Special Smashwords Edition
EL ASESINATO DE UNA ESPERANZA
(Una historia de Thomas Briggs)
STEVEN H. JACKSON

Este libro es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares y acontecimientos son producto de la imaginación del autor o están usados de manera ficticia. Cualquier parecido con personas, acontecimientos o escenarios reales es pura coincidencia.
EL ASESINATO DE UNA ESPERANZA
Special Smashwords Edition
Copyright 2009 de Steven H. Jackson. Todos los derechos reservados, incluyendo el derecho a reproducir este libro en forma total o parcial. Ninguna parte del texto puede ser reproducida, transmitida, descargada, descompilada, almacenada o introducida en cualquier tipo de sistema de almacenamiento de información o de recuperación de datos, en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea de manera electrónica o mecánica, sin el explícito permiso escrito del autor. Escanear el libro, subirlo y distribuirlo por internet o por cualquier otro medio es ilegal y penado por la ley. Por favor compre sólo ediciones electrónicas autorizadas y no forme parte de la piratería electrónica del material con copyright.
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Traducido por Graciela Prieto
Editado por Sophia S. Michas y Dr. Fred Tarpley
Marketing y distribución Yorkshire Publishing
Publicado por Telemachus Press, LLC
Visite nuestra página web http://www.telemachuspress.com
ISBN: 978-1-935670-35-3
eBook published and distributed by http://www.smashwords.com
Agradecimientos
Un agradecimiento muy especial a Graciela Prieto por el excepcional trabajo y
la energía puesta en la traducción de "Death of a Cure."
EN MEMORIA DE MI HERMANO
Timothy Douglas Jackson
16 de septiembre de 1959 -11 de enero de 2007
“Un desafortunado efecto secundario de la esperanza es la decepción”
Anónimo
PRÓLOGO
Los conocemos como humanitarios. Estamos seguros de que lo son. Estamos convencidos; su vocación es indudable. Han renunciado al éxito en la industria y en el gobierno que estaba seguramente a su disposición. Este pequeño sacrificio es por nosotros, pero más importante aun, por todos los que amamos. Son servidores de un bien mayor. A cambio, les confiamos nuestro tiempo, nuestro talento y nuestro dinero…todo lo que podamos darles. Llegan a los corazones de nuestros niños, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo. Todos ellos buscan patrocinantes, quienes contribuyen con, aún más, dinero. Esperamos que nos guíen en el sufrimiento- la abrumadora devastación emocional que nos paraliza a medida que nuestras vidas se descarrilan, cuando alguien que amamos es abatido por una enfermedad cruel y devastadora. Los llevamos a un nivel superior. Son los mejores. Necesitamos que así sean. Son los guardianes de nuestra esperanza.
Pero ¿es nuestro sueño de una cura realmente su misión? ¿Hemos sido engañados? ¿Podría ser una cruel duplicidad, un engaño personal, espectacular en su audacia, aunque para ellos, no sea más que un maléfico medio de llegar a un fin egoísta? Una falsedad perpetrada contra la confianza, haciéndose cómplice de puestos de poder; una esperanza que enceguece la verdad. ¿Son sus estilos de vida, su posición, el dinero, la verdadera motivación? ¿Han visto la enfermedad, nuestro enemigo, como su benefactor? ¿Cuán lejos llegarían para proteger al enemigo?
¿Matarían?
LA PREVENCIÓN DE UNA CURA
Unos momentos antes de su muerte, el doctor Ronald Briggs había estado parado detrás de su escritorio, solo, a punto de terminar su día. Alguien, que alguna vez había sido su amiga, ahora un enigma, entró a su oficina poco iluminada. El revólver semiautomático parecía amenazador a la luz de la lámpara del escritorio. Aunque la mano que sostenía el arma no era grande, la sujetaba firmemente. El revólver estaba firme y su objetivo, inquebrantable. Los dos se inmovilizaron cuando se vieron cara a cara.
-No estoy lista para una cura-. Fue una simple declaración. Briggs esperaba más, quería excusas, racionalizaciones, pero ninguna fue dada. La agenda personal había sustituido la de la organización, la misión. Un sospechoso hecho que ya no se ocultaba.
Briggs no se había sorprendido por la repentina aparición en su oficina, pero sí, un poco, por el arma. Respondió tranquilamente con una voz inusitadamente cansada y resignada.
-¿Cuánto hace que te dejaron de importar las personas que creen en nosotros? ¿Alguna vez te han importado?
Ignorando su pregunta, la intrusa le dio una orden.
-Dame la copia de seguridad que hiciste esta tarde. Sé que la tienes contigo.
Sin mirar, Briggs buscó lentamente en el bolsillo de su chaqueta del laboratorio y sacó un DVD apretujado dentro de un estuche plástico amarillo rayado. Contenía el nuevo material, información crucial que se convertiría en parte de la copia de seguridad de esta semana, la documentación de su reciente éxito en la búsqueda de la cura de la CID. Lo colocó en su escritorio, al lado de él. La luz de una enorme lámpara reflejó en un círculo, el revólver y el estuche amarillo. No hubo ningún movimiento espontáneo de la asesina para recuperarlo, para sacar del mundo el estuche que contenía el secreto de los trabajos internos de la CID y el proyecto para hacerlo ineficaz.
Con voz firme, le habló a Briggs nuevamente.
-No tiene que ser así.
Su adversario estaba parcialmente oculto, escondido en la sombra, se veía, a la luz directa de la lámpara, solamente una mano y el revólver que sostenía. Briggs no pudo ver una expresión. No pudo examinar su cara para encontrar alguna debilidad de la que pudiera aprovecharse. Ojalá Tommy estuviese aquí. No le preocupaba que su hermano compartiera su peligro, él también estaría en peligro. No, ni por un momento. Tommy sabría que hacer. Sus roles se invertirían, no habría riesgo ni peligro. El hermano menor se pararía delante de Briggs como lo había hecho en dos oportunidades anteriores. De alguna manera, adelantándose con una acción atemorizante y con cierta rapidez, terminaría con esto de una manera tan fácil como cuando Briggs se hacía el nudo de la corbata. Tommy expondría momentáneamente una parte de sí mismo, su verdadero ser, a su hermano mayor- una parte que Tommy se había esforzado mucho por mantener bajo control, fuera de vista, incluso de Ron. Especialmente de Ron.
En lugar de esa esperanzadora situación hipotética, Briggs se quedó sin saber qué decir, sus emociones seleccionando palabras simples en respuesta al desafío.
-¿Quieres decir que no vas a matarme?
-Tal vez no me dejes opción, pero depende de ti. Conozco tu secreto. El que nos escondes, todo este tiempo pensando que eres mucho más listo que todos.
En su voz oyó algo que no había oído antes. Las palabras no eran simplemente palabras sino que contenían cierto desprecio, maldad, odio que parecía extrañamente darle placer; tan diferente a una persona que no demuestra emoción. Por primera vez, Briggs tenía miedo. La maldad era la realidad: todo el resto era una fachada, un mecanismo para engañar tanto al ingenuo como al sofisticado.
No sé de qué hablas.- Briggs acusó destruyendo toda esperanza.
-Guárdalo para tus empleados y los pasantes de verano. El gran Dr. Briggs, tan perfecto, en todos los sentidos. Sé lo que realmente eres, no intentes hacerte el moralista conmigo. Sé lo de tu amiguita. Conozco tus planes de llevar los derechos de desarrollo a SynapTherapies. Estoy al tanto de tus acuerditos internos con CNEG.
Las palabras, la acusación, deberían haber sido dichas con cierta emoción, pero salieron con una voz monótona y calma. Habían sido ensayadas.
-La cura vale más que la reputación de cualquier persona.-respondió, con cierto desafío en su voz, casi olvidando que la pistola apuntaba a su corazón y que podría ser usada.
La impostora se le acercó, el arma proyectando una fuerza virtual lo hizo retroceder hasta la ventana abierta. El ruido familiar y generalmente reconfortante de la calle de la ciudad parecía más fuerte de lo habitual, el pavimento de alguna manera parecía más cerca.
-Supongo que estaba equivocada. Desenmascararte y llevarte a la ruina junto a tu nueva amiga, no seria suficiente. Puedo borrar la información pero no puedo borrar tu mente.
Las palabras fueron practicadas, pronunciadas sin emoción, una conclusión anticipada. Nada de lo que Briggs pudiera haber dicho, habría cambiado lo que estaba por suceder. Otros habían decidido su destino. Aún así, sus adversarios podrían posteriormente tener un falso consuelo de que se había hecho un esfuerzo para evitar su muerte. Pero en el final, no hubo opción. Ningún otro resultado hubiera sido aceptable.
Al retroceder, Briggs sintió el alféizar de la ventana –no quedaba otro lugar dónde ir. Cerró los ojos. Esperó el disparo que nunca se hizo. Su completa sorpresa a lo que venía después.
* * *
Caer veinticuatro pisos lleva sólo segundos. Sin embargo, en esos breves momentos, no experimentaba miedo aunque sabía su destino con rigurosa certeza. En cambio, una imagen ocupó rápidamente su mente, desplazando la indignación que había sido su constante compañera por más de un año. Era la de una paciente, una joven en Texas llamada Connie que tenía la CID, la enfermedad que había sido el trabajo de su vida, una pasión personal y profesional. La joven era memorable por su carácter, su coraje que había sido probado por el progreso doloroso y mortal de la CID. Luego, la presencia reconfortante de la joven, sobreviviendo sólo un momento, se desvaneció rápidamente.
Tan físicamente paralizante como era el momento, los últimos instantes de vida de Briggs eran de una triste aceptación. Se había dado cuenta de que su colega, a veces su mentora, era capaz de semejante traición. Su empleadora era una farsante institucionalizada que traicionaba la confianza del inocente.
Ignorar el engaño y la decepción que lo rodeaba a medida que se acercaba a la cura parecía ser lo correcto- el camino. La ruta que siempre había tomado, siguiendo sin excepción los mismos consejos que le había dado a Tommy cuando era más joven y cuando buscaba a su hermano mayor como guía.
-Solo haz lo correcto. Deja que el mundo haga el resto.-una regla simple.
Esta noche, el principio que regía su vida, sólo había logrado autorizar al enemigo a cometer atrocidades más grandes, que culminaron en este momento-su muerte. Algo más importante que su propia vida-la muerte de una esperanza.
* * *
El equipo de emergencia era competente y llegó rápidamente al lugar del hecho. Sin embargo, no había nada que hacer. Un cuerpo que cae más de 60 metros de altura alcanza casi la mitad de la velocidad de un paracaidista en velocidad terminal. El Dr. Ronald Briggs cayó boca arriba en la acera de concreto, a más de 90 kilómetros por hora. Con el rotundo impacto traumático en su cabeza, en su espalda, en todo su torso, la muerte fue instantánea. La vida real no es como la de los dibujos animados-los cuerpos no rebotan. El cuerpo desplomado del Dr. Ronald Briggs yacía inmóvil en la fría noche de Manhattan, como si el mal hubiera triunfado nuevamente.
VISITA
Anoche hubo una colisión, que involucró a un submarino de ataque nuclear, que estaba atravesando las Islas Spratly en el Mar del Sur de China. Estaba en una misión de espionaje; un intruso oculto, silencioso, sagaz, cuidadoso entre los sospechosos. El USS Hawaii, un novísimo submarino clase Virginia, estaba dañado pero seguía funcionando. El Hawaii no había colisionado con otro buque. La parte superior de un inexplorado monte submarino había detenido su marcha violentamente a las 3 a.m., lo que le provocó varios daños. Debido a su sensible ubicación, permanecía sumergido dirigiéndose despacio hacia un centro de reparación. La desventura bentónica del Hawaii no sólo había sido informada al Comandante de la Fuerza de submarinos de la Flota de los EE.UU. en el Pacífico sino también reportada en un canal inferior poco conocido para nuestro equipo, que no está encuadrado en ningún organigrama militar públicamente difundido. No tenemos una sigla elegante que identifique nuestra unidad de servicio compuesta por especialistas de todas las ramas militares.
Al menos, una de las heridas graves requirió una cirugía de emergencia más allá de la destreza puesta a bordo. La Marina me necesitaba, Teniente Coronel (Dr.) L.T.Briggs, CMEU (Cuerpo de Marines de los Estados Unidos), arrojado inmediatamente a bordo de manera inadvertida. La misión establecida del grupo, era una exitosa inserción encubierta que proporcionara apoyo médico, científico o de ingeniería. Mi objetivo personal era una extracción exitosa, encubierta o no.
Antes de la salida, cada uno de los tripulantes del Hawaii debía firmar un documento que les recordaba, de manera poco amistosa, los castigos que recibirían si compartían ciertos aspectos de su vida en la Marina. Castigos descriptos deliberadamente con palabras como “traición” y el favorito de todos: “condena a prisión obligatoria sin posibilidad de libertad bajo palabra”. La sensibilidad se debía a la presencia del Hawaii en las Islas Spratly. No era una visita aprobada por ninguno de los grupos beligerantes que reclamaban soberanía sobre el archipiélago y sus extraordinarios recursos, todavía no explotados en su mayor parte. Aprendí esto en mi reunión informativa-firmé los mismos papeles y como el resto de la tripulación, no obtuve ninguna copia.
Otro miembro de nuestro equipo, el mayor William Sánchez del Ejército de EEUU, que rotaba conmigo por Yokosuka en la Bahía de Tokio, me ayudó con el próximo paso de mi misión. La especialidad de Bill eran las armas de destrucción masiva. Se junto conmigo en nuestra oficina y me ayudó a reunir equipo que nuestro grupo había escondido en Yokosuka. Billy tomaba cuidadosamente nota de lo que había sido quitado del depósito y enviaría su lista por correo electrónico a nuestro equipo de reabastecimiento. Aunque esto no era más que otro ejemplo del poderoso monstruo del papeleo militar, era necesario debido a la naturaleza de nuestras misiones. Cuando llevamos equipo a una misión, casi nunca se devuelve y uno podría necesitar requisar el mismo material a la semana siguiente. Mi equipo de salto para esta misión era un arnés y una tela como si fuera un toldo estándar redondeado para volar a baja altura. Miré con tristeza la rampa de viento de parafoil del locker contiguo que era más elaborada.
-¿Sin parafoil?-preguntó Billy. Eran mucho más divertidos pero el salto no me mantendría lo suficientemente en el aire como para hacer una plataforma dirigible que valiera la pena. Sin mencionar el hecho de que no habría ningún punto de referencia al cual dirigirse.
-Quizás, la próxima vez.-respondí.
El equipo armado de buceo era bastante convencional, un equipo de circuito abierto que cualquier buceador habría reconocido. Al ser de alguna manera responsable por el dinero de los contribuyentes, me olvidaría del lujoso rebreather.
-¿Sin rebreather?- preguntó Billy con una gran mirada de dolor en su cara. No era necesario. Nadie vería mis burbujas en la oscuridad y no iba a necesitar el tiempo extra, bajo el agua, que me ofrecía ese juguete caro.
-Quizás la próxima vez.-respondí de nuevo, con poca convicción.
-No impresionarías a una chica de alterne de Kabukicho con esta basura-dijo de manera indignada; haciendo referencia al barrio rojo local y al hecho de que las herramientas elegidas no eran para nada futuristas.
-Tal vez pueda arreglármelas utilizando mi atractivo aspecto.-dije esperanzado.
-¡Es poco probable, infante de marina!-replicó Billy, con una sonrisa.
Nos llevó menos de veinte minutos reunir el equipo de salto y buceo. Los instrumentos quirúrgicos y las medicinas nos llevarían un poco más. Como médico militar, viajo con una colección bastante completa de herramientas de diagnóstico y suministros médicos. Para este viaje, con una cirugía abdominal anticipada, más cosas serían necesarias. Estaba probablemente llevando cuatro veces más instrumentos quirúrgicos y productos farmacéuticos de lo que serían necesarios, pero no tendría el lujo de enviar a buscar más después de abordar el submarino. Mejor pecar de prudente. Billy no fue de gran ayuda al reunir el equipo médico pero no dejaba de utilizar su sarcasmo a medida que anotaba las cosas que sacaba del escondite. De mi casillero personal, tomé un par de trajes de faena sin marcas, que pudieran identificar quién era o de qué país provenía, además de un pequeño bolso que contenía una máquina de afeitar, un cepillo de dientes y otras cosas similares.
En raras ocasiones, par la misión, contamos con Fuerzas Especiales, o con una presencia militar abrumadora, que nos escolta hasta el país enemigo. Dado que estamos típicamente sin apoyo operativo, todos en mi grupo toman la seguridad personal seriamente, y como todos mis pares, en mi vida pasada, yo era uno de los pistoleros. Hubo más de una ocasión, en la cual, si yo quería ser parte de la misión, tenía que convertirme en un miembro más del equipo y no sólo en el doctor como si fuera una gran carga. La mayoría de los de mi grupo han tenido experiencias similares. Debido a esta hipersensibilidad sobre mi seguridad personal, lo próximo a empacar era una Beretta modelo 96FS de-cocker ajustada calibre. 40 S&W que cargaba once rondas, diez en el cargador y una en la recámara. Billy agregó cuatro cargadores extras que cargaban diez rondas más cada uno. No tomé el arma del abastecimiento- ya tenía una conmigo. Además de la pistola, puse un par de sorpresas más. Unas sorpresas cortantes.
Billy asintió dando su aprobación, como si finalmente se hubieran tomado algunas buenas decisiones.
-Tampoco confío en los cabezas de burbujas-bromeó.-Todo ese tiempo en el mar podría hacer que tu flacucho trasero se parezca demasiado al de una sirena.
No me preocupaba demasiado cómo defenderme en el submarino, sino en completar mi misión, sin que ningún cabeza de burbujas se interpusiera. Por supuesto que si terminaba en un ambiente hostil, el arma que llevaba conmigo no sería suficiente, pero era razonablemente todo lo que podía ser empacado. Estaba seguro de que una vez a bordo del submarino todo lo que había llevado conmigo se convertiría en algo visible para todos y que un disparo sorprendería. Los submarinistas pueden ser un grupo demasiado sensible. Debe ser por las interminables semanas que pasan sin ver el sol. No iba a compartir con la tripulación el comentario de Billy sobre las sirenas.
Empacamos todo en uno de nuestros botes estándar color verde militar. Los botes eran cilíndricos, de alrededor de un metro cincuenta de largo y de treinta centímetros de diámetro. Una vez cerrados quedaban sellados y no dejarían pasar ni el agua del océano ni la arena del desierto. También tenían un extremo puntiagudo y podían penetrar la copa de los árboles como así también cualquier choza del tercer mundo-tuvimos un par de incidentes bochornosos que prueban eso. Sin darse cuenta, se podría empacar más de la cuenta, haciéndolos increíblemente pesados. Lo única que le faltaba era unas ruedas.
Vacié mis bolsillos, puse todo en mi casillero personal y saqué otro set de trajes de faena. Mi transporte llegó y el conductor me ayudó a llevar mi bote y la mochila que contenía mi equipo de buceo y salto a un pequeño camión. Billy miraba y hacía un gran esfuerzo para no entrometerse en mi camino. Su ayuda sólo se limitaba a tomar nota y al abuso verbal. En la descripción de su trabajo, no se mencionaba nada sobre levantar y transportar. Hicimos un corto trayecto hasta la línea aérea, donde subí a la aeronave de transporte Globemaster C17.
El jefe de carga miró mi bote sabiendo que él y mi conductor tendrían que cargarlo a mano. Me miró rápidamente con desagrado; yo sabía lo que seguía.
-¿Es ese su equipo?- me preguntó con cierta actitud. Convenientemente también olvidó decir “Señor” debido al hecho de que mi mono no tenía insignia de rango. Sabía que él estaba al tanto de que yo era un oficial, pero lo pasé por alto.
Lo miré con furia; la mejor defensa consiste en un buen ataque. –Sí, sólo la mochila y el tubo.
Era obvio que prefería un cargamento; hasta una carga de un tanque principal de combate M1 de 70 toneladas, con tal que pueda ser rodado hasta subirlo a bordo.
La idea de un equipaje con ruedas estaba ganando un adepto.
Me despedí de Billy y pronto el “nene” fue abrochado a su asiento; le dieron las instrucciones de seguridad al único pasajero (yo) y luego se realizó el despegue, todo con un poco de fanfarria. El vuelo de seis horas en un transporte ruidoso, me dio mucho tiempo para estar solo, con mis pensamientos.
* * *
Podría llegar a hacer esto 1000 veces y siempre experimentaría ansiedad antes del gran momento. Solo James Bond es James Bond. El resto de nosotros es, considerablemente, menos tranquilo.
Iba a entrar solo-casi siempre operábamos solos. Ésta sería la quinta vez que me lanzaba en paracaídas al océano y tocaba la puerta de un submarino, pero era solamente la segunda vez que lo hacía de noche. El factor noche le agregaba significativamente un grado de dificultad pero con eso no ganaría la compasión de mi jefe, el General Marlon F. X. Fitzhue, quien se autoproclamó protector del mundo entero.
Mentalmente, repetí lo que había aprendido de mis previas inmersiones bajo el agua. Hice un buen plan después de estudiar cuidadosamente el objetivo. Estaba bien entrenado y tenía un poco más que algo de experiencia en este tipo de ejercicio. Aun así, repasé cada detalle que podría afectar operacionalmente mi habilidad de abordar el submarino de manera segura. Todo eso me llevó menos de una hora y me dejó mucho tiempo sin saber qué hacer. En ese instante, lo peor que podía hacer era volver a analizar el trabajo. Enfocarme durante las próximas cinco horas en mi salto y mi inmersión, sólo me causaría una ansiedad innecesaria.
Mi hermano Ron apareció en mis pensamientos, como a menudo lo hace, cuando estoy por hacer algo que él consideraría peligroso. ¿Qué diría si me viese ahora? Intentaría esconder su preocupación detrás de una risa forzada y me haría saber, como innumerables veces lo había hecho antes, que su hermano menor no había realmente terminado su adolescencia. La emoción en su vida estaba limitada a la visión a través de un microscopio con una escaramuza tensa y ocasional en el salón de juntas. Me diría que la emoción en mi vida me podría llegar a matar. Le respondería que, algún día, sus colegas del salón de juntas lo matarían del aburrimiento. Se suponía que me llamaría anoche pero no tenía noticias suyas. Habría un mensaje de él, esperándome a mi regreso de la misión.
* * *
La rampa trasera del avión de carga se abrió lentamente. Estaba más que preparado para terminar con esta parte, sabiendo que mis pulsaciones se calmarían en el instante que abandonara la aeronave, aun más, cuando llegara a estar bajo el agua.
Cuando llegó la hora, el jefe de carga gritó:-¡Ahora!- y me dio una palmada en la espalda. Parado, de manera inclinada detrás del bote que contenía mi equipo, empujé con toda mi fuerza y saqué el tubo, de un metro y medio de largo, a la oscuridad que envolvía al avión. La letra pequeña prometía que mi cuerda de apertura automática del paracaídas, estaría amarrada al avión y que automáticamente desplegaría el paracaídas. A pesar de que el avión estaba a menos de 150 metros por encima del Pacífico, no había nada que ver durante mi caída libre en la oscuridad absoluta- no, mis ojos no estaban cerrados, sólo eran inútiles. Serían de una pequeña ayuda hasta realmente estar bajo el agua y sólo después de ponerme la máscara de buceo.
Contaba con el tiempo, apenas suficiente, para formar un arco con mis brazos y piernas hacia atrás, como mis instructores de salto me habían entrenado muchos años atrás, cuando de repente fui suspendido en el aire por el paracaídas, que se abrió. Casi instantáneamente después de que éste se abriera, otro tirón, para nada sutil, me jaló cuando el bote llegó al final de la cuerda. Creo que subí medio metro. Estaba nublado, la luna y las estrellas completamente cubiertas. Sin luz por encima del horizonte que me diera un marco de referencia de arriba o abajo, era imposible decir a qué distancia estaba de la superficie. Las agujas luminosas del altímetro, fijado al soporte de aluminio sobre mi cuerpo, eran apenas visibles. El jefe de carga y el avión de transporte, ahora vacío, se habían ido. El tirón del bote cedió cuando impactó en la superficie, flotando por unos instantes. Al chocar con el agua en forma brusca cerca de él, la velocidad descendiente me forzó a bajar más de 4.5 metros. Llegó la hora de sacar el regulador de su contenedor, ponerlo en mi boca, respirar el aire embotellado y destapar mis oídos. Lo siguiente fue sacar la máscara de buceo del bolsillo, ponérmela, sacar el agua de ésta y luego librarme del arnés del paracaídas. Mis ojos me ardían, por el agua salada.
Tranquilízate Tommy.
El bote me siguió en mi descenso como si fuera un cachorro obediente. A 9 metros, todo estaba tranquilo otra vez , aunque muy oscuro. Nueve metros era la profundidad elegida porque era lo suficientemente profundo para que el océano estuviera calmo, pero no tan profundo, para que el tanque de veinticuatro metros cúbicos se secara rápidamente. Sacar el localizador del otro bolsillo marcó un momento clave, como si sin él, fuera imposible encontrar al submarino.
Nadé en la dirección que me indicaba la aguja brillante. Después de alrededor de 76 metros, como contabilizó mi contador de patadas, mi baliza emitió una alarma sonora, el Hawaii estaba cerca. Con la luz encendida mientras descendía hasta llegar a los veinticinco metros, tal como fui instruido, me moví en dirección al submarino. Después de nadar otros veinte metros, vi el submarino aparecer suspendido inmóvil, frente a mí. Mi posición era cerca de la proa a babor. Al doblar a la derecha, mis patadas lentas y medidas, me llevaron a lo largo del submarino justo sobre la curvada cubierta.
Moviéndome en dirección a la popa hasta la entrada debajo del agua del submarino, la cámara de entrada y salida, que estaba delineada por la luz de mi linterna de buceo, me provocaba diversas emociones. Entrar al submarino sería un alivio, pero al mismo tiempo, iba a tener que entrar por la esclusa de aire, que no sólo era una cripta que producía claustrofobia, sino que también era solamente la única parte de mi corto viaje que dependía completamente de las acciones de otros, algo a lo que temía, aún más que a la pequeña y oscura cámara cerrada. Abrir la escotilla externa requería accionar la palanca de mando y levantar la cubierta. Tironeé mi bote hacia mí, lo empujé por la escotilla abierta y fui detrás de él. Me paré, me saqué mis patas de rana de última generación y las dejé a un lado. Me estiré hasta la escotilla y la empujé hasta cerrarla, lo cual aseguró el mecanismo de la cerradura. Después de golpear el interior de la escotilla con la parte trasera de mi cuchillo de buceo, podía escuchar el sonido del agua corriendo y sabía que la tripulación estaba drenando agua fuera de la cámara. A pesar de que el nivel de agua alrededor mío descendió, mantuve el regulador en mi boca, respirando normalmente. Mejor dicho, tan normal como se puede respirar al estar atrapado en una cripta de acero y observando como el suministro de aire disminuye. Mi ritmo en la respiración puede haberse acelerado un poco. No me gustan los lugares pequeños y puede que haya cerrado los ojos.
El volante de la escotilla interna comenzó a girar y finalmente el portal interno se abrió, descargando los últimos galones de agua de mar. Un oficial, en un uniforme de trabajo, me miró de manera curiosa cuando el regulador se cayó de mi boca. Sin tener idea de lo que él estaba pensando, mis palabras eran menos que poéticas.
-Hola-dije. OK, podría haber sido más elocuente. Fue una entrada extraña; pero no podía ser al estilo de Neil Armstrong.
LA OPERACIÓN DE SKI
-Fue muy amable de su parte visitarme, Coronel.- Había estado practicando esa frase.
-Soy Johannson, el segundo comandante. ¡Bienvenido a bordo!
Al decir “segundo comandante”, el Teniente Comandante Gary Johannson había querido decir que era el oficial ejecutivo y el segundo al mando del barco después del capitán. Los submarinos son siempre buques, nunca barcos. Los submarinistas, quienes por razones, que sólo ellos conocen, se ofrecen voluntariamente a ser miembros de la tripulación de submarinos, son exigentes con la distinción. Nunca he preguntado por qué, pero usted obtendrá por seguro una corrección si dice barco. Los que yo conocí son aún más graciosos con la pronunciación de la palabra submarinista. Es siempre sub-ma-ri-nis-ta, nunca sub-ma-ri-ne-ro- ; diferencias importantes en el reino de los cabezas de burbujas. Personalmente, creí que la versión con “marinero” era la que mejor sonaba.
Johannson era un sueco grandote de cabellos muy rubios, quien probablemente se golpeaba el cráneo con muchos de los espacios, reducidos en altura, a bordo del submarino. Siempre se lo veía con una sonrisa de oreja a oreja y parecía ser uno de aquellos muchachos perpetuamente alegres. O, tal vez, sólo estaba feliz de tener al doctor que podía curar a su compañero de tripulación y dispuesto a realizar su trabajo. Todos están contentos por mi llegada, aunque siempre aparece algún muchacho malo, que no quiere que alguien como yo ejerza su trabajo.
Estaba feliz de sacarme el equipo mojado y darme un enjuague de agua fresca. Lo hice en la sala de los torpedos con agua fría, que salía de una manguera y que apuntaba hacia mí y luego drenaba a través de una rejilla, hacia algún lugar abajo fuera del alcance de mi vista. La tripulación del submarino no estaba preocupada con respecto hacia dónde iba el agua, yo tampoco lo estaba. Después de secarme con una toalla y romper el sello impermeable del bote, el interior seco del mismo me proveyó de ropa interior, faena, zapatos y medias. Recuperé mi equipo médico, dejando los artículos personales restantes en el bote. Siempre con una sonrisa, Johannson había examinado en detalle cada artículo a medida que lo sacaba del bote. Ordenó a los dos marineros que llevaran el resto de mi equipo a su camarote, donde yo dormiría en un catre entre él y el ingeniero en jefe. Me preguntaba si el arma estaría cargada la próxima vez que la viese. Johannson me llevó rápidamente a la enfermería. No sé que pasó con el bote, no lo volví a ver- otra pieza de equipaje perdido que explicar. Más tarde, mi pistola descargada y cuatro cargadores vacíos aparecerían mágicamente atascados en la parte superior de mi bolso médico. Tal vez, las balas terminaron en el bote.
A lo largo del camino pasamos por el comedor de la tripulación donde pusieron en mis manos una taza de café caliente y luego proseguimos por varios pasillos iluminados. El buque no daba la sensación de pequeñez y claustrofobia de sus predecesores eléctrico-gasoleros. A pesar de que pasamos solamente por al lado de un par de marineros, ambos sentían curiosidad por el recién llegado, aunque sabían para qué estaba aquí. Esto cambió cuando nos acercamos a la enfermería. Había mucha actividad además de algunas caras muy serias.
-¿Cuántos hay en la lista final de heridos?-pregunté.
-Treinta y nueve que requieren más que un apósito o una aspirina. Todos a bordo están, de alguna manera, un poco alterados. Fue un choque fuerte y nos deslizamos hacia una parada sin ninguna advertencia.- Johannson respondió tranquilamente.-Si el buque hubiese estado 3 metros más profundo, habríamos golpeado al costado del monte , en lugar de la parte superior con pasto y estaríamos todos muertos.- Por primera vez, su cara perdió su sonrisa habitual.
Se recuperó rápidamente. –Pero ahora que, la Infantería de Marina de los Estados Unidos ha sido, lo suficientemente amable de enviarnos al “Súper doctor”, directamente del cielo, ¡estamos a salvo! ¡Gracias Jesús!-exclamó Johannson recuperando rápidamente su alegría e invocando a algún difunto predicador sureño.
Luego, comenzó a cantar en voz alta “From the Halls of Montezuma” anunciando nuestra llegada. La mayoría de las palabras eran erróneas.
La enfermería estaba desbordada aunque la mayoría de los heridos estaban siendo tratados en sus literas. El Doctor Orr y cierto apoyo médico voluntario estaban en constante movimiento, yendo de un lado a otro, de paciente en paciente. Me presentaron al Teniente (Dr.) Raymond Orr y a su adecuado equipo de comprometidos asistentes. Le dije al teniente que nos olvidáramos del rango y pronto nos convertimos en Ray y Tom. Estaba contento con la informalidad, estaba contento de que yo estaba allí, estaba mucho más feliz de lo que había estado en las últimas 24 horas. En lo que respecta a mi vida personal, casi nunca tengo ese efecto en la gente. Tal vez, mi desprecio a los cabezas de burbujas necesitaba ser repensado.
El Oficial Electricista de 1ª Clase Terry Kawalski, “Ski” para sus amigos, estaba bastante drogado y aunque estaba pálido, no parecía estar sufriendo mucho dolor. Desnudo hasta la cintura, tenía una gran venda alrededor de ella. Ray me entregó el informe con las notas que se habían hecho desde el accidente. En el registro figuraba tanto su entrenamiento médico como el militar. La marca, modelo y número de serie del generador eran parte del paquete, como también lo era la descripción de la argolla izadora sobre la cual, Kawalski había caído. Además, se incluía un bosquejo de la argolla de acero y la hoja de metal levantada sobre la parte del equipo, que había atravesado la pared intestinal. Ray sospechaba que el bazo se había dañado y requería extirpación. Si la herida hubiese destrozado completamente el bazo con posterior hemorragia, Ray habría intentado una cirugía de emergencia por sí solo y probablemente se habría deshecho de eso.
Después de haber decidido que todavía tenía tiempo, hizo algo muy inteligente y esperó. Ese tiempo de reflexión le dio opciones- Yo era la opción elegida. A juzgar por los órganos vitales, algunos exámenes y mi propia evaluación, era obvio que teníamos que mirar por dentro.
La planificación de la cirugía de extirpación del bazo requería que el paciente se vacunara contra neumococo, gripe H y meningococo, el protocolo para una esplenectomía. Ray me ayudó a preparar a Kawalski y a anestesiarlo. Mi nuevo amigo subalterno y doctor monitoreaba sus órganos vitales y hacía el rol de anestesiólogo/cirujano asistente mientras yo hacía el corte. Debido al trauma, realizamos una cirugía abierta. Después de la inspección, se volvió obvio el hecho de que el bazo debía ser extirpado y así se hizo, sin mucho problema-no es una cirugía difícil.
Desconectarlo de las arterias me permitió extraerlo, liberándolo de los ligamentos que lo mantenían en su lugar. Cosimos el abdomen, dejándole al Oficial Electricista de 1ª Clase una cicatriz para asustar a sus futuros nietos. Sin embargo, no era merecedor del Corazón Púrpura ya que no había sido herido en combate. Si no aparecían complicaciones, después de su recuperación, Kawalski haría otra vez lo que sea que hicieran los Oficiales Electricistas de 1ª Clase a bordo de submarinos nucleares. Con un poco de suerte, yo me habría ido mucho antes de que él recuperara la energía para decirme qué era. Oí a todo el equipo médico y a algunos miembros de la tripulación decir que, la Infantería de Marina había, una vez más, sacado de apuros a la Marina-todos podían dormir profundamente. Aunque algunas miradas pensativas y serias continuaron, mi pequeña broma implicaba la seguridad que los espectadores necesitaban para saber que su compañero de tripulación iba a lograrlo. No habría habido ninguna broma si hubiera alguna preocupación. Las buenas noticias se esparcirían rápidamente como un chisme.
Con cuidado, llevamos al paciente a una de las tres literas fijas de la pequeña enfermería, las otras dos estaban ocupadas por marineros heridos. Era hora de hacer que Ray se fuera y enviarlo a descansar.
-Vaya a descansar, teniente.- le ordené, hablándole como coronel nuevamente.
-¿Qué? ¿Y dejar la seguridad de mi tripulación en manos de un Infante de Marina?
Mientras que lo empujaba por la puerta y lo llevaba hasta la escalerilla, me ponía al día con la situación de los pacientes más graves de una manera increíblemente rápida. Finalmente, se rindió, hizo un gesto de agradecimiento con la mano y se fue a dormir a la vez que un oficial subalterno lo arrastraba de la manga de la camisa. Era un buen doctor- la tripulación había sido bien atendida y ellos lo sabían.
Revisé a los otros dos pacientes en la enfermería-sobrevivirían. El oficial ejecutivo había estado dándole al capitán, a quién yo todavía no había conocido, las últimas novedades sobre la cirugía. Johannson me guió por el buque para ver a los otros marineros heridos. Usamos la excusa de que era muy fácil perderse. No había necesidad de expresar con palabras lo que los dos sabíamos- no era una gran idea para un desconocido (aún para un hermano de oficial) pasear por un submarino nuclear sin un guarda- por lo menos hasta que ellos llegasen a conocerme mucho mejor.
Después de ver y evaluar a los treinta y ocho heridos restantes, un proceso que llevó más de seis horas, estaba contento de que el Hawaii no había sufrido víctimas fatales. Compartir esto con el capitán lo hacía ver como una buena excusa para conocerlo.
Johannson, quien se había convertido en Gary después que decidimos llamarnos por nuestros primeros nombres, me llevó al cuartel de oficiales. El capitán del submarino, el Comandante Richmond, se uniría pronto.
Coloqué mi trasero en una cabina, no acepté beber café pero sí, jugo de naranja. Ray entró viéndose mucho mejor y bien descansado. Me agradeció- la cuadragésima quinta vez desde mi llegada a bordo. Le dije-No es nada-por la cuadragésima vez y se fue a chequear, otra vez, a todos los que yo ya había visto.
El Comandante Mike Richmond apareció de manera silenciosa y me miró. Era bajo de estatura como mi hermano pero más tranquilo como yo. Después de las presentaciones, me agradecieron por cuadragésima sexta vez, pero esta vez el capitán. Nunca había visto al Comandante Richmond antes, pero era obvio que tenía algo que decirme y estaba incómodo con lo que sea que fuese.
-Coronel, he estado en contacto con el COMSUBPAC (Comando de Submarinos de la Flota del Pacífico de los Estados Unidos)
y tengo algunas noticias. Usted tiene un hermano, el Doctor Ronald Briggs, en Nueva York. ¿Es correcto?
Malas noticias era lo único que podía ser. Los asuntos familiares no son transmitidos ni a mí ni a ninguno de los miembros de mi grupo, a menos que sea una noticia realmente mala y se daban una vez que la misión haya sido completada. La sensación de náuseas, que había comenzado en mi estomago, se estaba expandiendo. Estaba intentando con mucho esfuerzo controlar la respiración y podía sentir mi piel que se enfriaba.
-Comandante Richmond, ¿mi hermano está muerto?
TRÁNSITO
Richmond me dijo que no tenía detalles sobre la muerte de Ron. Tres días después de mi salto al Pacífico, nos reunimos con un grupo de combatientes terrestres, en una parte menos vergonzosa del Pacífico. Una de las naves era un buque de asalto anfibio con un gran personal médico e imponentes instalaciones. Supervisé la transferencia de nueve de los heridos más graves del Hawaii a un centro médico más grande, aunque, probablemente, no mejor. Después de entregar los casos a los nuevos doctores, hice un pequeño viaje en helicóptero hasta una aerolínea.
El viaje de regreso a Yokosuka parecía haber sido en un abrir y cerrar de ojos. Me despacharon como parte del cargamento a bordo de un avión bimotor turbohélice. El capellán de la base, un desconocido para mí, me puso al corriente con los detalles, que no eran muchos, de la muerte de Ron. La línea oficial era que él había saltado por la ventana de su oficina.
Iba a ser un largo viaje de regreso desde Japón a los Estados Unidos e iba a adormecer mi trasero. En lo mejor de los casos, viajar así es una prueba de resistencia. Algunas personas me han dicho que puedo ser un viajero hosco. Por supuesto que esto no es cierto. Soy súper amigable-solo tienen que pedírmelo. En mi situación actual, no estaba seguro qué era peor, el viaje o llegar a Nueva York. Desear la realidad de una vida sin Ron, su muerte todavía un hecho no aceptado y lo que era aún peor, muerte por suicidio, era algo que me estaba consumiendo mental y físicamente, lo cual me dejaba vacío y me alejaba de todo lo que me rodeaba. El estar a medio mundo de distancia lo hacía, de alguna manera, irreal. Estaba seguro de que al enfrentarme cara a cara con el funeral, los socios de Ron y ocuparme de su apartamento en Manhattan, eliminaría cualquier barrera que mi subconsciente hubiera construido, dejándome finalmente enfrentado con el hecho de que ya no estaba. No importaba cuán largo sería el viaje a Nueva York, pasaría demasiado rápido.
De forma inmediata, pedí una licencia de emergencia por duelo y luego compré un boleto, de último momento, a Nueva York en un asiento de primera clase en una aerolínea con base en Asia, que ya había usado mucho. El precio me hizo pensar que había comprado la aerolínea, en lugar de sólo un asiento. Por lo menos, la idea de una aerolínea de servicio, incluía realmente un servicio. Qué concepto. Tendrían más de cuarenta auxiliares de vuelo y un sobrecargo en un 747. En primera clase, la proporción era un auxiliar de vuelo por cada seis pasajeros. Si uno levantaba sin querer una ceja, mágicamente un auxiliar de vuelo se aproximaría a su asiento. En mi caso, asiento al pasillo, 3B.
En mi caso particular, esta aerolínea me divertía. Todos los auxiliares de vuelo eran mujeres entre 18 y 24 años. Todas tenían la misma forma y tamaño-diminutas, talle uno de vestido. Tenía que haber una fábrica que las hiciera en algún lugar, una cadena de montaje donde damas malasias pequeñas y siempre sonrientes se cayeran de una cinta transportadora. No sé qué hacía la aerolínea con ellas cuando cumplían los veinticinco. Tal vez regresaban a la fábrica para renovarse y reacondicionar su sonrisa. Eran, consecuentemente, tímidas y en todos los vuelos que había tomado, noté que todas tenían nombres extraños. No eran raros porque eran asiáticos , sino que eran extraños porque eran americanos. Mejor dicho, americanos de los años ‘50. Las dos auxiliares de vuelo que me atendían en este vuelo, tenían gafetes que decían “Mabel” y “Ethel”. Detuve a Mabel y le pregunté cuál era su nombre real. Se puso muy incómoda y miró nerviosamente a su alrededor antes de contestarme.
-Aerolínea dio nombre.
-Entonces, ¿cuál es su verdadero nombre?
Volvió a chequear el pasillo y murmuró algo muy exótico sin esfuerzo.
-¿Por qué no puedes usar tu nombre verdadero? Es muy bonito- añadí rápidamente.
-Aerolínea no quiere ofender americanos.
Sorprendente.
-Los americanos deberían ser mas humildes.- dije, tal vez, de manera un poco severa. Disfruté de una fantasía rápida acerca de destruir a un antiguo burócrata oriental que había viajado a los Estados Unidos cincuenta años atrás y que era el “modificador de nombres“ oficial debido a sus sofisticadas palabras. Yo era cirujano; lo podía cortar en pedazos.
Bajó los ojos, ella no estaba segura de lo que mis palabras querían decir y tenía miedo de que la hubiesen oído. Mientras se alejaba, le sonreí intentando cambiarle el humor y luego, asegurándome que nadie nos pudiera oír, le agradecí e hice mi mejor esfuerzo para usar su verdadero nombre. Me sonrió. Era una sonrisa grande en la cara de una pequeña dama.
Me concentré en dormir. En este vuelo, no necesitaba tener charlas con auxiliares de vuelo o con cualquier otra persona. Lo único que necesitaba era dormir. No es un problema, en general, para mí, dormir en un avión. Dormir a cualquier hora en cualquier lugar nunca es un problema para mí. Para vuelos transoceánicos, las aerolíneas han hecho de la primera clase un lugar muy razonable donde dormir. Los asientos se reclinaban totalmente y se convertían en una cama con un pequeño divisor , que nos separaba del resto del mundo. Sin embargo, esta noche no estaba funcionando.
Me levanté y caminé a lo largo del avión un par de veces. Esto es algo que rara vez hago, pero que debería hacer. Los viajeros que vuelan largas distancias pueden tener coágulos en las piernas si permanecen demasiado quietos. Todos deberían levantarse y caminar cada cuatro horas y beber mucha agua para mantenerse hidratado. El hecho de volver a mi asiento y no ver la película, hizo que evitara otra visita de la auxiliar de vuelo. Esta vez, su nombre era Mildred que estaba chequeando si los pasajeros necesitaban algo y si funcionaba el audio de la película. Finalmente, no estoy seguro cuando caí en un mundo lleno de pesadillas, reviviendo, una y otra vez, el momento cuando me dijeron que Ron había muerto.
Los dos hermanos Briggs eran muy diferentes físicamente. Ron era de estatura pequeña, elegante, con un alto nivel de energía a punto de una constante ebullición. Siempre lucía una corbata de moño y una inmaculada camisa blanca ,que nunca estaba desabrochada. Yo medía unos treinta centímetros más, de hombros más anchos y era considerablemente menos tenaz de lo que Ron era. Nunca he podido lograr que Ron vaya a cazar o a pescar conmigo. Esa forma de ser habría puesto en peligro su cordura.
A pesar de nuestras diferencias de personalidad, éramos muy unidos. Al ser hijos de padres adinerados, no tuvimos que preocuparnos mucho por la situación económica, lo cual nos permitió tener profesiones e intereses diversos. La mayoría se lo debíamos a nuestro padre. Él no iba a permitirnos que descansáramos en los laureles de la familia e hizo de la educación y el hecho de que seamos alguien, una prioridad; una prioridad en un internado y a la distancia pero una prioridad al fin. Demostrando un buen sentido común, mamá no se entrometía en las decisiones de papá en lo concerniente a establecer objetivos personales. Nuestros padres murieron en un accidente cuando yo tenía ocho años y Ron era alumno de último año en la escuela secundaria. Ron terminó la escuela y entró a la Facultad de Medicina; a una de las mejores.
Mi pequeño gran hermano era verdaderamente un gran doctor, científico y filántropo. Mi orgullo por él era sincero. Fue por Ron que mi carrera militar fue desviada a la Facultad de Medicina y a la residencia. Sin embargo, él era realmente el médico talentoso; yo era un mecánico, un reparador. A pesar de su exuberante naturaleza y su rápida forma de andar, tenía la paciencia intrínseca necesaria para que la experimentación científica resulte un éxito, siendo él el propulsor en cada momento. Yo lucho, día a día, para tener paciencia a largo plazo en algo. Aunque generalmente me vea medio dormido, siempre soy inquieto e impaciente con el mundo. Ron es el muchacho agradable; yo no puedo tolerar a los tontos por mucho tiempo. Como doctor aprendí cirugía para poder solucionar problemas y seguir adelante. Ron compartía historias graciosas con sus amigos. Yo compartía técnicas de cacería de aves acuáticas. Ron se dedicaba a la ciencia y a la cura de una de las enfermedades más debilitantes de la humanidad. Yo perseguía chicas y buscaba la próxima misión-la humanidad podía cuidarse por sí sola.
Después de la preparatoria y la escuela superior, donde recibí frecuentes visitas de Ron, entré al Cuerpo de Marines como cadete. Mi título en ingeniería poco impresionaba a mis instructores. Seis meses después del comienzo de mi entrenamiento, me gradué y me dieron el mando de mi primer pelotón como nuevo alférez. Mi camino a la aventura comenzó con mucho crecimiento. Treinta y nueve soldados y un sargento de pelotón sospechaban, merecidamente, de mi capacidad de liderazgo. Aprendí rápidamente y contaba con un sargento de pelotón muy experimentado para mantenerme alejado de los problemas.
Por medio de un par de golpes de suerte, fui seleccionado para el entrenamiento en el reconocimiento en fuerza; fuerzas especiales del Cuerpo de Marines. Pensábamos que éramos realmente de lo malo, lo peor. Después de todo, las unidades de Infantería se veían igualadas a los otros equipos especiales de servicio. Reconocimiento en fuerza era un poco superior.
Dos horas corriendo con el mejor de los mejores, me hizo sentir el dolor de trasero más grande del mundo , pero aún así, Ron me toleraba. En una de las visitas mientras me recuperaba de una lesión que había sufrido en el entrenamiento, Ron me presionó nuevamente con la Facultad de Medicina. Hicimos una apuesta sobre el examen de pre-admisión, el MCAT (Medical College Admission Test), el cuál yo debería haber rendido para ser aceptado en la Facultad de Medicina. Las reglas eran simples. Tenía que hacer mi mejor esfuerzo, tomar un curso de preparación y si obtenía una puntuación superior a la que habíamos acordado mutuamente, tenía que darle una oportunidad a la Facultad de Medicina. Si obtenía una puntuación más baja, entonces Ron me dejaría en paz y feliz con mis compañeros de Iinfantería de Marina. Responder 146 preguntas me llevó cuatro horas. Obtuve dos puntos más arriba del objetivo.
Después de haberle presentado a mi comandante mi puntuación del MCAT, se puso contento de que yo entrara a la carrera de medicina. Pedí una licencia temporaria con la promesa de regresar. El gobierno ofreció pagar los gastos de educación y hasta continuar con, en ese entonces, el salario de teniente a cambio de algo más que mi vida después de la graduación, la pasantía y la residencia. Lo rechacé porque no necesitaba el dinero y aunque planeaba volver al ejército, quería mantener mis opciones abiertas y no extender el período de mi contrato. Después de un año de pasantía, fui aceptado a realizar un programa de residencia quirúrgica en una institución muy respetable, donde Ron era muy conocido. A pesar de que nunca lo admitió, Ron debe haber intervenido por mí.
Al regresar a la Infantería de Marina, como capitán recién ascendido y como único médico en la fuerza, dejé mi vida de “come serpientes” por recorridos quirúrgicos en las unidades médicas del Ejército y la Armada donde comer serpientes habría sido una manera de perfeccionar la cocina. Sin embargo, el trabajo era gratificante y tal vez, finalmente yo estaba creciendo. Noticias de mi inminente madurez deben de haber llegado hasta los miembros superiores de la Infantería de Marina. Afortunadamente para mí, ellos intervinieron y merecidamente pusieron un alto a esa evolución. Dos años después de servir como cirujano militar , la Infantería pidió firmemente y con varias amenazas no tan encubiertas, que yo fuese voluntario en un acantonamiento en un nuevo grupo compuesto de oficiales de cada rama del ejército, las cuales combinaban habilidades en la línea de frente con especialidades médicas o de ciencia/ ingeniería. Resultó ser lo mejor que me podría haber pasado. En los últimos seis años, mi puesto combinaba felizmente mis dos vidas militares. Era uno de cinco doctores en el grupo y el único que sabía lo que significaba “Semper Fidelis”-el resto estaba atrofiado en su desarrollo ya que no tenían el beneficio de ser un infante de Marina. Esto era algo que yo les recordaba continuamente. Además de mis habilidades quirúrgicas, mi nuevo mando agregó cursos intensivos en medicina interna y enfermedades infecciosas y de armas biológicas a mi curriculum vitae. Ron fue de gran ayuda con estos extras, ayudándome con las llamadas telefónicas que recibíamos casi a diario.
La satisfacción de una curiosidad a un nivel inferior, me mantuvo en juego durante la Facultad de Medicina y la residencia. Había sido lo mismo con ingeniería en la escuela superior. Para mí, descubrir cómo funcionan las cosas me quita el trabajo de aprender. Sin embargo, sin el apoyo constante de Ron, mi tiempo en USAMARID aprendiendo sobre bacterias, virus y genética habría sido una pesadilla. Tenía la esperanza que mi entrenamiento me hubiese preparado adecuadamente para evaluar lo que Ron había estado tramando.
Todo eso parecía haber pasado un millón de años atrás. Perder a Ron hacía que todo lo demás sea insignificante. Luché con los hechos de su muerte. ¿Suicidio? ¿Por qué Ron se mataría? Tuvo que haber habido un accidente. Él nunca hubiese terminado con su vida. Estaba seguro. ¿Estaría equivocándome?
UNA ESCALA EN L.A.
Tras perder mi vuelo de conexión en Los Ángeles, tuve que pasar la noche allí. Mientras esperaba el servicio de transporte al hotel, no tuve otra opción que reírme viendo los intentos civiles en la seguridad del aeropuerto. Entre tanto, parado en la acera, miraba cómo la Administración de Seguridad de Transporte aprobaba el hecho de que los policías sacaran a una mujer joven ,que intentaba recoger a su marido en auto. Conducía una minivan con dos niños sentados en la segunda fila. Su cabello rubio estaba recogido en una cola de caballo. Dio varias vueltas alrededor del área de arribos, antes que el servicio de transporte al hotel llegara ,y con cada vuelta, se ponía más nerviosa, probablemente preocupada por la demora en el vuelo de su esposo. Su forma de manejar se tornaba impaciente a medida que se mezclaba con el tráfico ,que entraba y salía.
Al final de una fila de al menos quince taxis parados al lado de la acera, había una parada de taxi con muy poca actividad dada la hora de la noche. Cada taxista tenía un turbante en la cabeza. Uno estaba al lado de su auto sobre una alfombra de rezo enfrentando, hasta lo que él creía, La Meca, con la frente tocando la alfombrilla y el trasero apuntando al cielo.
Déjenme entender esto: “Suzie, la ama de casa”, en compañía de sus hijos, es forzada a dar vueltas por el aeropuerto mientras que taxistas del Medio Oriente esperan ,sin ser molestados, en la puerta de entrada. No quiero poner en práctica el “prejuicio” como algunos sensibleros lo llamarían pero esto era de alguna manera estúpido. La próxima vez que quiera explotar un aeropuerto, vestiré un atuendo islámico y apareceré en un taxi lleno de explosivos, mientras rezo al lado del mismo. Mi plan anterior de disfrazarme de ama de casa suburbana, con niños, era obviamente una mala idea. Al aproximarme al uniformado, dije una obviedad.
-La población, en general, tendría cierto respeto por ustedes si, colectivamente, tuvieran una neurona.
-¿Qué? ¿Qué le pasa?-preguntó.
- No hay ninguna garantía de que la rubia en la minivan no sea una terrorista, pero la mayoría creería que Ahmed, el que está allí, tendría más posibilidades de serlo.
-Tiene una licencia de taxista. Pueden esperar al lado de la acera si tienen licencia.-recitó de un libro de reglas.
-¿El chequeo de antecedentes viene con la licencia?
-No sé.
-¿Realmente chequeó que el conductor tiene licencia?
- ¡No tenemos que hacer eso!- me gritó, con su boca abierta al final de la oración. Se estaba irritando y estaba a punto de darme una conferencia sobre los peligros de interferir con sus muy importantes obligaciones con respecto a la seguridad.
Afortunadamente, mi transporte llegó antes de que se hiciera un arresto. Después de un corto viaje, el hotel apareció y realicé el check-in. Mientras me dormía, imágenes de taxistas terroristas me alejaban de mi hermano mayor.
* * *
A la mañana siguiente, todavía bajo los efectos del jet-lag, me fui al aeropuerto de Los Ángeles, para la etapa final del viaje. Para cuando el avión aterrizó en el aeropuerto de Nueva York, todavía estaba sin descansar lo suficiente. Me dirigí al sector de reclamo de equipaje , sin parecer ser de interés para nadie. Mientras esperaba en la correa transportadora de equipaje, hubo otro comportamiento extraño del grupo de viajeros. Casi todos los pasajeros piensan que es necesario pararse justo al lado de la correa transportadora de equipaje en movimiento. Cuando, finalmente, el equipaje gira entorno de ellos, se matan para sacarlo de la correa, debido a que están apretujados unos contra otros. Las maletas con sobrepeso se convierten en armas de energía cinética.
Siempre me dio la impresión de que si se alejaban unos tres metros, no sólo iban a poder ver sus maletas fácilmente sino que, cuando tengan que ir a buscarlas, podrían dar un paso adelante y sacarlas sin golpear a nadie.
Un comportamiento, aún peor, es cuando los padres se paran al lado de la correa transportadora de equipaje con sus hijos. Estoy seguro de que si le hago un lavado de cerebro a uno de sus angelitos, estarían dispuestos a demandarlos.
Esperé, como un centrocampista que evalúa la línea de defensa, mi única maleta de mediano tamaño, buscando una abertura en la pared conformada por los pasajeros que estaban esperando el equipaje. Sacar mi maleta y no pegarle un mamporro en la cabeza a ninguno de los leminos fue algo difícil, pero logré no enviar a nadie al hospital.
Al alejarme, vi todo más claro: Oficialmente, me había convertido en alguien insoportable; aún para mí mismo.
EL APARTAMENTO
Mientras iba rápidamente desde la correa transportadora de equipaje hasta el puesto de taxis, intenté permanecer en mi mundo, sin interactuar con nadie. Es un juego de mente que los hombres hacen cuando están bajo estrés. Concéntrese en las tareas e intente sentirse bien por el hecho de estar logrando algo, no importa cuán trivial sea. Poniendo mi mano en mi billetera por razones obvias, atravesé la multitud. Una cosa con la que se puede contar en un aeropuerto es que la gente mira para todos lados , excepto, para donde está caminando. Se puede ser atropellado mientras un pasajero mira el cartel electrónico de arribos y salidas, mientras busca un baño, un puesto de lustrabotas, a un empleado de una aerolínea, la puerta para la conexión de un vuelo, un lugar para comprar esas revistas de chismes de Hollywood con la que no puede vivir o cuando busca a un amigo, que se suponía lo iría a buscar al aeropuerto. Las personas miran para todos lados excepto al frente. Miran a todos lados, excepto a mí-al hombre que están a punto de llevarse por delante. No pueden detenerse a mirar. Siguen de largo. Son viajeros.
Casi me tropiezo con un perro, que alguien había sacado de un equipaje, y me caigo. Estaba buscando desesperadamente un lugar para liberar el agua que había tomado en un pequeño y lindo tazón, que estaba en su pequeña y linda caseta durante el vuelo. Estaba mirando a toda la gente que no me estaba mirando y que no estaba prestando atención a la vida debajo de ellos. Lo siento por ti, amigo. Espero que lo haya logrado.