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Yehoshua el mago
Alejandro Volnié
Smashwords Edition
Copyright 2008 Alejandro Volnié
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Corriendo un día aciago, en tiempos remotos,
por dar explicaciones,
un hombre inventó al Diablo.
Y el Diablo ladino, taimado, perezoso,
celoso de su oficio,
cumplió inventando a Dios…
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Apareció en este tiempo Yehoshua, un hombre sabio. Fue autor de hechos sorprendentes; maestro de personas que reciben la verdad con placer. Muchos, tanto judíos como griegos, lo siguieron. Algunos de nuestros hombres más eminentes lo acusaron ante Pilato. Éste lo condenó al martirio. Sin embargo, quienes antes lo habían amado, no dejaron de quererlo. Y hasta hoy, la tribu de los cristianos, que le debe este nombre, no ha desaparecido.
Flavio Josefo
Antigüedades judías, 18.3.3
(Años 92-93)
Ananías era un saduceo sin alma. Convocó astutamente al Sanedrín en el momento propicio. El procurador Festo había fallecido. El sucesor, Albino, todavía no había tomado posesión. Hizo que el Sanedrín juzgase a Yaakov, el hermano de Yehoshua, y a algunos otros. Los acusó de haber transgredido la ley y los entregó para que fueran apedreados.
Flavio Josefo
Antigüedades judías, 20.9.1
(Años 92-93)
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1
La luz del poniente teñía de rojo el estucado de la habitación, evocando con sus volubles matices recuerdos de momentos alegres, memorias cálidas condenadas a convertirse en nostalgia perenne. Yehoshua permanecía en silencio. Había sostenido la mano de Ester desde que el día estuvo en su apogeo. Durante la tarde el sueño la venció por momentos, pero él presionó suavemente cada vez que percibió su abandono, reclamándole que volviera, diciéndole que aún no era tiempo, exigiéndole que soportara un poco más, dubitativo ante el inminente desenlace.
—Ha llegado mi hora —musitó ella. En su rostro pálido se dibujaba la resignación de quien sabe que afronta lo inevitable—. Busca una buena mujer, que te ame como yo te he amado y que te dé muchos hijos —terminó, agotada por esas pocas palabras.
Yehoshua forzó la sonrisa, disimulando el dolor del que no conseguía sustraerse a pesar de las enseñanzas de sus maestros. Sabía que ella pronto estaría en un sitio mejor, pero también que las separaciones desgarran el corazón aun al más sabio y el vacío subsiguiente hace perder el aplomo hasta al más decidido. Entendía que el luto que habría de llevar por dentro dolería más cuanto más hiciera por ocultarlo; no obstante, tendría que pretender que todo estaba bien. Un hombre de conocimiento no debe exhibir su debilidad.
—¡Yohasnam! —llamó Yehoshua al muchacho que salió poco antes para rellenar las lámparas.
—Dime, padre —apareció sobresaltado, la garrafa de aceite en una mano y una lámpara vacía en la otra.
—Deja eso y ve a buscar al maestro Orodes —ordenó.
El único hijo de Ester y Yehoshua quedó impávido, escrutando el rostro impasible de su padre. Conocía bien la expresión vacía que acompañaba a esa mirada, con la que al pretender ocultar de los extraños sus emociones más hondas, lo que en verdad conseguía con sus allegados era delatar la vorágine turbia de pensamientos y sensaciones que arrebataba su alma, reticente ante los empeños de su mente por restaurar la claridad a partir de la máxima suprema de los de su clase: “Todo está bien siempre”.
—¡Anda! —insistió Yehoshua con voz suave pero firme. Yohasnam percibió esta vez cierta dulzura en su tono. Él y su padre eran muy próximos. Por encima de la autoridad paterna, a la que debía sumisión de por sí, existía entre ellos una relación más profunda. Yehoshua era su maestro, tal como Orodes lo fue de Yehoshua durante mucho tiempo. Había llegado a comprender que tales relaciones entre maestro y alumno suelen durar toda la vida; de ahí que ahora que su padre atravesaba por una situación atribulante recurriera a Orodes antes que a nadie más, sin importar que para esos tiempos fueran tan maestros el uno como el otro.
Tras perder un instante en vertiginosa cavilación, el muchacho se dio la vuelta para cumplir la orden recién recibida. Al cruzar la estancia abandonó lámpara y aceite sobre la gran mesa y salió apurado al pasillo. El apartamento que ocupaba su familia era uno entre los veinte de un elegante complejo de cuatro niveles, construido con sólidos bloques de duras calizas, tallados a la perfección para evocar la clásica grandeza griega. El edificio era una de las obras que daban renombre a la refinada arquitectura de Seleucia del Tigris, ciudad ribereña situada en la margen occidental del caudaloso río mesopotámico. Poco acusaba la próspera Seleucia los efectos del dominio parto en esos tiempos, permaneciendo fiel a sus costumbres helenizadas.
Yohasnam bajó a la carrera los treinta escalones que separaban el primer piso y la entrada, después siete más hasta la calle. De pronto sentía urgencia por volver llevando consigo al maestro Orodes. Al salir volteó por un instante hacia la vecina Ctesifonte; la vista de sus albos edificios, entintados de rojo por la luz del crepúsculo, siempre le había parecido excepcional; sin embargo esta vez no se detuvo a contemplar el reflejo en el río Tigris de la gran urbe pintada de ocaso.
Ctesifonte fungía como capital de invierno del gobierno parto, erigida en la ribera opuesta. Desde el vasto salón del trono del palacio de Khorsan, el renombrado palacio blanco, Artabanus II regía los destinos del imperio. Allá se hablaba en persa, lengua que Yohasnam también dominaba, mientras en Seleucia los idiomas comunes eran el griego y el arameo, adoptados por necesidad. Con las caravanas que recorrían la ruta de la seda llegaban viajeros de todo el mundo conocido. En las atiborradas calles de la ciudad se confundían naciones y creencias merced a la tolerancia obligada por los intereses comerciales.
Apenas afuera emprendió la carrera, esquivando transeúntes y bestias de carga. Previo al anochecer las calles amenazaban con no bastar para tantos que se movían en ellas, apurados por volver a casa, o al menos por ponerse a resguardo en alguna posada antes de la inminente extinción del día. Yohasnam se detuvo unos cientos de trancos adelante. El maestro Orodes vivía en una mansión vía abajo, en el mismo barrio de gente acomodada, uno de los pocos en los que se mezclaban razas y credos, niveladas las disparidades por la influencia y el poder comunes a todos los residentes.
A diferencia del edificio en el que vivía su familia, ocupado totalmente por maestros constructores, gremio en bonanza continuada desde hacía muchos años gracias a la prosperidad de Seleucia y Ctesifonte, la mansión de Orodes lindaba con las de dos notables de la ciudad, ambos miembros del Synedrion de Seleucia, cuerpo de gobierno cuya misión era moderar los impulsos del sátrapa en turno. El anciano maestro había renunciado hacía ya mucho tiempo a su asiento en el concejo, parte por cansancio, parte por aburrimiento. Lo suyo era construir, también regir los destinos del gremio de constructores y educar a sus aprendices. Discutir asuntos de política y economía poco le interesaba, sabedor de que su valer en la comunidad derivaba de su calidad de indispensable cuando la gente acomodada decidía presumir su posición social costeándose mansiones, palacetes y templos, y que su valer en el imperio provenía de la importancia que Artabanus II confería a sus consejos.
—¿Buscas al maestro? —lo recibió en la escalinata uno de los aprendices de Orodes.
—Sí. Mi padre me ha mandado a buscarlo.
—El maestro se encuentra meditando, como todas las tardes en el ocaso.
—Pero… —repeló Yohasnam, que sabía que de poco le valdría alegar. Con la prisa olvidó que el maestro no toleraba interrupciones durante las oraciones del amanecer y el anochecer, cuando se unía con Ahura Mazda a través de cantos susurrados y pensamientos enfocados.
—¡Recibe al muchacho! —se escuchó lejana la voz de Orodes.
El aprendiz no se sorprendió. Estaba acostumbrado a la extraña habilidad del maestro de adivinar quién se encontraba a las puertas de su mansión sin haber tenido que mirarlo o escucharlo. Yohasnam no esperó. Entró apresurado, temiendo que a pesar de sus apremios el tiempo no le alcanzara para volver a tiempo a casa.
—Maestro Orodes —saludó al anciano inclinando la cabeza—, mi padre me ha mandado a buscarte. Mi madre está muy enferma.
Los ojos claros del maestro se fijaron en Yohasnam. Su tez blanca se arrugaba en carnosidades voluminosas de las que surgían encanecidos cabellos, cejas y barba. La mirada del sabio era temible cuando reprobaba, pero también suave y cálida cuando consentía. Se abstuvo de responder; en vez se despojó de la mitra cilíndrica, bordada con hilos de oro en representaciones del cielo y sus astros, y se caló un gorro frigio, casi tan adornado como la mitra. Se levantó con agilidad de mozuelo del cojín de seda sobre el que se sentaba y quedó de pie sobre la alfombra.
—Vamos —concedió.
Yohasnam arrancó con pasos largos, acicateado por la ansiedad. Deseaba volver junto a su madre sin demora.
—Despacio, Yohasnam —susurró Orodes con voz tan queda que apenas se dejaba escuchar—. El tiempo siempre es el justo, eso ya lo sabes.
La voz del anciano obró el efecto de cada vez. De pronto Yohasnam se sintió tranquilo, liberado del apremio ante la certeza de estar de regreso a tiempo. Así siguió los pasos del magie por la calle, aprovechando el espacio que la apurada muchedumbre parecía abrirle a Orodes aun sin notarlo. Ya no era necesario esquivar bestias o personas, bastaba con pisar justo donde las botas del maestro lo hacían, copiando el andar calmo e hipnotizante que le era peculiar. El sabio parecía esforzarse poco por avanzar, sin embargo avanzaba.
—¡Maestro Orodes! —lo recibió Yehoshua—. Mi Ester se va…
Ante la presencia de su maestro la mirada de Yehoshua perdió el aplomo. Solamente a él se atrevía a mostrarle su debilidad. Quizás este instante fuera su único consuelo.
—Ven, Yehoshua —lo llamó fuera de la habitación. Los tres se sentaron a la mesa de la estancia.
—¿Para qué me has hecho venir? —inquirió en un tono mezclado de severidad y comprensión.
—Tú lo sabes. Ester se va y no puedo hacer nada para evitarlo.
—Es cierto —repuso Orodes—. Nada puedes hacer.
—¡Pero tú sí! ¡Tú sanas!
—Puedo hacer tanto como tú —sentenció calmoso—. No tengo más poder que tú o que nadie más. Lo sabes bien.
—Lo sé. Si tan sólo me permites revelarle algunas verdades a Ester…
Orodes lo miró. ¿Acaso Yehoshua estaba tan desesperado que se atrevía a retar la regla fundamental de los magies? Su saber no era asunto para ser discutido con cualquiera, menos todavía con una mujer. Y aun si en este momento le revelara todos sus secretos a la moribunda, de poco le valdría. Nadie ha conseguido comprenderlo todo en un instante. La ciencia de los astros, el dominio del yo, el ejercicio puro de la certeza. Todas son materias que lleva largo tiempo asimilar. No hubo de usar palabras para comunicarle su sentir, bastó con esa mirada profunda.
—Es verdad, Orodes —consintió Yehoshua—. Sabemos bien que el mal que aqueja a Ester no es objeto de sanación. Agoniza sin fiebres ni dolores. Su partida es algo que ha decidido por cuenta propia. Su tiempo lo fijó a voluntad y está en paz. Perdóname, maestro Orodes. Por un instante me dejé llevar.
—Mi paz queda contigo, maestro Yehoshua —se despidió el sabio. Enseguida se marchó.
—¿Por qué no ha querido ayudarnos? —preguntó Yohasnam en cuanto quedaron a solas.
—Nos ha ayudado —repuso Yehoshua—. Me ha hecho recordar lo que ya sabía: que la partida de tu madre es inevitable porque ella así lo ha decidido. Sus motivos yacen en su voluntad, quizás porque haya entendido antes que nosotros cuál era su trabajo. Tu madre nos dejará para que continuemos nuestro camino. Seleucia ha tenido suficiente de nosotros.
Volvieron a la habitación justo a tiempo de tomar cada una de las manos de Ester. Ella abrió los ojos por última vez. Una sonrisa mustia se dibujó en sus labios. Después cerró los ojos y expiró.
Yohasnam sintió miedo. Volteó para escudriñar el rostro de su padre. Él ya no sufría. En cambio, su rostro parecía irradiar cierta luminiscencia que destacaba en el anochecer.
—Enciende una sola luz —ordenó apacible Yehoshua—. Yo me encargaré de ungir el cuerpo de tu madre con mirra y aceites, la envolveré en lino y la arroparé con un sudario. Bésala antes de partir, luego lleva la noticia de su partida al barrio de los judíos para que se disponga el sepelio. También avisa que deseo comprar una quéver para que su cuerpo aguarde imperturbado mi regreso aun si demoro muchos años. Mírala bien para que atesores su recuerdo, porque pronto estará la casa colmada de dolientes y plañideras.
—¿La ungirás tú, padre? ¿Acaso no es trabajo de mujeres? —alegó el muchacho extrañado.
—¿Crees tú que haya trabajos y saberes que sean solamente para hombres o mujeres? —replicó Yehoshua con aire de suficiencia.
—Eso me ha dicho el maestro Orodes… También lo dicen nuestras leyes —alegó altivo.
—Pues yo te digo que no... Y también te digo que si hubiera obrado de acuerdo con lo que ahora entiendo, tu madre seguiría con nosotros.
—No comprendo.
—Ya comprenderás. Por lo pronto, haz como te he dicho…
2
—Vestirás esta túnica y llevarás sandalias en la procesión —anunció Yehoshua a Yohasnam. El muchacho miró a su padre consternado. No recordaba jamás haber vestido en modo distinto del que ahora lo hacía: calzando de kroumir, los acostumbrados botines suaves de piel con tacón, apropiados por igual para caminar que para montar; el kandys, de lino en verano y de lana en invierno, que podía ceñirse a las piernas a modo de pantalón; el paño de barbilla cuando había que estar a la intemperie y un sayo ricamente bordado por encima de todo cuando era menester lucir elegante. Las túnicas eran propias de extranjeros. Muchos caravaneros las usaban, pero no los residentes de Seleucia; ni siquiera los judíos. Quedó mirando a su padre, que le tendía la vieja prenda y unas sandalias extraídas de alguno de los arcones apilados en otra habitación. Nunca antes había visto esas ropas. Siempre pensó que lo único que rellenaba las grandes cajas eran los rollos de pergamino escritos en griego, arameo o hebreo, que aprovechaba para enseñarle la ley judía y los pensamientos de otros pueblos. De éstos poseía muchos.
—Pero, padre… —repeló entrecortadamente el muchacho.
—Yo haré otro tanto —explicó Yehoshua—. El día de hoy lo viviremos de acuerdo con las leyes judías. Ester no tiene parientes en Seleucia y muchos de los judíos de por aquí se comportarán como partos en la procesión. La mayoría ha olvidado sus orígenes, nosotros no.
Yohasnam contuvo sus alegatos. Yehoshua se había explicado bien con pocas palabras. La mañana ya despuntaba. Debían ponerse en camino en cuanto el sol hubiera asomado por completo, cumpliendo así con la ley judía que manda sepultar el cadáver en el mismo día de la muerte. El sepulcro recién comprado para Ester estaba en las afueras. Andar hasta él con paso lento llevaría buen tiempo y el calor pronto agobiaría. Hasta las plañideras, que se habían turnado durante la noche para lamentarse, parecían ahora reservar las energías para lucir sus habilidades a la vista de los viandantes. La casa, atestada como lo estaba, había caído en un instante de silencio.
Al aparecer vistiendo de túnica y sandalias, Yehoshua alargó un talit a Yohasnam.
—Has cumplido trece años —le explicó al entregárselo—. Estás obligado por las mitzvot.
El muchacho no requirió explicaciones. Había cumplido trece unos días atrás. Sabía que por ello se convertía en adulto. A decir verdad, se preguntaba si su padre lo notaba, porque entre la enfermedad de su madre y sus constantes visitas a Ctesifonte, donde supervisaba los avances del nuevo palacio del hermano del emperador Artabanus II, había estado demasiado ocupado. En los días recientes Yehoshua había omitido sus oraciones vespertinas más de una vez por no haber vuelto a casa a tiempo. Su padre usaba invariablemente el talit durante las plegarias. Yohasnam había añorado que llegara el día de hacer otro tanto, en especial después de descubrir la mitra del maestro Orodes revistiendo de importancia su plegaria cuando lo fue a buscar la tarde anterior. Los magies oraban cada uno a su dios. La mayoría a Ahura Mazda, porque eran partos por conquista aunque persas por tradición, lo que no interfería con que él y su padre oraran a Adonaí, el dios de los judíos.
Con el sol ya completo sobre el horizonte el cuerpo de Ester fue situado sobre una camilla de mimbre, de cuyos extremos se prolongaban cuatro puntas a modo de asideras. Cuatro hombres portando talits sobre sus vestiduras persas izaron el cuerpo. Las plañideras retomaron los lamentos al unísono. Así descendieron las escaleras para iniciar el camino hacia la tumba. Yohasnam se sintió sobrecogido. El recuerdo de los discursos de su padre, con los que muchas veces le explicó que, contrario a la creencia judía tradicional, el alma no muere con el cuerpo sino que tan sólo se libera para reunirse nuevamente con el soplo divino, quedó relegado al olvido ante la opresión que sintió. Deseaba llorar. Tuvo que sobreponerse pronto. El llanto es asunto de plañideras, no de hombres cabales.
La procesión, encabezada por el cuerpo inerte de su madre, debía ser seguida por él y su padre; después por los judíos, las plañideras gimiendo y gritando con ánimos renovados antes que los otros, y al final los miembros del gremio constructor. Maestros primero y después obreros, hasta formar entre todos un contingente que superaba los trescientos dolientes. Yehoshua era un hombre ilustre y reputado en Seleucia, de ahí la cuantiosa asistencia al funeral.
Los maestros magies que los acompañaban no se notaban compungidos, en cambio denotaban aire festivo, convencidos de que la fallecida ya estaba en un sitio mejor. Sus cantos en la parte posterior del contingente disonaban de los gritos desgarradores de las plañideras al frente.
—Cúbrete la cabeza y rasga tu túnica —instruyó Yehoshua a Yohasnam en cumplimiento del rito luctuoso.
Abriéndose paso por las calles el cortejo fúnebre alcanzó el muro poniente de Seleucia. Los portadores de la camilla avanzaban ligeros. El cuerpo de Ester se fue enmagreciendo con el avance de su extraño mal hasta convertirse en poco más que piel y huesos. Tardó varios años en alcanzar la mínima expresión de lo que antes fue, tras lo cual su muerte resultó inevitable. Todo comenzó el día en el que consultó al maestro Orodes, preocupada por su infertilidad. Tras el nacimiento de Yohasnam no conseguía quedar encinta nuevamente, por lo que se atrevió a compartir sus inquietudes con el hombre al que su esposo tenía en tan alta estima. Era común que Yehoshua ensalzara la sabiduría de su mentor cada vez que la ocasión de hacerlo se presentaba. Por eso se atrevió a buscarlo por cuenta propia aquella vez. Pero la revelación que el maestro magie le hizo esa tarde en vez de devolverle la esperanza desencadenó el proceso de su minimización. El anciano le dijo que Yehoshua estaba llamado a cumplir una misión única. Le explicó que llegaría el día en el que tanto él como su hijo unigénito deberían partir de Seleucia y cruzar el mundo en una travesía cuyas huellas perdurarían por cientos de generaciones. Él mismo, en su calidad de maestro, obró más allá de lo que nadie sospecharía para ponerlo sobre la senda. Pocos magies estaban al tanto del destino de Yehoshua y ninguno seguro del resultado final. Lo único cierto era que ella no formaría parte de la gesta histórica de su hombre, los astros así lo marcaban.
Ester se rebeló en primera instancia, aunque pronto comenzó a asimilarlo. Quizás porque Orodes poseía la habilidad de sembrar sus pensamientos en los demás a conveniencia, o posiblemente porque se sintió desencantada al averiguar que su prole había llegado a su número con Yohasnam. Lo cierto es que sus modos se fueron volviendo suaves y resignados y sus deseos menos intensos cada vez, hasta llegar al punto en el que poco era lo que se alimentaba y menos lo que deseaba. Parecía estar en paz al dejarse conducir hacia la muerte por su propio abandono, como si llevara la cuenta regresiva de los días que le quedaban, como si su fecha le hubiera sido revelada y eso la hiciera feliz; porque Orodes le dijo que Yehoshua habría de partir de Seleucia cuando hubiera cumplido treinta y tres años. Así se marcaba en el firmamento.
El calor se comenzaba a sentir cuando la procesión se detuvo en una antigua cantera entre cuyas vetas agotadas era costumbre excavar sepulcros. Uno de los judíos del contingente se adelantó para señalarle a Yehoshua la entrada, descubierta al haber sido corrida la pesada piedra que la obturó hasta la noche anterior.
—Es un sepulcro nuevo —anunció con cierto orgullo—. Amplio, pero para un solo cuerpo, tal como lo pediste.
Yehoshua asintió. Los porteadores descansaron la camilla en el suelo. Él se acercó por última vez al cuerpo de Ester para posar su mano diestra sobre el sudario, justo donde se adivinaba la frente bajo la tela; la mano izquierda la llevó a su corazón y así permaneció por un momento. Las plañideras arrancaron a todo pulmón, algunos hombres recitaban salmos en su lengua santa, el hebreo, a media voz. Los magies cantaban.
—Ya —anunció Yehoshua.
La camilla fue llevada al interior y el cuerpo inerte recostado en la plancha excavada en la pared al fondo del sepulcro. Para entrar hubieron de hacerlo casi a rastras, porque la oquedad de acceso era muy reducida. Yehoshua se negó a pisar dentro de la cámara funeraria, mejor dejó que las mujeres acomodaran el cuerpo de quien fue su mujer, depositaran los ramos aromáticos y vertieran aceites para perfumar el recinto. Él sabía que el alma de Ester era inmortal, no así su cuerpo, que pronto quedaría corrompido para volver al polvo. Si no hubiera estado obligado por las leyes judaicas al sepelio ritual, quizás hubiera preferido disponer de los restos de su mujer al estilo de los persas. Elevarlos a la cima de una torre del silencio para que las aves de rapiña dieran cuenta de ellos, y días después volver para arrojar los huesos en el pozo central de la torre, en un adiós rápido, capaz de romper las ataduras materiales y liberar el alma para continuar su camino.
Al quedar la piedra redonda en posición, cerrando por un tiempo la entrada del sepulcro, Yehoshua despidió a las plañideras. Sabía que de no hacerlo permanecerían lamentándose en el lugar durante un rato largo todavía. Les pagó a ellas, también al constructor de la quéver, a todos sin regatear. Repartió entre los dolientes menos ricos el resto de lo que llevaba en la talega. Orodes sonreía. Alguna vez presenció una discusión prolongarse durante horas en un funeral porque no se acordaban los precios. Su alumno demostraba una de las cualidades más difíciles de encontrar, aun entre los magies, porque muchos no eran dados a la caridad más allá de la obligación.
Los dolientes iniciaron el regreso a Seleucia. La antigua cantera comenzaba a quedar desierta. Yehoshua seguía en pie, presa de la introspección. Junto a él permanecía Yohasnam expectante, también Orodes.
—¿Estás listo para continuar? —preguntó el anciano maestro.
—Lo estoy. El tiempo se ha cumplido.
—Arregla tus asuntos antes de partir —le recomendó Orodes—. Sabes que Artabanus es de mal temperamento.
—Lo sé —repuso Yehoshua esbozando una sonrisa.
Yohasnam sintió deseos de preguntar. No comprendía el diálogo entre su padre y el maestro. Decidió abstenerse. La experiencia le decía que intentar indagar lo que no le era revelado en primera instancia lo llevaría a ser reprendido. Ahora que ya tenía trece años suponía indigno el ser reconvenido, en especial si esto era por haberse comportado como un niño.
El viento sopló desde el norte levantando el polvo en un torbellino. Los tres iniciaron el regreso con paso calmo y en silencio mientras sus huellas iban siendo borradas por la agitación de tierra y viento. Eran los últimos en el lugar.
3
La primera luz del día encontró a Yohasnam despierto. Poco consiguió dormir durante la noche. Tras dejar el cuerpo de su madre en el sepulcro, él y Yehoshua volvieron a casa. Casi nada hablaron, apenas lo indispensable. Lo que quedaba del día lo pasaron en ayuno y silencio, después encendieron una sola luz y se recogieron, cada uno en su habitación. Habría deseado que su padre le explicara el extraño diálogo que sostuvo con Orodes en la vieja cantera, que le hubiera esbozado los planes que tenía para el futuro, porque la frase “Seleucia ha tenido suficiente de nosotros” pronunciada ante el lecho de muerte de Ester lo mantenía a la expectativa; un tanto intrigado, aunque más bien inquieto. Él no conocía más del mundo que Seleucia del Tigris y Ctesifonte, aunque sabía de la existencia de infinidad de otros pueblos y ciudades. Al cruzar el Éufrates hacia el poniente comenzaba el Imperio Romano y el oriente se extendía hasta tierras muy remotas de las que las caravanas traían sedas y especias, productos de sitios exóticos en los que se hablaban lenguas muy distintas y se adoraba a dioses improbables.
—Me marcho a Ctesifonte —apareció Yehoshua a la puerta de Yohasnam. Vestía nuevamente al estilo persa y llevaba el gorro frigio con bordados dorados que reservaba para las entrevistas importantes. El muchacho recordó a Orodes aconsejando a su padre que visitara al emperador Artabanus.
—Durante mi ausencia ocúpate en reunir y empacar las pertenencias de tu madre. Veré que sean recogidas por quien les pueda dar buen uso. No conserves nada de ella que no puedas cargar contigo en un viaje largo. Pronto partiremos.
Yohasnam se estremeció. Deseaba preguntar tantas cosas, pero sabía que los maestros jamás dicen más de lo indispensable, como si sus conocimientos debieran ser entregados a cuentagotas para prolongar el periodo de aprendizaje tanto como resulte posible.
—Está bien, padre. Así lo haré —consintió.
Yehoshua salió del edificio y enfiló hacia el puente de arcos que cruzaba el Tigris. Temprano, como lo era, había que esperar en fila para atravesar hacia Ctesifonte. Gente y bestias de carga se alineaban en ambos extremos, aguardando su turno para transitar la estrecha vía cuyo ancho no aceptaba más de dos camellos a la vez a lo largo de sus quinientos codos de extensión.
Pasando de largo la línea de los que aguardaban para cruzar, Yehoshua caminó hasta la ribera. En temporadas de bajo flujo existían barqueros que atravesaban a los andantes a cambio de una moneda de cobre. Sus servicios eran un lujo que la gente común rara vez se aventuraba a costearse, porque el tiempo ahorrado no valía tanto como la moneda entregada a cambio.
—Paz en este día, maestro Yehoshua —lo saludó un barquero al aproximarse, haciendo una reverencia tan exagerada como si se hubiera presentado el mismo Artabanus. Los magies eran personajes ilustres que no ocultaban su condición de hombres de conocimiento, aunque no solían compartir su saber ni obsequiar demostraciones. Todos, sin excepción, eran acaudalados; ya fuera su negocio la medicina, la construcción, la administración de templos, el cambio de moneda o el comercio a gran escala. Eran reverenciados en las calles y respetados aun en las conversaciones privadas, temerosa la gente común de las habilidades que les eran atribuidas, entre las que se contaba la de ser capaces de escuchar a la distancia y a través de los muros cuando alguien mencionaba sus nombres. Era obligado suponer que podían oír de tan peculiar manera porque solamente así podía explicarse lo que de otro modo resultaba inexplicable: que siempre estaban enterados de cuanto sucedía.
Yehoshua subió a la barca y se acomodó. Apenas respondió al saludo del barquero con un ademán, apegado a la costumbre de la gente importante de abstenerse de intercambiar palabras innecesarias con gente de condición inferior. El hombre soltó amarras y tomó los remos. No obstante que en esa época del año el Tigris todavía estaba bajo de caudal, la corriente se había tornado fuerte, presagiando una crecida. Las paladas tozudas del corpulento remero los hacían avanzar tanto como la corriente los obligaba a derivar. Lo común era iniciar el cruce al norte del puente y terminarlo al sur, tras pasar bajo alguno de los arcos centrales por efecto de la deriva. Alguna vez se instalaron cuerdas para remediar el problema, pero los sátrapas de Seleucia y Ctesifonte prohibieron su uso tras la crecida que años antes sacó de madre las aguas por haberse formado un dique de ramas y desperdicios entre la infinidad de cabos tendidos a través el río.
Una vez cumplido el cruce Yehoshua pagó al barquero y enfiló hacia el palacio blanco. Las calles de Ctesifonte se notaban más nuevas que las de Seleucia, sus piedras más blancas, sus edificios todos parecidos. La moda impuesta por el emperador así lo obligaba.
Frente a la entrada del gran salón del trono se formaba una fila larga. Artabanus concedía audiencia, temprano por la mañana, seis de cada siete días. Recibía a la gente según hubiera llegado, aunque solamente a unos cuantos entre los muchos que esperaban. A veces era necesario permanecer en la línea varias semanas para ser atendido, luego había que confiar en la propia fortuna. El emperador era reputado por sus cambios de humor impredecibles. En ocasiones despedía con un violento no a quien iba entrando, sin importarle que hubiera aguardado la audiencia por muchos días. La negativa le era gritada con voz rugiente a través del salón aun antes de presentar sus respetos. Los guardias detenían al desafortunado para llevarlo prestos de regreso al patio, donde su desazón era contagiada a quienes seguían en espera.
Yehoshua atravesó la explanada frente al gran salón y se detuvo justo ante la puerta. Los guardias lo reconocieron. No necesitó intercambiar palabras. El paso le fue franqueado en cuanto Artabanus estuvo dentro del salón y sentado en la silla real, que se elevaba casi dos metros sobre el piso.
El emperador, poderoso como lo era, sufría de una enfermedad cuyo remedio definitivo le resultaba inalcanzable. El hombre todopoderoso de la Mesopotamia y tierras circundantes vivía aterrado ante la certeza de una muerte prematura. Era muy joven cuando un magie de las regiones orientales del imperio le pronosticó que llegaría al trono, pero también que tendría un final temprano y a traición. Desde entonces aprovechaba cada oportunidad para indagar los designios del cielo, que solamente los magies eran capaces de traducir al lenguaje de los hombres. Era por eso que se construían sin cesar plazas, edificios públicos y templos en Ctesifonte; así se aseguraba de que los maestros constructores, que los principales eran todos ellos magies, lo visitaran con frecuencia sin necesidad de hacerlos llamar. También por eso los guardias sabían que tan ilustres visitantes debían ser recibidos sin demora.
—Paz, maestro Yehoshua —lo recibió Artabanus espabilándose.
Él terminó el camino hasta quedar frente al trono y respondió con la reverencia obligada:
—Paz, gran Artabanus.
—Dime, maestro Yehoshua, ¿qué te trae hoy ante mí? ¿Acaso algo que se te haya mostrado en los cielos? —preguntó, haciendo por ocultar su ansiedad.
—No es lo que los cielos revelan hoy lo que me ha traído ante ti —repuso Yehoshua con cierta parsimonia—, sino lo que revelaron al momento de mi nacimiento. Mis días en Seleucia han llegado a su fin. Debo partir hacia tierras lejanas. Vengo a solicitar tu consentimiento.
—¿Acaso te marchas porque has quedado viudo? —inquirió Artabanus, sonriente ante su demostración de poder. Presumía de saber siempre lo que sucedía en sus dominios.
Yehoshua no se inmutó. Debía hacer que Artabanus pensara que él sabía desde antes que estaba enterado.
—No, gran Artabanus. Sucede que la muerte de Ester es la señal que marca el tiempo cumplido. Eso es todo.
—Pero… ¿qué será del palacio que construyes para mi hermano? —lo retó.
—El maestro Orodes designará un nuevo constructor que te satisfaga, gran Artabanus —declaró Yehoshua sin variar el tono.
—Ya veo. Te daré salvoconducto para que nadie se interponga en tu camino mientras cruces mis dominios; pero a cambio, dime qué dicen los cielos de la cuenta de mis días.
Yehoshua se tomó unos instantes para responder. El temor crónico de Artabanus a sufrir una muerte prematura era asunto bien conocido entre los magies, que tenían acordado entre ellos jamás entregarle una predicción de largo plazo, sino tan sólo concederle unos cuantos días de sosiego con sus palabras. De ese modo mantenían abierta para ellos la puerta del palacio del emperador. Sin embargo no les estaba permitido mentir abiertamente, por lo que ensayaban respuestas crípticas, cargadas de ambigüedad, que además contuvieran un trozo de su sabiduría, convencidos de que Artabanus sería incapaz de descifrar la verdad oculta en el mensaje.
—En los cielos se marca para ti una vida tan larga como tu certeza de vivirla, gran Artabanus —pronunció Yehoshua con dramatismo.
—Es decir que aún viviré mañana… —interpretó dubitativo el emperador.
—Tan cierto como que lo has dicho —consintió Yehoshua.
Artabanus sonrió satisfecho. La promesa de un nuevo amanecer es una esperanza grande para quien vive atormentado por la expectativa de la muerte.
—Marcha en paz, maestro Yehoshua —lo despidió el emperador—. Y no olvides decirle a Orodes que lo espero pronto. Tenemos asuntos por discutir.
—Paz para ti, gran Artabanus. Hoy mismo le llevaré tu mensaje al maestro Orodes.
Yehoshua se retiró caminando hacia atrás unos cuantos pasos, según lo obligaba el protocolo, aunque girándose pronto para caminar de frente hacia la salida, como se lo permitía su importancia. La gente común tenía prohibido darle la espalda al emperador, no así los magies.
—Maestro magie —lo llamó una vez afuera el siguiente que esperaba en fila para ser recibido. Yehoshua se detuvo ante el llamado—. ¿Está de buen humor Artabanus o me recomiendas dejar pasar a otros primero?
—El emperador se encuentra de buen humor —respondió apenas mirándolo—. Lo que hayas de pedirle, pídelo seguro de que te será concedido —agregó. De inmediato se alejó.
Al llegar nuevamente a la ribera del Tigris, Yehoshua encontró al mismo barquero que lo cruzó más temprano, que apenas había conseguido remontar la corriente halando la barca con una cuerda a lo largo del margen del río.
—Crúzame de regreso —le pidió Yehoshua.
—Pero, maestro… —repeló el hombre sofocado por el esfuerzo—. ¿Acaso no ves que la corriente ha crecido de súbito? Las aguas han aumentado una vara desde que cruzamos. Dudo poder vencer su fuerza con mis brazos solos. Será mejor que pases por el puente.
Yehoshua volteó para mirar la línea de espera en la embocadura del puente. Parecía no haber disminuido desde la mañana.
—Crúzame tú —insistió.
—Es demasiado riesgoso —se defendió el barquero—. Yo mismo pienso cruzar por el puente para volver a casa. Parece que los deshielos de los montes Tauros se han adelantado este año, o quizás haya caído una tormenta en sus cúspides, porque el Tigris se ha tornado violento de pronto y ya no es seguro.
—Si dejas tu barca en esta ribera deberás pagar impuestos al sátrapa —le recordó Yehoshua.
—Lo sé, maestro. Debo encontrar el modo de llevarla a la otra ribera. Quizá consiga quien me ayude a cargarla a lo largo del puente cuando ya sea de noche y esté despejado.
—¡Vamos! Crúzame a la otra orilla de una vez. Nada te sucederá si estás conmigo. La cuenta de mis días está todavía lejos de cumplirse.
El barquero lo miró. Entonces comprendió que no podía negarse. Algo imprimía Yehoshua en sus modos que obligaba a acallar las réplicas. Resistir el imperativo de sus ojos penetrantes, pero también reconfortantes, era hazaña para la que se sabía insuficiente.
—Sube, maestro —consintió por fin, inexplicablemente desentendido de su reticencia previa.
Así emprendió el cruce, lidiando contra la corriente y pensando que conseguiría alcanzar la ribera de Seleucia, apenas notando que cada una de sus paladas rendía tanto fruto como si las aguas estuvieran mansas. Su mirada permanecía en los ojos calmos de su pasajero, que viajaba sentado, afectando un aire de serenidad profunda, indiferente al bramido de las olas que estallaban implacables contra la barca. Ni salpicaduras ni crujidos de viejas maderas parecían afectar al maestro magie, como si supiera que el fragoroso Tigris habría de ser derrotado sin remedio.
Al llegar a la orilla opuesta Yehoshua descendió y le alargó una moneda de cobre al barquero.
—Pero, maestro —repuso el hombre aliviado y sonriente—, no la puedo aceptar. Bastante has hecho protegiéndome durante el cruce. Por momentos sentí que no me costaba trabajo remar.
—Sin embargo, el río está crecido —respondió Yehoshua a modo de provocación.
—Debe ser porque eres un magie, maestro. No encuentro otra explicación. Y bastante has hecho ya ahorrándome el problema de dejar mi barca en la orilla equivocada. No puedo cobrarte.
—Aun así, es mi voluntad pagarte. Te pedí un trabajo y tú lo cumpliste. Lo justo es que recibas lo que te corresponde por ello.
—Gracias, maestro —dijo el barquero al tomar la moneda. A continuación hizo una reverencia prolongada. Cuando levantó la mirada, Yehoshua ya se había marchado.
4
En la sala de la mansión de Orodes se encontraban reunidos Yehoshua y el viejo maestro, sentados los dos sobre el gran tapete de seda que ocupaba el centro de la habitación y acomodados a desparpajo aprovechando los abundantes cojines. Un esclavo había dejado té y frutas secas mientras otro agitaba un largo abanico para mantener el aire en movimiento. En las tardes calurosas las moscas eran atraídas en cantidades por el aroma de los dátiles y las uvas pasas ofrecidas por el anfitrión.
—He decidido no demorar mi partida —anunció Yehoshua tras sorber un poco de té de su copa.
—¿Tan pronto te marcharás? —preguntó Orodes, más por retórica que por cuestionar la decisión que ya intuía.
—El tiempo siempre es el justo —repuso, repitiendo la misma máxima de los magies que Orodes aprovechó dos días antes para calmar los ímpetus de Yohasnam—. He pactado salir hacia el norte con una caravana que partirá mañana al amanecer hacia Dura Europos.
—Ya veo —consintió Orodes—. ¿Qué necesitas de mí?
—Necesito de ti que me ayudes a disponer de cuanto me es menester abandonar, porque mi viaje no tendrá retorno.
Orodes no se inmutó. Conocía mejor que nadie el destino escrito en el firmamento para Yehoshua. Él mismo se encargó de poner sobre la senda, cuando apenas tenía poco de nacido, a quien resultó ser su discípulo más brillante. Hacerlo tuvo sus complicaciones. Junto con otros magies y tras haber deliberado y meditado concienzudamente la interpretación de los cielos de aquellos tiempos, hubo de viajar para encontrar en tierras lejanas al niño a quien después enseñó cuanto sabía. Mirarlo ahora a punto de iniciar una nueva etapa de su camino le producía regocijo, a más de cierto orgullo. Los efectos que Yehoshua lograra en su vida serían también obra de él, el gran Orodes, causa fundamental de Yehoshua.
—Primero la casa, que es tuya en justicia porque de ti provino en primera instancia —comenzó Yehoshua, recordando el tiempo de su boda con Ester y el regalo que el maestro les ofreció: la ocupación sin cargo de uno de los apartamentos del edificio recién terminado, que era propiedad suya. El resto de los inquilinos, no obstante ser constructores, no eran magies de grados avanzados. Orodes les cobraba rentas según su parecer, premiando con reducciones a quienes mejor se esforzaban e incrementando los pagos de aquellos que caían de su gracia. Así ejercía dominio pleno sobre sus subalternos y se garantizaba la supremacía como gran maestro constructor en la región. Ninguna obra de importancia en Seleucia o Ctesifonte le era asignada a persona distinta de él.
—Después, están las pertenencias de Ester —continuó—, que Yohasnam ya se ha encargado de embalar en dos grandes fardos. Con ellas deseo hacer dádiva entre los menesterosos durante las próximas fiestas, tal como se acostumbra que hagamos los magies en las fechas importantes.
La costumbre de regalar objetos útiles a los más necesitados era arraigada entre los hombres sabios. Cumplía a simple vista con el propósito de ayudar a quienes más lo necesitaban, lo que por sí solo les granjeaba las simpatías de las mayorías. Pero existía una razón aun más poderosa para hacerlo, razón por la cual en ocasiones parecía que los magies otorgaban dádivas más allá de sus posibilidades. La finalidad era simple a la vez que derivada del conocimiento profundo: crear periódicamente un vacío que las fuerzas cósmicas se verían compelidas a rellenar cuanto antes. Dar era el primer paso para recibir. Hacer el espacio en el que se alojará aquello que se invoca es condición indispensable para que lo solicitado encuentre acomodo al presentarse. Sacar lo viejo fuerza la entrada de lo nuevo. Simple principio. La generosidad de los magies era uno de los recursos fundamentales que aprovechaban para atraer nueva riqueza.
—Están también las ropas lujosas que mi hijo y yo vestimos en las ocasiones importantes. Las sedas bordadas de oriente y los kandys de lino de Egipto. No encontraremos uso para tales atavíos en el lugar al que nos dirigimos. Solamente servirán para obligarnos a llevar un camello más, lo que carece de justificación. Con dichas prendas deseo hacer dádiva a tus aprendices. Dejo a tu juicio su reparto.
Orodes hospedaba en la parte posterior de su mansión a una cantidad de jóvenes en los que intuía especial capacidad para el conocimiento. El mismo Yehoshua vivió ahí entre los catorce y los diecinueve años, edad en la que se casó con Ester y se mudó al edificio de apartamentos de Orodes. En aquel tiempo no era todavía maestro, ni en la construcción ni en el arte de los magies, sin embargo ya era reconocido como un discípulo especialmente aventajado que no tardaría en allegarse la maestría en ambos campos.
—Quedan también los dineros que traigo en esta talega y los depósitos a cargo de varios cambistas —prosiguió, alargándole una pesada bolsa de piel de cabra repleta de monedas de oro. Solamente llevaré conmigo lo indispensable para costear mi viaje; llevar de más atraerá a los ladrones y nos pondrá en riesgo, en especial cuando abandonemos los dominios de Artabanus para entrar en los dominios de Tiberius. Se escuchan historias sobre salteadores de caminos que devastan las caravanas y se dice que los ejércitos romanos no han conseguido reducirlos.
Orodes recibió la pesada talega y la dejó a un lado sin preocuparse por el contenido. En vez, preguntó:
—¿Tienes algún destino para tu oro?
—Consérvalo, Orodes. Piensa que al entregártelo te devuelvo el que me diste hace más de treinta años, cuando me iniciaste en el camino. Aquél oro salió de tu corazón, ahora yo te entrego éste que sale del mío con agradecimiento. En cuanto a los depósitos que obran en poder de los cambistas, dejo a tu albedrío su aprovechamiento, aunque me gustaría beneficiar a los obreros que han trabajado bajo mi mando en los años recientes. En todo caso, decide tú cómo entregarlo de tal modo que no provoque conflictos.
—Bien. Así lo haré.
—Solamente queda por disponer de los pergaminos guardados en mis arcones. Entre ellos se cuentan algunos traídos de Egipto que resultan extraordinarios en estas tierras. Están también las leyes hebreas y algunos textos griegos que no he visto jamás en otro sitio. Todos ellos deberán quedar en tu biblioteca. Solamente pongo una condición para entregártelos: que estén siempre al alcance de cualquier magie que desee consultarlos. Tú sabrás cómo hacerlo.
—Así lo haré, maestro Yehoshua. Y nota que te llamo maestro porque tu sabiduría al disponer de tus bienes me dice que no erré al tomarte bajo mi tutela. Pero, dime ahora, ¿cuáles son tus planes?
—Lo primero es llevar a Yohasnam al templo en Jerusalén para ser presentado a Adonaí como hombre cabal y ya no como un niño. Ha cumplido trece años. Su visita al templo lo emancipará. Entonces no será más un hijo que dependa de mis cuidados. Así nuestra relación quedará reducida a lo que debe ser: yo seré su maestro y él mi alumno. Él será responsable de sí y yo tan sólo el encargado de mostrarle el camino, tal como tú me lo has mostrado a mí. En él cumpliré el mandato de todo maestro magie de producir al menos un aprendiz capaz de progresar hasta alcanzar el nivel séptimo.
—Entiendo. Pero, ¿y después?
—Después, será lo que deba ser. El tiempo de obrar se habrá presentado y confío en que el camino se mostrará por sí. Tú me has dicho que tal es el modo de los magies y yo estoy convencido de que me has hablado con la verdad.
—Veo que mi labor contigo ha llegado a término de manera exitosa —pronunció Orodes satisfecho—. Pero recuerda, un magie siempre es un magie sin importar las circunstancias, y aun en las tierras más remotas y los sitios más improbables, siempre podrás encontrar a un hermano que te auxilie en los momentos de extrema necesidad. Entiendo que marchas hacia el poniente según fue escrito en el firmamento. Nuestro número es escaso en esas tierras, pero es un número a final de cuentas. Sabrás encontrar a los tuyos en dondequiera que estés y sabrás hacerte reconocer por reyes y gobernantes. No ha habido sátrapa en el Imperio Parto o gobernador en el Imperio Romano que no le haya otorgado su consideración a un magie.
—Confío en ello, maestro Orodes.
—Marcha, pues, en paz, maestro Yehoshua. Que tu camino aparezca siempre abierto y tus pies se posen con certidumbre sobre el polvo hasta que tu tiempo quede cumplido.
—Paz, maestro Orodes. Viajarás en mi corazón.
Yehoshua abandonó la mansión de Orodes y cruzó la vía para mirar su fachada por última vez. Levantó la mano derecha con la palma volteada hacia la construcción de mármoles lisos y calizas claras, se llevó la izquierda al corazón, atesorando así esa vista postrera entre sus recuerdos preciosos, tal como hizo con el cuerpo de Ester durante el funeral, cuando descansó la palma de la mano sobre la frente inerte de su mujer para grabar su recuerdo en lo más profundo de su alma.
Inició el camino de vuelta a casa para pasar ahí su última noche en Seleucia. De pronto la ciudad se notaba distinta. Sus sonidos, sus aromas que muchas veces disgustaban, su resplandor cuando el sol se encontraba bajo como esa tarde, los andantes que colmaban sus calles durante las horas de luz, hasta las bestias de carga que por momentos estorbaban el paso… todo parecía haber cobrado un encanto renovado. Quizás fuera que ya estaba nostálgico a pesar de no haber partido todavía, o que sabía que las tierras que lo aguardaban no le aparecerían tan grandiosas como la imponente Seleucia. Decidió visitar la ribera del Tigris para admirar su potente caudal por última vez. El río seguía crecido. Ahora aparecía rugiente. Sonrió al recordarse forzando al barquero a atravesarlo esa mañana. Quería llevarse la imagen de esas aguas con él porque no había ríos tan majestuosos hacia el occidente, al menos no entre Seleucia y las tierras palestinas. Ni siquiera el renombrado Éufrates, cuyas planicies ribereñas demarcaban los dominios de Artabanus, corría con tal prestancia o rugía con parecido fragor.
Permaneció en la margen del Tigris hasta que casi hubo anochecido, entonces enfiló a casa para llegar justo a tiempo de cumplir con las oraciones vespertinas. Encontró que Yohasnam había terminado con su encargo. Los líos de ropa que viajarían con ellos ya estaban dispuestos, los arcones con los pergaminos escombrados, las pertenencias de Ester empacadas. Solamente las lámparas, que ya ardían para aliviar la penumbra del anochecer, quedaban fuera; así como el menaje de la casa, que formaba parte de la propiedad. Al entrar evitó saludar a su hijo, quien ya se adelantaba en las plegarias. Usaba el talit que Yehoshua le entregó dos días atrás. Sonrió al descubrirlo comportándose como un hombre. Tomó aire en una inspiración profunda y larga y lo retuvo, luego lo dejó escapar lentamente hasta quedar en completa paz. Todo en el mundo le confirmaba lo que los astros pronosticaron: que su tiempo había llegado, que su verdadera misión estaba por comenzar, que los pensamientos que llevaban tiempo atormentándolo, presentándose cargados de inexplicable rebeldía, quizás fueran en verdad una revelación; que su trabajo era provocar el cambio, aun si para conseguirlo debía olvidarse por momentos de las terminantes reglas de los magies o de los tajantes mandatos de la ley judía. Y las respuestas aguardaban al otro lado del Éufrates, ansiosas por revelarse; tan sólo era cuestión de ponerse en marcha.
5
Seguía oscuro cuando Yehoshua terminó las oraciones del amanecer. A la puerta de su casa Selkis esperaba autorización para entrar, el esclavo nubio que le obedecía como si fuera su amo. Estaba acostumbrado a permanecer afuera hasta ser llamado, una vez concluidas las plegarias.
El hombre servía en casa de Yehoshua por encargo de Orodes, su verdadero amo. Alguna vez el viejo maestro intentó hacer dádiva con el nubio a su alumno, pero éste se negó a recibirlo. Explicó su rechazo recordándole que su pueblo fue esclavizado durante siglos por los faraones egipcios, después, nuevamente por Nabucodonosor en Babilonia. Poseer un esclavo debía estar prohibido para un judío. Su pueblo debía dos veces su libertad a Adonaí, y en agradecimiento estaba forzado a respetar la libertad ajena, sin importar que se tratara de gentiles. Después terminó por aceptar que le sirviera, pensando que el hombre estaría mejor con él que en cualquier otro sitio. A cambio de su fidelidad lo trataba como si fuera un miembro más de la familia, permitiéndole compartir la mesa, aunque enviándolo por las noches a dormir en las barracas de Orodes.
—Es hora de partir —anunció Yehoshua a Selkis al abrirle la puerta.
El nubio se notaba mortificado, asustado de perder para siempre al hombre a quien llevaba diez años sirviendo y había aprendido a amar. Se le mostraba un futuro incierto. Sabía que los demás esclavos con frecuencia eran tratados cruelmente, además de recibir encomiendas pesadas. Podría ser asignado a alguna de las obras en proceso de Orodes, donde seguramente terminaría acarreando piedras sobre la espalda o labrando a golpes duras rocas.
Yohasnam le señaló dos fardos al nubio, quien los levantó en silencio. Yehoshua apagó las lámparas y señaló la salida. Su hijo pasó primero, después él y por último Selkis, doblado por el peso que llevaba en las espaldas.
Faltaba poco para el amanecer cuando pisaron la calle, aun así, la luna apenas menguante iluminaba lo suficiente para caminar. Enfilaron hacia el muro poniente de la ciudad, buscando cruzar la misma entrada que atravesaron dos días antes con el cortejo funerario. Al salir encontraron la caravana aprestándose para iniciar la marcha. El líder de la expedición era un rudo nabateo. Comerciaba con mercaderías compradas a las caravanas que terminaban su camino en los confines orientales del Imperio Parto, las que luego trasladaba hasta el puerto de Tiro en las orillas del Gran Mar, donde vendía sedas, lapislázuli y especias, para enseguida cargarse con alfombras, papiros nuevos y cerámica e iniciar la ruta en sentido opuesto. El hombre se hacía llamar Omar alegando que nadie fuera de su tierra natal era capaz de pronunciar correctamente su verdadero nombre.
—Por fin has llegado —saludó a Yehoshua reprimiendo la reclamación por tratarse de un hombre ilustre. A cualquier otro lo habría reñido a gritos. Omar siempre estaba apurado. Temía al sol cenital como a ninguna otra cosa, quizás por conocer su devastadora fuerza en los cielos despejados del desierto. Aunque en esta jornada pisarían tierras húmedas y el agua abundaría por estar en la fértil Mesopotamia, la costumbre de llevar prisa estaba tan arraigada en él que no existían razones que le hicieran refrenar su urgencia cuando decidía que la hora de partir había llegado.
—Éstos son sus camellos —señaló a dos bestias que seguían postradas, indiferentes a la agitación de los hombres y los gruñidos de los animales.
El nubio procedió a asegurar un fardo a las ancas de cada animal, justo detrás de las jorobas, respetando el espacio destinado a recibir a los jinetes. Cuando terminó sus ojos estaban anegados en lágrimas y un súbito temblor se había apoderado de su cuerpo. Sorbía la humedad de su nariz ruidosamente al tiempo que hacía por contener los lamentos, y se mantenía de espaldas, avergonzado de mostrar su debilidad.
—¿Qué te sucede, Selkis? —preguntó Yehoshua.
El nubio giró para quedar de frente. Entonces no pudo más y se lanzó a los pies de Yehoshua, gimiendo como un condenado a muerte.
—¡Maestro Yehoshua! ¿Qué será de mí en tu ausencia? —preguntó entre sollozos, con la cara enterrada entre los kroumir del magie. ¿Qué me deparará el destino sin tus cuidados? Me has acostumbrado a vivir como un liberto. Me has recibido en tu casa como a un igual. Has compartido tu mesa conmigo. Tu misericordia me ha vuelto suave. Ahora deberé aprender a ser esclavo nuevamente. No sé si podré hacerlo. ¡Oh, maestro! ¿Por qué me abandonas? ¿Acaso no puedo marchar a tu lado en el viaje que emprendes? Será poco lo que coma, eso te lo juro. Cuidaré de ti y de tu hijo mejor que antes. Seré tu sombra, velaré tu sueño, vigilaré tu espalda. Por favor, llévame contigo.
Selkis volvió a sollozar. Las palabras se le habían terminado. No le quedaba sino resignarse, o esperar el súbito milagro de la misericordia y ser llamado a acompañar en el viaje al hombre que le funcionó como amo los diez años recientes.
—Vamos, Selkis. Ponte de pie —lo conminó Yehoshua al tiempo que le tendía las manos para ayudarlo.
El esclavo se levantó para mirarlo con ojos anegados y aliento acezante, esperanzado en haber conseguido tocar los sentimientos del hombre a quien tanto amaba.
—Yohasnam —llamó a su hijo sin soltar las manos de Selkis—, dame el gorro frigio que has empacado encima de todo lo que viaja en mi fardo.
El muchacho dudó para obedecer. Entre todos los gorros de su padre, ése que le pedía era el mejor de todos. Confeccionado en seda y no en lana, y bordado en diseños tan finos como el hilo de oro utilizado para hacerlos. Tuvo que preguntar.
—¿Tu mejor gorro, padre?
—El mismo, hijo. Dámelo ahora.
Selkis miraba a Yehoshua consternado mientras el muchacho se daba a desatar el lío sin quitarlo de las ancas del camello. No comprendía lo que estaba sucediendo. De pronto sentía vergüenza por haber demostrado su debilidad. Los esclavos eran dados a las quejas y los lamentos, estaba en su naturaleza comportarse de tal modo, pero no él. Se había hecho el propósito de mostrarse tan digno como un hombre libre para honrar así la misericordia que le era dispensada por su amo sustituto. La noche anterior se prometió ser fuerte en la despedida y afrontar su destino como un hombre cabal, tal como sabía que un magie habría de hacerlo. Llevaba muchos años escuchando tramos cortos de las conversaciones entre Yehoshua y sus invitados, o entre Yehoshua y su hijo, y a partir de éstas se fue elaborando un código de conducta estricto y una percepción del mundo más avanzada que las de sus compañeros de barraca e infortunio. Ahora se daba cuenta de que había fallado, descubría que estaba muy lejos de obtener ese dominio de sí que tan evidente era en los maestros. Hubo de bajar el rostro nuevamente. No se sentía digno de mirar los ojos de quien le sostenía las manos.
—Toma este gorro y póntelo —lo instruyó Yehoshua.
—Pero, maestro —replicó Selkis sorprendido—. Es un gorro de liberto. No puedo usarlo.
—Te digo que te lo pongas porque te concedo la libertad.
—Pero… —insistió el nubio—. Si me sorprenden usándolo en mi camino de regreso seré arrestado y ejecutado. Tú sabes que para ser liberto no basta el gorro, también es necesario el anuncio en la ciudad, de tal modo que todos en Seleucia se den por enterados. Si me pongo el gorro y tú no estás conmigo me costará la vida. Prefiero que me mates tú mismo en este sitio, maestro.
—Y yo te digo que te lo pongas de una vez y marches usándolo hasta la casa de Orodes. Al entregárselo comprenderá enseguida que te he concedido la libertad y se encargará de hacer el anuncio en Seleucia. Dile, en cuanto estés frente a él, que le pido que te trate como le solicité que lo hiciera con mis obreros. Él sabrá lo que quiero.
—Pero, maestro… —volvió a dudar Selkis—. ¿De qué viviré cuando haya quedado en libertad, si mi oficio es el de esclavo?
—Te he dicho lo que debes decir a Orodes. Te tratará como a mis demás obreros. Te proveerá con lo indispensable y te inducirá en el oficio de la construcción. Entonces descubrirás que puede ser tan difícil ser liberto como esclavo.
—Temo ser sorprendido en el camino y arrestado, maestro.
—Es condición del hombre verdaderamente libre el confiar en sí mismo. Si caminas con la mirada en alto y pisando con aplomo, si dentro de ti existe la certeza de que eres libre por derecho propio, si consigues acallar hasta la ínfima voz que te cuestione desde lo profundo, entonces llegarás con bien hasta Orodes, porque nadie con quien te cruces osará buscarte la mirada. Tal hazaña obrará ante su entendimiento el efecto de probar que no me he equivocado. Sé bien que has escuchado mis conversaciones durante muchos años, por lo mismo entiendes de lo que te hablo. Así que marcha de una vez, y al hacerlo ve convencido de que eres libre, entonces lo serás.
Selkis se tiró nuevamente a los pies de Yehoshua para besarlos, pero él lo conminó a levantarse de inmediato:
—Vamos, ponte en marcha de una vez. Orodes te espera.
El nubio se levantó y se caló el gorro. Besó las manos de Yehoshua a modo de despedida, después las de Yohasnam. Caminó unos cuantos pasos de vuelta hacia los muros de Seleucia y se detuvo. Se volvió para mirar por última vez a los viajeros. Entonces se irguió cuan alto era y reemprendió la marcha, probando por primera vez en su vida el andar de los hombres libres. Así se perdió contra el resplandor oriental del sol recién asomado.