Excerpt for El Secreto de la Vainilla by Salvador Lozano, available in its entirety at Smashwords

El Secreto de la Vainilla

por Salvador Lozano

Ilustraciones de Brenda Hernández Araujo

Smashwords Edition

Copyright 2008 Salvador Lozano

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A Delia y María.







1

La leyenda de Xanat



Cuando yo era niño, una o dos veces al mes mi madre hacía un pastel ligero que llevaba unas gotas de extracto de vainilla. En cuanto destapaba el frasquito, el aroma del condimento se esparcía por la cocina, escapaba por la puerta y le avisaba a toda la casa que mamá estaba cocinando su postre favorito.

A veces mi hermano y yo —si no estábamos jugando con nuestro perro Pirata o navegando en un barco de sillas por el mar de la sala— nos sentábamos a observarla cocinar. En más de una ocasión la oí decir, mientras dejaba caer las negras gotitas sobre la harina: Siempre hay que usar vainilla genuina, no cosas artificiales.

Yo no sabía entonces qué quería decir mi madre, ni me imaginaba de dónde provenía aquel líquido oscuro que ella tanto apreciaba y que le otorgaba a sus postres un aroma y un sabor tan apetitosos.

Andando el tiempo, he aprendido algunas cosas acerca de la vainilla. Entre ellas, ésta: que muchísimas personas de todo el mundo están de acuerdo con mi madre, y que en sus pasteles, helados, flanes, refrescos y perfumes sólo usan vainilla genuina, obtenida de su fuente natural.

Y ya averigüé cuál es esa fuente. La vainilla se obtiene del fruto de una planta originaria de México. Su cuna es la región del estado de Veracruz donde hoy se asienta la ciudad de Papantla, que con justa razón ha ganado fama como “la ciudad que perfuma al mundo”. Dicha región sigue produciendo hoy en día la mayor parte de la vainilla mexicana.

He aprendido también un poco de su historia y de la gente que la cultiva. Y aprendí su leyenda.

Supongo que te gustan las leyendas. A mí nunca deja de maravillarme cómo visten los pueblos toda clase de seres de la vida real con el ingenioso tejido de esas narraciones fantásticas. Hay leyendas de constelaciones, ríos, volcanes, reyes antiguos, animales, plantas y mil cosas más. Cada estrella y cada persona pudieran tener su leyenda.

Esta es una de mis favoritas, la leyenda de Xanat.

Había una vez una princesa que se llamaba Xanat. Bueno, unos dicen que se llamaba Xanat, y otros que Tzacapontziza, es decir, Lucero del Alba. Yo prefiero Xanat, por dos motivos. Primero, que Xanat es una palabra bonita y sencilla, que quiere decir flor en la lengua totonaca, la lengua que los habitantes de la tierra de la vainilla hablaban cuando llegaron los españoles. Segundo, que en esta lengua la vainilla se llama caxi xanat, flor recóndita. Ya verás por qué.

Como sucede a menudo con las princesas de leyenda, Xanat fue desde pequeñita muy hermosa. Tan hermosa, que sus padres decidieron que no podrían entregarla en matrimonio a ningún mortal. Así que la consagraron al servicio de la diosa Tonoacayohua, señora de la agricultura y la subsistencia. Las jóvenes a ella consagradas tenían que mantenerse solteras y castas de por vida.

Desde entonces, la princesa no tuvo mayor ocupación que llevarle flores y otras ofrendas a la diosa de la que dependía la vida misma de su pueblo.

Sólo que, para cumplir con sus deberes, Xanat tenía que recorrer los campos y bosques cercanos al templo de su señora. Y así sucedió que un día, cuando Xanat andaba cazando tortolitas para la diosa, un joven príncipe de nombre Zkatan-Oxga, que quiere decir Venadito, la vio y se quedó prendado de ella.

Zkatan-Oxga sabía muy bien que Xanat le estaba prohibida y que aun fijar sus ojos en ella podría costarle la cabeza. El voto de castidad de las muchachas consagradas a Tonoacayahua era rigurosísimo, y violarlo se castigaba nada menos que con el degüello.

Pero el deseo fue más poderoso que la prudencia. El mancebo empezó a ir con frecuencia a los parajes que recorría Xanat, para espiarla escondido entre los arbustos y malezas.

Una mañana ya no pudo contenerse. Salió de repente al encuentro de la princesa, le confesó su amor y, tomándola del brazo, la llevó hacia las profundidades de la selva. Xanat, debo decirlo, lo siguió de buen grado, quizá impresionada por la osadía y vehemencia del príncipe.

No se habían internado mucho en lo espeso de la selva cuando apareció ante ellos un monstruo terrible que, vomitando fuego, los obligó a desandar sus pasos. Los dos enamorados pronto estuvieron de vuelta en las inmediaciones del templo de Tonoacayohua, donde ya los esperaban cuchillo en mano los sacerdotes de la diosa, que ni tardos ni perezosos los degollaron y les arrancaron el corazón.

Los corazones todavía palpitantes de Xanat y Zkatan-Oxga fueron ofrendados a la deidad ofendida. Sus cuerpos sin vida, arrojados a un profundo barranco.

Al poco tiempo, en el sitio donde los dos jóvenes fueron degollados y su sangre corrió por el suelo, las hierbas se marchitaron y se formó un claro. Meses después, brotó ahí un arbusto vigoroso que creció con rapidez y se cubrió de tupido follaje. Y luego, a su lado, creció un bejuco delgado, de intenso color verde, que se abrazó a él y trepó por sus ramas. Para la primavera, el esbelto bejuco dio unas flores delicadas, de color amarillo verdoso pálido.

Las flores, como la tierna Xanat, no vivieron mucho; apenas unas horas, como el trágico idilio de los dos jóvenes príncipes. Pero fructificaron en unas vainitas delgadas que, una vez maduras, dieron a los aires un fino perfume.

El mismo perfume que siglos después llenaría mi casa cada vez que mi madre abría su frasquito de negra esencia de vainilla.



2

El bejuco multiplicado



La planta que da la vainilla es una orquídea tropical que crece sujetándose a los árboles. A las plantas que crecen de este modo las llamamos epifitas.

Hay muchas especies de plantas epifitas. La próxima vez que vayas de paseo a un bosque o a un parque, búscalas en los troncos y las ramas de los árboles.

A veces son meros helechos y musgos que forman jardines en miniatura sobre las ramas altas, donde pueden recibir la luz solar que difícilmente llega al suelo del bosque.

A veces sus raíces o su follaje cuelgan por los lados de las ramas como la crin de un caballo salvaje, o escurren junto al tronco como una barba.

A veces son plantas trepadoras, guías que serpentean en pos de la luz solar validas de sus raíces aéreas para asirse firmemente a la corteza de su socio más robusto. Llegan a tejer con las ramas de los árboles redes apretadas por las que a duras penas se cuelan delgados rayitos de sol.

A veces, triste es decirlo, el abrazo de la epifita es tan vigoroso y envolvente que termina por ahogar al generoso amigo que le prestó su apoyo. No por nada a una de estas plantas, que crece en las selvas de Asia, se la conoce como la estranguladora.

Por donde yo vivo, hay un parque en el que muchos de sus árboles crecieron medio torcidos, no sé por qué. En el verano, cuando más llueve, toda clase de epifitas se apretujan sobre los troncos inclinados, como abriéndose paso a codazos para conseguir los mejores lugares y sujetándose unas de otras para no resbalar por la mojada orilla. Algunas parecen a punto de precipitarse al vacío, y penden apenas de sus raíces.

¡Ah —pienso al verlas—, los jardines colgantes de Orizaba!

Las plantas epifitas no son parásitas. Aunque muchas de ellas toman algo de agua y minerales de la superficie de las plantas que las sostienen, las epifitas fabrican sus propios alimentos. Para eso buscan la luz solar.

Todas las plantas utilizan la luz solar como fuente de energía en un proceso que llamamos fotosíntesis, a partir del cual construyen su propio cuerpo, desde las raíces hasta la más pequeña de sus hojas.

En la fotosíntesis, las plantas usan

energía solar, que captan mediante pigmentos como la clorofila;

agua, que absorben del suelo, de las superficies húmedas y aun del aire;

y dióxido de carbono, gas que toman del aire a través de unos pequeñísimos orificios llamados estomas.

Con esos tres ingredientes, las plantas fabrican azúcares.

Con los azúcares y cierto número de minerales que obtienen del suelo, como nitrógeno, potasio y fósforo, las plantas elaboran una infinidad de compuestos orgánicos, como celulosa, almidones, grasas y proteínas, con los cuales construyen sus propios tejidos.

La fotosíntesis es una tarea literalmente vital. Toda la vida en nuestro planeta depende de ella. Fuera de unas cuantas bacterias y algas, las plantas son los únicos organismos vivos de la Tierra capaces de fabricar por sí mismos sus propios constituyentes orgánicos a partir de material inorgánico.

Los organismos animales no podemos hacer lo mismo. Tampoco los hongos o la aplastante mayoría de las bacterias. Todos dependemos directa o indirectamente de las plantas para alimentarnos.

No es que las plantas sean autosuficientes.

En el gran ciclo de la naturaleza, tal como lo encontramos hoy en día después de una larga evolución, las plantas necesitan de los hongos y bacterias para sobrevivir. Son éstos los que descomponen la materia orgánica y liberan los minerales que las plantas necesitan. Hasta hay unas bacterias que viven en las raíces de plantas como el frijol y el garbanzo y se ocupan de fijar nitrógeno del aire, para bien de las plantas que les prestan alojamiento.

Cosa más importante aún, la gran mayoría de las plantas se asocian íntimamente con hongos que colonizan sus raíces y se encargan de gobernar el ciclo de los minerales en el suelo y hasta de regular la humedad del mismo. El propio cuerpo del hongo, en forma de una multitud de larguísimos y delgados filamentos, se convierte en una prolongación de las raíces y absorbe agua y minerales para la planta, de la cual obtiene en pago los hidratos de carbono que él necesita para vivir.

A esta sociedad de raíces y hongos benéficos se la conoce como micorriza (palabra que los científicos formaron a partir de dos términos griegos, mikes y rhiza, que quieren decir, precisamente, hongo y raíz). Muchos expertos piensan que, sin trabar alianza con los hongos para formar micorrizas, las plantas nunca hubieran podido propagarse por toda la Tierra.

Pero las plantas son como las pilas de la vida en el planeta. Se cargan todos los días de energía solar para luego repartirla, principalmente en forma de alimentos, por todo el ecosistema terrestre.

Sea que las consumamos directamente, sea que comamos la carne de un animal que se haya alimentado de ellas o de otros animales, las plantas siempre estarán al comienzo de esa intrincada red que une a unos organismos con otros por el estómago y a la cual llamamos cadena alimentaria. (Lo del estómago es sólo un decir. La mayor parte de los organismos vivos —plantas, hongos, bacterias, etc— no poseen estómago. Pero ciertamente todos tienen alguna manera de nutrirse.)

Las plantas no sólo nos dan alimentos.

Desde que empezaron a invadir la tierra las plantas también empezaron, como resultado de su actividad fotosintética, a oxigenar la atmósfera, y hoy día nos siguen dando el oxígeno que respiramos. Por cada molécula de azúcar que fabrican, liberan seis moléculas de oxígeno.

Parte de la energía solar que absorben se queda almacenada en sus tejidos y nos la entregan cuando quemamos leña o carbón vegetal. Y, si es verdad que el petróleo se origina en restos de organismos que vivieron hace millones de años, entonces la energía que mueve nuestras fábricas y automóviles es energía del Sol que absorbieron las plantas de aquellos tiempos remotos.

Las plantas nos dan también maderas, aceites y fibras como el algodón, el lino o el henequén, productos con los que hacemos botes y muebles, cocinamos, fabricamos telas y sogas.

Nos dan sustancias medicinales.

Y nos dan, asimismo, sustancias como los colorantes y las fragancias de sus flores, semillas y frutos.

Sustancias como la vainilla.

La vainilla se obtiene de tres especies de orquídeas epifitas. La mayor parte la produce la orquídea originaria de México a la que los científicos conocen como Vanilla planifolia y que antes denominaban Vanilla fragrans.

(Por cierto, estos nombres están en latín. ¿Te imaginas por qué? Luego te digo.)

La familia de las orquídeas es una de las más numerosas del reino vegetal. Y de las más de 30,000 especies de orquídeas que hay en el globo, una buena parte son epifitas.


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