que era.

Bajaron de la lancha y él tomó su brazo mientras subían la rampa del puerto.

¿Qué piensas hacer? –preguntó él –¿Seguir directo para tu hotel?

Tal vez –repuso ella mientras observaba el estacionamiento casi vacío al cual la rampa les había conducido–. La verdad, Nicolás –Juliet tomó aire, aunque parecía tan fácil confesar sus flaquezas a él –, es que no sé donde estoy. No voy seguir hasta el hotel. Voy buscar mi hotel.

Lo siento, pero eso no me suena bien –comentó Nicolás cruzando el estacionamiento aún llevándola del brazo.

El vendedor me ha dicho que está cerca, por eso me he arriesgado en esta aventura.

¿Ha sido una aventura para ti? –preguntó Nicolás con sincera curiosidad.

Una gran aventura –confirmó Juliet.

Si no tienes un mapa en tu bolso, prepárate para otra gran aventura. Conozco muy poco de Buenos Aires, seremos dos perdidos.

Ella rió mientras abría uno de los bolsillos de su bolso.

Soy una aventurera, no una irresponsable –dijo ella, exhibiendo un mapa turístico.



CAPÍTULO 4


LOS DOS DEJARON el estacionamiento y ganaron la calle. En la primera esquina miraron la placa y abrieron el mapa.

¡Maldita sea! –exclamó Juliet –No lo encuentro –declaró extendiendo el mapa para Nicolás.

Él observó el mapa por un rato y dijo lo mismo.

Creo que estamos fuera de tu mapa, Juliet.

¿Es una broma?

Él sintió pena de la desesperación que vio en aquellos ojos tan expresivos, pero no consiguió mentir:

No sé donde estamos –cogió la mano de ella y señaló hacia adelante en la calle en que se habían detenido–. Mira, más allá hay una avenida y parece haber un ferrocarril. Vamos hasta allá, quizá sea más fácil de localizar en el mapa.

Juliet concordó. Fue difícil cruzar la calle, pero después de algún tiempo intentando, lo consiguieron. Bajo la sombra de un gran árbol volvieron a abrir el mapa.

¡Aquí! Estamos aquí –ella señalaba un punto en el mapa.

Eres mejor con eso que yo –comentó Nicolás, sonriendo de esa manera jovial que la había cautivado–. ¿Y dónde necesitamos ir?

Cerca de Plaza de Mayo –contestó ella señalando otro punto en el mapa–. Ahí está mi hotel.

Nicolás observó el mapa por algunos minutos en silencio, alzó la mirada para la avenida y volvió a mirar Juliet.

¿Puedo hacer una propuesta?

Házla.

Aquellos edificios son los viejos almacenes, hoy un gran centro comercial. Junto a ellos, hay un paseo para peatones. Podríamos recorrerlo juntos.

Ella sonrió y asintió. Quería quedarse con él todo el tiempo que pudiera.

Caminaban despacio, cogidos de la mano. A esa hora los edificios proyectaban su sombra en el paseo, tornándolo aún más agradable. Conversaban sobre cosas sin importancia, impresiones de lo que veían.

Por lo visto, vienes muy poco a Buenos Aires –comentó Juliet, pues le parecía que todo aquello era para él una novedad como para ella.

De veras. En la baja temporada, tenemos uno o dos días libres por semana, pero cuando los turistas llenan el Delta, el trabajo es casi permanente.

Hoy no has trabajado.

Estoy de vacaciones.

Nicolás se sintió tentado a preguntarle si ella también estaba de vacaciones, pues Juliet no le parecía un tipo de heredera que viviese sin trabajar, pero a ella no le gustaban las preguntas personales. No lo había dicho, lo había o concluido solo. Siguieron hasta el Puente de la Mujer.

Es interesante, aunque me gustan más las antiguas –dijo Juliet.

¿Le gustan las cosas antiguas? –ella asintió, notando en los ojos de él un brillo de divertimiento–. ¿Cómo el buque?

No estás pensando...

Él no navega, está fondeado allí. Es un museo.

Ni te fijes de que puedas convencerme a pisar en un barco otra vez. El agua y yo no hacemos una buena combinación.

¿Y que hace para ganarse la vida una mujer que tiene tanto miedo del agua?

Soy maestra en un Jardín de Infantes.

Nicolás la miró un rato y abrió una amplia sonrisa:

Combina contigo. Consigo imaginarte rodeada de niños, contándoles historias, tomándolos en los brazos...

No intentes imaginarme llevándolos a pasear de barco –bromeó Juliet.

Creo que no hay forma en que haga tal tarea posible –repuso él percatándose de que ella se había desviado del ámbito personal.

Dejaron la zona del puerto y siguieron hasta el hotel. Juliet lo sorprendió con su capacidad de localizarse en los alrededores del hotel. Pararon en la puerta.

Gracias por la compañía, Nicolás. Ha sido una tarde muy agradable.

Gracias por dejarme hacerte compañía –le dijo él tomando la mano de ella entre la suya–. ¿Vuelves a Tigre?

Creo que no. Tal vez me vaya de Buenos Aires el viernes.

Por un rato él se sintió tentado a embrujarla otra vez. Resistió. Lo hacía por seguridad, y eso ya quedaba garantizado. No debía envolverse con ella y ni utilizar sus poderes para fines personales.

Bien... si vuelves a Tigre y quieres hablar conmigo, busca a Verónica en la heladería. Es mi prima. Me gustaría verte otra vez.

Nicolás acarició suavemente la palma de la mano de ella, provocando escalofríos en Juliet. Ella retiró la mano y le dio una sonrisa nerviosa.

Hasta luego, Nicolás –ella entró y cerró la puerta.

Con una sonrisa soñadora en los labios Nicolás siguió hacia la Estación. Necesitaba volver a Tigre.

Nicolás caminaba lentamente por el jardín, los ojos soñadores fijos en el cielo estrellado. Tal vez nunca más viese a Juliet, pero había sido una tarde de ensueño, que jamás se olvidaría. Se acercó a la casa y vio las luces encendidas. Se reprochó. Ni siquiera se había acordado de llamar su hermano y avisarle del paseo. ¿Juan Pablo se habría preocupado? ¿Estaría enojado con él? Para su alivio escuchó voces, la de su hermano y una otra que tardó un rato a reconocer.

Hola –saludó Nicolás al entrar en la sala.

La mirada cálida de Juan Pablo hizo su corazón dar un vuelco. Su hermano le había mirado como solía hacer cuando aún era un niño y volvía de la escuela.

Bienvenido a tu casa, pequeño Nicolás –saludó Román –Las novedades corren en el río y quiero ser el primero en saber el resultado de tu cita romántica.

Nicolás ignoró su primo y se sentó en el sofá, al lado de su hermano.

¿Estabas preocupado? –preguntó Nicolás–. Lo siento, pero no me acordé de avisarte.

Verónica me dijo que habías encontrado a la chica y que ella iba hacer el paseo hasta Buenos Aires –repuso Juan Pablo con serenidad –Deduje que tú irías con ella.

Las novedades, Nicolás –insistió Román.

Es lo que mi hermano ha dicho. Nada más.

Pequeño Nicolás, si no me cuenta detalles, yo mismo los invento y cuento por todo el Puerto –amenazó Román– y muy pronto llegarán a la Estación.

Nicolás rió, sabía que era una broma de su primo. Román era el de mejor humor de todos ellos, siempre burlón y festivo, divertía a todos con sus bromas y chistes. Pero en la realidad era un hombre serio y tal vez el hombre en quien más confiaba su hermano de entre todos ellos. Bajo su capa de alegría se escondía un hombre responsable.

Ella se llama Juliet, es maestra de niños en Arkansas, no hay ningún hombre en su vida y se va de Argentina el viernes. Eso es todo.

¿Cómo “eso es todo”? ¿Y ustedes?

No hay “ustedes” en esta historia, Román. Existo yo y existe ella, nada más. Me gusta la chica, pero es una turista y tiene su vida, así como yo tengo la mía.

Pareces desilusionado –insistió Román.

Bien... ella me gusta –dijo Nicolás encogiéndose de hombros–. Pero sabía que no podía tenerla para mí. Sabemos que la única mujer que podemos tener es nuestra mitad, aquella que lleva el lunar que completa el nuestro.

¿Y has averiguado si ella tiene o no el lunar?

¡Román! ¿Cómo lo iba a hacer? –exclamó Nicolás indignado, apuntando el lunar en su propio cuerpo–. Has recibido la bendición de tenerlo en un lugar que puede mirar en cualquiera mujer, pero el mío..–. Nicolás hizo un ademán de desánimo y no completó la frase.


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