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Tomás y las vírgenes
Alejandro Volnié
Smashwords Edition
Copyright 2007 Alejandro Volnié
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1
El aire de Olmedo se ha puesto tan pesado que hace sudar sólo de respirarlo. Las calles desiertas son testimonio de la modorra que tiene a todos bajo techo, escondidos del sol en la tarde temprana. El pueblo está convertido en un inmenso baño turco, anegado en húmedo y denso gas abrasador.
El clima de hoy no es noticia, se repite cada mayo, único mes del año cuando los olmitenses, que así se hacen nombrar los oriundos de Olmedo, parecen ponerse de acuerdo. Todos claman porque la primera lluvia llegue, antecedida por el soplo de viento fresco que romperá la burbuja cálida y espesa que oprime este lugar olvidado entre montañas, sobreviviente desesperanzado al abandono de su gloria, ausentada desde que los mineros se marcharon hace casi dos siglos, cuando el filón de plata, que a ojos de los optimistas auguraba ser montaña, quedó agotado demasiado pronto.
La calma chicha, en la que ni siquiera las moscas dan en volar, se rompe de pronto. Llegando desde lo lejano, bajando la calle principal, el golpeteo de las ruedas de una pick-up contra las vetustas piedras que revisten la única vía bien conservada del pueblo pone a vibrar la atmósfera espesa. Miro con atención, pero no doy con quién pueda ser. La presencia del vehículo inesperado se convierte en novedad. La calle principal no tiene salida. Para llegar a Olmedo hay una sola ruta, misma que hay que volver a tomar para salir. Después de Olmedo no hay nada, solamente montañas. No es pueblo de paso, sino punto de llegada. Destino para unos cuantos. Nada más.
La roja presencia rueda ahora frente a la iglesia de Santa Ana, templo sin rival del pueblo, que los domingos se llena hasta desbordar feligreses por las puertas laterales. El señor cura se niega a oficiar más de un servicio por día alegando que las limosnas suman lo mismo al final de la jornada sin importar cuántas misas celebre; y Santa Ana, patrona de los mineros, de cualquier manera tiene poco que hacer en Olmedo desde que la mina cerró, por lo que no tiene caso honrarla de más.
Los frenos polvorientos de la pick-up rechinan cuando el conductor reduce la marcha para doblar a la derecha. Ya ha pasado frente a la iglesia y alcanzado la esquina de la plaza principal. Después continúa bordeando la explanada, que luce un elaborado kiosco en el centro y un par de docenas de bancas, aunque ningún árbol. Así ha estado por más de dos siglos, privada del verde follaje de los olmos que el marqués de Olmedo hizo sembrar cuando recibió del virrey la concesión para explotar la plata de las montañas. Apenas el ilustre hombre fundó el pueblo, mandó traer los incipientes brotes desde España. Con ellos pretendía honrar su escudo de armas y brindarle identidad al lugar, aunque fue poco lo que el olmedo logró sobrevivir. Algunos opinaron que las singulares plantas no podían darse en un sitio tan elevado como ése, otros, que fue un hongo lo que las atacó. Lo cierto es que ninguno de los treinta árboles consiguió sobrevivir lo bastante para rebasar cinco metros sobre el suelo, y el marqués tampoco duró lo suficiente para hacer traer otra tanda de brotes desde su tierra natal. Solamente el nombre del lugar persistió, rindiendo homenaje por igual a su fundador y a su fallido plantío.
Pero al conductor de la pick-up poco parece importarle la historia de Olmedo. Él lleva la mirada puesta en el edificio de cantera gris que se erige justo enfrente de la iglesia, separado de ella por la plaza, el kiosco y las bancas.
Por fin se detiene, ante una puerta de madera de dos hojas labradas, abiertas de par en par. Los tramos blancos de la fachada del ayuntamiento se pintan de rojo con los reflejos de la pick-up. El polvo fino que recubre la carrocería apenas consigue atenuarlos.
El motor queda apagado. El silencio regresa para acentuar el bochorno que lo invade todo. Por un momento nada se escucha. Después se abre la portezuela de la camioneta, de donde sale un hombre. Es de estatura mediana y relativamente esbelto si se considera que ya pasa de los sesenta. Apenas abajo cae en cuenta de que en Olmedo hace mucho calor. Se arremanga tres vueltas la camisa de franela a cuadros y suelta el botón de más arriba. Puedo adivinar que desearía hacer otro tanto con el pantalón de mezclilla, aunque eso no se vería bien. Cierra la puerta e inicia la marcha hacia el interior del ayuntamiento, mirando dónde pisa, como si dudara que las recias botas de trabajo que calza fueran suficientes para protegerlo del riesgo de caminar el empedrado. El cabello delgado y entrecano se le moja con sudor, exagerando el efecto de su calvicie incipiente. Pronto ha comenzado a extrañar la frescura del aire acondicionado de su vehículo.
Al trasponer la puerta la temperatura cambia. Ahí hace fresco, al menos por comparación. Los techos altos del oscuro vestíbulo provocan un clima distinto. Busca con quién presentarse, pero el viejo escritorio, mueble solitario en el recinto, está abandonado. Se acomoda los anteojos, que se le habían resbalado hasta la punta de la nariz, para mirar con atención. Sobre la cubierta de madera descansan algunos papeles. Quien trabaja en esa posición debe haberse levantado. Busca asiento para esperar, pero no hay más que el escritorio. Entonces decide hacer notar su presencia:
—¡Hola! ¿Alguien aquí? —exclama con voz firme. El lugar resuena con su llamado.
—¡Un momento! —le responden desde más adentro. La voz de una mujer joven ha llegado a través de una de las dos puertas laterales.
El hombre deja escapar un suspiro. Luego comienza a caminar en círculos para ocupar el tiempo en algo distinto que nada más estar de pie.
—Disculpe —se presenta una mujer—, es que estaba con el licenciado.
Entra en el vestíbulo todavía arreglándose el cabello. Al recién llegado se le escapa una sonrisa. La mujer no está de mal ver. Llenita y de cara redonda, con la cabellera larga que se le ondula un poco, quizás por la humedad. Por un momento piensa en cortejarla a pesar de doblarle la edad, pero pronto desiste de su primer impulso. Si viene arreglándose la cabellera debe ser porque alguien más se la desarregló. Mejor esperar.
—Buenas tardes —saluda el hombre—. Soy el ingeniero Tomás Ruiz, de la junta estatal de caminos. Busco al edil a cargo de los caminos.
—Aquí todo lo lleva el licenciado —responde la mujer, y al decirlo no consigue ocultar el orgullo.
Tomás se da cuenta de que no se equivocó. Esa mujer viene de estar con el licenciado. Reprime la sonrisa. Luego prosigue:
—¿El licenciado…?
—El licenciado Ortuña Olmedo.
—¿Olmedo? ¿Como el pueblo? —tiene que preguntar.
—¡Ay, sí! Por aquí hay muchos Olmedo.
—¿Y usted? ¿También es Olmedo?
—¡Ay, no! Yo no. Ojalá fuera. Aquí nada más les va bien a los Olmedo.
—Ya veo. Bueno, ¿podría anunciarme con el licenciado Ortuña?
—Ortuña Olmedo.
—Sí. Perdón. El licenciado Ortuña Olmedo.
—Ay, sí. Un momento, ingeniero.
La mirada lasciva de Tomás acompaña el viaje de salida de la secretaria hasta perderse a través de la misma puerta por la que entró. La sonrisa se le vuelve a dibujar. Por un momento desea ser el licenciado, puedo adivinarlo.
Mientras espera el regreso de la mujer Tomás vuelve a caminar en círculos. Ahora mira hacia el techo, contando las vigas y revisando las uniones del enladrillado. La construcción es tan antigua como el pueblo. Los años han patinado las superficies, tornándolas oscuras. El interior no está tan bien cuidado como la fachada.
—Pase, ingeniero —escucha Tomás a la mujer, que viene entrando. Voltea sobresaltado, lo tomó por sorpresa. Ella se arregla otra vez la cabellera. Con razón tardó en salir con la respuesta.
—Gracias, chula —responde el hombre alargando la sonrisa—, pero, ¿cómo te llamas? —da en tutearla. Cada vez la encuentra más atractiva. Puede ser porque ha descubierto que es accesible, o quizás sea efecto del calor.
—Marita, ingeniero. Así me dicen todos.
—Pero, dime Tomás, porque ingeniero es muy formal, y nos vamos a ver mucho por aquí.
Al trasponer la puerta aparece la oficina del licenciado. Él está sentado tras un viejo escritorio de cedro labrado. A sus espaldas un gran librero, también de cedro, que ha sido transformado en cantina. Las botellas de licores caros se alinean en todos los entrepaños, la mayoría están comenzadas.
—Buenas, amigo —saluda el hombre sin levantarse. Está entrado en carnes, la cabeza calva le brilla por el sudor y la camisa sigue desarreglada. Debe ser culpa de Marita. Tomás lo mira sin perder la sonrisa. Así es él. Siempre refugiado tras un gesto de simpatía. Con los años ha aprendido que aparentar vulnerabilidad resulta útil las más de las veces. Además, esta vez no ha tenido que esforzarse por sonreír. El licenciado es tan viejo como él. Eso mejora sus oportunidades de seducir a Marita.
—Buenas, licenciado. Vengo de la junta estatal de caminos. Supongo que le habrán avisado…
—Sí, mi amigo. Siéntese. ¿Le ofrezco un trago?
Tomás duda para responder. Primero ve la hora en su reloj. Ya pasa de la una. Después se palpa el cuello con la palma de la mano derecha, que queda empapada con sudor. Por fin se decide.
—Bueno, licenciado. Si usted me acompaña con otro.
—¡Marita! —llama el hombre—. ¡Trae hielo, mujer! —después pregunta a Tomás—: ¿Güisqui está bien?
—Sí es lo que usted va a tomar, está bien para mí.
Marita entra llevando un cubo de lámina galvanizada del que sobresale una pesada pieza de hielo. Lo descansa a espaldas de su jefe, donde el librero convertido en cantina sobresale. Después toma el picahielos para darse a golpear. Al tiempo que el témpano se desmorona la escarcha cae sobre el piso de barro cocido, convirtiéndose en el charco que tardará en secar porque el aire está muy húmedo. Tomás observa, primero con curiosidad pero después con temor. El recuerdo de aquella vez en la que una mujer despechada lo persiguió blandiendo una herramienta igual lo ha tomado por sorpresa. Aquel día se salvó por muy poco, cuando fue atacado todavía estaba tendido sobre el lecho, desnudo y a punto de caer vencido por el sueño.
—¿Agua mineral? —interrumpe sus recuerdos el licenciado.
—Sí. Bastante. Está fuerte el calor.
Marita sale mientras el licenciado confecciona los tragos. Tomás la sigue con la mirada, aunque esta vez el deseo no se le ha dibujado en el rostro. Adivino que se asustó con sus recuerdos y me pregunto si volverá a hacer por seducirla, entonces comprendo que bastará con esperar para saberlo, y a mí me sobra el tiempo.
—Pues bien, licenciado —inicia Tomás con el asunto que lo ha llevado hasta ahí—, me imagino que ya sabe de qué se trata.
—Sí, mi amigo. Que el gobierno del estado piensa continuar la carretera que llega a Olmedo. Que le van a hacer salida por las montañas para conectar con la carretera federal.
—Así es. Con eso Olmedo se va a ir para arriba. Va a pasar mucho tráfico por aquí. La propiedad va a subir mucho.
—Pero, me dijeron que eso va a tardar.
—Sí. Apenas vamos a comenzar a estudiar el trazo. Mañana llega la gente.
—Oiga, ingeniero, ¿y será posible que me informe a mí antes que a nadie por dónde va a pasar ese trazo?
Tomás le clava la mirada. Ya lo esperaba. Agranda la sonrisa y pega un sorbo más de su trago. Luego contesta:
—Supongo que sí. Será cuestión de que nos pongamos de acuerdo. Pero, para eso todavía falta. Yo le iré informando.
El licenciado Ortuña Olmedo se echa para atrás en la silla y sonríe satisfecho. Ese Tomás le está resultando simpático. Entonces juega su siguiente carta:
—Pos, nada más me dice qué se le ofrece y yo me encargo, ingeniero.
—Lo que necesito es encontrar en dónde quedarme mientras dure el levantamiento topográfico, ¿sabe? Eso de quedarme en el campamento con el personal ya no me sienta como antes. Prefiero dormir en una buena cama.
—Pos, en Olmedo no hay hotel. Sólo que se quede con mis primas, las señoritas Olmedo. Son las dueñas de esa casa grande que comienza justo en la esquina de la plaza. Es la casa más grande que hay aquí. La construyó el marqués cuando fundó el pueblo y siempre ha sido de la familia. Tiene tantos cuartos que la mitad los tienen cerrados, y cuando hay visitas distinguidas, como usted, rentan las habitaciones. Nomás dígales que lo mandé yo.
—¿Señoritas? —pregunta Tomás súbitamente interesado.
—Ya son mayores, pero siguen señoritas. Por nada se le ocurra decirles señoras, porque me lo ponen en la calle.
—Ya veo. Gracias por avisarme.
—Ya sabe, mi amigo. Lo que se le ofrezca…
2
Tomás está de pie frente al portón de la casa grande que da a la plaza. Parece estar buscando lo que no habrá de encontrar. Ha paseado la mirada desde el dintel hasta el suelo, después se ha echado hacia atrás para inspeccionar la cantera que recuadra la entrada, luego se ha vuelto a acercar para revisar de cerca el aldabón negro que cuelga en medio de una de las hojas. Ha caído en cuenta de que no hay timbre, por eso la gruesa argolla de hierro que reposa sobre una placa en la que se distingue labrada la figura de un olmo. En otros tiempos, cuando era el marqués el señor de la casa, la placa estuvo incrustada con plata. Pero el tiempo ha pasado y los golpes resultan incontables. El último trozo de metal brillante cayó al suelo antes de que las señoritas Olmedo nacieran. Solamente supieron de las incrustaciones por los relatos de sus mayores. No obstante, repiten la historia cada vez que encuentran oportunidad, recordándoles a los demás que ellas son las legítimas herederas de Olmedo.
El sudor le cubre el rostro y le empaña los anteojos. Bastó con cruzar la plaza para que los efectos refrescantes del güisqui apurado en el ayuntamiento quedaran desvanecidos, no así el mareo ligero que le ha provocado el beber con el estómago vacío. Mete la mano en el bolsillo para buscar su pañuelo. Con él limpia los espejuelos, después lo pasa por cara y cuello. Adivino que le importa causar buena impresión. Finalmente levanta el aldabón y golpea tres veces, ni fuerte ni suave, espaciando cuidadosamente cada impacto, como si pretendiera conferirle a su llamado cierto aire reverente.
Mientras espera la respuesta saca un peine del bolsillo posterior y se lo pasa apuradamente, después se aclara la garganta. El tiempo transcurre pesado. Los rayos del sol, cayendo a plomo sobre su cabeza, le han vuelto a perlar la frente con gotitas diminutas de sudor. Mete la mano en el bolsillo derecho del pantalón para hacerse del pañuelo, pero desiste. La mirilla de la puerta se está abriendo.
Intenta distinguir a la persona al otro lado de la abertura, sin embargo adentro está oscuro. Mejor se anuncia:
—Soy el ingeniero Tomás Ruiz, de la junta de caminos. El licenciado Ortuña Olmedo —se cuida de usar los dos apellidos— me sugirió buscar alojamiento en esta casa. Busco a las señoritas Olmedo.
La mirilla se cierra bruscamente. Tomás parece confundido. Aún no sabe con quién habló porque no obtuvo más respuesta que esa reacción precipitada.
El sonido de la tranca moviéndose le devuelve la sonrisa. Al parecer la puerta está a punto de ser abierta. Menos mal.
—Pase —se escucha la voz de una mujer, que no se ha mostrado porque permanece detrás de la hoja a medio abatir.
Tomás entra. Adentro se siente fresco. Se decide por fin a sacar el pañuelo. Siente que el sudor está a punto de escurrirle. La mujer hace una mueca de desagrado, quizás sin haber querido. Sucede que Rosario, la prima hermana de Merced y Soledad, la tímida entre las tres señoritas Olmedo, se disgusta con cualquier pretexto cuando enfrenta a algún hombre. Yo sé que lo hace para no tener que hablarle, aunque las más de las veces los varones que reciben su rechazo le achaquen sus malos humores a que sigue señorita. La explicación funciona. En el pueblo se dice que por eso nunca consiguió novio, que se quedó sola porque siempre está enojada, aunque algunas mujeres opinan que es justo al revés: que sus enfados se deben a que no ha tenido todavía su primer amor. En cambio yo, que todo lo miro y poco es lo que hablo, sé mejor que nadie que ninguna de las dos explicaciones es correcta.
—Soy Tomás Ruiz, a sus órdenes —vuelve a saludar mientras le tiende la mano, que ella no hace por aceptar; en vez se echa un paso hacia atrás y le responde secamente:
—Sígame.
Rosario es baja y menuda, y no hace por disimular las canas, que lleva enredadas en el rizo grande que se prende en su nuca. La falda gris le cuelga hasta los tobillos, cubiertos por las botas negras de medio tacón y punta. No obstante el calor, sobre la blusa blanca abotonada hasta lo alto lleva un suéter, también oscuro.
A los cuantos pasos la protección del techo de la entrada desaparece, abriéndole paso a los rayos calcinantes del sol. La finca tiene un patio interior alrededor del cual se distribuyen las habitaciones, todas conectadas por el pasillo hasta el que se extiende el voladizo de tejas. En el centro hay un pozo junto al que ahora se ha instalado una moderna bomba de agua. El granito gris cortado en cuadros que cubre el suelo ha soportado los embates del tiempo mejor que otras partes de la construcción, que en sus épocas de gloria pudo haber sido llamada palacete, aunque ahora no pase de ser una casona urgida de pintura.
Tomás se entretiene en contar la puertas que dan al patio mientras sigue un par de metros detrás a Rosario. Son veintidós, yo lo sé bien. Las he visto muchas veces. Al terminar de cruzar llegan otra vez hasta el voladizo de tejas que surge justo sobre la puerta más grande de todas, la que lleva a la estancia principal. La luz se atenúa una vez bajo techo. El frescor vuelve al aire.
—Espere aquí —dice Rosario sin detenerse. Después desaparece por la puerta del fondo.
Del bolsillo de Tomás vuelve a salir el pañuelo. Atravesar el patio lo ha hecho sudar. Mientras intenta secarse con el trozo de tela, húmedo de tanto haberlo usado en apenas un rato corto, pasea la mirada por la habitación. El techo es alto, por eso se siente algo de fresco. Las dimensiones son generosas. A un lado, el inmenso hogar orlado de canteras labradas, y justo encima, bien centrado en el muro, un gran óleo. El hombre que aparece retratado debe ser el marqués de Olmedo, porque lleva peluca rizada y mangas bordadas en hilo de oro, y el blusón remata en faralá dondequiera que sobresale. La mirada orgullosa del retrato, que en actitud desdeñosa mira de soslayo, corresponde más con la imagen de un francés que de un español. La nariz larga y afilada y los ojos pequeños denotan determinación; la boca rígida de labios delgados, crueldad.
—Buenas tardes, señor —interrumpe la voz de Merced, la mayor de las tres Olmedo.
Tomás se sobresalta. Se había perdido en observar el retrato del marqués, después en intentar copiarle el gesto. Ni siquiera había hecho por mirar el resto de la habitación, absorto en ensayar la mueca adusta de la pintura. Entonces voltea. El corazón le salta dentro del pecho. La mujer que apenas lo ha saludado es tan parecida al hombre del retrato que podría ser la misma persona.
—Buenas tardes —responde recomponiéndose—. Soy Tomás Ruiz, ingeniero de la junta de caminos. El licenciado Ortuña Olmedo me recomendó venir con ustedes para conseguir alojamiento.
—¿Ortuña? —replica la mujer—. ¡Ése no es Olmedo! Ya no le toca el apellido. Nada más se lo pega para hacerse importante. No llega ni a primo cuarto.
—Disculpe —balbucea Tomás confundido—. Así es como me dijo su secretaria que se llamaba.
—¿Marita?
—Sí, ella.
—¡Vaya! Ahora es secretaria. Nada más eso nos faltaba en este pueblo. Pero eso no tiene nada que ver con nuestros asuntos. Mejor siéntese para que hablemos.
La mano extendida de Merced apunta hacia un sillón, tapizado de brocados que ya se deshilachan y en cuyas patas apenas quedan rastros de la fina hoja de oro que en otro tiempo lo adornó. El mueble es tan vetusto como la finca.
Tomás adivina que el marqués alguna vez se sentó justo donde él está a punto de hacerlo. En vez de dejarse caer, como se le antoja, dobla las piernas despacio hasta quedar acomodado. Después junta las rodillas más de lo que resulta confortable, pretendiendo con la postura la clase que sabe que no tiene, pero que la escena le reclama demostrar.
—¡Soledad! ¡Rosario! ¡Vengan a conocer al ingeniero! —ordena con el tono de quien está acostumbrada a ser obedecida.
—¿Una limonada, ingeniero?
Él duda para aceptar no obstante que su cuerpo clama por líquidos.
—¡Rosario! De una vez trae limonada —decide Merced sin aguardar la respuesta del visitante.
—¿Y bien? ¿Qué lo trae por Olmedo y cuánto tiempo piensa quedarse?
—Vengo a dirigir el levantamiento topográfico de la nueva carretera. Supongo que tardaremos unas seis semanas, aunque podrían ser hasta ocho. Depende de lo que encontremos.
—¿La carretera? ¿Otra vez con eso? Han hablado de ella durante años. ¿Ortuña ya sabía?
La pregunta lo toma por sorpresa. De pronto no atina si debe responder o no. Si aliarse con el licenciado o con las señoritas Olmedo, porque ya adivina que entre ellos no existen simpatías.
—Ignoro si de la oficina estatal lo notificaron. Por lo que a mí respecta, apenas hoy lo conocí —decide responder, haciendo gala de dotes para la política.
—Ella es Soledad —presenta Merced a su hermana, quien apenas llega.
La mujer hace una inclinación ligera con la cabeza, aunque no reprime la sonrisa. Se parece mucho a su hermana, excepto que las facciones que a la mayor la hacen lucir severa, en ella se conjugan con una mirada coqueta. Parece ser diez años menor que Merced, aunque solamente se llevan dos.
—El ingeniero viene para hacer el trazo de la carretera —anuncia Merced.
—¿Por fin? —interviene Soledad—. Pensábamos que ya la habían olvidado. Llevan treinta años hablando de eso.
—Pues sí, pero ahora va en serio.
—Y, ¿por dónde va a pasar? —pregunta curiosa Soledad, agrandando la sonrisa.
Tomás la mira. Algo inesperado está sucediendo. Esa mujer parece coquetearle. ¡Y además es señorita! Los pensamientos le llegan en tropel. Él siempre ha sido mujeriego. Su debilidad son las faldas. Lleva quince años separado de su esposa porque ella no lo soportó más. Ha tenido tantas aventuras que ha perdido la cuenta. Le ha dado lo mismo si su conquista en turno es joven o vieja, alta o baja, gorda o flaca. Cuando una mujer se cruza en su camino debe hacer por conquistarla, y lo ha intentado tantas veces que se ha vuelto experto en seducir, por eso ha obtenido de todo. Bueno, casi de todo, porque nunca antes ha tenido una virgen. Su suerte no ha dado para tanto. Ni siquiera la mujer con la que se casó llegó casta al matrimonio. Claro que, cuando se casaron, él era joven y sus habilidades incipientes. La mujer a la que desposó lo conquistó por acceder a sus acercamientos en tiempos en los que eso no era lo común, después quedó encinta. Desde entonces ha añorado ser el primero de una mujer. Iniciar a una fémina se le ha convertido en obsesión, pero las vírgenes son muy difíciles de encontrar hoy en día para quien ya ha dejado de ser un muchacho. Y de pronto el destino lo ha colocado frente a una mujer virgen, quien además le está sonriendo sin recato, invitándolo a intimar. No dejará pasar la oportunidad.
—¿Limonada? —le tiende un vaso recién servido Rosario. Ella viene llegando de la cocina.
—Gracias —acepta Tomás y pega un trago grande.
—¿Entonces? —insiste Soledad—. ¿Por dónde va a pasar el trazo?
—Todavía no está decidido —responde—. Eso es lo que vamos a determinar con los estudios.
Merced nota que la mirada de Tomás se ha quedado fija en Soledad y que ella no pierde la sonrisa. Decide intervenir:
—El alojamiento incluye el desayuno a las siete en punto y la merienda a las ocho. Debe pagar la semana adelantada.
—Sí. Está bien.
—Todos los días vamos a misa de seis. A esa hora no estamos en casa. Solamente se puede desayunar a las siete en punto. Si no llega a tiempo, ya no le servimos.
—Sí. Está bien.
—El baño está al final del pasillo.
—Sí. Está bien.
—Y no puede traer visitas.
—Sí, sí. Está bien —acepta Tomás.
Noto que ha comprendido que es eso o nada, porque en Olmedo no hay hotel.
—Entonces, Rosario lo llevará a su cuarto —prosigue Merced.
—Bien.
—¡Ah! Una cosa más. La entrada y la salida son por la puerta de atrás, no por donde llegó. Le voy a dar una llave, pero si la pierde deberá pagar por una chapa nueva y las copias.
—Sí. Gracias —responde todavía confundido por la mirada que Soledad no le despega.
Mientras bordea el patio siguiendo a Rosario noto que la expresión de Tomás ha cambiado de sonriente a ensoñada. Cuando la mujer le entrega la llave apenas le contesta con un gracias apagado. Sus pensamientos andan en otro lado. Yo sé bien en dónde.
3
Tomás se dispone a salir de la casa. La mirada de Rosario lo sigue a través de la rendija que sus dedos separan con discreción en las cortinas de la estancia. Apenas terminando de recorrer el pasillo bajo el voladizo se le pierde de vista. Entonces corre a la cocina para espiarlo mientras cruza el traspatio, que termina justo donde está la puerta de lámina negra de la que le dieron llave. Luego se le pierde, porque ya está en la calle.
El calor parece haber aumentado. Tomás vuelve a enjugarse la frente con el pañuelo. La camisa de franela se le empapa con sudor. Debió haber llevado su equipaje cuando tocó a las puertas de la casona de las Olmedo, así podría haberse cambiado, pero su maleta sigue en la pick-up.
Rodea la construcción para regresar a la plaza. El arreglo ofrecido para alojarlo no incluye la comida, lo que le sienta bien porque a esa hora estará metido entre los cerros, dirigiendo a topógrafos y geólogos. Pero hoy son más de las dos y está en Olmedo. El estómago le exige alimento y no conoce el pueblo. Por eso cruza la plaza para entrar en la nevería que se anuncia con un despintado letrero que reza Las Glorias de Olmedo. Cuando llegaba alcanzó a notarla no obstante estar oculta tras una línea de añosos arcos de medio punto.
Adentro el clima vuelve a cambiar. Los ventiladores del techo giran a toda velocidad, compitiendo con los tres de pedestal que provocan la brisa suave que atraviesa el salón. Tomás se detiene apenas entrando para pasear la mirada curiosa por el lugar. Las mesas cuadradas, todas de metal y decoradas con anuncios de Coca-Cola, están atiborradas. Los olmitenses se refugian del clima en ese sitio desde temprano, por eso en la calle no hay nadie. El rumor de las conversaciones se va apagando. Uno a uno los comensales de la nevería van volteando hacia la puerta, intrigados por la presencia del extraño.
—Buenas tardes —saluda Tomás venciendo la timidez.
Los rostros van volviéndose para seguir en lo que estaban. Nadie respondió al saludo, lo que pierde importancia cuando el bullicio queda restablecido, compitiendo con el zumbar de los ventiladores de pedestal y el runrún de los del techo.
Tomás recorre el salón con la mirada, buscando alguna mesa desocupada, pero las veintidós están llenas. Mira hacia la larga barra de madera que abarca todo el muro derecho. Frente a ella hay banquillos, todos libres.
Escoge uno para sentarse, cerca del centro de la barra.
—Buenas, señor. ¿Qué va a ser? —lo recibe el hombre que despacha. Pasea el trapo por la superficie de la barra con tal vehemencia que la camisa, que de por sí se estira en los botones, parece estar a punto de reventar.
—¿Qué hay para comer? —pregunta Tomás, otra vez adornado sus palabras con la sonrisa que usa para atraerse simpatías.
—Pues, así como para comer comer, casi nada. Aquí servimos nieves, refrescos y aguas; y glorias, desde luego. También cerveza. De eso sí hay. Pero si lo que quiere es comer, a lo mejor le puedo mandar a preparar un lonche, nada más déjeme ver qué tengo en el refrigerador.
—¿Glorias? ¿Qué es eso?
—Es la creación del lugar. Tres bolas de nieve en un plato. Limón, guanábana y mamey, rociadas con miel de abeja y espolvoreadas con canela. ¿Le sirvo una?
—No. Mejor el lonche que me ofreció. Y si me deja una cerveza de una vez, mejor.
Observo a Tomás empinar la cerveza. El hombre tras la barra ha desaparecido apuradamente después de dejársela. Sergio es un hombre activo. También rebasa los sesenta. Entra en su casa, que comienza justo al atravesar el patio descubierto detrás del salón, para sacar de su propia nevera los ingredientes del lonche. Está tardando en regresar porque no hay quien lo prepare. Tiene que confeccionarlo con sus propias manos.
—Aquí está —vuelve con Tomás—. ¿Otra cerveza?
—Sí. Está fuerte el calor —le hace plática—. Le ha de ir bien al negocio en estos días.
—No se crea, señor. Todos éstos que ve, ahí están todos los días, sentados en las mismas sillas. Haga frío o haga calor. Piden una nieve o un café y con eso se pasan las horas. La venta siempre sale igual al final del día. Me va mejor cuando llega el fresco, porque no tengo que prender los ventiladores y no me sube el recibo de la electricidad.
—¡Ah! Ya veo —consiente Tomás. Luego se deja llevar por la curiosidad y pregunta:
—¿Y usted? ¿También es Olmedo?
—Sergio López López-Olmedo —responde ufano, levantando la cara redonda mientras se recorre el bigotillo, bien recortado y levemente entrecano, pasándole a un tiempo el índice y el pulgar—, para servirle —remata.
—¡Hombre! Mucho gusto. Yo soy el ingeniero Tomás Ruiz, de la junta de caminos.
—¿De la junta?
—Sí. Venimos a hacer un levantamiento para determinar el trazo de la nueva carretera.
—¿La que llevan tantos años diciendo? —pregunta con tono avivado.
—La misma.
Sergio le clava la mirada mientras vuelve a acicalarse el bigote con los dedos. Tomás aprovecha para pegar el primer trago a su segunda cerveza.
—Y, ¿por dónde va a pasar? —pregunta finalmente el hombre tras la barra—. Porque yo tengo un ranchito por ahí que se me figura que va a quedar en el mero medio de esa carretera.
Tomás sonríe. Descubrir que todos están interesados en conocer el trazo lo divierte. Se da cuenta de que su presencia no pasará desapercibida en Olmedo. Los olmitenses estarán pendientes de sus movimientos y dispuestos a tratarlo bien a cambio de informes. Soledad le vuelve a la cabeza. Quizás conseguir sus favores le resulte fácil. Pero, por lo pronto, lo más conveniente es mantener a todos expectantes.
—Es difícil saber a estas alturas por dónde va a pasar —responde tras una pausa—. Hay que hacer estudios. Contar las curvas. Presupuestar los puentes. Ya lo veremos. Será cosa de un par de meses, más o menos.
—Entiendo. Y, ¿dónde se va a quedar usted? Porque yo tengo unos planitos en los que sale mi ranchito que a lo mejor le ayudan. Si gusta se los puedo prestar. Quién quita y con ésos acabe más pronto.
—Me voy a quedar aquí, con las señoritas Olmedo.
—¿Ahí? ¿Está seguro?
—¿Por qué lo pregunta?
—Pues… No sé si decirle, porque son habladas de la gente.
—¿Habladas? Mejor dígame.
—Es que… Esa casa tiene una fama especial, aunque no sé si usted crea en esas cosas.
—¿Qué cosas? Mejor dígame de una vez.
—No. No es para tanto. Lo que pasa es que dicen que ahí se aparece el Abuelo Grande por las noches.
—¿El Abuelo Grande?
—El marqués, pues. Se cuenta que en los sótanos de esa casa todavía está guardada casi toda la plata que salió de la mina, y que como la plata es del marqués, se quedó a cuidarla. Que por eso las Olmedo se quedaron señoritas, porque el Abuelo Grande les espantó a los pretendientes para que no les fueran a quitar los lingotes de plata.
—¿Y usted lo ha visto?
—¿El tesoro?
—No. Al Abuelo Grande.
—¡Uy, no! Nada más se aparece adentro, y las señoritas no dejan entrar de visita a nadie que no lleve el Olmedo de primer apellido, y de ésos ya no quedan. Ellas son las últimas.
—Cuando me dice que el marqués, ¿es ese señor que está retratado encima de la chimenea de la casa?
—¿Cómo es el cuadro?
—Grande. El hombre lleva peluca y ropa muy elegante, y mira como que de lado.
—Pues, ése debe ser, porque así cuentan que se ve el fantasma. Ese señor fue el que fundó el pueblo. Cuando él vivía, todo era de él. Casas y calles. Hasta la plaza principal. Por eso no tiene árboles.
—¿Cómo que por eso no tiene árboles?
—Se cuenta que el marqués mandó traer olmos de España para plantarlos ahí, y dejó dicho que si esos arbolitos eran cambiados por otros distintos, toda la plaza volvería a ser de él, o de sus herederos. Los olmos se murieron hace mucho y por aquí no se consiguen fácilmente. Por eso no han plantado más. Si ponen de otros, la plaza se convierte en propiedad de las señoritas. Por eso no hay árboles, y me imagino que nunca habrá.
—¿Es cierto eso? Suena demasiado extraño.
—Pero así es.
—¿Y qué si plantan de otros árboles? ¿Qué papel de esos tiempos puede valer ahora?
—No, ingeniero. Usted no entiende. No es cosa de papeles, sino del Abuelo Grande. Aquí lo respetan mucho. Mejor ni se meta con él, porque algunos se ofenden. Sobre todo los que dicen que lo han visto.
—Bueno, bueno. Está bien. Mejor dígame a qué hora baja el calor, porque allá afuera está insoportable.
—Pasando de las cuatro. A esa hora baja el calor. Va a ver. Nada más que den las cuatro todos estos que están aquí se levantan y se van a la calle para atender sus asuntos.
Tomás ve la hora en su reloj de pulso, luego en el que está adherido a la pared detrás de la barra. Dicen lo mismo. Las tres con veinte. Revisa la plaza cruzando la mirada a través de la puerta y los arcos de medio punto. Sigue desierta, reluciendo deslumbrante con el sol. Adivino que trata de decidir si se toma otra cerveza. Yo le aconsejaría hacerlo. Entonces la pide, como si me hubiera escuchado. También pide la cuenta, que la paga de inmediato. Los siguientes diez minutos los ocupa en terminar a sorbos la bebida.
Apenas pasa de las tres y media cuando se levanta. Se despide de Sergio y enfila hacia la entrada. Sabe que el resto de los clientes de la nevería no se levantará antes de las cuatro, lo que no le importa. Trae en mente volver a la vieja casona para darse un baño. Siente el cuerpo pegajoso de tanto haber sudado.
Al trasponer los arcos el calor arremete despiadado. El frescor de la nevería y sus ventiladores lo habían hecho olvidarse del sofocante aire del exterior. Enfila hacia la pick-up, que sigue parada a las puertas del ayuntamiento. Aprovechará para moverla justo hasta la puerta de lámina por la que habrá de entrar y salir de casa de las Olmedo, y de paso encenderá el aire acondicionado unos minutos para refrescarse al recibirlo pleno.
En cuanto abre la portezuela el sonido de pisadas apuradas llegando desde la plaza lo hace voltear. Los clientes de la nevería han dado en salir, todos al mismo tiempo, corriendo desaforados sin importarles el calor. Revisa la hora. Aún falta bastante para que den las cuatro. Se pregunta si Sergio se equivocó. Luego nota que casi todos le lanzan miradas sin detener la carrera, algunos también le sonríen. Debe estar pensando que los olmitenses están locos, porque no sabe lo que yo sí: que en cuanto salió, Sergio soltó la noticia. Ahora todos están al tanto de que él está a cargo del trazo de la tan demorada carretera. Bastó con que lo supieran para que el primero se levantara de la silla, y el ejemplo cundió de inmediato. Todos tienen ranchitos en las montañas, propiedades que no valen gran cosa por inaccesibles, pero que podrían convertirse en predios valiosos si la nueva carretera pasara cerca de ellos. Sienten urgencia de buscar los planos que llevan treinta años guardados, esperando justamente la llegada de este momento. Cuando uno de los Olmedo, primo segundo de las señoritas que fungía como regidor, los convenció de comprar, los engañó diciendo que pronto habría camino para llegar. Luego abandonó el pueblo. No se ha vuelto a saber de él. ¡Y eso fue hace treinta años! Muchos de quienes corren recibieron sus propiedades como única herencia. Es cuanto poseen. Quizás ésta sea la oportunidad de hacerse del capital que les permita emigrar a algún sitio distante, donde la falta del apellido Olmedo no sea un inconveniente tan grande como aquí.
4
—Anoche soñé con el Abuelo Grande —anuncia la tímida Rosario, tras toda la mañana de buscar el ánimo para confesarlo.
En misa de seis pidió para que su sueño se cumpliera. En vez de acompañar murmurando el aburrido sonsonete del cura, prefirió rezar por su cuenta, rogándole al cielo que sus nuevos anhelos se tornaran en realidad, feliz de descubrirse vivas las ilusiones que, de tan dormidas que las tuvo, las suponía muertas. Después, mientras todos desayunaban, miró de reojo a Tomás hasta que le dolió de tanto torcer la mirada. A él lo sentaron al lado opuesto de la cabecera, en la mesa larga del comedor; ellas ocuparon sus lugares de siempre. Merced en la cabecera principal, Soledad a su derecha y Rosario a la izquierda. Fue la mayor quien decidió acomodar al invitado tan alejado como se pudo, aunque respetando el lugar de honor de la mesa reservado para los escasos huéspedes insignes. Cualquier otro habría sido acomodado cerca de ellas, en alguno de los costados de la mesa. Sólo de notarlo supe que algo se traía Merced.
—¿Ah, sí? —contesta Merced sin dejar de amasar. Están en la cocina, preparando la tanda diaria de empanadas de pollo entomatado de las que nadie fuera de la casa conoce la receta. Por la noche serán vendidas por Nabor en la panadería. Él es Peláez Olmedo, primo hermano de las tres. El apellido le corresponde porque es hijo de la tía Macarena, hermana de Román y Silverio, padres de las señoritas. El primero, ilustre primogénito descendido en línea directa del marqués y progenitor de las hermanas; el segundo, padre de Rosario. Todos ellos ya han muerto, dejando el destino de Olmedo en manos de Merced, quien poco considera a los demás cuando fragua sus intrigas.
Rosario agacha la cabeza todavía más sobre la tabla de picar. Está indecisa de continuar la confesión. La joroba que se le ha formado justo debajo de la nuca tras tantos años de mirar hacia el suelo se hace más pronunciada. Su cara redonda queda escondida de las miradas de sus primas, que han volteado en espera de la respuesta. Soñar con el Abuelo Grande no es cualquier cosa. Ellas saben que es él quien sigue mandando en Olmedo, aunque tenga que hacerlo a través de su descendencia. Así les fue revelado por sus padres, y antes a sus padres por los abuelos. Ser un Olmedo en línea directa conlleva obligaciones.
—¿Y qué te dijo? —pregunta Soledad, que pierde la paciencia fácilmente, en especial cuando está tratando de sacarle palabras a su prima.
Rosario vuelve a los recuerdos de la noche pasada. Se ve otra vez de pie, frente al Abuelo Grande, quien le sonríe al tiempo que la pronuncia casada con Tomás. Después se le insinúa la misma sensación que tan fuertemente la estremeció en su sueño, que la tomó tan por sorpresa que la obligó a despertar cerca de las dos y media. El contacto de las manos de su nuevo marido tomándola por la cintura para besarla, luego recorriéndole la espalda hasta hacerla temblar en una sacudida trepidante. Hacía tanto que no era arrebatada por el éxtasis que no recuerda si aquella otra vez la sensación fue tan intensa como en ésta o si tan sólo se trató de una figuración que ella le agregó a sus memorias. Cuando se despertó estaba confundida, y no consiguió volver a conciliar el sueño a pesar de que le urgía regresar a la escena interrumpida para terminarla.
—¿Entonces? —exige Merced la respuesta.
—Qué se salga Silvina —pide Rosario, levantando la cara para mirar a la muchacha de trenzas que se ocupa en lavar trastes, única ayuda doméstica en la casa.
Merced lanza una mirada a Silvina, que de por sí ya iba para afuera. Había estado atenta a la plática, ansiosa de conseguir un chisme más. A la gente del pueblo le gusta saber lo que sucede en casa de la marquesa. Así le dicen cariñosamente a la mayor de las Olmedo en las calles, donde es reverenciada, un poco por temor y otro poco por mantener vigente el mito.
—¿Entonces? —insiste Soledad.
Rosario persiste en dudar. Lo que sucedió en su sueño es demasiado íntimo. Las primas no lo comprenderán. Además, entre ellas jamás hablan de cosas como ésas. Ni siquiera se han visto desnudas en muchos años, desde que eran todavía unas jovencitas. De pronto extraña a Rosa, la mujer que fue su nana. Con ella podía hablar de todo como con nadie más, pero Rosa ya no visita la casa. Vive en la orilla del pueblo, ocupada en curar a los olmitenses con sus remedios a base de hierbas y ritos mágicos. No ha vuelto desde que Merced la corrió, poco después de la muerte de Román, cuando ella quedó a cargo.
—¿Entonces? —repite Merced elevando el tono—. ¿Nos dices del Abuelo Grande o qué?
—Sí —murmura Rosario. Después le vuelve a la memoria el aroma de la loción de Tomás. Esa mañana no escatimó al usarla, decidido a conquistar a Soledad, quien no tuvo que mirarlo torciendo los ojos cuando estaban a la mesa. Ella no es tímida como su prima.
—Soñé que el Abuelo Grande me casaba con Tomás —confiesa finalmente, disparando las palabras tan de corrido que apenas se le entiende.
Soledad y Merced se miran. Después sueltan una carcajada corta y burlona. Rosario vuelve a clavar la mirada en la tabla de picar.
—¿En verdad? —la interpela Soledad, un poco todavía burlándose, pero también molesta. Ella ya le ha echado el ojo a Tomás. No esperaba que Rosario también.
—Bueno, pero, ¿qué te dijo el Abuelo Grande? —insiste Merced, celosa de la obligación de acatar los mandatos del marqués.
—No me alcanzó a decir nada. Solamente que ya éramos marido y mujer. Después me desperté y ya no pude volver a dormirme —termina, cuidándose de no confesar el beso, el abrazo y el estremecimiento. Ellas no lo entenderían.
—Entonces, lo que tuviste fue una figuración y no un sueño —interviene Soledad dejando asomar el enojo—. Porque en los sueños con el Abuelo Grande siempre hay mensajes, y en éste no hubo.
Rosario quiere contestar, pero no encuentra las palabras. A veces le gustaría ser más como sus primas, que nunca pierden el aplomo. Está tan confundida que vuelve a recordar la tarde de ayer, cuando le abrió el portón a Tomás. Apenas llegando intentó saludarla de mano, ella cometió el error de echarse para atrás. Ahora se siente arrepentida. Debió haber permitido ese primer contacto, porque después no ha conseguido cruzar miradas con él, ni siquiera cuando le acercó el platón de los tamales durante el desayuno.
—Fue una figuración, ¿verdad? —insiste Soledad.
—No. No fue una figuración —responde Rosario levantando el tono de la voz.
Las hermanas se sorprenden. Ella nunca habla así. Si siempre se muestra tan sumisa…
—Bueno —interviene Merced—. No fue una figuración. Entonces, ¿cuál es el mensaje?
—A lo mejor el Abuelo Grande quiere que me case con él —confiesa. Esta vez la voz se le ha vuelto a atenuar.
—¿Eso piensas? —se adelanta Merced, porque adivina que Soledad está a punto de soltar un sarcasmo.
—Es lo único que se me ocurre.
Merced queda en silencio, sacándose de entre los dedos la masa que ya se le comienza a pegar. Luego sigue:
—Se me hace que te despertaste antes de tiempo. Esta noche vas a volver a soñar con el Abuelo Grande para que termine de decirte qué es lo que quiere. Así lo hace conmigo. En todo caso, no creo que se trate de nada importante, porque me habría buscado a mí en lugar de a ti.
Quedan en silencio, otra vez ocupadas con las empanadas.
—¡Silvina! —grita Merced para que la muchacha regrese.
Rosario comprende que el tema ha quedado agotado. Se siente decepcionada. Esperaba que sus primas estuvieran de acuerdo con ella. Que se emocionaran al escuchar su sueño. Que le ayudaran a conquistar a Tomás. Pero, en vez, lo que hicieron fue burlarse y después hacerla menos. Se da cuenta de que se encuentra sola en sus empeños. Tendrá que encontrar el camino por sus propios medios, porque lo que sintió anoche es demasiado poderoso como para darlo por perdido. Es más que el amor de juventud que alguna vez un hombre no le correspondió. También es más que el contacto ligero y casual del cuerpo de alguno de sus primos al bailar. De pronto comprende que lo que sintió anoche nunca antes lo había sentido. Por eso ha quedado tan inquieta.
Más tarde, cuando la hora de la siesta ha llegado y las calles de Olmedo se han vaciado, Rosario busca a Silvina. Lleva en la mano la nota que le tomó media hora redactar porque tuvo que pensarla muy bien.
—¿Sabes dónde está mamá Rosa? —pregunta a la muchacha.
—Sí, señorita. Al otro lado. Por donde la barranca del ahorcado.
—Pues le llevas esta nota.
—Pero, la calor está muy recia ahorita mismo. ¿No se la puedo llevar más tardecito?
—No, niña —regaña Rosario, decidida a abandonar los modos tímidos de los que hasta Silvina ha aprendido a aprovecharse.
—Bueno. Le aviso a la señorita Merced y voy.
—No. No le avisas a nadie. Merced está durmiendo la siesta. Si la despiertas se va a enojar. Te vas de una vez y te apuras. Y le pides respuesta a mamá Rosa. Que también te la escriba, ¿eh? No quiero recados de palabra.
Silvina queda tan sorprendida que no duda para obedecer. No le conocía esos modos a la señorita Rosario. Parecía que le salía lumbre por los ojos mientras hablaba. Mejor apurarse.
Yo la veo salir y la sigo. Va por las calles brincando de sombra en sombra. Olmedo se siente como una caldera, y sin embargo Silvina trota apresurada, como quien va a llamar al médico. Ha de estar asustada de descubrir que Rosario también tiene su medida de carácter.
5
—Que el Abuelo Grande quiere que Rosario se case, ¿qué te parece?
Soledad ha entrado en la recámara de Merced abriendo la puerta oscura de madera sólida que las conecta, que suele quedarse cerrada por semanas no obstante no tener pasador. No ha podido rendirse a la acostumbrada siesta de después de comer. Está inquieta porque en la cabeza le da vueltas el sueño confesado por Rosario mientras hacían las empanadas. Se ha estado imaginando que la boda en verdad sucede. Su desaprobación raya en el enojo.
Merced se incorpora hasta quedar sentada. Ella dormitaba. Soledad la ha tomado por sorpresa. No es común que le interrumpa la siesta. Mira a su hermana. Trata de entender, pero está amodorrada.
—¿Qué te parece, hermana? —reinicia Soledad—. La fea de Rosario pensando en casarse. ¡Si cuando era joven no conseguía que los hombres voltearan a mirarla! ¿O no te acuerdas? Nunca tuvo novio…
Frotándose los ojos Merced vuelve a hacer por comprender. Busca una respuesta, pero las ideas no le llegan; además de que sabe que las palabras se le van a atorar. Se aclara la garganta con un gruñido apagado, después hace por el vaso de agua en el buró y pega un trago grande. La sensación fresca del líquido que corre desde la boca hasta el estómago la reanima. Sólo entonces le contesta:
—Son tonterías, hermana. Esa Rosario habla tan poco que se la ha de pasar haciéndose ilusiones. Viviendo en su cabeza lo que no se atreve a vivir en la realidad. Yo no me la tomo muy en serio, y tú tampoco deberías.
—Pero, si se casa va a querer llevarse su parte de todo. O va a querer traer a ese hombre a vivir aquí. Eso no está bien.
Merced queda pensando. Lo que dice Soledad tiene sentido, aunque a ella le parezca poco factible que su prima tímida, fea y jorobada, consiga conquistar un hombre. Después se le ocurre que Rosario posee atributos capaces de opacarle tantos defectos. Es dueña de buena parte de Olmedo y de un tercio de esa casona, además de notarse decidida.
—¿Y si lo del sueño es una mentira? ¿Y si no se le apareció el Abuelo Grande como dice, y nada más lo está inventando porque le gustó ese hombre? —pregunta Merced.
—Ese hombre me está mirando a mí, no a ella —confiesa Soledad—. No me quita los ojos de encima. A Rosario ni la nota.
Merced queda en silencio. Ya había notado las miradas que intercambian Tomás y Soledad, aunque no les había dado importancia. Su hermana siempre ha sido una coqueta, por eso sigue soltera. Cada vez que tuvo un pretendiente serio le dio por atraer a otro, y cada vez el resultado fue el mismo: que los dos la dejaron. Por un tiempo, en la familia se dijo que era víctima del maleficio que mamá Rosa le procuró para evitar que ninguna que no fuera Rosario, su consentida, se casara. Por eso, en cuanto quedó a cargo de los asuntos de los Olmedo, no le costó decidirse a correr de la casa a la antigua nana de su prima. La insistencia de su hermana menor también tuvo que ver, porque ella se creía esos cuentos del embrujo, más por conveniencia que por otra cosa. El remate sucedió después de la noche en la que soñó al Abuelo Grande diciéndole lo mismo: que tenía que alejar de la familia a esa bruja o terminarían siendo controladas por sus artes oscuras.
De pronto Merced parece tener una nueva idea. Algo se le ha ocurrido que puede forzar a Rosario a desistir de las pretensiones románticas que a ellas no les sientan bien.
—Pues, coquetéale tú. Sonríele bonito. Dale atenciones. Así Rosario no tendrá oportunidad.
—¿Yo? —pregunta Soledad, pretendiendo la sorpresa que es parte de su acto. Contaba con que Merced diera con la solución que a ella ya se le había ocurrido. Ahora podrá acercarse a Tomás con la anuencia de su hermana. Una vez más, han unido esfuerzos para anular a Rosario.
—Sí, pero sin alocarte, ¿eh? Nada de romance. Nada más mantenlo interesado mientras se me ocurre algo mejor. Ese camino tiene que pasar por donde nos convenga a nosotras y no al resto del pueblo.
Merced está en lo suyo, que nada tiene que ver con los calores que durante la época de bochornos le entran a Soledad. La menor está deseosa de un hombre, la mayor tiene las intenciones puestas en los cerros más allá de Olmedo, que la mitad son propiedad de ellas. Cuando el primo Otón vendió su parte de los ancestrales dominios de la familia, engañando a los del pueblo con la promesa de una carretera, ellas se abstuvieron de imitarlo aun cuando les llovieron ofertas. No tenían urgencia de dinero, en cambio, sí cierto apego por los restos del inmenso predio enclavado en las montañas que en sus tiempos perteneció completo al marqués. Además, ¿qué tenían que ganar precipitándose? La carretera les aumentaría el valor, fuera que la construyeran entonces o años más tarde, como finalmente promete suceder.
—Bueno. Nada más dime qué puedo hacer con Tomás y qué no —prosigue Soledad, que por un momento estuvo pensando en las últimas palabras de su hermana.
Merced vuelve a la plática. Se había distraído pensando en la carretera.
—¿Cómo que qué puedes hacer? Nada más coquetearle. Somos gente decente. ¡Somos las Olmedo, por Dios!
—¿Crees que con eso baste? —repela Soledad—. Los hombres de fuera están acostumbrados a más, no son como los de aquí.
—Todos son iguales. Mantenlo interesado, pero nada más.
Soledad se pone seria. No era lo que esperaba escuchar, aunque comprende el punto de vista de su hermana. Ella nunca tuvo un pretendiente. Los varones le han rehuido siempre porque desde que era joven su carácter ya era tan fuerte como ahora, y a los hombres les gusta mandar, o al menos creer que lo hacen. Por eso nunca tuvo igual éxito que su hermana menor, quien tenía mejores instintos para tratar con el sexo opuesto. Y es por eso que entiende que no podrá mantener a Tomás interesado con simples coqueteos. Tendrá que darle algo más, demostraciones de interés que no se pueden producir de un extremo al otro de la mesa, porque requieren de contacto. Entonces dispara una nueva pregunta:
—¿La mano? ¿Si me toma la mano está bien?
La mirada de Merced se le clava en respuesta. Las facciones de la hermana mayor se han puesto rígidas, delatando su enojo. Cuando eran más jóvenes le gustaba decir que Soledad era demasiado fácil. Que no se podía aguantar las ganas de tocar y ser tocada. Que por eso le ganaba los pretendientes a ella, que se comportaba con el recato digno de una Olmedo. Llegó a pensar que su hermana menor terminaría trabajando en casa de La Vaquera, complaciendo hombres en el sitio de pobre reputación afincado en la orilla más apartada del pueblo; ese establecimiento que los olmitenses varones aun visitan en busca de música, tragos y alivio, aunque para lo último tengan que sacar cita con mucha anticipación. En sus mejores épocas no hubo más de tres mujeres disponibles para atenderlos a todos.
—¿Entonces? ¿La mano?
—¡Qué voy a hacer contigo! ¡Somos Olmedo! ¡Entiéndelo de una vez! ¡Y menos en esta casa!
Soledad regresa a su habitación. La puerta de madera maciza se azota cuando la empuja fuerte para sacarse el coraje. Es tan temperamental que se deja llevar por el último no en vez de valorar lo que recién ha conseguido. Es la primera vez que Merced está de acuerdo en que trate a un hombre que se aloje en casa. Debería estar contenta, comprender un poco más, saber que una cosa llevará a la otra; adivinar que los días le alcanzarán para ir venciendo las negativas de su hermana. Tomás dijo que iba a quedarse con ellas al menos por seis semanas, de las que hoy apenas se cuenta el primer día.
Merced se pone de pie. El sueño se le ha ido. Piensa en salir para buscar el bordado que dejó en uno de los sillones de la sala. Asoma la cara al patio. El sol sigue hiriendo a Olmedo tan inclemente como hace un rato, la estancia no estará fresca antes de las cuatro. Se vuelve para enjuagarse la cara y los brazos en el aguamanil. Mojar los codos refresca. Vierte la mitad de la jarra en la bandeja de ónix. Entonces cae en cuenta de que algo notó cuando se asomó al patio y regresa a la ventana para echar otra mirada, esta vez apenas apartando la cortina para no revelarse.
La puerta de Rosario está abierta. ¿Acaso no duerme la siesta? ¿Será que Soledad la ha ido a buscar a ella también? Vuelve hasta la puerta de madera oscura que da a la recámara contigua y la abre.
—¿Qué quieres? —la recibe Soledad, que no ha logrado apagar su enojo todavía.
—Nada, hermana —miente—. Quería saber si estabas bien.
—¿Por qué no habría de estar bien? —reclama airada.
—Está bien si lo tomas de la mano —se le sale—, aunque solamente cuando nadie más los vea, ¿eh?
—Bueno —contesta Soledad con la sonrisa vuelta de súbito al rostro. No lo esperaba. ¿Acaso Merced se está ablandando?
La puerta se cierra. Merced se apura para volver a la ventana. Cuando aparta la cortina para asomarse alcanza a distinguir la silueta de Silvina saliendo de la habitación de Rosario. Esta cubierta de sudor. Esa muchacha estaba haciendo algo bajo el sol, ¿pero qué?
La puerta de Rosario se cierra muy despacio, como si no quisiera hacer ruido. Merced monta en cólera. Nada debe suceder en la casa de lo que ella no se entere. Así ha sido por mucho tiempo y así deberá seguir siendo. Regresa al aguamanil para terminar las abluciones que suspendió tan de golpe, luego se enfila a la puerta para salir al pasillo techado que circunda el patio y camina hasta el fondo, por último aparece en el traspatio. Piensa en gritar para que Silvina acuda, pero se arrepiente. Hay demasiada calma. Puede que la escuche Soledad, o quizás Rosario, porque ahora sabe que ninguna de las dos está durmiendo.
Se decide a cruzar el traspatio soportando los rayos de sol. Llega hasta la habitación de Silvina y empuja la puerta, fiel a su creencia de que no es necesario tocar cuando se entra en los cuartos de la servidumbre. La muchacha tiene el torso desnudo. Se está enjuagando el sudor que se le juntó con la carrera al rayo del sol. La sal la ha puesto pegajosa.
—¡Silvina! —exclama Merced.
La muchacha se endereza de un salto y se cubre los pechos con la blusa empapada que estaba sobre la silla. En los ojos le trasluce el miedo. No puede responder, pero tampoco apartar la mirada de la patrona. Es la marquesa en persona quien ha ido a buscarla, y se nota enojada.
—¿De dónde vienes, niña? —pregunta Merced con tono severo.
La pobre Silvina está más asustada cada vez. Rosario le advirtió que no debería decirle a nadie del recado que la mandó a entregar ni de la respuesta que trajo de regreso. Pero quien le pregunta es la señorita Merced, la marquesa en persona…