146
Fernando Zamora
El primer lunes del mes de abril de 1996, Cristóbal Egas (dieciséis años, complexión delgada, pelo negro y ojos rasgados) se fue a vivir con su maestro de piano. Ayer domingo, el músico Antonio Riquelme murió asesinado.
Por órdenes directas del presidente república, le pidieron a mi jefe, capitán Isidro Salazar, que encontrara a un culpable a la de ya. No sólo es muy mal visto en el concierto de las naciones que asesinen a los músicos, el muerto era amigo íntimo de la esposa de Zedillo.
Don Isidro llega, se hace dueño de la escena, se mueve como un cantante o un artista de la televisión. Por eso es mi jefe, porque es chingón, con intuiciones y toda la cosa. Para encontrar culpables, no hay quien le gane.
Me dijo:
——¿Tu que crees, Marcos?
——¿Qué creo de qué mi capitán?
—¿El asesino es el morro que vivía con el muerto, qué no? ¿Cómo se llama?
——Cristóbal, capitán
——¿Qué hacía viviendo con éste Riquelme?
——Estudiaban.
——¿Qué estudiaban?
——Piano.
——¿Y?
——El chavo era alumno de Riquelme desde hace varios años.
Cristóbal fue alumno de Antonio Riquelme desde niño. Estaban preparando un concierto, una especie de examen, nos dijo la sirvienta.
——Examen——reflexionaba Salazar.
——Cristóbal Egas estaba preparando un concierto para irse a estudiar a Nueva York el próximo semestre.
——¡Ah chingá! Con que muy internacional ¿qué no? Habla con mi compadre de migración, ningún pendejito sale de México.
Había un violín. Lo encontramos recargado contra el macizo de libros sobre el escritorio de madera, como un muñeco mirándonos a los ojos. Lleno de luz al centro de una biblioteca con santos y vírgenes como los de casa de mi mamá.
Ese violín. Algo tendrá que ver con la muerte de hoy por la mañana. Lo miro. Es un instrumento bonito, nunca había visto un violín. Por eso lo agarré.
Isidro Salazar, sacó los guantes blancos y se fue sobre de mí. Me quitó el instrumento. Volvió a recargarlo como estaba, sobre los libros y ordenó que cubrieran con una sábana el cadáver. Olía a humo y a sangre seca.
Afuera está descuidado, lleno de mala hierba, el jardín en casa de Riquelme.
Junto a la chimenea está el objeto con el que lo mataron: una pinza dorada y llena de sangre que servía para encender el fuego.
——Qué onda, Canchola ¿Me explicas qué fue lo que pasó o vas a seguir tentoneando las evidencias?
Decía mi mamá, éste de todo se pone rojo, y cuando me regaña Salazar me siento como con la maestra de primaria que me suspendió por andar leyendo Fantomas en lugar de resolver los quebrados.
——La sirvienta dice que toda la tarde lo vio limpiando su colección de instrumentos.
Saco de la bolsa de la camisa la libreta que traigo siempre. Aquí anoto recados y cosas. Pendientes y las notas para el diario que tengo desde que estudiaba en el colegio militar.
Le dije:
——A doña Ulogia le sorprendió que el maestro tuviera cerrada la puerta. Escuchó ruidos, tocó a la puerta. Nada.
Hay que echarle sabor a contar la historia de un crimen. Así debe ser. No importa que luego Salazar vaya y levante ceja. Es una manera de ponerme en paz cuando miro los ojos de un muerto.
——Volvió la sirvienta, volvió a tocar, quiero decir.
No había ruidos. Doña Ulogia fue por las llaves. Así lo encontró, tirado en un charco de sangre.
——¿Así?
——Pues muerto mi capitán.
——Bien muerto——suspiró Salazar——.
El capitán miraba más allá de la ventana.
——Quiero un reporte del laboratorio. Un reporte de cada objeto ¿Entiendes Marcos? Y todo lo que toques, lo vas a tocar con esto.
Me agitaba los guantes blancos frente a los ojos.
——Si mi teniente.
——Si serás pendejo.
Luego se reclinó sobre el muerto. Levantó la sábana. Estudió al occiso.
Yo estaba enojado por la regañada. Tal vez. Yo creo que por eso, cometí un error. Un pequeño crimen ahí mismo, delante del jefe. Y es que junto al violín había una tarjetita de presentación: Imprenta Osorno, decía la tarjeta. Plaza Santo Domingo, y tal. Agarro y me la meto en el saco, así nomás, como si fuera un ladrón.
El jefe dice:
——Fueron siete guamazos con este aparatito tan chingón.
Me entrega la pica.
——Ocho guamazos. Este acá. Chance, son dos. Lo enterró varias veces. Mínimo cinco.
Los policías que dieron parte, miran aburridos la frente abierta. Tienen casi seis horas metidos en esta casa.
——¿Eso blanco es el cerebro?——pregunta Gangoso, uno de tránsito.
Salazar no responde. Murmura solito:
——Luego el del cuello. Este acá cortó la vena que salpicó la madera——suelta una carcajada——pinche Marcos——me dice——ora sí que sólo el primero era de muerte, a ver qué cuenta Julián.
Miro en la pared el retrato de Santa Rosa. Digo:
——El asesino conocía al muerto capitán
Fuerte, que todos oigan y no piensen que soy un pendejo.
——¿Porqué?
——No están forzadas las puertas.
——¿No les digo? Si este cabrón tiene talento, nomás que se hace pendejo.
Se pasea frente al muerto.
——Entonces el asesino tenía llaves de la casa ¿qué no? De otra forma, hubieran tenido que abrirle y la sirvienta hubiese sabido. A menos que se haya saltado por la ventana. No hay chapas rotas.
Hay que pensar un rato. Por la ventana está difícil. El asesino entró por la puerta, cerró.
——Entro con llave. No hay señas de que el muerto se haya defendido. Le dieron un buen guamazo y luego lo remataron con la pica.
——Así mero——concluyó Salazar——no hubo lucha, el asesino conocía al muertito que no tuvo tiempo ni de asustarse. Y el violín que andabas tocando, lo dejó acá, echando estilo.
Lo dijo para ponerse al tú por tú. Porque Salazar piensa que una cosa es venir de la ranchería de la que viene y otra distinta que me le suba a las barbas nomás porque la Maruca y yo nos queremos y porque tengo estudios en el Colegio Militar.
——¿Habrá sido la sirvienta?——Preguntó Gangoso.
——Ni madres, esto no lo hace una vieja. A lo mejor es cómplice, eso sí. ¡Canchola! ¿Quién es la sirvienta?
——Ule Hernández, mi capitán.
——¿Ule?
——Ulogia, pues. Trabajaba con Riquelme desde hace treinta y cinco años. Era su nana.
El capitán mira al tipo allá abajo. Riquelme tiene unos cuarenta, cuarenta y dos años. Bigote blanco, machín. Cara de gente decente.
——No mames. ¿Era de nana y toda la cosa este cabrón?
——Parece que sí.
——Con razón lo quebraron.
El violín sigue necio, enmarcado en el gris que se mete por la ventana.
——¿Seguro de vida?
——Ey
——¿Beneficiario?
——Los herederos: la nana y un sobrino, Eduardo Salazar. Tiene coartada, estaba en la prepa.
Sonó el celular. Antes de responder el capitán ordena tronando los dedos:
——Canchola, entrevista a la nana.
Sale al jardín.
Cuando no quiere que lo escuchen, es porque recibe órdenes de arriba, de Gobernación, del Preciso tal vez. Le llama un subsecretario mamila, enfundado en traje de domingo.
—Traigan a la señora——les digo a los de tránsito.
Gangoso y los otros traen a la vieja. Se me planta con frente arriba. Oaxaqueña y carnosa. Prieta y todo, se sienta como una reina.
——¿Qué quiere que le cuente?
Enciendo la grabadora.
——¿Cómo conociste a Riquelme.
Ya en la patrulla, Salazar me dice otras cosas: Que si es verdad nuestra historia de que el muerto conocía al asesino, o es uno de sus alumnos o su compadre, el director Jerónimo Beltrán.
——Este hombre tenía un círculo muy cerrado——me dice——. Eso es bueno para nosotros, facilita las cosas, pero hay que andarse con cuidado cabrón. El alumno consentido era hijo de un conecte en gobernación. Pez gordo, ya me dijeron. Ándate con cuidado.
——¿Pez gordo?
——Negocios picudos ¿Me entiendes?
——Si.
——No me vayas a meter en un lío.
——Claro que no, capitán
Yo manejo y él, como siempre, con las patas arriba, viene pensando por dónde meterse.
——¿Tu crees que a este cabrón le tronaba la reversa? ¡Métete atrás de el Tsuru!
Sigo al Tsuro y le digo:
——Creo que sí, capitán.
——¡Chido! ¡Acelera pues que te agarra el semáforo! Pásate pues.
Yo acelero. Él no dijo ya nada más.
Don Isidro tampoco es chilango. Comenzó a trabajar en su pueblo, una ranchería casi, por allá del otro lado de las montañas del Chichinautzin. Pili la Matona, que es la veterana en el departamento, nos cuenta que comenzó de cuatrero. Luego sus amigos lo recomendaron porque en Tepoztlán estaban buscando a un cabrón bien bragado para jefe de policía. Le pusieron uniforme y vino a México y lo llamaron mi capitán.
Otras cosas del muerto: que era una especie de detective también, pero no como nosotros que seguimos las huellas de guerrilleros, asesinos y terroristas. Riquelme andaba en pistas de música. Y se ve que los investigadores musicales ganan mucho más que nosotros. Qué mamada. Haciéndole al etnomusicólogo, Riquelme se hizo de una lana y de amistades poderosas. La presidenta venía a su casa. Se tomaba una copa o dos en el mismo estudio donde hoy lo encontramos muerto.
Camino de la oficina vuelve a sonar el teléfono de Salazar:
——Puta madre van a estar chingándome como si fuera un asunto de seguridad nacional.
Escucha un rato. Está preocupado.
Cuelga. Piensa y no se da cuenta de que me paro en el rojo cuando me dice con cara de que quiere mandarlo todo a la verga:
——¿Oye cabrón?
——Si, capitán
——Quiero que te encargues del asunto ¿Sabes? Es algo sencillo y a mí los jefes ya me tienen cansado.
——¡Claro que sí, capitán! Ahora mismo recluto a unos cabrones.
——Al Gordo Cervantes y a Pili La Matona. Trabajan a gusto contigo.
——A esos meros, capitán.
Me siento bien. Hay futuro en el departamento y sobre todo, hay futuro con la Maruca. Yo sé que Salazar me tiene echado el ojo desde que supo que conocí a su hija.
Se abrió el elevador y allí estaba: Uniforme de deportes, faldita tableada, suéter a la cintura. Nos miramos un rato. Luego bajó la mirada.
La levanta de nuevo y me mira.
Dice La Matona que Salazar anda ya refunfuñando, celoso y enojado de que su hija pinte corazones en el cuaderno en vez de estudiar lo de las fanerógamas.
A mí me gusta el oficio. Le atrae a las muchachas como Maruca. Desde niño era bueno para los pleitos, por eso dijo mi padre:
——Te voy a meter de cadete——y me metió en el Colegio Militar.
Por ahí tengo mi birrete. La primera vez que me lo puse ya pensaba en la Maruca. En Maruca no, pues. Ni siquiera la conocía. Pero pensaba en una igual, cuando menos.
Y me fue bien con los estudios, por eso me trajeron a México. Era el mejor de la prepa, el único que supo en el examen qué significa paralelepípedo.
Si viviera en otro lado, me gustaría ser un investigador de esos cabrones. De música no, de cosas chingonas, andar en misiones salvando el mundo, rodeado de chavas guapas y con un chingo de coches de lujo. Me tocó nacer acá. Ni modo. Aquí es dificultoso el oficio policiaco. Está cabrón para nosotros. Imagino que tanto como para un detective musical.
Riquelme,
El lunes tengo clase con Mariana. Pienso y no puedo dormir. Hay calor. Puedo tener la ventana abierta sin riesgo de enfermarme. Huele bien cuando es verano en Nueva York. Toda la tarde hubo música en la iglesia de Riverside.
Hoy por la tarde, estuve subido en una barda desde la que se ve el río. Te extraño, Riquelme.
Con Carl, mi roommate, conversamos hace rato de películas. El estudia cine. Me gusta el cine pero yo siempre quise ser un pianista, como tú.
Mariana me dijo:
——Escribe, Cristóbal.
Lo dijo con el acento cubano que tanto me gusta.
Me dice que escriba.
Quisiera escribir para ti. Algo que comience con un montón de voces mezcladas en la cabeza. Voces que no me dejan dormir.
No puedo dormir. Me levanto. Enciendo la computadora. No pienso, escribo que pienso y te escribo:
Que hay voces que no me dejan dormir. Son las cinco de la y estoy nervioso. Mañana tengo clase. Después ensayo con la orquesta.
Hace calor y con la ventana abierta se mete Nueva York. Se me pega el sudor a la camiseta. Sudor y un cuarto seco en el que soy como un niño con fiebre y escucho sirenas de barcos.
Hubo música en Riverside toda la tarde. Música en la iglesia, gótica y falsa como nuestro violín. Vitrales y una misa de negros que cantan a Dios.
Escribo que después de la comida, me subo a una barda. Miro el río, la ciudad. Torres y coches. Gente. Ventanas y ventanas que se prenden a ritmos inexplicables. Pulso, aire y silencio en la carretera.
Que vivo justo entre Harlem y Manhattan. Y entre Harlem y Manhattan, borracho de música, despierto entre cruda y fiebre que no se me bajan.
Te escribo que hay un puente de hierro que respira con pulso de música. El puente se vuelve a estas horas legión de hormigas que tragan concreto ¿recuerdas?. Te extraño.
Cinco años son muchos años con sólo veintiuno de vida. Cinco se fueron y nada mas: Eres nada.
Estás muerto y es verdad. La noticia vieja de un asesinato me llega desde donde escribiste lleno de ternuras y voces.
La semana pasada vino a visitarme el teniente Canchola. Nos escribimos a menudo y somos buenos amigos. Esto: Nueva York, también a él se lo debo de alguna manera.
En cinco años he cambiado tanto que no me reconocerías, aunque sigo siendo el que se sube a la barda y cierra los ojos.
——Escribe. Lee. Es parte de la disciplina hacer estas cosas. No puedes estar pensando todo el día en música nada más.
Mañana tenemos el primer ensayo con la orquesta. Me quiere Mariana. Después de casi cinco años, cuando toco, ella escucha y sonríe. Casi no me detiene. Me enseña el sonido de una nota que viene desde los pies hasta la cuerda.
Cuando me reciba, quiero ir con Carl a Chicago, saber si existe de verdad, con todo lo que dicen y existe Chicago, como Nueva York, que existe y me gusta. Este falso Nueva York, con sus vitrales góticos de la catedral en Riverside. Como la catedral Saint John y tu violín que voy a regalarle mañana a un gringo que comprendió. Nuestro violín.
Que levanto los ojos y aquí lo veo. Se quedó conmigo, un tiempo. Mejor que el gringo lo tenga.
Yo quiero ser otro instrumento mañana y lamento no saber la combinación de teclas para escribir a qué sabe tocar cuando eres eso: música, nada más.
El otro día fui a una fiesta.
——Es un pianista mexicano——dijo la nicaragüense que organiza conciertos para el Lincoln Center——es muy talentoso.
Me siento volando. Bebo una copa de vino. Hay un puerto allá abajo y el portaviones.
Había un pintor en la fiesta. Conversa y me sirve unos tragos. Cuando estoy muy borracho, pretendo descifrar el poder del barco en el puerto que guiña sus ojos.
Estoy saliendo con una muchacha colombiana que conocí frente al edificio de Schemerhorn. Carolina estudia lenguas clásicas. Me hizo plática. Le dije que toco el piano. En la tarde fuimos a Lerner, comimos un sándwich y subimos. Me pide que toque en el piano de la sala para estudiantes. Hay un Strauss and Sons desafinado.
Escribir es divertido. Digo: toco un Strauss and Sons desafinado y lo toco de verdad. Escribo que Carolina me mira y nos besamos bajo las sábanas y Carolina me mira y nos besamos bajo las sábanas.
Escribo: hace cinco años estuve en la Nacional y lo pasado deja al pasado. Deja de serle propio.
Cuando escribo, todo es presente, se hace enero de 1997 y hay Escuela Nacional de Música, lejos de Riverside, en la calle de Xicoténcatl. Vengo a tocar el recital que estudiamos desde abril del 96.
Y antes de entrar a la sala, voy dando vueltas con miedo. Evado el momento de tocar. Justo cuando se va la luz, son las seis de la tarde y soy sombra en pasillos de focos viejos en los corredores grises y despintados.
Me saluda un amigo y pregunta:
——¿No tienes un recital? ¿Qué haces tú aquí?
En un salón el maestro dicta un examen.
En este espacio, salón de hace mucho, se quedó embarrada la voz de mi papá.
Con un poco de convicción camino para la sala. Cuando por fin dejo de pensar, me siento en el suelo y te miro por última vez.
Sé que estas muerto, pero lo escribo y me dices:
——Son las siete. ¿Cómo haces eso? ¿por qué no estás en el camerino concentrándote?
——Porque tengo miedo.
——Estás nervioso porque te fuiste de vacaciones. Porque te pusiste a beber.
——No me fui de vacaciones.
——Ya no querías regresar, querías mandar el piano al carajo ¿no es cierto? ¿porqué?
Pensaba irme a Sudamérica. Vagar junto a tu violín. Me lo regalaron Claudia y Anna, nuestro violín, el de Ángel Palermo.
——Vete al camerino——me dices——esas historias no importan, son falsas. Estate diez minutos concentrando. No pienses en teclas ni en partituras ni nada.
Sucede entonces que aunque me muero de miedo, tengo ganas de salir y tocar.
Voy al camerino. Salgo, me siento en el banco.
——Tienes que sentarte con las nalgas a la mitad del banco. El brazo en ángulo recto.
Es la última vez que te escucho, Riquelme. Eco de tu primera clase.
Levanto la mano. Cuando el silencio es ya tan bochornoso que sólo la música puede callarlo, cae con todo el peso de abajo.
El sonido es globos en juego. Salen rápido de la sala, se reconocen en el recibidor. Se van afuera. Se enredan en el patio, rebotan en plantas y jardineras, se extinguen los intervalos en el pelo de una muchacha, en los labios de dos hippies que se besan. Hay un niño que apurado vuelve a clase de flauta. Se extinguen las notas bajo el peso de todas las otras que vienen detrás. Caen al centro del patio, en la escuela. Todo el tiempo, todas las horas, se engarzan con las que vienen atrás y arriba en ventanas y cubículos, de techos y pasillos.
Cuando todo termina, tu voz se ha ido para siempre. Gerardo grabó el recital. Mañana un mensajero lo trajo a Nueva York. Es una cosa tras otra: Aquí estoy, estudio con Mariana y en Manhattan, te escribo y te extraño tanto.
Con don Antonio tenía yo trabajando. Fíjese, pues desde que vivía doña Marta, su mamá que se murió también, como todos nos morimos, ella de un infarto.
Claro, yo trabajaba desde antes en la casa. El Tony tenía cuatro, cinco años a lo más. En el pueblo decían que nos iban a invadir los comunistas pero yo ¡Qué comunistas ni que ocho cuartos! Aquí lo que invade es el hambre. Y me vine porque me andaba jaloneando un méndigo, un muerto de hambre. Yo no quería ser como mis hermanas. Darle chichi a los hijos de esos perros. Me vine para acá por eso. Una tía me recomendó con el señor de la agencia. Vino a vernos doña Marta. Había un montón de muchachas en fila y ella bien perfumada, de pipa y guante, nos preguntó si cuidábamos niños. Dijimos que sí, claro. Que si sabíamos guisar y yo que me adelanto y le digo:
——¿Cómo no voy a saber guisar? Si soy del mero Oaxaca.
Le caí bien. Me trajo para su casa.
Aquí conocí a Tony. Nunca se había echado al sol. Era diferente a todos los otros: mocosos, llenos de pulgas. Éste no; Tony correcto, ojos de adulto, estiró la mano y me dijo:
——Mucho gusto.
Y no sé porqué. Me dieron ganas de besarlo. Le di un beso grande que se limpió, pero estaba colorado y contento. Le dije:
——Mucho gusto
Y supe que nos íbamos a llevar bien, que éste sí era mi niño, porque era distinto de todos los otros.
Desde el techo de la casa venía caminando. Solito con la mochila al hombro, llena de libros.
Había unos muchachos que le gritaban:
——Maricón——
——No te dejes que te digan esas cosas, Tony.
Él no contestaba. Se tomaba de un trago, el jugo que tenía yo listo para cuando llegara.
Tenía un amigo nada más. Venía a casa de Tony y se acostaban en el piso de la sala a ver revistas y cuentos que le compraba su mamá. No platicaban. Veían libros. Esa era su distracción. Eso y tocar el piano.
Yo le decía:
——Vete al parque, sal con tus amigos a jugar futbol.
Porque me gustaba porque era diferente pero todo lo que yo decía era para que se volviera igual.
Luego el Tony se fue a vivir a Europa. Yo lo extrañaba. Me había quedado por él, porque a veces, no se crea, también uno quiere a sus hermanas y a sus chamacos, aunque sean mugrosos y gritones.
Entonces se murió el papá de Tony. Vino al velorio. Se volvió a ir. En poco tiempo ya se le había muerto la mamá. Yo sabía que no tenía a nadie ¿quién le iba a hacer su jugo de naranja? ¿Quién iba a decirle, no dejes que te digan esas cosas, Tonito? Me quedé con él y aquí estoy. Aquí estuve hasta que lo mataron.
No sé porqué lo mataron. Era buena gente.
¿Cristóbal? No creo. Estaban enojados, pero no creo.
¿Cómo?
Si. Ana Cozo, la muchachita venía a verlo cada sábado y platicaban de música. A veces venía nomás de entrada por salida.
Uy, muchos otros. Claudia y Jorge. Cientos que se fueron desde que regresó de Europa. Toda clase de alumnos, flacos y chaparros.
Si, tenía dinero la mamá. Le dejaron unas casas y un rancho. Todo lo vendió. Yo le decía:
——Tony, guarda alguna cosa para mañana, no sea que te haga falta y él:
——Ule: yo no voy a llegar a viejo——y fíjese que tuvo razón.
Hace poco lo miraba estudiando, ahí donde lo mataron. Me vio sonriendo y dijo:
——Ule ya estoy bien traqueteado, mira estas canas.
——Qué viejo vas a estar, viejos los cerros, si tu estás viejo que me dejas a mí.
Ese violín lo encontró en la Catedral. Se lo compró a un padrecito.
A lo mejor hasta se estaba volviendo loco, porque a veces hablaba con él, con su violín, le decía cosas, como si fuera un niño y yo:
——¿Con quién hablas Tony?
——Con ellos.
——¿Quiénes ellos Tony? No me asustes que te estás volviendo loco.
——Si. Los escucho a todos ellos, los dueños de este violín, me hablan desde el interior de su caja.
¿Yo? Pues ¿qué quiere usted que yo haga? Voy a regresar con las muertas de hambre de mis hermanas. Con el dinero que dejó Tony voy a comprar unas tierras. Tal vez tenga tiempo todavía de educar a los chamacos de mis hermanas, para que no sean tan mugrosos y gritones, para que aprendan a decir, mucho gusto, como cuando yo conocí por primera vez a don Antonio Riquelme.
Me llamó don Isidro por la mañana para pasar revista de los principales sospechosos.
Cristóbal encabeza la lista. Vivió unos cinco meses con Riquelme. Dice Salazar que tuvieron una bronca. Me pidió que investigara a santo de qué. Había también unos cheques para Ana Cozo. Pocos antes de que al músico se lo quebraran, le dio mucho dinero.
——¿Hay otra persona de la que sospeche, capitán?
——Otros alumnos, pero ahora quiero que te concentres en esos dos. Vas a irte al Centro Cultural Universitario. Ensayan toda la tarde en la Neza.
——Así lo haremos.
——Sale pues.
Ya estaba para salir cuando me dijo.
——Mira, Canchola, ven. Hay otros dos sospechosos.
Vuelvo para anotar los pormenores.
——Claudia Fuentes y Jorge Gómez de la Cerda. Apunta sus nombres.
Pero hay una cosa.
——¿Qué don Isidro?
——Jorge y Ana son niños bien ¿me entiendes? Cualquier sospecha o duda que tengas me la informas primero, no quiero que nos metamos en un lío sin tener los ases bajo la manga.
——Claro que sí.
——Ta bueno pues.
——Gracias capitán.
Iba rumbo a la Nacional cuando empezó la lluvia. Llovió mucho. La ciudad así, llena de agua se ve bonita. Con un poco de música, hasta el tráfico y la luz de la torreta, azul y roja en los coches, se miran de otra manera. Uno aguanta los ríos de basura y los semáforos que fallan.
Le Escuela Nacional está llena de muchachas guapas y hippies que tocan la guitarra. Un día me gustaría aprender la música y tocar en las fiestas de mi papá.
Entrevisto al primer chismoso que encuentro por ahí.
——Qué onda——pregunta cuando lo miro.
——¿Tú conoces a este chavo?
Le enseño la foto que había en casa del muerto.
——¡Claro! Es Riquelme. ¿Supiste? Lo mataron
——A poco
——Ey
——¿Y el otro?
——Uno de sus alumnos. Tú eres policía ¿verdad?
——Si, la neta sí, soy policía
Saqué la charola.
El chavo sonrió. Nos sentamos en una jardineras.
——Pues mira——me dijo——de Cristóbal, sólo sé que era uno de los mejores alumnos de Riquelme y por lo que veo está metido en un problema de la chingada.
——¿Qué mas?
——¿Vas a soltar una lana?
——Puede que sí——contesté.
——¿Doscientos varos está bien?
——Sale pues.
El chavo me dice que quiere anonimato. La primera que pasa lo saluda, yo me meto en la conversación y sé que se llama Arturo Valdés. Me cuenta que Cristóbal es un tipo de talento. Que es poco sociable y un poco azotado. Su mejor amigo se llama Gerardo, estudia piano también y es taxista.
——Para subsistir, como muchos de nosotros.
——¿Con quién vive Cristóbal?——Pregunto.
——Yo qué sé.
——¿Viene seguido?
——Ya terminó el propedéutico. Para la licenciatura lo van a mandar a Nueva York. Bueno, depende.
——¿De qué depende?
——Pues de que lo acepten. En enero se recibe con un recital. Desde hace meses está anunciado en la dirección y van a ir montones de gente porque el niño tiene su fama, ahí donde lo ves.
——Y ¿dónde puedo encontrarlo?
——Pues cuando venga o en los ensayos de la OFUNAM.
Lo mismo que dijo Salazar.
——¿Qué hace en la OFUNAM? ¿es su trabajo?
——Pues una cosa temporal. Necesitaban a un pianista para tocar el Catulli.
——¿El qué?
——Los poemas de Cátulo. Una obra que usa al piano como instrumento de percusión. Difícil, pero nada para morirse.
Tomo nota. Habrá que investigar a ese Cátulo. Poeta. Seguro que también es maricón.
Pili pensó lo mismo:
——¿Cátulo? Qué nombre tan raro.
Y enfilamos por Xicontencatl rumbo al Centro Cultural.
Me dio un como vuelco en el estómago escuchar los poemas de Cátulo. Ahí estaba Cristóbal al piano. Es aniñado, tiene el pelo más oscuro de lo que se mira en las fotos. Los ojos rasgados. Ve al director, (Jerónimo Beltrán) con la cara levantada detrás de su piano. Muy serio.
Estuve todo el ensayo. Traje la canción pegada toda la tarde.
Afuera, en el Centro Cultural, se quedó el Gordo Cervantes a cubrir la salida.
Pili se fue a entrevistar a Eduardo, el sobrino del muerto.
Para el reporte de Salazar:
Claudia es una muchacha rubia y guapa. Tiene veinte años y la cara redonda. Trae el pelo pintado de rojo. Estuvo cerca del muerto poco antes de su muerte. Camina encorvada. Así salió del ensayo. En la escalera que lleva al estacionamiento se encontró con Jorge, su chavo.
Jorge se ve un poco más grande: veintiuno, veintidós años, pianista. Alumno del muerto y sospechoso porque envidia la colección de instrumentos antiguos de Riquelme. Se fueron abrazados. Claudia y él. Cervantes vio a un guarura que les abría las puertas del coche que salió perseguido por otra camioneta, retacada de pistoleros del estado mayor presidencial.
Ana Cozo. Morena de fuego, pelo chino. Guapa. Sonrisa de cínica. Jorge se fue abrazado de Claudia y ni siquiera se despidió de ella cuando se encontraron de frente. Ana y Jorge no se caen nada bien.
La plaza de la Nezahalcóyotl comenzó a llenarse de músicos que se detuvieron a conversar unos segundos.
A través del intercomunicador, el Gordo me dijo:
——Ya salieron los indiciados, teniente.
——Son sospechosos, Cervantes, no indiciados.
——Pues aquí hay varios. Si no se apura, se le van.
Jerónimo Beltrán, director y amigo del muerto, salió del ensayo tarareando. Si. Es posible. Tiene cara de matón.
——Hasta luego Martita——dijo a la mujer que limpia los camerinos.
——Buen fin de semana, maestro.
——¿Cómo van allá afuera?——le pregunto a Cervantes.
——Acaba de llegar el sobrino de Riquelme. Está conversando con Cristóbal.
——¿Dónde?
——Junto a la señora que vende chicharrones y papitas.
——Ahora te alcanzo.
Jerónimo Beltrán sale por la parte de atrás. Se encuentra con un hombre alto y pelirrojo. Hablan en inglés y se abrazan.
——Jisded——dice el gringo.
Se suben a un coche gris que se va sin hacer ruido.
Alcanzo a Cervantes en la plaza Nezahualcóyotl. El Gordo me cuenta cosas sin relevancias hasta que:
——¿Eduardo Riquelme trajo un violín?——le pregunto a Cervantes.
——Es lo que te acabo de decir teniente.
——A ver repite.
——Trajo un violín y el chavito.
——¿Cuál de los dos?
——Eduardo, el sobrino de Riquelme.
——¿Ese qué?
——Pues discutía con Cristóbal.
——¿Mala onda?
——Creo que no. Hablaron de algo más bien airadamente. Luego Eduardo se fue por donde vino.
La plaza se quedó vacía. Sólo seguía Cristóbal, solo. Con las piernas cruzadas se sentó en una banca de piedra.
——¿Con quién dices que se fue Claudia?——le pregunto a Cervantes.
——Con su chavo.
——Jorge Gómez.
——Ese mero.
Cristóbal está triste. Se sorprendió tanto como nosotros cuando apareció Eduardo Riquelme otra vez. El sobrino se sentó junto a Cristóbal y de un estuche sacó su violín.
——¿Ya viste?
——Es ese mero.
Hablan de alguna cosa. Eduardo le entrega un documento. Platican y Cristóbal se queda con el violín. Da media vuelta y se va con las manos metidas en la bolsa del pantalón
——A este guey hay que detenerlo——dice Cervantes.
——Hay que ver qué dice don Isidro.
Cristóbal tomó el violín y pasó algo muy raro, algo que no sentía desde niño. Se hizo de pronto, en toda la plaza un silencio muy grande. Estoy seguro, Cristóbal me estaba mirando cuando se puso a tocar una melodía muy sencilla. Pero es la cosa más bonita que yo haya escuchado jamás.
Fue largo el primer día sin ti, Riquelme.
Salgo a las siete de la mañana de mi recámara. Madrastra dice:
——Mataron a tu maestro de piano.
Entro al baño. Orino. Ya lo sé. Anoche. Era verdad. Escucho la voz de tu sobrino Eduardo. ¡Puta madre! No digo nada. No quiero pensar. Estás borrado. No existes ni siento nada.
En la cocina mastico un sándwich de queso. Miro fuera de la ventana a un niño sucio que pedalea sobre un triciclo en el patio de abajo. La vecina sonríe, enciende el calentador, se desnuda y entra a la regadera.
La muchacha de piernas blancas que se arregla frente al espejo, escucha a Leo Dan. Antes de irse, con sus suéteres morados y sus pantalones grises, los niños organizan un partido de fut.
——No has dormido——le digo a Madrastra cuando salgo del baño.
——Tengo que terminar de traducir esta mamada.
Toma un cigarro y fuma.
Vuelve a decir:
——Mataron a Riquelme, lo mataron en su casa. Quería hablar contigo, pero no estabas.
——Estuve con Gerardo toda la tarde.
——El caso es que lo mataron.
Te moriste y no dije nada importante.
——¿Qué traduces?
——Una mamada, ya te dije. Si quieres podemos hablarlo ¿Esta bien? ¿Quieres hablarlo?
——No.
——Okei.
Me arreglo y salgo de la casa. Voy a mi ensayo en la Nezahualcóyotl. No quiero pensar en que no voy a volver a verte jamás.
Vengo en el pesero. Frente a mí hay un muchacho de cara indígena que sonríe. Tengo tres semanas ensayando y estoy lleno de las canciones de Cátulo.
Comienza la música. Eis aiona! Los coros: Por siempre. Voy a ser tuyo por siempre: Tui Sum, eis aiona que se repite hasta el cansancio. Tui Sum. Timbales y platillos estridentes.
Por esas fechas ya ha pasado, Riquelme: Me besé con una niña, Patricia, en el coche de mi padre en el estacionamiento de la Escuela Nacional.
Usque perniciter. Entra rápida, inquieta como una víbora su boca en mi boca y arrastra las canciones que prometen amores ligeros.
Lejos de ti, voy de un deseo al otro, de una curiosidad a la que sigue. Cave meam viperam. La víbora te muerde y te busca: Morde me. Cinco veces: Basia me, Morde me.
Porque en el viaje entre un deseo y el otro, ya ha pasado, Riquelme: Me besé con una mujer en los jardines de la Escuela Nacional.
Miro a Claudia. Ella toca en los violines segundos. Los viejos gritan en el coro: Res ridícula, nada dura, no hay tiempo perpetuo.
La fiereza de Venus son estos dieciséis que tengo cuando escribo que tengo dieciséis y Nueva York desaparece. Estoy en México y repito una y otra vez la nota, el coro canta la fiereza de un amor que promete, entre mordidas y besos con lenguas ligeras, Eis Aiona, por siempre. Patricia y Claudia por siempre en un viaje del jardín al coche de mi papá.
Se apaga la lámpara: brutos, estúpidos necios, grita el coro: Lanternari, tene scalam y un grito que pone los pelos de punta.
Durante un silencio en el piano, me doy cuenta que en la sala hay un hombre que mira el ensayo. Es la primera vez que lo miro. Es Marcos Canchola, el hombre que me ayudo a venir a Nueva York.
Audite ac videte Catulli carmina, Catulli carmina. Audiamos.
El sonido de los timbales y el piano que subraya los amores profanos, decrece con la luna. Esto es amar, pienso. Y me emborracho.
A ti Riquelme, te aborrezco. ¿Porqué me corriste de tu casa? Quiero arrancar la piel, que deje de arder la curiosidad en el pesero y el ensayo, en el patio de la Escuela.
Coros y percusiones.
Beltrán levanta la batuta. Hace silencio antes de que comiencen los gritos a Júpiter.
Estoy atornillado como una máquina que presiona exacto y perlado el sonido mientras responden los viejos que esa cosa ridícula es el amor que no dura. Ridículo, pienso, que me digan que no debo quererte Riquelme, que esta confusión de amores no es Dios. Si es aliento y beso que sabe a leche y a miel.
Me inflaman los coros, sus lamentos de muérdeme, bésame, muérdeme, bésame.
Anoche fue el asesinato y yo en la orquesta busco los ojos de Claudia. Deseo que este deseo queme todos los otros, me olvide de ti.
Toco y lanzo el cuerpo hacia delante, entre gritos y cantos que recuerdan infancias y nervios. Lanzo el cuerpo hasta que llegan al fondo los martillos que golpean sobre las cuerdas en glissandos que marean detrás de los bajos.
Beltrán se agita y me señala. Escalas que suben y bajan: savia de un árbol que se mueve, agita como las hojas de un Dios inevitable que existe en el cuerpo, que es cuerpo cuando siento el deseo.
Tener dieciséis. Escuchar una y otra vez la exaltación de los cuerpos que se mecen con el vaivén del deseo, en esta lengua extraña que surca, Riquelme como la carta tuya, los años y nuestras metamorfosis, eso es estar vivo.
Termina el ensayo, pero Beltrán no está contento.
——Falta en los coros el grito de una guerra contra la cursilería——nos dice——aquí van a gritar como si fuéramos a la guerra. Todos.
Se me queda el grito de guerra de Beltrán cuando salgo del camerino. Las imágenes se van de golpe con un dolor en el estómago cuando Marilú Santibáñez comenta para que yo lo escuche:
——Mataron a Riquelme.
Los otros se callan. Me miran. Escapo. Van a gritarme tu muerte toda la tarde.
Todos.
Espero a Claudia en los pasillos, pero después de todo lo que hicimos, ella dice cuando la invito a salir:
——Estoy con Jorge ¿entiendes? Además, yo no me acuesto con niños.
Salgo a la plaza. Se acabaron los ritos. Soy el niño al que Claudia no quiere besar. Sale y se va con Jorge.
Me ha dejado aquí solo. Para toda la vida enfermo de un vicio de soledad que no puede curarse.
Un montón de músicos se acercan a donde estoy en la plaza. Comentan otra vez que te moriste. Quieren que diga alguna cosa. Saben que fui tu alumno, que para preparar el recital me fui a vivir a tu casa. Que tú me recomendaste para este trabajo.
Espero que pronto venga Eduardo para darme el violín. Quiero estar lejos de todos estos que me rodean para saber cómo me siento cuando pienso tu muerte. No se salen de la cabeza los versos de Cátulo.
Me tiemblan las manos.
El sonido de las octavas del Catulli siempre van a recordarme el día que te moriste.
Claudia se ha ido con Jorge. Estoy, miserable, sentado en una banca frente al chorro de agua de la plaza.
Aparece Eduardo por fin. Me cuenta que tiene miedo.
——Mejor tú quédate con el violín.
Me lo entrega.
——Guárdalo hasta que preguntes cuánto te dan en el Monte de Piedad, no tengo un peso.
——Yo tampoco pero ¿sabes? Se me ocurre que mejor voy a hablarle a un amigo de mi papá. Seguro que nos da mucho más.
——Está bien, pero guárdalo tú. A mí me da miedo. Voy a pedirle a Eulogia que me preste aunque sea para comer.
Es mío, por fin.
Eduardo me entrega un papel amarillo que pretende ser el certificado de autenticidad de tu violín. Es increíble pensar que en esta caja cabe toda esa música. Lo tomo. Respiro. Levanto el arco.
Una vez mi padre me llevó a una presa cerca de Torreón. Dimos una vuelta en lancha. El hombre que nos dio el paseo era un indio mal encarado que dijo de pronto:
——Voy a enseñarles una cosa.
Sonaba amenazador. Tuve miedo. La cara del indio daba miedo. Estábamos a la mitad de una presa enorme, solos con ese tipo. No había alrededor más que agua por todas partes. Estuve a punto de levantarme y luchar por mi vida y por la de mi padre. Entonces, el indio apagó la lancha y se hizo el silencio más profundo jamás.
Era un silencio que a veces se embarra con el ruido del agua que lame las paredes del bote. Dejo de tener miedo. Es la primera vez que lo escucho: silencio antes de la música, el soporte. Silencio que te calla. Y yo que hubiese querido levantarme y decir algo, me quedo sobre la madera cuando todo se calla: El olor de la gasolina, el olor del pescado en el aire, la enfermedad de mi papá y el sudor del tipo en la lancha. Se calla el azul y el verde, no hay mas que silencio que hace sentido con todo. Un lienzo blanco sobre el que existe todo lo demás.
Dejo de pensar. A la mitad de la presa, escuchamos el agua.
A veces la nada. Agua y nada.
Estoy asombrado. Atrapado en un canto doble de agua y nada. Recuerdo del canto de Dios.
Cuando termino de tocar el tema de una sonata, miro al hombre que me ha estado siguiendo. Canchola me ve sentado junto a la fuente en la plaza y tiene cara de tonto. Es la primera vez que nos reconocemos.
Lo miro a los ojos. Nos escrutamos: ellos y yo. Es un rato largo, de tiempo ligero, que no me angustia.
Me levanto. Camino hacia el estacionamiento. Canchola sigue mirándome.
Otra vez solo, camino tranquilo. Pateo piedras en los jardines y sigo caminos en cuarteaduras, piso adoquines rotos y escucho a los pájaros que se persiguen entre los árboles. Todo se ilumina cuando ha pasado una nube y se queda la tarde morada. Me acomodo sobre la banqueta y espero a que venga Gerardo por mí.
Entonces, siento una presencia. Levanto los ojos y miro a Canchola.
——¿Tu eres Cristóbal no?
Dejo de pensar. Me sudan las manos. Pienso que va a detenerme. Que quiere mi violín.
——Tocas muy bien, me dice.
——Gracias——contesto.
——Gracias a ti——, y se despide también.
Todo el día de hoy estuvieron desfilando por Gayoso amigos y curiosos en el velorio de Antonio Riquelme. Había que llegar temprano. Don Isidro me dijo:
——Toma tus precauciones Canchola, quiero que llegues temprano. Con el desmadre que se ha armado, el velorio va a ser cosa de locos.
Tenía razón. Ya hay un montón de periodistas dándole vuelo a las especulaciones. Ayer estuvieron hablando a la oficina todo el día y haciendo preguntas pendejas.
——Se trata de ver caras——ordenó Salazar——van a ir y ver quién se siente feliz, quién finge demencia, quien llora ¿me entiendes?