CUBA EN TIEMPO DE GUERRA
Richard Harding Davis
Traducción de Jordal Medí
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PUBLISHED BY:
Editorial Medí
Translated by Jordal Medí
Cuba en Tiempo de Guerra
Título del Original en Inglés: Cuba in War Time
Todos los derechos reservados
Copyright © 2010 Editorial Medí
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NOTA DEL AUTOR
Después de mi regreso de Cuba muchas personas me hicieron preguntas sobre la situación allí, y me percaté de que por lo general hacían las mismas preguntas. Este libro ha sido publicado con la idea de responder a estas preguntas tan completamente como me sea posible después de un viaje a través de la isla, en el que viajé por cuatro de las seis provincias, visitando ciudades, puertos, plantaciones y campamentos militares, y parando durante varios días en todas las principales ciudades de Cuba, con la excepción de Santiago y Pinar del Río.
Parte de este libro fue publicado originalmente en forma de cartas de Cuba para el Diario de Nueva York y en los periódicos de un sindicato organizado por el Diario, y el resto, que fue sugerido por las preguntas hechas a mi regreso, fue escrito en este país, y aparece aquí por primera vez.
Richard Davis Harding.
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Cuba en Tiempo de Guerra
Cuando estalló la revolución en Cuba hace dos años, los españoles inmediatamente comenzaron a construir pequeñas fortalezas, y continuaron construyendo más y a mejorar las que ya estaban construidas; hasta ahora toda la isla, que es 800 millas de largo y ochenta millas en promedio de ancho, está tan densamente tachonada con estos fuertes como lo está la suela de una bota con clavos de hierro. Es necesario tener en cuenta el hecho de la existencia de estos fuertes para comprender la situación en Cuba en la actualidad, ya que ilustran el plan español de la campaña, y explica por qué la guerra se ha prolongado durante tanto tiempo, y por qué podría continuar indefinidamente.
La última revolución fue organizada por los aristócratas. La actual es una revolución del pueblo, y mientras que las familias cubanas principales están de nuevo entre los líderes, con ellos ahora están los representantes de la "gente simple", y la causa es ahora una causa común en trabajar por el éxito que todas las clases de cubanos añoran.
El estallido de esta revolución fue acelerado por una oferta de España para hacer algunas reformas en el gobierno interno de la isla. Los líderes revolucionarios viejos, por temor a que la promesa de estas reformas podría satisfacer a los cubanos, y que estos perderían la esperanza por la independencia completa, iniciaron la revuelta, y pidieron a todos los cubanos leales que no aceptaran las llamadas reformas, ya que por medio del combate ellos podrían obtener su libertad. Otra de las causas que precipitaron la revolución fue la depresión económica que existía en toda la isla en 1894, y el cierre de los ingenios azucareros como consecuencia. Debido a la falta de dinero para pagar a los trabajadores, la molienda de la caña de azúcar cesó, y los hombres fueron despedidos de a por cientos, y a falta de algo mejor que hacer, se unieron a los insurgentes. Algunos colonos creen que si España les hubiera prestado el dinero suficiente con el cual continuar la molienda, los hombres hubieran permanecido en los centrales, como se les llama a los talleres mecánicos y a la residencia de una plantación de azúcar, y que tan pocos hombres hubieran entrado en el campo de batalla contra España que la insurrección podría haber sido sofocada antes de que hubiera ganado tanto terreno. Un préstamo a los plantadores de azúcar de cinco millones de dólares de entonces, según dicen, habría salvado a España de la inversión de muchos cientos de millones gastados más tarde en el apoyo de un ejército en armas. Puede o no ser verdad, y eso no es importante ahora, lo importante es que España no atacó a los insurgentes de esa manera, sino que rápidamente comenzó a construir fortalezas. Estos fuertes ahora se extienden por toda la isla, algunos en línea recta, algunos en círculos, y algunos en zig-zag de colina a colina, algunos dentro de un cuarto de milla del siguiente, y otros tan cerca, que los guardias pueden tirar un cartucho de uno al otro.
La isla está dividida en dos grandes campos militares, uno situado dentro de los fuertes, y el otro esparcido por los campos y las montañas fuera de ellos. Los españoles tienen el control absoluto sobre todo lo que está dentro de los lugares fortificados, es decir, en todas las ciudades, pueblos, puertos marítimos, y a lo largo de las líneas del ferrocarril; los insurgentes están en posesión de todo lo demás. Ellos no están en posesión fija, pero tienen tanto control como un toro furioso controla un lote de diez acres cuando va en estampida. Algún campesino puede tener el derecho legal al lote de diez acres a través de títulos de propiedad o en forma de una hipoteca, y el toro puede ocupar una parte del lote a la vez, pero él está en posesión, que es mejor que la ley.
Es difícil imaginar una línea tan estricta, no en una ciudad o un pueblo, sino alrededor de cada ciudad y cada pueblo de Cuba, que nadie puede pasar la línea, ya sea del exterior o del interior. Los españoles, sin embargo, han tenido éxito en ejecutar y mantener un bloqueo de este tipo. Se han construido fuertes junto a las hileras de casas o chozas en las afueras de cada ciudad, a unos cien metros el uno del otro; y fuera de este círculo hay otro círculo, y más allá de eso, en cada pedazo de tierra alta, hay aún más de estos pequeños fuertes cuadrados, que no son mucho mayores que las estaciones de señal a lo largo de las líneas de nuestros ferrocarriles y no muy diferentes en apariencia. Nadie puede cruzar la línea de los fuertes sin un pase, ni pasar, viniendo del campo, más allá de ellas sin una orden que muestre de qué lugar viene, a qué hora salió de ese lugar, y que tiene permiso del comandante para salir de él. Un extraño en cualquier ciudad de Cuba hoy en día está prácticamente en una prisión, y esta tan aislado del resto del mundo como si estuviera en una isla desierta o en un barco de guerra en alta mar. Cuando quiere salir es libre de hacerlo, pero no puede salir a pie ni a caballo. Debe hacer su partida en un tren del ferrocarril, de los cuales rara vez más de dos salen de cualquier pueblo en veinticuatro horas, uno hacia el este y el otro al oeste. Desde La Habana salen una serie de trenes diariamente en diferentes direcciones, pero una vez fuera de esta ciudad, sólo hay un tren de vuelta hacia La Habana de nuevo. Cuando estás en los coches te encuentras aún en presencia y bajo el cuidado de los soldados españoles, y el avance del tren está muy bien resguardado. Un motor de prueba precede a una distancia de cien yardas para poner a prueba los rieles y recoger bombas de dinamita, y frente a ella hay un coche blindado, con aberturas en los lados como las de un buzón, a través de las cuales los soldados pueden disparar. Hay por lo general de veinte a cincuenta soldados en cada carro blindado. En la parte posterior del carro blindado hay un coche plataforma cargado con lazos, vigas y rieles, que se utilizan para reparar puentes o las partes de la línea del tren que pueden haber sido voladas por los insurgentes. Siempre que una línea de tren cruza un puente hay dos fuertes, uno en cada extremo del puente, y también en casi todas las encrucijadas. Cuando el tren pasa una de estas fortalezas, dos soldados aparecen en la puerta y saludan para mostrar, probablemente, que están despiertos, y en cada estación hay dos o más fuertes, mientras que las estaciones están generalmente protegidas por murallas y rieles de acero. No hay situación en la que se evidencia tan claramente que los que no están contigo están en contra de ti, porque tú estás, ya sea dentro de un círculo de fortalezas o pasando bajo vigilancia por ferrocarril a otro círculo, o estás con los insurgentes. No hay alternativa. Si usted camina unos cincuenta metros de distancia del círculo está, a los ojos de los españoles, tan en "el campo" como si estuviera 200 millas de distancia en las montañas.
Las líneas están tan estrechamente establecidas que cuando se tiene en cuenta la enorme cantidad de tiempo y trabajo invertido en mantener ese bloqueo, se debe admirar a los españoles por hacerlo tan bien, pero les admirarías más si en vez de quedarse conformes con eso fueran más allá e invadieran el campo. Los fuertes son una excelente precaución; evitan que los simpatizantes se unan a los insurgentes y el envío de alimentos, armas, medicamentos o mensajes. Pero el siguiente paso, después de bloquear las ciudades, parece ser el de seguir a los insurgentes en el campo y darles batalla. Esto los españoles no parecen considerarlo importante, ni lo desean hacer. Tropas regulares y la guerrilla son enviadas a diario, pero siempre vuelven cada noche al círculo de fuertes. Si se encuentran con un grupo de insurgentes les dan batalla con bastante facilidad, pero nunca persiguen al enemigo, y en lugar de acampar en el suelo y seguir tras él a la mañana siguiente, se retiran tan pronto como la batalla halla terminado al pueblo donde están estacionados. Cuando ocasionalmente un oficial superior se opone a esto, dan como explicación que tenían miedo de ser conducidos a una emboscada, y que como la consideración primordial de un oficial debe ser para con sus hombres, decidieron que era más prudente no seguir al enemigo en lo que podría resultar una trampa mortal, o los oficiales dicen que no podían abandonar a sus heridos mientras perseguían a los rebeldes. A veces una fuerza de mil hombres vuelve con tres hombres heridos, y ofrece su condición como una excusa por no haber seguido al enemigo.
Unos cinco años atrás, tropas de caballería de Estados Unidos fueron enviadas al chaparral en la frontera de México y Texas para empujar a los revolucionarios García de regreso a su propio país. A una tropa, G, Tercera Caballería, se le ordenó que saliera por siete días de servicio, pero cuando me uní a la tropa más tarde como corresponsal, esta había estado en el campo durante tres meses, durmiendo todo el tiempo en tiendas, y llevando toda su impedimenta con ellos en mulas de carga. Pocas veces, o nunca, se acercaban a un pueblo, y los hombres llevaban la misma ropa, o lo que quedaba de ellas, con la que habían comenzado la campaña de una semana. Si los españoles hubieran seguido tal plan de ataque cuando comenzó la revolución, en vez de construir fortalezas de barro y devastar los campos, no sólo podrían haber suprimido la revolución, sino que también los campos habrían sido de algún valor cuando la guerra terminara. Como están ahora, tomará diez años o más traer los campos de vuelta a una condición de productividad.
La devastación al por mayor de la isla fue idea del general Weyler. Si el capitán de un buque, con el fin de sofocar un motín a bordo, hunde el barco y envía a todos al fondo, su plan de acción tendría tanto éxito como ha demostrado tener el del general Weyler. Después de haber obtenido el control completo de las ciudades, decidió arrasar los campos y matar de hambre a los revolucionarios para obligarlos a la sumisión. Así que ordenó a todos los pacíficos, como los no-beligerantes son llamados, que entraran a los pueblos y quemó sus casas, y emitió órdenes para que todos los campos donde la papa o el maíz estuvieran sembrados fueran desenterrados y estos productos alimenticios destruidos.
Estos pacíficos están ahora reunidos en el interior de una línea muerta, elaborada ciento cincuenta metros alrededor de una de las ciudades, o donde existe un fuerte. Algunos de ellos se han asentado alrededor de los fuertes que cuidan un puente, otros alrededor de los fuertes que protegen una plantación de azúcar; allí donde hay fuertes hay pacíficos.
En una palabra, la situación en Cuba es algo así: Los españoles controlan los pueblos, de los que sus tropas hacen incursiones depredadoras diarias, siempre regresan a tiempo para cenar por la noche. Alrededor de cada ciudad hay un círculo de pacíficos sin trabajo, y en su mayoría muriendo de hambre y enfermos, y afuera, en las llanuras y montañas, están los insurgentes. Nadie sabe exactamente donde cualquier banda de ellos está hoy o puede estar mañana. A veces llegan hasta las mismas murallas de la fortaleza, enlazan un montón de ganado y se van de nuevo, y a la mañana siguiente su presencia puede ser detectada a diez millas de distancia, donde prenden fuego a un campo de caña de azúcar o a una plantación de azúcar.
Esta es la situación, en lo que a los habitantes se refiere. La apariencia física del país desde que comenzó la guerra ha cambiado mucho. En los días de paz, Cuba fue una de las islas más hermosas en el trópico, tal vez en el mundo. Sus cielos cuelgan bajos y son brillantes y hermosos, con grandes extensiones de azul, y por la mañana temprano y antes del atardecer, se iluminan con maravillosas nubes de color rosa y azafrán, tan brillante y tan irreal como la gruta de las hadas en una pantomima. Hay grandes praderas de hierbas altas barridas por el viento, o de caña de azúcar alta, y en la costa del mar, las montañas de un verde claro, como el verde de cobre oxidados, cambian a un tono más oscuro cerca de la base donde están cubiertas por bosques de palmeras.
A lo largo de la isla corren muchos pequeños arroyos, a veces entre grandes bancos de piedra, cubiertos de musgo y helechos magníficos, con grandes charcos de agua clara y profunda en la base de las cascadas altas, y en aquellos lugares donde la corriente corta su camino a través de las llanuras hileras dobles de palmas reales marcan su curso. La palma real es el rasgo característico del paisaje en Cuba. Es la más hermosa de todas las palmeras, y posiblemente el más hermoso de todos los árboles. La palma de coco, como uno la ve en Egipto, pintoresca como es, tiene un parecido patético a un plumero miserable, y su tronco se curva y se gira como si no tuviera la fuerza para empujar su camino a través del aire, y para mantenerse erecta. Pero la palma real se dispara con audacia desde la tierra con la gracia y la simetría de una columna de mármol blanco o el mástil de un gran barco. Su tronco se hincha en el centro, y otra vez se hace más pequeño en la parte superior, donde está oculto por grandes ramos de pencas verdes, como monstruosas plumas de avestruz que ondean y se arquean, y se curvan en la brisa al igual que las plumas en la cabeza de una mujer hermosa. De pie aislada en una llanura o en filas en un bosque de palmeras, este árbol es siempre bello, noble, y lleno de significado. Te hace olvidar las chimeneas de hierro feo de los centrales, y es la primera y la última característica que atrae a los visitantes a Cuba.
Pero desde que la revolución llegó a Cuba, la belleza del paisaje se borra con los tristes y lamentables signos de la guerra. La caña de azúcar se ha tornado de un sucio color marrón donde el fuego ha pasado a través de ella; los centrales son ruinas negras, y las casas de adobe y las estaciones de ferrocarril están sin techo, y sus ventanas rotas te miran patéticamente como si fueran ojos ciegos. La guerra no puede alterar el sol, pero el humo de las bohíos en llamas, y de los campos de maíz ardiendo parece aún más triste y terrible cuando sube a esta atmósfera contrastando fuertemente con tan suave y hermoso cielo.
La gente suele preguntar en qué medida la destrucción de la propiedad en Cuba es evidente. Hasta ahora es tan evidente que el humo de las construcciones en llamas rara vez se ausenta del paisaje. Si usted está parado sobre una elevación se pueden ver desde diez hasta veinte casas en llamas y el humo de los campos de caña arrastrándose por el llano o subiendo lentamente para unirse con el cielo. A veces el tren pasa por horas a través de los distritos de la quema, y el calor de los campos a lo largo de la pista es tan intenso que es imposible mantener las ventanas cerradas, y siempre que la puerta se abre, chispas y cenizas entran en el coche. Una mañana, justo a este lado de Jovellanos, toda la caña de azúcar en el lado derecho de la pista estaba envuelta en humo blanco por millas. Nada se distinguía de ese lado del coche, y el tren parecía estar moviéndose a través del vapor blanco de un baño ruso.
Los españoles no son más culpables de esto que los insurgentes, ambos destruyen propiedades y queman la caña. Cuando una columna de insurgentes encuentra un campo sembrado de patatas, toma la mayor cantidad de cultivos que puede arrastrar, y el resto lo destruyen con machetes para evitar que caiga en manos de los españoles. Si los españoles pasan primero, actúan exactamente de la misma manera.
La caña no se destruye completamente si se quema, porque si es cortada justo por encima de las raíces, crecerá de nuevo. Cuando se declare la paz no será el suelo lo que hará falta, ni el sol. Será la falta de dinero y la pérdida de crédito lo que le impedirá a los plantadores de azúcar sembrar y moler. Y la pérdida de la maquinaria en los centrales, que en ciertos casos individuales vale cientos de miles de dólares, y en los muchos millones de agregado, no puede ser sustituida por los hombres, que aun cuando su maquinaria estaba intacta, estaban al borde de la ruina.
A menos que el gobierno de los Estados Unidos interfiera en favor de algunos de sus ciudadanos en Cuba, y le declare la guerra a España, no hay como decir por cuanto tiempo la actual revolución seguirá su curso, ya que los españoles están actuando de una manera que hace que mucha gente sospeche que no están haciendo un esfuerzo por llevarla a su fin. La sinceridad de los españoles en España está fuera de duda; los sacrificios personales que hicieron en tomar los préstamos emitidos por el gobierno son prueba de su lealtad. Pero los españoles en Cuba están actuando por sus propios intereses. Muchos de los colonos, con el fin de salvar sus campos y centrales de la destrucción, están sin duda ayudando a los insurgentes en secreto, y aunque gritan "Viva España" en las ciudades, pagan cartuchos y dinero por la puerta trasera de sus plantaciones.
Fue porque Weyler sospechó que estaban jugando este doble juego que emitió órdenes secretas que no debe haber más molienda, porque sabía que los mismos hombres que lo sobornaron para poder moler también pagan el chantaje a los insurgentes por un permiso similar. No se atrevía abiertamente a prohibir la molienda, pero dio instrucciones a sus oficiales en el campo para que visitaran los lugares donde la molienda estaba en progreso y la detuvieran por medios indirectos, tales como declarar que los trabajadores empleados eran sospechosos, o decomisando todos los bueyes de tiro, aparentemente para el uso de su ejército, o al insistir en que los hombres empleados deban mostrar un nuevo permiso para trabajar todos los días, que sólo les puede ser expedido por algún comandante destinado para ello a no menos de diez millas de la plantación en que fueran empleados.
Y los oficiales españoles, así como los hacendados -los mismos hombres con los que España busca poner fin a la rebelión- son los principales entre los que la mantienen con vida. Las razones por las que hacen esto son obvias; reciben doble pago mientras están de servicio en el exterior, estén luchando o no, la promoción les viene dos veces más rápido que en tiempo de paz, y las condecoraciones son distribuidas al por mayor. También son capaces de hacer pequeñas fortunas a base de préstamos forzados de colonos y de los sospechosos, y que, sin duda, dejan para sí mismos una gran parte de la paga de los hombres. Una cierta clase de oficial español tiene un extraño sentido del honor. Él no cree que robar a su gobierno falsificando sus cuentas, o hacer una declaración errónea de sus gastos, es desleal o antipatriótica. Considera tal acto tan a la ligera como mucha gente hace contrabando de cigarros a través de su propia aduana, o roba una corporación de la tarifa del ferrocarril. Podría estar perfectamente dispuesto a morir por su país, pero si se le permite vivir, no dudará en robarle.
Un teniente, por ejemplo, se lleva a veinte hombres en su paseo diario por los campos vecinos y después de quemar unas cuantas chozas y de matar a un pacifico o dos, volverá a tiempo para cenar y cobrarle a su capitán por las raciones de cincuenta hombres y por tres mil cartuchos "gastados en el servicio." El capitán autoriza el informe, y los dos comparten las ganancias. O le entregan el dinero al coronel, quien los recomienda para que sean condecorados por "valentía en el campo" con cruces de rojo esmaltado. La única tienda en Matanzas que estaba haciendo un comercio eficiente cuando yo estaba allí era una joyería, donde se habían vendido más diamantes y relojes a los oficiales españoles desde que la revolución estalló que lo que habían sido capaz de vender antes a todos los hombres ricos de la ciudad. El pago legítimo del funcionario de mayor jerarquía es apenas suficiente para comprar vino tinto para la cena, ciertamente no lo suficiente para pagar por champán y diamantes; así que es justo suponer que la rebelión es una experiencia provechosa para los oficiales, y no tienen intención de perder estos huevos de oro.
Y los insurgentes por otro lado están igualmente decididos a continuar el conflicto. Desde todo punto de vista esto es todo lo que les queda para hacer. Ellos saben, por la terrible experiencia, de la poca misericordia o justicia que pueden esperar de los enemigos, y el patriotismo o el amor a la independencia a un lado, es mejor que mueran en el campo que arriesgarse a la otra alternativa, una vida prolongada en una colonia penal en África, o la descarga de fusilamiento contra la pared este de la prisión de Cabañas. En una isla con un suelo tan rico y productivo como es el de Cuba siempre habrá raíces y frutas para que los insurgentes puedan sobrevivir, y con el ganado que han escondido en el laurel o en las montañas pueden mantener a sus tropas a base de raciones por un período indefinido. Lo que más necesitan ahora son cartuchos y fusiles. Hombres tienen ya más de los que pueden armar.