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En agobiante espera
Alejandro Volnié
Smashwords Edition
Copyright 2008 Alejandro Volnié
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Al gran Balzac, quien nos lo advirtió…
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Último capítulo
He estado esperando para comenzar, mirando la hoja en blanco dibujada en la pantalla de la computadora —del ordenador, dirían en España— mientras el programa antiespía fuerza al disco duro en el golpeteo desesperante que aparenta durar una eternidad. Debe ser viernes por la tarde, pasadas las seis: el momento predilecto del programa para arrebatarme el control de la máquina so pretexto de escanear en busca de maliciosos invasores informáticos. Por lo demás, mi Vaio —a la que ya se le juntan los años— suele prestarme atención, aun si por momentos se vuelve esquiva, lejana o atolondrada. Imagino que mi relación con ella se asemeja a las que he llevado con mis mujeres: cuando las he aburrido, han encontrado el modo de ignorarme con sutileza. La ventaja es que a la Vaio puedo desconectarla, reiniciarla, hasta darle una palmada firme cuando me saca de quicio; lo que jamás hice —o siquiera pensé en hacer— con alguna mujer.
Por fin he vencido la inercia, el párrafo anterior da prueba de ello. He comenzado a escribir en el intento de recuperar la lucidez, de escabullirme del crispado agarre de los dedos fríos y huesudos de la insania, garras de la locura, destino ineluctable de quien dedica sus horas completas a la espera. La inactividad me está matando, la falta de propósito me devasta, el tiempo me corroe; hace más de un mes que no hago otra cosa que vigilar el teléfono y revisar el correo electrónico con compulsión exasperante. Las noticias faltan, y no sé si llegarán. ¿Existe peor respuesta que la falta de respuesta? Me figuro convertido en un ser sutil, casi invisible; apenas una entidad traslúcida, despojada de la masa que fuerce reacciones en el entorno, incapaz de manifestarse a los ojos de aquellos a quienes ha buscado a través de la red: gente que no supo antes de su existencia y quizás se haya olvidado de responderle porque no le dé importancia, o peor aún, que decidió ignorarla porque para ellos es nada: justo como me percibo en los tiempos recientes.
Supongo que he de ser un simple espectador de mi vida, testigo de una historia en la que muy poco sucede. Quizás yo también termine por aburrirme de mí, entonces me desvaneceré para siempre. ¡Pero no todavía! Hoy estoy escribiendo. Con eso basta para que poco a poco vuelva a percibirme como un ser físico. Ya la silla acusa mi peso de nueva cuenta. De alguna manera voy ganándole terreno al mal de la transparencia y me pregunto: ¿cuánto más tendré que aporrear el teclado, saltando mis dedos índices de tecla en tecla, para asegurarme la permanencia en el mundo de los objetos?
No fue siempre así. Hubo una época en la que yo era un ser gris, aunque tangible. Entonces mis jornadas de trabajo podían extenderse por doce o catorce horas, y la gente me miraba. Quizás porque eran tiempos de andar las calles, de recorrer 100 o 150 kilómetros cada día, de ordenar y regañar mientras estaba dentro de los muros de mi fracasado negocio, de prometer y conceder cuando me entrevistaba con mis clientes, de maldecir mi suerte en las largas horas de confinamiento entre la muchedumbre motorizada, de desgastar mi vida andando los caminos que terminaron en donde ahora me encuentro: encerrado en el cuartito que se jacta de haberme esperado desde siempre, desentendido de los tiempos cuando el gris de mi vida radiaba reflejos deslumbrantes. Ahora sobrevivo soportando la opacidad de mi nuevo brillo, luz que se niega a viajar, energía que prefiere revertirse para calcinarme en la frustración.
Todo porque, cumplidos los 45 años y enfermo de sueños incumplidos, una noche de aciaga soledad se me ocurrió esbozar el esqueleto de mi primera novela, la que llevaba más de 30 años demorándose en asomar; siempre supe que mi destino era escribir, también que la juventud empaña las más de las veces la claridad de las ideas, condenando al optimismo a quienes se atreven a incursionar en el mundo de la palabra escrita sin haber sufrido lo suficiente. Me faltaba probar el sabor del polvo, escuchar el crujido de los propios huesos ante los embates de la adversidad, oler el miedo a la transparencia, percibir los pasos de la extinción acercándose sigilosos, aprender a medir la edad en reversa. Llega un momento en el que se dejan de contar los años cumplidos; entonces, adivinar cuántos quedan por ser vividos se convierte en un acertijo atosigante: enigma para el que uno nunca tendrá una respuesta exacta, aunque las probabilidades dicen que a los 45 ya se ha rebasado la mitad del camino, aun si quienes rehúyen la crudeza de la realidad llaman madurez a dicha etapa de la existencia, y más adelante transmutan el nombre por el rimbombante vocablo “plenitud”.
Vuelvo a ese momento, hace cinco años: pensando todavía a la antigüita, tomé pluma y papel y me senté a la única mesa del apartamento de alquiler en el que mi reciente divorcio me había forzado a vivir. No pensaba en aquel tiempo en la inmensa casa que quedó en poder de mi ex, porque no me dolió dejarla para el feliz disfrute de mis hijos; a la fecha sigue sin dolerme. Pues bien, tomé pluma y papel y comencé a escribir, despreocupado de mi pésima caligrafía, que es tan pobre que en ocasiones debí mostrarle mis apuntes a mi secretaria para que me dijera qué decían. Llené cuatro o cinco páginas con las ideas que llevaban años rebotando en mi mente, después las releí. Descubrí que no estaba haciendo un simple esbozo de mi primera obra, sino que ya la estaba escribiendo, aun si no tenía certeza de hacia dónde me dirigía. Había transcurrido menos de una hora cuando decidí pasarme a la computadora y comenzar, así, en caliente, sin preocuparme mucho por nada.
Mi primera novela comenzó a tomar forma. Ciencia ficción, ¿en qué otro género pudo haber sido? Era producto de mis malformaciones profesionales, de mi esencia pseudocientífica, de mi proclividad a los desenlaces cursis, de mi imaginación debocada y de mis temores existenciales. La escribí en tres meses, metido en mi oficina, aprovechando parte del tiempo libre que mi declinante negocio comenzaba a prodigarme; para concluirla hube de retomar el empeño cada noche, ya en casa, enclaustrado en la soledad que por entonces se me volvió costumbre. Conseguí sumar 330 cuartillas, terminadas con la incertidumbre de quien ignora si la obra ha resultado corta o larga. 330 cuartillas que después deberían soportar al menos una docena de revisiones para conseguir escasa medianía en cuanto a corrección y estilo. Mi primera novela debió ser un éxito inmediato. Aún no lo ha sido.
Por ese entonces, en cuanto comenzaba a escribir volvía a mi mente mi profesora de literatura de la preparatoria. Recordaba las palabras que nos dirigió alguna vez, presa de un arranque de optimismo: “quizás entre ustedes se encuentre un próximo Fuentes; o un García Márquez, un Cortázar o un Vargas Llosa”. En silencio le respondí: “soy yo”. Comenzaban los setentas y esa generación de autores constituía el tema casi único dentro del discurso literario, aunque por entonces yo era más afecto a otra clase de lecturas. Aquella vez dije “soy yo” sin pronunciar palabra, y por haberme tragado la afirmación se me quedó grabada. Así estuvo bien, si lo hubiera dicho en voz alta lo que recordaría sería la burla de mis condiscípulos. Mi prudencia en aquel momento me ha ahorrado infinidad de sonrojos con el correr de los años, y ahora sé que no soy el próximo de ninguno de esos escritores connotados; cuando mucho soy el primero de mi especie, valga de lo que valga. En cuanto al nombre de mi maestra de literatura, me abstendré de mencionarlo. Así le ahorraré el cargo de conciencia. Nunca se sabrá responsable del mal provocado por sus palabras: es ella el primer detonante de mi actual desesperación. Su reto, lanzado en aquellos tiempos con candorosa inocencia, es causa fundamental de mi pobre estado mental: es ella componente de mi encallamiento en los bancos arenosos de la espera.
Ya dije que siempre supe que me llegaría el tiempo de escribir, pero antes de aquel día lo suponía un simple sueño, inaprehensible por su lejanía. En todo caso, mi maestra fue perdonada de antemano. Su falta fue por imprudencia. ¿Cómo podría haber adivinado a qué clase de bicho le hablaba? Más aún cuando yo acostumbraba sentarme al fondo del salón, escudado por cinco docenas de cabezas melenudas, siempre buscando el modo de pasar desapercibido para evitarme la embarazosa obligación de intervenir en clase.
Pero basta. Tras la divagación, volvamos a la historia. Quedamos en que terminé mis primeras 330 cuartillas, en las que se desarrollaba un relato básicamente de ciencia ficción, aunque cargado de matices, como si hubiera tenido que decirlo todo en una sola narración. Apenas tras la primera corrección decidí imprimir, luego llevé el fajo de hojas para ser copiado y encuadernado. Lo deposité en el establecimiento convenientemente ubicado junto a la puerta de mi edificio. La dama que me atendió me dijo que volviera en dos días. Yo me sentía realizado. Ya me veía afamado y aplaudido, además de nadando en plata. Las cuarenta y ocho horas que esperé se me figuraron eternas, lo que me fue cobrado se me antojó poco. Ahora sé que en ese entonces miraba las cosas con ojos de niño: ni dos días son la eternidad ni me cobraron barato por reproducir esos pocos tomos rústicos con letras plasmadas en desleídos tonos de negro.
Aproveché un par de ejemplares para registrar mi flamante derecho de autor. Mientras me agregaba en la cola de la oficina de registro, rodeado por trajeados pasantes de despachos jurídicos y greñudos músicos con la ilusión pintada en sus rostros, en la mente retaba a quienes me ignoraban; los provocaba para que me reconocieran, aunque hablando sin palabras —pronto seré famoso, entonces tendrán que mirarme— les gritaba apretando los labios. Por entonces mi intuición no daba para adivinar la existencia del mal devastador: el mal de la transparencia: cáncer del espíritu, solvente de la solidez del cuerpo, tergiversador de la cordura.
La mañana siguiente, al salir hacia el negocio, cargué con dos ejemplares más. Uno lo boté sobre las perennes pilas de papeles que siempre medraron en mi oficina, el otro lo entregué al vigilante que contestó a mi timbrazo, entornando desconfiado el zaguán de una empresa editorial.
—No tardarán en llamarme —afirmé cuando me alejaba—, es una obra maestra.
Transcurría un día más de tedio en la oficina. Tomé la copia del manuscrito que tan displicentemente encimé sobre la pila de los pendientes y comencé a pasar sus hojas como si se tratara de un libro que nunca antes hubiera visto. La sangre se me heló, el estómago se me sumió, mis músculos se templaron. El texto estaba plagado de errores. Lo mismo saltaban a la vista las fallas tipográficas que las de sintaxis. También faltaban signos de puntuación, y uno que otro tilde de acento. Siempre me había preciado de mi buena ortografía y mi apropiada redacción, entonces, ¿por qué tantas incorrecciones? Pasé y pasé hojas, releyendo el texto que casi podía repetir de memoria, sin encontrar un solo folio libre de yerros; y eso sin considerar las redundancias, las preposiciones usadas erróneamente y los vocablos repetidos con recurrencia enfermiza. Mis palabras, que antes me parecieron arte puro, en realidad no mostraban sino una sucesión de conceptos razonablemente bien hilados en cuanto a la técnica narrativa, pero terriblemente expresados en cuanto a la gramática y la sintaxis. Ahora comprendo por qué esa editorial, en la que con tanta seguridad dejé la copia del manuscrito, todavía no me ha respondido. También sé por qué jamás fui a rescatarlo: me avergoncé de mi trabajo, como quien soslaya a un hijo imperfecto al que de pronto ha dejado de amar lo suficiente.
Para colmo, de tanto releerme, lo que debió sonar como melodiosa y rítmica música comenzó a resonar dentro de mi cráneo cual espeluznante cacofonía. Me arrepentí de mi osadía. ¿Cómo diablos me atreví a escribir, si eso de las letras es nada más para los monstruos ciegamente aclamados por la crítica? Pensé que mi primera novela era un fracaso irremediable. Ni siquiera me atreví a mostrarla, menos todavía a llamar a la editorial en la que la deposité poco antes, cuando me dejé llevar por el arrebato de aquel instante de optimismo, el primero jamás vivido en cuanto a mis pretendidas habilidades literarias.
Pero el tiempo todo lo cura, y yo sano rápido. Me olvidé de mi primicia, a la que me dio por considerar una suerte de patito feo, y me puse a escribir nuevamente. Esta vez no tendría grandes pretensiones. Plantearía una historia común, aunque de matices desconocidos para muchos, estructurada con tantos diálogos como resultara posible, de modo que quien la leyera pasara por sus páginas como si viera una película. Hizo el azar que por entonces cayera en mis manos la convocatoria de un concurso literario.
—Yo puedo ganar —me dije convencido. Conté las semanas que faltaban para que venciera el plazo de presentación al certamen, adiviné la cantidad de cuartillas que resolverían mi relato y dividí. Descubrí que debía terminar justamente diez cuartillas por jornada, 2,500 palabras diarias —los blancos que dejan los renglones cortos de los diálogos ahorran 50 palabras por cuartilla— cumplidas sin fallar de lunes a viernes, de modo que pudiera descansar los fines de semana. A razón de media hora por cuartilla, que curiosamente era mi velocidad entonces como sigue siéndolo ahora, debería trabajar cinco horas diarias. Desde las siete de la mañana hasta el mediodía, encerrado en mi oficina, aprovechando el tiempo de ocio concedido por un negocio que marchaba cada día peor. Ya me quedarían las tardes para poner al corriente los pocos asuntos pendientes, los de la parte superior de las pilas de papeles, porque los de más abajo perdieron importancia sin haber sido atendidos jamás. Y si en alguna ocasión tuviera que quedarme hasta bien entrada la noche, no me importaría.
Mi nueva rutina fue cumplida con inexorable disciplina. La puerta de mi oficina permaneció cerrada exactamente cinco horas cada día, me negué a contestar el teléfono o a atender los llamados mustios de los nudillos de algún atrevido. Total, ¿por qué interrumpir mi furor creativo para paliar los problemas de un negocio que de cualquier modo estaba condenado a la extinción, de una fabriquita que no parecía valorar en mucho los trece años de esmerada atención que le presté? En lo profundo me burlaba de ese giro empresarial. No volverían a hacerme falta jamás los pocos pesos que tan mezquinamente me producía. Tan sólo era cuestión de terminar mi segunda novela, presentarla al concurso, contar las semanas y viajar a España para recoger un cheque bien gordo. Después atender a la prensa, despachar los compromisos, embolsarme los excedentes que surgirían como por arte de magia cada vez que alguien me solicitara en calidad de conferencista. Fueron semanas felices. Escribir me dejaba agotado pero las ilusiones me recargaban la batería, y el negocio que me esclavizó durante trece años estaba recibiendo su merecido, agonizante en el soslayo, sin socorro de mi parte. Algo había de venganza en el desgaire de mi actitud.
Iría como a la mitad de aquel segundo texto cuando un día sorprendí a uno de mis empleados leyendo el manuscrito de mi primera obra, el que abandoné sobre una pila de papeles. Había llegado a odiar tanto su imperfección que desviaba la mirada para no notarlo, mero encima de todo. Supongo que fue por eso que no me había percatado de su ausencia. No obstante, el cuadernillo llevaba varios días pasando de mano en mano, y quien lo traía en turno ya iba avanzado. Se sintió sorprendido cuando lo descubrí, pensó que lo reñiría. No podía adivinar que me daba vergüenza que lo leyera. Si me sonrojé no fue por ira; en esos días no me quedaban energías para desperdiciarlas en corajes, todo lo que tenía era para transformarlo en letras, palabras, frases, párrafos: en mi gran obra, la que me lanzaría a las alturas en el medio de las artes literarias.
Se excusó conmigo, alegó que no fue él quien lo tomó de la oficina, después me lo tendió cual niño que entrega el juguete con el que pasaba un buen rato. Le dije que lo terminara, luego me alejé dubitante. A partir de ese día espié sus avances. Solamente leía durante la media hora de descanso, supuestamente destinada a los alimentos. Tardó algunas jornadas en terminarlo, entonces me buscó. Noté que me miraba de un modo distinto, como si le costara entender que su severo patrón, tan duro por fuera, pudiera tener algo de blando en su relleno. Supongo que es el precio que debemos pagar quienes nos atrevemos a volcar el revoltijo de nuestros corazones en una hoja de papel. Escribir desnuda el alma, aun la del más hábil para disimular.
Al entregarme el manuscrito intentó entablar discusión sobre mis ideas, se notaba sorprendido. Me puse a la defensiva, lo pensé un poco, le solté un comentario corto y de inmediato me alejé. Me había puesto entre dos filos. Por un lado deseaba escuchar lo que tenía que decirme, ¡era mi primer lector! —al menos eso era lo que suponía, porque después me enteré de que en realidad era el segundo—, aunque, por otra parte, sabía que antes de dos meses estaríamos sentados cara a cara, negociando su finiquito, porque la empresa estaba condenada a cerrar. No era tiempo de que se atenuara el miedo que me tenía, podía costarme dinero, más de lo que me valdría su comentario. Además, ya era mucho lo que me había dicho simplemente por terminar esa novela, mi patito feo, cúmulo de páginas que ahora se me antojaba espeso y aburrido, experimento fallido que seguía urgido de exhaustivas correcciones. Después cambié de idea. Supuse que leyó completo por haberse impuesto una tarea desagradable en aras de ganarse algunos puntos en la escala de mi consideración. ¿Qué más podría ser? Si se trataba de un bodrio… Por eso ahora estaba escribiendo algo muy distinto, una obra ligera, empática, ágil, referida a lo cotidiano pero que exploraba algunas facetas oscuras de la gente común, ¡vaya!, un infalible éxito de librería predestinado a debutar en el mercado portando un prestigioso galardón.
Nada deja a una persona más contenta que el inventarse una buena explicación. No volví a pensar mucho en el asunto, aunque debo admitir que me producía cierto orgullo saber que alguien hubiera soportado esa travesía de 330 cuartillas. Si mi primera obra podía ser leída de principio a fin, la que estaba escribiendo resultaría sin duda un cañonazo editorial.
Volví a mi rutina de esas semanas. Cinco horas dedicadas a escribir, comenzando puntualmente a las siete de la mañana. Al mediodía abrir la puerta y comenzar a despachar los pendientes. A las cinco en punto sacar a todo el personal de la empresa —más bien a los pocos que quedaban contratados—, porque no eran tiempos de pagar horas extras; nunca más lo volverían a ser. Después a casa, y una vez ahí, con una copa en la mano, planear las cuartillas del día siguiente. Pensar y repensar las escenas para conseguir que mis agotados dedos índices corrieran con fluidez sobre el teclado, de otro modo fallaría en terminar dentro del plazo exigido y mi jugoso premio iría a parar a manos de alguien más.
Cumplí con la tarea. Siempre cumplo. Cuando me impongo un trabajo me convierto en un ser obsesivo-compulsivo, sin importar de qué se trate. Lo mismo puedo pasar diez horas intentando resolver un problema matemático que navegar en la Internet sin reposo a la caza de algún dato esquivo. Por eso me encontré imprimiendo la primera copia del manuscrito cuando faltaban tres días para la fecha de cierre del concurso, justo en el tiempo programado. Sabía que en el establecimiento de copiado me pedirían dos días para entregar los cuadernillos ya terminados. Después, a correr para registrar mi creación, porque es cosa bien sabida que no se enseña nada si no se ha asegurado la propiedad intelectual primero. Alguna vez escuché que, cuando se anda el camino de las letras, hasta la basura debe registrarse. En aquel tiempo lo creía como si se tratara de una profesión de fe, requisito ineludible para ingresar en el gremio del que ya me sentía parte.
Tuve que esperar dos días, tal como lo preví, para recoger mis legajos encuadernados. Por la tarde, habiendo ya cerrado el negocio por la jornada, me presenté en el establecimiento de copiado. La dama que atendía en solitario me miró de reojo desde el fondo, retardando su presencia tras el mostrador a pesar de no estar ocupada. Cacé su mirada esquiva en un par de ocasiones. Su actitud me extrañó. Supuse que estaría pasando un mal día. La vez anterior conversamos y bromeamos, aunque no hablamos de nada relevante. Por fin se aproximó. Dejó frente a mí el montón de cuadernillos, descargándolos con ímpetu inusual, y me miró en silencio. Yo ya los revisaba, desentendido de su actitud. Me emocionaba tenerlos en las manos. Mal que bien, se trataba de mi segunda obra, y apenas llevaba seis meses de haber comenzado la primera.
—Oiga —se atrevió por fin—, ésta no me gustó. Tan bonita que le quedó la otra. Ésta dice puras cosas horribles.
Me quedé mudo. Tuve que preguntarle. Fue entonces cuando me confesó que ella era muy buena lectora, que no estaba muy ocupada durante el día, que había leído las dos novelas que le llevé a copiar; que esta vez la había decepcionado. Me pidió que no volviera a escribir cosas tan espantosas, que mejor hiciera más como la primera, la que me había salido tan bonita.
He ahí a la primera lectora que jamás tuve, sembrándome dudas en la mente. ¿Acaso debía mandar la otra novela al concurso en vez de ésta? Eso resultaba imposible. En aquella incurrí en demasiadas incorrecciones, lo que suponía haber evitado esta vez; tras descubrir los desatinos del primer manuscrito, aprendí a cuidar ciertos detalles. Apenas me alcanzaba el tiempo para pasar a la oficina de registro en la mañana siguiente y entregar por la tarde los dos ejemplares que solicitaba el concurso, antes de las cinco, hora en la que se cerraba el plazo para participar. La decisión estaba tomada. Sería la segunda la que me hiciera rico y famoso, aunque ahora me asaltaba la duda. Mal que bien ya tenía dos comentarios de la primera, y los dos halagüeños. De la segunda tenía uno solo, uno que la acusaba de ser una cosa horrorosa. A los pocos minutos me servía una generosa copa de whisky en casa, desentendido de la nueva pila de cuadernillos, desencantado del pobre resultado de mis esfuerzos. Entre tragos y mareo encontré la cama, único refugio capaz de mitigar las ansiedades de la espera.
A partir del día siguiente mi forma de medir la vida cambió. ¡Qué distinta es la espera de una fecha exacta, puntual, conocida de antemano! Ya no desgastaba mi paciencia con la mirada perdida en el infinito, con la esperanza del náufrago que otea ansioso el horizonte a la caza de su salvación. De pronto podía prescindir de la disciplina del espía en guardia. En cambio, lo que se imponía era distraerse, pensar en cualquier otra cosa, despreciar al tiempo veleidoso, tan presto para agotarse cuando se le requiere, tan lento para transcurrir cuando urge que se cumpla una fecha.
Los tres meses entre la entrega del manuscrito y la fecha del fallo los aproveché para liquidar los jirones de lo que fue mi negocio. Terminé casi con prisa, preocupado de resolver pendientes que pudieran interferir con la glamorosa y agitada vida que me presagiaba. Sería un hombre nuevo. Reinventado a partir de sus talentos recién revelados. Resucitado de la muerte en vida autoimpuesta, la que duró exactamente los trece años escasos que mi extinta fabriquita consiguió resistir los embates de la fortuna.
¡Ah! Pero la espera es un ente malicioso, astuto, perverso; o lo que es peor, sádico y omnisciente. ¿Quién puede ganarle a la espera? De poco me valió el programarme ese lapso de tranquilidad, tiempo aprovechado para visualizarme triunfador en apego al ejercicio de la certeza del que tanto se habla en estos tiempos. La espera encontró el modo de sabotearme.
Faltaban casi diez días para la fecha del fallo del concurso cuando una nota periodística, un texto escueto y lánguido, redactado impecablemente cual lo que era: boletín de prensa que pasó por todas las formalidades de las publicaciones comerciales, se encargó de dar al traste con la imagen del futuro que tanto me esforzaba en figurarme. Ahora sé que las grandes editoriales se valen de ese medio para crear expectación cuando están a punto de revelar la identidad de su próximo campeón. Pues bien, justo cuando menos me interesaba buscar entre las noticias, en especial entre las últimas páginas del periódico, el azaroso destino puso ante mis ojos una hoja suelta, fechada un día atrás, cuyo encabezado anunciaba la publicación de los nombres de los finalistas del certamen.
Arrebaté el pliego con el que el dependiente de una ferretería se disponía a envolver un cuarto de kilo de clavos y salí a la claridad de la calle para leer sin interrupciones. El corazón me palpitaba, el entendimiento se me había cerrado, miraba como a través de un tubo: solamente distinguía lo que se encontraba en el círculo estrecho en que quedó transformado mi campo visual.
Estaba convencido de que mi seudónimo, Singuí Ngtumi, aparecería listado entre otros nueve, porque el encabezado hablaba de diez finalistas. Tenía total certeza de la infalibilidad de la fórmula que aproveché para identificarme, extraída de entre las creaciones de un grupo de artistas argentinos, Les Luthiers, genios del humor musicalizado. En una de sus obras, escuchada muchos años atrás, relataban la historia de un africano que consiguió triunfar en el mundo de la comedia musical de Broadway aprovechando la invocación del éxito que le fue revelada por el brujo de la tribu: singuí ngtumi. En esa ocasión, las arcanas palabras en lengua aborigen fueron transformadas para escribirse Singing to me y empleadas como título de una puesta en escena; yo decidí usarlas apegado a su pronunciación castellana. Si a aquel negro hipotético le funcionaron, debían hacer otro tanto por mí, en especial si se agregaba la inmensa medida de certeza que tenía de mi triunfo por ocurrir.
Pasé la mirada, ese círculo estrecho en el que debía centrar las letras del diario, por los primeros renglones. Haciendo alarde de sadismo, los títulos y seudónimos de las obras todavía vivas en el concurso fueron listados de corrido, usando dos párrafos que contenían cinco cada uno. Leí el primero, el corazón ahora saltándome del pecho: mi mágica invocación no estaba ahí. Levanté la mirada e hice una pausa, faltaban todavía cinco. Entre ellos debía figurar. Volví a la hoja y releí el primer párrafo, como si dudara de haberlo hecho bien la primera vez. Singuí Ngtumi falló en aparecer. Seguí adelante, leyendo despacio, preparándome para brincar de gusto, bebiéndome el textito letra por letra, tensándose mis nervios cada vez que descubría un nombre desconocido en lugar del mío. Así se terminó la nota periodística, ajena al pasmo en el que me indujo, burlándose de no haber sido escrita para mí.
Tardé en recuperarme del estupor. Mis dedos ahora se crispaban, arrugando el pliego de periódico. Mi taquicardia nerviosa se convirtió en un furibundo bombeo de sangre que me forzó el color en el rostro. Debo haberme puesto rojo, quizás morado, no lo sé. Segundos después recuperaba la habilidad de moverme, entonces arrugué la hoja del diario en una apretada pelota que lancé hacia el cielo y prendí en potente volea antes de que alcanzara el suelo. Arranque a caminar con paso iracundo, viendo fijamente hacia el frente aun si no miraba nada. Supongo que los transeúntes se apartaron de mi camino, tampoco lo sé. Mi atención se enfocaba hacia adentro, imprecando, maldiciendo, acusando de mil timos a quienes formularon esa lista. ¿Cómo podía ser que me hubieran pasado por alto? ¿Habría sido la muchacha que recibió los manuscritos en la editorial? ¿Los habría olvidado por ahí en vez de mandarlos a España? Tenía que ser. No había otra explicación. Mi novela era genial. Aun si no ganaba, debía ser listada entre las mejores. ¿Cómo podía ser que no alcanzara siquiera la vuelta de finalistas? ¡Me insultaban!
Volvió a mi recuerdo el comentario recibido de un amigo pocos días atrás. Había pasado a visitarme al negocio cuando me ocupaba en recoger el tiradero que siguió al cierre. Se sentó a conversar y descubrió uno de los cuadernillos de esa novela, mi genial creación, la maravilla recién depreciada por un jurado sin rostro y sin nombre, por algún anónimo dictaminador que seguramente cobró bien por leer mal. Pues bien, mi amigo descubrió el cuadernillo y se le quedó mirando, después me preguntó con modo extrañado si yo lo había escrito. Cuando le dije que sí lo guardó en su portafolio sin siquiera pedirme permiso. Yo me reí. Sabía que es de los que no leen nada que no contenga cifras y signos de pesos. Le dije que lo cuidara bien, porque cuando yo fuera famoso podría intercambiarlo por una fortuna en alguna subasta exótica, de esas que atraen a la gente a la que le sobra el dinero y le faltan las ocupaciones. Temprano en la mañana siguiente recibí su llamada. Me preguntó con voz airada qué diablos había escrito. Me regañó porque su mujer se negó a meterse en la cama hasta cerca del amanecer, cuando hubo terminado la lectura, que no interrumpió ni para merendar. ¡Eso era lo que necesitaba escuchar! Apenas recibía la segunda opinión, que para mi regocijo se contraponía al extremo con la de la dama del centro de copiado. “¡Ya gané el concurso!”, pensé entonces. ¿Qué más puede ser? Mi certeza tocó el máximo que jamás volvería a alcanzar.
Seguí avanzando sin que nadie se cruzara en mi camino, o quizás muchos lo hicieron y yo no lo noté, porque, como lo dije antes, miraba hacia adentro. El brillo esplendente que hasta poco antes me figuré radiar había cesado. De pronto mi existencia carecía de propósito. No me restaba más pendiente que clavar las tapas de las cajas en las que empaqué los restos de mi fabriquita, recordé que por eso había ido a comprar un cuarto de kilo de clavos, que seguramente seguía sin envolverse ya que arrebaté el malhadado trozo de periódico del mostrador. Debía regresar a la ferretería para completar la transacción, entonces pensé en enviar a alguien en mi representación, luego recordé que ya no me quedaba un solo empleado; maldije nuevamente. El mal de la transparencia comenzaba a penetrarme sin que yo me diera cuenta. Mi existencia ya no tenía significado para las docenas de personas que vivieron por un tiempo en función de mí. Volví a maldecir, esta vez a la espera, aun si en aquel momento todavía no la conocía tan bien como ahora.
Me di la vuelta y emprendí el retorno. Ahora con paso flojo, demorando la llegada. Encontré el paquete de clavos envuelto en una hoja de periódico distinta, me aproximé al mostrador y pagué sin decir palabra. El dependiente apenas me miró. Supe que estaba infectado, aunque no de qué. Supuse que la decepción había opacado el resplandor radiante que me acompañó en mi primera llegada. Me imaginé con el rostro cenizo, como el de un enfermo terminal a quien nadie se atreve a sostenerle la mirada. Así volví a donde aguardaban los cajones que debía clavar. El martillo me proporcionó la terapia que me urgía. Descargué golpe tras golpe con furia inusitada hasta conseguir el agotamiento, después me senté a esperar, rodeado por la soledad del sitio que poco antes todavía rebosaba actividad. Quedé falto de planes, drenado de energía, vacío de sueños. Al poco rato me alcanzó la oscuridad.
Los días siguientes experimenté por primera vez los efectos de la cruel espera. Ahora comprendo lo que entonces no: que los grandes premios literarios suelen estar reservados de antemano. Quizás yo hiciera lo mismo si fuera el editor responsable de convertir un cheque jugoso en una inversión rentable, si la obligación de generar ganancias a partir de la resolución de un jurado con pretensiones cultas recayera sobre mis espaldas. Seamos realistas, solamente los premios pequeños están disponibles para las plumas nuevas o para los talentos forzados a la discreción por la falta de fortuna; los cheques inmensos, que se entregan en calidad de anticipo, se destinan a comprar marcas de probada rentabilidad en el mercado. En el mundo de las letras el nombre del autor es la marca, y de alguna manera se las ingenian los empresarios del medio para reconocer las plumas que subyacen a los seudónimos. ¿Quién iba a reconocer la mía, si a la fecha el número de mis lectores no alcanzaba la media docena?
Lo que poco le disminuye la calidad de sádica a la espera. Yo merecía al menos otros diez días de ilusiones, diez días de flotar sobre el suelo más que de pisarlo, de radiar tal certeza que la gente me siguiera sonriendo en las calles aun sin conocerme. No fui yo quien buscó la nefasta noticia de mi temprana eliminación en el concurso, fue la maldita noticia quien me encontró, y me encontró en un sitio insospechado, tomándome por sorpresa.
La furia inicial poco a poco fue cediendo sitio a la depresión, y a los cuantos días, cuando se publicó el nombre del ganador, autor renombrado y seguramente dueño de una posición económica desahogada, lo que sucedió es que mi depresión se transformó en odio ciego, repulsión por ese hombre que jamás supo de mi existencia, repudio a su pluma y basca de sus palabras cuando lo entrevistaron en la televisión. ¡El miserable se fingía sorprendido por haber ganado!
—Fue mi agente quien me animó a entrar en el concurso, ¿saben?, yo no pensaba hacerlo.
—¡Pues no lo hubieras hecho! ¡Maldito!
Quedé devastado, incapacitado para razonar y sin otra ocupación que mirar la hora en el reloj mientras soportaba mi reclusión en casa. A partir de ese día mi única urgencia era que dieran las dos de la tarde, hora que según mi peculiar percepción de lo que es correcto, marca el momento aceptable para escanciar la primera copa de la jornada. Por entonces todavía bebía whisky del bueno, derecho, para terminarlo a sorbos pequeños sin preocuparme de que los hielos se derritieran demasiado pronto y le arruinaran el sabor.
—¿Y ahora qué? —me preguntaba. Se me auguraban interminables horas de ocio. Volví a la convocatoria del concurso para revisarla con calma. Sucedía que la editorial organizadora se reservaba el derecho de opción preferente —cosa que sigo sin entender a ciencia cierta qué pueda significar— sobre las obras presentadas a concurso. Yo sabía que mi novela era buena, más que buena. ¡Claro! Seguramente me llamarían, interesados por publicarla sin correr el inmenso riesgo de que no se vendiera en cantidades suficientes y el monto del premio no se desquitara. Noventa días hábiles duraría el extraño derecho que se arrogaban, lo que traducido a semanas comunes, como contamos el tiempo las personas comunes, implicaba algo así como 126 días; eso suponiendo que en España no se atravesaran un par de festivos que extendieran el plazo. Busqué un calendario y conté escrupulosamente, después tracé un círculo rojo en la fecha indicada. La espera volvía a cobrar sentido. Por fin tenía una meta. Saberlo me reconfortaba, mirar la marca en el calendario me proporcionaba un excelente pretexto para no ocuparme en nada. Pues, ¿qué podía hacer, si la editorial tenía derecho de preferencia? Ni siquiera buscar editor. Solamente me quedaba corregir los disparates en los que incurrí en mi primera novela, pero no me venía en gana. A pesar de los buenos comentarios, me seguía cayendo gorda. Resentía que me hubiera ocultado sus yerros hasta haberla mirado en papel, como si me hubiera engañado deliberadamente. Entretanto la transparencia acechaba, pendiente de mis movimientos, confiando en que mi reclusión obraba a su favor, segura de sumarme en el número de sus víctimas.
Los primeros días de ocio de una persona que no ha tomado vacaciones en años saben a gloria. Levantarse tarde, beberse el café de la mañana con sorbos espaciados, sentarse ante la computadora para navegar entre páginas insospechadas. Caí en cuenta por entonces de que no había leído en años. Mi infancia, mi juventud, mi temprana vida adulta, siempre estuvieron acompañadas por libros. Centenares, quizás millares de volúmenes, que quedaron en los estantes de la casa grande de la que fui expulsado cuando mi divorcio. Aquí, en el departamento en el que ahora sobrevivía en soledad, apenas existía media docena de libros, todos recibidos como regalo. Tenía tantos pendientes… Conocer a los jóvenes de la generación del Crack, leer las obras de moda y las que ya se pasaban, lo mismo de hispanohablantes que de europeos, norteamericanos o asiáticos. Construí interminables listas de títulos y autores y por primera vez incursioné en las todopoderosas páginas de las librerías en línea. Compré en tantos países que he perdido la cuenta, y siempre justifiqué los excesivos costos de envío argumentando que era la única manera de obtener algún ejemplar en especial. Debí haber adivinado la causa de que obras capaces de suscitar comentarios no existieran en los inventarios de las librerías. Pero no, no lo adiviné a tiempo. Ahora ya lo sé, quizás demasiado tarde…
En todo caso, encontré el modo de ocupar las interminables horas de cada uno de esos 126 días que en mi imaginación constituían el plazo para recibir la oferta editorial de la que estaba seguro. A las cinco horas de lectura de cada día se les agregaron al menos otras tantas de jugar al póquer en la Internet, pero seguía sobrándome tiempo. No tenía más compromiso en la vida que asistir los jueves por la noche al boliche —a los bolos, debo aclarar, porque al sur del continente un boliche es otra cosa— para cumplir con el compromiso adquirido muchos años antes con mis tres compañeros de juego, que entre los cuatro formábamos un equipo. Tampoco me abundaban los motivos para salir de casa, cuando mucho los viajes al supermercado y las excursiones nocturnas en busca de cigarrillos cuando se me terminaban.
En cuanto a mis finanzas, de la liquidación de mi negocio salió lo suficiente para sobrevivir. Preparé una compleja hoja de cálculo en la que listé cada uno de mis gastos, agregué el monto de mis ahorros y los rendimientos financieros a los que quedaron contratados con el banco, y llevé mi hoja de flujos hasta el extremo. Tenía lo suficiente para cinco años si seguía pagando renta, y para dos si decidía comprar una propiedad discreta. Opté por lo segundo, seguro de que antes de agotar mis reservas estaría ganando fortunas merced a mis quehaceres literarios. Meses después me mudé al apartamento que sigo ocupando a la fecha, el que contiene el cuartito de mi reclusión.
Cuando uno se entretiene la espera se desvanece, mientras uno no intenta percibirse la transparencia se disimula, cuando uno alberga esperanzas la vida cobra sentido. Llevar la cuenta de esos 126 días me resultó cosa fácil, al menos al principio. Imaginaba que la editorial española habría hecho una marca en el mismo día del calendario que yo, y estaría consciente de que su alegado derecho de opción preferente caducaría. Suponía que me llamarían poco antes de que expirara su privilegio de publicar la obra maestra que les envié. Por eso, al principio no me preocupaba gran cosa por revisar mi correo electrónico o permanecer cerca del teléfono. Visualizaba al aparato sonando cuando aquí todavía fuera muy temprano aunque en Europa ya pasara del mediodía: la llamada con la gran noticia me despertaría en la madrugada, era lo más lógico, por eso me olvidaba de ella cuando ya avanzaba la mañana.
Los 126 días terminaron por transcurrir. El teléfono jamás sonó. Mi correo electrónico nunca supo de mensajes llegados desde España. Por la tarde del día en que el plazo feneció la calma en la que me forcé los meses pasados quedó súbitamente tornada en nuevo acceso de furia ciega, calcado del que sufrí aquel día cuando compraba clavos. Las explicaciones que me inventé en aquella ocasión se repitieron: seguro que mi novela no llegó a España porque la muchacha que la recibió en la editorial la olvidó, no puede ser de otra manera, ¡si debí haber ganado…! Eso del plazo de opción preferente no era para mí, sería para otros, los que no mandaron al concurso cosas tan buenas como yo...
A la furia siguió la depresión, como casi siempre. Ese día aciago, el día 126 después del fallo del concurso, di cuenta de una botella entera de whisky. Por la noche, cuando intenté dormir, todo me daba vueltas. Sentía vértigo en cuanto cerraba los ojos. Tuve que poner un pie en el piso para conciliar el sueño. A la mañana siguiente me sentía fatal, pensé que era la resaca, pero esas no duran más de un día; y después transcurrió una semana completa con el malestar. Entonces aprendí algo más. La transparencia puede causar dolor, en especial cuando uno es primerizo, y yo ya estaba afectado por la transparencia.
Pasaron unos cuantos días, tiempo aprovechado en tirarme a pensar en mi único sillón, el que estaba frente al televisor. Quien me hubiera visto habría supuesto que había perdido la cordura. ¿Cómo puede alguien repantigarse, abstraído en la contemplación de un televisor apagado durante horas y más horas? Sin embargo, lo que yo miraba en la pantalla empardecida del aparato no era la película de moda o un partido de fútbol; las imágenes que se formaban cual fantasmagóricos reflejos, aun si nadie más podía distinguirlas, eran las escenas de mi vida completa; primero las de mi pasado, aun las de mis peores momentos, pero al final las del futuro que seguía empeñado en dibujarme. Tras un par de días de desperdigadas meditaciones finalmente se me apareció la respuesta: yo era un escritor, siempre lo fui, aun si demoré 45 años en atreverme esbozar mis primeras frases. Todo lo que hice y dejé de hacer antes de ese día no fue sino el preámbulo de lo que debía seguir. ¡Al diablo con mis dos primeras novelas! Si lo que me sobraba eran ideas. Ahí mismo decidí cuál sería mi tercera obra.
En esa semana apareció el apartamento al que habría de mudarme, el que sería mío y no rentado. Cerrar el trato y cambiarme consumió un par de meses, instalarme me llevó un día. Era poco lo que poseía.
Al día siguiente de habitar mi flamante adquisición me olvidé de la lectura y del póquer en línea. Sentado frente a la computadora, esforzando nuevamente mis dedos índices para obligarlos a correr más rápido que mi vista, invadido por un sentimiento de renovación, como si mis fracasos se hubieran quedado en mi anterior morada, mis nuevos personajes comenzaron a cobrar vida. Esta vez partí de una mujer a la que conocí. Una dama mayor, de temible carácter y recursos inusitados para allegarse el control de quienes la rodeaban, en especial el de sus carteras. Un personaje de novela que pertenecía a la realidad, tan hábil para hacer y deshacer que sus víctimas pocas veces percibían sus maquinaciones. Al describirla debí quedarme corto o habría resultado increíble, y aun así, quienes después la conocieron a través de mis letras me confesaron que les costaba concebir que alguien como ella pudiera existir. Yo sonrío cada vez que lo escucho. Si supieran lo mucho que le tuve que quitar para transformarla en verosímil…
Esta vez me abstuve de incluir diálogos en la obra. Así soy, siempre buscando crear una suerte de opuesto de mi trabajo anterior. La vez pasada había soportado la construcción de las escenas en las palabras de los personajes, esta vez sería solamente la voz del narrador la encargada del relato. Inventé un par de protagonistas que llevaran el hilo conductor: resultaron ser dos fantasmas trabajando de común acuerdo mientras intentaban resolver sus diferencias. Agregué además la participación extraordinaria de seres que pertenecen al fervor popular. En algunas escenas mis fantasmas se correteaban por los aires con algún héroe olvidado, extraído del santoral católico. Un improbable obrador de milagros, de presencia etérea, actuando según la misión que los creyentes les asignan a los de su clase. Ahora que lo veo desde lejos me doy cuenta de que fue un atrevimiento, pero en aquellos tiempos comenzaba a comprender que el mundo es de los osados, también a caer en cuenta de que no hay dos lectores que interpreten una obra, o un mero pasaje de una obra, de la misma manera. Si alguno repudiaba mi atrevimiento, a otro le agradaría. Con eso me bastaba.
Gracias a la rutina: cinco horas de escribir y dos o tres de pensar en las escenas del día siguiente, recuperé la tranquilidad. Un hombre ocioso siempre aprecia el cansancio cuando llega la hora de dormir. Mis horas de esfuerzo volvieron a dotar de sentido a mis jornadas, la furia y la frustración cedieron el sitio a una especie de sentimiento de satisfacción que pocos podrían entender. Cuando uno cumple con la asignación del día, siente que su existencia queda justificada. Quien ha hecho la tarea se merece su copa y su cigarro. Eso es todo.
Llevaba escrita la mitad de esta nueva novela, primera realizada en mi cuartito, cuando descubrí que las ideas para nuevas historias comenzaban a llegarme en tropel. No había día en el que no se me ocurriera una situación, o una frase, o inventara un personaje, y todo lo iba anotando, con prisa y pésima caligrafía, en las hojas de papel que ya se comenzaban acumular en el escritorio. Supongo que mi furor creativo obedecía en buena parte a la falta de otras ocupaciones para mi mente. Por primera vez en mucho tiempo no tenía mayores problemas. Mis cuentas decían que poseía lo suficiente para vivir dos años más, y después de haber recibido un jugoso anticipo por la obra en la que trabajaba, quizás para tres o cuatro.
Una mañana se me abrieron los ojos antes de lo acostumbrado. En mi mente resonaba la primera cuartilla de una obra distinta. No era la primera vez que me pasaba, pero en ocasiones anteriores me volví a dormir, y al despertar nuevamente la memoria se había desvanecido. Esa vez cambié de estrategia, me levanté y escribí lo que sería el inicio de mi cuarta novela, después regresé a la cama. Más tarde me sorprendí; en verdad que cuando releí ese rápido apunte, no lo recordaba. El fenómeno se ha repetido muchas veces después, pero nunca he vuelto a hacer el esfuerzo de levantarme antes de mi hora, y todas esas ideas, que por un momento se me figuraron brillantes, han caído en el olvido. Y el olvido mata. ¿Cuántos héroes nonatos me esperarán en la otra vida para reclamarme el que los haya infectado de transparencia fulminante? ¿Para recriminarme que mi desidia o mi falta de memoria les hayan robado la oportunidad de ser?
Desentendido por necesidad de mi apunte mañanero, me aboqué a avanzar en mi tercera novela con paso de campeón. Pero existe un límite para las horas que puede uno pasar con la mirada clavada en la pantalla, sufriendo los embates de las perniciosas radiaciones que algunos entendidos aseguran que de ella emanan. Además, el agotamiento también juega su parte. Llega un momento en el que uno escribe maravillas y cuando relee encuentra disparates, es entonces tiempo de detenerse, de declarar cumplida la jornada, de enfocar la atención en algo menos exigente, de iniciar la navegación en la vasta red sin otro motivo que la recreación. Quizás de curiosear en los quehaceres literarios ajenos.
En ello andaba cuando, de no sé dónde, me topé con la entrevista practicada a una editora que promovía lo que era descrito como la gran opción para los autores noveles: la coedición. Gasté un par de horas revisando la estudiada entrevista, también investigando en la página de su editorial y obteniendo un meteórico presupuesto. Sobra decir que este esquema de supuestos riesgos compartidos, en el que difícilmente es rechazada una obra que pretenda la fama, es subsidiado por los bolsillos de los ilusos, como lo era yo todavía. Quedé atrapado entre la tentación de ver la que suponía mi obra maestra convertida en un libro con todas las de la ley, y el recelo de disponer para conseguirlo de lo que mi meticuloso presupuesto asignaba a los gastos de dos meses. Finalmente, enganchado como cualquier incauto, desentendido de la proclividad a sospechar desarrollada a fuerza de descalabros tras largos años de hacer negocios, llevado en un frenético arranque de fe, escribí un correo electrónico a la empresa que con tanto empeño se anunciaba y anexé el texto de mi gran obra, la despreciada en el certamen español, con el propósito de que fuera valorada. Después decidí olvidarme del asunto. Ni siquiera quedé pendiente de la respuesta, que ya intuía cuál habría de resultar.
Terminaba mi tercera novela, en la que ahora depositaba mis esperanzas, cuando la melosa carta de una editora —o debo decir coeditora— apareció en mi correo. ¡Cuántas alabanzas! ¡Qué febril deseo de participar en el lanzamiento de tan meritorio trabajo! ¡Qué habilidad para las ventas y la mercadotecnia! Tanta miel obró para vencer mi reticencia. ¿Cómo ignorar las empalagosas frases que ameritó mi segunda novela? Todavía no imprimía los consabidos manuscritos de mi tercera novela para llevarlos al registro cuando ya había desembolsado el anticipo jugoso que convertiría en sólida realidad lo que hasta poco antes no fue sino sueños. Y todo a través de la Internet, cómodamente solventado con una tarjeta de crédito, como si en realidad no hubiera costado un cinco. ¡Ah, qué fácil es sentirse grande! ¡Qué fácil es también tornarse transparente! Para aquella editorial yo no era más que una presencia electrónica, un ser etéreo. Jamás miré los ojos de ninguno de quienes intervinieron en esa aventura proyectada a cinco meses, y sin embargo, las cajas conteniendo la mitad de la edición arribaron puntuales a mi puerta, porque la otra mitad la conservaron ellos. Ése era el trato. Tiempo después comprendí que pude haber logrado lo doble gastando la mitad, pero, ¿y las emociones? ¿Y la declaración de certeza que acompañó al clic del ratón cuando autoricé el primer cargo a mi tarjeta? Eso vale por una fortuna, y desgraciadamente lo pagué.
En aquellos tiempos creí haber obrado con inteligencia. Ya no sería más un conato de escritor; al ser publicado cambiaba de liga. No tendría necesidad de confesar lo que me costó mi pase de aficionado a profesional, bastaría con mostrar orgulloso los ejemplares de mi magnífica obra, a la que además le seguía profesando fe ciega, aunque ahora pensara que la tercera era mejor. Bueno, ¿en verdad era mejor?, y, ¿la segunda era mejor que la primera? Entré en un nuevo conflicto, como el padre que descubre que ama más a su tercer hijo que al primero, y del conflicto surgió el cargo de conciencia por haber abandonado a su suerte a mi imperfecta primera creación. Por fortuna existe la Internet. Volví a la búsqueda.
Poco tardé en descubrir nuevas opciones. Apenas a los cuantos minutos de haber iniciado mi nueva investigación cibernética, di con un sitio en el que prometían publicar cualquier cosa en línea por la décima parte de lo que me costaría transformar mi segunda obra en un objeto tangible, y por otro tanto, es decir otra décima parte de la misma cantidad, existía la opción de acceder a la impresión bajo demanda, lo que se anunciaba como el último grito de la moda, la tecnología que daría al traste con las grandes editoriales. ¡Vaya! Con la quinta parte de lo que ya estaba condenado a pagar podría concederle a mi primer vástago, mi imperfecta obra de ciencia ficción, la posibilidad de materializarse. Esta vez no dudé. A los pocos minutos mi primera novela ya cruzaba medio mundo, transformada en pulsos informáticos de altísima frecuencia, que la reproducirían fielmente en una lejana computadora. Y de inmediato a pagar, otra vez con el clic del ratón que drenaba de mis cuentas el presupuesto de diez días. Lo hice con gran alivio, se trataba de un acto de justicia.
A los pocos días el texto apareció devuelto en la bandeja de entrada de mi correo
“Su obra tiene errores, ¿por qué no la corrige?”, se leía en el mensaje.
Lo sabía. No me decían nada que no supiera. Se me ocurrió contratar la corrección con ellos con tal de no tener que leerla otra vez, pero se negaron.
—Es muy poco lo que falla, fíjese bien en esto y aquello…
¡Saboteadores!
La tercera corrección corrió por mi cuenta. Tardé varios días. Después la envié. No volví a saber de ellos hasta que un portadista, siempre por correo electrónico, me preguntó cómo quería la cubierta. Se lo expliqué: debía reproducir una de las escenas de la historia, la que a mí más me llegaba. Debo conceder que el resultado fue magnífico, la ilustración que fue sometida para mi autorización parecía haber sido calcada de mis pensamientos. En resumen, seis semanas más tarde llegaba a mi casa una caja conteniendo veinte impresiones de mi primera novela, la cantidad pactada, cumpliéndose así el principio de equidad que me llevó a contratar su publicación: debía salir de la imprenta antes que la segunda, era lo justo.
Aquel día salté de alegría, la miré por fuera, la hojeé sin atreverme a atisbar mucho, la presumí a mis amistades a través de la Internet, después la abrí para leer un poco.
¡Otra vez la maldita sensación! Parecía que no la hubiera corregido. Los yerros medraban como hormigas en el azúcar. Mi alegría se esfumó. Volví a la botella de whisky.
A veces me pregunto, ¿comprenderán quienes nunca lo han intentado que escribir es una aventura intensa y devastadora? Es un maldito subibaja emocional, capaz de llevarte de la euforia a la depresión, en especial cuando pretendes la perfección y al final de cada lance descubres haber quedado demasiado lejos.
Me olvidé una vez más de ese primer intento, mi imperfecto primogénito, capaz de resistirse a mis esfuerzos, de imponer su esencia rebelde, de defender su independencia. Parecía decirme que ya era mayor, que luciría según su parecer y no el mío. Un padre habría experimentado cierto orgullo de descubrir tal fuerza de carácter en uno de sus vástagos; yo no, porque por entonces no había caído en cuenta de que cada obra es un hijo que habrá de correr por el mundo según su suerte, sea para bien o para mal, tardándose lo que haya de tardarse en llegar a donde finalmente llegue.
Volví a mis investigaciones cibernéticas en el intento de iluminar mi ignorancia en cuanto al mundillo editorial. Por lo pronto había descubierto algo importante: quien está dispuesto a pagar tiene las puertas abiertas, editar es un negocio antes que otra cosa, no importa que muchos editores se esmeren en disfrazarse de mecenas. Quienes presumen la alta calidad de sus publicaciones al hacerlo simplemente cumplen con una estrategia mercadotécnica: adornar sus productos, rodeándolos con el brillo de un aura supuestamente culta, para subsanar la escasa penetración de mercado de la marca escrita en la portada, es decir, del nombre del autor en turno. Así acceden a cierto segmento del público, formado por gente que presume de leer cosas que los demás desconocen, o mejor todavía, cosas que otros no son capaces de comprender. ¡Pshé!
Pronto caí en cuenta de algo que, quizás por obvio, jamás había notado. Los grandes autores, los que venden sus títulos por decenas de miles, todos sin falta operan a través de un agente literario. ¡Claro! Debí haberlo pensado. El mismo galardonado del premio que me escamotearon lo confesó al decir:
—Fue mi agente quien me animó a entrar en el concurso.
Pues, ¿qué pitos había de tocar un agente en un concurso? Cada vez me resultaba más sospechoso ese fallo y me quedaba más claro cuál era mi punto débil. Debía conseguirme un agente antes de hacer ninguna otra cosa.
De nuevo a la Internet, aunque sólo para descubrir que en este país los agentes literarios son más escasos que los políticos honestos. Diré, para consuelo de los políticos, que encontré tres, al menos en apariencia, porque cuando intenté ponerme en contacto con ellos, descubrí que solamente uno respondía el teléfono. De los otros dos, el primero ya no era el dueño de la línea que aparecía en los directorios y el segundo tenía el servicio suspendido. ¡Valiente agente, que no ganaba ni para pagarle a la telefónica!
—Con uno es suficiente —me dije—. En cuanto me lea se enamorará de mí, entonces, directo a las grandes ligas.
En la breve llamada, que fue atendida por una dama, aceptaron que les entregara una copia de mi más reciente manuscrito para dictaminarlo. Se los hice llegar emocionado. El agente literario en realidad resultó ser una agente que se encontraba a medio camino en su embarazo. Tras depositar el cuadernillo en su domicilio comencé una vez más a contar el tiempo. Ahora transcurría más de un plazo: el mes que me pidió para emitir su resolución la dama encinta, y los tres meses que aún demoraría en arribar el embarque de libros que mandé coeditar. Contar los minutos de un plazo preestablecido es una ocupación magnífica, porque hace que cualquier contrariedad que se sufra durante la espera sea considerada cosa nimia en comparación con la sensación de triunfo por experimentarse.
Ese día era jueves, noche de boliche. Me presenté a las ocho, como siempre. No acostumbraba llegar retrasado, ni siquiera mientras fui un hombre ocupado, menos ahora que ya no tenía un trabajo que sirviera de pretexto para la impuntualidad. A los pocos minutos apareció Melesio, uno de mis camaradas de juego, hombre desparpajado que por entonces rondaba los treinta y tres años de edad. En cuanto me descubrió se le pintó una sonrisa exagerada en el rostro; caminó justo hacia mí, señalándome con el índice. En ese momento recordé haberle mandado por la Internet el enlace de la página en la que aparecía mi recién lanzada primicia. La expresión de su rostro, mezcla de contento y socarronería, quedó explicada.