Excerpt for Rebeca está loca by Alejandro Volnié, available in its entirety at Smashwords


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Rebeca está loca


Alejandro Volnié



Smashwords Edition


Copyright 2006 Alejandro Volnié


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1


El repicar inmisericorde del teléfono terminó por sacarlo del medio sueño en el que llevaba sumido desde el amanecer. Aunque ya pasaba del mediodía, seguía resistiéndose a dejar la cama. Estiró el brazo para tomar el auricular, urgido de ponerle fin al trepidante escándalo que le martillaba los tímpanos con saña. Su voz salió gruesa. La lengua se le enredó cuando hizo por contestar. Apenas logró soltar un bufido incomprensible. Con eso debía bastar. De un tiempo a la fecha solamente eran los cobradores quienes recordaban su número. Era fácil anticipar que la voz en el extremo opuesto de la línea sería la de alguno de tantos ilusos que todavía suponían que les pagaría. Responder no ameritaba mayor esfuerzo.

No se equivocó al adivinar. Otra vez el señor López en la línea, su afable casero, a quien le debía ya las rentas de tres meses. Quizás él fuera el más moderado de sus acreedores, aunque de igual modo le debía, junto a otros varios, que en su mayoría dejaban traslucir la rabia que los prendía cada vez que fallaban en arrancarle la poca plata que le reclamaban. Pero no él. En cambio, con los modos suaves que acostumbraba le repitió la de cada vez: “joven Xavier, es que yo dependo de mis rentas”. Luego le reiteró que ya le daba pena tanto insistir.

Haciendo el esfuerzo que por ningún otro habría hecho, Xavier se incorporó hasta quedar sentado. Con los ojos deslumbrados por reflejo que se colaba entre las cortinas gruñó para limpiarse la garganta, luego se tomó un par de segundos. Necesitaba aclararse las ideas. Inventar un nuevo discursillo que le comprara algún tiempo. Mantener tranquilo al señor López le resultaba vital. No quería verse lanzado de ese apartamentillo al que había llegado tras tantos años dando tumbos por la vida. Había vivido antes en otros lugares, cualquiera de ellos mejor que ése en el que ahora estaba, al que, no obstante, le había dado por aferrarse. Sabía que este hogar era mejor de lo que resultaría el siguiente. Valía la pena el esfuerzo de defenderlo, de ganarse algunas semanas más de tranquilidad, a pesar de su certeza en que, a la larga, sería lanzado a la calle, con sus pocas pertenencias aún sin empacar, tan sólo amontonadas con descuido sobre la banqueta, tal como ya habían acabado un par de veces en los tiempos recientes.

Por eso, con la voz suavizada respondió que se sentía apenado por no haber pagado todavía. Fue entonces cuando un inusitado acceso de claridad mental lo tomó por asalto. Cayó en cuenta de que seguir atrincherado en su resolución de soportar ya no valía la pena. Que cada vez le costaba más trabajo sentirse en paz, no obstante sus largos años de experiencia resistiendo los crudos embates de la realidad. Los golpes lo habían transformado en un verdadero titán cuando de aguantar a los acreedores se trataba. Sus espaldas eran las de un Atlas, fortalecidas de soportar todas las tribulaciones del mundo a un solo tiempo. Sin embargo, de pronto se le antojaba que ya no valía la pena el esfuerzo de resistir; que el momento de hacer algo para resolver la situación por fin había llegado. El trato casi paternal que su casero le dispensaba lo obligaba a aflojar la cara dura con la que les respondía a los demás para quitárselos de encima. Por eso cedió. Por primera vez en mucho tiempo le prometió pagarle, y además, hacerlo en un plazo que no excedería los siete días.

Al señor López pareció funcionarle la promesa, porque antes de colgar se despidió agradecido. Luego, la habitación quedó en silencio y Xavier todavía sentado sobre la cama, con los cabellos hechos un remolino castaño y la mirada perdida en las grietas del muro de enfrente, tratando de explicarse por qué se había comprometido a pagar. Nunca lo hacía. Sabía que sus acreedores dejaban de molestarlo más pronto cuando se enteraban de que no tenía la intención de cubrir sus adeudos. Luego, mientras lo buscaban por otras vías, se mudaba de casa y asunto arreglado. Se cuidaba bien de no deberle demasiado a una sola persona jamás, así, lo común era que las gestiones de cobranza quedaran abandonadas al poco tiempo porque los esfuerzos resultaban demasiado grandes comparados con lo bajo de los montos de sus cuentas.

Pero esta vez había prometido pagar, y cuando Xavier empeñaba su palabra, siempre la cumplía. Por eso era que acostumbraba resistirse tanto para hacer compromisos, ni de trabajo ni de negocios ni de amores. Incumplir las propias promesas era lo único capaz de hacerlo sufrir. Solía escudarse tras su peculiar sonrisa cuando llegaba el momento de comprometerse. Muchos eran los que habían confundido esa mueca que adoptaba por defecto, afable aunque neutra, con un “sí”, y todos terminaron perdiendo dinero y esperanzas al cabo de algún tiempo.

Con la mirada emborronada volvió al repaso de su historia personal. El ejercicio compulsivo en el que ocupaba las horas de lucidez cuando no tenía otra cosa con qué distraerse, movido por la obsesión de comprender cómo era que había llegado a ese estadio de miseria en el que sobrevivía, que de tanto haberlo aguantado, ya se le antojaba cosa normal. Entonces saltaron de su memoria las escenas del pasado, en el orden de siempre, comenzando con las palabras de su padre de aquel día cuando, siendo todavía muy niño, le dijo que él era un muchacho muy afortunado: que haber nacido en el seno de una familia acomodada era una bendición, que no debería costarle demasiado esfuerzo salir adelante, que bastaría con que cumpliera con sus obligaciones y cuidara sus relaciones. La elegante casona en la que vivían sería para él tarde que temprano, porque era el único heredero de sus padres, que además, eran prósperos y reconocidos. Los negocios de la familia eran sólidos y viejos. Xavier sería el cuarto Peña de Lara en presidirlos cuando el momento hubiera llegado. Tan sólo tenía que esperar.

Y el discurso de su madre no era muy diferente. No había cumplido Xavier los quince años cuando ya le señalaba a las muchachas que podrían convenirle en matrimonio, aunque para eso todavía faltara mucho tiempo. Por eso, eran varias las niñas que frecuentaban las fiestas de la familia. Como si se tratara de un gran clan en el que se diera por entendido que a nadie de fuera le sería permitido irrumpir. Entre tanto, lujo y boato, y Xavier en medio de todo, convencido de que su vida ya estaba resuelta.

Luego de haber repasado esos dos hitos lejanos, llegó puntual la siguiente memoria. La luz roja parpadeante en el teléfono de aquella habitación de hotel en Marbella. El lugar en el que pasaba las vacaciones de verano antes de entrar en la universidad. Llevaba dos semanas ahí y pensaba quedarse dos más, disfrutando del viaje que sus padres le concedieron como premio por haber terminado la preparatoria. La estaba pasando bien. Cuando descubrió la luz de mensaje encendida pensó que se trataría de su madre, que lo buscaba para decirle que ella y su padre habían llegado con bien a París y avisarle qué día de esa semana pasarían por ahí para visitarlo, tal como fue acordado desde antes. Era la primera vez que se alejaba de casa sin compañía por un período largo de tiempo. Por eso podía comprender la aprensión de su madre, aunque no le viniera en gracia que llamara tan seguido. Le había dado por buscarlo cada tercer día, lo que le parecía demasiado.

Desganado, levantó el auricular y pulsó el ocho para escuchar. Fue entonces cuando sucedió lo inesperado. Lo que le aguardaba era la noticia que cambiaría el rumbo de su vida hasta haberla conducido a la escollera en la que se encontraba varada en estos tiempos. No fue la voz de su madre la que surgió sorda y apagada del aparato, sino la de un hombre a quien conocía bien. El abogado de la familia, que un rato antes había dejado grabados un recado escueto y una orden precisa: “tus padres han fallecido, debes volver de inmediato”.

El mismo estremecimiento que sintió aquel día le volvió a recorrer el cuerpo. Como si la sensación hubiera quedado irremediablemente aparejada al recuerdo, a pesar de los diecisiete años transcurridos. Las memorias cedieron el sitio al ahora. De pronto se encontró de 35 otra vez, mirando las grietas en el yeso del muro frente a la cama. El corazón le latía apresurado. Su soledad lo tenía atrapado. ¡Maldito teléfono! ¿Para qué diablos sonó? Podría haber permanecido en la modorra varias horas más, hasta que el hambre lo hubiera obligado a dejar la cama. Pero ahora estaba despierto y lúcido, y el alma le había vuelto a punzar. Y para colmo, se sentía obligado a conseguir el dinero de la renta. Tuvo que ponerse de pie. Quizás la ducha de agua helada que lo esperaba hiciera por cambiarle el ánimo. Cuando por fin lograba derrotar a sus recuerdos, lo común era que quedara de buen humor. Entonces, su personalidad alegre y su carácter sociable y desparpajado volvían a aflorar.




2


Era la una y media cuando Xavier bajó los dos pisos que lo separaban de la calle. La piel todavía fría porque en invierno el agua de la ducha salía en verdad helada, pero la sonrisa otra vez dibujada en el rostro. Hacía más de un mes que no podía comprar gas, una más de las miserias a las que llevaba tiempo acostumbrado. Lo bueno era que el día estaba despejado y el sol algo era lo que lograba calentar. Cruzó la calle sin notar que el semáforo había cambiado. Llevaba la mirada clavada en el fondo de la cartera, meditando sobre la mejor manera de administrar su único billete. Los cien pesos que había hecho esfuerzos para conservar, pero a los que ya les llegaba el turno de ser sacrificados. Por eso no vio el auto que lo embestía. No fue sino hasta que el chofer del Mercedes negro pegó el estruendoso bocinazo que levantó la mirada, justo a tiempo para evitar el golpe con un salto ágil. Miró alejarse el vehículo. No se asustó. Hacía falta más que eso para que perdiera el temple. El pasajero en el asiento trasero volteó para cerciorarse de que el distraído transeúnte hubiera salido con bien. Un anciano de sombrero oscuro y ojos hundidos. Apenas alcanzaron a cruzar la mirada antes de estar demasiado lejos. Viajaban con prisa porque iban con retraso. Ese viernes de enero don Josué Sámano sería homenajeado, y no una, sino dos veces. Primero en el banquete al que se dirigían y más tarde en una cena de gala. El hombre cumplía 80 años.

¡Más cuidado, Domingo! ¡Más cuidado! Que la puntualidad no vale por una vida —recriminó el viejo al chofer. Domingo no respondió. Al menos no con palabras. Apenas dejó que se le dibujara esa media sonrisa, sádica y tenebrosa, con la que celebraba los propios atrevimientos. Disfrutaba hacer saltar a los peatones. Quizás porque por las noches, cuando ya había dejado el auto en la cochera de don Josué, el también quedaba convertido en uno de ellos. Entonces era él quien tenía que andar a las vivas cuando cruzaba las calles. Sentirse importante y poderoso tras el volante del Mercedes negro era la mejor parte de su trabajo, y el viejo le soportaba todo porque, tras muchos años de servirle, por fin se había ganado su confianza, logro difícil de conseguir.

Don Josué no dijo más. Tan sólo volvió a sus pensamientos. No era afecto a desperdiciar palabras, en especial cuando se dirigía a sus empleados. Prefería reservar sus disertaciones para mejores audiencias, tal como lo sería la concurrencia presente en el banquete. Un selecto número de miembros de la izquierda, formado igualmente por militantes jóvenes del partido que vetustos patriarcas del socialismo nacional, algunos de ellos tildados de intelectuales, y todos admiradores fieles de la pureza de su pensamiento. Luego, contaba con que se aparecerían los medios de comunicación. Ésos nunca faltaban a la cita. Las presentaciones públicas del viejo siempre eran noticia, en especial en los tiempos recientes, porque cada vez eran menos frecuentes. Por eso, había dado por compensar lo largo de sus ausencias incrementando el tono de sus discursos. Pocos personajes del ámbito político escapaban de su peculiar mordacidad, mezcla de su radicalismo filosófico, su lógica impecable y sus habilidades oratorias. Sí. El hombre era todo un personaje a los ojos de la gente común, además de una personalidad reverenciada en el ámbito intelectual.

Pero lo que le ocupaba la mente mientras viajaba en el asiento posterior del Mercedes no era el evento al que se dirigía. Tomar el estrado y convertirse en el centro de atención en una reunión era cosa que había hecho ya incontables veces. Además, su discurso viajaba claramente impreso e impecablemente doblado en el bolsillo interior de su saco. Lo peor que podía suceder era que tuviera que leerlo en lugar de decirlo de memoria, como comúnmente lo hacía. No. Lo que lo tenía pensativo era el análisis crudo de los motivos que lo llevaron a aceptar dos compromisos en una sola tarde. De un tiempo a la fecha ya no se sentía tan fuerte como antes. Difícilmente aguantaría tanto ajetreo. Sabía que no había vuelto a ser el mismo desde aquel día, casi tres años atrás, cuando perdió a su amada Elvira, la mujer con la que lo compartió todo durante 47 años. Cuando esa muerte lo forzó en su solitario abandono dentro del mundo de los vivos, también quedó despojado de la habilidad para disfrutar la vida. Ya nada le sabía tan bien como antes. Las cosas que otrora le producían placer ahora le venían indiferentes. La puesta del sol y el aroma de la tierra recién mojada por la primera lluvia de la temporada ya no lo hacían vibrar. Los mejores vinos de su cava le resultaban insípidos. Los pasajes favoritos de sus autores predilectos le sonaban huecos. Pensó que se trataba de algo temporal. Quizás el remedio fuera tan simple como acostumbrarse a la soledad. Luego, todo se iría arreglando por sí mismo y él volvería a ser el de siempre. Pero ya habían pasado cientos y más cientos de noches frías y silenciosas y la situación no daba visos de componerse. Fue entonces cuando se le ocurrió plantearse un reto. Probarse que todavía estaba fuerte. Que sus energías eran todavía las que antes fueron. Por eso dijo que sí cuando recibió la segunda invitación, en vez de simplemente pedir que programaran el evento para un día o dos más tarde. Habrían tenido que hacerlo sin discutir. ¡Si la celebración era en su honor!

Ahora que iba en camino al banquete descubrió que en verdad no se le antojaba llegar. Cayó en cuenta de que, lo que estaba por suceder, no sería distinto de lo que había pasado cada vez. Primero lo recibirían con honores, porque, para cuando él llegara, todos los asientos ya estarían ocupados. Después, debería agradecer los aplausos, que estallarían espontáneos apenas hubiera cruzado la puerta del salón. Lo haría recurriendo a ese mismo estudiado ademán que de tanto repetir ya le brotaba con perfecta naturalidad. Los fotógrafos no dejarían escapar la oportunidad de atrapar el momento, aunque las placas capturadas por las cámaras resultaran idénticas a las de tantas otras ocasiones anteriores. Algo había en el gesto con el que respondía a los vítores que provocaba embrujo en sus seguidores. Casi siempre, su mano derecha en alto, su sonrisa seca y su mirada altiva resultaban en la imagen elegida para ser reproducida en diarios y revistas en los días siguientes. La fotografía apenas variaría de las logradas hacía mucho, a lo sumo porque mostraría cantidades de cabello y de arrugas distintas que un par de lustros atrás. Por lo demás, mismo encuadre y mismo sujeto. A veces pensaba que los fotógrafos desperdiciaban el tiempo cuando lo seguían. Nadie notaría la diferencia si echaran mano de alguna foto vieja, de esas que se contaban por docenas y que vivían arrumbadas en los archivos de los diarios.

Entonces recordó que ese día cumplía 80 años. ¿Cuántos aniversarios más podrían quedarle? ¿Cómo saberlo? El de hoy podría ser el último. La mirada se le ensombreció. De un tiempo a la fecha, la conciencia de lo inminente de su muerte lo tomaba por asalto con más frecuencia de lo que le habría gustado. ¡Y todo lo que podía hacer era tratar de sacarle lo más posible a cada momento! ¿Qué más? Pero ya nada le sabía tan bien como antes. A veces llegaba al punto en el que poco le faltaba para maldecir la memoria de su Elvira. ¿Por qué tuvo que irse primero? ¿Por qué no le dio hijos? ¿Por qué lo dejó tan solo? No tenía más que su fama para consolarse, y ésa ya tampoco le producía satisfacción. A ratos más bien le parecía una carga cuya única ventaja era que le ayudaba a malgastar sus horas, esas mismas horas que cada vez le quedaban en menor cantidad y de las que, cuando por fin las tenía para él solo, no lograba arrancar placer alguno. Pensaba que si el Infierno existiera, tendría que ser algo muy parecido a la vida que estaba llevando. Ese invierno desesperanzado que lo mantenía cautivo, privado del regocijo de disfrutar del mundo a través de los sentidos y de la satisfacción de hacer a su antojo con su vida y las de los demás, mientras sufría la urgencia de recuperar aquello de lo que tanto tuvo antes.

La puerta del Mercedes al abrirse le reveló la figura de Domingo, tendiéndole la mano para tomarlo por el codo, tal como acostumbraba ayudarle a bajar. El golpe de aire fresco lo sacó de sus cavilaciones. Estaban frente al salón, el auto detenido justo donde comenzaba la alfombra roja. Más atrás, las caras acostumbradas. Todas de funcionarios del partido. Quizás fuera buen momento para alegrarse. La admiración de quienes habían pagado buenos pesos para asistir al banquete debería obrar el efecto de reanimarlo. El homenaje que le sería rendido haría que su vida volviera a cobrar sentido, al menos por unas cuantas horas.




3


Cerca de la medianoche don Josué dio por terminado el segundo ágape de la jornada, satisfecho por haber cumplido con los dos eventos y suficientemente cansado como para que los pensamientos se le hubieran detenido. La cena resultó tanto más tranquila que la comida. En la primera le fue exigido un discurso vehemente, capaz de acicatear a sus seguidores hasta desbocarlos en la ovación con la que todo terminó. Después, ya por la noche, en el banquete organizado por su editor, fue su voz la que menos sonó. Bastó con que se sentara a escuchar los halagos que algunos intelectuales le brindaron con oratoria florida. No les creyó mucho, las obras de todos ellos eran publicadas por la misma editorial que se encargaba de difundir sus propios libros. No les podía creer porque sabía que cada uno había tomado el podio más por obligación que por convicción. A lo largo de su vida habían abundado los intercambios de ideas entre él y quienes ahora lo alababan, y el tono no siempre fue amigable. Quizás en esta ocasión hubieran suavizado sus discursos porque ya lo percibían débil, como si estuvieran dispuestos a conceder porque ya no veían en él a un rival de peligro. El viejo lo comprendía bien. Haber escuchado tantos elogios tan sólo le servía para sentirse peor. Habría preferido un poco de confrontación. Siempre fue un luchador. Retomar la pelea lo habría hecho sentir joven. Habría vuelto a provocar esa reacción que surgía de sus glándulas y se aliviaba a través de su lengua, pródiga en sarcasmos elegantemente proferidos.

Aprovechando que la vía rápida por fin se había despejado, Domingo disfrutaba pisando fuerte el acelerador. El Mercedes viajaba a 120, exigiéndoles el paso a quienes iba alcanzando por medio de cambios de luces amenazadores. No se dejaría retrasar. Raras veces podía darse el gusto correr un poco. Las rutas de don Josué solían ser cortas y casi siempre en horas de tráfico. Por eso, ahora el chofer aprovechaba la oportunidad para dar rienda suelta a su gusto por la velocidad. Sentía que tenía ganado un rato de solaz tras haber soportado lo largo de la jornada en aburrida espera. Y mientras embestía a quienes viajaban delante de ellos, vigilaba atento los retrovisores. Nadie debería rebasarlos. Ganarles la carrera a los demás era su manera de demostrar su poder. Fue entonces cuando descubrió el faro solitario que se aproximaba raudo desde la lejanía. ¡Un motociclista! Contra ése no podría, porque venía escurriéndose entre los autos, dando bandazos de un carril al otro sin que le importara pasar rozando los parachoques. La sonrisa se le convirtió en una mueca tensa. Tendría que dejarlo pasar, aunque no sin más ni más. Haría justo lo que acostumbraba hacer. Darse a notar.

Calculando con cuidado los tiempos, Domingo adelantó al siguiente vehículo y sacó un poco el acelerador para mantener la distancia. El motociclista estaba más cerca cada vez. Lo forzaría a pasarlo con un corte sesgado que lo pusiera a su derecha. Tan metido estaba en la cacería que era poco lo que miraba hacia el frente por estar al pendiente del retrovisor. El reflejo del faro de la motocicleta seguía creciendo a cada instante. Venía al menos a 130, aprovechando el espacio abierto por la carrera del Mercedes. Entonces, casi se alcanzaron. Tal como el chofer lo tenía previsto, el motociclista recostó para cambiar de carril, atravesando justo por el hueco abierto entre los parachoques. El momento había llegado. Domingo recargó suavemente a la derecha, como si también fuera a cambiar de carril. La mole negra acercándose amenazadora obligó al de la moto a exagerar la maniobra al tiempo que se prendía de la bocina para emitir un pitido largo y recriminante. El Mercedes recuperó para retomar el curso mientras la mueca apretada de Domingo se convertía en una sonrisa grande y abierta. Sobre la motocicleta, Xavier meneó la cabeza de un lado a otro en son de reprobación. Luego aceleró. Si se retrasaba podría perder la acción que buscaba. No tenía tiempo para discutir.

Zigzagueante entre el tráfico, lo que menos ocupaba sus pensamientos era maniobrar. Eso le salía con naturalidad. Los años de sortear vehículos en las vías rápidas lo habían educado para hacerlo sin pensar. Más bien trataba de adivinar si llegaría a tiempo a donde lo esperaba el Caimán, el apostador que rara vez faltaba a las carreras que se armaban casi todos los viernes por la noche, y que era su perpetuo patrocinador. Habían quedado de verse antes de las 11 para elaborar alguna estrategia de competencia. Xavier supuso que no tendría problemas para cumplir con la cita. Luego hizo lo mismo que otras veces, acercarse al aeropuerto para conseguir combustible. Conocía a alguien que lo sustraía de los tanques de la terminal para vendérselo a buen precio. La calidad del Gasavión era superior por mucho a lo que se vendía en las estaciones gasolineras de las calles, y la máquina de su Ducati Monster 620 estaba modificada para aceptarlo. Tan sólo fue necesario cambiar los engastes de las cabezas. Luego, agregar con cada carga el aditivo apropiado para que todo funcionara con suavidad. Uno más de los montones de trucos que formaban parte de su repertorio.

Pero esa noche en el aeropuerto lo hicieron esperar demasiado. Que porque estaba demorado el cambio de turno. Pasaba de las diez y media cuando por fin pudo hacer contacto con quien le suministraría el carburante, y luego llevó otros 40 minutos que se lo entregaran. Por eso corría como un loco por la vía rápida. Sabía que si se retrasaba podría quedar fuera de los planes del Caimán para esa noche. Entonces tendría que esperar otra semana. Siete días en los que no tendría ni siquiera dinero para comprar de comer. Contaba con allegarse algunos pesos venciendo a alguno de los novatos que aparecían de cuando en cuando, animosos por probar suerte. Así podría pagar las rentas que le adeudaba al señor López y conservar lo suficiente para sobrevivir unos días más.

Eran las 12 cuando paró la motocicleta entre otra veintena, justo a un lado de la línea de partida, donde dos autos estaban por arrancar. El centenar de curiosos que se había reunido se repartía en corrillos a lo largo del recorrido de 250 metros, de pie sobre las aceras nuevas de esa avenida lisa y poco transitada.

¿Qué tienes para mí? —se dirigió al Caimán a modo de saludo mientras se sacaba el casco.

Pensé que no llegabas, güero —repuso el hombre con voz gruesa. Era moreno y obeso, apenas de estatura mediana, con la cabellera oscura que le caía en ondas desaliñadas hasta los hombros. En las manos anillos y en las muñecas cadenas de oro, y la camisa de seda desabotonada hasta medio pecho.

Pero ya estoy aquí —repuso Xavier con aires de confianza.

¡Espérame tantito! A ver qué podemos arreglar. A todos los que están ya los tengo apalabrados. Sólo que uno que gane quiera arrancar contigo…

¡Lo sabía! No obstante lo alocado de su carrera, que partió del aeropuerto media hora antes, había llegado tarde. No se preocupó. No sería la primera vez que tuviera que esperar para conseguir rival. Quienes lo conocían bien solían sacarle la vuelta. Eran pocas las veces que había perdido, y algunos pensaban que, cuando fue derrotado, sucedió porque él así lo quiso. Que se dejó ganar a propósito. Que se dejó vencer porque ya nadie quería correr contra él. Y él nunca hizo por desmentir a nadie. Tampoco lo confesó abiertamente. Simplemente se escudaba tras esa sonrisa neutra que se le pintaba sola cuando era confrontado, la respuesta perfecta que cada uno interpretaba a su entender y que a él no lo comprometía en nada.

Volvió a donde había quedado parada la Ducati. Estaba en un sitio demasiado oscuro. La empujó hasta que quedó justo donde recibía plena la luz de una farola. Ahí la podía ver bien. Se alejó un poco para sentarse sobre el borde de la acera. Los carros que estaban en la línea de salida partieron produciendo un estruendo, con las máquinas aceleradas a tope y soltando humo de las llantas. Él no volteó. Su atención completa estaba enfocada en su más amada posesión: su motocicleta. El prototipo perfecto de los valores estéticos como él los comprendía. De color negro mate que sólo cambiaba en la suspensión, los escapes y la máquina para virarse al plateado. Las proporciones exactas. La elegancia simple y agresiva. El formato enigmático y retador, de líneas tiradas hacia el frente justo lo necesario. Amaba cada uno de sus detalles. No podía cansarse de contemplar ese prodigio de técnica y belleza. ¡Y pensar que el extasiarse en la contemplación era tan sólo uno entre los varios placeres que le arrancaba a su tesoro!

Mirarla y recordar la historia, todo llegaba junto cada vez. Lo que sentía por su máquina no era casual. Fue amor a primera vista, que el tiempo convirtió en pasión. La primera vez que la miró fue tres años atrás, justo cuando salía de vender su auto. Para ese entonces las deudas lo estaban ahogando por primera vez en su vida. Apenas un año antes había terminado de gastar los restos de su herencia. Luego vendió el apartamento que tenía en condominio. Lo que obtuvo tan sólo le alcanzó para un año más, eso sí, bien vivido. Los tres meses que pasó en Europa se comportó como lo que todavía creía ser, un rico heredero. Luego, el dinero se le terminó de nueva cuenta y no tuvo de dónde sacar más. Ya pagaba renta y no poseía otra cosa que su BMW y su equipaje. Tuvo que deshacerse del coche.

Quiso el destino que la Ducati se le apareciera justo cuando traía consigo una buena cantidad de pesos. Bastó con mirarla para tomar la decisión. Volvió a casa conduciéndola, y se sentía tan entusiasmado que ya no recordaba el BMW entregado al comprador esa misma mañana. Desde entonces, era la única posesión que había defendido sin importar qué. Prefirió dejar de comer que deshacerse de ella, lo mismo que ser lanzado por deber rentas que siquiera considerar venderla. Y la máquina le retribuía su fidelidad ayudándole a ganarse algún dinero cuando la corría, porque jamás habían perdido una carrera, al menos no por accidente. A lo sumo, aquellas en las que aflojó un poco el acelerador por instrucciones del Caimán. El último año se había mantenido gracias a las apuestas de los viernes por la noche. Por eso, esta vez contaba con volver a casa con lo suficiente en los bolsillos para resolver los más apremiantes de sus problemas, y por eso también, su colmilludo patrocinador sonrió cuando por fin lo vio llegar. Jugar por Xavier era negocio seguro. La maliciosa astucia del apostador le impedía aceptar apuestas bajas cuando decidía que había llegado el momento de correr para ganar, y hasta la fecha, los billetes siempre habían terminado abultando su cartera.




4


La mano del Caimán sacó a Xavier de su abstracción. Tuvo que sacudirlo por el hombro derecho para conseguir su atención, porque las memorias le habían vuelto a fluir inadvertidamente. Hacía rato que sus ojos ya no enfocaban la Ducati.

¿Qué hay? —preguntó Xavier.

La Kawasaki que acaba de ganar quiere correr de nuevo.

¿Cuál? —tuvo que preguntar, porque no había estado mirando.

Ésa. La roja —indicó el Caimán con la mirada.

¿Quién la trae?

Aquél —repuso apuntando con el índice.

Miró con atención. El hombre que le señalaban debía tener unos 28 años. Se notaba alto y algo corpulento, a diferencia de él, que no daba el 1.70 de estatura y que de un tiempo a la fecha había perdido peso. A decir verdad, Xavier era bastante flaco. Ésa era una ventaja que no todos sabían valorar. Unos cuantos kilos de menos eran una buena ayuda para correr, en especial en competencias de arranque. El prospecto de rival prometía funcionarle, sin embargo, no debía aceptar sin antes haber negociado cuanto fuera posible.

Su máquina es 750 —repuso por fin.

Ya has corrido así.

Consígueme un largo de ventaja. Dile que la mía es 620.

Voy a ver si quiere.

Aquí te espero —terminó Xavier con la sonrisa de siempre.

Mientras miraba las espaldas anchas del Caimán alejarse unos metros, meneadas al son del contoneo presuntuoso de las caderas, en ese andar que adoptaba por costumbre para darse importancia, se quedó pensando que debería aceptar la carrera aun si no lograba obtener la ventaja solicitada. En el pasado había vencido a más de una de 750 centímetros cúbicos arrancando a la par. Sabía bien que su Ducati desarrollaría más rápido que cualquier moto japonesa, no en balde le había modificado la transmisión y el embrague para aumentarle bríos en la largada. Sin embargo, cualquier concesión en la posición de salida le añadiría a sus de por sí buenas probabilidades de vencer.

Al levantarse notó que estaba entumido. Tuvo que estirarse. Luego se cerró la chamarra y se metió los guantes. Sabía que el de la Kawasaki aceptaría la carrera porque apenas había ganado. La victoria induce en un estado de euforia que lo hace a uno percibirse invencible. La víctima estaba en el punto exacto. Encendido por la adrenalina y con el dinero recién cobrado en el bolsillo. Con el casco todavía en la mano derecha encendió la Ducati para que la máquina calentara un poco. Luego esperó.

Va —le informó el Caimán desde lejos.

Xavier asintió con una sonrisa. Montó la motocicleta y arrancó en sentido opuesto para asegurarse de que la máquina estuviera en punto. El hormigueo de cada vez se hizo presente en su estómago. Sonrió para sí. Lo consideraba una buena señal, presagio del triunfo que se proponía obtener. Entonces condujo de vuelta hasta donde lo esperaba el Caimán. De pronto se le había ocurrido algo.

¿Cuánto le vas a meter? —preguntó al apostador.

Igual que la otra vez. Cinco mil. Tú vas con mil, el resto es mío.

Préstame otros diez para jugarlos por mi cuenta. Necesito algo de lana.

El Caimán tardó para responder. Parecía dudar. Luego disparó una pregunta.

¿Con qué respondes?

No te apures. Voy a ganar.

Pero 10,000 es mucho. Primero falta ver si encuentro quien los agarre.

Tú sabes cómo. Te he visto colocar mucho más.

Bueno —consintió tras una pausa. Luego agregó—, de los diez que te voy a prestar me debes once. Ya lo sabes. Ganes o pierdas.

Sí. Lo sé. Así lo hemos hecho antes.

Pero nunca con diez. Pues, ¿para qué quieres jugarte tanto?

Xavier lo miró con la sonrisa de cada vez. Ésa que tenía la virtud de terminar con las discusiones. El Caimán lo entendió.

Bueno. Es tu lana. Me respondes con la moto.

Tú ocúpate de casar los quince mil. De lo demás me ocupo yo.

Dame unos minutos. Yo te aviso nomás que lo tenga todo colocado.

Xavier miró alejarse al Caimán, contoneándose como a quien no le corre prisa. Sostuvo la vista en la espalda del apostador hasta que se confundió entre los demás que apostaban. Luego arrancó para alejarse un poco, cien metros o algo así.

Paró la moto sobre la acera, donde el piso era más liso. Oprimió el freno delantero y sacó el embrague al tiempo que aceleraba. La rueda trasera comenzó a derrapar, chillando sobre el concreto duro y resbaladizo al tiempo que el hule se quemaba produciendo una humareda blanca. Justo lo que pretendía. Calentar la superficie del neumático para mejorar la adherencia al asfalto. Sostuvo la maniobra durante unos diez segundos. Finalmente aflojó el acelerador y condujo hasta detenerse cerca de la línea de partida. Estaba listo. Tan sólo faltaba que el momento llegara.

Pero algo parecía demorar al Caimán. Podía verlo discutir con otros dos, no muy lejos de ahí. De pronto se percibió nervioso. Los músculos de los antebrazos tensos y el estómago que amenazaba con pasar de hormiguear a revolverse. Eso no podía ser cosa buena. Inspiró profundo y contuvo el aire mientras verificaba la temperatura del aceite. 117 grados. Justo como convenía. Había aprendido que entre los 115 y los 120 grados era cuando más potencia entregaba la máquina. Lo mejor sería arrancar de una vez. Buscó al apostador con la mirada. Fue cuando lo descubrió ya cerca, haciéndole seña de que se levantara el casco. Él obedeció.

No quieren los 10,000 parejos, pero me agarran quince a ochenta. Que porque ya te han visto correr. ¿Los quieres?

Arriesgar 15,000 para ganar 12,000, y el Caimán que después le iba a cobrar 16,500, ganara o perdiera, porque la comisión por el préstamo sería la de siempre: el diez por ciento. A Xavier no le gustó, sin embargo, necesitaba conseguir cuando menos 10,000 para salir de apuros. Tuvo que aceptar profiriendo un “bueno” que le salió desangelado.

¿Me dieron un largo como quedamos?

Sí.

No dijo más. Se volvió a acomodar el casco y adelantó hasta la línea de salida. La Kawasaki ya estaba en posición. Apenas cruzó saludo con su rival, asintiendo con la cabeza según la costumbre. Luego se detuvo justo donde la llanta trasera de la Ducati coincidía con la delantera de la moto del contrincante, con un largo de ventaja, tal como había sido pactado. Miró la temperatura del aceite. 119. Perfecto. Estaba listo. Confiaba en ganar. Llevaba más de una ventaja. Primero, porque era mucho más ligero de anatomía que el adversario. Luego, porque había negociado un largo de ventaja. Después, estaba que su máquina desempeñaba muy por encima de sus similares gracias a las modificaciones que le había hecho. Por último, porque era un verdadero as en lo que a correr arrancones concernía.

De entre los que aguardaban la largada se separó un hombre más, vestido todo en cuero, a la usanza de los motociclistas de pista. Xavier lo reconoció. Ya lo había vencido un par de veces, aunque ahora no competiría contra él. Tan sólo se acercaba para fungir como juez de salida. Los que apostaron ya se dirigían a la línea de llegada, todos montados en motocicletas, prestos para juzgar la llegada, porque apenas 250 metros adelante del lugar en el que se aprestaban a arrancar quedaría sentenciada la justa.

El hombre del traje de piel esperó hasta recibir la señal de los de la meta. Luego se paró frente a las dos motocicletas y extendió los brazos. Las máquinas se aceleraron. Xavier echó una última mirada al tacómetro y se recostó hacia adelante sobre el tanque. Así acostumbraba hacerlo, lanzando el peso lo más al frente posible. Eso le ayudaría a que la motocicleta conservara la llanta delantera pegada al piso durante la largada, porque si se levantaba de más tendría que aflojar el acelerador para recuperar el control. Alcanzó a notar que su rival no hacía lo mismo. Eso le devolvió la sonrisa. Había sospechado desde antes que se trataba de un novato.

Ahora, cada una de las manos del juez de partida tenía tres dedos extendidos. Balanceó los brazos hacia arriba y dobló un dedo para que solamente quedaran dos, luego uno, luego ninguno. Así dejó caer los brazos. La señal de salida.

Xavier soltó el embrague y la Ducati despegó. Se mantuvo echado hacia el frente mientras la moto ganaba velocidad. De reojo buscó la Kawasaki. No había señal de ella. ¡Sí! Había arrancado impecablemente. Sintió la adrenalina anegándole la sangre. Lo más difícil ya estaba hecho. Tan sólo restaba acabar con la primera y cambiar a segunda. No habría tiempo para más, porque la meta se acercaba a toda velocidad.

Omitió mirar el tacómetro para hacer el cambio. Conocía su máquina de sobra, por lo que sabía de memoria cómo sonaba al alcanzar las 10,500 revoluciones. Dejó que el tono del rugido le diera la señal. Entonces oprimió el embrague y empujó firme hacia arriba con la punta del pie izquierdo. La palanca de cambios se movió mientras la máquina se desbocaba porque no había aflojado el acelerador. Así soltó el embrague, para conseguir un cambio a un tiempo. Fue en ese momento cuando todo sucedió. El cambio no entró. En vez, la transmisión respondió con el estrepitoso sonido de metales rozando. Tuvo que perder un instante en lo que soltaba un poco el acelerador para repetir la maniobra. Esta vez sí entró la segunda, aunque demasiado tarde. El tiempo perdido le bastó a la Kawasaki para rebasarlo. La había traído apenas dos largos detrás todo el camino. Los cien metros que faltaban para la meta sólo le sirvieron para recortar la mitad de la diferencia. Cuando cruzó la línea de llegada iba de colero, con los ojos desorbitados por la sorpresa. Pues, ¿qué fue lo que pasó? ¿Por qué no entró el cambio? ¿Habría sido error de él o falla de la transmisión? Nunca antes le había sucedido. Estaba seguro de haberlo hecho bien. ¿O sería que no?

La Kawasaki comenzó a frenar para virar en redondo. Él simplemente soltó el acelerador y pasó el cambio a neutral para permitir que la moto siguiera avanzando con la inercia. No se sentía con ánimos de virar todavía, aunque sabía que tendría que hacerlo. La mente se le había puesto en blanco. No atinaba en qué pensar.

Casi había llegado al siguiente crucero cuando decidió aplicar los frenos para volver. Se las tendría que ver con el Caimán. De pronto había recordado que le debía 16,500 pesos. Sus problemas se habían multiplicado en unos cuantos segundos. Sintió coraje. No hacía mucho, una cantidad como ésa se le habría antojado poca cosa, sin embargo, ahora le parecía una fortuna. Presentía problemas y sufrimientos, porque al apostador tendría que pagarle pronto. Fue cuando recordó lo que le dijo poco antes: “me respondes con la moto”. La sangre se le heló.

Los destellos rojos y azules que inundaron de súbito la calle lo volvieron a la realidad. Justo en la esquina a la que estaba por llegar doblaba media docena de patrullas policíacas. ¡Operativo! Así le llamaban los policías a las cacerías que emprendían a veces contra los que participaban en carreras callejeras. Miró hacia atrás. Por la punta opuesta de la avenida venían entrando otros tantos autos, también con las torretas encendidas y las sirenas ululando. Por fortuna lo habían sorprendido en la bocacalle. No tendría problema para huir. Metió el cambio y aceleró. De los que quedaban atrás, los de las motos intentarían escapar. Algunos lo lograrían. No así los de los coches, porque los tenían acorralados. Recordó la primera vez que tuvo que escabullirse de las fuerzas de la ley. Aquella vez se sintió asustado. Ahora, ni siquiera le importó. Simplemente aceleró para alejarse. Estaba demasiado preocupado por el resultado de la carrera. Alcanzó a notar la seña que le hicieron desde una de las patrullas para que se detuviera. No hizo caso. Pues, ¿cómo pensaban detenerlo, si iban en dirección opuesta?

Enfiló rumbo a la vía rápida. Ahí tendría la protección del tráfico. Si alguien decidiera perseguirlo, lo evadiría zigzagueando entre los autos. Después, a buscar consuelo en alguno de los bares que frecuentaban sus antiguos camaradas de juerga. Con algo de suerte encontraría quien le invitara un par de cervezas, porque todavía era buena hora. Apenas daba la una de la mañana. Era su única oportunidad de conseguir el trago que le ayudara a soportar la noche. En el bolsillo tan sólo le quedaban diez pesos, cambio de aquel billete de a cien que ocupaba su cartera por la mañana, cuando el Mercedes negro estuvo a punto de atropellarlo.




5


El sábado temprano don Josué dejaba volar sus pensamientos, sentado todavía a la mesa del desayuno mientras se enfriaba desatendido su segundo café. Las gafas de leer y el grueso volumen con el que había planeado entretenerse seguían descansando sobre el mantel, porque de pronto no se sentía con ánimos de leer. Estaba demasiado ocupado poniendo en perspectiva las experiencias del día anterior.

La mirada que en otros tiempos habría descansado en los ojos de su amada Elvira, ahora se perdía desenfocada a través del ventanal, que de por sí no dejaba distinguir gran cosa. Tan sólo las siluetas de árboles lejanos dibujadas en la bruma de la mañana fría.

El frasco con las píldoras amarillas que debía ingerir dos veces por día no había sido destapado todavía. ¿Para qué tomarlas, si tan sólo servían para mantenerse vivo? Ni siquiera lo hacían sentirse mejor. Simplemente prolongaban su sufrimiento al conservarlo respirando. Por eso, ahora se encontraba escéptico de su utilidad. Los 80 años recién cumplidos le estaban pesando de más. En especial porque el día anterior, mientras era homenajeado, notó que la mayoría estaban ahí por otros motivos y no por compartir con él. Sí. Había habido mucho festejo, pero poca sinceridad.

Luego le vino a la mente que él no creía en lo intangible. Era acérrimo ateo. Tenía prestigio de materialista, ganado a pulso por negar la existencia de todo aquello que no pudiera ser percibido a través de los sentidos y explicado por la lógica. Por eso era ahora lo que era: un comunista añejo transformado en socialista recalcitrante a fuerza de que las modas habían cambiado en los tiempos recientes. Entonces, no le quedaba otra justificación para seguir viviendo que el complacerse a través de los sentidos y el suponer que sus esfuerzos en algo ayudaban a aliviar los sufrimientos ajenos. Pero de todo eso ya estaba cansado. Ni percibía mejorías en las miserias de sus congéneres, ni conseguía disfrutar gran cosa lo que lo rodeaba. Lo que seguía tenía que ser morir, porque su vida había perdido todo sentido. ¡Si al menos su Elvira siguiera a su lado!

Pero, resignarse a que la muerte sea el final de todo tampoco es tarea sencilla. Cualquiera es capaz de negar lo espiritual cuando todavía es joven. Algunos consiguen mantener tales creencias cuando los años ya se les han juntado. Pocos, muy pocos, logran encarar la muerte confesándose ateos. Muchos de los más grandes pensadores del materialismo sucumbieron al temor de los dioses que antes negaron. Bastó con que miraran sus existencias a punto de terminar para que cambiaran de opinión. Él no caería en tal aberración. Se debía ese gesto de sinceridad a sí mismo. Entonces, no le quedaba sino encontrar la manera de recuperar la alegría de vivir, y hacerlo de tal modo que no dependiera de otros para sentirse en paz.

Fue entonces cuando las copas de los árboles perfiladas en la bruma captaron su atención. El recuerdo de sensaciones que alguna vez lo hicieron vibrar lo inundó: el aroma del bosque húmedo, el olor de la leña quemándose en el frío de la mañana, el azul intenso del cielo de la montaña contra el que resaltan las nubes con blancura que deslumbra, el chillido del halcón surcando los cielos en actitud acechante, el sonido rítmico de las termitas royendo los troncos caídos, los pies que se hunden en la hojarasca húmeda al caminar. ¡Y todo eso seguía por ahí! Tan sólo esperando a que él decidiera salir en su busca. Quizás fuera el momento de visitar los bosques cercanos, podría ser que las anheladas sensaciones de plenitud que tanto tiempo llevaban esquivándolo lo esperaran justo en ese sitio.

El corazón se le aceleró. De pronto sintió que el vigor volvía a sus músculos flácidos, templándolos como si se aprestara a entrar en batalla. ¡Sí! Eso era. El momento de ponerse en acción había llegado. Por fin tenía algo que hacer distinto que permanecer sentado a la espera de gratificaciones que no llegaban. Saldría a buscar el placer de sus sentidos por cuenta propia.

Con voz firme llamó a Domingo.

Dígame, don Josué —se presentó presto el chofer.

Ya puede retirase —le indicó el viejo—. No lo voy a necesitar más por hoy.

Pero, apenas son las diez —repuso un tanto extrañado.

Sí. Ayer llegamos muy tarde. Puede tomarse el resto del día en compensación.

Gracias, don Josué. Entonces, hasta el lunes.

Sí. Hasta el lunes, Domingo.

Dos días de soledad. Eso era justo lo que se le antojaba. Necesitaba estar por su cuenta cuando estuviera en el bosque, y luego también al regresar. Libre de la carga de saberse vigilado. Sabía que si le pedía al chofer que lo llevara a la montaña, no conseguiría alejarse de él. El hombre se sentiría obligado a permanecer cerca para cuidarlo. A veces lo trataba como si fuera un crío, lo que le resultaba irritante, porque lo que en verdad le decía con tales atenciones era que lo percibía desvalido.

Don Josué se asomó por la ventana para mirar a Domingo salir, luego volvió a su recámara. En la mesita de noche guardaba su licencia de conducir. No recordaba cuánto tiempo llevaba abandonada en ese sitio. Tuvo que calarse las gafas para constatar lo que ya había supuesto. El documento había cumplido poco más de dos años de caducado. Aun así, lo metió en la billetera. Después abrió el armario para buscar sus viejas botas de campo y eligió vestimentas acordes.

¡María Luisa! —llamó a su ama de llaves.

La mujer no tardó en aparecer para recibir las simples instrucciones. Ir al mercado a comprar duraznos. Acató sin chistar y con la sonrisa pintada en el rostro. Sabía que le quedarían algunas monedas en el bolsillo después de haber rendido cuentas. Don Josué lo sabía también, aunque no parecía importarle, y menos todavía ahora, que lo que pretendía en realidad era alejarla de la casa para que no lo sorprendiera mientras estuviera sacando el Mercedes de la cochera, porque intuía que le daría por discutir. Al igual que a Domingo, a María Luisa en ocasiones le daba por tratarlo como si fuera un niño.

En cuanto escuchó la puerta principal cerrándose se apresuró a mudarse de ropas. Después bajó deprisa. Necesitaba encontrar las llaves del auto, lo que lo obligaría a pasar algunos minutos abriendo y cerrando cajones. Cayó en cuenta de que ni siquiera sabía a ciencia cierta cómo se veían las dichosas llaves, porque ese carro no lo había conducido jamás. Llevaba casi cinco años sin manejar y el modelo del Mercedes apenas cumplía los tres.

Diez minutos más tarde por fin lograba abrir la puerta del auto. Tardó para ajustar el asiento y los espejos. Luego encendió el motor y accionó el control de la puerta. Metió reversa y soltó el freno para rodar muy despacio hacia la calle. El corazón le latía desbocado. Se sentía joven tan sólo de descubrirse burlando los muros de la prisión que él mismo se había construido, en la que los celadores eran sus empleados y los límites se los había impuesto por decisión propia. Aun así, estaba nervioso. Cinco años sin conducir se le antojaba haber sido demasiado tiempo. Cuando decidió renunciar al volante lo hizo porque Elvira se lo pidió. Después, ya no pensó más en el asunto. Se había acostumbrado demasiado pronto a depender del chofer. Pero ahora todo había cambiado. Finalmente se estaba haciendo cargo de sí mismo, aunque no fuera más que por un rato corto, y eso lo tenía vibrando en una frecuencia tan alta que todo lo percibía nuevo y refrescante.

Aceleró por la calle al tiempo que la puerta de la cochera se cerraba. Justo a tiempo, porque María Luisa ya venía de regreso por la acera, cargando con la bolsa de los duraznos. Alcanzaron a cruzar la mirada al pasar. La expresión de estupor de la mujer le arrancó una sonrisa. Recordó que ella jamás lo había visto conducir, porque no llevaba siquiera cuatro años completos trabajando para él. Bien. Todo estaba saliendo bien. Lo siguiente sería poner rumbo hacia la carretera escénica del Ajusco, la montaña grande y arbolada al sur de la ciudad que era sitio de paseo para muchos durante los fines de semana, pero cuyos bosques solían estar casi desiertos por tramos, en especial en la parte más alta, que era a donde se proponía llegar. Cuando se perdió entre el tráfico se sentía feliz, y la aventura apenas comenzaba…




6


¿Bueno?

¿Güero? ¿Eres tú?

Xavier se tomó un instante para contestar. Había estado dormido hasta que el teléfono sonó por primera vez. Se cubrió la cabeza con la almohada mientras soportaba doce repiques, esperanzado en que, quien estuviera llamando, se aburriera de no obtener respuesta, y así parecía suceder, pero la llamada se repitió de inmediato. Tuvo que levantar el auricular. Reconoció de inmediato a quien lo buscaba con tal insistencia. La voz del Caimán era inconfundible, además de ser el único que le decía “güero”. Los recuerdos de la noche anterior se agolparon en su cabeza, comenzando por la dolorosa derrota sufrida en la carrera tras haber fallado en el cambio, después la huida que tuvo que emprender, y por último las dos horas que pasó bebiendo cerveza a expensas ajenas.

¿Güero? ¿Estás ahí? —insistió el Caimán.

Sí. Aquí estoy. Estaba durmiendo.

Bueno. ¿Qué pasó con mi lana? Necesito que me pagues. A mí ya me cobraron.

Sí. Tu lana. No se me ha olvidado. Sólo que no tengo. Tenemos que hablar.

Si no tienes, entonces, como quedamos. La moto responde. ¿Cuándo me la traes?

¡Tiempo! ¡Necesitaba ganar tiempo! Quizás encontrara alguna solución que le permitiera conservar la Ducati. No estaba dispuesto a consentir que fuera arrancada de su vida con tal facilidad.

¿Dónde te veo por la noche? —soltó tras una pausa.

¿Hasta la noche? Pensaba que mejor de una vez. Le tengo cliente.

No, no. Dame hasta la noche. ¿Dónde te veo?

En Tlalnepantla. Hoy se van a armar ahí los arrancones. Pero me traes la lana o me traes la moto. No me hagas ir a buscarte a tu casa.

Sí. No te apures. Te veo como a las 12.

Sale, güero. Ahí te espero. No me vayas a fallar…

Xavier colgó. De pronto lo había invadido un ataque de ansiedad. Se sentó en el borde de la cama y se cubrió la cara con las manos, como si fuera a llorar. Así permaneció un rato largo, esperando el mágico acceso de inspiración que lo tomara por sorpresa para revelarle la solución de sus problemas, pero los minutos corrían y lo único que conseguía era sentirse más desesperanzado cada vez. Seguía tratando de comprender cómo pudo ser que le hubiera fallado el cambio a segunda, buscando la explicación a ese error inopinado que ahora tendría que pagar renunciando a la única posesión que amaba. El Caimán era del tipo sociable, llevarla bien con él no era cosa difícil; sin embargo, tenía ganado a pulso el prestigio de ser duro para cobrar. Así debía ser, porque las apuestas siempre se cierran de palabra, pero se responde por ellas con la vida. Deber y no pagar puede resultar peligroso. El corredor de apuestas sería capaz de lastimarlo seriamente. Si no lograba cobrarle pronto, entonces lo aprovecharía para escarmentar a los demás, previniendo así que en el futuro otros trataran de evadir el pago de sus deudas.

Al cabo de un rato algo hizo que se pusiera de pie. Quizás la costumbre, porque no fue un acto premeditado. Entró en el baño para darse el duchazo breve y helado de cada día. El torrente frío cayéndole en la espalda le dolió. Esta vez, el contacto con el agua no obró el milagro de reanimarlo, de poner sus músculos en tensión y borrar cualquier recuerdo atormentante que pudiera haber en su mente. En cambio, forzó el sollozo que llevaba rato largo reprimiendo, que estalló como un lamento furioso. ¡Maldita la vida que estaba llevando! ¡Maldita su impotencia ante las circunstancias! ¡Maldito él mismo, que no encontraba la salida!

Cuando bajó las escaleras llevaba puesta la chamarra gruesa de piel que usaba para conducir la motocicleta. En la mano el casco y dentro de él los guantes, y botas como calzado. Solamente el desgastado pantalón de mezclilla se libraba de ser negro. Entró en la cochera. Se detuvo a unos metros de la Ducati para contemplarla. De pronto había comprendido que tendría que deshacerse de ella. Lo apremiante de su situación financiera así lo obligaba. Pero antes, se despediría de su tesoro. Por eso le pidió al Caimán que le diera de plazo hasta la medianoche. Tenía pensado gastar el medio tanque de combustible que le quedaba, y pensaba hacerlo de una vez, antes de que el hambre apareciera para distraerlo de la experiencia sensual de correr su máquina, porque su único capital seguían siendo los diez pesos que traía en el bolsillo desde ayer.

Emprendió el camino sin prisa. Ahora viajaba por las calles apenas al paso, intentando hacer del viaje un evento duradero, con la cabeza ocupada en adivinar su futuro. Sabía que tendría que entregar la moto a la medianoche para que el Caimán se cobrara. Desde luego, faltaba todavía negociar el precio, porque el valor de la Ducati cubría varias veces los 16,500 adeudados. Con el sobrante podría pagar las rentas atrasadas y vivir unos cuantos meses más, siempre y cuando lo hiciera con frugalidad. Después, no poseería prácticamente nada y solamente le quedaría por hacer lo que tanto había evitado a lo largo de su vida: trabajar. De pronto le parecía que emplearse era la única solución, ¡si tan sólo existiera un empleo adecuado para él en este mundo!

No era la primera vez que valoraba la posibilidad de trabajar a cambio de dinero, y cada vez había llegado a la misma conclusión, que ahora se le volvía a antojar lógica: él no valía un céntimo para nadie.

Era persona que sabía poco de mucho y mucho de nada, por eso la nube que le oscurecía el entendimiento cuando buscaba sin hallarlo el modo de conseguir algunos centavos con los que pudiera contar mes tras mes. ¡Eran tantas las cosas que danzaban por costumbre dentro de su cabeza!, aunque la mayoría inútiles. Por eso, se le ocurría que no había empleo en el que pudiera funcionar, a no ser que se resignara a tallar pisos o lavar platos, lo que no estaba dispuesto a hacer. Estaba convencido de que: “uno tiene su categoría”. Y tal verdad no le había llegado por inspiración, sino que fue producto de la sabiduría de un hombre humilde. La aprendió de la respuesta alguna vez recibida de un maestro albañil. Cuando le preguntó por qué no ayudaba al muchacho que traía de aprendiz con la pesada tarea de palear el concreto para colar un voladizo, le contestó sin chistar que prefería terminar la encomienda de la jornada ya entrada la noche que rebajarse a ejecutar las labores de un peón tan sólo para acabar temprano. Que prefería llegar tarde a casa que renunciar a la importancia que tras tantos años había adquirido, y mientras miraba sudar al escuálido ayudante, se fumaba a bocanadas largas un cigarrillo sin filtro. Aquella vez Xavier se puso a pensar. Tal filosofía le venía cómoda. Ese mismo día la adoptó. Por eso, ahora vivía con tantos apuros, convencido de que más le valía pasar penurias con dignidad que transigir a cambio de un poco de pan. Hay más nobleza en soportar las contrariedades estoicamente que en rellenarse la panza a cualquier costo.

La voz insidiosa de su demonio personal, cuestionando el cinismo existencial con el que hasta entonces había afrontado la vida, volvió a sonar esta vez. Quizás fuera tiempo de hacerle caso, de seguir sus malhadados consejos, de convertirse en uno más de los personajes grises que pululan en este mundo, arrastrándose a través de sus días atados inexorablemente a la creencia de que es necesario trabajar, aunque lo que hagan con sus horas les resulte desagradable. Convencidos por necesidad de que la satisfacción de ver el trabajo cumplido es premio suficiente, aunque nada de lo que hayan hecho con sus vidas sea jamás recordado por otros ni apreciado por ellos mismos.


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