Consentimiento Mutuo.
Por:
Emanuel Villanueva
SMASHWORDS EDITION
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PUBLISHED BY:
Emanuel Villanueva on Smashwords
Consentimiento Mutuo.
Copyright © 2010 by Emanuel Villanueva
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Primera parte – La última cena
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A: Omar Elías Hernández, fanático número uno de esta historia.
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Un domingo como cualquier otro estaba sentado a la mesa con mi familia y prometida al rededor de la una de la tarde acabando el último bocado del almuerzo. Mientras mis padres hablaban entre sí, la idea de escribir este cuento vino a mi mente en un instante. Sin pensarlo me puse en pies, agarré un bolígrafo y arranqué una hoja de papel toalla y apunté lo siguiente, dos padres cenando el día de acción de gracias frente a sus dos hijos; tendrán que enfrentar un problema poco usual que les llevara a tomar una terminante decisión. Así, con la idea central de la trama en manos, apunté más tarde estas en mi libro de ideas y reposaron allí unas semanas. Tiempo después surgió un proyecto y llegué a necesitar una idea para un cortometraje que me asignaron en la universidad. Claro, lo importante eran solo los tiros de cámara, y ya que la historia en el momento era la más corta y apropiada en manos, me senté y lo logré transferir al papel, lo que originalmente era un cuento, pasó a ser un pequeño libreto que apenas llegó a durar unos cinco minutos y que casi nadie entendió. Aquí les transmito la historia completa, un cuento corto pero no por esto menos relevante; mas adelante intentare poner a disponibilidad el cortometraje en mi página de Internet estén pendientes aquí: http://writing-at.6te.net Puedes enviarme tus comentarios a: mvn7705@yahoo.com O puedes ver los escritos publicados a la fecha en: http://www.smashwords.com/profile/view/DMRE También puedes seguirme si deseas en Twitter: http://twitter.com/mvn7705 y en Facebook: Escribiendo Ahora; que disfruten esta historia y mientras póngase cómodos y tengan un rato placentero de lectura en su lugar preferido o donde se encuentren.
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Primera parte
La noche estaba ya pronta a caer y un viento salado proveniente de la costa traía una llovizna que anunciaba una fuerte ventisca. Amanda, una dulce cuarentona estaba en el interior de su casa terminando los preparativos para la cena de acción de gracias; mientras que su esposo Alejandro reclinado en el cómodo sofá de la sala escuchaba la Eroica1 y leía la sección deportiva del diario. Ambos estaban afanados en sus menesteres y quehaceres cotidianos, ajenos en cierto modo a lo que dentro de poco les acontecería y afectaría sus vidas cambiando su perspectiva por el resto de sus días acerca de lo que es amar.
Entre trastos y entremeses estaba sepultada la amorosa, religiosa y siempre activa Amanda. Aunque a veces era algo olvidadiza, hasta ahora llevaba casi con éxito una prometedora cena. Verificando los últimos detalles, entre-abrió el horno para ver el estado del difunto señor pavo como le decía ella y lo volvió a cerrar con una sonrisa en los labios.
–¡Apresúrate, que David llamo que ya está de camino con la nena! –Dijo Amanda a su esposo alzando la voz un poco pero no demasiado para no alterarle la paz, solo lo suficiente para que su amado tuviera su atención y pudiera escucharla.
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1 Eroica = Tercera sinfonía de Ludwig van Beethoven.
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Esperó detrás del mostrador de la cocina unos segundos mirando de reojo a Alejandro, para ver si tan solo movía un músculo. El viejo, parecía que estaba en trance o algo por el estilo, porque estuvo inmóvil ahí sentado sosteniendo el diario en el aire a varios centímetros de sus regazo. Tal vez no me escuchó por la música, pensó ella e intento llamarle la atención otra vez sin llegar a irritarle, claro eso era lo menos que deseaba, pues para ella era muy importante esa noche y no dejaría que nada la arruinara; aparte de que ella conocía muy bien a su esposo y sabía que a él no le gustaban las interrupciones en el periodo de su lectura obligatoria.
–¿Me estás oyendo Alejandro? Acaba y pon los candelabros que ya no tardan en llegar. –Concluyó con voz sosa y regresó la atención a una pequeña olla que contenía, una salsa roja especial preparada por ella para la pasta que comerían en el transcurso de la velada.
En efecto ya David y Abigail «Los hijos de Alejandro y Amanda» habían salido de la universidad y recorrido casi la mitad del largo camino para reunirse con sus padres, en lo que sería una noche inolvidable en todo el sentido de la palabra.
–¡Si te oí!¡Ya voy! –Dijo Alejandro medio molesto azotando el diario sobre sus piernas. Luego de cerrarlo de mala gana, lo tiró sobre la mesa de cristal que estaba frente a él junto a un hermoso arreglo de orquídeas blancas que adornaban el centro de la mesa. Amanda se hizo la loca, como que no escucho el refunfuñar de su marido, cambió la mirada a otra parte y continuó en sus preparativos.
David, en su auto a toda velocidad, entró a la urbanización donde residen sus padres, mientras escuchaba un disco compacto de música electrónica, esa misma que tanto le desagradaba a su padre porque decía que no era música si no un sonido infernal producido por cacharros. Abigail aguardaba en silencio, alegre y cabeceando también al ritmo de la alocada música. Aunque ella y David eran muy unidos, ella nunca estuvo de acuerdo con el trato que su hermano y su padre tenían entre sí. Aunque Alejandro nunca había sido una persona mala, era un hombre duro e imponente que se daba a respetar. Tal vez por esto su relación no era tan llevadera, pues David era como un reflejo de la propia personalidad de Alejandro; como dicen por ahí, harina del mismo costal «o mejor dicho, dos jueyes machos conviviendo en una misma cueva».
Alejandro acomodaba ya los candelabros que extrajo de la gaveta en la que ellos guardaban por costumbre ese tipo de accesorios, velas, cerillos etc. Ya enfrente de la casa, David accionó el freno de emergencias y detuvo el automóvil con un movimiento brusco pero certero sin atropellar el buzón con cara de gallo que tanto le desagradaba.
–Creo que llegaron muy pronto, escuché un ruido afuera y aun le falta a la cena. –Dijo Amanda muy preocupada pues sus queridos invitados habían llegado antes de lo previsto y como es evidente, los preparativos aun no estaban listos en su totalidad. Alejandro continuó acomodando las cosas en la mesa, mientras que David y Abigail se bajaron del auto y subiendo por las angostas escalinatas rodeadas de arbustos que conducían a la entrada principal de la residencia. David alzo la mano para tocar a la puerta ya que nunca le gustó tocar el timbre porque decía que era cosa de mujeres, que los hombres de verdad siempre tocaban a la puerta con el puño.
En el justo momento en que Alejandro encendía las largas velas entrelazadas azul y blancas que había colocado sobre los candelabros, David dio cinco firmes golpetazos en la puerta que lograron llamar su atención. En ese instante guardó en el bolsillo de su pantalón la caja de cerillos, caminó hasta la entrada principal y se acomodó el poco pelo que le restaba en la parte superior de la cabeza, también arregló sé el cuello de la impecable camisa y abrió sin más preámbulos. David y Abigail hablaban entre sí con una expresión de disgusto, David asentía a lo que su hermana le decía y ambos guardaron silencio al ver a su padre frente a ellos. Entonces Abigail dio unos pasos adelante y lo saludo con un beso en la mejilla.
–Bendición. –Dijo Abigail y entró, mientras que David parado sobre la grisácea alfombra que llevaba impresa la frase, Bienvenidos a este hogar, quedó inerte mirando a su padre mientras le enclavaba los ojos en su amplia frente.
–Que tal viejo. –Dijo David y le pasó por el lado como si nada. Alejandro quedó de espalda a ellos mirando hacia afuera encolerizado; su semblante había cambiado de inmediato a un tono rojizo, como el de la salsa que calentaba su esposa, aunque desapareció unos segundos después de que se tomó un largo y profundo respiro.
–Legaron los muchachos. –Dijo Alejandro, ya tranquilo y serrando la puerta se volteó hacia ellos.
–Te dije que eran ellos. –Dijo Amanda y dejó lo que estaba haciendo, dio la vuelta rodeando el mostrador y saludó a su querida Abigail con un abraso, luego le apretó la quijada a su hijo y le dijo con vos dulce–.–Hola querido.
–Hola ma. –Contestó David, algo incomodo. Claro en su hombría no habían espacios para cursilerías, miró a su hermana quien sonreía con disimulo viendo su cara de vergüenza. David continúo mirándola con seriedad y asintió queriendo decirle con los ojos que luego se las arreglaría con ella.
–Tomen asiento que ya casi todo está listo. –Dijo Amanda, entonces David y Abigail dispusieron a sentarse; rodearon la mesa por el mismo lado y tomaron asiento uno al lado del otro en un costado de la mesa. Alejandro aguardó unos segundos más antes de sentarse, ya que él no se sentaría a la mesa a menos que su esposa ya estuviera ahí o con la condición de que ella le pidiera que se adelantase.
–¿Hay algo mas en que pueda ayudar? –Le preguntó Alejandro a Amanda, girando el cuello sin darle la espalda a sus hijos.
–No, solo le falta de cocer un poco al señor pavo, anda y siéntate. –Dijo
Amanda conociendo que lo que buscaba más bien su esposo era un tipo de permisividad para sentarse y así poder charlar con sus hijos; bueno en realidad mas con Abigail pues él y David como ya se habrán dado de cuenta nunca han sido muy habladores entre sí.
La sala comedor estaba lista para la ocasión. La luz tenue era perfecta, para no sobre exponer a los invitados y junto a la decoración no faltaron las velas en vasos cristalinos que adornaban un corto pedazo de madera tallado a mano que estaba adherido a la pared, en la que colgaba la foto familiar. De izquierda a derecha, Alejandro de pies y su mano derecha descansaba con ternura sobre el hombro de su amada esposa; Amanda estaba sentada al lado de Alejandro en una hermosa silla victoriana y detrás de ella estaba David erguido de manos cruzadas, mientras que Abigail estaba en la extrema derecha, recostada del hombro de su hermano y posando su delicada mano, sobre el burdo antebrazo de él, mientras que ella miraba de ojos bien abiertos con una hermosa sonrisa en la espera del inmortalizador flachaso. La escena pintaba una familia feliz, con excepción de David que contrario a los otros rostros felices, permanecía serio y hundido en sus profundas ojeras de desvelo.
–Digan algo. ¿Cómo les fue en la universidad? –Preguntó Alejandro mirando a ambos mientras Amanda continuaba entretenida en su cocina. David bajó la mirada y puso sobre la mesa su atención, intentando rehuir de la conversación, pues en su semblante se reflejaba de manera obvia una profunda molestia que quería y saldría a flote muy pronto.
–Excepto por un compañero que intentó de propasarse conmigo, la pasamos bien.–Dijo Abigail aun manteniendo una sonrisa en los labios.
–¿Hicieron algo al respecto? Eso es hostigamiento, porque no lo denuncian.–Replicó Alejandro denotando inquietud y euforia al mismo tiempo, pero sin llegar a perder la compostura.
–No creo que sea necesario llegar a ese extremo. Además dudo mucho que intente molestarme otra vez, David lo puso en su sitio. –Dijo Abigail mirando risueña a su hermano.
Alejandro dejó correr su imaginación por un instante. Para cuando tenía la edad de su hijo y haciendo la salvedad, de que no era un creyente en la fe cristiana para ese entonces, pensó en varias probabilidades: Número uno, darle un pescozón que le hubiera tumbado la mitad de los dientes de una vez o número dos, otra solución que justificarían las moscas provenientes de la cajuela de su auto; sin excluir la posibilidad de una pequeña gotera rojiza continua proveniente de las hendiduras bajas del fuselaje de la misma «por donde está la llanta de repuesto».
–¿Cómo dijiste que se llamaba el fulano ese? –Preguntó Alejandro para tener material adicional con que seguir maquinando.
–Ya no le des mas vuelta al asunto, –Le dijo Abigail a su padre encogiendo los hombros–.–además no me acuerdo ni de como se llama, tu sabes que soy mala para los nombres.
Alejandro asintió y decidió no hablar más del tema con su hija, pues aunque sonreía presentía que estaba incomoda, lo cierto es que él estaba menos a gusto. Entonces miró a su hijo y notó que el también estaba molesto por algo, tal vez por la misma conversación que traía con su hermana. Entonces para romper el hielo y ver si podía averiguar que les sucedía decidió dirigir-le la palabra.
–¿Y a ti que te sucede? ¿Por lo que pasó es que tienes la cara montá?
–Eso de cuando acá te importa. –Contesto David desafiante.
Abigail miró sorprendida a su hermano y le dio un codazo para que no le hablara así a su padre. En cambio David le devolvió una mirada despectiva y no comentó nada más hasta un rato, en que los ánimos estuvieran más tranquilos. Como erase de esperar, Alejandro no se quedaría callado ahí sentado donde estaba, así que irguió la columna e impuso su voz no llegando a un extremo en el que pudiera alarmar a su esposa.
–Ten más respeto cuando hables, –Dijo Alejandro mirando fijo y serio a David–.–Estas hablando con tu padre, no con cualquier persona de la calle.–Concluyó pero fue inevitable que Amanda sintiera la tensión y se inmiscuyera en la conversación como tenía por costumbre ocasionalmente.
–¿De qué hablan si se puede saber? –Preguntó curiosa Amanda. Alejandro tomó un breve suspiro para contestar aunque no sabía en realidad que decir; pero Abigail se le adelanto para arreglar el asunto.
–De nada importante, –Encogió los hombros de nuevo e inclinó un poco la cabeza a un lado–.–Nos preguntábamos cuanto le falta a la cena; –Y poniendo su mano sobre su vientre y frunció un poco los ojos–.–tenemos mucha hambre...
–Ya falta poco, no se impacienten. –Dijo Amanda.
Regresando a su mundo, Amanda introdujo el utensilio que sostenía en su mano dentro del interior de una olla y meneando los fideos que habían en su interior les añadió aceite de oliva para que no se adhirieran unos a otros. Divagó unos instantes en una tranquilidad que no duraría mucho, pensando que todo estaba bien entre su esposo e hijos ya que la contestación que le ofreció su hija, no le dio pie a preocuparse. Entonces cuando cayó en sí, abrió los ojos de repente y pensó en voz alta –¡Ay el pavo! Apresurada soltó lo que estaba haciendo y se inclinó con cuidado, no fuera que se le volviera trancar la espalda como en otras ocasiones y tuvieran que correr con ella para el quiropráctico familiar, abrió la puerta del horno dejando salir una humarada infernal producto del carbonizado señor pavo. Amanda se incorporó y miró con vergüenza a su esposo e hijos con un taco en la garganta, buscando la forma en que les diría lo sucedido.
–El plato principal, acaba de quemarse. –Dijo con pena y remordimiento–.–¿A ustedes no les dio el olor?–Preguntó para incriminarlos, pero con mucha astucia Abigail y David negaron haber percibido el olor a quemado que inundó la sala. Sin embargo Alejandro si se percató del aroma pero decidió permanecer callado, al igual que a él no le gustaban las interrupciones en su lectura; a ella tampoco le gustaban estas, mientras estaba en su cosmos «La cocina».
Dejando atrás las lamentaciones, Amanda decidió poner lo que ya estaba listo sobre la mesa y concluyendo con unos recipientes que contenían una ensalada verde, argumentó para ver si sus invitados estaban a gusto con lo que restaba de la cena.
–Bueno, –Suspiró y aplicó un aderezo blancuzco sobre la legumbre–.–vamos a tener que comer ensalada y pasta, o podemos ordenar algo si gustan. –Concluyó, se secó las manos del delantal y quitándose lo lo colgó sobre una de las banquetas del mostrador que dividía la cocina del comedor.
–No te preocupes por eso ahora. –Dijo Abigail haciendo un corto ademán con su mano–.–Siéntate, les queremos decir algo.
Un silencio de ultratumba inundó el comedor, se arremolinó sobre ellos como una serpiente invisible y fue roto al mismo tiempo por un pequeño chineo proveniente del abanico de techo y del estruendoso tic tac del antiguo péndulo que resonaba en la apolillada caja del reloj que se mantenía erguida aun desde la segunda guerra mundial. Aunque era muy probable que no costara un centavo ese vejestorio, era de mucho valor para Alejandro pues su veterano padre se lo había obsequiado antes de morir. Alejandro y Amanda entrecruzaron sus nerviosas miradas que les condujeron al paredón de la ansiedad y lo inevitable.
–¿Sucede algo? –Preguntó Amanda y se sentó–.–Nos están poniendo nerviosos.
Abigail miró a David, agachó la cabeza y frunció la frente haciéndole una insistente seña para que les dijera a sus padres la noticia que venían discutiendo en el camino y que había quedado inconclusa en el instante que Alejandro abrió la puerta al momento en que llegaron, no dejando le momento más oportuno que ese instante para hacerles saber lo que se traían entre manos.
–Se acuerdan que hace tiempo les había contado que estaba saliendo con una muchacha. –Comentó David después de haberlo pensado un rato.
–Claro. –Dijo Alejandro mirando al mismo tiempo a su esposa la que estaba asintiendo junto con él, mientras que David tomaba un profundo suspiro y se decidía por fin a soltarlo todo de una vez.
–Nos queremos casar. –Concluyó David con la mirada fija en sus padres y con determinación.
Amanda se sintió aliviada pues esperaba alguna noticia que no fuera de su agrado. Sin embargo recibió una de las noticias que más anhelaba escuchar una madre. La misma que hizo brotar una sonrisa pasajera que iluminó el rostro de Amanda y con disimulo también el de Alejandro por un instante.
–Te felicito, es la mejor noticia que he oído desde hace mucho tiempo. –Dijo Amanda con alegría.
–¿Oye por qué no la has traído a la casa para que nos la presentes? –Preguntó Alejandro, ajeno a lo que sucedía.
–Ya, yo la traje. –Afirmó David serio e inmóvil.
–Qué raro, yo no recuerdo haberte visto traer a alguien recientemente.–Comentó Amanda dudosa después de haber escarbado en su memoria unos instantes.
–La traje hoy... –Dijo David, mientras su hermana saludaba con timidez a sus padres con un movimiento ligero de dedos proveniente de su mano derecha.
Ambos padres quedaron en silencio unos instantes. Amanda en especial permaneció atónita y boquiabierta sin mover un solo músculo. Claro el silencio no duraría mucho; más o menos el lapso de tiempo en que le tomaba a la sangre en subirle a la calva de Alejandro y lograra encolerizarse, dando así muerte al irritante zumbido producto del silencio. Abrigado en la esperanza de que fuera tan solo una broma de mal gusto, Alejandro tragó gordo y dudando de la información antes otorgada musitó clavando sus ojos enardecidos en su hijo.
–¿Están bromeando verdad? –Preguntó Alejandro tratando de no perder la chaveta; aunque era algo casi imposible, pues aunque la carrocería de ese prehistórico hombre estaba ya bastante oxidada, por lo regular encendía con solo medio maniguetaso.
Como si fuese poco y para echarle más leña al fuego, Abigail posó su mano sobre la de su hermano sobre la mesa para acariciarla. Así fue que derramó la última gota que desbordaría la azotea de su padre. Sonrío ella de manera descarada y libertina aunque le temblaba la voz; confirmando le a su progenitor él más temible hecho que había abordado su existencia. El mismo que implicaba muchas más cosas que su unión, esto era algo más profundo que eso. Casi así como restregarle en la cara que el tiempo que pasaron siendo educados y enseñándoles principios fuese en vano. Más aun, esto era un mensaje de rebeldía rampante y desprecio que gritaba a boca abierta que ya no les necesitaban más. Anunciándoles así que eran unos viejos decrépitos cosa del pasado y que encima, deseaban su aprobación para hacer su voluntad y salirse con las suyas. La misma que quería atropellar todos los principios adquiridos y aprendidos por sus antepasados y su fe. A todas estas parece que un ligero letargo retardó la reacción de Alejandro, que permaneció callado un momento rechinando los molares y frunciendo el semblante, algo parecido a los toros cuando van a envestir.
–No lo tomen así, –Dijo Abigail tratando de calmar a sus padres, en especial a Alejandro pues Amanda continuaba muda «de milagro no se desmayó»–.–aunque sea una sola vez, traten de entendernos. Entre nosotros han pasado muchas cosas que han cambiado muchas de nuestras perspectivas respecto a la realidad de las cosas y con el tiempo nos fuimos dando de cuenta que el amor que sentíamos no era solo de hermanos –Miró a David a los ojos, sonrío y suspirando le devolvió la mirada a su padre–.–por eso decidimos, que nos queremos casar...
–¡Esto es inaceptable! –Entonces airado Alejandro se puso en pies, golpeó la mesa con fuerza tanto así que casi derribaba los candelabros–.–¿Cómo se atreven a faltar nos el respeto a nosotros y a ustedes mismos? –Añadió manoteando al aire–.–¡Ustedes no se pueden casar! –Alzó la voz y aunque estaba fuera de sus cabales, no rayó en un grito grosero–.–¡Eso está en contra de la moral y de nuestras creencias!
Segunda parte
A mi entender una reacción en cadena es cuando un evento o suceso desenlaza otro. En este caso que no fue la excepción, aunque Abigail y David entendieran que el amor que se tenían el uno por el otro era lo más importante, la decisión que habían tomado a los ojos de sus padres no fue la correcta. Al, Alejandro perder el control sobre sus hijos de una forma inesperada, intentó imponer respeto en sus hijos; una de las cosas que a David siempre le había reventado de su padre. Por consiguiente el próximo dominó a caer o mejor dicho a levantarse, era la misma viva imagen Alejandro enfurecido, pero reflejada en otro ser con muchos años menos.
–Mira, ya estoy harto de la misma mierda. –Dijo David y se puso en pies–.–¡Tu siempre estas tratando de controlar nuestras vidas!.. –Metió la mano dentro de su chaqueta y sacó una pistola.
Perturbado por la decisión de su padre, David contrapuso el arma haciéndole presión a su cien, «como si tratase de apurar o violentar sus pensamientos» forzándose a tomar una decisión rápida. Ya había llegado lo suficientemente lejos como para retractarse, así que entre su nerviosismo, apuntó el arma con definición al pecho de Alejandro.
–¡Hasta aquí va a llegar tu abuso! –Entonces cegado por sus pensamientos; David decidió quitarle la vida.
En un desesperante intento de tranquilizar a su hermano, Abigail se paró y con un movimiento suave apoyó su mano sobre el antebrazo en el que David sostenía el arma. Con su otra mano le acarició con ternura nerviosa la espalda y le pidió que bajara por favor la pistola con voz dulce e implorante. Alejandro, inmutable permaneció ahí, mirándolo desafiante y despreocupado pensando que no tendría las agallas para jalar del gatillo.
–¿Que vas a hacer con eso eh? –Dijo Alejandro alzando el rostro y seguro de sí.
Su madre, al fin salió de su letargo al ver en el lío en que estaban metidos y sollozando también suplicó extendiendo su brazo hacia su hijo, como queriendo atrapar las balas «si fuesen que salieran disparadas» de la Beretta nueve milímetros cromada. En el opaco color metálico del arma se reflejaban unos pequeños destellos color ámbar proveniente de las llamas incandescentes de las velas que terminaban reflejándose con ironía en los ojos de su víctima.
Si los pensamientos de David estaban ya confusos, ahora lo estaban mucho más. Su madre, gimoteando por un lado, su mari-novia hermana con una caricia traicionera a su voluntad y por el otro lado, Alejandro alentándolo a que le pegara un tiro. Al parecer el único que por esta vez, estaba de acuerdo con lo que él deseaba hacer era su padre; a quien no le importaba un pito cual fuese la decisión que tomara por primera vez. Lo cierto es, que la decisión que David iba a tomar unos segundos más adelante, lo llevaría a extrañar a sus padre y a su hermana por siempre.
–¿Es que tu no entiendes? –Enunció David alzándole la voz a su madre, mucho más perturbado que antes; mientras que el arma permanecía estática, apuntándole a su progenitor–.–Si no obtengo mi libre albedrío, soy solo una marioneta–Continuó él diciendo con amargura–.–y mientras él exista, jamás podré ser libre; lo siento Má...
Algo inusual sucedió en ese instante; dos lágrimas se desprendieron de los ojos de ese joven frío y despiadado. Estas surcaron sus mejillas hasta llegar a la pendiente de su quijada y quedaron colgadas ahí a punto de caer al vacío. En ese mismo instante sin más premeditación, David jaló la recámara del arma y la primera bala ansiosa de ser martillada, subió a su cama y permaneció allí acostada, esperando el fulminante impacto que la despediría a un nuevo destino.
–¡Por favor no lo hagas! –Suplicó con un último suspiro Abigail.
Clickik, fue el ruido que reprodujo la acción de halar el martillo y dejar lista el arma para su detonación. Amanda desconsolada emitió un grito, que desgarró el silencio en dos «como si desease detener el tiempo para evitar lo porvenir». Entonces en el instante que David presionó el gatillo, el estruendo que causó la explosión de la pólvora retumbó en las paredes de la sala y en sus oídos; la vibración dejó caer aquellas dos saladas lágrimas, que se precipitaron al olvido.
Por unos veinte segundos Alejandro quedo inmóvil, cegado por el fogonazo del cañón y confundido, pues nunca pensó que su «hijo» fuera capaz de hacer semejante cosa. Amanda estaba a la expectativa bebiéndose las lágrimas y observando a Alejandro. El tiempo continuó su marcha, el reloj de pared comenzó a marcar las once de la noche, pero David y Abigail permanecieron ahí, de pies e inmóviles. La bala chamuscada por el impacto de la detonación se detuvo en el aire cortando el viento a solo unos centímetros de Alejandro, incluso las lágrimas que se desprendieron de David nunca tocaron el frío suelo, se quedaron juntamente suspendidas en tiempo y el espacio como ellos dos. Alejandro y Amanda continuaban mirándose indecisos, pues tendrían que tomar al instante una decisión mucho más importante en comparación con la que ya habían tomado antes sus hijos. Excepto por David, Abigail, la bala y las lágrimas todo el resto continuó fluyendo con normalidad; el abanico de techo siguió girando con afán y las velas seguían consumiéndose con la lentitud necesaria como para desesperar a cualquiera.
Los pensamientos de Amanda y Alejandro se consumaron, en el caso de ella se precipitaron por la ventanas de sus ojos inundando su rostro y en el del aunque conmovido, se esforzó por no verter ni una sola lágrima; prefirió primero beber el trago amargo de la angustiante realidad antes que doblegar sus ojos. Pasado un rato el llanto de Amanda cesó y recobró las fuerzas necesarias para apoyar a su esposo.
–No puedo creer que lo haya hecho. –Dijo Alejandro tratando de ponerle fin a su dolor interno, el mismo que le consumía el cerebro, en un intento fallido de cambiar lo sucedido–.–Yo solo quise hacer lo correcto como padre. –Bajó el rostro entristecido con gran pesadumbre, esperando algunas palabras de consuelo de su esposa.
–Hiciste lo que debías. –Dijo Amanda, respiró hondo y puso su mano sobre el hombro de Alejandro intentando consolar le–.–Mira, el todo poderoso también todo lo sabe... –Tomó un segundo aire–.–Y si en su divina voluntad él decidió no darnos hijos, sabrá por qué quiso que fuera así.
–Tienes razón. –Dijo Alejandro haciendo un gigantesco esfuerzo de mantener su porte y la cordura–.–¿Que vamos a hacer con ellos? –Preguntó indeciso, aunque en el fondo ya sabía la respuesta a esa pregunta y entendía que tarde o temprano algo así o peor sucedería.
–De la misma forma en que los concebimos tendremos que dejarlos ir. –Contestó Amanda, presintiendo que sus vidas no serían más lo que fueron y que vendrían a ser mas como eran hace mucho tiempo atrás, cuando no querían comprender o en tender que el que los miraba desde allá arriba, sabía que era lo mejor para ellos como pareja; aunque en aquel entonces fuese difícil de aceptar–.–Creo que el vacío y la necesidad que teníamos en nuestros corazones de ser amados ya la suplieron. –Dijo con tristeza pero también con resignación–.–Por lo menos nos tenemos el uno al otro.–Concluyó ella, avanzó a su esposo y le abrazó.
Ambos sintieron que algo se desprendió de ellos, los hijos producto de una fértil imaginación contrario a sus sistemas reproductivos, quedaron atrás; algo así como borrón y cuenta nueva.
Lo que nunca se desperdició en ellos y que decidieron no dejar en el olvido fue esa maravillosa capacidad de amar; que aunque intentaron usarla en hijos ausentes, ahora utilizarían en todas esas personas cercanas a ellos, que también estaban faltos y necesitados de amor de una manera u otra. Por alguna razón inexplicable para ellos, ese ferviente sentimiento latía en sus corazones y no era para que lo compartieran solo entre sí.
–Tienes razón. –Comentó Alejandro asintiendo, a lo antes dicho por ella; mientras continuaban entrelazados de brazos–.–Creo que lo mejor es aceptar la realidad, de nada nos serviría seguir viviendo en una mentira, para hacernos sentir mejor. –Ya sus ánimos estaban estables y aunque un poco dolido, tomó un sorbo de aire concluyendo de una vez–.–Es mejor que olvidemos lo sucedido; qué opinas si nos vamos a descansar...–Amanda asintió afectuosa y le continuó abrasando, breves segundos.
Entonces al onceavo y último repicar de la campana emulado por el antiguo reloj de mierda, solos ya quedaban en la sala Amanda y Alejandro, fundidos en un sincero abraso. Luego de marcharse a su recámara, la habitación que antes había sido el escenario de una disputa familiar, quedó vacía. Sus hijos, desaparecieron para siempre quedando en el olvido como un vago sueño del que con dificultad puede uno recordar; incluso de la foto en la que nunca estuvieron y adornó la pared por mucho tiempo habían borrado su rastro no existente.
En definitiva y por segundo consentimiento de los viejos, aquellos dos jóvenes libertinos que minutos atrás fueron la esperanza de dos ancianos faltos de compañía y atención, pasaron a ser de lo mas añorado en un entonces, a un vago y distante pensamiento frustrado de un capricho no logrado en una vida que con el tiempo desaparecería por definitiva sin dejar rastro alguno como una cicatriz insignificante. Cierto fue que para Amanda y Alejandro no fue fácil afrontar su infecunda realidad, pero tampoco y mucho menos imposible. En este caso a ellos solo les bastó resignación, comprensión, sentir un amor recíproco y verdadero para poder realizar que vivir en una mentira ilusoria, no era la solución correcta ya que siempre era mucho mejor por difícil que fuera enfrentar la realidad y vivir dándole cara a la verdad.
De todas maneras, ¿Porque alguien querría auto engañarse? ¿Tal vez por un poco de auto aceptación? o ¿Por el simple anhelo de ser amado? Puede ser que ambas, u otros factores que me son ocultos ya que no puedo ver mas allá de la distancia y lo aparente que por demás solo conoce la persona que está enfrascada en el asunto en cuestión, como en esta ocasión que aunque fue solo por un breve atisbo, pudimos conocer con brevedad a los involucrados. En conclusión y en opinión propia, no creo que exista alguien sobre la faz de este planeta que elija el auto engaño como una opción viable para justificar alguna conducta desenfrenada, irracional o que justifique el hacer lo malo. ¿O acaso sí?..
Fin.
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Emanuel Villanueva Nevarez, nací en Toa Baja Puerto Rico me dedico más que nada a producir temas variados en libretos y otros medios. Puedes enviarme tus comentarios a: mvn7705@yahoo.com Mi página de Internet principal es: http://writing-at.6te.net Y puedes ver los escritos publicados a la fecha en: http://www.smashwords.com/profile/view/DMRE También puedes seguirme si deseas en Twitter: http://twitter.com/mvn7705 Facebook: Escribiendo Ahora.