Excerpt for Policia Astral (Astral Police) by Jose Raimundo Grana, available in its entirety at Smashwords
















policía Astral


(Astral Police)












policía astral

(Astral Police)

Segunda Edición



Autor



José Raimundo Graña







U.S. Copyright - 2008/2009 by José Raimundo Graña

TXu Registration 1-129411241 and 1-143159563


ISBN 1453853359

EAN 13 9781453853351


Policía Astral (Astral Police). Derechos reservados. Este libro no puede ser usado en forma alguna, transmitido, grabado o reproducido parcial o totalmente, incluyendo fotocopias, o equipos mecánicos o electrónicos de grabación, archivo, almacenaje, extracción y/o descarga sin permiso escrito del autor, excepto en menciones o citas breves incluidas en artículos de crítica o reseña.


Este es un libro de ficción, una novela enteramente creada por la imaginación del autor. Cualquier parecido con personas reales es una coincidencia.


Policía Astral (Astral Police). All rights are reserved. No part of this book may be reproduced or transmitted in any form or by any means, electronic and mechanical, including photocopy, recording or by any information storage and retrieval system, without previous written permission in writing by the copyright owner, except for brief quotations in articles of critic and reviews.


This is a work of fiction, a novel created by the author’s imagination. Any resemblance with actual persons is only coincidental.









Una Nota del Autor


A mis queridos lectores:


Este libro que van a leer es una novela, lo que se ha dado en llamar 'género literario de ficción'. Está por supuesto diseñado para entretener y con la esperanza de que pasen un buen rato leyéndolo.


Sin embargo, los devotos del esoterismo, el ocultismo y la Wicca, encontrarán en algunos capítulos genuinos y literales rituales de protección y consagración que han sido en parte abreviados únicamente por cuestiones de espacio y para mantener la fluidez de la acción.


El ritual de auto exorcismo fue traducido por el autor de una fuente legítima ancestral y el resultado ha sido una poesía en prosa. Sinceramente lo recomendamos a todos los creyentes que lo usen como preventivo, pero aún más si tienen el temor de haber sido víctimas alguna vez de maldiciones y hechicerías o si han tenido contacto con alguien que pudiera haberles ‘pegado’ algo. No es superstición y es efectivo.

 

Los procedimientos para hipnotizar a otras personas, practicar la autohipnosis y para experimentar proyecciones astrales han sido también detallados con veracidad y exactitud.


Y además, algo sensacional: Por primera vez en una novela se describe en todo detalle una Misa Negra, tal y como se llevaba a efecto en el París del Siglo XVII por La Voisin.


Todos los personajes históricos mencionados en el libro son también reales y han sido descritos con precisión. Las especulaciones y leyendas también se han consignado como tales y por supuesto: el argumento es una fantasía creada para entretener. Los personajes del libro son, por supuesto, ficticios.


En todas las novelas de suspenso y misterio tiene que haber, desafortunadamente, un malo o un grupo de villanos para que el argumento funcione. ¿Cierto? Las invocaciones utilizadas por el bando de los malvados en este libro están escritas en una lengua muerta, que se utilizaba hace más de dos mil años. No obstante, aquí hay una seria advertencia: no las lean en voz alta.


Repetimos que la finalidad de nuestro libro es entretener. Sin embargo, nuestro estilo siempre ha sido y será tratar de que el lector se entere de algunas cosas a la vez que pasa un buen rato. Además de conocer rituales y ceremonias reales, el lector va a ponerse al día en algunos detalles de la historia poco conocidos que han dejado sin embargo una profunda huella en la historia de la humanidad.


Gracias por haberme dejado entrar en su casa a contarles esta historia.


Un abrazo emocionado a todos,

 

José Raimundo Graña

Miami, 2010.






Index

Capítulo Título Página

Una Nota del Autor 5

Prólogo 12


Parte Primera – Coconut Grove


1 La Lluvia en Miami 14

2 En Coconut Grove 17

3 En el Bar de Cocowalk 19

4 Recordando se Vuelve a Vivir 23

5 Los Intrusos 26

6 Una Sorpresa 30

7 Por la Noche a Solas 37

8 De Madrugada 40

9 Camino al Hospital 42

10 En el Mercy Hospital 44

11 El Detective Félix D. Munro 47

12 Antecedentes del Caso 50

13 Regresando a la Normalidad 53

14 Hay Novedades 57

15 Preparaciones 60

16 Otra Vez, La Madrugada 65

17 Una Llamada Importuna 67


Parte Segunda – Nueva Orleans


18 En Nueva Orleans 70

19 El Teniente Charles W. Andrews 73

20 Redada Policial 78

21 El Segundo Piso 84

22 La Capilla Negra 86

23 Silos Hansen 94



Capítulo Título Página

Parte Tercera – La Investigación


24 De Vuelta en Miami 96

25 Reunión en el Condominio 98

26 Revelando las Fotos 101

27 Lo que Nos Dicen las Runas 104

28 Traduciendo 109

29 Conclusiones Trasnochadas 111

30 Una Invitación Inesperada 120

31 El Festival de Arte del Grove 122


Parte Cuarta – Coral Gables


32 En la Residencia de Mathias C. Warner M.D. 128

33 Los Demás Invitados 133

34 Habla el Dr. Warner 136

35 Ropajes Ceremoniales 139

36 En el Templo 142

37 El Ritual de Invisibilidad o Desvanecimiento 146

38 La Consagración de los Talismanes 151

39 Refrigerios 157

40 Primera Sesión de Trabajo 159

41 Enfocando la Imagen 163

42 Considerando Otros Métodos 169

43 Planes y Más Planes 170











Capítulo Título Pagina

Parte Quinta – En los Bosques Pantanosos

Y las Tierras Bajas de la Luisiana


44 Intercambio entre Policías. 174

45 El Pescador 178

46 En el Golfo de México 184

47 Regresando a Casa 190

48 Pagando la Deuda 193

49 En el Campamento de Silos Hansen 195

50 Una Extraña Bienvenida 200

51 La Misa Negra 203


Part Sexta – Proyecciones Astrales y Otras Aventuras


52 Aeroplanos 210

53 Una Nueva Incógnita 215

54 Hipnosis 220

55 En la Tienda de Pilar 229

56 Primera Proyección Astral 232

57 Un Almuerzo, Especial 238

58 Onirismo 248

59 Interpretaciones 251

60 Jimmy Tempest 257

61 Una Larga Historia 260

62 La Juventud 267

63 Las Iniciaciones 271

64 El Final de la Historia 275

65 Los Adultos También Juegan 281

66 El Sarcófago de Hermes Trimegisto 284

67 La Prueba 287

68 Llevado por la Emoción 290

69 En Un Nuevo Cuartel 295

70 El Señor Trabaja en Forma Misteriosa 300

71 Cosmonautas 307

72 Cambio de Planes 311

73 Vigilantes Astrales 314

Chapter Title Page


Parte Séptima – Desenlaces


74 La Huída 319

75 En el Balcón 321

76 En La Sinagoga 324

77 La Niña Sonia 327

78 Una Por la Otra 331

79 Tiene una Llamada, Detective 335

80 En la Selva Pantanosa 337

81 Atrapado 339

82 Abandonada a Su Suerte 343

83 Dialogo Nocturno 344

84 En la Casucha del Pantano 349

85 Preocupados en Miami 354

86 Materia Negra = Energía Negra 358

87 El Retorno de la Diosa 362

88 Inconsciente 365

89 Esta Vez, de Veras 368

90 La Bruja 370

91 En el Camino 373

92 Otra Vez el Mercy 375

93 Diferente Hospital, Semanas Más Tarde 377


Part Octava – Después de la Tormenta


Epílogo 382

Epílogo Navideño 390

Post Libris 394

Apéndice – Alfabeto de las Runas 397










El año 1999 . . .





Prólogo



Bringen sie uns ans Ende der Tagen,“


Nehmen sie uns die Ewige Ruhe,“


als Dunkle Energie löst sich das Universum.


El coro de profundas voces hacía eco en la vacuidad del obscuro templo, escasamente iluminado por la vacilante luz de las antorchas. El delgado joven estaba ahora preparado para ser consagrado en su puesto, su cuerpo acostado a todo lo largo boca abajo sobre el frío mármol, sus labios besando el piso, ambos brazos extendidos totalmente en la dirección del altar en rendida adoración.


Sintió el bautismo de sangre fresca derramándose sobre él, empapando su pelo y su hábito ceremonial. El denso líquido corría de su cabeza y su nuca por ambos lados de la cara hasta mojar sus labios y encharcar el piso. Abrió la boca para probar el metálico sabor de la sangre humana. Resonó en sus oídos el conjuro de la consagración.


La orden secreta tenía un nuevo líder.










Parte Primera



Coconut Grove


Diez años después








Capítulo 1


La Lluvia en Miami



Había sido un día perdido en la pequeña tienda. Ahora más que nunca Pilar comprendía porque los americanos le dicen ‘slow’ o lento a un día como el de hoy. Cada minuto de la mañana parecía durar una eternidad. Y las horas de la tarde transcurrieron aún más lentamente, adormecidas por el calor del verano, amortiguado éste apenas por el insuficiente aire acondicionado del lugar.


Escasamente una docena de clientes se dignaron entrar a la tienda en todo el día y solamente uno de ellos había adquirido artículos de algún valor: unos cuantos libros usados, una colección de cristales y un decorativo sable de samurai. Le llamó la atención este cliente, a quien ya había visto antes visitar la tienda, un hombre alto de barba y cabellos blancos muy finos, ya mayor, pero que conservaba un raro atractivo y distinción, un cierto estilo que no recordaba haber visto antes en nadie más y que pareció escoger sus libros y cristales muy deliberadamente, como alguien que tenía completa seguridad en lo que hacía.


Intranquila, Pilar salió a la calle un momento y notó que para colmo el cielo se estaba cerrando amenazador y rabos de nubes negras como humo de chimenea parecían bajar para acercarse al mar en la cercana Bahía de Biscayne.


Decidió entonces cerrar la tienda temprano y enviar para su casa a Sonia, su joven primita y amable empleada y a Enrique, siempre tan diligente arreglando los estantes llenos de raros libros de esoterismo y remedios de Wicca y santería. Pensó qué sería de ella sin su ayuda. Y otra vez se preguntó si había sido una sabia decisión invertir sus dineros del divorcio en un lujoso condominio en la pintoresca Coconut Grove de Miami y en una modesta tienda de artículos de la ‘Nueva Era’ que había adquirido casi arruinada y que había logrado apenas revivir.


¿Estás segura, Pilar?”, le preguntó Sonia con su carita preocupada, mirando de reojo a través de los cristales al ceñudo cielo que obscurecía la tarde antes de hora.


Pues claro, Sonia. ¿Quién va a venir a comprar nada cuando esa lluvia empiece a caer? Mejor se van ustedes ahora, a ver si logran llegar a su auto sin mojarse. Yo me ocupo de cerrar”, contestó Pilar con firmeza.


Pero Enrique, siempre deseoso de ayudarla en todo terció: “Exactamente Sonia, ¡recoge y vete ahora mismo!” Y dirigiéndose a la dueña: “Yo me encargo de que todo quede bien cerrado, puertas y ventanas. Fíjese que ya le cuadré las ventas del día en la computadora. Usted también puede irse ya, Pilar. Para algo usted me ha dado copia de la llave.”


Ni hablar. Cerramos entre los dos”, le contestó la dueña y mientras lo decía abrió la caja, recogió los billetes dejando el cambio, metió rápidamente en una carpeta de archivar los papeles del día, la cual introdujo bruscamente dentro de un portafolio negro de piel flexible, cuya cremallera cerró con un solo gesto decidido y firme.


Ya Enrique se había apresurado a asegurar la única pequeña ventana de atrás, la del servicio sanitario y corría a poner el seguro en las puertas. Casi se tropiezan los dos en la salida, a la que llegaron a la vez, recobrando el aliento.


¡Wow! La lluvia sí que te hace mover rápido. Se ve que no quieres mojarte”, le dijo Pilar a Enrique medio en broma, mientras cerraba la tienda por fuera.


Es que resulta que hoy no pude parquear donde siempre. Cuando llegué de mañana, el dichoso lugar ya estaba lleno, no sé porqué. Bueno, creo que alguna convención de algo en algún hotel cercano, me dijeron, no sé. Tuve que parquear dos cuadras más allá. Usted sabe lo difícil que es el parqueo en Coconut Grove”, le contestó Enrique, mientras ambos salían a la calle.


Bueno, pues ¡apúrate...!” Y no terminando de decir esto, las primeras gotas de lluvia, enormes y redondas rebotaron en la acera delante de ellos. Vio con preocupación cómo Sonia, la joven prima que la familia le había encargado cuidar y encaminar como empleada en Miami, se esfumaba en dirección al edificio de parqueos al doblar de la esquina. Giró entonces la cara hacia Enrique pero ya éste se perdía corriendo en camino a los parqueos al aire libre de más allá, tratando de cubrirse la cabeza con su maletín del colegio. Enrique era alumno nocturno del Miami Dade College y de seguro que hoy tenía clases.


Y así se encontró Pilar, sola en la puerta de su pequeño negocio de libros y remedios espirituales, escuchando el estruendo de las descargas eléctricas, admirando el torrente de la inmisericorde lluvia tropical y sin saber exactamente que iba a hacer esa noche.











Capítulo 2


En Coconut Grove



Llevaba ya casi un año viviendo en este barrio tan especial de Miami y aún Pilar no se había podido sobreponer al ineludible encanto de Coconut Grove. Cada mañana, al salir de su casa y caminar lentamente hacia su pequeño comercio mientras disfrutaba la brisa matutina, le parecía sumergirse y formar parte de la atmósfera única del lugar, admirando como si fuera la primera vez los coloridos y variados comercios y bares, las cafeterías y restaurantes con sus mesas en las aceras, al aire libre, protegidas por la amable sombra de los árboles.


Su pequeña tienda de artículos de la ‘Nueva Era’ y libros de temas esotéricos estaba casi al frente de ‘Cocowalk’, el famoso ‘Mall’ o centro comercial de Coconut Grove, situado sobre una pequeña elevación del terreno desde la que suavemente bajaba una avenida en dirección al mar y la Bahía de Biscayne.


Los fines de semana el lugar era visitado por una muchedumbre compuesta de todo tipo de gentes que parecían contrastar entre si, como si provinieran de diferentes culturas y países, dándole al centro comercial y a todo el barrio una dinámica muy particular. Para ella siempre era imposible sustraerse a ese hechizo y muy frecuentemente, después de visitar las elegantes ‘boutiques’, las pequeñas tiendas y los kioscos, se había sentado tranquila a degustar alguna bebida en los frescos balcones del bar del segundo piso, siempre en el camino de las persistentes brisas del océano Atlántico, mesmerizada por la vista y el ambiente y cuando el viento del Este lo traía, por el aroma de las cercanas marinas.


Pilar pensaba que en otros tiempos, desde ese segundo piso del bar, debía de haberse podido ver el mar, la Bahía de Biscayne. La construcción de masivos edificios de condominios había bloqueado esa vista. Aún así, el lugar brindaba un punto de vista ventajoso, preferido por muchos para observar desde arriba el trajinar de las gentes en la pintoresca ciudad compartiendo con amistades o sencillamente para sentarse a cavilar y meditar en silencio.


Decidió entonces, en vez de tratar de dirigirse directamente a su casa, que estaba sólo a unas dos cuadras de allí, pasar un rato en ‘Cocowalk’, pero la lluvia era ahora intensa, creando casi una cortina sólida que le impedía el paso. El agua fresca del aguacero se amontonaba en la calle formando en los bordes de la acera pequeñas, pero impetuosas corrientes. Había que tener paciencia.


Aspiró el aromático aire de la lluvia y esperó tranquila y pacientemente ese minuto en que el aguacero parece escampar, momento que aprovechó Pilar para, saltando entre los charcos, atravesar la avenida y refugiarse en los portales de ‘Cocowalk’.












Capítulo 3


En el Bar de Cocowalk



Como a casi todas las mujeres, a Pilar la calmaba y la entretenía irse de compras. Siempre que visitaba el centro comercial, tan cercano a su vivienda, no podía resistir el impulso de comprar un nuevo par de zapatos, un llamativo vestido o simplemente una combinación cómoda para usar en el trabajo. Ya en todas las pequeñas tiendas y ‘boutiques’ se había hecho una clienta habitual y a muchas de las empleadas y vendedoras las conocía por su nombre y les hablaba con familiaridad.


Pero hoy no, decidió ella. Le pareció mejor idea subir al segundo piso del bar al aire libre y pedir algo de tomar, dejando la mente volar en la contemplación de la húmeda tarde tropical. Sería muy relajante hacerlo antes de irse a casa, se le ocurrió.


Aunque la lluvia había cedido, había resultado imposible atravesar la espaciosa calle en dirección al centro comercial sin mojarse. Pilar miró sus ropas y se notó completamente empapada. Lamentó haberse puesto este vestido, de ligeras telas color crema muy claro, que ahora, una vez mojado, se le pegaba al cuerpo y parecía ser aún más corto, dándole un aire demasiado atrevido, pensó ella, que no venía muy bien con su habitual manera de ser. Normalmente, ella usaba una sencilla combinación de pantalón y blusa para ir a trabajar. Esta mañana sin embargo, al abrir su closet, reparó en este vestido que no se ponía desde sus tiempos de soltera y que había guardado por razones sentimentales: era un regalo de su madre.


En el tiempo transcurrido desde entonces Pilar había ganado unas pocas libras, suficientes para que el vestido, ahora terminaba ella por darse cuenta, le quedara algo pequeño, apretado y provocador. Decidió aún así ponérselo en un arranque de coquetería. Era un vestido muy elegante que resaltaba de modo extraordinario su belleza natural de mujer.


Subió entonces las escaleras hasta el segundo piso del bar. Debido a la tormenta y a que no era fin de semana, pensó ella, el lugar se encontraba totalmente desierto. La lluvia salpicaba empujada por el viento, por lo que decidió escoger una pequeña mesa ubicada contra las escaleras interiores del bar, mejor protegida de los elementos que las cercanas al balcón de la calle que tenían una vista agradable y hubiera preferido con buen tiempo.


Notó en la mirada del camarero que atendía el bar que la había reconocido.


Éste se le acercó: “¿Qué se le ofrece hoy, señora? Veo que se ha mojado bastante. Creo que le conviene tomar un par de líneas de whisky en “strike”cde ron puro, para prevenir el catarro, ¿no?”


Pilar se rió, pero le dijo: “No, no estoy acostumbrada a tomar la bebida tan fuerte, sin diluirla un poco, mejor me traes el ‘Scotch’, pero con ‘Coca-Cola’ o ‘Ginger-Ale’. Y gracias.”


El muchacho le limpió la mesa, le brindó unas toallas de papel para que se secara de la cara y los brazos el agua de la lluvia y se apresuró detrás del mostrador a preparar el coctel. No pasaron dos minutos y ya lo traía, con una rodaja de limón en el borde del vaso y un recipiente lleno de semillas de marañón.


Aquí lo tiene, señora, se lo preparé muy especial”, le dice el camarero mientras abre la botella de soda y se la vierte en el vaso que ya estaba lleno hasta la mitad de hielo y del aromático whisky escocés.


Ella notó que él había tenido la atención de no usar el refresco de la máquina, sino que le había traído una botella de ‘Coca-Cola’, de tipo antiguo, curvilínea y de cristal verdoso, no muy fácil de conseguir en esta época y que quizás tenían reservadas para ocasiones especiales.


Pilar tomó la botella en la mano para darle a entender que apreciaba el gesto y mirándolo a los ojos le dijo: “¡Gracias!”, con su mejor sonrisa y encendiendo la mirada con dulzura, lo que hizo de inmediato sonrojar al muchacho, el cual se apresuró a refugiarse detrás del mostrador.


Le encantó ese arranque de timidez del joven y pensó enseguida que se trataba de una buena persona, de un buen muchacho, quien sabe si como Enrique, su empleado, ganándose unos pesos en el bar para poder pagar sus estudios.


Miró hacia el cielo gris y aunque la tormenta amainaba y los truenos se apagaban en la lejanía, en dirección al mar, la tarde se apresuraba a caer bajo el peso de la cercana noche, sin dar tiempo a la luz diurna de regresar. Algunas luces del alumbrado público y en las marquesinas de las tiendas se empezaban a encender. Pilar dio un suspiro mientras tomaba el primer sorbo de su coctel. De repente y sin ningún motivo aparente, se sintió triste y...sola.











Capítulo 4


Recordando se Vuelve a Vivir



La tormenta tropical en retirada y el aroma en el aire fresco dejado por la lluvia le provocaron de inmediato añoranzas de su infancia en la isla, de sus visitas a la casa de su abuela. Cuántas veces se habían sentado las dos simplemente a ver llover en el portal de la casa, disfrutando calladas la acción de la naturaleza.


¡Mira, Pilarcita, te hice una champola!” Era la voz de su abuela que le llegaba claramente a través del tiempo. Y su abuela le daba un vaso lleno del frío líquido blanco destilado de guanábanas frescas, con aquel sabor entre agrio y dulce y la tenue fragancia que parecía provenir de exóticas selvas tropicales.


La abuela Josefita fue la que la enseñó a comprender el mundo y las cosas con una visión que la habría de acompañar el resto de su vida. Cuando siendo muy chica ella le contó a su abuela que en el campo jugaba con pequeños hombrecitos y damiselas vestidas con flores, hojas y hierbas a su abuela no le pareció un desvarío de niña fantasiosa. En cambio se sintió orgullosa de que su nieta pudiera ver los elusivos ‘espíritus de la naturaleza’, duendes, gnomos o como quiera que se les llame en diferentes culturas y épocas, y que muy pocas personas podían percibir. Su abuela le aclaraba: “Sólo se dejan ver de los inocentes, de los niños, de los espíritus puros que habitan un cuerpo sano y limpio.”


Y cuando le contó a su abuela que había visto el fantasma de una joven deambulando por su casa, no se le ocurrió declararla esquizofrénica como haría tiempo después el psicólogo de la escuela. Su abuela en cambio le ayudó a comprender que a veces las personas fallecidas tienen todavía algún asunto pendiente de resolver en nuestro mundo y se niegan a abandonarlo del todo hasta conseguir una solución satisfactoria al mismo o al menos comunicar un mensaje importante a un ser querido. Una aparición, le hizo ver, no tiene que ser necesariamente maligna.


También fue su abuela la que le hizo comprender que todo lo que sucede en este mundo ‘material’ en que vivimos se origina primero, siempre y únicamente en el mundo del espíritu, de las ideas y de las emociones. Las finas vibraciones del amor, el odio, los deseos, los proyectos, las ideas, terminan congelándose en el plano físico y tomando la forma que los humanos acabamos por aceptar como definitiva. El mundo físico resultaba ser una realidad secundaria, derivada de los planos superiores de la conciencia.


Se dice que terminamos de perder para siempre la infancia cuando mueren nuestros abuelitos. Pilar sabía que esto era verdad, una verdad muy amarga. Efectivamente, cuando todos sus abuelitos habían fallecido fue cuando Pilar se percató por primera vez de que ya no era una niña, que había comenzado su vida de persona adulta.


Su familia terminó emigrando hacia Estados Unidos dejando atrás el gobierno totalitario que desvergonzadamente usaba la excusa del comunismo para apropiarse para siempre de todos los recursos del país y ponerlos al servicio y el capricho de unas pocas familias privilegiadas, confiscando además las propiedades de gentes que en su inmensa mayoría se habían hecho de ellas trabajando muy duro inclusive por varias generaciones. Venciendo incontables dificultades y agonías, al fin pudo su familia irse de Cuba buscando un clima de libertad y oportunidades principalmente para los hijos, para que todos pudieran labrarse un futuro.


Se establecieron en Miami, donde el clima era amable y parecido al de la isla, donde los cubanos habían traído con ellos sus costumbres, sus comidas, su refresco de hojas de mate, su café ‘espresso’ y sus pastelitos de guayaba, se dijo Pilar mientras sonreía para sí.


¿Está todo bien, señora?” Era el camarero que la despertaba de sus ensueños. “¿Quiere que le traiga otro coctel?”, le preguntó solícito. ”Hoy tenemos un especial, ¡El segundo va por la casa!” Le ofreció sonriendo.


Y Pilar: “No, gracias, estoy bien. Gracias.”


Pilar regresó de inmediato al hilo de sus recuerdos. Una vez en Miami, se hizo la firme determinación de abrirse camino, de luchar por un futuro, de ser la mejor estudiante de la escuela. Terminó ganándose una beca para la Universidad de Columbia en Nueva York, donde prefirió estudiar Historia, Literatura y Filosofía, especializándose en la primera, y donde también conoció al que sería su esposo, James Colbourne.


Su esposo James continuó la tradición de su familia incorporándose apenas graduado a un renombrado bufete de abogados que tenía sus cuarteles principales en las ciudades de Washington y Nueva York, muy conectados a dirigentes políticos de ambos partidos, el demócrata y el republicano.


El matrimonio con James no le había dado hijos. Dos veces Pilar estuvo embarazada, ambas terminando por perder la criatura, que parecía no poder o no querer retener. Siempre se preguntaba si todo no había sido culpa suya o si había tenido algún presentimiento que no le permitía darle hijos a este hombre.


Pero la herida de su separación aún estaba fresca y cuando en su mente reprodujo el momento en que sorprendió a su esposo abrazado con su secretaria en el recibidor de un restaurante lujoso, cercano a su oficina, sintió otra vez una daga que le penetraba el corazón, tal y como la había sentido aquel nefasto día. No pudo evitarlo, los ojos se le nublaron. Y pensó que quizás aquella visita a la oficina de su esposo, donde la recepcionista la desvió hacia el restaurante quizás a propósito y con el fin de ‘abrirle los ojos’, no fue una visita accidental ni caprichosa, sino debido a que había encontrado algo raro en el comportamiento de su marido y tenía en el fondo de su ser una sospecha que ni ella misma quería reconocer.


Eso sí, el divorcio había terminado en un acuerdo muy generoso para ella.

Había podido adquirir, pagándolo en efectivo, un condominio amplio y lujoso en Coconut Grove. Había podido comprar también este pequeño negocio que encontró en venta y que era tan afín a ella y a las creencias que había heredado de su abuela. Y aún se había quedado con una reserva de dinero que invirtió muy conservadoramente en bonos del tesoro y en comprar oro en el mercado de valores.


En fin, pensó Pilar, no hay nada de lo que quejarse. Esa es y ha sido la vida, y el destino me ha dado la oportunidad de comenzar de nuevo. Le pareció que ya la lluvia había cedido y era hora de ir para su casa. La noche había caído y más allá de las luces del bar y del centro comercial, las calles se veían muy obscuras allá afuera. Terminó de un trago lo poco que quedaba del coctel de Scotch y se puso a buscar con la mirada al camarero, pero el mostrador se encontraba vacío, no había nadie por allí en ese momento. ¿Tendría que ir a buscarlo al piso de más abajo?, se preguntó. Según se levantaba de la silla, automáticamente abrió su cartera para buscar la billetera y pagar el consumo. Pero en ese instante....













Capítulo 5


Los Intrusos



Llegaron rápidamente por la escalera interior que comunica al bar con la planta baja del centro comercial. Eran tres. El primero tenía la cabeza completamente rapada y brillante, sin rastro de pelo alguno. La piel demasiado blanca, desprovista de color al extremo, la boca cubierta por un bigote fino y alargado hacia abajo por las puntas, como los que usaban los antiguos chinos, aunque él no era asiático. Era ligeramente grueso y sus ropas eran blancas con algunos adornos de cintas algo descoloridas en púrpura y naranja y le quedaban desproporcionadamente grandes, al punto de arrastrarlas por el piso.


El segundo era de la raza negra, delgado, y tenía el pelo muy largo y arreglado torpemente con semidesechas trenzas haitianas. Toda su persona, inclusive las ropas, de un color obscuro impreciso, mostraban un aire de vieja suciedad y emitía un tufo u olor ofensivo muy penetrante, como de macho cabrío. La cara la tenía surcada de viejas cicatrices, sugiriendo que se trataba de alguien que había frecuentado las prisiones. En la boca le faltaban un par de dientes.


Por último hizo su entrada el que parecía ser el cabecilla del grupo. Se había arreglado el pelo negro muy corto, resultando en que algunas cicatrices en el cráneo eran visibles bajo el mismo. Usaba una combinación bien cuidada de bigote y barba terminada en punta y sus ropas, un pantalón blanco y una camisa de seda negra, contrastaban con las de sus acompañantes por la evidente pulcritud. Parecía tener un ojo más claro que el otro, Todo el cuerpo, hasta donde podía verse, estaba cubierto de tatuajes que semejaban serpientes, dragones y demonios. En los pulgares y los dedos índices de ambas manos, había tatuados unos símbolos, como letras de un idioma ancestral. Vino directamente a sentarse a la mesa de la cual Pilar se estaba preparando a levantarse. Sus acólitos la rodearon de inmediato, cortándole la salida.


¿Cuál es el apuro, joven, por qué te nos quieres ir tan rápido? ¿Será que eres muy fina y te sientes superior a nosotros?” le dijo a Pilar mirándole fijamente a los ojos mientras la tomaba de un brazo.


Ella se sacudió la mano del intruso y se apresuró a guardar la billetera en su cartera. Iba a decirle algo pero sólo le salió un “¡No!” de protesta.


Guardando tu dinero, ¿eh? Estas equivocada. No nos interesa tu dinero. ¡Me interesas tú!” casi le gritó él, acompañando las palabras con una mueca de regodeo sensual, mientras le miraba descaradamente los senos y las piernas.


¡El que estás equivocado eres tú! Yo no te tengo miedo. Eres un atrevido y un descarado y si no te vas ahora mismo doy un par de gritos y viene la seguridad de este lugar y se los llevan presos a los tres. ¡Que te has creído!” le dijo Pilar a la vez que se levantaba de la mesa.


La amenaza pareció surtir algún efecto, porque el individuo adoptó un tono más conciliador: “Vamos, vamos, niña, que no es para tanto, solamente queríamos hacer conversación. Si no quieres atraer a los hombres ¿para qué te pones esa ropa tan ‘sexy’?”


Pilar sintió en ese momento un pequeño tirón en su cabello. Se viró y vio al negro del grupo, que había dado la vuelta metiéndose detrás de la baranda de la escalera para colocarse a sus espaldas, con unas tijeras en la mano y un largo rizo de su pelo. Ella se contrajo para protestar, pero en eso llegaba del piso de abajo el camarero.


¿Qué está pasando aquí, señores? ¿Necesita ayuda con esta gente, señora? Vamos a ver, esto no me gusta nada. ¡Estoy llamando al “security” ahora mismo!” terminó de decir, alzando la voz.


Ella aprovechó la confusión del momento para levantarse de la mesa e ir buscando refugio en dirección al acceso de la escalera que baja al primer piso del bar donde se encontraba en ese momento el muchacho camarero. El individuo de la piel pálida y el bigote de chino le cortó el paso poniéndole un brazo frente a la cintura.


En ese momento el camarero sacó lentamente un bate de béisbol de debajo del mostrador. “Realmente a mí no me hace falta llamar al ‘security’ para lidiar con esta morralla”, dijo el camarero suavemente, mientras levantaba el bate.


No”, dijo Pilar, “no te busques problemas con esta gentuza, no vale la pena, deja que la seguridad de este dichoso lugar se ocupe de ellos.” Y con la misma rodeó su boca con ambas manos para pedir ayuda. Hubo un momento de silencio y tensión, pero en ese instante y sin darle tempo a gritar subían la escalera otros dos empleados del bar.


¿Qué está pasando aquí, caballeros?” dijo el que venía subiendo al frente las escaleras, un camarero grueso, muy alto y fornido, ataviado con un largo delantal. “Este es un lugar para venir a pasar un buen rato, si no lo entienden así, mejor se van ahora mismo.”


El que parecía ser el jefe de los tres intrusos contestó amenazador: “Sí, nos vamos ahora, pero esto no va a terminar aquí.” Y procedió a levantarse, moviéndose hacia la derecha en dirección al pasillo y escalera lateral que comunica al bar con el segundo piso del centro comercial, seguido de los otros dos. Mientras se marchaban, el negro del grupo le mostró burlonamente a Pilar la tijera y el rizo de pelo que le había cortado. Ella se llevó la mano automáticamente a la cabeza, con una sensación de impotencia y desamparo.


El camarero que la había atendido se dirigió a Pilar: “Perdone, señora, muy raras veces tenemos aquí ese tipo de problemas, me da mucha pena con usted. Nunca debí de haberla dejado sola.”


Y Pilar: “La culpa no es tuya. Dios sabe de donde salieron semejantes tipejos. Nunca los había visto por aquí.” Y mientras sacaba la billetera de la cartera: “Dime cuanto te debo, ya se me ha hecho bastante tarde.”


Pero uno de los que habían subido y que parecía ser el gerente del bar intercedió: “No, no le cobres, Ricky, esta cuenta va por la casa. Que la señora se sienta siempre bienvenida a este lugar.”


Ella les dio las gracias, insistió en pagar, pero de nada le valió, no querían aceptar su dinero. Y el camarero que la había atendido, que a estas alturas sabemos que se llamaba Ricky, le dijo: “Yo la acompaño hasta abajo para estar seguro de que esos tipos no la molesten.” Y procedió a bajar con ella las escaleras hasta los bajos del centro comercial y la calle.


Una vez en la acera, Ricky le dice: “¿Va usted muy lejos? ¿Quiere que le llame un taxi? Después de lo que pasó no me parece buena idea que se vaya sola caminando por ahí.”


No, Ricky, no te preocupes. ¿Ves ese edificio que se ve allá, el de los amplios balcones con las barandas de metal? Ahí mismo vivo yo, son sólo tres cuadras. Este camino lo hago todos los días. De todas maneras, te lo agradezco.”


Ricky el camarero miró hacia el piso, hacia los lados, hacia ambas aceras de la calle, indeciso e intranquilo. “No sé, señora, no me parece bien que camine ahora mismo sola por esas calles.”


Pilar entonces, en un arranque de ternura y agradecimiento le dio un rápido beso en la mejilla y se lanzó a caminar sola calle abajo, en dirección a su casa.












Capítulo 6


Una Sorpresa



En lugar de dirigirse directamente a su casa, Pilar se encaminó lateralmente hacia la izquierda, siguiendo Grand Avenue en dirección Norte, pero por la misma acera del ‘Mall’. Se le ocurrió que si la estaban observando aquellos desagradables tipejos, de esta manera conseguiría despistarlos. Por supuesto que no quería que supieran exactamente donde ella vivía. Todo el barrio le era muy familiar y había mucha gente caminando por las aceras. El ambiente le hizo recobrar la tranquilidad. No había pasado un minuto y ya miraba distraída las vidrieras de las tiendas.


Dos parejas salieron tomadas del brazo de un cafetín al otro lado de la calle. Pilar no pudo evitar un estremecimiento de nostalgia al verlos. Después de todo, estuvo casada casi tres años y aún no se había acostumbrado del todo a andar sola. Al rato, se sorprendió a sí misma mirando a través de los cristales de la librería. Las nuevas publicaciones que anunciaban en la vidriera, cacareados ‘Best Sellers’, no le llamaban la atención. Pero se sintió impulsada a entrar de todas formas. Los libros siempre habían sido para ella entrañables amigos.


Automáticamente se dirigió a la sección de temas espirituales, esotéricos y místicos; siempre se deleitaba en explorar si había algún nuevo título que le resultara interesante. También le fascinaban los temas relacionados con la historia. Recorriendo los libreros, casi frente a sus ojos, en el anaquel que le quedaba al nivel de su mirada descubrió una edición lujosísima de ‘La Doctrina Secreta’ de Helena Petrovna Blavatsky, encuadernada en piel y grabada en relieves por fuera. No pudo sustraerse a tomar uno de los tomos en sus manos y hojear el finísimo papel que parecía ser como de seda.


Esto es increíble, nadie puede pagar este tipo de trabajo en nuestros días”, se dijo para sí misma. Y continuó pensando: “¡Que rareza! Esto tiene que ser un encargo especial, una orden cancelada, nadie tiene un libro con este trabajo de encuadernación tan especial en existencia ahora.”


Y en eso sintió a sus espaldas una voz que le pareció reconocer: “¿No le basta con los libros que usted tiene en su tienda, señora?”


Los nervios todavía algo tensos hicieron que Pilar casi saltara al girar sobre sí misma. Para su total sorpresa, reconoció a su cliente, el alto y distinguido señor que había visitado su tienda hoy por la tarde.


Perdone si la he asustado. No debí haberla sacado tan bruscamente de su... digamos, de su ensimismamiento, usted de veras parecía muy pensativa cuando la interrumpí, ¡le pido perdón otra vez!” casi balbuceó el señor.


¡Oh! No, no es nada, tendré los nervios un poco alterados hoy, no se preocupe. No, realmente sólo estaba mirando para pasar el rato, no me parece que vaya a comprar nada hoy”, le dijo ella, esbozando una sonrisa y devolviendo el libro al anaquel.


Tampoco yo”, le dijo él, “pero veo que somos ambos lo que se dice ratones de librería, adictos a los libros, ¿no es cierto?”


Si. Tiene mucha razón. Creo que para mí es un vicio. A veces estoy leyendo varios libros a la vez. Es una locura. ¿Me imagino que usted vive también por acá, por el barrio?”


Efectivamente, señora, cuando me retiré y me deshice de mi oficina en New England, decidí venir buscando un clima menos frío, que se aviniera mejor con la inevitable artritis que nos termina aquejando a todos. Y me compré una pequeña casita por acá, no exactamente en el Grove, pero tampoco demasiado lejos de aquí. Me parece que ya es hora de que nos conozcamos mejor. Mire, aquí tiene mi tarjeta, mi nombre es Mathias Warner, para servirla a usted y a Dios.”


Pilar leyó la tarjeta en voz alta: “Mathias C. Warner, M.D., Psychiatrist and Psychologist” y levantó la vista para mirar al doctor en los ojos. “Vaya, vaya, ¡qué bien! exactamente lo que necesito, tener un amigo médico. Siempre es muy conveniente”, le dijo ella con una sonrisa, en tono ligero.


Para servirla, señora, aunque como le dije estoy retirado, pero siempre al servicio de los amigos.”


Y esa combinación de psiquiatra y psicólogo, creo que no la había yo visto antes. Tenía entendido que los psiquiatras son médicos y los psicólogos no lo son. ¿O estoy equivocada?”


Es una historia larga. Pero así mismo como usted ha dicho, es como realmente es. En mi caso particular, fue diferente: primero me gradué de medicina general, era médico. Después me atrajo la psiquiatría y aún después me hice psicólogo porque tenía una gran fascinación con ese tema.”


Veo que dice ‘tenía’, ¿será que ya ha superado eso, la fascinación?” le dice ella con una mirada llena de picardía.


Muy atinado su comentario. Veo que me las estoy viendo con una mujer muy inteligente. Efectivamente, hace tiempo que tengo un enfoque muy diferente sobre esos temas, aunque todavía no han dejado de interesarme. Algo de lo que quizás podamos hablar en otro momento.”


Claro que sí. Me resultaría muy interesante”, dijo Pilar mientras le daba una mirada rápida a su reloj de pulsera. “Dios mío, se me ha hecho muy tarde. Doctor, me ha encantado conocerlo. Perdone mi falta, no me he presentado, mi nombre es Pilar... Santana, recién estoy volviendo a usar mi apellido de soltera. Ya sabe donde me tiene, en mi pequeña tienda.”


Ambos se encaminaron hacia la puerta de salida de la librería.


La lluvia se ha ido, pero ha dejado un aire muy fresco y limpio, ¿no cree?” le dice el doctor al llegar a la acera.


Y falta que hacía. Hoy ha hecho un calor tremendo todo el día. Para mí la lluvia siempre es una bendición”, le dijo ella.


Me parece que para usted todo es una bendición. Seguro que el sol y el calor también lo son, ¿no es cierto?”


Si.” Rió ella. “Así soy yo. Todo lo que me da la naturaleza me llega al corazón cada momento y me siento dichosa de estar viva y poder disfrutarlo, eso es todo.”


Magnífica filosofía. Y ¿hacia dónde vive? Se ha hecho un poco tarde y me gustaría acompañarla, no dejarla sola de noche en estas calles, si no lo toma a mal”, le dijo él, separándose un poco de ella para subrayar el hecho de que no tenía ninguna segunda intención y ella se sintiera más confiada.


Pilar miró pensativamente en ambas direcciones de la calle y notó que efectivamente se veían más desiertas y obscuras de lo que ella esperaba.


Me parece bien, doctor. De hecho, tengo que decirle que tuve un incidente, breve, pero algo desagradable, esta tarde”, le dijo ella, mientras comenzaban a caminar por Grand Avenue, ya en franca dirección a su casa.


No diga. Por eso la noté un poco nerviosa hace un rato, cuando le hablé de improviso en la librería. Razón de más para que la acompañe. Y ¿qué fue lo que sucedió?”


No, nada importante, ya le digo. Fue sólo un encuentro desagradable con unos tipos muy raros”, le decía ella, mientras recorría con la vista los diferentes recovecos y pasadizos entre los edificios.


Si le parece verlos, a esos tipos, me lo dice enseguida”, le advierte el doctor.


De ninguna manera lo voy a meter a usted en problemas”, le contesta ella.


Nada de eso. Lo único que tenemos que hacer es ‘hacernos invisibles’”, le dice el médico, mirándola casualmente.


No habla usted en serio. ¿Hacernos invisibles?” preguntó ella incrédula.


Pues claro. ¿Nunca lo ha probado usted? Pudiéramos tratarlo ahora. La veo escudriñando la obscuridad. Usted teme que esos individuos estén por aquí cerca acechándola, ¿no es cierto?”


Si. Pudiera ser. No me gustaron nada esos tipos. Me dejaron con una impresión muy mala, muy desagradable. Son agresivos y atrevidos. No me gustaría volverlos a ver.”


Entonces el doctor se detuvo y la miró a los ojos, ya más seriamente. “Pues vamos a probar a hacernos invisibles.”


¿Y cómo?” musitó ella con timidez.


Él le tocó la frente suavemente con los dedos y dijo muy quedo: “Los dos. Vamos a bajar un poco la cabeza. Concentrarnos en el camino delante de nosotros. Mientras camina, mire sólo la acera delante de usted. Piense fuertemente que alrededor nuestro hay como una barrera, un campo magnético que completamente nos envuelve, aislándonos de todo y de todos. No pensar en esa gente que la molestó. En realidad, no pensar en nada salvo en pasar inadvertidos y caminar en silencio hacia su casa. No permita que su pensamiento emita ondas de ningún tipo. Concentrados en no ser advertidos por nadie. Pensando sólo en el camino. En nada más. Como si usted no existiera. Sólo existen la brisa, las calles, la noche. Nosotros, los dos, hemos desaparecido. Eso es.”


Y diciendo esto, el doctor bajó la mirada y caminó en silencio, tan sigiloso que Pilar pensó que ni los pasos podían oírse en la ya callada noche. Ella lo imitó. Se concentró en la acera y en el camino. Trató de silenciar su mente, dejarla en blanco, con toda la dificultad que para todos eso representa. Se repetía a sí misma: ‘sólo existen la brisa, las calles, la noche, el camino’. Avanzaron de esta manera por más de una cuadra doblando hacia su casa. Estaban casi llegando al edificio donde ella vivía.


En ese momento, a Pilar le parece observar, por el rabo de su ojo derecho, que el cabecilla de los tres individuos estaba del otro lado de la calle, mirando en la dirección general de ellos. Pilar bajó otra vez la mirada y forzó su mente a permanecer en blanco. Sólo pensar en el camino, se repitió, mientras andaba en silencio.


Llegaron a la entrada de su edificio de condominios y fue entonces que se permitió mirar hacia atrás, precisamente hacia donde creía haber visto al extraño individuo. Efectivamente, ¡allí estaba! Pero estaba de espaldas, parecía estar concentrado en buscar a alguien, aunque mirando ahora en la dirección equivocada. El doctor le siguió la mirada y se percató de que era ese individuo el que ella quería evitar.


Su truco ha trabajado. ¡Increíble doctor! Tengo mucho que aprender de usted”, le dijo Pilar, mientras le ofrecía la mano para despedirse. “Vivo aquí mismo, en el 1501 tiene su casa.”


Ha sido un placer, señora. Este edificio siempre me ha llamado la atención por la elegancia del estilo arquitectónico. Se nota que lo cuidan mucho. En estos días visito su tienda para conversar un rato. Me encantaría que fuéramos amigos”, le dice el médico.


A mí también, y por mí ya lo somos. Buenas noches y nos vemos pronto.”


Buenas noches y que sueñe con ángeles hoy.”


Ella le sonrió mientras se volvía para saludar al portero y caminar entonces hacia los elevadores.












Capítulo 7


Por la Noche a Solas



Llegó muy cansada a su casa y contrario a su costumbre, empezó tirando sus ropas por dondequiera y metiéndose directamente en la ducha. Era un cuarto de baño fabuloso, de mármoles rosados, con una amplia pecera de duchas múltiples, que arrojaban a la vez diferentes tipos de chorros de agua desde posiciones en el techo y las paredes. Podía graduar algunos de los chorros desde un intermitente masaje hasta un suave vapor de agua. Se tomó un baño muy largo, donde llegó a perder la conciencia del tiempo transcurrido, perfumándose la piel después con aceites de sándalo. Le pareció que se había limpiado inclusive el alma, dejando correr con el agua todas las vibraciones negativas que le pudieron llegar durante el día.


Se metió en su ligera bata de seda y se sintió: ¡Bien!


Ahora tenía hambre. Se preparó una ensalada con espinacas, lechuga romana, ajíes rojos, aceitunas negras y tomates en forma de ciruelas, que le gustaban mucho, sazonándola con aceite de oliva y vinagre de vino rojo. Se hizo también un par de sándwiches con dos diferentes tipos de queso: holandés y parmesano. Acompañó todo con dos vasos grandes de jugo batido del rojo mamey, preparado sin azúcar ni leche, sólo con agua, al natural.


Al terminar le pareció que había comido demasiado. Se le ocurrió que se iba a reventar. Decidió entonces que había que bajar la comida limpiando. Mientras recogía, aseaba y arreglaba su casa, aprovechó para llamar por teléfono a su madre y a su hermana para reírse un poco con los inofensivos chismes de familia. Su hermana y ella terminaron haciendo planes para el próximo fin de semana. El esposo de la hermana tenía un discreto bote de motor y querían ir con ella a Elliot Key, un pequeño islote al final de la Bahía de Biscayne. A Pilar le pareció una magnífica idea.


Mientras limpiaba, le sacudió el polvo a una vieja foto donde estaba ella con su abuela. Se detuvo a verla. Era una vieja foto en blanco y negro. En la foto Pilar aparecía mirando estoicamente a la cámara, mientras su abuela posaba la mirada en ella. Era una mirada pensativa y preocupada, como si le estuviera viendo el futuro. Le vino a la memoria que a su abuela le gustaba tener un frasco de agua bendita en la casa, “para prevenir y detener lo malo”, decía ella. No hacía dos semanas Pilar había visitado la Ermita de la Virgen de la Caridad. Había recipientes con agua bendita. Pilar, impulsivamente, dejó una generosa limosna y se llevó uno, que conservaba en la mesita de noche junto a su cama y usaba a veces para protegerse con la señal de la cruz antes de salir de casa.


Llegó la hora de descansar. Trató de ver un poco de televisión antes de acostarse. Decenas de canales del cable digital en alta definición mostraban repetidas las mismas películas de siempre. Decidió que era inútil. “Tanto que paga una por ese servicio y no vale nunca la pena”, pensó.


Tenía sobre la mesa seis libros en proceso de lectura. Los miró brevemente y escogió uno, el que parecía intrigarle más en esos días. Se lo llevó a la cama, se rodeó de suaves almohadones de color pastel, se puso cómoda y procedió a continuar leyendo por donde lo había marcado ayer.


Mientras leía, dos veces le pareció sentir ruidos en la dirección de la cocina. La segunda vez el ruido fue mucho más fuerte, casi un estruendo, como si se hubieran roto platos y vasos. Decidió levantarse a ver. Todo estaba en orden en la cocina. Había un silencio total. “Deben ser los vecinos de arriba”, caviló, mientras caminaba de regreso a su cuarto.


Mientras cruzaba la amplia sala le pareció ver moverse una sombra por la penumbra del largo balcón. Fue hasta allí, corrió completamente las cortinas de las sucesivas puertas de cristal. A lo lejos, más allá de la negrura de la Bahía de Biscayne, titilaban las luces de las pequeñas islas de Virginia Key y Key Biscayne. Pilar abrió dos de las puertas de corredera, la sacudió una fuerte brisa que le traía el olor del mar.


Se dirigió a la baranda del balcón y se inclinó pronunciadamente sobre ella. Allí el soplar del viento venía de abajo, haciendo flotar hacia arriba su larga cabellera. La altura siempre le provocaba vértigo, un raro vacío en la boca del estómago. Era una emoción muy fuerte y le gustaba jugar con eso. Venciendo el miedo, miró directamente hacia abajo la sucesión de simétricos balcones. “Está demasiado alto para que nadie se pueda meter por aquí”, se oyó decir a si misma, mientras regresaba hacia la sala.


Cerró las puertas de cristal de corredera, corrió las cortinas y regresó a su cama y a su lectura.


No pasaron diez minutos y con la cabeza inclinada sobre el libro, se quedó profundamente dormida.













Capítulo 8


De Madrugada



Tuvo un sueño confuso y preocupado, casi una pesadilla, de la cual no pudo recordar nada de inmediato, pero no fue eso lo que la despertó.


La despertó una rara sensación de que había una presencia en su habitación. La luz de su lámpara de noche estaba encendida, pues se había quedado dormida leyendo. Podía ver claramente toda la habitación y aún más allá, hacia la penumbra de la sala principal. Pero la sensación de que alguien la estaba mirando no la abandonaba.


Trató de bajarse de la cama deslizando un pié hacia el suelo. Un apretón de una mano muy fría se lo impidió. Sentía que una invisible mano de hielo presionaba su pierna contra la cama, inmovilizándola. Pilar soltó un corto grito. En una reacción involuntaria, movida por el terror, forcejeó violentamente recogiendo su cuerpo en dirección a la cabecera de la cama.


Percibió entonces que dos manos heladas le tomaban ambas piernas, ya por los muslos y la arrastraban en sentido contrario, cayendo ella acostada otra vez sobre la cama. La presión de las manos invisibles le dejaba profundas marcas negras en las piernas.


En ese momento le vino a la mente que podía estar soñando, pero que aún así, estaba siendo víctima de un ataque psíquico. Visualizó de inmediato un pentagrama poniéndolo momentáneamente frente a ella como un escudo. Por un momento, esto funcionó. Las manos dejaron de aprisionarla y ella saltó como un felino fuera de la cama. Miró hacia su izquierda y al notar el teléfono sobre la mesa de noche, apretó el botón del micrófono y marcó frenéticamente el número de emergencias, 911.


Sintió que la tomaban de espaldas, el teléfono cayó al suelo. La hicieron girar en el aire mientras se revolvía en alaridos y la tiraban otra vez sobre la cama. La lámpara de la mesa de noche voló por los aires y se hizo añicos en el suelo, quedando la habitación a obscuras. Pilar sintió más de dos manos que recorrían su cuerpo y le manoseaban los senos, los muslos, el sexo. Gritó varias veces, pidiendo ayuda. Le parecía oír unos gruñidos de placer y unas carcajadas. En la piel le empezaron a surgir de la nada moretones, marcas de mordidas y arañazos, algunos sangraban. Varios brazos helados la presionaron hacia abajo. Comenzó a sentir un miembro duro, un pene congelado que la empezaba a penetrar empujando inclusive su ropa interior hacia dentro de la vagina, mientras varios pares de manos le abrían forzadamente las piernas.


Pilar dio un grito de dolor y espanto y con un esfuerzo supremo se liberó momentáneamente del abrazo, giró hacia su izquierda estirando el brazo para tomar el recipiente de agua bendita, el cual destapó de un tirón, vertiendo el agua sobre sí misma y sobre las sombras que la estaban agrediendo.


Oyó en ese momento un gruñido de rabia, a la vez que un furioso golpe invisible le cerraba el ojo izquierdo y la hacía sangrar. La cargaron nuevamente por el aire, tirándola esta vez bruscamente contra la pared de la habitación. Pilar rebotó y cayó en el suelo, boca abajo, inconsciente. Un fino hilo de sangre salía de su cabeza y resbalaba por el suelo de mármol de la habitación, llegando hasta manchar la alfombra a un lado de la cama.













Capítulo 9


Camino al Hospital



El ruido de la ambulancia la despertó a medias. Entreabrió los ojos para verse bajo las miradas de dos trabajadores del rescate de emergencias, un hombre y una mujer de uniforme azul y gris, que trataban de mantenerla arropada con una delgada frazada. Se les notaba tensos y preocupados. Se percató de que le habían colocado una máscara de oxígeno sobre la cara y además le estaban pasando un suero de un líquido transparente por una aguja insertada en una vena encima de la mano, el empalme reforzado con vendas de esparadrapo. La aguja del suero le quemaba la piel. Trató de mover el brazo.


No te muevas, querida, todo va a salir bien. Estás segura aquí con nosotros. Todo va a estar bien”, le decía la enfermera de rescate mientras le acariciaba ligeramente el pelo.


Tenía dificultad para abrir el ojo izquierdo, que parecía estar parcialmente cubierto con un vendaje. La enfermera se percató de ello y procedió a limpiarle alrededor con un algodón mojado en agua destilada.


Pilar se sintió de repente muy débil. Las bruscas curvas que tomaba la ambulancia le dieron náuseas, todo empezó a darle vueltas en derredor. Perdió nuevamente la conciencia.













Capítulo 10


En el Mercy Hospital



Debían de haberla sedado con algún medicamento, pensó Pilar cuando volvió en si en una cama de hospital, en el silencio de la madrugada. Se sentía adormilada y apenas podía moverse. Una enfermera conversaba en voz baja a poca distancia con un corpulento policía de la raza negra, de completo uniforme. Mientras hablaban, el oficial hacía gestos con las manos, a veces en su dirección, quizás tratando de explicarle algo a la enfermera.


Se sentía muy débil y como entre dos mundos, apenas aferrándose a mantenerse consciente. La enfermera notó que había abierto los ojos y vino hacia ella: “No te muevas querida, el doctor ya está al venir. Vas a estar bien, no te preocupes”, le decía, mientras tomaba una de sus manos y revisaba con la mirada los gráficos en el monitor.


Ella cambió la vista, trató de entretenerse mirando a su alrededor los diferentes aparatos, cables y conexiones del moderno hospital. Empezó a sentir su cuerpo. En primer lugar le ardía la mano izquierda, donde le habían puesto una aguja para pasarle un suero. Enseguida sintió un dolor punzante en la cabeza, en un ojo y en una rodilla.


En ese momento le vino a la mente lo que le había sucedido en todo su horror. No había estado soñando, no era una pesadilla. Era todo muy real.

Se sintió una vez más sola, desconsolada e impotente y estuvo a punto de llorar.


Al fin el médico vino. Le dijo que estando aún inconsciente le habían hecho un escanograma de la cabeza y varias radiografías. Había sufrido una concusión y necesitaba ahora reposo. La herida del ojo sanaría, le habían dado unos pequeños puntos, usando finísimas suturas de cirugía plástica. “Una mujer de su belleza no merece una fea cicatriz”, le dijo compasivamente el médico. “Creo que va a quedar muy bien y nada va a notarse, usted verá.” El médico estaba escribiendo algo en una tablilla. Volvió a levantar la vista para decirle: “He dado instrucciones para que le traigan hielo para ponérselo en la cabeza. Si le molesta, se lo dice a la enfermera.” ¡Ah! Y tenía golpes, moretones y contusiones en varias partes del cuerpo, pero no había fracturas, terminaba informándole el médico.


Le dimos un sedante muy suave en el suero, para los dolores”, le dijo el médico, “sin pedirle su permiso.” Vio algo en la mirada de ella y se apuró a añadir “pero no, ya no se lo estamos dando. Eso que usted ve ahora es solamente una solución salina para mantenerla hidratada y ayudarla a pasar la crisis. Usted es una mujer joven, fuerte y saludable. Se va a recuperar enseguida. También le he recetado unas tabletas para ayudarle a bajar la inflamación. Si el dolor le regresa muy fuerte, la enfermera le dará unas tabletas para aliviarla.”


Estas palabras hicieron que Pilar sollozara. El médico cambió la mirada hacia el piso. En ese momento llegaban a la habitación dos policías, uno de completo uniforme, el otro al parecer un detective, llevaba la placa de identificación en el cinturón. Venía vestido de civil, de traje, aunque sin corbata. Era un hombre relativamente joven, en sus treinta, de pelo negro y piel algo pálida, bien parecido y con una expresión amable e inteligente en el rostro.


El doctor los detuvo: “Creo que la paciente todavía está muy débil y aún recuperándose. Van a tener que esperar unas horas antes de hablar con ella.”

El policía vestido de civil le contestó. “Muy bien doctor. ¿Le parece que ella pudiera darnos algunos teléfonos de familiares? No hemos podido avisar a nadie aún.” Dijo esto al momento que mostraba su identificación.


Pilar dijo de inmediato que sí y procedió a darle los teléfonos y los nombres de su madre y de su hermana, dándole las gracias al detective.


Mi nombre es Félix Munro”, le dijo él, absteniéndose de darle la mano. “Es muy importante que hablemos. Claro que ya tenemos su dirección y sus datos. Sólo queremos ayudarla y tratar de protegerla, para que esto no se repita más.” Y dirigiéndose al médico: “¿Estará ella mucho tiempo por acá, doctor?”


Hasta ahora, los resultados de las pruebas han sido favorables. Cuando ella se sienta fuerte y la veamos recuperada podría irse. Yo recomendaría un par de días en el Hospital, para mantenerla bajo observación y estar seguros antes de darle de alta. Ya veremos”, respondió el médico.


Pilar trató de protestar, pero el detective casi le pone la mano sobre los labios haciendo a la vez un gesto cordial con la mirada, mientras le decía:

No sabemos el motivo de este ataque que usted ha sufrido. Todavía estamos investigando muchos detalles. Vamos a tener un oficial de guardia cuidándola las 24 horas en el hospital. Cuando usted sea remitida a su casa, y si usted así lo desea, la podemos llevar en un carro patrullero. Si piensa que necesita más protección, nos lo deja saber. No queremos correr riesgos. Quizás sea mejor que la entreviste después en su casa, ya más tranquila. ¿No le parece?”


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