Excerpt for Martes y viernes by Alejandro Volnié, available in its entirety at Smashwords


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Martes y viernes


Alejandro Volnié



Smashwords Edition


Copyright 2002 Alejandro Volnié


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1


—Hay una persona que te está causando daño. ¿Quién es una mujer joven, morena clara y que se mueve mucho cuando camina?

—No lo sé. Podría tratarse de su secretaria. Ésa siempre me ha dado desconfianza. Cuando me contesta el teléfono me suena hipócrita, como si la maldita me escondiera algo y se riera de mí a mis espaldas.

—Pues lo tiene bien agarrado. Se me hace que ya le dio algo de tomar. ¿Le prepara el café?

—Sí.

—Entonces ya le echó alguna porquería, porque éste anda como ido y nada más tiene ojos para ella.

—¡Ay! Sí le creo. Ya casi no habla conmigo y nada más se encierra a ver el fútbol cuando está en la casa, y siempre tiene pretextos para llegar tarde o para salirse. ¡Desgraciado!

Laura estaba molesta. Sospechaba que su esposo la engañaba desde hacía dos meses, pero por más que se empeñaba no había logrado encontrar alguna prueba.

Estaba cansada de revisar en los bolsillos de su ropa y en los cajones del buró, y hasta de espiar sus conversaciones telefónicas, para no descubrir ningún indicio que lo pudiera probar. Sin embargo, estaba segura de que algo malo sucedía. Antonio andaba muy raro y Claudia, su mejor amiga, le había insinuado que podría tener otra mujer, lo que había creído de inmediato. ¿Qué otra explicación podría haber? Después de todo, todos los hombres son iguales, y tarde o temprano acaban por hacerlo.

Pero tenía que estar segura, así es que se dejó llevar por Claudia hasta la casa de doña Lorenza; y ahora, mientras a ella le leían las cartas en el cuartito, su amiga la esperaba en la sala.

—Mira nada más en dónde salió esta carta. Se me hace que también a ti te está trabajando para quedárselo. Quiere que tú lo dejes para agarrarlo ella solita.

—¿Y qué voy a hacer?

—Lo primero es protegerte para que no te llegue ese trabajo negro que te están haciendo, porque si no te cuidas hasta te puedes morir. Ésta va por todo.

La voz de Laura sonó entrecortada cuando hizo la siguiente pregunta:

—Pues, ¿qué me está haciendo?

—No lo puedo ver en las cartas, pero mira, aquí dice que tiene solución; sólo que tenemos que apurarnos antes de que su trabajo amarre. Después va a ser más difícil.

—¡Ay, doña Lorenza! ¿Cómo podemos saber qué me están haciendo?

—Tengo que hacerte una velación. Mejor hoy mismo, que es martes. Así me llega lo que tengo que saber y podemos darle solución, pero hay que apurarse.

—¿Qué necesita?

—Tengo que comprar los cirios y otras cosas. Con quinientos pesos me las puedo arreglar, es que ya todo subió y lo que a mí me mandan es especial para que funcione a la primera.

—Pero, no traigo dinero conmigo. Sólo lo del teléfono, que lo tengo que pagar hoy porque se vence.

—Como quieras; pero mientras más te tardes, más difícil se pone.

Laura tomó su bolso y se quedó contemplando por un momento el monedero floreado que apenas asomaba, hasta que se decidió y lo sacó.

Lo abrió y del interior extrajo los billetes doblados en cuatro partes, para separar con cuidado los quinientos pesos, que con cara de resignación puso sobre la mesa.

doña Lorenza no hizo por el dinero. Tan sólo arrancó una hoja del cuaderno que tenía junto a ella, se la puso enfrente y le dijo con tono imperativo:

—Apunta lo que vas a hacer. Tiene que ser hoy mismo o mi trabajo no va a servir. Vas a comprar tres ajos machos y tres limones. En cuanto llegues a tu casa te vas a limpiar pasándote un limón y un ajo por todo el cuerpo, como si te tallaras con un estropajo, pero siempre hacia fuera. Es importante que sea hacia afuera, o el mal no se sale. Cuando termines vas a ponerlos en un vaso y le vas a echar alcohol. Lo prendes con un cerillo de madera, y mientras se quema vas a rezar un Padre Nuestro y un Credo. Cuando se apague lo pones en una bolsa de plástico y lo llevas a tirar lejos de tu casa; si pasa un río por ahí, todavía mejor, entonces lo echas al río; si no, conque lo tires bien lejos es suficiente. Vas a poner un limón y un ajo macho en tu bolsa y ahí los vas a dejar hasta que se hagan feos, entonces los cambias. Tienes que traerlos contigo hasta que terminemos el trabajo, porque son tu protección. El otro limón y el otro ajo los pones debajo del colchón, donde duerme tu esposo, y también los cambias cada vez que se pongan feos.

—¿Ajo macho? ¿No sirve cualquier ajo?

—No. Lo compras en el mercado, ahí donde venden las hierbas.

—¿Y los limones?

—De cualquiera, pero que estén frescos.

En cuanto terminó la explicación la anciana tomó el cuaderno y un lápiz y comenzó un interrogatorio, anotando meticulosamente y con mano temblorosa cada una de las respuestas.

—¿Cómo se llama tu esposo?

—Antonio.

—¿Antonio qué?

—Luis Antonio Mendoza Abarca.

—¿Qué día nació?

—El 9 de septiembre de 1962. Tiene cuarenta años.

—¿Y tu nombre?

—¿De soltera o de casada?

—De soltera

—Laura Inés Urrutia Gámez.

—¿Y cuándo naciste?

—El 4 de diciembre de 1964.

—¿Cómo se llama su secretaria?

—Maricela. Pero no me sé su nombre completo.

—Luego me lo consigues. Por lo pronto, con esto voy a trabajar. Vuelves el viernes a esta misma hora, a ver qué salió. No le digas nada a tu esposo, tenemos que agarrarlo desprevenido o se nos suelta y no sale nada. Pórtate como si nada mientras tanto.

—Bueno. Muchas gracias. Hasta el viernes.

Laura se levantó de la silla y se dirigió hacia la puerta del cuarto, pasando junto al altar puesto en una esquina, en el que se mezclaban toda clase de imágenes religiosas con estatuillas y veladoras encendidas. La curiosidad la venció. Tuvo que detenerse para mirar la colección de objetos que se encontraban apiñados sobre la mesita triangular.

Algunas veladoras estaban aderezadas con azúcar y canela, otras con semillas o polvos plateados y dorados, y alguna más con especias; pero debajo de todas se podían ver las esquinas de hojas de papel dobladas en cuatro partes.

El retrato de un hombre se recargaba contra la pared, mirando hacia una botella de brandy en miniatura que lucía polvorienta. Más allá, las fotografías de un muchacho y una mujer rodeadas por un lazo dorado; y cerca la de una niña, que no parecía tener más de unos siete años.

Las estatuillas eran igualmente variadas. La de San Judas Tadeo sobresalía entre todas, pero las de San Antonio, San Martín de Porres, San Francisco de Asís y hasta la de un Buda gordo y sonriente con granos de arroz sobre su regazo se apretaban en uno de los extremos de la exhibición.

Pegadas sobre la pared y llegando hasta el cielo de la habitación docenas de imágenes compartían el espacio. No faltaba una sola. El Señor del Veneno, la Santísima Muerte, el Santo Niño de la Salud, la Virgen de Guadalupe y la de Fátima, un gran crucifijo, la Santísima Trinidad, el Sagrado Corazón y cualquier cantidad más de estampas tapizaban por completo la pared con sus colores ennegrecidos por el humo de la cera que ardía frente a ellas día y noche.

La voz de doña Lorenza la volvió a la realidad:

—Ahí te voy a poner tu asunto, chula.

—¡Ah sí! Perdón. Es que me llamó la atención su altar. Nos vemos el viernes.

Salió de la habitación y volteó hacia Claudia, que levantó la mirada de la vieja revista con la que se había estado entreteniendo y se le quedó mirando con expresión inquisitiva.

Laura no le dijo nada. Ahora se encontraban en el lugar varias personas esperando. Prefirió no hablar del asunto en voz alta, por lo que salió en silencio hasta la calle.

Eran más de las doce del día y el sol caía con fuerza. Caminó apresurada hasta la minivan, estacionada a unos cincuenta metros, mientras su amiga trataba de darle alcance sin lograrlo.

Subió en la camioneta y esperó sin encender el motor hasta que Claudia hubo entrado por la otra puerta.

—¿Qué pasó? ¿Qué te dijo?

Laura se soltó a llorar. Ahora que había salido caía en cuenta de lo que la anciana le había dicho y no podía articular palabra. Los ojos se le llenaron de lágrimas y se abrazó con su amiga, como aferrándose a lo único en lo que ahora se atrevía a confiar. Aunque dentro de sí lo sospechaba, se había resistido a creerlo; sin embargo, doña Lorenza no podía estar equivocada. Todo el mundo sabía que era la persona más acertada en lo que a leer la baraja tocaba.

Lloró durante varios minutos sin aflojar el abrazo hasta que el maquillaje, que se le había corrido, comenzó a gotear sobre las mangas de la blusa. Sólo entonces se separó de Claudia para buscar en su bolso un pañuelo con el cual detener el río negro que escurría por sus mejillas.

Entre sollozos intentó relatarle a su amiga lo sucedido.

—Dice que anda con su secretaria. Que me engaña con la maldita ésa y que me están embrujando. ¿Qué voy a hacer?

—Llora. Llora todo lo que quieras, aunque me manches a mí también.

De las dos surgió una risa amarga, entrecortada con sollozos, y se volvieron a abrazar. Ahora las lágrimas brotaban de ambas por igual y así permanecieron, sin decir más, a lo largo de varios minutos.

—Necesito comprar unos ajos machos —dijo Laura apartándose de Claudia—, tengo que hacerme una limpia.

—¿Tú sola?

—Sí. Suena sencillo. Ayúdame.

—¿Qué tengo que hacer?

—Acompáñame al mercado. Quiero hacerlo antes de que los niños salgan de la escuela. ¿Tú sabes cómo es un ajo macho?

—Igual que todos, pero más grande. Son como los que están colgados en las paredes de muchas tiendas para alejar las malas vibraciones.

Laura puso el motor de la camioneta en marcha y comenzó a maniobrar para salir del lugar en el estacionaba. El espacio se había reducido y golpeó el auto que se encontraba detrás, disparando la alarma que comenzó a sonar estrepitosamente mientras ella persistía en sus afanosos intentos por librarse del estrecho encierro al que la habían confinado.

—No sé por qué se me pegó tanto el de atrás. Lo voy a empujar

A Claudia no pareció importarle y se limitó a responder:

—Pues empújalo. ¿Para qué te encierra?


Un rato después se encontraban dando vueltas al mercado, en busca de un lugar para estacionar, pero sin éxito; hasta que Laura decidió quedarse en doble fila y entregarle las llaves al lavacoches.

—No me tardo. ¿Te la puedo encargar?

—Pásele patrona, aquí se la cuidamos —fue la respuesta del hombre que recibió las llaves—, ya sabe que con nosotros queda segurita.

Caminaron hasta el puesto del hierbero y se detuvieron enfrente mientras esperaban que terminara de despachar a la mujer que llegó antes.

Los cajones que formaban el frente del expendio contenían toda una variedad de hierbas y raíces, cada una con un letrero escrito a mano explicando el nombre y las propiedades curativas que se le atribuían.

En las repisas de la parte posterior se veía gran cantidad de veladoras de todos colores, en vasos con burdas impresiones de figuras y textos, y a un lado una serie de pequeños cajones conteniendo los ingredientes más sofisticados utilizados en las artes mágicas, que permanecían ocultos al ojo de los pasantes.

El exhibidor de alambre del que colgaban muchos sobres con varas de incienso había llamado la atención de las dos mujeres, que ahora se dedicaban a descolgar uno tras otro para olerlos y después regresarlos a su posición original.

La voz fuerte del hombre dentro del puesto las hizo reaccionar.

—¿Qué van a llevar, marchantas?

—Necesito tres ajos machos —dijo Laura— ¿cuánto cuestan?

—Se los voy a dar a cinco —respondió el hombre mientras se los mostraba antes de ponerlos en una bolsa de plástico—. ¿Qué más?

Laura dudó antes de proseguir, pero por fin venció su inseguridad y decidió investigar tanto como pudiera.

—Es que me recomendaron hacerme una limpia con un ajo macho y un limón. ¿Cómo le hago?

—Aquí tengo unos limones especiales. Se los voy a poner a dos pesos. ¿Le están causando daño? ¿Envidia o trabajo?

—Me dicen que me están trabajando.

—Entonces necesita protegerse.

—Me dijeron que con poner un ajo macho y un limón en mi bolsa estaría protegida.

—Necesita llevar Loción de Siete Machos. Mire, es ésta. Se pone un poco en la mano y se la talla así, en la base de la nuca, cada mañana después de bañarse. ¿Anda nerviosa?

—Sí. Un poco.

—Entonces tómese unos tés de valeriana. Es ésta de aquí. Uno por la mañana y otro por la noche. Va a ver como así va a andar bien tranquilita.

—¿Y eso cómo se prepara?

—Ponga un puñito en un litro de agua y déjelo hervir diez minutos. Luego lo cuela, y si le sabe muy fuerte lo puede endulzar con miel.

Laura olió las raíces que el hombre le mostraba y no pudo evitar la mueca que distorsionó su cara. El olor era fuerte y hacía recordar a lo que huelen los trapos cuando se guardan húmedos; como a pies pero con moho.

—Huele muy feo —respondió.

—Pero es de lo mejor. Si quiere lo tengo en cápsulas, pero cuesta más caro.

—Deme las cápsulas.

—Y para que la limpia lo jale todo es bueno rezar La Magnífica, ¿se la sabe?

—No.

—Aquí viene, en esta estampita. Récela mientras se limpia y va a ver que se va a sentir mejor. Es muy poderosa.

—Me dijeron que quemara el ajo y el limón con alcohol en un vaso y luego los tirara.

—Sí. Pero tire también el vaso, para que no se queden esas porquerías que se va a sacar adentro de su casa, y ponga un vaso con agua siempre en su buró o debajo de su cama. Eso la protege de los ataques durante la noche.

Pagó la cuenta y salieron del mercado.

—¿Qué opinas? —preguntó Claudia.

—Ya no sé. Me siento confundida. ¿Será cierto todo esto?

—No me digas que ahora te estás arrepintiendo. Además, ¿qué daño puede hacerte una limpia?

—En eso tienes razón. Ven conmigo a la casa y me ayudas, ¿okey?


El viaje a la casa de Laura duró más de veinte minutos. La avenida San Jerónimo se encontraba embotellada, por lo que el recorrido desde el mercado de San Ángel hasta la privada en la que vivía, que normalmente podría hacerse en unos doce minutos a esa hora del día, se prolongó más de lo habitual.

—Ya es más de la una. Tenemos que apurarnos, porque si no, no llego por los niños.

Laura entró derecho hasta la cocina, donde se encontraba Mica, la muchacha oaxaqueña que trabajaba como sirvienta en la casa, preparando la comida, y descansó la bolsa de plástico con sus compras sobre la mesa.

Sacó los objetos, uno por uno, y los contempló por unos instantes.

Mica no pudo contenerse y preguntó:

—¿Ya te vas a hacer una limpia, señora?

—¡Ay Miquita!, pues sí. Creo que me están haciendo algo.

—En mi pueblo nos hacemos sahumerios, ¿quieres que te prepare uno, señora?

—¿Qué es eso?

—Se queman varias cosas en un anafre y con el humo se van los males; mientras, te limpias con ramas de pirul y bálsamo.

—¿Me la puedes hacer también a mí? —interrumpió Claudia.

—Sí, pero hasta que vaya a mi casa para traer las cosas.

—¿Y cuándo piensas ir?

—Hasta el otro mes, señora.

—¡Ay no! Tienes que darle vacaciones antes para que vaya pronto —interrumpió Claudia—, nos urge una buena limpia.

Laura no contestó. Se limitó a abrir la gaveta de los vasos para escoger el más viejo de todos.

—¡Acompáñame, Claus! La hacemos en mi recámara, ¿no?

Salieron de la cocina y tomaron las escaleras hasta el piso superior.

Una vez dentro de la recámara se encerraron, pusieron sobre el edredón el vaso, los ajos y los limones, y Laura se paró al pie de la cama. Tomó un ajo y un limón como doña Lorenza le había explicado unas horas antes y se dispuso a comenzar.

—Me dijo que rezara un Padre Nuestro y un Credo, ¿será en voz alta o en voz baja?

—¡Ay, no sé! Me imagino que como quieras.

—Bueno. Sea por Dios.

Comenzó a frotarse con los vegetales, iniciando por la coronilla, mientras cuchicheaba las oraciones apenas entreabriendo los labios. Después se frotó los hombros, primero uno y luego el otro cambiando de mano, y después los brazos igualmente. Siguió por el vientre y la parte baja de la espalda y remató por las piernas.

Un par de minutos más tarde el ritual había concluido.

—¡Ya está! Ahora, al vaso.

Puso el limón y el ajo dentro del desportillado recipiente y los llevó al cuarto de baño, donde vertió un chorrito de alcohol de la botella que conservaba en el botiquín hasta dejarlos mojados.

—¿Estará bien así? —preguntó a Claudia.

—No sé. Pienso que sí.

—Ahora hay que prenderlo —dijo mientras abría la ventana—. Con un cerillo de madera, ¿verdad?

—Yo no sé, fue a ti a quien le dijeron.

—Sí, de madera —continuó mientras volvía a la recámara para buscar la caja de cerillos que Antonio guardaba en el cajón de su buró.

Puso el vaso sobre el lavamanos y encendió el contenido, que comenzó a emitir toda clase de chasquidos y chirridos mientras la flama producida por el alcohol comenzaba a tostarlo.

Quedaron en silencio por espacio de un minuto, hasta que de súbito el vaso estalló, haciendo que el combustible aún encendido se desparramara en el interior del lavabo.

Las dos saltaron al mismo tiempo, asustadas por el suceso que las sacó del trance en el que habían contemplado el fuego hasta ese momento.

—Esta cosa me espantó —dijo Claudia con voz alterada—, espero que no se queme el baño.

—No creo, todo cayó en el lavabo.

La llama no tardó en extinguirse, y tras esperar unos minutos para que todo se enfriara, Laura puso los restos de la fogata y los pedazos del vaso en la misma bolsa que le sirvió antes para llevarlo todo, anudándola cuidadosamente.

A continuación levantó el colchón del lado de la cama en el que Antonio dormía y deslizó un ajo y un limón, empujándolos hasta el punto en el que consideró que quedarían justo por debajo de él cuando se acostara.

Dentro de su bolso colocó el último ejemplar de cada cosa junto con la estampita que le vendieron en el mercado.

—¡La estampita! —exclamó Claudia—. Faltó esa oración.

—No la leí a propósito —respondió—. Voy a hacer cada cosa al pie de la letra, justo como doña Lorenza me lo diga; así, si algo no funciona, no será mi culpa.

—Tienes razón. Más vale.

—Bueno, amiga. Apenas me queda tiempo para llevarte a tu casa y de ahí voy por los niños. Ya van a salir.

Claudia vivía en otra privada por la misma zona de la ciudad. Dejarla en su casa no desviaría a Laura gran cosa del camino hacia la escuela de sus hijos. Después de unos minutos de viaje la conversación comenzó nuevamente.

—¿Crees que ya no le gusto porque he engordado?

—¡Ay no! Si no estás gorda.

—Pero me están saliendo unas lonjitas y ya me creció la papada. ¿Y si me pongo a dieta?

—¿Y si cuando bajes de peso te salen arrugas? A mí me han dicho que a los hombres, con la edad, les gustan las mujeres más llenitas cada vez. No sé si lo escuché o lo leí en una revista, pero aseguran que es cierto. ¿A poco te ha dicho algo?

—No. Pero últimamente ya no me busca como antes. A veces pasan dos semanas. Se me hace que se está yendo con esa desgraciada. O ya no le gusto o me engaña, no hay de otra. Además, creo que me está saliendo celulitis. Sí. Eso ha de ser. Me estoy poniendo gorda y vieja, y la tipa ésa no ha de tener más de unos veinticinco años.

—No pienses así. Estás muy bien. Nada más fíjate cuántos te voltean a ver cuando andas en la calle. Tienes tu buen pegue. Lo que pasa es que tu marido ha de ser el que ya se siente viejo y necesita sentir que todavía puede con una chavita, pero ésa nada más lo ha de querer para sacarle dinero.

—Ahora que lo dices. Como que últimamente lo veo sin dinero en la cartera, y el otro día hablaron del banco para decir que se le había pasado el pago de una tarjeta. Él nunca deja pasar sus pagos. Se me hace raro.

—Pues sí. Eso debe ser. Mejor cuídate, porque me imagino que todavía lo quieres, ¿o no?

—Sí. Todavía lo quiero al miserable, pero no voy a ser su juguete ni su tonta. Si quiere una así, para eso está su mamá.

—Ya llegamos. Acuérdate que el viernes me vas a acompañar otra vez con doña Lorenza. Necesito apoyo moral.

—Sí, amiga. Cuenta conmigo.

Se despidieron con un mutuo beso en la mejilla y Claudia se bajó de la camioneta para entrar en su casa, donde vivía en compañía de su único hijo y una sirvienta, prima de Micaela, la muchacha que trabajaba con su amiga de toda la vida.

El camino hasta la escuela de sus hijos lo manejó como una autómata. Su cabeza bullía con pensamientos confusos e ideas inconclusas mientras desarrollaba un largo monólogo interior.

“Si siempre he sido buena con él. Jamás me he metido en sus asuntos ni le he preguntado sobre sus cosas. Ni siquiera sé bien lo que hace en su trabajo y así se lo he hecho saber; que a mí no tiene que rendirme cuentas. Le tengo a sus hijos bien cuidados y la casa impecable, y nunca lo molesto con mis pláticas de cosas triviales como hacen todas las demás ni lo obligo a ir a mis reuniones. Es más, la mayor parte de las veces ni le aviso para que no tenga que molestarse en buscar un pretexto para no asistir. Nunca lo preocupo con mis problemas, y hasta me encargo de que las visitas se vayan antes de que él llegue para que no lo importunen. No tiene que ver a mi familia más que dos o tres veces al año, y eso porque son fiestas. Jamás le hablo a la oficina como otras que les marcan a sus maridos todos los días una o dos veces, y menos hablo con su secretaria para chismear. Nunca lo he hecho asistir a los eventos de los niños en le escuela, y siempre me he encargado de que sus hijos no lo molesten cuando llega de trabajar, y cuando salimos a comer o a desayunar los fines de semana no me meto en la plática para que pueda disfrutar a sus hijos. Y a los niños les he dicho que no le cuenten sus problemas para que él esté tranquilo. Y cuando me busca en las noches nunca le digo que no aunque no tenga yo la menor gana de hacer nada, y lo dejo hacer lo que él quiera sin chistar. Me he pasado de buena todos estos años, y ahora me paga yéndose con ésa, como si no hubiera sido yo la que le ha dado los mejores años de su vida para que pueda ser feliz.”

Las lágrimas habían vuelto a brotar copiosamente, arrastrando nuevamente el maquillaje que apenas había retocado un rato antes y obligándola a detenerse para buscar un pañuelo en su bolso como en la ocasión anterior.

Sin notarlo se encontraba ya formada en la larga fila de autos que partía desde la puerta de la escuela para recoger a los alumnos; y algunos de sus conocidos que atinaban a cruzar su camino la saludaban al pasar, por lo que se obligó a recomponerse para evitar caer en pláticas y explicaciones indeseables. No se sentía de humor para contarle sus problemas a cualquiera, y menos aún deseaba que sus hijos la sorprendieran llorando, aunque sus ojos se encontraban ciertamente enrojecidos.

El sonido de la puerta trasera de la minivan abriéndose la hizo volver a la realidad.

—Hola, ma’ —saludó Vanessa al tiempo que subía penosamente echando la mochila por delante.

—¿Cómo te fue hoy, hija?

—Bien —respondió secamente. Luego se concentró en el juguete que traía en las manos ignorando a su madre.

A los dos minutos apareció Toño, que se subió por la misma vía que su hermana, aún despidiéndose de los dos amigos que lo habían acompañado sin prestarle atención a su madre, como cualquier otro muchacho de sus mismos trece años de edad podría haberlo hecho.

Laura puso el motor en marcha y se incorporó al pesado tráfico de las dos y media con rumbo a su hogar.

La escena se parecía a las de todos los días.



2


—¿Oficina del licenciado Mendoza?

La voz de Maricela respondiendo el teléfono tenía un timbre alegre y sonaba profesional.

Al otro extremo de la línea se escuchó uno de los directores de la empresa.

—¿Maricela?

—¿Sí?

—Habla el licenciado Ortega. Nada más para recordarle a tu jefe que tiene cita conmigo para comer.

—Sí, licenciado. Aquí lo tengo. A las dos y media, ¿es correcto?

—Así es. Gracias.

—Hasta luego, licenciado.

Sin colgar el auricular operó el intercomunicador para transmitir el recordatorio a su jefe, que resonó con tono hueco en el interior de la amplia oficina que se encontraba a sus espaldas.

—Es el licenciado Ortega para recordarle su cita de las dos treinta.

La corta respuesta llegó por el mismo medio:

—Okey.

Antonio trabajaba afanosamente, revisando partida por partida las pólizas contables del año anterior y de lo que iba del corriente, tratando de ubicar algunas de ellas para separarlas y llevarlas consigo a la comida que tenía programada para una hora después, en un restaurante de la zona de Polanco, cerca del edificio en el que se albergaba la central administrativa de la compañía.

El tiempo había volado y aún le faltaba buena parte del trabajo, lo que comenzaba a ponerlo ligeramente nervioso. Tenía como tiempo límite para terminar esa tarea precisamente la hora de la cita que estaba por cumplirse.

—No sé cómo me dejé enredar en esto —decía para sí—, mi vida se ha vuelto un verdadero desastre. Lo que tengo que hacer por conservar la chamba. ¡Ándale! ¡Apúrate! Y ya no te distraigas, tienes que terminar.

Cuarenta minutos después intentaba ordenar en un legajo los papeles extraídos de las carpetas de contabilidad, sosteniéndolos juntos y dejándolos caer por los cantos sobre la superficie brillante del escritorio de madera, hasta que lo logró. Los metió en un sobre amarillo y lo puso dentro de su portafolio de piel.

Salió apresurado de la oficina y cruzó el área de estaciones de trabajo modulares que se encontraba en el exterior, que ahora lucía desierta por ser la hora de comer. Eran las dos y diez. Debía apurarse para llegar a tiempo a su cita.

Tomó el elevador hasta el estacionamiento del primer nivel. Una vez ahí caminó hasta su auto con paso rápido, pero lo que encontró no fue de su agrado. Uno de los neumáticos traseros se encontraba totalmente desinflado.

Volvió al ascensor y lo tomó otra vez, ahora hasta la planta baja del edificio, y salió a la calle para intentar conseguir un taxi.

El tránsito se encontraba congestionado y su intento no prometía fructificar, por lo que ahora optó por iniciar el recorrido a pie hasta el lugar de la cita. Miró su reloj y descubrió que aún faltaban siete minutos para la hora de la reunión, por lo que inició la marcha con paso firme bajo el sofocante calor que los primeros días de mayo suelen traer a la Ciudad de México.

El kilómetro y medio que tuvo que caminar le llevó quince minutos. Estaba ligeramente retrasado, pero dentro de los límites de lo tolerable.

Subió los escalones que llevaban a la entrada del establecimiento y se abrió paso entre las personas que aguardaban.

La joven muchacha que se paraba tras el libro de registro lo saludó con tono cordial.

—Buenas tardes, licenciado Mendoza. Ya lo esperan.

Últimamente se había visto obligado a frecuentar ese lugar a tal punto que ya lo consideraban un cliente regular, por lo que siempre le reservaban la misma mesa apartada, cerca de una de las esquinas del fondo.

—¿Mi mesa de siempre? —preguntó.

—Sí. Lo acompaño.

—No es necesario. Puedo llegar sólo.

Cruzó entre las mesas, que a esa hora se encontraban atestadas, mirando en dirección de Ortega, que veía nerviosamente hacia la puerta. Lo saludó con un ademán mientras intentaba llegar sorteando los obstáculos.

En cuanto alcanzó la meta se quitó el saco y lo colgó del respaldo de la silla, tratando de aliviar el sobrecalentamiento que la caminata le había provocado.

—Se me ponchó una llanta. Tuve que caminar.

—¿Qué te tomas? —respondió Ortega mientras llamaba con un ademán al mesero.

Chivas con agua mineral y dos hielos —fue la instrucción.

—Enseguida —repuso el mesero, para desaparecer de inmediato.

—Aquí traigo lo que me encargaste, Pepe. Por poco no me alcanza el tiempo. Espero que estén todas.

—Cálmate. Todo va a salir bien. ¿Qué vamos a ordenar?

—¿Qué tal el bife de chorizo?

—Me parece —respondió, llamando nuevamente al mesero.

El restaurante se especializaba en preparar cortes de carne estilo argentino, y el aroma proveniente de la parrilla mezclado con el poco humo que lograba entrar por la puerta incitaba el apetito.

Pasaron un par de minutos en los que se limitaron a beber de los tragos que tenían enfrente, hasta que Antonio preguntó:

—¿Y cómo vamos con todo esto? Más vale que se arregle bien y pronto porque yo ya estoy hasta el cuello en deudas y no veo cómo pueda salir si no me comienzan a regresar todo lo que he tenido que poner.

—Ten paciencia, todo va como lo acordamos y todos estamos cumpliendo con lo que nos corresponde.

—Pues sí, pero yo ya no me siento tan seguro. Estoy endrogado hasta el límite y mi quincena no alcanza siquiera para cubrir todos los pagos. El mes pasado no pagué mi tarjeta de crédito y este mes no pude pagar ni la mía ni la de Laura. Si va al súper y le rechazan la tarjeta voy a tener que comenzar a darle explicaciones, y no quiero que se preocupe por mis problemas. Siempre la he mantenido alejada de los asuntos de dinero y vive confiada en que tenemos lo suficiente. Aunque tiene firma en todas las cuentas, nunca las maneja. Ella todavía cree que nuestros ahorros siguen en el banco. Si supiera que no queda nada y que además estoy endeudado con más de lo que gano en un año y medio no sé cómo lo tomaría, pero seguramente tendríamos un problema muy fuerte.

—Ya te expliqué más de una vez cómo lo vamos a manejar. Todos hemos puesto cuanto pudimos hasta reunir los quince millones del desfalco. Tú vas tan sólo con dos.

—Dos y medio, casi.

—Bueno. Dos y medio. Yo voy con tres y medio y mira qué tranquilo estoy.

—Pero, no es lo mismo. Tu mujer tiene una buena herencia guardada en el banco, y en caso de urgencia tienen de dónde echar mano. Yo estoy en la calle ahora mismo. Si tengo una emergencia no sé lo que voy a hacer. Además, tengo que pagar dos colegiaturas, las mensualidades de dos coches, y todos creen que en el verano vamos a viajar a Europa. Estoy muy presionado.

—A todos nos cayó de la patada cuando nos enteramos, pero si Juan cometió la tontería de jalar con quince millones de la empresa y nos embarcó a todos, tenemos que justificarlos. Por lo pronto las cuentas de banco están cuadradas, y si no nos hubieran mandado una auditoría este año, no tendríamos que haber hecho todo lo demás. Ahora sólo es cuestión de tiempo. En cuanto los auditores terminen, sacamos la lana de vuelta, conservamos la chamba, y Juan tendrá que ver cómo le hace para compensarnos las pérdidas por todos los préstamos que tuvimos que pedir para sacarlo de la bronca.

—Lo sé, pero ya no puedo dormir por las noches. Últimamente he tenido que pararme de la cama en la madrugada y salir a caminar. Me siento desesperado y no puedo estarme quieto, y la úlcera ha vuelto a molestarme.

—¿Quieres que te pase una caja de Valium? A lo mejor eso te ayuda. La tengo en la casa, si quieres mañana te la traigo.

—Prefiero no. Nada más me falta terminar adicto por esta bronca.

—Piénsalo de cualquier modo. Ahí está. Mira, ya llegó la carne. Vamos a cambiar de tema. Nada más acuérdate que nos vamos a ver todos después de las seis para ver cómo queda esto de las pólizas.

—Pero en un lugar más barato. Ando que no puedo con mis cuentas y ustedes escogen puros lugares caros. ¿Qué tal en la cantina de Mariano Escobedo?

—Les voy a decir y te aviso, por lo pronto ya no pienses más en eso.

La amistad entre Pepe y Antonio databa desde los tiempos en los que asistían juntos al bachillerato. El puesto que ahora desempeñaba como director comercial de la compañía se lo debía a él, que lo había recomendado para la posición cuatro años antes.

Pepe fungía como director de finanzas, ganando más dinero que él, por eso le había tocado aportar más para salir del problema en el que el director general de la empresa, hábilmente, ahora los había incluido a todos.

Antonio no había tenido opción. Si no se sumaba a los demás tendría que renunciar, corriendo el riesgo de ser culpado por el desfalco una vez que fuera descubierto, ya que no estaría ahí para defenderse. Por otra parte, si el problema salía a la luz pública, seguramente Juan sería removido de la dirección general y con él todos los demás altos jefes, dejándolo desempleado y con pocas probabilidades de encontrar otro trabajo dado el deshonroso antecedente.

La situación se había prolongado por casi tres meses, y los estragos que estaba causando en la vida de Antonio comenzaban a notarse.

En un principio el plan en el que lo habían involucrado suponía que después de cuarenta y cinco días comenzarían a retirar proporcionalmente el dinero que habían aportado, pero una auditoría sorpresiva que mandó la oficina principal en los Estados Unidos ahora tenía a todos maniatados, y como se trataba de una revisión completa los había obligado a reconstruir la contabilidad. Precisamente en ello trabajaban después de las horas normales de oficina y fuera del edificio.


A eso de las tres cuarenta y cinco los dos amigos abordaban el auto de Pepe para regresar al trabajo.

Antonio siempre había sido una persona discreta y leal, de esas que no buscan aventuras ni se emocionan demasiado por las mujeres. Se sentía contento con su familia, y la formación moral recibida desde pequeño le hacía rehuir las actividades a las que muchos de sus colegas eran aficionados, tales como los centros nocturnos y las aventuras amorosas con cuanta empleada de la compañía se prestara.

Prefería no ponerse en la situación de ser incluido en alguno de los muchos planes que otros organizaban por las noches. Valoraba realmente la estabilidad de su vida familiar.

Pepe, por el contrario, pertenecía al grupo de aquellos que no perdían la oportunidad de correrse una parranda o simplemente echar una cana al aire cada vez que la ocasión se presentaba, y se jactaba continuamente de sus correrías.

Una vez en camino, Pepe inició la conversación.

—Esa secretaria que tienes sí que es un bomboncito. ¿No has pensado en llevarla por ahí?

—Tú sabes que no es mi estilo. Prefiero llevármela tranquila. Además, es bastante buena en lo que hace; no quisiera perderla y tener que enseñar a otra.

—¿Y qué tal si tu mejor amigo se encarga de eso?

—Como cuates, hay muchas otras en el edificio. Deja a Maricela en paz o los problemas van a ser después para mí. Cada vez que te agarras con una terminan por despedirla.

—Nada más porque somos amigos, pero no creas que no se me antoja. Si me agarra descuidado le digo que sí.

—Mejor llévate a tu vieja de paseo, todavía está de buen ver.

—Sí, pero como que ya no quiere conmigo. Se me hace que ya se agarró algún chavito, porque a mí no me pela.

—¿Y no te importa?

—Llevamos la fiesta en paz. Yo no me meto en sus cosas y ella no se mete en las mías, así los hijos viven tranquilos y nosotros también.

—En eso tienes razón, en cambio yo no sé qué haría si supiera que Laura se fue con otro; prefiero no pensarlo.

—No es para tanto. Tenemos una sola vida y hay que vivirla. Por mí que se divierta todo lo que quiera mientras a mí me deje tranquilo y a los niños los tenga bien atendidos. Por cierto, ¿te conté lo que hizo el condenado de Omar?

—No me lo has dicho.

—Se gastó todo su domingo en revistas de viejas. ¡Ése es mi hijo! Igualito a mí. Y apenas tiene trece años. No quiero verlo a los veinte. Va a ser un desmadre.

—Mejor no lo pierdas de vista, las cosas hoy en día están peor que antes. Qué bueno que sea despierto, pero por lo mismo hay que vigilarlo.

—¿A poco no te acuerdas que cuando íbamos en secundaria ya había más de uno que le pegaba a la mota? Y no por eso nos volvimos adictos nosotros. Es cuestión de explicarles bien y ya.

—No te creas, ahora existe una bola de porquerías que ni te imaginas, y en las fiestas aparece quién sabe de dónde, y muchas de esas madres causan daños permanentes. La mota de antes no era más que mota. Te hacía reírte un rato y luego no pasaba nada. Ahora es pura química, no sabes lo que te metes.

—¿Tú crees? Voy a estar más atento pero, ¿a poco no te va a dar gusto ver que tu hijo te salió hombrecito y que ya le gustan las mujeres?

Antonio no respondió, simplemente se limitó a sonreír. Los recuerdos de su vida de adolescente volvieron de pronto. Comenzó a recordar las primeras veces en las que el deseo sexual se había hecho presente en su vida y cómo se había sentido entonces.

No hubo tiempo para más, el auto se encontraba ahora estacionado y ambos descendían.

—Más tarde te aviso en dónde nos vemos —se despidió Pepe.

—Trata de que sea donde te dije.

—Okey.

Antonio se dirigió a buscar a Chucho, el encargado del estacionamiento, para pedirle que cambiara la llanta de su auto.

Lo encontró lavando uno de los coches y lo saludó:

—¿Qué tal Chucho? ¿Dándole duro?

—Hay que sacar pa’l chivo, jefe.

—Oye, tengo una llanta baja. ¿La puedes cambiar?

—Seguro, patrón. Nomás déjeme sus llaves y luego se las subo. ¿O quiere que la lleve a revisar de una vez?

—Eso me parece mejor, ¿qué necesitas?

—Déjeme cincuenta y luego le doy el vuelto.

Antonio sacó la cartera y escogió un billete de cincuenta pesos, que le entregó al hombre sin dudarlo mientras pensaba en lo maravilloso que es tener a alguien que se encargue de todas esas tareas desagradables de la vida, como cambiar una llanta o lavar el coche.

Caminó hasta el elevador y oprimió el botón para subir hasta el último piso, donde se encontraban las oficinas de los directores, incluida la de él, y se enfiló hacia la suya.

Su secretaria lo recibió con el reporte de las llamadas recibidas durante su ausencia.

—¿Licenciado?

—Sí, Maricela.

—Llamaron de American Express. Que es muy urgente que se comunique. Aquí están los números y el nombre de la persona que llamó.

Antonio estiró la mano y recibió el recado. Entró en su oficina, cerró la puerta tras él, y se quedó contemplando el papel que acababa de recibir; hasta que se decidió y, tomando el teléfono, marcó el primero de los números.

—¿Cobranzas? —respondió la voz al otro lado de la línea.

—Tengo un mensaje del señor Víctor Gómez.

—Le atiende Maribel González. Yo puedo ayudarle. ¿Me proporciona su número de cuenta?

—Un momento.

Metió la mano en el bolsillo trasero del pantalón y sacó su cartera, de la que extrajo su tarjeta de crédito y leyó el número en voz alta.

—¿Me puede dar su nombre completo y fecha de nacimiento?

—Luis Antonio Mendoza Abaraca. Nueve de septiembre de mil novecientos sesenta y dos.

—Bien, señor Mendoza. Su cuenta presenta un atraso de dos mensualidades y es necesario que las cubra cuanto antes para que pueda seguir disfrutando de los privilegios que le otorga su tarjeta.

—En este momento paso por una situación muy apretada, pero en unos cuantos días todo debe volver a la normalidad. ¿Está bien si le pago el 2 de mayo?

—Su fecha de corte es el 30 de abril. Si no realiza el pago de cuando menos una mensualidad su cuenta se cancelará automáticamente, y si va a pagar el mismo treinta es necesario que lo haga en nuestras oficinas, o cuarenta y ocho horas antes en cualquier otro lugar. ¿Contamos con su pago?

—¿Está bien si le pago una mensualidad el treinta de abril y otra en la siguiente semana?

—Así lo anotaré en el sistema. Por favor, no lo deje pasar.

—Está bien. Hasta luego.

—Hasta luego. Gracias por llamar a American Express.

Antonio se quedó pensando. No veía cómo podría cumplir ese compromiso si era precisamente en la segunda quincena del mes cuando el banco le descontaba de su cuenta el pago del crédito personal que tuvo que obtener para hacer la aportación a la que lo obligaron.

Tomando un trozo de papel comenzó apuntar las cantidades que debería pagar durante los primeros días del mes de mayo.

La cuenta no cuadraba. Debía decidir qué dejar de pagar. La tarjeta de Laura era básica, de ella salían las compras para la casa. Las colegiaturas eran muy importantes, pero un mes de retraso no era tan grave, aunque después causarían recargos. Las mensualidades de los autos también podrían esperar, pero después se elevarían igualmente. Si tan sólo pudiera comenzar a recuperar su dinero en los próximos días no tendría que sufrir como lo hacía.

—En fin —se dijo—, faltan siete días. Ya veremos qué sucede.


Estacionó en doble fila frente a la cantina en la que habían acordado reunirse. El valet le recibió el auto solícitamente.

—Buenas tardes, bienvenido.

Antonio no respondió, simplemente le entregó las llaves y recibió la contraseña que el muchacho le dio en cambio.

Caminó hasta la puerta y paseó la vista por el interior del lugar, tratando de localizar a alguno de sus compañeros.

Pepe ya se encontraba ahí, acompañado por Arturo, el director de operaciones, y Pedro, de recursos humanos.

—¿Qué pasa con René? ¿Ya viene? —dijo como saludo mientras se acomodaba en una silla.

—Se quedó metiendo la información en el sistema. Dijo que se tardaría como dos horas, pero tenemos que esperarlo por si se atora con algo —respondió Arturo—. ¿Qué tal un dominó mientras llega?

Antonio miró su reloj y soltó un suspiro. Había abrigado la esperanza de que la reunión fuera breve. Últimamente no había visto mucho a sus hijos. Deseaba llegar temprano esta vez. Ahora era obvio que no sería posible. Sabía que René nunca cumplía con los plazos que ofrecía.

—Pídeme un Chivas con soda —le dijo a Pepe—, voy a hacer una llamada.

Salió a la calle para evitar el ruido del interior del lugar y sacó su teléfono celular para marcar a casa. Debía avisarle a Laura que llegaría tarde una vez más para que no lo esperara a cenar.

La voz de su mujer respondió a la llamada.

—¿Bueno?

—¿Laura? Hola. Soy yo. Tengo una junta que se puede prolongar hasta tarde. No me esperes a cenar.

—¿Ah, sí? ¿De qué se trata esta vez? Antes no tenías juntas tan tarde.

—Es algo especial. Tenemos algunos problemas por aquí y es la única hora en la que se pueden reunir todos los directores sin interrupciones.

—¿O sea que no te van a ver los niños otra vez?

—Te prometo que el fin de semana nos vamos a donde quieran y pasamos todo el día juntos. Diles que llamé.

—¡Ajá! —sonó cortante la voz de Laura—. Adiós.

Ella interrumpió la comunicación, dejando a Antonio sintiéndose mal. Sin embargo, él no atinaba a decidir qué podría ser peor; que se molestara por unas cuantas veces que llegara tarde, o tener que confesarle la situación en la que se encontraban. Le urgía que todo se resolviera para que las cosas volvieran a la normalidad.

Entró de vuelta en la cantina y se sentó a la mesa, donde ya lo esperaba su trago y el dominó se encontraba listo.

—¿Todo bien? —preguntó Pepe.

—Ya no sé. Espero que esto termine pronto.

La espera se prolongó más de dos horas y de René no había noticia, hasta que Antonio se sintió desesperar y preguntó.

—¿Alguien tiene el celular de René? A ver si va a llegar o qué.

—Yo lo tengo —dijo Pedro—, ¿quieres marcarle?

Antonio marcó el número y la respuesta fue pronta.

—¿Qué pasa? ¿Todo bien?

—Sí, pero me está llevando más tiempo del que calculé. No se desesperen, un rato más y termino.

—Apúrale.

—¿Qué sucede? —inquirió Arturo.

—Nada. Sólo que se está tardando más de lo que pensó. Como siempre.

—Vamos a jugar otro dominó —dijo Pedro—, de todos modos tenemos que esperarlo.

Las copas y el juego volvieron a hacerse dueñas del tiempo, y así transcurrieron las horas.

Antonio había logrado calmarse por fin, y de no ser por las eventuales miradas al reloj, parecía estar pasando un buen rato, a tal punto que se olvidó por completo del motivo principal de la reunión.

La llegada de René se encargó de recordarle por qué estaba ahí. Eran casi las doce de la noche y el lugar se estaba quedando vacío. El mesero se acercó para anunciar:

—Vamos a cortar el servicio, ¿desean la última?

—El que apenas llegaba se apresuró a contestar:

—Sí. Igual para todos. Y a mí tráeme un Appleton campechano.

El mesero se retiró y René sacó un montón de papeles de su portafolio, que repartió entre los presentes.

—Tuve que modificar el catálogo de cuentas, ahí están las nuevas claves. No pude terminar. Tengo que seguirle mañana, pero necesito que impriman sus reportes de finanzas hasta el mes de octubre del año pasado para que me ayuden a revisar, y si encuentran algo incorrecto me lo hagan saber, igual que hoy, después de la comida.

—¿O sea que vamos a tener que regresar aquí mañana?

—Así es. Necesito que me ayuden a revisar el cierre. Pero va a ser más rápido, solamente es cuestión de capturar los cambios. Yo creo que para las diez de la noche ya habremos terminado.

Antonio se puso de pie y sacó su cartera, de la que extrajo unos billetes que dejó sobre la mesa.

—Yo me voy. Nos vemos —fue su despedida, y salió del lugar para buscar al valet.

Cuando le entregaron su auto se sentía ligeramente mareado. Habían sido cuando menos seis las copas que se tomó y el contacto con el aire del exterior había hecho que le causaran efecto, por lo que manejó despacio de regreso.

La casa se encontraba a obscuras. La luz exterior que solía quedar encendida toda la noche se encontraba apagada, dificultándole encontrar la cerradura.

Giró la llave suavemente y abrió la puerta tratando de no hacer ruido. Caminó sobre las puntas hasta la escalera y subió lentamente, tomado con las dos manos del barandal y tratando de que sus pasos no resonaran en los escalones de madera.

La puerta de la recámara estaba cerrada. La abrió con el mismo cuidado y caminó hasta el sillón, donde se sentó para quitarse los zapatos.

Se desvistió y buscó su pijama debajo de la almohada. Su mujer parecía dormir tranquilamente y no deseaba despertarla, por lo que se metió bajo las cobijas tratando de mover la cama tan poco como fue posible, hasta que quedó acostado, y así se durmió casi inmediatamente.

Habían pasado unos cuantos minutos cuando Laura se puso de pie, con las mismas precauciones que él tomó un rato antes, y se dirigió al sillón sobre el que habían quedado las ropas de su marido.

Levantó las prendas una por una y las acercó a su nariz, tratando de reconocer cada uno de los olores que desprendían.

Comenzó por la camisa. Olía como a tabaco, y definitivamente a alcohol, pero no lograba percibir rastro de perfume, de no ser por los restos de la loción que él acostumbraba. Se acercó a la ventana y entornó ligeramente la cortina para permitir la entrada de la luz de un farol cercano. Ayudada por ésta revisó meticulosamente el cuello y los hombros de la prenda, en busca de marcas de lápiz labial, pero sin éxito.

Entonces se aproximó al rostro de Antonio, que para ese momento había comenzado a roncar, y olió su aliento.

En su cara se pintó una mueca de disgusto.

—Este desgraciado se fue por ahí de borracho. Seguramente andaba con ésa. Cualquier día de éstos me trago lo de su juntita. Pero ya lo pescaré, y entonces me las va a pagar. ¡Maldito!




3


El timbre de la puerta sonaba insistentemente. Laura corrió hasta la ventana de su recámara, se apoyó sobre las cobijas de la cama que colgaban hacia el exterior y gritó:

—¡Ya voy! ¡No me tardo!

Regresó al tocador para terminar de pintarse los labios. Se contempló por un momento en el espejo, ladeando la cara hacia la derecha y luego hacia la izquierda, y olvidándose de cerrar la caja de los cosméticos salió apurada de la habitación para encontrarse con Claudia, que la esperaba de pie sobre la banqueta.

—Hola, Claus. ¿Me tardé?

—Ay, no. ¿Ya nos vamos?

—Sí. Pásale. No me tardo. Nada más déjame decirle a Mica de la comida.

Minutos después se encontraban en camino hacia la casa de doña Lorenza, cerca de donde la Avenida Toluca y el Periférico se cruzan.

—¿Qué crees que haya salido? —comenzó la conversación Laura—. ¿Habrá salido todo?

—Esta señora es muy buena. ¿Te platiqué como le fue a Mercedes, mi prima?

—No. No me lo has dicho.

—Pues ya estaba bien amolada. A su esposo lo corrieron del trabajo, chocó el coche y sus dos niños estaban enfermos que no se curaban con nada. ¡Pobre! Un día me fue a buscar para que le prestara dinero porque no tenía ni para la comida y se la pasó llorando.

—¿Y fue con doña Lorenza?

—Sí. Se la recomendó una vecina y yo también la acompañé. Le costó un trabajal espantoso, pero todo se le fue arreglando, y ahora está mejor que antes. Dice que piensa ir cada seis meses para que no le vuelva a pasar.

—¿Y tú crees que a mí me funcione igual de bien?

—Pero tienes que creer. Si no crees no funciona. Y tienes que hacer todo al pie de la letra a fuerzas; pero no falla, vas a ver.

—¡Ay, amiga! Estoy nerviosa. Siento cosquillas en el estómago.

—Tú no te preocupes. Vas a ver que todo va a salir bien.

Cuando llegaron a la casucha, enclavada en una zona más bien pobre del sur de la ciudad, estacionaron la minivan y caminaron hasta el portón verde.

Con la punta de una de las llaves del auto golpeó sobre la lámina repetidas veces, hasta que una muchachita les abrió.

—¿Está doña Lorenza?

—Sí. Pásele a sentarse.

En la sala se encontraban dos personas más, y tras la puerta del cuartito donde la bruja hacía su trabajo se podía escuchar su voz, alternada con la de un hombre, aunque no se alcanzaba a comprender de lo que hablaban.

Se acomodaron sobre el destartalado sofá, que estaba desocupado, y esperaron. El tiempo parecía no transcurrir y los resortes del mueble comenzaban a lastimarlas, haciendo que cambiaran de posición continuamente.

—¿Y qué piensan hacer en las vacaciones de verano? —rompió el silencio Claudia.

—Vamos a ir a Europa. Se supone que ya deberíamos tener los boletos y todo lo demás, pero no he visto que Toño traiga nada todavía. Le voy a preguntar hoy por la noche; bueno, si llega.

—¿A dónde van?

—Primero a España diez días, y luego nos pasamos a París y a Londres; y de regreso paramos en Nueva York tres días.

—¡Qué padre!

—Sí, amiga. Pero es lo menos que me merezco. Especialmente con lo que le estoy aguantando.

—Me imagino que les va a costar un dineral.

—No sé, pero no me importa. Para eso gana bien. Cómo le haga es su problema.

—Pues sí, ¿verdad?

La puerta del cuarto abriéndose interrumpió la conversación. Del interior salió un hombre de unos cincuenta años, vestido impecablemente y de aspecto distinguido, que saludó a todos con un “formal buenos días” y salió a la calle.

Tras la puerta apareció la cara de doña Lorenza preguntando:

—¿Quién llegó primero?

El hombre y la mujer que se encontraban ahí desde antes se levantaron a un solo tiempo y se dirigieron al interior del consultorio de la anciana. Las dos amigas se quedaron viendo entre ellas y soltaron una risilla.

—Seguimos nosotras. Espero que no se tarde mucho —dijo Claudia—, tengo que ir al baño.

—¿Por qué no fuiste en mi casa?

—Hasta ahorita me dieron ganas. ¿Dónde estará el baño aquí?

—No sé. Pregúntale a la que nos abrió.

Claudia se levantó de su asiento y salió hasta el patio en busca de la muchacha que les abrió la puerta cuando llegaron, pero no la encontró.

Miró a su alrededor, pero nada parecía que fuera un baño por ahí, así es que regresó a la sala y le dijo a su amiga:

—No la encuentro. Le voy a preguntar a la señora.

Sin esperar a escuchar la opinión de Laura se dirigió a la puerta del cuarto de consultas y la abrió lentamente, asomando apenas la cara hacia el interior. doña Lorenza y la pareja que se encontraba con ella guardaron silencio de repente y quedaron viéndola fijamente.

—Ay, perdón. Es que necesito usar su baño.

—Está acá atrás —respondió la anciana, señalando la puerta que se encontraba a sus espaldas.

Claudia atravesó la habitación y entró en el baño.

Minutos después atravesaba el cuarto de regreso mientras repetía a media voz:

—Perdón. Perdón. Perdón.

Su cara mostraba una sonrisa de triunfo cuando volvió a la sala.

—¿Lo encontraste? —preguntó Laura.

—Sí.

—¿Y cómo está?

Por respuesta Claudia se limitó a hacer una mueca de asco, mientras crispaba los dedos de la mano derecha sosteniéndola enfrente.

—¿Crees que falte mucho? Ya me está dando sueño.

—Ojalá que no. Ya estoy aburrida.

Quedaron en silencio por unos minutos, hasta que el sonido de la puerta al abrirse las hizo despertar.

La voz de doña Lorenza se hizo escuchar:

—Pásale, chula

—Laura volteó hacia su amiga y le dijo:

—Acompáñame.

La cara de Claudia se iluminó, poniéndose de pie de un salto. Las dos entraron en silencio y se acomodaron frente a la pequeña mesa cuadrada sobre la que se encontraban un cirio encendido y una baraja.

—Tus velas se fueron como agua —inició la bruja—; te tienen bien trabajada, pero ya pude ver lo que está pasando.

—¿Y qué es lo que pasa?

—Ésta te está preparando un muñeco y lo va a enterrar. Necesitas protegerte antes de que termine o se va a quedar con todo lo que es tuyo.

La cara de Laura ahora mostraba una expresión mezclada de asombro y miedo, con los ojos abiertos a más no poder. Del fondo de su garganta surgió la siguiente pregunta:

—Pero, ¿por qué? ¿Yo qué le he hecho?

—Quiere a tu hombre; y si de paso se queda con tu casa y con tus hijos, mejor para ella. Lo que quiere es sacarte del camino, convertirte en cualquier cosa para que no puedas defenderte. El trabajo que te está haciendo es negro y de los fuertes, pero no te preocupes, porque ya nos dimos cuenta y todavía estamos a tiempo. Si la dejamos que entierre el muñeco así como lo piensa, luego vamos a tener que ir a buscarlo para sacarlo, y eso es más difícil.

—¿Y cómo lo vamos a evitar?

—Para que el muñeco funcione tiene que tener algo tuyo puesto encima. Puede ser una cosa o un mechón de cabello o tus uñas, lo que sea, pero que sea tuyo. Ahora que llegues a tu casa vas a revisar que no te falte nada, y no permitas que tu esposo se lleve tu pelo o tus uñas, porque como lo tiene bien dormido, es capaz de ayudarle. Levanta todas tus fotos y las de tus hijos, y fíjate que no te falte ni una alhaja ni nada por el estilo, porque si te falta algo tenemos que saber qué es para neutralizarlo.

Laura había caído en un estado de pánico del que no lograba salir, y se limitaba a asentir con la cabeza mientras la anciana hablaba. Claudia también se veía afectada y permanecía impávida, tratando de comprender lo que sucedía.

—Te voy a tener que hacer tres limpias de pólvora, comenzando ahora mismo, y luego el martes y el viernes que vienen.

—¿Y eso cuánto cuesta? —preguntó Laura.


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