Gato pardo
Alejandro Volnié
Smashwords Edition
Copyright 2004 Alejandro Volnié
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Prólogo
Reza un antiguo refrán que: “de noche, todos los gatos son pardos”. Perla del saber popular, aplicable a tantas situaciones en la vida que se convierte en potente máxima de batalla, infalible para quien aprende a sacarle provecho.
El conocimiento de las penumbras y la habilidad para desplazarse entre ellas siempre ha sido, y seguirá siendo por mucho tiempo, la herramienta primordial de supervivencia de quienes navegan entre las intrincadas capas de la sociedad. ¿A quién no le viene bien caminar sobre la línea que separa lo legal de lo ilegal? ¿O a lo correcto de lo incorrecto? ¿O a lo conveniente de lo legal? Así, siempre se podrá cruzar hacia el lado más cómodo cuando sea menester.
Mejor todavía, cuando hasta las leyes han sido diseñadas para que los linderos entre la obediencia y el desacato resulten borrosos, de tal suerte que sea imposible adivinar de qué lado se para uno muchas de las veces.
Al interior de una sociedad en la cual los más de los legisladores persiguen preferentemente el éxito en sus carreras políticas en lugar de la procuración del bien común, esto no debe extrañar a nadie.
Y la secuela inevitable es que, quienes estén encargados de poner en efecto las leyes, viciadas por tal circunstancia, caigan de la misma manera en la ambigüedad.
Entonces, no es para extrañarse que porcentajes tan elevados de las fuerzas públicas, que supuestamente están para garantizar la seguridad de la población, se ocupen precisamente de lo opuesto. Las estadísticas no me dejarán mentir; menos todavía los noticieros de cualquier día, que todos observamos tarde o temprano. La mayoría de las bandas criminales que caen en manos de las autoridades cuentan cuando menos con un elemento de alguna corporación policíaca entre sus filas.
El fenómeno ha penetrado tanto y tan profundo en el entendimiento de tantos, que ahora forma parte del inconsciente colectivo del mexicano. Resulta tremendamente cómodo poseer la capacidad de borrar esa tenue línea entre lo lícito y lo ilícito, porque así nos es permitido resolver gran cantidad de problemas, sin importar qué tan pequeños o grandes puedan ser.
Los mexicanos nos jactamos constantemente de haber arreglado tal o cual asunto mediante una “mordida”. Sin embargo, sentimos temor de los agentes de la ley, porque cuando alguno se nos aproxima no podemos adivinar con qué intenciones lo hace, al punto de tener que decidir en cada ocasión si acatar la orden de detenernos o mejor darnos a la fuga.
Pero lo que jamás hemos tomado en cuenta es que es precisamente esa aceptación absoluta y sin cuestionamientos de que las leyes son flexibles lo que ahora ha provocado la avalancha incontrolable de criminalidad que amenaza con sofocarnos, porque el crecimiento explosivo de los índices delictivos se soporta precisamente en eso mismo: la capacidad para zafarnos de alguna situación inconveniente a cambio de unos cuantos pesos. La aplicación de la ley casi siempre está en venta. Para todos y en todos los niveles. Por un camino o por otro. Y las más de las veces, con apego al derecho, porque siempre es posible intrincar un asunto dado si se le agregan los elementos suficientes, hasta lograr que lo que en primera instancia se vio en blanco y negro, se matice de pardo profundo.
El 27 de junio de 2004, mientras escribía esta historia, en la Ciudad de México se llevó a cabo la más impresionante manifestación que la sociedad civil haya efectuado jamás. Cientos de miles de personas, cientos de miles reales, que no como los que alegan reunir muchos políticos cada vez, marcharon vestidas de blanco por las calles de la metrópolis para exigirle al gobierno resultados en materia de seguridad. Cansados de ser robados, vejados, secuestrados y peor aún, intimidados, por la aberrantemente desmedida cantidad de criminales que operan libremente entre la población, disfrutando de una impunidad que, a priori, resulta inexplicable.
Sin embargo, la explicación sí existe. Son gatos pardos, como lo somos la mayoría, que nos indignamos cuando algo malo nos sucede pero no dudamos en echar mano de la cartera a la menor provocación. Sea para librarnos de algún policía de tránsito que nos haya detenido, aunque sea con justicia, o para expeditar algún trámite burocrático.
Lo complejo del problema radica en que resulta mucho más sencillo contaminar, cosa que hemos hecho a la perfección, que depurar. Como cuando se funden dos metales para formar una aleación. Unirlos es cosa fácil, y quedan ligados de tal manera que no se distingue uno del otro, aunque el color resultante, curiosamente, casi siempre tienda a pardo. Sin embargo, separarlos implicará gastar mucha más energía y se llevará mucho más tiempo. De la misma manera, depurar la sociedad es posible, pero la tarea resulta titánica, además de que el resultado es altamente improbable, porque implica el convencimiento cabal de la gran mayoría.
Es parte de la naturaleza humana el que todos seamos distintos dentro de nuestra similitud. Por eso siempre aparecerán individuos incapaces de distinguir lo que los demás consideran correcto o incorrecto. Eso es natural, y por lo mismo, jamás podrá lograrse la perfección en cuanto a lo que la convivencia implica. Sin embargo, si nuestros niños son criados viviendo las normas con ambigüedad, estamos garantizando que cuando adultos perpetúen las circunstancias que cimientan los horripilantes niveles de peligro en los que vivimos.
La historia a continuación es ficticia al mismo tiempo que absolutamente verdadera. Cada uno de los hechos relatados ha sucedido no una, sino cientos de veces, aunque los nombres de los perpetradores puedan haber variado. Los sucesos ocurren entremezclados en el mundo del diario, aleados con el resto de las vivencias cotidianas, porque los actores también son miembros de la sociedad, como lo somos los lectores. Todos operan al unísono en esa zona vaga en la que los colores se confunden porque la luz no es clara; entonces, como los gatos, aprovechan para tornarse pardos.
1
—Yo no debería estar aquí. Me entregaron. Seguro que me entregaron. Y yo sé bien quién fue. Si no, ¿cómo?
Cabizbajo y con las manos cubriéndole la cara, el ex policía volvía a repetir su acostumbrado discurso.
—Si lo del gachupín era cosa fácil. Una movida de dos o tres días cuando mucho. Una lana rápida y ya. Lo liberábamos luego luego. No tenía problemas. De veras que no tenía problemas.
Y tras una pausa comenzaba otra vez:
—Es que yo no debería estar aquí. Pero ese desgraciado me vendió para salvarse.
Escuchando con paciencia, el joven abogado se limitaba a asentir con la cabeza de cuando en cuando, esperando a que su cliente terminara de volcar los sinsabores de su alma atribulada. Hacía como que lo escuchaba mientras dejaba que su mente volara a cualquier otro lugar. La historia se repetía igual en cada ocasión y sus cuentos ya los había oído varias veces; por lo mismo, sabía que no le llegaría el turno de hablar sino hasta que su defendido hubiera terminado de desahogarse.
Ignorando la interminable cantata que sonaba como música de fondo, Adalberto Rodríguez, el novel litigante, se dio a repasar aquello que lo había tenido tan atormentado en los días recientes.
Había adquirido su cédula profesional apenas un año antes. Siendo egresado de una escuela de mediano prestigio y sin haberse graduado con más honores que la emocionada felicitación de sus padres, pasó momentos difíciles para conseguir empleo. Por eso se desempeñaba como defensor de oficio en una de tantas delegaciones de la Procuraduría de Justicia de la Ciudad de México. Siempre quiso ser un penalista; desde que, cuando pequeño, miraba con admiración a tantos protagonistas de las series estadounidenses de televisión o de las películas de Hollywood, capaces de ganar cualquier caso tan sólo esgrimiendo sus habilidades histriónicas. Él nunca se sintió conforme con su naturaleza tímida, por lo que al adueñarse de la personalidad de esos personajes triunfadores se sentía realizado. Deseaba más que nada que algún día la vida le proporcionara la oportunidad de representar uno de esos roles magníficamente triunfadores; así todos sabrían por fin quién era él.
Pero los meses pasaban y la realidad lo tenía cada vez más desencantado. En su calidad de defensor público apenas recibía los casos más simples: algún vagabundo que hubiera sido sorprendido robándose cualquier cosa insignificante de una tienda o algún indígena que difícilmente hablara español y que hubiera sido inculpado por alguien más listo para librarse de algún delito menor. El hombre que seguía hablando enfrente era hasta ese momento su cliente más relevante, y si había llegado hasta él era nada más porque toda su gente le había volteado la espalda y no contaba con un solo cinco para defenderse. Quizás un triunfo en este caso le abriera algunas puertas, por eso lo consideraba su mayor prioridad.
De pronto regresó a la realidad para descubrir que su defendido por fin se había callado y ahora lo miraba intrigado, como quien espera una respuesta. Pero él no había estado prestándole atención, por lo que, con su habitual timidez, le pidió que le repitiera la pregunta.
Inmenso cual ofendido, tornando su depresión en cólera, el prisionero se puso en pie empujando violentamente la mesa que los separaba.
—¿Pos, qué no está escuchándome, licenciado? —fue su reclamo—. Si llevo más de media hora hablando y usted parece que está en otro mundo. ¿Así cómo me va a ayudar?
Adalberto había pegado un salto para meterse en una de las esquinas del cuarto de entrevistas, y con pánico en la mirada buscaba al custodio que debería estar vigilando a través de la ventana, pero el desinteresado vigía no había notado nada y seguía con la vista clavada en la historieta que llevaba rato leyendo. El corazón le latía desenfrenado y no lograba articular palabra. Estaba a merced de la ira del mastodonte que tenía enfrente y sufría adivinando en qué terminaría todo; pero, para su fortuna, su cliente había caído en un nuevo episodio de extroversión y recitaba una vez más sus desgracias, una por una, aunque ahora con mayor vehemencia.
Aguantó así unos minutos, encogido y escudándose con el portafolio, como si sus escasos conocimientos de las artes legales, inexpertamente plasmados en los documentos contenidos en el maletín, pudieran protegerlo por obra de magia de la furia bruta y elemental del reo. Pero éste continuaba con su soliloquio y ni siquiera había vuelto a mirarlo, por lo que, armándose de valor, se escurrió hasta la puerta y abandonó la habitación.
Lívido y tembloroso el abogado pasó frente al custodio, y sin siquiera voltear para mirarlo pronunció un “terminamos”. Así le informaba que podía llevar al prisionero de vuelta a su celda o a donde correspondiera. No tenía el menor interés en averiguar qué podría seguir. Lo único que había en su mente en ese momento era encontrar la manera de librarse de ese caso.
Adalberto no era tímido por casualidad. Su fisonomía corta y casi esquelética lo había hecho inseguro desde pequeño, y el contraste con la humanidad masiva y hosca de Ramón Márquez, que seguía despotricando en soledad, lo hacía sentirse indefenso.
Caminando con paso decidido abandonó el reclusorio y entró en el edificio contiguo, sede de los juzgados. Necesitaba con urgencia hablar con el juez que llevaba el caso para buscar la manera de zafarse. Sabía que el secretario lo haría esperar un rato más que largo, ésa era la costumbre, sin embargo no se marcharía hasta haber logrado su audiencia.
Las dos horas de espera, sentado en una silla cerca de la puerta, obraron el efecto de calmarlo. Si bien, ya llevaba buen rato de sentirse tranquilo, al punto de haber comenzado a dormitar, seguía decidido a librarse del violento ex policía al que el destino lo había llevado a defender. Esperaría el resto del día de ser necesario, pero lograría hacerse escuchar por el juez.
Por fin la voz del secretario lo invitó a pasar. Tomando su maletín se puso en pie para avanzar penosamente los diez metros que lo separaban de la puerta de la oficina. Las piernas se le habían entumido y, a pesar de sus esfuerzos por disimularlo, su andar hacía recordar al de un lisiado. Esto se sumó al nerviosismo que de por sí sentía cada vez que encaraba a un juez. Su carácter inseguro lo hacía tartamudear al menor asomo de presión.
Con timidez que rayaba en lo desesperante traspuso la puerta de la oficina. Detrás del escritorio, entre pilas de expedientes gruesos, el juez leía uno de tantos con las mangas enrolladas y la corbata floja. Pareció no notar la presencia del visitante, porque tardó más de un minuto en levantar la vista apenas un poco sobre los anteojos. Recorrió lentamente la figura del joven abogado para clavarla otra vez en los documentos que estudiaba. Esto puso aún más nervioso a Adalberto, que sintió la boca secársele al grado de saber que no podría pronunciar palabra cuando el momento llegara.
Tuvo que salir para buscar un trago de cualquier cosa. Fue hasta los sanitarios y pegó la boca en la salida del lavabo. Nunca tomaba agua del grifo, pero ahora no encontraba alternativa. Tenía que mojarse la lengua y volver cuanto antes. Hizo un par de buches que escupió y luego se pasó otros tantos. Tras limpiarse los labios con el dorso de la mano regresó hasta donde el juez, que ahora lo miró fijamente en cuanto cruzó la puerta de la oficina, tomándose un tiempo antes de hablar.
—¿Qué lo trae por aquí, abogado? —fue el saludo.
Tomando una larga bocanada de aire Adalberto respondió:
—Señoría, con todo respeto, vengo a solicitar a usted que se sirva relevarme de un caso que no me siento capaz de llevar.
Logró decirlo de un solo tirón y de pronto sintió que la tensión disminuía. Lo más difícil ya estaba hecho: encarar al juez. Si estaba de acuerdo, sería tan simple como elaborar un breve escrito y presentarlo en el juzgado.
El juez se echó para atrás en el sillón dejando ver su panza redonda que desbordaba sobre el cinturón y le preguntó de qué caso se trataba. El abogado le explicó rápidamente. De entre los montones sobre el escritorio la mano morena del juez jaló el expediente en cuestión. Revisó de una ojeada algunas de las páginas y volvió a mirar con fijeza a su visitante antes de responder.
—Lo siento, abogado —le contestó por fin—. La corte no tiene otro defensor para asignar por el momento. No puedo autorizar.
Apenas terminó de hablar clavó la vista de vuelta en el legajo que había estado estudiando y se desentendió de Adalberto.
La respuesta cayó como una bomba sobre el inexperto abogado. Ni siquiera le había dado tiempo para exponer sus motivos. Estaba indignado. Pero no tenía nada que ganar permaneciendo en ese sitio. Lo único que lograría sería irritar al juez, lo que rara vez es conveniente. Furioso abandonó la oficina y caminó con paso más que rápido hasta la parada del autobús. Sentía la irrefrenable necesidad de alejarse de ese sitio, de poner tanta distancia como fuera posible entre él y Ramón Márquez, el salvaje ex agente de la Policía Judicial al que se le seguía proceso por varios delitos y cuyo caso no parecía, de cualquier manera, tener remedio. Estaba destinado a permanecer el resto de sus días encerrado. Los crímenes que se le imputaban eran demasiados como para encontrar el modo de librarlo de todos, y el proceso sería tan largo que lo obligaría a verlo todavía muchas veces. Las lágrimas amenazaban con brotarle de los ojos, producto de la airada frustración.
Tomó el autobús para volver a casa. Logró encontrar un asiento vacío y se acomodó. No quería pensar más en lo que le pasaba, se sentía desgraciado. Sin embargo, el paso de los minutos fue haciendo cambiar su humor poco a poco, hasta que el sentido común comenzó a imponerse sobre el miedo irracional.
Ahora se le antojaba que el futuro del delincuente que tanto temor le producía, en realidad estaba en sus manos. Si bien, sacarlo del encierro era casi imposible, una mala actuación de su parte le garantizaría la condena más larga posible. Después de todo, él también tenía cierto poder sobre su cliente. Si jugaba correctamente sus cartas en la próxima entrevista quizás lograría que se refrenara. Estaba decidido. Volvería al día siguiente y tomaría el control de la situación.
2
A eso de las 10 de la mañana el patio del reclusorio rebosaba de actividad. De no ser porque el aspecto de quienes ahí estaban no tenía nada de inocente, la escena podría haber sido la misma que la del recreo en cualquier escuela. Entre los numerosos corrillos, algunos pateaban un balón mientras otros jugaban un partido de básquetbol.
Cerca de una de las esquinas Ramón Márquez daba la última fumada a un cigarrillo. Había pasado casi un mes sin poder darse ese lujo. Ya nadie lo visitaba y, por lo mismo, no había tenido modo de conseguirlos. Para su fortuna, apenas unos días atrás había sido reclutado por “El Atila”, uno de los capitanes de la comunidad, quien se tomó su tiempo para hacerlo. Primero lo observó con detenimiento y después pidió referencias. Si iba a confiarle sus asuntos debía antes que nada estar seguro de su lealtad. Finalmente aprobado y como parte de sus nuevos privilegios, recibía tanto tabaco como pudiera consumir.
Su 1.87 de estatura y sus 130 kilos de peso lo hacían uno entre pocos, y sabiéndose que los hechos que lo llevaron hasta ese lugar involucraron cantidades sustanciales de violencia, era candidato idóneo para ser incorporado en la organización.
El grito de uno de los custodios desde el extremo opuesto del patio lo hizo levantar la vista y prestar atención.
—¡Macetón! —se volvió a escuchar entre el barullo. Era a él a quien llamaban. Ése había sido su apodo desde los años de juventud, cuando era uno de los bravucones de su barrio, y el mote lo había seguido hasta la reclusión
Antes de levantarse volteó para buscar la cara de El Atila. Ahora que estaba a su servicio necesitaba su autorización para separarse de él. El jefe le dio permiso de atender al llamado con un movimiento casi imperceptible de cabeza. Sin hacer mayor aspaviento se puso de pie y cruzó el patio por el centro. No le importó interrumpir el juego de pelota. Ahora nadie se atrevería a meterse con él y era importante recordárselo a todos cada vez que se diera la oportunidad.
—¿Qué pues? —preguntó al custodio que lo esperaba en la puerta balanceando unas esposas en su dedo índice.
—Tienes visita —le respondió— dame las manos.
—¿Y ahora por qué? —reclamó con cierta tibieza mientras mostraba las muñecas—, nunca me ponen ésas.
—Parece que asustastes ayer a tu licenciado y así lo pidió. Yo nada más obedezco órdenes.
El Macetón se limitó a mover la cabeza de un lado a otro en señal de reprobación mientras se sometía al procedimiento. En el fondo sabía que su exabrupto de la mañana anterior no podría traerle nada bueno, pronto los resultados comenzaban a hacerse patentes. Adalberto era su tercer abogado desde que cayó en prisión, y aunque dudaba que lograra hacer mayor cosa por él, era su última esperanza y su único contacto con el mundo en el exterior. Fuera de él ya nadie lo visitaba.
Caminó con la cabeza gacha por los pasillos del reclusorio. No sabía qué era lo que lo hacía sentirse peor, si llevar las manos esposadas justamente ahora que se sentía más importante o tener que mirar otra vez a su abogado. Pasó la noche pensando que no lo volvería a ver. Quizás ahora lo visitaba nada más para informarle que dejaría su caso. El pesimismo era un rasgo preponderante de su personalidad que lo hacía sumirse fácilmente en la depresión.
La puerta de la sala de entrevistas se abrió. Ahí estaba el joven abogado. No se había sentado desde que llegó, los nervios no se lo permitían, aunque hacía esfuerzos por disimular su intranquilidad. Se encontraba parado al lado opuesto de la mesa como si tratara de guarecerse del cliente que ahora cruzaba la entrada.
No lo saludó, pero le pidió al custodio que permaneciera en el interior por un momento. Quería contar con su protección, cuando menos mientras aclaraba las cosas con Ramón. Había pasado la tarde anterior meditando sobre la situación y por la noche buscó a uno de sus maestros para pedirle consejo. De ahí sacó la idea de solicitar que esposaran al reo, eso le ayudaría a establecer su posición. Pero no sabía cómo tomaría su cliente lo que tenía que decirle, por eso no se atrevía a quedar a solas con él, cuando menos no todavía.
Ramón mantenía la mirada en el piso. Era obvio que se encontraba apenado y eso era una buena señal, por lo que, tratando de que la voz brotara firme de su garganta, Adalberto inició el discurso que había preparado tan a conciencia.
—Mire, don Ramón —había optado por darle ese tratamiento con la intención de marcar claramente las diferencias entre ambos—. En este momento yo soy su única opción. Si abandono su caso su proceso se alargará quién sabe cuánto, pero si me vuelve a hacer lo de ayer, ésa será la última vez que me vea, eso se lo aseguro, y no porque abandone sus asuntos, sino porque los voy a desatender para que se resuelvan del peor modo posible. Eso puede costarle más tiempo aquí adentro, ¿estamos?
El prisionero apenas levantó la mirada y musitó:
—Está bueno, licenciado. Será lo que usted diga.
—Recuerde nada más que no tiene usted modo de costearse un abogado, por eso me asignaron a mí, pero por lo que me pagan no veo la necesidad de exponerme a conductas violentas. Yo estoy tan atorado con usted como usted lo está conmigo. Tengo algunas ideas que pueden ayudar, pero va a tener que comenzar a confiar en mí y a contestarme con la verdad a todo lo que le pregunte, ¿estamos?
—Sí, licenciado —volvió a responder con el mismo tono apagado.
—Siendo así, nos vamos a quedar nada más usted y yo para comenzar a platicar de una buena vez. El tiempo es oro.
Pidió al custodio que los dejara a solas y se sentó a la mesa mientras el Macetón hacía lo propio. Hasta el momento todo parecía marchar bien, pero necesitaba conservar la relación en los términos apenas establecidos, por lo que pretendía proceder con cautela.
Comenzó por explicarle que él era un abogado con poca experiencia para llevar asuntos como los que le fueron encomendados, aunque para la corte eso diera lo mismo. Toda vez que tenía una cédula profesional se le consideraba un litigante competente. Lo común era que quien cayera en una situación como la suya contara con el apoyo de familiares o de amigos para proporcionarle un defensor experimentado, aunque por algún motivo que aún desconocía, a él lo hubieran abandonado. En el curso de los días siguientes debería revelarle los porqués de tal situación. Por lo pronto comenzarían por repasar las cosas desde el principio.
El expediente indicaba que se le seguía proceso por cuatro delitos distintos, a saber: abuso de autoridad, asociación delictuosa, asalto con violencia y secuestro. Los cuatro imputados simultáneamente cuando fue arrestado. Hasta ese día las entrevistas entre abogado y cliente habían parecido más sesiones con el sicólogo que otra cosa. Ramón pasaba un rato largo quejándose de su vida y luego respondía con evasivas a las preguntas de Adalberto. Eso no podía continuar así. Si no comenzaba a contarle la verdad tal cual era no tendría elementos para preparar una defensa sólida, por lo que, para comenzar, debía relatarle con lujo de detalles los sucesos que lo llevaron hasta ahí.
El Macetón había estado reacio a hablar, pero ese día algo le soltaría la lengua. Quizás fuera la humillación de estar esposado o tal vez que Adalberto logró convencerlo con su nueva actitud, el caso es que el asunto resultó en que la verdad comenzaría a aparecer.
—Está bueno, licenciado. ¿Por dónde quiere que empiece?
—Antes que nada le voy a explicar lo que se puede y lo que no se puede lograr —le respondió, y tomando una hoja de papel y una pluma comenzó a escribir mientras hablaba—. Así están las cosas: por asociación delictuosa son de cinco a diez años, más la mitad por ser funcionario del gobierno; por abuso de autoridad son de dos a nueve años, por privación ilegal de la libertad son de veinte a cuarenta años y por robar con violencia un vehículo de siete a quince, más la mitad por ser funcionario. Si yo trabajo mal puede recibir penas hasta por 86 años y medio. Claro que no le aplicarían más de 60, porque es la condena máxima que la ley prevé. Usted tiene 38 años, haga sus cuentas. Además, podría tener que pagar hasta unos 120 mil pesos de multas. Claro que eso podría esperar hasta el final de la condena, pero de todos modos habría que hacerlo.
Los números cayeron como una losa sobre el Macetón. Sabía que se trataba de un tiempo largo, pero no pensó que de toda su vida. En ese lugar abundaban las historias sobre reclusos que salieron mucho más pronto que eso a pesar de haber hecho bastante más que él. Sin embargo permaneció en silencio.
—Ahora, la otra cara de la moneda —prosiguió—. Si se dan las mejores circunstancias y usted me ayuda incondicionalmente, también podría suceder que estuviera fuera de aquí en cuanto el juez dicte sentencia definitiva, en un par de años cuando mucho. Para lograrlo necesito conocer toda la verdad hasta el menor detalle. Me va a contar toda su vida, desde que nació hasta que lo metieron aquí. Tenemos todavía dos semanas para presentar nuestra defensa.
La cara del Macetón se iluminó de pronto. Las últimas palabras del abogado lo tomaron por sorpresa tanto, que ahora se sentaba erguido en la silla y con los ojos bien abiertos.
—Pos, ¿cuánto me va a cobrar, licenciado? —se le escapó.
—Nada —fue la respuesta sencilla—, pero tenemos que ganar. Usted recupera su libertad y yo me libro de seguir como defensor de oficio. Si ganamos me van a sobrar los clientes. Usted es mi mejor oportunidad, por eso lo he aguantado hasta ahora, pero tenemos que trabajar juntos de aquí en adelante. Así de fácil.
—Siendo así, dígame por dónde comenzamos.
—Lo primero que va a tener que hacer es entrar al programa de oficios de la prisión. Necesitamos que comience a demostrar una conducta impecable a partir de este momento. Además, es muy probable que tenga que cubrir alguna multa para salir, así es que le recomiendo que ahorre los centavos que le van a pagar por trabajar. Le van a hacer falta al final.
—Ahí está la fregadera, licenciado —contestó el Macetón perdiendo el tono optimista en la voz—. Apenas me reclutaron y no sé qué le parezca al Atila que le salga con que voy a trabajar.
—Pues tendrá que dejar al Atila —respondió lacónicamente el abogado.
—Pero eso no se puede. Usted no sabe cómo es aquí adentro. Para sobrevivir se necesita mucho dinero o pertenecer a alguna banda. Si no, se lo agarran a uno de bajada y ni la vida tiene segura. Yo ya tuve suerte de encontrar en dónde caer.
—Piénselo y me responde mañana. Hoy no cuento con mucho tiempo, pero lo veré a diario los próximos días para que me dé toda la información que necesito.
Ignorando la cara preocupada que dejaba en el Macetón, Adalberto se puso de pie con agilidad y abandonó la sala. Caminaba más ligero que nunca. Casi sentía volar. ¡Qué diferencia con la entrevista de la mañana anterior! Ayer salió despavorido. Hoy, en cambio, sentía por primera vez que podría dominar al temible Ramón y eso lo hacía sentirse inmenso, como jamás le sucedió antes. Ya se veía convertido en uno de esos juristas ricos y famosos. Tan sólo tendría que ganar este caso, y su intuición le decía que era algo que podía lograrse.
3
Adalberto esperaba en la puerta del juzgado desde las siete y media. Había llegado muy temprano para interceptar al juez antes de que entrara en su oficina. Era la mejor manera que se le ocurría para saltarse la antesala. Necesitaba hablar ese mismo día con el hombre. Su estrategia para presentar una buena defensa requería más tiempo y el plazo para presentar sus pruebas y sus excepciones estaba próximo a fenecer. Tenía un buen argumento para solicitar una prórroga. Él fue asignado tardíamente al caso, después de que el primer abogado abandonó al cliente cuando descubrió que nadie pretendía hacerse cargo de sus honorarios. Sin embargo, solamente el hombre por el que esperaba podría autorizar tal concesión.
Cuarenta y cinco minutos después apareció el juez, caminando con su habitual paso apurado mientras saludaba a un lado y a otro a quienes se cruzaban en su camino. El joven abogado no lo pensó dos veces. Le cerró el paso hacia la oficina al tiempo que lo saludaba respetuosamente.
—Buenos días, señoría. Perdone que lo busque a esta hora pero necesito hablar con usted.
El hombre, moreno y regordete, se detuvo en seco y lo examinó de arriba abajo, tal como era su costumbre. Lo tomaba por sorpresa, por lo que tardó unos instantes en responder:
—Pase a mi oficina, abogado.
Se quitó el saco en cuanto estuvo adentro y lo colgó del respaldo del sillón, y todavía sin haberse sentado preguntó:
—¿Y bien?
Adalberto tartamudeó un poco antes de comenzar, pero pronto se recompuso.
—Vengo a solicitar una prórroga, señoría —logró por fin decir.
—¿Sobre qué bases? —repuso secamente el juez.
Adalberto expuso con brevedad sus argumentos. No quería irritarlo. Bastante era que lo estuviera escuchando con atención.
—Por escrito y con el oficial —respondió pronto, señalando al hombre que entraba en ese momento—. Si el Ministerio Público no se opone, yo tampoco. Pase en dos días por el acuerdo.
—Gracias, señoría.
Adalberto sintió la adrenalina descargar en su interior. Parecía haberlo logrado. Comenzaba a percibirse como un verdadero abogado en vez de como el simple novato que todos lo consideraban. Pasó por el escritorio señalado y entregó el escrito que gastó dos horas preparando la noche anterior. Todo parecía marchar bien.
Abandonó los juzgados y se dirigió a la puerta del penal. Tenía pensado usar el resto de la mañana para hablar con su cliente.
Media hora más tarde se encontraba sentado frente a Ramón, que había vuelto a llegar esposado. El preso no se veía tranquilo. Parecía haber pasado una mala noche, y no era para menos. El Atila lo obligó a contarle lo hablado con su abogado el día anterior, y Ramón no dudó en repetir las palabras de Adalberto. A partir de ese momento quedó convertido en el hazmerreír de todos los reclusos. Las bromas no habían cesado hasta entonces ni terminarían pronto. El que menos, lo acusaba de cándido, y de ahí para arriba.
El Atila le dijo muy claramente que, si pretendía ganar algún dinero, lo único que podía hacer era entrar en el negocio de distribución en el penal. Debería olvidarse de esas tonterías de entrar al programa de oficios. Eso no era para él. Además, le recordó que los únicos que lograrían salir pronto lo harían porque tenían dinero y un buen abogado, y ni siquiera eso era garantía. Si esperaba que un mocoso que no le cobraba nada lo sacara de ahí, estaba completamente loco.
Con la cabeza bullendo de dudas y el ánimo caído por las burlas no logró pegar los ojos en toda la noche. No podía decidir si decirle al abogado lo que sentía o mejor hacerle el juego. Sabía que no tenía nada que perder colaborando con su defensor, pero su personalidad depresiva había vuelto a tomar el control y no tenía siquiera ganas de hablar. Su sueño de libertad no había durado ni dos horas.
Adalberto pasó un rato difícil para convencerlo de que comenzara con su relato. El Macetón se comportaba como un infante y apenas respondía con monosílabos a sus preguntas, sin embargo, pudo más el deseo de triunfo del abogado que la resistencia pasiva del convicto, y la historia comenzó por fin a tomar forma.
Todo comenzó ocho meses atrás, el día que Ramón cumplió 38 años. En ese entonces trabajaba como agente de la Policía Judicial del Distrito Federal y todo parecía ir bien. Esa mañana su destacamento participó en un operativo para buscar contrabando en el barrio de Tepito, cerca del centro de la ciudad de México. Se habían reunido allí más de 300 agentes, más otros tantos efectivos de la Policía Preventiva. La redada había resultado movida como siempre, y una vez más habían agarrado a unos cuantos mientras los peces gordos huyeron o ni siquiera anduvieron por ahí. No era la primera vez que sucedía. Aparentemente era muy difícil mantener en secreto una operación de esa envergadura, pero el espectáculo brindado a los medios de comunicación siempre justificaba el despliegue, y las autoridades del gobierno citadino aprovecharían una vez más la oportunidad para pararse el cuello en los noticieros.
Algunos de los elementos de las corporaciones, que no todos ni la mayoría, casi siempre encontraban la oportunidad de hacerse de alguna cosa y la aprovechaban. Entre el revuelo que se armaba y que hacer el inventario de lo decomisado llevaba varias horas, siempre era posible desaparecer algún equipo electrónico y, ¿por qué no?, también algún dinero en efectivo que hubiera quedado a la deriva en medio del caos.
Ése fue el caso aquel día. Ramón se encontró por ahí con un rollo de billetes que nadie más acertó a notar.
“Mi regalo de cumpleaños”, se dijo. “Si me llegó es porque me toca, y si lo dejo pasar ya se lo llevará otro”. No tuvo que pensarlo dos veces para embolsárselo.
A eso de las ocho, terminado el papeleo, los declararon francos. Ramón tenía ganas de celebrar, después de todo era su cumpleaños. No dudó en invitar a su bola, los tres con los que acostumbraba jalar en sus parrandas, para poner rumbo al cabaret justo en las afueras de la ciudad, apenas entrando a Neza. Entre los tantos que hay en ese lugar estaba su favorito, ése en el que eran bien conocidos porque solían generar cuentas abultadas.
Su llegada fue bien recibida, como de costumbre. Todavía era temprano pero la música ya llevaba buen rato sonando, y más tardaron en estar sentados en una mesa de pista que en estar rodeados por las muchachas. Todas los conocían y, siendo que apenas era martes, la cosa auguraba estar floja. Conseguir uno de los asientos en esa mesa resolvería su noche.
El Macetón se sentía de ánimo festivo. Apenas había desbaratado el rollo para contar el dinero y descubrir que traía más de 5,000 pesos. ¿Qué más se podría pedir? Esa noche ordenarían champaña además de la acostumbrada botella de Don Pedro. Eso era lo que les gustaba pedir a las ficheras, porque les dejaba la mejor comisión además de que se iba como agua. Así podría tener junto a él a la que escogiera, y a más de una le gustaba acompañarlo. Su humanidad inmensa coronada por cabello chino, de color castaño tirado a rojo, y sus brazotes velludos y tostados por el sol que se salpicaban de pecas, algún extraño encanto ejercían sobre esas mujeres, que disfrutaban colgarse de ellos toda la noche.
Pero esa velada no pretendía compartirla con cualquiera. Desde que enfilaron hacia el lugar traía en la mente a Úrsula, la rubia desbordante, estrella de la variedad, que era la más solicitada en las mesas. Por eso se había apurado a llegar, para encontrarla todavía disponible. Si iba a gastar buen dinero era porque se daría un gusto para el que no siempre le alcanzaba. En cuanto el capitán de meseros se le acercó ordenó la primera botella de la noche y le encargó que le llevara a la exótica mujer apenas terminara con su show.
Alrededor de la mesa El Negro, El Poca Cara y El Pitufo, sus colegas y compañeros habituales de francachela, ya se habían hecho de sus respectivas parejas, y ahora el capitán les servía a las damas de la primera botella de “champaña”, apelativo usado en ese lugar, como en muchos otros, para designar al vino blanco espumoso de medio pelo que solían endilgarles a los incautos, siempre a petición de sus complacientes acompañantes.
El Macetón se encontraba extasiado, contemplando las contorsiones de Úrsula alrededor de un tubo. Los demás no perdían el tiempo. Entre broma y broma metían mano en la humanidad de sus parejas sin respetar límite alguno. Ése era el derecho ganado por brindarles champaña. Mientras hubiera algo de beber en sus copas ellas permanecerían ahí, dispuestas y divertidas. Y también deberían bailar cuando el momento llegara, pero no por veinte pesos la pieza, como lo habrían hecho con cualquier otro, sino como parte del paquete de servicios contratado. Lo único que costaría aparte serían los “téibols”, para ésos siempre había que comprarle un boleto a la “boletera” y entregarlo a la proveedora elegida para dispensar el servicio. El método parecía funcionarles a muchos, porque el lugar se seguía llenando a medida que el tiempo pasaba.
Apenas tres horas habían transcurrido cuando el capitán se aproximó al Macetón. En un rincón cercano se apilaban ya nueve botellas vacías de champaña y una de Don Pedro. Alrededor de la mesa ahora se encontraban siete mujeres además de los cuatro clientes. Señalando discretamente hacia los envases le presentó el primer corte de la cuenta, que sumaba un poco más de 6,000 pesos. Desenmarañando los brazos que amenazaban con ahogar a Úrsula tomó el cheque y lo revisó. Las cosas se habían salido de control y lo que traía no le alcanzaría, entonces llamó al Negro. Los dos se levantaron para alejarse un poco.
—Ya van más de seis —le dijo a su “pareja”.
—¿No traes? —respondió el Negro.
—Nomás cinco, ¿y tú?
—Como quinientos. Y ésos me andan pidiendo prestado para los téibols. No han de traer nada. ¿Qué hacemos?
—Ni modo de no pagar, vamos a tener que conseguir. Voy a depositar los cinco para que me dejen salir y me acompañas, y diles a ésos que ya se acabaron la viejas. Si no, va a ser más.
Daba la medianoche cuando subieron al auto patrulla con los distintivos de la Policía Judicial en los cuatro lados. No tenían un plan definido, tan sólo tomaron la lateral de la avenida Zaragoza con dirección al centro mientras pensaban de dónde sacar el dinero que les faltaba. Entonces se presentó la oportunidad.
Unos 100 metros adelante un Mercedes Benz plateado se incorporó al carril. Salía de una de las calles laterales y no hizo por acelerar gran cosa.
—Dónde hay carro hay billete —dijo el Macetón en voz alta—, y sin tomarle opinión a su pareja encendió la sirena y lo alcanzó.
Sobresaltado, el conductor se orilló. Por el retrovisor no alcanzaba siquiera a atinar de qué clase de patrulla se trataba, pero habría sido imprudente no obedecer en el acto.
El Macetón se detuvo detrás y se bajó con la pistola en la mano, y así caminó hasta la ventanilla del conductor.
—Baje el cristal y ponga las manos en el volante—ordenó con su vocezota.
Asustado, el hombre que conducía obedeció sin chistar. No podía adivinar de qué se trataba, pero no presentía nada bueno. El Negro llegó por la otra puerta y le ordenó levantar el seguro, entonces se metió para revisar qué había en la guantera.
Hicieron bajar al conductor y lo pararon del lado de la banqueta, con las manos sobre el auto y las piernas abiertas.
—Este vehículo está reportado robado en nuestra base de datos, nos lo vamos a tener que llevar —siguió el Macetón.
—Eso no puede ser —replicó con voz entrecortada el detenido, en la que se notaba ciertamente un acento español—, que lo tengo desde nuevo.
—Pos así sale en la computadora —agregó el Negro—, y para nosotros es robado. Nos lo tenemos que llevar. Súbase a la patrulla para que nos acompañe. Éste me lo llevo yo.
Ahora el hombre que acompañaba al Macetón era la víctima, y ya le comenzaba a sacar plática con habilidad mientras conducía despacio, seguido de cerca por el Negro en el Mercedes.
—¿De dónde es usted? —preguntó.
—De Murcia. Eso es en España —respondió.
—¿Y lleva mucho tiempo en México?
—Cuatro años ya. He venido para administrar la planta de plásticos de un tío mío. Con eso de que a ninguno de sus hijos le ha gustado el negocio, me trajo a mí.
—Esto le va a traer problemas. Es posible que hasta lo deporten, pero yo ya no puedo hacer nada. Reporté el arresto por radio antes de detenerlo. Ya no lo puedo dejar ir. ¿Tiene un buen abogado?
—¡Hombre! —respondió exaltado el español—, que todo esto ha sido un error. ¿Pa’ qué quiero un abogado? Seguro me dejan ir en cuanto lleguemos a la estación.
—No lo creo —siguió el Macetón—. Por lo pronto va a tener que esperar a que llegue un juez para que autorice la fianza. Si el carro está reportado, se tiene que abrir la averiguación previa. De menos se va a pasar dos días detenido.
—¡Pero, ¿cómo?! —contestó exaltado el español—, si le digo que el auto lo tengo desde nuevo. Apenas tiene seis meses y está a nombre del negocio. Revise usted.
—A mí nada más me toca consignarlo —respondió el Macetón maliciosamente—. Es una pena, parece usted gente decente, pero ya no lo puedo soltar, ya está reportado el arresto.
—Pero oiga, debe haber algún modo…
El Macetón se tomó un tiempo antes de responder.
—Solamente que en el control quieran desaparecer el reporte, pero eso no está fácil. Habría que repartirles a varios.
—¿Qué cosa me dice? ¿Que con dinero?
—Yo nada más trato de ayudarle. Allá usted.
—¿Y cómo cuánto habrá que dar?
—No sé, déjeme consultarlo con mi pareja.
El Macetón detuvo la patrulla y se bajó para conferenciar con el Negro mientras la víctima permanecía sola. Esa técnica siempre resultaba. Platicarían durante cinco minutos de cualquier cosa en lo que su cliente se ablandaba lo suficiente como para soltar el dinero. Bastaría con que hiciera unas cuantas cuentas para descubrir que lo más barato y lo más práctico era resolver la situación por la vía de la mordida.
Diez minutos más tarde se encontraban estacionados frente a un cajero automático, esperando a que el español retirara los 3,000 pesos que le costaría recuperar su libertad. No les había llevado ni media hora resolver su problema de efectivo. Todavía quedaba tiempo suficiente para regresar al cabaret y tomarse unas copas más.
Advirtieron a su víctima que lo mejor sería que no contara lo sucedido. Los chismes corren rápido y ellos nada más lo hicieron por ayudarlo, por lo que, si después tenían problemas, regresarían a buscarlo.
José Francisco, el de Murcia, no sabía qué pensar. Se encontraba entre indignado, asustado y agradecido, sin atinar a comprender lo sucedido. Debería averiguar qué era lo que estaba mal con su auto porque, según él, todo estaba en regla. Entonces preguntó:
—¿Y qué si me vuelven a detener de aquí a la casa? ¿Qué digo?
—Por eso no se preocupe —respondió el Negro de inmediato—, ahorita mismo lo reportamos por radio para que ya nadie se meta con usted, pero mejor arregle sus papeles mañana a primera hora.
Alguien con más experiencia habría esperado tal respuesta. La salida clásica de las fuerzas policíacas después de exprimir a algún incauto. Que había comprado protección. Que ya nada le iba a pasar. Y el reporte radial jamás se produciría porque no hacía falta.
En cuanto el Mercedes se alejó el Negro soltó lo que había estado reprimiendo.
—Ora sí me apantallastes, ¿de dónde te sacastes ésa?
—Pos ya ves —fue la orgullosa respuesta de su pareja—. Ese gachupín todavía ha de estar tratando de adivinar qué fue lo que le pasó, pero está bien así, que devuelva algo de lo que se está llevando, si no es de este modo, ¿entonces cómo?
La sorpresa del Negro era fundada. Lo normal era que él fungiera como el cerebro en la pareja. No era ni remotamente del tamaño del Macetón, pero sí el más vivo de los dos, por eso se complementaban tan bien.
Cuarenta minutos habían pasado desde su partida cuando llegaron de regreso al cabaret. El Poca Cara y el Pitufo los esperaban, sentados todavía a la misma mesa, pero ahora con los vasos vacíos y sin más compañía que la que ellos mismos se hacían. Acabado el dinero estaba esfumado el encanto.
—Diles que ya se vayan —se dirigió al Negro—. Nada más le doy al capitán y pedimos la otra para ti y para mí.
Lo que quedaba de la velada ya no sería lo mismo. Ahora no tenían otra cosa que hacer que sorber sus tragos y mirar la variedad. El Macetón no lograba apartar la vista de Úrsula. Estaba obsesionado con ella, pero en cuanto la dejó apareció de inmediato otro cliente, dispuesto a gastar buenos pesos para obtener su compañía, y ella se veía tan a gusto donde estaba ahora como hacía un rato, cuando eran sus manazas las que le recorrían las piernas.
Tanto alcohol y poca acción fueron apagando los ánimos. Habían pasado otras dos horas y se sentía mareado. Entonces llamó al capitán. Necesitaba conseguir una grapa para levantarse. Aunque no acostumbraba meterse cosas, a veces recurría a la coca, en especial cuando sentía que estaba a punto de perder, como ahora.
El remedio no tardó en llegar. Así como lo recibió trazó una línea con la mitad del polvo y usando su gafete se lo metió de un jalón. La otra mitad la guardó para más tarde. Uno nunca sabe…
Pero la parranda había decaído y el ánimo también. Lo único que los mantenía en ese sitio era lo que quedaba en la botella, que no dejaba de bajar, hasta que por ahí de las tres por fin se vació.
Abotagados y ya sin charla salieron del cabaret. El Macetón dejó al Negro en su casa y luego se fue a la suya. Estaba exhausto. Más tardó en poner la cabeza en la almohada que en perderse de la realidad.
4
Cuando el Macetón abrió los ojos ya era tarde y estaba solo. Su mujer había salido para llevar a los niños a la escuela. Se había quedado dormido de más. La cabeza le dolía y tuvo que tallarse los ojos para poder leer la hora en el reloj. No llegaría a tiempo al pase de lista. Ni modo, no sería la primera vez. Además, había sido su cumpleaños, los jefes lo entenderían.
Se sentó en la orilla de la cama pero todo parecía darle vueltas.
—¡Maldita champaña! —farfulló—, cada vez es lo mismo. No sé para qué me tomo esa porquería, nada más hace que pegue más fuerte la cruda.
Entonces recordó que había conservado la mitad de la grapa de la noche anterior. Seguía en el bolsillo de su camisa y en este momento le caería de perlas.
“Suerte que la guardé”, pensó. Eso le ayudaría a levantarse. Se la jaló sin pensarlo dos veces, pero el remedio no le resultó suficiente, por lo que se vistió y cruzó la calle para comprar una cerveza en el estanquillo de enfrente. Eso sí que le funcionaría, por eso la paso de un solo tirón. Subió en la patrulla, que había pernoctado a las puertas de su casa, y liberando un eructo sonoro se puso en camino al trabajo.
Minutos después cruzaba la puerta del edificio que albergaba la delegación de la procuraduría. Apenas llevaba un cuarto de hora de retraso, no tendría problemas. Pero adentro lo aguardaba una sorpresa. En cuanto se reportó pusieron en sus manos un vasito de plástico y le pidieron una muestra de orina. Estaban haciendo un examen antidoping sorpresivo a todo el personal. No podía haber sucedido en peor momento, pero no dijo nada, tan sólo buscó los sanitarios mientras pensaba cómo resolver el problema. Siempre había modo. No era la primera vez.
Tal como lo suponía, cerca del baño de hombres se había formado un corrillo. Algunos de los que presentían que no pasarían el examen tenían acorralado a un donador. Un simple asistente que rara vez tenía la oportunidad de hacerse de algún dinero extra. Pero los que demandaban sus servicios eran demasiados para lo que podría entregarles, por lo que regateaban para acordar el precio de cada muestra.
Iban ya en 300 por vasito. El Macetón echó mano de la cartera para revisar cuánto traía. Le había quedado todavía un billete de 500. Con eso bastaría. Lo tomó con la mano derecha y lo puso muy cerca de la cara del donador al tiempo que le dijo:
—Quinientos por la primera.
Suficiente para fijar el precio y asegurarse una muestra limpia antes que cualquier otro. Él ya tenía resuelto su problema, los demás podían hacerle como quisieran.
Ignorando las protestas airadas de los otros tomó por el brazo al asistente y lo condujo hasta el mingitorio. No le quitaría la vista de encima hasta haber terminado, tenía que estar seguro de que la muestra era buena.
Minutos después entregaba el vasito a una enfermera, todavía tibio, y vigiló atento mientras lo rotulaban. Asunto concluido. Él estaba limpio.
El lugar estaba atestado. La prueba se hacía en el cambio de turno y casi nadie se había ido todavía. Había el doble de gente que lo normal y el ritmo diario de las actividades estaba suspendido. No podía encontrar quien le asignara sus tareas para la jornada, y menos aún en dónde sentarse. Entonces abandonó el edificio y regresó a la patrulla. Todavía cargaba los efectos de la cruda y necesitaba silencio, por lo que se sentó tras el volante y cerró los ojos con la intención de tomar una siesta rápida.
Ya se quedaba dormido cuando el sonido de un fuerte golpe en el toldo del auto lo hizo saltar. Era el Negro, que apenas llegaba y lo descubrió dormitando, por lo que pegó una fuerte palmada en la lámina a modo de broma. El Macetón gruñó antes de hablar.
—¿Apenas vienes llegando? —preguntó todavía molesto.
—Sí. Me quedé dormido —respondió cínicamente.
—Pos aguas. Hay antidoping. Mejor ni entres. Vete a tu casa y repórtate enfermo. Yo luego digo que ya andabas mal desde ayer.
—¿Y tú cómo le hiciste? —tuvo que preguntarle.
—Ya me arreglé —fue la respuesta escueta.
El Negro se alejó por donde había llegado y el Macetón trató de conciliar el sueño otra vez, pero ya no pudo; entonces volteó hacia el asiento posterior de la patrulla. Había un reguero de documentos en ese lugar. Un revoltijo de órdenes, copias de actas y papeles personales que llevaba más de un mes juntándose y al que le urgía ser arreglado.
El Macetón se estiró para alcanzarlos y los puso en el asiento delantero. Era buena ocasión para enderezar ese desastre, y así comenzó a juntar y clasificar cada papel en su carpeta, pero no avanzó mucho antes de que algo llamara su atención.
Entre el montón aparecieron los documentos que el Negro sacó de un tirón de la guantera del Mercedes. Los había lanzado descuidadamente al asiento posterior de la patrulla para después olvidarse de ellos. No les habían llamado la atención y no recordaron devolverlos. Estaban ahí la póliza del seguro, la tarjeta de circulación y un sobre blanco. Ése fue el que atrajo la vista del Macetón, porque era exactamente como los que usan los bancos, y todavía estaba cerrado.
—Ha de ser una tarjeta de crédito —pensó—, se me hace que sacamos premio.
Rompió el sobre con prisa para averiguar qué contenía, pero lo que encontró en un principio lo decepcionó. No era más que un estado de cuenta, aparentemente de la chequera de la empresa. Entonces lo revisó con más cuidado. Eran cuatro hojas repletas de cifras que para él no tenían sentido alguno, hasta que regresó al principio de la primera y lo que leyó lo hizo emitir un silbido.
—Este gachupín está bien cargado —dijo en voz alta—. Saldo promedio un millón 224,000 pesos. Nada más.
Dobló el estado de cuenta y lo metió en la bolsa trasera del pantalón.
—Esto tiene que verlo el Negro —siguió—. Si hubiéramos sabido que tenía tanta lana no lo habríamos dejado irse por míseros 3,000 pesos. Le habríamos sacado más y me habría alcanzado para llevarme a la Úrsula. Con las ganas que le traigo…
La sola mención del nombre de la rubia que tan obsesionado lo tenía hizo que su mente volara en esa dirección. Nunca había logrado llevársela después del show. Su salida costaba cara. Como era la estrella principal había que pagar 2,000 mil pesos, además de esperar hasta que terminara su segunda participación en la variedad, lo que sucedía como a eso de las tres y media de la mañana. Para esa hora ya nunca le quedaba suficiente dinero, por lo que no había podido jamás darse el gusto. Y su fijación con ella iba en aumento…
Media hora más tarde volvió a entrar en el edificio. Ahora todo el personal se aglomeraba en el vestíbulo en una junta improvisada para recibir instrucciones. El mensaje era escueto. Nadie debería alejarse hasta que salieran los resultados de las pruebas. Unas tres horas cuando mucho. Después de eso, todo volvería a la normalidad.
El Macetón se dio la vuelta para salir otra vez. Comenzaba a hacer calor y tenía hambre. Todavía le quedaban unos pesos en la cartera, por lo que cruzó la calle y se sentó en un restaurantito discreto que se especializaba en mariscos. Un buen “Vuelve a la vida” servido en un lugar fresco era lo que le estaba haciendo falta. Y mientras lo atendían y hasta después de haber terminado, en su cabeza solamente se alternaban dos temas: Úrsula y el dinero del español. Y en su mente revuelta cruzaba de un modo y de otro las situaciones, imaginado que, aunque fuera sólo por un rato, las dos cosas llegaban a ser suyas.
Ahí se quedó, fumando cigarrillo tras cigarrillo, hasta que a través de las ventanas notó que la actividad volvía en el edificio de enfrente. Entonces se puso en pie y entró para reportarse, justo cuando alguien leía en voz alta una lista de nombres. El suyo estaba entre ellos. Eso no podía ser cosa buena. Algo le decía que estaba en problemas aunque no atinaba a dar con la causa. Terminó por quedar parado ahí, en compañía de otros ocho, mientras los demás se retiraban. El comandante, que era quien los había nombrado, pidió que lo acompañaran y los guió hasta una oficina.
—Señores —se dirigió a ellos una vez cerrada la puerta—, sus análisis dieron positivos. Si alguno cree que pueda haber un error tienen la oportunidad de repetir la prueba.
Sólo silencio obtuvo como respuesta. Nadie osaba articular palabra. El Macetón volteó para buscar a su donador. Si su antidoping había salido mal lo mismo debería suceder con el del asistente, pero a él no lo habían nombrado, y por lo mismo no estaba ahí. Algo no cuadraba y no lograba decidir qué hacer, aunque la única manera de ganar tiempo era optar por tomar la prueba otra vez, por lo que se adelantó y lo solicitó.
El médico le mostró sus resultados. Daba positivo en THC. Eso era marihuana. Obviamente había un error. Quizás pudiera conseguir otra muestra también en esta ocasión. Desde luego que quería tomar la prueba nuevamente, de ello dependía su futuro en la corporación.
Él fue el único de los nueve que pidió repetir. Los otros ocho fueron conducidos al despacho del comandante mientras el Macetón quedaba con el doctor.
—Tan fácil como que me dé otro vasito y ahorita consigo quién —pensó—, no puede ser tan difícil.
Pero poco habría de durar su optimismo. El galeno le presentó un nuevo receptáculo para la muestra, tal como lo esperaba, aunque esta vez le pidió que lo llenara ahí mismo, en su presencia. Ésa era la condición.
La noticia le cayó mal. Pudo sentir que la sangre le hervía y se le subía a la cabeza, poniéndole colorado el rostro. Sintió el impulso de responder agresivamente, como lo hacía cada vez que se le presentaba un contratiempo, pero en esta ocasión se controló. El médico lo observaba, por lo que notó que se ponía rojo de la cara. Entonces el Macetón intentó algo inusitado. Le dijo que sentía vergüenza de depositar la muestra frente a él porque en realidad era tímido cuando se trataba de exhibirse, y que necesitaría ir al sanitario para hacerlo o de otro modo no lo lograría.
El médico quedó mirándolo a los ojos. Al Macetón se le volvió a subir el tono de la cara, aunque ahora sí era por pena. Por un momento pensó que no había logrado engañar al doctor, pero, para su sorpresa, fue lo contrario.
—Mire, don Ramón —respondió con tono grave—, no lo puedo dejar salir, pero puedo retirarme mientras usted me produce la muestra, ¿qué le parece?