2085
Alejandro Volnié
Smashwords Edition
Copyright 2002 Alejandro Volnié
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Prólogo
Corre el año 2085 y el modo de vida de los hombres ha cambiado una vez más, producto de la evolución natural de una especie que no puede cejar en el intento de manipular su ambiente y controlar a sus congéneres.
Fue durante la década de los años veinte cuando la ingeniería logró reproducir de manera sistemática a los organismos vivos en su totalidad, partiendo tan sólo de un simple perfil genético; hacerlos después desarrollase a velocidades asombrosas para al final detener su crecimiento en el punto deseado, y luego permitir que a partir de ese momento tomaran su ritmo de vida natural.
Un sinnúmero de organizaciones civiles y sus indignadas protestas no fueron suficientes para detener el progreso de las investigaciones en esta ciencia, justificadas por sus posibles aplicaciones humanitarias y en la producción industrial de alimentos.
En el campo de la medicina, la cibernética aplicada a la lectura y el control de las pulsaciones cerebrales entró en auge durante el mismo período, logrando desde los inicios de esta nueva disciplina curar un gran número de padecimientos con tan sólo aplicar electrodos en diferentes partes del cuerpo humano. Al leer y modificar las reacciones electroquímicas inherentes al funcionamiento de los organismos vivos, se logró corregir los patrones de comportamiento no deseados. Así es que, enfermedades antes consideradas como incurables, finalmente pasaron a formar parte de la historia.
El mundo se encuentra dividido en los dos bloques que han emanado del nuevo orden económico, político y social, aunque su distribución geográfica parece ignorar cualquier regla definida, ya que se encuentran islas de cada uno dentro del otro sin que esto obedezca a ninguna lógica, al menos en apariencia.
Por una parte se encuentra el mundo superdesarrollado, conformado por una sociedad altamente industrializada y de configuración urbana, regido por los intereses económicos de las inmensas corporaciones que han surgido de la nueva filosofía ultramoderna; por la otra, el bloque al que los superdesarrollados han dado por llamar en tiempos recientes “la reacción”, formado por aquellas sociedades que se han negado a transformar su estructura social de la misma manera, optando por conservar una visión del mundo más apegada a sus tradiciones e idiosincrasias, lo que acrecienta cada día la brecha que los separa.
Los habitantes del mundo superdesarrollado saben apenas lo que se les informa a través de los medios de comunicación. Esto es, que la reacción es una parte minúscula de la población mundial, que se encuentra en proceso de extinción debido a los grandes esfuerzos que los líderes de las corporaciones hacen de manera continua, y que no tardarán en evolucionar hasta haberse integrado con ellos.
Los asuntos de interés global son decididos por el Sínodo de los 113, que se encuentra formado por los líderes de igual número de corporaciones, producto de un período de más de cien años de fusiones entre todo tipo y tamaño de empresas. Así, cada una de estas inmensas organizaciones participa en la totalidad de los niveles de la actividad económica. El resultado ha sido que los pequeños giros no existen más. Todos los habitantes del bloque superdesarrollado son empleados por alguno de estos contados, a la vez que gigantescos, conglomerados.
Como consecuencia de las investigaciones para el desarrollo de armamentos y llevando más lejos los avances de la medicina de los años veinte, durante la década de los años treinta una de las corporaciones logró almacenar en un medio cibernético por primera vez la totalidad de la información residente en un cerebro humano, para después aprender a reimplantarla en el mismo.
El siguiente paso fue duplicar seres vivos por medio de la clonación, que para ese momento era ya una técnica dominada, llevarlos luego hasta una edad de madurez física en un tiempo breve, y después cargar en el nuevo cerebro la información extraída de la mente del sujeto original. Así se logró por primera vez producir una réplica cuyas únicas diferencias con el organismo original eran el no mostrar en el cuerpo las marcas causadas por las circunstancias de la vida, así como el no compartir las experiencias después de la fecha en la que la información fue obtenida inicialmente.
A este procedimiento se le dio el nombre de replicación, y fue el punto de discordia que llevaría la población mundial a dividirse en los dos bloques que ahora prevalecen.
La replicación de seres vivos se mantuvo en secreto por más de diez años antes de trascender al dominio de los intereses comerciales. Sin embargo, llegó el momento en el que estos servicios fueron ofrecidos al público. Primero tan sólo para reponer mascotas, aunque pronto comenzaron a ser aplicados también a los seres humanos, que de este modo podrían conseguir rejuvenecer su cuerpo manteniendo su experiencia.
El procedimiento de replicación implicaba destruir el cuerpo anterior mientras aún conservaba íntegra la personalidad y los conocimientos. La discusión sobre la moralidad de esta práctica constituyó por varios años un asunto relevante en todo el orbe, hasta que finalmente prevalecieron los intereses de los más poderosos, que gracias a su posición pudieron manipular las leyes. La replicación quedó convertida en una práctica usual para los integrantes de los estratos sociales superiores, y en la justificación para obtener registros periódicos del contenido de las mentes de todas las personas que ocuparan cargos de importancia dentro de la estructura de mando.
Con el pretexto de garantizar su permanencia dentro de las organizaciones, los elementos claves permitieron que sus cerebros fueran auscultados por terceros, obligándose así a mantener sus mentes libres de ideas contrarias a los intereses de los líderes, y otorgando por ese solo hecho el conocimiento absoluto de sus pensamientos.
El consumo de combustibles fósiles comenzó a decrecer durante los últimos años treinta, merced al desarrollo de la fusión en frío, técnica que ahora es utilizada en todas las fuentes de energía para uso móvil o portátil, y después, gracias a la puesta en marcha de los primeros reactores de antimateria, que ahora han reemplazado a las antiguas plantas de generación de electricidad. El petróleo se considera hoy en día una curiosidad, símbolo del rezago científico del siglo anterior.
Las técnicas de reciclaje y la habilidad desarrollada para sintetizar moléculas complejas a partir de elementos puros, desarrolladas durante los años cincuenta, han vuelto prescindibles una gran cantidad de materias primas, y son las regiones del orbe que hasta esos tiempos subsistían de la extracción las que han optado por permanecer en lo que los superdesarrollados llaman rezago.
Las comunicaciones globales que son de acceso público o doméstico son monitoreadas en forma continua por agentes de las centrales de seguridad, operadas por las grandes corporaciones para garantizar el control de la sociedad.
Soportan su derecho a realizar estas actividades en el tratado que signaron la totalidad de los líderes durante los años cincuenta, que en aquel tiempo todavía eran 147, al igual que las corporaciones. Dicho documento es el soporte del nuevo orden mundial A él se someten todas las leyes y reglamentos que rigen la actividad humana dentro del mundo superdesarrollado.
La división política del planeta existe tan sólo como una formalidad, ya que los constantes acuerdos para globalizar la actividad humana fueron provocando que los poderes político y económico coincidieran finalmente en los líderes. La gente ya no habla más de países. El mundo se encuentra gobernado por los ejecutivos de las corporaciones.
La industria alimentaria, aplicando técnicas de reproducción celular, ha borrado del mapa a los productores agrícolas. En el mundo superdesarrollado ya no existen cosas tales como las granjas. Donde las ciudades terminan comienzan vastas extensiones de territorios conservados como reservas ecológicas, que nada más se interrumpen de tanto en tanto por los campos de extracción de minerales. Éstos son acarreados después a las inmensas plantas procesadoras que producen todo lo necesario para conservar la inercia de las modernas megalópolis, que han absorbido por completo a lo que antes se conoció como población rural.
Se ha logrado en estos tiempos erradicar los antiguos fantasmas ambientales como el sobrecalentamiento global y las variaciones en los niveles de ozono de la alta atmósfera, ya que ahora existen inmensas instalaciones dedicadas a revertir los procesos que en otros tiempos causaban desequilibrios en la composición química del aire. Estas plantas son impulsadas día y noche por la energía limpia y barata con la que se cuenta.
En las reservas ecológicas habita una gran diversidad de animales en estado natural. No se habla ya de especies en peligro de extinción. La tecnología logró regenerar a muchas que se daban por perdidas, incluidas algunas de las cuales ya no quedaban especímenes vivos para aquellos tiempos.
Las fuentes de agua naturales son raramente aprovechadas ya que la disponibilidad de grandes cantidades de energía permite ahora obtenerla de modos industriales, evitándose así su acarreo desde lugares remotos.
Dentro de la sociedad los individuos se encuentran jerarquizados según su función en las corporaciones, aunque los niveles de bienestar son altos en todos los estratos y se vive dentro de una atmósfera de tranquilidad aparente. La nueva realeza está formada por los “consejeros”, que son los miembros de las familias que poseen y gobiernan las grandes corporaciones y que jamás aparecen en público, sino que se desenvuelven a través de los líderes.
Las tradicionales disputas por el poder siguen existiendo. Cada corporación pretende absorber a otras, como ha sucedido de manera continua durante los recientes cien años. Aunque en apariencia las relaciones entre ellas sean cordiales y cooperen en una gran cantidad de asuntos de interés global, la competencia es cruda y carente de consideraciones morales.
Se trata, en resumen, de tiempos en los que la vida se ha vuelto segura, ordenada y fácil, a cambio de la pérdida total de la privacidad en las comunicaciones, las acciones, y principalmente, en los pensamientos.
Como premio por este sacrificio, la inmortalidad ha dejado de ser un mito para convertirse en un artículo de lujo.
1
Daban las seis de la tarde del jueves. Él se encontraba sentado, relajando el cuerpo en lo mullido de su sillón favorito, sosteniendo con la mano derecha una copa de vino tinto a medio terminar. Los pensamientos le corrían desenfrenados mientras la luz del atardecer burlaba el ventanal para teñir de rojo la habitación.
—Me siento agotado. ¿Por qué tengo que fatigarme así, hablando con los subrangos, si mi trabajo es mantener funcionales a los rangos y a los sublíderes? En fin, otro día, otro asunto, qué bueno que terminó. Pensar que hubo tiempos en los que la gente hacía lo que quería, trabajaba en lo que le gustaba y no necesitaba al monitor para convencerse de que todo le iba bien. Pero las cosas han cambiado. Todos quieren progresar para lograr ser replicados y que todo lo demás se vaya al olvido. Me pregunto si será correcto esto de haber aprendido a permanecer vivos para siempre. Con todo lo que he pasado durante mis 83, me resulta un tormento tratar de conciliar al yo de mi primera juventud con el hombre en el que me he convertido, pero esa decisión la tomé hace ya mucho tiempo y debo permanecer firme en ella. Después de todo, no hace muchos años que hasta los líderes morían. ¡Lo que era no tener la suficiente tecnología! Hoy en día nos hemos acostumbrado a pensar que no importa tanto lo que se tiene que sufrir para lograrlo. Cosas como sentirte mal por un par de días, o estar desubicado y que el mareo no cese, o que los primeros días te falten las fuerzas porque no tienes energía. Y no se diga de la impresión que causa el tener que confrontar y eliminar a tu cuerpo anterior, si a cambio, el premio es levantarte con el cuerpo joven y libre de malestares porque te han llevado otra vez a tu mejor momento, y junto a ti tienes a una mujer siempre joven, y nada te duele. Aún recuerdo cómo estaba antes de mi primera replicación, regresar de los 50 a los 27 habría sido un verdadero milagro en el siglo pasado, pero ahora no es más que una prestación. Es bueno haber llegado a ser un monitor, es algo de lo que siempre me sentiré orgulloso, y a fin de cuentas, he logrado cosas excelentes, como las últimas vacaciones en Villa Sagan. Eso constituye un verdadero logro, en especial para mí, que partí de muy abajo, y que a pesar de ello, ya he estado ahí tres veces. ¡Y qué decir de la felicidad que eso le da a Lucy!
En ese momento detuvo el diálogo interno, suspiró melancólico, frunció el entrecejo y lo mantuvo así por unos segundos. Luego se irguió para quedar sentado en el borde del sofá. Entonces se contestó:
—¿A quién creo engañar? Estoy enloqueciendo. Vivo en una mentira por elección propia. En los años veinte todavía se creía en la reencarnación, y puede que en aquellos tiempos no hayan estado equivocados, pero ahora, con esto de la replicación, ni yo ni nadie nos vamos a enterar jamás. Ya han sido dos, y mientras el aprecio del líder por mí siga siendo el mismo, pueden convertirse en cualquier número, y lo que es peor, ¡yo me repito con disciplina la doctrina de la corporación, tratando de convencerme de que soy feliz! No cabe duda de que me encuentro atrapado en este modo de vida fácil.
Hizo una nueva pausa, que duró por unos segundos, para después retomar el hilo de la disertación.
—¿Fácil vivir repitiéndome tantos sinsentidos de los que no logro convencerme? ¿Fácil no saber ni siquiera si yo soy en verdad yo? ¿Fácil haber presionado dos veces ya aquel botón rojo que inició el proceso de eliminación de mi propio cuerpo envejecido mientras tuve que soportar la visión de su desintegración? ¿Y despedir lo que dentro de él se encontraba, mientras sabía que todavía era gobernado por la misma conciencia que cuando ese cuerpo aún era yo? ¿Fácil comprender que, si ese hombre más viejo hubiera despertado en ese momento, habría sido yo mismo, y nadie en este mundo podría haber distinguido el pensamiento de aquél del pensamiento al que se encuentra atada mi presente existencia? ¿Fácil soportar el arrepentimiento que me ha causado haber forzado a la mujer a la que durante tantos años he amado a pasar por lo mismo tan sólo para halagar mi vanidad? ¿Fácil abandonar todas aquellas enseñanzas de mi madre, sobre las que fundé mis primeros esfuerzos hace ya muchos años? ¿Y luego haberme alejado de ella hasta el tiempo de su muerte debido a la terrible vergüenza que me causaba el sostener su mirada tras haberme presentado rejuvenecido veintitrés años aquella primera vez? Todos parecen aceptar este modo de vivir cuando lo promuevo durante las sesiones en la corporación, pero yo no logro quedar convencido. Quisiera comprender el sentido de todo lo que sucede, que la verdad me tocara el entendimiento de alguna manera milagrosa, o que apareciera en mi vida alguien capaz de explicármelo todo de modo que pudiera sentirme seguro, como cuando, siendo aún muy joven, vivía en paz conmigo mismo.
En ese momento volvió a detener sus pensamientos. Sorbió un trago de la copa que llevaba inmóvil varios minutos entre los dedos de su mano derecha y a través de los ventanales de la sala largó la mirada ensombrecida, que quedó fija en la lejanía, cegada por el rojo del Sol poniente sobre el horizonte.
En su rostro se fue dibujando una nueva expresión, mezcla de dolor y agotamiento. Sabía que estaba obligado a retomar el diálogo interno del modo en el que fue entrenado para hacerlo mucho tiempo atrás.
—¡Detente! ¡Déjalo ir! Estás poniendo en riesgo todo lo que has logrado. Y aun más, comprometes tu modo de vida y el de tu mujer por el solo hecho de haberte permitido pensar como lo hacías hace unos momentos. Recuerda que tu contrato te prohíbe sostener cualquier pensamiento desacorde con la filosofía de la corporación, y si se te llega a presentar alguno, te obliga a desechar su recuerdo de inmediato. Debes borrar de tu memoria todo lo que ha cruzado por tu mente durante los últimos minutos o aparecerá en la próxima evaluación de tu perfil mental, y estás citado para tu siguiente sesión de respaldo en cuatro días. No lograrás generar la respuesta que neutralice estos desvaríos en tan poco tiempo. Deberás usar una vez más el isomentalizador. Estás obligado a hacerlo. Así lo estipula tu contrato. Eso que apareció en tu mente hace unos momentos es una falta grave. Debes agradecer que se te haya concedido el privilegio de poseer ese aparato.
Posó la copa sobre la mesita lateral. Se puso de pie. Haciendo un esfuerzo grande por mantener su razón alejada de toda duda se dirigió hacia el vestíbulo. Tomó las escaleras, luego caminó el pasillo hasta la recámara.
En cuanto entró en la habitación se sacó la ropa para meterse su pijama favorito. Se recostó sobre la cama, se cubrió con el edredón, apoyó la cabeza sobre la almohada y estiro la mano hasta alcanzar la diadema color ámbar que se encontraba retraída dentro del receptáculo en la cabecera de la cama. La acercó para ajustarla sobre las sienes. Inhaló profundo, después liberó el aire emitiendo un ligero suspiro. Clavó la mirada en los diseños geométricos trazados en el cielo raso y así dio inicio con el procedimiento acostumbrado. Paseando la mirada línea por línea, siempre en el mismo orden, al tiempo que iniciaba la cuenta: 20, 19, 18, 17, 16, …, 15… 14…
El efecto fue conseguido casi de inmediato, no en vano lo había hecho cientos de veces antes, cada vez que algún pensamiento inadecuado lo tomó por asalto. Al fallar en reprimirlo de inmediato se obligaba a someterse al odioso procedimiento.
Cayó en sueño profundo que habría de durar toda la noche.
Al paso de algunos minutos la diadema se separó de la cabeza emitiendo un leve chasquido. Se retrajo hasta su posición original con el típico zumbido, que se sobrepuso por un momento al sonido pausado de su respiración. Quedaba lista para su próxima intervención.
Poco después llegó Lucy. Le bastó con mirarlo un instante para entender que dormía profundamente. Todavía estaba encendida la pequeña luz roja bajo el receptáculo del isomentalizador. Miró hacia la pantalla frente a la cama, percatándose de que aún no habían dado las siete. Se dibujó en su rostro una sonrisa comprensiva al tiempo que musitaba suavemente:
—Pensar, pensar. Siempre pensar. ¿Qué fue esta vez?
2
En punto de las seis de la mañana se activó el despertador, haciendo que las cortinas de la habitación comenzaran a correrse. La luz tenue del alba lo iluminó todo mientras la pantalla del sistema doméstico de información se encendía mostrando el pronóstico del clima: 14 grados Celsius, máxima de 27 y vientos de seis kilómetros por hora en dirección sudoeste con cielo despejado. En el otro extremo la fecha, el día y la agenda: Siete con treinta, partida de golf con asistencia del líder de la corporación, dos sublíderes de la sección operativa de energía y él.
Al quedar sentado sobre la cama el tintineo cesó. Volteó hacia la derecha todavía adormilado, con los ojos heridos por la primera luz del alba. Su mirada encontró a Lucy, que aún dormía. Una sonrisa se fue dibujando en su rostro. Inhaló profundo, luego dejó que el aire escapara poco a poco entre sus labios a medio apretar. Viró enseguida la mirada para revisar los mensajes en la pantalla, como lo acostumbraba cada mañana. Entonces emitió el gruñido apagado con el que protestaba la agenda para el día. Se rascó la cabeza. Se incorporó para dirigirse al cuarto de baño. Una vez ahí se detuvo un instante ante el espejo. Sostuvo la mirada en su imagen reflejada, preguntándole en silencio:
—¿Qué pasó ayer? Recuerdo haber salido de la oficina muy cansado, y luego nada. Debo haber usado el isomentalizador porque no sé lo que ocurrió después. ¿Qué habré estado pensando esta vez? Debe haber sido el cansancio. Esta semana me ha resultado desgastante. Por suerte está borrado. No formará parte de mis recuerdos por siempre jamás.
Se asomó a la recámara. Vio la pequeña luz que cintilaba sobre la cabecera de la cama, indicación del uso reciente del isomentalizador. Sonrió aliviado. Luego, girando sobre los talones se dirigió hacia la ducha mientras seguía pensando:
—No sé cómo es que Lucy casi nunca lo usa. Yo dependo de ese aparto por completo.
Se sacó el pijama y lo lanzó al cesto de la ropa sucia. Pulsó el botón de encendido a un costado de la puerta. Aguardó durante unos segundos, hasta que el vapor que había comenzado a brotar del interior formó una nube densa. Dio un paso hacia delante. El chorro pesado de agua tibia lo golpeó sobre los hombros, devolviendo a su cuerpo la sensación de estar vivo, igual que cada mañana.
Pasados treinta minutos apareció al final del pasillo del piso superior, ataviado para la ocasión. Descendió la escalinata y cruzó el vestíbulo rumbo al saloncito de grandes ventanales, donde Lucy ya lo esperaba, envuelta en una bata de seda y con el desayuno dispuesto.
Su figura resaltaba en el contraluz del amanecer. El resplandor todavía rojizo que se filtraba por la ventana se mezclaba con la luz de día de la lámpara sobre la mesa.
A través de los cristales se podía distinguir la silueta de los edificios del centro de la ciudad y más atrás las montañas, que aún conservaban restos de las nieves invernales en sus cimas.
Se detuvo un momento en la puerta. A su mente volvió el recuerdo de tantos años compartidos. Cómo habían llegado juntos a la edad madura. Cómo se habían rejuvenecido mediante la replicación, primero ella, haciendo uso de los ahorros de muchos años, y poco después él, como una prestación concedida por la corporación, inherente a su promoción al puesto de monitor; para años después volverlo a hacer, aunque entonces ya ambos por cuenta de su empleador, a cambio tan sólo de pagar el precio de comprometerse a no formar una familia, más el obligado juramento de lealtad al líder.
Viendo a la mujer a quien había amado durante tantos años se dijo a sí mismo que lo volvería a hacer las veces que fuere necesario. Recordó después aquellos años lejanos en los que su relación no marchaba bien, que por suerte terminaron tras la segunda replicación. Después, todo se volvió miel sobre hojuelas.
Su seguridad se sustentaba en la relación que mantenía con Lucy. No podía concebir el hecho de pasar el resto de su vida sin tenerla. Ella, a la vez, se mostraba siempre feliz de compartir su vida con él mientras llevaba una existencia considerada envidiable, como la que solamente la esposa de un alto ejecutivo de alguna corporación podría darse el lujo de disfrutar.
Se sentó a la mesa para soltar lo que traía en la mente:
—Me volví a aplicar el aparato anoche, ¿lo notaste?
—Sí, llegué de la reunión del grupo pro integración de la reacción y te encontré profundamente dormido. Como aún era temprano, me resultó fácil suponerlo.
—¿Qué podré haber estado pensando esta vez?
—No lo sé, pero por lo visto no puedes dejar de hacerlo, ¿acaso no te has dado cuenta de que en los últimos meses has caído en eso casi dos veces por semana? ¿Qué te preocupa? Estamos bien. Yo me siento de maravilla y a ti te veo feliz cuando estamos juntos. ¿Qué es lo que pasa por tu cabeza cuando llegas del trabajo?
—No lo sé, y por suerte no lo recuerdo. Gracias a eso podemos seguir llevando una vida tranquila; y por favor, ya no me cuestiones más. Mejor acércame el desayuno.
La siguiente media hora transcurrió en silencio. Él mostraba un dejo de preocupación por los comentarios de su mujer, mientras ella, en silencio, reflexionaba sobre las posibles causas de la actitud que su hombre, el mismo a quien había creído conocer tan bien hasta hacía algunos meses. Ella sabía, por las conversaciones sostenidas con muchas personas, que el isomentalizador era un aparato que se acostumbraba usar a lo sumo una vez por mes. Dos veces por semana parecía demasiado.
Terminado el desayuno se levantó para dirigirse al armario junto a la puerta principal. Abrió la puerta de roble, alcanzó la bolsa que contenía sus bastones de golf y se la echó al hombro. Ella lo acompañó hasta la puerta. Él, dejando en el suelo la carga, la abrazó. Luego la rozó tenuemente en los labios para decirle:
—No sé qué me pasa, pero te amo y eres lo más importante para mí. Te prometo que haré un esfuerzo por calmarme.
—Yo también te amo —respondió ella sosteniendo el abrazo—, sé que todo va a estar bien. Prométeme que te vas a relajar y disfruta tu juego. Yo iré al spa por un masaje y te esperaré por la tarde. ¡Diviértete!
Sin decir más cruzó la puerta principal con rumbo a la cochera. Cargado con el equipo atravesó el prado que separaba la entrada de la casa de la puerta del garaje, que comenzó a elevarse en cuanto se aproximó para permitirle el paso al interior.
Se detuvo junto al automóvil. Apoyó la mano derecha sobre la cajuela. Ésta respondió de inmediato, abriéndose con un chasquido, revelando el espacio en el que viajaría su equipo.
Se alejó con dirección a la portezuela. El baúl se cerró con parsimonia. Luego apoyó la mano sobre la manija y la puerta se abrió, tal como la cajuela. Se acomodó en el interior, rozó el sensor de identidad y el sistema se accionó. Bastó con pronunciar la instrucción “agenda” para que el viaje comenzara.
El motor del auto inició su ronroneo sordo. Así sonaba la fuente de energía que habría de impulsar al vehículo hasta el lugar de encuentro de ese viernes, primer día del fin de semana.
El auto avanzó por cuenta propia, atravesando el pórtico de la cochera hasta alcanzar el camino revestido con adoquines grisáceos. Estaba en ruta hacia la cita de esa mañana.
Transitó primero por el camino bordeado de árboles que llevaba hasta la vía libre, a la que se incorporó para completar el trayecto de 31 kilómetros. El viaje tomó en total doce minutos, tiempo durante el cual los pensamientos volvieron a bullir en su cabeza.
Tuvo que esforzarse para dejar atrás la conversación sostenida minutos antes con Lucy. Apenas lo hubo conseguido el compromiso para esa mañana tomó su lugar:
—Es extraño, sólo en una ocasión me ha invitado el líder a jugar golf, y esa vez fue para integrarme al grupo cuando obtuve mi promoción a monitor. Ahora me invita a jugar de nuevo, y en compañía de dos sublíderes. Debe tratarse de algo importante, en especial cuando ayer me asignaron a un grupo poco común. Ninguno de ellos era más que un subrango. Eso resulta extraño de por sí. Durante los años que he pasado como monitor nunca me habían asignado un grupo tan peculiar. En fin, lo que resta es esperar para saber qué es lo que viene. El líder siempre está en lo correcto.
Cuando el vehículo se detuvo hubo de esperar a que avanzaran los dos que se encontraban adelante, que se movieron pronto, permitiéndole así llegar hasta el punto de descenso. Justo frente a la puerta de la antigua casona que albergaba la mesa de registro del campo.
La puerta del auto se abrió. La tapa de la cajuela se soltó como si hubiera adivinado que era hora de devolver su contenido. En cuanto la bolsa con el equipo fue retirada de su interior, se cerró de nueva cuenta para que el auto continuara la marcha hacia la zona de aparcamiento.
Unos pasos adelante su caminar fue interrumpido por la llegada del carrito que lo interceptó. Descargó los bastones de golf en el compartimiento trasero. Luego procedió al interior del edificio.
Frente a la mesa de registro se encontraban ya sus dos compañeros de juego de menor jerarquía, que habían llegado apenas unos minutos antes.
Se dirigió hacia ellos y los saludó con un fuerte apretón de mano, dando inicio a la acostumbrada conversación casual.
Mientras charlaban despreocupados el líder arribó. Los tres se dirigieron hacia él para saludarlo, uno por uno, con la formalidad de rigor. Lo siguiente fue dirigirse hacia la puerta posterior, que cruzaron rumbo a la posición de salida. Ahí ya los esperaban los cuatro carritos con sus equipos.
El aire de la mañana se sentía fresco. El silencio era roto por los cantos de los miles de aves que poblaban las copas de los árboles. El suave céfiro matinal movía a su capricho los follajes tupidos de la vegetación que enmarcaba el escenario, cuidado con esmero, y el verdor de los espacios abiertos frente a ellos incitaba a vivir la aventura que resulta el probarse a uno mismo.
El líder tomó el primer turno. Clavó la pequeña te en el pasto, sobre la que colocó cuidadosamente una bola. Eligió una madera de su saco, se aproximó, blandió dos veces el bastón a modo de calentamiento, se aproximó un paso más y asestó un golpe largo y certero. La bola despegó, surcando los aires justo por el centro de la franja verde para aterrizar muy adelante, saltando con alegría hasta haberse detenido. Sin pronunciar palabra levantó la pequeña te de cartoncillo comprimido y cedió el espacio al siguiente jugador.
Habían pasado casi treinta minutos y dos hoyos completos cuando el silencio por fin quedó roto. El líder se dirigió hacia los tres:
—Como ustedes saben, dentro de nuestra misión corporativa resalta el compromiso que tenemos con nuestros consejeros de sostener el crecimiento de nuestros negocios, así como el de expandir nuestro poder e influencia sobre el manejo de los asuntos globales. En un mundo cuya población ha dejado de aumentar, el modo idóneo para crecer es el de absorber a tantos de nuestros competidores como podamos. Es el caso que, después de varios años de esfuerzos estratégicos, hemos logrado dominar a una de las organizaciones que hasta hace poco nos competían, primero limitando su injerencia en nuestros mercados naturales y después minando su peso en la toma global de decisiones. Los consejeros de dicho grupo han decidido cedernos el control a partir de la próxima semana. Ése es el motivo de esta reunión. El líder será removido y formaremos una nueva directiva basada en el coliderato ejercido por ustedes dos. En cuanto al resto de la organización, la nueva cadena de mando se basará sobre la promoción de los subrangos de la nuestra. Por esa razón, usted, señor monitor, estará encargado de valorar los perfiles mentales del personal que ayer le fue presentado. Entre ellos deberá de elegir a quienes formarán la nueva directiva.
Terminado el discurso el silencio regresó. El líder reinició el juego. Los demás lo siguieron. Por fin la duda había quedado despejada. Se abría un mar de posibilidades para los tres. Mientras los dos flamantes colíderes experimentaban sensaciones mezcladas de júbilo y recelo, sabedores de que el coliderato implicaba el inicio de una competencia en la que sólo uno de ellos resultaría vencedor, el monitor comprendía que, al ser elegido para configurar una nueva plana directiva, adquiría el poder de hacer y deshacer a los demás, incluidos sus dos compañeros de juego. Finalmente, los perfiles mentales de ambos caerían en sus manos y el líder basaría la decisión final en sus apreciaciones. Y lo que era aún mejor, se mostraba, tras mucho haberlo esperado, la rendija a través de la cual podría acceder al camino que, con el tiempo, pudiera llevarlo a ascender en el escalafón.
A partir de ese momento una calma pesada se apoderó del ambiente. Cada uno de los participantes se abocó a su juego, rompiéndose el silencio sólo de tanto en tanto por los ocasionales comentarios relevantes al resultado de algún golpe.
Se encontraban cerca del final cuando el líder coincidió con el monitor para lanzar un tiro de acercamiento. Esta oportunidad la aprovechó para hablarle a solas.
—He notado en tus recientes respaldos mentales que has estado isomentalizándote con una frecuencia superior a la acostumbrada. Si bien, para mí eso por sí mismo constituye una prueba de lealtad y disciplina, que agrega a la confianza que te profeso, por otra parte, puede ser señal de que algo te molesta —tomó un tiempo para sacar su siguiente golpe. Después continuó—. Como habrás notado, he comenzado a hablarte en un tono más familiar en este momento y espero que tú hagas lo mismo, ya que a partir de ahora comenzaremos a trabajar de una manera más estrecha. Te convertirás en uno de los integrantes de la elite en la que apoyo mi gestión. Cuento contigo incondicionalmente.
La revelación lo tomó por sorpresa. Si bien, un rato antes se había estremecido por el anuncio de su asignación, la nueva noticia disparó hasta los cielos su nivel de adrenalina. Tuvo que hacer gran esfuerzo para que su voz sonara firme al responder:
—Cuenta conmigo. Me siento privilegiado y no fallaré.
La mente se le nubló por un instante. Cuando sus pensamientos volvieron a fluir se dio cuenta que se encontraba afectado de un modo que le resultaba nuevo.
—No puedo contener mi nerviosismo. Nunca me imaginé hablando de esta manera con el líder. No debe notar cómo me estremezco. Debo controlarme para sacar mi siguiente golpe. Debo aparecer firme y seguro.
Tomó una bocanada de aire, fijó la vista en la bola y descargó toda su tensión en el golpe. La bola viajó más lejos de lo planeado, pasando por encima del banderín rojo que marcaba la posición del hoyo 16. El líder no pudo disimular su sonrisa mientras observaba el vuelo excedido del proyectil, que delataba el estado nervioso en el que el jugador que lo lanzó se encontraba.
En cuanto la bola aterrizó los dos prosiguieron la marcha, bastón al hombro. No hubo más comentario.
Había transcurrido otra media hora cuando se encontraron tirando su último golpe. Tocó primero a los nuevos colíderes, que lograron empatar sus puntuaciones dos golpes por encima de los demás. El siguiente turno correspondía al monitor, quien, levantando la vista hacia la pizarra de puntuaciones notó que se encontraba empatado con el líder. Su primera intención fue la de embocar la bola. El tiro era fácil. Tomó el bastón y se plantó en posición. Inspiró profundo mientras separaba con lentitud la cabeza metálica de la bola. Hizo una pausa. Después empujó hacia adelante, pero impartiendo un giro casi imperceptible a sus muñecas justo antes de haber hecho contacto con la esfera. La bola rodó con suavidad, rozó la periferia del agujero al que iba destinada y prosiguió su viaje para detenerse unos centímetros más lejos.
El líder tomó el último turno y embocó en el primer intento, ganando así la partida. Se cumplía una vez más el obligatorio mandato: “El líder siempre está en lo correcto”.
Una vez desahogadas las formalidades de la despedida el monitor se encaminó hacia el bar situado en el extremo de la casa club. Cruzó la puerta y se detuvo por un instante, paseando la mirada en busca de alguno de sus compañeros de juego habituales, pero sin suerte. Ubicó un sillón cerca de la terraza junto a la gran puerta que se encontraba abierta de par en par. Ahí recibiría la frescura que traía la brisa desde la cascada en el exterior. Se hundió entre los cojines hasta haber alcanzado una agradable sensación de relajamiento en todo el cuerpo. Ordenó una cerveza, luego se dedicó a recapitular sobre los eventos de la mañana.
Todo había sucedido de manera tan repentina que tuvo que repasar minuto a minuto cada acción y cada expresión de los participantes.
Primero se felicitó por lo afortunado que se sentía al haber logrado la invitación a formar parte del grupo de elite de la corporación, ya que la posición que lograba por ese solo hecho lo colocaría socialmente al nivel de los sublíderes más importantes. El poder adquirido merced a su nombramiento le abriría las puertas más altas, incluidas aquellas que conducían a los consejeros. El incremento en sus percepciones aparejado a la promoción no sería despreciable, aunque en ese sentido su situación ya era desahogada de por sí. Por otra parte, como todo progreso, le atraería una nueva cantidad de rivalidades y de velados enemigos, sin contar, desde luego, a los dos colíderes que ahora sabían que quedaban bajo su observación.
La nueva carga de trabajo lo mantendría atareado. Eso ayudaría para dejar de lado cualesquiera que fueran esos pensamientos que lo habían estado tomando por asalto en tiempos recientes. Además, Villa Sagan dejaría de ser un premio eventual para convertirse en un lugar puesto a su disposición. Lucy estaría encantada.
3
Faltaban diez minutos para las nueve de la mañana del lunes cuando el nuevo miembro del grupo de elite cruzó la entrada del rascacielos, sede de las oficinas de la corporación.
Pasando de largo la fila de gente que esperaba para tomar los elevadores dobló al llegar al final del muro y avanzó hasta encontrar el carro privado que corría directo al penúltimo piso. La puerta se abrió al reconocerlo. En cuanto puso pie en el interior el viaje dio inicio.
La mañana era hermosa. Una energía vibrante se había apoderado de él desde el momento en que despertó. Su primer día como parte del grupo de elite le causaba emoción como la que no había sentido en mucho tiempo. La vida parecía sonreírle otra vez. El tedio de la rutina diaria prometía quedar a un lado.
En el piso 104 la atmósfera era apacible. Aunque se encontraban en esa planta 34 oficinas, la sensación era de absoluta tranquilidad. Apenas se apreciaba el ir y venir del personal.
En el interior de su privado las sorpresas no se hicieron esperar. La pantalla del sistema de información se encontraba atestada con mensajes nuevos. Los códigos de acceso que se mostraban en ella pondrían a su alcance grandes cantidades de archivos antes restringidos, además de que aparecían habilitados docenas de nuevos enlaces que le permitirían, a partir de ese momento, comunicarse en forma directa e instantánea con los demás miembros del grupo, muchos de los cuales ya le habían mandado palabras de bienvenida, y muchas más seguían llegando.
Durante las primeras horas de la jornada se abocó a desahogar las tareas encomendadas por el líder desde el viernes anterior, pero pasado el mediodía, la curiosidad lo venció. Entonces comenzó a atisbar en los ficheros clasificados que apenas quedaron a su alcance.
Fue recorriendo la lista, revisando los títulos uno a uno, hasta que alguno atrapó su atención. Leyó a media voz: Posición de la reacción, Actualización mensual.
Abrió el archivo para estudiar con detenimiento la información. En ella se mostraba, entre otras muchas cosas, la distribución geográfica y la cuantificación de la población del llamado bloque de la reacción.
Su sorpresa fue grande cuando descubrió que las cifras mostradas en el documento eran diferentes por mucho de aquellas informadas a los habitantes del mundo superdesarrollado a través de los medios de comunicación. El bloque no sólo no se encontraba en proceso de extinción, sino que, por lo contrario, mostraba crecimiento sostenido. Resumía, además, una serie de operaciones comerciales de intercambio entre ambas partes, de ésas que la mayoría suponía que no existían. Hacia el final, reportaba los resultados de los métodos sanguinarios aplicados por los líderes de las corporaciones para mantener al bloque con vida, aunque apartado. La tan proclamada autosuficiencia del mundo superdesarrollado no era más que un mito. Muchas de sus operaciones aún dependían de los suministros obtenidos a la manera tradicional, que eran importados desde los territorios controlados por la reacción. Sólo así conseguían mantener en marcha su gigantesca planta industrial.
Estudió el documento durante varios minutos, pasando y repasando datos y estadísticas, encontrando a cada paso mayores inconsistencias entre la versión oficial de la situación global y la realidad que se le mostraba.
El resultado fue que la lectura lo dejó atónito. Cuando volvió en sí cerró el archivo e inició de nuevo con las actividades suspendidas antes de haber sido vencido por la curiosidad.
A otro miembro cualquiera del grupo de elite esta información no le habría provocado mayor asombro. Para llegar a ocupar una posición de privilegio era necesario, antes que nada, haber aprobado el escrutinio cuidadoso del pensamiento que la Central de Seguridad Interna efectuaba a todos los ejecutivos desde que ocupaban niveles inferiores en el escalafón.
En este escrutinio se buscaban en especial características como la lealtad y la ausencia de sentido crítico hacia las acciones de los superiores. Parecía ser que el nuevo miembro de la elite había logrado sortear esta prueba gracias al repetido uso del isomentalizador, que utilizaba impulsado por una mezcla de disciplina y temor de perder su posición. Sin embargo, en su interior permanecía activa la necesidad natural de valorar la información que ingresaba en su sistema. A pesar de la gran cantidad de años durante los cuales logró adormecer su razón, sabía que la vida que llevaba como miembro de la organización contravenía sus principios éticos básicos, los que le fueron inculcados por sus padres durante la niñez.
El resto de la jornada se esforzó por alejar su atención de cualquier pensamiento ajeno a las tareas habituales, a pesar de que el recuerdo de la lectura reciente regresaba una y otra vez, turbando su tranquilidad y disparando series interminables de preguntas cuyas respuestas, aunque le resultaban obvias, no se atrevía a aceptar.
En punto de las cinco de la tarde se levantó para abandonar presuroso la oficina. Recorrió el trayecto hasta su auto con paso rápido y la mirada fija hacia el frente, ignorando a cuantos lo rodeaban. Le había surgido la necesidad apremiante de alejarse del edificio de la corporación. Se sentía engañado. La férrea disciplina mental que se obligaba a observar y sus ya muchos años de lealtad absoluta a la corporación resultaban incongruentes con el descubrimiento de ese día. Le resultaba difícil aceptar que en el contexto de un mundo en el que el acceso a la información se suponía un derecho universal e inalienable, un ejecutivo de alto nivel como él pudiera haber sido engañado de manera sistemática, sin que la menor sospecha lo hubiera asaltado jamás.
Y la palabra central en su descontento era precisamente “sistemática”, que por sí misma lo inducía a pensar que él, como tantos otros millones de personas, vivía bajo un régimen de control y explotación. Las conclusiones a las que sus pensamientos lo llevaban comenzaban a resultar cada vez más difíciles de negar.
En medio de ese torbellino mental llegó hasta el auto. Abordó con prisa, lo instruyó para hacer un recorrido por las afueras de la ciudad que durara un par de horas y accionó el interruptor de comunicaciones a la posición de privacidad. Necesitaba meditar.
En cuanto sintió el movimiento del vehículo la expresión rígida de su rostro se fue relajando, hasta tornarse en una mirada inexpresiva que sólo cambiaría por instantes a medida que sus pensamientos fueran fluyendo:
—Debo tranquilizarme para que las ideas surjan con orden, —se ordenó.
Inspiró a fondo, reteniendo el aire que colmaba sus pulmones hasta haber contado a diez, para después exhalar lento a través de los labios entrecerrados. Repitió el ejercicio unas cuantas veces, lo que le ayudó a reducir el ritmo de su mente. Sólo así logró proseguir.
—Me he puesto como un loco. No recuerdo haberme sentido tan indignado en muchos años. Supongo que me siento muy afectado porque son décadas ya desde que la humanidad comenzó a confiar en la veracidad de los medios, al grado que la Internet se desvaneció en esa época para ser substituida por los sistemas corporativos de información. Pusimos toda nuestra confianza en manos de los líderes y ahora descubro que nos han estado engañando. Apenas hace unas cuantas horas me sentía un hombre inmensamente afortunado, pero de repente todo se ha desmoronado. Todos estos años he basado mi autoestima y mi seguridad en la función que he desempeñado para la corporación, ¿qué deberé hacer a partir de este momento? No lo sé aún. Sólo sé que no podré ver las cosas de la misma manera nunca más. Me han hecho despertar de un largo letargo. Me siento como si hoy fuera el primer día de mi vida. Estoy desnudo ante la realidad. ¿O acaso habrá sido que muy dentro de mí siempre supe que vivíamos engañados? He borrado mi memoria tantas veces ya… Y ahora necesito esos recuerdos con desesperación. ¡No volveré a usar ese maldito aparato nunca más! ¿Y qué decir de los respaldos mentales que la corporación almacena con tanto celo? Deberé efectuarme uno durante esta semana, pero no más, no volveré a prestarme a eso, debo trazarme un plan para escapar de las garras del sistema, no importa el precio que deba pagar. Lo primero será ganar tiempo, debo demorar mi sesión de esta semana tanto como sea posible… ¡Lucy! Debo pensar en ella. Es lo único que no estoy dispuesto a sacrificar, pero, ¿cómo se lo diré? ¿Cómo la convenceré? ¿Estará dispuesta a dejarlo todo atrás por seguirme…? ¿Atrás de qué? Ni siquiera cuento con un plan. Necesito obtener más información. Por fortuna, ahora tengo acceso a ella. ¡Qué ironía! El más preciado tesoro de mi captor será el que me ayude a liberarme de él. Volveré mañana a la oficina y dedicaré todo el día a investigar en los archivos restringidos, así podré formular el plan. ¡Sólo espero que Lucy me siga! ¡Es todo lo que pido!
La expresión en su cara ahora era otra. Su mirada brillaba de nuevo como aquella misma mañana, aunque por motivos opuestos. Desactivó el selector de privacidad del sistema de comunicación, que de inmediato mostró el mensaje de Lucy:
—¿Dónde has estado? Te he buscado desde las cinco treinta. Quiero saber cómo te ha ido en tu primer día como gran personaje de la corporación.
El recorrido programado en el auto distaba de haberse cumplido cuando lo instruyó para virar y ponerse en ruta a casa. Enseguida respondió al mensaje:
—Voy en camino. Estaré contigo en cuarenta minutos. Tenemos mucho de qué hablar.
Cuando se apeó la calma le había regresado. Podía sentir los pies bien plantados sobre el suelo mientras en su mente enumeraba las veces que perdió la tranquilidad en las últimas fechas. Se dio cuenta de que la agitación de las pasadas horas no era más que el preámbulo de las inciertas aventuras por venir. Entonces saboreó por anticipado el triunfo que se proponía obtener. En ese momento, todo había quedado tornado en optimismo.
En el interior de la residencia se encontraba Lucy, ataviada para una ocasión especial, sentada en el vestíbulo, cerca de la puerta principal.
Llevaba el día entero planeándolo, después de todo, la celebración lo ameritaba. ¿Cuántas veces en la vida se logra un gran éxito como el recién conseguido por su pareja? Éxito que además ella compartiría.
Esa misma mañana la habían propuesto como dirigente del grupo pro integración de la reacción en el que hasta entonces acostumbraba participar tan sólo una vez por semana. Ella aceptó el nombramiento sin dudarlo. Más tarde recibió la invitación para reunirse en fecha próxima con el grupo de esposas de los ejecutivos de elite, lo que la establecería como miembro de esa selecta clase. Se le prometía un estilo de vida mejorado del que cabía esperar grandes satisfacciones. Su rostro irradiaba felicidad.
—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó en cuanto la puerta quedó abierta—. No lo creerás cuando te lo platique —respondió él.
— Yo tengo tantas cosas que decirte…
—Me las contarás durante la cena. Me muero de hambre.
Entraron en el comedor, donde la mesa se presentaba vestida con elegancia. Manteles largos, candeleros encendidos, fino cristal, cubiertos de plata y servicio de porcelana. Era una fecha para celebrar.
Junto a la mesa se encontraba de pie un mesero impecablemente presentado. Resguardaba el carro de servicio sobre el que la cena, preparada por uno de los mejores restaurantes de la ciudad, esperaba desde hacía algunos minutos la llegada del invitado de honor.
Ante la vista del extraño decidió contener el impetuoso deseo que sentía por relatar sus experiencias de ese día. Mejor dejó que Lucy llevara el hilo de la conversación.
Mientras el servicio comenzaba la charla prosiguió:
—Me han nombrado hoy directora del grupo.
—¿Del grupo de los martes?
—Sí, ¿no es estupendo? Además, he recibido una invitación para conocer a las esposas de tus nuevos compañeros de trabajo. Eso será el miércoles. Apenas puedo aguardar. Me ha causado una gran emoción.
—Y, ¿cómo va eso de la reacción? ¿Realmente son grupos insignificantes en estos días?
—Sí. Gracias al trabajo de nuestra asociación y de muchas otras similares hemos logrado que la población de las escasas localidades que aún se encuentran rezagadas sea menor que el uno por ciento de la población del planeta. Parece que estamos logrando la victoria. No sé a qué dedicaré mi tiempo ocioso cuando la integración sea total, pero me alegra mucho sentir que hemos ayudado a tanta gente a encontrar el mejor camino.
La luz de las velas iluminó la sonrisa sarcástica que las palabras de la mujer dibujaron en su rostro. Ella lo notó extrañada, por lo que lo interpeló:
—¿Qué te provoca esa sonrisa? ¿Acaso dije algo gracioso?
—No. Sólo es que he recordado algunas cosas en este momento. No tiene importancia.
—¿Y tu día? ¿Fue algo especial?
—En realidad no. Se pareció a cualquier otro, excepto que recibí muchas felicitaciones. Finalmente, no es más que trabajo.
Transcurrida la cena el mesero sirvió los digestivos. Acto seguido se despidió, dejándolos por fin a solas, por lo que se mudaron a la sala para retomar la plática. Esta vez fue él quien comenzó:
—Hoy me han dado acceso a una gran cantidad de información altamente clasificada. Al comenzar a curiosear entre ella he descubierto algo que me provocó una fuerte sacudida.
—Se supone que no debes comentar nada de eso conmigo, ¿por qué lo haces? —le reclamó ella.
—Porque lo que tengo que decirte nos afectará a los dos. ¿Alguna vez te has preguntado por qué nunca te han permitido a ti ni a nadie de tu grupo visitar algún asentamiento de la reacción? ¿Por qué a ustedes únicamente les permiten interactuar con aquellos miembros de la reacción que han optado por moverse a nuestro bloque? O siquiera, ¿por qué se llama reacción?
—Nos han dicho que esos asentamientos se encuentran en lugares muy alejados y de acceso muy difícil, y que no vale la pena el esfuerzo de viajar hasta ellos porque sus habitantes tan sólo están esperando que les proporcionemos los medios necesarios para migrar hacia nosotros.
—¿Qué pensarías si ahora mismo yo te dijera que te han mentido durante todo este tiempo, y que la reacción en realidad forma un porcentaje muy significativo del total de la población? ¿Que sus asentamientos son de hecho numerosos y se encuentran más cerca de lo que supones, y que los líderes no sólo los conocen a la perfección, sino que además comercian con ellos?
—No te lo podría creer. Durante muchos años he estado al tanto de las estadísticas y he colaborado con la integración. No puedo estar equivocada.
—Pues lo que te digo es cierto. Hoy lo he comprobado. Y a ti, a mí y a todos los demás nos han mentido durante decenas de años. Y todos hemos escuchado esas mentiras durante tanto tiempo que estamos acostumbrados a creerlas.
—¿Por qué me dices esto? Sabes bien que los dos tendremos que usar el aparato para borrarlo de nuestras memorias. No es eso lo que tenía planeado para esta velada, sin embargo, ahora es irremediable.
La expresión en la cara de Lucy ahora era de desencanto. El tono de su voz había perdido el timbre alegre que hasta ese momento obrara como prueba de su estado de ánimo.
—En verdad, sí tiene remedio. Hoy he tomado una decisión que impactará para siempre en nuestras vidas. No sólo no volveré a usar el aparato, sino que huiré de este sistema que ha socavado mi paz interior durante tantos años y buscaré asilo en algún asentamiento de la reacción. Estoy convencido de que puedo preparar un plan que nos permita lograrlo ahora que toda la información ha caído en mis manos. Debemos hacerlo de inmediato, ya que el tiempo corre en nuestra contra. Estimo que nuestro límite será el jueves, fecha hasta la que podré demorar mi próxima sesión de respaldo mental. Después de ese día mi vida no valdrá nada si caigo en manos de los ejecutores la corporación.
La respuesta de Lucy fue inmediata. Se levantó del sillón para replicar con el tono de voz elevado:
—¡Jamás! Ahora que al fin hemos llegado a la cima pretendes tirar todo por la ventana. Conmigo no podrás contar. En lo que a mí respecta, esta conversación no ha tenido lugar. Ahora mismo la voy a borrar de mi memoria, y si sabes lo que te conviene, tú harás otro tanto enseguida.
Salió precipitadamente rumbo a la recámara para aplicarse el isomentalizador sin que hubiera poder capaz de detenerla. Sus pasos rápidos resonaron en la escalera mientras repetía una vez más con la voz alzada: “¡Jamás!”
—Es extraño —pensó para sí, aunque sin mostrarse sorprendido—, la Lucy de hace veinte años me habría seguido a cualquier parte y bajo cualquier circunstancia. Ahora se encuentra atrapada en el sistema al igual que yo lo he estado hasta hoy. Sin embargo, mi decisión es final. No volveré a usar el aparato y no permaneceré formando parte de esta inmensa mentira. Lucy no recordará nada por la mañana y yo no deberé mostrar el menor signo de duda. Estoy en un punto desde el cual no hay retorno. Han pasado más de cinco horas y no surtiría efecto completo el isomentalizador. Las huellas de mis pensamientos de hoy permanecerán sin remedio. La parte más dura de soportar en todo esto será el perderla, pero la suerte está echada. Se ha ido para siempre.
Habían pasado varias horas y un buen número de tragos cuando se dirigió hacia la escalinata. Sus movimientos eran torpes mientras subía tomado del pasamano. Avanzó arrastrando los pies hasta la alcoba para tenderse sobre la cama sin siquiera haberse sacado la ropa. Transcurrieron apenas dos minutos para que se encontrara sumido en un sueño profundo.
4
—¿También tú usaste el aparato anoche? —preguntó Lucy mientras vertía hirviente café negro en el tarro sostenido por la mano temblorosa de su pareja.
—Sí —mintió él, recordando que habían pasado ya muchos años desde que le ocultó la verdad sobre tema alguno por última vez.
—Recuerdo que dispuse una gran cena para celebrar tu promoción, y que después subí a arreglarme esperando tu llegada. Lo siguiente que viene a mi mente es la alarma del despertador hoy por la mañana, ¿acaso sabes tú lo que sucedió?
—No. Estoy igual que tú. Espero que cuando menos haya sido divertido.
Lucy dibujó una ligera sonrisa en su rostro antes de decir:
—Tú siempre has sabido ser divertido.
Él respondió con una mueca de complicidad y agregó:
—Es fácil ser divertido contigo.
El resto del desayuno transcurrió con la calma y el relajamiento acostumbrados. Lucy no recordaba nada de lo acontecido la noche anterior y él se preguntaba si valdría la pena intentar una vez más convencerla de huir en su compañía. La manera en la que reaccionó ante su propuesta fue terminante. Lo más probable era que se repitiera en un nuevo intento. No obstante, se concedió como plazo ese día para decidirlo. Quizás tendría mejor suerte la siguiente vez.
Desde las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde se dedicó a leer y releer una gran cantidad de expedientes. Fue así como su nueva imagen de la corporación se vio reforzada: ávida de control y poder y dispuesta a manipular a todos sus integrantes desde la raíz misma de sus pensamientos. Resultaba sorprendente la variedad de métodos que componían el repertorio de la Central de Seguridad Interna.
Entre los niveles inferiores del escalafón corporativo apenas se rumoraba que pudiera existir dicha central, ya que muchos la consideraban tan sólo uno de tantos mitos.
Si bien, él había sabido desde antes que existía, no había sospechado jamás la diversidad y el nivel de refinamiento de sus procedimientos. Dedicó especial atención a la información sobre ese cuerpo armado, después de todo, constituiría el brazo ejecutor de la autocrática justicia del líder una vez que hubiera desertado. Los interminables registros documentaban el destino de miles de disidentes que no lograron escapar de la temible determinación corporativa, desvaneciéndose del panorama sin dejar huella.
El estudio de la auténtica geografía del planeta, y no de la oficial, resultaba prioritario. Debía definir dentro de un plazo muy breve cuál sería su primer destino a la vez que trazar la mejor ruta para alcanzarlo, así como encontrar la forma de asegurar el suministro de los insumos necesarios para la consecución de su meta.
Aprovechar el fin de semana para huir podría ganarle algo de tiempo, aunque eso implicaría presentarse todavía el jueves en la oficina. Era necesario evitar la sesión de respaldo mental programada para entonces. Moverla para la última hora del día no sería problema, pero encontrar el pretexto adecuado para no presentarse constituiría un problema mayor. Respaldar era una de las pocas obligaciones que la corporación consideraba sagradas, ya que en ello basaba su capacidad para controlar.