Javier Ramírez Viera
Javier Ramírez Viera

Escritia.com
JavierRamirezViera.com
Las
Palmas de Gran Canaria, España.
2010
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Capítulo primero
“…Me arroparon en Valencia aquéllos que preparaban el recibimiento del Papa de forma completamente distinta, en un vaivén de correos electrónicos y llamadas a móviles para con una intención mucho menos reverente a lo que el ayuntamiento de la ciudad. Una marcha nudista, cuya forma estaba aún por definir, si a pie o en bici, era lo que planeaba sobre aquella especie de resistencia a la francesa”.
“No les culpo. Una de las capitales del Mediterráneo acusa ahora mismo uno de los mayores endeudamientos públicos de todo el país, a tenor de una mediocre gestión institucional. La fuerte inversión por la llegada del Sumo Pontífice no hace más que arañar aún más el fondo vacío de la caja de caudales de la urbe, de la provincia española. Para unos minutos, se construirá un altar de casi tres mil metros cuadrados que costará ochocientos mil euros, donde, el habitual despilfarro que promueve La Iglesia, exija la instalación de un microclima, como si una de las maravillas de la Costa del Sol no presumiera de una envidiable meteorología y el presidente de nuestro Señor no quisiera “mojarse” con el resto del pueblo si acaso arreciara la lluvia, o achicharrara el sol, milagros de Dios”.
“Se están gastando millones en la construcción de apartamentos para los obispos invitados, así como en una pequeña residencia de casi doscientos metros cuadrados en el Palacio Episcopal para el cabeza de esa peculiar familia, un derroche para el que se dará uso por espacio de unas pocas horas. Si sumamos el alquiler e instalación de treinta y cinco kilómetros de vayas para delimitar los recorridos, siete mil urinarios, mil cámaras de seguridad, cinco mil policías… La lista es interminable para el regocijo de miles y miles de egoístas que buscan una salvación, no reparando en gastos para agasajar a la divina cúpula en lugar de no contradecirse en los términos más básicos de su “manual de instrucciones”, nada más y nada menos que el de compartir con el resto de los hermanos de este planeta una caridad que no se huele en ninguna parte de este evento, orando por el alma propia, con el estómago lleno, para acabar el tiempo de cada cual en un lugar tan imposible de concebir como lo es El Paraíso. Sigamos gastando en discursos, y callémonos, cerremos la boca, que con todo ese dinero que se esfuma en apenas unos minutos se podrían llenar las de otras miles de personas que no tienen qué comer. Sigamos difusos y nos dé igual que esta visita cueste a las arcas públicas unos treinta millones de euros, así como nadie le pida a estos señores que de una vez por toda firmen la carta de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sigamos en lo mismo, lo de tantos y tantos siglos de retrógrada política episcopal, y visitemos la web para seguir el evento en directo, viviendo este gran momento… viviendo la gran mentira”.
Robert Lee Helfrich
* * *
Viernes…
“Robert… Ha vuelto a llamar ese tal Eugène. Parece que ya está desesperado contigo y me ha hablado de unos números. Quiere pagarte la visita. Según él, es urgente”.
Robert miró su despacho. Otra vez volvía a reparar en él para verlo desde esa otra trágica perspectiva, la de no haberlo ordenado en años; no como el reto para quien tenga una paciencia infinita de enfrentarse a extractos, noticias, informes y listines de toda clase y para analizarlos hasta el más mínimo detalle… sino como un sinfín de residuos de años de trabajo. Era como si un huracán hubiese pasado por él. Y sí, quizá fuera el vendaval que llevaba dentro para trabajar entre aquellas cuatro paredes de su ático sin reparar en sutilezas e ir acumulando faxes, libros, revistas y toda clase de documentos en montoneras que se iban apreciando como maquetas urbanísticas. Tras cada éxito periodístico, esa misma rutina de contemplar desde el quicio de la puerta el nicho en donde parecía hervir y gestarse la verdadera resistencia a las hipocresías del mundo.
Un nuevo impulso, al que se había prometido dejarse acunar desde hacía tiempo, lo llevó a poner un poco de orden. Una faena a la que no encomendaría a nadie más en el mundo, porque aquella peruana que le hacía la limpieza al apartamento, y que chapurreaba a medias el inglés, seguro que lograría colar tanto papel y revuelo en los armarios, quizá empaquetarlo casi todo en cajas y hacerlo desaparecer en el sótano… pero, además, incluso hasta tragarse algunas fotografías de exclusivas únicas con la aspiradora, ésa que sonaba a la centrifugadora que algún día daría vueltas al mundo entero en el fin de los tiempos y que el ajetreado periodista ordenada alejar de él cuando por casualidad no estaba de viaje y residía, día y noche, en aquella mesa, en aquel ordenador, en el teléfono... Nadie debía tocar sus cosas, porque ya hubo bastante trabajo para sacarlas de los archivos de todo el mundo, o sonsacarlas a toda índole de contactos, como para que alguien desordenase lo desordenado y empezar de nuevo la búsqueda de cada documento cuando algún pudiera ser necesario rememorarlos.
Nada de trapo. Nada de ambientador, aunque lo rancio de alguno de aquellos documentos daba a una estancia reacondicionada en apenas tres años el mismo añejo ambiente de una biblioteca. Y, en el hacer del orden a su mesa, el hacer algo a lo que no se estaba habituado, de tanto hotel en hotel. Porque, en su haber, las camas hechas, el champú y las toallas a la orden del día era lo habitual. Los hábitos de un viajero, que hoy sucumbían a un hacer distinto para quien a menudo se decía: “nada, a probar cosas nuevas”.
No sacó brillo a las pocas placas acreditativas de su trabajo, los reconocimientos de las revistas más polémicas del mundo, muchas de ellas tan transitorias y pseudo clandestinas como las de Internet. Ni a su diplomatura enmarcada, ni a la orla, ni quitó una sola instantánea de sus tres tablones y pizarras. Acaso tuvo la delicadeza de organizar los cables ADSL y de su ordenador, y de la lámpara con potenciómetro, propia para dar calidez a las noches en vela escuchando música clásica al tiempo que leía una novela de algún contemporáneo ávido, como él, de críticas, investigaciones y desmentidos de tramas políticas y sociales, sobretodo religiosas.
Un instante, sólo, para verse la cara reflejada en lo poco que quedaba de aquel espejo de pie, inundado de caras y notas. Su talante algo mediocre, de media estatura, algo ido de peso y su pelo platino, peinado con esmero pero sobretodo en aceites, para conformar una clásica raya a un lado, repartiendo a partes casi equivalentes un millar de hebras. Porque lo más cómodo era un peine en el bolsillo, unos tirantes y siempre la misma pinta, a pesar de tener casi la veintena de trajes, todos aparentes a la misma pieza. Aires, pues, de investigador profundo, sin tiempo a tener siquiera una familia. Acaso, hermanos en la distancia y alguna llamada muy de vez en cuando. Incluso para reunirse en el funeral de papá y aceptarlo como uno de esos eventos para congregar a esos conocidos tan extraños, para ver la cara que suena de los consanguíneos, lamentar momentos mejores y poco más, porque enseguida cada cual a sus quehaceres. Una cara recia, poca sonrisa, y enjutadas día y noche unas gafas cuadriculadas, de estructura de plástico transparente, para darle un falso aire de debilidad.
Sin quererlo, presionó el dichoso botoncito rojo de su contestador al dejar sobre el aparato algunas carpetas y la voz de su confidente y a medias secretaria en el Daily Mirror, Elizabeth, creyó sorprenderle, para hacerle saber, y tarde, que no había nadie escondido debajo de la mesa, sino que aquella vocecita grabada le traía más trabajo, como siempre… como cada e-mail desde cualquier confín del planeta.
“Lo siento, Robert, pero el señor Eugène es un tipo muy convincente. Ha venido a mi despacho y me ha dejado caer mil libras sobre la mesa a cambio de tu dirección. En principio me sentí ofendida; imagínate, comprarme como si fuera un maleante de esquina. Pero, como la última vez que hablaste con él le diste largas, el tipo no quiso conformarse con tu otro número, o el de tu casa, y me dio garantías de que no se trata de ningún maníaco o de una contrata de La Iglesia para eliminarte… Bueno, perdona la broma que no es buena. Y sé que aquí, en la redacción, deberíamos protegerte mejor del mar de amores que te tienes con medio mundo por culpa tus fregados, pero me conmueve la voz de ese hombre y, debo decirlo, sobretodo su amplia cartera. Me ha comentado que se hospedará este fin de semana a la vuelta de la esquina de tu casa, en un albergue llamado Roni´s House. Campechano y de buena comida, ¿te suena? Me ha pedido que te diga que te espera el sábado a la hora de cenar. Sé puntual. Ah, y no te quejes porque no le he dado tu dirección y te verás con él en un lugar público”.
* * *
Sábado…
El Roni´s House debía haber sido un barco. No por su pinta, que en nada tenía que ver con la de un navío. Era su madera, tan añeja que se antojaba hubiera estado todo allí desde que el primer carpintero decidió esculpir un tronco, para con un mobiliario de restaurante digno de monarcas, unas escaleras con balaustres macizos como columnas y un friso de un sinfín de rombos y rosetas, para una cogedor albergue de corte clásico que casaba con el típico paisaje inglés. Alfombra verde, cielo plomizo, una bruma sinuosa… todo el pincel británico más allá de las ventanas, ligeramente ahumadas y burlescas a su través por distorsionar las imágenes, como si tratasen asimismo de los primeros vidrios de la mano del hombre. Luego, por cómo sonaban las pisadas, los inquilinos de la planta superior debían ser los mismos caballeros de la mesa redonda y andarse de aquí para allá enfundados en sus armaduras.
Poco por cocinar, por parte de Robert, que se había convertido en uno de los clientes más fieles de aquella cocina. Y no por su asiduidad, que rara era la vez que en el bodegón disfrutaban de un tipo tan parco en palabras como poco variado en su menú, siempre un triste filete, acaso a veces con champiñones, o una sopa… sino porque, por cada noche que pasaba en su casa, por falta de pizzas a domicilio y otros espantajos de cocina rápida propias de un alentado viajero, aquella campiña muy a las afueras de Londres pocas más ofertas podría depararle. Eso sí, la misma honesta compaña, la de algunos pocos lugareños de buen abrigo, otro tipo de amantes de la soledad a modo de peregrinos, e incluso alguna pareja de recién casados, y un extraño… un tal Eugène, que desde la barra seguía atento cómo el periodista tomaba asiento donde siempre, casi el rinconcito más apartado del comedor, donde no faltara su libro en mano, siendo cualquiera de su interés y mejor compañía que un interlocutor desaforado, de esos que tanto se había topado por el mundo y que lo terminaba señalando como al hijo mismo de Satanás. Y un libro por si acaso el que organizara la cita no apareciera, y ojala. Y ya el plato sobre la mesa, sin casi mediar palabras con el camarero.
—Señor Lee Helfrich… —y la intromisión del señor Eugène no fue una molestia, porque el periodista no cambió su hábito a los cubiertos porque aquel bien ataviado caballero mantuviera una leve pausa, ahí de pie, momento en que se presentó y luego tomó asiento: —Eugène Curchod…
Robert aún masticaba, sin alejar la vista del plato y aún trajinando los servicios de la mesa, como la servilleta y la copa de vino.
—Mis padres me dieron una buena educación —acertó a decir, por fin mirando al intruso, a todas asimismo anfitrión de aquella velada, por invitaciones. Tenía enfrente una especie de abogado, creyó adivinar de primeras, calvo de tanto estrujarse los sesos en querellas ajenas, seguramente por tramas económicas, y aún con la corbata de todos los días, aunque era de presumir que no se sentía del todo “de servicio” por la cara de favor a terceros que traía, a pesar de la oficialidad de su chaquetón claro y los guantes, los que apretaba con fuerza en una mano, como si fueran el buen puñado de libras que le pagara el último cliente. Sus gafas redondas daban por entender muchas cosas… desde un gusano de libros, hasta todo un demonio de las leyes. —Disculpe que no sea muy afortunado con extraños; el mal vivir de mi oficio no me permite extenderme mucho y desconfío de todo el mundo —y, al menos, Robert estiró el brazo, para estrechar la mano en un visto y no visto, semejante a cómo los vendedores de seguros extienden su tarjeta de visita a sabiendas que el cliente que tiene enfrente no está del todo interesado en sus productos. Enseguida volvió a comer, y no tuvo reparos en hablar con la comida en la boca, aunque sin abrirla de par en par: —¿Quién le envía, señor Curchod?
—¿Cómo sabe que me envía alguien?
—No sé. Llámelo instinto de periodista. O suerte. Pero lo cierto es que no me parece que venga sino por expreso deseo de alguien.
—Cierto. Represento al señor Lagarde-Marie, que, por cierto, ya me ha hablado de su perspicacia. Le admira, incluso, aunque no comparte del todo su punto de vista de las cosas.
—¿Ah no? Así que me cuestiona… ¿Y acaso, para tener la virtud de discutirme, ha visto mucho de la miseria de este mundo? ¿Ha viajado mucho su jefe… o su cliente?
—No, últimamente no. De hecho, ha permanecido confinado en su alcoba desde hace ya dos años.
—Espero que hablemos de una enfermedad; de lo contrario, estaríamos hablando de un loco.
—Esclerosis múltiple, añadida a una incisiva angina de pecho. Aunque, cuando empiece a conocerlo, quizá piense que sí que está delante de un loco.
—¿Quién dice que lo voy a conocer, señor Curchod? A mí no va a convencerme con “petrodólares”.
—Oh, vamos. Son métodos a menudo ofensivos, para según quien.
—…Y en mi caso innecesarios. No necesito que nadie me pague para hablar conmigo. De hecho, habitualmente soy yo el que paga para hablar con al gente. Pero no crea que voy a enseñarle mi cartera hasta que no me dé una buena razón.
Eugène Curchod sonrió:
—Desde luego, pero será mi cliente el que le dé motivos para escucharle. Por eso quisiera que viniera conmigo a Bouffémont, en Francia.
—¿ A esa triste alcoba?
—En efecto.
—¿Y qué sacaré en claro? Bueno, sólo para ayudarle un poco, le diré que si su cliente me conoce es porque conoce asimismo mi trabajo. Y será seguramente retractor de mis ideas. Una sensación de amor y odio, por parte de ese señor tan enfermo del que me habla. Se ofenderá con mis letras, pero en la vida no esperará otra cosa que acaso el siguiente artículo que escriba; hay gente que lo llama la salsa de la vida. Y hablamos seguramente de un afortunado coleccionista de un buen montón de euros.
—Un empresa metalúrgica, señor Lee.
—...Y campechano. Me será familiar, porque sepa que la mayoría de mis artículos lo lee gente refinada, pero me ando mucho más por los bajos fondos de este mundo. Allí me siento alguien. He entrevistado a cerca de cinco mil campesinos, por las pocas veces que he tenido el disgusto de negociar con mis editores.
—…Y recorrido muchos países.
—Seguramente más que su cliente. Sobretodo porque parece que tiene todo el tiempo del mundo para leer. Para leerme, mejor dicho.
—Ha comentado mucho su trabajo, señor Lee. Cree que usted es la persona adecuada a sus necesidades.
—¿Porqué? ¿Qué encontraré en Bouffémont?
—Quizá un loco, no lo sé. Será usted quien decida eso. Y si necesita hablar de “petrodólares” para concertar esa cita, deje de lado su orgullo.
—Una buena historia. Sólo necesito eso. Ya le sacaré partido yo a lo que eso signifique.
—Pues tenemos todos los ingredientes: un adinerado hombre de negocios, quizá en su último liento, dándole las claves a usted para un artículo revolucionario; esas han sido más o menos sus palabras.
* * *
Bouffémont…
“…Al menos, eso es lo que interpreté de ellas. Aún oculta mucho que no quiere darme a entender, algo que quiere desvelarle a usted. Le ha leído mucho y le siento obsesionado con su persona. Murmura. Ojea viejas noticias y archivos que nunca le había visto en las manos… Incluso, pese al empeoramiento de su estado de salud, algo le vibra dentro y desde hace pocas semanas siento que ha vuelto a vivir”
Y tan deseoso de conocer a Robert Lee Helfrich en persona que sus ojos se abrieron como platos al verlo pasar el quicio de la puerta, en efecto, de una suntuosa alcoba de un suntuoso palacete a las afueras de París. Un acomodado as de las finanzas adormecido en un eterno pijama a rayas, hasta que su suerte o sus desvaríos lo llevaran a pedir que le trajeran todos y cada uno de los recuerdos de su juventud para por cuando un recién casado emocionado de la vida, enamorado de una hermosa mujer. Tiempos mejores, y luego la penuria de muchos años, demasiados, convertidos en recortes de periódicos, informes policiales, peritajes, investigaciones… fotografías. Tantas y tantas falsas esperanzas, reflejadas en la ahora nerviosa cara de un hombre que pareciera no haber hecho otra cosa en la vida que esperar aquel momento. Bien acicalado, para alejarlo de la idea de un loco. Más bien, un temerario y ahora soñador que se permitía dejar la cama para recibir al periodista, estrecharle la mano, agradecerle su visita… y perderlo por un instante mientras el entendido de las letras le daba de lado para ojear los primeros detalles de su supuesto reportaje, aquel material dispuesto por toda la alcoba… el tanto y tanto trasto que un cansado médico no era capaz de convencer quitaran de allí, que no era hora de rememorar tiempos mejores, emocionarse y perder las tan necesarias pocas energías, cuando no empeorar la higiene de la estancia para con un paciente muy delicado.
—Son muchos años… —murmuró Robert, viendo los sellos de aquellos papeles en los muchos tablones y pizarras.
—Demasiados, señor Lee… —tosió levemente el cliente de Curchod, pero luego se arrepintió de haberse mostrado débil y carraspeo con fuerza; no quería parecer un viejo en sus demencias, sobretodo a tenor de lo que quería contarle a su visita. —Tome asiento, por favor. Usted también, Eugène —lo sorprendió, cuando el abogado aún permanecía en la puerta. Quizá el tipo pensaba que su trabajo ya estaba hecho. Le había cogido de improviso aquella consideración, y tardó en decidirse a tomar asiento. Inclusive, rebelde, Robert lo hizo después de él.
—No crea que voy a tenerle compasión por su delicado estado de salud —aclaró el periodista, a sabiendas que afuera, en el aparcamiento de la propiedad, junto a la fuente, montaba guardia perpetua una ambulancia de una empresa privada. —Si empiezo a ver que desvaría demasiado, me verá salir por esa puerta.
—Entonces tendré que ser muy cauto. O quizá tenía que haber contratado a un par de gorilas para que se apostaran en ella; no confío en que entienda lo que voy a contarle, señor Lee, pero, sobretodo, gracias de nuevo por venir. Y por su sinceridad, esa que tanto me ha sorprendido en sus artículos.
—Ya me conoce, ¿eh?
—…Y tanto. Y, puede que me malinterprete, pero entiendo ese intento de asesinato hacia usted en Brasil, en la motocarro.
—No me lo recuerde.
—…Se mueve entre arenas movedizas.
—Es el precio de la verdad, señor Lagarde-Maire.
—Quizá… Tal vez, de la más aparente, señor Lee.
—¿Va a discutirme?
—Hay cosas de usted que no admiten discusión. Su trabajo en Sudamérica es soberbio, persiguiendo la pederastia de los curas en Brasil y Argentina. Dio con el padre Heliodoro Macías en México, recolocado por el Vaticano después de sus delitos. Usted desenmarañó las tramas financieras entre los narcotraficantes colombianos y los fondos de inversión de La Iglesia. Las extorsiones en el gobierno de Honduras… Me ha conmovido incluso la lucha que lleva a destajo en África, combatiendo el SIDA desacreditando en lo que ha podido el mensaje del Sumo Pontífice en contra del preservativo.
—Veo que está al tanto de mis batallas personales.
—Admiro el tesón —…estaba animoso, pero no curado, por lo que el señor Lagarde-Marie se permitía tomar de vez en cuando alguna bocanada de aire fresco de su mascarilla de oxígeno. Ya se había tumbado en la cama, aunque para nada se había acomodado.
—Yo el suyo —y Robert dirigió la mirada hacia todas las evidencias obsesivas en los centenares de papeles y documentos en las paredes. Había incluso un álbum familiar, y algunos portarretratos afines al empresario y a una hermosa chica, o a la chica en solitario. En todo, calidad fotográfica, indumentarias y peinados, se olían viejos tiempos. Quizá los años cuarenta. —¿Qué es todo eso?
—Los archivos de mi vida…
—…Y de la de ella —se sugirió sobre la muchacha Robert.
—Sí, muy perspicaz…
—…Y capaz de saber con una sola ojeada que aquí no hay una sola evidencia de que esa pareja que sale en las fotos haya llegado intacta hasta estos días. Porque el chico lo tengo delante de mí, usted, pero a la jovencita no. Y no hay fotografías desde entonces, porque las hubiera dispuesto asimismo en todo este maremagno.
—…Y ofensivo. Aunque en el buen sentido.
—Cruel, diría yo —añadió Curchod.
—He visto de todo. Pocas cosas pueden darme lástima hoy día.
—…Sólo busca la verdad.
—Desde luego.
El señor Lagarde-Marie hizo una pausa, dejando su lado intenso para mostrarse dubitativo a la hora de expresarse en sus aspiraciones:
—¿Cree en Dios, señor Lee?
—Es una pregunta innecesaria. Si me conoce, lo es.
—No, se lo pregunto en serio. Aunque llegue el momento de la ruptura con ella, a todos los que hemos sido educados en la fe cristiana siempre nos queda un atisbo de esa doctrina que a menudo aflora en nuestros peores momentos.
—No afloró en Brasil, con la motocarro. No creo que haya otra ocasión como aquélla para que lo averigüe del todo.
—Quizá no me he explicado bien, señor Lee. Porque entiendo su lucha sin desasosiego contra el Vaticano. En según qué ocasiones incluso la comparto, porque usted y yo sabemos que La Iglesia, compuesta por hombres, no es el reflejo mismo de Dios, sino de la interpretación de Dios que han desmerecido tanto sus siervos —y, para entonces, una enfermera había aparecido casi de la nada, andando rutinaria por los quehaceres de los cuidados de su paciente, y ya le abría el pijama al señor Lagarde-Marie para auscultarle, momento en que, nunca más propio, se dejó entrever una bonita cruz de plata colgante de una bonita cadena trenzada. —Como ve, yo creo en ella, pero desconfío de quienes la aprovechan en su beneficio. Y la pregunta no tiene nada que ver con un altar, con una imagen, ni con lo que hayan podido contarle en misa. La pregunta viene a razón de todo aquello que usted ha podido ver en sus viajes.
Robert se acomodó mejor en su silla, para avanzarse en ella un poco más y hacerse más incisivo sobre la cama.
—Señor Lagarde-Marie, en todos ellos jamás hallé evidencias de que pudiera existir dios alguno. Y creo en lo que hago, porque, si no, todos estos años de mi vida hubieran sido en balde… y sepa que me aterra perder el tiempo, el poco tiempo que tenemos en este cochino mundo.
…No lo había planificado todo, así que el señor Lagarde-Marie tuvo que despedir a su enfermera con un leve gesto de la mano, pidiéndole por favor que los dejaran a solas, a pesar de que la joven ya desenrollaba su tensiómetro.
—¿Y si le dijese que en realidad sí que hay algo? ¿Y si le dijese que tengo evidencias?
—¿Tiene usted esa certeza? porque, se lo digo en serio, no va a convencerme sólo con palabras.
—Ni lo pretendo. De hecho, he oído algún debate suyo por la radio. Sabe dejar en jaque a los creyentes para que queden en silencio, sin contestas, para que aflore únicamente una fe ciega en lo insostenible, una creencia en una nada razonable sustitución de la verdad por el ferviente deseo de crear un lugar mejor que este mundo.
—La mayor virtud de la fe es la duda.
—¿Y usted tiene dudas?
—¿…De que Dios no existe? Creo que ninguna. Sin embargo, reconozco que es un hecho aún por demostrar.
—Hasta ahí quería llegar yo, señor Lee. Con las pruebas pertinentes, usted creería…
—Pues sí. Sin embargo, dudo mucho que llegue ese día.
—…Quizá está más cerca de lo que parece.
Robert suspiró. Luego repitió aquel mismo gesto en la silla:
—Acérquemelo.
Ahora fue el señor Lagarde-Marie quien se tomó su tiempo, que completó con todo desconcierto al levantarse, ir al otro lado de la estancia, donde los portarretratos, y devolverse con el que más le hacía soñar, el que había sido su ser y su tormento toda la vida. Lo miró antes de entregarlo, para que Robert lo recibiera y viera la fortuna en la forma de una delicada y hermosa mujercita. Una tez blanca la hacía parca en detalles, por una mala foto y para con un rostro de porcelana, donde una boca apenas de beso y unos ojos como flores eran sus detalles. Hermosos, desde luego. Una cabellera negra completaba el contraste, lisa y volátil, vertiéndose sobre un ramo de rosas y un vestido de novia de corte clásico. Una pose en un hermoso banco de madera y un amplio jardín de fondo hablaban de un día especial. En concreto, el día de su boda con el señor Lagarde-Marie, por entonces apenas un jovencito de veinte años.
—El amor de mi vida, Emeline —se explicó, tentado de perderse mirando el suelo, o quizá hacerlo a través de la ventana. No le era fácil hablar de ella, aunque no tuviera otra intención en la cabeza.
—Es bonita… O… ¿lo era?
Y hubo un suspiro antes de la contesta:
—Eso no puedo contestárselo, porque no existe una definición exacta para eso que usted califica como una cualidad ya pasada. Al menos, todavía no.
Era una contesta del todo extraña. Sin sentido, incluso. El señor Lagarde-Marie se percató de ello, viendo las caras de incertidumbre de aquellos dos hombres:
—Señor Lee, quiero que se olvide por unos momentos de todo cuanto ha conocido. Quiero que deje de lado todas las connotaciones culturales por las que entendemos y regimos la vida. Quiero que no tome a absurdos todo cuanto le vaya relatando, y sobretodo que espere a sacar conclusiones al final, con toda la información en sus manos. No se precipite conmigo.
Robert creyó detener el tiempo con su mirada, pero luego accedió asintiendo con la cabeza.
—Emeline y yo estuvimos casados trescientos sesenta y cuatro días. Una fantasía hecha realidad para con la mujer más tierna que haya existido. Un amor verdadero, señor Lee. Un amor eterno. Ése que envidias si no lo tienes, pero sobretodo que te destroza de por vida si acaso lo has tenido y ya no está entre tus manos.
—¿Se fugó el día antes de su aniversario de bodas? Porque, según deduzco, debo entender que no falleció —insistió en ese punto el periodista.
—…Dejó de ser ella por culpa de una tercera persona.
—Entiendo…
—No, aún no entiende. Le ruego paciencia. No tome a la ligera los acontecimientos. Ni siquiera crea que ella no estaba ciegamente enamorada de mí aunque le diga abiertamente que se escapó en brazos de lo que en aquellos años se entendía por un galán.
No hacía falta muchas más palabras para que Robert quisiese caer en la tentación de sonreírse. No lo haría, ni se le notaría las intenciones. Todo, como solía suceder, pasaba sólo dentro de su cabeza.
—Sé que decir eso me desacredita, de algún modo. Hace pensar en mi falta de… no sé cómo explicarlo… Quizá, ¿decir virilidad sería demasiado mundano? Sin embargo, fuera de lo que comúnmente usted pueda entender por los atributos irresistibles de un galán, sepa que mi mujer se vio atraída irresistiblemente, y contra su voluntad, por ese caballero de facciones hermosas, de mirada irresistible. Un señor exquisito que nos rondaba en los lugares más insospechados, hasta que su insistencia dio como fruto el peor trance mi vida.
—¿Me está diciendo que al captor de su mujer se lo topaban en las fiestas sociales de la época? ¿Y no sospechó nada?
—No es fácil dar un puñetazo a alguien en la distinguida ópera de la época. Hablamos del año cuarenta y siete, señor Lee. En una aún decaída Francia, empezábamos a encumbrar nuevos negocios. Los señores más acaudalados de la París de entonces solíamos asistir a los clubes y tomar nuestros puros cerrando toda clase de dependencias. El galán del que le hablo era un adinerado empresario que parecía saber embelesar a todo el mundo. Un sueño para las señoras, y un momento de turbiedad y complejos para todo aquel hombre que se midiera a su lado. Un tipo altivo, de corte más que clásico. Bello, realmente bello.
—Lo describe con cierta admiración, después de lo que le hizo.
—Quizá sí… Tengo mis justificaciones, que serían del todo una envidia y odio a muerte si no fuese porque tengo cierta certeza de que no se trata de un hombre común. Pero no adelantemos acontecimientos. Baste decir que Emeline se fue una noche tan inoportuna como la que daba el amanecer a nuestro aniversario de bodas. Hacía semanas que la veía distante. Incluso, en los últimos días, una repentina fiebre la hacía delirar y someterse a toda clase de convulsiones, en su mayoría delirios de tintes… eróticos, como si disfrutara de alguien que no existiera sino en su cabeza. Eso último sí que no me encajaba… Yo pensaba que había contraído la malaria en uno de nuestros últimos viaje a Senegal, a la región de Faleme, de donde extraemos nuestra materia prima. Supongo que sabrá a través del señor Curchod que tengo una empresa de metalurgia, señor Lee. Ésa es la fuente de mi fortuna. El trabajo de toda una vida. Y, mi desgracia, la que se aconteció en aquella fatídica noche en que perdí a mi mujer. Simplemente, me dejó una ventana abierta, como si el viento se la hubiera llevado. Quedó para mi recuerdo, tan sólo, aquel baile incesante de las cortinas, como si aún quisiera acariciarme con sus manos.
Otra tediosa pausa, en la que Robert volvía la vista al portarretrato de la joven para matar el tiempo.
—No lo pierda de vista, señor Lee —le encomendó sobre su gesto el señor Lagarde-Marie, para coger una carátula de CD del cajón de la mesa de noche y dejársela caer asimismo en las manos. —Esta es Ameline cuarenta y nueve años después.
Una carátula de CD… Curioso destino para una mujer refinada. Porque el álbum era de los Devil´s History, un grupo de rock duro poco conocido para el gran público, pero de culto entre los radicales del género. Guardado al lado de la cama, pero nunca a la vista, porque el señor Lagarde-Marie, como aparentó con su gesto de no pretender contemplar mucho más aquel elemento, lo temía y lo odiaba mirar. Y era excusable, porque Robert, acostumbrado a toda clase de penurias tercermundistas, a emociones fuertes y enormes penas, sintió un súbito acelerón del motor de su pecho y se notó terriblemente incómodo. Insultado, incluso. Porque, en el portarretrato, la joven Ameline se dibujaba sutil, hermosa, cálida… Diecisiete años de dulzura. En la carátula de CD, pese a que se pudiera dudar una y mil veces que fueran la misma persona, la muchacha mostraba su primer plano… pero del revés en todo cuanto pudiera suponerse sutileza. Una faz aterradora. Blanquecina, mortuoria… Suficiente, para la impresión que querían dar sus editores. Una faz propia de la peor pesadilla, con una mirada entre ladina, erótica y sobretodo indómita, como de los infiernos, y por encima de todo tan resuelta que el maldito posado parecía estar mirando de verdad a quien tuviese la mala suerte de escudriñar aquellos ojos, que desde luego calaban en el observador con todo deseo de absorberle el alma.
El periodista había quedado sin palabras, y no se creyó a sí mismo cuando retiró a un lado la horrenda cara que vestía el CD. Luego, viéndose observado, no se dejó ganar de las circunstancias y volvió a examinar la pieza, ahora dándole vueltas e inclinándola para darse cuenta que la estrambótica Ameline le miraba fuese cual fuese el ángulo conque se mirara.
Curchod no se había atrevido a levantarse de la silla e intentar indagar nada; ya había tenido la mala experiencia de toparse con aquella imagen.
—Admito que es sobrecogedora —dijo al fin Robert. Había tenido aquella misma sensación de espanto en unas cuevas de México, donde la muchedumbre acertara decir había aparecido la imagen del diablo… muy conseguida, aunque para entonces el periodista había resuelto que una fortuita mancha de humedad había dado con certeza en la superstición popular y el horror, y que hasta el suyo propio había sido sólo consecuencia de la histeria colectiva. Allí, en cambio, había un simple papel dando vida a una carátula, pero con una impresión tan brutal que por mil veces que se reparara aquel rostro, mil veces daba miedo. No había más incitaciones al desaliento que la imagen misma, se diera donde se diera; eso concluyó Robert, para empezar a preguntar:
—Labios cuarteados, oscuros… Ojeras interminables, venas prominentes… Una faz casi irreal, deforme, pero perfecta… Tiene un parecido razonable a la tal Ameline, pero podría no serlo. Y, sin embargo, aunque por un momento mantengo esa duda, demonios… la conozco desde hace sólo cinco minutos, y puedo creer afirmar que se trata de la misma persona —y el periodista suspiró. —Luego… ¿cómo es posible que tenga aún ese aire jovial? ¿Dice que entre estas dos imágenes de Ameline distan cuarenta y nueve años?
—Llevo muchos años buscando a mi mujer. Ella ahora, al menos en ese CD, debería tener sesenta y seis años… Fue editado en el año noventa y seis.
—Imposible... No puede ser, con esa juventud que se le aprecia. Ni el mejor maquillaje haría un trabajo así.
—Señor Lee… he contratado a toda clase de profesionales para no hallar en todo este tiempo más que pistas difusas. Y muchas mujeres que no eran ella. Incluso he ido a alguna cárcel de Bangkok, para no hallar sino desilusiones y la mujer de cualquier otro, o de nadie. Me han dado datos de todas partes del mundo… Tres países de Sudamérica, Australia, Canadá… Madagascar ya rallaba la locura, la misma que me impregnaba día y noche. Me he llevado muchos disgustos… He respondido a todas las llamadas… —el señor Lagarde-Marie suspiró. —Ese álbum de música tiene mucha historia, señor Lee. Evidentemente, una persona con mis hábitos jamás escucharía rock duro. Era casi imposible que ese tipo de material terminase en mis archivos, a no ser por casualidad. Curiosamente, sólo podía llegar hasta mí de la mano de una persona que me era completamente ajena, como una de las chicas del servicio, que una vez, una bendita y al mismo tiempo odiaba vez, tropezó conmigo y, al caer su bolso, este mismo CD rodó por el suelo como una maldita ruleta. Fue la mayor impresión que creo haberme llevado en mi vida. Y creo que ella también, que al ver mi sobresalto y llevarse sobretodo el suyo, no dudó en regalármelo al ver mi obsesión por él... y su vergüenza, al escuchar ese tipo de música. Parece que es una edición limitada, para conmemorar la muerte por sobredosis del vocalista del grupo. El tercero de los músicos de los Devil´s History que fallecía en trágicas circunstancias; hablamos de otro tipo de gente a la que estamos acostumbrados, desde luego. Vivir a tope, sería la consigna. Y la cruz, desde luego. Y me dolió mucho el raro mundo en el que se parecía mover Ameline, hasta que reconsideré todos los puntos de vista y me sentí afortunado de haberla encontrado.
Ahora, el señor Lagarde-Marie creyó derrumbarse por dentro y se encaminó hasta la ventana, buscando algo de fuerzas en la bonita pinta de su jardín.
Continuó de milagro:
—Esa imagen diabólica de Ameline es muy popular en Internet. No sabía cuánto hasta que me involucré en su búsqueda a través de ese medio. La gente de la informática, los góticos sobretodo, la admiran y la tienen en un pedestal. Según ellos, es la imagen misma de la sobredosis en estado puro. Desaliñada, sucia, de pelo revuelto y, sin embargo, envidiable… Una belleza extraña, y una cara imposible. Unos ojos imposibles, desde luego, en una instantánea suya que da miedo. Me es horrible pensar que incluso hay “camioneros”, jipis y motoristas que llevan una camiseta de ese rostro. Del rostro de mi mujer… De Ameline… En Internet la llaman Blancanieves. ¿Curioso, no? Y todavía hay gente en la red que dice saber dónde está, que la han visto y que tiene esa misma mirada y ese mismo espíritu de los diecisiete. Es una especie de mito que muchos persiguen.
—¿Tan seguro está de que es ella? Yo lo dudo mucho, basándome sobretodo en que, esta mujer, ¿cuánto debería tener ahora…? …Hablamos de una sexagenaria.
—Aunque ponga en duda esos años, los tiene, señor Lee. Los tiene —afirmó con firmeza el señor Lagarde-Marie. Ya había dejado la copiosa luz de la ventana, para hundirse en la miseria de su cama una vez más. —Créalo… O reserve su opinión hasta que yo termine le contarle lo que sé. Sólo decirle que en el mismo Internet cuentan la historia de esa horrible fotografía. En el año noventa y seis, la discográfica de los Devil´s History decide lanzar al cerrado pero abundante mercado de los más radiales adoradores de lo heavy metal, una edición especial de los mayores éxitos de ese grupo. Y buscan una imagen especial para la carátula, que refleje fielmente la extravagante naturaleza del mundo de toda esa panda de locos. La noche y los locales nocturnos, las drogas, la prostitución, el desenfreno, la anarquía… el infierno en La Tierra, señor Lee. Buscaban una yonki cualquiera en la madrugada de París, en los bajos fondos —he hizo un inciso: —Como ve, a base de investigaciones he terminado por aprenderle el singular diccionario que califica a toda esta gente. Pues bien, para el CD, ni siquiera una sola foto de los autores de la música, sino de una de esas personas que podrían oírla momentos antes de una sobredosis o de un suicidio desde un puente o desde el apartamento de algún chulo de poca monta, o de un cliente. Encontraron de casualidad a Ameline, nadie sabe dónde exactamente, y enseguida la llevaron al estudio fotográfico en la misma sede de la discográfica para iniciar la sesión de fotos. A partir de entonces, todo es muy confuso, porque nadie sabe bien qué pasó. Sólo hay testigos de que llegaron al estudio siete hombres con una mujer profusamente abrigada por la ropa de largo de uno de ellos, un chaquetón. Un cadáver, parecía. Y luego, entre fotógrafos, editores, agentes de marketing y, a tenor de la crudeza de la foto de Ameline, un inútil estilista, esos siete hombres que se encerraron con ella en el edificio, de madrugada, dieron paso al mito de haber abierto las puertas mismas del Infierno al aparecer muertos en el mismo estudio. Degollados. Alguno con la cabeza del revés. Un baño de sangre literal, debo añadir. Sangre por todas partes. “Hasta los tobillos”, describió algún policía en su informe, al toparse con la dantesca escena a la mañana siguiente.
—¿Y Ameline?
—La encontraron escondida en un armario, muerta de miedo. Víctima de un estado de shock, mejor dicho. Dicen que jamás habló, si es que de por sí, cuando la hallaron los responsables de la discográfica y la propusieron las fotos, acaso sólo trataba de justo todo aquello que buscaban, una desgraciada incapaz de articular palabra, tan sumida en la droga que no era capaz sino de dejarse manipular. Es lógico que la encerraran en un psiquiátrico, a la espera de juicio. Sobretodo, de alguien que pudiera identificarla.
—Y, desde luego, no apareció nadie.
—Aparte de que era imposible que yo pudiera estar al corriente de todos estos acontecimientos, al menos, no hubo nadie en las primeras veinticuatro horas, señor Lee. Verá, hay informes de los exámenes médicos que le hicieron a Ameline por entonces, pero han desaparecido. Algún testigo de esas pruebas asegura que, pese a las aparentes evidencias, en el cuerpo de Ameline no se encontró ni un sólo gramo de estupefacientes. Otros detalles confusos hablan de una temperatura corporal por debajo del umbral de la hipotermia, falta de pulso, moretones espontáneos… Luego, hasta las cintas de las cámaras de seguridad del psiquiátrico han desaparecido. Porque, en la primera noche, se discute aún si fueron tres o acaso dos tipos desconocidos los que irrumpieron en el centro, dieron muerte a dos celadores y a cuatro pacientes, al azar, antes de, supuestamente, llevarse a Ameline.
—¿Quién tendría interés en rescatar a una simple toxicómana? —debatió esa suerte Robert, para un instante después recapacitar en que estaba tratando a la deseada esposa de aquel señor como a una cualquiera. Pero no pidió disculpas, luego empezaba a perder el interés por tanto desquicio, porque los detalles médicos de un paciente en esas condiciones no tenían sentido alguno. —Es más: ¿quién tendría interés en ocultar esos informes y esas cintas? ¿Son fiables esos testimonios?
—Me pesa que descubiertos tardíamente. Investigué las incidencias en el psiquiátrico y en ese estudio fotográfico más de diez años después de lo sucedido, pero quienes aseguran haber visto a Ameline tienen una mirada extraña. Mis investigadores han insistido en eso, en que policías y psiquiátricos, enfermeros y celadores, no olvidan ni un instante aquellos días. Alguno que otro incluso sigue aún un tratamiento psicológico. En cuanto al material desaparecido, ¿conoce usted la empresa ASEDIE?
El periodista se sonrió. De repente, el interés brotó en sus ojos:
—…El brazo derecho y clandestino de El Vaticano —respondió. —Imposible hallarles una relación, pero es tan dependiente de las órdenes eclesiásticas que casi podríamos hablar de un templo más. Inversiones, presión política, desacreditación, servicio de inteligencia… Me es difícil encontrar una prestación que esa empresa del todo y la nada no le dé a La Iglesia. Si ha sido ASEDIE la que ha confiscado ese material, todo esto toma una nueva dimensión, señor Lagarde-Marie. Aborrezco a mis enemigos, pero sé darles la talla que tienen. Si esa empresa está de por medio en todo esto, de seguro que un dispositivo mundial que cuesta miles de millones de dólares anuales no va a movilizarse para ninguna minucia.
—Veo que le he tocado el nervio sensible.
—Mi reto aún sigue en pie, desde que decidí vincular de alguna manera a ASEDIE con El Vaticano. Si consiguiese hacerlo, si pudiera desencriptar los documentos que los unen, La Santa Sede se vería involucrada en los peores asuntos que jamás le ha tocado vivir.
—Me duele que piense así. Como ya habrá imaginado, soy católico. Quisiera que las cosas fuesen diferentes…
—Lucho porque sean diferentes. Lucho porque el fraude y el imperio del terror desaparezcan de una vez por todas.
—Por Dios, señor Lee. No se precipite en sus juicios. Si ahonda en este asunto con todo el talento que sé que tiene, le aseguro que lo que encontrará cambiará su visión del mundo.
—¿Cambiarla? Haría falta mucho para cambiar mis convicciones.
—Sólo le doy un consejo: no dé nada por sentado. Quizá buscando la verdad de todo este asunto, quizá hallando los demonios que han obrado todo esto, algún día usted encuentre el camino al Señor —y el señor Lagarde-Marie cogió la mano del periodista, desconcertándolo con su gesto —Señor Lee… Por favor, encuentre a mi esposa. Hágalo…
—No es tan fácil…
—Lo es… Confío en usted… Sólo un hombre de su experiencia podría hacerlo.
—Ya… Eso supondría mucho dinero…
—Señor Lee… Olvide ese detalle. Para mí es superfluo… Sólo necesito saber de Ameline. Sólo eso. No crea en nada de lo que le he dicho, si acaso no se siente inclinado a ello. Sin embargo, busque. Busque con todas sus fuerzas.
Capítulo segundo
Australia…
Era el segundo camión que paraba aquel día. Luego, la rutina del autoestopista: mencionar por encima adónde se va y esperar la caridad de quien ya ha dado el primer paso deteniéndose en la cuneta para recoger a un desconocido. Y, desde luego, para nada un extraño de las circunstancias de la carretera, porque Jo, el eterno caminante de sesenta y un años, no podría enumerar la infinidad de veces que había hecho autostop. Era un hacer común en su estilo de vida nómada, recorriendo el mundo no para buscar fortuna, sino en la fortuna misma de sentirse libre. Cenar lo que la carretera te da, quizá dormir hoy bajo el páramo, o en la playa, al raso, y luego desayunar unas sardinas asadas por gentileza de algún campista. Un árbol frutero que se cruza en el camino… Un manantial… Pedir alguna limosna, ¿por qué no? Tal vez que alguien lo pasase a su casa y darle un plato de sopa, o un trozo de tarta de manzana. Todo por oírle contar algunas historias, de dónde viene y adónde va. Cómo vive la gente al otro lado del mundo…
Al amanecer, un trailer de combustible, que lo recogió en la 87 para dejarlo en Alice Springs. Ahora, tras hora y media andando bajo el sol, un camión cargado de vigas de hierro cuyo conductor le garantizaba, al menos, auparle unos ciento ochenta kilómetros más al sur, para dejarlo en Erldunda. Siempre suficiente, para quien no solía tener prisa. Y, sin embargo, hoy todo era diferente en la rutinaria y calmada vida de Jo. Porque, el 6 de junio de 2.009, se celebraría en pleno desierto el quinto Encuentro de los Hijos de la Naturaleza.
Sonaba maravilloso, en una fábula que le iba y le venía desde principios de los años noventa, en cada fogata de aventureros, cada fuero de hippies y entre surfistas, escaladores, campistas radicales, ecologistas… gente que se movía en su mismo nivel, donde el amor por una vida naturalista era el denominador común.
Saber de esa concentración era un pequeño comienzo. Saber dónde, a menudo un imposible. Así como el cuándo. Y, sin embargo, la fortuna había llevado a Jo a averiguar o toparse la información delante de las narices, sin pretenderlo, para ir encajando las murmuraciones, desentramarlas de las patrañas y tener ya una fecha, y una localización exacta. De desconocido en desconocido había conseguido aunar esos datos, donde otros muchos como él se habían quedado atrás, y en ascuas, sin poder reunir si acaso sólo los rumores más sombríos.
…Ahora sólo restaba averiguar para qué.
—¿Qué te ha traído a Australia, amigo?
La curiosidad del camionero despertó a un Jo inmerso en la contemplación del interminable desierto australiano, algo, asimismo como las circunstancias, extraño en él, porque solía ser una persona abierta a conversar largo y tendido con todo el mundo aunque le propusieran el silencio. Cosas de saber relacionarse y saber amistar y ganar la ayuda en desconocidos. Y el del volante podía llegar a sospechar con facilidad que el viajero no era propio del lugar, porque aquellas facciones alemanas le antecedían en cualquier pasaporte. Y, sin embargo, era noruego, capaz de unos ojos azules de envidia, tan celestiales como las aguas de los arrecifes del Pacífico, el inmenso infinito de agua en el que aquel trotamundos se había sumergido en no menos de tres ocasiones, en temporadas que sumaban más de una década de su vida. Imposible tostar más al sol la aparente gruesa piel de sus fibrosos brazos, descubiertos al llevar un chaleco profuso en bolsillos, todos ellos en uso y adornado de cachivaches de todas partes, desde una chapa de la policía metropolitana de Nueva York hasta una concha marina de Las Bahamas. Asimismo, aquel rostro aparecía iluminado de un espíritu joven, pero tan abarrotado en arrugas del abuso de sol que se agradecía la profusa barba de Papá Noel, grisácea y terminada en un sutil tono amarillento. Su siempre macuto, los bolsillos de su pantalón llenos, sus botas para toda ocasión, su pañuelo pirata en la cabeza… sus gafas de sol… todo hacía pensar que aquel hombre llevaba la casa a cuestas.
—¿Que qué me ha traído? —y Jo, por supuesto, que se callaría que en los calcetines llevaba las anotaciones del lugar que venía a visitar, asimismo del día exacto de esa congregación tan misteriosa, de la que no se sabía ni de sus promotores. Alguien había dicho que otro truco de la CocaCola, pero nadie podía verle el negocio a algo sin la publicidad pertinente. —Lo mismo que me ha llevado a Finlandia, a Sudáfrica o Perú. Jamás este mundo nos cabrá en los ojos, porque llevo cuarenta y seis años viviendo en la calle, recorriéndolo, y ves que se te acaba el tiempo antes de que hayas abarcado todo lo has querido comerte.
—¿Vive usted de eso, de caminar?
—Se puede conseguir, sí. Desde que era un adolescente, creo no haberme quedado quieto en un mismo lugar más de cinco meses.
—Ya he visto a alguno como usted, y eso no lo puedo entender, amigo. Yo tengo que trabajar día y noche para sacar adelante a mi familia, para pagar este trasto, para comer… y, demonios, no me queda sino para un par de semanas de vacaciones en Sydney porque el presupuesto no da para más.
—Yo también tengo hijos —fue la sorpresa que dio Jo. —Bueno, de ellos conozco a dos. Del resto, al menos por carta me entero de cómo están.
—Eso sí que es inverosímil. ¿Cómo? ¿Cómo puede contactar con alguien si no tiene un paradero fijo? ¿Los llama por teléfono, o algo?
—Soy un negado del teléfono. Viejas creencias me hacen creer que te roba la personalidad. Bueno, son tonterías… No, yo visito a mis hijos cuando puedo, que es lo mismo que para cuando me sorprende lo grande que están. Al resto, les envío cartas desde donde esté… me voy un año, o hasta diez, como ha pasado alguna vez, y luego paso de nuevo por el mismo sitio, donde un amigo me ha cedido su dirección para recoger las cartas y sobretodo las fotos. Te parece que el mundo se vuelve loco cuando ves cómo han crecido esos hombretones… o esas mujercitas.
—No sé si aprobar o rechazar eso, pero ésa es su vida, no la mía. Por cierto, ¿lleva dinero encima? Hará falta mucho para hacer lo que hace.
—Casi nada. Puede parecer complicado, pero hay muchos problemas que te ahorras por no llevar dinero. Los más usuales, como comer o dormir, los solucionas siempre de una manera distinta, sobre la marcha. Sólo tienes que ir ahorrando poco a poco para pagarte un billete de avión cuando quieras dar el salto de un continente a otro. O enrolarte en el barco de un amigo; también soy marinero. Toda oportunidad llega, te lo aseguro.
—Pues es relativamente fascinante. Y habrá conocido a un sinfín de personas.
—Sí, por supuesto. Una parte esencial de este planeta son las personas. Francamente, ya no sé diferenciar cuál es mi lengua natal. Ni tengo más patria que el mundo entero. Aunque haya pasado a veces mucho miedo, como cuando estalla una guerra civil. He vivido dos, y ambas en África. No son buenos momentos ni para contarlos.
—Qué vida, muchacho… Por cierto, ya van muchos como tú los que hemos visto en los últimos días.
—¿Cómo…?
—Sí, sí. Te lo aseguro. Yo he recogido a dos, pero Ronald cuenta haber llevado hasta casi diez. Siempre en el mismo trayecto, hacia el sur. Igual que tú. ¿Qué sois, hippies?
—No exactamente, pero valga la definición.
—¿Y qué os trae a todos a este desierto?
—…Será la casualidad —mintió Jo. Existía una hermandad relativa en todos aquéllos que vivían las mismas sensaciones, tan cercanas a los ancestros del hombre, cuando eran verdaderamente libres. El resto de personas, los “esclavizados”, los que vivían una vida normal, para nada eran el enemigo, pero sí que debían seguir desconociendo muchas cosas que sí sabían los hombres verdaderamente soberanos de sus vidas. —A veces ocurre. Debe ser por las bonitas lluvias de estrellas que se esperan este año.
—Sí, eso debe ser.
…Hubo que distraer al caminero con miles de fábulas. Aquéllas que contaban las tribus africanas, los secretos de la noche de Mónaco, las particularidades de las hormigas asesinas y de un monstruo que rondaba los parajes yugoslavos… Así, no hubo más increpaciones inoportunas. Al menos, así llegó el momento en que Jo fue regalado de una caja de galletas, para que el camionero se extendiera en su gentileza más de la cuenta. Sin embargo, pese a que se conversaba de todo menos de la tierra que pisaban, era tanta la afluencia de extraños en los últimos días en ella que no tardaron en detener el camión en la cuneta para asistir a una camioneta “varada”, cuyo capó abierto echaba humo como una barbacoa. Y coincidía el parecer de foráneos en el desierto, porque dos “hippies” más eran los que se habían aventurado en él con aquel cacharro viejo, más propio de un desguace que de las carreteras. Y esa incidencia del asfalto, donde el camionero ya pensaba haberse ganado hoy el cielo recogiendo a un autoestopista, le fue del todo un aliento porque uno de los trotamundos era un delgaducho cadáver de piel negra, apenas dientes y ojos, descamisado y harto de colgantes, con unas abultadas rastras de herencia jamaicana… pero su compaña, que se acomodaba sobre un costado de la furgoneta, era una más que atractiva muchacha a la que las ropas le aparentaban que le fuesen a estallar, pese a ser asimismo de una delgadez extrema. Sin embargo, sus posaderas eran de infarto, y bien mostradas, y se vestía de un atractivo cuerpo atlético de arriba abajo, así sobretodo por un sombrero cowboy que hacía recordar a las bailarinas de striptease. Su escote de playa para unos senos diminutos, pero punzantes, y una melena rubia requemada por el astro rey no eran de dejarse pasar. Más de cerca, cuando el camionero se bajó para ayudarles, tanto él como Jo quedaron sorprendidos por aquellos hermosos ojos de gata, rodeados de infinitas constelaciones en forma de curiosos lunares que salpicaban su piel.
—¿Algún problema, amigo? —indagó el entendido de las carreteras, volcándose en el motor tras “repasar” primero a la calladita muchacha, que miraba a los extraños con aire impasible.
—No vendían un caballo en Darwin —bromeó el tipo de color. —Si así fuera, sabría parar un rato a dejarlo pastar o beber agua. Con estos trastos nunca se sabe…
—Hombre, algo hay que saber para conducirlos… —y el camionero echó sobre la fuga de vapor un trapo, manera de que aquel vano motor dejara de ser un infierno y se pudiera reconocer la avería.
“Crack…”, se presentó el afroamericano, estrechándole el brazo a Jo. Sabían quiénes eran, aunque no se conocieran. Ambos, y la chica, se reconocían del mundo libre. Andaban las mismas cosas. Eran espíritus movidos por el viento. “Ella es Idi”, presentó a la muchacha, que apenas se sonrió. Era concluyente que se reservaran de presentaciones más formales, como haría el camionero entre los suyos. Ése era el verdadero extraño, aunque fuese el único que hiciera algo útil en todo aquello:
—Es una fuga, amigo. Se ha quedado sin refrigerante —explicó, en vano porque el tal Crack se encogió de hombros. —Voy a arreglarle el circuito; tengo abrazaderas en el camión, creo que servirán.
Fueron quince minutos los que tardó el improvisado pero capaz mecánico en arreglar el problema. En ese tiempo, Jo tuvo su momento para preguntar a los suyos hacia dónde se dirigían, para con la respuesta de un escueto “al sur”. El interés fue devuelto cuando Crack indagó al viajero si acaso andaba solo, o esperaba a alguien. Asimismo, dónde había estado, y sobretodo cuándo y porqué le había nacido el interés de ir también “al sur” en Australia. Fueron respuestas tan vagas como acaso lo fueron las preguntas, y, antes de que se decidiesen a confesarse, el camionero logró poner en marcha el motor y la camioneta de nuevo empezó a temblar:
—Bueno, amigos —dijo el que resucitara la máquina. —Procura usar sólo las marchas largas —le confió a Crack mientras se limpiaba las manos con un trapo. —No lo fuerces. Tienes ahora mismo un motor muy tocado que no creo que te aguante mucho tiempo; procura cambiar de coche lo antes posible.
“¿Eres uno de los Hijos de la Naturaleza?” escuchó entonces Jo, aunque no hubiese voz alguna.