NOCTALIA
R. F. Pascual
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© R. F. Pascual, 2011
Todos los derechos reservados.
Smashwords edition
Léase como tributo a:
Dan Simmons, Julio Verne, Stanislaw Lem, Isaac Asimov
y todos los demás genios que soñaron con las estrellas antes que yo.
Sin ellos, nunca hubiese escrito Noctalia.
Porque el cielo no siempre está azul.
«Coged las rosas mientras podáis,
veloz el tiempo vuela.
La misma flor que hoy admiráis,
mañana estará muerta».
Walt Whitman
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Bruce Keating soñaba con un vasto prado que se mecía bajo la luz suave de una aurora carmesí. Un cúmulo de nubes translúcidas brillaba iluminado por un sol temprano, algunos conjuntos de lejanas montañas centelleaban entre destellos rosas y turquesas, y los ribetes celestes que afloraban por entre las nubes hacia la verde llanura eran de un impactante tono añil. Por las laderas de varios montes discurrían torrentes de aguas cristalinas que reverberaban produciendo ecos que transmitían una serenidad pura. De cada hoja, de cada brote de hierba rezumaba un embriagador aroma a vida. Bruce era feliz. Se sentía feliz. Formaba parte de aquella Arcadia onírica como cualquier otro ser vivo. Percibía el viento sibilante revolviéndole el cabello y la paz de la tierra.
Pero nada era real y los infrasonidos emitidos por el disipador del sueño se encargaron de recordárselo. Las ondas producidas por el aparato manipulaban el cerebro humano de tal forma que el individuo que lo usaba amanecía repleto de energía y entusiasmo. Sin embargo, Bruce despertó malhumorado, envuelto en la marejada de luz pálida que se aventuraba a traspasar los pequeños agujeros de las persianas del dormitorio. Se incorporó, activó en un teclado que controlaba la mayoría de los artefactos eléctricos de la casa el comando que se encargaba de enredar las láminas de pseudomadera de las persianas, y se estiró con los ojos todavía entrecerrados. La ventana mostró un cielo gris cubierto de nubes y un silencio que se apoyaba en las vacías calles de Washington, en las que se apreciaban las marcas típicas del abandono: suciedad y pintadas por todas partes, carreteras descuidadas, fachadas a medio derruir… Así era el mundo en el que había decidido permanecer.
Absorto en la contemplación del exterior, Bruce se frotó los ojos con cuidado, tratando de deshacerse de las incómodas legañas que le impedían levantar completamente los párpados. Hacía varios años que se había mudado a aquel pequeño apartamento de la periferia, con habitaciones que le recordaban a cajas de zapatos. Entró después en el baño, que era una salita de apenas tres metros cuadrados que contenía los elementos indispensables: retrete, lavabo, espejo y ducha. Apoyó las manos en la pila nada más entrar, cerró los ojos frente al espejo y suspiró angustiado: una sensación de ansiedad se le instalaba en el pecho cada vez que se miraba en uno. Desde que había tenido uso de razón había creído ver algo raro en sus ojos. Apenas un destello que escapaba de su interior, efímero como una estrella fugaz, y que no había conseguido distinguir en nadie más. Un brillo que lo atormentó durante años. El tiempo que necesitó para acostumbrarse a él. Ahora, aunque le era imposible apreciarlo, todavía sentía un cierto recelo al pensar que pudiese volver a aparecer.
Cuando abrió de nuevo los ojos descubrió que los azulejos del cuarto de baño proyectaban miles de diminutas imágenes de él mismo, erguido como estaba, con la mirada fija en el reflejo que se dibujaba sin interés en el cristal. No había rastro alguno del misterioso destello. Sobre el vidrio aparecía únicamente una fiel recreación de su pelo entrecano, cada día más escaso, y de las amplias ojeras que le sombreaban el rostro con tonos malvas. No le gustó su aspecto. Había sobrepasado ya los cincuenta y no atesoraba el dinero suficiente como para costearse un tratamiento Heinlein —capaz de retrasar el desgaste celular—, pero no por ello le agradaba verse tan desmejorado. Tenía la certeza de que los reveses que le había ido dando la vida y los continuos viajes interestelares le habían envejecido prematuramente.
Apartó la vista del espejo convencido de su mala fortuna, y se desvistió para darse una ducha. La cabina era muy estrecha, le costaba entrar en ella pese a su delgadez (las leyes galácticas habían prohibido las bañeras como medida para ahorrar agua), y de la parte superior colgaba un dispensador de forma triangular. Pese a ser algo rutinario, la ducha matinal era uno de los mejores momentos del día para Bruce Keating, que conseguía aislarse del mundanal ruido bajo la lluvia de diminutas gotas de agua caliente.
Entretanto, la luz que se introducía por la ventana del lavabo corroboraba que la mañana había comenzado a clarear, y que los cirros que cubrían el firmamento iban poco a poco dispersándose en pequeñas nubes de algodón. Aunque el alba todavía sollozó durante largo rato por su destierro con lágrimas que se convertían en rocío.
Bruce Keating terminó la ducha y salió arrebujado en una toalla. Dos tatuajes adornaban su pecho justo por debajo de cada hombro. Al fijarse involuntariamente en ellos, recordó que siempre habían estado allí. Ambos, la luna negra en cuarto menguante del izquierdo y la sucesión numérica del derecho, lo identificaban como ciudadano de la Tierra. El catorce mil millones seiscientos cuatro, más exactamente.
Completado el aseo, se dirigió hacia la cocina en busca de una taza de café caliente. Uno de los pocos privilegios que conservaba la Tierra con respecto al resto de la Red de Mundos era el café de moca. En los demás planetas colonizados habían desarrollado diversos sucedáneos y estimulantes que intentaban imitar su sabor, pero ninguno de ellos había conseguido recrearlo con éxito. Bruce amaba este tipo de café aromático.
Halló la puerta de la cocina a medio abrir. Por la pequeña abertura escapaba un tufillo a mugre. Ya dentro pudo apreciar el rimero de platos sucios que sobresalía del fregadero como si de la destruida Torre de Pisa se tratara, y que era a su vez el culpable del mal olor. Una mosca revoloteaba en torno a la grasienta pila con un zumbido alegre. Llevaba dos días sin limpiar, angustiado por la sensación de soledad, una soledad que llevaba inherente una carga de trabajo extra que le sobrepasaba. «Debo comprar un autómata doméstico», se repetía una y otra vez, pero al final nunca hacía caso de su propio consejo. Tardó un poco, pero finalmente encontró una taza junto a una cafetera marca Seldon, famosa por ser capaz de aguantar el café en buen estado durante varios días. Lo que no fue suficiente para evitar que el último sorbo le dejara un regusto rancio en la garganta.
Al cabo de unos minutos regresó al dormitorio, debía prepararse para el trabajo. Al sentir nuevamente la presencia de Bruce Keating, la lámpara que pendía del techo del cuarto se accionó, y en unos pocos segundos saturó la estancia de fosforescencias cerúleas. Los primeros bostezos del Sol, que descargaba ya tímidos rayos sobre el mundo, unidos a la iluminación artificial, convirtieron la habitación en un artificial paisaje feérico. Más despejado, gracias en parte a la cafeína, se vistió con un mono de color gris con las mangas naranjas y salió de la vivienda.
Por esa hora Washington seguía prácticamente desértico, y solamente una pequeña congregación de aeronaves y coches de superficie y unos pocos viandantes adormilados acompañaban a Bruce. Esto se había convertido en algo habitual desde aproximadamente tres siglos atrás. En la vigésima cuarta centuria casi nadie utilizaba su propio vehículo o caminaba: el metro se había convertido en el principal medio de transporte de la ciudad. Con su precio asequible y su buen funcionamiento había desbancado a todos los demás transportes urbanos. Un medio que Bruce, sin embargo, no acostumbraba a utilizar, pues prefería caminar. En cierto modo aquella costumbre le hacía sentirse diferente al resto de sus conciudadanos.
Aquel día no fue una excepción. Acompañado de una fina llovizna que se había desatado sin previo aviso, avanzó por avenidas de desgastados rascacielos acristalados que se elevaban meditabundos hacia la cúpula celeste. Bruce siempre había creído que lo miraban, y en sus miradas tristes apreciaba los vestigios de tiempos mejores. Muchos estaban abandonados y agrietados, y consabido era por todos los ciudadanos que cada año se derrumbaban un buen número de edificios, con el peligro que aquello conllevaba. Había también otras edificaciones que aún conservaban el esplendor de antaño, normalmente tiendas y grandes almacenes, que colgaban de sus fachadas enormes paneles digitales inundados de luces de neón. Miró hacia uno que promocionaba una marca de relojes y a la vez ofrecía simultáneamente la fecha, la hora y la temperatura. Lo leyó: veintiocho de mayo del año dos mil trescientos noventa y ocho, siete y veinte a.m., cuarenta y un grados Fahrenheit. Aunque era primavera y el Sol comenzaba a desperezarse, esperando el momento oportuno para desplegar sus majestuosos filamentos de grana y oro, el ambiente al alba era gélido.
Bruce se dirigió al Instituto de Aeronáutica y Astronomía de Washington, un ancho edificio de cuatro plantas con ahumadas cristaleras opacas en el que trabajaba como mecánico de primera categoría. Entre sus muchos desempeños figuraba el de encargado de mantenimiento de todos los asuntos de índole mecánica. Además era experto en estructuras espaciales, y también uno de los viajeros intergalácticos más experimentados de la institución. Por eso, a los pocos minutos de haber llegado, el director del recinto, Patrick Green, un respetado físico especializado en el estudio de otros planetas, requirió su presencia. Aquella mañana, y era algo raro en él, Patrick calzaba unas botas de festones morados que le conferían un aspecto ridículo.
—Buenos días, señor Green, me han avisado de que ha solicitado verme.
La voz de Bruce era áspera y sesgada, como si al hablar le costase expulsar el aire de los pulmones.
—Sí, así es —añadió el físico tras levantarse a saludarlo—. Bruce, esta mañana, poco antes de que llegaras, hemos recibido un comunicado del doctor Rankine Bukovy, ¿has oído hablar de él?
Lo conocía; lo había estudiado en sus años de universidad. Rankine estaba considerado como uno de los padres del neohumanismo, además de ser célebre por llevar más de veinte años investigando el planeta Noctalia y por haber sobrevivido al destino del resto de sus compañeros de expedición. Solo, en un territorio ignoto, se había negado a regresar con el resto de expedicionarios porque consideraba que el astro, situado a ciento catorce años luz de la Tierra, albergaba todavía muchos misterios por resolver.
—Sí, he oído hablar de él —contestó con sequedad el mecánico.
—Eso, Bruce, acelera mucho las cosas. Vayamos al grano entonces. Rankine, en el comunicado del que te he hablado, solicita que un técnico se desplace al planeta Noctalia. Según relata, ha encontrado fallos en el sistema hidráulico de la Estación y en varios de los sistemas de cierre de cubierta que requieren de una rápida reparación. —Hizo una breve pausa—. Tras pensarlo con detenimiento, hemos estimado que tú, como especialista en estructuras espaciales, eres el candidato idóneo para el encargo.
No eran pocas las veces en las que Bruce Keating odiaba ser tan competente en su trabajo.
—Creía que Noctalia era un planeta dependiente de la Liga Intergaláctica, ¿por qué hemos de acudir desde la Tierra? —objetó después.
—Y lo es, o al menos pertenece a su jurisdicción. Pero ellos llevan negando su vinculación con este tipo de mundos improductivos prácticamente desde su fundación.
—No me sorprende, es algo muy típico de ellos: si no les das beneficios, no les interesas. —Tomó una bocanada de aire—. De todas formas, sigo sin comprender en qué nos concierne este asunto a nosotros.
Patrick se caló las gafas. Tenía un cuello menudo y una barba pegajosa y azulada que le sombreaba la piel de las mejillas.
—Al habernos pedido ayuda directamente, hemos pensado que podría ser interesante estudiar este tipo de estructuras espaciales tan antiguas. Tómatelo como un viaje gratuito al pasado.
El científico sonrió y sus ojillos marrones dejaron entrever un entusiasmo sincero.
—¿Cuánto tiempo duraría mi estancia?
Aunque era cliente habitual de los viajes intergalácticos, Bruce los detestaba profundamente. Así que lo que más le interesó en ese momento fue saber cuánto tiempo tendría que quedarse en el planeta.
—No más de lo estrictamente necesario. Una vez queden arreglados los problemas, podrás regresar.
La posibilidad de un trabajo rápido le animó, pero no contestó inmediatamente. Aguardó un tiempo prudencial, entrelazó las manos a la altura de las rodillas y miró el reloj sobre el escritorio: marcaba las ocho treinta.
—¿A qué hora es el despegue?
—A las tres en punto de la tarde. He enviado hace veinte minutos a un grupo de hombres para que preparen la nave y la aprovisionen de alimentos y de otros elementos que puedan resultarte útiles. ¿Significa tu pregunta que aceptas el trabajo? Por supuesto, obtendrás una prima acorde a la excepcionalidad del cometido.
Bruce no respondió de palabra, pero asintió y apretó la mano de su superior en señal de aceptación. Viajero experimentado, conocía el siguiente paso: debía someterse a las regulaciones impuestas por la Liga Intergaláctica, el mayor y más influyente organismo a nivel planetario. Dichas medidas se dividían en dos fases. Una primera parte que consistía en la proyección de un vídeo en el que se ofrecía al futuro astronauta una serie de indicaciones de seguridad (protocolarias más que útiles), y una segunda fase en la que se le concedía una dosis de polvo estelar.
Esta sustancia, descubierta a principios del siglo veintidós por el farmacéutico alemán Johann Faughner, había sido clave en el proceso de colonización del cosmos. Gracias a ella los viajeros intergalácticos no sufrían los efectos secundarios producidos por los viajes a través del Hueco (amnesia y síndrome de locura gausiana, entre muchos otros), nombre por el que se conocía al agujero de gusano hallado a mediados del siglo veintiuno por el astrónomo polaco Vlado Strowsky. Un descubrimiento que supuso el impulso definitivo a la salida del hombre al espacio.
—Hola, Keating. Ya te han liado, ¿eh? —fue el saludo que Taylor Burke le dedicó al verlo llegar a la sala de preparación.
Amigo de Bruce desde la universidad, aunque dos años mayor que él, Taylor era alto y de complexión robusta, tenía las mejillas rubicundas, las cejas muy finas y un cabello abundante y rubio como el trigo maduro. Era el psicólogo del centro.
—Ya ves, Tay, parece que soy el más capacitado para el trabajo —respondió Bruce con una sonrisa forzada—. ¿Sabes qué nave me han asignado?
—Creo que el Ícarus.
—¿Esa nevera vieja?
—Falta de presupuesto. Lo de siempre, ya sabes —contestó Taylor encogiéndose de hombros.
Bruce refunfuñó y maldijo entre dientes, pero rápidamente se puso en manos de su compañero para que comenzase con los preparativos.
—Dame un segundo y empezamos.
Taylor programó un proyector bidimensional enfocado hacia una pantalla oblonga que se descolgaba desde el techo. Ocupaba gran parte de la sala. Varios anaqueles repletos de libros, dos armarios y algunas sillas y mesas eran los otros elementos que completaban el resto de la habitación.
—Vale, ya está. —Bruce suspiró con amargura—. Es el protocolo, no me eches la culpa —rezongó Taylor.
El vídeo comenzó. Era una producción bastante antigua en la que se advertía sobre los peligros más básicos del viaje espacial. Estaba repleta de absurdas recomendaciones como no quitarse la escafandra fuera de los lugares seguros o no respirar el aire de atmósferas desconocidas. Duró algo más de una hora. Cuando acabó, Taylor se acercó hasta un armario situado junto a una puerta metálica. De uno de sus estantes retiró un botecito marrón con una píldora en el interior.
—Muy bien, ya sabes cómo funciona, tómate la pastillita media hora antes de partir —se la entregó—. Y por mi parte, querido amigo, nada más. Buen viaje y nos vemos a la vuelta.
Normalmente, Bruce hubiese sido mucho más agradable con Taylor, pero la futura excursión a Noctalia lo había puesto de mal humor.
—Gracias —fue su seca respuesta de despedida.
Sin que el futuro viajero espacial se diera cuenta, la oscura y lluviosa mañana había cedido su lugar a un cálido mediodía de hebras doradas que profetizaba el futuro despegue. Solamente quedaban tres horas para el lanzamiento. Algo nervioso (siempre lo estaba antes de abandonar la Tierra), se aproximó hasta una ventana para ver el exterior. En la plataforma de lanzamiento un grupo de ingenieros ponía a punto el Ícarus, una vetusta gironave de forma cilíndrica con la capacidad de ser pilotada desde la Tierra a través de un complejo sistema de hipertransmisión.
—Espero que te portes bien allí arriba —susurró el mecánico mientras observaba la nave.
—¿Está cómodo, señor Keating?
Una voz metálica, áspera, sonó a través de la rejilla de radio.
—¿Cómodo? Pero si me habéis metido en un ataúd de metal, ¡cómo demonios voy a estar cómodo! —replicó éste, angustiado por la estrechez de la astronave.
El Ícarus era una gironave de reconocimiento espacial compuesta por una cabina estrecha con el espacio preciso para una sola persona. Todo lo demás era cableado y sistemas de ventilación. Había sido adaptado para viajar por el Hueco.
—Tranquilo, el viaje va a ser muy breve, desde su perspectiva no transcurrirán más de seis minutos.
—¡Menos mal! No creo que pudiera aguantar más de dos horas en este cacharro.
—No se queje, imagine lo que serían ciento catorce años dentro de él.
A Bruce la posibilidad planteada por el técnico le trajo a la memoria una clase a la que había asistido años antes en la universidad. En ella, el profesor Lewis explicaba la fórmula de la velocidad de la luz. Oyó el eco de la voz del viejo maestro retronar en su cabeza:
«Alumnos, prestad mucha atención, pues no pienso repetirlo —dijo—. Recordad. Para calcular la velocidad de la luz, erróneamente conocida así en lugar de la forma correcta, rapidez de la luz, deberemos tener en cuenta dos factores: el vacío y el índice de refracción. Dicho esto, y a efectos más prácticos, para viajar a tal velocidad con cualquier nave tendremos que aplicar la siguiente ecuación: la velocidad de la luz, también llamada c, *es igual a la raíz cúbica de pg en la que p es la profundidad del continuum espacio-tiempo y g la tolerancia total o gravedad de toda la materia de ese continuum».
Con apenas un susurro, Bruce dio las gracias a la humanidad por sus avances tecnológicos. No consiguió evitar aun así que se le empequeñeciera el estómago con la idea de permanecer encerrado entre aquellas cuatro paredes más de cien años.
—Daos prisa, por favor, hace mucho calor aquí dentro.
—Estamos en ello, serán sólo unos segundos.
Hubo un momentáneo silencio. Después:
—Bien, ya está, ¡preparaos para el lanzamiento! —gritó el ingeniero al equipo—. Señor Keating, le activo la cuenta atrás automática; cuando el reloj llegue a cero se iniciará el despegue, ¿está listo?
—Casi. ¿Podrías decirme antes cómo te llamas?
—Claro, señor. Me llamo Les Byron.
—Y ¿cuántos años tienes, Les?
—Veinticuatro, señor. Pero no se preocupe por nada, éste es ya mi séptimo lanzamiento.
«Séptimo lanzamiento», las palabras le retumbaron en la cabeza. Estaba en manos de un novato.
—Muy bien —suspiró—. Estoy preparado, no perdamos más tiempo —dijo no sin cierto temblor en la voz.
—No le pasará nada, se lo prometo.
Añadió Byron antes de que la conexión radiofónica se cortase y se iluminase un pequeño cuadrante digitalizado en el que se encendieron en color rojo las cifras seis y cero, que pronto comenzaron a disminuir. Se inició así la cuenta atrás. En los instantes previos a que el Ícarus despegase, Bruce se cercioró de estar bien atado, de que todas las luces del cuadro de mandos estuvieran encendidas y de escuchar el arranque de los propulsores. A la vez, una monótona voz de mujer descontaba segundos: treinta, veintinueve, veintiocho… hasta llegar a cero; momento en el que se inició el lanzamiento y el Ícarus se elevó con un movimiento undoso hacia el cielo azul.
La astronave atravesó a gran velocidad la atmósfera terrícola y dejó el planeta atrás en tan solo unos minutos. Fuera ya de la órbita terrestre, a popa de la nave la Tierra surgió como una enorme esfera de contrastes entre la oscuridad circundante.
Poco a poco el Ícarus fue frenando hasta quedar suspendido en la quietud del espacio. A través de la claraboya, Bruce observó la inmensidad azabache del universo, el Sol, y miles de estrellas que emitían una lechosa luz centelleante. Aunque ya lo había visto decenas de veces, cada vez que estaba allí arriba el espectáculo le parecía más extraordinario.
La misma voz de mujer que había narrado la cuenta atrás, anunció mientras tanto las coordenadas de destino y preparó la nave para atravesar el Hueco. Cuando hubo terminado con las operaciones, el Ícarus aumentó de velocidad, mareando a Bruce, que entró en un estado de desorientación. Por el ojo de buey discurrían centenares de chispazos de una luz gualda que inundaba la nave de una claridad intermitente. El cosmonauta pudo apreciar durante unos breves momentos el agujero de gusano intrauniversal. Era como una boca abierta en la negrura, una abertura con una densidad tan grande que impedía escapar incluso al elemento más escurridizo: la luz. Atravesar el Hueco era como ser absorbido por la oscuridad. Luego en el interior todo transcurría muy deprisa, pero cada vez que Bruce viajaba a través de él sentía una inusitada gravedad que lo aplastaba contra el asiento. Una gravedad tan monumental que era capaz de deformar el espacio y el tiempo. Vlado Strowsky había descubierto, y después probado con primates, que su agujero de gusano era capaz de moldear y producir jirones en la superficie espacio-temporal de una forma muy especial. De una manera que, aprovechando dichos jirones, los humanos hicieron posible el romántico concepto del viaje a otras galaxias.
Como había pronosticado el joven ingeniero Les Byron, el vuelo no sobrepasó los seis minutos.
El Ícarus disminuyó velocidad hasta estabilizarse una vez hubo superado el Hueco. Bruce tardó aún unos instantes más en reponerse del ajetreo del viaje, aunque se sintió reconfortado de ir otra vez despacio. Intentó orientarse mirando a través del cristal, pero fuera solamente existía un lienzo de negrura infinita. Una voz ronca con un ligero acento ruso escapó de pronto del sistema de radio.
—¿Sí, Ícarus? ¿Está ahí?
Tras aclararse la garganta y poner en orden su todavía confusa mente, Bruce respondió:
—Sí, aquí Ícarus, ¿podría indicarme mi posición?
—He calculado el tiempo de llegada en tres minutos. Repito, Ícarus, tiempo de llegada tres minutos. Corto la conexión.
La gravedad del habla de su nuevo timonel le recordó a un viejo profesor de instituto aburrido de lidiar con bestias adolescentes. Otra característica que también apreció en su forma de hablar fue la enfatización deliberada de cada comienzo de oración.
Al mismo tiempo que escapaba un postrero chisporroteo del altavoz, la imagen de Noctalia se filtró a través del tragaluz de la gironave. El planeta, visto desde la distancia, se asemejaba a una esfera lapislázuli de proporciones perfectas. Orbitaba alrededor de dos estrellas de un tamaño descomunal: quizás miles, quizá millones, Bruce no supo precisar, de veces más grandes que el propio planeta.
Bruce Keating contempló también otros cuatro planetas esparcidos a lo largo y ancho del sistema estelar, astros que sin duda, pensó, se encontraban bajo la influencia de las mismas dos estrellas que regían Noctalia.
—Ícarus, ¿me escucha? Lo tengo en posición, puede proceder con el descenso, ¿tiene preparados los mecanismos de freno?
—Todo en orden, inicio maniobra de aterrizaje.
Posteriormente la nave atravesó la atmósfera de Noctalia, y la fuerza gravitatoria del planeta la arrastró rápidamente hacia tierra firme. Con habilidad y presteza, pues había sobrepasado ya la franja equivalente a la exósfera terrícola, Bruce puso en marcha los mecanismos de freno y desactivó los propulsores, acciones ambas que propiciaron que el aterrizaje transcurriera sin mayores contratiempos. Durante el descenso lo único que Bruce percibió del exterior fue una luminiscencia añil. Una claridad azulada que provocó que tuviera la impresión de estar adentrándose en las profundidades de un océano estrellado.
Tomó tierra con suavidad y acopló después la gironave a una de las zonas habilitadas para ello de la Estación Terrestre de Noctalia. Durante el proceso únicamente escuchó el siseo provocado por los vapores liberados de su presión y el repiqueteo de metales entrechocando. El acople se prolongó por varios minutos. Cuando el sensor de la astronave indicó que estaba completamente ligada al complejo, la puerta corrediza del Ícarus se abrió, los cinturones y protecciones de seguridad saltaron y el mecánico se sintió liberado de su cárcel de metal; frente a él se extendía un pasillo bajo iluminado con decenas de focos.
—Al habla el doctor Rankine Bukovy, único integrante de la Estación Medianoche. Acaba usted de entrar en la sala de descontaminación, póngase en uno de los círculos morados del suelo.
Bruce obedeció y se colocó dentro del redondel. De él emergió una cabina cilíndrica de vidrio que se elevó hasta el techo. Uno de los focos se volteó entonces sobre sí mismo y escupió unos vapores a presión que bañaron al mecánico durante unos segundos.
—Muy bien, hemos terminado. Avance hacia la puerta y entre, lo espero al otro lado.
Tras la sala de descontaminación aguardaba un hombre de altura considerable, cercana a los dos metros, ancha espalda, pelo moreno y nocivos ojos azules que parecían colarse en el interior de la mente. Por su aspecto, Bruce creyó que se hallaba ante una escultura tallada en mármol.
—Doctor Rankine Bukovy. —Le tendió una mano, que el cosmonauta estrechó—. Es una alegría que haya llegado tan rápido.
La imagen del doctor le impresionó, pues estaba acostumbrado a lidiar con científicos de aspecto famélico y rostros enfermizos. Y Rankine, sin embargo, parecía un deportista de élite.
—Bruce Keating, mecánico del Instituto de Aeronáutica y Astronomía de Washington.
—Es un placer —se inclinó un poco—. ¿Es su primera vez?
—¿A qué se refiere?
—Le pregunto si ha estado antes en Argolaria.
—¡Ah! no, no, es mi primera vez. En efecto —respondió condescendiente Bruce.
—Entonces supongo que le interesará lo que le voy a contar.
Asintió. No se atrevía a negarle la atención a un hombre que llevaba tanto tiempo con la soledad como única consejera. Acto seguido, Rankine comenzó a hablar con el tono de voz propio de un hombre que se ha dedicado en algún momento de su vida a la enseñanza.
—Argolaria, o si prefiere, la Piedra Azul, es la undécima galaxia conquistada por el hombre y, aunque deshabitada, también una de las más importantes. Y eso a pesar de que actualmente sólo hemos sido capaces de investigar una pequeña parcela, apenas un sistema estelar binario formado por cinco planetas y dos gigantes gaseosas. De todas formas, como le iba diciendo, es una galaxia muy importante; y lo es porque hay en ella gran abundancia de unos pequeños guijarros azulados, conocidos como piedras azules por analogía con el sobrenombre del sistema estelar, que, al entrar en combustión, producen una enorme cantidad de energía de forma rápida y segura. —El científico tomó aire y continuó con la explicación—. Desde su descubrimiento se convirtieron en el combustible más utilizado en vehículos espaciales, principalmente porque, aparte de ser el más limpio y económico, sus existencias son casi ilimitadas. Investigaciones posteriores demostraron que provenían de la implosión miles de años atrás de un enorme y rocoso planeta que en su descomposición esparció millones de trocitos de él mismo por toda Argolaria.
Realmente parecía un profesor. Tras la exposición hubo un breve silencio, que Rankine interrumpió. Tal vez fue por los abrumados ojos de Bruce, o por no atosigar a su nuevo huésped, pero lo cierto es que el científico terminó con la lección cósmica.
—Creo que con esto es suficiente por hoy —dijo sonriendo—. Vamos, sígame, le enseñaré su habitación. He supuesto, espero que adecuadamente, que estará cansado por el viaje y por ello he pospuesto sus obligaciones al día de mañana, ¿le parece bien?
—Se lo agradezco de veras, pues incluso todavía sigo algo mareado.
Rankine sonrió de nuevo y comenzó a caminar. Medianoche era un recinto esférico de cientos de metros cuadrados formado por una estructura abovedada dividida en dos plantas. Las paredes laterales estaban construidas en cristal transparente de varios metros de grosor. En ese momento todas las cristaleras estaban cubiertas por unos paneles metálicos que imposibilitaban ver el exterior.
—Tranquilo, mañana podrá disfrutar de la belleza de Noctalia, pero ahora es mejor que descanse, le necesito lúcido y fresco —dijo el científico al ver cómo su acompañante escudriñaba el complejo.
—Esperaré impaciente hasta entonces, aunque por el momento me conformaré con descansar —bostezó—, ¿estamos muy lejos de la habitación?
—No, ya hemos llegado, es ésta.
Se refería a una arqueada puerta metálica con el número trescientos cincelado en la superficie y un panel numérico en el marco.
—El código es dos, seis, uno, cero; el de todas las habitaciones es el mismo, a excepción del laboratorio, el cual no es necesario que sepa.
—Tranquilo, así está bien, muchas gracias por todo.
Satisfecho con la educación de su nuevo invitado, Rankine se despidió de él con una leve inclinación de cabeza y se alejó a grandes zancadas por el pasillo. Una vez estuvo solo, Bruce tecleó el código y la puerta cedió. El habitáculo era muy similar a todas las habitaciones de estaciones extraterrestres en las que había estado con anterioridad: una cama plegable a la pared, una mesilla de noche, un pequeño armario y una luz blanquecina de poca intensidad. Entró y se tumbó en la cama, que aunque algo rígida, era bastante cómoda. Pronto se dio cuenta de que había olvidado recoger sus herramientas y demás provisiones del Ícarus, aunque decidió no ir por ellas hasta la mañana siguiente.
Poco antes de que el sueño lo atrapara entre sus aterciopeladas garras, Bruce sintió como un temor infundado se le instalaba en el pecho, un pánico irracional que no pudo comprender ni acertó a clasificar.
Un miedo que le zarandeó el alma.
*Fórmula extraída de uno de los relatos de A. E. Van Gogh.
La primera noche en Noctalia no fue sencilla para Bruce. Después de conciliar el sueño, varias pesadillas lo asaltaron y despertaron una y otra vez. La mayoría las olvidaba pasados unos minutos, pero hubo una que se repitió varias veces: se encontraba en la inmensa Estación Terrestre, por los ventanales se colaba una luz de tonos rojizos y destellos violáceos que infectaba a Medianoche con una bruma espesa, creadora a su vez de una atmósfera fantasmagórica. A su alrededor se oían pasos en todas direcciones, gritos ahogados en el silencio y luces que se apagaban y encendían de forma intermitente. Alzaba la vista y contemplaba un pasillo infinito que se extendía y recortaba desafiando cualquier ley física y, más a lo lejos, sombras que bailoteaban entre el caliginoso ambiente en el que se sumergía la Estación. Transcurrido un incalculable margen temporal, un susurro pronunciado en labios de mujer lo devolvía al mundo tangible. Despertaba sudoroso y jadeante, con el corazón palpitándole en el pecho.
Bruce se levantó y desperezó cansado de no poder dormir de forma continuada. Pensó que trabajar lo distraería. Ataviado con su uniforme de trabajo, con el emblema del Instituto de Aeronáutica y Astronomía (las dos lunas de Namur) solapado en la pechera, salió del dormitorio. A esa hora las planchas metálicas se habían retirado y los cristales permitían ver Noctalia. Un tono zafirino lo abrazaba todo con deferencia. Los cielos eran de una diáfana y penetrante coloración cianea salpicada de manchas grises. La inmensa y azulada estrella de Noctalia brillaba sobre las pocas montañas bajas que se apreciaban. A ras de suelo surgía una ringlera de pequeños arbustos de diversos colores y similares en aspecto a los asfódelos, con unas hojas filamentosas y puntiagudas que cabriolaban al compás de un desconocido arpegio, en un extraño baile de hermosa factura. Y más allá de donde lograba alcanzar la vista solamente existía tierra, quilómetros y quilómetros de arena.
Bruce se alegró de que el paisaje no fuera como en sus pesadillas.
Caminó sin mucho orden, desorientado, por los largos pasillos cruciformes de Medianoche. Buscaba a Rankine o una sala donde poder esperarlo. Fue el científico quien lo encontró a él.
—¡Buenos días! ¿Qué tal ha dormido? —preguntó al verle.
Vestía una bata blanca que le llegaba hasta la cintura, unos pantalones vaqueros y unos zapatos de cuero negro.
—No muy bien, me he desvelado varias veces —reconoció Bruce mientras se acariciaba su despoblada cabellera.
—No se preocupe por eso, pues como quizá ya sepa, la dificultad para dormir ininterrumpidamente es uno de los pocos efectos secundarios que el polvo estelar no ha conseguido solucionar todavía, después de un viaje intergaláctico es normal no pegar ojo. —Bruce asintió—. ¿Esperaba ver algo tan hermoso? —agregó luego, y señaló las cristaleras.
—Siéndole sincero, no conocía el planeta, así que le diré que sí, que me ha sorprendido su belleza.
—Noctalia, el planeta de la noche eterna. —Al decirlo se le escapó un suspiro—. Vaya acostumbrándose, porque aquí es de noche la mayor parte del tiempo. —Bruce miró a Rankine con extrañeza—. No me mire así, seguro que ha visto las dos estrellas circundantes al planeta —el mecánico asintió—, pues en ellas tiene su explicación. Noctalia tiene un movimiento de rotación que dura treinta y seis horas exactas, y de esas treinta y seis, treinta y dos estamos bajo la influencia del astro azulado. Por eso es de noche la mayor parte del tiempo.
Bruce clavó la mirada en la estrella, que regentaba el cielo como un enorme brasero mágico. Después dijo:
—¿Cómo es posible que sea azul?
—¿Tiene conocimientos sobre astronomía?
—Muy pocos. Apenas los que me exige conocer mi trabajo —contestó con sinceridad.
—Eso dificulta las cosas —añadió Rankine, y adoptó nuevamente la modulación pedagógica de la voz—, pero intentaré igualmente explicárselo. Veamos. Debe aceptar de antemano que las dos estrellas sobre las que rota Noctalia son dos enormes soles, ¿de acuerdo? —Bruce asintió—. Ahora piense que uno de ellos, el azul para ser más exactos, está compuesto de una materia en constante combustión formada por elementos químicos aún sin clasificar, y que esta materia posee una serie de características tremendamente complejas.
—¿Qué tipo de características? —interrumpió Bruce, ansioso por despejar la ecuación planteada por el científico.
Rankine siguió con la explicación, sin apenas inmutarse.
—La principal, y la que ahora nos concierne, es la de ejercer un fuerte magnetismo en los pequeños cuerpos espaciales que pululan por Argolaria: diminutos trozos de asteroide, millones de partículas de polvo cósmico y, por supuesto, piedras azules. La masa de la estrella las atrae. No sabemos por qué, igual que no sabemos por qué no atrae otros cuerpos. Pero sabemos que la estrella ejerce una fuerte atracción sobre las piedras, que como habrá deducido, son las causantes de su extraña coloración.
El científico calló un momento, después prosiguió hablando.
—El hombre, con toda su inmensidad y sus grandes avances, no ha logrado desentrañar ni una millonésima parte de los secretos que guarda el universo.
Rankine mostraba un semblante desvaído al terminar la frase, como si creyese ser el culpable de la pequeñez de la raza humana. Aunque una sonrisa pareció perfilársele, sin embargo, en los labios.
—Y esas plantas, ¿qué son?
Preguntó de nuevo Bruce, que ignoró la enigmática risa del científico y aprovechó para cambiar el rumbo de la conversación.
—El nombre científico que se les otorgó fue el de medilas, pero yo las denomino sencillamente plantas cambiantes, pues si se fija usted bien, podrá observar cómo van variando la forma de sus hojas y su colorido durante la noche —respondió Bukovy con una expresión más animada.
—¿Son la única forma de vida del planeta? —incidió Bruce con sincero interés.
—Podría decirse que sí, al menos por el momento. Aunque repartidos a lo largo de Noctalia hay varios lagos con más plantas en el interior.
—¿Hay agua aquí?
—No exactamente —el doctor ladeó la cabeza al decirlo—. Esos lagos son formaciones similares a las que uno puede encontrarse en la Tierra: poseen una superficie cristalina que tiene una textura acuosa y ondula como si de agua se tratase, pero si uno prueba a tocarla descubre que es extremadamente rígida, como si una quilométrica plancha de dureza diamantina cubriera el agua y las plantas que pueden observarse en el interior.
—¿De veras?
Bukovy asintió.
—¿Y no ha intentado atravesarla?
—¡Oh, por supuesto! Claro que lo he intentado. Perforadores, rayos láser, nitrógeno líquido, dispersadores de átomos… He probado con todos y cada uno de los artefactos que la humanidad ha inventado, pero ninguno de ellos ha conseguido hacer ni tan siquiera un pique o una mella. Como le digo, es prácticamente irrompible.
Bruce quedó en silencio, pensativo. El concepto de irrompible le resultó demasiado abstracto.
—No se preocupe, si quiere podrá verlo por usted mismo —puntualizó Rankine adelantándose a los pensamientos del mecánico—. Pero por ahora tenemos asuntos más importantes. Aunque faltan cuatro horas exactas para que la segunda estrella de Noctalia suceda a la azulada que gobierna ahora mismo, usted sólo tiene tres, ya que por precaución, cerramos la Estación y corremos los paneles metálicos una hora antes de la venida del segundo astro; éste, por cierto, de una coloración más común.
—¿No es azul?
—No, no es azul —Bruce arqueó una ceja, pues no entendía cómo podía ser posible—. Y no lo es por dos motivos: uno, porque su masa ejerce un magnetismo mucho menor sobre los cuerpos cósmicos; y dos, porque su combustión interna es mucho más lenta y, por lo tanto, necesita mucha menos cantidad de piedra azul, lo que deriva en una tonalidad anaranjada muy similar a la del sol terrícola.
Bruce asintió complacido. Le pareció una explicación razonable.
—¿Qué problema hay con él? —preguntó después.
—El problema es que emite una radiación tan tóxica que el mero contacto con su luz acaba con todas las plantas cambiantes que puede ver ahora mismo —las señaló.
Una pregunta se formó en la mente de Bruce Keating.
—Pero si su radiación dura cuatro horas diarias, ¿cómo es posible que sigan ahí?
—Ése es otro de los grandes misterios del planeta: cada día todo muere para renacer con la noche. Aunque debe tener en cuenta que los conceptos de noche y día son relativos, pues en realidad son dos periodos distintos regidos por dos astros diferentes.
—Quiere decir que con la estrella de fuego azul, ¿todo vuelve a renacer?
—Eso es —respondió sonriente Rankine.
Noctalia era un planeta extraño. O por lo menos muy distinto a los que él había conocido. De hecho, estaba regido por dos soles de características antagónicas que se alternaban en un desigual reparto horario. Mientras uno lo destruía todo, el otro lo hacía renacer, en una compleja y bella metáfora del bien y del mal, del progreso y del retroceso.
Bruce reflexionó en silencio sin apartar la vista de Rankine. Cuanto más lo miraba, más alto y fuerte le parecía.
—Y ¿qué consecuencias podría tener la radiación en los humanos? —cuestionó tras salir del ensimismamiento.
—Desconocidas. Alucinaciones, mareos o parálisis podrían ser sus consecuencias menos graves.
—¿Y las más graves?
—La muerte. Pero no tiene por qué preocuparse, no correré ningún riesgo en lo relativo a su seguridad.
El científico miró a los ojos de Bruce intentando advertir su miedo, pero no lo encontró.
—Bien —prosiguió—, no perdamos más tiempo en explicaciones y sígame hasta cubierta, el asunto de los cierres es el que más me preocupa.
—Perdone, pero antes deberíamos regresar al Ícarus, olvidé en él todas mis herramientas.
—No se preocupe, ya las he recogido yo, junto con sus enseres personales, que he dejado hace un rato en su habitación, los alimentos y los demás cachivaches. Venga, es por aquí.
Ambos hombres caminaron por Medianoche a buen ritmo. A su paso quedaban pasillos y habitaciones envueltos en la claridad azulina del planeta. Subieron por una escalinata ancha, que giraba sobre sí misma en un recodo cambiando de dirección, hasta la segunda planta de la Estación. Al llegar, Bruce admiró, sorprendido por su tamaño, una gran bóveda semiesférica compuesta por dos mitades simétricas que podían abrirse y cerrarse mediante un sistema mecánico. Debajo de ella una gran plancha circular de cristal formaba una cavidad espejeante que funcionaba como observatorio. Aunque en ese momento la estructura estaba cerrada, azulados haces de luz se colaban en hilillos por pequeños agujeros del domo.
—¿Ve? A eso me refería, la armadura no encaja bien y deja huecos por los que se introduce la luz, y ya le he comentado lo tóxica que es la radiación del segundo astro.
Bruce observó con atención el armazón y dijo:
—Veré qué puedo hacer al respecto. Dígame por dónde accedo al exterior —calló unos segundos—, y dónde puedo encontrar mis herramientas —añadió después de repasar con un vistazo rápido los alrededores.
—Las herramientas y el traje espacial puede encontrarlos en ese pequeño cuartito de ahí —lo señaló—. Y para salir, ¿ve esa puerta al terminar la escalera de caracol? —Bruce asintió—, pues por ella, ya sabe el código.
—Perfecto.
—Muy bien. —Bukovy amagó con irse, pero no lo hizo—. ¡Ah! Se me olvidaba, tome este transmisor, si quiere hablar conmigo sólo tiene que marcar el número uno. Recuerde también que en menos de tres horas debe abandonar el exterior. Y bien, si no requiere nada más de mí, lo dejo con sus asuntos, tengo aún mucho trabajo pendiente —salmodió mientras enfilaba las escaleras.
Desapareció instantes después engullido por ellas, dejando a Bruce solo. Para no malgastar el poco tiempo del que disponía, el mecánico se apresuró a colocarse el traje, se ajustó la escafandra, reguló la entrada de oxígeno y recogió sus herramientas; comprobó que estuvieran todas y se alegró al ver que así era. A continuación subió por las enroscadas escaleras, introdujo el código en el panel contiguo a la puerta y accedió a la cubierta exterior. Noctalia era todavía más impactante en vivo que a través de los cristales. El ambiente era cálido y ligeramente espeso, como si el relente de la noche impidiera a los cuerpos avanzar rápido; todo iba muy lento. Las plantas cambiantes emitían un destello titilante de tonos blancos mientras un resplandor añil custodiaba cada recoveco del planeta con una luz recamada en plata. El horizonte, lejano y confuso, refulgía en un centelleo anaranjado.
—¿Ha traído la documentación necesaria?
Un hombre de aspecto pícnico, con una incipiente calvicie, unas moteadas gafas de pasta, una horrible chaqueta abigarrada y un repugnante par de bubas en el cuello, firmaba diestramente decenas de papeles sin levantar la vista de su escritorio. Frente a él, rígida como un adarve pero con las piernas temblándole por los nervios, esperaba una mujer cercana al metro setenta, con el cabello oscuro y reluciente, muy liso, con una boca pequeña, unas delgadas y perfiladas cejas que bordeaban a unos ojos insurgentes, color gris, poéticamente sobrecogedores. Miraba con desazón al funcionario. Acababa de cumplir los veintisiete años.
—Sí, creo que sí —rebuscó dentro de un bolso de mano, del que extrajo una carpeta—. Aquí tiene el DIG (Documento de Identidad Galáctico), mis datos personales, mi ficha de regulación de enfermedades y la solicitud de adopción. Es todo, ¿no?
—Es todo. Démelo.
La mujer entregó todos los papeles y esperó mientras el funcionario los examinaba. Al observarlo más detenidamente se percató de que todavía no la había mirado a los ojos ni una sola vez. En pleno siglo veinticuatro el ser humano era cada vez más frío, más distante y, en definitiva, cada vez menos humano. Se estremeció con el pensamiento. Por fin, el burócrata levantó la cabeza y se dirigió a ella personalmente.
—Señorita Foyle, ¿está de acuerdo con el proceso de adopción del individuo de origen terrícola con identificador catorce mil millones seiscientos cuatro, luna negra en cuarto menguante?
«Números. A ellos ha quedado reducida la raza humana», pensó.
—Sí, estoy de acuerdo —aseguró con una voz dulce que intentaba disimular su ansiedad.
—Fantástico. Firme aquí, aquí y aquí —respondió el corpulento hombre, y le indicó varios huecos en blanco repartidos por varios folios.
Hilary Foyle se inclinó ligeramente y firmó. Vestía un abrigo negro de piel que se le descolgaba justo por debajo de las rodillas.
—¿Algo más? —preguntó.
—No, eso es todo, señorita Foyle. Puede pasar a recoger a su hijo. Es el dormitorio diecisiete, final del pasillo a la derecha. Que tenga usted un buen día.
El burócrata bajó la mirada y regresó a los papeles después de las indicaciones. En los segundos siguientes ignoró a Hilary como si ya no estuviese allí. Cuando ésta percibió su indiferencia, sonrió en una mueca nerviosa y se adentró en el conglomerado de galerías que conformaban el orfanato Harold Humphrey. Mientras caminaba podía sentir su corazón, escuchar la fuerza de sus latidos. Las piernas le temblaban con cada paso y la respiración se le entrecortaba. Estaba muy asustada. ¿Sería capaz de criar ella sola a un ser humano? Ella, Hilary Foyle, que nunca había estado en la Luna o en los Anillos de Saturno por su miedo a volar, ¿iba a tener la fuerza necesaria para educar a un niño? La visión del futuro, de un incierto futuro, hizo que le fallasen las fuerzas y tuvo que apoyarse en una pared para no caer. Un sudor frío le empapaba la espalda. Sin embargo, no existía otra alternativa, pues ninguna mujer humana podía negarse a cumplir los designios de la Liga Intergaláctica.
Sacando fuerzas de flaqueza, Hilary se armó de valor y continuó adelante. El orfanato Humphrey estaba constituido por varios pabellones que se entremezclaban entre sí, todos ellos dedicados al cuidado de niños a los que no había sonreído la fortuna: huérfanos, repudiados por sus progenitores o, directamente, abandonados por ellos.
El Pabellón Globe, en el que se encontraba, era una construcción moderna pero edificada al estilo clásico: construida en una base de durhormigón, tenía todos los muros revestidos en pseudomadera, con largas hileras de pasillos ornamentados por medios troncos adosados a las paredes y el techo. Numerosas fotos de niños y niñas sonrientes colgaban de los muros. A Hilary aquel lugar la angustiaba, pues la hacía, en cierta forma, odiar al género humano. Pese a su miedo de madre primeriza y a su terror por su posible incapacidad, no lograba comprender cómo un ser humano era capaz de abandonar a una criatura de su propia sangre. «El universo está lleno de monstruos de carne y hueso y gafas de pasta», pensó. Ansiosa por escapar de allí, Hilary Foyle enfiló el corredor que se extendía frente a ella. El pasillo (tal y como le había indicado el funcionario) terminaba con un giro a la derecha. En él encontró lo que andaba buscando. Entró.
Una enfermera embutida en una bata blanca alzó la vista al verla llegar.
—Buenos días, ¿qué desea? —preguntó.
El dormitorio número diecisiete era un pequeño salón cuadrangular de aproximadamente treinta metros cuadrados. Estaba perfectamente iluminado con fluorescentes que emitían una luz amarillo limón. Las paredes eran de un blanco níveo, como si hubiesen sido enjalbegadas poco tiempo atrás. También había bañeras, básculas y cunas, muchas cunas. Innumerables sollozos guturales, mezclados con algún que otro llanto, componían la banda sonora de la habitación.
—Vengo a recoger a mi hijo —indicó Hilary Foyle.
Las palabras retumbaron en la sala como una sentencia del Tribunal Galáctico en la Alta Corte Estelar.
—Dígame el número de identificación del niño, por favor —respondió la enfermera, que depositaba a un bebé de piel negra dentro de una cuna.
—¡Oh, sí! Por supuesto. Es el número catorce mil millones seiscientos cuatro, luna negra en cuarto menguante.
Aquella aya de blanca bata no respondió de inmediato, y permaneció un buen rato observando la sala en silencio, para después terminar de acomodar al bebé de piel de ébano en la cama y adentrarse por entre el mar de cunas. Se detuvo cerca del final de la estancia, comprobó un cartel identificador sujeto a una de las cunas y recogió un bebé del interior. Una inmensa alegría se adueñó de Hilary al ver a la pequeña criatura en los brazos de la enfermera. Todos sus temores se esfumaron de golpe. Ella, Hilary Foyle, iba a ser madre.
La empleada del orfanato se acercó y le entregó al niño. Pese a que le temblaba todo el cuerpo, Hilary aferró con fuerza al chiquillo, que la miraba con una expresión que era una mezcla homogénea de extrañeza y simpatía. Sus pequeños ojos marrones denotaban una sana curiosidad. Después de un momento de incertidumbre, el pequeño agarró la nariz de su nueva madre con sus carnosas y diminutas manos y sonrió.
—Parece que le gusta —dijo la enfermera.
Pero Hilary no la escuchó o no pareció escucharla, estaba demasiado embebida con su hijo. Un bebé del que dependía casi tanto como la iba a necesitar él a partir de aquel momento. No podía morir sin descendencia, pues así lo dictaminaba la ley galáctica:
«Toda mujer mayor de veintiséis años debe poseer descendencia. En cumplimiento con la ley 112/98 del Código de la Red de Mundos, se establece que toda mujer humana debe tener un vástago, un único vástago (con independencia del sexo) antes de los veintisiete años. Por encima de esta edad, si por motivos de salud o carencia de pareja no existe la posibilidad de engendrar una criatura, deberá procederse a su adopción. La ley incluye todas las opciones y condicionantes posibles. Su incumplimiento será castigado con penas muy severas. No existe posibilidad de negativa».
Hilary Foyle formaba parte del grupo «madres solteras». Aunque no por voluntad propia. Hasta hacía un año había estado casada con Glen Keating, un militar neozelandés afincado en los Estados Unidos y perteneciente a las tropas norteamericanas. Pero Glen había muerto en una misión en el Cinturón de Asteroides, comprendido entre la órbita de Marte y Júpiter, y Hilary Foyle había quedado viuda a la edad de veintiséis años. La peor edad posible para una mujer humana. Sobre todo desde la llegada de la Era Galáctica. Con ella, la mujer se había convertido en poco más que un mal necesario con el que perpetuar la especie. Toda la relevancia y los derechos alcanzados durante los siglos veinte y veintiuno se habían esfumado con la colonización del cosmos por parte del Hombre.
—¿Ha pensado en un nombre? ¿O tendremos que llamarlo siempre por ese horrible número? —cuestionó la enfermera para intentar recuperar la atención de la nueva madre.
La pregunta hizo dudar a Hilary Foyle, que observaba con atención a su hijo; miraba los tatuajes de sus hombros: la luna negra en cuarto menguante y el identificador numérico. Finalmente dijo:
—Sí, se llamará Bruce, Bruce Keating.
—Bonito nombre.
Tal y como había sucedido anteriormente con el funcionario de adopción, al terminar la frase, la habitación volvió a recuperar su melodía habitual, la enfermera regresó a sus quehaceres e ignoró a Hilary como si se hubiese olvidado súbitamente de ella. De nuevo era un número. Tan solo un número.
Angustiada por la sensación de insignificancia, abandonó el dormitorio diecisiete con su hijo en los brazos. Luego, tan rápido como pudieron caminar sus piernas, recorrió varios pasillos hasta la salida. Necesitaba escapar de allí. Ya en la calle, Hilary se relajó y escrutó el cielo, que se debatía en un crepúsculo de estrías rojizas. Por un momento creyó que los ojos de Bruce emitían un resplandor extraño, como un relámpago fugaz que los rasgaba de izquierda a derecha.
Pero no le importó, pues, después de todo, ¿qué sabía ella sobre niños?
Primero miró al firmamento, acurrucada junto al ventanal de su apartamento: el ocaso languidecía estirando sus delicadas garras, que convertían a los hacinados edificios neoyorquinos en campos de trigo de resplandores ambarinos. Entre sus destellos y afiladas sombras, un vagón de metro atravesaba una de sus zonas abiertas con un discurrir imparable, como un río que camina impasible hacia su desembocadura. El otoño siempre le había recordado a Hilary Foyle a un cuadro impresionista extraído de la duermevela de un dios menor.
Después miró al suelo. En las vacías calles de la ciudad se levantaban algunas tolvaneras que jugueteaban con las hojas caídas de los árboles. De cuando en cuando sobrevolaba cerca de la ventana una aeronave que le recordaba que existía vida más allá de los cristales.
—… juegue; juegue y gane uno de nuestros maravillosos premios. Sólo tiene que marcar el número que aparece en pantalla y entrará en el sorteo de un maravilloso viaje a la Luna para dos personas. No pierda la oportunidad de visitar Ciudad 68, la primera colonia extraterrestre fundada por el Hombre. Disfrute de sus centros comerciales con oxígeno mejorado y de sus tours espaciales.
El chirriante vocinglero de William Murphy, el presentador de Sueños en Orión, uno de los teleprogramas más vistos de la Tierra, arrancó a Hilary de su ensoñación. Volvió la mirada al interior del apartamento. El aparato de 3D-Visión reflejaba el holograma de William, con su grueso mostacho que le alcanzaba prácticamente las orejas, en mitad del salón. Su voz la molestaba. Por eso corrió a sentarse en uno de los dos sofás de la estancia y buscó el panel de control (que controlaba muchos aparatos y funciones de la casa), que encontró bajo un ejemplar de la revista Madre, uno de los muchos panfletos que se editaban para madres solteras. Pulsó el botón de apagado y, al hacerlo, la proyección de Sueños en Orión se esfumó y William Murphy con ella, lo que pareció disgustar a Bruce, que encerrado en un parque infantil el doble de alto que él, comenzó a llorar.
—Shh, no llores, cariño, no llores. Ven con mamá.
Hilary Foyle cogió al niño en brazos. «Empiezas a pesar bastante», pensó. Parecía como si en vez de huesos tuviera metales pesados en su lugar. Había cumplido tres años el mes pasado, medía aproximadamente noventa centímetros y debía de pesar cerca de los veinte quilos. El niño la observaba con sus parduzcos ojos envueltos en lágrimas.
—Ya está, ya está. Ahora mamá te va a traer tus juguetes y vas a jugar con ellos y dejar de llorar, ¿vale?
—Quiero jugado con Cometa —respondió Bruce con una voz renqueante por el repentino llanto.
Aunque aún no sabía leer ni escribir, conjugaba mal algunos verbos y pronunciaba erróneamente muchas palabras, pues no hacía ni seis meses que había comenzado la escuela, Bruce hablaba con una soltura impropia para su edad. Su capacidad de aprendizaje, tal y como le habían dicho los maestros, estaba muy por encima de la media.
—Quiero jugado con Cometa —volvió a repetir el niño.
—Vale, vale. ¡Cometa!
Un perro de largos y negros tirabuzones que lo cubrían por completo entró ladrando en el salón.
—¡Cometa! —gritó Bruce.
El can lo correspondió con dos fuertes ladridos. Meneaba la cola con gracia.
—¡Ven, Cometa! —reclamó la mujer.
El perro se acercó al reclamo, obediente. A continuación, Hilary depositó a su hijo en el suelo, se acuclilló junto al animal y le retiró el pelaje de la nuca. Un medidor de energía con la firma de Daramont Robótica sobreimpresionada apareció tras él. Marcaba cerca de la mitad. Hilary cubrió de nuevo la barra de energía después de comprobar el nivel de carga, y tironeó al perro de las orejas con cariño. Cometa la recompensó con un gruñido.
—Iré a preparar la cena. Ten cuidado y no rompas nada, ¿de acuerdo?
—Sí, mamá.
—Recuerda que la mesa y los jarrones no os han hecho nada.
—Que sí, mamá, que sí —contestó Bruce con la esperanza de que los dejase tranquilos.
No era fácil ser mujer en el siglo veinticuatro. Sobre todo desde que a mediados de la vigésima segunda centuria se produjo la aceptación y adopción del Código de la Red de Mundos. La nueva Constitución había devuelto al género femenino a un periodo similar a la Edad Media: en el siglo veinticuatro la mujer volvía a pertenecer al hombre. Además, los atrasos no terminaban ahí, pues tampoco podían ostentar cargos públicos ni dedicarse a trabajos considerados como propios del hombre. Por todo esto, Hilary Foyle cuidaba con el tesón de un rey sus pertenencias. Principalmente porque no atesoraba el dinero suficiente como para comprar otras nuevas.
El futuro, contrariamente a lo que pudo pensarse durante el siglo veinte y parte del veintiuno, había retraído a la humanidad hacia un pasado terrible: los derechos eran mínimos, los empresarios utilizaban cada vez más mano de obra robótica y los recursos naturales eran tan escasos que la sociedad había regresado a un estado salvaje, casi primitivo. El expansionismo y la globalización habían acabado con la libertad.
Hilary Foyle había conseguido salir adelante pese a todas las dificultades con las que se había encontrado a lo largo de su vida. Desde la adopción de Bruce se había dedicado a la confección de bolsos que imitaban los diseños de los modistos más importantes, unidades que después vendía a través de Internet. Muy pronto, gracias a la fidelidad de sus diseños, había comenzado a ganar el dinero suficiente como para evitar casi totalmente los periodos de vacas flacas. Incluso se había permitido comprar un perro eléctrico, tan populares por aquella época. Un animal al que Bruce adoraba.
—Cometa, ¿quieres juguear a la pelota?
El niño acariciaba el lomo del animal mientras hablaba, y éste le lamía la mano con delicadeza. Pese a su origen artificial, Cometa se comportaba como un auténtico ser vivo. Su naturalidad alcanzaba un grado altísimo de perfección. Bruce y el animal habían congeniado a las mil maravillas desde el principio, y Hilary Foyle estaba muy contenta por ello, pues el perro era como un hermano para Bruce, y aquello la liberaba de obligaciones como madre y le dejaba tiempo libre para una de sus mayores aficiones: la lectura.
—¡Guau, guau! —Cometa gruñó cuando vio a Bruce recoger el elemento de su diversión.
—Vase por ella.
Bruce Keating lanzó la bola en dirección al sofá. El animal le correspondió levantándose de un salto y corriendo tras ella, momento en el que Hilary Foyle regresó al salón y, al ver la distracción de su hijo, se enfureció y bramó:
—¡Dejad de jugar! ¿¡Qué te he dicho, Bruce!?
—Tranquila, mamá, que no va a pasando
nada.
Sin embargo, casi al mismo tiempo que las palabras
escapaban de su boca, Cometa saltó sobre la alfombra y tiró de
ella, lo que hizo que el aparato de 3D-Visión
se tambalease peligrosamente.