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Tiro al vuelo
Alejandro Volnié
Smashwords Edition
Copyright 2006 Alejandro Volnié
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1
—¡Agazápate, Chacho! —me ordenó David. Yo me acuclillé para zambullirme entre el zacate seco, justo hasta que las puntas quedaron a la altura de mis ojos, con las manos crispadas en la escopeta y mirando atento hacia donde él sostenía la vista.
—¿Ya las viste? Son tres, y vienen derecho para acá —siguió.
Yo no distinguía nada como no fuera el cielo por encima de los árboles que crecían unos cien metros más adelante. Los nervios no me dejaban reconocer una cosa de otra. Ni siquiera sabía qué tan lejos buscar. Las manos me temblaban y presentía que mis pies resbalarían. Estaba a punto de intentar mi primer tiro al vuelo. Sabía que la escopeta pateaba cuando era disparada, sobre todo por ser chica. La Stevens de un tiro que llevaba era un modelo corto, concebido para los brazos de un adolescente. Ya había sentido el golpe de la culata contra mi hombro la tarde anterior, cuando la probé por primera vez. Todavía me dolía el moretón que me dejó.
—¿Estás listo? —me preguntó David.
No. No lo estaba. Ni siquiera había pensado en amartillar la escopeta porque seguía buscando esas tres huilotas, tres palomas silvestres que él me decía que venían de frente pero que yo no encontraba en el cielo por más que me esforzaba. Aún así, decidí que era momento de preparar el disparo. Jalé la cola del martillo con el pulgar de mi mano derecha, que llegó hasta atrás y se atoró con un clic. Me sorprendió descubrir la facilidad con la que lo había logrado. En verdad que antes lo había sentido muy duro. La tarde anterior tuve que usar las dos manos para vencerlo. Sin embargo ahora se había movido con suavidad, sin oponer resistencia. Debía ser que la emoción me daba la fuerza necesaria para dominarlo.
—¡Ahí! —señaló, extendiendo el brazo izquierdo.
Entonces las descubrí. Ya estaban cerca. A distancia de tiro. Mostrando los pechos amarillentos mientras viraban, asustadas por nuestros movimientos súbitos. Me puse de pie y apunté. Un poco adelante, como me había dicho mi padre que debía hacerse, y tiré del gatillo. La escopeta descargó con un estruendo. Perdí de vista la huilota por un instante. Le había disparado a la que venía más adelante. Cuando la volví a ubicar contra el azul del cielo se alejaba volando, tan sana y entera como cuando venía. La acompañé con la mirada hasta que se perdió a lo lejos. Había fallado; no obstante, me sentía emocionado.
David quedó callado. No acostumbraba hablar mucho. Sólo me miraba mientras yo hacía por recargar la escopeta. La abrí y el casquillo vacío saltó impulsado por el extractor de resorte. Se me escapó entre los dedos y fue a caer entre el zacate, a un par de metros de distancia. Tuve que ir a buscarlo. Mi padre me había encomendado que juntara los cartuchos vacíos para recargarlos después. Así se ahorraría unos pesos, porque salía más barato volverlos a cargar que comprarlos nuevos.
Moví los tallos altos del pasto seco tratando de encontrarlo. La mano morena de David cruzó frente a mí para recogerlo. El dichoso casquillo estaba justo entre mis pies. Por lo visto, en ese lugar yo no era capaz de distinguir una cosa de otra. Él me lo entregó sin más comentarios, entonces puse un cartucho nuevo en la escopeta y la cerré, y así retomamos la marcha.
La vereda que seguíamos cruzaba a través de los restos de dos sembrados de sorgo, ya planos y pisoteados por el ganado, ascendiendo suavemente para luego bajar de igual modo hasta la barranca a la que nos dirigíamos. Apenas había amanecido. Cuando salimos de la casa de David todavía era de noche. La luz de la mañana nos sorprendió justo en donde comenzaba ese sendero, porque antes seguimos el borde de la terracería que llevaba de Tlayecac a Xalostoc.
Yo caminaba con trabajos, tropezando cada tres pasos porque no estaba acostumbrado a los terrenos irregulares. Por suerte calzaba botas de excursionista. David, en cambio, se había puesto los huaraches y caminaba ligero a pesar de que ya tenía sus buenos años. Cuando salía al monte o a los sembrados dejaba las botas vaqueras en casa, supongo que para que no se le rayaran, porque eran su calzado de vestir. Sólo se las ponía cuando iba de visita o recibía en su casa a alguno de sus compadres. La tarde anterior, cuando llegué en compañía de mi padre, las traía puestas, al igual que el sombrero de fieltro gris. Ahora llevaba uno de palma, ya un tanto raído.
Él también llevaba su escopeta, colgada del hombro con una correa de cuero. Otra Stevens, muy parecida a la mía, excepto que la de él era muy vieja y de tamaño normal, y estaba tan desvencijada que el tercio lo tenía amarrado con varias vueltas de alambre. Además, la suya era calibre 16, la mía del 20.
Yo sabía bien que él no dispararía, al menos no frente a mí. No era la primera vez que andábamos juntos en el campo. Había acompañado sus pasos y los de mi padre en varias ocasiones, aunque entonces yo tan sólo iba en calidad de morralero. Era mi padre quien cazaba y David quien lo conducía. A mí me tocaba llevar el morral con los cartuchos y cargar la pajarera con las huilotas muertas. Su escopeta no dispararía frente a testigos. Sabíamos bien que él no acostumbraba tirar al vuelo a pesar de que se jactaba de hacerlo. En vez, se metía bajo la sombra de algún huizache y esperaba inmóvil a que las huilotas se sentaran cerca, de preferencia de a muchas. Luego jalaba el gatillo en un tiro seguro, que por lo regular le costaba la vida a más de una. Entonces volvía orgulloso y exhibía el producto de su estrategia frente a nosotros, como para presumir de su habilidad superior de cazador, y jamás confesaba que las sorprendía mientras estaban sentadas. Así rendía cuentas de los pocos cartuchos que mi padre le suministraba cada vez al tiempo que lograba conservar algunos para sí.
Ahora que mi padre no venía con nosotros David parecía caminar más ligero que nunca. Me costaba trabajo aguantarle el paso, al punto que mi vista estaba fija en sus pies, como si quisiera ver exactamente en dónde apoyaba cada vez para pisar sobre sus huellas, pero los desgastados pantalones de algodón que vestía parecían flotar sobre la vereda más que caminar. ¿Y así suponía que yo iría mirando al cielo, en espera de la siguiente oportunidad de tiro? Me urgía llegar a la orilla de la barranca. Sabía bien que entonces nos acomodaríamos a la sombra de algún árbol para acechar el paso de las huilotas. Quizás ahí lograra cobrar mi primera presa, convirtiéndome por ese solo hecho en un auténtico cazador en vez del morralero que hasta ese día había sido. Triunfar en mi empeño era un asunto de orgullo.
Cuando por fin alcanzamos la anhelada orilla de la barranca yo resoplaba de la agitación. David, en cambio, seguía tan tranquilo. Me llevó hasta un árbol de ramaje ralo y me espetó una larga lista de recomendaciones: que me quedara tan pegado al tronco como pudiera y que me quitara el sombrero, porque a esas alturas del año las huilotas ya estaban muy tiroteadas y se espantaban con facilidad. Que pusiera atención a izquierda y derecha, porque desde ahí llegarían para buscar dónde sentarse. Que cuando le pegara a una no quitara la vista del lugar en el que hubiera caído o se me perdería. Que una vez que viera que alguna venía hacia mí ya no moviera la cara, porque me descubriría y se daría la vuelta. Y así, varias más. Ya las había escuchado todas antes, pero las soporté sin hacer gestos para no ofenderlo. Luego me dijo que se iba a alejar, que para espantar a las que estuvieran comiendo en los campos y que así pasaran por donde yo estaba. Entonces se marchó.
Miré cómo se alejaba por la vereda que corría paralela a la barranca hasta que desapareció tras una cima. Me di cuenta que estaba solo. Nunca antes había pasado por algo así. Era cierto que ya había estado antes en ese lugar, pero siempre acompañado. De pronto me entró un ataque de pánico y me aferré a la escopeta. Era mi única compañía, y todavía no le había agarrado confianza. A decir verdad, seguía produciéndome miedo. Además, era de un solo tiro. Si la tuviera que usar para defenderme no tendría más que una oportunidad.
El sonido de las alas de una parvada de huilotas en vuelo rasante me hizo mirar hacia arriba. Pasaban tan cerca de mí que pensé que podría alcanzarlas con la mano. Había estado pensando con la vista clavada en el suelo y no las vi aproximarse. Eran muchas. Veinte quizás. Amartillé y apunté. Demasiado tarde. Ya estaban muy lejos y las ramas del árbol obstruían el tiro. Entonces bajé el martillo. Con mucho cuidado para que no se me soltara, o podría dispararse la escopeta. El corazón me latía desenfrenado. Los pensamientos comenzaron a arremolinarse en mi cabeza.
Me vi en la escuela. Justamente en el patio, durante el recreo, cuando más solo me sentía en el curso del día. Mi naturaleza tímida me dificultaba relacionarme con los demás, lo que con frecuencia me hacía presa de los buscapleitos. En especial porque, para colmo, obtenía buenas calificaciones. Y mi físico tampoco me ayudaba. Estaba pasado de peso y no era hábil para los deportes. Pocas veces lograba que me incluyeran en los equipos que se formaban durante los recesos para patear un balón o jugar básquetbol. Todavía no había dado el estirón que la mayoría de mis compañeros sí. Quizás fuera el más bajito de mi clase. Eso también me hacía difícil relacionarme con las mujeres, y había una de la que estaba perdidamente enamorado. Bueno, eso en la escuela, porque también lo estaba de mi vecina. Y a ninguna de las dos me atrevía a hablarles. Bastaba con que se me acercaran para que me convirtiera en mudo. A veces no podía ni devolverles el saludo de lo paralizado que quedaba cuando las tenía cerca.
El ruido de alas me tomó por sorpresa nuevamente. Esta vez ni siquiera hice por apuntar. Las huilotas pasaron sobre mi cabeza y se alejaron. Esta vez me molesté. Estaba ahí para cazar, no para reflexionar sobre mis desgracias personales. Ahí era yo quien tenía el poder. Eran mis manos las que se aferraban a una escopeta. Todas esas huilotas huidizas estaban para servirme de víctimas y yo para fungir como su amo y señor. Tan sólo tenía que esforzarme para conquistarlas. Ya no pensé más. Mejor apunté la vista hacia el horizonte y comencé a barrerlo de ida y vuelta con atención.
Pasaron unos minutos, entonces descubrí un ave solitaria que volaba justo hacia mí. Todavía estaba lejos, sin embargo venía de frente. No me moví más que lo necesario para amartillar la escopeta, y hasta eso lo hice muy despacio. No viré la cara. Solamente la seguí con los ojos hasta que estuvo a una distancia que me pareció apropiada. Entonces levanté la escopeta y la encañoné. Seguí su vuelo por un par de segundos, cuidando de tirar un poco adelante, como me lo habían explicado. Disparé.
Nada. Fallé una vez más. Por lo visto no era tan sencillo como parecía, no obstante que los perdigones de plomo se abrían para formar un círculo de casi un metro de diámetro. Quizás hubiera disparado cuando todavía estaba muy lejos el blanco. Me habían dicho que lo más largo que debería tirar era a cincuenta metros, aunque treinta era mi alcance ideal. O quizás no había apuntado suficientemente adelante. ¿O habría sido lo contrario? Demasiadas preguntas para las que no tenía una respuesta. Mejor recargué. Seguiría intentándolo hasta conseguirlo, de eso no tenía duda.
2
Cerca de las nueve y media apareció David de regreso. Comenzaba a hacer calor. Había transcurrido más de un cuarto de hora desde que pasó la última huilota. En cuanto la mañana calienta buscan donde sentarse, y ya no se mueven hasta bien entrada la tarde. La cacería había terminado.
Después de 23 intentos todavía no había logrado acertar mi primer tiro. Lo más que había conseguido fue sacar unas cuantas plumas de una de tantas a las que les disparé. Me sentía molesto de descubrir que me iría tal como llegué, todavía en calidad de morralero.
—¿Cuántas? —preguntó David a modo de saludo.
Yo moví la cabeza de lado a lado en resignada negación. Él no hizo más comentario, tan sólo metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó la que había cazado, que me la entregó para que la pusiera en mi morral. La tomé casi con coraje. Sabía que la había agarrado sentada. Siempre lo hacía así. Me dio la impresión de que presumía, pero no me quedaba más que soportarlo.
—¡Vámonos! —ordenó—. Vete por delante. Todavía puede salir tiro en el camino.
En eso tenía razón. Deberíamos cruzar un kilómetro de campos antes de llegar a la terracería, y era ahí donde las huilotas comían. Podría suceder que se nos atravesaran una o dos que aún siguieran por ahí. Tomé la delantera, en actitud de atención y sin mirar dónde iba pisando, levantando los pies en lugar de arrastrarlos para no tropezar. Entonces descubrí por qué David podía caminar mirando hacia arriba. Él también alzaba los pies a cada paso, apenas un poco, pero lo suficiente para no trompicar.
Avancé despacio. No quería que la mañana de cacería se me terminara sin haber conseguido al menos una presa. Mi estrategia rindió frutos, cuando menos en cuanto a producirme una nueva oportunidad, porque al cabo de unos metros una huilota solitaria enfiló hacia nosotros.
Nos acuclillamos para esperarla, tal como lo hicimos más temprano, cuando apenas íbamos. Esta vez sí la estaba viendo, y esperé hasta que estuvo muy cerca, entonces me puse de pie y disparé. La paloma refrenó el vuelo por un instante y luego siguió.
—Pasaste por delante —sentenció David—. ¡Tírale al bulto!
“Al bulto”, pensé yo. “¡Si hay que adelantar el tiro!” Eso ya me lo habían explicado. Y tenía sentido. Sin embargo era un hecho que mi disparo no acertó porque pasó por delante de la huilota. No dije nada, sólo recargué y retomé la marcha. Ya eran 24 intentos y todavía no acertaba el primero. Quizás valdría la pena probar lo que David decía: tirarle al bulto.
Ya para abandonar los campos surgió mi última oportunidad de la mañana. Una vez más una huilota que se enfilaba hacia la barranca apareció frente a nosotros. La misma rutina se repitió. Primero en cuclillas y ponerse de pie cuando ya estuviera a tiro. Esta vez apunté al mero animal. Era lo único que me faltaba por ensayar. Disparé esperanzado. Era mi intento número 25, que daba cuenta exactamente de una caja completa de cartuchos; todo lo que llevaba. Tenía que ser el bueno. Ya no traía con qué recargar la escopeta.
La paloma pasó rauda, aunque dejó la cola en el camino. Los perdigones apenas la rozaron por detrás cortándole algunas de las plumas traseras, que cayeron despacio, mecidas por el viento.
—¿No que al bulto? —reclamé a David en un acceso de frustración.
Él solamente se encogió de hombros.
3
Cuando llegamos a casa de David ya hacía calor y yo sudaba. Ahí nos esperaba la Magdalena, la menor de sus hijas, que se encargaba de atenderlos a él y a Mario, el otro hermano que todavía quedaba ahí. Los demás hacía tiempo que habían emigrado, unos a la Ciudad de México y otros a los Estados Unidos. De los nueve que eran solamente ellos dos seguían en Tlayecac. Su madre había fallecido siete años atrás y David permanecía viudo, aunque ya hacía por cambiar su situación enamorando a la Eugenia, mujer también viuda y abandonada por sus hijos que era propietaria de la única tienda del pueblo. Un buen partido, sin duda.
La Magdalena estaba frente al fogón de leña, disponiendo el almuerzo. Elotes cocidos en salsa de tomate verde, tortillas hechas a mano con el nixtamal que ella misma molía en el metate cada día y una olla de frijoles negros. Su figura bajita y menuda la hacía parecer todavía muy niña, sin embargo ya no lo era tanto. Esa mañana se había trenzado el pelo con listones. La tarde anterior, cuando llegué, llevaba una sola trenza, gruesa y negra, que le colgaba hasta la cintura.
David apenas entró para dejar la escopeta en un rincón y volvió a salir. Yo hice otro tanto, intrigado porque alcancé a notar cómo me veía la Magdalena. Caminamos hasta el patio trasero, donde las gallinas picoteaban. Ahí había una palangana y un cubo con agua, que usamos para lavarnos la cara y las manos. Luego regresamos al interior.
El almuerzo ya estaba en la mesa. David se sirvió primero y después yo. Ella al final.
—Mañana vamos de vuelta —anunció David rompiendo el silencio—. A ver si ahora sí.
Me tomó por sorpresa. La sonrisa pintada en la cara redonda de la Magdalena me tenía distraído y ya me estaba poniendo nervioso. Podía darme cuenta que me coqueteaba. ¡Pero su padre estaba enfrente! Yo no conocía los modos del lugar. Si nos descubría seguro que se molestaría. Además, yo no podía verla con ojos de deseo. Éramos demasiado diferentes. Yo era producto de la gran ciudad. Ella vivía en el campo. Mi padre era un importante abogado. El suyo, un ejidatario. Yo llevaba sangre mezclada, predominantemente española. Ella era una indígena. Y sin embargo algo estaba consiguiendo con sus miradas furtivas, porque me había hecho perder la calma.
Terminé pronto con el almuerzo y salí. Busqué acomodo bajo el árbol que sombreaba el frente de la casa. Ahí estaban dispuestas varias piedras a modo de asientos, separadas del resto del área por un muro de rocas amontonadas, acomodadas de ese modo para evitar que las vacas ocuparan el espacio por la noche, cuando las encerraban. Así se mantenía limpio el lugar, destinado a recibir a los visitantes cuando llegaban para conversar por las tardes, ya terminadas las labores del día.
Habría transcurrido cosa de media hora cuando David salió. Ahora llevaba el sombrero de fieltro gris y las botas vaqueras, y se había mudado de ropas. Adiviné que se disponía a visitar a la Eugenia, aunque no me dio razón de lo que se proponía. Sólo me dijo que volvería después y que la Magdalena saldría al monte para llevarle el itacate a Mario y juntar leña. Lo mejor sería que la acompañara, de otro modo quedaría solo en la casa.
4
Yo no estaba seguro de querer emprender una nueva caminata por los cerros. Sabía que Mario se llevaba las tres vacas y las seis cabras a pastar durante el día. No regresaba sino hasta eso de las seis, cuando ya no faltaba mucho para el anochecer. Ir a buscarlo implicaba caminar al menos unos seis kilómetros más, que se sumarían a otros tantos que ya llevaba recorridos para esas horas. Por otra parte, quedarme solo no se me antojaba. Ahí no había mucho que hacer. Intentaba decidirme cuando la Magdalena apareció, montada en un burro. Se detuvo y me invitó:
—¿Vienes?
Me puse en pie de un salto. Ella esperaba mi respuesta con la misma sonrisa de antes, mostrando sus dientes blancos y derechos. Me acerqué para responderle, pero ella no me dejó hablar, se corrió tanto como pudo sobre el lomo del animal y me señaló las ancas. Lo pensé por un momento, la pobre bestia era en verdad pequeña. Se me figuraba un acto criminal cargarla con mi peso además del de ella.
—¡Ándale! —insistió, palmeando las ancas grises del jumento.
Entonces lo decidí. Me monté como me lo indicaba aunque intenté que mi cuerpo quedara separado del de ella. El pobre borrico era tan bajo que mis pies colgaban casi rozando el suelo. Me sentí mal por él.
La Magdalena lo azuzó y el animal emprendió la marcha con paso calmo y cadencioso, como si no notara la carga que llevaba encima. Y con cada vaivén de su espinazo yo resbalaba hacia adelante, hasta que mi cuerpo quedó pegado al de ella. Entonces me preguntó:
—¿Hasta cuándo te vas a quedar?
—Nada más lo que es la Semana Santa —contesté un tanto intrigado. Me costaba trabajo creer que su padre no se lo hubiera dicho antes, aunque viéndolo bien, era de esperarse. David no hablaba mucho, y no le hacía falta hacerlo. No tenía que dar explicaciones a sus hijos. A lo sumo, instrucciones.
—Hoy es Domingo de Ramos —siguió ella—. ¿Te regresas en Pascua?
—No, el sábado vendrá mi padre por mí. Así quedamos.
Guardamos silencio. Sólo se oían los pasos del animal pisando sobre la grava del camino. Los pensamientos se me dispararon. Primero imaginé a mis compañeros de clase mirando la escena que representábamos la Magdalena, el burro y yo. Hasta poco antes no me habría imaginado montando una bestia como ésa. Quizás un caballo sí, lo que habría resultado un tanto más digno. Pero, ¿un borrico? Y luego, ¿uno tan pequeño? Seguramente me habrían hecho blanco de sus burlas una vez más. Quizás si llevara la escopeta conmigo infundiera algo más de respeto, pero la había dejado en la casa.
Por otra parte, el cuerpo de la Magdalena rozando con el mío me ponía a pensar. Nunca antes había tenido a una mujer tan cerca, cuando menos no en posición frontal. A lo sumo porque hubiéramos estado sentados uno junto al otro, en un coche o algo así. Y lo más intrigante era que a ella no parecía molestarle.
La cercanía comenzaba a causarme efecto. Ya no sabía si dejarme llevar o poner fin a la situación, y mientras hacía por decidirlo me esforzaba por separarme de ella, pero los movimientos del lomo del animal se encargaban de pegarme a su cuerpo cada vez. Entonces me dio por preguntarme qué habría hecho alguno de mis compañeros de clase en una situación como ésa. Uno de tantos que ya iban en la tercera o cuarta novia y que presumían de haberlas llevado a todas a la cama. Quizás se habrían aprovechado. O quizás se les habría hecho que la Magdalena era poca cosa para ellos. Estaba confundido, y el viaje continuaba.
Al cabo de veinte minutos ella levantó la mano y señaló.
—Ahí está Mario.
Sentado a la sombra de un huizache vigilaba al ganado. Apenas lo vi me baje del burro por las ancas. Me daba miedo que me descubriera tan pegado a su hermana. No sabía cómo lo tomaría y no pretendía averiguarlo. Caminé los doscientos metros que nos faltaban para llegar hasta él. La Magdalena reía divertida, como si comprendiera mi predicamento y lo celebrara.
Por un momento me sentí irritado. Yo estaba en esos lugares para cazar huilotas, todo lo demás no eran sino complicaciones que ni deseaba ni necesitaba. Las circunstancias me habían colocado en una situación imprevista y ahora debía encontrar el modo de manejarla.
Llegamos hasta donde Mario para dejarle el itacate. La Magdalena le pidió el machete que llevaba colgado del hombro. Él se lo entregó con ademán de estar acostumbrado. Entonces enfilamos rumbo a una zona de lomas, pobladas de huizaches y otros árboles, que más adelante se convertían en los cerros escarpados que dominaban el paisaje.
La Magdalena pronto comenzó a juntar la leña que había ido a buscar. Algunos tramos levantados del suelo, otros arrancados de los troncos secos con la ayuda del machete. Manejaba el instrumento con maestría. Tan menuda que se veía antes, ahora se percibía temible, blandiendo con energía la hoja afilada para arrancar a los árboles el combustible de su fogón. Yo la miraba parado junto al burro. Ella llegó con una carga tan grande como sus brazos se lo permitían y la tiró frente a mí.
—¿No me vas a ayudar? —preguntó en son de reto.
Tenía razón. Debía ayudarla. No se me había ocurrido porque ni siquiera imaginaba cómo era esa leña que había salido a buscar. Sin embargo, ahora que había un muestrario amplio justo a mis pies, ya sabía cómo era eso a lo que ella llamaba leña. Pero mi orgullo de macho no me permitiría simplemente recogerla del suelo, entonces me atreví a decirle lo que pensaba:
—Préstame el machete.
Me lo entregó sin pensarlo. Esta vez ella se quedó junto al burro y yo me enfilé hacia un tronco cercano, armado con la temible herramienta de la que tantas historias se contaban. Escogí una rama seca y asesté un golpe con decisión. En vez de desprender el trozo de madera como yo lo suponía, mi golpe se desvió ligeramente y rozó contra lo macizo del árbol, lo que hizo que la hoja pegara de costado. El sonido del metal vibrando le arrancó una nueva risa a la Magdalena mientras a mí me causó un dolor que me recorrió el antebrazo. Y la rama en el mismo lugar que antes. Me sentí humillado. ¿Cómo podía ser que una mujer pudiera más que yo? Tuve que hacer un nuevo intento de inmediato, esta vez con éxito. Entonces volteé orgulloso para mirarla. Seguía riendo.
Juntar tanta leña como la que llevó en el primer viaje me tomó casi media hora en vez de los diez minutos que ella necesitó. El brazo me dolía de tantas veces que el machete rebotó en vez de cortar. Se lo devolví. Mejor me puse a levantar lo que se podía encontrar en el suelo. Tuve que caminar más, pero sin duda quedé menos cansado al final.
Tras casi tres horas de esfuerzos el burro quedó cargado a tope con leña. No había espacio para una sola vara más. Ya atardecía para entonces. Volvimos donde esperaba Mario para hacer el camino de regreso todos juntos, esta vez a pie. Supuse que me sentiría aliviado de no tener que ir en ancas como en la ida, sin embargo lo que sucedió fue lo contrario: extrañaba la cercanía del cuerpo de la Magdalena. Apenas lo había sentido por primera vez un poco antes y ya me hacía falta. Estaba confundido, muy confundido.
La puesta del Sol nos acompañó en nuestro andar. La marcha no tuvo nada de silenciosa. Primero por el cencerro que colgaba del pescuezo una de las cabras. Luego porque las vacas hacían rodar cuanta piedra se atravesaba en su camino. Pero lo que más ruido hacía y más sorprendido me tenía era que Mario cantaba a todo pulmón, repitiendo una vez tras otra el mismo verso de una canción. Cuando le pregunté a la Magdalena por qué cantaba así me respondió que lo hacía para alejar a los malos espíritus del camino. En esos lugares los pastores acostumbran cantar mientras caminan solos por el monte. No tenía nada de extraño lo que su hermano hacía.
Llegamos con la última luz del día. David ya nos esperaba. Había prendido los dos focos de la casa. El que alumbraba afuera, justo en la entrada, y el que iluminaba la estancia, donde estaban la mesa y el fogón. Para alumbrar en cualquier otra parte había que encender una de las latas de insecticida OKO rellenas con petróleo, a las que se les agregaba una tapa con mecha de las que vendían en la tienda de la Eugenia.
Sobre la mesa había una cesta con pan de dulce. A mí no me llamó la atención, pero noté que Mario y la Magdalena abrían los ojos grandes al mirarla. No era lo que acostumbraban merendar. Entonces comprendí que David había hecho el gasto porque mi padre seguramente le había dejado algún dinero. Algo más que los cincuenta pesos que le regalaba después de cada mañana de cacería.
—Pon leche —ordenó a la Magdalena. Luego se sentó.
5
Faltaba una hora para el amanecer cuando la tos de David me despertó. Estaba parado en la entrada de la habitación. Solamente se distinguía su silueta, recortada contra el foco encendido a sus espaldas. Noté que todo el cuerpo me dolía. Era la segunda noche que dormía sobre un petate y nunca antes lo había hecho. A pesar de haber aprovechado una de las dos mantas que llevaba para acostarme sobre ella, el suelo de tierra apisonada me resultó demasiado duro. Y a eso se sumaba el moretón en mi hombro derecho, provocado por el recular de la escopeta, y el entumecimiento en el antebrazo, que me recordaba que no sabía usar el machete.
Los tres nos incorporamos. La Magdalena, Mario y yo. Compartíamos el cuarto porque no había más. De las otras dos habitaciones, una la usaba David. Ésa era la más pequeña, que apenas alcanzaba para acomodar la desvencijada cama de resortes sobre la que él dormía. La tercera servía de bodega y estaba llena de extraños trebejos que yo no lograba explicarme. Supongo que enseres agrícolas y cosas así.
Me sentía raro. Había dormido vestido por segundo día y no me había bañado desde que llegué. En esa casa no había cómo hacerlo, a no ser que acarreara agua desde el grifo del pueblo y me la surtiera a jicarazos, parado en el patio y rezando para que nadie me descubriera casi desnudo. Eso era mucho más de lo que estaba dispuesto a intentar. Prefería seguir mugroso. Bastante era atreverme a usar la letrina, cuyas paredes de varas tejidas era muy poco lo que cubrían.
—¡Vámonos, Chacho, que ya no tarda en amanecer!
La Magdalena nos preparó un jarro de leche con café a cada uno. Mientras lo sorbíamos David instruyó a Mario.
—Vamos a ir para la barranca, igual que ayer. Nomás que amanezca te vas para allá con las vacas. Yo tengo que regresarme pronto para acá. Ahí se quedan hasta la tarde. Luego les lleva el itacate la Magdalena.
A mí ni siquiera me tomó parecer. Me trataba con la misma autoridad que a sus hijos. No me quedaba más que acatar. No me molestaba, pues a eso había ido: a pasar el día en los campos mientras trataba de cazar mi primera huilota, y estaba en sus manos. Sin ellos yo no valía nada en ese mundo.
Tomé una caja nueva de cartuchos y la acomodé en el morral. Tenía a mi disposición la dotación justa. 25 disparos por día durante siete días. Ni uno más. Mi padre me había dicho que un buen tirador podía cobrar una presa por cada tres intentos, en especial si se tomaban en cuenta las características de ese lugar. Era fácil perder una huilota muerta entre el zacate, y cuando caían heridas a veces se ocultaban en lo espeso, además de que nadie acierta la totalidad de las veces. Yo quedaría conforme si conseguía una sola con todos los tiros que llevaba. Así de ansioso estaba.
Emprendimos la marcha siguiendo el mismo camino de la mañana anterior. Esta vez David no llevaba su escopeta. No tenía caso cargarla si pensaba regresar pronto. El cielo se había tornado rojo intenso detrás de los cerros y el viento soplaba provocando que la piel se me enchinara por el frío.
Las pocas huilotas que pasaban mientras cruzábamos los campos lo hacían con viento de cola, volando a una velocidad que no permitía siquiera intentar el disparo. Y todavía había poca luz, porque apenas clareaba. Entré en un estado de excitación que no me conocía. Levantaba la escopeta en el intento de seguir el vuelo raudo de esas sombras que se recortaban contra lo rojo del cielo, pero no conseguía ni siquiera apuntarles. Y seguían apareciendo, provocándome la urgencia de jalar del gatillo.
—Asegura tu tiro —sentenció David—. Así como están pasando no les vas a dar. Mejor espérate.
Lo que me decía tenía sentido, sin embargo yo estaba ansioso, ávido de intentarlo aunque temeroso de fallar. Por eso seguía encañonando a las que pasaban sin atreverme a disparar. Lo único que conseguía era retardar la marcha, porque de pronto llegaban por todas partes y yo no me había movido del mismo sitio. Estaba ocupado en el inútil ejercicio de tratar de ponerlas tras el grano, esa bolita plateada pegada en la punta del cañón.
—Mejor le seguimos —me conminó David.
Tenía razón. No había conseguido más que marearme. Quizás si llegaba al mismo sitio que la mañana anterior, en donde solamente podía ver a las que venían por el frente, lograra recuperar el control, porque en ese sitio más parecía yo un contorsionista que un tirador.
El resto del camino traté de no mirar hacia arriba. El sonido de alas que no cesaba me mantenía alterado porque cuando volteaba para buscar su origen no lo encontraba. Esas palomas silvestres seguían pasando demasiado rápido. El viento no aflojaba.
—Cuando mires que vienen de a muchas, escoge una. Y nada más te fijas en ésa —me recomendó David.
Por fin estábamos bajo el mismo árbol de ayer. El Sol ya brillaba tras los cerros y el cielo había pasado de rojo a azul. De las cantidades de huilotas que hacía unos minutos me volvían loco ahora ya no quedaba nada. Esos animales acostumbran bajar a los campos con el alba. Para cuando hubo luz de día ya todas estaban sentadas entre los rastrojos, picoteando por su alimento. Sólo el viento continuaba, y la piel se me había vuelto a enchinar.
—Viene una —me avisó señalando hacia delante.
Esta vez sí la vi. Por lo visto aprendía rápido. Esperé a que estuviera cerca y la encañoné, pero abrió las alas y refrenó el vuelo. Describió un pequeño círculo y se sentó entre los tallos truncos del sorgo. No nos había descubierto todavía, sólo iba a comer.
La silueta de la huilota picoteando se paseaba frente a nosotros. Estaba a distancia de tiro. Yo la observaba nervioso, esperando que levantara el vuelo de nueva cuenta. Fue cuando David me dijo que disparara, pero yo no obedecí. Tirar al vuelo es un reto. Cazarlas sentadas no. Así me lo habían explicado, y yo lo creía cabalmente.
—¡Ándale! Que ya se aleja caminando.
—¡Sentadas no! —respondí airado. Entonces recordé que él sí lo hacía. Quizás lo ofendiera mi respuesta, pero no pensaba transigir. Era cuestión de principios.
David me retiró la palabra mientras permaneció conmigo. No podía adivinar si porque le dije que yo no estaba dispuesto a matar una huilota sentada o simplemente porque lo había desobedecido. En todo caso, eso no me importaba. Ya se le pasaría. Además, no estaría mucho tiempo junto a mí. Mario se habría puesto en camino en cuanto clareó y no tardaría en llegar. Ya se alcanzaba a escuchar el cencerro en la distancia. El viento que nos pegaba de frente traía los sonidos desde muy lejos.
6
Media hora más tarde el viento por fin amainó. Ahora no era más que una brisa suave. Mientras duró, pocas aves se vieron en el aire. Ni huilotas ni de otras. Apenas había intentado tres disparos, que todos fallaron. A mi falta de experiencia se había sumado la velocidad con la que pasaron mis blancos. Pero ahora todo cambiaba. Mario estaba sentado junto a mí, mirándome con su cara redonda que se parecía mucho a la de su hermana, no así a la de su padre, que era de facciones largas y afiladas. Imagino que ambos heredaron el aspecto de su madre.
Casi no habíamos hablado. Los dos mirábamos hacia el horizonte. Solamente cuando descubría una huilota en el aire me avisaba. Por lo demás, guardaba silencio.
Entonces sucedió lo que tanto había anhelado. Volando de izquierda a derecha, a unos 25 metros de distancia, apareció una huilota. Me pareció que era muy grande, lo que no podía ser. Supongo que la impresión de tamaño se debió a que ésta sí se encontraba en rango de tiro. Quizás había intentado acertar en las que pasaban demasiado lejos, fuera del alcance de mis perdigones. Eso no tenía importancia. Lo que tocaba era acertar mi siguiente disparo. Amartillé la escopeta y la apoyé en el hombro. Apunté con cuidado. Primero al cuerpo, y luego un poco adelante. Un metro quizás. Seguí acompañando el recorrido del ave por un par de segundos. Luego oprimí el gatillo con suavidad.
El disparo me provocó un parpadeo. Como si yo mismo me hubiera sorprendido por la detonación. Frente a mí el elegante perfil de la huilota quedó convertido en una bola que giraba al caer, y en el aire una nube de plumas, que se mecería en la brisa con suavidad hasta llegar al suelo.
Mario se puso de pie y salió volado hacia donde cayó mi víctima. Yo boté la escopeta y lo perseguí. No quería que llegara antes que yo. Ése era mi momento de triunfo y de nadie más. Pero él era ligero y sabía pisar en lo disparejo. Yo iba tropezándome. Cuando llegué él ya la tenía en las manos. La levantó y me la mostró orgulloso. Entonces me lo confesó. Nunca había visto que alguien cazara una volando. La gente de por ahí las acechaba en los sombreaderos y las mataba cuando estaban sentadas, tal como lo hacía David. Esperaban a que se juntaran varias para abrir fuego. Así obtenían más de una por cada disparo. Además, la mayoría ni siquiera podía tirar más lejos que a unos veinte metros porque se acostumbraba usar escopetas de chimenea o de pistón, de ésas de pólvora negra que se cargan por la boca del cañón. Era lo más económico, aunque poco potente.
Volvimos bajo el árbol. Mario no soltaba la huilota muerta. Parecía estar aún más orgulloso que yo de nuestra hazaña. La alegría le soltó la lengua. A partir de ese momento ya no dejó de hablar. Mientras contemplaba nuestra presa con ojos de emoción me contaba su vida completa. Yo no quería escuchar sus historias porque me distraía. Apenas llevábamos la primera. Todavía quedaba tiempo suficiente para lograr algunas más.
En las dos horas siguientes nuestra cuenta llegó a tres. Tres huilotas en total, con 22 disparos. Una que venía de frente y otra que se cruzó de derecha a izquierda terminaron haciéndole compañía a la primera. Yo no cabía en mí de felicidad. Por fin me había convertido en cazador, y ahora tenía a mi propio morralero, que era Mario. Ya se había cruzado la correa de cuero por el pecho y colgado las huilotas de las cintas trenzadas que pendían de él, y no lo soltaba mientras iba y venía para acercar a las cabras, que no cejaban en sus intentos de desbalago.
Pasadas las diez ya nada se movía salvo los zopilotes que rondaban muy en lo alto. No teníamos nada que hacer como no fuera conversar, pero no se me antojaba. Mejor me senté pegado al tronco y me recargué con la escopeta cruzada sobre las piernas. Me sentía muy cansado, quizás por efecto de las emociones de la mañana. A los pocos minutos ya cabeceaba.
7
Debo haber cabeceado por cerca de una hora, en intervalos de sueño interrumpidos por el sobresalto con el que despertaba cada vez. A Mario no parecía importarle que yo me hubiera desconectado. Cada vez que abrí los ojos lo encontré en la misma posición, sentado sobre una piedra con la mirada perdida en lo lejano.
Podría haber continuado en el acceso de letargo por horas, pero en uno de mis regresos a la realidad descubrí que la Magdalena ya había llegado. No la escuché cuando se aproximaba y no había dicho palabra. Cuando mi mirada se cruzó con la de ella, sonreía divertida. Al parecer encontrarme dormido le había hecho gracia, y ya llevaba algunos minutos contemplándome.
Mario ahora desplumaba las huilotas. Luego les sacó las entrañas. Con el calor que aumentaba se echarían a perder pronto de no hacerlo así.
—Les traje el almuerzo —anunció por fin la Magdalena—. Eché la huilota de ayer en salsa para que te la comas —siguió, ahora dirigiéndose a mí.
Yo seguía amodorrado, por lo que no respondí. En vez me quedé pensando. La solitaria paloma que David cazó la mañana anterior no había estado presente entre mis recuerdos. No me detuve a considerar su destino porque no era mi presa, sino la de alguien más. Pero lo que la Magdalena había hecho tenía sentido. En su casa no había modo de conservar carne fresca. O la guisaba de inmediato o la daba por perdida. Mi padre solía meter los productos de la cacería en el congelador, y cuando reunía suficientes mi madre preparaba una gran comilona con ellos. Aquí sucedía lo contrario. Había que dar cuenta de las presas tan pronto como fuera posible, sin importar cuántas fueran. Y comérselas era una suerte de obligación moral que justificaba en última instancia el acto mismo de cazar, porque solamente se debe matar lo que se ha de consumir. Ésa es una pieza fundamental de la ética del cazador.
—Bueno —logré articular tras mi disertación mental—, pero ya tenemos otras tres.
—Traigo el guisado en una olla de barro. Podemos ponerlas también. Así quedan todas juntas.
Entonces comprendí por qué Mario se había abocado a la tarea de desplumar y vaciar las que hasta hacía poco colgaban del morral. Ya sabía que debíamos comerlas ese mismo día y en ese mismo lugar.
—Pero vamos a la barranca —intervino él—, para estar en lo fresco.
Apenas limpias las huilotas las entregó a su hermana. Entonces se levantó de las cuclillas en las que había estado trabajando y se enfiló a la rastrojera que teníamos enfrente. Rodeó a las tres vacas y las arreó hacia la barranca, a unos cincuenta metros de donde estábamos. Luego se volvió a alejar e hizo otro tanto por las cabras, que se habían separado. Cruzó la línea de árboles a la que pertenecía el que nos cubría y se perdió de vista.
—¡Vamos! —me invitó la Magdalena.
Pusimos rumbo al mismo punto por el que Mario apenas se había perdido de nuestra vista, luego seguimos sus pasos. Ahí comenzaba una vereda empinada que atravesaba una pequeña hondonada, preámbulo de la barranca. Bordeada por un zacatal tupido, la senda era angosta. Mario y los animales ya habían llegado al borde y doblaban tras un huizache frondoso para desaparecer enseguida con rumbo al fondo. Yo seguía los pasos de la Magdalena, que pisaba por ahí con naturalidad. A pesar de calzar huaraches parecía no espinarse. A mí me pasaba lo contrario. Sentía los pies resbalar entre las piedras sueltas y avanzaba con trabajos.
Llevábamos caminada la mitad de los cuarenta o cincuenta metros de ancho de la hondonada cuando algo sonó entre el pasto. Los dos volteamos para mirar, justo a tiempo para descubrir el rabo blanco de un conejo que se perdió entre la maleza tras haber dado tres saltos. Quedé paralizado por la emoción. Llevaba una escopeta en las manos y todavía me quedaban tres cartuchos. Un cazador experimentado no habría perdido el tiempo como yo, habría intentado el tiro de inmediato. Digo que un cazador experimentado, porque eso de atinarle a un conejo era algo muy distinto que dispararle a una huilota, que las más de las veces ya la has seguido con la vista por varios segundos. Aquí se trataba de ejecutar un disparo instintivo, y ahora me daba cuenta que mis instintos aún eran muy pobres. En vez de haber encañonado seguía paralizado.
—¿Por qué no le tiraste? —preguntó la Magdalena.
Me tardé en responder. Estaba tan exaltado como si lo que se me presentó hubiera sido un león. El corazón me latía desbocado y todavía trataba de digerir la experiencia. Era la primera vez en mi vida que me topaba con un conejo en el monte, y la obligación de cazarlo estaba implícita en el hecho de llevar una escopeta entre las manos. En otras circunstancias quizás me habría parecido divertido el haberlo encontrado, pero esta vez no. Me sentía humillado por mi falta de capacidad para reaccionar, y que ella me preguntara con tanta naturalidad por qué no había intentado el tiro me hacía sentir como un tonto.
—No me dio tiempo —repuse por fin—. Apenas pegó tres brincos y desapareció.
—Ah —contestó, concediéndome la razón.
Pero yo había quedado encendido. Si en ese lugar había un conejo, tenía que cazarlo. Ahora no podía pensar en otra cosa que en cobrar venganza de ese bicho que me había hecho quedar en ridículo al poner en evidencia mi falta de habilidad como cazador. Y tanto peor, que lo hizo justo enfrente de una mujer. Mi amor propio estaba herido. Apenas unos momentos atrás me había sentido tan orgulloso. ¡Si había cazado tres huilotas un par de horas antes! ¡Mis primeras tres! Un gran logro, sin duda. Ahora ese rabo blanco saltando entre el zacate me había recordado que todavía me faltaba mucho por aprender, y yo lo tomaba como una afrenta personal.
Retomamos la marcha que la aparición del conejo interrumpió. No quedaba ya nada por hacer en donde estábamos. Alcanzamos el borde de la barranca y seguimos la vereda, que bajaba empinada siguiendo la pared. Pronto se sintió el cambio en el ambiente. El lugar estaba sombreado. El agua, que formaba charcos entre las rocas grises y redondeadas del fondo, lo cargaba con humedad. Se alcanzaba a escuchar como si un arroyuelo corriera, aunque no se notaba el movimiento. Estábamos en la época más seca del año y la corriente era mínima, aun así, la había.
Cuando llegamos al fondo las vacas sorbían de una gran poza de agua cristalina, configurando los labios en forma de tubo para aspirar. Hacían ruido, mucho ruido. Las cabras también bebían, pero extendiendo la lengua con movimientos rápidos y cortos. Mario ya juntaba leña de entre la madera en las orillas, lejos del agua, que parecía llevar ahí mucho tiempo; quizás desde la última crecida, meses atrás, cuando era época de lluvias.
La Magdalena bajó la bolsa con la bastimenta, que hasta entonces había cargado con trabajos, y acomodó alguna piedras, muy juntas, para que alcanzaran a soportar la olla de barro. Mario rellenó el fondo del improvisado fogón con la leña, primero las varas más delgadas y encima las ramas gruesas. Entonces sacó una cajita de cerillos de su bolsillo. La abrió con cuidado y tomó uno solo. Después la cerró.
Se acuclilló muy cerca de las piedras y levantó la cara para sentir el viento. Por el fondo de la barranca corría una brisa fresca, suave pero continua. Se puso de espaldas a la corriente y talló la cabeza del fósforo contra la lija de la cajilla, en un movimiento mesurado que ejecutó casi con reverencia. Luego protegió la flama incipiente ahuecando las manos mientras esperaba a que cobrara algún brío. La acercó a las varas finas y las encendió. Yo lo observaba con atención. A mí quizás me habría tomado más de un intento poner la hoguera en funcionamiento. Él, en cambio, había utilizado un solo fósforo, sacado de una cajita que ya se notaba vieja. De pronto comprendí por qué se veían tan deslavados los colores de su cartoncillo. Seguramente llevaba varias semanas en su bolsillo. Y la trataba como si fuera un tesoro, lo que tenía cierta lógica: los cerillos cuestan.
La Magdalena colocó la olla de barro sobre las piedras. La flama de la hoguera estaba alta. Adentro había más de la misma salsa de tomate verde del día anterior, pero ahora lo que flotaba adentro no eran elotes, sino bolas de masa y la huilota solitaria que les hacía compañía. Apenas colocado el cocimiento sobre el fuego tomó las tres huilotas de esa mañana y las enjuagó con agua de la poza, por dentro y por fuera. Para hacerlo tuvo que sacar los corazones, los hígados y las mollejas, que Mario había devuelto al interior de cada una tras haberse deshecho del resto de las entrañas. Todo terminó en la salsa verde, adicionado de un pellizco generoso de sal de grano de la que llevaba para ponerles a las tortillas. Solamente faltaba esperar. El cocido tardaría un buen rato para quedar listo.
Caímos en el mismo silencio que nos alcanzaba cada vez. Ellos mirándome como si fuera un fenómeno y yo tratando de adivinar qué era lo que pasaba por sus mentes cuando me contemplaban. Era demasiado. Me hacían sentir raro. Sólo había una manera de remediarlo, que era tomar la iniciativa.
—¿Vas a la escuela? —pregunté a Mario.
—Ya no —respondió secamente. Luego volvió a callar.
—¿Hasta qué año fuiste? —continué. Lo que trataba de hacer era producir una conversación fluida, como las que acostumbraba sostener con cualquiera de mis conocidos, pero ninguno de los dos hacía por ayudarme. Cada vez que cruzábamos palabras lo que sucedía se parecía más a un interrogatorio que a una charla casual.
—Hasta sexto.
Otra respuesta corta. Decidí seguirle el juego.
—¿Y ya?
—Sí.
—¿Y luego?
—Ya no hay más en el pueblo. Tendría que ir lejos.
¡Vaya! Dos frases de corrido. A lo mejor sí lograría hacerlo hablar después de todo.
—¿Hasta dónde?
—A Cuautla.
—¿Entonces, qué piensas hacer con tu vida? ¿Cuidar esas tres vacas hasta que te hagas viejo?
Mario se rió. Por fin se animaba. Me costaba trabajo comprender cómo, tras dos noches de dormir en la misma habitación, me seguían tratando con tanto recelo. Lo mismo él que su hermana. Quizás fuera costumbre hacerlo así en Tlayecac, pero yo no estaba hecho a esos modos. Mi experiencia era que no hacía falta conocer demasiado a las personas para pasar un buen rato en su compañía. Así funcionaba el mundo del que yo venía, aun cuando era tímido y más de uno me trataba con desdén en la escuela.
—No —contestó tras un silencio—. Voy a ser soldado. Nomás cambie el año, me alisto.
Ahora el sorprendido era yo. ¿Soldado? ¿A quién se le podría ocurrir tal cosa? Tropa de tarea, que era en lo que se ocupaba el ejército la mayor parte del tiempo. Ni siquiera oficial, porque no tenía estudios. ¿Qué clase de vida sería ésa? Quedé pensativo por unos momentos, luego lo comprendí: ahí en donde estaba su vida no iba a ninguna parte. En verdad que si se quedaba en su casa se haría viejo cuidando tres vacas y un puñado de cabras. El ejército sí era una buena opción para él. ¡Qué distinto su mundo del mío!
—¿Y tú? —pregunté a la Magdalena.
Ella nada más me echó los ojos grandes y redondos que acostumbraba, adornados con la sonrisa que le regresó al rostro en cuanto me volví para hablarle.
—Se va a casar con el Eliseo —intervino Mario con ánimo de provocarla.
—¡No! —respondió ella. Su mirada había pasado de encantadora a fulminante en una fracción de segundo. Parecía querer desintegrar a su hermano con los ojos.
—Pero si ya le fueron a pedir tu mano a mi papá —siguió él. Y mientras hablaba no hacía por disimular que lo disfrutaba. Por fin se estaban comportando como hermanos. Hay cosas que no cambian. Esa relación casi perfecta que aparentaban llevar ahora había quedado de lado.
—¡Pero no! —afirmó furibunda—. ¡Mejor tú cásate con él! Si eres el que no se le despega en todo el día. Para todos lados andan juntos. ¡Parecen novios!
Yo comenzaba a divertirme. Algo conseguí en cuanto logré hacerlos hablar. Podría seguir presenciando cómo peleaban, pero la discusión se terminó de pronto, tan abruptamente como inició. Luego se hizo el silencio otra vez. La única diferencia era que la Magdalena ya no me veía con la sonrisa de siempre. Ahora se había volteado y miraba al suelo, como si de esa manera se deshiciera de nuestra presencia.
Quedé contemplándola de perfil. Otra vez traía el cabello trenzado con listones, aunque su peinado no era el mismo de ayer. Sus facciones eran hermosas, con la nariz respingona y el mentón hacia adentro. Y sus pestañas muy largas y el tono de su piel moreno sólido, casi tirado al rojo. Creo que comenzaba a gustarme. No sé si porque era bonita o porque me daba cuenta que se sentía atraída por mí. Nunca antes me había sucedido que una mujer me dejara notar que yo le gustara. Para mí era una experiencia nueva que me hacía sentir importante. Lo estaba disfrutando. Por momentos me imaginaba tomándola en mis brazos y besándola, pero de inmediato le ponía freno a mi imaginación. ¡Si éramos tan distintos! Además, me quedaba claro que su padre pensaba casarla con ese tal Eliseo a pesar de que ella no parecía estar precisamente de acuerdo.
—¡Sí se van a casar! —arremetió Mario contra ella, terminando así con la pausa en la que habíamos caído—. Si ya hasta discutieron lo que van a dar por ti. Nomás están esperando a que la vaca dé a luz para entregarla.
Ella se levantó y se alejó, notoriamente molesta. Ni siquiera miró para donde estábamos. Mario se rió.
—Se enoja igual cada vez —me confesó con aire de complicidad—. Pero ya está decidido. Para la segunda mitad del año va a haber boda. Eso ya todos en el pueblo lo saben. Por eso mi papá anda enamorando a la Eugenia, que nadie se atreve a acercársele porque es bien bronca. Ya sabe que se va a quedar solo para el otro año. Y dice que más vale ésa, aunque sea brava, que ninguna, porque él ya está viejo y no puede solo.
Me sumí en mis pensamientos. Lo que comenzó como una charla casual se había tornado en un episodio tenso. Ahora comprendía por qué no les gustaba hablar cuando no hacía falta. Comenzaba a sentirme culpable por el malestar de la Magdalena, y el sentimiento me estaba pudiendo.
8
La Magdalena se sentó lejos. Era fácil adivinar que tardaría en volver con nosotros, al menos tanto como lo que se llevara el cocido en quedar listo. Mario y yo ya no hablábamos. No me atrevía a iniciar una nueva conversación, temeroso de que terminara tal como la más reciente, y él no era muy afecto a platicar.
Mi mirada se distrajo en la Magdalena no sé cuánto tiempo, por algunos minutos cuando menos, hasta que algo la atrajo de regreso. Una parvada de coquitas, especie de paloma muy pequeña, aterrizó en un arbusto a unos cuantos metros. El ruido que hicieron me hizo voltear justo a tiempo para presenciar la reacción de Mario.
De uno de sus bolsillos extrajo una honda cuidando de no moverse mucho para no asustarlas. Del otro sacó tres guijarros, menudos y redondos. Acomodó uno en la tira de cuero, trenzó el extremo de las cintas de cáñamo entre sus dedos y lo puso todo a girar con fuerza describiendo un círculo junto a él.
Apenas un par de segundos después la cinta de la honda chasqueó y el guijarro salió disparado a toda velocidad. El proyectil impactó muy cerca de una de las aves, quebrando una de las ramas frágiles del arbusto. Todas volaron asustadas, batiendo las alas ruidosamente.
Mario no se mostró desencantado. Su expresión no cambiaba mientras enredaba la honda otra vez para ponerla de vuelta en su bolsillo. Pero yo estaba impresionado. Jamás había presenciado una demostración como ésa. A lo mucho había tirado piedrecillas con alguna resortera, y por eso sabía que no era fácil atinar en nada. ¡Cuánto menos con una honda! Y él había estado muy cerca de acertar.
—¡Déjame ver! —le pedí emocionado.
Él me la tendió. La sonrisa le regresó al rostro.
Pasé un par de minutos examinado el objeto. No eran más que dos tiras de cuerda de cáñamo trenzado, unidas por un extremo a una correa corta de cuero grueso, pero suave, mediante nudos apretados. Había pensado que algo entre las partes que formaban la honda sería elástico, pero no. Todo era rígido. Su construcción no tenía nada que ver con la de una resortera a pesar de servir para lo mismo.
—Dispara otra vez —le pedí.
Él repitió los movimientos que antes le vi y acertó contra una piedra a unos diez metros de distancia, lo que produjo un impacto sólido, mucho más fuerte que si hubiera lanzado el guijarro con una resortera. Ese instrumento en verdad resultaba potente.
—¡Enséñame cómo lo haces! —pedí intrigado.
La siguiente media hora Mario la malgastó en intentar instruirme en el arte de utilizar la honda. Yo no parecía tener gran talento para controlarla. Las pocas piedras que logré lanzar volaron en todas direcciones, y ninguna con la violencia con la que salieron los disparos que él ejecutó antes. El brazo ya se me cansaba y los dedos enrojecidos de mi mano derecha amenazaban con ampollarse. Tuve que darme por vencido.
Volvimos junto a la olla, que ya estaba a punto, y nos sentamos. Él la alejó de las cenizas todavía encendidas. Esa capa de sedimentos grises y candentes era en lo que había quedado convertida la hoguera. Llamó a su hermana con un solo grito, luego sacó las tortillas y las puso a calentar directamente sobre los rescoldos, lo que hizo que comenzaran a humear.
—¿Y para qué les tiras a las coquitas con la honda? —tuve que preguntar. A mí se me hacía que no debería matar animales que no pensaba comerse después.
—Pos, para echarlas en las brasas —me respondió, como si fuera tan obvio que no ameritara ser preguntado.
—Pero, si son muy pequeñas —alegué sorprendido—. Casi no tienen ni qué comerles. Son mucho más chicas que una huilota, que de por sí no es nada grande.
—Es lo mismo —repuso él—. Todo se come. Aquí comemos todo lo que matamos por igual.
—¿Todo? ¿Cómo qué?
—Todo. Huilotas, ardillas, conejos, godornices o iguanas. Lo que se deje matar. Todo eso sabe bueno. También esos pájaros de pecho amarillo que pasan volando despacio, que aquí les mentamos “sopa con chile”, porque así los preparan.
¡Vaya! Y yo que pensaba que sólo huilotas, o quizás ese conejo que me había robado a calma. Entonces tuve que preguntar:
—¿Hay codornices por aquí?
—Sí. Hay una parvada de coloradas que anda en la hondonada. Luego se levantan al pasar, cuando bajo el ganado por donde hoy. Más para allá andan unas copetonas —terminó, señalando hacia el sur.
La lista de trofeos por obtener había crecido de pronto. Ahora también quería cazar codornices además de ese conejo esquivo. Tuve que seguir interrogando a Mario.