Excerpt for La brecha by Alejandro Volnié, available in its entirety at Smashwords


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La brecha


Alejandro Volnié



Smashwords Edition


Copyright 2004 Alejandro Volnié


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1


Manuel se encuentra atrapado entre la vida que no hace mucho se le terminó y la que debería seguir. No fue sino hasta que murió cuando pudo comprender el verdadero valor del libre albedrío. De eso que los humanos consideran la más importante de sus prerrogativas y con la que, sin embargo, no saben qué hacer casi nunca.

Durante su paso por este mundo siempre sintió que su suerte estaba echada, que por el simple hecho de haber nacido en una familia en la que el dinero siempre sobró no tendría jamás que preocuparse por otra cosa que no fuera pasarla bien, que cada vez habría alguien más para hacerse cargo de los menesteres del diario mientras él podría gastar su tiempo en complacer sus sentidos sin necesidad de esforzarse. Y así vivió; plenamente, de acuerdo con sus convicciones. Seguro de que el apegarse a lo que él creía le compraría por sí solo el paso al siguiente plano existencial.

Ahora comprobaba que no se había engañado. El camino se encontraba abierto justo enfrente de él, aguardando a que decidiera dar el siguiente paso; pero no se atrevía a hacerlo. Algo que le molestaba no le permitía desprenderse de las ataduras que, mientras vivió, nunca se dio cuenta de que lo sujetaban, lo que ahora lo había convertido en uno de los incontables espíritus que vagan en el corredor que separa las existencias.

La muerte no lo sorprendió. A sus casi 65 años fue el resultado lógico de un cáncer de la piel atendido tardíamente porque él no se preocupó por notárselo y ninguno de quienes lo rodeaban lo tomó en serio: ni las enfermeras que lo cuidaron durante sus últimos años; ni Raquel, su esposa, para quien Manuel no era más que un rehén recluido en un cuarto separado y por el que cobraba rescate mes tras mes; ni Martín, el único y acaudalado hermano de Manuel, quien pagando puntualmente pretendía expiar la culpa que en lo profundo le corroía el alma tras haber heredado para sí solo la fortuna familiar.

La mañana en la que abandonó el maltrecho cuerpo no fue muy diferente de cualquier otra. Él se encontraba lúcido y había soportado los maltratos de la enfermera, que lo regañaba por negarse a comer el desayuno que recién había llegado frío de la cocina. No le importó, porque estaba acostumbrado a los malos humores de las mujeres con las que siempre compartió su vida. Nunca las tomó en serio, a ninguna de ellas. Para él no eran sino males necesarios. Por igual la tía que lo crió que la mujer con la que se casó, la amante con la que después engañó a Raquel y ahora las enfermeras que lo atendían. Habían sido muchas como para no llegar a comprender que él las irritaba, y de cualquier manera, no tenía necesidad de tolerarlas más allá de donde le conviniera. A fin de cuentas, para eso estaban en su vida: para sacar provecho de ellas y nada más. Ellas también sacaban lo suyo de él, con lo que cualquier deuda quedaba saldada.

Ese día, al despertar, se había sentido inusualmente débil y de inmediato comprendió que su momento llegaba; que el tiempo que le restaba en este mundo, en el mejor de los casos, no sería más largo que unas cuantas horas. Contrario a lo que siempre supuso, se alegró. Los meses de agonía que estaban por terminar habían minado su espíritu a tal punto que de lo único de lo que se encontraba consciente era del cansancio que inmovilizaba su cuerpo y su mente, impidiéndole pensar o al menos rescatar del fondo de su memoria los momentos felices de su vida, cuando todo era pasarla bien sin preocuparse de más por nada.

Con la voz de la enfermera riñéndolo como ruido de fondo, recostó la cabeza contra el mullido almohadón del que apenas la había levantado y, cerrando los ojos, evocó por última vez el recuerdo de sus hijos. Uno por uno fueron apareciendo en su mente. Primero Antonio, el mayor; seguido por José Juan, el que más lo había visitado de todos en tiempos recientes; por último las gemelas, las dos Remedios, una Rosa y la otra María, a quienes no había visto desde la última navidad, varios meses atrás, porque además de vivir fuera de la ciudad no les gustaba visitarlo. Ellas no podían dominar el resentimiento que las incesantes quejas de su madre había hecho brotar, lo que espaciaba cada vez más sus encuentros.

Intentó después recordar a cada uno de sus nietos. Sabía que eran ocho pero no lograba hacerlos presentes a todos. Ni siquiera estaba seguro de recordar correctamente sus nombres. A algunos de ellos no los había visto más de un par de veces durante su vida. Entonces comprendió que nunca los había tomado en serio, que para él no habían representado sino accidentes en la vida de sus hijos que siempre le permanecieron ajenos, sin mayor utilidad que la de figurar en las pocas conversaciones casuales sostenidas en los tiempos recientes cuando algún viejo conocido había acertado a visitarlo.

La voz que animaba la interminable perorata de la enfermera le fue sonando poco a poco más lejana, hasta convertirse en nada más que un lejano e incomprensible murmullo. Los ojos se le fueron cerrando despacio, vencidos por el agotamiento, y sus pensamientos cesaron de súbito para dar lugar a un cúmulo de sensaciones nuevas. En un instante, los dolores que hasta el segundo previo habían sido su compañía inseparable quedaron desvanecidos. Sintió el cuerpo ligero como en sus mejores tiempos, y de alguna manera que no atinó a comprender se encontró flotando sobre la habitación. Ahora lo veía todo desde lo alto. Le causó gracia la estampa de la regordeta mujer de blanco, dando la espalda a su cadáver mientras seguía rezongando. Él sabía que había abandonado su maltrecho envoltorio para siempre y que era libre de marcharse en ese mismo instante, pero la idea de permanecer observando lo provocaba fuertemente. Se disponía a disfrutar de la escena que la odiosa cuidadora le obsequiaría cuando descubriera que su paciente había muerto mientras lo regañaba, estaba seguro de que ella se sentiría culpable y reaccionaría de alguna manera hilarante. Tenía que quedarse un rato más y disfrutarlo, se lo merecía tras haberla soportado esos últimos años de su vida sin jamás quejarse.

No tuvo que esperar mucho. La mirada de la mujer no tardó en posarse sobre la cara de quien hasta poco antes fue Manuel, quedándose fija por un momento. Enseguida se le aproximó y lo tocó en el hombro al tiempo que pronunciaba su nombre en voz alta varias veces. Al no obtener respuesta, levantó uno de los párpados con un dedo y observó con atención el ojo que había perdido su brillo. No obtuvo respuesta. El bulto estaba mórbido. Cerró otra vez el ojo y levantó la barbilla que colgaba entreabierta, que regresó a su posición original en cuanto la soltó. Sin prestar más atención al rebelde mentón se volvió con aire preocupado y con presteza hizo tanto orden en la habitación como le fue posible. Se enderezó las vestimentas y miró hacia la puerta durante algunos segundos, luego salió al pasillo y corrió dando voces. Llamaba a la señora Raquel con voz entrecortada mientras fingía un ataque de ansiedad y se esforzaba por parecer atribulada, y en ese ánimo llegó hasta la cocina, donde su patrona bebía su taza de café de cada mañana.

Manuel se sintió confundido por la reacción de la enfermera. Su primer impulso fue seguirla en su loca carrera, pero algo no se lo permitió. Mejor permaneció ahí, suspendido en la habitación, observando el panorama mientras trataba de comprender lo que acababa de presenciar. Ahora se daba cuenta que la mujer que lo había cuidado desde hacía tanto tiempo no sentía el menor apego hacia él. Parecía más preocupada por el trabajo que perdería que por la muerte de su paciente; y a juzgar por lo que apenas había presenciado, podía adivinar que le importaba mucho ganarse la gratificación que con seguridad recibiría de manos de Raquel; sería al menos lo suficiente como para justificar el fingirse afectada por esa muerte a pesar de no estarlo.

Las dos mujeres juntas aparecieron en la escena. Ahora la enfermera marchaba detrás de Raquel con el rostro enrojecido y los ojos vidriosos, como si contuviera el llanto, mientras la primera caminaba con paso calmo y expresión seria; los ojos azules bien abiertos y la boca apretada. Inmutable, se detuvo a unos pasos del lecho de quien hasta poco antes fue su marido y quedó inmóvil, sólo observando. La regordeta mujer de blanco aprovechó para adelantar hasta la cama y sollozante acariciar la cabeza inerte de Manuel al tiempo que conseguía derramar unas lágrimas más.

El silencio se rompió cuando la voz de Raquel se hizo escuchar, pidiendo a la enfermera que le confirmara que Manuel estuviera en verdad muerto. El ademán compungido de asentimiento que le devolvió bastó como respuesta. Sin decir más se dio vuelta para dirigirse a su recámara con paso firme. Apenas entró se sentó sobre un costado de la cama, cerca de la mesa de noche. Sacó su agenda telefónica del cajoncito, se caló las gafas de leer y hojeó el libro con calma hasta dar con el número que buscaba.

Manuel, que se había quedado en su habitación hasta ese momento, de pronto apareció flotando sobre la presencia de la que fue su esposa. Se encontraba confundido. Había decidido quedarse tan sólo para presenciar la angustia de la enfermera, para disfrutar de una última risa antes de partir, pero los acontecimientos más bien habían causado que el angustiado fuera él. Sabía que debía marcharse de inmediato, que ese mundo ya no era el suyo. Podía ver claramente el camino que se le abría enfrente, en eso no tenía la menor duda; pero ahora quería quedarse para dirimir lo que sucedía a su alrededor. Nada parecía ser como él lo percibió durante su vida, y ahora se sentía capaz de ver y comprender las cosas como nunca antes. Mejor permanecería ahí hasta entender todas las verdades que afectaron su existencia y que hasta entonces nunca notó.

La mano izquierda de Raquel ahora sostenía el auricular mientras la derecha oprimía el botón en la barquilla para mantener el aparato desligado. Así permaneció durante algunos instantes, hasta que un suspiro profundo dio paso a la acción y comenzó a pulsar los botones cuadrados uno tras otro, completando el número telefónico de Alberto, el médico de su confianza. En él solía apoyarse cada vez que necesitaba resolver alguna situación delicada. Él no acostumbraba oponer gran resistencia para traspasar los límites de la ética profesional del gremio; no a cambio de una buena paga; lo que además, siempre lo hacía estar disponible.

De pronto, el aspecto sereno del rostro de Raquel cedió su lugar a una expresión de angustia desesperada. Al mismo tiempo comenzó a emitir una larga serie de frases entrecortadas con las que intentaba atraerse la simpatía del doctor mientras recomponía los sucesos de esa mañana. Le explicó como mejor pudo que Manuel había amanecido en mal estado y que temía que estuviera a punto de morir, por lo que le rogaba que dejara lo que estuviera haciendo en ese momento para acudir en su auxilio de inmediato. Enseguida se soltó a llorar como si el dolor no le permitiera hablar más. El efecto de su representación fue justo el esperado, y no tuvo que pasar mucho tiempo para que colgara el auricular exhalando un nuevo suspiro, esta vez de alivio. Dejó las gafas sobre el buró, caminó hacia el gran tocador, a un costado de la cama, y se detuvo para mirarse en el espejo durante unos momentos. Comenzó a tallarse la cara y los ojos con las muñecas, tratando de darles el aspecto enrojecido que les debería haber producido el llanto.

Desde lo alto Manuel observaba impávido los hechos que se representaban en la recámara. El cuerpo sutil que ahora ocupaba parecía tornarse más pesado a cada momento mientras descendía poco a poco hacia la alfombra de la recámara. No fue sino hasta que se encontró a ras del suelo cuando notó con sorpresa que había dejado de flotar. Luchó por elevarse otra vez, pero sus esfuerzos apenas lo hacían despegarse del piso, volviendo a bajar de inmediato en cuanto cejaba en el intento. Se sentía muy pesado. Un dolor agudo e inexplicable, como ése al que tanto miedo le tuvo durante su vida y del que siempre logró desentenderse, ahora lo invadía por completo. La pesadez que esto le causaba resultaba muy superior a su recién adquirida capacidad para flotar. No se trataba del simple sufrimiento del cuerpo; de ése había recibido una generosa medida durante sus últimos días como mortal. Era más bien una fuerte dosis de esa sensación oscura que suele apoderarse de los seres vivos y que parece provenir del fondo del alma cuando la soledad y el desamor invaden la existencia; de eso que opaca la percepción de las cosas provocando que todo pierda su brillo y su color; de eso que le roba el sentido a la existencia y sume a quien lo sufre en las más negras y heladas tinieblas.

No le pareció justo. Siempre pensó que al abandonar su cuerpo mortal todas las tribulaciones quedarían atrás; que en ese momento mágico los asuntos materiales perderían su peso y su importancia, liberándose de toda carga emocional para dirigirse con alegría hacia la siguiente esfera existencial. Y al principio así le pareció que sucedería. Él tan sólo se quedó para disfrutar de un último instante de diversión. Pero ahora se sentía atado una vez más a la vida que hasta hacía poco había llevado, a pesar de ya no tener a su disposición el cuerpo que siempre lo acompañó.

Su instinto lo hizo ponerse en pie. Esto le resultó bastante más sencillo y pronto se encontró caminando por la habitación. Levantó la mirada para buscar el portal luminoso que había estado aguardando por él y se sintió aliviado al descubrir que todavía estaba ahí. Lo seguía al mismo paso con el que avanzaba en su deambular alrededor de la cama. Bastaría con olvidarse de todo y hacer un nuevo esfuerzo para alcanzarlo.

Intentó elevarse otra vez. Ahora parecía que lo lograría. Poco a poco ganaba altura y ya no pensaba en otra cosa que no fuera en marcharse. Sostenía la mirada fija en su resplandeciente objetivo, que se mostraba a cada instante más cercano. Estaba decidido. Seguiría su camino. Ya casi podía sentirse a salvo. Toda su voluntad se encontraba enfocada en llegar a la meta. Los rayos dorados que emanaban del pórtico celestial ya calentaban su rostro y podía adivinar que en cualquier momento sería tragado por la abertura. Un empujón más y ya. Pero el grito repentino y nervioso con el que la enfermera le avisó a Raquel que el doctor había llegado lo hizo voltear. Miró a Raquel, que ahora separaba la ropa negra de la demás dentro del vasto armario, y la pesadez regresó de golpe. Se sintió arrastrado de vuelta hasta la alfombra con un ímpetu más allá de su capacidad para resistirse, y no tardó en descubrirse otra vez parado, esta vez entre las dos mujeres.

Alberto apareció al final del pasillo, atrayendo de inmediato la atención del grupo. Lucía su familiar figura regordeta pero de extremidades muy delgadas, envuelta en descolorida ropa deportiva, que de tan arrugada parecía que le hubiera servido de pijama. Eso sí, cargando celosamente el maletín propio de quienes ejercen el oficio. Saludó con un ademán rápido y se dirigió sin detenerse a la habitación del paciente.

Raquel y la enfermera se apresuraron para alcanzarlo y Manuel hizo lo propio para no perder detalle. El médico se encontraba ya junto al cuerpo inerte que comenzaba a enfriarse. Sostenía abierto uno de los párpados mientras encendía y apagaba la pequeña lámpara que sostenía en la otra mano. No hizo falta aguardar mucho. Con voz seria el galeno se volvió hacia a los presentes y emitió el diagnóstico, que en esta ocasión no sorprendió a nadie: “Se nos fue”; y de inmediato se aproximó a la viuda con la clara intención de abrazarla.

Las mujeres estallaron en sollozos a los que ahora se sumaban los de Alba, la sirvienta, quien tras haber seguido a Alberto en su camino a la recámara se había quedado observando la escena desde la puerta.

Cualquier otro que hubiera llegado en ese momento habría pensado que el cuadro que se representaba era la demostración más pura del dolor que embarga a quienes pierden a un ser querido. No así Manuel; no después de haber presenciado el comportamiento de algunos de los que se encontraban ahí unos minutos antes. Podía sentir simpatía por Alba; por algún motivo percibía que su llanto era sincero. Sin embargo, la actuación de Raquel y de la otra mujer, que más que como una enfermera se había comportado como una celadora, lo hacían sentir indignado. Y mientras más molesto se sentía, más pesado se percibía, lo que lo hizo comprender que a cada momento los lazos que lo mantenían atado a este mundo se iban fortaleciendo. Cada vez le sería más difícil elevarse hacia el portal que aguardaba justo por encima de su cabeza.

De pronto comprendió que toda esa gente que dependía de la fortuna que formó su padre no le tenía el menor aprecio. Mal que bien, él había sido siempre la cabeza de la familia sin importar que ahora fuera Martín quien se encargara de expedir los cheques cada mes y Raquel de gastarlos. Era su nombre el que los había hecho ricos a todos, y al pensar en todos ahora incluía también a sus hijos. Era su linaje el que los había obsequiado con las mejores escuelas, con todos aquellos viajes, con las casas que ahora habitaban, con el pequeño capital recibido como legado del abuelo, con el prestigio social que la fortuna familiar les había brindado y con tantas cosas más. Todo provenía de su matrimonio con esa mujer. Ésa, a la que ahora por fin percibía como a alguien que se aprovechó de él; para quien él no fue sino la oportunidad que mucho tiempo atrás aprovechó para abandonar la estrechez económica.

Ahora todo le quedaba claro. A pesar de sus pretensiones sociales sustentadas en el apellido extranjero que llevaba, esa mujer de ojos azules a la que unió su destino no contaba con fortuna alguna cuando se casó. Lo único que en realidad poseía eran las ínfulas de quien teme que los demás noten que es menos que ellos. Ni siquiera poseía un refinamiento que fuera más allá de los modales de la clase media. La gente con la que había departido en sociedad, muchos años antes, cuando recién casada, hacía largo, muy largo tiempo que no llamaba; no desde que Manuel comenzó a ausentarse por largos periodos de la casa, apenas unos cuantos años después de su matrimonio. Esto la obligó, a partir de entonces, a presentarse sin él en los cada vez menos eventos sociales a los que fue invitada, lo que con el tiempo la convirtió en lo que ahora era. Rica para los pobres y pobre para los ricos. Reina en tierra de nadie.

El acto de abstracción hizo que perdiera la noción de lo que sucedía a su alrededor. Cuando intentó ponerse otra vez en contacto con los sucesos descubrió que se encontraba solo. La habitación había quedado vacía y su cuerpo ya no estaba sobre la cama. No había sentido el paso del tiempo ni había notado el ajetreo. Ni siquiera podía adivinar la hora que era, sin embargo, sentía la necesidad de averiguarla.

Caminó hacia la mesa de noche para consultar el reloj, pero se encontraba recostado sobre su cara. Estiró la mano para enderezarlo, pero sus dedos atravesaron el objeto sin inmutarlo. Una sensación de vacío profundo lo recorrió, dejándolo impávido. Le tomó unos momentos recuperar el control, luego hizo un nuevo intento. El resultado fue el mismo, aunque esta vez ya no se sorprendió a pesar de que la sensación de vacío se repitió casi de inmediato. En esta ocasión el escalofrío que viajó a lo largo de su espalda fue la simple consecuencia de comprobar que se había convertido en un fantasma.

Mejor se puso en movimiento. Todavía sentía la necesidad de descubrir qué hora era. Se enfiló hacia la sala en busca del gran reloj de péndulo cuyas campanadas fueron la única compañía fiel durante los meses recientes. Por el camino se divertía haciendo por tomar los objetos a su paso y viendo su mano atravesarlos como si nada. Esto, en cierta forma, le estaba ayudando a aceptar su nueva condición.

Por fin llegó hasta el elegante salón y miró la hora. Quedó atónito. Sabía que había muerto a eso de las ocho de la mañana, pero ya eran más de las seis de la tarde. ¿Qué había sucedido durante todas esas horas? Cuando llegó el doctor no eran más de las nueve, y desde entonces no recordaba otra cosa que el haberse distraído durante un momento que le pareció más bien corto. Corrió hasta la ventana para mirar hacia afuera y lo que observó confirmó lo que las manecillas del reloj apenas le habían dicho: era tarde y amenazaba con oscurecer pronto.

La paz que reinaba en la casa comenzó a ponerlo nervioso. Además del rítmico tic tac no se escuchaba otra cosa. Todos se habían marchado. Con seguridad se encontrarían en la elegante agencia funeraria que la familia acostumbraba contratar cada vez que era menester.

Desde el fondo de su ser surgió el deseo incontenible de ir con ellos para seguir observando lo que sucedía, pero por un momento dudó. No sabía cómo hacer para llegar hasta allá. El viaje no era corto y él seguía vestido con el pijama y los pies descalzos. De pronto recordó que nadie podía verlo, lo que resolvía el problema del atuendo. Se alejó del tapete y pisó sobre el mármol de la sala. Nada. No percibió ni la dureza ni lo frío del piso. Eso resolvía el problema del calzado. Sólo restaba encontrar el modo de salir de la casa, aunque podía adivinar que su cuerpo atravesaría la puerta igual que su mano había atravesado ya muchos objetos. Con paso seguro se enfiló hacia la entrada principal y cruzó sin detenerse la gruesa hoja de roble que se interponía entre él y el exterior. En un instante estaba afuera.

La larga caminata que emprendió hacia la funeraria se tornó en un paseo agradable. Liberado de los dolores y de la pesadez que lo habían acompañado desde muchos años atrás, ahora se sentía como un adolescente. Su sentido del humor, que siempre rayó en lo infantil, había regresado; y percibía las cosas como nunca antes.

Las luces de la ciudad encendiéndose poco a poco contra el cielo teñido de rojo del atardecer. Las nubes que se recortaban contra el brillo del horizonte. El primer lucero de la noche. El tráfico pesado del que ahora no necesitaba cuidarse. Los rostros de las personas con las que cruzaba su camino. Todo le parecía mágico. Por un momento pensó que ése podría ser el paraíso. Tenía todo lo bueno que la vida tiene para ofrecer sin tener que preocuparse por nada. Así quiso siempre vivir su vida y ahora por fin lo tenía.

Pero surgió entonces la duda. Brotó de quién sabe dónde el pensamiento que se encargó de cortar la magia de la noche de un solo tajo. Si se sentía tan alegre en ese momento, ¿para qué tenía que llegar a la funeraria? Ahí lo aguardaban todas esas cosas que lo anclaron a este mundo esa misma mañana. Todos sus conocidos se encontrarían reunidos en ese lugar. La pesadez que le había impedido alcanzar la abertura luminosa había sido causada por algunas de las personas con las que se iba a encontrar otra vez. ¿Qué sentido tenía ir hasta allá?

No tuvo tiempo para responderse la pregunta. De pronto se descubrió en el interior de la casa funeraria, aunque sin haberse dado cuenta de cómo había llegado hasta ahí. El tiempo se le había vuelto a escapar. Parecía ser que cada vez que realizaba el menor ejercicio de abstracción saltaba hacia el futuro sin remedio. Debía tener más cuidado de ahí en adelante; no deseaba perder detalle alguno de los acontecimientos que se quedó a presenciar.

Recorrió el pasillo central, pisando sobre los finos mármoles del suelo, hasta encontrar su nombre escrito en una discreta pizarra negra. “Don Manuel Alcázar y Torres”, leyó. Ahí era. Sintió un ligero asomo de ansiedad que lo hizo demorar la marcha, pero pronto logró sobreponerse.

Entró casi con miedo en la sala de velación; no sabía qué esperar. De inmediato se vio envuelto por el zumbar de muchas voces, cuya intensidad sobrepasaba por mucho el volumen de un simple murmullo. Más que una ocasión de duelo, lo que se daba en el interior era claramente un evento social. De no ser por el ataúd elegante que dominaba el centro del lugar, eso podría haber sido una fiesta. Hasta se habían contratado meseros, que pasaban entre los concurrentes charolas rebosantes de finos canapés.

La mayoría de las personas ahí reunidas le resultaban desconocidas, pero sentados en un rincón descubrió a sus hijos. Charlaban con un caballero a quien no atinó a identificar. Aun así, se dirigió hacia el grupo sin dudarlo. La mera vista de su estirpe de alguna manera lo había puesto alegre. Todos se veían bien. Ahora se sentía orgulloso de ellos y caía en cuenta de que en verdad los había extrañado más de lo que jamás se atrevió a admitir.

Entusiasmado, se dispuso a escuchar la conversación. Ansiaba enterarse de los acontecimientos recientes en las vidas de sus vástagos, ya que el único que lo mantenía al corriente era José Juan durante sus visitas. Pero la charla marchaba en otra dirección. El hombre mayor, que parecía ser el centro de atención, dominaba la plática, mientras los demás escuchaban sin interrumpir.

La manera familiar con la que Jesús se dirigía a sus hijos llamó de inmediato su atención. Era sencillo suponer que los conocía desde mucho tiempo atrás. Además, parecía que las gemelas sentían un afecto especial hacia él, algo que no podía ser reciente. Antonio, en cambio, lo trataba con algo más de formalidad, y José Juan aparentaba no sentir mucho aprecio por el moreno y redondo personaje.

Se trataba sin duda de un hombre que gozaba de buena posición económica. Era fácil notarlo en su forma de vestir y en los objetos con los que se adornaba, como el pesado reloj de oro que le rodeaba la muñeca o las plumas caras que alcanzaban a asomar desde la bolsa interior de su saco. Sin embargo, algo en su manera de expresarse parecía acusar cierta falta de refinamiento. La ausencia total de esa clase que sólo quienes han sido criados en medio de ella logran adquirir. Debía tratarse de alguien que había labrado su propia fortuna a partir de poco; Manuel sí podía darse cuenta.

La voz de Martín, charlando a sus espaldas, distrajo su atención. Volteó para mirarlo en un intento por percibir sus sentimientos. En ese momento se dio cuenta de que durante toda su vida había sentido cierto afecto por su hermano, aunque nunca logró estar cerca de él. El motivo era simple. Siempre percibió que don Julio, el padre de ambos, lo había tenido como favorito a pesar de ser el menor. Él nunca logró comprender por qué. Manuel recordaba haber hecho numerosos esfuerzos por ganarse el aprecio paterno sin jamás lograrlo, hasta que un buen día por fin se dio por vencido y no volvió a pensar en ello.

Centró su atención en la charla que su hermano sostenía con dos de sus antiguos amigos, quienes intentaban reconfortarlo. La expresión en su rostro lo dejó perplejo. Martín parecía sufrir. Su piel lívida y sus ojos demacrados no podían ocultarlo. Manuel tardó en salir de su asombro. Jamás pensó que su hermano lo hubiera considerado algo más que una carga molesta, pero ahora se daba cuenta de que su muerte le había afectado y, por lo mismo, compartía su sufrimiento.

Descubrió a Raquel en el otro extremo del salón y se le aproximó. Se encontraba rodeada por su grupo más allegado de amistades y por su hermana, Gloria, que la tomaba de la mano. Su rostro, cubierto por un par de grandes anteojos obscuros, se inclinaba ligeramente hacia adelante. Quien la hubiera visto habría pensado que intentaba ocultar el aspecto enrojecido de sus ojos, pero Manuel adivinó que lo que intentaba esconder era justo lo opuesto, y se sintió indignado. Aún tenía presente su comportamiento de esa mañana. A él no lo engañaría; no otra vez.

La voz del administrador del lugar, anunciando que la sala se cerraría en unos momentos, lo sacó de sus pensamientos. Eran pocos los que quedaban y ya se aprestaban a salir. El tiempo se le había vuelto a escapar sin darse cuenta.

Hasta ese instante no había pensado en dónde debería pasar su tiempo. La experiencia por la que atravesaba le resultaba extraña y no había nadie para guiarlo a través de ella. Caviló durante unos segundos y la respuesta le llegó como por inspiración. Si era un fantasma, entonces debía elegir un lugar en el cual vagar, y qué mejor sitio que la que antes fue su casa.

Se pegó con Raquel, que seguía del brazo de Gloria, y la acompañó hasta el auto. El chofer aguardaba. Las hermanas subieron en la parte posterior y él se acomodó justo en medio de ellas para aprovechar el viaje. Si tan sólo supieran que él iba ahí, pensaba, se llevarían el mayor susto de su vida; pero no encontraba el modo de hacerse notar.

No se sorprendió por la conversación que se desarrolló en el trayecto de regreso. El tema, desde luego, era el dinero. Raquel sabía que Martín debería ver por ella, pero no estaba segura de cuál sería el arreglo. Con un poco de suerte recibiría un cheque con muchos ceros, terminándose así su obligación de quedar bien con su cuñado a partir de ese momento. Eso sería lo mejor. Ahora discutía con su hermana sobre la mejor manera de lograrlo. Desde luego, jugar el papel de víctima sería parte fundamental de la estrategia, pero necesitaba agregar algún tipo de chantaje emocional. No tendría problema, ésa era su especialidad. Así había educado a sus hijos y mantenido sus relaciones desde siempre. Ése era su arte.




2


La primera noche de Manuel como espíritu constituyó una experiencia compleja. Después de llegar a la casa se entretuvo un rato observando a Gloria y a Raquel, pero una vez que se metieron en la cama, el silencio se adueñó del lugar, dejándolo a solas con sus pensamientos.

No se sentía cansado. A pesar de haber tenido un día pletórico de agitación, la falta de un cuerpo material lo eximía del agotamiento. En esa forma de existir, la energía que animaba su cuerpo etéreo llegaba por sí sola. No sufría desgaste alguno y se nutría de las mismas radiaciones esenciales que hacen latir al Universo, liberándolo de las necesidades fundamentales de los entes materiales: nutrirse y descansar.

Tal modo de permanecer le estaba resultando difícil de asimilar, ya que le proporcionaba una gran cantidad de horas ociosas; todas ésas que antes usaba para realizar las actividades propias de los seres encarnados.

Manuel acostumbraba dormir y dormitar gran parte del día cuando vivía. La pildorita azul que le daba dos veces al día la enfermera se encargaba de tenerlo en un estado continuo de semiinconsciencia, ayudándole a gastar su tiempo sin tener que ocuparse en cosa alguna. Pero ahora que no se encontraba bajo el efecto del poderoso sedante comenzaba a sentirse inquieto.

Deambuló por la casa durante un par de horas, hasta que el aburrimiento se volvió extremo. Su presencia carecía de efecto sobre los objetos del lugar y nada sucedía que pudiera ofrecerle distracción. Ni siquiera lograba encender el televisor o tomar un libro, y mirar a las dos mujeres dormir no le resultaba divertido.

Volvió a su antigua habitación y se acostó sobre el cubrecama. Tenía la esperanza de disfrutar de esa sensación de alivio que suele acompañar al relajamiento del cuerpo exhausto cuando finalmente logra reposar, pero nada ocurrió. A pesar de haber permanecido recostado durante un buen rato no logró percibir sensación alguna.

Desesperado, se puso en pie nuevamente. Estaba aburrido y no lo soportaba. Su vida había consistido en saltar de distracción en distracción, y cuando ya no pudo hacerlo más, entonces se había dedicado a dormir cuanto le fue posible. Ahora había perdido la capacidad de aislarse del mundo en la inconsciencia y se encontraba al borde de un ataque de nervios. El único modo que había encontrado para hacer el tiempo correr era efectuar ejercicios de introspección, pero eso requería de mucho esfuerzo y él jamás se había esforzado por lograr nada. Los saltos al futuro de la tarde anterior habían sucedido sin que mediara su voluntad, lo habían tomado por sorpresa. Provocarlos era asunto muy distinto y no estaba dispuesto a intentarlo.

Entonces decidió salir a la calle otra vez, quizás ahí encontraría el anhelado esparcimiento. Pero la noche era tranquila y casi nada se movía de no ser por el paso eventual de algún vehículo. No encontró ni transeúntes ni más actividad que el silencioso titilar de las luces en la lejanía, ni siquiera lograba percibir la frescura de la noche sobre su piel; hasta eso había perdido. Todavía recordaba que apenas unas horas antes se había sentido como en el paraíso. Ahora, más bien lo tomó por asalto la idea de haber caído en el infierno, por lo que miró hacia arriba.

Todo estaba igual. El portal luminoso aún se encontraba ahí, aguardando por él. Eso lo animó a realizar un nuevo intento por alcanzarlo, aunque sin éxito. Si antes había logrado casi entrar por la mágica puerta ahora no había podido siquiera despegar los pies del suelo, lo que lo puso al borde de la desesperación. Estaba atrapado y se daba cuenta de que continuar con su camino sería un trabajo arduo. Por primera vez consideró que el esfuerzo podría valer la pena. Cualquier cosa sería mejor que soportar las interminables horas de tedio que anticipaba para su futuro.

Volvió a la casa y se acomodó en el sillón de terciopelo rojo que miraba hacia la cama de Raquel. La respiración rítmica y casi imperceptible de las dos mujeres, tapadas hasta la cabeza, era todo lo que sucedía. Por un momento pensó que debería trabajar en hacer el tiempo pasar para encontrarse más pronto con la mañana, pero de inmediato se sintió indignado. Jamás nadie había logrado obligarlo a esforzarse para nada, y aunque ahora sabía que debería cambiar, no estaba dispuesto a ceder tan pronto. Aguantaría así hasta el amanecer.


El timbre del despertador lo tomó por sorpresa, y con el sobresalto perdió la cuenta. Había pasado las últimas horas contando las veces que Raquel inspiraba y exhalaba, siguiendo con la mirada el vaivén del edredón. Este ejercicio había logrado sumirlo en un estado casi hipnótico, lo más parecido al sueño que en su condición podía alcanzar.

Reanimado por el retorno de la actividad acompañó a su mujer hasta el cuarto de baño, donde después de mucho tiempo volvió a verla desnuda. La visión evocó de inmediato grandes cantidades de recuerdos. Desde la primera vez que fue suya, antes de casarse, hasta el rechazo del que fue objeto durante incontables años cada vez que intentó acercarse a ella con intenciones románticas. Para regresar a la última vez que compartieron la cama tendría que remontarse hasta la época en la que las gemelas apenas habían aprendido a caminar. Nunca supo por qué Raquel lo había repudiado como hombre, pero ahora entendía que él había tenido la razón al buscarse otra compañera.

Podía percibirse a sí mismo sonriendo, aunque comprendía que su sonrisa era un acto por completo personal. Ni siquiera él lograba ver su imagen reflejada en los espejos del baño; aunque, si se miraba, se daba cuenta de que aún vestía el pijama azul con el que la muerte lo sorprendió.

Su sonrisa obedecía a la sensación de victoria que lo embargaba. Al fin hacía suya a Raquel una vez más. No obstante que el tiempo había causado estragos en la piel demasiado blanca de la vanidosa mujer, volviéndola flácida, o que su vientre ahora se abultaba colgando de manera poco estética, él aún la deseaba. Después de todo, a medida que su cuerpo fue envejeciendo, se fue tornando menos exigente en lo que a la belleza femenina compete y, mal que bien, aún se sentía con el derecho de poseerla. A fin de cuentas seguía siendo su mujer.


Al filo del mediodía los escasos asistentes al panteón se reunían alrededor de la fosa recién excavada. Manuel había hecho el viaje desde la funeraria en el auto de Martín, pensando que esa podría ser la última ocasión en la que estuviera con su hermano. Lila, su cuñada, no había cesado durante todo el recorrido de aleccionar a su marido para que le diera tan poco dinero a Raquel como fuera posible. Nunca la había apreciado y no quería ver que un solo centavo más de la herencia de sus hijos cayera en manos de esa mujer a la que tanto despreció desde siempre. La fuerte rivalidad entre ellas más de una vez había terminado en agresiones verbales.

Martín le respondió con tibieza que ahora era él la cabeza de la familia y que no podría dejarla a su suerte, no obstante que tampoco sentía mayor afecto hacia ella. Esto dio por terminada la discusión justo al tiempo en que el auto cruzaba la reja del cementerio.

Manuel se incorporó con prisa al grupo que bordeaba la fosa, no quería perderse ningún detalle; después de todo, en esta ocasión él era el invitado de honor.

El silencio imperante en el lugar fue roto en cuanto Martín se aproximó. El sacerdote que oficiaría el servicio por el alma del difunto comenzó con lo suyo en cuanto lo vio llegar.

Manuel habría estallado en una carcajada si tan sólo hubiera tenido voz. De todas esas cosas que el cura decía, no había visto una sola todavía. Para él, el eterno descanso de su alma se encontraba en el otro lado del agujero luminoso que se negaba a dejarlo pasar. Eso, si es que en verdad existía tal cosa como la gloria. Porque en cuanto a ángeles, dioses, santos o cualquier otra forma divina, aún no le constaba que tales seres existieran. Ni tampoco sus contrapartes. No podían existir simplemente porque nunca había creído en ellas, y ahora lo comprobaba. En lugar de prestar atención al fastidioso sermón prefirió aprovechar el tiempo recorriendo una a una las caras de los presentes.

Junto al sacerdote se encontraba Antonio, acompañado por Karla, su esposa. Era su primogénito. La causa de la mayor alegría que jamás experimentó en su vida. Ésa que lo embargó el día de su nacimiento y que constituyó una experiencia que hasta la fecha seguía grabada en su memoria. Su primer hijo. Un varón. No podía haber pedido más.

Los primeros años de su infancia aprovechó cada oportunidad para pasearlo y presumirlo dentro de su círculo social. Aquellos fueron en verdad años maravillosos. Siempre pensó que él sería el tercero en la sucesión como jefe del clan después de su muerte, pero se equivocó. Las cosas no salieron así al final, y quizás por eso su expresión lucía seria y desencantada. No aparentaba sufrir dolor alguno. Más bien parecía que cumplía con la obligación de presentarse al funeral con desgano, como si hubiera preferido no estar ahí. Por momentos podría pensarse que sólo pretendía quedar bien con Martín; después de todo, tras dilapidar la pequeña herencia que el abuelo le dejó, tuvo que recurrir a su tío para obtener empleo.

En seguida estaban José Juan y Mariela. Ambos con los ojos enrojecidos. Sus más fieles visitantes de los últimos tiempos aunque no atinaba a comprender por qué. A pesar de que su segundo vástago había nacido apenas trece meses después del primero, su llegada no le hizo mayor gracia. Tan sólo lo tomó como una peculiaridad más de su vida sin prestarle jamás mucha atención. No podía recordar haberlo llevado de paseo como hizo con Antonio; sin embargo, con el paso del tiempo se había ganado su afecto más que cualquier otro de sus hermanos. Era el único que nunca olvidaba su cumpleaños y no tenía empacho en presentarse cada vez con algún obsequio que le ayudara a amenizar sus largas visitas. En ocasiones pensaba que su falta de interés en él se había debido al cuento favorito de Raquel: que se lo habían cambiado en el hospital, que ese niño de tez ligeramente morena no era en realidad hijo suyo, que el que ella había parido era rubio y de ojos claros. Y a todo el mundo se lo había contado infinidad de veces, hasta al mismo José Juan.

Raquel y Gloria, del brazo, seguían en el orden. La primera con la cara oculta detrás del velo negro que colgaba de su sombrero, aferrada al brazo de la segunda, su hermana menor; la que en tiempos recientes llegó para vivir en el anexo de su residencia merced a los grandes esfuerzos que la nueva viuda hizo para lograrlo. No le resultó fácil. Tuvo que hacer mucho para separarla de su marido, pero valió la pena. Con su presencia mitigaba el temor innato a la soledad que siempre la acompañó: el único miedo real que jamás había sentido.

Las dos Remedios, nombradas así en honor a la tía que crió a su padre, juntas como siempre, se encontraban un poco más allá. Remerosa y Rememari, como acostumbraban llamarlas. La primera sin su marido, porque se encontraba de viaje como muchas veces cada año. Ahora había volado a Hong Kong en busca de novedades para la empresa comercializadora en la que trabajaba. La segunda igual de sola, porque su matrimonio atravesaba por momentos difíciles que amenazaban con terminar en divorcio. Y ninguna de ellas mostrando emoción alguna. Apenas cumpliendo con presentarse en el funeral como lo mandan las buenas costumbres. Siguiendo así los pasos de su madre.

Martín, apesadumbrado, cerraba el círculo al lado de Lila. El hermano, doliente. La cuñada, presumiendo su posición superior en la escala familiar. Él, cabizbajo. Ella, erguida orgullosamente. Uno, con la vista fija en el ataúd que se llevaba a Manuel. La otra, apenas dignándose mirar a los demás.

Detrás del círculo que formaba la familia cercana aparecían Alba, la sirvienta, y Antonieta, la enfermera. Verlas ahora y haberlas visto la noche anterior era lo mismo. La primera reprimía las lágrimas mientras la segunda aparecía ajena, como si sus pensamientos la tuvieran muy lejos de ese lugar.

La descendencia de Martín ocupaba el lugar justo a espaldas de su padre. Julio, el mayor y destinado a heredar la conducción de los asuntos familiares, acompañado por Carmen, su esposa, se mostraba serio. Como si ensayara el papel de patriarca que la muerte de su tío le anunciaba que pronto asumiría. Y junto a ellos Pedro, el hermano menor, y Claudia, su mujer. Ambos casi sonrientes, haciendo gala de la actitud despreocupada que la vida fácil que llevaban les obsequiaba.

Por último, un poco más atrás, Ana Luz, la mujer de tez morena y cara alargada que había sido fiel amiga de Raquel desde sus lejanos años de adolescencia.

No había más. El grupo resultaba reducido considerando la gran cantidad de relaciones sociales y de negocios que la familia había sostenido desde la generación anterior.

Manuel se sentó sobre el mármol polvoriento de una tumba contigua y se quedó observando. Tras pasar lista a los asistentes notó que no eran muchos. El habría apostado que su funeral sería bastante más concurrido y ahora no atinaba a comprender por qué no estaban ahí más que las personas que tenían fuerte obligación moral de presentarse. Y para colmo, salvo por unos cuantos, no parecía que su partida provocara dolor entre los reunidos.

Aislándose del sonsonete con el que el cura recitaba su oficio dejó correr sus recuerdos, yéndose tan atrás como pudo; tanto como hasta los tiempos lejanos en los que doña Remedios, siendo él aún un infante, se hacía cargo de los dos hermanos: la buena tía que los educó con mano de hierro a falta de su verdadera madre, que falleció apenas después de dar a luz a Martín. Complicaciones del parto, dijeron los doctores; y no hubo ciencia que lograra salvarla. Ni siquiera la copiosa fortuna de don Julio fue capaz de obrar tal milagro.

Nunca logró entender por qué era a él a quien siempre reñía la autoritaria mujer. Pocas, si no es que ninguna, fueron las veces que comprendió lo que supuestamente había hecho mal, aunque eran contados los días en los que no terminaba castigado. Ahora pensaba que la relación que llevó con su tía nunca fue buena, por eso le resultaba difícil sentir afecto por ella. Y sin embargo, ahora comprendía que él y Martín habían sido toda su familia. Doña Mercedes permaneció siempre soltera y vivió en casa de don Julio hasta su muerte, siendo siempre para ellos una madre sustituta, la única madre que en realidad conocieron.

Sin duda ahí radicaba el motivo de su distanciamiento con Martín. No obstante que su hermano menor difícilmente podría haber sido considerado una persona de inteligencia brillante, en cada sermón con el que su padre o su tía lo reconvenían utilizaban su conducta como ejemplo. Tiempo después, cuando ambos asistían a la escuela secundaria, Manuel probó su mejor capacidad de razonamiento en los exámenes de aptitudes que les fueron practicados. Desde ese momento se sintió superior a él y a todos los demás, transformando su actitud ante la vida. Sobre esa leve diferencia en sus calificaciones construyó un nuevo sentido de superioridad, que sumado a sus abundantes medios materiales y relaciones sociales, poco a poco lo convertiría en un rebelde.

Propagar el rumor de que él era una persona por demás inteligente se convirtió en su trabajo de tiempo completo. Repitió sus historias inventadas tantas y tantas veces que al final hasta él comenzó a creerlas, y si cualquiera le demostraba que se equivocaba en algo, lo alejaba de su vida. Pocos permanecieron siendo sus amigos; apenas aquellos que esperaban recibir algo a cambio, que no dudaban en adularlo, reforzando así la imagen que ahora se había creado de sí mismo.

Recordando esta parte de su vida, los cientos de hazañas que se había confeccionado comenzaron a regresar, aunque ahora se daba cuenta de que no se trataba de hechos reales, y por primera vez pudo verse desde afuera. De súbito comprendió que pocos podrían haber creído tales cuentos. Que si algunos aparentaron en su momento impresionarse con sus relatos, debieron hacerlo por interés; porque esperaban obtener algo a cambio. Y la prueba incontrovertible yacía frente a él, alrededor de la fosa, donde no se podía ver a uno solo de sus docenas de antiguos camaradas.

Comprender esa parte de su historia lo entristeció. Quedó sumido en una especie de marasmo en el que las ideas dejaron de fluir y el tiempo dejó de transcurrir para dejar su lugar al sentimiento más puro de dolor que pueda embargar a un alma. El pesar intenso que se adueñó de él no se comparaba con nada que hubiera conocido antes. Todo su ser parecía desgarrase sin dejarle siquiera las fuerzas necesarias para gritar; para sacarse de un tajo, con un solo y gigantesco alarido, la aflicción que lo había apresado. Sin otro remedio más que soportar, se resignó a esperar hasta que el tormento terminara por sí mismo.

Y así sucedió. Poco a poco su percepción del entorno fue regresando hasta que logró recuperar el control de sus actos. Buscó el rostro de Martín de inmediato. Necesitaba pedirle perdón. Ahora no quedaba en él duda alguna de los sentimientos honestos de su hermano; del afecto de ese hombre que lo cuidó durante tantos años a pesar de la indiferencia que recibía como pago, y que ahora lucía atribulado por su partida.

Miró en todas direcciones tratando de encontrarlo, pero era demasiado tarde. El tiempo se le había vuelto a escapar. Todo lo que podía ver enfrente era la tierra floja, que amontonada cubría la fosa, último destino de sus restos materiales. Se sintió impotente. No tenía siquiera las fuerzas necesarias para moverse. Dejó que sus ojos se perdieran en el cielo rojo del atardecer mientras trataba de no pensar más y así permaneció, inmóvil y taciturno, hasta que la noche lo alcanzó.


Sin saber cómo, un rato después se encontró deambulando entre las tumbas del panteón. Marchaba y luego se detenía para contemplar alguna, tratando de adivinar la historia de su ocupante, y tras inventarle alguna volvía a caminar.

Este ejercicio lo llevó al extremo opuesto del camposanto, hasta esa parte donde los finos mármoles que habían dominado la escena cedían su lugar a monumentos más modestos, cuando los había. El lado de los menos afortunados en lo que a haberes económicos se refiere y, desde luego, la sección más extensa; ubicada en la parte más remota del lugar.

Ahora las historias que creaba para los ocupantes de las fosas siempre incluían un oficio o un empleo que los hubiera subordinado en vida a alguno de los moradores del lado elegante, de ése del que él venía. En su modo peculiar de entender las cosas, no habría cabido otra misión en el mundo para tantos seres que la de servir a gente como él y los suyos. Así tenía que haber sido.

Se encontraba en una de tantas paradas, dejando volar su imaginación, cuando un ruido llamó su atención. Le pareció escuchar que alguien le hablaba con un siseo, haciendo sonar con la lengua el aire que exhalaba, y esto sucedía justo a sus espaldas.

Se dio vuelta en busca de la fuente del sonido. Lo que descubrió le propinó una fuerte sacudida. Quedó como petrificado, contemplando al causante de la interrupción mientras observaba su rostro. Sabía que lo conocía pero no podía recordar de quién se trataba. A pesar de encontrarse bañada en sangre, su cara le resultaba tremendamente familiar. La ropa hecha jirones apenas le cubría las piernas, que amenazaban con quebrase, y la camisa blanca se encontraba tan sucia que parecía que la hubieran arrastrado por el suelo. Sin embargo, el hombre moreno y de cabello escaso que lo contemplaba mostraba una sonrisa, como si él sí lo reconociera y se alegrara de verlo otra vez.

Pronto se esclareció la situación. José no tardó en identificarse. Manuel seguía atónito. Era el primer ser con quien lograba comunicarse después de haber muerto, y aunque el encontrar a alguien con quien conversar prometía ser una grata experiencia, no estaba seguro de querer seguir contemplando a su maltrecho interlocutor. A decir verdad, se sentía inquieto por la enigmática sonrisa con la que lo seguía mirando.

Por fin, con voz trémula, Manuel se animó a interrogarlo, y a partir de ese momento la verdad comenzó a surgir. José fue uno de los choferes que don Julio tuvo a su servicio muchos años atrás, cuando Manuel apenas tenía unos catorce años. Tras haber vencido su problema de alcoholismo había logrado rehacer su vida. El empleo que obtuvo conduciendo los autos de la familia en realidad le habría quedado pequeño en otras circunstancias, ya que ostentaba el grado de pasante en Derecho, pero como consecuencia del severo grado de intoxicación en el que solía vivir, fue perdiendo la confianza de sus colegas. Como resultado, fue marginado del gremio, haciéndolo imposible ganarse la vida ejerciendo su oficio. Esto llevó su vida familiar a tales extremos que estuvo a punto de separarse de su mujer y perder contacto con sus dos hijos.

Tras grandes esfuerzos se regeneró, y gracias a la bonhomía de quién sería su patrón obtuvo el nuevo empleo, desde luego, condicionado a que a la primera falta en cuanto a su sobriedad lo perdería sin discusiones. José vivió agradecido con don Julio y su familia durante los cinco años que trabajó para ellos, hasta que un día fue despedido sin mayor explicación.

Pasaron las semanas sin que lograra obtener un nuevo trabajo, hasta que un buen día, uno de sus antiguos colegas le consiguió acomodo en un despacho jurídico. La condición sería no mencionarle a su nuevo empleador que había tenido problemas con el alcohol bajo ninguna circunstancia.

Esto no habría representado mayor problema, de no ser porque su pretendido patrón era afecto a celebrar con cualquier pretexto y obligó a José a acompañarlo a comer a la cantina que se encontraba a unos pasos de la oficina como parte de las formalidades de la contratación.

Ante la urgente necesidad de obtener el trabajo, José no dudó en aceptar y hubo de tomarse algunos tragos en compañía de su nuevo jefe. Esto lo hizo sufrir la fuerte intoxicación alcohólica que lo mandó de vuelta a su casa en severo estado de embriaguez y ya siendo de noche. Entonces sobrevino la desgracia. Al cruzar una avenida fue arrollado por un autobús, causándole la muerte en el acto.

La experiencia que siguió no fue muy diferente de la de Manuel. De hecho, a pesar de haber pasado muchos años de los sucesos, él también era acompañado por su propio portal luminoso a dondequiera que fuera, y al no haberse dirigido hacia él de inmediato, también había perdido la capacidad de traspasarlo. Y si decidió no atravesarlo de inmediato no fue por no desear una mejor vida, sino porque al ver su cuerpo destrozado sobre el asfalto se sintió indignado y quiso entender por qué, a pesar de sus esfuerzos, no había logrado rehacer su vida. Entonces se dedicó a seguir a don Julio de día y de noche hasta averiguar por qué lo había despedido sin más después de cinco años, y en una de tantas lo escuchó comentar que Manuelito, que así llamaba a su hijo mayor, había visto cuando estrellaba el auto contra la pared de la cochera estando bebido.

José sabía sin duda que quien había chocado el coche era Manuel, que pretendía aprender a conducir a escondidas, pero nunca pensó que lo hubiera culpado a él, y menos aún, que lo hubiera acusado falsamente de estar borracho. Entonces comprendió que era el malcriado adolescente el causante de sus desgracias, y peor aún, de los sufrimientos que sus hijos, huérfanos de padre, y su viuda, deberían sobrellevar durante muchos años.

Todo esto sucedió hacía más de cincuenta años, y desde entonces José había seguido a Manuel por todas partes, esperando el momento de su muerte para confrontarlo. Sin embargo, ahora que lo tenía enfrente y que le había contado su historia se daba cuenta de que con eso tenía suficiente.

De pronto Manuel había dejado de interesarle y hasta lo había perdonado. Estaba listo para partir. La luminosidad de su portal se intensificaba a cada instante, apareciendo más amplio cada vez. Bastaría con un ligero salto para atravesarlo. Su tiempo había llegado. Poco a poco comenzó a despegarse del suelo con los ojos fijos en su objetivo ante la mirada perpleja de Manuel, que hasta ahora se enteraba de las consecuencias del acto cobarde cometido hacía tanto tiempo.

La imagen de José amenazaba con desaparecer para siempre de su vista cuando lo llamó con un grito desesperado. Necesitaba hablar con él. Quería oír que lo perdonaba. Le urgía que le relatara muchas partes de su vida que él mismo no lograba recordar. Nadie podría conocerlo mejor que ese ser que lo había seguido de día y de noche durante casi toda su existencia.

Pero José seguía adentrándose en la luz como si no pudiera o no quisiera escucharlo. Manuel le gritó otra vez. Parecía que se iba para siempre. Entonces los pies, que era lo único que quedaba de este lado, se detuvieron por un momento. Un nuevo llamado y la figura que amenazaba con marcharse para siempre comenzó a regresar. Despacio, el cuerpo sutil descendió del portal hasta posarse una vez más sobre la tierra.


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