Excerpt for Una mujer como tantos - Marozia emperatriz by Alejandro Volnié, available in its entirety at Smashwords

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Una mujer como tantos

Marozia emperatriz


Alejandro Volnié



Smashwords Edition


Copyright 2005 Alejandro Volnié


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1


Golpeando apurados sobre los adoquines, los pasos de Teodora resuenan en las calles de Roma. No hace mucho que ha oscurecido. La luz de la luna, casi llena, ya alumbra lo suficiente. La noche es clara y fría. Ella cubre su cuerpo relleno con el manto de lana que lleva levantado para taparse la cabeza.

Pocos quedan en las calles a esa hora, a pesar de que aún es temprano. Así es la Roma del año 904, que añora las glorias de otros tiempos. La ciudad se ha hecho pequeña. El comercio ya no es lo que fue y el dominio del Mediterráneo ya no se ejerce desde su senado, que ahora se debate para controlar un territorio empequeñecido. Los ejércitos toscanos apenas bastan para contener la amenaza sarracena, que de algunos años atrás se hace sentir de tanto en tanto.

Pero nada más lejos de los pensamientos de Teodora, que marcha segura de lo que pretende. Para ella, los cuentos de césares e imperios vastísimos no son sino memorias de un pasado que no conoció. Ha vivido siempre en esa Roma medieval y ha aprendido a jugar con ella mejor que nadie. No es por casualidad que muchos la llaman senadora, más bien llevados por el temor, porque antes jamás ninguna mujer ostentó tal título. Su marido, Teofilacto, ha logrado conferirle el nombramiento aun en contra de la opinión de muchos. Tal es el poder de su familia.

Teofilacto está de viaje. Ha ido a la Toscana para conferenciar con Adalberto, el marqués de esa región y su aval ante el emperador, Luis III de Provenza. Los tiempos no son fáciles para quienes no están con los poderosos, y controlar Roma no es cosa sencilla. Mientras su marido viaja, Teodora aprovecha para jugar su juego. Por eso ha salido esta noche.

El andar presuroso la ha llevado hasta la basílica de San Juan de Letrán. Ya casi llega a su destino, porque se dirige a la residencia aledaña. Pronto pasa de largo la puerta principal sin siquiera voltear la mirada, asegurándose de que su cara quede bien escondida de la vista de los guardias, y rodea el edificio para encontrar la entrada lateral. Es entonces cuando finalmente muestra su rostro y el paso le es permitido. El soldado que cuida la puerta la conoce bien, por lo que la saluda con una reverencia. Como si la hubiera estado esperando.

Las suelas de madera ahora golpean sobre el mármol del pasillo, tenuemente iluminado por las lámparas de aceite colocadas de tramo en tramo. No parece preocuparle que su presencia sea notada. Se siente como en casa. Ha estado tantas veces en ese lugar que no podría contarlas. Con paso seguro llega hasta las escaleras y sube al siguiente piso. Poco más adelante se detiene frente a una puerta, que empuja con suavidad para asomarse en la habitación.

Un hombre en camisón escribe sobre el pergamino que debe mantener tan alejado como puede de sus ojos. Ya no ve como antes. Sufre para enfocar de cerca, y peor aún cuando debe depender de la luz del candelero sobre el escritorio. El sonido de los goznes de la puerta lo hace levantar la mirada justo a tiempo para notar que Teodora se descubre la cabeza y lo saluda con una sonrisa. Él le fija la vista por unos instantes, tratando de decidir cómo reaccionar. Ella parece no notar que Sergio III, apenas desde hace un par de semanas en el cargo de obispo de Roma, y por lo tanto también de papa, no la ha recibido con la cordialidad habitual. Han sido tantas las veces en las que se han encontrado, y hasta antes de ésta siempre la miró con ojos de deseo. Sin embargo, no le extraña el cambio en su comportamiento. Antes, él no era sino el conde de Túsculo, y dependía en mucho de los favores de Teofilacto. Ahora ha logrado la posición de poder que tanto buscó, lo que al parecer ha tornado sus gustos más exigentes en lo que a mujeres se refiere. Pero ella es maestra en su juego y no deja que se asome la duda en su mirada, en cambio, se despoja del grueso manto de lana para que sus hombros queden al descubierto. Conoce bien las debilidades del nuevo Papa.

Él le pasea la mirada de arriba hacia abajo, haciendo por recordar las veces que la ha tenido. Quizás eso le despierte el deseo una vez más. Sin embargo, los años han pasado por los dos. A él se le ha colgado la piel y es poco el cabello que le queda en la cabeza, y ella ha perdido la firmeza de sus carnes, que cada vez son más abundantes. Mejor le ofrece una copa de vino y sirve otra para sí. Eso casi siempre surte efecto.

Teodora sabe que esta noche es crucial para ella. Debe tener a Sergio a toda costa. Es la primera vez que se le ofrece desde que ocupa su nuevo cargo y debe despertar en él una pasión desenfrenada, tal como lo ha hecho con muchos otros a lo largo de su vida. Así ha logrado llegar a ser quién es. La mujer más poderosa de Roma. Conoce los secretos de tantos, y son tantos los que han tenido la mejor cama de sus vidas en su compañía. Por eso puede lograr cualquier cosa que se proponga. Porque unos la aman y otros le temen. La indiferencia con la que ha sido recibida es algo que no puede permitirse tolerar. No obstante, se ha dejado arrastrar en el juego, y mientras beben una copa tras otra y discuten los temas de la política romana, busca el momento justo para llevarlo a la cama.

Pasan las horas y Sergio parece embriagarse. Sus ojos pequeños y hundidos están enrojecidos y hace rato que perdió la expresión adusta con la que recibió a Teodora. Ella lo ha notado. Por eso apenas hace unos minutos se sacó la blusa y ahora sus pechos abultados han quedado expuestos. Él los mira fijamente mientras siguen conversando.

Sergio no hace por avanzar, por lo que ella toma la iniciativa y se le acerca hasta hacer que la nariz afilada quede hundida entre sus pechos al tiempo que los mueve con las manos para frotarle con ellos las mejillas. Eso debe obrar el efecto de excitarlo.

Ahora, el aroma a rosas del perfume de Teodora es todo lo que Sergio logra percibir, mientras tiene que mantener los ojos cerrados porque los movimientos voluptuosos de la mujer se vuelven más apasionados cada vez. Ella está excitada. En verdad que ahora lo desea. Pero él no logra encenderse por más que lo intenta, y eso le resulta extraño. Es un hombre dado a los placeres de la carne, amigo de contemplar con mirada lujuriosa a las mujeres. Jamás había tenido ese problema. Si algo no está saliendo bien no puede ser por culpa suya. Los minutos siguen pasando y nada cambia. Entonces se da cuenta de que esa noche no podrá poseerla y se enoja, separándola de sí con un empujón.

Ella queda mirándolo. Siente el deseo de terminar lo que ha comenzado, sin embargo, es una mujer con experiencia. Ha visto a más de un hombre fallar, y sabe que no suelen tomarlo a la ligera. Prudente, opta por contenerse mientras le fija la mirada. Pero eso termina por irritarlo. Pues, ¿qué tanto le mira? ¿Qué, no se da cuenta de que la que ha perdido el atractivo es ella? ¿No mira sus carnes flácidas y su piel ajada? El tiempo le ha pasado por encima. De su belleza deslumbrante poco ha quedado. Tanto que ha aprendido ha debido pagarlo con su juventud.

Por unos momentos se contemplan sin decir palabra. Entonces ella cede y le dice que no importa. Pero en lugar de sentirse aliviado, él termina por encolerizarse. Si ya tenía una explicación para su impotencia que le funcionaba bien. De pronto resulta que es culpa suya, pero que ella lo comprende. ¡Qué atrevimiento! Él sabe que es porque ella ya no es tan atractiva como lo fue. Ya no enciende su deseo como antes. Y menos cuando que se ha presentado sin aviso previo. Surgió de la noche para apersonarse en su habitación cuando él se ocupaba en cosas muy distintas. Estaba escribiendo. ¡Y así se atreve a decir que no importa!

Tratando de contener la furia en la que amenaza con estallar su ego lastimado le dice la verdad. Directo y sin miramientos. Le confiesa que la encuentra vieja. Que sus carnes ya son demasiadas y están maltrechas. Que su piel ha perdido la lozanía y que por eso no inspira su deseo. Que ahora que ha llegado a la cumbre del poder, lo que merece es el cuerpo de una mujer joven y virgen, y no el despojo en el que ella se ha convertido tras tantos años de aventuras y tantos hombres que la han conocido. Y mientras se lo dice sabe que exagera. Teodora todavía es una mujer muy atractiva. Lo que sucede es que él está encaprichado con tener a una virgen, porque ya se siente viejo, y eso ha hecho que ya no lo atraigan las mujeres maduras.

Teodora no es cualquier hembra. Es toda una mujer. Puede ver mucho más lejos que Sergio, que parece no darse cuenta de que está al servicio de la familia de Teofilacto. Además, es mucho más lista que ese cura viejo y también más decidida. Por eso soporta sus duras palabras sin dejar que se note cómo la afectan. Lo que ella pretende es ganar el control del Papa, y mientras él cree que se libra de ella al tratarla con desdén, ella comprende que lo que en verdad está haciendo es mostrarle cómo hacerlo. Por eso se controla. Si pone atención, la incursión de esa noche en la residencia de Letrán todavía le resultará de utilidad. Entonces se traga el orgullo y baja la mirada.

Al salir de la habitación ya no puede más, sin embargo, se reprime hasta haberse alejado de la residencia. Ya tendrá ocasión para desahogarse en el camino de regreso a su palacio. Cuando el guardia de la puerta se inclina a su paso Teodora no voltea a mirarlo. Lo único que le importa es poner espacio entre ella y Sergio. Tiene el orgullo hecho pedazos. Jamás había sido rechazada, y menos por un viejo.

Lo que comienza como una caminata a paso apresurado pronto se convierte en un paseo. Teodora es fuerte. Tornar su coraje en el plan que le permita ganar el control de Sergio apenas le ha llevado unos minutos. El método será el de siempre, porque todo se comporta igual cada vez y ella lo sabe. Tan sólo sucedió que no logró excitar a ese hombre porque está enfermo de una nueva fantasía en la que ella no aparece. Sin embargo, no es más que eso, una fantasía, y tan simple que ni siquiera escapa a lo que se puede lograr. Cuánto más cuando ella tiene a su alcance todos los elementos para hacer que se le cumpla. ¡Pobre hombre! Ni siquiera sospecha que el acto de soberbia con el que la rechazó habrá de volverse en su contra. Teodora siempre gana, ya debería saberlo. No en balde es la mujer más poderosa de Roma.

Llegar a su palacio y entrar en sus aposentos no le ha llevado más de veinte minutos. Ahí la espera Fadwa, la esclava sarracena que ha estado a su servicio personal desde que era una niña y que se ha quedado dormida al pie de su cama; esperándola, como siempre. Ella la auxiliará mientras se desviste y verterá del aguamanil para que se lave. No se retirará hasta que el sueño haya vencido a su ama, lo que serán muchas horas todavía, casi hasta el amanecer, porque Teodora no pegará los ojos pronto. Está obsesionada con dominar a Sergio. Jamás ha fallado, como no lo hará esta vez. Ya saborea la victoria por venir.




2


A pesar de estar bien entrada la mañana, Marozia no había salido de su habitación. Apenas era la tercera vez en su vida que sufría esos malestares. Tanto tiempo que esperó emocionada para convertirse en mujer, y ahora, cuando la hora por fin le había llegado, para lo único que le valía era para sentirse mal. A los cólicos que comenzaron desde el amanecer se le sumaba el dolor en los senos que hacía la blusa difícil de soportar. Por eso tenía el torso desnudo mientras desquitaba su mal humor riñendo a Muna, la esclava hermana de Fadwa, que había sido su nana desde los cuatro años. Y la pobre mujer sarracena soportaba estoica los malos tratos porque le temía a su ama. Sabía bien que a la nana anterior la empujó de lo alto de unas escaleras, lo que le causó la muerte. Por eso jamás levantaba la mirada cuando la niña estallaba en alguno de sus arranques. Si a los cuatro años de edad había sido capaz de matar, ¿qué no sería capaz de hacer ahora? Y se contaba que su madre ni siquiera la reprendió aquella vez. Como si no se hubiera tratado más que de una travesura.

Pero todo eso había sido casi diez años atrás. Marozia pronto cumpliría catorce y ya se convertía en una mujer muy atractiva. Tanto como lo fue su madre. De cabello oscuro y ojos grandes, con esa belleza mediterránea tan italiana, que hace a las mujeres irresistibles. Su cuerpo se transformaba día con día, tornándose en una procesión interminable de curvas, y bien que sabía cómo usar la magia de su mirada, porque había visto muchas veces a su madre ejercer el influjo de su belleza a través de sus ojos oscuros. Pocos lograban resistirse a tales encantos, que ahora también eran los suyos.

El palacio de Teofilacto, esposo de Teodora y padre de Marozia, solía tener visitantes. Casi siempre alojaba a algún viajero distinguido que se encontrara atendiendo asuntos en Roma, en especial si provenía de la corte de Adalberto de Toscana. La mejor manera de mantenerse informado de los sucesos relevantes de la política fuera de Roma era mantener a los actores tan cerca como le resultara posible, y después convidarlos en banquetes en los que el vino corría a raudales. Así, siempre terminaba por enterarse de todo, y saberlo todo era lo que hacía que su influencia y su poder siguieran aumentando.

Esta vez, a pesar de encontrarse Teofilacto de viaje, el palacio albergaba a algunos huéspedes como era costumbre. Para eso estaba Teodora. Para mantener entretenidos a los visitantes y enterase de los sucesos en curso. A su regreso se lo diría todo. Trabajar de acuerdo era lo que los había llevado a la posición preponderante que ocupaban.

Recluida en sus aposentos, Marozia se encontraba molesta. Y no era sólo porque sufriera los síntomas a los que todavía no terminaba de acostumbrarse, sino porque entre los visitantes se encontraba un hombre que la atraía y con quien ansiaba verse. De un tiempo a la fecha sus instintos se habían despertado, y aunque sabía que habría de casarse con quien sus padres lo decidieran, albergaba la esperanza de que ese alguien resultara ser Humberto, heredero del título de marqués de su padre y mozo de buena estampa. Era él quien se aparecía en sus sueños, y sabía que no tardaría en partir de vuelta a sus dominios. Por eso esperaba impaciente a que los malestares que la aquejaban disminuyeran. Así podría salir a buscarlo para pasar la tarde en su compañía.

Mientras Marozia descargaba su frustración en la forma de un nuevo regaño a Muna, Teodora por fin se despertaba. Daba el mediodía cuando se puso en pie, con la firme intención de iniciar de una vez los trabajos que le llevó la noche entera maquinar. Era su hija mayor quien ocupaba sus pensamientos. Había llegado el momento de incorporarla al servicio de los intereses familiares.

El recuerdo del rechazo del que fue objeto la noche anterior todavía estaba fresco en su mente, haciéndola torcer la boca en un gesto de coraje a cada tanto. Sin embargo, lo más importante era obtener el control de Sergio, por lo que hacía esfuerzos por deshacerse del rencor que amenazaba con adueñarse de ella. ¿Qué mejor venganza que dominar a ese hombre que de pronto se había sentido tan importante? Pero, para lograrlo, lo primero era mantener la calma.

Entró en la habitación de Marozia y la saludó con un gesto suave, tomándola por la mejilla mientras miraba con detenimiento su torso desnudo. Verla así le arrancó una sonrisa. En verdad su hija ya había llegado al punto exacto en el que la necesitaba. Entonces comenzó a hablarle.

Primero le preguntó cómo se sentía, porque le resultaba claro el trance por el que atravesaba. Luego escuchó paciente cuando le respondió que deseaba salir en busca de Humberto, y guardó silencio mientras le confesaba que creía estar enamorada. Después volvió a tomar la palabra para ya no dejarse interrumpir, y a partir de lo que habría de decirle, Marozia cambiaría para siempre.

Comenzó por explicarle una vez más la posición relevante que la familia ocupaba en el esquema romano. Tanto su padre como ella ostentaban el título de senadores. Ella era la primera mujer que accedía a tal distinción, lo que le había granjeado numerosos enemigos. Eso sí, todos en el bando opuesto; aquellos que hasta hacía poco habían detentado el poder religioso, que tenía mucho que ver con el poder político. La llegada de Sergio III a la sede de Letrán había sucedido apenas unas semanas antes, y marcaba por sí sola el cambio en el equilibrio de las fuerzas. Para poner a ese antiguo aliado ahí habían pasado trabajos y gastado fortunas. Hubieron de ayudar a Sergio, que hasta entonces no había sido más que el conde de Túsculo, a armar un ejército lo suficientemente imponente como para ser capaz de marchar hacia Roma sin que nadie osara oponérsele. Y así entró en la ciudad. Entonces resultó cosa sencilla que el pueblo lo aclamara obispo de Roma y que el senado lo ratificara, porque a la gente común siempre la impresionan los despliegues de poder.

Luis de Provenza, el emperador en turno, acogió de buen grado el retorno de Sergio, que volvía de su exilio en el castillo de Adalberto de Toscana porque tuvo que huir de Roma años antes, cuando no logró ocupar la sede de Letrán ante los embates de sus mayores opositores, los de Espoleto.

Siete años atrás Adalberto de Toscana había logrado que Sergio resultara electo obispo de Roma, pero el entonces emperador, Lamberto de Espoleto, lo forzó a retirarse, cediéndole el cargo a Juan IX. Por eso tuvo que refugiarse en la Toscana. Pero ahora, bajo el nuevo emperador, los antiguos opositores de los de Espoleto se habían hecho del poder, y lo primero que hicieron fue tomar la sede religiosa del imperio. Habían apoyado el retorno de Sergio y comenzaban a fraguarse los ajustes de cuentas. Por eso el revuelo político y el viaje de Teofilacto. Y lo que le correspondía a Teodora era atraer los favores de Sergio sin importar lo que tuviera que hacer para lograrlo.

Tú serás emperatriz”, dijo Teodora a Marozia, “pero, para eso, tendrás que renunciar a esas ilusiones que no llevan a nada. Olvídate de Humberto. Ya lo tendrás después, cuando tú poder lo obligue a cortejarte y su posición a obedecerte”.

Teodora se llevó los paños manchados con la menstruación de Marozia y la dejó sola. Ahora, el semblante de la muchacha había cambiado. De pronto ya no pensaba en Humberto, sino que se imaginaba emperatriz; y la idea la tenía fascinada. Su madre siempre lograba lo que se proponía. La fe que le profesaba era superior a cualquier otra cosa, además de saber que tenía que obedecerla, porque cuando montaba en cólera era temible. Sin embargo, se llevaban bien y siempre le había prestado atención, además de cumplirle cuanto capricho le viniera en gana. A decir verdad, la había criado como a una princesa: vestida con los mejores trajes y atendida por incontables sirvientes, además de Muna, su esclava personal, que dormía al pie de su cama y jamás se le separaba.

Imaginarse siendo la mujer más fuerte del imperio le llegó de manera inesperada, porque tal título habría de ponerla por encima de Teodora, posición que hasta entonces le había parecido insuperable. No era un secreto que su madre era la mujer más temida de Roma. Tampoco era un secreto en los altos círculos del poder que Teodora no tenía empacho en meterse en la cama de quien fuera necesario con tal de lograr sus propósitos. Esos cuentos ya habían llegado a sus oídos más de una vez. Lo que le resultaba nuevo esa mañana era que su madre por primera vez pretendiera incluirla en sus planes, y más todavía cuando descubría que en esta ocasión apuntaba bien alto; porque, de lograr su cometido, llegarían a la cima; al menos en lo que a las provincias italianas se refería, ya que aún quedarían el Imperio de Oriente y los restos del Imperio Carolingio.

Después se imaginó teniendo a Humberto a su disposición, como amante y siervo incondicional. Eso obró que se le antojara verlo una vez más, aunque ahora para mirarlo con ojos distintos; ya no como hasta hacía un rato, el deseo que difícilmente habría de cumplírsele; sino como a uno de los premios a obtener cuando su madre hubiera logrado sus planes. Y algo le decía que le bastaría con obedecer las indicaciones de la habilidosa senadora al pie de la letra para conseguir el triunfo.

De pronto se descubrió sintiéndose mejor, ansiosa de levantarse y acicalarse para salir. Y mientras se movía por la habitación, comenzaba a ensayar en cada uno de sus movimientos el acento de importancia que debería infligirles cuando hubiera llegado a la cima. Muna nada más la observaba. Había estado ahí todo el tiempo. Escuchó a Teodora cuando hablaba con su ama y después a ésta cuando pensaba en voz alta, y ahora no daba con qué hacer, porque Marozia no le pedía ayuda para nada. Era tal el trance de euforia en el que había caído que no se quedaba quieta, yendo de acá para allá mientras se vestía y se maquillaba.

Fue hasta que la tarde ya se terminaba cuando madre e hija se encontraron otra vez. La sonrisa pintada ese mediodía en la cara de Marozia no se había borrado. Esperaba ansiosa que le fuera revelado todo lo omitido más temprano, porque no le quedaba claro cómo pretendía hacerla emperatriz. Luis de Provenza ya estaba casado, y era el emperador. El plan de Teodora seguramente habría de ser asunto complicado.

Entonces Teodora le dio su primera lección en política romana. Le explicó que la mayoría de los señores de los alrededores de Roma pretendían hacerse de la corona imperial para ellos o sus familias, y en ese sentido ejercían sus esfuerzos. Luis de Provenza era un hombre que, además de ser débil de carácter e inexperto, estaba rodeado por enemigos. Sus días en el poder estaban contados. Por lo mismo, si pretendían hacerse del poder cuando él ya no estuviera, debían comenzar a trabajar desde luego. Ahora bien, por primera vez en los años recientes se vislumbraba un periodo en el que el Papa habría de durar en su cargo porque, durante los últimos tiempos, la sede de Letrán había cambiado de manos demasiadas veces. El eje alrededor del cual deberían girar los esfuerzos de todos los que pretendieran lograr la corona imperial era precisamente el obispo de Roma, encargado de coronar al emperador en turno. Por fortuna, Sergio era primo de su padre, por lo que las cosas parecían inclinarse un tanto a favor de la familia; sin embargo, a falta de título nobiliario suficiente que acompañara sus pretensiones, Teofilacto quedaba descartado como candidato. Entonces nada más quedaba ella, Marozia, para incluir a la familia en el juego. Pero ella era mujer. Su única oportunidad estribaba en desposar a quien resultara emperador, y para lograrlo tendría que contar con el aval del Papa, porque su opinión sería definitiva cuando el momento hubiera llegado. Por eso, el primer paso debía ser que ella se ganara la aprobación incondicional de Sergio.

A Marozia no le quedaba claro. Si Sergio era de su familia, y le debía favores a Teofilacto, lo natural era que ya contara con su aprobación; ¿por qué esforzarse por ganar algo que ya suponía tener? Sin embargo, Teodora sabía mejor que nadie que los lazos de sangre entre primos no son tan fuertes, y que cuando la vida se va gastando y el final ya se ve cercano los hombres son capaces de cualquier cosa con tal de conservar su posición hasta el último minuto, por eso traicionan a deudos y benefactores en cuanto el poder amenaza con escapárseles de las manos. ¡No! Para mantener el control sobre un hombre hay que atarlo con cuerdas mucho más firmes, y ésas sólo pueden ser de dos clases: la sangre de un hijo o la pasión desenfrenada.

Cuando Sergio rechazó su acercamiento de la noche anterior, lo que hizo en verdad fue confesarle en dónde tenía puesta su pasión. El Papa deseaba poseer una virgen, y Teodora tenía una para él; una sobre la que no habría de perder el control. Por eso aleccionaba a Marozia. Si jugaba bien sus cartas, la familia terminaría teniendo el poder y todos los demás en su partido ganando.




3


Sergio hizo pasar al mensajero de inmediato. Llevaba varios días esperándolo. Pensaba que tan sólo le entregaría algún comunicado para después marcharse, pero el visitante no llevaba nada en las manos. En vez, le extendió de palabra la invitación que le hacía Teofilacto para asistir al banquete que habría de celebrarse en su honor.

Sin hacer por reprimir el gesto de disgusto que se le dibujó, despidió al mensajero con su respuesta: ahí habría de estar. Y no porque deseara en especial visitar a Teofilacto, sino porque necesitaba con urgencia las respuestas que le traía desde la corte de Adalberto de Toscana, sin las que no se atrevía a proseguir con sus planes.

Lo que lo había tenido tan ocupado en los días recientes era deshacerse de algunos enemigos que, a pesar de encontrarse dominados por el momento, a la larga podrían representar riesgo. Un mes antes, cuando hizo su entrada triunfal en la ciudad a la cabeza de su ejército, su primer acto fue apresar a Cristóbal, que fungía como obispo de Roma y por lo tanto Papa, a quien los de su bando consideraban un usurpador impuesto por los de Espoleto y avalado por Berengario de Friul, otro de los señores que perseguían aumentar su poder, y que hasta antes de eso no había hecho alianzas. Cristóbal representaba el pacto informal hecho entre dos de sus opositores, por eso había que terminar con él.

No faltaban motivos para juzgar a Cristóbal. En su nombramiento se cometieron errores, porque los de Espoleto se sentían urgidos de terminar con el pontificado de su antecesor, León V, que amenazaba sus intereses. Por eso lo impusieron, y su único acto fue deshacerse de manera deshonrosa del desafortunado León, cuyas cenizas terminaron por ser arrojadas al Tíber. El pueblo nunca estuvo con Cristóbal, de ahí que Sergio entrara a la ciudad no sólo sin que se le opusiera resistencia, sino entre los vítores de los romanos, que ya estaban cansados de las incesantes turbulencias de los años recientes. La gente necesitaba recuperar la tranquilidad en sus vidas y el orden en el ejercicio de su fe. Eso le auguraba a este papa la permanencia en Letrán pero, al mismo tiempo, lo hacía pensarlo bien antes de tomar cualquier decisión. No podía tomar el riesgo de dar un solo paso en falso.

Pero al peso de tomar la decisión política de llevar a juicio a Cristóbal se le sobreponía un asunto que lo mantenía turbado a título personal; algo que no tenía que ver con los asuntos del gobierno de Roma o de la fe de la iglesia, pero que llevaba años quitándole el sueño; una parte de su historia personal que no lograba dejar atrás a pesar de ser un hombre cínico, porque ahora vivía rodeado por el recuerdo.

Cuando era obispo de Cere, nombramiento que le confirió astutamente el Papa Formoso años atrás para alejarlo de la contienda por un futuro papado, participó en uno de los capítulos más deshonrosos en la historia de la jerarquía eclesiástica.

Formoso siempre fue partidario de los de Espoleto, que a su vez simpatizaban con los príncipes alemanes y francos. Siendo aún cardenal, había tenido el atrevimiento de coronar rey de Italia a Arnulfo, lo que en ese tiempo le valió la excomunión. No obstante, años después Lamberto de Espoleto logró convertirlo en obispo de Roma, nombramiento inválido por sí mismo porque, a más de estar excomulgado, ya era obispo de otra diócesis. Al poco tiempo Arnulfo hubo de regresar a Alemania para controlar las efervescencias políticas causadas por su ausencia, y durante ese viaje murió Formoso. Entonces Lamberto tomó para sí la corona italiana, pero la jerarquía eclesiástica estaba en su mayoría con los toscanos, que se sentían ofendidos por los actos de Formoso, y tras el muy corto relevo de Bonifacio VI impusieron a Esteban VI (o séptimo, según otras cuentas), con la misión específica de deshonrar la memoria de Formoso, a quien tildaban de traidor.

Encontrar los motivos suficientes para condenar a Formoso era asunto sencillo, el problema grande estribaba en que ya llevaba siete meses sepultado. La estrategia de los toscanos implicaba deshacer lo hecho por ese papa sacrílego mientras vivía, lo que amenazaba con resultar un asunto complicado.

Esteban encontró la manera de satisfacer a todos. Si había que juzgar a Formoso, lo juzgarían. Mandó exhumar el cuerpo, que para entonces estaba en avanzado estado de putrefacción, lo vistió como su investidura en vida lo ordenaba, lo sentó en una silla, y así convocó a tantos obispos como pudo para que fungieran como cardenales en el proceso. “El proceso del cadáver” quedó en los anales de la historia de la iglesia. El resultado fue que se invalidaron todas las ordenaciones efectuadas en vida por Formoso. Eso le convenía en particular a Sergio, quien participó en el juicio, porque así perdía el nombramiento de obispo de Cere, volviéndose elegible para ser obispo de Roma.

Pero Sergio era un hombre de razón y además un cristiano fiel a pesar de los vicios de su carácter y sus debilidades humanas. Mientras el juicio a los restos de Formoso avanzaba, se cuestionaba si sería válido que él, que estaba ahí por ser obispo, votara por que se anularan los nombramientos hechos por Formoso. De ser así, su voto no debería tener valor, porque al emitirlo perdía su investidura en consecuencia. Por otra parte, las presiones políticas eran muchas, y Adalberto de Toscana le había prometido hacerlo papa, lo que no podría suceder si seguía siendo obispo de Cere. Y en esas cavilaciones se encontraba, pidiéndole al cielo la señal que le ayudara a decidir si apegarse a su fe, a su razón o a su interés, cuando se desató un pavoroso temblor de tierra.

Roma osciló y se estremeció por más de un minuto. Los edificios crujieron y las cornisas dieron por los suelos. La basílica de San Juan de Letrán sufrió daños severos que la harían lucir mal por mucho tiempo, con los muros cuarteados y las columnas desplazadas. Eso tenía que ser la señal. El recordatorio de que, a pesar de que de un tiempo a la fecha el poder de la Iglesia se había puesto al servicio de los intereses vulgares de los hombres, desde los cielos el Señor todo lo observaba, y al parecer no se sentía a gusto con lo que veía. En esos momentos decidió retractarse. Mejor votar por exonerar a Formoso. Y de esa manera pensó hasta que el juicio reinició, demorado varios días por la devastación de la ciudad.

Cuando el proceso fue reanudado Sergio todavía pensaba votar en favor de perdonar a ese cadáver vestido de obispo. Entonces le llegó el mensaje de Adalberto de Toscana. Ya lo había propuesto para obispo de Roma, y negociaba en el senado los votos para lograr su ratificación. Tan sólo sería cuestión de tiempo, y ya tenía prevista la manera de hacer que el tiempo pasara aceleradamente.

Al llegar el momento de votar, Sergio se debatía entre el temor de Dios y el futuro que se le prometía, y ahora todos esperaban que se pronunciara. La mayoría ya había votado por excomulgar a Formoso. Su voto no habría de cambiar nada en cuanto al resultado del juicio, aunque podría costarle la silla papal. Entonces lo decidió. Votó por la excomunión, tratando de convencerse de que de nada le habría valido hacerlo en sentido contrario.

El cadáver de Formoso fue despojado de sus vestimentas y arrojado al Tíber, que lo arrastró fuera de Roma. Aunque todo estaba terminado, Sergio no se sentía bien. La fachada cuarteada de la basílica en Letrán se lo recordaba cada vez que pasaba. Entonces decidió que la haría reparar en cuanto fuera nombrado papa para ayudarse a olvidar su culpa.

Poco tiempo hubo de pasar para que Esteban fuera removido del cargo, linchado por la ciudadanía romana que se sentía indignada por el proceso de Formoso. Tardó el pueblo en reaccionar tanto tiempo como el que les llevó a los agitadores enviados por Adalberto de Toscana obrar su trabajo. En verdad que la gente no hacía esa vez sino lo mismo que tantas otras: prestarse al juego de los poderosos sin darse cuenta.

Era el año 897 cuando Sergio fue nombrado obispo de Roma. Pronto había cumplido Adalberto con su ofrecimiento. Sin embargo, esa vez tuvo que renunciar. Los seguidores de Lamberto de Espoleto, que fungía como emperador ante el abandono de Arnulfo, lo forzaron a abdicar. Fue entonces cuando tuvo que huir para refugiarse en el castillo de Adalberto, y no volvió a Roma sino hasta siete años después, armado con un ejército imponente que nadie se atrevió a retar porque Lamberto había muerto tiempo atrás y el balance de las fuerzas había cambiado.

Así, el recordatorio constante de aquel momento de debilidad, que eso era lo que seguían siendo para él los daños en el edificio de Letrán, era lo primero que pretendía remediar. Hacía mucho que había decidido reparar la basílica, y por fin había quedado en la posición correcta para conseguirlo. Sentía que aquel temblor lo mandó Dios para expresarle su voluntad, y a pesar de ello la desobedeció. Miraba a cada minuto ese mensaje que decidió no tomar en cuenta en su momento, y vivía mortificado. Y para que la justicia se obrara cabalmente, se proponía obtener los fondos que costearan los arreglos de las arcas del mismo Adalberto de Toscana, quien sin saberlo, había obrado como enviado de Satanás para forzarlo a cambiar su voto. Tal era su sentir.

La solicitud de dinero había viajado en una carta sellada, encomendada a Teofilacto, a diferencia de la solicitud de aprobación para procesar a Cristóbal, que llevaba de palabra. Ahora que lo pensaba, lo que más le urgía era escuchar que Adalberto hubiera aceptado costear las reparaciones, porque cuando miraba esas grietas que corrían por la fachada sentía su alma perdida.

Por eso sus malos humores de los tiempos recientes. Aquella noche, cuando Teodora se presentó en sus aposentos sin previo aviso, había estado trabajando en el presupuesto para reparar la basílica. Fue la interrupción lo que lo molestó, y no tanto su presencia. Pensándolo con detenimiento, la había tratado con rudeza. Quizás aprovechara la invitación al banquete para intercambiar algunas palabras con ella y, ¿por qué no?, también concertar una nueva cita. Aún recordaba la maestría de esa mujer en las artes del amor, y él no había tenido compañía femenina desde su llegada a Letrán.

Bastó con recordar el ofrecimiento de Teodora para que sus fantasías afloraran otra vez. Seguía deseando tener a una mujer virgen, sin importar que fuera una esclava o alguna de entre los sirvientes. En otra situación no habría dudado para hacerse cumplir el capricho, sin embargo, en su nueva posición, la gente que lo rodeaba provenía por igual de entre los suyos que de otras cortes. Por eso tenía que andarse con tiento, al menos hasta no estar convencido de la fidelidad absoluta de cada uno de sus allegados, y ésa tendría que irla poniendo a prueba poco a poco. El pueblo lo apoyaba porque lo consideraba un héroe, capaz de volver del destierro para ocupar la sede que le correspondía por derecho divino. Si se generara algún rumor sobre lo libertino de su conducta, podría terminar como lo hicieron otros: decapitado y flotando en el Tíber. Eran tiempos turbulentos.




4


El palacio de Teofilacto hervía en actividad. Los invitados comenzarían a llegar en un par de horas, y para entonces todo debía estar a punto. En la cocina se asaban dos ciervos y cuatro jabalís, además de cuatro carneros e incontables aves, y en las ollas hervía la acostumbrada sopa de pescado. Las hogazas de pan se apilaban a un lado del horno, que seguía ocupado con otras varias a medio cocer. En el patio se alineaban seis grandes vasijas de vino traídas de los sótanos, donde quedaban muchas más en espera. Sobre la mesa del comedor ya estaban las fuentes colmadas de frutas y rodeadas por platos con quesos, dispuestas cada dos metros hasta abarcar los casi veinte que medía.

Podría pensarse que lo que estaba a punto de suceder era un evento especialmente importante, sin embargo, quien viviera ahí habría sabido que fiestas como la que se preparaba eran cosa común. Teodora y Teofilacto no tenían empacho en gastar fortunas en celebraciones, y se preocupaban por que todos los personajes de cierta importancia en la comunidad pasaran por su mesa con frecuencia. Así se habían granjeado las simpatías de muchos, a la vez que se mantenían informados de lo que sucedía aun en las esferas más bajas del poder. No era raro encontrar entre los invitados a recaudadores de impuestos o segundos de los oficiales administrativos de la ciudad, porque a veces sus informes eran más fáciles de obtener que los de sus superiores, ya que los ofrecían sin pensarlo en pago por la distinción de ser convidados. Y de los detalles se construyen las grandes realidades. Por eso los anfitriones siempre hacían por saberlo todo.

Pero esta vez no se verían personajes de bajo nivel compartiendo la mesa. El banquete se ofrecía en honor de Sergio, y los invitados eran todos prelados de la iglesia, senadores o nobles.

Fadwa entró en la cocina para cumplir con el encargo de Teodora. Llevaba en la mano derecha los paños tomados de la habitación de Marozia días antes, manchados con sus flujos menstruales. Buscó una cazuela pequeña y los puso en agua, después acomodó todo en una esquina de la plancha del brasero y se sentó a vigilar. Deberían hervir por un buen rato, hasta que las manchas de sangre hubieran pasado al agua y ésta hubiera quedado casi consumida. Sabía bien cómo hacerlo, porque no era la primera vez.

Mientras Fadwa se encargaba del cocimiento, Teodora entró en la habitación de Marozia. Llevaba en las manos una pequeña vasija, en la que nadaba en agua limpia un pececillo recién traído del Tíber.

Hoy es el día en el que deberás ganarte a Sergio, para eso hemos dispuesto el banquete”, le recordó a su hija. “Y la manera en la que una mujer se gana a un hombre es provocando su deseo, por eso te encargarás de atenderlo”. Lo que hacía era recordárselo, porque ya se lo había explicado antes. Llevaban tres días hablando de lo mismo, y Marozia seguía sintiéndose nerviosa ante la perspectiva de enamorar a un hombre tan viejo. Ella no lo había visto desde que huyó a la Toscana, y aún así lo recodaba ya entrado en años. ¿Cómo se vería ahora?

No obstante, se esforzaba por convencerse de que lo haría con una sonrisa pintada en la cara, sin importar qué tan poco atractivo lo encontrara. Su madre le había prometido convertirse en emperatriz. Tal premio valía sobrado por el esfuerzo. Y desde que se lo dijo la vida le había cambiado. De pronto, su existencia había cobrado un nuevo propósito.

Cuando nos proponemos algo, debemos ayudarnos con todo lo que sea posible”, prosiguió Teodora. Después le dijo que era el momento de echar mano del pez que nadaba en la vasija.

Hizo que Marozia se recostara y abriera las piernas. Entonces pescó con la mano derecha al pececillo, que comenzó a contorsionarse en cuanto se sintió fuera del agua. Con la mano izquierda separó los labios exteriores para dejar expuesta la boca de la vagina y obligó al animalito a entrar tanto como pudo, pero sin forzarlo. Debía preservar la virginidad de su hija. Por eso usaba un pez tan pequeño en vez de uno más grande, como era la costumbre entre las mujeres con experiencia.

Presionó con ambas manos para retener cautivo al pez, que debería permanecer en esa posición hasta haber muerto. Y mientras el animal se debatía por liberarse, Marozia comenzaba a excitarse. Era una sensación nueva y extraña, que obraba efecto sobre ella no obstante lo grotesco de la situación.

El asunto se prolongó por varios minutos, tras los cuales Teodora tomó el pez inerte y lo devolvió a la vasija, que ya no tenía agua. No dijo más. Salió de la habitación dejando a Marozia todavía tendida sobre la cama, confundida y presa de un cosquilleo que parecía no cesar, ansiosa por terminar con lo que su madre había iniciado. Sabía que debía preparase para bajar al comedor, porque en un rato más los invitados comenzarían a llegar, sin embargo, la sensación que no amainaba la tenía frotándose las piernas una con otra sin poder detenerse.

Teodora entró en la cocina llevando el pez. Se acercó al cazo en el que estaba la salsa de pescado fermentado y vertió una cantidad en la vasija. Con la mano de un mortero presionó sobre el animal, y con movimientos circulares lo molió hasta haber quedado confundido con el resto del preparado. Ahora, la porción de salsa en la vasija se veía exactamente igual que la del cazo. Entonces se acercó a Fadwa, que seguía vigilando el cocimiento hecho con los paños manchados, y le entregó la salsa recién aderezada para que la cuidara. Todavía no había llegado el momento de utilizarla.

A eso de las dos de la tarde Sergio montó en su caballo. Magnífico ejemplar todo blanco, que lucía en los arreos el escudo de armas de Túsculo, además de los emblemas de la sede romana que ahora ocupaba. Habría de hacer el camino escoltado por ocho guardias, como era la costumbre, a paso lento por las calles de Roma. Pronto se había acostumbrado a los honores que recibía a su paso cuando marchaba con su escolta. Los romanos se apartaban y hacían reverencias, de las que no se enderezaban sino hasta que había pasado el último del grupo, que ese día era numeroso porque detrás de él viajaban algunos más de los convidados.

Se había tomado tiempo para salir. Era el invitado de honor. Por eso pretendía llegar después que todos. En cierto modo, el banquete tenía visos de celebración, porque era el primero al que asistía desde que estaba en el cargo. Y el hecho de que fuera en el palacio de Teofilacto funcionaba para todos a modo de confirmación del compromiso del Papa con la familia. El evento tenía mucho de político.

Teodora y Teofilacto recibieron el aviso de que Sergio ya había partido con tiempo suficiente para salir a recibirlo antes de que llegara. Así lo mandaba la etiqueta. Por eso no les importó tener que esperar varios minutos de pie a las puertas de su palacio. Y mientras aguardaban, mandaron despejar la explanada del frente, que estaba atiborrada de hombres y cabalgaduras; guardias y sirvientes de los que ya habían llegado. Ese día habrían de alimentar a muchos, porque además de los más de cincuenta invitados a compartir la mesa y los divanes, habría que ver por todos los séquitos. Y más de la mitad seguirían ahí al día siguiente, y muchos todavía después de ése. En especial los llegados de las afueras de la ciudad. Así era la costumbre. Un buen banquete duraba al menos tres días. Aunque sabían que Sergio se retiraría esa misma noche, porque no era bien visto por el pueblo que el Papa permaneciera demasiado tiempo en una celebración.

Los aplausos anunciando la llegada de Sergio hicieron que a Marozia se le sumiera el vientre. Todavía le duraba la sensación despertada por el pez. Se había sentido húmeda desde entonces. Para los que estaban ahí ella no era sino una mujer que figuraba entre los asistentes gracias al nombre de sus padres y porque el banquete se ofrecía en su casa. En otras circunstancias no habría estado entre los comensales. Tenía el derecho de sentarse a la mesa como cualquier otro convidado, sin embargo, su madre la había instruido para permanecer de pie y atender al invitado de honor personalmente, lo que constituiría una demostración de trato distinguido.

Teodora encontró la ocasión de presentar a su hija con el Papa justo antes de que hubiera tomado su lugar en una de las cabeceras de la mesa. En la otra estaba el anfitrión. El acomodo no parecía venirle bien a Sergio, porque lo que más le importaba esa tarde era conferenciar con su primo. No se habían reunido desde que regresó de la Toscana, lo que lo mantenía inquieto. Quizás Teofilacto no comprendiera lo importantes que las esperadas noticias eran para él. Por momentos sentía que su primo jugaba, como si esperara que fuera él quien lo buscara, a lo que se resistía, porque comprendía que no era lo apropiado de acuerdo con su importancia. Pero así era la política. Un juego para el que resultaba imprescindible armarse con paciencia.

Mientras Sergio suponía que su primo trataba de ganar importancia, lo que Teofilacto sabía era que necesitaba dejar al Papa cerca de Marozia y lejos de él, porque estaba en perfecto acuerdo con los planes de Teodora. Por eso pretendía forzarlo a permanecer todavía buen rato apartado de su presencia, recibiendo las atenciones de su hija, que ya se acercaba para dejarle el primer vaso de vino.

Al primer vaso pronto le siguió otro, y no pasó mucho tiempo para que hiciera falta un tercero. Fadwa observaba atenta desde la entrada de la cocina. Llegaba el momento que había estado esperando. Cuando Marozia le pidió uno más para llevarle a Sergio, la esclava vertió primero el líquido que resultó de hervir los paños y luego completó con vino. Para ese momento, el sabor fuerte de la comida y los tragos que ya habían cruzado por su boca harían pasar desapercibido el ligero cambio de sabor. En cuanto se lo entregó le dijo que volviera de inmediato, porque tenía algo más para que llevara.

Marozia se había fijado en cumplir las instrucciones de su madre. Cada vez que le llevaba un vaso a Sergio se lo entregaba en la mano al tiempo que flexionaba ligeramente las piernas cruzadas, y cuando lo hacía, tardaba en soltar. Sólo una fracción de segundo, pero lo suficiente para que él tuviera que voltear y encontrarse con sus ojos, que le sostenía fijos con la cara ligeramente reclinada, como si lo estuviera invitando a algo más. El hombre ya lo había notado y comenzaba a disfrutarlo, porque tal señal de aceptación lo hacía sentirse viril.

De vuelta en la cocina Fadwa le entregó el plato en el que yacía rebanada una porción de lomo de jabalí. Carne particularmente apreciada, pero de consistencia un tanto seca, que se acostumbraba aderezar con salsa de pescado fermentado desde las más remotas épocas del imperio romano. Y este plato en especial iba aliñado con la salsa que preparó Teodora más temprano, reservada para el invitado de honor porque incluía los restos del pececillo.

Sergio terminó con ese plato de carne y ese vaso de vino, y todavía comió durante un rato más, hasta que ya no pudo. Entonces las visitas de Marozia comenzaron a espaciarse. Y mientras las pláticas se daban animadamente en la mesa y alrededor, él había descubierto que la única manera de hacer que la muchacha volviera a su lado era vaciar el vaso, por lo que estaba bebiendo demasiado aprisa.

Teodora no había dejado de mirar. Vigilaba de reojo cada uno de los encuentros entre Sergio y su hija y no podía esconder la expresión de satisfacción que se le dibujaba en el rostro. La estrategia parecía estar surtiendo efecto. La cara del hombre ya lucía la expresión libidinosa que ella sabía reconocer tan bien. Todo estaba resultando según lo planeado. Pero debía dejarlo ansioso por más, por eso le mandó decir a su hija que se retirara por un rato. No debería volver al salón sino hasta que la hiciera llamar, justo cuando el invitado de honor estuviera por marcharse. Entre tanto, había llegado el momento de que Teofilacto ventilara los asuntos que tenía pendientes, para lo que se necesitaba cierta privacidad.

Apartándose del comedor, Sergio y Teofilacto caminaron el pasillo principal. Las paredes les llevaban rebotados los sonidos de las voces, que seguían aumentando de volumen. Los efectos del vino ya se dejaban notar en muchos; no así en ellos, que hacían por controlarse porque tenían asuntos por dirimir.

La primera respuesta que Teofilacto le entregó fue de palabra, tal como había viajado la pregunta hasta la Toscana; y resultó justo la que esperaba recibir. Adalberto no sólo apoyaba, sino que esperaba con ansia que Cristóbal fuera llevado a juicio. Ya estaba trabajando desde Florencia para garantizar que el usurpador fuera condenado, allegándose a cambio de algunos favores los votos de los prelados que no le eran incondicionales.

Hasta ese punto todo marchaba bien. Sin embargo, en cuanto a la solicitud de patrocinio para financiar las reparaciones en Letrán, que le extendió por escrito, la respuesta no era tan halagüeña. Adalberto aceptaba ayudar, aunque no en la medida que le fue solicitado. Le haría llegar a Sergio una renta de cuatrocientos sueldos al mes para ese efecto, hasta que las reparaciones hubieran quedado concluidas; apenas la tercera parte de lo solicitado. Con esa cantidad los trabajos podrían prolongarse por más tiempo del que a él le quedara de vida, y se había jurado ver terminado su proyecto antes de morir.

Teofilacto seguía hablando pero el Papa ya no escuchaba. Sus pensamientos se habían disparado en otra dirección. Sergio era obsesivo cuando se proponía algo; cuánto más si la redención de su alma iba de por medio, porque vivía con miedo desde que desobedeció la clara señal que le mandó Dios en la forma de aquel terremoto.

Pronto estuvieron de regreso en el comedor. Su ausencia había pasado desapercibida. Sergio pidió otro vaso de vino, pero ya no fue Marozia quien se lo llevó. Ahora se le sumaba el desencanto a la compulsión con la que lucubraba para encontrar un patrocinador más. En la mente repasaba una vez tras otra la lista de todos los que podrían ser, pero tenía que desecharlos cada vez. A algunos porque no tenía los medios para presionarlos, a otros porque no tenían el capital suficiente, y a los demás porque no simpatizaban con el grupo en el poder. Y entre éstos se contaban algunas grandes fortunas, como la de Alberico de Espoleto, equiparable con la de Adalberto de Toscana.

Estaba a punto de anochecer cuando el Papa anunció su partida. Mientras su séquito se preparaba en la explanada él aceptó las despedidas de todos, uno por uno, que hacían línea para presentar sus respetos. Así era la costumbre. Al final de la fila estaba formada Marozia, esperando quedar de última para ganarse algunos segundos de la atención papal.

Cuando le llegó el turno se inclinó frente a él mientras repetía la flexión de cada vez, pero le fijó la mirada entornada hacia arriba, ahora por más tiempo. Sergio sintió la sangre hervir. De pronto experimentaba una atracción hacia ella que no recordaba haber sentido por nadie más en mucho tiempo, si es que no en toda su vida. Deseaba tenerla. Se parecía tanto a esa virgen con la que llevaba semanas fantaseando. Ahora su fantasía había adquirido un rostro verdadero, porque de pronto había decidido que tenía que ser ella.

Mientras hacía el camino de regreso a Letrán, Sergio ya había dejado pasar su obsesión por conseguir dinero. En vez, pensaba en Marozia. Y se imaginaba que la hacía suya una vez tras otra, y que la conservaba a su lado para tenerla de nuevo cuantas veces lo deseara. Entonces renegaba de su condición de obispo de Roma, porque eso le impedía acercársele. La muchacha no era cualquier esclava, con la que habría podido jugar a su capricho. Era hija de una familia insigne de Roma. Seguramente destinada a ser casada con algún personaje prominente del esquema italiano. Estaba fuera de su alcance. Quizá por eso la deseaba tanto. No le quedaba otra cosa que hacer sino jugar con ella en sus pensamientos. Estaba prendado de su fantasía, y era un hombre aferrado. No podía sacarla de su cabeza. Además de que las escenas que se imaginaba le resultaban placenteras, por lo que no tenía intenciones de detenerse. A pesar de saberla imposible, en su mente ya la estaba poseyendo. El rostro se le había pintado de lujuria. Por suerte oscurecía, porque las calles todavía estaban colmadas de gente y no sería cosa buena que nadie adivinara ese nuevo delirio que la expresión de su cara delataba sin remedio.




5


Domingo al mediodía y la basílica de Letrán llena a reventar. Era lo habitual, porque se trataba del único servicio oficiado por el obispo de Roma, quien se hacía asistir por otros dos sacerdotes. Siguiendo la costumbre, nobles y patricios ocupaban los lugares del frente, y tras ellos los senadores. Luego el pueblo, que acudía en tal cantidad que muchos no alcanzaban a entrar. La guardia del Papa vigilaba el pasillo central, reservado para el tránsito de las personalidades de modo que no necesitaran abrirse paso entre los romanos comunes.

Teodora y Teofilacto estaban ahí, en primera fila, y ahora los acompañaba Marozia, que hasta entonces había tenido la costumbre de asistir al servicio con su hermana, Teodora la menor, en un templo cercano al palacio de la familia.

Sergio apenas había alcanzado a distinguir a Marozia cuando entró. Oficiando de espaldas a la congregación, pocas oportunidades encontraba para lanzar miradas discretas a la muchacha, quien las reconocía bien porque sabía de antemano que eran para ella.

Ninguno de los dos pensaba en la palabra de Dios. Sergio trataba de convencerse que no era casualidad que Marozia estuviera ahí, y ella se preparaba para cumplir con lo que su madre tenía dispuesto. Y entre tanto, transcurría la misa.

Fue hasta que llegó la hora de la comunión que lograron mirarse de frente. Al tiempo que los sacerdotes atendían a la incontable cantidad de ciudadanos comunes, él repartía el pan remojado en vino entre las personalidades de las primeras filas. Cuando la muchacha se presentó, en lugar de cerrar los ojos como era la costumbre, le sostuvo una mirada incitadora. Sergio se sintió turbado. Le había costado trabajo mantener sus pensamientos apartados de ella en los últimos días, y ahora la tenía otra vez enfrente. Y en actitud de provocación. Intentaba, sin lograrlo, explicarse que todo era obra de la casualidad. Una prueba que le mandaba el cielo para medir su temple. La oportunidad manifiesta de abandonar los pecados de la carne en los que no había reincidido desde que era papa. ¡Si ella estaba fuera de su alcance! Buscarla podría atraerle la animadversión de Teofilacto, y eso no le convenía en modo alguno. Mejor evitó cruzarle la mirada otra vez. El servicio terminaría pronto y ella habría de marcharse.

Apenas terminada la misa Sergio buscó refugio en sus aposentos. Necesitaba despejarse porque su imaginación amenazaba con dispararse de nuevo, tal como aquella tarde de unos días atrás, cuando mientras cabalgaba, fantaseaba con ella.

No tuvo tiempo para calmarse. Todavía caminaba en círculos por la habitación cuando la puerta se abrió. Teodora no tardó en llegar más que lo que le llevó rodear el edificio aledaño y entrar por la puerta acostumbrada. Esta vez la acompañaba Marozia.

Si alguna duda había albergado Teodora, la mirada que le descubrió a Sergio se encargó de desvanecerla. En cuanto el hombre notó a Marozia ya no pudo quitarle los ojos de encima, y ella acudía instruida para hacer otro tanto, sin perder jamás la sonrisa.

He aquí a tú virgen” le dijo con voz firme. “Trátala con suavidad, que es la ofrenda que Teofilacto y yo te presentamos. Espero que encuentres sus carnes firmes y su piel tersa como yo ya no las tengo”.

Sergio tardó en salir de su estupor. Esas frases contestaban todas sus preguntas. No necesitaba sino aceptar para que quedara cumplida su fantasía. Pero necesitaba pensarlo un poco más, porque no atinaba a dirimir si se trataba de una bendición enviada por el cielo o de la más grande de las tentaciones que el maligno Satanás pudiera haberle puesto enfrente. El tiempo no le alcanzaba para llegar a alguna conclusión y Teodora aguardaba una respuesta. Entonces le pidió que dejara ahí a Marozia, porque primero deseaba hablar con ella.

Trátala con suavidad”, insistió la madre a modo de despedida. Luego desapareció por donde había llegado.

Sergio trancó la puerta. No podía correr el riesgo de ser sorprendido con una mujer en sus aposentos. Adivinaba que algunos de los que deambulaban por los pasillos de la residencia no eran de fiar. Podría estar jugándose la cabeza. Sin embargo, la sangre le hervía y presentía que habría de terminar aceptando el obsequio. Mientras hacía por decidirse, sirvió un vaso de vino para él y otro para ella.


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