Excerpt for al ocaso by Javier Ramirez Viera, available in its entirety at Smashwords







AL OCASO

Javier Ramírez Viera

AL OCASO

Javier Ramírez Viera


Escritia.com
JavierRamirezViera.com

Las Palmas de Gran Canaria, España.
2010

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Capítulo primero


Verónica…


No podría decir que tuviera esa alma corrupta de Cleopatra, capaz de enredar a los hombres en una telaraña de perfume invisible. O bien definida, allá en un escote diabólico que aún no me había nacido. Sin embargo, sí que dibujé a tiempo un corazoncito flechado. Y digo a tiempo porque fue un recurso instintivo que me nació justo antes de entregar el examen, a pie de página. Uno que dominó mi mano a traición, pero que me nacía tan de adentro como el pensamiento de mi propia persona.

Algunos dicen que las mujeres somos la tentación. Y no más que, acaso, lo que ellos sólo creen ver en nosotras. Sin embargo, haciéndoles honores, sucumbí entonces al uso de mis armas de mujer… en aquellos años, apenas los de una adolescente de buen ver, uniformada de esa falda de cuadros que, para algunos, nos convierten directamente en actrices porno; quizá nosotras teníamos la culpa, por recogerle al menos algunos dedos de todo cuanto venía de costura en nuestras peculiares “minifaldas”, las que sabíamos bambolear al uso para con el coqueteo, en conjunto con el torrencial juego de nuestros cabellos.

Era recuperación de septiembre. Algunas chicas, las que nos habíamos dedicado a perder el tiempo durante todo el curso, más que por esa admiración ajena de aprobar para quien aún no le importa mucho el futuro, luchábamos allí la materia al uso del último cartucho, y con la sonrisa bien puesta delante del profesor, sobretodo motivadas por no pasar otro verano castigadas y no discutir mucho más con nuestros padres, que parecían depararnos el papel de astronauta aunque ellos no supieran ni adónde les quedaba ya La Luna. Don Guillermo, nuestro juez en las absurdas matemáticas, también intentaba desligar la inercia popular de la mujer en casa con aquélla que calzaba botas altas y un bolso donde no cupiera ni una algarroba, por ingenieras, abogadas y doctoras… porque hasta una secretaria tenía su cruz clavada. Muchos eran sus discursos en clase a ese respecto, las largas charlas que se nos evaporaban enseguida apenas de entradas por los oídos, porque, como incipientes mujeres, sólo le mirábamos a él. Escucharle sería perder parte de los sentidos en intentan entender monsergas, por lo que sólo oíamos la música de su voz, que caminaba por un enclave distinto al de todas las demás voces del mundo y hasta parecía querer hacer reverberar los cristales de las ventanas, porque nuestros corazones ya vibraban de amores; sólo había que vincular esa “hombría” con su aspecto, tan gallardo, para hacernos soñar con el amante perfecto. Era un sofisticado tipo que se nos antojaba solía darse de cabezazos con el techo, de tanta su altura. Interminable, y enorme en todas direcciones, como esas desproporciones de La Naturaleza en animales que, en las estampas, parecen alimañas, y en el zoo son mentira animada. De cerca, en su mesa, casi como que nos costaba verle de una vez toda esa cara, de lo crecido que andaba, como una seta de concurso. Soberbio, en su propia muralla de Troya, con su chaquetón pardo, del que no solía desprenderse ni en días de sol; dos veces se lo había quitado, y para quedarse de mangas revueltas hasta los codos y proponernos su pinta después de un pasional orgasmo, sobretodo si se había sudado en manchas por los pudores del torso. Pero, había que repetirlo, sólo lo hizo dos veces. Por eso de que siempre aparentase ser un caballero, escondido tras su enorme nariz, de la que algunas listas habían cuchicheado era ideal para que hiciese de cosquillas por donde el ombligo. Al tiempo, un “apéndice” bastardo y ladrón de virginidades, entre una mirada que muchas creíamos pícara, en dos ojos prietos de un gris que nadie aún había visto. Al menos, ni yo ni mis amigas, en nuestro tema de discusión más deshonesto.

¡Qué idiota, hablando de números todo el rato! Nosotras no teníamos que saber sino que uno más uno eran dos. Suficientes. Al menos, por el momento. Era lo que nos hervía, después de que una conjunción del cosmos hiciese coincidir nuestra rabia interna, ese flujo de hormonas malditas que nos incitaban al amor inconsciente, con un año con aquel propicio tutor. Pasábamos de lagartijas de mirada escurridiza, a lagartas. Porque ésta que está aquí, el año pasado, aprobó todo cuanto quiso, con aquella profesora al umbral de la jubilación, marchita como la ropa recién lavada, la que todas las mañanas comenzaba el día con la oración y separando los niños de las niñas en distintas tandas de pupitres, como en un avión las butacas de los de primera y segunda clase; ella, azafata, andando entre el notable abierto entre aquellos dos cúmulos de distinta sexualidad. Una plegaria que pasaba a ser multitudinaria, para con toda la clase y de la que nadie podía escapar, como si fuese el último momento de nuestras vidas y hubiere que rendir pleitesía sensata antes del último suspiro. Casi como si tuviéramos que pedir perdón por ser mujeres y hombres. Una rutina de la que no escapaba ni aquélla que se escondía el chicle debajo de la lengua, lo sacaba y volteaba cuando la profesora se daba la espalda, y de reojo seguía las bobadas y chistes de los chavales, escribiendo notas absurdas y de amor primerizo en cualquier invento. Fue ideal que doña Julia se marchase a casa, a buscar tiempo para visitar tiendas de ataúdes. Épico, en su antes y su después, que en aquel nuevo año no tuviésemos un profesor para cuánta cosa, sino un entendido por cada materia, en el quehacer de complicar las cosas de los adultos en eso de horarios de idas y venidas del profesorado. Así esperábamos a Guillermo, como el perro que espera a su amo, exaltadas. Y para tenerlo el tiempo suficiente de quedarnos con la baba tendente, en lugar de hartarnos de él. Se iba don José, con sus papiros de mapas bajo el brazo, y entraba el sol por las ventanas con la clase de matemáticas. Y venía a ratificarnos esa pasión femenina que dominaba, de un curso a otro, nuestras almas, en el paso de niñas a púberas alentadas a crear familia, y a carreras de locos por el mundo… quizá buscando la máquina de los preservativos, la que por entonces hubiese supuesto un insulto moral, pero que se anhelaba tanto como el aire que, aún si saberlo, se nos cuela dentro de forma automática.

Yo aún no entendía mucho de esas cosas del sexo, sino de nuevas apetencias que no podía ni explicar. Sí que don Guillermo me parecía el tipo más atractivo del mundo. Tan pausado… Casi como si su hablar hubiese sido meditado toda la noche, para luego recitar sus pareceres, siempre honestos, durante el día. Embobándonos, para luego perder por un instante el hilo de su clase, él mismo, al percatarse del amor que todas le profesábamos.

Jamás se sonrojaría. Era moreno, pese a su cabellera rubia. Un revuelto de Tarzán tiznado por el sol. Compleja forma para con el contraste de atrevidos dientes de porcelana, para embellecer una cara de feo que, a la postre, no terminaba siendo sino un fresco salvaje. Justo el que las mujeres de verdad, las de pasión, apreciamos tanto.


* * *

Narrado…


Fue en el baño de las chicas, el suyo, cuando Verónica vio por primera vez a Julián.

Fumaba, el trío, pasándose el pitillo, y se desmelenaban las jovencitas las artes del pelo como si acabasen de levantarse de una siesta de mediodía de adonde una caseta en mitad de la sabana africana, suspirando al cielo, sofocadas, hastiadas del examen, pensando ya en todo aquello que no tenía nada que ver con una formación escolar. Sexto curso… para nada… Sólo don Guillermo, capaz de bajar La Luna con su serenidad, con sólo mirar, o recitar un poema dando un sermón… convertido ahora mismo en un imbécil que no hacía más que atormentarlas con la estúpida justicia de lo honesto, en lugar de dejarse embaucar por los corazoncitos que todas y cada una de las chicas habían apostado escribirían a pie de examen, acompañado de alguna nota de agradecimiento o cualquier piropo oculto. Cualquier insinuación cuasi erótica, manera de ablandarle el corazón. No descubrirse, jamás, pero sí hacer volar la imaginación de un hombre hecho y derecho que podría llegar a pensárselo mejor antes de ponerlas mala nota, afanarse de cariño por alguna de ellas y dejarse comprar.

Julián no tenía nada que ver con todo eso. Era una historia aparte. Lo habían traído, pues nunca vendría solo, para matricularlo para el curso venidero. Rompió la charla de lo guapo que estaba hoy don Guillermo para adentrarse en “tierra santa”, la colmena de las reinas, sin mirarlas siquiera. Sólo andando, aprisa, para pasar de largo la pared eternamente alicatada donde no vio ni un solo urinario. Por eso de que anduviese recto y luego se girase como llevado sobre raíles para meterse adonde el último retrete, al menos cerrando la puerta tras de sí allá en el último de los compartimentos de madera.

“¡Mira éste…!” dijo Paula. El tabaco le colgaba de los dedos apunto de caer. Reformaban el colegio, en verano, y daban los últimos retoques incluso allá en el baño de los jovencitos… ¿o ya estaba terminado?

…Seguro que un chaval con esa cara de necio ni siquiera se había interesado en averiguar cuáles eran los aseos que le correspondían. Ni siquiera aunque hubiesen llegado a tiempo para colocar los carteles de masculino y femenino en las puertas nuevas. Era regordete, y bruto en formas. Como un bloque. El pelo abundante. Ni pizca de gracia. Y esa piel apunto de sudar de los adolescentes cargados de hormonas. Un tonto, se dijeron las miradas de las chicas, para terminar riéndose del chorro que se escuchaba desde allá, desde donde el chico se embutió para hacer un duelo de espadas con la hebilla de su cinto y luego desgarrar el eco con el rasgado de su cremallera.

Dijo algo. Quizá se animaba a sí mismo. Quizá conversaba con su particular grifo, el que aún no llegaba a entender, puesto que había pasado tan de largo las pretendidas minifaldas que seguro aún no andaba del todo cuerdo en este mundo.


* * *

Verónica…

No lo terminamos de ver. Quedó allí, en el baño de las chicas. Nos fuimos entre charlas y risas, volviendo a los sueños carnívoros sobre nuestro amado profesor.

…Sería incierto decir que no lo volvía a ver hasta el año siguiente. Era septiembre. Sólo era hasta el curso siguiente, que nos empezaba ya, tras un verano haciendo milagros de nuestras caras más beatas para conseguir una tregua con nuestros padres, algo de Benidorm o el cine, al menos, para que no se nos estallasen los sesos de tanto pretender estudiar. Y resultó todo, desde los trueques de buena conducta a cambio de algo de libertad, de fiesta, como acaso aquellos trazos diabólicos en los exámenes que nos permitieron pasar de curso, los que tenían mucho de sangre y poco de cerebro, en unas matemáticas que no sabían de trayectorias y parábolas como para trazar nuestros corazones. Porque ni por asomo se nos dio por pensar que habíamos podido aprobarlo como Dios manda. Todo era ser de esencia de nuestras artes de mujer, de aquel divino talento para confundir al género masculino con el garabato de promesas que era nuestro corazoncito y su flecha. Apenas el juego de los dedos, un dibujo, pero tanto y tanto oficio porque éste era donde poníamos toda la carne en el asador. Desde las tetas, que aún no teníamos del todo resueltas, hasta el más suelto y juguetón rizo de nuestros cabellos, casi como incorregibles pulpos de morbo sobre nuestras cabezas.

Presumíamos, como siempre. No sólo teníamos las piernas más largas, sino que ninguna de nosotras llevaba esas horribles gafas como lupas. Ni trenzas, a no ser que nos diera la gana, porque a nosotras nos quedaban distintas. En aquel nuevo curso irrumpimos en el aula sorprendiendo a toda la plebe, a sabiendas que estábamos allí por méritos propios… fuesen cuales fuesen.

Lo que sí cambió, y de repente, fue ver a don Guillermo con un suntuoso bigote. ¿Cómo…? ¿Tan aprisa crecen las malas hierbas? ¿Quién le metió a nuestro ángel una judía mágica tan a traición, y por el recto, que le había nacido semejante aberración en la cara? ¿Dónde quedó aquel tipo perfecto?

…Fui niña, y una vez quise dejar de querer a mi madre por cuando se cortó por primera vez la melena. Aquello otro, asimismo, fue un disgusto. Aquella mañana no hablamos mucho. No nos dirigimos la palabra. Hurgábamos con la punta de los zapatos las baldosas del piso, desorientadas de la vida y tejiendo en el papel todo aquello que el profesor iba proponiéndonos en la pizarra. Alumnas, por una vez. Ya no parecía quedar mucho de aquel profesor que una vez se pinchó el pie con una chincheta. Algo que le perforó el zapato, y que se llevó para el misterio cuando se descalzó en clase, con esas quejas de los doblajes a medias en las películas, por cuando el actor se queja en distinta nota que cuando habla. Nunca le habíamos visto aquella cara de dolor, exagerada muestra, y se nos enterneció el alma… Dejó allí el calcetín, y se fue adonde la enfermería como un tonto canguro, a la pata coja, llevándose el calzado para que el portero le sacase la púa con unas tenazas; menudo necio, con su talla de Poseidón languidecía como acaso el mismo Aquiles lloró por su tobillo. Recuerdo que Paola, siempre ella, enseguida se hizo con la media, la que nunca Don Guillermo recuperaría. Era nuestra, para olisquearla. Oler a hombre. Oler a nuestro idiota, en cierto sentido, y nuestro bufón; odiábamos ese bigote suyo y ya nada volvería a ser lo mismo.

…Aquel fatídico día nos trajeron a Julián. Lo guiaba la rectora, casi con el hacer, la entrega, de quien se sienta resignado en la silla eléctrica. Se tiraría por un barranco si doña Elena se lo pidiera. Ni dijo nada, sino que la charla de motivos de aforo en otras aulas lo encasillaba adonde nosotras, según oímos de aquellos dos maestros en tejemanejes por críos. Tampoco cuadraba mucho su talento en los libros con el curso donde terminaba recalando, aunque le avalaba la mucha entrega en las clases por un silencio que no rompería aunque le cascasen un huevo en la cabeza. Era buen material, en la añoranza de los mentores por un aula muerta, de gente que permitiese la rutina.

…Tampoco nos miró a la cara. Su vista fue de los libros, de su cuaderno, adonde la pizarra. Nada más. El segundo gigantón de clase, ambos decepcionantes; nuestro profesor bigotudo, y nuestro propio tonto del pueblo en la cola de pupitres. Y, sería por su bulto, como por ese magnetismo que tienen ciertas personas por el que se las siente en todas partes, que Julián me hartaba adonde fuere. Un tipo de persona que se nota, de las que quizá no abunden tanto sitio, pero todo aquél que pisan lo acaparan por completo. Siempre tenía una vista suya en el patio, cuando menos me lo esperaba. El eterno portero en los partidillos de fútbol, porque lo colaban adonde su talla ridiculizaba la portería. Y entregado, capaz de lanzarse a los pies de cualquiera porque era La Humanidad entera la que debía huirle, porque trataba de un tren de mercancías cargadito de plomo. De hecho, en lo que duró el curso pareció doblar su tamaño. Cada vez más plano, en una sencillez que le iba desde la cara a los bolígrafos básicos que eran su única dotación. Y libretas con pintas iguales por delante y por detrás, sin George Michael ni Madonna… ni siquiera el Mazinger… y un bolso de deporte para los trastes de clase, con ese mojado discreto de por las mañanas en un pelo acicalado por una madre ciega de sus deberes. Seguramente, le daban una palmadita en la nalga para sacarlo de casa, tras colarle la mochila como se hace con un paracaídas justo antes de saltar de un avión. Y lo recibirían con un beso, dado, no recibido, y el tipo para adonde su cuarto a dejarlo todo en su puto sitio, sin saltarse ni una sola de las normas de adonde debe estar y quedar todo. Lo sabíamos por la goma de borrar y el afilador en el mismo orden, así como la corta ristra de bolígrafos de colores, tres, y el lápiz, que se cogían y entregaban al mismo lugar de forma automatizada. La burla de todos, aunque nadie tuviese el valor de hacérsela en la cara. Y sobraban motivos para la risa, porque, mientras todos los mortales de a pie llevábamos algo de sustento al patio en forma de sándwich y algún zumo, a Julián, como al desmedido almuerzo de una ballena, se lo pillaron comiendo hormigas en el jardín que presidía la secretaría. Tan enorme tipo conformándose con tan poco… engullendo bichos con una obsesiva rutina cuasi industrial de irlos pegando al dedo, uno por uno, todo el hormiguero, de adonde el suelo a su boca.

…Era su primera muestra de humanidad. La primera que le calábamos. Matar comiendo, tan humano… No era una máquina, era un hombre. Una persona con hambre, que jamás se saciaría comiendo hormigas y que se le hacía la hora del timbre para devolverse a la clase antes de haber siquiera mermado una mínima parte de su ansia.

* * *

Narrado…


Verónica se enroló en su primer amor terminando el curso. Una agonía de suspiros que la llevaba a aprovechar hasta el último instante en los brazos de aquel mequetrefe, en el infortunio de que les llegaba de nuevo el verano y tendrían que separarse. Exageraciones de críos, de inexpertos en lides de hijos y facturas que los adultos ya tienen más que relamido; si supieran… Pero la suya era una epopeya, la de Romeo y Julieta separados por el estúpido curso de la vida. El mundo que los alimentaba de aire, asimismo los ahogaba. Todo él enemigo, queriendo irrumpirles el amor. Por ello que Verónica lo atrapase, literalmente, en aquel banco del parque, aún en sus ropas de colegio. Su falda daba para caerle encima, para el desaire y los santiguados de las viejas. Un ave rapaz sobre su presa, para ahogarlo de besos allá donde no hubiere acné. Y mimos y hablados que habrían de avergonzarla en el futuro, cuando recordase, a traición, aquellas estupideces. Porque cayeron entonces sus senos en el ahuecado de las manos ajenas, y, aunque no hicieron el amor, se tentó el idilio de perros hasta última hora, donde debió despedirlo pensándoselo mejor por las convicciones de una novia virgen en un altar blanco.

Quedó desierto el barrio, aunque hubiese gente. Los recados ya no daban para ir a indagar a la calle de Guzmán, aquel chavalín con cara de tonto que mantenía la boca entreabierta aunque no estuviera sorprendido. Su amor, ido lejos. Adonde los abuelos, desde donde escribir las dos primeras semanas… y, a la tercera, dejarse ir. Desagradecido. Poco romántico… Ya lo venía diciendo aquel desdén de amores en el banco del parque, cuando resoplaba agobiado de tanta teta. Vicioso, pero harto. Y se desligaba como esas lapas difíciles de abrir en los fregados de una paella grasienta, por un comensal patoso desacostumbrado de las vieiras. Entonces sentía el frío del aire, en el sudor que le brotaba de aquel talle más lleno de huesos que los del resto de la gente. Ladeaba la cara, buscando enraizar de nuevo el cuello, y la golpeaba adonde la nada intentando quitarse de en medio, asimismo, aquel flequillo en flecha que lo antojaba recién levantado.

Esperándole, Verónica solía toparse a Julián en la tienda, en su cola eterna. Esperaba hasta que le atendieran, sin importar que el flujo de gente le fuera pisoteando el puesto. Se diría que era parte del negocio, o un vigilante de seguridad. Entonces, en cuanto se apiadaban de él, entregaba aquel papelucho arrugado que encerraba celosamente en su puño de hierro, que debía ser más infranqueable que una caja fuerte. Allí estaba todo lo que no saldría de su boca, desde el pan al medio kilo de manzanas. Luego, los dineros en una bolsa bien amarrada en sí misma, que el buen juicio del tendero no lo llevara a pecar y todo anotado con pelos y señales en una nota que Julián llevaba a casa con la misma solemnidad que una carta de independencia, cargado de los suministros que no tocaba hasta que le pusieran el plato en la mesa, ya manufacturados.

Verónica debía hallarlo en todo aquel verano, para dibujarlo de ventana en ventana a través de su propio cuarto, haciendo de rezos en su cama, en falso, porque no eran sino nervios contenidos, en un adelante y para atrás de tentetieso… Luego, ya calmado, en la calle y nutrido de pastillas para locos, en la acera lo veía jugando con un coche rojo de plástico. Si lo conociera, si le hablara, Julián le contaría apasionado todo lo conocido sobre su Chrysler 150 GLS de bomberos, con su novedosa trasera tipo fastback. Chorradas de lunático, de quien lo soltaba, al auto, allá en lo alto de la pendiente de la calle, lo precipitaba a su libre albedrío acera abajo y luego parecía narrarlo con la mano en la boca, como con el equipo transmisor, como si su persona se tratase de un helicóptero siguiendo las evoluciones de una panda de asaltadores de bancos huidos con el botín. En ello, júbilo de camarógrafo al ver llegar al coche adonde al escalón y rampa, al fin, de la vecina del número ocho, adonde el juguete empezaba su trajín de vueltas de campana.

¡Accidente, accidente! ¡Envíen una ambulancia!

…Así toda la maldita mañana de aquel día. Y la sobremesa. Y luego la tarde. Para entonces, Verónica volvió a indagarlo y para reparar en que el coche, de plástico, ya andaba medio descapotado, con una rueda ya en el bolsillo de “la policía” y las pegatinas en dobleces. Pobre Unidad Jefe de bomberos, cuyo capitán, sin un buen sueldo, cargado de hijos que mantener y con una hernia discal, se veía abocado una y otra vez a perseguir atracadores. Ya no destellaba por pilas la sirena solitaria en lo alto del techo, en su poco estilístico epicentro, el de los setenta, más antojadizo de un pezón brotado a mala hora y adonde no debiera, que de un digno porte oficial. Irrompible, porque lucía sano tanto como en la mañana. Tanto, que Julián le daba de golpecitos, obsesionado con su cristal anaranjado.

Imbécil…

* * *

Verónica…


Ya había oído comentar a mis padres sobre el loco de enfrente. Estaban indignados, como toda aquella vecina con la que nos cruzábamos. Ese tipo de gente era para tenerla atada en casa, sobretodo en las noches de luna llena. De hecho, alguna vez habría de haber roto las correas, o las cadenas, y lo habíamos visto, padres y bastardo, de carreras a los médicos en plena madrugada. Tieso, como muerto… malamente arrastrado adonde aquella ranchera maloliente de los vecinos monster, la que se iba de trompicones calle arriba, sucumbiendo, y con más vergüenza de su pasaje que de la virulenta herrumbre que lo pasaba del azul cielo al cobre mohíno.

…Aguantarse al loco era una cosa. Sólo era cuestión de cerrar la casa a cal y canto. Sin embargo, para cuando mis padres se enteraron de que estaba en mi clase, la charla con el director del colegio se planificó para apenas de terminado el ciclo vacacional. Pedirían camisa de fuerza, y un bozal. Acaso, que se lo llevaran. Lejos. Encerrarlo en algún sitio donde mordiera barrotes o se diera de cabezazos en paredes acolchadas.

…Lo pillaron enterrando algo en el solar sin edificar, lo que muchos apostaron sería el gato extraviado de doña Paca, muerto a dentelladas o puñetazos. Otros alegaron que se trataba de pedacitos de alguna víctima, que el loco iría sacando del hogar a hurtadillas. Y era extraño ver a los vecinos curioseando la tierra, indagando por encima el solar hasta que uno de ellos se allegó con una pala. Una reunión de absurdos, en la comunidad de vecinos que tanto se peleara por discusiones de barridas, de misteriosos estercoleros, de aparcamientos… para ahora vérseles unidos en un linchamiento precipitoso que sólo dio por resultado el Chrysler en su sepultura.

“Aquí sólo hay un juguete…” Sólo eso, el asunto de una sesera turulata en un niño con cuerpo de hombre. Enterrado el auto, para el porvenir, así como un tesoro. Y para la desilusión local, donde el que era primo de un guardia civil se remordía los labios de rabia de no poderse presumir de contactos, que anduvo siempre presto a enseñar su teléfono rojo, de modas, asomándose por la ventana con él y su largo hilo ensortijado, esperando el momento de llamar a la justicia para que levantase el cadáver.

…Pobre Julián, ya con su juguete roto. Ahora se le veía correteando por ahí con la tapa de plástico del cubo de la basura de su casa, a modo de volante… y de carreras, en lo que él decía, en acelerones y derrapes, era su particular duelo. De hecho, en su locura infernal se miraba las nalgas, como si tuviera un bicho pegado de ellas. Luego lo sorprendía una brisa al cuello, como si se le echara encima un buitre, y empezaba a perseguir a alguien… un alguien que lo había adelantado en un absurdo despiste. Y lo cuadraba con la vista, como un piloto de caza, y tentaba dar de piruetas, en su pasada, a un tal René Arnoux, en su lucha por el segundo puesto de aquel Gran Premio que se corría, se desbocaba, en su cabeza. Julián, un tal Gilles Villeneuve, por algo calzaba un Ferrari, en una tormenta de idas y venidas por la calle que lo llevaba, casi todos los días del ocaso de aquel verano, a una bandera a cuadros a la hora de la merienda, en su casa. Subía entonces los peldaños hasta su segundo, su hogar, con los brazos en alto, y satisfecho de que sus zapatos, sus neumáticos, hubieran aguantado la fatal paliza… seguramente buscando un podio, que podría ser la primera silla que se le cruzase en la cocina.

Vida propia… Su propio mundo… Por eso, él mismo, su coche, su camiseta, era de rojo pasión. No amarilla, como el Renault del francés, en los ataúdes planos y otras tartanas galas aparcadas en la calle como cajas de zapatos. Desde entonces, siempre le vería un trapo rojo. Si no en la ropa, al menos un lazo de ese color atado en su dedo meñique.

Capítulo segundo


Verónica…


El verano quiso terminar con un algo de locura. La última semana, antes de volver al colegio, Paula me llamó. Su ida a la costa valenciana, adonde sus tíos, traía algo más que las mudas descocidas. De hecho, alguna que otra se había resentido de las jugadas de besos y arrumacos con un noviete de los de paso, de los llamados “rutinarios”. El tercero en mi amiga, la que hacía tiempo había dejado de creer en las fábulas de princesas y ya tenía más que claro que su verdadero amor lo encontraría ya de vieja, en el ancianato, cuando ya todo lo tuviera perdido… o ganado.

Quedamos… y creí que me iba a enseñar aquel atrevido sujetador de encaje, en un rosa muerto enmarcado en piruetas de tela para viudas. Sin embargo, su condena por vampiresa tenía sus reparos allí, donde el pecho izquierdo, con un último chupetón que aún se resentía a desaparecer, nebuloso como un podrido de manzana. Hubo para reírse, y para, manos prietas, contarse los pormenores de buenas y malas noches de pasiones y luego sarna. Un vicio, que se pagaba con dolores de bajo vientre por abusar. Como la caries de los dulces, o el empacho. En este caso, el empacho más que controlado, porque Paula se tenía las cuentas de sus días fértiles a tenor de las enseñanzas de una tía suya que fumaba, conducía y lideraba su propia empresa.

…Cristina sí que no llamó. La esperamos casi hasta el último día, para percatarnos de que sus padres habían regresado de las vacaciones con las caras torcidas, y sin ella. Para el mundo, como si hubiese muerto. Se quedaba en Pamplona, en un convento por absurdo destino de quien sabía de malabares con un chicle en la boca. Siempre desmelenada, con las medias a los tobillos… y ahora con el don de su vientre ya abortado y una vida de recatos.

Eva y Susana sí reaparecieron. El grupo de nuevo explotando adonde fuere, en risas y burlas de guapos y feos. Aún pasadas de edad nos esparcíamos por el parque para, entre aquellas charlas pasajeras, escribir poesía y nombres de amores imposibles. Cosa de matar el tiempo.

Eva tuvo su idilio con lo que podríamos considerar un señor mayor, un primo suyo que contaba los treinta años. Amargado y triste, pero tan alegre como para tontearle las faldas en una mañana de gatos. Susana, en cambio, había creído perder el verano bien recatada, sin suerte de haberse enrolado en nada. Por eso se devolvía bien tigresa, lista para suspirar por el mejor pintado. Y nuestro hacíamos el piropo de “me voy a desmayar en tres… dos… uno…” al paso de algún guaperas. Y le reparábamos las carnes estratégicas, en un pompis que, al cabo, solíamos agarrar mucho menos que los hombres los nuestros. Lo sabía por mi ahumado Guzmán, que se agobiaba de mí enseguida, pero que pronto volvía a las andadas para poner sus manos adonde lo que se sienta.

En nuestro parecer por los hombres, también tenía cabida los ojos, el peinado, el porte… La ropa, pese a ser algo hipotéticamente ajeno al “físico”, terminaba siendo una segunda piel. Un desalmado se ve enseguida, y un distinguido doctor o un ingeniero lleva sus atuendos lógicos. Son profesiones que se visten, aunque también podrían andarse de cueros de motorista para cabalgar una motocicleta oscura con tintes de plata, la que se anuncia con carraspeo de dinosaurio en las Harleys.

…Me gustaba en especial el pediatra. Ya era hora de que dejara de ir a su consulta, por edad, pero me gustaba esa cara de tonto acompañaba de su jersey de estudiante pijo. Pueblerino, pero a la bueno se acostumbra pronto la gente y ya circulaba su independencia en aquel deportivo japonés de dos plazas con el que seguro no podría ni hacer la compra.

Paula no tenía esa misma vocación por lo pulcro. A su entender, el hombre era oso. Gustaba de fontaneros y pintores, tan vulgares. Algo había vivido ella de groserías y arremetidas, que tanto se desvivía por los que se dejaban la barba de un par de días, se chorreaban el pecho de cerveza y la devoraban con los ojos llenos de arrogancia. “A veces, que te avasallen es bueno…” se justificaba. Yo aún no podía ni imaginar qué significaba eso, qué placer podría haber en que un manazas desbocara un tejemaneje incorrecto con tu cuerpo. La pasión verdadera, era de suponer. Nada de luces apagadas, sino el calcetín en la boca para no chillar.

Ese hacer de la mujer, como a un traste, tuvo en aquellos días su punto más extremo justo cuando terminábamos aquella conversión. El Seat Ritmo de la Policía Nacional irrumpía adonde nuestras calles con un vaivén lunático, con el pintorreo de la noche recién acaecida en aquel azul de sus sirenas. Eran dos coches, al fin, como supimos al llegar adonde se daba la juerga de la ley. La fiesta del barrio, con medio mundo afuera, y el otro medio en las ventanas. Tal era la confusión, el disparate, que, hasta la vecina que día por medio daba a la calle un riachuelo de agua por fregados de su casa y rellano, parecía la intendente jefe del cuerpo policial. Aún con la fregona en la mano, hacía y deshacía tanto de voces y señales que se antojaba estuviera dirigiendo un complicado partido de fútbol. Un derby. Luego, el viejo más borracho de la parroquia explicaba su versión de los hechos a un agente al que había capturado al paso, el mismo que mediaba la manera de quitárselo de encima lo antes posible. Así, toreando toros tan memos, poco a poco aquellos agentes de pardo iban sacando a las gentes de aquella casa de las tragedias. Sí, el número nueve de la calle María Victoria, donde se oían a menudo los gritos de las discusiones de aquella tormentosa pareja. Ahora, una casa abarrotada de curiosos. En tropel. Y los agentes, con las pistolas en alto, asustados de la plebe, que a su vez se arremolinaba a las paredes e intentaba salirse hasta por las ventanas, como pudimos ver que hacía un matrimonio de chismosos. De hecho, parte de la vecindad había allanado el hogar ajeno para curiosear de cortinas, del surtido de la nevera e incluso agenciarse algunos recibos del banco que se hallaron por donde las cómodas o sobre la tele. “¡Tienen televisor!” llegué a oír.

El mundo es un absurdo. De no ser así, Paula no se hubiera podido colar allí pese a que intenté arrastrarla al lado contrario, a la acera de enfrente, donde el resto nos quedamos estupefactas. Se coló por entre la riada de gente como esos salmones que trepan los ríos americanos. Huyendo de las zarpas de los grizzlis, en aquel pardo de la policía coronado de aquella boina tan militar. Aún había “testigos” dentro, que explicaban sus pareceres más como prejuicios que como hechos contrastados. Y andaba Julián, quieto en aquel sofá mientras se le tomaban las confesiones, que las iba largando con grandes esfuerzos. Según dijera luego la gente, “el niño lo había visto huir”. Al asesino, se entiende. Al esposo de la que yacía muerta en la alcoba. Y bien muerta, sin medias tintas. Un hacha se había brotado en su testa, para, mal afilada, reventársela más del golpe que del cuajo. Por eso de que los ojos se le hubieran salido de las cuencas en el absurdo de un desquiciado Groucho Marx. Seguramente, viendo, sólo ellos pueden, lo que se les venía encima. Y algo de sangre, por supuesto. Un cubetazo por donde la cabecera de aquella cama de mala formica. Un escupitajo. La vida salpicada, pintada en la pared. Y sus tropezones, en gusanillos rosados que, seguramente, de unos a otros contenían aún parte de la lista de la compra, o el número de teléfono del amante que supuestamente había desencadenado aquella masacre. Pantalones de hombre, se suponía. Celos. Julián los vio salir, en efecto. Y hasta cerquita, adonde la casa de su abuela. Allí, de la azotea, se fue derecho al asfalto el asesino, con el corazón roto, para romperse luego del todo lo que le quedaba como una fruta demasiado madura. Quizá demasiado desquiciada, pensando que le estaban robando el toro que llevaba dentro. Y yo no lo vi, ni Paula tampoco. Fue de madrugada cuando terminó volando… o picando, mejor dicho. Al día siguiente, estas pavas sólo pudimos ver, donde murió, un sucio de aserrín.

…Se les desmadró el amor. El mismo que se desbarata, se acumula demasiado, y que se empieza a desorientar por cuando la primera objeción por lo cortito de la minifalda. Y lo entendí, al menos a medias, cuando Guzmán reapareció por el barrio. Misma cara de tonto, y de agobiado, pero abrazado sobremanera, en un torpe andar, a una gordita de un colegio de pago. Casi como si estuviera tocado de la muerte y la enfermera de turno, comadrona de talla, lo apalancase como se hace con los heridos que aún pueden medio tenerse en pie. Y como si fuera un casanova, el imbécil. Estrenando pareja, sin comentármelo siquiera. Quizá nuestra edad no daba para esas explicaciones. Y tonto porque me reparó sin saber qué decir, y así anduvo la cosa en nuestro cruce calle avante, sin que ocurriera nada más que nuestras respectivas derrotas.

Lo odié infinitamente al menos un cuarto de hora. Una rabia muy femenina. Luego, sopesándolo todo, me reí a carcajadas. Cuán poco hombre me los buscaba, para ahora no tener más remedio que tomármelo a guasa. En todo, Guzmán nunca fue nadie. Fue mi cobaya, para que Paula se sintiera orgullosa de mí cuando le conté lo sucedido, y luego le describiera mis reacciones en consecuencia. De hecho, mi amiga me invitó a que me buscara otro idilio, pero, asimismo, con otro capullo. Cuantos más, mejor. Dolían menos que los hombres de verdad, manera de que, por cada vez, por cada ruptura, el dolor fuese menos intenso. Así las cosas, la pareja terminaba importando poco y para buscar lo verdaderamente interesante de los hombres; su tiempo, el de la cama, y su dinero. Curioso consejo de alguien que gustaba de los brutos e incultos de la sociedad, de los desaliñados de oficios de bravucones. “Prácticas, prácticas…” me repetía. “Practica el amor, pero no lo eternices”.

…Debía ponerme las pilas. Guzmán, el palurdo, iba ya por su segundo rollo. Yo, como mujer, debía tener las cosas más fáciles para ir del brazo de alguien. No podía permitirme que el desdén de aquél me cogiera la delantera. Sería mi propio hazmerreír.


* * *

Narrado…


Demasiado vivaracha. Así era Marta, con un sinfín de caras en aquella pinta divertida. Sus ojos eran dos verdaderos soles verdes, con una centella que dejaba a la gente sobrecogida. Levantaban las sonrisas, y los amores. Brillaban más esféricos que ninguno, en dos bolas de billar de pura fantasía. Así era ella, loca. Mil hormigas la recorrían, en un vaivén suyo en el pupitre para pantomimas que imitaban a los maestros, para bombas de papel y una urraca que ponía motes a los desfavorecidos. Echaba la broma y quedaba petrificada, con aquellos dientes como teclas de piano, tan enormes. Entonces, como un mal catarro, la gente se contagiaba y le seguía el juego. Y era una boca asimismo de hipopótamo, donde esas paletas, de tanto que hablaba en clase, tenían esa rendija entre su par que no debía ser natural; era la consecuencia de tanto parlamento, en el parecer de que su voz insolente tenía que abrirse paso al exterior como fuera.

…Ya se antojaba, la parentela de bonitas de la clase, que se avenía de raras circunstancias. Su siempre pañuelo en la cabeza era de esas mujeres que recogían patatas en la siembra, pero de una bonita seda de colores por cada vez. Sin embargo, no era pueblerina, ni atendía a creencias del velo. Simplemente, alguna enfermedad todavía la hacía cubrirse la calvicie. Ahora la pelambrera, que ya había crecido y le hacía bucles dorados por donde le apetecía.

“¿Estabas mala, o algo?”

“Estuve…” contestaba. No daba más. Lo siguiente podía ser una lengua en forma de gusano, perfectamente circular, o un ojo picado. Era su don, el de picar lo ojos. De hecho, para disgustar a los chavales, para hacerles rabiar de la hebilla del cinto para abajo, chasqueaba de labios, como quien guía un rebaño de ovejas, y luego entraba en acción ese parpadeo mágico. Así tuvo al indecente de Guzmán en los brazos, en pleno recreo. Astutamente oculta, de adonde la profesora, pero a la vista de todos, en una esquina estratégica del entramado de edificios. Claro que Guzmán no tenía tantas oportunidades como acaso tuvo con Verónica, o con aquella gordita del barrio que, al cabo, no tenía ni nombre. Marta no se dejaba tocar según qué cosas, a pesar de aquellos apetitosos senos tan redondos como sus ojos. Sendos agravios que se preservaban con un manotazo. Porque, apenas, besitos de pato, y ridiculizar al bobo de turno con bromas y algunos arrumacos que no pasaban de hacer hervir la sangre ajena.

Fue declarada zorra oficial… pero, era tan divertida... Don Guillermo, el apuesto don Guillermo, se llevó uno de los exámenes pegado del trasero con tippex, y la señorita Claudia tuvo que aguantarse la peste de las bombas fétidas. Las que nunca aparecieron, y que, al fin, todo el mundo sospechó que Marta nunca las tuvo, sino que las ingenió de su propio cuerpo. Nunca lo contó. Más bien, se inventó que el aura confusa que perseguía las clases de inglés de la profesora atraía la basura cósmica, allegada directamente del espacio. Nadie pudo encontrarle nunca la relación, así como nadie entendía en qué momento cambiaba Marta de novio. Porque de Guzmán pasó a Roberto, y de Roberto a Pedro. Y se las ingeniaba para que no hubiera rencillas entre el nuevo amor y el abatido en rechazo, sino resignaciones por ambas partes. Con su desparpajo sorprendía a los que se iban de su vida amorosa con el hacer de los brazos ajenos, tendida en ellos con alegría, y con la gracia restante que le sobraba argumentaba alguna broma caradura y todo quedaba tal cual. Algo así como “despedido”, como si tratase de un jefe de empresa. O “tenemos un puesto más importante para usted…” para conducir al noviete en paro adonde una de las gordas más deplorables del recreo.

Se acabó burlando de todos. Por poco, o por mucho. De Alejandra se le rió de los padres, alegando que se habían personado adonde el director un buitre desgarbado, sin alimentar en décadas, y una foca que empezaba a criar pelo. Una nueva especie, preparada para habitar el punto cero del Polo Norte. Antonio era bajito porque aquella noche en que fue concebido hubo un terremoto que desbarató el riego de papá. Florencio tenía ese nombre porque sus padres tenían una furgoneta con la propaganda de Osborne, una Volkswagen amarilla que lo recogía como al reparto, para meterlo en la cabina de carga. Cuando no, orgulloso iba el crío junto a papá, el del volante, sin saber que la gente ya suponía que, en casa, el empapelado era de soberbios girasoles y las cortinas de rayas de cebra o puntitos de leopardo, por lo que no era de extrañar el mote, más que nombre, que le habían dado por herencia para burlas y risas en las ventanillas de los funcionarios. Carlos mantenía una enigmática gota de sudor en la nariz. Perenne. Brotaba otra vez por tantas veces que Marta se la arrebataba. De hecho, se la pasaba por la yema de los dedos, para que, la cría, más que chica, la mostrase por cada vez más sorprendida del milagro. Se las ingenió para alucinar que El Vaticano ya estaba preparando las maletas para ir a adorarlo, para ponerlo en la iglesia del barrio y que cada feligrés se llevase de la yema del dedo el sagrado ungüento.

…Carolina no sabía sentarse. Según Marta, nació para conducir un camión. Un día la alentó en el patio a echar escupitajos, que sacara el tío que llevaba dentro. Luisa tentó impedirlo, y Marta le pidió que, por favor, tuviera la honestidad de quitarse las gafas de aumento para que todo el mundo pudiera ver las dos cruces que le iban a resultar al sacrificio. Acaso que las vigilara, las lentes, que no las dejara por ahí, que al sol eran un prodigio y podrían prenderle fuego al colegio. Ana tenía que dejar de comerse los bolígrafos, y que ahora mismo se iba a plantear una muy seria colecta en el alumnado para poderla comprar algo que comer a diario. Acaso, al menos un chupete que pudiera mordisquear a gusto, que de tanto roer plástico le iban a quedar dientes de serrucho.

…Su fallo fue intentar mondarse de Eva. Ella era de las de un cerrado y receloso grupo que se alimentaba a sí mismo, y que se defendía con uñas y dientes como los búfalos allá en la África Salvaje. Ya le habían plantado cara a cierto maleante que rondaba las salidas de clase, que terminó por darse de palabrotas con las cuatro demoníacas hembras, las del grupo de Verónica. Una tal Eva lo señaló, como lanzándole una maldición con un rayo invisible. Susana lloró luego del trance, cuando desbocó todo su mal hablado en mil palabrotas. Verónica anduvo altiva, con las manos en las caderas. Peleona. Y Paula, cómo no, fue quien caminó más hacia el tipo, para terminar echándolo con un golpe de barbilla que llevaba toda la soberbia del mundo. Y Marta no podía luchar contra todo eso. La dejaron hablar, cuando hizo asuntos de ganas de perra por perro cuando a Eva se le erizaron los puntitos del infierno en sus pechos. Una malicia de las corrientes de aire de un día frío. No más, antes de que la profesora se fuera… Auspiciada en la circunstancia. Y la fueron a buscar adonde los servicios, las cuatro, por cuando se tenía ya conocimiento que a media mañana se escabullía en los pocos minutos entre clases para nadie podía saber qué. Sí el destino, no las intenciones. Quizá, a orinar de forma calculada. Como un reloj suizo.


* * *


Verónica…


Pillamos a la ilusa echada sobre el lavabo. Lo primero que se nos vino a la mente era que se trataba de otra estúpida vomitadora. Tan tonta como lo habíamos sido nosotras antes del verano, la última semana de clase. Vomitando para no engordar… como manantiales de barro. Ya lo habíamos hecho las cuatro, intentando contener esa tendencia de expansión de las caderas. Pero no, había un tarrito de pastillas a su vera y lo que estaba haciendo era ultimar la toma. Echarse agua en la cara, además, como si tuviera aún esa peste que la trataba de desmaquillar al amarillo pánico, al de la fatiga. Fue la primera vez que la vimos sin el trapo en la cabeza, para con un revuelto de rizos que se volvían locos de movimiento, como las serpientes por cabello de una tal Medusa. De hecho, ese hechizo nos tuvo en vilo hasta que ella misma se dio por sorprendida. Se alzó aún con la mano en la boca, que se le había quedado en redondo. A su alrededor navegaban sin prisa ni rumbo las motas de polvo, que, al trasluz, convertían los lavabos en un bosque de hadas.

—Pasad, no os voy a comer —dijo. —Aún no tengo hambre.

—No sé qué mierda tenías, guapa, pero eso nos trae sin cuidado —y Paula anduvo en cabeza, tan grosera como solía. Tenía las manos en las caderas, con esa arrogancia de las chulas de época y mantón de punto, y a punto de cantar una copla. Riendo, aún Marta se guardó el tarro de pastillas, como si su corazoncito estuviera contenido en él:

—Eso ha sido poco católico —refunfuñó. —Deberíais tener un poco más de humanidad con una pobre desvalida.

—¿Desvalida? Se te ve muy coqueta con los chicos…

—Cosas de aprovechar hasta el último halo de vida que me queda —e hizo clara alusión a su tarro de pastillas, a su precariedad en la testa… —También daríais rienda suelta a vuestros pecados si os dijeran que de un día para otro podrían cambiarte el aire a pulmón por una mascarilla de oxígeno, o este cochambroso cole y el galán de Don Guillermo por una habitación en el hospital y una voluntaria de Cruz Roja vestida de payaso, una que sólo tiene en la agenda chistes para críos —y volvió a reír: —Deberíais rezar por mí —alegó, ladeando la cabeza y juntando las palmas de las manos como llamando a la oración.

—Eh, es una santurrona…

—Pues oficia bien, con vistas a no irse de cabeza al infierno; ¿quieres dejar ya de ligar con los chicos?

—¿Por qué? ¿Os los vais a quedar todos?

—¿De este cole? No, son todos unos palurdos.

—¿Entonces…? —y fue ella quien nos examinó bien. —Pero qué cara traéis. No frunzáis tanto el ceño, demonios… Os vais a envejecer —y, sin que nadie se diese cuenta, ya le rectificaba las facciones a Paula, que, con sorpresa, se iba dejando; era tan convincente… —Tenéis que sonreír a la vida. Se os va a agrietar la mueca… y de mascar tanto chicle se te va a descolgar la boca —le advirtió, directamente, a Eva, que, con arreglo, lo escupió adonde un lavabo, con maestría, apenas girando la cabeza. —Así vais a durar poco de guapas. Os vais a inflar… —y, dando de pasitos para atrás, mirando a través nuestra para percatarse de que no había nadie que entrara de sopetón, justo a tiempo, y a sabiendas de que Paula apretaban un puño tentando salirse del engaño y poner las cosas en su sitio, la caja de sorpresas que era Marta se alzó la falda de cuadros, se dio media vuelta y nos enseñó el trasero. Apenas doblándose, para que se hinchara un poco, en una variante de la pose que una vez popularizo una tal Marilyn. Y menudo pompis, de perfecta simetría, en ese acero de los músculos a punto de explotar. —¿Qué os parece?

Nos podía. Nadie se esperaba aquello. Aparte, sus braguitas de encaje, minúsculas, eran el atrevimiento por el que nosotras no habíamos encontrado la hora en pedir a nuestras madres. Si nos pillaran algo así en el cajón… Un tacháaan terminó la pose, para devolverlo todo a su sitio. Se cerraba el quiosco, y quedaban sólo las conclusiones; estábamos absortas.

—Conseguir un culo así sólo es cuestión de un poco de sacrifico diario —puntualizó. —Son sólo cinco minutos. Sólo hay que echarse al suelo de esta manera —y, ávida, hincó las rodillas en las baldosas. Se puso a cuatro patas, para empezar el ejercicio, con amplias descripciones para el correcto hacer, que suponía levantar un brazo y una pierna al tiempo, pero cada cual la contraria; mano izquierda al cielo y talón derecho a las nubes, a la par, y luego del revés. En ello, se adoloraban los glúteos. —Vamos… Intentadlo… —nos invitó.

…No sé cómo lo consiguió, pero al poco nos vimos haciendo aquella estupidez con el interés ciego de las presumidas. Incluso permitiendo las correcciones de quien nos prometía un cuerpo perfecto, mientras esa misma persona iba poniendo muecas absurdas delante del espejo, cuando no mirábamos. Yo misma me la pillé, para no decir nada… sino agachar la cabeza y sonreírme; se estaba burlando de nosotras… pero me estaba cayendo bien.

Capítulo tercero


Verónica…

Fuimos uña y carne. Las cinco. Pasamos el mejor curso que nadie pueda recordar. Marta añadía a nuestra metamorfosis a mujer, a nuestras inherentes ganas de complicarnos la vida con amores y coloretes, esa pizca de niñez que a nosotras se nos iba escapando con cada día que pasaba. Gustaba de bromear de todo, sin pudores. Supo de cierta joroba que poco a poco iba adoptando Eva, más por pose que por figura, a la par que le iban creciendo aquellos enormes senos. Eran los que intentaba desbaratar, ayudar a la madre naturaleza y sus gravitacionales intenciones acercándolos un poco más al suelo. Un complejo, acaecido por esa desproporción de hormonas femeninas que su cuerpo parecía resumir por los poros, para gusto de albañiles en sus andamios y repartidores del gas. Un bochorno, que se volvía más notorio por aquellos apretujados sujetadores que la iban a terminar cortando las carnes como con guadaña. Los chicos de octavo, del último curso, se burlaban de ella, en comentarios pasajeros y gestos muy explícitos. Todo hasta que, viéndolos, con maestría, en pleno recreo, Marta dejara de lado las estrecheces para poner su gracia a todo aquello que Paula, la fuerte del grupo, intentaba enmendar con gallardía varonil y palabrotas. En lugar de entrar en una estúpida discusión, del brazo se llevó a Eva justo al frente de los chicos y para tirarla de atrás de los hombros, manera de hacerla explotar de los pulmones. “Bueno, mi amiga tiene de sobra para satisfacer a cualquier hombre; ¿quién de vosotros puede enseñarme que tiene la misma proporción entre las piernas?”

Suficiente. No le quitó el complejo a Eva, que sólo terminaría perdiéndolo con el paso de los años, pero al menos ya no se burlaban de ella los de siempre; se acostumbraría a toparse con fisgones de sus carnes y salidos por sus escotes. Eran la norma. “La miel tiene sus abejas rondando”, le decía Marta con una sonrisa, aunque luego reparaba en los que plantaban el centro del universo en los senos de Eva y rectificaba: “diría que tiene sus moscas… pero, entonces, tú tendrías que ser una mierda, y no es así, bonita. Eres de sobra, y mejor así”.

“…Una lástima ser tan generosa con los hombres”, era lo que sonsacaba al tema Paula. “Nadie se merece esas tetas”, aclaraba.

“Ubres…” seguía suspirando Eva… y nada más que hacer por ella.

“Prométenos que no te las dejarás tocar con facilidad”, reía al fin Marta, y nosotras enseguida nos contagiábamos de esa guisa suya por sacarle partido a todo: “al menos, por más novios que tengas, tus tetas son tan grandes que siempre habrá un porcentaje de ellas que nadie llegue a tocar. Es cuestión de pura lógica; en un partido de fútbol siempre queda algo de césped sin pisar”.

Y se burló tanto de ellas que, al cabo, las terminó por humanizar. Las concedió un nombre, y apetencias. El seno izquierdo era Remedios, el más alzado. Era el lado bueno, el que Eva debía poner por silueta de cara a un buen mozo. Lo de Remedios tenía su porqué en que, al menos, su buena curvatura enmendaba el desaguisado de tanta carne. El otro era Caridad, el más lastimero. Sucumbía como sin fuelle, ligeramente, sólo que Marta acrecentaba el fallo con su tremendo ojo clínico. Era el que se debía dejar para novios mediocres, para que se consolasen y conformasen con lo peor de la cosecha. Y tanta risa dieron que, al personalizar aquellas tetas, Marta ya no se refería a su amiga en singular, sino como a un trío. Si acaso iba a encaminarse con ella, decía: “vamos, chicas…” Y, sin embargo, hecha la gracia, todavía se lo pensaba mejor y se contradecía diciendo que “de chicas, nada… grandes...”

Risa a todo. Cuanto pudiera. La siguiente fue Paula, a la que no quiso tenerle más respeto que a nadie aún a sabiendas que era la peleona del grupo. Los niñatos, ya bien crecidos, jugaban en el recreo a huevo, araña, puño o caña, un juego de desalmados en el que las chicas no podían jugar. En dos grupos, el primero, el de castigo, se enfilaba sujeto a sujeto, uno tras otro, dejando los lomos al ras al meter las cabezas bajo los cuartos traseros del compañero que les precedía, con la nuca al pubis ajeno, mientras el de cabeza se agarraba a la pared dando cara al final de la cola. El otro grupo, el que saltaba, iba corriendo adonde la singular mula multipersona para ir cayendo adonde los espinazos al grito de aquel título que daba nombre al juego. Con bulla, espanto y carrera. Aprisa, como esas manadas peregrinas de ñus al salir del río en su alocada migración africana. Mucho macho, en un tonto desquite que terminaba siendo un juego de adivinación; se preguntaba más o menos como jugando al piedra, papel y tijera, pero con las simbologías apropiadas al nombre de aquel juego. Si los que estaban abajo no adivinaban qué clave escondían los de arriba, iban de nuevo al paredón. Muy necio, pero efectivo para las hormonas revueltas de leoncitos y toritos bravos recién destetados. Y hacían el bochorno ajeno ante la masa humana, los prietos, y Marta no se los pasaba de largo sin mediar con Paula el particular de que le gustaran los brutos; “ey, Paula… métete ahí debajo, que huele a hombre que te vas a emborrachar”. Y ambas terminaban de empujones y bobadas, pero la sangre nunca llegaba al río. “No, en serio…” seguía Marta. “¿No dices que te gustan las brusquedades masculinas; a lo mejor te ponen ahí para saltarte en la médula… Luego no te encorves como Eva”.

…Y se empezaba por ahí, para que nuestras conversaciones mantuvieran siempre ese vilo por el sexo. Para algunas, algo sobrado. Para otras, algo desconocido… Que yo supiera, para Marta y para mí, aún un misterio.

“Oh… me encantó cuando Rigoberto me dijo eso de: ¿sabe tu madre que haces todas estas cosas…?” contaba Paula, resabida. “¡Me pone que sean tan groseros!”


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